Radio Almaina - Episodio 17: Entre yerba, polvo y plomo. El narco antes de la guerra contra el narco
Episodio 17: Entre yerba, polvo y plomo. El narco antes de la guerra contra el narco
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- Libro “Esto lo cambia todo” de Naomi Klein (Resumen): El capitalismo contra el clima
Libro “Esto lo cambia todo” de Naomi Klein (Resumen): El capitalismo contra el clima

Naomi Klein (periodista canadiense, 1970-) ha escrito tres libros que han conseguido cambiar la percepción de la sociedad. Sus anteriores libros son “No logo” (1999) y “La doctrina del shock” (2007).
En “Esto lo cambia todo” (2015) se propone hablar de un tema incómodo y que muchos eluden (como corrobora Leonardo DiCaprio en su documental “Before the flood“, verlo entero aquí). Naomi Klein expone los mitos y las realidades del Cambio Climático, sin caer en tópicos ni en la desesperación, ofreciendo datos, caminos y opciones que debemos transitar.
Naomi Klein reconoce que ella misma negó el cambio climático cuando “sabía que estaba pasando”. No lo negaba como Donald Trump diciendo que mientras exista el invierno el cambio climático es mentira. Pero lo ignoraba, como mucha gente, mirando para otro lado sin querer ser consciente de la realidad o confiando en milagros tecnológicos o políticos. “El cambio climático es así: es difícil pensar en él durante mucho tiempo. Practicamos esta forma de amnesia ecológica intermitente por motivos perfectamente racionales. Lo negamos porque tememos que, si dejamos que nos invada la plena y cruda realidad de esta crisis, todo cambiará. Y no andamos desencaminados”: “El cambio climático lo transformará todo en nuestro mundo”. Esto implica “cambiar cómo vivimos y cómo funcionan nuestras economías, e incluso cambiar las historias que contamos para justificar nuestro lugar en la Tierra. La buena noticia es que muchos de esos cambios no tienen nada de catastróficos. Todo lo contrario: buena parte de ellos son simplemente emocionantes”.
Naomi Klein constata que es posible que la lucha contra el cambio climático requiera invertir dinero, pero el dinero se puede conseguir. Como muestra, resalta que las autoridades sacaron “billones de dólares hasta de debajo de las piedras” para salvar la banca y han hecho “pagar a la ciudadanía la factura dejada por los bancos” que ocasionaron la crisis. “El cambio climático, sin embargo, no ha sido nunca tratado como una crisis por nuestros dirigentes”, pero “si un número suficiente de todos nosotros dejamos de mirar para otro lado y decidimos que el cambio climático sea una crisis (…) no hay duda de que lo será y de que la clase política tendrá que responder”, porque “no basta con que lo mitiguemos o nos adaptemos a él. Podemos aprovechar esto para reactivar economías locales, “recuperar nuestras democracias de las garras de la corrosiva influencia de las grandes empresas”, “recobrar la propiedad de servicios esenciales como la electricidad y el agua, reformar nuestro enfermo sistema agrícola y hacer que sea mucho más sano”, respetar los derechos indígenas y las migraciones climáticas, y “poner fin a los hoy grotescos niveles de desigualdad existentes”:

“La emergencia misma del cambio climático podría constituir la base de un poderoso movimiento de masas”.
Muchas veces se han aprovechado las crisis para imponer medidas que enriquecen a una reducida élite (España es un claro ejemplo): suprimiendo regulaciones, recortando gasto social, forzando privatizaciones, regulando a favor de ciertas empresas, limitando los derechos civiles (la “ley mordaza” en España), regalando dinero a los bancos, etc. El cambio climático es una crisis que podría aprovecharse, una vez más, para beneficiar a los ricos “en vez de para incentivar soluciones motivadoras (…) que mejoren espectacularmente la vida de las personas”: “El cambio climático representa una oportunidad histórica”.
Naomi Klein critica a la ONU porque, a pesar de tener la misión de prevenir que se alcancen en el mundo niveles peligrosos de cambio climático, no solo no ha realizado progresos, sino que ha permitido que se retroceda. Tal vez, lo mejor que ha conseguido es que se hable del cambio climático. Lo peor que puede ocurrir es que se ignoren los problemas: olas de calor brutales, sequías, inundaciones, plagas, huracanes, incendios, aumento del nivel del mar, desplazamiento de millones de personas, contaminación atmosférica, lluvia ácida, enfermedades viajeras, pérdidas de cosechas… problemas que se unen a otros como las pesquerías diezmadas o el aumento mundial de la demanda de carne. Klein afirma que ante un panorama así “cuesta ciertamente imaginar qué quedaría sobre lo que sustentar una sociedad pacífica y ordenada”.
La climatóloga Lonnie G. Thompson dijo: “Casi todos los científicos y científicas del clima estamos ya convencidos de que el calentamiento global representa un peligro inminente para la civilización“. Lo curioso es que “disponemos de las herramientas técnicas para desengancharnos de los combustibles fósiles” y aunque, haya que tomar medidas extraordinarias, el ser humano es capaz de hacerlo. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial se redujo el uso de automóviles por placer en el Reino Unido. También en EE.UU. y Canadá aumentó el uso del transporte público y se cultivaron los llamados “huertos de la victoria”. Y aún hoy sacrificamos nuestro bienestar cuando nos lo piden en nombre de la austeridad y del crecimiento económico (reducción de pensiones, aumento de la edad de jubilación, pérdida de derechos laborales, reducción de las prestaciones públicas… o cosas como salvar las autopistas en España).
“Estamos atascados porque las acciones que nos ofrecerían las mejores posibilidades de eludir la catástrofe –y que beneficiarían a la inmensa mayoría de la población humana– son sumamente amenazadoras para una élite minoritaria que mantiene un particular dominio sobre nuestra economía, nuestro proceso político y la mayoría de nuestros principales medios de comunicación”. Y esto se demuestra en lo que llama los “tres pilares de las políticas de esta nueva era“: “privatización del sector público, desregulación del sector privado y reducción de la presión fiscal a las empresas” (o permitir que defrauden en paraísos fiscales).
Todo esto demuestra que “nuestra economía está en guerra con múltiples formas de vida sobre la Tierra, incluida la humana”, pero “podemos transformar nuestra economía”. Estamos ante una “dura elección: permitir que las alteraciones del clima lo cambien todo en nuestro mundo o modificar la práctica totalidad de nuestra economía”. La autora dice que “el cambio climático es una batalla entre el capitalismo y el planeta (…) y el capitalismo la está ganando”: Más que esperar nuevas tecnologías, “tenemos que pensar de manera distinta” y aplicar las tecnologías que ya tenemos.
Los alces de Canadá están muriendo envenenados por beber agua contaminada por las toxinas de las arenas bituminosas de la industria de las energías sucias (Shell). Este es sólo un ejemplo de los millones que se podrían poner. Si queremos preservar nuestro planeta “tendremos que renunciar a ciertos lujos”. Ello conllevaría la desaparición de industrias enteras. Veremos desastres “hagamos lo que hagamos”. Aún así no es demasiado tarde para evitar lo peor.
Psicología del cambio climático
Diversos estudios sostienen que la ideología o «cosmovisión» personal influye en la opinión sobre el cambio climático más que ninguna otra cosa (más que la edad, la etnia, el nivel educativo o la afiliación a un partido). Así, las personas con cosmovisiones «igualitaristas» (caracterizadas por la inclinación hacia la acción colectiva y la preocupación por la desigualdad y la justicia social) aceptan el consenso científico sobre el cambio climático. Por el contrario, las personas que tienen visiones del mundo «jerárquicas» e «individualistas» (marcadas por su oposición a la ayuda a las minorías y a la pobreza, apoyo fuerte a la empresa privada y convencidos de que todos tenemos más o menos lo que nos merecemos) rechazan ese mismo consenso científico.
Dan Kahan, profesor en Yale, llama «cognición cultural» al proceso por el que, con independencia de nuestras ideologías políticas, aceptamos una información nueva sólo si confirma nuestra visión, pero si supone una amenaza a nuestro sistema de creencias, entonces nuestro cerebro se pone de inmediato a producir “anticuerpos intelectuales destinados a repeler esa invasión”. Es decir, “siempre es más fácil negar la realidad que permitir que se haga añicos nuestra visión del mundo”. Y resulta que “algo tiene la cuestión del cambio climático que hace que ciertas personas se sientan muy amenazadas”.
Ejemplo de esto es que en las regiones más dependientes de la extracción de combustibles fósiles se niega más el cambio climático (independientemente de la ideología política, tanto en EE.UU. como en Canadá). Los mismos científicos sufren este efecto: Mientras el 97% de los científicos opina que una causa importante del cambio climático somos los humanos, ese porcentaje cae al 47% entre los científicos que se dedican a estudiar formaciones naturales para extraer sus recursos. “Todos nos sentimos inclinados a la negación cuando la verdad nos resulta demasiado costosa (emocional, intelectual o económicamente)”.
Upton Sinclair dijo: «¡Qué difícil es conseguir que un hombre comprenda algo cuando su sueldo depende de que no lo comprenda!».
Los negacionistas tienen razón en algo
El negacionismo climático (liderado por el Instituto Hertland, Koch Industries y Exxon-Mobil), sabe que admitir el cambio climático supone aceptar también que hay que planificar nuestras sociedades de otra forma, y eso implica que no podemos dejar las cosas a la libertad del mercado (como propugna el liberalismo). “Muchos negacionistas reconocen con toda franqueza que su desconfianza ante las tesis científicas sobre el tema creció a partir de un temor muy profundo a las catastróficas implicaciones políticas que tendría para ellos el hecho de que el cambio climático fuese real”. El cambio climático no supone el fin del mundo, pero reducir las emisiones como sugiere la ciencia sí sería “el fin de su mundo”. Y para algunos conservadores supone también una amenaza a su absurda creencia de que el hombre está aquí para someter y dominar el planeta (desmentida por el Papa Francisco por ejemplo) o de que que nuestras diferencias con otros animales no son sólo cuestión de grado (desmentido por múltiples evidencias y hasta por Darwin).
Lo curioso es que los negacionistas, como el Instituto Heartland, “están completamente equivocados en lo que respecta a la versión científica de los hechos, pero en lo referente a las consecuencias políticas y económicas de esos resultados científicos (…) no podrían tener los ojos más abiertos”. Casi todos los científicos que presentan sus trabajos en el Instituto Heartland están descaradamente “empapados en dólares del sector de los combustibles fósiles”. Algunos incluso, en vez de negarlo, buscan ventajas al cambio climático como afirmar que vendrán momentos muy duros para países que son amenazas para EE.UU.
Como también dijo Carl Sagan, las compañías de seguros están realmente asustadas con el cambio climático. Tienen hasta equipos de climatólogos para prepararse para los desastres. Sin embargo, no han presionado apenas para que se pongan en práctica políticas climáticas agresivas.
El cambio climático, que debería unirnos a la humanidad, podría también dividirnos más aún. “La razón real por la que no estamos reaccionando a la altura de lo que exige el momento climático actual es que las acciones requeridas para ello ponen directamente en cuestión nuestro paradigma económico dominante (capitalismo desregulado combinado con la austeridad en el sector público)”.
Promover el comercio local debe ser prioritario
En muchos países se están promoviendo acuerdos comerciales que impiden el desarrollo de la industria local. Este libro denuncia que la OMC ha interferido en muchas ocasiones para evitar acciones contra el cambio climático (en Canadá, por ejemplo) para favorecer los intereses del comercio. También se critica que la OMC nunca ha hecho nada para que las compañías de combustibles fósiles reciban menos subvenciones o que paguen algo por “el privilegio de tratar nuestra atmósfera compartida como un vertedero gratuito de sus residuos” (que muera gente parece ser irrelevante).
Klein apunta a unos culpables claros: “Si los países ricos consumiesen menos, todo el mundo estaría más seguro”. Y señala al sector alimentario como uno de los sectores clave, pues representa entre un 19 y un 29% de las emisiones mundiales de GEI (Gases de Efecto Invernadero). No es justo que los países sean sólo responsables de la contaminación que generan dentro de sus propias fronteras y no de la que se produce al fabricar bienes que se fabrican para llevarlos a su territorio. Además, la contaminación de los buques portacontenedores no se atribuyen formalmente a ningún país. “Cuando China se convirtió en la fábrica del mundo también pasó a ser la chimenea del mundo”. No hay control para que las multinacionales no abusen de la mano de obra en los países más pobres, ni los contaminen o exploten sus recursos naturales: “Cuando las fábricas se marcharon hacia China, también se volvieron acusadamente más sucias”. “La explotación de los trabajadores y la del planeta forman, por lo que parece, un pack de oferta: dos por el precio de uno”.
Ilana Solomon, analista para el Sierra Club, decía que tenemos que “reflexionar sobre qué estamos comprando y cómo lo estamos haciendo, y sobre cómo se produce lo que compramos”. Pero Klein sugiere que “el hecho de que el clima de la Tierra cambie hasta extremos caóticos y desastrosos es más fácil de aceptar que la idea de transformar la lógica fundamental del capitalismo, fundado sobre el crecimiento”. Si esperamos que la tecnología lo arregle todo avanzaremos poco y tarde. Lo urgente es “consumir menos, desde ya”, pero para los políticos resulta difícil animar a la población a consumir menos. Aunque hay mucha gente que intenta reducir su consumo, no podemos permitir que todo dependa de un grupo de urbanitas concienciados. Necesitamos que las opciones bajas en carbono sean accesibles para todos, transportes públicos baratos, viviendas asequibles y de elevada eficiencia, fomento de la bicicleta… y todas las clásicas demandas ecologistas que hasta el Papa Francisco ha apoyado tan claramente. Y resulta gratificante que esas políticas, además de reducir los GEI, fomenten el fortalecimiento de las comunidades locales, aire y agua más limpios, reducción de la desigualdad, etc.
Klein también pide una “reordenación” del PIB, para que no sea una medida tan nefasta del desarrollo de un país. También propone: aumentar los “impuestos sobre el lujo” (ya que los ricos consumen y contaminan más), jornadas laborales más cortas, una renta básica (para compensar el hecho de que “el sistema no puede facilitar puestos de trabajo para todos”), “regulación estricta de la actividad empresarial”, “dar marcha atrás en privatizaciones de empresas y servicios fundamentales” y garantizar “que todo el mundo tiene cubiertas sus necesidades básicas: sanidad, educación, alimento y agua limpia”. En definitiva, “las medidas que debemos tomar (…) chocan frontalmente a todos los niveles con la ortodoxia económica”.
Defendiendo lo público se cuida del bien común
Más de 200 regiones en Alemania (como Hamburgo) han decidido devolver al control municipal sus redes de electricidad, gas y calefacción. Resulta interesante constatar que “existe una relación clara y manifiesta entre la propiedad pública y la facilidad de las comunidades locales para abandonar la energía sucia”. Pero además, es que esa energía sucia, que beneficia sólo a empresas privadas, es muy inestable en precio y suministro.
Privar de recursos al sector público (la mal llamada “austeridad”) choca con la realidad del calentamiento climático y la toma de decisiones importantes para todos, especialmente para los más vulnerables. En EE.UU., es común el “racismo medioambiental”, por el que las industrias tóxicas instalan sus fábricas y sus almacenes de residuos contaminantes en zonas donde viven personas de color.
Klein, se hace eco del dramático caso de España y su ataque a las energías renovables, y propone soluciones interesantes a nivel mundial para acabar con la excusa de que no hay dinero: la tasa Tobin, el cierre de los paraísos fiscales, poner impuesto a los milmillonarios (del 1% como propuso la ONU), recortes en presupuestos militares, impuestos sobre el CO2 y acabar con las subvenciones a los combustibles fósiles y nucleares.
Ya en 1979, el presidente estadounidense Jimmy Carter, instó a los americanos a reducir su consumismo: «Cualquier acto de ahorro de energía es algo más que de sentido común: yo os digo que es un acto de patriotismo». Sin embargo, algunos consideran que ese discurso fue una de las razones por las que Carter perdió las siguientes elecciones ante Reagan. Hoy, posiblemente, “cualquier político que pida al electorado que se sacrifique para resolver una crisis medioambiental se estará embarcando en una misión suicida”. Pero el problema no es económico: “el problema es que nuestra clase política no tiene voluntad alguna de buscar el dinero”.
El cambio necesario
El libro nos cuenta casos como el de una fábrica de recambios para coches de Ontario que, cuando cerró por la crisis, fue reabierta por los empleados para producir equipos de energía solar. A los que dicen que esta conversión es cara hay que decirles que más caro será no hacerla. Además, Klein dice que los bancos que fueron rescatados deberían ser los encargados de financiar ese tipo de cambios, para devolver el favor a la ciudadanía.
Esa transición necesaria será un gran generador de empleo si se hace bien. Se trata de generar empleo sostenible aunque a veces sea necesario nacionalizar servicios básicos. Un sondeo británico reveló que una mayoría apoya la nacionalización de la energía y el ferrocarril. Pone el ejemplo de Alemania, donde la mitad de las instalaciones de energía renovable están en manos de agricultores, organizaciones ciudadanas y unas 900 cooperativas energéticas. También Dinamarca va en esa línea. España también.
La agricultura es un sector esencial, y no sólo por sus altas emisiones contaminantes, sino porque puede contribuir a disminuir la pobreza y ayudar a la autosuficiencia, además de que “los métodos agroecológicos superan en rendimiento al uso de fertilizantes químicos” en entornos desfavorables. Pero el hambre lo provoca la pobreza y no la falta de comida.![]()
También se repasa el desastre del fracking o de las arenas bituminosas, que en Alberta están destrozando grandes extensiones: “La tierra, despellejada viva”, emitiendo además entre 3 y 4 más GEI (especialmente metano y CO2) que el petróleo convencional. Por tanto, concluye que “la necesidad de que recortemos nuestras emisiones radicalmente no es compatible con la continuidad de una de las más lucrativas industrias del mundo” (la de los combustibles fósiles). Aunque el estado de Noruega es propietario de una de las empresas que está desgarrando el área de las arenas bituminosas de Alberta, también hace cosas bien: Estocolmo tiene un 74% de residentes que van a sus trabajos a pie, en bicicleta o en transporte público.
Critica también el fenómeno de las Puertas Giratorias (que no sólo ocurre en España, sino también en EE.UU., Reino Unido…) y el “capitalismo desregulado”. El “libre comercio (…) ha sido exactamente la carrera hacia el abismo que tantos alertaban que seria”. Pero Klein levanta una bandera de optimismo: “El cambio climático confronta lo que el planeta necesita para mantener la estabilidad con lo que nuestro modelo económico necesita para sostenerse a sí mismo”. Miya Yoshitani dijo también: “Estamos todos unidos en esta batalla, que no es una batalla solamente para conseguir una reducción de las partes por millón de CO2 en la atmósfera, sino también por transformar nuestras economías y reconstruir un mundo que queremos hoy”. Pensemos también que “las migraciones humanas están cada vez más vinculadas al clima”.
Klein también critica a la ciudadanía en general cuando dice, por ejemplo, que los manifestantes que salen a las calles para protestar por los fallos del sistema, olvidan el cambio climático, cuando éste “podría representar el verdadero golpe de gracia para esas estructuras que denuncian”. La misma crítica va también para políticos como Alexis Tsipras que, a pesar de ser de izquierdas, no aprovechan el cambio climático para impulsar sus demandas.
Extractivismo: Extraer recursos de la Naturaleza como si fuera infinita
En el siglo XVIII se empezó “a tratar la atmósfera como si fuera un vertedero”, pero no es sólo de la atmósfera de lo que hemos abusado. Klein cuenta el dramático caso de la isla de Nauru donde sus minas de fosfato de calcio han sido explotadas como abono, hasta destrozar la isla y hacerla prácticamente yerma. Luego, se convirtió en paraíso fiscal. “Pocos lugares en la Tierra encarnan más gráficamente que Nauru los resultados suicidas de haber basado nuestras economías en la extracción contaminante”. Por último, Nauru cobra para que Australia lleve allí a sus inmigrantes y sobrevivan en tan mal estado que ha sido denunciado por Amnistía Internacional.
Francis Bacon dio permiso para “acosar a la naturaleza” y James Watt inventó la máquina de vapor que aumentó el poder para hacerlo. Pero ya hoy eso debería estar superado. Los combustibles fósiles destruyen la vida en todas partes. “Cuando se deja en su sitio, el carbón es muy útil, porque mantiene capturado no solo el carbono que las plantas sustrajeron del aire millones de años atrás, sino también toda clase de toxinas adicionales”. Y por eso Klein pide que dejemos de ser “una sociedad de ladrones de tumbas”.
El Club de Roma publicó “Los límites del crecimiento” (1972) y sus advertencias se están cumpliendo casi completamente, pero donde más acertó fue en los límites de los “sumideros”. Es decir, el ser humano no ha encontrado cómo ampliar la capacidad de la Tierra para absorber la contaminación.
