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AnteayerSalida Principal

El Mediterráneo supera el umbral de 1,5°C: la cuenca se calienta un 20% más rápido que la media global

3 Junio 2026 at 14:59

La Unión por el Mediterráneo (UpM) ha alertado este miércoles de que la cuenca mediterránea ya ha superado un calentamiento de 1,5°C respecto a los niveles preindustriales, un umbral crítico que el Acuerdo de París fijó como límite deseable para final de siglo. La región, que alberga a más de 500 millones de personas, se enfrenta a riesgos crecientes en los planos ambiental, económico y social, según el informe presentado por la organización intergubernamental.

El Mediterráneo es considerado un punto caliente del cambio climático, con un calentamiento un 20% más rápido que la media global. El documento de la UpM, hecho público el 3 de junio de 2026, subraya que las consecuencias ya son visibles: olas de calor más frecuentes e intensas, sequías prolongadas, incendios forestales y presión sobre los recursos hídricos. Para España, los efectos son particularmente acuciantes, ya que el sur y el este peninsular figuran entre las zonas más vulnerables de la cuenca.

Un llamamiento a la acción urgente

“El cambio climático no es una amenaza futura, es una realidad presente en el Mediterráneo”, señala el informe. La organización pide una movilización reforzada de los países ribereños para acelerar la transición energética, proteger los ecosistemas marinos y costeros, y adaptar la agricultura y el turismo, sectores clave para la economía de la región. España, que forma parte de la UpM desde su creación en 2008, ha reiterado su compromiso con los objetivos climáticos, aunque organizaciones ecologistas consideran insuficientes las medidas adoptadas hasta ahora.

El estudio de la UpM advierte de que, sin una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero, el Mediterráneo podría alcanzar un calentamiento de entre 2,2°C y 3,2°C a finales de siglo, con consecuencias devastadoras para la biodiversidad, la seguridad alimentaria y la estabilidad social. El organismo insta a los gobiernos a integrar la adaptación climática en todas las políticas sectoriales y a aumentar la financiación para proyectos de resiliencia.

Brasil reduce un 40% la deforestación en la Mata Atlántica, su nivel más bajo en 40 años

2 Junio 2026 at 15:13

La deforestación de bosques nativos en la Mata Atlántica brasileña se redujo un 40% entre 2024 y 2025, según datos divulgados el 2 de junio por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Brasil. Se trata del nivel más bajo desde que se inició el monitoreo sistemático de este bioma hace 40 años.

El bioma, que se extiende a lo largo de la costa brasileña desde el noreste hasta el sur del país, alberga una de las mayores biodiversidades del planeta y ha sido históricamente el más castigado por la tala ilegal y la expansión agrícola. La caída interanual supone un hito en la política ambiental del Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, que ha reforzado los mecanismos de vigilancia y control desde su regreso al poder.

Compromisos climáticos en el punto de mira

El dato llega en un momento clave para Brasil, que aspira a consolidarse como líder en sostenibilidad de cara a la COP30, que se celebrará en Belém (Pará) en noviembre de 2025. La reducción de la deforestación en la Mata Atlántica refuerza la credibilidad del país en sus compromisos climáticos y en su posicionamiento dentro del BRICS+, donde Brasil impulsa una agenda de desarrollo verde.

«La deforestación de bosques nativos en la mata atlántica cayó en un 40%», confirmó el ministerio brasileño en un comunicado, sin precisar el número absoluto de hectáreas deforestadas en cada periodo. La tendencia contrasta con la de otros biomas como la Amazonía, donde la deforestación también ha descendido en los últimos dos años, aunque a un ritmo menor.

Desafíos persistentes

A pesar del avance, expertos advierten de que la Mata Atlántica sigue siendo el bioma más fragmentado de Brasil, con menos del 12% de su cobertura original. La presión de la agroindustria, la minería ilegal y la urbanización continúa siendo una amenaza. El Gobierno brasileño ha anunciado que reforzará las operaciones de la Policía Federal y el uso de satélites para detectar tala ilegal en tiempo real.

El dato de reducción del 40% es alentador, pero la Mata Atlántica requiere políticas de restauración activa y no solo de control de la tala, según señalaron organizaciones ambientalistas consultadas.

El evento climático El Niño es inminente y calentará aún más un planeta ya en ebullición

2 Junio 2026 at 12:12

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha lanzado una advertencia inminente: existe un 80% de probabilidades de que el fenómeno de El Niño se consolide entre junio y agosto de este año, alcanzando casi un 90% hacia noviembre. Impulsado por un calentamiento anómalo en el océano Pacífico, este evento climático natural amenaza con disparar de nuevo los termómetros globales y exacerbar los impactos de una crisis climática ya de por sí crítica.

Naciones Unidas ha pedido que esta previsión se trate con la máxima urgencia, ya que la llegada de El Niño actuará como un poderoso amplificador del calentamiento global provocado por los combustibles fósiles. Las previsiones de la OMM anticipan un aumento generalizado del riesgo de olas de calor severas, recordando el papel clave que jugó el último episodio intenso de 2023-2024 para pulverizar los récords históricos de temperatura mundial.

A nivel global, este nuevo ciclo alterará profundamente los patrones de precipitaciones y la temporada de huracanes. Mientras que regiones como el Cuerno de África, Asia central o el sur de Estados Unidos se enfrentarán a un mayor riesgo de lluvias torrenciales e inundaciones, millones de personas en Centroamérica, el Caribe, Australia o el sur de Asia sufrirán condiciones mucho más secas y cálidas de lo habitual.

Tienes más información en Climática.

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Europa se derrite: la peor ola de calor en mayo deja a España al borde del colapso eléctrico

29 Mayo 2026 at 20:15

Europa atraviesa una de las olas de calor más intensas registradas para esta época del año. Con temperaturas que en algunas regiones superan los 40 grados, millones de personas en todo el continente, especialmente en los países del sur, enfrentan condiciones extremas que ponen bajo presión los sistemas de salud, la infraestructura urbana y la capacidad de adaptación de los Estados. El fenómeno, que comenzó a mediados de esta semana, se ha intensificado este viernes 29 de mayo.

Impulsada por una persistente cúpula de calor, la situación reaviva el debate sobre los efectos del cambio climático y la preparación del continente ante episodios meteorológicos cada vez más frecuentes e intensos.

Impacto directo en España

España se encuentra entre los países más afectados por este episodio extremo. Según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), varias comunidades autónomas han activado alertas por calor extremo, con máximas que en puntos de Andalucía y el valle del Ebro han alcanzado los 42 grados. La demanda eléctrica se ha disparado hasta niveles récord para un mes de mayo, lo que ha obligado a Red Eléctrica a activar todos los recursos disponibles para garantizar el suministro.

Es la peor ola de calor en mayo desde que existen registros, con temperaturas propias de pleno julio, según fuentes de la AEMET citadas por la agencia Efe.

Los sistemas sanitarios han tenido que activar protocolos específicos ante el aumento de las urgencias por golpes de calor y deshidratación, sobre todo entre la población mayor. Las autoridades recomiendan hidratación constante y evitar la exposición al sol en las horas centrales del día.

Un fenómeno que desafía las infraestructuras

La cúpula de calor es un patrón meteorológico en el que una zona de alta presión atrapa el aire caliente y lo comprime, impidiendo que se disipe. Este fenómeno, cada vez más frecuente en Europa, ha puesto a prueba también las infraestructuras de transporte en varios países. En Francia, la alta velocidad ferroviaria ha sufrido retrasos y suspensiones por riesgo de deformación de vías, mientras que en Italia varios hospitales han instalado carpas de refrigeración para atender a los pacientes más vulnerables.

En Alemania, los ríos navegables como el Rin han registrado descensos de caudal que dificultan el transporte de mercancías, lo que amenaza la cadena de suministros energéticos. El Ministerio de Medio Ambiente alemán ha advertido de que los niveles del río podrían obligar a restringir la navegación si las temperaturas no remiten en los próximos días.

La ola de calor ha llegado a Polonia y República Checa, donde se han superado los 36 grados en zonas que rara vez alcanzan esas temperaturas en primavera. Los gobiernos locales han activado planes de emergencia y recomendado a la población extremar la precaución.

Mientras tanto, las organizaciones ecologistas han utilizado el episodio para exigir a los gobiernos europeos medidas más ambiciosas contra el cambio climático y una adaptación urgente de las ciudades a los fenómenos extremos.

India y Pakistán superan los 46°C en una ola de calor extrema que amenaza cosechas y redes eléctricas

29 Mayo 2026 at 19:56

Una intensa y prolongada ola de calor afecta al subcontinente indio desde mediados de abril, con temperaturas máximas que superan los 46 °C en numerosas localidades de India y Pakistán. Los termómetros registran entre 5 y 8 °C por encima de lo habitual para la época, según informes meteorológicos. El episodio, que alcanza su pico antes de la llegada del monzón en junio, supone un riesgo creciente para la población, las cosechas y las redes eléctricas.

Condiciones extremas antes del monzón

Fuentes meteorológicas citadas por la prensa local han señalado que, aunque el calor intenso es habitual en esta época previa al monzón, la persistencia desde mediados de abril y la magnitud de las temperaturas —con registros diarios que en muchas zonas han superado los 46 °C— hacen de esta ola un fenómeno especialmente peligroso.

India y Pakistán no son ajenos al calor. Esta época del año es la peor, ya que el calor alcanza su punto máximo antes del monzón.

Las temperaturas elevadas están poniendo presión sobre los sistemas de salud y las infraestructuras energéticas. La demanda de electricidad para refrigeración alcanza niveles récord, lo que provoca apagones y cortes de suministro en varias regiones. Las cosechas, particularmente de trigo y otros cultivos de la temporada, también se ven amenazadas, lo que podría agravar la seguridad alimentaria en una zona ya vulnerable.

Impacto geopolítico y climático

La ola de calor coincide con un contexto de tensiones regionales y recursos hídricos limitados. Ambos países comparten ríos y acuíferos que se ven afectados por el aumento de la evaporación. La crisis climática, según los expertos, está haciendo que fenómenos como este sean más frecuentes e intensos, lo que añade un factor de riesgo para la estabilidad del sur de Asia.

Las autoridades han emitido alertas sanitarias y recomendaciones para evitar la exposición al sol. Se espera que las temperaturas comiencen a moderarse con la llegada del monzón en junio, aunque el calor persistirá en las próximas semanas.

La ONU alerta: un 75% de probabilidades de que el planeta supere el límite de 1,5°C en los próximos cinco años

29 Mayo 2026 at 16:59

La Organización Meteorológica Mundial (OMM), agencia de la ONU, ha advertido de que el planeta registrará temperaturas récord o casi récord entre 2026 y 2030, según un nuevo informe publicado este viernes. El organismo estima que existe un 75% de probabilidades de que la media de temperatura global de ese lustro supere en más de 1,5 grados los niveles preindustriales de forma temporal, incumpliendo así el objetivo más ambicioso del Acuerdo de París.

El secretario general de la OMM, Petteri Taalas, señaló en rueda de prensa que «el calentamiento global continúa impulsado por las emisiones de gases de efecto invernadero» y que «los próximos cinco años serán un nuevo hito en la crisis climática». El informe, que actualiza las proyecciones anuales, se basa en datos de los principales centros meteorológicos del mundo y modelos climáticos de alta precisión.

Una escalada imparable

Según el documento, 2026 podría batir el récord de temperatura media global establecido en 2024, y los años sucesivos mantendrían una tendencia al alza. «Ya hemos registrado los doce meses consecutivos más cálidos desde que hay registros», explicó Taalas. El calentamiento afecta especialmente a regiones como el Ártico, que se calienta al doble de la media mundial, lo que acelera el deshielo y eleva el nivel del mar.

La OMM subraya que, aunque superar temporalmente el umbral de 1,5 ºC no implica un fracaso definitivo del Acuerdo de París (que mide promedios a largo plazo), cada décima adicional incrementa los riesgos de fenómenos extremos: olas de calor, sequías, incendios forestales e inundaciones. La probabilidad de que el período 2026-2030 sea el más cálido jamás registrado se sitúa en el 80%, según el informe.

Consecuencias globales inmediatas

El aumento de temperaturas tendrá impactos directos sobre la salud, la agricultura y los ecosistemas. Según la OMM, las olas de calor se volverán más frecuentes e intensas, con riesgos para poblaciones vulnerables, especialmente en África y Asia. Además, la fusión de glaciares amenaza el suministro de agua para cientos de millones de personas. «Cada fracción de grado importa», recordó Taalas, al tiempo que instó a los gobiernos a acelerar la transición energética y reducir drásticamente las emisiones de CO₂.

El informe coincide con la campaña de la ONU «Decenio de Acción» para cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y se publica a menos de seis meses de la próxima Cumbre del Clima (COP33), prevista para finales de 2026.

“No más activistas climáticos criminalizados”: Anticapitalistas, Ecologistas en Acción y Greenpeace se movilizan para defender el derecho a la protesta

21 Mayo 2026 at 11:06
Por: Clima
  • El martes 26 de mayo, tres activistas serán juzgadas por una acción pacífica de legítima protesta, que tuvo lugar en 2019 contra la inacción climática, por la que afrontan una posible condena de prisión. 
  • Anticapitalistas, Ecologistas en Acción y Greenpeace convocan una concentración ese mismo día para exigir la absolución de todas las personas acusadas, defender el derecho a la protesta y denunciar la criminalización de la lucha por el clima.

