La cumbre climática COP25 empezó mal. Primero, por un cambio de lugar en el último momento de Chile a España, debido a unas revueltas contra el gobierno chileno cuyo presidente fue incapaz de resolver. Luego están las emisiones de CO2. Tras 25 cumbres del clima, el CO2 no ha dejado de aumentar, llegando a máximos históricos (407,8 ppm en 2018). Por tanto, las cumbres climáticas COP han sido un clamoroso fracaso (incluyendo el protocolo de Kioto firmado en la tercera cumbre y el Acuerdo de París de la COP21). Por si fuera poco, Trump ha sacado a EE.UU. del Acuerdo de París y, más grave aún, a todos los niveles no cesan de surgir datos que demuestran que vamos por mal camino. Por ejemplo, acabamos de saber que España ha generado un 13% más de basura de plásticos en dos años. Las grandes empresas contaminantes con plástico y Ecoembes están contentos con los consumidores.
Aún hay más: las empresas más contaminantes de España (Endesa e Iberdrola) se han sumado a patrocinar la COP25, en un ejercicio de greenwashingsin complejos de culpabilidad. Por su parte, el Banco de Santander también patrocina la cumbre mientras aumenta la financiación de empresas sucias (nada menos que carbón).
El colmo del esperpento, del greenwashing y de la cara dura lo protagoniza el ayuntamiento de Madrid (PP+Cs) en dos actos. Primero, días antes de la cumbre, Madrid se auto proclama Green Capitalde forma falsa. Ese título lo concede la Comisión Europea y en España solo lo tiene la ciudad de Vitoria. En segundo lugar, el propio alcalde de Madrid ha presumido de que Madrid Central está funcionando muy bien, a pesar de sus feroces críticas anteriores y de que en campaña electoral prometió que eliminaría ese sistema para reducir las emisiones (sistema creado por el anterior equipo de gobierno, el de la alcaldesa Carmena). Hay que tener en cuenta que Madrid Central está entre los sistemas más eficientes de Europa. El ridículo hecho por el alcalde le ha costado recibir algunos insultos.
Por si fuera poco, han surgido muchas críticas hacia Greta Thunberg, desde las más inocentes a las más absurdas (algunas desde el PP). Critican a una niña cuyo mensaje principal es que escuchemos lo que dicen los científicos. Critican al mensajero porque no les interesa que hablemos de su mensaje. Es una vuelta de tuerca más al “cuñadismo climático“. Greta Thunberg está molestando bastante a los que contaminan y a los que no quieren sentirse culpables por no hacer nada.
Entonces… ¿qué sentido tienen las Cumbres del Clima?
Las cumbres climáticas no están funcionando. Sin embargo, peor sería si no existieran. Al menos, la comunidad internacional reconoce el problema y reconoce que es urgente actuar (aunque no se actúe).
La ONU se queja de la “falta de voluntad política” para detener “la guerra contra el planeta” y denuncia que las empresas que más contaminan no están haciendo su parte. Es necesario establecer castigos para los que no cumplan los acuerdos climáticos, sean empresas o países.
Está claro que las conferencias COP son necesarias, está claro que no son efectivas, está claro que se despilfarran muchos recursos en su organización (viajes en avión, comidas…), y está claro que hay mucho donde mejorar. Para empezar, estas cumbres deberían fomentar las videoconferencias para evitar los contaminantes viajes en avión. Además, no deberían utilizar agua mineral ni permitir que las cumbres se aprovechen para que las empresas más contaminantes laven su imagen (greenwashing).
Entonces… ¿qué tenemos que hacer?
El calentamiento en todo el planeta, y en particular en España, es demasiado evidente. Si el calentamiento global no te preocupa, al menos debería preocuparte la contaminación, la sequía, las inundaciones, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y la subida del nivel del mar, la pérdida de bosques, etc. Quédate con este dato: solo la contaminación atmosférica en España mata a unas 27.000 personas cada año.
Para alumbrar el camino futuro podemos fijarnos en otras luchas sociales de la Historia. Por ejemplo, hace no muchos años las mujeres no podían votar en España y los negros no podían votar en Estados Unidos. ¿Cómo consiguieron ejercer su derecho al voto? Su derecho a votar no lo consiguieron por el buen corazón de los que ostentaban el poder. Tampoco lo consiguieron exclusivamente con la fuerza de sus argumentos. Tener razón no implica convencer a los que no quieren ver la verdad.
El sufragio universal se consiguió a base de protestas constantes, manifestaciones continuas, argumentos sólidos, debates filosóficos y también gracias a personas incansables —como Clara Campoamor en España o Martin Luther King en Estados Unidos— y a todas las personas que apoyaron esas protestas y a esos líderes.
De la misma forma, la justicia climática (o la sostenibilidad) no se va a conseguir porque tenemos razón. Si se consigue será a fuerza de perseverar y de convencer. Y si no se consigue por las buenas, se conseguirá por las malas, porque toda nuestra sabiduría y nuestra tecnología jamás nos permitirá incumplir las leyes de la termodinámica. Greta Thunberg tiene toda la fuerza que le damos los que apoyamos su mensaje.
Terminará la COP25 y llegará la COP26, la COP27… y seguiremos sin esperar mucho de las COP, porque tampoco esperamos mucho de nosotros mismos.
Los grandes contaminadores están contentos de patrocinar las cumbres del clima: ellos se encargan de que los acuerdos sean papel mojado, porque ellos fabrican productos tóxicos y saben que nosotros se los vamos a comprar.
¿La única fauna que necesitamos para vivir es la que vive en granjas? No. La mayoría de la gente no piensa eso. Sencillamente no piensa en nada que tenga que ver con la “fauna”. Ni siquiera cuando se come una costilla de algún ser vivo. Menos aún si es una hamburguesa, en la que los músculos son triturados para que su forma redondita no rememore al animal del que procede.
Para muchos, la fauna es solo un puñado de animales que vemos en los documentales de la televisión durante los 30 segundos que tarda alguien en cambiar de canal.
Necesitamos la biodiversidad
Pero la fauna, la veamos o no, es muy necesaria. De hecho, mantener la biodiversidad (fauna y flora) es uno de los cuatro principios básicos para la sostenibilidad (los otros tres son: usar energía solar, reciclar todos los materiales y evitar la superpoblación de cualquier especie). O sea, según ese principio, si no mantenemos la biodiversidad, el sistema que nos permite cierta calidad de vida se hundirá. Y se está hundiendo (por si no lo has notado). ¿Cuántas especies de animales o plantas se extinguen? La verdad es que ni se sabe con certeza, porque aún hay muchas especies que la ciencia no conoce. Por citar un dato, los científicos dicen que cada año desaparecen dos especies de vertebrados. Los invertebrados los conocemos menos, los vemos menos, pero hay más y por tanto las cifras deben ser bastante peores para ellos.
La misma tragedia ocurre con las plantas. Muchísimos medicamentos proceden de las plantas y seguro que se descubrirán ahí medicamentos para el futuro. Sin embargo, muchísimas plantas están desapareciendo, para siempre, antes de ser estudiadas; antes incluso de que tengan asignado un nombre científico. Una auténtica tragedia para la naturaleza, pero también para el propio ser humano.
¿Por qué desaparecen tantas especies?
Hay varias causas y detrás está la mano del ser humano. Es decir, depende de nosotros continuar o detener la extinción de especies. Por ejemplo, si el ser humano aumenta su demanda de madera, será necesario talar más bosques, poniendo en peligro no solo a ciertas especies de árboles, sino también a muchas de las plantas y animales que viven en esos bosques.
El consumo creciente de carne también contribuye a talar bosques para plantar lo que comen la ingente cantidad de cabezas de ganado del planeta. Por otra parte, alimentos tan extraños y tan usados como el aceite de palma (presente en chocolates o champús), están contribuyendo también a la pérdida de grandes selvas, incluso aquellas en las que viven animales tan maravillosos como los orangutanes. Perder tantos bosques, complica la vida a infinidad de especies que allí viven. Y no olvidemos que un campo de palmeras aceiteras no es un bosque, sino un cultivo, y en un cultivo, la biodiversidad se reduce muchísimo, porque la biodiversidad no es rentable para el propietario. Por eso, ellos usan herbicidas e insecticidas y por eso la agricultura es la responsable de gran parte de la contaminación mundial, contaminando ríos, mares, tierras y hasta el aire. De hecho, los agricultores han sido acusados de causar la mayor parte de los cánceres que padecen los humanos.
Otra causa de la desaparición de especies es la explotación −sobreexplotación− de multitud de otros recursos (metales, petróleo, gas, agua, pesca…) pues el ser humano arrasa donde llega. Una minúscula élite ve negocios donde hay destrucción. El crecimiento de las ciudades y la creación de infraestructuras (autovías, aeropuertos, estadios…) también va expulsando a todo ser vivo de su casa natural. Otra causa es el calentamiento global, pues muchas especies no se pueden adaptar a los cambios climáticos a la velocidad en que estos se producen.
Aunque algunas especies no hayan desaparecido aún, solo el hecho de estar en peligro de extinción hace que su variabilidad genética disminuya y, por tanto, se reduzcan sus posibilidades de adaptación al futuro. Es decir, una especie amenazada mantiene su riesgo de extinción incluso aunque su población aumente, porque aunque aumente su población, su genética será más uniforme y con mayores dificultades de supervivencia. Es la selección natural que con tanto acierto definió Darwin. Este gran científico definió la selección natural con el concepto de la supervivencia del más apto. Es decir, que en la naturaleza sobreviven aquellos individuos mejor adaptados al medio. Por eso, para que una especie no esté amenazada no solo es importante que haya muchos ejemplares, sino que haya suficiente variación genética entre todos los individuos. Así, esa variabilidad facilita que algunos puedan estar mejor adaptados que otros. De ahí la importancia de que haya poca consanguinidad en las poblaciones.
Nuestra especie tiene tres características que hacen que su extinción sea muy complicada (a corto plazo). Primero, hay muchos individuos de nuestra especie (de hecho, hay demasiados). Segundo, es una especie con gran variación genética (hay multitud de razas, lo cual supone un gran potencial de adaptación ante cualquier cambio). Y por último, el ser humano ha demostrado ser capaz de adaptarse a vivir en casi cualesquiera circunstancias, por duras que sean.
Esas tres características también las tienen otras especies. Por ejemplo, las cucarachas son animales muy numerosos, con más de 4500 especies y bastante versátiles, lo cual hace que no estén amenazadas, como muestra el divertido vídeo de Pésame Street. De hecho, muchas ciudades se gastan ingentes cantidades de dinero en su exterminio y no pueden acabar con ellas a pesar de contaminar con toneladas de insecticidas. Mucha gente piensa que las cucarachas sobrevivirían a una guerra nuclear, pero aunque eso no es del todo cierto, sí lo es que estos animales tienen mayor resistencia a las radiaciones que los vertebrados en general. Su dosis letal es entre 6 y 15 veces mayor que la de los humanos, pero hay otros insectos que resisten aún más, como por ejemplo la mosca de la fruta.
¿Por qué debemos preocuparnos?
Si la subsistencia de nuestra especie no está amenazada, ¿por qué debemos preocuparnos?
Primero, porque a la mayoría de nosotros no solo nos preocupa que nuestra especie viva, sino que queremos vivir nosotros, nuestra familia, nuestros amigos, nuestra cultura, nuestras ciudades… todo eso que llamamos “nuestro” (lo sea o no).
Segundo, porque la mayoría de nosotros queremos también conservar las cosas maravillosas que aún existen en este planeta. Y no solo las grandes maravillas, como son el Amazonas, el desierto del Sáhara, las selvas boreales o las sabanas africanas, sino también las pequeñas maravillas, como son el pequeño nacimiento junto a tu pueblo o ese árbol tan memorable que conoces y saludas al pasar.
Tercero, porque también queremos vivir con cierta calidad de vida. No nos resignamos a subsistir en un mundo degradado y tóxico, sino que queremos disfrutar de un mundo limpio, vital, saludable y generoso.
Centremos la atención un momento en un recurso tan valioso como el agua. España es un país con sequías periódicas y sin embargo el despilfarro de agua y el descontrol es brutal. No solo se permiten miles de pozos ilegales (Murcia y Huelva son casos extremos), sino que se autorizan cultivos de regadío en zonas donde el agua no sobra. Y ningún gobierno pide que se consuma menos agua, ni menos carne… Pensemos que hacen falta unos 9000 litros de agua para criar un solo pollo. Tampoco nos piden que no compremos agua embotellada, pero para fabricar solo una botella de plástico de un litro, hacen falta emplear 4 litros de agua, y eso sin contar el gasto de energía, transporte, o incluso lo que requiera su reciclaje, si es que llega a reciclarse (y no se quema por el camino).
La falta de agua potable es solo uno de los problemas que tendremos en el futuro, si no lo remediamos. Pero tendremos otros problemas. Y muchos de esos problemas están tomando un nombre común que engloba a gran parte de ellos: cambio climático.
Sus causas son múltiples, desde la deforestación hasta el consumo de tantos combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas…), pero hay otras causas como la excesiva ganadería. Particularmente, la cría de vacas produce muchísimo metano, un gas de efecto invernadero mucho peor que el famoso CO2.
En el fondo, el cambio climático es un enemigo común a todo el planeta y que reúne los mayores problemas ambientales. Por eso, intentar minimizar el cambio climático reduce también otros problemas. Por ejemplo, para detener el cambio climático debemos favorecer la plantación de árboles, acabar con la contaminación del transporte, reducir el consumo energético, reducir los tóxicos que se usan en la agricultura… e incluso reducir el sufrimiento de los animales en la poderosa maquinaria de la industria cárnica.
Esas soluciones para paliar el cambio climático harían que el planeta fuera más habitable para las siguientes generaciones. Pero además, tenemos que tomar conciencia de que en este planeta ya somos demasiados humanos. Nuestra especie es, sin duda, una especie invasora que afecta a todos los ecosistemas. Pero por supuesto, el impacto ambiental no es igual para cada persona del planeta, pues influye mucho el estilo de vida. Un estilo de vida consumista en un país puede tener una huella ecológica decenas de veces mayor que un estilo de vida humilde en algún país pobre.
Podemos hacer mucho y bueno
Cuando somos conscientes de tan graves problemas, lo primero que se nos ocurre es exigir cambios urgentes a nuestros gobiernos, porque ellos tienen más poder y más responsabilidad. Lo siguiente es pensar qué podemos nosotros hacer a nivel individual. Unos científicos lo estudiaron y estas son las cinco acciones más importantes que todos deberíamos conocer para actuar con mayor conciencia:
Primero, lo más ecológico es dejar de tener hijos, pues aunque solo sea un hijo menos, el impacto de cada humano es excesivamente grande (aunque depende mucho, como hemos dicho, del estilo de vida que inculquemos y elija ese ser humano).
En segundo lugar, vivir sin coche y sin mascota. Un coche contamina mucho, pero un perro mediano consume más recursos naturales que un 4×4, y un gato lo mismo que un coche normal.
En tercer lugar, dejar de volar en avión. Los aviones contaminan muchísimo más que el coche, pero también se usan menos. Podemos ahorrar de media hasta 2.8 toneladas de CO2 por cada viaje individual (puede ser menos en viajes cortos).
En cuarto lugar, comprar electricidad renovable para tu casa: Esto es posible en toda Europa, pero mucha gente no se cambia de compañía eléctrica por comodidad, ignorando que es muy sencillo, muy seguro y… ¡está en cuarto lugar!
En quinto lugar, algo muy difícil para algunos: tener una dieta principalmente vegana. Reducir mucho el consumo de carne y pescado supone reducir mucho nuestra huella ecológica, incluso aunque no seamos veganos del todo.
La lista continúa con otras acciones menos decisivas pero siempre importantes, tales como usar coche eléctrico o compartido, instalar paneles solares en casa, comprar productos eficientes, evitar el despilfarro de comida, reducir el consumo en general, reciclar, comer productos locales, ahorrar agua, evitar transportes innecesarios, compostar la basura, difundir la conciencia ambiental, usar banca ética, plantar algo de lo que comemos… y otros consejos ecológicos como los que propone la “Cadena Verde“.
Hemos mostrado que tenemos que trabajar en muchos frentes. Dos de los más importantes son intentar frenar el consumismo y que la población humana no crezca tan deprisa. Queremos que haya mucha fauna, pero no cualquier tipo de fauna. La fauna que hay en exceso es la fauna humana y la de su ganadería.