Klein critica a algunas organizaciones ecologistas en EEUU que realmente no están interesadas en la conservación de la biodiversidad y cita varios casos, como el de la organización Nature Conservancy que, por ejemplo, extrajo petróleo de una zona que custodiaba para la conservación del pollo de las praderas de Attwater, llevándolo a su extinción en dichos terrenos. También denuncia, como hizo Galeano, que en este «mundo al revés» “el sector de los combustibles fósiles son invitados a las cumbres del clima de la ONU en calidad de «socios» clave”. Es cierto que EE.UU. y casi todos los países han aprobado muchas leyes ambientales, pero la realidad demuestra que no han sido suficientes. Algunas empresas gastan más dinero en promocionar el Día de la Tierra que en reformar sus actividades a fondo. Por otra parte, el comercio internacional de derechos de emisiones ha sido un fracaso estrepitoso y así lo demuestran algunos de los ejemplos que se incluyen en el libro, como una empresa india cuyo 93% de ingresos procedía de la venta de créditos de carbono, empresas que fabrican potentes gases GEI para luego cobrar por reducirlos, campesinos e indígenas que no pueden usar los bosques porque son sumideros de carbono, bosques que permiten que se contamine más en otra parte, técnicas para que las empresas que contaminan ganen más, etc.
Soluciones demasiado simples: La «ignorancia arrogante» (hibris)
Muchos millonarios se han propuesto salvar el planeta, como Jeremy Grantham, Warren Buffett, Michael Boomberg, Bill Gates, Tom Steyer y T. Boone Pickens. Pero todos ellos lo han hecho de forma superficial e interesada, incluso invirtiendo en el sector del petróleo a la vez. Un caso paradigmático es el de Richard Branson, magnate de las aerolíneas Virgin, que anunció que dedicaría sus beneficios a la lucha contra el cambio climático, pero cuyo objetivo parece ser más bien retrasar las medidas regulatorias anti-cambio climático. Su éxito consiste en haber conseguido que vuele más gente que antes, y con la conciencia tranquila pensando que dicha compañía hace algo para mitigar el cambio climático. ¿Será Leonardo DiCaprio otro farsante?
Para Klein, pensar que el capitalismo, y solo el capitalismo, puede salvar al mundo es claramente absurdo, y esos bienintencionados magnates sólo están explotando nuestra infundada creencia de que la tecnología va a salvarnos del gran problema que ella misma ha creado.
La geoingeniería pretende dar soluciones simples para el gran problema del cambio climático, incluyendo ideas tan extrañas o descabelladas como fertilizar los océanos para que asuman más carbono, recubrir desiertos con sábanas blancas, poner espejos en órbita, tapar el sol (GRS/SRM) echando, por ejemplo, gases sulfurosos en la atmósfera (Opción Pinatubo)… Pero es imposible validar esas ideas, ni probarlas, ni implementarlas a la escala necesaria. Además, esas ideas no contribuyen a cambiar la causa raíz, sino que se limitan a tratar un único síntoma, sin tener en cuenta los efectos secundarios: acidificación de océanos, la imprevisible reacción de la biosfera… y hasta cambios climáticos peores que sin GRS, como la alteración de precipitaciones que arriesgarían el alimento de millones de humanos. Por otra parte, esas soluciones harían ganar mucho dinero a algunos de esos ideólogos. Entre los detractores están, por citar algunos, Greenpeace, Sallie Chisholm, Alan Robock, o Vandana Shiva, quien afirma que los métodos agroecológicos permitirían capturar grandes cantidades de carbono, reducirían las emisiones y potenciarían la seguridad alimentaria.
Blockadia: Los pueblos bloqueando grandes compañías fósiles
Las compañías de combustibles fósiles o las empresas mineras se están encontrando cada vez con más oposición a todos sus proyectos (almacenamiento de gas, prospecciones, extracciones, fracking, minas de uranio, de oro, de cobre…). En muchos casos, esta oposición es de pueblos que no se dejan sobornar porque defienden su forma de vida tradicional, que al ser ajena a la extracción no depende de esos sucios negocios.
Esta férrea oposición a las compañías extractivas se ha visto y se está viendo por todo el planeta. El libro repasa algunos casos en Grecia, Rumanía, Canadá, Reino Unido, Rusia (contando el caso de los activistas de Greenpeace detenidos), Australia, China, EE.UU., Francia… aunque uno de sus mayores orígenes fue en Nigeria contra la empresa Shell, en la que se llegaron a ahorcar legalmente a los ecologistas que se opusieron. Aún hoy, en el delta del Níger, se vierte cada año una marea negra como la del Exxon Valdez, envenenando peces, animales terrestres y personas. Ante tanta injusticia, el vandalismo contra los oleoductos no cesa. El pueblo ogoni y el ijaw no dejan de sufrir las consecuencias de un gobierno corrupto y una empresa extranjera, Shell, que se lleva sus recursos naturales porque en los países ricos siguen repostando en sus gasolineras sin enterarse de las consecuencias.![]()
Un caso muy llamativo es el del oleoducto Keystone XL entre Canadá y EE.UU., para dar salida a las altamente contaminantes arenas bituminosas de Alberta. Miles de aves han muerto allí al posarse en las inmensas balsas de desecho tóxico. Tantas aves mueren que se ven obligados a disparar unos cañonazos cada pocos minutos para espantar a las pobres aves migratorias que buscan lo que otrora fue un bosque. Por supuesto, esas balsas no son perfectas y tienen escapes y filtraciones. “Los médicos tienen miedo cuando se trata de diagnosticar afecciones relacionadas con la industria del petróleo y el gas”, declara un médico canadiense de la zona. Esas balsas proceden del inmenso consumo de agua que requiere este tipo de minería (2.3 barriles de agua por cada barril de petróleo, mientras que el crudo convencional requiere hasta 0.3 barriles). El fracking requiere aún más cantidad de agua y una vez utilizada queda tóxica y radiactiva.
La industria extractiva nunca ha sido segura y siempre ha precisado zonas de sacrificio para contaminarlas, cuando no se trata de contaminar la atmósfera. Los que sufren más la contaminación son, no por casualidad, los más pobres. Pero resulta que “ahora todos estamos en la zona de sacrificio” y los riesgos de hoy son “sustancialmente más elevados” que los de antes, debido a que ya sólo quedan los yacimientos más costosos, más profundos y en zonas más valiosas. El desastre de BP en el golfo de México (más de tres meses manando petróleo) o el vertido por la rotura de un oleoducto en Michigan (el mayor vertido en tierra de EE.UU.) son pruebas de ello y de que las industrias fósiles prefieren ganar más dinero a costa de aumentar los riesgos para otros, sostiene Naomi Klein, quien también denuncia la corrupción en EE.UU. a la hora de controlar a este tipo de industrias.
En algunas zonas, las empresas que envenenan consiguen más poder, ya que los únicos empleos son precisamente en la industria que envenena sus tierras (y hasta esos empleos son de mala calidad, aunque estén bien pagados). Pero en otras zonas, donde hay más diversidad empresarial y laboral, hay “personas dispuestas a pelear muy duro por proteger modos de vida que consideran intrínsecamente incompatibles con la extracción tóxica”. Klein dice que “cuando aquello por lo que se lucha es una identidad, una cultura, un lugar querido […] nada pueden ofrecer las empresas como contrapartida”.
Los éxitos son insuficientes, pero muy importantes. Francia, por ejemplo, gracias a las protestas ha aprobado una moratoria nacional contra la fracturación hidráulica o fracking. También hay moratorias en Bulgaria, Países Bajos, Chequia, Sudáfrica y algunos estados de EE.UU. Además, este último país ha descendido su producción eléctrica con carbón por la presión ciudadana, entre otros motivos. Costa Rica ha prohibido la minería a cielo abierto en todo el país. India tiene centrales térmicas a medio construir porque se paralizó su construcción ante las protestas. En China también se han paralizado centrales de carbón por las protestas, pues allí la contaminación es espectacular y supone un experimento de lo que ocurre cuando es el progreso lo que más importa: Pekín alcanza a veces los 671 microgramos de partículas en suspensión (las PM2.5) cuando la OMS fija el límite máximo en 25. Las actividades al aire libre se suspenden si se superan los 450.
Otra batalla con gran éxito es la de la desinversión, apoyada por la organización 350.org, por la que se pretende que todo tipo de organizaciones y fondos de inversión dejen de apoyar a las industrias de los combustibles fósiles. El Banco Mundial ha anunciado que no apoyará más proyectos de prospección o extracción de carbón y hay miles de organizaciones más que ya están retirando su apoyo y su dinero a las industrias sucias.
A veces, cuando una empresa no puede extraer el combustible por un cambio en la legislación, alega cláusulas de protección de los inversores de acuerdos de libre comercio. Pero estas demandas tienen el poder que los gobiernos quieran, pues ninguna empresa puede interferir en la libertad de un pueblo en defender su territorio de la degradación ambiental. El problema no son los acuerdos comerciales sino los gobiernos que no defienden correctamente el bien común. No obstante, Klein afirma que esos acuerdos comerciales tienen hoy mayor debate público que antes, como lo demuestra el caso del TTIP en Europa. Pero hay que estar muy atentos, porque si nos descuidamos, los intereses del capital financiero y de la industria energética estarán por delante del bien común: Un claro ejemplo es España, donde los bancos son empresas privilegiadas y las industrias energéticas dictan las leyes.
Cuando fallan los gobiernos nacionales y los organismos internacionales, muchos ayuntamientos se deciden a actuar en la acción climática. Son las llamadas «comunidades de transición» nacidas en Totnes (Reino Unido), que pretenden actuar en lo local para conseguir un cambio hacia economías de bajo carbono.
¿Derechos para los pueblos indígenas?
En Canadá y en otros muchos países, los indígenas no han cedido nunca sus tierras para su explotación petrolera. Como mucho, han aceptado compartirlas mientras no se socaven sus derechos a vivir, pescar, recolectar… pero no se puede compartir “si una de las partes se dedica a alterar irrevocablemente y a envenenar esa tierra compartida“.
Algunos de los pueblos indígenas amenazados por la sed de petróleo son los haida, los nez percé, los cheyenes, los lummi, los ogoni, los ijaw, los lakota, los tunebos, los chipewyan (ayudados por el rockero Neil Young del acoso de Shell), los tsilhquot’in, los cree del lago Beaver (“las personas más marginadas de mi país”, Canadá, en palabras de Klein)… Muchos pueblos indígenas carecen de recursos para que se respeten sus derechos, aunque los tengan claramente otorgados. En 2007 se firmó la Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y los únicos países que votaron inicialmente en contra fueron Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Finalmente, aceptaron esa declaración que proclama que los «pueblos indígenas tienen derecho a la conservación y protección del medio ambiente», así como a la reparación de las tierras confiscadas, ocupadas o dañadas. Que la incidencia de cáncer suba en todas las tribus canadienses afectadas por las arenas bituminosas no parece hacer desistir a la petrolera Shell.
“Mientras los abogados argumentan y debaten en los tribunales sobre las complejidades de la titularidad de la propiedad de la tierra, las sierras mecánicas siguen talando árboles que son cuatro veces más viejos que nuestros países, y los fluidos tóxicos de la fracturación hidráulica continúan filtrándose hacia las aguas subterráneas”.
Las energías renovables son “no extractivas” en dos sentidos: El veneno y el carbono no se extraen del subsuelo y el dinero no se extrae de la comunidad (las petroleras extraen recursos de un sitio y extraen el dinero de otro).
Ecuador (y los cheyenes de norteamérica) ha pedido ser compensado por mantener sus combustibles fósiles en el subsuelo porque «la manera más directa de reducir emisiones de CO2 es dejando los combustibles fósiles en el subsuelo donde ya están» (en palabras de Esperanza Martínez, de Acción Ecológica). Esto es lo que se conoce como «deuda climática» reconocida (al menos indirectamente) en la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático indicando que hay unas «responsabilidades comunes pero diferenciadas» ya que los países que más han contaminado deben ser los primeros en reducir sus emisiones.
Al hablar de «deuda climática» muchos habitantes de los países ricos argumentan que no son responsables de lo que hicieron sus antepasados. Sunita Narain, directora general del Centre for Science and Environment, responde claramente: «Vuestra riqueza actual guarda relación con cómo la sociedad ha explotado la naturaleza» (ya dijo De Jouvenel que nuestra riqueza procede de explotar la Naturaleza). Naomi Klein concluye: “Los países ricos no solo tienen que ayudar al Sur Global a encaminarse por una senda económica de bajas emisiones porque eso sea lo correcto, sino que necesitamos hacerlo así porque de ello depende nuestra supervivencia colectiva”. Y por supuesto, añade que igual que haber sufrido un atraco no da derecho a atracar, tampoco hay fundado derecho a contaminar por parte de los países pobres. Por tanto, es evidente que los ricos deben ayudar a los pobres a conseguir un desarrollo más limpio. Esto traerá mayor bienestar y empleo, lo que evitaría las enormes tasas de inmigración que hay y que, si no lo remediamos, habrá.

Conclusiones
Naomi Klein asegura que no se tienen en consideración suficientemente los efectos de tanta contaminación sobre la fertilidad y sobre los animales no adultos, incluyendo niños. Por ejemplo, en zonas de fracking aumentan las probabilidades de problemas cardíacos en bebés, abortos involuntarios, altos niveles de PCB… El caso de Mossville es tristemente famoso por el “racismo medioambiental”: La población pobre debe soportar altos niveles de contaminación de las industrias petroquímicas con frecuentes vertidos y explosiones. En Mossville son frecuentes las enfermedades respiratorias, el cáncer, defectos de nacimiento y las histerectomías en mujeres.
El informe de BP antes del desastre del golfo de México es de risa: por ejemplo, suponía que los moluscos sobrevivirían a un desastre huyendo o que supondría poco estrés para los mamíferos. El desastre demostró que nada puede restituir lo perdido: millones de larvas y los bebés de delfín murieron… La acidificación de los océanos hace que las larvas de ostras no puedan formar sus caparazones y mueran, y herbicidas como la atrazina afecta directamente a la esterilidad en anfibios, junto con defectos congénitos y abortos espontáneos en humanos, sin contar la amenaza sobre las abejas.
Pero sabemos hacer las cosas mejor. Ecuador, por ejemplo, en su constitución de 2008 reconoció a la naturaleza o Pachamama el derecho a que se respeten su existencia y sus ciclos vitales (art. 71). En las luchas contra el extractivismo hay un arma secreta: la unión heterogénea hace una gran fuerza: indígenas y no indígenas, jóvenes y mayores… todos unidos en una causa común.
Los cambios que hacen falta son importantes, pero tenemos experiencia. Los cambios sociales de los siglos XIX y XX, por ejemplo, supusieron un cambio profundo en la cultura dominante (cambios en los derechos civiles, de las mujeres, de los homosexuales, de grupos étnicos como el caso del apartheid de Sudáfrica o el racismo en EE.UU., pero también la instauración de la Seguridad Social o el seguro de desempleo). La abolición de la esclavitud obligó a ciertas élites a renunciar a prácticas que les resultaban muy lucrativas (tanto como la extracción de combustibles fósiles hoy en día). Pensemos por ejemplo, que en el siglo XVIII los negocios más lucrativos del imperio británico se basaban en la esclavitud (plantaciones de azúcar del Caribe, compra/venta de esclavos…) y en EE.UU. “la esclavitud fue el eje sobre el que giró la revolución mercantil”.
Naomi Klein es consciente de que hay que cambiar la cosmovisión global, lo que nos decimos del mundo y de nosotros. Y eso no es fácil, pero es posible y para ello propone no aspirar simplemente a cambiar leyes, sino a modificar pautas de pensamiento. Por ejemplo, dice que pedir un impuesto sobre el carbono puede ser menos útil que reivindicar una renta mínima garantizada, porque ésto segundo abre el debate sobre los valores y “sobre lo que nos debemos unos a otros sobre la base de nuestra condición humana”. Y sentencia que “tendremos que comenzar a creer de nuevo que los seres humanos no somos irremediablemente egoístas y codiciosos (que es la imagen de nosotros mismos que se nos ha vendido)“.
Muchas veces se plantea si frenar a las compañías de combustibles fósiles tiene influencia en el PIB, pero lo importante es pensar si el crecimiento económico tiene alguna importancia cuando el planeta esté convulsionado. Son las compañías las que tienen que demostrar que sus acciones y sus técnicas son seguras. Y nosotros debemos exigirlo, porque “nadie va a venir a salvarnos de esta crisis” y “la ideología del libre mercado ha quedado desacreditada tras décadas de desigualdad y corrupción crecientes”.
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La quiebra del AVE. La macro-infraestructura más inútil

La tragedia de Adamuz y el colapso de la red de “Rodalies” de Cataluña constituyen -tras el accidente de Angrois- el episodio más grotesco y dramático de la “nueva era ferroviaria” proclamada al unísono por la casta política hispano-catalana, la oligarquía del cemento y las élites mundializadoras. En esta sociedad del riesgo, de la que hablaba Ulrich Beck, la Alta Velocidad se añade a la lista de peligros y amenazas socio-ambientales en la que figuraban los transgénicos, los gases de efecto invernadero, las renovables industriales, los cables de Muy Alta tensión, las centrales nucleares y la industria agroalimentaria. La ciencia y la tecnología de la posmodernidad no son neutrales. Al contrario de lo prometido, a tecnologías más altas, menor bienestar y mayores riesgos. Eso es particularmente verdad en materia de infraestructuras innecesarias. El liderazgo español en esa clase de despropósitos muestra la persistencia de la mentalidad desarrollista heredada del franquismo en la política profesionalizada de cualquier color, un caso extremo de irresponsabilidad cuyos nefastos resultados han quedado bien a la vista. La Alta Velocidad nunca fue sostenible, puesto que la sociedad que la pone en marcha no lo es. Tampoco es ni mucho menos eficiente y segura, tal como indican la impuntualidad diaria, la aparición de decenas de puntos críticos y el creciente número de incidencias, y no parece que sea el futuro feliz de la movilidad ciudadana.
La causa del choque de trenes no tiene misterio: no es la impericia criminal de un ministro o la dejadez culpable de sus subordinados desoyendo las recomendaciones de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios; ni siquiera la alta externalización de la seguridad. Es la falta de mantenimiento suficiente, directo o subcontratado, lo que sumado a una mayor afluencia de usuarios, y por lo tanto, a una mayor circulación de trenes, ha desgastado las vías en diversos puntos más de lo previsto, multiplicando las posibilidades de una catástrofe que finalmente se ha producido. El progreso que pregona la dominación lleva consigo ese tipo de peligrosos imprevistos. Llegados a este punto, convendría remontarnos hacia atrás, hacia los orígenes del fenómeno aberrante de la Alta Velocidad, producto de los delirios de grandeza de la clase dirigente y de sus representantes, mercenarios y bufones.
Allá por los años ochenta del siglo pasado, el gran proyecto del Tren de Alta Velocidad fue una idea de la European Round Table, organismo con buena presencia de multinacionales, con fines eminentemente logísticos, que al desembarcar en el Estado español, se transformaron en políticos. El primer ejemplo de tal reajuste fue la línea Madrid-Sevilla, bastión del partido que gobernaba en 1992. Repentinamente, a juzgar por las declaraciones de figuras destacadas de la política, la plutocracia y del empresariado, los informes técnicos domésticos y la prensa sobornada, el AVE se convirtió en la solución de todos los problemas a excepción del de la movilidad: el desarrollo económico, la creación de puestos de trabajo, la vertebración regional, el re-equilibrio territorial, la descentralización administrativa, la cohesión social, la reducción del tráfico automovilístico y aéreo… Estábamos ante la mismísima Razón de Estado. Excusamos decir que nada de aquello era verdad y que la economía de las zonas conectadas apenas se vio afectada, la localización de empresas resultó irrelevante y el desempleo siguió prosperando; así pues, la integración regional se quedó donde estaba, igual que la centralización; la desigualdad social aumentó, lo mismo que los vuelos, los camiones y el parque automovilístico. Es más, la fragmentación geográfica y la desestructuración del territorio fueron cada vez más intensas y el impacto en el medio ambiente llegó a niveles preocupantes. El coste de la construcción de las nuevas vías fue sufragado una mínima parte con fondos europeos, y el resto, o sea, casi la totalidad, con el desvío de la inversión en carreteras, redes de cercanías y líneas convencionales de larga distancia. El capital privado fue extremadamente precavido y dejó el tema financiero en manos del Estado. Los gastos de operatividad y mantenimiento no iban a la zaga, así que la degradación de los trenes de cercanías, usados por centenares de miles de trabajadores -obligados a vivir en las coronas metropolitanas por culpa de la especulación inmobiliaria- fue progresando a más velocidad de la deseada por el stablishment dirigente. Lo mismo ocurrió con la media y larga distancia. Así pues, el caos de Rodalíes es un fruto ponzoñoso del AVE. En definitiva, la Alta Velocidad, el tren de los ejecutivos, o el “tren de los señoritos” -omo le llamó al principio la voz del pueblo- iba a convertirse en el proyecto más insensato y dilapidador del sistema político-económico peninsular.