El próximo 26 de mayo, Marina Martínez (Extinction Rebellion), Francisco del Pozo (Greenpeace) y Jorge Riechmann (Anticapitalistas y Ecologistas en Acción) se enfrentan a un juicio por una acción pacífica de legítima protesta contra la inacción de las instituciones frente a la emergencia climática. Los tres participaron, junto a otras trescientas personas, en la acción de desobediencia pacífica convocada por Rebelión por el Clima y por Extinction Rebellion Spain, que cortó el tráfico el 7 de octubre de 2019 en una de las principales avenidas de Madrid.

Como resultado de la represión de dicha acción, varias personas resultaron heridas, 180 fueron identificadas y tres de ellas fueron detenidas y remitidas al juzgado de instrucción con acusaciones falsas de un delito de resistencia grave a la autoridad. Serán juzgadas por la vía penal y afrontan una posible condena de prisión de hasta tres meses o multas (de 6 a 18 meses).

De manera paralela, Jorge Riechmann encara un segundo juicio por una acción de protesta que tuvo lugar durante la semana de movilizaciones impulsadas a nivel internacional por Rebelión Científica en 2022. En esa ocasión, un centenar de personas vinculadas a varios colectivos vertieron un líquido biodegradable de color rojizo (fácil de limpiar) en las escaleras del Congreso de los Diputados, como denuncia de la inacción política. Todo ello resultó en la detención y acusación de 15 activistas.

Para las organizaciones convocantes, no se trata de juicios rutinarios, sino de elementos centrales de la respuesta del Estado ante la actuación colectiva por el clima. “Desde hace más de medio siglo, el ecologismo ha construido un movimiento de respuesta a las tendencias ecocidas del capitalismo y han planteado formas diversas y potentes de contrarrestar estas tendencias, mediante la protesta y mediante la elaboración de propuestas alternativas”, añaden.

Tal y como denuncian, esta es la respuesta del Estado para defender el statu quo y reprimir la propuesta de alternativas: “El sistema de consumo y producción sin límites acoge con gusto el discurso verde, pero no puede soportar una respuesta real que plantee límites efectivos para el desarrollo capitalista y en favor de una sociedad ecológica y socialmente sostenible. Por eso, las causas penales que enfrentan son una forma de reprimir y controlar la organización colectiva y la protesta popular”.

Por todo ello, Anticapitalistas, Ecologistas en Acción y Greenpeace han convocado una concentración, el martes 26 de mayo, de apoyo a las personas acusadas por ejercer su derecho a protestar y actuar en favor del clima, y de denuncia de la criminalización de la protesta.

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La casa encantada 030120

5 Febrero 2020 at 12:22

Tres viejos cascarrabias charrinando sobre temas de actualidad.

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«La transformación energética es una batalla para cambiar el modelo y una apuesta antifascista»

12 Mayo 2026 at 09:04
Por: Nuria

El filósofo Eudald Espluga, que publica 'Imagina el fin'El filósofo Eudald Espluga, que publica 'Imagina el fin'

Fotografía: El filósofo Eudald Espluga, que publica ‘Imagina el fin’.M. Font

Artículo original publicado en publico.es por Marc Font

Hablamos con el filósofo, que publica el ensayo ‘Imaginar el fin’, donde cuestiona la idea del colapso inevitable y defiende las narrativas apocalípticas como una herramienta para la «ruptura y transformación» hacia «futuros posibles».

Imaginar el fin. Pensamiento apocalíptico para un futuro potstcapitalista (editado por Paidós en castellano y por Raig Verd en catalán) es el documentadísimo ensayo del filósofo Eudald Espluga (Girona, 1990) que cuestiona la idea de que vamos hacia a un colapso inevitable, fruto de la expansión de unos relatos colapsistas que, entre otros elementos, dificultan la movilización y la acción colectiva para avanzar hacia otros escenarios.

Nos reunimos con Espluga en la sede de la editorial Raig Verd  para conversar sobre una obra en la que defiende la necesidad de cambiar los relatos y, por tanto, los marcos de debate y discusión para plantear lo que considera unos “futuros posibles” con soluciones que ya existen. Que, a grandes rasgos, suponen realizar una transición hacia una sociedad postcapitalista.

Sin negar la evidencia de unos datos científicos que constatan que «estamos en un momento de cambio de época», el filósofo apuesta por los relatos apocalípticos como herramienta emancipadora que, a diferencia del colapso, nos puede llevar a la movilización colectiva, a las alianzas entre diferentes sectores y a una «transformación radical».

P. Sin negar que estamos en un momento de policrisis global -climática, geopolítica, energética o económica-, ‘Imaginar el fin’ cuestiona la idea de que el colapso sea inevitable. De entrada, ¿por qué cree que aparentemente esta idea parece haberse hecho hegemónica?

R. Porque en los últimos años, tanto en los medios de comunicación como en los medios audiovisuales, ha habido una proliferación de discursos y de proyecciones, a través de películas, series o relatos, de toda clase de representaciones de este fin del mundo que están muy encaradas a mostrar esta policrisis. Los datos son los que son, pero lo que quería cuestionar es que de estos datos no surge un relato cultural hegemónico de por sí, sino que de los datos a las representaciones sociales y políticas que nos hacemos de este fin del mundo o de la posibilidad del colapso hay una codificación cultural y social.

Las fantasías del colapso me parecen una forma muy estrecha de representar esta realidad que amenaza nuestra forma de existencia

Quería cuestionar cómo tanto las visiones más hegemónicas, y podemos pensar en películas o en series, sean de zombis o tipo The Last of Us, hasta determinados relatos políticos que enfocan que podemos hacer frente a la emergencia climática, la falta de recursos energéticos o la situación bélica actual también derivada de la cuestión económica, siempre están filtradas por lo que llamo fantasías del colapso. Y me parece una forma muy estrecha de representar antropológicamente, éticamente, políticamente e, incluso, ontológicamente los modos posibles de navegar esos datos y esa realidad que amenaza nuestra forma de existencia.

P. Supongo que un factor que lo puede explicar es que imaginar un mundo que se acaba no deja de ser una narrativa muy efectista, ¿no?

R. Sí, evidentemente todas son efectistas, pero la dimensión de sentir que estamos en el tiempo del fin creo la podemos tener en una narrativa colapsista o en una narrativa más de imaginación apocalíptica. Para mí, lo definitorio no es el efectismo de este «estamos en el fin de los tiempos», que por datos estamos en un momento no sé si del fin de los tiempos en los términos que lo conceptualizamos, pero sí en un momento de transformación brutal. A mí me gusta mucho lo que plantea Lizzie Wade, que parte desde una perspectiva arqueológica y dice que para que haya un apocalipsis no basta con una gran catástrofe, no basta con la destrucción de ciudades, de formas de vida y de más, sino que esta destrucción tiene que ser relativamente rápida y tiene que provocar una transformación simbólica en la autopercepción de una comunidad sobre sus formas de vida.

Hay una destrucción y cambios bastante rápidos para que simbólicamente nos planteemos que nos encontramos en una situación de fin de los tiempos

Creo que sí que nos encontramos en una situación apocalíptica en el sentido que la describe Wade, es decir, está habiendo una destrucción y cambios suficientemente rápidos para que simbólicamente todo el mundo hoy nos planteemos que nos encontramos en esta situación de fin de los tiempos o de cambio de época. Para mí lo importante es ver que en estas fantasías colapsistas esto está asociado a esta dimensión más antropológica, que es lo que lo hace muy atractivo para las series, las películas o los relatos. Caer en un pesimismo antropológico y pensar que a la mínima que haya una falla en la cadena de distribución de alimentos y que no haya papel de váter en los supermercados habrá una guerra de todos contra todos y una lucha. Esta idea de cómo que a la mínima que fallen las instituciones sociales y las dinámicas de mercados a las que estamos acostumbrados habrá una guerra brutal en la que se impondrá el egoísmo de todos contra los demás.

Creo que sí que nos encontramos en una situación apocalíptica en el sentido que la describe Wade, es decir, está habiendo una destrucción y cambios suficientemente rápidos para que simbólicamente todo el mundo hoy nos planteemos que nos encontramos en esta situación de fin de los tiempos o de cambio de época. Para mí lo importante es ver que en estas fantasías colapsistas esto está asociado a esta dimensión más antropológica, que es lo que lo hace muy atractivo para las series, las películas o los relatos. Caer en un pesimismo antropológico y pensar que a la mínima que haya una falla en la cadena de distribución de alimentos y que no haya papel de váter en los supermercados habrá una guerra de todos contra todos y una lucha. Esta idea de cómo que a la mínima que fallen las instituciones sociales y las dinámicas de mercados a las que estamos acostumbrados habrá una guerra brutal en la que se impondrá el egoísmo de todos contra los demás.

Creo que sí que nos encontramos en una situación apocalíptica en el sentido que la describe Wade, es decir, está habiendo una destrucción y cambios suficientemente rápidos para que simbólicamente todo el mundo hoy nos planteemos que nos encontramos en esta situación de fin de los tiempos o de cambio de época. Para mí lo importante es ver que en estas fantasías colapsistas esto está asociado a esta dimensión más antropológica, que es lo que lo hace muy atractivo para las series, las películas o los relatos. Caer en un pesimismo antropológico y pensar que a la mínima que haya una falla en la cadena de distribución de alimentos y que no haya papel de váter en los supermercados habrá una guerra de todos contra todos y una lucha. Esta idea de cómo que a la mínima que fallen las instituciones sociales y las dinámicas de mercados a las que estamos acostumbrados habrá una guerra brutal en la que se impondrá el egoísmo de todos contra los demás.

P. Unos relatos, por otra parte, que benefician mucho a las tesis de la extrema derecha.

R. Efectivamente, porque básicamente lo que esto acaba propiciando es que si antropológicamente asumimos que somos egoístas por naturaleza y que el hombre es un lobo para el hombre, la consecuencia es que si el colapso o cualquier forma de crisis ecosocial se tiene que transformar en esta guerra, lo que tenemos que hacer es empezar a prepararnos para el momento del colapso. Y aquí es donde entran las tesis de la extrema derecha y donde vemos estas narrativas survivalistas o preparacionistas, con las que consideran que te tienes que entrenar mucho físicamente, en plan cryptobro, también está la parte de criptomonedas, que es como ante una posible caída de los mercados y de las instituciones tradicionales tenemos que ir a las cadenas propias, y también el hecho de llevar esas mochilas de 70 litros con las navajas, el DNI plastificado, la tienda de campaña y todo lo que necesitarás para sobrevivir en caso de que haya un gran apagón o una falta de recursos.

​Para mí esto es muy grave porque estas cuestiones ligadas a una narrativa preparacionista ya no son tan de nicho y, por ejemplo, cada vez ves más estas mochilas y, casi siempre, los que las llevan van con símbolos fascistas. Me parece muy interesante que haya esta unión casi entre el preparacionismo y la extrema derecha porque esto se traslada a políticas públicas a través de los partidos de extrema derecha y los que no lo son. Este imaginario colapsista va más allá de ellos, y hace un año o poco más la Unió Europea recomendaba que hiciéramos kits de supervivencia.

El discurso de refuerzo de fronteras tanto en Europa como en los Estados Unidos es una política preparacionista

Haciendo un análisis un poco a lo basto de la situación geopolítica que tenemos ahora, con los bombardeos en Irán y todo lo que está haciendo de política exterior Estados Unidos, se puede entender en esta clave de la nación que debe prepararse para asegurarse los recursos en un mundo en el que habrá escasez de petróleo y habrá una escasez energética fuerte. E, incluso, esta protección se traslada en tesis de defensa de de la población blanca en clave supremacista. Todo el discurso de refuerzo de fronteras tanto en Europa como en Estados Unidos, allí con las actuaciones de la ICE y las deportaciones masivas, también es una política preparacionista de si vamos hacia un mundo que colapsa, necesitamos vivir en esta fortaleza, en este Estado búnker para defendernos de los invasores.

P. Seguramente los casos más extremos de este preparacionismo serían los proyectos de búnkeres para megamillonarios o las huidas hacia el espacio también de este colectivo, que al final numéricamente son muy pocos y, en buena parte, responsables directos de las crisis sistémicas que sufrimos.

R. Sí, sí, totalmente. Me parece muy interesante lo que dice un autor como Ben Ware, que plantea que ante estos relatos colapsistas se genera una doble actitud, que he intentado reseguir en el libro. Si el miedo que tienes es que en dos días o en quince fallen todas las cadenas de distribución y al final no te acabe llegando agua potable a casa, no haya medicamentos en los hospitales, etc, y que todo el mundo esté compitiendo por ello, es decir, si has comprado el relato del colapso o acabas con la pasividad nihilista y, por tanto, como el mundo se tiene que ir a la mierda pues hedonismo puro y nos entregamos a lo que quede y venga a quemar fósiles hasta que no quede mañana; o acabas con la hiperactividad narcisista, que es la que encontramos en esta doble vía de los escapistas. Ya sea o nos vamos a un búnker o todas las ideas de Elon Musk y compañía con esta voluntad de ir a construir a Marte lo que no has querido en la Tierra.

Si has comprado el relato del colapso, acabas con la pasividad nihilista o con la hiperactividad narcisista

P. En un momento escribe que «el cierre imaginativo en torno al colapso ha limitado salvajemente las maneras de acercarnos al futuro». Es decir, que ensanchar este imaginario de futuro es un paso imprescindible para actuar y para generar unas respuestas colectivas a la situación actual.