El Plan del Clima 2050 de Málaga se llama ALICIA. Les faltó añadir “en la ciudad de las maravillas” porque está lleno de fantasía y maquillaje verde. El ayuntamiento de la ciudad presenta un documento que recoge los riesgos del municipio de Málaga ante las amenazas climáticas que, como se dice en el informe, “ya están afectando a este territorio”. Sin embargo, el documento está lleno de generalidades y buenos propósitos que servirían para cualquier ciudad que quiera hacer un mediocre maquillaje verde (greenwashing). No todo es negativo, pero en general es un documento muy poco útil para frenar la crisis climática con la contundencia necesaria. Es público y notorio que el PP de Málaga no cree realmente en la crisis climática porque junto con Cs han frustrado la declaración de emergencia climática en Málaga, y existe una bien conocida posición del ayuntamiento contra el medioambiente.
En línea con un informe del Observatorio de la Sostenibilidad se reconoce que las temperaturas están subiendo y que el sur de la península Ibérica está entre las regiones más afectadas. También aumentará la temperatura del mar y disminuirán las lluvias (aunque las sequías periódicas y las precipitaciones extremas son normales, y por tanto esperables, por toda Andalucía). Finalmente, también es muy preocupante la subida del nivel del mar: 11,2 mm. al año desde 1992. Por todo esto, es urgente actuar, pero… ¿cómo?
El informe municipal se estructura en 6 sectores:
1. AGUA, un recurso muy vulnerable ante la crisis climática
Tengamos en cuenta que la mayor demanda se produce en verano (principalmente por el turismo), justo cuando hay menos precipitaciones. Además, la subida de las temperaturas tiene otros efectos, como el aumento de la evapotranspiración, la salinización de aguas subterráneas y el crecimiento de algas en los embalses (eutroficación). Respecto al agua, destacamos estos temas:
ALICIA reconoce “la importante deforestación“, lo cual genera, entre otras cuestiones, “violentas avenidas” en caso de aguaceros torrenciales. La solución es obvia: plantemos árboles. El informe lo dice, pero no dice cómo hacerlo, dónde hacerlo, ni qué se está haciendo, si es que se hace algo.
El informe ve la reforestación necesaria “para incrementar los recursos disponibles”. O sea, ven el agua solo como un recurso y los árboles como un medio necesario para conseguir más agua: no se valora la naturaleza por sí misma. El aire limpio o la biodiversidad quedan así en un segundo plano.
Además, a pesar de esa bonita intención de reforestar, no se propone ni un solo lugar para reforestar y el documento no hace ni una sola referencia al aprobado Bosque Urbano de Málaga… ¿será porque se aprobó con el voto en contra de PP y Cs?
Se sabe que los cultivos de regadío se llevan la mayor parte del agua (73.6% de las Cuencas Mediterráneas Andaluzas o DHCMA), por lo que debe frenarse su expansión y favorecerse el riego eficiente. El informe no dice nada de evitar el crecimiento del regadío.
Se sigue manteniendo el discurso del “crecimiento económico” asociado a un turismo depredador de recursos (golf, puertos deportivos…).
Se ha reducido el consumo de agua por habitante gracias a una política de precios para recuperar costes y para penalizar los consumos elevados, así como con medidas de mejora en la gestión y en el estado de las redes. A pesar de esto último, el informe reconoce que no hay datos sobre las pérdidas en la red de agua de Málaga. Los autobuses urbanos se lavan con agua reutilizada, lo que ahorra, según dicen, 16.000 litros al día, lo cual parece excesivo teniendo en cuenta que no es preciso lavar diaria y completamente todos los autobuses.
El informe recomienda plantar especies autóctonas o regar por las noches, pero el propio ayuntamiento lo incumple repetidamente. El colmo es que tras unos años de plantar césped por toda la ciudad, ahora están poniendo césped artificial, lo cual multiplica los microplásticos que acaban en el mar y en nuestra comida (además de otras nefastas consecuencias).
El césped artificial tapa la tierra evitando que plantas silvestres puedan germinar, las cuales normalmente no molestan y facilitan la vida a las abejas y otros animales.
Deben establecerse áreas libres para plantas silvestres (rotondas, medianas, zonas concretas en parques…). Esta es una medida muy barata que favorece la biodiversidad y la educación ambiental, a la vez que ahorra costes municipales.
El agua en la ciudad de Málaga es de buena calidad. La percepción de los malagueños es que sigue siendo tan mala como a final del siglo pasado, por lo que muchos recurren innecesariamente a beber agua mineral, con las implicaciones ambientales que ello acarrea (contaminación por transporte, plásticos, etc.). No hay planes de fomento del agua del grifo en hogares, ni en bares o restaurantes. Tampoco hay planes para fomentar fuentes de agua públicas, como se está haciendo en otras ciudades como Cádiz o Madrid.
Se han efectuado actuaciones para separar la red de pluviales de la de saneamiento, pero siguen existiendo problemas cuando llueve, pues las depuradoras no pueden depurar todo el agua que les llega, produciéndose forzosamente vertidos indeseables al río y al mar.
Otras medidas que se proponen son muy interesantes, pero falta concreción o son excesivamente futuristas: recoger agua de lluvia, reutilizar aguas residuales regeneradas, reducir la demanda (educando de alguna forma), o usar sistemas de alerta de sequías.
El informe reconoce la contaminación de los ríos por “los vertidos industriales y los productos fertilizantes”, pero ni siquiera plantea exigir mayor control a la autoridad competente ni cualquier otra medida.
2. Medio ambiente y biodiversidad desde la ciudad
El medio natural es uno de los sectores más vulnerables dado que las actividades humanas han sobrepasado los límites planetarios. Uno de los problemas más dramáticos es la pérdida de biodiversidad que el propio informe reconoce culpando a 7 causas: crecimiento urbanístico (especialmente debido al turismo), infraestructuras (como el AVE, por ejemplo), demanda de recursos, malas políticas rurales (como la PAC), tráfico de especies, crisis climática e incendios forestales.
El informe hace un repaso bastante completo de los impactos negativos que podemos encontrar (extinción de especies, especies invasoras, plagas, migraciones, alteración y desaparición de ecosistemas…). Sin embargo, no plantea soluciones concretas viables. Por ejemplo, denuncia las “barreras físicas de origen antrópico” (como las autovías y otras carreteras), pero en ningún momento propone construir puentes para fauna.
Descienden las poblaciones de muchas especies marinas (caballitos de mar, peces aguja y espinosos). Las causas son la degradación de su hábitat debido al desarrollo costero, la pesca de arrastre y los dragados para la regeneración de playas. A pesar de reconocerlo, el ayuntamiento sigue arrasando zonas costeras (véase Arraijanal), y no dice nada para prohibir o reducir ni la pesca de arrastre, ni la regeneración de playas.
El informe reconoce las pocas zonas verdes que tiene Málaga (7,7 m2/habitante) y expone su deseo de llegar a diez el año que viene y a veinte en 2050. Además, también se reconoce la desigualdad en eso entre distintos barrios. ¿Cómo piensa el ayuntamiento llegar a ese diez el año que viene si su proyecto es rechazar el bosque urbano? Es un misterio.
Se quiere resaltar el “Plan Director del Arbolado de la Ciudad de Málaga”, cuando Málaga se ha hecho famosa por sus arboricidios, repetidos en muchas zonas y durante muchos años. Las quejas ciudadanas se repiten muy frecuentemente por las talas de árboles, por las podas improcedentes (y caras), por los alcorques vacíos o con árboles muertos y porque se tapan los alcorques para no tener que poner un nuevo árbol. En Twitter, “Barrios Abandonados” tiene una triste colección de todos esos hechos y aquí tienes una lista bastante vergonzante.
Valoramos positivamente el programa de educación ambiental de “Málaga, como te quiero”, pero no deja de ser superficial. Por ejemplo, dan charlas para que los niños reciclen adecuadamente, cuando ya sabemos que reciclar no es ecológico. Otro ejemplo: absolutamente nada se ha hecho sobre el Pacto de Milán que la propia ciudad ha firmado y que, sorprendentemente, ni siquiera se cita en el informe ALICIA. ¿Ignora el ayuntamiento la importancia de la alimentación en la crisis climática?
ALICIA propone muchas acciones sin concretar. Por ejemplo, se propone “convertir zonas agrícolas abandonadas y espacios degradados en espacios naturales”, pero no cita ni un solo espacio en esa situación.
3. Sector primario: esencial y amenazado
El clima es esencial para la agricultura, la ganadería y la pesca. En Málaga, cada vez hay menos empleo en esos sectores.
El informe reconoce que hay riesgo de perder cosechas y abre la posibilidad de encontrar nuevas zonas aptas para ciertos cultivos. Nada se dice de si para cultivar esas nuevas zonas habrá que eliminar zonas naturales.
La reducción de la pesca en 20 años ha sido muy alarmante. El informe culpa de ello a la crisis climática, a la presión demográfica del litoral, a la contaminación con aguas residuales y a la pesca furtiva de inmaduros. Nada dice del daño que hacen los barcos arrastreros destrozando los fondos marinos constantemente, ni de cómo se pretenden resolver todos esos problemas.
Málaga tiene también acuicultura del mejillón, pero el informe no indica ninguno de los graves impactos ambientales de este tipo de actividad.
El municipio de Málaga tiene poca agricultura, centrada en las vegas del Guadalhorce y el Campanillas (cítricos, nísperos, aguacates, hortalizas, caña de azúcar…) y en la cuenca del Guadalmedina (almendros, algarrobos y olivos). Las soluciones que aporta para afrontar la crisis climática son tan interesantes como vagas (educar a agricultores, control de plagas, programar mejor los riegos…). No se dice nada sobre si el regadío está aumentando, ni sobre si hay sobreexplotación o salinización de acuíferos.
4. Medio urbano en Málaga capital
Este es un punto básico en el municipio de Málaga, pero el ayuntamiento da la espalda a aspectos esenciales (cementera, BUM, energía, autoconsumo, transporte sostenible, Pacto de Milán…).
Según este informe, “inundaciones y avenidas son el principal y mayor riesgo” de Málaga. Los muertos por contaminación atmosférica pasan desapercibidos para el ayuntamiento dado que no mueren todos el mismo día. Ante el evidente riesgo de inundaciones el ayuntamiento propone:
El “incremento de la superficie verde” y, de nuevo es justo lo contrario de lo que dicen los hechos.
La “renaturalización de ríos y arroyos”, pero el Guadalmedina sigue encementado a pesar de diversas propuestas.
Instalación de jardines de lluvia, sin aclarar dónde podrían hacerse. Este es otro caso de una buena idea sin auténtica intención de llevarla a cabo.
Otras medidas que se proponen son: revisión de normativas urbanísticas y de las pólizas de seguros, hacer estudios de las consecuencias, construir más diques, o regenerar más playas. El ayuntamiento parece ignorar que el aporte artificial de arena a las playas genera daños a los ecosistemas marinos y pérdida de valores económicos (en Málaga la gente cogía coquinas en la playa de la Misericordia, actividad ahora imposible).
El informe habla del efecto “isla de calor” en las ciudades, pero ni una palabra sobre las bondades de los árboles urbanos. Por supuesto, tampoco se dice nada sobre los árboles que Málaga ha perdido sin ninguna explicación, o sobre los grandes árboles talados y sustituidos por pequeños y caros ejemplares (como ocurrió en el Paseo del Parque).
La vulnerabilidad de la zona litoral se reconoce alta, especialmente en la zona oriental “ya que la progresiva urbanización ha reducido sus ya estrechas playas”. Respecto a la zona occidental se indica que es menor pero que “se ha incrementado con la ampliación de los diques del puerto, además de los escasos materiales aportados por un urbanizado Guadalmedina”. Si aprendemos de nuestros errores tenemos que entender que los ríos no tiran agua al mar, que urbanizar muy cerca de la costa es perjudicial para todos, y que los puertos generan conflictos con la naturaleza y con las playas. De nuevo, el ayuntamiento expone los datos teóricos pero sus hechos caminan en la dirección de agravar los problemas.
Con el clima de Málaga, no usar el sol para calentar agua (ACS) es sencillamente un crimen, pero tampoco de esto se dice nada en el informe municipal. Mucho menos, por supuesto, se estudian sistemas menos conocidos aunque muy baratos de calefacción solar.
5. Salud: Málaga fomenta la contaminación
El ayuntamiento prevé que aumente la mortalidad por “las olas de calor, las inundaciones y las enfermedades transmitidas por vectores” (mosquitos…). Además, se afirma que los problemas aumentarán si empeora la calidad del aire (partículas, ozono…).
El ayuntamiento reconoce el riesgo de que se reduzca la producción de alimentos por el cambio climático, pero no incide en las múltiples bondades de los huertos urbanos (entre las que producir alimentos es solo una de ellas).
Habla de “desarrollar modelos urbanos sostenibles, donde prime la escala peatonal”, pero el transporte público en Málaga no está bien organizado, salvo que vayas al centro de la ciudad (colapsado siempre de tráfico e interminables obras).
En Málaga los ciudadanos no usan mucho el transporte público porque es caro, mal estructurado y porque la ciudad sigue estando diseñada para el coche.
Para agravar más el problema, el ayuntamiento pretende soterrar el tráfico junto al mar, algo que va en contra de su propio informe de riesgos y que demuestra que el desastre climático no lo han entendido de verdad.
Hay que instaurar un transporte público urbano gratuito. Aquello que es de interés general no tiene que ser rentable. Por ejemplo, nadie pone en duda que las carreteras sean gratis y nadie habla de que sean rentables, a pesar de los altos costes que suponen. Por otro lado, un buen estudio de rentabilidad debe incluir todos los costes, tanto climáticos como sanitarios (atropellos, ruido, asma…).
El informe no hace ni una sola referencia al ruido, un problema grave en Málaga que pretenden ocultarlo al no citarlo. El ruido del tráfico no se controla en absoluto.
Por supuesto, todos apoyamos el “diagnóstico y análisis de la calidad del aire“. Bonitas palabras, pero la realidad es que los vecinos de distintos barrios no paran de quejarse de la contaminación y de la ausencia de mediciones fiables, hasta el punto de haber tenido que comprar sus propios aparatos de medición. El informe hace referencia a las estaciones de medición de la Junta de Andalucía ocultando que están situadas en las zonas menos conflictivas, todas ellas alejadas de la cementera y de los lugares de más tráfico. El ayuntamiento no dispone de ninguna estación para medir la contaminación, pero tiene 40 puntos para medir el tráfico.
Algunos contaminantes aumentan según el propio informe. Sospechamos que, ante esto, la acción prevista pueda ser cambiar las estaciones a otras zonas más limpias.
Se reconoce que algunos contaminantes proceden de las cementeras, en general, pero el informe no hace ni una sola referencia a la cementera situada en la ciudad de Málaga, localizada muy cerca de viviendas y colegios. ¿Es un simple olvido o hay una maliciosa intención?
Todo indica que se pretende que cada vez atraquen más cruceros en la ciudad, a pesar de que se sabe que son una importante fuente de contaminantes, como el dióxido de azufre (SO2) o partículas peligrosas (PM10 y PM2.5). Los cruceros contaminan más que todos los coches de Europa.
La estación de Campanillas registra una calidad del aire que “empeora con los años”, pero no se hace referencia a la posible causa (la central térmica de Naturgy) ni a soluciones viables.
El informe examina distintos indicadores (proximidad a transporte público y a zonas verdes, complejidad y compacidad de los barrios, índice de soledad…), resaltando que se pretenden mejorar pero sin decir apenas nada del cómo.
Proponen usar insecticidas para evitar mosquitos, sin mencionar la contaminación que genera ese método y que es, además, indiscriminado (también mata a insectos y aves beneficiosas). El informe ignora que fomentar las aves insectívoras podría ser más inteligente y, sin duda, más ecológico.
También, por supuesto, hablan en general de usar energías renovables, pero ni una palabra dedican al autoconsumo, y a la posibilidad de que el ayuntamiento contrate la electricidad a una empresa 100% renovable. Ni una palabra a reducir el consumo eléctrico en Navidad, o a evitar la desastrosa gestión de las farolas urbanas.
6. Turismo: Actuamos ya o será una muerte anunciada
Aunque viendo las políticas de los sucesivos gobiernos nacionales y locales no lo parezca, diversos estudios señalan a España como uno de los países más perjudicados por el cambio climático. La subida del nivel del mar, el retroceso o la pérdida de playas, la escasez hídrica y el cambio de clima, sin duda afectan a las zonas turísticas. Por eso, muchos hoteles están tomando medidas por su cuenta (reciclaje de agua, desalinizadoras, energía solar…). Los turistas vienen a Málaga atraídos por su clima y resulta paradójico que muchos vengan en avión, un medio que, con su elevada contaminación y otros efectos, altera precisamente ese clima que tanto les agrada.