La apuesta de las altas esferas dirigentes por un transporte elitista de viajeros no fue un farol, fue un órdago a la grande, un verdadero desafío a la cordura. Todos los jerarcas querían que el AVE pasara por la puerta de su casa. En tres décadas se construyeron más de cuatro mil kilómetros de vías, situando la alta velocidad española en el segundo puesto a nivel mundial, solo por detrás de China, pero con el grado de demanda más bajo, también a nivel mundial. No es de extrañar que los responsables ministeriales trataran de elevarlo, bien subvencionando el billete (el viajero solo paga la tercera parte), bien cancelando trenes regionales y de larga distancia. Finalmente, el número de usuarios se estancó en torno a los 20 millones hasta que la liberalización del servicio, a partir de 2021, obligó a bajar más los precios mientras el turismo de dentro y de fuera experimentaba una fuerte subida. Para contrarrestar la competencia de Ouigo e Iryo, Renfe procedió a lanzar el Avlo, un AVE menos caro, y en 2024 los viajeros ya eran 40 millones, cifra nada comparable con la de Francia, que con 2.700 kilómetros de vías de alta velocidad tuvo 164 millones en el mismo año. El elevado coste operativo seguía siendo un inconveniente, al que se trató de resolver reduciendo la inversión en mantenimiento, tal como parecen indicar los frecuentes retrasos y las advertencias de los maquinistas sobre baches, vibraciones y otros incidentes. Las consecuencias fatales de tal clase de ahorro no han tardado demasiado en manifestarse.
El problema que les viene encima a los dirigentes y asesores del poder no se soluciona con dinero de los presupuestos, ni con demagogias populistas, puesto que el mal de la Alta Velocidad no reside en el elevado coste de su funcionamiento, sino en su naturaleza de artilugio emblemático de la globalización y estandarte de un sistema político al servicio de la economía de mercado. Entenderemos mejor si en lugar de decir AVE, decimos capitalismo. El AVE, o algo como él, es un producto del régimen económico-social con ese nombre, un juguete caro en el que refocila su clase político-empresarial. Si tocas al uno, tocas al otro. El deterioro del servicio prestado por la alta velocidad, que de una manera u otra volverá a agravarse, no es más que el reflejo de la degradación irreversible de lo público, provechosa para unos cuantos en el capitalismo tardío, el de los mega-proyectos y las macro-infraestructuras, para el cual las catástrofes son rentables y las crisis, beneficiosas. El negocio está en su construcción y en el desorden que acarrea, nunca en la gestión del servicio que promete. Es imposible cambiar esta dinámica social y ambientalmente aniquiladora. Si hay que escoger entre beneficios y seguridad, no es difícil adivinar el resultado de la elección. La sociedad, el sistema, como el fútbol, es así. Desde la izquierda ciudadanista hay quien propuso en su día al Estado promotor y administrador del AVE la alternativa de un “tren social”. Respondo que para cambiar de tren hay cambiar primero de sociedad. ¿Cómo? De entrada, denunciando la estrafalaria idea de progreso como experimentación incontrolada de artefactos tecnológicos. Después, no contemporizando con portavoces del capital. Luego, transformando la cólera de los viajeros en arma social y política de largo alcance.
Miquel Amorós
29 de enero de 2026
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Crítica al marxismo (Abdullah Öcalan)
Fragmento de «Sociología de la Libertad», Tomo III del «Manifiesto por una Civilización Democrática» de Abdullah Öcalan. Publicado en castellano por Descontrol Editorial (2024). Páginas 393-401.
El legado del socialismo real

El comunismo fue uno de los primeros movimientos en reaccionar conscientemente contra el sistema capitalista. Sus fundadores Karl Marx y Friedrich Engels reconocieron haber intentado desarrollar su contrasistema en base a tres fuentes primarias: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo utópico francés. Podría parecer que tomaron el materialismo dialéctico de la filosofía alemana, su teoría del valor de la economía política inglesa y el concepto de lucha de clases del socialismo utópico francés. Desarrollaron una interpretación novedosa sintetizando estas tres fuentes. Su primera incursión en la oposición se produjo entre los años 1840 y 1850, un período de grave crisis capitalista que les afectó bastante, dando lugar a la esperanza de que el sistema podría ser destruido inmediatamente. En ese momento, Alemania luchaba por mantener su unidad nacional, mientras que en Francia la república tenía sus propios problemas. Inglaterra, por su lado, estaba en su apogeo como potencia hegemónica del sistema. Las revoluciones populares de 1848 en Europa se consideraron una señal de que esta esperanza se cumpliría. El Manifiesto comunista de Karl Marx y Friedrich Engels fue concebido como un programa general para estas revoluciones [134]. Mientras tanto, la Liga Comunista se estableció como el primer partido u organización internacionalista. Estas dos iniciativas indican claramente que esperaban el éxito y la victoria de la crisis del capitalismo y de los movimientos revolucionarios populares.
Cuando se suprimieron las revoluciones, Marx y Engels sintieron la necesidad de examinar el capitalismo más a fondo. Karl Marx se exilió a Londres, estableciéndose en la kaaba del capitalismo [135], donde se mantuvo en contacto con Friedrich Engels. La Primera Internacional de 1864 fue producto de este período. Un acontecimiento igual de importante en ese momento fue comprender que la revolución podría retrasarse. Eso hizo necesario un trabajo evolutivo más prolongado, para el que podrían ser adecuados los sindicatos y el trabajo parlamentario. Aunque la Comuna de París de
1871 renovó las esperanzas, la pronta supresión del levantamiento condujo a centrarse cada vez más en cuestiones como la dictadura, el poder y el Estado. Se tomó una posición favorable al estado-nación centralizado lo que provocó la oposición de anarquistas. Eso dio lugar a los primeros debates sobre revisionismo.
La Segunda Internacional se estableció en 1889 bajo una sombra de chovinismo nacional. Vladimir Lenin, en su trabajo La revolución proletaria y el renegado Kautksky [136], llamaría “revisionismo” a lo que se vivió durante ese período y culparía al Sozialdemokratische Partei Deutschlands (SPD: Partido Socialdemócrata de Alemania) –el partido original bajo Eduard Bernstein) de liderar este revisionismo. La Revolución de Octubre rusa reforzó de nuevo las esperanzas de que la utopía comunista pudiera hacerse realidad (logrando lo que la Comuna de París no pudo). Esta revolución resultó en acontecimientos a escala mundial. El apoyo al movimiento de liberación nacional turco-kurdo de Anatolia fue una primera contribución al éxito de la era de la liberación nacional. La tem-
prana muerte de Lenin, el período de “lucha contra el liquidacionismo”, la construcción socialista, la lucha antifascista durante la Segunda Guerra Mundial, el Pacto de Varsovia establecido en oposición a la OTAN durante la Guerra Fría, el trabajo realizado en los viajes espaciales, la competencia económica con el capitalismo y el apoyo generalizado a los movimientos de liberación nacional fueron acontecimientos clave.
La Tercera Internacional se formó en 1919, pero al igual que en la Segunda Internacional, se vivieron liquidaciones internas a causa de un bloqueo en torno a la cuestión del estado-nación. La Rusia soviética iba a ser la nueva candidata para la hegemonía e iba a tener influencia en un tercio del planeta. En última instancia, la Rusia soviética dejaría abandonados a su suerte a los movimientos socialistas de los distintos estados-nación y seguiría el mismo camino revisionista que el SPD alemán, encaminando al Partido Comunista de la Unión Soviética hacia el capitalismo. Por otro lado, las efímeras resistencias china (período bajo Mao de 1960 a 1976) y albana no consiguieron producir resultado alguno. La rápida integración de los movimientos de liberación nacional y los movimientos obreros sindicalistas en el sistema capitalista, seguido de la renuncia oficial de China al socialismo real en la década de 1980, además de Rusia y sus aliados siguiendo su ejemplo en la década de 1990, pusieron fin a la era.
Los doscientos años de experiencia (si tomamos la Revolución francesa como punto de partida) que dieron lugar a estos movimientos llamados realsocialistas nos permiten hacer una evaluación:
1) Parecían oponerse principalmente a los monopolios privados sin criticar el capitalismo de Estado, ni en términos de poder ni de monopolio de capital, lo que conducía a un análisis superficial del poder y del Estado. Estos movimientos tenían una fe profunda en su capacidad para construir el socialismo si conseguían hacerse con el control del Estado y convertirse en el poder gobernante. No se les ocurrió nada más. Incluso interpretaron la democracia como la dictadura de una de las dos clases (la burguesía o el proletariado). Hicieron un análisis muy limitado del capitalismo como resultado de su dependencia de la economía política inglesa.
2) Parecían desconocer la base clasista de la modernidad o, al menos, no veían motivo para analizarla. Y cuando lo hicieron, el resultado fue una desviación total hacia la derecha. No fueron capaces de extender el capitalismo, primer pilar de la modernidad más allá de las dicotomías patrón-trabajador, beneficio-salario, valor-plusvalía para ver que el capitalismo era un modo de acumulación que había existido desde la sociedad sumeria. No consideraron los trescientos años de capitalismo de las ciudades italianas el comienzo del sistema, sino que trataron la aparición del capitalismo en la Inglaterra y los Países Bajos del siglo XVI como una especie de comienzo de la historia. Se alabó el industrialismo, el segundo pilar de la modernidad. No se criticó su vínculo cualitativo con el capitalismo ni los posteriores inconvenientes relacionados. Al contrario, fue tratado como un salvador. Al considerar al estado-nación, el tercer pilar, como un paso adelante, dejaron la puerta entreabierta al posterior chovinismo nacional y social. En lugar del confederalismo preferían el estado-nación centralizado. Al igual que historiadores e historiadoras tradicionales de la civilización, no pudieron evitar evaluar la otra cara de la modernidad como “movimientos retrógrados, latentes bárbaros y reaccionarios que invierten las ruedas de la historia”.
3) Al aceptar ideológicamente como ciencia la forma materialista más vulgar del positivismo, cometieron un error histórico también en este campo. Trataron el socialismo que construyeron como científico del mismo modo que las revoluciones de Darwin y Newton en las áreas de la biología y la física. Su enfoque sociológico nunca fue más allá de un vulgar darwinismo. No tenían la necesidad de determinar las diferencias cualitativas de la naturaleza social; en su lugar creían que estaban sujetas a las mismas leyes naturales que la primera naturaleza, dejando la puerta abierta a un determinismo rígido. Durante la fase de desarrollo posterior, sus seguidores aprovecharon esta apertura para equiparar incluso las interpretaciones más vulgares con rígidos hechos científicos.
4) No analizaron el poder en general ni el estado-nación en particular; consideraban que el estado-nación estaba compuesto por comisiones que gestionaban los asuntos de la burguesía. La deficiencia más importante de su teoría era la incapacidad de comprender que el poder, particularmente el estado-nación, era la forma más concentrada de capitalismo monopolista. Su análisis no era más que una afirmación del estado-nación. Estaban seguros de que el socialismo se podría construir mejor con un estado-nación. No sólo eran incapaces de superar el análisis de Hegel sobre el Estado, sino que estaban seguros de que si lograban tomar el Estado podrían utilizarlo para realizar todo tipo de ajustes y establecer la libertad y la igualdad. La relación entre socialismo y democracia es una de las cuestiones mayores que abordaron más superficial e incorrectamente. Las revoluciones rusa y china se llevaron a cabo siguiendo este planteamiento. Otras aplicaciones del poder de liberación nacional y de la socialdemocracia no consiguieron producir nada diferente. Lo único que les diferenciaba del capitalismo privado era su preferencia por el capitalismo de Estado, tal como muestra su utilización del poder.
5) Su crítica de la civilización es aún más superficial e insignificante. No reconocieron que la fase de la civilización capitalista es parte de la civilización histórica, el último eslabón de la cadena principal. No sintieron la necesidad de determinar el carácter de poder que tenía la naturaleza de la histórica acumulación creciente. No pensaron en que su sistema fácilmente pudiera convertirse en un tipo similar de poder y civilización. En lugar de comprender que el poder es capital acumulado, suciedad, guerras, mentiras, fealdad y tortura, intentaron desarrollar teorías sobre cómo podría utilizarse para lograr el progreso histórico. La historia ha demostrado que sus opiniones eran insensatas y equivocadas.
6) No sentían que tuvieran la necesidad de analizar las fuerzas anticivilización que constituyen el segundo polo de la dialéctica histórica a la que parecen adscribirse. Lo que comentan sobre estas fuerzas es en general negativo. En contraste, no han dejado de elogiar el carácter progresista del colonialismo capitalista en América, Asia y África, acusando a sus oponentes de defender las antiguas sociedades. Tenía mucho que ver con sus realidades de clase burguesa y pequeñoburguesa el hecho de que no fueran capaces de ver que el polo opuesto de la civilización tenía un gran significado, tradición democrática, resistencia y libertad, y que había perseguido la igualdad y la justicia y experimentado la comunalidad. No eran capaces de verlo, porque quienes proceden de esas clases no tienen la mirada preparada para ver esas realidades.
7) Un enfoque metodológico positivista, universalista, lineal-progresivo de la naturaleza condujo a concebir el socialismo como algo inevitable y que era cuestión de tiempo. La escatología de los libros sagrados, de algún modo, se refleja en el socialismo. Se describían las sociedades como modelos que evolucionaban de modo lineal, de la sociedad primitiva a la esclavista, pasando por el feudalismo y el capitalismo, para llegar finalmente al socialismo. Aquí entra en juego una especie de fatalismo. En la raíz de estas concepciones dogmáticas, que nos afectan profundamente, estaba el fatalismo religioso y la creencia en el apocalipsis. Cuando se entendió esto, ya era demasiado tarde. Fueron incapaces de ver que la naturaleza social tiene esencialmente un carácter moral y político y que los sistemas de civilización erosionaban estos rasgos, sustituyéndolos por vulgares reglas de derecho y administración estatal. La modernidad capitalista llevó a cabo este proceso hasta una profundidad y amplitud ilimitadas, dando lugar a una crisis económica y social, así como a una crisis del poder y del Estado. No previeron que lo correcto, lo bueno y lo bello es un sistema confederal democrático que garantice por completo el carácter moral y político de la sociedad y, para ello, avance sobre la base de la política democrática. No se ha hecho un análisis de ese tipo. No fueron capaces de entender que una sociedad libre, igualitaria y democrática no podía establecerse a través de los aparatos poder y del Estado y, que, más bien, se encontraba en contradicción con esos aparatos. De este modo, no fueron capaces de crear una teoría y práctica de convivencia con la modernidad capitalista en base a una paz bien fundamentada y en base a que una parte acepte la existencia de la otra. Cuando se acepta la revolución-poder-socialismo como paradigma fundamental, no debería sorprender que solo sea posible el capitalismo de Estado.
Otra razón por la que el movimiento realsocialista derivó en capitalismo de Estado está relacionada con su base de clase. Debo volver a enfatizar que la burguesía y la pequeña burguesía, así como la burocracia que en su mayor parte procede de estas clases, no encontraron lo que esperaban en los monopolios privados, no pudieron acumular capital y, de hecho, agotaron el que tenían. Entonces, la única opción era utilizar el Estado para convertirse en un capitalista colectivo. La burguesía nacional y el capitalismo nacional no son más que esto. Adquieren así una posición muy firme como monopolio colectivo basado en el capitalismo de Estado, o, dicho de otro modo, como estado-nación. Por eso el estatismo nacional del socialismo real tiene mucho más poder que el de otros estados-nación. Esta base material también explica por qué pudieron reconciliarse fácilmente con la modernidad e integrarse en ella.
8) Los movimientos feministas, ecologistas y culturales han sido vistos como un obstáculo para la lucha de clases. Pero la extrema colonización que han sufrido las mujeres, no solo en términos de trabajo, sino también colonización de sus cuerpos y almas no se ha analizado con la suficiente seriedad. Al tratar de resolver estas cuestiones, el socialismo real no logró superar las normas de igualdad del derecho burgués. Esta mano de obra, que es a la vez la más antigua y la más nueva, así como la que queda sin remunerar con más frecuencia o, en el mejor de los casos, recibe remuneración mínima, en consonancia con la historia dominada por los hombres, no son más que objetos. Está claro que la clase que se analiza es la masculina. La ecología se abordó de modo similar. No solo no se previeron estos problemas, sino que se consideró que tenían un efecto negativo en el conjunto de la lucha de clases. Los movimientos culturales, por su parte, se consideraron el renacimiento de algo antiguo y, por tanto, como algo más que perturbaba la lucha de clases. El resultado final fue una ideología de clase abstracta y desvinculada de toda possible alianza y asfixiada por el economicismo.
9) La división de clases no se consideraba un desarrollo negativo en términos morales y políticos. En lugar de ello, se evaluaba como positivo, progresista y necesario para la libertad, una etapa inevitable. No se comprendió que aceptar la división de clases era estar objetivamente al servicio del poder y de las clases estatales. La esclavitud, la servidumbre y ser proletariado se interpretaron como el precio a pagar por el progreso histórico y quedar libres de la naturaleza. Sin embargo, podemos afirmar que, por el contrario, las tres divisiones de clase son esencialmente lo mismo y no tiene nada que ver con el progreso y la libertad. La sociedad moral y política convive con esta división de clases y debemos librar una lucha moral, política e intelectual contra la división.
No podemos decir que los actuales sucesores de los doscientos años del movimiento realsocialista hayan pasado por una transformación radical, por mucho que haya habido una limitada autocrítica. Sin embargo, están pasando por una gran crisis de confianza y se han debilitado. Aun así, es un movimiento que tiene un lugar en la historia y aunque fuera incapaz de superar el sistema capitalista, lo puso en jaque. Desempeñó un papel simultáneamente positivo y negativo para llegar a donde nos encontramos ahora. Su crisis es parte de la crisis estructural del sistema. Sin embargo, es importante reconocer el socialismo real como la fase que más ha influido en quienes se oponían al sistema y, considerando las lecciones de su legado, sería el enfoque adecuado verlo como parte de la construcción de la modernidad democrática y, en consecuencia, relacionarse con él y formar alianzas desde esa perspectiva.
NOTAS:
[134] Marx, Karl, and Friedrich Engels. 2016. «Manifiesto del Partido Comunista». En Obras Escogidas, 1. Vol. 1. Akal.
[135] Pequeño edificio cúbico situado en el patio de la Mezquita Mayor de La Meca que contiene una piedra negra sagrada. La Meca es considerada por musulmanes la Casa de Dios y el objetivo de sus peregrinaciones.
[136] Lenin, Vladimir Ilich. 1918. «La Revolución Proletaria y El Renegado Kautsky». Kommunist.
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- Twitteando un Resumen del Libro «Hay Alternativas»
Twitteando un Resumen del Libro «Hay Alternativas»

BlogSOStenible ha twitteado algunas ideas clave del libro «Hay Alternativas: Propuestas para crear empleo y bienestar social en España» (gratuito en PDF en muchos sitios de Internet), de los economistas @VicencNavarro, @juantorreslopez y @agarzon (bajo el hashtag #HayAlternativas). Aquí exponemos algunos de los tweets para reflexionar, con unas notas de nuestra cosecha (entre paréntesis ponemos la página del libro, para el que quiera ampliar información). Si quieres seguirnos en twitter, somos @BlogSOStenible:
Causas de la Crisis Mundial, y el caso de España:
- Las agencias no dudaron en calificar como de gran calidad financiera la basura hipotecaria. Y muchos bancos picaron (23).
- No tiene sentido dar dinero para salvar bancos sin modificar las reglas que han generado esta #crisis (19).
- Hoy día es imposible que un empresario pueda aguantar sin financiación ajena (25, 141). NOTA: Lo curioso de esa afirmación es que eso no es
#Sostenible. ¿Hay solución? O sea, ¿Podremos conseguir que las empresas funcionen sin contraer deudas? Si el endeudamiento es necesario, vamos mal, y estos autores afirman que eso es “lo principal” (pág. 63). Otra cosa son los microcréditos, pequeños y para NECESIDADES concretas (necesidades, no caprichos concretos). - Hay que ser muy ingenuo para creer que esta crisis sólo ha sido un desajuste financiero (192).
- Los especuladores cambiaron de hipotecas a energía y alimentos, y miles de personas murieron (26). NOTA: Ya lo dijimos al hablar de la crisis alimentaria y de sus causas.
- ¿Cómo pudieron estafar los bancos a tanta gente sin que los bancos centrales lo evitaran? (26).
- Tres claves: Las finanzas (bancos, especuladores…) han ganado poder, se han tomado medidas para que los especuladores ganen más, y la desigualdad creciente ha sido importante en la gestación de la crisis (27).
- Paraísos fiscales: No controlan las operaciones de los bancos ni empresas. Mueven dinero negro que ocultan al Fisco (29, 154).
- Las nuevas tecnologías reducen la cantidad de trabajo, lo que genera paro y reducción salarial (31). NOTA: La solución es simple: repartir mejor el trabajo existente, o sea reducir la jornada laboral, lo cual tiene principalmente consecuencias globales muy positivas.
- Individualismo, fragmentación social, paro, y endeudamiento son causas de sumisión y de desmovilización política (32).
- El dinero ha dejado de ser un instrumento al servicio de la producción de bienes y servicios que puedan satisfacer las necesidades humanas para convertirse en un fin en sí mismo y en una simple fuente de poder (35).