R. Sí, completamente, por eso el título del libro. Y por eso vuelvo a esta frase tan repetida y tan pesada de «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». Pero al final, Fredric Jameson, en el origen la cita, no defiende la frase, sino que tras analizarla y dar muchas vueltas lo que dice es que quizás lo que tenemos que hacer es plantearnos cómo llegar al fin del capitalismo a través del relato sobre el fin del mundo. Y es aquí donde le interesa la lógica apocalíptica porque tiene ese juego dialéctico entre una destrucción o un cambio de un modelo social. Y a mí me interesaba ver como sin renunciar a este horizonte escatológico y sin dejar de pensar estas problemáticas reales de la policrisis [que tenemos], se podían empezar a generar relatos que no solo fueran esperanzados, sino que aprovecharan este momento de transición y de complejidad.

P. Ligado a esto, en un momento del libro cita a Rebecca Solnit que defiende que la acción está determinada por la visión. Es decir, que nuestra manera de ver el mundo determina lo que podemos hacer y, por tanto, si no ofreces un relato esperanzador que plantee un futuro diferente difícilmente actuarás.

R. Totalmente, pero es verdad que después de que Mark Fisher publicara el libro Realismo capitalista y se empezara a discutir sobre ello, han empezado a aparecer muchos pensadores en los últimos 10-15 años que sí hacen un ejercicio de imaginación proyectiva de cómo pueden ser estos escenarios diferentes. Por ejemplo, es muy interesante la propuesta del comunismo de lujo completamente automatizado. Es un poco una locura porque parte de asumir la base más radical del pensamiento capitalista de un Elon Musk y asumir que por la ley de Moore habrá un crecimiento exponencial en el desarrollo de las tecnologías y eso nos permitirá en el lapso de 15 o 20 años llegar a un estado de abundancia total. Hasta el punto de que podremos crear carne sintética y, por tanto, podremos dejar de matar animales y seguir comiendo toda la carne que queramos, o que podremos tener un sistema energético 100% renovable y seguir gastando y consumiendo la misma cuota de energía habiendo renunciado a las energías fósiles. Es una propuesta muy interesante y muy discutible, pero que al mismo tiempo nos confronta con esa necesaria imaginación de futuros que no se rijan por las lógicas del presente.

O lo mismo, por ejemplo, con el socialismo de medio planeta, que propone que se necesita renaturalizar medio planeta y, por tanto, los humanos tenemos que habitar sólo en la mitad del planeta. Y que en esa mitad haya una reducción muy grande del consumo de energía, que se repartirá por cuotas y será sólo de origen renovable, que toda la sociedad adoptará una dieta vegana, y a partir de ahí habrá un sistema de planificación socialista que repartirá los trabajos. Para mí, estas eran como las primeras propuestas para salir un poco de los debates que estaban ya un poco entroncados sobre el decrecimiento y muy encarados en la idea de colapso.

Solnit nos invita a transformar nuestra visión sobre el presente y darnos cuenta de que hay cosas que ya están cambiando

R. Estas propuestas encajarían perfectamente en la idea de cambiar la visión para cambiar la acción, pero en la medida que eran proyecciones utópicas de una transformación tan total lo que me parece interesante de Solnit es que en su libro no mira como utopías de transformación a muy largo plazo, sino que nos invita a transformar nuestra visión sobre el presente y darnos cuenta de que hay cosas que ya están cambiando. Mirando los movimientos sociales, desde los años 70 hasta la actualidad, lo que hace es ver cosas que en su momento percibimos, dice ella, como un éxito sin victoria. Como, por ejemplo, que no hemos conseguido acabar con el cambio climático construyendo un huerto urbano, pero de golpe lo que podía parecer solo para una pequeña comunidad autogestionada empieza a ser una política urbana adoptada por ayuntamientos y por instituciones más amplias. Podríamos pensar lo mismo con los refugios climáticos. O podemos ir escalándolo en propuestas más generales, por ejemplo, a mí la de superilla me parece muy clara, porque en Barcelona la tenemos muy presente, pero lo mismo se ha estado haciendo en parte en Nueva York, y en parte pasó con la ciudad de los 15 minutos en Francia.

Y la reticencia y el rechazo que ha habido por parte de sectores de la derecha y de la extrema derecha a estas políticas, con el argumento de que puedas ir donde quieras con tu vehículo privado de gasolina, no es solo una batalla urbanística o de ciudad, es una batalla por el modelo. Porque cuestionas la esencia misma de la cosmovisión de la extrema derecha según la cual tú tienes derecho a tus cosas, a tu propiedad, a tu acceso,… El modelo de las transformaciones urbanísticas me parece muy evidente, pero hay muchos otros que se han propuesto, por ejemplo, en el campo de la vivienda.

P. Seguramente mucha gente que lea el libro se sorprenderá de que la tesis que defiende es que el apocalipsis «no es la narración cataclísmica de una destrucción total, sino una historia de transformación radical». Por lo tanto un «tiempo de ruptura, una puerta abierta al cielo que nos narra otros futuros posibles». ¿Por dónde pasarían estos futuros?

R. Primero, las cosas que ya tenemos sobre la mesa o que ya se están haciendo y que se pueden hacer a una escala mucho mayor. Y después transformaciones en clave de la vivienda o, por ejemplo, este momento geopolítico que nos encontramos con la subida del precio del petróleo, hace que de golpe tengas otra mirada hacia la transición energética y que esté mucho más politizada de lo que lo había sido antes. Para mí, de golpe, la transformación energética ya no pasa a ser solo cambiar tu coche por un Tesla, por así decirlo, y esa idea de la descarbonización sin intentar cambiar la sociedad, sin que cambie nada, sino entender que la batalla por la transformación energética es una transformación por el modelo. Y que la apuesta por las renovables y por las energías limpias es una apuesta antifascista de una forma muy evidente.

​En la vivienda, propuestas como las que ya estamos viendo de cooperativas de viviendas me parecen muy interesante. Pero autoras como Helen Hester van más allá, y en el libro Contra el realismo doméstico, plantea que empecemos a reflexionar sobre las nuevas formas de construcción de viviendas y, por ejemplo, si tiene sentido que en un edificio de ocho plantas y cuatro pisos por planta todo el mundo tenga una cocina o tenga una lavadora. ¿Por qué no vamos hacia cantinas públicas o hacia supermercados públicos donde la distribución de los alimentos sea de productos de proximidad?

De repente, la transformación energética es una batalla para cambiar el modelo y una apuesta antifascista

Creo que esta transformación, esta transición hacia la sociedad postcapitalista, debe darse en estas instituciones que estén a medio camino entre lo que hasta ahora ha sido el mercado y lo que entendemos por espacio público. Un nuevo modelo que no debemos imaginar como este comunismo completamente automatizado, sino como una idea de lujo público que no sea una idea tan futurista, sino que esté mucho más arraigado. El ejemplo más evidente de lujo público que tenemos y al que nos hemos acostumbrado y no reflexionamos mucho sobre ello son las bibliotecas. Tienes acceso a prácticamente todo, puedes estar en ellas sin que nadie te diga nada, es de las instituciones que mejor refleja la diversidad social, es un lugar de estancia, de juego,… Si el modelo de las bibliotecas de lujo público lo podemos trasladar a supermercados públicos, a cantinas públicas, a lavaderos, a otros modelos de organizar los cuidados y el trabajo productivo y reproductivo, creo que aquí hay un poco esta clave de transformación urbana e, incluso, de la relación entre lo urbano y lo no urbano donde para mí pasa la imaginación de estos nuevos futuros.

P. Estos futuros tienen un vínculo con los relatos colapsistas hechos desde las tesis del decrecimiento, en el sentido de defender la necesidad de romper con el actual modelo económico.

R. Para mí es clave. Cuando cuestiono los relatos colapsistas no es porque no exista la necesidad de ese cambio, sino precisamente porque creo que lo que debe hacer el cambio de relato es marcar las formas de creación de esa agencia colectiva o esa agencia política. Si partimos de un relato completamente colapsista es mucho más fácil que tendamos hacia soluciones hiperindividualistas o preparacionistas como decíamos. O, incluso, hacia propuestas como el comunismo del desastre, a partir de modelos de decrecimiento basados en el colapso. O la idea casi pseudoanarquista de pensar que una vez caigan las instituciones solo en comunidades pequeñas y ruralizadas podremos encontrar la solución a este momento de colapso.

Si partimos de un relato completamente colapsista es mucho más fácil que tendamos hacia soluciones hiperindividualistas o preparacionistas

Y, por ejemplo, una de las cosas que puede ser más problemáticas de la tesis del libro es que creo que la solución debe ser urbana o en gran parte debe pasar por lo urbano, que es donde vive la mayoría de la población. Si no queremos acabar adoptando las teorías problemáticas que si la gran sustitución o las tesis lamarckistas y eugenésicas, creo que nos tenemos que replantear cómo vivimos en estas ciudades, cómo consumimos y cómo nos organizamos en general a nivel de transporte público.

P. ¿Entiendo que con el planteamiento de soluciones ya existentes y, por tanto, que se ven posibles, también quiere buscar que el relato sea más atractivo para gran parte de la población, lo que facilitaría la movilización?

R. Bueno, es que justamente creo que, además de atractivo, tiene que dar motivos y tiene que facilitar esta movilización. Por eso cuando vuelvo al apocalipsis bíblico lo hago no solo por una cierta fascinación, sino porque, aunque no lo hayamos leído, todos tenemos en la cabeza unas imágenes que movilizan una imaginación y lo que busco es despertar un poco esa imaginación, llevándolo mucho a lo que fue durante tiempo su lectura. No tanto en el momento de su escritura, cuando era muy difícil que por sí solas aquellas iglesias cristianas se rebelaran contra el imperio, pero sí en movimientos que van desde el siglo V hasta el XV. Lejos de lo que pensamos hoy por los memes tipo «el milenarismo va a llegar», los movimientos milenaristas no son sectas de locos, sino que utilizan el carácter profético o las promesas de este mundo mejor [del apocalipsis], no como una forma de abandonar la acción, porque ya llegará en otra en otra vida, sino para movilizarse y buscar alianzas entre sectores depauperados ante la injusticia presente.

La extrema derecha ve los relatos apocalípticos como un peligro porque son capaces de generar movilización y alianzas entre diferentes sectores

Hay muchos movimientos que terminan en grandes revueltas campesinas y en un cuestionamiento muy fuerte de las autoridades feudales o de una burguesía incipiente. Y son movimientos que, de hecho, llegan hasta el siglo XVIII-XIX con movimientos anticoloniales. Y justamente la extrema derecha ve los relatos apocalípticos como un peligro porque son capaces de generar esta movilización, esta concentración de las agencias colectivas. Porque percibir el fin del mundo como una posibilidad real pero al mismo tiempo como la posibilidad de un mundo mejor, es lo que puede acabar generando estas alianzas entre diferentes sectores, de clases bajas, clases depauperadas, sectores industriales, etc.

P. En cierto modo esta defensa de la organización y la necesidad de una respuesta colectiva une, o así lo interpreto yo, Imaginar el fin, con su anterior libro, No seas tú mismo, cuando apostaba por buscar soluciones políticas y, por tanto, colectivas a los malestares generalizados de la sociedad.

R. Sí, para mí es claramente como esta evolución, incluso en la idea del doomer que también es una línea que conecta bastante. Al final, No seas tú mismo cuestionaba un poco que los problemas que sufrían los jóvenes hoy fueran generacionales. De lo que hablaba era de la emergencia de unos nuevos problemas, como por ejemplo el relacionado con el capitalismo de plataformas, que de acuerdo lo vemos muy acentuado en los millenials y un poco en los zetas, pero eso no quiere decir que esa misma cancelación del futuro que vemos no afecte a las otras generaciones o que el capitalismo de plataformas no afecte a todo el mundo. Si miramos Airbnb y lo que está generando en la ciudad pues sí, los jóvenes tenemos problemas de vivienda, pero es una afectación muy intergeneracional.

​Lo que hago ahora es ir un poco más allá y ver como muchos de estos problemas en la situación presente han rebasado incluso las estructuras políticas clásicas y, por tanto, los problemas ya no se pueden enmarcar solo en el contexto más o menos estrecho de este neoliberalismo. Sino que muchas de las tesis que ya se han convertido en una realidad política evidente, como las de la ilustración oscura que han influido muchísimo en políticos como J.D. Vance y la administración Trump o en tecnomillonarios tipo Elon Musk o Peter Thiel, van directamente en contra de la democracia. Buscan la imposición de unos dictadores CEO que rijan los Estados como si fueran empresas, gobiernos corporativistas que en la práctica ya los estamos viendo. Cuando los servicios de defensa se hacen a través de los programas de Peter Thiel y Palantir pues estamos viendo como ya se está produciendo esto.

​Por lo tanto, creo que el tipo de amenaza que tenemos hoy es tan grande o es sustantivamente capaz de amenazar la situación existencial del presente que me parecía importante volver a pensar la relación entre política y escatología. Al igual que en el pasado había sucedido, por ejemplo, con la cuestión nuclear, y que había llevado a Susan Sontag o a Günther Anders considerar durante la época de la Guerra Fría que había como una transformación filosófica de las herramientas políticas mediante las cuales teníamos que enfrentar los problemas que vivíamos.

P. Es decir, ¿hay una especie de salto de escala en los objetivos de esta tecnomillonarios que van más allá de los meramente económicos?

R. Creo que con el crecimiento de la inteligencia artificial estamos en un momento de toda una transformación tecnológica de este capitalismo de plataformas, que ha ido más allá. Ya no se rige por esta falsa idea del libre mercado y del neoliberalismo, con la libre competencia de empresas, si no que estamos en un escenario monopólico. Y, además, lo que hace es pensar al Estado como una de las armas principales para transformar el mundo y asegurar la emergencia de un mundo diferente en clave neoconservadora. De hecho, Ben Tarnoff y Quin Slobodian acaban de publicar un libro que se llama Muskism, donde dicen que olvidémonos de decir que son neoliberales o que son anarcocapitalistas. Tienen una lógica de totalitarismo tecnológico a través del Estado, que es también lo que plantea Donatella Di Cesare en su libro Tecnofascismo.