Málaga ha promovido en los últimos años el turismo cultural (museos, monumentos…), lo cual es loable, pero también ha fomentado la llegada de cruceros que contaminan mucho la ciudad como ya se ha dicho. ¿Hasta qué punto compensa arriesgar la salud de los ciudadanos?
Los recursos hídricos son muy importantes en todo el sur peninsular y los turistas consumen más agua que en sus casas según el informe, lo cual nos lleva a que es preciso educar con campañas, pero también incluir la educación ambiental en los colegios.
Málaga tiene su costa altamente urbanizada y el informe resalta el riesgo que ello implica. En vez de respetar las pocas zonas costeras sin urbanizar, el actual alcalde está construyendo en un buen trozo de la costa de Arraijanal, arrasando árboles y plantas autóctonas como ya se ha mencionado.
El ayuntamiento dice que quiere que Málaga sea una smart destination, de turismo sostenible y accesible, sin expulsar por supuesto a la población residente. En cambio, todos los pasos se dan en la dirección contraria, por lo que parece que eso de turismo sostenible lo dicen solo para quedar bien.
El informe recomienda realizar estudios muy variados pero propone pocas acciones concretas y solo menciona algunas genéricas (aislar edificios, plantar árboles, sistemas de ahorro de agua, reutilización de aguas grises…) y se olvida de otras que serían muy deseables, como ya hemos publicado anteriormente.
Otro objetivo del ayuntamiento declarado en el informe es “incrementar la presencia internacional”. Sin embargo, si queremos minimizar la crisis climática hay que evitar que el turismo venga en avión o cruceros por su excesiva contaminación.
Puede que se pierdan turistas lejanos, pero deberían primarse los turistas cercanos que ahora se van lejos.
El tren AVE es un medio de gran impacto ambiental. Dado que el impacto de la infraestructura está hecho hay que abaratar su precio para hacerlo accesible a un mayor público e intentar resolver sus problemas (como los atropellos de animales). El nombre de AVE solo muestra la ventaja de ese tipo de tren y esconde otros problemas. Por eso, se ha propuesto cambiarle el nombre por AVE-CAMA-ECEFT.
Resumiendo
Málaga no puede pretender la sostenibilidad urbana mientras intenta que vengan más visitantes con medios altamente contaminantes como son los cruceros y los aviones.
El documento es interesante por el tema urgente que trata pero se dedica a copiar datos de otras fuentes, que ni siquiera son datos de Málaga en su mayoría. Además, se proponen pocas acciones directas y, cuando se hace, son tan genéricas que no son realmente prácticas y que podrían servir para cualquier otra ciudad. Para dejar claro a qué nos referimos con eso de “genéricas”, pongamos como ejemplo que el informe recomienda “promover la investigación” sobre el “impacto para los ecosistemas, las especies y sus interrelaciones”, pero no enumera ni una sola acción concreta para conseguirlo, por lo que aunque la intención pueda ser buena, no deja de sospecharse que el objetivo ha sido simplemente quedar bien sin comprometerse a nada sustancial.
Hace más de 40 años, cuando yo era pequeño, mi padre me decía:
—¿Ves esa casa? Pues no debería estar ahí. Algún día lloverá fuerte y esa zona se inundará. En España se construye muy mal.
Han pasado más de 40 años y en eso España ha retrocedido. Se ha construido mucho y mal, y lo que estaba mal permanece e incluso se ha reformado. Por si fuera poco, estamos en un contexto de crisis climática grave, que está haciendo que los fenómenos meteorológicos extremos sean más frecuentes. En cada desastre suele decirse que es “lo peor” que ha pasado en 30 ó 50 años. Como si fuera mucho tiempo. Sabemos que volverá a pasar lo mismo, o tal vez, algo peor. Y volverán a decir que es “lo peor” que ha pasado en 30 ó 50 años. ¿Podemos hacer algo para remediarlo?
Las inundaciones por lluvias torrenciales se repiten todos los años en distintas zonas de España. Si no hacemos nada pasarán cada vez más. Evitar tantos desastres está en nuestra mano:
Todos podemos plantar árboles con esta sencilla guía.
Plantar árboles. Hablamos tanto de árboles de ribera junto a los cauces, como de árboles en montes cercanos. Los árboles retienen el agua y la tierra, evitan desprendimientos y frenan la velocidad del agua. Plantar árboles es la primera medida del ecologismo, porque sus beneficios son inmensos y los árboles trabajan año tras año gratuitamente. Aquí te ofrecemos una breve guía para plantar árboles.
Detener y eliminar las construcciones en cauces y zonas con riesgo de inundación. Las edificaciones ya construidas hay que desmontarlas si no queremos que el desastre se repita (como hizo Holanda). Limpiar el barro de la zona afectada es una medida necesaria a corto plazo, pero todos sabemos que una zona que se inunda un día, volverá a inundarse antes o después. Hay que estudiar si se le puede dar otra salida al agua.
No “limpiar los cauces”. Los políticos incultos llaman “limpiar” a quitar la vegetación (no las construcciones). Lo que ellos llaman “suciedad”, es el hogar de muchas especies (vegetales y animales). Además, cuanto más “limpio” esté un cauce, mayor será la velocidad del agua y mayores serán los daños producidos.
Estudiar en detalle las subvenciones. El Estado tiene que ayudar a las personas víctimas de catástrofes, pero cuando el problema persiste y no se hace nada para resolverlo hay que plantearse que las subvenciones vayan también para resolver el problema y no solo para paliar los efectos del problema. ¿Habría que buscar y sancionar a los alcaldes y concejales de urbanismo de los desastres que se repiten? ¿Y los que han dado licencias de construcción en zonas claramente contrarias a la ley?
Plan de evacuación de animales: Los animales también sufren las catástrofes. Si nos estamos aprovechando de ellos, es justo que al menos intentemos salvarles la vida. Ya hay propuestas hechas y, por supuesto, los costos finales deben ser asumidos por los propietarios de los animales.
Responder ante la crisis climática. No basta con acciones concretas para un problema concreto. Si miramos el problema con amplitud, veremos que hay muchas acciones que podemos hacer para minimizar estos problemas: fomentar las renovables, dejar de usar el coche privado, reducir nuestras compras en general, comer menos carne y pescado, poner nuestro dinero en banca ética, cambiar nuestra electricidad a una empresa de renovables…
La legislación española prohíbe construir en los cauces e incluso obliga a las administraciones a eliminar estas construcciones (artículo 28 del Plan Hidrológico Nacional). ¿Por qué no se cumple la ley y nadie es castigado? Cada inundación supone muchos gastos para el Estado, pero “casi ninguna administración hace nada por corregir esta situación”, según EeA. El Colegio Oficial de Geólogos mantiene algo similar.
Concluyendo, la ley no se cumple ni por aquellos que deben hacerla cumplir. Los desastres se repiten y sabemos lo que tendríamos que hacer. Es obvio que si no hacemos nada, volverá a pasar.
Los eventos meteorológicos extremos de 2019 ya han provocado en el mundo el mayor número de desplazados desde que se tienen registros. Podemos hacer las cosas mejor o podemos hacerlas como hasta ahora y esperar tener suerte. La suerte no solo es cuestión de suerte. La suerte se puede buscar. Está en nuestras manos.
Imagen del campo de Cartagena que muestra que las inundaciones de Septiembre 2019 coinciden en las zonas que sabemos que son de riesgo (Fuente: Sistema Nacional de Cartografía de Zonas Inundables).
Holanda ha dado más espacio a los ríos para evitar inundaciones Se han trasladado casas y familias para evitar desastres y muertes España ha hecho lo contrario: ¿Quién es el culpable de las muertes que se produzcan?https://t.co/XLxbm8Khhg via @ballenablanca_
Seguramente sabías que la luz, el humo o el ruido son formas de contaminación. Pero te animamos a que hagas una pausa en esta lectura para reflexionar, primero en qué es contaminar; y segundo, en cuántos tipos de contaminación puedes enumerar. Luego, sigue leyendo y déjanos un comentario con tus conclusiones.
Según la RAE, contaminar es “alterar nocivamente la pureza o las condiciones normales de una cosa o un medio por agentes químicos o físicos”. Pues bien, no son pocas las personas que al pensar en contaminación solo evocan agentes químicos, como pueden ser los vertidos de petróleo en el mar, de aguas residuales en los ríos, o el uso de plaguicidas. Sin embargo, son también muy importantes los perjuicios de los agentes más físicoscomo la luz, el calor, la radiactividad, el ruido, los genes o el turismo.
Tipos de contaminación
1. Contaminación lumínica: El exceso de luz es un tipo de contaminación muy desconocido. Es muy frecuente encontrar sistemas de alumbrado ineficientes, excesivos, mal diseñados, o con un horario de apagado mal programado (farolas encendidas de día o a horas que no son útiles). También afecta la luz publicitaria, la de monumentos, las luces navideñas, etc. Es un problema cada vez más extendido a pesar de las crisis climática y energética. El inconveniente no es solo un sobreconsumo absurdo; o que no se puedan ver las estrellas; sino que afecta negativamente a la fauna, especialmente a las aves migratorias y a los insectos. Alicia Pelegrina es una científica que hace monólogos de humor y una de sus pasiones es divulgar los problemas de la luz. Como ella dice, la luz se ha asociado a cosas buenas y no siempre es así. La iluminación LED tiene buena fama porque ahorra dinero, aunque sin embargo, aumenta la contaminación del cielo. Recomendamos su monólogo ¡Queremos ver las estrellas! (sobre las bombillas LED y el efecto rebote que producen).
2. Contaminación acústica: Un ruido emitido no perdura en el tiempo, pero la exposición prolongada a ruidos tiene efectos negativos para la salud humana y de los ecosistemas. Todo sonido no deseado es contaminación acústica y las fuentes principales son las actividades humanas, tales como el transporte —el tráfico y sus motos—, la construcción, las industrias, y también inventos como las sopladoras de hojas, la música excesivamente fuerte o las motos acuáticas. Ni siquiera bajo el mar hay silencio. El tráfico marítimo, la minería y las prospecciones marítimas producen excesiva contaminación acústica, lo cual afecta a la vida marina, especialmente a los cetáceos.
3. Contaminación turística: Dependiendo de su comportamiento, una única persona puede dañar un ecosistema. Imaginad el daño que producen miles de personas invadiendo ecosistemas naturales, como por ejemplo las playas en verano (sí, una playa es antes un ecosistema que un lugar de ocio). El turismo puede ser altamente contaminante, especialmente si se viaja en avión y sin unas normas básicas de responsabilidad. También puede afectar a otros aspectos, tales como el paisaje, la explotación laboral, la destrucción de ecosistemas o el abuso de recursos como el agua. Un caso evidente es el turismo de campos de golf cuando infecta territorios donde el agua es escasa, como el Sur de Europa. Un poco más lejos, en África, los turistas acosan a los animales para verlos de cerca (no te pierdas este vídeo con lo que pasa cuando unos guepardos consiguen cazar).
4. Contaminación informativa: Este desorden abarca tanto el exceso de información como su falsedad. Las redes sociales facilitan la exposición a demasiados datos, lo cual puede generar estrés y saturamiento. Muchos grupos políticos tienen deseos de divulgar información falsa (bulos) para polarizar a la población, confundirla o desviar la atención de ciertos problemas. Por ejemplo, en España, la dirigente Isabel Díaz Ayuso (del PP) es una experta en levantar polvareda informativa, falsa y conflictiva. Un bulo o una polémica puede generarse en diez segundos, mientras que desmentirlo puede requerir semanas, si es que se logra. Además, que un líder haga el ridículo no cambia significativamente la tendencia de voto de sus votantes. Los errores políticos suelen justificarse con cualquier muletilla. Es obvio que hay que escuchar a todo el mundo con espíritu crítico. Dentro de esta categoría podríamos incluir una educación deficiente, porque tan malo es educar de forma errónea como insuficiente. Y por ejemplo, la educación ambiental es asombrosamente deficiente.
5. Contaminación visual o estética: Se refiere al abuso de elementos que alteran la estética del entorno o el paisaje. Pueden ser carteles publicitarios, cables, chimeneas, antenas, edificios, molinos eólicos, centrales de energía solar (como estas)… Este tipo de contaminación puede afectar a la salud de los individuos, en especial la psicológica. Los molinos de viento no solo pueden afectar al paisaje, sino que también son la causa de grandes mortandades de aves y murciélagos.
6. Contaminación textil: La producción de telas y calzados es responsable de la contaminación del agua y de emisiones de gases de efecto invernadero. Hasta la ropa de segunda mano tiene un impacto oculto, en el que muchos no piensan. Pero aquí queremos resaltar que la ropa en sí misma puede estar contaminada con productos tóxicos procedentes de los procesos de limpieza o estampado. Al estar en contacto con tu piel estarían intoxicando tu cuerpo. La ropa vieja, al haber sido lavada muchas veces, tendría menos problemas en este sentido.
7. Contaminación térmica: Cambiar la temperatura de un ecosistema puede tener efectos negativos. Por ejemplo, las centrales nucleares necesitan estar cerca de grandes fuentes de agua para su funcionamiento y vierten al medio agua caliente sobrante. El aumento en la temperatura del agua afecta negativamente a la biodiversidad, reduce la solubilidad de oxígeno y aumenta el metabolismo de los animales acuáticos, lo cual los lleva a consumir más alimento, reduciendo los recursos del ecosistema. El efecto contrario se produce en las plantas regasificadoras de gas. Estas plantas reciben gas líquido (GNL) y lo devuelven a su estado gaseoso. Para ello, usan agua (normalmente del mar) y la devuelven más fría. ¿Podría considerarse el calentamiento global un tipo de esta contaminación?
8. Contaminación electromagnética: Los equipos electrónicos, torres de alta tensión, transformadores, antenas de telefonía móvil, electrodomésticos, routers, etc. producen campos electromagnéticos que pueden afectar a la salud. Aunque la ciencia no ha demostrado efectos adversos, es cierto que hay personas en las que son muy notables sus perjuicios (hipersensibilidad electromagnética).
9. Contaminación genética: La difusión de genes de forma incontrolada es un problema imposible de cuantificar o de evaluar. Los genes pueden ser de organismos artificiales (transgénicos, OMG) o naturales, y se pueden contaminar tanto cultivos como poblaciones salvajes. Por ejemplo, si se planta maíz transgénico en un terreno, no se puede plantar maíz ecológico a decenas de kilómetros, porque el polen viaja por el viento y contamina las plantas, sus frutos y sus descendientes. Las consecuencias pueden permanecer desconocidas para siempre. Liberar un organismo vivo —como una semilla— en un ecosistema del que no procede es contaminación genética, pues dicho organismo podría transmitir sus genes (por reproducción o hibridación). Es un problema grave para la biodiversidad y tan inconmensurable que dispara la imaginación literaria.
10. Contaminación espacial: Orbitando alrededor de la Tierra hay toneladas de basura: satélites viejos, partes de cohetes, fragmentos de pinturas, tornillos… El principal problema no es estético, sino ético y práctico. La basura cae regularmente a la Tierra y puede causar serios problemas, ya que es complicadísimo predecir el lugar de caída. Además, las colisiones pueden romper satélites útiles y producir más basura espacial (síndrome de Kessler). En 2008, había 2000 satélites activos. Ahora hay más del doble. Y se siguen lanzando más. Los científicos piden que la órbita baja de la Tierra sea un ecosistema protegido.
11. Contaminación del suelo: Es un tipo de contaminación química. Lo más usual es la presencia de pesticidas de la agricultura (que también contaminan acuíferos y mares). El suelo también puede contaminarse por múltiples otras causas, tales como por invasión del agua marina (al abusar de los acuíferos costeros), por purines de la ganadería, o por basuras urbanas o industriales. No es raro que la extracción de hidrocarburos, su procesamiento y su almacenamiento acaben contaminado el suelo en donde se llevan a cabo todas esas actividades.