- El endeudamiento privado en España no se debe a que se haya vivido por encima de las posibilidades, sino a que los salarios han estado por debajo de las necesidades (49). NOTA: Es difícil estar de acuerdo con eso, pues se debe vivir de una forma conforme a la realidad de los ingresos, como enseña la Naturaleza: Una planta no crece hasta que dispone de todos los elementos necesarios para ello. Con otros argumentos, el archiconocido vídeo de Españistán nos da la razón y sugiere lo contrario que estos autores.
- El modelo productivo español produce grandes daños medioambientales, despilfarra recursos naturales, y genera caros residuos.
- Tanto gobiernos del PP, como del PSOE han aplicado medidas legales y fiscales que favorecieron la burbuja y la especulación inmobiliaria: La Ley del suelo del PP fue el culmen de estas nefastas políticas.
Agenda para una Economía más justa y eficiente, con empleo decente, sin déficit social y… ¿subir o bajar los salarios?:
- Esta crisis es el resultado de defectos muy profundos, arraigados y extendidos en la economía y la sociedad capitalistas: Hay que refundar el capitalismo y moralizarlo, como dijo Sarkozy (Presidente de Francia) (61).
- Paraísos fiscales: La mayoría de los bancos y las grandes empresas los usan para facilitar la evasión fiscal y los delitos económicos a sus clientes (62), u otros negocios como el tráfico de armas, de drogas, o de personas (67).
- El 0.16% de la población mundial se apropia ya del 66% de los ingresos mundiales: El FMI reconoce que la crisis y sus medidas han aumentado la desigualdad (64). Causa última de la crisis: el impresionante incremento de la desigualdad (65).
- Medidas para evitar los Crímenes Económicos contra la Humanidad: 1. Control de los movimientos de capital que sólo persiguen fines especulativos. 2. Establecimiento de impuestos sobre movimientos especulativos (Tasa Tobin, Robin Hood, o TTF). 3. Prohibición de los derivados de incumplimiento crediticio (Credit Default Swaps, CDS) que son armas financieras de destrucción masiva (son como seguros pero… ¡sobre algo que no es propiedad del asegurado!). 4. Control de los mercados de derivados y los hedge funds. 5. Poner fin al privilegio de la banca privada de crear dinero, y obtener beneficio y poder cada vez que concede un préstamo.
- La causa más inmediata de la crisis es la falta de financiación a empresas y consumidores, por lo que si no se garantiza que vuelva a fluir será imposible salir de la crisis (73). NOTA: En esto tampoco podemos estar de acuerdo con estos autores, por estas razones:
- ¿Acaso no es una causa de la crisis la excesiva deuda privada? (especialmente a gente poco fiable, NINJAs, No Income, No Job, No Asset).
- El sector público no debe endeudarse demasiado: Debe existir un límite claro y no excesivo, para no dejar excesiva deuda a las siguientes generaciones (de políticos, también). El déficit cero es básico para la sostenibilidad.
- La economía no puede depender del endeudamiento: Aceptamos que el consumo es un motor de la economía, pero no debe ser un motor del crecimiento, porque «crecimiento sin fijar un límite sensato» es equivalente a «insostenibilidad».
- Todo debe caminar a fomentar el consumo responsable.
- Si una economía quiere «crecer», debe decir siempre «hasta dónde».
- Debemos empezar a sostener la actividad económica en otro tipo de actividades con un uso diferente, más equitativo, racional y sostenible de los recursos materiales, humanos y naturales (74).
- Es imposible que España vuelva recobrar los niveles de crecimiento y empleo basándose en actividades vinculadas a la construcción, o infraestructuras antieconómicas como los trenes de alta velocidad, más autovías, o transportes de metro en algunas ciudades, concebidos para dar beneficio a sus constructores (74).
- Es imprescindible orientar los recursos a la generación de otro tipo de actividades: energías renovables, nuevas tecnologías, cultura, ocio, reciclaje y medio ambiente, agricultura, servicios sociales: Cambiar es difícil, pero continuar por el mismo camino es sencillamente suicida (75).
- Reducir la desigualdad no es sólo una cuestión de deseo moral, sino también la forma de hacer que las economías funcionen mejor: Ingresos más repartidos, destinados principalmente a bienes y servicios, que ocasiona más ventas y más beneficios para las empresas (78). La única forma de salir con certeza de la crisis y de evitar otras más graves es combatir la desigualdad en todas sus manifestaciones (79). NOTA: Para ello es importante, disculpad la insistencia, reducir la jornada laboral, y fomentar el trabajo a tiempo parcial.
- Hay grupos de interés muy poderosos a quienes no les interesa que haya pleno empleo, lo cual es el problema social más grave (83). Alto desempleo implica salarios más bajos y gente que aceptará cualesquiera condiciones laborales (84). Reducir los salarios no genera empleo (85), como demostró John M. Keynes pues para él dependerá de una suficiente demanda de bienes y servicios (88-89). Tampoco genera empleo tener normas de contratación flexibles como piden algunos empresarios, sino que influyen más las condiciones macroeconómicas: tipos de interés, capacidad de compra de los productos… (90). Alemania ha disminuido mucho su PIB por la crisis, pero no ha generado mucho desempleo (91-92), pues se han reducido las horas de trabajo en lugar de reducir el número de trabajadores. Si lo que queremos de verdad es proteger el empleo a donde tenemos que apuntar es a reducir la jornada de trabajo (95).
- España: Los ricos y poderosos pagan el 20% de los impuestos que en Suecia, y es uno de los paises de la UE-15 con menor sector público (93).
- No es verdad que lo que haya que hacer para crear empleo sea liberalizar aún más los mercados y las relaciones laborales (97).
- El trabajo no puede ser únicamente para ganar dinero para realizarnos a través del consumo, sino que su importancia es tal que se debe crear trabajo que permita desarrollar la creatividad y la capacidad de goce (102).
- Los economistas neoliberales usan la crisis para reducir el gasto público y en particular el destinado a servicios sociales e infraestructuras de bienestar social. NOTA: Recortar gasto es necesario siempre que se tengan deudas, pues lo que no es sensato ni sostenible es gastar lo que no se tiene. Eso no tiene que implicar recortes drásticos en lo social, pues hay otras partidas de gasto menos necesarias, como los gastos extravagantes.
- España está a la cola de la Europa social. El estado del Bienestar contribuye a la eficiencia económica, educando, asegurando trabajo estimulante, ofreciendo seguridad y protección social que garantiza la cohesión social. El desempleo, el miedo, la inseguridad… nunca motivan a la población. La seguridad, la cooperación y la solidaridad sí (104-105).
- La burbuja inmobiliaria, que tanto daño ha hecho a la economía española: El precio de las viviendas crecio un 106% desde que se estableció el euro, en 1999, hasta el 2007, mientras que los salarios nominales crecieron sólo un 8% (113).
- Permitir la integración de las mujeres al mercado de trabajo es una inversión mejor que invertir en el AVE (118).
- El salario es a nivel microeconómico un coste, pero a nivel macroeconómico es también un componente fundamental de la demanda, i.e., de la capacidad de consumo. En crisis ocurre este círculo vicioso: Bajan los salarios y hay despidos, lo que provoca menos consumo, que provoca menos ventas, que provoca menores salarios y más despidos. Soluciones: planes de estímulo público para proporcionar empleo, aumentar el salario mínimo, mejorar las prestaciones por desempleo. NOTA: En otra entrada ya vimos que reducir los salarios junto con el tiempo de trabajo puede ser muy estimulante para la economía y la sociedad.
- La productividad depende de los salarios, pero también de los horarios, el ambiente laboral, el transporte al trabajo, compatibilidad con la vida personal, de la participación de trabajadores en las decisiones estratégicas de la empresa, de la calidad e innovacción… Trabajadores desmotivados son trabajadores que no producirán tanto como los que están motivados y felices en su trabajo (124 y 132). Es imposible que todos los países sean competitivos a la vez, por lo que más que competir hay que colaborar (131). NOTA: Hay que conseguir una economía en la que todos ganen o, al menos, todos puedan ganar: No podemos permitir que nuestro sistema de producción sobreexplote ni la Naturaleza, ni a otros seres humanos.
- España es el país en el que existe mayor diferencia entre los salarios altos y la media salarial. Los políticos conservadores y neoliberales dicen que subir el salario mínimo destruye empleo pero los datos muestran lo contrario: Los países con menor salario mínimo tienen más desempleo. Subir el salario mínimo sirve de estímulo a la demanda, la producción y el empleo (134).
- Ha de impedirse que empresas con beneficios disminuyan sus plantillas, y cualquier ventaja fiscal debe estar condicionada a la creación de empleo (136).
- El crecimiento económico es el resultado de que aumente no sólo la inversión sino también el consumo, el gasto público y el saldo del comercio exterior. Y, por tanto, se puede generar crecimiento económico mediante el estímulo del consumo que favorecen los salarios más elevados. Bhaduri y Marglin han determinado que en la mayoría de las economías europeas (incluida Europa entera y España) lo mejor para aumentar el crecimiento económico es subir los salarios (139). NOTA: ¡Uf! Otra vez la palabra maldita de «crecimiento». No hace falta ser economista, ni biólogo, ni matemático, ni muy listo para entender que no es posible que NADA mantenga un crecimiento de forma indefinida. Por tanto, les exigimos a los políticos que cada vez que hablen de crecer, que digan hasta dónde pretenden crecer. O ponemos nosotros el limite, o lo pondrá la Naturaleza, con la misma piedad con la que la tratamos. ¿Te imaginas qué pasaría si un hámster no detuviera su crecimiento? Por eso ahora se habla de decrecimiento. En otras páginas del libro los autores se muestran más críticos con el crecimiento (pág. 198).
- No podemos confiar en la banca privada, ni en el sistema financiero sin reglas, con plena libertad de movimiento de capitales para especular y ganar mucho sin beneficiar a la economía (144). Nada de eso lo han impedido ni el FMI ni el Banco Mundial. Los bancos han estafado y engañado con impunidad a muchos de sus clientes (145). NOTA: Ya lo dijo Toni Comín, y también proponía la Tasa Tobin.
- La base de los problemas que ha creado la banca privada se encuentra en el privilegio que tiene de crear dinero bancario cuando concede préstamos (148). Se debe elaborar una ley de ética bancaria que imponga transparencia y buen uso de los fondos, e impida que los bancos sean instrumentos del fraude y evasión fiscal (149).
- Hay que someter al Banco Central Europeo a los poderes representativos y vincular su función a la consecución del pleno empleo y la satisfacción plena e integral de las necesidades humanas, y no al servicio de poderosos grupos financieros (149). El BCE debería estar comprometido con la sostenibilidad económica y ambiental, la igualdad… y tendría que rendir cuentas al Parlamento Europeo (176).
- Lo que se supone que debemos hacer es aumentar el gasto y también los ingresos (152). NOTA: En esto tampoco estamos de acuerdo con estos autores. Podría ser bueno aumentar el gasto en lo social, pero no de modo general. De modo general hay que reducir el gasto público, y sobretodo si no se tiene dinero, y más en gastos absurdos (senado, autopistas, AVE, escudo antimisiles…).
- Hay inversiones que tienen un necesario horizonte a largo plazo y que lo lógico es que se financien con deuda (152). NOTA: ¿Es eso lo lógico? Lo lógico es nunca tener una deuda excesiva. Si para invertir en lo social tenemos que endeudarnos mucho, vamos muy mal. Insistimos: Hay que gastar lo que se tiene (déficit cero), salvo excepciones.
- Premios Nobel de Economía como Joseph Stiglitz, o Paul Krugman se oponen a los planes de austeridad, indicando que dirigen las economías hacia el desastre (153). NOTA: Eso requiere puntualizar, ya que ¿será mejor un plan de derroche? Austeridad es gastar en lo importante, y no gastar en lo superfluo.
- Los rescates a los Estados de la UE sólo benefician a los bancos: Es una transferencia de dinero público a manos privadas (a los bancos que tienen deuda pública) (157). NOTA: Es absurdo un Estado que pida deuda diariamente.
Otra Europa, otro mundo… y una economía al servicio de las personas y en armonía con la Naturaleza:
- Hemos creado una economía internacional en la que los estándares de protección laboral, de salarios, protección ambiental son cada vez más reducidos, sometiendo los intereses sociales a los empresariales, y si las empresas no están conformes con las condiciones de un país (impuestos, normas laborales o ambientales) pueden deslocalizarse, irse a otro país con normas menos exigentes. A veces, basta con amenazar con irse para que los países cambien normas o apliquen subvenciones (169).
- Las cosas se pueden hacer de otro modo: Es un evidente fracaso de las políticas neoliberales que mueran de hambre entre 30.000 y 35.000 personas todos los días, y unos 2.700 millones de personas carecen de acceso a agua limpia, por lo que mueren diariamente 5.500 personas (170). NOTA: Es innegable que lo estamos haciendo mal. Por tanto lo que está claro es que es urgente un cambio en las políticas internacionales… ¿te sumas?
- La actual Europa se ha construido atendiendo únicamente a los aspectos financiero y monetario, y dejando de lado el resto de ámbitos económicos (172). NOTA: Y también biológicos, creo que diría el bio-economista Georgescu-Roegen.
- Los autores de este libro se quejan de que el tratado de Maastrich obligaba a los Estados a no tener un déficit público mayor del 3% del PIB y una deuda púbica inferior al 60% del PIB, lo que significó (según ellos) un freno al crecimiento económico y a la producción de empleo (172, y en la pág. 177 vuelven a quejarse del poco crecimiento económico que permite la globalización financiera). NOTA: Frenar el crecimiento económico es bueno en un mundo claramente superpoblado y sobreexplotado en sus recursos naturales. ¿Cómo podemos frenar el crecimiento económico y la sobreexplotación, produciendo más empleo? Sólo se me ocurre una alternativa: Repartir el empleo, i.e., reducir la jornada laboral, lo cual tiene otras ventajas añadidas.
- El modelo de crecimiento europeo tiene que ser de una naturaleza muy distinta: crecimiento cooperativo y coordinado, en donde la inversión pública y privada esté basada en las nuevas tecnologías y, en concreto, en las energías renovables y la investigación, en el respeto al medio ambiente y en la promoción de formas alternativas de producir y consumir (179). No puede seguirse el modelo capitalista de producir y consumir como si se dispusieran de recursos inagotables (196). NOTA: Hay que tender a la economía estable, sin crecimiento, pero tal vez se requiera una fase de decrecimiento en los países ricos. Como decía Joan Melé en una extraordinaria conferencia, los humanos primero crecemos físicamente, y luego hay que madurar pero ya sin crecimiento.
- Si no se impone la cooperación, la armonía y el reparto equitativo de la riqueza, si no se admite que quien debe gobernar Europa es la ciudadanía mediante sus representantes y no los grupos de presión y los poderes financieros, no quedará más remedio que reclamar la salida del euro (181). NOTA: Más democracia, como pedía el Nobel de Economía A.K. Sen.
- Entre Europa y Estados Unidos se han gastado más de 15 billones de dólares para hacer frente a la crisis ayudando a las empresas y a los bancos que las habían provocado y, sin embargo, no se puede decir que con ello se hayan solucionado los problemas porque se requieren reformas profundas además de dinero (182).
- Hay que democratizar los organismos internacionales: Banco Mundial, ONU, FMI… (183), y sin derecho a veto. La ONU debería tener entonces poder para decisiones en materia económica. Y para ser miembro los países deberían respetar los Derechos Humanos (209). NOTA: Tal y como dijo Toni Comín.
- La deuda de Estados Unidos es gigantesca y sólo se hace frente emitiendo más dólares (más papelitos), y esto les funciona porque China está comprando la deuda estadounidense a cambio de vender sus productos. Y eso sólo funciona porque China está acumulando esos dólares, de modo que antes o después va a obligar a que se modifique el estatus mundial. NOTA: China también tiene deuda española… está comprando el mundo, como impone el modelo parasitario chino de expansión económica.
- Defender el libre comercio es injusto, mientras los países ricos subvencionen sus productos (186-187). Por ejemplo: En la UE es donde es más caro producir azúcar, pero gracias a las subvenciones es la primera potencia exportadora mundial, y causa del empobrecimiento de millones de personas. El libre comercio que defienden los neoliberales es un simple engaño que no se da en ninguna parte y que sirve de excusa para que sólo se protejan los ricos. Frente a eso hay que reclamar un mecanismo de cooperación (comercio justo).
- Se ha dado prioridad al lucro antes que a las necesidades humanas y se ha permitido que se especule con el precio de los alimentos, produciendo la muerte de millones de personas.
- En España hay 100 viviendas vacías por cada persona sin hogar. NOTA: Es evidente que en España se ha construido mal y demasiado, pero se puede sacar partido de eso… ¿Se podría expropiar una vivienda después de estar vacía más de 3 años, y tras avisar 3 veces, por ejemplo?
- Como nada que no tenga expresión monetaria se registra al valorar la actividad económica, no cuentan la destrucción del medio ambiente, ni el despilfarro de residuos que no se usan pero que gastan energía y recursos naturales, ni la desaparición de especies, ni la belleza de un paisaje, por ejemplo. El PIB (Producto Interior Bruto) que usan los economistas permite hacer cuentas que son extraordinariamente engañosas porque incentivan la producción y el consumo en cantidades que no es posible soportar en la naturaleza (197). Si ello se hiciera, dejaría de ser rentable la construcción de docenas de campos de golf, trenes de alta velocidad, autopistas o muchas urbanizaciones. Hay que ver la Naturaleza como un espacio que tenemos prestado y que tenemos que devolver en las mismas condiciones (199). NOTA: El uso del PIB ha sido ya muy criticado por muchos economistas, y por este mismo blog, y fue identificado como uno de los problemas más serios de la humanidad que deberían tratarse el la cumbre mundial sobre Sostenibilidad Río+20.
- Si calculamos el agua que gastamos directamente y la que ha sido necesaria para producir lo que consumimos, a cada persona le corresponde entre 2.000 y 5.000 litros de agua por día de media. Sólo comerse una hamburguesa conlleva gastar 2.400 litros de agua (más gasolina, abonos…) (197). NOTA: De ahí que Araújo, entre otros, dijera que el vegetarianismo es una de las mejores defensas ambientales.
- Los alimentos que comemos conllevan un transporte por termino medio de 4.000 kilómetros. Para satisfacer el nivel de producción y consumo de España necesitaríamos 3,5 Españas. Estamos colonizando ambientalmente otras superficies del planeta. Hay que dar prioridad al incremento de la producción local, a la ecológica y a la ahorradora en energía, transporte y materiales (198). NOTA: Véase el Informe Planeta Vivo de WWF.
- Las alternativas a la crisis pasan por romper este cascarón de fantasía consumista y de individualidad en el que están encerrados millones de personas. NOTA: Esta es una tarea importante de las ONGs, como conciencia de la sociedad.
- El sistema electoral español está diseñado para perjudicar a los partidos minoritarios. Es importante que cada persona tenga la misma capacidad de decisión, con independencia de cuál sea su lugar de votación, y efectuar referendos vinculantes. Democracia no es sólo votar cada cuatro años. La supervisión de los gobernantes por los gobernados exige la posibilidad de retirar una decisión o a un representante según el deseo del electorado (206). NOTA: También es evidente que hay demasiados políticos en España, pues por lo menos sobra el inútil senado, las diputaciones y la mitad de los diputados autonómicos, además de reducciones serias en los ayuntamientos.
Propuestas concretas: Al final del libro los autores proponen 115 propuestas, de las que destacamos sólo éstas, además de las ya expuestas más arriba.
- Prohibir los productos financieros especulativos, el secreto bancario, y los paraísos fiscales. Controlar los movimientos especulativos de capital. Prevenir y controlar el fraude fiscal, y gravar más las grandes riquezas. NOTA: Se podría empezar por los paraísos de la UE, tales como Gibraltar, así como peticiones concretas a otros como Suiza. En España hay unos típicos actos de fraude fiscal, algunos de ellos permitidos por los ciudadanos, y por las autoridades.
- Impuestos sobre transacciones financieras en función del grado de utilidad social de la transacción (Tasa Tobin, Robin Hood, o TTF). Limitación de remuneraciones a directivos y brokers.
- Ayuda oficial al desarrollo, del 0,7%, destinada al presupuesto de la ONU.
- Reducción del gasto militar el 20% en todos los países, también para la ONU.
- Impuestos sobre la emisión de gases contaminantes, para los presupuestos de la ONU.
- Plan urgente para los ocho objetivos del milenio.
- Desaparición de barreras al comercio en los países pobres, y de subvenciones a sectores de los países ricos. NOTA: Esto puede implicar más paro en algunos sectores, pero también ahorro de dinero para fomentar empleo en otros sectores, y más justicia con los países pobres.
- Obligar a las multinacionales a cumplir un código de responsabilidad en las condiciones laborales, sanitarias y humanas. NOTA: También ambientales, y todo ello cumpliendo, al menos, la legislación del país de origen de la multinacional (y donde vayan sus principales beneficios).
- Creación de una agencia pública de calificación.