Los tecnomillonarios como Elon Musk tienen una lógica de totalitarismo tecnológico a través del Estado

Me parece muy interesante dejar de pensar en ellos como millonarios capitalistas que lo que hacen es querer ganar dinero, que sí lo quieren ganar, pero que el modelo que tienen detrás es una ideología de Estado totalitario. Por lo tanto, ya no es solo pensar el capitalismo de plataformas por cómo genera esta individualidad, sino que tenemos que ir a mirar las empresas y cómo funcionan estas plataformas y las soluciones políticas que tenemos que traer no son «yo me desconecto, me borro las redes sociales y vivo offline». Cuando Palantir está armando el ejército de Estados Unidos, da igual que tú no tengas Meta o Instagram.

P. Ya para terminar, a pesar del contexto de policrisis, o precisamente por eso, no sé si a la vez tiene la sensación de que hay un embrión de una cierta revuelta ciudadana a través de la movilización popular, sobre todo en el ámbito de la vivienda, en el que no sólo se cuestiona el modelo dominante, sino que también se plantean alternativas y horizontes diferentes.

R. Sí y me parece fundamental porque, además, creo que una de las grandes victorias del Sindicat de Llogateres ha sido precisamente la de transformación del relato, porque los problemas de la vivienda a día de hoy son sensiblemente diferentes de los que había post crisis del ladrillo en 2008. Desde el principio, el Sindicat de Llogateres ha sido capaz de trazar mediáticamente y explicar también socialmente a todo el mundo que hay la emergencia de una nueva clase rentista. Y que se trata de un problema que va más allá de las decisiones individuales que hacemos nosotros al comprarnos una casa o al asumir un alquiler más o menos caro, sino que los desahucios que se están produciendo responden a unas lógicas que son completamente especulativas y que no tienen que ver con la relación que debe tener supuestamente una vivienda para asegurar un derecho, sino que se acaban convirtiendo en bienes de consumo. Y, por tanto, puede generar esta movilización social porque el relato que marca dirige mucho hacia dónde va la acción.

Una de las grandes victorias del Sindicat de Llogateres ha sido la de transformación del relato sobre vivienda

Si defiendo algo en el libro es que debemos cambiar los relatos para que en otras luchas que son prioritarias para nuestra supervivencia, como la emergencia climática, la defensa de un modelo de ciudad, de un modelo de instituciones públicas muy concreto o de un modelo de transición de energías renovables, entre otras, también se produzcan cambios de marcos que sean capaces de generar esas agencias colectivas que vayan destinadas a una confrontación política amplia. Y no a una lógica que puede acabar muchas veces en una división más dentro de la propia izquierda, de si tenemos que tender más hacia un modelo de decrecimiento, cuando menos renovables, si las tenemos que poner aquí o allá. Debemos tender más hacia esta repolitización de las propias herramientas para hacer un frente amplio.

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La conferencia de Santa Marta da un paso hacia una coalición de países para dar una salida justa a los combustibles fósiles

30 Abril 2026 at 09:43
Por: Clima
  • La I Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles se salda con una segunda convocatoria, la introducción de un comité científico y pasos cautos adelante.
  • Alianza por el Clima y Gas No Es Solución, redes de las que forma parte Ecologistas en Acción, han participado en la conferencia, tanto en los espacios formales de decisión como en la alternativa Cumbre de los Pueblos, donde la sociedad civil internacional se ha volcado a favor de un tratado vinculante sobre combustibles fósiles en un despliegue de coordinación narrativa.

Durante seis días, la ciudad caribeña de Santa Marta ha sido el epicentro de la política climática global. La I Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, coorganizada por Colombia y los Países Bajos, ha reunido a más de 50 países, 2.800 personas y centenares de organizaciones de la sociedad civil para abordar lo que durante décadas las negociaciones climáticas internacionales no han sido capaces de hacer: cómo planificar, financiar y ejecutar la salida ordenada del petróleo, el gas y el carbón. La conferencia ha concluido hoy con su segmento de Alto Nivel ministerial.

Irene Vélez, Ministra de Ambiente y Desarrollo Sostenible de Colombia de Colombia, señalaba en las primeras horas de la conferencia el momento histórico que supone este encuentro de Santa Marta y Alianza por el Clima subrayaba, ante estas declaraciones, que la importancia de este espacio “dependerá de lo fructífero del camino y  de si es capaz de consolidarse un instrumento multilateral vinculante capaz de poner fin a los fósiles”. Gas No Es Solución reacciona con cauto optimismo, enfatizando que “aunque es un paso, es necesario avanzar más rápido en compromisos que consigan dejar atrás los fósiles y desmantelen las dinámicas de extractivismo hacia el Sur Global”.

Los resultados de la Conferencia

Ambas redes consideran que es necesario continuar los diálogos avanzados en Santa Marta, por ello acogen con satisfacción el anuncio de una segunda conferencia en Tuvalu el próximo año.  Una buena noticia, dicen, teniendo en cuenta los intentos de algunos países europeos para reducir el debate a una mera recogida de impresiones y de traslado dentro del marco de UNFCCC, con las limitaciones que ello conlleva.  Entre el Sur Global han sido muchos los países que han señalado la necesidad de un tratado vinculante como forma de avanzar en un camino paralelo pero complementario que sea capaz de nutrir las negociaciones oficiales y poner fin a los fósiles de una forma rápida, justa y equitativa sin pasar por el veto de los países petroleros.

La conferencia cerró con un mandato político claro pero insuficiente. Los avances se cristalizan en tres elementos concretos:

  1. La creación de un panel científico para orientar la transición liderado por el conocido investigador Johan Rockström.
  2. El reconocimiento en el plenario final de la necesidad de un nuevo instrumento internacional (uno que llene el vacío de gobernanza que el Acuerdo de París no puede cubrir por sí solo). Sin embargo, esto no se ha cristalizado en un instrumento concreto, ni en un cronograma para su adopción, sino en una nueva conferencia, que será alojada por los gobiernos de Irlanda y Tuvalu. En el plenario de alto nivel, varios gobiernos reclamaron obligaciones vinculantes sobre la producción de fósiles, mecanismos reales de financiación para la transición y el fin de las reglas de arbitraje que permiten a las empresas fósiles demandar a los Estados que actúan por el clima.
  3. Un informe final exhaustivo elaborado por los gobiernos coanfitriones, en el que se recopilan las aportaciones de miles de contribuciones escritas, docenas de diálogos virtuales y numerosas consultas sectoriales presenciales.

El papel del Estado español

El gobierno de España y representantes parlamentarios acudieron a Santa Marta, siendo de los pocos gobiernos que han optado por el más alto nivel de representación, al estar presente la vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen, quien intervino en el plenario como facilitadora del bloque dedicado a soberanía y seguridad energética.

La ministra Aagesen subrayó la importancia de actuar de forma colectiva porque “eso nos hace más fuertes: reduce los costes, reduce los riesgos, y se ha destacado algo fundamental, cómo trabajar en la financiación”. Una intervención que terminaba afirmando que el proceso “es inspirador, no es solo aire fresco, es un futuro prometedor de trabajar por el fin de los combustibles fósiles de forma conjunta, (…) podéis contar con España, podeis con el máximo esfuerzo para conseguirlo unidos y con compromiso”.

Javier Andaluz, coordinador de Alianza por el Clima y responsable de Clima y Energía de Ecologistas en Acción, declara: “La convulsión geopolítica actual no solo nos demuestra el impacto de una economía fósil, sino la importancia de la solidaridad y de la creación de un bloque de países diversos capaces de defender el futuro frente a las guerras injustas y la continua degradación de la vida. Esta conferencia puede ser el primer paso para ello, pero necesitamos un compromiso político real y valiente que esperamos siga forjándose en Tuvalu”. Añade que “nos traemos varios deberes a España, reforzar nuestros compromisos no solo con la UNFCCC sino también en otras alianzas para poner fin a los subsidios fósiles (COFFIS), la reforma de la arquitectura financiera internacional y las medidas domésticas necesarias para acelerar esta transformación global”.

El papel  de la sociedad civil

Alianza por el Clima y Gas No Es Solución han participado activamente en la Cumbre de los Pueblos, junto a una coalición global de organizaciones de comunidades de primera línea, pueblos indígenas, mujeres, jóvenes y trabajadores. La Cumbre de los Pueblos aprobó una declaración que enmarca la crisis climática como consecuencia directa del capitalismo, el colonialismo y el militarismo, y exige que los países del Norte Global asuman su deuda ecológica con el Sur. En las calles de Santa Marta, cientos de personas, entre ellas comunidades afrodescendientes e indígenas de la Sierra Nevada, protagonizaron una marcha que recorrió la ciudad hasta la Plaza de Bolívar bajo el lema “Futuro libre de combustibles fósiles”.

Para Gas No es Solución esta demostración de fuerza de la sociedad civil es una señal clara de que Santa Marta marca el inicio de un proceso, no su culminación: “El mundo ya sabe que la salida de los combustibles fósiles no es opcional. Santa Marta lo ha dejado claro: hay una mayoría global que quiere avanzar, que tiene urgencia y que no puede seguir esperando a que los países productores den su visto bueno. Lo que se negocia ahora es cómo se hace justa, cómo se garantiza que el coste no lo paguen quienes menos responsabilidad tienen, y cómo se avanza rápido frente a bloqueadores y negacionismo. La próxima parada es Tuvalu, y llegamos con más fuerza y con más claridad sobre lo que necesitamos: un tratado vinculante, financiación real y compromisos que no se evaporen en el camino”, concluye Marina Gros Breto, portavoz de Gas No Es Solución y de Ecologistas en Acción.

Declaraciones

Ester Galende (Campaña del Tratado de Combustibles Fósiles): “En medio de un escenario geopolítico convulso, lo que ha ido tomando forma en Santa Marta es un proceso que finalmente equipara la diplomacia con la magnitud de la crisis climática. El acuerdo para continuar bajo el liderazgo del Pacífico, con Tuvalu e Irlanda como co-anfitriones de la segunda conferencia, manda un mensaje claro al mundo: la transición más allá de los combustibles fósiles es inevitable. El reto ahora es garantizar que este impulso se traduce en un mecanismo vinculante para eliminar de manera gradual y equitativa la extracción de petróleo, gas y carbón y así contribuir al cumplimiento de los objetivos del Acuerdo de París. España debe ser un actor clave en este proceso y desempeñar un rol de liderazgo en la construcción de un mundo libre de combustibles fósiles, más justo y en paz”.

Philippine Ménager (ECODES): “Santa Marta marca un cambio de fase: más de 50 gobiernos sitúan la salida de los combustibles fósiles al centro de la agenda global. El reto ahora es doble: convertir este impulso en políticas justas y sostener el impulso hasta la COP 31”.

Irene Rubiera (Ecologistas en Acción): “Tras la histórica opinión consultiva emitida este verano por la Corte Internacional de Justicia, la única opción coherente con el derecho climático internacional, los compromisos adquiridos en el marco UNFCCC y el sentido común es adoptar un instrumento vinculante que mantenga los fósiles en el subsuelo”.

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Autoconsumo, comunidades y cubiertas: la única alternativa de Ecologistas en Acción de Castilla y León frente a la saturación fotovoltaica en la región

27 Abril 2026 at 10:00

La organización ratifica que solo apoyará los proyectos que garanticen la soberanía energética ciudadana y la protección del suelo agrario, exigiendo una moratoria inmediata para las plantas industriales.

La Federación de Ecologistas en Acción de Castilla y León ha fijado su postura oficial ante el aluvión de proyectos fotovoltaicos que recorre el territorio. Tras una votación en su comité federal, la organización ha sido clara: es necesaria una moratoria inmediata para la instalación de nuevas plantas industriales de renovables, exceptuando únicamente aquellas que fomenten la soberanía energética ciudadana, como el autoconsumo, las comunidades energéticas y las instalaciones sobre cubierta.

Un cambio de modelo: del extractivismo a la democratización

La organización defiende que la transición energética no debe ser una moneda de cambio que hipoteque el suelo agrario y el paisaje de Castilla y León para beneficiar a grandes empresas.

“Nuestra prioridad absoluta es que el foco se traslade a las instalaciones en tejados de polígonos, grandes aparcamientos y edificios públicos. No podemos seguir ocupando tierras de cultivo cuando tenemos miles de hectáreas de cubiertas infrautilizadas”, señalan desde la Federación.

Datos que avalan la saturación del territorio

La petición de moratoria no es arbitraria, sino que responde a la saturación energética que reflejan los datos consolidados de 2024:

  • Exceso de objetivos: Castilla y León ya tiene un 92,8% de energía renovable en su mix, superando con seis años de antelación el objetivo del Gobierno de España para 2030 (81%).
  • Superávit de exportación: La producción conjunta de eólica y fotovoltaica alcanzó los 15.952 GWh, lo que supone cubrir el 121,1% de toda la demanda eléctrica regional.
  • Red saturada: Mientras se proyectan nuevas macroplantas, hay 15.000 millones de euros en proyectos industriales bloqueados en la región porque la red eléctrica está saturada enviando energía hacia Madrid y otros grandes centros de consumo.

Justicia territorial y protección del suelo

Desde Ecologistas en Acción denuncian que la explosión fotovoltaica actual (especialmente en el eje Palencia-Zamora-León) busca aprovechar los nudos de red de las antiguas térmicas para evacuar energía fuera de la comunidad, sin dejar beneficios locales y bloqueando el desarrollo de la agroecología o el turismo sostenible.