12. Contaminación hídrica o del agua: Aunque los vertidos de petroleros son muy impactantes, el origen principal de esta contaminación está en la ganadería, la agricultura, las industrias y las ciudades que no depuran bien sus aguas negras. La pesca es otro enorme foco de contaminación para el mar (aparejos y redes se pierden o se abandonan). Tal vez, la pesca de arrastre sea la más responsable en contaminación de plásticos, metano y CO2, pero otros artes de pesca —como el palangre— también tienen un impacto desmedido. Otra fuente de contaminación es la salmuera que vierten al mar las plantas desaladoras de agua. Esta agua eleva la salinidad y la temperatura de las aguas circundantes al punto de descarga, afectando negativamente a especies como la Posidonia. Por otra parte, la desalación tiene otros impactos ambientales. Una fuente de contaminación del agua de la que se habla poco son las lavadoras, por la enorme cantidad de detergentes y fibras que liberan a las aguas residuales y que las depuradoras no pueden eliminar. Lavar menos la ropa, con menos detergente y usar ciclos cortos ayuda a reducir este tipo de vertidos. La UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) estimó que la mayoría de los microplásticos en el océano provienen de lavar la ropa (34,8%).
13. Contaminación atmosférica o del aire: Junto con la contaminación hídrica, es posiblemente la más conocida. El ser humano vierte a la atmósfera toneladas y toneladas de gases contaminantes, desde el conocido dióxido de carbono (CO2) a otros gases como los óxidos de azufre, óxidos de nitrógeno, metano, ozono, etc. Algunos son tóxicos para la salud. Otros producen el cambio climático o la lluvia ácida. Abandonar los combustibles fósiles y reducir el consumo de lácteos y carne ahorraría millones de vidas. En este apartado también se incluye la contaminación por partículas (lo cual es directamente cancerígeno) y la innombrable contaminación de interiores: muchos piensan que en su casa están a salvo de la contaminación, cuando son ellos mismos los que ensucian el aire que respiran con limpiadores, barnices, pinturas, desinfectantes, ambientadores… o tabaco.
14. Contaminación radiactiva o nuclear: La presencia no deseada de sustancias radiactivas en el entorno es algo altamente peligroso para la salud y casi imposible de eliminar. Es uno de los motivos por los que las centrales nucleares deberían ser cerradas de forma urgente. Esta contaminación normalmente afecta al suelo, al aire y al agua. Es una de las llamadas “nuevas entidades“.
15. Contaminación postal: El envío de paquetes ha crecido enormemente por las ventas online. Esto dispara la otros tipos de contaminación especialmente para transportar el paquete en los últimos kilómetros (hasta tu casa). El colmo es el tráfico de las devoluciones. Muchas empresas no tienen capacidad de tratar esas devoluciones y acaban tirando a la basura sus productos. Los efectos secundarios de esta contaminación son el cierre de comercios de barrio, el consumo compulsivo, la destrucción de productos no vendidos o devueltos, la venta de datos personales a otras empresas y la destrucción de los embalajes. Por eso, ya se ha propuesto que los paquetes sean devueltos vacíos para ser reutilizados.
16. Contaminación del cuerpo: Introducir sustancias nocivas en nuestro propio cuerpo es contaminarnos. Puede ser de forma voluntaria en forma de malos hábitos alimenticios (como los excesos de azúcar, de grasas animales, de sal, etc.) o de drogas como el tabaco o el alcohol, entre otras. También puede ser de forma involuntaria, por ejemplo al respirar o ingerir productos contaminados. Por concretar en ejemplos concretos, casi todas las bebidas están contaminadas con microplásticos y gran parte del pescado está contaminado por mercurio (particularmente el atún y otros peces carnívoros) y, sin embargo, la mayoría de la población lo desconoce.
Podríamos haber puesto en epígrafes independientes algunos tipos de contaminación incluidos en los anteriores, tales como la contaminación por plásticos, o por aparatos electrónicos. En todo caso, es fundamental que, cada uno, desde nuestro lugar, actuemos diligentemente contra todo tipo de contaminación. Simplemente hablar de esto, es un gran avance. Otra cosa es comprometerse a votar a formaciones comprometidas.
Pregunta: ¿Qué imagen o tipo de contaminación te ha impactado más? (puedes contestar en nuestros comentarios de abajo)
Hay un árbol perennifolio que está siempre en flor, el árbol del cacao (Theobroma cacao). Otra especie más que está amenazada por el cambio climático. De sus semillas sale el chocolate, un producto que no es de primera necesidad, pero que está buenísimo: un auténtico alimento de los dioses, como indica en griego su género (la primera palabra de su nombre científico). Se le atribuyen muchas propiedades beneficiosas (mejor cuanto más negro), tales como ser anticancerígeno y antidiarreico, ayudar a los sistemas circulatorio e inmune, combatir la tos y el síndrome de fatiga crónica (SFC)… y sin olvidar el hecho de ser antioxidante, y afrodisíaco.
Intermón-Oxfam revela los trapos sucios de diez multinacionales con productos superventas: Coca-Cola, Nestlé, Danone, Kellogg’s, Mars, Unilever, Pepsico, Mondelez, General Mills, y Associated British Food.
Como características negativas, el chocolate tiene demasiadas grasas y azúcares, y a algunos le provoca dolor de cabeza. Pero más dolor de cabeza provoca a los muchos niños que trabajan en régimen de explotación infantil en muchas plantaciones de cacao, y a los agricultores que se les paga un precio despreciable, (con discriminación femenina) en parte por la concentración del mercado mundial en unas pocas multinacionales (similar al oligopolio del mercado eléctrico en España). El 45% de los hogares que producen cultivos para exportación (cacao y café principalmente) están entre los más pobres de la sociedad en Costa de Marfil, el principal productor de cacao del mundo. ¿Cómo pueden ser tan pobres los que producen un producto tan rico, y que se paga bien en el mundo rico?
Algunos dicen que es muy fácil ser ecologista en los países ricos. No es cierto, pero Wangari Maathai demostró que se puede ser ecologista comprometida y mujer, en un país muy pobre, y donde la mujer aún no tenía plena igualdad. Seguro que para esta Mujer Árbol (Tree Woman) fue muy duro hablar del “cambio climático” en un país tan empobrecido y donde la corrupción la llevó varias veces a la cárcel.
Wangari Maathai (1940-2011) nació en Kenia, y murió ayer de un cáncer. Merece ser recordada por muchas cosas, como ser la primera mujer africana en recibir el premio Nobel, Nobel de la Paz 2004 “por su contribución al desarrollo sostenible, a la democracia y la paz”, más específicamente por promover la plantación de árboles en toda África. El Parque Uhuru de Nairobi se mantiene vivo gracias a que ella consiguió paralizar un complejo urbanístico. ¿Cuántos casos similares tenemos en nuestra España? ¿Acaso el caso de El Algarrobico, en pleno Parque Natural es único en España?
A pesar de su condición de mujer pudo estudiar en universidades estadounidenses y doctorarse en la Universidad de Nairobi. A partir de 1976 colaboró con el Consejo Nacional de Mujeres de Kenia, donde pudo desarrollar su idea de plantar árboles para mejorar el entorno y mejorar la calidad de vida. El Movimiento Cinturón Verde (Green Belt Movement) surge en 1977 y, desde entonces, se han plantado más de 40 millones de árboles en África (en granjas, escuelas, iglesias…), pero también ha servido de inspiración para plantar árboles por todo el mundo. También tiene el premio Goldman 1991 y multitud de otros premios y distinciones a nivel internacional. También fue parlamentaria de Kenia, y fundadora de un partido ecologista (en España no ha habido partidos ecologistas con éxito nacional, pero ahora tenemos a EQUO que parece una gran alternativa para muchos de los que estamos indignados con la política tradicional, insostenible).
Puedes leer sobre otros ecologistas egregios en este breve artículo, y ver este pequeño vídeo homenaje a algunos que han dado la vida por la Tierra, pero no olvides que también puedes plantar árboles: Aquí tienes una breve guía de cómo plantar árboles sin grandes conocimientos ni esfuerzos. Nos gustaría saber si algún lector de estas líneas va a plantar algún árbol en nombre de la Tree Woman del mundo, Wangari Maathai… Gracias y ánimo.
Volar ha sido un sueño del ser humano. Ahora lo podemos hacer a buen precio. Es barato (en dinero). Pero tiene, al menos, cuatro costes ocultos que pagamos todos (los que vuelan y los que no vuelan). El primer coste oculto es el de la contaminación, el segundo son las ayudas públicas, el tercero es la masificación turística y el cuarto coste oculto es la precariedad laboral.
1. Contaminación por correr y volar
Los viajes de bajo costo han multiplicado el número de vuelos y están convirtiendo a las compañías de bajo coste, como Ryanair o EasyJet, en las empresas más contaminantes, adelantando incluso a las empresas que queman carbón. Si viajar en avión contamina demasiado, aumentar el número de vuelos multiplica los efectos de la crisis climática. Sobre los efectos de los vuelos en avión recientemente hemos publicado un resumen con este vídeo breve.
2. Dinero de todos para las empresas que contaminan
Los aeropuertos que no son rentables reciben dinero público. También reciben dinero público las compañíasaéreas. Ryanair ha recibido al menos 236 millones de dinero público (y se investiga si son ayudas ilegales). Es imposible saber cuánto dinero se destina a fomentar este tipo de vuelos, porque las ayudas las dan los gobiernos a todos los niveles (local, autonómico y estatal).
Se ha denunciado que las subvenciones a los vuelos desde Canarias, Baleares, Ceuta y Melilla son un “chollo” para las aerolíneas, a costa de todos los españoles. La gente más rica es la que más se aprovecha de estos vuelos subvencionados, porque los ricos son los que más viajan. Se subvenciona hasta el 75% del precio, pero solo se benefician las aerolíneas y los que vuelan. ¿Y si ese dinero se destinara a sanidad, educación o crisis climática? ¿No sería más rentable y lo disfrutaría más gente?
También reciben subvenciones las empresas constructoras de aviones comerciales. El auténtico negocio de esas empresas está en los aviones militares (que paga el contribuyente, aunque no los quiera) y en las subvenciones directas (que también pagas tú, vueles o no) o indirectas (a través de contratos militares).
Por último, también se subvenciona el combustible de los aviones. La gasolina para los coches tiene muchos más impuestos. Un reciente estudio concluye que “las ayudas a la aviación son en parte responsables del rápido crecimiento de las emisiones de efecto invernadero del sector” que ha crecido a más del doble en los últimos años. Es una contradicción firmar acuerdos ambientales (como el Acuerdo de París) y subvencionar viajes en avión.
3. Turismo masivo e insostenible
El turismo y todo lo que implica (vuelos, regalos, recuerdos, aire acondicionado de los hoteles, gasolina…) es responsable de casi el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero, lo cual llega hasta el 80% en algunos países. Para un turismo responsable hay que cumplir ciertas normas, y entre las más básicas está la de NO viajar en avión.
El turismo genera empleo y riqueza. Sin embargo, si se hace a costa de destruir nuestro futuro y el de las siguientes generaciones, entonces eso NO es riqueza, aunque el maldito PIB diga lo contrario. Por otra parte, un turismo masivo es muy molesto para los ciudadanos y no es extraño que surja la turismofobia.
4. Si vuelas barato, abusas de los trabajadores
Los empleados low cost de las compañías de bajo coste son los modernos esclavos que se ocultan detrás de un viaje barato: sueldos precarios, horarios imposibles, medios y preparación insuficientes, lesiones laborales, trabajo temporal, derechos mínimos, amenazas… Todo eso y más es lo que se fomenta volando barato.
Las compañías de bajo coste recortan gastos absurdos, pero también gastos esenciales en una sociedad justa. Por supuesto, es responsabilidad del gobierno controlar esos abusos, pero cuando el gobierno no lo hace… ¿hasta dónde es responsabilidad de los que viajan barato y saben las consecuencias?
Conclusiones
Sorpréndete: Pincha aquí para ver un vídeo breve sobre las implicaciones que tiene volar en avión.
Si queremos hacer cierto el lema que proclama que “el que contamina, paga”, tenemos que aumentar los precios de volar y de hacer turismo. Eso es algo que no gusta a nadie (a los ecologistas también les gusta hacer turismo), pero si queremos la sostenibilidad tenemos que actuar.
Dedicar dinero público o privado a sectores contaminantes como la aviación es insostenible desde el punto de vista ambiental. Mientras el sistema colapsa, algunos se están forrando a costa de todo(s) lo(s) demás. Una cosa es cierta: los viajeros de los vuelos low cost son felices en su ignorancia o en su indiferencia.
Nuestra sociedad (en general) se indigna cuando surgen noticias de maltrato animal (especialmente hacia perros, gatos o caballos). Sin embargo, convivimos con el maltrato animal a diario y la sociedad no lo ve, tal vez porque no quiere verlo. Un ejemplo es el uso generalizado de cuero. El cuero es piel de un animal que vivió —casi con seguridad— en condiciones indeseables: sufrió durante su vida y durante su muerte.
En un bolso, unos zapatos o un cinturón de cuero, también podemos ver los ojos de un animal pidiendo que no mercadeemos con su piel. Estamos éticamente obligados a preguntar por los componentes de cada objeto antes de comprarlo.
El cuero suele ser piel de vaca, pero también lo hay procedente de otros animales (cerdos, ovejas, cabras, caballos, avestruces, reptiles… incluso perros y gatos en China para productos baratos que se venden por todo el mundo). Una vez arrancada la piel del animal, se pierde la pista de su origen. Antes de venderla hay que curtirla para evitar su putrefacción. En todo el proceso hay, al menos, tres graves problemas:
Impacto ambiental: Aquí tenemos que incluir dos aspectos inseparables.
Impacto de la ganadería en su conjunto (cría, transporte y sacrificio): Esta es una de las industrias más conflictivas del planeta, provocando deforestación, contaminación de tierras, consumo excesivo de agua, grandes emisiones de gases contaminantes (especialmente metano), contaminación de acuíferos, de ríos y de mares, pérdida de hábitats, extinción de especies, etc. Reduciendo la ganadería se reduciría la contaminación y tendríamos tierras y agua para alimentar y vestir a muchas más personas (lo dice la ciencia). Se estima que la ganadería:
Es la responsable del 18% de las emisiones contaminantes de GEI.
Ocupa más del 30% de las tierras cultivables del planeta.
Consume más del 50% del agua que usan los humanos.
Impacto del curtido: Se usan productos químicos muy contaminantes, como cromo, arsénico o cianuro, además de grandes cantidades de agua, lo que eleva la huella hídrica de los productos de marroquinería.
Condiciones de los trabajadores: Entre los trabajadores del curtido hay mucha incidencia de cánceres (especialmente cáncer de páncreas), problemas respiratorios y cutáneos. Los salarios y las condiciones laborales suelen ser malas, incluso permiten el trabajo de menores (en Pakistán, por ejemplo, uno de los grandes exportadores de cuero). El trabajo en mataderos es, obviamente, indeseable para la mayoría de las personas. Suelen trabajar allí los que no tienen otras alternativas.
Maltrato animal: Hasta usar lana es una forma de esclavizar animales y en su cría se les provoca mucho dolor y sufrimiento invisibilizado (como el desconocido proceso de mulesing). Por tanto, con más motivo el cuero es algo éticamente rechazable. Es imposible producir cuero de forma ética para los animales.
La industria del cuero no es ajena a sus problemas y por eso aplica técnicas de greenwashingpara confundir a los consumidores. Cuatro de estas estrategias son:
Algunos presumen de ser “libres de cromo” (chrom-free), pero evitan mencionar que usan otros productos químicos y, por supuesto, no hacen nada respecto a los demás problemas mencionados.
Otros alegan sellos de “bienestar animal” diciendo que sus animales se han criado en “semilibertad y ecológicamente”. Aunque unos animales pueden vivir mejor que otros, se están usando de forma egoísta, simplemente por el beneficio para los humanos y, por supuesto, al final todos los animales son sacrificados (incluso los de granjas supuestamente ecológicas).
Otro argumento es que la humanidad lleva usando pieles desde la prehistoria. Un argumento absurdo que no justifica hoy todos los problemas que hemos expuesto, más aún cuando tenemos muchas alternativas disponibles. En todo caso, el consumo en la prehistoria no amenazaba la estabilidad planetaria. En la prehistoria no había macrogranjas, ni se producía soja deforestando el Amazonas para alimentar ganado a miles de kilómetros.
Los defensores del cuero alegan que es un subproducto de la industria de la carne. El argumento no sirve porque la industria ganadera también gana dinero vendiendo la piel y podría alegarse que la carne es un subproducto de la industria del cuero. Lo mismo se puede decir con los huesos de los animales con los que se fabrican cosméticos, gelatinas y golosinas, por ejemplo. Tanto si compras carne como si compras gelatina, golosinas o cuero estás dando dinero a esa industria, la cual te agradece tu contribución y tu apoyo directo.