- Fomentar la producción local, menos contaminante, y la que menos residuos genere y requiera menos gasto energético, así como la agricultura ecológica, y el transporte público eficiente (el AVE es caro, ineficiente y de gran impacto ambiental).
- Depurar responsabilidades de los causantes de la crisis (dos premios Nobel de economía han pedido que los banqueros vayan a la cárcel), y de las autoridades la permitir la burbuja inmobiliaria.
- Incrementar el gasto social en España para converjer al gasto promedio de la UE-15, en cinco años.
- Creación de una banca ética pública, que asegure que sus inversiones financieras sean socialmente responsables.
- Promover cooperativas de agricultores y en otros sectores, para eliminar el peso de los intermediarios (que elevan el precio excesivamente, sin aportar apenas beneficios a la sociedad). Acercar los lugares de consumo y producción, ayudando al pequeño comercio frente a los centros comerciales.
- Subir el salario mínimo, para equipararse a los países europeos de similar PIB.
- Prohibición de los despidos en empresas con beneficios.
- Repartir el trabajo disminuyendo la jornada laboral (y obtener sus ventajas), y eliminar el retraso de la jubilación de los 65 a los 67 años.
- Mejorar la igualdad entre hombres y mujeres, y la conciliación entre la vida personal y laboral. Los permisos de maternidad/paternidad deben ser obligatorios para ambos.
- Plan de austeridad pública que respete los derechos laborales y sociales.
- Velar por la pluralidad en los medios de comunicación. NOTA: Y debería ponerse límite a la publicidad en cantidad y en calidad, incluso poner una tasa a los productos menos respetuosos con la sociedad y el medio ambiente.
- Control exhaustivo de la clase política, aplicando nuevas tecnologías y procesos de transparencia. Instaurar una ley de transparencia en la financiación de los partidos políticos, controlando la salida y entrada de cargos políticos en cargos en la empresa privada.
- Mejorar la democracia: referendos vinculantes, evaluar el grado de cumplimiento de los programas electorales, que el voto de cada persona valga lo mismo.
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- Guerra civil global y el nuevo reparto del mundo: A propósito de Venezuela y Estados Unidos
Guerra civil global y el nuevo reparto del mundo: A propósito de Venezuela y Estados Unidos
Guerra civil global y el nuevo reparto del mundo: A propósito de Venezuela y Estados Unidos.

Por: Colapso y Desvío.
Se está hablando mucho de que nos encontramos en el principio de una nueva era, y aquella idea no es del todo errónea. Sin embargo, hoy no ha comenzado, como algunos se han atrevido a sugerir[1]. Estamos presenciando el fortalecimiento de las formas necropolíticas de operar de parte de las principales potencias del planeta. La intervención en Venezuela, (denominada Operation Absolute Resolve), es un importante paso en un proceso de reestructuración global, que toma forma a partir de la mitigación y sometimiento de las revueltas en el anterior ciclo de lucha (2019-2022), pero insistimos no es del todo novedoso, se trata de una misma tendencia a la barbarie civilizatoria que tiene como hitos anteriores los bombardeos israelíes en Medio Oriente y la guerra en Ucrania.
Las abstracciones sobre las que se sostiene la democracia-liberal de occidente se terminan de derrumbar al son de los bombardeos, ocupaciones territoriales y persecución política. La soberanía nacional, el derecho internacional y la separación de poderes se demuestran despreciables para el actual estadio del desarrollo capitalista. La casi ridícula pero consciente falta de diplomacia de Donald Trump, demuestra aquello. Y es que hoy al capitalismo ya no le importan las apariencias, el orden democrático rompe con sus ropajes ideológicos, y se muestra tal cual siempre fue como la persistencia de una violencia fundacional. La democracia fue impuesta en nuestro continente a base de plomo, saqueos y desapariciones forzadas, hoy con Venezuela lo volvemos a recordar.
Pero para entender en plenitud los sucesos que más han repercutido en el mundo los últimos 5-6 años debemos de entender el presente como parte de un proceso contrarrevolucionario de carácter global, donde, la guerra, en sus diversas modalidades, se extiende a todas partes[2]. Ninguna nación está por fuera de este proceso, sino que, más bien, la guerra atraviesa a estas de manera generalizada aunque desigual. Si no es por medio de la clásica guerra entre Estados-naciones, lo es como guerra contra la población, contra el «narcotráfico», contra la «inmigración descontrolada», como guerra arancelaria, guerra contra el dispositivo-enemigo-de-turno y como Genocidio. Lo que está sucediendo en estos momentos en Venezuela se encapsula en este proceso de guerra civil global, producto de la actual fase de descomposición del capitalismo que moviliza a las distintas facciones de la burguesía internacional a una desesperada carrera por la supervivencia del modelo capitalista a cambio de cientos de miles de vidas. La guerra civil global, como forma perfeccionada de las más diversas modalidades bélicas de antaño, surge como respuesta a las necesidades históricas del capitalismo para asegurar los prerrequisitos mínimos para su reproducción.
“Por eso nuestra era no es otra que la era de la guerra civil global. Nunca se trató de Hamas o Hezbollah, siempre se trató de nosotros. Somos nosotros, como población, quienes somos el objetivo principal de la agresión bélica; somos nosotros quienes, por cualquier razón y bajo cualquier circunstancia, podemos ser considerados indeseables y aniquilados, como es el caso hoy con Palestina y Líbano.”[3]
La reorganización geopolítica del mundo.
Trump como la actual personificación de la lógica suicida del capital ha sido el mayor promotor de este contexto a nivel mundial. Él, al igual que sus símiles en la región (Milei, Kast, Bolsonaro, Bukele, Noboa), no sólo son conscientes de la crisis estructural del capital, sino que la instrumentalizan y la vuelven el motor de su política, a la vez que justificación de esta misma. La disputa por los recursos naturales entre las mayores potencias del mundo tiene menos que ver con una “nueva guerra fría” que con un nuevo reparto del mundo entre China, Rusia, EEUU e Israel: un Tratado de Tordesillas[4] para el siglo XXI.
Hace seis siglos atrás, el objetivo de este tratado fue evitar los conflictos directos entre las principales potencias del mundo, al mismo tiempo que la legitimación del proyecto colonial español y portugués en el Sur global. Actualmente, tanto China y Rusia, como EE.UU reconocen el peligro que generan para la hegemonía regional del otro, la sola posibilidad de negociación entre estas potencias parte con que se acepte no intervenir directamente sobre sus respectivas zonas de control. Tal situación hace poco posible, que ocurra una guerra que los enfrente directamente. Pero, esto no se trata de una situación ideal que genere un equilibrio perfecto entre las principales economías del planeta. Así como la ausencia de un conflicto directo entre España y Portugal se tradujo en siglos de genocidio sobre la población nativa, este nuevo reparto generará nuevas zonas de conflicto e intensificará las ya activas.
La situación de las principales economías de Europa y Asia (sin contar a China) y las potencias emergentes, como India, Irán, Arabia Saudita es radicalmente diferente. La relación entre Estados Unidos y el viejo continente ha sido más que tensa, el intento de controlar Groenlandia por parte de Estados Unidos es el ejemplo más reciente de aquello. Europa ha sido dejado atrás en las conversaciones sobre Ucrania y sobre Palestina, actualmente Estados Unidos no reconoce su autoridad, lo que le permite a Trump reunirse con Xi Jinping y Putin cuando desee. Mientras que este nuevo reparto del mundo significará para China, Rusia y Estado Unidos la seguridad de que sus respectivas zonas no serán tocadas, —permitiéndoles profundizar en el control sobre sus territorios—, para el resto de las principales economías esto significa un peligro para sus respectivos intereses que no pueden ser ya asegurados por medio de la diplomacia y el derecho internacional. El rearmamiento europeo tiene que ver con esta situación de incertidumbre donde la amenaza de Rusia sobre el continente se extiende en un momento en que los países de Europa ya no cuentan con el apoyo irrestricto de Estados Unidos[5]. En sintonía con esto el intento fallido de golpe de Estado en Burkina Faso, a escasas horas de lo sucedido en Venezuela, no es de extrañar. Europa quiere reclamar su parte en el reparto y tendrá que hacerlo por los mismos medios por los que Estados Unidos actúa.
Mientras tanto, los intereses estadounidenses en el petróleo venezolano y la posición estratégica que ocupa el territorio venezolano para el control de la región parecen estar asegurados tras la intervención militar en Caracas, que resultó en el secuestro de Nicolás Maduro y en el aparente control sobre el gobierno de Delcy Rodríguez, a quién tiene amenazada con pagar un precio mayor que el de Maduro de no cumplir con las exigencias de Washington[6]. Por otro lado, las disputas territoriales por Groenlandia y con México puede que se desarrollen de una manera similar: con el control de Estados Unidos sobre sus recursos naturales, sus territorios y rutas comerciales, por medio de amenazas de intervención militar y guerra arancelaria. La vieja Doctrina Monroe se actualiza para brindar a las actuales modalidades de fascismo estadounidense su fundamento político.
Tras la intervención en Venezuela, Trump no tardó en extender la amenaza al gobierno de Cuba, Colombia y México, lo que se suma a las realizadas anteriormente a Lula en Brasil. La demostración de fuerza de Estados Unidos fue increíblemente efectiva en mostrar lo que puede sucederle a cualquier país de la región. Colombia, Chile y Brasil, algunos de los primeros países en reaccionar, son más que conscientes de que esta amenaza no sólo se traduce en la forma de un enfrentamiento directo con Estados Unidos, sino en la profundización de una crisis humanitaria que generará nuevas olas migratorias, con la que estos países ya no son capaces de dar abasto[7].
El control del hemisferio occidental, —pero sobre todo en el continente americano—, sumada a un estricto régimen de austeridad y empeoramiento general de las condiciones de vida del proletariado estadounidenses, aparecen como la estrategia de seguridad nacional para enfrentar parcialmente los efectos de la crisis estructural del capital, aunque sin terminar por superarla, sí permite continuar con el lujoso y desenfrenado estilo de vida de la gran burguesía yankee. El imperio estadounidense de cara al exterior vuelve a revitalizarse por medio de la guerra y el expansionismo neocolonial. Por su parte, parece ser que ni Rusia, ni China harán nada por Venezuela, del mismo modo que Trump no actuaría frente a una expansión de China en Taiwán y el Tíbet, ni de Rusia en Ucrania. Las líneas del reparto parecen estar ya trazadas, y cada potencia ya comienza a ordenar su patio trasero.
Internacionalismo y antiimperialismo.
Frente a esto, el relato de la multipolaridad y las esperanzas de los “soberanistas” locales puestas en las economías emergentes (BRICS) que rivalizan con el imperio estadounidense no parecen tener ni pies ni cabeza. Tanto Rusia como China se sentarán felizmente a llegar a acuerdos con Estados Unidos[8], como ya hemos presenciado en el último tiempo, del mismo modo que los países de Medio Oriente se sientan con Trump para discutir la situación de Palestina. Por otra parte, las declaraciones de Trump y Marco Rubio acerca de Delcy Rodríguez, la recién asumida presidenta interina de Venezuela, hacen pensar en una salida pactada entre las facciones burguesas del chavismo y el gobierno de Estados Unidos[9].
La oposición al imperialismo, en particular a su actual forma no puede asimilarse en un apoyo pragmático al polo imperialista opuesto, reducir el imperialismo a una cuestión entre naciones “buenas” y “malas” borra los conflictos sociales que ocurren en su interior, construyendo una fantasía del Estado-nación, donde la noción interclasista del “pueblo” florece disociada de las relaciones de clase, raza y género que lo determinan. Así, el rechazo a Rusia se convierte en el apoyo al gobierno ucraniano y a la OTAN, del mismo modo el rechazo a Estados Unidos lo hace en apoyo a las burguesías nacionales de la mal llamada revolución bolivariana[10]. La defensa del proletariado venezolano no puede ser igualada a una defensa del gobierno responsable en empeorar las condiciones de vida de este, ni tampoco una perspectiva comunista puede provenir de la defensa de las categorías básicas del capital, es decir, la patria, el valor, el Estado y los roles de género.
– La situación actual de Venezuela es una demostración del fracaso de los gobiernos del “socialismo del siglo XXI” en administrar con éxito la crisis capitalista. Lo que pasa es que el Capital y su crisis son ingobernables: es el Capital el que gobierna a la sociedad y por ende al Estado, no al revés. Creer lo contrario es iluso, mientras que pretender realizarlo es reformista[11].
Sin embargo, la respuesta no es tan fácil como hacer un llamado simbólico al internacionalismo proletario. La incapacidad del régimen para asegurar las condiciones mínimas de reproducción de la fuerza de trabajo, ha intensificado la fragmentación de clase y los enfrentamientos entre los distintos segmentos de la sociedad venezolana. El proletariado en el país, se encuentra separado en distintas subclases y bandos ideológicos enemistados, fenómeno que es profundizado por la segmentación geográfica entre quiénes viven en las ciudades y quiénes no. Aún entre los partidarios del régimen se diferencia entre aquellos que aún disfrutaban de los privilegios del gobierno (la llamada boliburguesía) y quiénes se encuentran abandonados en condiciones de miseria, subsistiendo de la informalidad y el dinero que reciben de familiares en el extranjero.
“La carencia de medicinas alcanza al 85% y el Ministerio de Salud no publica estadísticas de mortalidad desde hace tres años. El presidente de la Federación Médica de Venezuela dice que los hospitales cuentan con solo el 4 o 5% de los medicamentos que necesitan los pacientes. Las colas para conseguir alimentos, medicinas, pañales u otros productos de primera necesidad, insumen muchas horas por día a los venezolanos y en varios casos han terminado en violencia, saqueos o intentos de saqueo”[12].
El respaldo de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas y de las figuras más importantes del Chavismo al gobierno de Delcy Rodríguez, es un intento por no demostrar un vacío de poder que pueda ser aprovechado por la oposición venezolana, la cual parece ya no contar con el apoyo abierto de Trump, ni tampoco parece necesitarlos, mientras Rodriguez respalde los intereses de Estados Unidos en el país. Pese a este intento de mantener la normalidad, el chavismo no puede hacerse el ciego ante la ausencia de Nicolás Maduro, y las obvias sospechas que genera Delcy Rodríguez, haciendo fácil prever en el corto plazo el fortalecimiento de las distintas facciones en una disputa interna por el poder político. Los grupos de resistencia a la injerencia estadounidense que surjan a partir de sectores de la población civil, las Fuerzas Armadas y las organizaciones territoriales de base, no sólo se tendrán que enfrentar a la derecha venezolana, a los carteles de droga y al ejército de ocupación estadounidense, sino que también a los sectores del chavismo en el gobierno y sus grupos parapoliciales que hoy están pactando con Donald Trump.
Si bien, la experiencia de organización popular surgidas a partir de los Consejos Comunales y de las Comunas, así como de las protestas masivas por el hambre (como en 2014) puede ser hipotéticamente reactivada para hacer frente a las necesidades organizativas y de autodefensa de los proletarios venezolanos, referirse a este como un sujeto unificado y consciente resulta ridículo, pues las condiciones de subsistencia que enfrentan han deteriorado su capacidad de acción y dividido sus filas. Mientras que paralelamente el chavismo ha hecho todo lo posible por liquidar cualquier expresión organizativa independiente del Estado, por medio de “listas negras, asesinato de dirigentes sindicales, despido de trabajadores estatales no afectos al chavismo y manipulación de elecciones gremiales”[13].
Pero, ¿cómo puede realizarse esta solidaridad desde otros países? La estrategia adoptada por las movilizaciones pro-palestinas en todo el mundo proporciona una pista inicial para la solidaridad con Venezuela: llevar la guerra a nuestros territorios. Sin embargo, a pesar de las movilizaciones y ocupaciones de universidades, el genocidio en Gaza continúa en el momento de escribir esto. La solidaridad con Venezuela es mucho menos extendida que la de los palestinos, especialmente ahora que los medios y la diáspora venezolana repartida por el mundo sostiene la narrativa de que EE.UU está liberando al país del “comunismo”.
Por lo tanto, las acciones de solidaridad tanto en los Estados Unidos como en América del Sur deben priorizar una estrategia más directa, centrada en las industrias militar y petrolera, que les permita hacer frente a la falta de un apoyo masivo. Sobre todo, debe entenderse que el ataque de los Estados Unidos a Venezuela no es solo atenta contra la “soberanía nacional”, sino también una amenaza abiertamente declarada a todos los países de la región, una constatación de nuestra participación, ya sea de manera consciente o no, en las actuales formas de guerra civil global.
[1] José Gabriel Palma, “Venezuela y el nuevo ‘orden’ internacional,” Ciper, January 6, 2026 (Leer aquí).
[2]“Es Guerra en tanto supone la imposibilidad de conciliación, de coexistencia, el capital únicamente comprende una forma de existencia y esa es la suya. Y es global en tanto es posible a partir de la forma universalizante del capitalismo en su fase de dominación total”. Nueva Icaria, Nuevos fascismos y la reconfiguración de la contrarrevolución global, 2025 [Leer aquí]. Para profundizar al respecto de la noción de guerra civil global léase la obra de Maurizio Lazzarato y de Tiqqun con respecto a la guerra. Por otra parte, los análisis del EZLN y de los Kurdos también se refieren a la vigencia de una guerra mundial (aunque con diferencias). Según el EZLN esta nueva guerra mundial (la Cuarta según ellos) comparte una serie de constantes con las anteriores: el reordenamiento territorial, la destrucción del enemigo y la administración de la conquista.
[3] Rodrigo Karmy Bolton, “Palestine’s Lessons for the Left: Theses for a Poetics of the Earth,” Ill Will, November 3, 2024 (leer aquí)
[4] Nos referimos al tratado celebrado en 1494 entre los representantes de Isabel y Fernando, reyes de Castilla y de Aragón, por una parte, y los del rey Juan II de Portugal, por la otra. Este tratado tenía como motivo el reparto del Nuevo Mundo (América) y de las rutas del océano atlántico para evitar un conflicto entre España y Portugal.
[5] Estados Unidos más que tratar con Europa como bloque, (ante la debilidad de la OTAN), priorizará únicamente las relaciones más beneficiosas con países europeos y con gobiernos que se asemejen más a su política.
[6] En su primer mensaje como presidenta, Delcy Rodriguez, quién se encontraba fuera del país para el momento de la captura de Maduro y su esposa, anunció que en su gobierno se trabajaría conjuntamente con Estados Unidos para lograr el desarrollo del país. “Delcy Rodríguez llama a la cooperación con Estados Unidos en su primer mensaje como presidenta encargada de Venezuela”, La Tercera, 2025. [Leer aquí].
[7] Colombia y Brasil reforzaron inmediatamente sus fronteras luego de la intervención estadounidense en su país vecino, de la misma manera lo hizo Chile que aunque no posee frontera con Venezuela, si es considerado uno de los destinos favoritos de la diáspora venezolana.
[8] En la rueda de prensa del día 3 de enero, Trump no tardó en reafirmar la buena relación que dice tener con Xi Jiping y Putin: “Tengo una muy buena relación con Xi y no habrá ningún problema. Van a conseguir petróleo. Eso se mantendrá como estaba, sin cambios. Con Rusia también estamos en negociaciones y vamos a llegar a buen puerto. Nos entendemos increíblemente”.
[9] Trump sobre Delcy Delgado: “Acaba de juramentar. Pero fue elegida por Maduro. Así que Marco (Rubio) está trabajando en eso directamente. Acabo de conversar con ella y, en esencia, está dispuesta a hacer lo que consideremos necesario para que Venezuela vuelva a ser grande”.
[10] Cómo dice de manera lúcida Arya Sahedi, “la forma ideológica del antiimperialismo es un obstáculo increíble para la construcción de un internacionalismo renovado”. A. Sahedi, The Anti-Imperialist Imperialism Club: On Left Internationalism and Iran, Heatwave, Issue 2, 2025. [Leer aquí].
[11] Proletarios Revolucionarios, Venezuela: Crisis, protestas, pugna política interburguesa y amenaza de guerra imperialista, 2024. [Leer Aquí].
[12] R. Astarita, Socialismo siglo XXI, crisis y poder militar, Revista Trasversales n° 38, 2016. [Leer aquí]
[13] R. Astarita, Ibid.
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- [Comunicado Internacional] Privatización de Petroperú: Crisis de Petroperú, la responsabilidad del Estado peruano y la disputa por la soberanía energética
[Comunicado Internacional] Privatización de Petroperú: Crisis de Petroperú, la responsabilidad del Estado peruano y la disputa por la soberanía energética
PRIVATIZACION DE PETROPERU: crisis de Petroperú, la responsabilidad del Estado peruano y la disputa por la soberanía energética

La crisis de Petroperú no puede entenderse como un hecho aislado ni como el simple resultado de errores técnicos o administrativos. Se trata de un episodio estructural dentro de un modelo económico dependiente, extractivista y subordinado al capital financiero internacional, en el que el Estado peruano ha actuado no como garante del interés público, sino como administrador político de una crisis diseñada para justificar la reconfiguración privatizadora de un activo estratégico.