Con esta postura, la organización busca:

  • Protección de suelos de alto valor: Evitar la ocupación de tierras agrícolas por paneles a gran escala.
  • Reducción del consumo: Priorizar la eficiencia para evitar que el crecimiento renovable alimente un consumo ilimitado.
  • Seguridad jurídica: Garantizar el desmantelamiento y restauración de los terrenos cuando las instalaciones actuales cumplan su vida útil.

La Federación concluye que “el modelo de exportación masiva sin contraprestaciones está agotado”. Por ello, instan a las administraciones a detener la autorización de grandes parques y centrar todos los esfuerzos técnicos y económicos en el autoconsumo y las instalaciones de proximidad, las únicas que garantizan un beneficio real para las personas de Castilla y León.

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Conferencia de Santa Marta: Más de 340 organizaciones alertan de que los tribunales de arbitraje internacionales amenazan la transición ecológica y la democracia

24 Abril 2026 at 09:00
Por: Clima
  • En el marco de la cita de Santa Marta (Colombia), una amplia coalición internacional llama a los gobiernos a abandonar el sistema de arbitraje inversor-Estado (ISDS) y construir una alianza global para superarlo.
  • Trabajar por un futuro libre de combustibles fósiles es incompatible con la existencia de este mecanismo que limita la acción climática y las políticas ambientales de los Estados. 

Hoy comienza la Primera Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, que tendrá lugar hasta el 29 de abril en Santa Marta (Colombia), con el objetivo de construir impulso político y apoyo para crear e implementar vías concretas hacia la eliminación progresiva de los combustibles fósiles a escala global.  En este marco, más de 340 organizaciones advierten de que este futuro libre de combustibles fósiles es incompatible con la existencia de sistemas de solución de controversias entre inversores y Estados (ISDS, por sus siglas en inglés).

Para ello, las organizaciones, entre las que se encuentra Ecologistas en Acción, han firmado una declaración conjunta en la que señalan que los ISDS, incluidos en cientos de tratados de comercio e inversión, representan una amenaza directa para una transición ecológica justa y para la soberanía democrática de los países.

Las organizaciones firmantes celebran que este riesgo haya sido incluido entre los temas centrales de la Conferencia de Santa Marta -una iniciativa impulsado por el Gobierno de Colombia y presidida también por Países Bajos- pero subrayan la urgencia de adoptar medidas concretas.

El ISDS permite a empresas transnacionales demandar a los Estados en tribunales arbitrales privados cuando consideran que una política pública afecta a sus expectativas de beneficio. Este sistema otorga privilegios extraordinarios a grandes inversores, sin equivalentes para pequeñas empresas, ciudadanía o comunidades afectadas.

Un ejemplo reciente de este mecanismo es la resolución final, esta semana, del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (Ciadi), un organismo de arbitraje internacional que ha resuelto en favor de Telefónica el procedimiento que enfrentaba al grupo de telecomunicaciones con el Estado de Colombia. A consecuencia de ello, el Gobierno de Colombia deberá pagar más de 500 millones a Telefónica por una disputa legal sobre las redes móviles desde 1994. Todo ello, en un momento en el que su presidente, Gustavo Petro, ha propuesto formalmente la salida de Colombia del Ciadi, calificando a estos tribunales como organismos que “lesionan la soberanía nacional”.

Freno a la acción climática

Según la declaración, los impactos del ISDS son amplios y profundos: desde la salud pública y los servicios esenciales hasta la regulación ambiental y la seguridad nacional. Las organizaciones denuncian que se trata de un mecanismo “profundamente antidemocrático” que socava derechos, soberanía y autodeterminación.

En el ámbito climático, las consecuencias son especialmente graves. Desde 1998, empresas de combustibles fósiles y del sector minero han obtenido más de 87.000 millones de dólares en compensaciones mediante este sistema. En los últimos años, además, han aumentado las demandas contra políticas específicas de transición energética, incluyendo medidas de descarbonización, restricciones a nuevas licencias de extracción, impuestos a beneficios extraordinarios o prohibiciones al fracking y la explotación offshore.

Las organizaciones alertan también del llamado “efecto de congelación regulatoria”: el temor a enfrentarse a demandas multimillonarias lleva a muchos gobiernos a retrasar o abandonar políticas climáticas necesarias. Este fenómeno, ya reconocido por diversos países, pone en riesgo la capacidad global para responder a la crisis climática.

Las comunidades más afectadas por el cambio climático —y por proyectos extractivos— son, a su vez, las más perjudicadas por este sistema, que limita la capacidad de los Estados para proteger sus territorios y derechos frente a intereses corporativos.

La declaración recoge las crecientes preocupaciones expresadas por organismos internacionales. Informes recientes han señalado la incompatibilidad del ISDS con los compromisos climáticos y de derechos humanos, subrayando que los tratados de inversión deben interpretarse en coherencia con el derecho internacional ambiental y las obligaciones climáticas de los Estados.

Ante este escenario, las más de 340 organizaciones firmantes hacen un llamamiento a los gobiernos para construir una coalición internacional comprometida con salir del ISDS.

Entre las medidas propuestas se incluyen:

  • Cancelar o renegociar tratados de inversión para eliminar el ISDS, abordando las cláusulas de supervivencia.
  • Coordinarse entre países para facilitar una salida colectiva del sistema.
  • Comprometerse a no firmar nuevos acuerdos que incluyan ISDS.
  • Incorporar su eliminación en futuros marcos internacionales, como un Tratado sobre Combustibles Fósiles.
  • Impulsar un tratado multilateral que permita avanzar hacia un mundo libre de ISDS.

Las organizaciones concluyen que abandonar este sistema no es solo una cuestión técnica, sino una condición imprescindible para garantizar una transición energética justa, proteger el interés público y reforzar la democracia frente al poder corporativo.

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Alianza por el Clima y Gas No Es Solución participarán en la Conferencia Internacional sobre el abandono de los combustibles fósiles de Santa Marta

23 Abril 2026 at 11:00
Por: Clima

Las dos coaliciones, de las que forma parte Ecologistas en Acción, llevarán a la cumbre colombiana sus propuestas para un abandono rápido, justo y vinculante de los combustibles fósiles, con especial atención al gas fósil y a la justicia climática global.

Alianza por el Clima y la red Gas No Es Solución estarán presentes en Santa Marta (Colombia) durante la celebración de la I Conferencia Internacional sobre la Transición Fuera de los Combustibles Fósiles, que tendrá lugar entre el 24 y el 29 de abril de 2026. Ambas organizaciones acudirán con un documento conjunto de propuestas y participarán activamente tanto en la Cumbre de los Pueblos para un Futuro Libre de Combustibles Fósiles.

La Conferencia de Santa Marta, impulsada por el Gobierno de Colombia y presidida conjuntamente con Países Bajos, tiene como objetivo construir impulso político y apoyo para crear e implementar vías concretas hacia la eliminación progresiva de los combustibles fósiles a escala global. Sus debates se articulan en torno a tres pilares temáticos: la superación de la dependencia económica de los fósiles, la transformación de la oferta y la demanda energética, y el avance en la cooperación internacional y el multilateralismo. Entre sus resultados esperados figuran la constitución formal de una Coalición de los Dispuestos, la creación de una Secretaría Técnica permanente y el establecimiento de un Comité Científico Asesor.

Para la Alianza por el Clima, este encuentro representa una oportunidad histórica que no admite declaraciones voluntarias: “Es el momento de compromisos vinculantes, hojas de ruta reales y un nuevo marco internacional que ataque el problema en su raíz. En Santa Marta, el mundo decide si la salida de los combustibles fósiles será ordenada y justa, o caótica y desigual”, afirma Javier Andaluz, coordinador de la alianza.

Alianza por el Cima y Gas No Es Solución  llevan a Santa Marta un conjunto articulado de demandas que se estructuran en torno a tres ejes. En primer lugar, ambas organizaciones exigen la reducción de la dependencia económica de los combustibles fósiles mediante planes nacionales de transición justa, la eliminación progresiva de los subsidios públicos al sector fósil y la supresión de mecanismos arbitrales como el ISDS, que frenan las políticas climáticas de los gobiernos. En este sentido, señalan que los subsidios fósiles no solo dañan el clima, sino que financian a quienes bloquean la acción climática y sostienen regímenes autocráticos.

En segundo lugar, reclaman la transformación de la oferta y la demanda a través de hojas de ruta nacionales vinculantes, con calendarios concretos de cierre por sectores y combustibles. Gas No Es Solución propone que la Unión Europea y el Estado español abandonen el gas fósil como tarde en 2035, con hitos intermedios que incluyen el fin de su uso para producir electricidad y en hogares y edificios antes de 2030, y para procesos industriales antes de 2035. Ambas redes consideran que las opiniones de la Corte Internacional de Justicia y la Corte Interamericana de 2025 son ya referencia obligatoria: proteger el clima es una obligación de derechos humanos.

En tercer lugar, abogan por el fortalecimiento de la cooperación internacional a través de un Tratado sobre Combustibles Fósiles que coordine la eliminación progresiva de su producción. Este instrumento, considerado la pieza que falta en la arquitectura climática global, debería ir acompañado de un mecanismo de resolución de deuda para los países del Sur Global y de una reforma profunda de la arquitectura financiera internacional. El cronograma propuesto es ambicioso: reconocimiento en Santa Marta 2026, mandato negociador en 2027 y Tratado en vigor en 2028.

“La transformación ecosocial,” subraya Marina Gros Breto, portavoz de Gas no es Solución, “debe ser feminista, interseccional y no colonial, con participación real de mujeres, jóvenes, pueblos indígenas y comunidades afrodescendientes. Es moralmente inaceptable la financiación climática vía préstamos que incrementa la deuda del Sur Global. El principio de quien contamina paga debe convertirse en norma financiera mundial.”

Una semana de movilización

Además de su participación en los espacios formales de la conferencia, las dos redes se sumarán a la semana de actividades distribuidas a nivel global prevista entre el 18 y el 24 de abril, y a la jornada de acciones globales coordinadas del 26 de abril. El 27 de abril participarán en la movilización presencial en Santa Marta.

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Científicos cuestionan el dogma del capitalismo: es posible «un alto grado de bienestar» sin crecimiento económico

21 Abril 2026 at 08:00
Por: Arturo

Reproducción de grafitii de Banksy. Estamos todos en el mismo boteReproducción de grafitii de Banksy. Estamos todos en el mismo bote

Fotografía: Reproducción de grafiti de Banksy. Estamos todos en el mismo bote.

Adhik Arrilucea. Publicado originalmente en Público

Un estudio liderado por la Universitat Autònoma de Barcelona muestra que el desarrollo perpetuo no es necesario si se prioriza la redistribución de la riqueza y la producción de los recursos esenciales.

El crecimiento económico y el desarrollo sostenible son el compás de las sociedades occidentales que buscan mantener sus tendencias al alza de acumulación de recursos y riqueza. Pero este no es el único paradigma que existe. De un tiempo a esta parte, se han popularizado nuevas formas de imaginar otros mundos posibles. Así, los movimientos sociales, la ciencia y la filosofía han desplegado la investigación sobre el decrecimiento. Al contrario de las políticas actuales, este enfoque atiende a los límites del planeta y defiende que, mediante una redistribución justa, es posible vivir de manera digna y con todas nuestras necesidades cubiertas sin incrementar la producción.

Estas teorías y enfoques no son nuevas. En noviembre de 2023, la propia Letizia Ortiz llegó a citar a ecólogos como el científico del CSIC Antonio Turiel. Así, reconoció el desarrollo de ideas, según las cuales «desarrollo y sostenible ya no pueden ser algo [que vayan juntos]». Lo hizo durante el XVI Seminario Internacional de Lengua y Periodismo, al que le acompañaba, entre otras figuras, el entonces ministro para la Transformación DigitalJosé Luis Escrivá. Este replicó, no obstante, que los postulados decrecentistas «parecen de una debilidad de fundamentos extrema». No obstante, los expertos han continuado el desarrollo de un andamiaje teórico en esta línea capaz de analizar la realidad de la crisis climática en todas sus vertientes.

Un nuevo estudio liderado por científicos del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universitat Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB) plantea cómo alcanzar «un alto bienestar» y un clima seguro sin crecimiento económico. El trabajo, publicado en Nature Climate Change, es una perspectiva. Es decir, no se trata de un caso de estudio al uso, donde se investiga una cuestión específica –a la que se aplica una metodología para obtener unos resultados de los que extraen unas conclusiones–. No obstante, pasa por el mismo mecanismo de revisión que los artículos habituales.

¿Qué es el decrecimiento?

Esta perspectiva establece los principios para modelizar escenarios de poscrecimiento. «El poscrecimiento es un término paraguas que engloba un conjunto de enfoques que priorizan la sostenibilidad ambiental, la equidad social y el bienestar humano por encima de la búsqueda perpetua del crecimiento económico», define en declaraciones a Público Aljoša Slameršak, autor principal del estudio e investigador del ICTA-UAB. Dentro de dicho paraguas, incluye el concepto del decrecimiento. Este «se refiere a la reducción planificada y equitativa de aquellas actividades económicas que son ecológicamente destructivas o que no contribuyen al bienestar humano».

La investigación argumenta que «el crecimiento incrementa la demanda de energía, tierra y uso de materiales. Esto resulta particularmente problemático en el caso de las economías de altos ingresos y las personas adineradas, que ya tienen niveles de uso de energía y materiales muy superiores a los necesarios para el bienestar«. Por el contrario, Slameršak apunta que el decrecimiento busca «disminuir la presión ecológica y liberar recursos actualmente destinados para el consumo excesivo, para garantizar condiciones de vida dignas para todos«.