Es imposible descubrir el origen del cuero de un producto: nunca lo pone en la etiqueta. Tampoco se indica nunca la especie del animal del que procede esa piel. Si es algo barato, muy posiblemente es piel de perro. Muchas veces el cuero viene de lejanos países donde las leyes sobre bienestar animal son laxas o inexistentes. Un curioso caso es el de India: dado que allí la vaca es un animal sagrado está prohibido matarlo en casi todos los estados. Lo que hacen es matarlas clandestinamente o transportarlas a países o estados donde es legal su sacrificio. Hasta las vacas sagradas mueren para alimentar el comercio internacional.
Lo mejor de todo es que hay alternativas vegetales y no son caras. El nailon es una alternativa plástica, pero no es recomendable porque produce micro y nanoplásticos que contaminan el planeta. Solo tenemos que buscar esas alternativas vegetalesy elegir con conciencia planetaria. A veces es imposible saber si un producto tiene elementos de origen animal porque ni siquiera lo saben los vendedores. En ese caso, para estar seguros debemos acudir a marcas y tiendas que garanticen ser veganas.
Este artículo es largo, pero merece la pena leerlo hasta el final.
Naomi Klein (periodista canadiense, 1970-) ha escrito tres libros que han conseguido cambiar la percepción de la sociedad. Sus anteriores libros son “No logo” (1999) y “La doctrina del shock” (2007).
En “Esto lo cambia todo” (2015) se propone hablar de un tema incómodo y que muchos eluden (como corrobora Leonardo DiCaprio en su documental “Before the flood“, verlo entero aquí). Naomi Klein expone los mitos y las realidades del Cambio Climático, sin caer en tópicos ni en la desesperación, ofreciendo datos, caminos y opciones que debemos transitar.
Naomi Klein reconoce que ella misma negó el cambio climático cuando “sabía que estaba pasando”. No lo negaba como Donald Trump diciendo que mientras exista el invierno el cambio climático es mentira. Pero lo ignoraba, como mucha gente, mirando para otro lado sin querer ser consciente de la realidad o confiando en milagros tecnológicos o políticos. “El cambio climático es así: es difícil pensar en él durante mucho tiempo. Practicamos esta forma de amnesia ecológica intermitente por motivos perfectamente racionales. Lo negamos porque tememos que, si dejamos que nos invada la plena y cruda realidad de esta crisis, todo cambiará. Y no andamos desencaminados”: “El cambio climático lo transformará todo en nuestro mundo”. Esto implica “cambiar cómo vivimos y cómo funcionan nuestras economías, e incluso cambiar las historias que contamos para justificar nuestro lugar en la Tierra. La buena noticia es que muchos de esos cambios no tienen nada de catastróficos. Todo lo contrario: buena parte de ellos son simplemente emocionantes”.
Naomi Klein constata que es posible que la lucha contra el cambio climático requiera invertir dinero, pero el dinero se puede conseguir. Como muestra, resalta que las autoridades sacaron “billones de dólares hasta de debajo de las piedras” para salvar la banca y han hecho “pagar a la ciudadanía la factura dejada por los bancos” que ocasionaron la crisis. “El cambio climático, sin embargo, no ha sido nunca tratado como una crisis por nuestros dirigentes”, pero “si un número suficiente de todos nosotros dejamos de mirar para otro lado y decidimos que el cambio climático sea una crisis (…) no hay duda de que lo será y de que la clase política tendrá que responder”, porque “no basta con que lo mitiguemos o nos adaptemos a él. Podemos aprovechar esto para reactivar economías locales, “recuperar nuestras democracias de las garras de la corrosiva influencia de las grandes empresas”, “recobrar la propiedad de servicios esenciales como la electricidad y el agua, reformar nuestro enfermo sistema agrícola y hacer que sea mucho más sano”, respetar los derechos indígenas y las migraciones climáticas, y “poner fin a los hoy grotescos niveles de desigualdad existentes”:
La Doctrina del Shock: Lee un resumen de este libro, también de Naomi Klein.
“La emergencia misma del cambio climático podría constituir la base de un poderoso movimiento de masas”.
Muchas veces se han aprovechado las crisis para imponer medidas que enriquecen a una reducida élite (España es un claro ejemplo): suprimiendo regulaciones, recortando gasto social, forzando privatizaciones, regulando a favor de ciertas empresas, limitando los derechos civiles (la “ley mordaza” en España), regalando dinero a los bancos, etc. El cambio climático es una crisis que podría aprovecharse, una vez más, para beneficiar a los ricos “en vez de para incentivar soluciones motivadoras (…) que mejoren espectacularmente la vida de las personas”: “El cambio climático representa una oportunidad histórica”.
Naomi Klein critica a la ONU porque, a pesar de tener la misión de prevenir que se alcancen en el mundo niveles peligrosos de cambio climático, no solo no ha realizado progresos, sino que ha permitido que se retroceda. Tal vez, lo mejor que ha conseguido es que se hable del cambio climático. Lo peor que puede ocurrir es que se ignoren los problemas: olas de calor brutales, sequías, inundaciones, plagas, huracanes, incendios, aumento del nivel del mar, desplazamiento de millones de personas, contaminación atmosférica, lluvia ácida, enfermedades viajeras, pérdidas de cosechas… problemas que se unen a otros como las pesquerías diezmadas o el aumento mundial de la demanda de carne. Klein afirma que ante un panorama así “cuesta ciertamente imaginar qué quedaría sobre lo que sustentar una sociedad pacífica y ordenada”.
La climatóloga Lonnie G. Thompson dijo: “Casi todos los científicos y científicas del clima estamos ya convencidos de que el calentamiento global representa un peligro inminente para la civilización“. Lo curioso es que “disponemos de las herramientas técnicas para desengancharnos de los combustibles fósiles” y aunque, haya que tomar medidas extraordinarias, el ser humano es capaz de hacerlo. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial se redujo el uso de automóviles por placer en el Reino Unido. También en EE.UU. y Canadá aumentó el uso del transporte público y se cultivaron los llamados “huertos de la victoria”. Y aún hoy sacrificamos nuestro bienestar cuando nos lo piden en nombre de la austeridad y del crecimiento económico (reducción de pensiones, aumento de la edad de jubilación, pérdida de derechos laborales, reducción de las prestaciones públicas… o cosas como salvar las autopistas en España).
“Estamos atascados porque las acciones que nos ofrecerían las mejores posibilidades de eludir la catástrofe –y que beneficiarían a la inmensa mayoría de la población humana– son sumamente amenazadoras para una élite minoritaria que mantiene un particular dominio sobre nuestra economía, nuestro proceso político y la mayoría de nuestros principales medios de comunicación”. Y esto se demuestra en lo que llama los “tres pilares de las políticas de esta nueva era“: “privatización del sector público, desregulación del sector privado y reducción de la presión fiscal a las empresas” (o permitir que defrauden en paraísos fiscales).
Todo esto demuestra que “nuestra economía está en guerra con múltiples formas de vida sobre la Tierra, incluida la humana”, pero “podemos transformar nuestra economía”. Estamos ante una “dura elección: permitir que las alteraciones del clima lo cambien todo en nuestro mundo o modificar la práctica totalidad de nuestra economía”. La autora dice que “el cambio climático es una batalla entre el capitalismo y el planeta (…) y el capitalismo la está ganando”: Más que esperar nuevas tecnologías, “tenemos que pensar de manera distinta” y aplicar las tecnologías que ya tenemos.
Los alces de Canadá están muriendo envenenados por beber agua contaminada por las toxinas de las arenas bituminosas de la industria de las energías sucias (Shell). Este es sólo un ejemplo de los millones que se podrían poner. Si queremos preservar nuestro planeta “tendremos que renunciar a ciertos lujos”. Ello conllevaría la desaparición de industrias enteras. Veremos desastres “hagamos lo que hagamos”. Aún así no es demasiado tarde para evitar lo peor.
Psicología del cambio climático
Diversos estudios sostienen que la ideología o «cosmovisión» personal influye en la opinión sobre el cambio climático más que ninguna otra cosa (más que la edad, la etnia, el nivel educativo o la afiliación a un partido). Así, las personas con cosmovisiones «igualitaristas» (caracterizadas por la inclinación hacia la acción colectiva y la preocupación por la desigualdad y la justicia social) aceptan el consenso científico sobre el cambio climático. Por el contrario, las personas que tienen visiones del mundo «jerárquicas» e «individualistas» (marcadas por su oposición a la ayuda a las minorías y a la pobreza, apoyo fuerte a la empresa privada y convencidos de que todos tenemos más o menos lo que nos merecemos) rechazan ese mismo consenso científico.
Dan Kahan, profesor en Yale, llama «cognición cultural» al proceso por el que, con independencia de nuestras ideologías políticas, aceptamos una información nueva sólo si confirma nuestra visión, pero si supone una amenaza a nuestro sistema de creencias, entonces nuestro cerebro se pone de inmediato a producir “anticuerpos intelectuales destinados a repeler esa invasión”. Es decir, “siempre es más fácil negar la realidad que permitir que se haga añicos nuestra visión del mundo”. Y resulta que “algo tiene la cuestión del cambio climático que hace que ciertas personas se sientan muy amenazadas”.
Ejemplo de esto es que en las regiones más dependientes de la extracción de combustibles fósiles se niega más el cambio climático (independientemente de la ideología política, tanto en EE.UU. como en Canadá). Los mismos científicos sufren este efecto: Mientras el 97% de los científicos opina que una causa importante del cambio climático somos los humanos, ese porcentaje cae al 47% entre los científicos que se dedican a estudiar formaciones naturales para extraer sus recursos. “Todos nos sentimos inclinados a la negación cuando la verdad nos resulta demasiado costosa (emocional, intelectual o económicamente)”.
Upton Sinclair dijo: «¡Qué difícil es conseguir que un hombre comprenda algo cuando su sueldo depende de que no lo comprenda!».
Los negacionistas tienen razón en algo
El negacionismo climático (liderado por el Instituto Hertland, Koch Industries y Exxon-Mobil), sabe que admitir el cambio climático supone aceptar también que hay que planificar nuestras sociedades de otra forma, y eso implica que no podemos dejar las cosas a la libertad del mercado (como propugna el liberalismo). “Muchos negacionistas reconocen con toda franqueza que su desconfianza ante las tesis científicas sobre el tema creció a partir de un temor muy profundo a las catastróficas implicaciones políticas que tendría para ellos el hecho de que el cambio climático fuese real”. El cambio climático no supone el fin del mundo, pero reducir las emisiones como sugiere la ciencia sí sería “el fin de su mundo”. Y para algunos conservadores supone también una amenaza a su absurda creencia de que el hombre está aquí para someter y dominar el planeta (desmentida por el Papa Francisco por ejemplo) o de que que nuestras diferencias con otros animales no son sólo cuestión de grado (desmentido por múltiples evidencias y hasta por Darwin).
Lo curioso es que los negacionistas, como el Instituto Heartland, “están completamente equivocados en lo que respecta a la versión científica de los hechos, pero en lo referente a las consecuencias políticas y económicas de esos resultados científicos (…) no podrían tener los ojos más abiertos”. Casi todos los científicos que presentan sus trabajos en el Instituto Heartland están descaradamente “empapados en dólares del sector de los combustibles fósiles”. Algunos incluso, en vez de negarlo, buscan ventajas al cambio climático como afirmar que vendrán momentos muy duros para países que son amenazas para EE.UU.
Como también dijo Carl Sagan, las compañías de seguros están realmente asustadas con el cambio climático. Tienen hasta equipos de climatólogos para prepararse para los desastres. Sin embargo, no han presionado apenas para que se pongan en práctica políticas climáticas agresivas.
El cambio climático, que debería unirnos a la humanidad, podría también dividirnos más aún. “La razón real por la que no estamos reaccionando a la altura de lo que exige el momento climático actual es que las acciones requeridas para ello ponen directamente en cuestión nuestro paradigma económico dominante (capitalismo desregulado combinado con la austeridad en el sector público)”.
Promover el comercio local debe ser prioritario
En muchos países se están promoviendo acuerdos comerciales que impiden el desarrollo de la industria local. Este libro denuncia que la OMC ha interferido en muchas ocasiones para evitar acciones contra el cambio climático (en Canadá, por ejemplo) para favorecer los intereses del comercio. También se critica que la OMC nunca ha hecho nada para que las compañías de combustibles fósiles reciban menos subvenciones o que paguen algo por “el privilegio de tratar nuestra atmósfera compartida como un vertedero gratuito de sus residuos” (que muera gente parece ser irrelevante).
Klein apunta a unos culpables claros: “Si los países ricos consumiesen menos, todo el mundo estaría más seguro”. Y señala al sector alimentario como uno de los sectores clave, pues representa entre un 19 y un 29% de las emisiones mundiales de GEI (Gases de Efecto Invernadero). No es justo que los países sean sólo responsables de la contaminación que generan dentro de sus propias fronteras y no de la que se produce al fabricar bienes que se fabrican para llevarlos a su territorio. Además, la contaminación de los buques portacontenedores no se atribuyen formalmente a ningún país. “Cuando China se convirtió en la fábrica del mundo también pasó a ser la chimenea del mundo”. No hay control para que las multinacionales no abusen de la mano de obra en los países más pobres, ni los contaminen o exploten sus recursos naturales: “Cuando las fábricas se marcharon hacia China, también se volvieron acusadamente más sucias”. “La explotación de los trabajadores y la del planeta forman, por lo que parece, un pack de oferta: dos por el precio de uno”.
Ilana Solomon, analista para el Sierra Club, decía que tenemos que “reflexionar sobre qué estamos comprando y cómo lo estamos haciendo, y sobre cómo se produce lo que compramos”. Pero Klein sugiere que “el hecho de que el clima de la Tierra cambie hasta extremos caóticos y desastrosos es más fácil de aceptar que la idea de transformar la lógica fundamental del capitalismo, fundado sobre el crecimiento”. Si esperamos que la tecnología lo arregle todo avanzaremos poco y tarde. Lo urgente es “consumir menos, desde ya”, pero para los políticos resulta difícil animar a la población a consumir menos. Aunque hay mucha gente que intenta reducir su consumo, no podemos permitir que todo dependa de un grupo de urbanitas concienciados. Necesitamos que las opciones bajas en carbono sean accesibles para todos, transportes públicos baratos, viviendas asequibles y de elevada eficiencia, fomento de la bicicleta… y todas las clásicas demandas ecologistas que hasta el Papa Francisco ha apoyado tan claramente. Y resulta gratificante que esas políticas, además de reducir los GEI, fomenten el fortalecimiento de las comunidades locales, aire y agua más limpios, reducción de la desigualdad, etc.
Klein también pide una “reordenación” del PIB, para que no sea una medida tan nefasta del desarrollo de un país. También propone: aumentar los “impuestos sobre el lujo” (ya que los ricos consumen y contaminan más), jornadas laborales más cortas, una renta básica (para compensar el hecho de que “el sistema no puede facilitar puestos de trabajo para todos”), “regulación estricta de la actividad empresarial”, “dar marcha atrás en privatizaciones de empresas y servicios fundamentales” y garantizar “que todo el mundo tiene cubiertas sus necesidades básicas: sanidad, educación, alimento y agua limpia”. En definitiva, “las medidas que debemos tomar (…) chocan frontalmente a todos los niveles con la ortodoxia económica”.
Defendiendo lo público se cuida del bien común
Más de 200 regiones en Alemania (como Hamburgo) han decidido devolver al control municipal sus redes de electricidad, gas y calefacción. Resulta interesante constatar que “existe una relación clara y manifiesta entre la propiedad pública y la facilidad de las comunidades locales para abandonar la energía sucia”. Pero además, es que esa energía sucia, que beneficia sólo a empresas privadas, es muy inestable en precio y suministro.
Privar de recursos al sector público (la mal llamada “austeridad”) choca con la realidad del calentamiento climático y la toma de decisiones importantes para todos, especialmente para los más vulnerables. En EE.UU., es común el “racismo medioambiental”, por el que las industrias tóxicas instalan sus fábricas y sus almacenes de residuos contaminantes en zonas donde viven personas de color.
Ya en 1979, el presidente estadounidense Jimmy Carter, instó a los americanos a reducir su consumismo: «Cualquier acto de ahorro de energía es algo más que de sentido común: yo os digo que es un acto de patriotismo». Sin embargo, algunos consideran que ese discurso fue una de las razones por las que Carter perdió las siguientes elecciones ante Reagan. Hoy, posiblemente, “cualquier político que pida al electorado que se sacrifique para resolver una crisis medioambiental se estará embarcando en una misión suicida”. Pero el problema no es económico: “el problema es que nuestra clase política no tiene voluntad alguna de buscar el dinero”.