Petroperú, empresa estatal encargada históricamente de garantizar el abastecimiento de combustibles y sostener una mínima soberanía energética, ha acumulado pérdidas severas en los últimos años. Entre enero y octubre de 2025, registró pérdidas cercanas a los 479 millones de dólares, que se suman a los más de 770 millones de dólares perdidos en 2024. A ello se agregan deudas con proveedores que superaron los 760 millones de dólares, generando una asfixia financiera que ha sido utilizada como argumento para imponer una “reorganización patrimonial” orientada al mercado.
Esta crisis no surge de la nada. Desde 2022, el Estado peruano ha inyectado más de 5.300 millones de dólares en rescates financieros, avales y garantías para sostener a Petroperú, sin que ello haya implicado una transformación real del modelo de gestión ni mecanismos de control democrático. Por el contrario, estos rescates han servido para socializar las pérdidas mientras se prepara el terreno para transferir activos y riesgos al capital privado.
Un elemento central de esta situación es la modernización de la Refinería de Talara, cuyo costo superó los 6.500 millones de dólares, más del doble de lo inicialmente previsto. Este megaproyecto fue concebido bajo una lógica tecnocrática y extractivista, sin planificación social, sin control ciudadano y sin una estrategia de transición energética. Lejos de fortalecer la soberanía energética, terminó debilitando la posición financiera de Petroperú y aumentando su dependencia del endeudamiento externo.
Las consecuencias no tardaron en manifestarse. Las agencias de calificación crediticia degradaron la nota de Petroperú hasta niveles especulativos, señalando su incapacidad para cubrir sus obligaciones con los flujos operativos proyectados. Esta degradación, lejos de ser un hecho neutral, ha servido como instrumento de presión para justificar decisiones políticas que colocan a la empresa bajo tutela de entidades orientadas a la promoción de inversión privada, desplazando cualquier noción de planificación soberana.
El rol del Estado en este proceso es profundamente cuestionable. En lugar de abrir un debate público, democrático y participativo sobre el futuro de Petroperú, el Ejecutivo ha recurrido a decretos de urgencia para reordenar su estructura patrimonial, eludiendo el control parlamentario y la deliberación social. La asignación de estos procesos a ProInversión evidencia una orientación clara: subordinar la empresa estatal a las lógicas del mercado y preparar una privatización por etapas, gradual y jurídicamente fragmentada, pero políticamente evidente. La aprobación del Decreto de Urgencia para reorganizar a Petroperú sin debate legislativo abierto ni participación ciudadana es una práctica antidemocrática, que representa una externacionalización del poder decisorio y una privatización solapada de facto.
Este proceso expresa la función clásica del Estado en el capitalismo dependiente: actuar como garante de la acumulación privada, absorber las pérdidas del capital y disciplinar a la fuerza de trabajo.
También se revela el carácter profundamente autoritario de un aparato estatal que decide sobre bienes comunes sin consultar a quienes los producen y sostienen. Y desde un enfoque decolonial, confirma la persistencia de un colonialismo interno, donde los territorios, la energía y los recursos naturales siguen siendo tratados como mercancías al servicio del mercado global. Cabe mencionar muchas instituciones a cargo del estado sufren de este problema de desorganización y el estado no da soluciones de raíz, las posibles privatizaciones de varios sectores no será un delirio político quizás una realidad en el Perú en algunos unidos.
Las consecuencias futuras de este camino son claras. La pérdida progresiva de soberanía energética implica que decisiones clave sobre precios, abastecimiento y orientación productiva quedarán cada vez más alejadas del control popular. La precarización laboral y la exclusión de trabajadores y comunidades del proceso decisorio profundizarán las desigualdades sociales. Y la dependencia estructural del extractivismo fósil seguirá bloqueando cualquier transición ecológica justa.
Frente a ello, afirmamos que el problema de Petroperú no se resuelve con privatización, abierta o encubierta, sino con una transformación radical del modelo de gestión y del rol del Estado. Lo que debió hacerse, y aún puede hacerse, es una auditoría pública integral con acceso irrestricto a la información; la democratización real de la gobernanza de la empresa con participación de trabajadores y comunidades; la protección legal de los activos estratégicos mediante mecanismos de decisión popular vinculante; y la reorientación de la política
Incluso más allá del Estado, es necesario avanzar hacia formas de autogestión energética, redes comunitarias y cooperativas que rompan con la lógica de concentración del poder y la mercantilización de la vida. La energía no debe ser administrada ni por burócratas ni por corporaciones, sino gestionada colectivamente como un bien común.
La crisis de Petroperú no es una fatalidad. Es una disputa política. Y en esa disputa, denunciamos toda privatización encubierta, exigimos soberanía energética real y afirmamos que los recursos estratégicos deben estar al servicio de los pueblos, no del capital.
¡El Estado rescata al capital, el pueblo paga la crisis!
¡No es mala gestión: es capitalismo organizado!
¡Petroperú no quiebra: la quiebran para venderla!
¡El Estado no nos protege, nos administra para el capital!
¡La energía no se delega, se gestiona colectivamente!
¡Nuestros territorios no son activos financieros!
¡Petroperú es del pueblo, no del capital!
¡El pueblo no rescata a quienes lo saquean!
¡Ni un activo más al mercado!
¡La energía no se vende, se defiende!
¡Contra el saqueo legal, organización popular!
CÉLULA RUSIÑOL AREQUIPA-PERU
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Nuestra plusvalía
Pikara Magazine ha cumplido 15 años y es un hito. Nadie imaginó ni soñó la dimensión de un proyecto que empezó con una pregunta, “¿y por qué no montas una revista?”. Se montó y es un proyecto precioso en el que trabajar -en el que elegimos trabajar-, pero no podemos negar que se sostiene a costa de salarios bajos y horas de más. Aquí no hay una junta empresarial beneficiándose, pero también hay que reconocer que el público hace tiempo que dejó de valorar la información como algo por lo que hay que pagar.
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- [Perú] Comunicado internacional – Territorio en resistencia, vida que no se negocia
[Perú] Comunicado internacional – Territorio en resistencia, vida que no se negocia
Valle de Tambo (Arequipa, Perú): territorio en resistencia, vida que no se negocia

Lo que ocurre en el Valle de Tambo no es un conflicto local ni una anomalía administrativa. Es la expresión concreta de una estructura global de dominación que enfrenta, una vez más, a comunidades que sostienen la vida contra un sistema económico que la convierte en mercancía. No se trata de un problema técnico ni de una disputa por eficiencia productiva: es una confrontación entre dos formas irreconciliables de habitar el mundo.
Desde hace más de dieciséis años, las comunidades campesinas y agricultoras del Valle de Tambo resisten la imposición del proyecto minero Tía María, promovido por Southern Perú Copper Corporation, parte del conglomerado transnacional Southern Copper (Grupo México). Esta resistencia no ha sido episódica ni reactiva. Ha sido persistente, organizada y consciente, basada en el conocimiento directo del territorio y en la defensa del agua, del suelo y de la reproducción material de la vida.
El valle no es un espacio vacío a ser “puesto en valor”. Es un territorio agrícola vivo, sostenido por el río Tambo, donde miles de familias producen alimentos y mantienen una economía local que garantiza soberanía alimentaria regional. Aquí, la agricultura no es un rezago del pasado, sino una práctica vigente de autonomía y arraigo territorial.
Reactivación del conflicto y continuidad de la imposición estatal
Durante 2025, el conflicto se ha reactivado con fuerza. En diciembre, agricultores y pobladores realizaron paros y bloqueos de la Panamericana Sur, denunciando que el proyecto minero continúa avanzando sin licencia social, mientras se mantienen procesos judiciales en curso. Las comunidades han recurrido al Poder Judicial mediante demandas de amparo y medidas cautelares para frenar la ejecución del proyecto, cuestionando la legalidad de las autorizaciones otorgadas por el Estado.
A pesar de ello, el Ministerio de Energía y Minas ha insistido en sostener el proyecto, autorizando infraestructura asociada y prolongando plazos técnicos, evidenciando una práctica reiterada: cuando el capital presiona, el Estado se configura como su operador político. La llamada “institucionalidad ambiental” funciona, una vez más, como un dispositivo de legitimación del despojo.
Memoria de la violencia y criminalización de la protesta
La resistencia del Valle de Tambo carga una memoria que no puede ser borrada. Entre 2011 y 2015, la oposición al proyecto fue respondida con represión estatal, dejando personas asesinadas, centenares de heridos y dirigentes criminalizados. Hasta hoy no existe justicia efectiva ni responsabilidades asumidas. Esta impunidad no es una falla dqel sistema: es parte de su funcionamiento normal cuando se trata de proteger intereses extractivos.
En el presente, la criminalización adopta formas preventivas: advertencias fiscales, amenazas legales y discursos que buscan deslegitimar la protesta social. El mensaje es claro: la democracia representativa tolera la participación sólo mientras no cuestione la estructura 55 que la sostiene.
El valle tiene una economía agraria sostenible
El Valle de Tambo es una economía agraria consolidada, no un territorio en espera de “desarrollo”. De acuerdo con datos del INEI y MIDAGRI, la agricultura concentra más del 70 % del empleo local, sostiene miles de hectáreas cultivadas y genera ingresos permanentes a lo largo del año mediante arroz, caña de azúcar y productos de pan llevar, asegurando abastecimiento regional y soberanía alimentaria. Esta producción mantiene una circulación económica continua, a diferencia de la minería, cuya contribución es temporal, concentrada y dependiente de ciclos internacionales.
Según el BCRP, los proyectos mineros reducen significativamente el empleo local tras la fase inicial de inversión, mientras que la agricultura mantiene empleo estable por décadas y un mayor número de puestos por unidad productiva. Además, la ANA ha reconocido la alta vulnerabilidad hídrica de la cuenca: poner en riesgo el agua implica afectar directamente el derecho al trabajo, al ambiente equilibrado y a la seguridad alimentaria.
Presentar la minería como progreso en el Valle de Tambo es una falacia económica y una imposición jurídica ilegítima. El progreso ya existe: está en la tierra cultivada, en el trabajo local y en el control comunitario del territorio. Negarlo reproduce una lógica colonial interna que sacrifica economías vivas en favor del gran capital.
Más allá de la mina: crítica al modelo productivo dominante
La lucha del Valle de Tambo no se reduce a rechazar un proyecto minero. También interpela el modelo agrícola industrial dominante, dependiente de insumos químicos, endeudamiento y mercados externos, que reproduce la misma lógica extractiva que la minería: concentración de la tierra, degradación del suelo y subordinación de la producción a la rentabilidad.
Frente a ello, hacemos énfasis en que se defiendan prácticas agroecológicas, la gestión colectiva del agua, la preservación de semillas y el control comunitario del territorio. La agroecología no es aquí una alternativa técnica: es una posición política. Es la afirmación de que la producción de alimentos debe estar al servicio de la vida y no del mercado global.
Una lucha local con resonancia global
Lo que ocurre en el Valle de Tambo se repite en múltiples territorios de América Latina, África y Asia. Megaproyectos extractivos avanzan acompañados de militarización, manipulación legal y narrativas de progreso que encubren despojo. En todos estos contextos, las comunidades son tratadas como obstáculos y la resistencia es criminalizada.
Desde nuestra perspectiva, esta lucha afirma algo fundamental: los territorios no necesitan tutela estatal ni salvación corporativa. Los pueblos tienen la capacidad de organizarse, decidir y gestionar la vida colectiva sin intermediarios que hablen en su nombre.
NUESTRAS EXIGENCIAS
Desde una ética de autonomía, apoyo mutuo y justicia territorial, exigimos:
- Cancelación definitiva del proyecto minero Tía María y de toda iniciativa extractiva impuesta sin consentimiento comunitario.
- Respeto pleno a la autodeterminación territorial de las comunidades del Valle de Tambo.
- Cese inmediato de la criminalización de la protesta social y de toda forma de persecución legal o política contra defensores del territorio.
- Impulso real a sistemas agroecológicos gestionados por las propias comunidades, sin dependencia de paquetes tecnológicos
- Observación y solidaridad internacional basadas en derechos humanos y autodeterminación, no en propaganda empresarial.
- Que no se instrumentalice la lucha del valle de tambo por caudillos y partidos políticos insertándolos en la lógica de la democracia representativa por ende en la lógica del capital que lleva al mismo fin de la destrucción de la vida.
No pedimos un extractivismo “mejorado” ni una gestión más eficiente del despojo.
Rechazamos el extractivismo como modelo civilizatorio.
Porque la tierra no se vende. Porque el agua no se negocia.
Porque la vida no se administra desde arriba.
Desde el Valle de Tambo, esta palabra se comparte como experiencia concreta de resistencia prolongada. Que sirva a otros territorios. Que se adapte a otras luchas. Que circule sin permisos.
Mientras exista despojo, habrá organización.
Mientras exista imposición, habrá desobediencia civil.
CÉLULA RUSIÑOL AREQUIPA-PERU
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BlogSOStenible··· – – – ··· – – – ··· – – – ··· – – – ··· «Otras» noticias, y «otra» forma de pensar…
- Libro Megamenazas, de Nouriel Roubini (resumen)
Libro Megamenazas, de Nouriel Roubini (resumen)
Roubini es uno de los analistas económicos más influyentes y certeros del mundo. En 2006, fue apodado “Doctor Fatalidad” por su vaticinio de la crisis financiera. Dos años más tarde, se vio que estaba en lo cierto.
En este libro (Deusto, 2023), Roubini expone diez amenazas terribles que se ciernen sobre nosotros, a nivel global. Se trata de amenazas graves, económicas, financieras, geopolíticas, tecnológicas, sanitarias y medioambientales. Según él, «unas políticas adecuadas podrían evitar parcial o totalmente una o varias de ellas, pero en conjunto, la desgracia parece prácticamente asegurada [porque] las soluciones más plausibles son complejas y costosas y están cargadas de fricciones políticas y geopolíticas». Es decir, que aunque no sea lo más acertado, lo más cómodo a corto plazo es no hacer nada decisivo.
Esas amenazas podrían provocar grandes daños y miseria; y no se pueden resolver de forma rápida ni fácil. Además, todas ellas están relacionadas entre sí.
Para este analista, «nos enfrentamos a un cambio de régimen, pasando de una época de relativa estabilidad a una de grave inestabilidad, conflicto y caos». Si se cumplen sus predicciones, no solo perderemos un planeta sano y sostenible, sino también la batalla ante enfermedades infecciosas y, posiblemente, también la paz entre las grandes potencias. Para resolver esto, el autor mantiene que necesitamos tres factores: suerte, crecimiento económico y cooperación mundial. Desde Blogsostenible, no estamos de acuerdo en el segundo aspecto, porque el crecimiento económico siempre se hace a costa de degradar el planeta. Por tanto, cambiamos ese «crecimiento económico» por austeridad y solidaridad (decrecimiento).
Aunque parten de puntos de vista distintos, las conclusiones se parecen a las que llegan R. Fernández y L. González en su compendio En la espiral de la energía, por ejemplo en su rechazo a posibles soluciones que hoy no existen y que probablemente nunca lleguen a existir: tecno-optimismo o hipotéticas soluciones económicas.
La madre de todas las crisis de deuda
Desde hace bastantes años, nosotros y otras fuentes muy solventes, nos esforzamos por advertir que se está cociendo una crisis económica brutal. Nosotros le pusimos el nombre de la GRAN CRISIS (todo en mayúsculas). Resulta inquietante que este analista también lo augure poniendo una fecha aproximada: en esta década, o en la próxima. Roubini dice: «Si tenemos que dar con un nombre para la crisis que se avecina, llamémosla la gran crisis de deuda estanflacionaria».
La economía vive hinchando y explotando burbujas, alternando momentos de bonanza y de crisis, pero lo que está por venir podría ser de tal calado que será mucho peor que todas las crisis anteriores. El autor dice que «el mundo entero se parece cada vez más a Argentina» (que se endeuda una y otra vez y no es capaz de afrontar sus obligaciones). La deuda pública de los gobiernos y la privada sube a un ritmo muy alarmante. A finales del 2021, la deuda mundial sobrepasaba el 350% del PIB mundial (420% para algunas economías avanzadas; 330% para China). Ese nivel de endeudamiento es una locura para cualquier economía. Cuando una familia supera su nivel de deuda vienen problemas graves (desahucios, embargos, etc.). Sin embargo, los estados no paran de endeudarse más y más, hasta límites sencillamente insostenibles (y por tanto, son deudas imposibles de pagar).
Roubini no está en contra de endeudarse, y además, tiene claro que ante problemas de deuda no solo es culpable el deudor, sino que los prestamistas son cómplices (por correr en busca de rápidos beneficios, sin analizar bien el riesgo). Si inviertes pensando solo en ganar mucho, puede que pierdas todo. Un ejemplo —que cita el autor— es la inversión en criptomonedas y otros activos sin valor intrínseco, para los que se crean burbujas en las que solo muy pocos pueden ganar mucho, mientras que son muchos los que pierden. No olvidemos que «las burbujas siempre preceden a las quiebras y caídas, pero esta vez la escala supera con creces a todas las precursoras» (ahora hay más deuda que nunca).
Cuando un gobierno no puede devolver sus deudas (ni puede endeudarse más porque nadie se fía), viene la recesión. Por lo pronto, EE.UU. ha aumentado su techo de deuda para esquivar la crisis. Esto simplemente retrasa y aumenta la crisis. Por otra parte, los mercados emergentes fuertemente endeudados pueden sufrir «consecuencias demoledoras»; de tal forma que «en lugar de exportar bienes o materias primas (…) exportarán ciudadanos» (como ya se está viendo).
Ante problemas de impago de deudas, hay instituciones internacionales (FMI o Banco Mundial, por ejemplo) que pueden ayudar a camuflar los errores o la mala suerte (a cambio de ciertas medidas más o menos discutibles). Sin embargo, «cada vez es más difícil encontrar una ayuda sólida» y, además, hay riesgo de empeorar los problemas. Una alternativa que suele elegirse es el rescate a empresas (por ejemplo: España prestó dinero a los bancos en la crisis de 2008, pero ya se ha anunciado que no van a devolverlo). Roubini aclara: «la socialización de deuda privada insostenible suele conducir a deuda pública insostenible».
Resumiendo el caso de Estados Unidos, afirma que cuando mandan los republicanos (ultra derecha), recortan los impuestos, fingiendo que equiparan el dinero perdido a sus recortes en el gasto (para ayuda social), «y por lo general fracasan». Por su parte, los demócratas (derecha moderada) costean programas sociales sin aumentar los impuestos lo suficiente para sufragarlos. Conclusión: la deuda sube con ambos partidos.
No solo crece la deuda pública. La deuda privada también está aumentando a un ritmo exagerado, para viviendas, educación, ropa… A nivel particular lo más inteligente es reducir la deuda lo más rápido posible, aunque sea a costa de una austeridad inteligente. Esa es la receta de la escuela austríaca. Sin embargo, cuando se trata de gobiernos, las normas no son las mismas que para particulares, porque los Estados tienen otros mecanismos (emitir bonos, fabricar más dinero, estimular la demanda…). Por eso, los keynesianos tienen otro sistema para evitar la crisis: inyectar efectivo como sea. Es decir, «gastar más para resolver los problemas de deuda» (i.e. aumentar la deuda pública). Si se consigue mantener el crecimiento económico, la cosa puede funcionar, pero dado que el crecimiento no puede ser infinito, es predecible que «algún tipo de acontecimiento acabará por pinchar la burbuja de la deuda mundial». Y estamos «al borde del precipicio».
Otra solución es el impago de la deuda, con sus consecuencias (contracción del crédito, quiebra de empresas, desempleo, hogares que pierden sus ingresos y sus casas, inflación, estanflación…). Roubini apunta a que esto será lo que ocurrirá y avisa: «va a ser desagradable».
¿Habrá dinero para sanidad y pensiones?
Esta es otra megamenaza para Roubini. Algunos proponen retrasar la edad de jubilación, lo cual puede traer inestabilidad social (como ha ocurrido en Francia, por ejemplo). El envejecimiento de la población reduce la oferta de trabajadores y aumenta los gastos en jubilaciones y sanidad, pero hay que estudiar otros factores (como una menor delincuencia, por ejemplo).
Ante este problema, algunos políticos proponen erróneamente fomentar la natalidad. Es un error, porque agrava el problema para el futuro. El crecimiento demográfico no puede mantenerse indefinidamente, por lo que el problema del envejecimiento tendrá que ser afrontado tarde o temprano. Si es tarde, la humanidad tendrá que solucionarlo en un mundo más desgastado, con mayor cantidad de ancianos y donde los problemas actuales sean aún más acuciantes.
La falta de trabajadores se resuelve con dos medidas importantes: aumentar la libertad de circulación de personas (inmigración) y reducir la jornada laboral. Roubini también propone aumentar los impuestos a los multimillonarios, aunque esto puede tener el efecto contraproducente de que huyan a paraísos fiscales. Una ventaja importante de la inmigración es que los inmigrantes envían dinero a sus países de origen, lo que contribuye a estabilizar economías en países empobrecidos. Según el economista Dani Rodrik, una inmigración más libre es mejor para el PIB mundial que la liberalización del comercio y de los movimientos de capital. Por supuesto, no todo es positivo, ya que la inmigración podría implicar reducción de salarios.