La investigación identifica cinco principios fundamentales del poscrecimiento: bienestar, suficiencia, reducción de las desigualdades, reorientación de la economía y convergencia norte-sur. Según el autor principal, todos estos criterios vertebradores son indisociables entre ellos. «No se puede, por ejemplo, tener una economía que proporcione altos niveles de bienestar mientras se mantienen la sobreproducción y el despilfarro entre los ricos, ya que esto inevitablemente llevará a superar los límites planetarios». En la misma línea, sospecha de las «perspectivas de una vida buena para la mayoría mientras persistan las enormes desigualdades dentro de las sociedades y las relaciones económicas imperiales entre los países del norte y el sur global».

El artículo identifica varios mecanismos clave de la transición al poscrecimiento. «El poscrecimiento implica redistribuir y reestructurar la economía para proporcionar lo esencial, que garantice un nivel de vida digno para todas las personas, manteniendo el consumo adicional no esencial dentro de niveles compatibles con los límites planetarios. Esto exige reducir sustancialmente las desigualdades actuales», comenta en un comunicado el coautor Joel Millward-Hopkins, de la Universidad de Lausana.

¿Un escenario realmente posible?

Los científicos señalan que el incremento de la producción y el consumo hace más difícil la mitigación del cambio climático. No obstante, no es este un esquema mental extendido en la población, ni tampoco en el propio Gobierno, que defiende el desarrollo sostenible. Durante la primera sesión del G20 el pasado noviembre, Pedro Sánchez declaró que «el desarrollo inclusivo y sostenible es imposible sin paz«. Unos meses antes, en junio, aseveró en la apertura del Business Forum que «no es posible el desarrollo sostenible sin una participación mucho más decidida de las empresas». No obstante, ¿es posible cambiar las políticas actuales hacia el decrecimiento? ¿De veras se puede vivir bien sin este crecimiento?

Slameršak cuestiona la premisa de este planteamiento. «No creo que todas las clases sociales hayan tenido la misma experiencia de crecimiento económico», valora. Menciona que el profesorado catalán, por ejemplo «ha perdido efectivamente un 25% de su poder adquisitivo en la última década«. Si bien reconoce que ha habido un desarrollo económico desde la crisis financiera de 2008, «este crecimiento no ha seguido el ‘efecto goteo’ hacia todas las clases sociales. De hecho, gran parte del crecimiento que vemos hoy en día se sostiene, podría argumentarse, mediante la presión sobre las clases pobres y medias por parte de las clases rentistas y los ricos», abunda.

El investigador del ICTA-UAB considera «crucial» poner en cuestionamiento «la idea de que la calidad de vida depende del crecimiento». Indica así que esta noción se aleja del «sentido común» de la mayoría de las sociedades a lo largo de la historia, que tenían otros modos de producción y de organizar la vida. «Lo que se necesita para una vida buena, desde el punto de vista económico, es la satisfacción de las necesidades materiales básicas», defiende. «No es necesario ampliar el tamaño del piso sin fin, comer más alimentos o trabajar más horas cada año para ser feliz».

Una redistribución basada en la justicia social

El cuestionamiento al efecto goteo del crecimiento económico no es baladí, ni tampoco solo una opinión. El periodista de Público Jorge Otero recordaba un informe de la ONG Oxfam Intermón publicado en eneroEste denunciaba la «concentración extrema de la riqueza en el mundo». En su informe anual sobre el reparto de la riqueza, la ONG señaló que 2025 fue «un año histórico para el capital». De acuerdo con sus datos, un reducido grupo de 3.000 personas en todo el mundo acapara casi 18,3 billones de euros mientras «la mitad de la población mundial vive en situación de pobreza con menos de 8,3 dólares al día».

El pasado mes de febrero The Wall Streel Journal publicaba un artículo titulado El gran dinero de la economía actual va al capital, no al trabajoLa pieza demuestra que la brecha de la desigualdad entre trabajadores y empresarios se ensancha año tras año. De acuerdo con los datos aportados por el diario económico, los salarios de la clase trabajadora en todo el mundo han pasado de representar el 58% de la riqueza global en 1980 a algo más del 51% ahora. En cambio, las empresas se quedan con una parte cada vez mayor de esa riqueza: ha pasado del 7 al 12%. 

El estudio publicado en Nature Climate Change señala que los escenarios actuales de poscrecimiento y decrecimiento no aplican de manera coherente los principios fundamentales de una transición al poscrecimiento, lo que deja sin explorar buena parte de su potencial. En muchos casos, estos escenarios actuales se limitan a proyectar un estancamiento o una caída del PIB, sin transformar la producción ni la distribución.

¿A qué debemos renunciar?

«Nuestra investigación muestra que la mayoría de los países de altos ingresos, y en este grupo incluyo el estado español, en términos agregados, ya poseen y producen lo suficiente para proporcionar una vida digna a todos sus ciudadanos. El problema es que el acceso a estos recursos está mediado por una propiedad y un poder adquisitivo escandalosamente desiguales«, expresa el científico del ICTA-UAB. ¿Significa eso que no debemos renunciar a nada? Para el autor principal, lo principal de lo que nos debemos deshacer es «la posibilidad de acumulación ilimitada de poder y recursos por parte de una minoría».

Las clases medias y bajas no deberán renunciar «al acceso a bienes y servicios económicos esenciales». «A lo que debemos renunciar colectivamente es a un sistema económico construido sobre la extracción, la desigualdad y el desperdicio«, insiste. De este modo, el autor espera su estudio sirva para crear «imaginarios esperanzadores» en un contexto donde las ideas del crecimiento sostenible están tan arraigadas. «Al desarrollar escenarios rigurosos y demostrar que un futuro con alto bienestar y bajo crecimiento es materialmente posible, podemos ayudar a contrarrestar la narrativa de que «no hay alternativa» al modelo actual».

Adhik Arrilucea

Periodista de ciencia y medio ambiente en ‘Público’. Investigador predoctoral en la UC3M, está especializado en Teoría y Crítica de la Cultura. Con formación en Periodismo, Humanidades y Ciencias Políticas, cuenta con experiencia en comunicación científica en la Agencia SINC e institucional en el Ministerio de Industria. Es autor de una investigación académica sobre la cobertura mediática de los movimientos ecologistas y la crisis climática.

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Libro El mundo no se acaba, de Hannah Ritchie (resumen)

Un libro escrito por una científica y divulgadora de la Universidad de Oxford que tiene por bandera el optimismo y los datos (Anagrama, 2025). Se aleja del catastrofismo ecologista casi tanto como del negacionismo climático; y afirma que «aceptar la derrota ante el cambio climático es una postura indefendiblemente egoísta».

Hannah Ritchie aclara que su optimismo es «condicional» (i.e., condicionado a actuar adecuadamente); que es diferente a un «optimismo ciego» que confía sin promover la acción organizada. Su objetivo es conseguir que seamos la primera generación que logre alcanzar la sostenibilidad completa en los dos sentidos que recoge la definición de la ONU: satisfacer las necesidades de las generaciones actuales; y hacerlo sin comprometer las capacidades de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. Con respecto al primer aspecto, Ritchie opina que falta mucho por hacer aunque, al menos, se ha avanzado una barbaridad en aspectos tales como: la mortalidad infantil y materna, la esperanza de vida, el hambre y la malnutrición, el acceso a recursos básicos (agua, energía…), la educación y la pobreza extrema.

Por supuesto, estos avances en la calidad de vida global también «han tenido un enorme coste medioambiental», lo cual ha empeorado de forma colosal el segundo requisito de la sostenibilidad. Para equilibrar la situación, el libro examina en detalle siete problemas medioambientales y sus interconexiones entre sí.

Antes de examinar esos siete problemas, Ritchie se distancia de dos soluciones típicas del ecologismo: despoblación y decrecimiento. La primera consiste en reducir el tamaño de la población y Ritchie afirma que realmente esa no es una alternativa, primero porque la población ya se está frenando a nivel mundial y, segundo, porque es muy complicado hacerlo de forma ética. Apunta a que más impacto que la superpoblación lo generan los estilos de vida (especialmente de los millonarios), lo cual podría estar afectado por la segunda solución que Ritchie rechaza, el decrecimiento, entendido como un retroceso o empobrecimiento. Para ella, la pobreza no implica mayor sostenibilidad, por supuesto, si consideramos los dos pilares de la sostenibilidad anteriormente indicados. En el libro, ella matiza que es cuestionable el crecimiento en los países ricos, pero que para acabar con la pobreza se necesita un crecimiento económico global. Para ella, no vale cualquier crecimiento y afirma —igual que cualquier decrecentista— que sería necesario crecer en algunos sectores y tecnologías y decrecer en otras. Tal vez, la promesa más impactante del libro es que dice demostrar que podemos reducir el impacto ambiental y, a la vez, mejorar la situación económica.

1. Contaminación atmosférica

Aunque no se suela decir, la contaminación atmosférica es «una de las principales causas de mortalidad en el mundo». Las cifras de fallecidos por esta causa son similares a las muertes por tabaquismo; seis o siete veces mayores que los muertos en accidentes de tráfico; y superan en cientos de veces la cifra de vidas perdidas por terrorismo o por guerras. Cada año, la mala calidad del aire suele ser quinientas veces más mortífera que todas las catástrofes «naturales» juntas.

La buena noticia es que se está reduciendo este tipo de contaminación, especialmente en las ciudades, lo cual baja las tasas de mortalidad. Es preciso tomar medidas locales y globales. Usemos como inspiración el Protocolo de Montreal para eliminar las sustancias químicas que degradaban la capa de ozono, un problema de cuya gravedad advirtió incluso Carl Sagan. En 1987 fue firmado por 43 países; y en 2009 se convirtió en el primer convenio internacional que logró la ratificación universal de todos los países del mundo. Un ejemplo que demuestra que hacer caso a la ciencia tiene resultados positivos.

A escala global, la mayor fuente de contaminación es quemar madera o carbón, incluyendo aquí las quemas agrícolas. Luego está la polución por actividades agropecuarias, principalmente por culpa de la ganadería y por los fertilizantes. Después viene la quema de combustibles fósiles para producir electricidad. Luego, diversas industrias (textiles, químicas, metalúrgicas…), seguidas del transporte de personas y mercancías.

Resumen del libro "21 lecciones para el siglo XXI" de Harari. En nuestro blog también encontrarás el resumen de su libro "Sapiens"
Lee también un resumen de este libro de Yuval N. Harari.

♦ Las soluciones propuestas pueden parecer caras, pero son muy baratas si las comparamos con los cientos de millones en gastos por no solucionar el problema:

  1. Lo más urgente es «dejar de quemar cosas» y, cuando no sea posible, capturar las partículas de la combustión.
  2. Detener las quemas agrícolas por ser una inmensa fuente de contaminación estacional fácil de evitar haciendo compost, triturando, etc.
  3. Conseguir combustibles limpios para cocinar y calentarse. La leña puede ser muy natural, pero es la forma más contaminante de conseguir calor. Provoca múltiples enfermedades por respirar el humo.
  4. Eliminar el azufre de los combustibles fósiles. Es tan simple como poner filtros en las chimeneas.
  5. Transporte más limpio. Los vehículos eléctricos contaminan menos, pero no son parte de la solución porque siguen siendo origen de multitud de emisiones. Por supuesto, la aviación es muchísimo peor.
  6. Transporte sostenible: caminar, ir en bicicleta o en transporte público.
  7. Abandonar combustibles fósiles, en favor de las renovables y de la energía nuclear. Ritchie es contraria a debatir entre renovables y nuclear porque, para ella, lo importante es que son energías con bajas emisiones de CO2. No tiene en cuenta el problema de los residuos radiactivos, ni el riesgo de atentados terroristas, ni el hecho de que las nucleares no sean rentables sin subvenciones de dinero público.

2. Cambio Climático

«Un mundo 6 ºC más caliente que el actual sería devastador», nos advierte la autora. Tras comentar algunas de las consecuencias del calentamiento global, afirma que «si cada país cumpliera realmente sus compromisos climáticos, llegaríamos a los 2,1 ºC en 2100», lo cual sería una gran noticia, aunque podría ser mejor.

Hannah Ritchie asegura que «las tecnologías bajas en carbono resultan cada vez más competitivas» y «los líderes mundiales se han vuelto más optimistas». Ahora tenemos infraestructuras mejor preparadas, podemos predecir eventos climáticos extremos, organizar evacuaciones, existen redes internacionales de apoyo, etc. En definitiva, estamos mejor preparados que en el pasado y sabemos cómo reducir las emisiones de dióxido de carbono, porque hay solo dos fuentes principales: «la quema de combustibles fósiles y el cambio en el uso de la tierra» (deforestación).

La situación actual es que «las emisiones totales siguen aumentando, pero las emisiones per cápita han tocado techo». Ese dato es utilizado por la autora para ser optimista y esperar a que la contaminación empiece a declinar, al menos en los países ricos, porque dice que está demostrado que «los avances tecnológicos hacen que hoy consumamos mucha menos energía que en el pasado». Como ejemplo, afirma que en Suecia se vive con igual nivel que en Estados Unidos y, sin embargo, se emite solo una cuarta parte. Según sus datos, el crecimiento económico y la reducción de emisiones son compatibles. El problema es que mira datos de países ricos que ya son exageradamente insostenibles. En tales casos, ¿es correcto celebrar una pequeña reducción en su contaminación?