El cambio necesario
El libro nos cuenta casos como el de una fábrica de recambios para coches de Ontario que, cuando cerró por la crisis, fue reabierta por los empleados para producir equipos de energía solar. A los que dicen que esta conversión es cara hay que decirles que más caro será no hacerla. Además, Klein dice que los bancos que fueron rescatados deberían ser los encargados de financiar ese tipo de cambios, para devolver el favor a la ciudadanía.
Esa transición necesaria será un gran generador de empleo si se hace bien. Se trata de generar empleo sostenible aunque a veces sea necesario nacionalizar servicios básicos. Un sondeo británico reveló que una mayoría apoya la nacionalización de la energía y el ferrocarril. Pone el ejemplo de Alemania, donde la mitad de las instalaciones de energía renovable están en manos de agricultores, organizaciones ciudadanas y unas 900 cooperativas energéticas. También Dinamarca va en esa línea. España también.
La agricultura es un sector esencial, y no sólo por sus altas emisiones contaminantes, sino porque puede contribuir a disminuir la pobreza y ayudar a la autosuficiencia, además de que “los métodos agroecológicos superan en rendimiento al uso de fertilizantes químicos” en entornos desfavorables. Pero el hambre lo provoca la pobreza y no la falta de comida.
También se repasa el desastre del fracking o de las arenas bituminosas, que en Alberta están destrozando grandes extensiones: “La tierra, despellejada viva”, emitiendo además entre 3 y 4 más GEI (especialmente metano y CO2) que el petróleo convencional. Por tanto, concluye que “la necesidad de que recortemos nuestras emisiones radicalmente no es compatible con la continuidad de una de las más lucrativas industrias del mundo” (la de los combustibles fósiles). Aunque el estado de Noruega es propietario de una de las empresas que está desgarrando el área de las arenas bituminosas de Alberta, también hace cosas bien: Estocolmo tiene un 74% de residentes que van a sus trabajos a pie, en bicicleta o en transporte público.
Critica también el fenómeno de las Puertas Giratorias (que no sólo ocurre en España, sino también en EE.UU., Reino Unido…) y el “capitalismo desregulado”. El “libre comercio (…) ha sido exactamente la carrera hacia el abismo que tantos alertaban que seria”. Pero Klein levanta una bandera de optimismo: “El cambio climático confronta lo que el planeta necesita para mantener la estabilidad con lo que nuestro modelo económico necesita para sostenerse a sí mismo”. Miya Yoshitani dijo también: “Estamos todos unidos en esta batalla, que no es una batalla solamente para conseguir una reducción de las partes por millón de CO2 en la atmósfera, sino también por transformar nuestras economías y reconstruir un mundo que queremos hoy”. Pensemos también que “las migraciones humanas están cada vez más vinculadas al clima”.
Klein también critica a la ciudadanía en general cuando dice, por ejemplo, que los manifestantes que salen a las calles para protestar por los fallos del sistema, olvidan el cambio climático, cuando éste “podría representar el verdadero golpe de gracia para esas estructuras que denuncian”. La misma crítica va también para políticos como Alexis Tsipras que, a pesar de ser de izquierdas, no aprovechan el cambio climático para impulsar sus demandas.
Extractivismo: Extraer recursos de la Naturaleza como si fuera infinita
En el siglo XVIII se empezó “a tratar la atmósfera como si fuera un vertedero”, pero no es sólo de la atmósfera de lo que hemos abusado. Klein cuenta el dramático caso de la isla de Nauru donde sus minas de fosfato de calcio han sido explotadas como abono, hasta destrozar la isla y hacerla prácticamente yerma. Luego, se convirtió en paraíso fiscal. “Pocos lugares en la Tierra encarnan más gráficamente que Nauru los resultados suicidas de haber basado nuestras economías en la extracción contaminante”. Por último, Nauru cobra para que Australia lleve allí a sus inmigrantes y sobrevivan en tan mal estado que ha sido denunciado por Amnistía Internacional.
Francis Bacon dio permiso para “acosar a la naturaleza” y James Watt inventó la máquina de vapor que aumentó el poder para hacerlo. Pero ya hoy eso debería estar superado. Los combustibles fósiles destruyen la vida en todas partes. “Cuando se deja en su sitio, el carbón es muy útil, porque mantiene capturado no solo el carbono que las plantas sustrajeron del aire millones de años atrás, sino también toda clase de toxinas adicionales”. Y por eso Klein pide que dejemos de ser “una sociedad de ladrones de tumbas”.
El Club de Roma publicó “Los límites del crecimiento” (1972) y sus advertencias se están cumpliendo casi completamente, pero donde más acertó fue en los límites de los “sumideros”. Es decir, el ser humano no ha encontrado cómo ampliar la capacidad de la Tierra para absorber la contaminación.
Klein critica a algunas organizaciones ecologistas en EEUU que realmente no están interesadas en la conservación de la biodiversidad y cita varios casos, como el de la organización Nature Conservancy que, por ejemplo, extrajo petróleo de una zona que custodiaba para la conservación del pollo de las praderas de Attwater, llevándolo a su extinción en dichos terrenos. También denuncia, como hizo Galeano, que en este «mundo al revés» “el sector de los combustibles fósiles son invitados a las cumbres del clima de la ONU en calidad de «socios» clave”. Es cierto que EE.UU. y casi todos los países han aprobado muchas leyes ambientales, pero la realidad demuestra que no han sido suficientes. Algunas empresas gastan más dinero en promocionar el Día de la Tierra que en reformar sus actividades a fondo. Por otra parte, el comercio internacional de derechos de emisiones ha sido un fracaso estrepitoso y así lo demuestran algunos de los ejemplos que se incluyen en el libro, como una empresa india cuyo 93% de ingresos procedía de la venta de créditos de carbono, empresas que fabrican potentes gases GEI para luego cobrar por reducirlos, campesinos e indígenas que no pueden usar los bosques porque son sumideros de carbono, bosques que permiten que se contamine más en otra parte, técnicas para que las empresas que contaminan ganen más, etc.
Soluciones demasiado simples: La «ignorancia arrogante» (hibris)
Muchos millonarios se han propuesto salvar el planeta, como Jeremy Grantham, Warren Buffett, Michael Boomberg, Bill Gates, Tom Steyer y T. Boone Pickens. Pero todos ellos lo han hecho de forma superficial e interesada, incluso invirtiendo en el sector del petróleo a la vez. Un caso paradigmático es el de Richard Branson, magnate de las aerolíneas Virgin, que anunció que dedicaría sus beneficios a la lucha contra el cambio climático, pero cuyo objetivo parece ser más bien retrasar las medidas regulatorias anti-cambio climático. Su éxito consiste en haber conseguido que vuele más gente que antes, y con la conciencia tranquila pensando que dicha compañía hace algo para mitigar el cambio climático. ¿Será Leonardo DiCaprio otro farsante?
Para Klein, pensar que el capitalismo, y solo el capitalismo, puede salvar al mundo es claramente absurdo, y esos bienintencionados magnates sólo están explotando nuestra infundada creencia de que la tecnología va a salvarnos del gran problema que ella misma ha creado.
La geoingeniería pretende dar soluciones simples para el gran problema del cambio climático, incluyendo ideas tan extrañas o descabelladas como fertilizar los océanos para que asuman más carbono, recubrir desiertos con sábanas blancas, poner espejos en órbita, tapar el sol (GRS/SRM) echando, por ejemplo, gases sulfurosos en la atmósfera (Opción Pinatubo)… Pero es imposible validar esas ideas, ni probarlas, ni implementarlas a la escala necesaria. Además, esas ideas no contribuyen a cambiar la causa raíz, sino que se limitan a tratar un único síntoma, sin tener en cuenta los efectos secundarios: acidificación de océanos, la imprevisible reacción de la biosfera… y hasta cambios climáticos peores que sin GRS, como la alteración de precipitaciones que arriesgarían el alimento de millones de humanos. Por otra parte, esas soluciones harían ganar mucho dinero a algunos de esos ideólogos. Entre los detractores están, por citar algunos, Greenpeace, Sallie Chisholm, Alan Robock, o Vandana Shiva, quien afirma que los métodos agroecológicos permitirían capturar grandes cantidades de carbono, reducirían las emisiones y potenciarían la seguridad alimentaria.
Blockadia: Los pueblos bloqueando grandes compañías fósiles
Las compañías de combustibles fósiles o las empresas mineras se están encontrando cada vez con más oposición a todos sus proyectos (almacenamiento de gas, prospecciones, extracciones, fracking,minas de uranio, de oro, de cobre…). En muchos casos, esta oposición es de pueblos que no se dejan sobornar porque defienden su forma de vida tradicional, que al ser ajena a la extracción no depende de esos sucios negocios.
Esta férrea oposición a las compañías extractivas se ha visto y se está viendo por todo el planeta. El libro repasa algunos casos en Grecia, Rumanía, Canadá, Reino Unido, Rusia (contando el caso de los activistas de Greenpeace detenidos), Australia, China, EE.UU., Francia… aunque uno de sus mayores orígenes fue en Nigeria contra la empresa Shell, en la que se llegaron a ahorcar legalmente a los ecologistas que se opusieron. Aún hoy, en el delta del Níger, se vierte cada año una marea negra como la del Exxon Valdez, envenenando peces, animales terrestres y personas. Ante tanta injusticia, el vandalismo contra los oleoductos no cesa. El pueblo ogoni y el ijaw no dejan de sufrir las consecuencias de un gobierno corrupto y una empresa extranjera, Shell, que se lleva sus recursos naturales porque en los países ricos siguen repostando en sus gasolineras sin enterarse de las consecuencias.
Un caso muy llamativo es el del oleoducto Keystone XL entre Canadá y EE.UU., para dar salida a las altamente contaminantes arenas bituminosas de Alberta. Miles de aves han muerto allí al posarse en las inmensas balsas de desecho tóxico. Tantas aves mueren que se ven obligados a disparar unos cañonazos cada pocos minutos para espantar a las pobres aves migratorias que buscan lo que otrora fue un bosque. Por supuesto, esas balsas no son perfectas y tienen escapes y filtraciones. “Los médicos tienen miedo cuando se trata de diagnosticar afecciones relacionadas con la industria del petróleo y el gas”, declara un médico canadiense de la zona. Esas balsas proceden del inmenso consumo de agua que requiere este tipo de minería (2.3 barriles de agua por cada barril de petróleo, mientras que el crudo convencional requiere hasta 0.3 barriles). El fracking requiere aún más cantidad de agua y una vez utilizada queda tóxica y radiactiva.
La industria extractiva nunca ha sido segura y siempre ha precisado zonas de sacrificio para contaminarlas, cuando no se trata de contaminar la atmósfera. Los que sufren más la contaminación son, no por casualidad, los más pobres. Pero resulta que “ahora todos estamos en la zona de sacrificio” y los riesgos de hoy son “sustancialmente más elevados” que los de antes, debido a que ya sólo quedan los yacimientos más costosos, más profundos y en zonas más valiosas. El desastre de BP en el golfo de México (más de tres meses manando petróleo) o el vertido por la rotura de un oleoducto en Michigan (el mayor vertido en tierra de EE.UU.) son pruebas de ello y de que las industrias fósiles prefieren ganar más dinero a costa de aumentar los riesgos para otros, sostiene Naomi Klein, quien también denuncia la corrupción en EE.UU. a la hora de controlar a este tipo de industrias.
En algunas zonas, las empresas que envenenan consiguen más poder, ya que los únicos empleos son precisamente en la industria que envenena sus tierras (y hasta esos empleos son de mala calidad, aunque estén bien pagados). Pero en otras zonas, donde hay más diversidad empresarial y laboral, hay “personas dispuestas a pelear muy duro por proteger modos de vida que consideran intrínsecamente incompatibles con la extracción tóxica”. Klein dice que “cuando aquello por lo que se lucha es una identidad, una cultura, un lugar querido […] nada pueden ofrecer las empresas como contrapartida”.
Los éxitos son insuficientes, pero muy importantes. Francia, por ejemplo, gracias a las protestas ha aprobado una moratoria nacional contra la fracturación hidráulica o fracking. También hay moratorias en Bulgaria, Países Bajos, Chequia, Sudáfrica y algunos estados de EE.UU. Además, este último país ha descendido su producción eléctrica con carbón por la presión ciudadana, entre otros motivos. Costa Rica ha prohibido la minería a cielo abierto en todo el país. India tiene centrales térmicas a medio construir porque se paralizó su construcción ante las protestas. En China también se han paralizado centrales de carbón por las protestas, pues allí la contaminación es espectacular y supone un experimento de lo que ocurre cuando es el progreso lo que más importa: Pekín alcanza a veces los 671 microgramos de partículas en suspensión (las PM2.5) cuando la OMS fija el límite máximo en 25. Las actividades al aire libre se suspenden si se superan los 450.
Otra batalla con gran éxito es la de la desinversión, apoyada por la organización 350.org, por la que se pretende que todo tipo de organizaciones y fondos de inversión dejen de apoyar a las industrias de los combustibles fósiles. El Banco Mundial ha anunciado que no apoyará más proyectos de prospección o extracción de carbón y hay miles de organizaciones más que ya están retirando su apoyo y su dinero a las industrias sucias.
A veces, cuando una empresa no puede extraer el combustible por un cambio en la legislación, alega cláusulas de protección de los inversores de acuerdos de libre comercio. Pero estas demandas tienen el poder que los gobiernos quieran, pues ninguna empresa puede interferir en la libertad de un pueblo en defender su territorio de la degradación ambiental. El problema no son los acuerdos comerciales sino los gobiernos que no defienden correctamente el bien común. No obstante, Klein afirma que esos acuerdos comerciales tienen hoy mayor debate público que antes, como lo demuestra el caso del TTIP en Europa. Pero hay que estar muy atentos, porque si nos descuidamos, los intereses del capital financiero y de la industria energética estarán por delante del bien común: Un claro ejemplo es España, donde los bancos son empresas privilegiadas y las industrias energéticas dictan las leyes.
Cuando fallan los gobiernos nacionales y los organismos internacionales, muchos ayuntamientos se deciden a actuar en la acción climática. Son las llamadas «comunidades de transición» nacidas en Totnes (Reino Unido), que pretenden actuar en lo local para conseguir un cambio hacia economías de bajo carbono.
¿Derechos para los pueblos indígenas?
En Canadá y en otros muchos países, los indígenas no han cedido nunca sus tierras para su explotación petrolera. Como mucho, han aceptado compartirlas mientras no se socaven sus derechos a vivir, pescar, recolectar… pero no se puede compartir “si una de las partes se dedica a alterar irrevocablemente y a envenenar esa tierra compartida“.
Algunos de los pueblos indígenas amenazados por la sed de petróleo son los haida, los nez percé, los cheyenes, los lummi, los ogoni, los ijaw, los lakota, los tunebos, los chipewyan (ayudados por el rockero Neil Young del acoso de Shell), los tsilhquot’in, los cree del lago Beaver (“las personas más marginadas de mi país”, Canadá, en palabras de Klein)… Muchos pueblos indígenas carecen de recursos para que se respeten sus derechos, aunque los tengan claramente otorgados. En 2007 se firmó la Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y los únicos países que votaron inicialmente en contra fueron Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Finalmente, aceptaron esa declaración que proclama que los «pueblos indígenas tienen derecho a la conservación y protección del medio ambiente», así como a la reparación de las tierras confiscadas, ocupadas o dañadas. Que la incidencia de cáncer suba en todas las tribus canadienses afectadas por las arenas bituminosas no parece hacer desistir a la petrolera Shell.
“Mientras los abogados argumentan y debaten en los tribunales sobre las complejidades de la titularidad de la propiedad de la tierra, las sierras mecánicas siguen talando árboles que son cuatro veces más viejos que nuestros países, y los fluidos tóxicos de la fracturación hidráulica continúan filtrándose hacia las aguas subterráneas”.
Las energías renovables son “no extractivas” en dos sentidos: El veneno y el carbono no se extraen del subsuelo y el dinero no se extrae de la comunidad (las petroleras extraen recursos de un sitio y extraen el dinero de otro).