Y a ese problema, se suma la pérdida de empleos por la creciente robotización. Dos soluciones ineludibles para afrontar esto son la ya mencionada reducción de la jornada laboral y, por supuesto, hacer que los robots y computadores paguen impuestos como cualquier otro trabajador.
Abaratar los préstamos es una alternativa cortoplacista, porque ello fomenta la afición al riesgo de pedir más y más dinero prestado. Demasiadas familias, empresas y gobiernos han caído y están cayendo en ese error. Por ejemplo, se generan burbujas inmobiliarias, las cuales aumentan el número de endeudados y también el número de desahuciados, además de graves destrozos ambientales. Desde la política, se puede intervenir para evitar recesiones. Inyectar dinero en el sistema y aumentar el gasto público no siempre funciona bien, porque acaba subiendo la inflación y la deuda pública. Roubini propone ser keynesiano al principio de una crisis, cuando hay falta de liquidez (i.e. facilitar el acceso al dinero), pero más adelante adoptar posturas en la línea de la escuela austríaca (austeridad y reducción de deuda).
Lo que Roubini viene a decirnos es que aunque hay shocks imprevisibles, podemos prepararnos para cuando vengan, aunque no sepamos cuándo. «Los cracs se producen porque en los buenos tiempos no somos inteligentes ni prudentes. No fomentamos lo bastante el ahorro en los sectores privado y público. Dejamos que el crédito y el endeudamiento se salgan fuera de control».
En la actual situación, el riesgo es de estanflación (estancamiento con inflación), la unión de desempleo, recesión e inflación. El economista Arthur Okun inventó el índice de miseria: una simple suma de la tasa porcentual de inflación con la tasa porcentual de desempleo. Cuanto mayor es este índice, peor es la situación.
Y todo esto en un clima en el que algunos proponen gastar más (aún) en defensa (y para esas personas la guerra en Ucrania y las locuras de Putin son la excusa ideal).
Emergencia climática desatendida y criptomonedas
Roubini nos advierte que el cambio climático es una fuerza que no pueden ignorar los bancos centrales y que empujará hacia la estanflación, al menos de cuatro formas:
- Sequías que expandirán los desiertos (en África, suroeste de EEUU., sur de Europa…).
- Aumento insuficiente en energías renovables, lo cual aumenta el precio de la energía.
- Catástrofes naturales que, evidentemente, frenan la industria.
- Nuevas pandemias globales, provocadas por la destrucción de ecosistemas o por el derretimiento del permafrost, que podría liberar virus congelados.
También apunta a otros factores como la militarización del dólar, los cada vez más frecuentes ciberataques y la desigualdad. Reconoce que la innovación tecnológica podría influir positivamente (tecno-optimismo), pero también negativamente, pues «la inteligencia artificial, la automatización y la robótica no son un bien en estado puro» (podrían alterar profesiones e industrias enteras, aumentando la desigualdad).
El libro afirma que la desigualdad es un grave problema que la inflación inevitablemente empeora. En Blogsostenible advertimos hace tiempo de este problema y dimos siete soluciones. Roubini resalta la necesidad de controlar especialmente a los que suelen quedarse atrás en una recesión: mujeres, minorías y pobres. Y advierte: «No cometas el error de pensar que la desigualdad de la riqueza solo perjudica a los que están en los peldaños más bajos». «La desigualdad es uno de los retos más terribles de nuestro tiempo».
Para este economista, las criptomonedas (que prefiere llamarlas shitcoins, del inglés shit, mierda) son también amenazas a la estabilidad financiera. Algunos motivos son su escasa estabilidad o su limitada escalabilidad. Además, en un mundo donde hay que reducir el consumo de energía, el sistema blockchain la dispara. Por si fuera poco, las criptomonedas se usan para ocultar ingresos a defraudadores y delincuentes de diversa índole (terroristas, traficantes…). Los incautos que invierten en esas monedas etéreas podrían estar colaborando con la delincuencia internacional y perder su dinero de un día para otro por invertir en «enormes riesgos», que en gran parte son «manipuladores esquemas Ponzi» (estafas piramidales).
«La desglobalización es una megamenaza»
Para Roubini, la globalización tiene más ventajas que inconvenientes. En el libro enumera tanto unas como otras, pero se olvida de los daños ambientales (por ejemplo, del transporte) y del enorme riesgo de depender del comercio internacional. Lo hemos visto con la COVID-19 y con un pequeño fallo en el canal de Suez.

Efectivamente, la globalización traslada la producción a donde los salarios son más bajos. Con eso —simplifica— «cambiamos buenos puestos de trabajo con buenos salarios por importaciones baratas», y concluye que el proteccionismo —imponer barreras al comercio con aranceles— acaba aumentando los precios de los productos importados. Roubini olvida contabilizar las ventajas de una menor contaminación global. Naomi Klein advirtió claramente en uno de sus libros contra los peligros del excesivo libre mercado y, en otro, contra los peligros que el capitalismo ejerce sobre la naturaleza.
Es cierto que algunos partidos de ultraderecha usan la globalización como medio para justificar el racismo porque, supuestamente, los inmigrantes roban empleos a los nativos, o gastan recursos de sanidad. Según Roubini, la realidad es que «la contribución económica de los inmigrantes supera con creces cualquier carga para las finanzas públicas». No parece justo que, mientras el dinero fluye libremente, las personas pobres sufran toda clase de barreras.
Por otra parte, se reconoce que las multinacionales pueden abusar de los trabajadores en los países pobres, además de extraer recursos naturales «sin pensar en el impacto a largo plazo» (y no dice, ni una palabra, del impacto ambiental ni de la falta de derechos humanos en ciertos países, como China). Además de eso, la guerra de Ucrania nos ha mostrado los peligros de la dependencia energética excesiva de países como Rusia, y por eso Roubini habla de una globalización friendshoring, centrada en el comercio y la inversión entre amigos y aliados.
El autor se queja de las protecciones que dificultan la globalización, tales como las normas ambientales y las reivindicaciones de privacidad (por ejemplo, por parte de Europa al imponer controles y frenar el flujo de datos de poderosas empresas tecnológicas de Estados Unidos). Alega que Europa l0 hace para aumentar sus ventajas tecnológicas, cuando lo más probable es que solo se pretenda proteger el derecho a la privacidad de los europeos. De hecho, EE.UU. también impone controles de privacidad a empresas extranjeras (particularmente las de China). «Los datos son el nuevo petróleo», afirma este economista.
Roubini es un ejemplo de un economista educado en las ventajas del libre mercado y desinformado respecto a la importancia de la naturaleza y a cuánto la economía depende de la ecología (Georgescu-Roegen ya nos advirtió sobre ello). No obstante, intenta hacer un análisis completo de las ventajas e inconvenientes del libre mercado y reconoce que, a pesar de estar a favor del mismo, no garantiza un mundo equitativo en el que todos estén mejor. Para que unos tengan precios baratos, otros tienen que perder sus empleos. El autor no dedica aquí ni una palabra a comentar los males que genera el consumismo (por ejemplo, los datos ambientales), y se dedica a resaltar las bondades del «aumento neto de la producción global», dejando claro que su objetivo es crecer (en un mundo que necesita justo lo contrario: decrecer).
Ante el aumento de la pobreza y la desigualdad, Roubini sostiene que «la globalización redistribuye la riqueza» (aunque no sea de forma justa ni equitativa), y propone «políticas más generosas para las personas que sufren (…) para que todos estén mejor con un comercio más libre». Para él, la tecnología ha hecho desaparecer más empleos que la globalización y no se trata de copiar a los luditas ingleses que a principios del XIX destrozaban los telares mecanizados para conservar sus empleos. Es cierto que los robots y los ordenadores están eliminando puestos de trabajo de forma masiva, a la vez que mejoran nuestra calidad de vida. Nuestra sociedad debe buscar formas urgentes de resolver el problema de alimentar y satisfacer a millones de desempleados. El economista Richard Baldwin predijo una «convulsión globótica» (de globalización y robótica) que acabará en un enfrentamiento entre los humanos y las máquinas que los sustituyen. Como hemos dicho, nosotros proponemos implantar impuestos a los robots y a los ordenadores que desplacen el trabajo humano, así como reducir la jornada laboral (trabajar menos para repartir mejor el empleo donde sea posible). Se puede hacer manteniendo el salario o bajándolo ligeramente, de forma no proporcional (a cuenta de los impuestos a la mecanización). Incluso una microrreducción de la jornada sería algo positivo. Además, proponemos otras medidas variadas para atajar este grave problema.
El teletrabajo está haciendo que muchos empleados puedan vivir en países que les permiten bajar sus honorarios (contables, agentes de seguros, abogados, programadores…). Aunque Roubini critica la desglobalización y olvida tratar ciertos problemas, debe conocer sus amenazas ya que lo que finalmente propone es una globalización lenta.
La Inteligencia Artificial es otra megamenaza
«No importa cuál sea tu trabajo, la IA podría acabar haciéndolo mejor». Roubini nos pinta un futuro distópico donde las máquinas podrían desplazar a los humanos y generar nuevos problemas (como en relatos de ficción como Prefiero que me mientan o Son superiores, pero no en todo). Las tres leyes de la robótica de Asimov podrían ser insuficientes ante el aluvión de problemas que la IA puede conllevar (p.e., discriminación de todo tipo).
John Maynard Keynes y Bertrand De Jouvenel son economistas que nos han advertido claramente de los peligros de economizar mano de obra, cuando esta es abundante, y de despilfarrar recursos materiales y energéticos, cuando estos son escasos. Y, sin embargo, la tendencia de la IA es a sustituir el trabajo humano, aunque sea bajo la bandera de beneficiar a las personas. Todos los sectores están afectados (camareros, cocineros, profesores, sanitarios, conductores, contables…) y, aunque se crearán nuevos empleos hay algo cierto: «el sector tecnológico emplea a muchas menos personas que otros sectores más antiguos» y «la IA invade más puestos de trabajo que las revoluciones anteriores».
Incluso, Roubini añade: «Cuando los ordenadores desarrollen la motivación para aprender por sí mismos a una velocidad de vértigo sin dirección humana se producirá una explosión de inteligencia». Preguntamos: ¿A alguien le extrañaría que las máquinas concluyan que los humanos son una plaga que habría que exterminar? ¿Estamos ante una precuela de Terminator?
Sin duda, la IA y la robotización hará más ricos a los más ricos. Por tanto, es previsible que, más aún, aumente la desigualdad (con las consecuencias negativas y soluciones que debieran ser bien conocidas). Las soluciones que sugiere el libro son una Renta Básica Universal y gravar a la IA y a los robots (a sus propietarios, porque los ricos son un auténtico problema para la humanidad).
Otra guerra fría
Según el dictador de China, Xi Jinping, su país y Estados Unidos pueden prosperar juntos; pueden ser rivales sin derramar sangre. Ahora bien, cualquier excusa (como la anexión de Taiwán a China) podría ser el origen de una guerra multilateral. Para Roubini, la actual guerra fría es otra megamenaza que avanza en muchos terrenos, no solo el económico o el militar, a pesar de que ambos países «tienen muchas razones para colaborar».
Roubini aconseja que Europa se desvincule de China lo que pueda, aunque advierte que el desacople total sería terriblemente caro para ambas partes. Lo que no hay duda es de que las compras masivas de Europa a China es una forma de dar dinero a un gigante que no encaja con los más mínimos valores éticos: China es una dictadura que viola los Derechos Humanos y contribuye a emisiones de contaminación intolerables, por citar algunas cuestiones.
¿Un planeta inhabitable?
Abordar el problema climático requiere una cooperación internacional, que se ve entorpecida por la rivalidad EEUU-China. Conocemos las terribles consecuencias que nos esperan si no actuamos y —a pesar de ello— seguimos sin movernos.
Roubini advierte: «A no ser que vivas en un lugar elevado, en latitudes frías, con abundante agua potable y ricas tierras de cultivo, prepárate para mudarte». Debemos contar con migraciones masivas, y no solo de personas, sino también de microbios. A estas alturas, Roubini es muy claro: «Debatir sobre las causas del cambio climático hace que perdamos un tiempo valioso» (ya está bien demostrado que el origen es antropocéntrico).
En su rápido repaso por los múltiples desastres involucrados, está la subida del nivel del mar, que desafía no solo a ciudades y países costeros, sino a diversos emplazamientos con desperdicios peligrosos y con reactores nucleares. La salinización de acuíferos agravará el problema de la escasez de agua debido, entre otros motivos, a la sobreexplotación y a la contaminación. También hay que tener en cuenta las sequías masivas, incendios, desertización, huracanes y tifones, enfermedades zoonóticas por la destrucción de ecosistemas, etc. Como economista, Roubini tiene claro que las pérdidas van a ser billonarias (con b), por lo que cualquier inversión en prevención será rentable.
Roubini reconoce ciertos, aunque insuficientes, avances en algunas áreas, como las renovables y la electrificación, y comenta la contradicción que supone que muchos procesos de la transición ecológica requieren de energía fósil para hacerla posible (por ejemplo, la extracción de los minerales para las renovables o para el coche eléctrico, el cual hace que sea casi imposible un coche ecológico). En muchos casos, lo que se está haciendo es trasladar egoístamente las cargas económicas y los problemas ambientales a las generaciones futuras, a veces, bajo la «creencia mágica de que las nuevas tecnologías y el aumento de la riqueza resolverán el problema». Roubini alerta de las falsas promesas de la geoingeniería, tales como la captura de carbono, o la liberación de partículas en la alta atmósfera para frenar el calentamiento. Ese tipo de técnicas requieren una «inversión estratosférica» y tienen efectos laterales imprevisibles (como perjuicios a la agricultura, que evidentemente depende del sol).
Los impuestos al carbono podrían permitir tanto la reducción de la contaminación como la captura de fondos para financiar la transición. Sin embargo, esto supone un aumento de costes, lo cual puede ser algo indeseable para ciertos colectivos. Roubini afirma que la media mundial del impuesto sobre el carbono es de 2 dólares por tonelada de CO2, pero debiera estar en 200 dólares por tonelada para que las temperaturas no suban más de 2ºC. «Tres grados de calentamiento global son bastante probables y realmente desastrosos».
Este economista nos alerta de la «bomba de relojería medioambiental» que supone particularmente África, pero en realidad la bomba es planetaria. «Los que hoy no ven ninguna megamenaza en el cambio climático se preguntarán por qué no hicimos nada cuando tuvimos la oportunidad de actuar». La causa es que «hemos escuchado a la gente equivocada», no a los científicos. Tal vez, vemos que actuar es «demasiado caro»; y no queremos mirar el precio de la inacción.
Conclusiones
Al final del libro, Roubini hace dos predicciones posibles, una pesimista y otra (más o menos) optimista (como en el relato Dos futuros posibles tras una pandemia). En la opción distópica resume los peores efectos de los problemas comentados. Además, alerta de argumentos populistas (como los que auparon al Brexit o hicieron ganar a Donald Trump). Para manipular a la opinión pública, se usan frases sencillas, que buscan enemigos imaginarios para confrontarnos y crear el caldo de cultivo para sus políticas. De ahí que surjan movimientos antimusulmanes, antisemitas, antiinmigrantes, anti-LGTBI, antiecologismo, anticiencia, antirenovables (o pronucleares), etc. Son gentes que utilizan bien los medios de comunicación para manipular y crear noticias falsas que provoquen indignación. Un ejemplo, fue el asalto al Capitolio de EE.UU. en enero de 2021. Este tipo de hechos pueden acabar en guerras civiles, advierte.
En el escenario optimista-utópico, supone que el crecimiento económico lo resuelve todo, porque, según él, «genera recursos que pueden ayudarnos a abordar costosos proyectos públicos para prevenir el cambio climático, el envejecimiento y el desempleo tecnológico, o a hacer frente a futuras pandemias». Roubini se pregunta si la innovación tecnológica ayudará a crecer para salir de nuestros problemas. En nuestra humilde opinión, la respuesta es muy sencilla: NO, porque es precisamente la tecnología la que ha generado los mayores problemas. En teoría, podría traer soluciones, pero en la práctica es muy dudoso que el ser humano las aplique de forma altruísta. En este escenario utópico, Roubini parece rememorar la contradicción de un chiste de El Roto al decir que «nuestro objetivo debe ser seguir creciendo, pero también frenar bruscamente las emisiones de gases de efecto invernadero».
Respetar los ecosistemas reduciría el riesgo de enfermedades zoonóticas, pero el ser humano es reacio a valorar cuánto cuesta una pandemia que no ha ocurrido. Y cuando ocurre, ya es tarde para prevenir. Roubini fantasea con que el crecimiento podría aliviar los problemas de deuda, y traer energía barata, desalinización asequible, y carne cultivada en laboratorio. Pero no habla de que el crecimiento no puede ser mantenido indefinidamente por lo que, si llega ese crecimiento, será para retrasar y aumentar la crisis que nos espera. Desde el ecologismo, la solución es la contraria: un decrecimiento sensato y ordenado.

Finalmente, Roubini se plantea si el bienestar de los últimos 75 años (en los países ricos) no ha sido solo una excepción en la Historia. El principio del siglo XX fue realmente aterrador: dos guerras mundiales, la mortífera gripe española, hiperinfación y luego la Gran Depresión, crisis financieras, deflación, regímenes populistas y autoritarios (Alemania, Italia, España…), etc. Para aumentar nuestra preocupación, ahora tenemos un escenario más complicado: un sistema financiero en peor estado, mayor desigualdad, armas más peligrosas (con peligro nuclear incluido), y el cambio climático, que ha venido para cambiarlo todo (queramos o no, como explicó N. Klein).
La solución está en colaborar con corazón altruista, sabiendo que cuando la cooperación fracasa, los resultados son peor para todos.
Por lo dicho, vemos que no estamos de acuerdo en todo lo que dice Roubini, pero sí en lo esencial; y también en su mazazo final: «demorarse es rendirse».
Más sobre economía inquietante:
- Menos energía para todos: ¿decrecimiento programado o colapso dramático?
- Dinero, Paz, la Bolsa, los Bancos, Decrecimiento, Consumismo… según Joan Melé.
- La economía circular es un estupendo limpiador verde: #GreenWashing.
- Otros libros resumidos que no puedes dejar de leer:
- Artículos sobre decrecimiento.
Y como no teníamos suficiente, llegaron los elfos
Al principio, años atrás, era una cosa que solo sucedía en el cole. Así que por las tardes, en el parque, era habitual escuchar a los niños y niñas contar qué travesuras había hecho el elfo aquella mañana en la clase, mientras ellos jugaban en el recreo. ¡Ha puesto las sillas del revés! ¡Ha puesto todas las mochilas encima de las mesas! ¡Ha cambiado de sitio los libros del fondo! Ay, qué divertido.
Pero este año, no sé cómo, algo sucedió –como suelen titularse las pelis mágicas de Navidad– cuando comprábamos unas cuantas luces para adornar el árbol. “Mami, pregúntale a la señora si estos elfos son los que hacen travesuras”. ¿Ehhh? «Sí, es que me ha dicho mi amigo M. que en su casa hay un elfo que hace travesuras y que el otro día llenó la habitación de papel higiénico”. Ahhh.
En décimas de segundo, me vi picando piedras, remando en mitad de una tormenta, vi una montaña de camisetas con manchas imposibles de quitar, me vi tirada por los suelos, con ojeras (con más ojeras, quiero decir). Una nueva explotación, una tarea más en el día lleno-de-tareas que se mete, además, en la noche llena-de-tareas-inacabadas-del-día. Otra carga mental más. ¿Cuánto dinero había que llevar mañana para la excursión del cole? ¿A qué hora era la cita del médico? ¿Qué le pongo de cenar para que la dieta del día esté equilibrada? ¿He respondido a la última pregunta del hilo del hilo del grupo del trabajo? ¿Qué travesura hará esta noche el elfo? Todo eso pasó, como digo, en décimas de segundo por mi cabeza.
Pero lo que ocurrió fuera, lo que ocurrió realmente, fue que yo misma acabé preguntando a la dependienta si aquellos elfos eran los que hacían travesuras. “Claro. ¡Muchas travesuras!”. ¡Y tanto! Esa misma noche el travieso elfo desparramó media librería por el suelo del salón. La misma que a la mañana siguiente, después de descubrir la que había liado el duendecillo y partirnos de la risa (ja-ja-ja), tuve que recolocar yo.
Así que aquí nos tiene el capitalismo de nuevo, el consumismo de la Navidad, las inercias a las que una puede llegar a sucumbir cuando se va por la vida como si una ola te estuviera revolcando constantemente. Cuando no teníamos suficiente con los Reyes Magos, llegó Papá Noel. Y cuando no teníamos suficiente con ser excelentes trabajadoras, excelentes madres, excelentes hijas, excelentes parejas, excelentes amigas, excelentes lo que sea, llegaron los excelentísimos elfos para darnos un poquito más de trabajo. Perdón, de ilusión. Que luego te llaman Grinch y hay que afrontar el agotamiento y las preocupaciones con buena cara.