En su análisis, asegura que «las soluciones que pasan por reducir el consumo de energía a niveles muy bajos no son buenas», porque la energía es fundamental para mantener o aumentar la calidad de vida. Tampoco ve adecuado que se avergüencen los que viajan en avión, porque para ella volar es un gran invento y las ventajas son suficientes para olvidar sus serios inconvenientes. ¿Será una excusa para justificar su gusto por volar?

♦ Soluciones que propone:

  1. Transición hacia la energía renovable por todas sus ventajas. El inconveniente del espacio que requieren se resuelve buscando lugares adecuados: tejados, agrovoltaica, etc.
  2. Electrificar la demanda de energía donde sea posible y aumentar el almacenamiento (baterías…). Ritchie está convencida de que esta transición requerirá menos actividad minera que con combustibles fósiles.
  3. Replantear el transporte a larga distancia.
  4. Alimentación. Aunque sostiene que no es preciso ser veganos, deja claro que cualquier cambio a dietas más vegetales tiene una enorme influencia en el clima, como por ejemplo elegir hamburguesas de pollo en lugar de ternera (que es la carne con más huella de carbono). Con datos muy fiables confirma que «la carne con emisiones de carbono más bajas supera las de la proteína vegetal con emisiones más altas». Y no importa demasiado si son alimentos ecológicos, de proximidad o en extensivo. La autora afirma que adoptando las siguientes medidas se liberaría suficiente tierra como para compensar las emisiones del sistema alimentario resultante:
    • Comer menos carne.
    • Adoptar las mejores prácticas agrarias.
    • Reducir el consumo excesivo y el desperdicio alimentario.
  5. Reducir las emisiones por la construcción, básicamente eliminando el cemento, un material muy contaminante en su fabricación. Propone usar otros materiales y, aunque no lo cita, una opción es el cemento Sublime.
  6. Poner precio al carbono para que los productos de altas emisiones sean más caros y menos accesibles. Como todos sabemos, los precios no reflejan los costos de los productos, y mucho menos los costos ambientales. El peligro de esta medida —y Ritchie lo subraya— es que haga que las familias pobres sean aún más pobres. Para evitarlo se deben incluir ayudas y conseguir que sean los ricos los que más paguen, porque son, de hecho, los que más carbono emiten.
  7. Sacar a la población de la pobreza es otra medida para adaptarnos al cambio climático, porque son los pobres los más vulnerables.
  8. Mejorar la resiliencia de los cultivos ante los efectos del cambio climático.
  9. Adaptarnos ante el aumento de temperaturas.
  10. No caer en la trampa psicológica de la «autoconcesión moral». Esto ocurre cuando nos permitimos algo negativo porque creemos que lo compensamos con un sacrificio en otro aspecto. Por ejemplo, comernos un filete porque reciclamos el envoltorio de plástico; o caer en las trampas del greenwashing. Para ello, es importante tener muy presente qué cosas a nivel individual tienen más y menos impacto.

Un problema de la forma de comunicar de Ritchie es que quita importancia a aspectos que, aunque no sean principales, tienen suficiente peso como para no ser despreciados. Es como si olvidara el efecto sinérgico de juntar varias fuerzas. Sumar muchos pocos hace un mucho. A veces, este tipo de contradicción se hace patente en una misma explicación. Por ejemplo, cuando literalmente escribe: «Cambiar nuestra alimentación no va a resolver el cambio climático: para ello tenemos que dejar de quemar combustibles fósiles. Pero arreglar únicamente nuestros sistemas energéticos, ignorando la alimentación, tampoco nos llevará a esa meta».

3. Deforestación

La tierra ha perdido un tercio de todos sus bosques desde el final de la última glaciación. En el último siglo, también se ha perdido mucha superficie forestal, casi toda debida a la expansión de la agricultura. Las zonas incendiadas se regeneran si se las deja. Al perder bosques se emite carbono, pero Ritchie considera que eso es secundario en comparación con la pérdida de biodiversidad.

También resalta cómo la pérdida de hábitats se puede frenar con medidas políticas. Por ejemplo, «Brasil logró reducir la deforestación en un 80 % en solo siete años bajo la presidencia de Lula da Silva».

Con respecto al aceite de palma, no considera que su consumo sea preocupante, porque no se sabe con certeza la deforestación que causa de forma directa. Opina que no sería justo culpar a ciertos campos de palmeras de la deforestación de esas áreas si los bosques fueron talados con anterioridad. Es decir, no tiene en cuenta que esas zonas podrían volver a ser bosques. Además, sostiene que usar otros tipos de aceites podría ser incluso peor. Sin embargo, hay que tener en cuenta que evitar el aceite de palma no obliga a optar por otro aceite, sino que se puede optar por no consumir productos con aceite de palma (bollería, alimentos ultraprocesados, etc.) sin sustituirlos por nada con otros aceites. En cualquier caso, apoya el uso de aceite de palma certificado como sostenible (RSPO) y deja claro que «el biodiésel de aceite de palma produce más emisiones de carbono que la gasolina o el gasóleo».

«La tala de bosques para dejar espacio al ganado bovino es responsable de más del 40 % de la deforestación mundial». El siguiente factor de pérdida de bosques es la palma y la soja y, en tercer lugar, la silvicultura (papel/celulosa). Así, pues, la mejor forma de frenar la deforestación es reducir el consumo de carne de cordero y de vacuno. En tercer lugar, se situaría el queso y los lácteos de vaca. Ritchie apoya esta opción, incluso aunque sean productos de ganadería extensiva en tierras no aptas para la agricultura, porque en estos casos considera que la mejor opción sería dejar que esas tierras se conviertan en bosques u otros espacios naturales.

Otras opciones que propone son: que los países ricos paguen a los más pobres por conservar sus bosques; y que se compensen las emisiones mediante reforestaciones (aunque esto tiene un peligro muy evidente).

Para acabar este apartado, Ritchie sostiene que no es buena idea volver de la ciudad a zonas rurales (revitalizar pueblos), ya que la principal causa de deforestación es cómo producimos nuestros alimentos y no dónde vivimos. Y también alerta de los que piensan que la alimentación vegana contribuye a la deforestación por los cultivos de soja. Los datos son muy evidentes: el 76 % de la soja se utiliza para alimentar animales y «solo el 7 % se destina a los productos veganos» (tofu, tempeh y leche vegetal).

4. Alimentación para no comerse el planeta

«La demanda humana de alimentos representa la mayor amenaza para los animales del globo». Así de contundente se manifiesta Hannah Ritchie. Afortunadamente, no es cierto que haya una fecha límite en los suelos agrícolas del mundo. Unos se están degradando y otros están mejorando, aunque en general, el suelo agrícola está siendo maltratado (y no solo por la erosión).

Una persona necesita entre 2.000 y 2.500 calorías diarias. Si dividimos la producción mundial de alimentos a partes iguales entre todos, cada uno de nosotros podría consumir unas 5.000 calorías diarias (más del doble de lo necesario). El hambre en el mundo no es un problema de falta de alimentos, sino de mala distribución (también lo apuntaron Nebel y Wrigth). Este dato sirve a Ritchie para confirmar que, en realidad, no somos demasiados humanos. El problema es que los millones que habitamos el planeta Tierra no nos contentamos solo con comer, sino que aspiramos a un consumo cada vez mayor (casas, teléfonos, aviones, IA…).

La superproducción agraria se debe principalmente a dos inventos: el de Fritz Haber y Carl Bosch (para convertir el nitrógeno del aire en amoníaco, fertilizante); y el de Norman Borlaug (para mejorar el cultivo de trigo en México). Estos logros para aumentar la producción han evitado muchas muertes, pero también han hecho que no podamos volver atrás. Es decir, «el planeta no puede limitarse a consumir solo alimentos ecológicos» (porque hay demasiadas personas a las que alimentar). Por tanto, a nivel colectivo dependemos de los fertilizantes para sobrevivir, y fabricarlos requiere grandes cantidades de energía, lo cual explica por qué los países pobres los usan poco, aunque tengan que utilizar mayor superficie agraria.

Vivimos en un mundo con grandes desigualdades, en el que algunos sufren de obesidad y otros de desnutrición; el alimento que podría saciar el hambre de millones de personas se dedica a alimentar ganado o a producir agrocombustibles para nuestros coches. Menos de la mitad de los cereales que se producen se dedican a la alimentación humana directa. Todo un 41 % se lo come el ganado, lo cual nos hace ver que comer animales es una forma muy ineficiente de conseguir proteínas. «Los animales más pequeños son más eficientes en términos calóricos», aunque surge el «dilema moral» de que hay que matar una mayor cantidad de animales pequeños para conseguir la misma cantidad de carne.

Ritchie pone un ejemplo que sirve para visualizar bien lo que implica comer animales muertos: «¿Se imagina que comprara una barra de pan, cortara una rebanada y tirara el resto —más del 90 %— a la basura? Pues bien: en términos de calorías, eso es más o menos lo que hacemos con la carne». El ganado también es ineficiente convirtiendo proteínas. Lo bueno es que son proteínas «completas» (incorporan aminoácidos importantes), lo cual se puede conseguir con dietas vegetales comiendo legumbres y cereales. La carne también tiene otros nutrientes importantes, pero el único que no existe en los vegetales es la vitamina B12 (asunto que ya se zanjó aquí).

Para entender la magnitud del problema, afirma que tres cuartas partes de la superficie agraria tienen como fin último criar ganado, y todo eso solo sirve para producir el 18 % de las calorías y el 37 % de las proteínas que consumimos. Debemos «reducir al máximo la cantidad de tierra que destinamos a la actividad agraria», lo cual mejoraría también otros problemas: deforestación, contaminación atmosférica, de aguas, de tierras, maltrato animal, etc.

♦ Soluciones que propone:

  1. Mejorar los rendimientos agrícolas en todo el mundo, especialmente en África.
  2. Comer menos carne, sobre todo de vacuno y cordero, las carnes con mayor impacto (en emisiones, consumo y contaminación de agua, eutroficación, uso de tierra, etc.). Ritchie expone que no funciona instar a la ciudadanía a convertirse al veganismo, sino que es mejor invitar a hacer cambios paulatinos: poner un día a la semana sin carne, reducir las dosis, aumentar el consumo de legumbres, etc. Solo eliminando la carne de ternera y la de cordero se reduciría a la mitad nuestra necesidad de tierras de cultivo en todo el globo. Debemos entender que la dieta vegana es la más ecológica, pero no es necesario ser veganos estrictos: «El ahorro en comparación con una dieta con algo de pollo, o algo de pescado y huevos, no es tan significativo», aclara la autora del libro. Ella quiere derribar el mito de que si fuésemos veganos no habría tierra para cultivar porque, como ya se ha indicado, lo que ocurriría sería todo lo contrario: una dieta vegana requiere menos tierra de cultivo.
  3. Invertir en sustitutos de la carne. Para Ritchie, es importante que las carnes vegetales cumplan cuatro requisitos: ser sabrosas, baratas, fáciles de encontrar y fáciles de incorporar a las dietas habituales. Ella afirma que ha probado multitud de productos vegetales y que hay algunos realmente asombrosos que, incluso, pueden llegar a gustar tanto o más que los productos cárnicos que imitan. Optar por estos productos no solo reduce la huella de carbono, sino que contribuye a bajar el precio para el resto de la humanidad.
  4. Las hamburguesas híbridas también reducen la huella ecológica (usar carne de pollo total o parcialmente, introducir legumbres…).
  5. Sustituir los productos lácteos por alternativas vegetales. En la UE, los productos lácteos son la causa de un mínimo de una cuarta parte de la huella de carbono. Cualquier bebida vegetal tiene una huella ecológica menor que la leche animal. Ritchie recuerda aquí también la importancia de seguir una dieta variada, para evitar carencias nutricionales.
  6. Desperdiciar menos comida. Por ejemplo, resalta la importancia de cambiar los sacos de recogida de productos agrarios por cajas rígidas que protejan de golpes. También es importante saber que si un producto supera su fecha de «consumo preferente», no indica que no se pueda consumir.
  7. No depender de la agricultura de interior. Aunque minimiza el espacio ocupado (agricultura en vertical), sus necesidades energéticas son tan inmensas que no compensan las ventajas, ni empleando solo energía renovable.
  8. No centrarse en los alimentos de proximidad. Aunque el transporte es importante, supone solo el 5 % de las emisiones de GEI de la comida. El resto se debe a los procesos de producción, empaquetado y conservación. Lo más contaminante es el transporte aéreo (50 veces más que por barco), pero apenas se usa porque es caro. Por su parte, el transporte marítimo es barato, por lo que casi toda la contaminación del transporte de alimentos se produce en la carretera. En definitiva, Ritchie quiere dejar claro que está bien comer alimentos de proximidad, pero que las frutas y verduras producidas muy lejos tienen menos huella ecológica que la carne producida muy cerca.
  9. Los alimentos ecológicos tienen menos pesticidas, pero requieren más extensión. Abonar con estiércol también puede contaminar acuíferos. Respecto al clima, no hay consenso si es mejor o peor porque depende de múltiples factores. Ritchie dice que se fija más en el contenido de los envases que en las certificaciones ecológicas.
  10. Eliminar el plástico aumentaría el desperdicio alimentario. En la huella ecológica de los alimentos solo el 4 % de las emisiones procede de los envases. Nos advierte de que en ciertos alimentos es fácil de eliminar, pero en otros no. En todo caso, aquellos alimentos en los que el plástico es importante tal vez no sean esenciales en nuestra dieta y podemos prescindir totalmente del plástico y del alimento.