Ecuador (y los cheyenes de norteamérica) ha pedido ser compensado por mantener sus combustibles fósiles en el subsuelo porque «la manera más directa de reducir emisiones de CO2 es dejando los combustibles fósiles en el subsuelo donde ya están» (en palabras de Esperanza Martínez, de Acción Ecológica). Esto es lo que se conoce como «deuda climática» reconocida (al menos indirectamente) en la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático indicando que hay unas «responsabilidades comunes pero diferenciadas» ya que los países que más han contaminado deben ser los primeros en reducir sus emisiones.
Al hablar de «deuda climática» muchos habitantes de los países ricos argumentan que no son responsables de lo que hicieron sus antepasados. Sunita Narain, directora general del Centre for Science and Environment, responde claramente: «Vuestra riqueza actual guarda relación con cómo la sociedad ha explotado la naturaleza» (ya dijo De Jouvenel que nuestra riqueza procede de explotar la Naturaleza). Naomi Klein concluye: “Los países ricos no solo tienen que ayudar al Sur Global a encaminarse por una senda económica de bajas emisiones porque eso sea lo correcto, sino que necesitamos hacerlo así porque de ello depende nuestra supervivencia colectiva”. Y por supuesto, añade que igual que haber sufrido un atraco no da derecho a atracar, tampoco hay fundado derecho a contaminar por parte de los países pobres. Por tanto, es evidente que los ricos deben ayudar a los pobres a conseguir un desarrollo más limpio. Esto traerá mayor bienestar y empleo, lo que evitaría las enormes tasas de inmigración que hay y que, si no lo remediamos, habrá.
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Conclusiones
Naomi Klein asegura que no se tienen en consideración suficientemente los efectos de tanta contaminación sobre la fertilidad y sobre los animales no adultos, incluyendo niños. Por ejemplo, en zonas de fracking aumentan las probabilidades de problemas cardíacos en bebés, abortos involuntarios, altos niveles de PCB… El caso de Mossville es tristemente famoso por el “racismo medioambiental”: La población pobre debe soportar altos niveles de contaminación de las industrias petroquímicas con frecuentes vertidos y explosiones. En Mossville son frecuentes las enfermedades respiratorias, el cáncer, defectos de nacimiento y las histerectomías en mujeres.
El informe de BP antes del desastre del golfo de México es de risa: por ejemplo, suponía que los moluscos sobrevivirían a un desastre huyendo o que supondría poco estrés para los mamíferos. El desastre demostró que nada puede restituir lo perdido: millones de larvas y los bebés de delfín murieron… La acidificación de los océanos hace que las larvas de ostras no puedan formar sus caparazones y mueran, y herbicidas como la atrazina afecta directamente a la esterilidad en anfibios, junto con defectos congénitos y abortos espontáneos en humanos, sin contar la amenaza sobre las abejas.
Pero sabemos hacer las cosas mejor. Ecuador, por ejemplo, en su constitución de 2008 reconoció a la naturaleza o Pachamama el derecho a que se respeten su existencia y sus ciclos vitales (art. 71). En las luchas contra el extractivismo hay un arma secreta: la unión heterogénea hace una gran fuerza: indígenas y no indígenas, jóvenes y mayores… todos unidos en una causa común.
Los cambios que hacen falta son importantes, pero tenemos experiencia. Los cambios sociales de los siglos XIX y XX, por ejemplo, supusieron un cambio profundo en la cultura dominante (cambios en los derechos civiles, de las mujeres, de los homosexuales, de grupos étnicos como el caso del apartheid de Sudáfrica o el racismo en EE.UU., pero también la instauración de la Seguridad Social o el seguro de desempleo). La abolición de la esclavitud obligó a ciertas élites a renunciar a prácticas que les resultaban muy lucrativas (tanto como la extracción de combustibles fósiles hoy en día). Pensemos por ejemplo, que en el siglo XVIII los negocios más lucrativos del imperio británico se basaban en la esclavitud (plantaciones de azúcar del Caribe, compra/venta de esclavos…) y en EE.UU. “la esclavitud fue el eje sobre el que giró la revolución mercantil”.
Naomi Klein es consciente de que hay que cambiar la cosmovisión global, lo que nos decimos del mundo y de nosotros. Y eso no es fácil, pero es posible y para ello propone no aspirar simplemente a cambiar leyes, sino a modificar pautas de pensamiento. Por ejemplo, dice que pedir un impuesto sobre el carbono puede ser menos útil que reivindicar una renta mínima garantizada, porque ésto segundo abre el debate sobre los valores y “sobre lo que nos debemos unos a otros sobre la base de nuestra condición humana”. Y sentencia que “tendremos que comenzar a creer de nuevo que los seres humanos no somos irremediablemente egoístas y codiciosos (que es la imagen de nosotros mismos que se nos ha vendido)“.
Muchas veces se plantea si frenar a las compañías de combustibles fósiles tiene influencia en el PIB, pero lo importante es pensar si el crecimiento económico tiene alguna importancia cuando el planeta esté convulsionado. Son las compañías las que tienen que demostrar que sus acciones y sus técnicas son seguras. Y nosotros debemos exigirlo, porque “nadie va a venir a salvarnos de esta crisis” y “la ideología del libre mercado ha quedado desacreditada tras décadas de desigualdad y corrupción crecientes”.
Greta Thunberg, la joven activista sueca contra el desastre climático, está removiendo la conciencia de mucha gente. Greta se niega a viajar en avión por ser un medio altamente contaminante. Por eso, su viaje a través de Europa en tren ha hecho florecer (ligeramente) el movimiento contra volar en aviones. En Suecia ha dado impulso a agencias de viajes que no usan los aviones, y hasta tienen un término específico para referirse a la vergüenza o culpabilidad por volar: flygskam (en inglés, flight shaming). Pero hay más: la madre de Greta Thunberg es cantante de ópera y ha sacrificado parte de su carrera por no volar y la orquesta más importante de Suecia vetará a todos los directores o artistas que lleguen al país en avión.
A algunos les parecen medidas exageradas pero no lo son, dada la alarma climática internacional. Los que viajan en avión, ante estos datos, suelen decir que, como todo, hay que usarlo sin abusar, pero ¿qué es abusar? En Alemania se está proponiendo que cada alemán pueda viajar solo 3 veces al año (pero se podría comprar el derecho a volar de los que no vuelen).
Cualquier viaje que se haga exclusivamente por placer es bastante discutible, pero luego tenemos otro tipo de viajes (por negocios, por estudios…). Muchos de esos viajes podrían evitarse usando mejor Internet: videoconferencias, trabajo online… Por ejemplo, cada vez tienen más éxito los congresos científicos sin que los ponentes tengan que viajar, pues sus presentaciones se mandan en vídeo y para las preguntas o debates se usan videollamadas.
¿Cuánto contamina cada kilómetro recorrido en avión?
La pregunta no es fácil de contestar pues depende de muchos factores (tipo de avión, peso, pasajeros, viento…), pero algunos estudios indican que un pasajero de avión emite 285 gr. de CO2 por kilómetro. En coche es aproximadamente la mitad (158); y en tren mucho menos (14). En bicicleta es cero y, además, mejoramos nuestra salud.
Si la cifra de las emisiones del avión no te parece escandalosa, piensa que en avión normalmente se viaja más lejos. Es decir, viajar en avión contamina el doble que en coche por kilómetro, pero los viajes en avión suelen ser mucho más largos que en coche. En un viaje en avión que sea diez veces más lejano que en coche, en realidad estamos contaminando veinte veces más. Para que tengamos una idea de la magnitud del problema, pensemos que para propulsar un avión con 150 personas durante un viaje de 3 horas hacen falta 6 toneladas de queroseno; es decir, hay que quemar 6.000 kilos de combustible (40 kilos por pasajero). ¿Puede nuestra atmósfera absorber tanta contaminación sin efectos negativos? Los científicos dicen que no.
La aviación emite más del 2% de CO2 del total a nivel global y ha aumentado sus emisiones un 21% en los últimos tres años. Es decir, los aviones contaminan más del doble que toda España. Téngase en cuenta también que solo viajan en avión una mínima parte de la población mundial.
Viajar en avión emite más CO2 por pasajero que ningún otro medio y encima tienen ventajas fiscales: los aviones no pagan ni IVA, ni impuestos al combustible y a menudo reciben subvenciones de dinero público (por ejemplo para que mantengan vuelos que no son rentables). Los aeropuertos no pagan el IBI, impuesto que pagamos todos los ciudadanos con bienes inmuebles. Por eso en toda Europa estamos pidiendo imponer una tasa al queroseno (firma aquí). Se podrían sustituir muchos vuelos de media distancia volviendo a poner en marcha los trenes nocturnos, que prácticamente han desaparecido.
También se ha propuesto que se prohíban los vuelos cuyo recorrido en tren es de tres horas o menos. Por ejemplo, el trayecto Madrid-Barcelona emite unos 70 kilos de CO2 más en avión que en tren AVE y solo dura 1:15 minutos menos en avión, sin tener en cuenta los tiempos de espera y los traslados de los aeropuertos a las ciudades. Los trenes de alta velocidad contaminan mucho más y tienen el problema de que atropellan a muchas aves, pero los aviones también matan muchas aves (2.200 impactos al año solo en España).
No solo el CO2 contamina
Los aviones contaminan también con su estrepitoso ruido y con emisiones de otros gases (óxido nítrico, dióxido de nitrógeno…). Se calcula que el impacto de la aviación es entre 2 y 4 veces mayor que el efecto aislado de sus emisiones de CO2.
Un reciente estudio indica que las estelas que dejan los aviones en el cielo (contrails) tienen un impacto sobre el clima mayor que los gases de efecto invernadero que emiten. Esas estelas son principalmente de hielo (son nubes tipo cirros) y dejan pasar el calor del sol, pero no lo dejan salir (es el llamado efecto invernadero que provoca la crisis climática). Pensemos que en algunas zonas el 10% del cielo está cubierto con estas nubes artificiales de los aviones.
Un único viaje de España a Estados Unidos genera aproximadamente las mismas emisiones que calentar una casa durante un año. Pero si tenemos en cuenta los otros tipos de contaminación, volar en avión es aún más perjudicial.
Hay alternativas
Si eres ecologista y coherente contigo mismo, viajar a lejanos países tiene difícil justificación. Pero, ¿de verdad “Tailandia” es tan maravillosa que viajando allí desaparecerán todos tus problemas? Sin duda alguna, NO.
Si viajas para aprender, también puedes aprender de otras formas (el Tao Te Ching decía que “el sabio conoce sin viajar”); si viajas para huir, tus problemas seguirán en el mismo sitio cuando regreses, porque el viaje que resuelve problemas es un viaje interior; si viajas para contarlo, practica el no contarlo; si viajas para desconectar, seguro que puedes desconectar sin destrozar el planeta. Produce cierta pena que cada vez más gente conoce “Tailandia” mejor que su propio país. Seas de donde seas, viajando en tren puedes encontrar maravillas que te encogerán el crazón.
Un clásico lema ecologista es que el que contamina paga, pero volar en avión contamina y no se paga por ello, sino que además se subvenciona. Como diría Eduardo Galeano, es otro ejemplo del mundo al revés.
planefinder.net: Web para ver los aviones comerciales que están volando en cada momento en cada lugar del planeta.
Disfruta el vídeo de este artículo:
Un pasajero de avión emite 285 gr. de CO2 por km. En coche es la mitad aprox. (158); y en tren mucho menos (14) La orquesta más importantes de Suecia vetará a todos los directores o artistas que lleguen al país en avión Buena reflexión de @AroaMDhttps://t.co/dmJIcBiSnA
La aviación emite alrededor del 2% de CO2 del total a nivel global En Suecia, flygskam se refiere a la vergüenza o la culpabilidad por volar La madre de Greta Thunberg es cantante de ópera y sacrificó parte de su carrera por no volarhttps://t.co/FfsAJQZiYc via @lamarea_com
Imagen con los aviones que sobrevuelan España justo ahora ¿Tanta gente hay que ignora el daño que hace volar en avión? Cada vuelo es un paso más hacia el colapso:https://t.co/dmJIcBiSnA
El modelo actual de “sostenibilidad” es insuficiente. Durante las últimas décadas se ha producido un avance indudable en la conciencia ambiental. Hoy hablamos de biodiversidad, de cambio climático, de límites planetarios, de huella ecológica y de economía circular con una naturalidad impensable hace cincuenta años. Este esfuerzo colectivo ha tenido un mérito enorme: ha conseguido que la destrucción del planeta deje de ser invisible.
Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.
Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?
El problema no es solo técnico; es cultural y ético
La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.
Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.
La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva
Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.
Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.
Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda
En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.
Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.
Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.
La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología
La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:
Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.
Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella
No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.
La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.
El modelo actual de “sostenibilidad” es insuficiente. Durante las últimas décadas se ha producido un avance indudable en la conciencia ambiental. Hoy hablamos de biodiversidad, de cambio climático, de límites planetarios, de huella ecológica y de economía circular con una naturalidad impensable hace cincuenta años. Este esfuerzo colectivo ha tenido un mérito enorme: ha conseguido que la destrucción del planeta deje de ser invisible.
Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.
Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?
El problema no es solo técnico; es cultural y ético
La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.
Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.
La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva
Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.
Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.
Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda
En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.
Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.
Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.
La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología
La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:
Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.
Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella
No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.
La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.
Leyendo el artículo de Boix Bornay sobre Fukushima, se afirma que al final los ecologistas acaban teniendo razón, y los que afirmaban que las centrales nucleares eran seguras se quedan sin argumentos, lamentando que un terremoto les deje por simples mentirosos o ignorantes (por no hablar de los problemas de la minería del uranio). Y es que, cuando alguien afirma algo hay que mirar lo que dice, sus argumentos, y también SUS INTERESES. ¿Es fiable el Consejo de Seguridad Nuclear?, nos preguntamos muchos ciudadanos. Pero ahora no vamos a hablar aquí más sobre centrales nucleares, de las que ya hablamos no hace mucho, sino de algo más importante, la comida. Lo preocupante es que… puede que los ecologistas vuelvan a tener razón… también en esto.
La comida, y la agricultura, son temas básicos en cualquier “temario” sobre ecologismo, sostenibilidad o Ciencias Ambientales. Ya en 1999, los científicos Nebel y Wright afirmaban que: «la causa fundamental del hambre es la pobreza. Nuestro planeta produce suficientes alimentos para todos los seres humanos de la actualidad. La gente que sufre de hambre o desnutrición carece de dinero para comprar comida, o de tierras adecuadas para cultivar. Si por algún milagro la producción mundial de alimentos se duplicara el próximo año, la situación de casi todos los que padecen de hambre y extrema pobreza no cambiaría (…), [porque] los alimentos (…) fluyen en la dirección de la demanda, no de las necesidades nutricionales». Además, afirmaban que «no hacen falta ciencias ni tecnologías nuevas para aliviar el hambre y al mismo tiempo promover la sostenibilidad cuando cultivamos nuestro sustento». Un problema radica en que existe una globalización económica desigual por la que los países ricos venden libremente sus productos, mientras los países pobres tienen problemas para vender sus productos, ya que los países ricos imponen aranceles o subvencionan sus propios productos.
El hambre en el mundo tiene también otras causas: malas cosechas por el cambio climático, incremento del precio del petróleo, aumento en el consumo de carne, especulación con los productos agrarios, cultivos transgénicos, o el incremento en la demanda de agrocombustibles (mal llamados biocombustibles, porque el petróleo también es un biocombustible, aunque sea fósil). Y de aquí surgen algunas preguntas clave:
¿Tiene sentido utilizar un tipo de agricultura que degrada el suelo, contamina el agua, y produce cada vez menos rendimiento aunque se incrementen los pesticidas y fertilizantes?
¿Tiene sentido comer demasiada carne, y pescado, cuando su producción es tan dañina y tan costosa (energética y medioambientalmente hablando)?
¿Tiene sentido utilizar cultivos transgénicos cuando los mayores beneficiarios son las industrias biotecnológicas que son las que los promueven y las que ingresan millones de euros anuales, teniendo tantos inconvenientes e incertidumbres?
¿Tiene sentido que nuestros políticos no apuesten decididamente por un cambio en el modelo agroalimentario, más aún en un panorama mundial en el que el derroche energético es urgente pararlo?
Las respuestas de los ecologistas son claras y simples, y SUS INTERESES no son económicos. Entonces… ¿A ver si los ecologistas van también a tener razón en esto, como con las nucleares, y no fomentar una agricultura ecológica resulta ser tan suicida como apostar por una energía nuclear que sale muy cara, tarde o temprano? Los japoneses (y gente no japonesa) están pagando con Fukushima su osadía, pero en esto de la agricultura, los osados somos todos los países del mundo…
Las energías renovables se sienten estafadas por el Gobierno del PP: PINCHA en la foto para ver lo fácil que es pagar en tu factura de luz por electricidad de origen 100% renovable.
Si consumes butano o algún gas hidrocarburo en tu hogar, debes saber que es una energía no renovable y contaminante, que contamina al extraerla, al transportarla, y al consumirla, además de ser peligrosa. Tal vez no te resulta tan costoso sustituir tu calentador de agua por uno solar (o eléctrico), y cocinar con una placa de inducción eléctrica (que son muy eficientes). Si tu electricidad es renovable no será verdad que el gas contamina menos que la electricidad.
Cambiarte de empresa a una empresa 100% renovable implica que ya no eres responsable de residuos radiactivos o de emisiones de CO2, y otros tóxicos. Si tienes dudas sobre cómo cambiarte de empresa eléctrica o de sus implicaciones, LEE ESTE artículo, y aclara tus dudas.
En todo el mundo, pero en particular en España, necesitamos un Nuevo Modelo Energético, que ponga el interés en el beneficio de la sociedad y no de las pocas empresas energéticas de UNESA, que beneficie el medio ambiente y así, de nuevo, a todos… que no frene a las renovables, y que regule el autoconsumo de electricidad renovable, porque las energías sucias las debemos matar antes de que mueran. Vídeo de menos de 2 minutos:
Otra forma de colaborar con las renovables, la Desobediencia Solar:NOTA final: Nos gustaría pensar que este artículo y otros sobre energías renovables consigan que cada vez más gente en España y en todo el mundo se pasen a consumir energías renovables. En España es muy fácil pagar sólo por electricidad renovable, pero no sabemos la efectividad de este artículo, por lo que nos encantaría que pusieras un comentario tanto si decides cambiarte como si no, con tus motivos y tu experiencia. GRACIAS.
El Informe Planeta Vivo 2010 de WWF (aquí un resumen para España) mide básicamente tres factores: El Índice Planeta Vivo (IPV) que mide el estado de la biodiversidad, la Huella Ecológica que mide nuestra necesidad de “territorio” para obtener recursos, y la Huella Hídrica que mide el agua que usamos. Las conclusiones simplemente son que nuestros ecosistemas están un 30% peor (hay menos vida en nuestro planeta), que hemos duplicado nuestra huella ecológica desde los años 60, y que es preocupante la situación de abuso hídrico de muchos países. Los tres factores empeorarán por el aumento de población y los efectos del cambio climático (el mayor problema de la humanidad).
La Huella Hídrica de la Producción es el agua que se emplea en las cosas que usamos, antes de que lleguen a nosotros y que, por tanto, no nos enteramos. Por ejemplo, al consumir un café se están consumiendo 140 litros de agua, ya que el café viene de lejos y… ¡ah! y si añadimos leche, azúcar, y lo servimos en un vaso de plástico, entonces llegamos a los 200 litros de agua.
Los países más depredadores de recursos son, por este orden, Emiratos Árabes, Qatar, Dinamarca, Bélgica y EE.UU. Nuestra España está en el puesto 25 mundial: Los españoles consumimos recursos como si tuviéramos 3.5 ESPAÑAS. ¡Qué barbaridad! Pero tenemos que estar contentos porque hace pocos años llegamos a consumir 4 Españas… tal vez la crisis, y las energías renovables hayan hecho bajar nuestra huella ecológica, pero aun así, necesitamos consumir menos energía (usar menos el coche, y correr a menos de 110), usar más energía solar, construir menos autovías, y otras simplezas similares (como la famosa Cadena Verde). El informe afirma que si la humanidad redujera el consumo de carne y lácteos un 9%, conseguiríamos reducir la Huella Ecológica un 35%. Reducir nuestro consumo de carne (por motivos como ESTOS), y viajar menos (en avión, sobre todo, y haciendo turismo más responsable), es fundamental para alcanzar justicia global.
El Planeta está cambiando. El cambio climático es una realidad aunque aún haya gente que no quiera aceptarlo (y expertos en tergiversar lo que dice la ciencia). Muchos ecosistemas están cambiando por culpa del hombre. Las aves detectan esos cambios y los sufren. Los últimos estudios de SEO/BirdLife nos dan muchos datos interesantes de todo esto que demuestran que las aves son estupendos indicadores de los cambios en el entorno. Uno de los casos más claros es el de la golondrina que ha adelantado su fecha media de llegada en primavera del 17 al 9 de Marzo, en sólo cuatro años (entre 2007 y 2010). Las temperaturas suben por el cambio climático y muchas golondrinas pasan ya el invierno en el valle del río Guadalquivir, en vez de irse a África. La vuelta primaveral de otras aves migradoras también se ha adelantado: Vencejos, aviones comunes, cucos, abejarucos, o ruiseñores, vuelven entre 8 y 12 días antes.
España es lugar de invernada para muchas aves acuáticas europeas, lo que debe suponer una gran responsabilidad para gestionar bien esos ecosistemas. Los humedales más importantes son Doñana y el delta del Ebro. El primero está amenazado por los políticos, y el último por un peligroso travase del río Ebro que esperemos que la crisis lo evite, pues es bien sabido que el actual presidente de España es favorable a tal aberración ecológica y económica, a pesar de que el único Premio Goldman de España lo consiguió el científico Pedro Arrojo (2003), por demostrar lo desastroso del Plan Hidrológico Nacional que propuso Aznar, y que incluía el polémico trasvase del Ebro. Todo ello originó el movimiento de la Nueva Cultura del Agua.
Los estudios de SEO/BirdLife también nos muestran el declive de muchas especies, especialmente las ligadas a medios agrícolas en general, y a ambientes arbustivos. Muchas especies que están reduciendo su presencia en estos hábitats, como el gorrión molinero, la golondrina común, la carraca europea, la grajilla, la tarabilla común, el mochuelo europeo, la alondra, la calabria, el buitrón, el milano real, el pito real, la codorniz, o la perdiz, entre otras especies. Los tres alcaudones de la península Ibérica (real, común, y dorsirrojo) también están en declive, ya que viven entre áreas cultivadas y masas arbustivas. El mayor descenso lo sufre el sisón común. Las causas son, posiblemente, el excesivo uso de herbicidas, la agricultura extensiva que elimina la vegetación de las lindes, las semillas blindadas (envueltas en productos químicos), o el uso de fertilizantes y otros químicos en el goteo del agua de riego, donde beben muchas aves. Pero hay muchas cuestiones sin aclarar, como por ejemplo, el porqué algunas especies aumentan sus poblaciones (tal vez se deba a que se benefician de la desaparición de especies que compiten por el mismo nicho ecológico).
Las aves ligadas a medios forestales obtienen conjuntamente una evolución positiva, mientras que la evolución es estable en los medios urbanos, salvo el gorrión común que tiene una tendencia negativa, a la baja. Las aves nocturnas también están en regresión: todas las estudiadas, menos el búho real.
Por Quim Nogueras, autor del libro,
que puede descargarse gratuitamente AQUÍ.
Muchos de nuestros errores vienen de que no somos coherentes entre lo que pensamos, lo que sentimos, y cómo actuamos.
Es bien sabido que los seres humanos acostumbramos a cometer errores. Lo hacemos tan a menudo y de tan diversas maneras, que alguien que viniera de fuera podría pensar que incluso nos gusta. Pero no es así. No nos gusta nada equivocarnos, nos avergüenza, nos hiere el orgullo más que cualquier otra cosa, y por eso, antes que reconocer un error haremos lo que sea. Esto nos conduce, la mayoría de las veces, a cometer una equivocación aún mayor, en lo que se convierte en el principio de una larga sucesión de despropósitos, que puede llegar a ser de magnitud planetaria.
Cuando pensamos en la situación que vivimos hoy, no pensamos en errores, sino en la mala fe de los más poderosos. Y es cierto. Buena parte de lo que ocurre es, en mi opinión, fruto de decisiones intencionadas, de actos de egoísmo consciente, perpetrados por individuos que, con la única intención de enriquecerse, han arrojado a la miseria a millones de personas. Resulta cada vez más evidente que este abuso, lejos de detenerse, empeora día tras día, y nuestras instituciones de gobierno, en lugar de protegernos, se convierten herramientas de dominio al servicio de sus autores, los dueños del dinero.
Movimientos como Democracia Real Ya, el 15M, o los llamados Indignados, son la expresión visible de una conciencia social que se está generalizando, que responsabiliza a las grandes fortunas y los grandes partidos políticos de la crisis económica actual y que, en consecuencia, tiene la convicción de que si lográramos un sistema realmente justo y democrático, podríamos volver a vivir como cinco años atrás.
Algunas voces consideran, sin embargo, que si realmente queremos salir de esta crisis, aparte de acabar con ladrones y corruptos, tendremos que mirar más allá o, mejor dicho, tendremos mirarnos a nosotros mismos, y analizar seriamente de qué manera nuestra sociedad ha llegado a ser lo que es. Quizás entonces seremos conscientes de qué errores hemos cometido, y cuáles no nos podemos permitir repetir.
Para entender de qué se alimenta lo que llamamos el estado del bienestar, no debemos mirar la economía, sino la Tierra, lo que sacamos de ella y la huella que dejamos después. La riqueza de la que hemos llegado a disfrutar no es más que la traducción de un hecho físico crucial: en 100 años hemos multiplicado el ritmo de explotación de los recursos naturales hasta un nivel sin precedentes. Nuestros bisabuelos vivieron el nacimiento de la revolución industrial. Una nueva era en la que, gracias a la utilización masiva de los combustibles fósiles, el mundo ha sufrido una transformación total: ha cambiado nuestra manera de trabajar, de movernos, de organizar nuestras ciudades, ha transformado nuestra manera de producir alimentos, ha permitido multiplicar la población mundial y, particularmente en occidente, ha llevado a aumentar los niveles de consumo de forma completamente desmedida.
Científicos de todo el mundo advirtieron hace años que, por cuestiones geológicas, este crecimiento llegaría a un límite, que la producción de petróleo alcanzaría un máximo a partir del cual comenzaría a declinar inexorablemente, un proceso que también seguirían el carbón, el gas natural, el uranio, así como la mayoría de las materias primas que ahora consideramos esenciales.
Advirtieron también de los efectos climatológicos que tendrían las emisiones de CO2 provenientes de la quema de los combustibles fósiles, y que ello conllevaría serias consecuencias sobre nuestra calidad de vida. Nos explicaron, además, que debido a la inercia que presenta este fenómeno, corregirlo nos llevaría décadas, y que en caso de mantenerse demasiado tiempo, corríamos el peligro de que se acelerara y se acabara desbocando.
El agotamiento de recursos y el cambio climático fueron predichos hace décadas, y son problemas tratados por nuestras instituciones de gobierno desde hace años, aunque siempre lo han hecho de puertas adentro, y sin demostrar ninguna intención real de hacerle frente. Esto ha contribuido a que la mayoría de la población continúe desconociendo la gravedad de la situación, o bien tenga la creencia de que se trata de cuestiones que nos afectarán más a largo plazo.
No hace falta ir demasiado lejos para darnos cuenta de que esto no es así, que aquel futuro que preveían los científicos ya está aquí: la producción de carburantes y de metales como el cobre no puede seguir el ritmo del crecimiento y sus precios suben hasta máximos históricos, estrangulando una economía que ya pende de un hilo; por el otro lado hace sólo unos meses sufríamos cuatro olas de calor consecutivas, el mismo verano que el casquete polar marcaba mínimos desde que se dispone de datos, poco antes de contemplar por televisión la visita de un huracán a la capital de occidente.
Nos encontramos pues en un punto clave en la historia, un momento decisivo en el que confluyen graves problemas económicos, ecológicos, políticos, climáticos… y donde nos vienen a la cabeza preguntas muy importantes, como por ejemplo:
¿Qué puedo hacer yo para prepararme para el futuro? ¿y qué puedo hacer por mis hijos?
¿Cómo podemos evitar que cada vez más gente pase hambre?
¿Hay alguien que ya se haya organizado y esté trabajando para asegurar un futuro digno?
¿Cómo puedo aportar mi granito de arena?
Con la intención de encontrar una primera orientación hacia sus respuestas, y aprovechando las facilidades que ofrece la red, he entrevistado a diferentes personas de España, expertas en sus respectivos ámbitos. Comenzaremos conversando con Carles Riba, quien nos hablará de la crisis energética y de las soluciones que la ciencia nos puede ofrecer; a continuación Fernando Valladares nos aclarará algunos puntos importantes sobre el cambio climático; preguntaremos a Arcadi Oliveres acerca de los efectos de la escasez de recursos sobre la economía y sobre el estado del bienestar; seguidamente Marta Rivera nos explicará qué riesgos planean sobre la disponibilidad de alimentos, y como resolverlos; Carles Feixa nos ofrecerá su punto de vista sobre el papel de la juventud de cara al futuro, y en último término conoceremos dos de las principales iniciativas colectivas que han surgido en nuestro país para dar respuesta a la crisis energética y ambiental, de la mano de Enric Duran (Cooperativa Integral Catalana) y Juan del Río (Red de Pueblos en Transición).
Es más fácil ser negacionista —o relativista— que actuar con responsabilidad medioambiental. Ahora, la moda es apoyar medidas ecologistas, pero de forma superficial, sobre el papel, con acciones tipo greenwashing: coche eléctrico, reciclaje, una supuesta economía circular o con bonitos lemas verdes. Por ejemplo, hoy todos apoyan las renovables (no se entendería no hacerlo), pero algunos siguen defendiendo la nuclear con argumentos falaces (como que evitaría el omnipresente riesgo de apagones).
Dejémoslo claro con un caso histórico. No generó turbación ni malestar general que el presidente de un gobierno defendiera el consumo de carne diciendo que un chuletón al punto es «imbatible». Lo que sí levantó la controversia fue visibilizar el enorme problema que tenemos por conseguir carne en el modo y la cantidad que lo hacemos (a nivel global, pero también a nivel europeo o español). Y no importa que sea de ganadería extensiva. Si te atreves a decir que la carne y el pescado deberían ser más caros, te machacarán si eres importante y te ningunearán si no lo eres.
¿Tiene algo que decir la ciencia en este tipo de debates? Por supuesto que sí. Ya lo ha hecho y su conclusión es muy clara en multitud de estudios, como el de Ripple et al., el de Kozicka et al., el de Pieper et al., el de Berkhout et al., el de Wynes et al. o el manifiesto firmado por más de 15.000 científicos. Pero, ¿de qué sirve realizar estos estudios —casi siempre financiados con dinero público— si no se atienden sus conclusiones?
La sociedad prefiere seguir danzando al ritmo de la música en la cubierta del Titanic. ¿Ignorancia? ¿Comodidad? ¿Egoísmo? ¿Confianza en el más allá, en dioses, en políticos, en el tecnooptimismo…? ¿Tal vez un poco de todo?
Si cumplir con tus principios no te cuesta dinero, ni críticas ni tu comodidad —las tres cosas—, es que son principios muy flojos.
Ser coherente con tus valores necesita, para empezar, un poco de sosiego y reflexión crítica para establecer tales principios con cierta consistencia y no porque lo dice «mi cuñao» o el «líder político de mi partido» (aunque ambos sepamos que son volubles y chaqueteros). Por otra parte, podemos asegurar que todo el mundo tiene principios éticos, más o menos fundamentados, procedentes de sus vivencias y de su formación (religiosa, cultural, mediática, política, etc.). Y a pesar de todo, sostener esos principios ha de ser costoso.
Principios para mitigar el colapso
El colapso es inevitable porque la alta dependencia de la tecnología requiere de muchos materiales y energía (y las alternativas no pueden sostener la complejidad actual). Las ciudades son aún más vulnerables por su dependencia de todo tipo de recursos externos. «No hay tiempo para una transición ordenada que pueda esquivar el colapso» (cfr. Fernández et al.). La transición energética requiere décadas y, encima, no se dan las condiciones políticas ni culturales. Algunas razones para esto son: el consumismo, el individualismo, el antropocentrismo, la irracionalidad humana o la comodidad en sí misma.
Este colapso, aunque sea inevitable, puede desacelerarse. Los científicos alegan que lo peor puede evitarse con medidas tan bien conocidas y aplicables como poco empleadas.
Para algunos, la empatía hacia el pobre, hacia el necesitado, está bien para una foto, pero no para una película de larga duración y menos, subvencionada con dinero público recortando gastos en defensa.