5. Pérdida de biodiversidad. Proteger la vida silvestre

«No cabe duda de que muchos animales están experimentando un preocupante y acelerado declive. Pero, si profundizamos un poco más, descubrimos que también hay algunos a los que les va bien». Lo que no debemos olvidar es que nuestra vida depende de la biodiversidad, aunque «no esté claro qué especies necesitemos y cuáles no». Recomendamos aquí leer el relato de La vida del doctor Biología. Lo cierto es que a veces prestamos más atención a ciertas especies, bonitas o más visibles, y olvidamos a las realmente importantes, como los gusanos y las bacterias.

El ser humano ha atacado a las demás especies desde sus orígenes, como bien explica Yuval N. Harari en su magnífico Sapiens. Ritchie declara que «antes de la aparición de la agricultura, hace unos diez mil años, la mayor amenaza para los animales era nuestra caza directa: una vez iniciada la actividad agraria, pasó a ser la destrucción de sus hábitats» y «en la última centuria, el ritmo de disminución ha sido aún más rápido». Un dato más: «Los vertebrados se han extinguido entre cien y mil veces más rápido de lo que cabría esperar».

Actualmente, los humanos y nuestro ganado constituimos la inmensa mayoría de los mamíferos del planeta. Estos son los datos del porcentaje de la biomasa actual y en 1900:

  1. Mamíferos salvajes: 2 % (17 % en 1900).
  2. Humanos: 35 % (23 %).
  3. Ganado: 63 % (60 %).

Esta desproporción también ocurre en las aves: «la biomasa de nuestros pollos duplica la de las aves silvestres». Hay multitud de datos que llevan a poder proclamar que «nos dirigimos hacia una sexta extinción masiva». La buena noticia es que podemos frenarla.

♦ Soluciones que propone:

  1. Reducir al mínimo la superficie cultivada.
  2. Utilizar fertilizantes y pesticidas de forma más prudente y eficaz.
  3. Emplear los métodos de la UE con los que ha conseguido frenar el declive de multitud de especies: reducir el uso de tierras agrícolas, recuperar hábitats naturales, prohibición total de la caza, implementación de cuotas cinegéticas, mecanismos para detener a los cazadores furtivos, proteger zonas por ley (incluyendo también el rewilding), sistemas de compensación para reproducir determinadas especies y programas de cría y reintroducción.
  4. Comer menos carne, porque esto reduciría la cantidad de tierra destinada a la agricultura, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la deforestación.
  5. Detener la deforestación, lo cual implicaría reducir la pérdida de hábitats y las emisiones de GEI.
  6. Proteger los parajes con mayor biodiversidad. El objetivo de la ONU de proteger para 2030 el 30 % de la superficie terrestre es poco ambicioso; y no son pocas las voces que piden proteger al menos el 50 % para 2050.
  7. Frenar el cambio climático.
  8. Detener los vertidos de plásticos en el mar.

6. Plásticos marinos

«El 44 % de todo el plástico del planeta se emplea en la fabricación de envases». Es ahí donde está el núcleo del problema de los plásticos. La autora critica el documental Seaspiracy por algunos de sus datos, pero está conforme con que el 80 % del plástico de las islas oceánicas procede de la industria pesquera. Solo el 20 % restante tiene su origen en tierra. Sin embargo, si miramos el plástico en zonas costeras, los datos podrían indicar justo lo contrario.

Ritchie dice que no hay aún evidencias de los auténticos peligros de los plásticos en el cuerpo humano, y que le parece más preocupante el daño que se causa a la fauna marina (enredos, atragantamientos…).

♦ Soluciones:

  1. Dejar de utilizar envases de plástico de un solo uso.
  2. Invertir más en gestión de residuos: sistemas de recogida, centros de reciclaje, vertederos adecuados (que capturen el metano de la materia orgánica), etc. Es importante reciclar todo lo que se pueda. El problema es que no siempre se puede. El reciclado mecánico permite que los plásticos se reciclen una o dos veces. El reciclado químico es mejor, pero es «tremendamente costoso» y no compensa hacerlo en ningún caso. Tal vez sería útil un SDDR para vidrio reutilizable y, en paralelo, imponer impuestos crecientes al plástico de un solo uso.
  3. Obligar a las industrias a un diseño más inteligente, que utilice solo plásticos reciclables y permita separarlos de forma cómoda.
  4. Prohibir el comercio de plástico usado para que los países ricos no usen a otros como sus vertederos. La proporción de plástico que circula por esta vía no es elevada, pero muchas veces acaba en el mar. Hablamos de 1,6 millones de toneladas en 2020.
  5. Trabajar con la industria pesquera para que no abandone su basura en el mar (redes, anzuelos, etc.). Podría castigarse a los barcos que no traigan de vuelta los aparejos con los que salieron y/o premiarse a quienes traigan basura encontrada en el mar.
  6. Poner interceptores en los ríos. Son aparatos o líneas de burbujas que sirven para capturar los plásticos evitando que lleguen al mar. Otra solución que no contempla es poner grandes bolsas de red a la salida de los desagües pluviales o residuales de las ciudades. Dado que esas aguas arrastran multitud de basura, esas redes la capturarían.
  7. Limpiar las playas es una forma mucho más barata de reducir el plástico en los océanos que recogerlo mar adentro.

7. Sobrepesca. Poner fin al expolio de los océanos

Esto está muy relacionado con la pérdida de biodiversidad. Según Ritchie, los animales marinos son discriminados con respecto a los terrestres. De alguna forma, su sufrimiento parece importar menos a los humanos, a pesar de las evidencias que existen de que los peces son capaces de sentir sufrimiento.

El incremento en potencia y tecnología aplicada al sector pesquero ha hecho que muchas pesquerías hayan entrado en declive o en grave colapso. Ante esto, hay dos formas de actuar. La primera es proponer «capturar muy pocos peces, por no decir ninguno». La segunda es «capturar tantos peces como sea posible, año tras año, pero sin mermar más sus poblaciones». Normalmente, se opta por la segunda opción, aunque sabemos que en demasiadas ocasiones no se cumple.

Una tercera vía (con un enorme crecimiento) ha sido la cría de pescados y mariscos: acuicultura o piscicultura. Actualmente, se crían más peces y mariscos de los que se pescan en estado salvaje. Para Ritchie es una buena noticia porque, según ella, esto reduce presión sobre los peces salvajes. No obstante, reconoce que parte de la comida de los peces de piscifactoría es, precisamente, peces salvajes, pero que, para algunas especies, se ha logrado una proporción de 0,3 (es decir, que hacen falta 0,3 peces salvajes para criar uno de forma artificial). El resto de comida lo forman, por ejemplo, piensos vegetales. La autora deja claro que «las normas de bienestar animal que rigen en las piscifactorías suelen ser bastante deficientes» (léase esto para más datos). Ella no habla de otros problemas presentes en las piscifactorías, como la contaminación que producen.

Con respecto a los atúnidos, Ritchie dice que su situación es mala, aunque algunas especies están mejorando sus poblaciones. Particularmente, alerta de la situación de los atunes en el océano Índico, donde se está sobrepescando sin control (España con la famosa operación Atalanta). El libro no habla de la amenaza del mercurio en los atúnidos.

Otro problema es la muerte generalizada de los corales. La autora demuestra ser una apasionada de estos animales y no le faltan motivos. La solución urgente a este problema es frenar el calentamiento global, evitando quemar combustibles fósiles. Si quieres enamorarte de los corales, te animamos a leer el relato de Lord Howe.

♦ Soluciones:

  1. Comer menos pescado, siempre que sea posible. Tal vez unos quieran no comer nada de pescado (lo cual evita el dilema del sufrimiento animal), mientras que otros opten por reducir este tipo de alimento.
  2. Elegir bien la especie a consumir. El problema de esta opción es que requiere el esfuerzo de investigar y puede variar en el tiempo y dependiendo de la región. Escogiendo bien, podemos comer pescado con poca huella de carbono (casi todos ellos son mejores que el pollo). Ella recomienda evitar los lenguados y mariscos caros, y optar por pescados pequeños y salvajes, como arenques o sardinas.
  3. Acabar con la sobrepesca aplicando cuotas de pesca estrictas. En la UE han mejorado algunas poblaciones de peces, pero otras siguen estando mal. En general, es preferible ser estrictos y que haya pesca suficiente, que ser demasiado permisivos y provocar la crisis de todo un sector.
  4. Reglamentos estrictos para capturas incidentales y descartes. El objetivo es reducir el número de peces que se pescan sin querer y que se tiran al mar (descartes), donde siempre mueren (si no lo están ya). Algunos países han prohibido los descartes y obligan a sus barcos de pesca a desembarcar todo lo que capturen, sea comercial o no.
  5. Prohibir la pesca de arrastre. Es el arte más perjudicial: normalmente se descarta entre el 30 y el 50 % de todo lo capturado (a veces es el 10 %), a lo que hay que sumar el destrozo del fondo marino que ocasionan, entre otros inconvenientes.
  6. Las áreas marinas protegidas evitan ciertas actuaciones humanas dentro de ellas. Son una buena solución, aunque a veces lo que provocan es que el impacto se traslade a otro lugar.

Propuestas finales de Hannah Ritchie

El libro de Ritchie es un canto de optimismo lleno de datos realistas. Algunas de sus opiniones pueden ser controvertidas, pero la mayoría están basadas en evidencias. Es cierto que estamos avanzando en muchos aspectos, aunque no sea tan rápido como nos gustaría. También es cierto que las opciones sostenibles se están volviendo más baratas. Y, en muchos casos, el pueblo está despertando.

Hannah se siente una traidora cuando no usa las opciones más ecológicas, aunque sí sean las opciones con menor huella de carbono, como usar el microondas o consumir alimentos que no sean de proximidad. Pero alerta que, aunque los cambios individuales sean importantes, es necesario un «cambio sistémico», es decir, una acción política que lleve a aprobar leyes que nos hagan avanzar en todas las soluciones que se han propuesto más arriba. Para ello, es necesario «votar a líderes que favorezcan medidas sostenibles» (partidos verdes y ecofeministas) y también sugiere importantes aportaciones individuales como estas:

  1. «Votar con la cartera», que quiere decir que cuando compramos estamos enviando una señal clara de nuestros intereses al mercado (a las empresas).
  2. Donar dinero a causas ecohumanistas (proyectos, organizaciones, etc.). Ritchie —conforme con lo que propuso Peter Singer— dice que dona al menos el 10 % de sus ingresos.
  3. Dedicar más tiempo a las cosas importantes (colaborar con ONG, por ejemplo) y menos a discusiones secundarias. Es decir, aunemos esfuerzos en la dirección correcta, aunque no opinemos todos exactamente lo mismo.
  4. También es muy importante elegir una trayectoria profesional que nos llene y en la que podamos empujar en la dirección que deseemos.

♦ Información relacionada:

  1. Otros libros resumidos para captar su esencia en poco tiempo:
  2. Quemar rastrojos o leña es tóxico para la salud, además de muy contaminante.
  3. La mejor solución a los incendios forestales: educar sí; quemar biomasa no.
  4. La agricultura de hoy debería ser como la de mañana.
  5. Los científicos vuelven a avisar del colapso que vendrá si seguimos sin reaccionar.
  6. Sin comer por el clima, las macrogranjas, los combustibles fósiles…
  7. Algunos libros del editor de Blogsostenible y de Historias Incontables.
  8. Una imagen del libro de Hannah Ritchie:

Ha nevau. Tierra de barrenaus 11×07

26 Diciembre 2024 at 12:53

Los Punsetes cantaban ixo de “Que no pase un día sin que des la tuya opinión de mierda”. A los negacionistas d’o cambio climatico, les podríanos cantar “Que no caiga un nevazo si que contrimuestres la tuya ignorancia”. Y ye que con los primers flocos de nieu arriban los tuits d’o facherío creyendo que ixe […]

La entrada Ha nevau. Tierra de barrenaus 11×07 se publicó primero en Radio Topo.

Repensar nuestra relación con la naturaleza

El modelo actual de “sostenibilidad” es insuficiente. Durante las últimas décadas se ha producido un avance indudable en la conciencia ambiental. Hoy hablamos de biodiversidad, de cambio climático, de límites planetarios, de huella ecológica y de economía circular con una naturalidad impensable hace cincuenta años. Este esfuerzo colectivo ha tenido un mérito enorme: ha conseguido que la destrucción del planeta deje de ser invisible.

Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.

Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?

El problema no es solo técnico; es cultural y ético

La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.

Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.

La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva

Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo  hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.

Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.

Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda

En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.

Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.

Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.

La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología

La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:

  • Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
  • Priorizar economías locales y circulares (sin greenwashing) frente a cadenas globales hipertensivas (o multinacionales de alto riesgo).
  • Reparar, reutilizar y alargar la vida de los objetos en lugar de reemplazarlos constantemente por otros nuevos.
  • Defender la biodiversidad; no como un lujo, sino como la base de toda estabilidad futura.
  • Potenciar una educación ambiental completa y continuada.
  • Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.

Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella

No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.

La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.

David Orgaz Barreno
Bloguero en El rincón ecocéntrico

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Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.

Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?

El problema no es solo técnico; es cultural y ético

La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.

Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.

La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva

Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo  hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.

Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.

Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda

En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.

Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.

Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.

La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología

La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:

  • Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
  • Priorizar economías locales y circulares (sin greenwashing) frente a cadenas globales hipertensivas (o multinacionales de alto riesgo).
  • Reparar, reutilizar y alargar la vida de los objetos en lugar de reemplazarlos constantemente por otros nuevos.
  • Defender la biodiversidad; no como un lujo, sino como la base de toda estabilidad futura.
  • Potenciar una educación ambiental completa y continuada.
  • Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.

Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella

No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.

La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.

David Orgaz Barreno
Bloguero en El rincón ecocéntrico

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