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Mikaelah Drullard: “Zis izateko zuri izan beharra dago”
Trabestia, beltza, idazlea, pentsalaria, aktibista, cimarrona eta dominikarra da Mikaelah Drullard. Ona Ediciones argitaletxearen eskutik 'El feminismo ya fue' liburua argitaratu du; bertan, feminismoa rekin erabat haustea proposatzen du, kolonizatzailea dela uste baitu, eta cimarronajea proposatzen du.
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Mikaelah Drullard: “Para ser cis hay que ser blanca”
Travesti, negra, escritora, pensadora, activista, cimarrona, la dominicana habla de su libro 'El feminismo ya fue', de Ona Ediciones, en el que propone una ruptura total con el feminismo por considerarlo colonizador y propone el cimarronaje.
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Somos sobras de algoritmos. La IA te chupa la sangre
“Tenemos que producir pensamiento a partir de lo cotidiano”.
— Silvia Rivera Cusicanqui
“Vivo rodeada de mis plantas y me visitan pájaros”.
— Vecina de 76 años
La realidad que hoy padecemos es dolorosa. Pensarla, resistirla y generar algo distinto se vuelve urgente. Necesitamos salir del ego y de las apariencias para reencontrarnos en una autogestión colectiva; salir del mundo digital para volver a habitar el mundo real.
Christian Ferrer sostiene:
“El anarquismo funciona como antídoto contra este nuevo pensamiento conservador, que no es el de la derecha ni el de los neoliberales, sino el de los benefactores de la humanidad: gente bienpensante que considera que basta con que un país crezca económicamente; gente que se conforma con el mejoramiento gradual como programa. De lo que se trata es de criticar el estilo de vida que llevamos.
El anarquismo fue una revolución cultural en su tiempo. Planteaba cambiar el régimen psicológico, político y cultural del sistema de vida moderno. Creo que hay que sospechar de la idea de incluir a una mayor cantidad de excluidos en un sistema que destruye a las personas”.
SOBRE UN PRESENTE PERPETUO

Durante los días del COVID-19 quedó claro que cada quien vivió y padeció la situación como pudo. Recuerdo la imagen de alguien entregando una bolsa de comida a un familiar con un palo largo y un gancho en la punta. No sé si alguna vez se evaluaron las consecuencias de ese tiempo de parálisis: lo físico, lo mental, lo emocional… aquello que afectó a tantas personas.
Hubo conspiraciones; multinacionales, farmacéuticas y laboratorios que se forraron de dinero vendiendo vacunas a los gobiernos. También se podría decir que se paralizaron muchas luchas que venían gestándose en las calles: las amplias reivindicaciones del feminismo, los movimientos contra el racismo y la xenofobia, y las movilizaciones por múltiples factores como la migración.
Muchos Estados movilizaron su aparato represivo para vigilar, disuadir y reprimir a las personas que osaban juntarse o acercarse “peligrosamente”. Se promovió la individualización y el encierro voluntario para controlar las ciudades, generando narraciones coercitivas y apocalípticas.
Aldous Huxley escribió en Un mundo feliz: “¡Amarás tu esclavitud!”, preguntándose hasta dónde debemos sacrificar nuestra individualidad ante la expansión de la tecnología.
Antes de que todo se fuera a la mierda, en aquellos días grises, la matrix nos bendijo y nos salvó de pensar en ciertas cosas (revolución social) que nos podían dar vuelta en el balero. Las aplicaciones, videollamadas y abrazos digitales se saturaron. Las nuevas tecnologías, en tanto nuevos dioses, hicieron más esclavos a los confinados de siempre. Mucha gente adaptó a Internet un montón de actividades que, seamos sinceros, ya eran al pedo antes de la peste. Para ciertas personas no existe aislamiento artificial que frene sus apetitos compulsivos.
Algunas joyitas del encierro virtual: sexólogos enseñando sexo a distancia, desafíos virales en TikTok, monólogos a la webcam con cara de “se viene el Armagedón y estas son mis últimas palabras”, influencers dando consejos motivacionales; cientos de episodios psicóticos. (Imagino a alguien como Martin McDonagh tomando apuntes).
Cuando volvimos a la “normalidad”, según el discurso oficial, ¿cómo se sostuvo toda esa realidad digital? ¿Hubo realmente un reencuentro respetuoso con la naturaleza, celebrado en redes con un “me gusta”? ¿El tiempo lento proclamado desde casa siguió por la misma vía? ¿Prendió el germen de una cosmovisión nueva o seguimos corriendo detrás de notificaciones, algoritmos y pantallas?
Paranoia 1.0 es un film de ciencia ficción inquietante: un programador comienza a recibir paquetes extraños, pierde el control de la realidad y desarrolla un deseo absurdo por consumir leche. Vive rodeado de personajes excéntricos, en un espacio vigilado y asfixiante —por momentos esquizoide— donde la única salvación parece ser entregarse al consumo que una corporación le ofrece.
Hoy, en plena era de redes sociales, apps de inteligencia artificial, algoritmos predictivos y vigilancia digital, surge la pregunta: ¿hay manipulación externa? ¿La computadora y el smartphone se convirtieron en extensiones de nuestro cuerpo y, al mismo tiempo, en amputaciones de nuestra libertad? Marshall McLuhan parecía anticiparlo: somos tanto consumidores como consumidos.
Durante el COVID, además de la lucha cuerpo a cuerpo por el papel higiénico, en una ciudad de EE. UU. se agotaron las municiones; varios miles vislumbraron negocio llenando sus almacenes con alcohol y tapabocas. La gente siguió comprando online como si no hubiera mañana, mientras los trabajadores de correos y plataformas logísticas hacían piruetas para entregar paquetes. La crisis no frenó nuestra compulsión por consumir; solo la transformó.
Los millonarios reforzaron su seguridad en lugares privados: islas, reservas ecológicas, mansiones amuralladas. Mientras tanto, la mayoría de la población quedó a merced de los efectos del capitalismo digital: precarización, sobreexposición y manipulación informativa. La pandemia solo intensificó la brecha entre quienes controlan la vida y quienes la viven consumiendo lo que otros deciden.
En una película de Bruno Dumont (Ma Loute), donde ironiza sobre la burguesía, la escena final muestra a la alta sociedad frente al mar. También están la policía, un cura y dos adolescentes apartadas del resto, observando a una pareja de pescadores. La cámara divide el espacio para pensar el conflicto: lo absurdo de la condición humana. Unos viven en la opulencia; explotan la naturaleza; otros malviven de lo que pueden.
¿Cómo salimos de esto? Byung-Chul Han, contestando medio pospartido a Žižek sobre el coronavirus, dijo que ningún virus hace la revolución: solo individualiza y genera un espíritu de supervivencia a cualquier costo.
Ya sucedió… no hay marcha atrás, en este presente continuo, hacia un futuro no futuro. Para ilustrar estas frases sueltas recomiendo el film del director Asif Kapadia (2073), un poco para pinchar la apatía y, como me decía alguien, “abrí los ganchos”.
Somos puro número, pura cifra; nos hacen hablar su idioma para entendernos. Los representantes de sectores que buscan una mejoría para los suyos recitan porcentajes, tablas verticales de variabilidad del tema que les compete. No hay personas sino cosas: es un entramado plano, chato… puros algoritmos modificables, pura tecnología mayoritariamente barata que dicta nuestras acciones.
En definitiva, la parada forzada de la máquina capitalista no fue un golpe certero ni una crisis profunda, aunque dejó miles de personas desempleadas y grietas en los sistemas públicos. Mostró una poderosa amputación de la vida, otorgando nuevas formas de explotación y control gracias al cúmulo de emisiones individuales y a la percepción de la información desde el espacio digital.
Terminando toda esta catarata de gritos al pedo,… recordé un film de animación (Absolute Denial) donde un programador e ingeniero juega a ser “padre” de una IA. Una trama inteligente, con un tinte filosófico, mostrando que también en el encierro se pudo crear algo para pensar.
Afirma N. Chomsky: “La IA actual no es una herramienta para la libertad, sino para la concentración de poder”.
FIN
Rosalino Rodríguez
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Patricia Simón, periodista militante contra el silencio y la impunidad
Con la defensa de los derechos humanos como brújula, el trabajo de Patricia Simón aúna el reporterismo en terreno y el periodismo de investigación. Hablamos con la autora de los libros 'Miedo' y 'Narrar el abismo' sobre el papel de los medios de comunicación ante los genocidios, el neofascismo o los ataques desde los tribunales a la libertad de prensa.
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Anarquismo no fundacional, anarquismo funcional al capital

En la primavera de 2024 la editorial Gedisa publicó el que, hasta hoy, es el ensayo más definitorio de las posiciones políticas de Tomás Ibáñez: Anarquismo no fundacional. Por entonces, compañeros de una conocida librería y editorial del ámbito autónomo me facilitaron el libro en primicia con la intención de promover un debate con el autor. Ese debate nunca llegó a celebrarse, pues Ibáñez rehusó participar.
Desde las primeras páginas entendí por qué se consideraba pertinente que me incorporara a la polémica: pocas posiciones dentro del campo libertario están tan alejadas de las mías como las que defiende esta obra. La leí con atención, tomé notas y organicé mis discrepancias. Como aquel intercambio de ideas finalmente no ocurrió, aquellas anotaciones quedaron archivadas hasta hace poco.
No las convertí entonces en un artículo, en parte porque el anarquismo social y organizado al que pertenezco tenía —y sigue teniendo— tareas más urgentes, y también porque no deseaba contribuir a difundir, ni siquiera críticamente, unas posiciones que considero profundamente dañinas para el anarquismo y la clase trabajadora.
Sin embargo, el 8 de octubre de este año Ibáñez publicaba un texto donde calificaba a la tradición política en la que me enmarco como «anarquismos cavernícolas, retrógrados y autoritarios». Renunciar al debate no implica renunciar a la disputa política, y está claro que ha preferido librarla por otros medios. Aunque esa discusión no parece que vaya a desarrollarse en un terreno fraterno y honesto, por mi parte intentaré —al menos— elevar el nivel: frente a los exabruptos y las descalificaciones, aportar argumentos.
Una teoría en el aire
No obstante, antes de proseguir conviene señalar lo que entiendo como un avance respecto a obras anteriores de la producción de Ibáñez. Me parece muy positivo que en este texto Ibáñez exponga sus posiciones directamente, sin esconderse tras la ficción de un supuesto sector del movimiento libertario, y que asuma sus tesis con su propia voz y firma. Resultaba desconcertante que en escritos previos recurriera a un dispositivo narrativo que hacía pasar por crónica el desarrollo de un hipotético «postanarquismo» del que no existen indicios fuera del entorno académico —como bien muestra la bibliografía— o la imaginación del propio autor.
Ese supuesto postanarquismo no aparece en desahucios, ni en asambleas barriales de autoorganización, no tiene presencia en las luchas laborales, ni en el movimiento antirracista o antirrepresivo. Obviamente, este señalamiento no puede tomarse como un discurso antiteoricista, puesto que desde el sector del anarquismo al que pertenezco, hemos defendido la necesidad de la construcción teórica. Lo que pretendemos señalar es que, entre las ideas defendidas en este ensayo y la realidad social y política, hay una brecha tan amplia que todo contacto con la práctica queda descartado. De esta separación entre praxis y reflexión nacen los análisis tan desfasados en los que se sustenta su argumentación. Es un libro que ha nacido viejo, completamente superado hace más de una década. Producto natural del aislamiento político.
Si, como recuerda citando a Proudhon, «la idea nace de la acción y debe retornar a la acción», este libro cumple dicho principio de forma peculiar: las ideas que defiende nacen de la acción de publicar papers en revistas indexadas y retornan en un texto desvinculado de toda práctica militante, salvo filosofar y ofrecer conferencias sin posibilidad de réplica.
Un breve recorrido por el texto
Antes de elaborar un debate necesitamos aclarar las ideas fundamentales elaboradas por Ibáñez. El libro comienza celebrando la pluralidad de comprensiones y estrategias libertarias. Sin embargo, el objetivo declarado del libro es nítido: presentar una «nueva variante» del anarquismo —el anarquismo «no fundacional»— y defender su capacidad para romper con las «inercias» que, a su juicio, inmovilizan al resto de corrientes, evitando reproducir en la práctica libertaria la dominación que combate.
Para justificar esto, el autor examina el «periodo de formación» del anarquismo con el objetivo de situar las particularidades que lo marcaron: la modernidad, la Ilustración y el movimiento obrero. En ese contexto, emergen las formulaciones socialistas que beben de valores ilustrados —libertad, igualdad, razón, progreso, emancipación— y de las cuales el anarquismo sería la vertiente más radical, orientada hacia una perspectiva revolucionaria de masas.
Aquí Ibáñez empieza así a cimentar su tesis: el anarquismo habría asumido valores que lo impregnaron —«hipervalorización de la razón», universalismo «totalizante», «humanismo», «progreso»— y que, según él, contienen una tendencia autoritaria, además de resultar hoy insuficientes. El anarquismo no fundacional es defendido como «un antídoto contra las huellas que el fundacionalismo ha dejado en los anarquismos».
Pero este antídoto solo se hizo posible a partir de la segunda mitad del siglo XX. ¿Qué sucedió en este periodo para que emergiese un anarquismo no fundacional? Ibáñez señala tres cuestiones: la desaparición de la clase trabajadora con el postfordismo, la financiarización de la economía y las sociedades del bienestar, la consolidación de un sistema capitalista insuperable contra el que no cabe acción trasformadora y una crítica a los proyectos revolucionarios por totalitarios y criminales.
A partir de aquí, Ibáñez anuncia la emergencia del anarquismo no fundacional, apoyándose en el postestructuralismo y en la crítica a los valores ilustrados. De ello deriva varias tareas: la crítica al sujeto que reduce la política a ejercicios de deconstrucción; la crítica a la Revolución por su carácter totalizante que desemboca en negar todo centro de poder y como conclusión, una estrategia que hace de la necesidad, virtud: solo se puede resistir.
En resumen; propone el abandono de lo estratégico en favor de lo táctico, la sustitución del proyecto revolucionario por un «deseo de revolución» asociado a lógicas autonomistas y de estilo de vida y la construcción de «espacios sin dominación»: la tan cacareada política prefigurativa y la micropolítica centrada en relaciones interpersonales. Esta línea afirma que, ante la imposibilidad e indeseabilidad de transformar el mundo, bastaría con transformarnos individualmente.
El anarquismo no fundacional se define como un anarquismo «sin principios» ni «finalidades». Sin objetivos que orienten la acción, desaparece también la necesidad de estrategia.
El anarquismo no fundacional se sitúa como una teoría de la resistencia que, sin entrar en valoración acerca de la posibilidad, o no, de una sociedad desprovista de poder, rehuye sin embargo constituirse a sí mismo como una modalidad de poder opuesta al poder vigente, promoviendo la condición de la ingobernabilidad y de la inservidumbre voluntaria como señas de identidad.
Tras el trazado de una genealogía propia que va Stirner a Landauer, pasando por Nietzsche, y que deja en evidencia la fascinación de ciertas figuras del anarquismo ibérico por corrientes individualistas burguesas, el texto termina cayendo en un callejón sin salida: si en una página sostiene que vivimos bajo un «totalitarismo que clausura (…) la desobediencia», dos páginas después, se verá obligado a afirmar que ese totalitarismo «no ha colonizado todo el espacio de la vida». Cuando tu propia argumentación te despoja de cualquier motivo para comunicarte con el exterior, el aforismo foucoultiano que reza que «todo poder genera formas de resistencias» es lo único que justifica tu dedicación a la teorización política y ese afán desmedido de protagonismo.
Dictamos ahora sus principales tesis: ya no hay explotación y por tanto no existe la clase obrera, el capitalismo es invencible y la revolución no es posible, y aunque lo fuese seria indeseable por ser un proyecto totalitario.
Tragando (y propagando) el cuento neoliberal
Ibáñez asume sin réplica el argumentario diseñado en los think tanks del liberalismo más descarnado. El «fin de la historia» habría llegado de la mano de la desaparición de la lucha de clases, consecuencia necesaria —según sostiene— de la desaparición de la clase trabajadora. Así, sin despeinarse y como buen hijo de su tiempo —el tiempo de la derrota—, equipara la precarización, la sociedad de consumo y bienestar y la reorganización internacional del capitalismo —que desplaza la producción hacia periferias cada vez más explotadas— con la pura y simple eliminación de la clase trabajadora.
No encontramos más fundamentación por su hipótesis de que la financiarización supone la superación de una economía basada en la explotación de la clase trabajadora. Todos los datos indican lo contrario, nunca en la historia hubo una clase trabajadora más numerosa, más extendida por el planeta y más diversa que en la actualidad. La desaparición de la clase obrera que proclama Ibáñez parece deducirse únicamente de su propia falta de contacto con ella.
Pocas afirmaciones resultan más etnocéntricas que la que reza: «lo que no puedo ver desde mi ventana no existe». Pero Ibáñez parece decidido a superarse a sí mismo. Desde la crisis global de 2008, marcada por la incapacidad explícita del capitalismo para recuperar tasas de crecimiento siquiera aceptables dentro de su lógica —y agravada por el colapso climático en curso y la crisis energética— incluso voces antes entusiastas del «capitalismo eterno» reconocen ya el error de haberlo considerado como un sistema de resiliencia infinita, así como la equivocación de dar por muerta la lucha de clases. Nuestro autor, sin embargo, se aferra a ese barco aunque vaya a pique. Como recuerda el refrán: que la linde se acabe no significa nada para quien está empeñado en seguirla.
En esta misma lógica, Ibáñez caracteriza las tres oleadas internacionales de protestas e insurrecciones del último decenio como fenómenos locales, desconectados y esporádicos. Nuestro autor es incapaz de atisbar siquiera que el capitalismo entra en una fase de turbulencias estructurales, que la verdad no te estropee un buen análisis. La magnitud, persistencia y simultaneidad de esas luchas —desde revueltas contra la austeridad hasta movimientos antirracistas, feministas, climáticos y antioligárquicos— quedan así reducidas a mera anécdota.
Si las dos tesis centrales sobre las que se sostiene su argumentación —el fin de la lucha de clases y la imposibilidad de superar el estado actual de cosas— se derrumban con tanta facilidad, podría pensarse que aquí terminarían los problemas. Pero nada más lejos de la realidad. Tenemos el claro ejemplo de militante que paso de ser derrotado a ser un derrotista, para hacer de su derrota principal tarea política. De deprimido a depresor.
Una parodia de la revolución
Ibáñez, lejos de realizar una lectura crítica y materialista de la historia de las luchas revolucionarias protagonizadas por la clase trabajadora, opta por reproducir sin examen la consigna posmoderna del fin de los grandes relatos. Desde ese presupuesto, asume que cualquier proyecto revolucionario es, por naturaleza, totalitario, y que toda tentativa de transformación radical está condenada a degenerar en terror, burocracia y supresión de la libertad. Más que un análisis, lo suyo es una renuncia preventiva a pensar la revolución fuera de la caricatura que el orden dominante y los intelectuales progres necesitan para legitimarse.
Sin embargo, para nosotras —y para toda tradición emancipadora que se toma en serio la capacidad humana de autogobierno— la revolución no tiene nada que ver con ese espantajo construido para desactivarla. La revolución que defendemos no es un ejercicio de ingeniería social teledirigido, sino el punto más alto del desarrollo humano, tanto personal como colectivo: la apropiación consciente de nuestras vidas, de nuestras necesidades y de nuestro futuro. Es la irrupción del pueblo trabajador en el gobierno de lo común, y no una operación de mando vertical.
Si Ibáñez no se refiere a esto —si lo que quiere remarcar es que todo proceso revolucionario implica necesariamente la imposición de un nuevo modelo social sobre quienes ocupan posiciones privilegiadas en este sistema de explotación y violencia estructural— entonces, por supuesto, lleva razón. Toda revolución implica derrotar las resistencias de quienes viven a costa del sufrimiento de la mayoría. Aquí no hay trampa: cuando se derroca un orden injusto, a quienes se les «impone» la alternativa es precisamente a los responsables directos de la miseria y dolor.
La maniobra consiste en ocultar esta asimetría, y es una maniobra realmente perversa. Ibáñez habla de «imposición» en abstracto, sin decir quién la ejerce, a quién se dirige y qué intereses están en juego. En cambio, nuestra idea de revolución es clara: no es la homogeneización del mundo, ni la sustitución de una élite por otra, sino el gobierno de todo por todes. ¿Contra quién? Contra quienes pretenden impedirlo: las clases dominantes y sus cómplices, que defenderán hasta el último minuto un sistema que solo funciona reproduciendo el sufrimiento ajeno.
El abandono de la política de masas en pro de la política personal
La propuesta del anarquismo no fundacional termina reducida inevitablemente, a un repertorio de prácticas de estilo de vida, pequeños gestos de resistencia y, en el mejor de los casos, micro experiencias de autonomía cuidadosamente auto limitadas para evitar —según su propio temor— caer en «espacios de reproducción del poder». Este debate está más que superado —otra vez llega muy tarde—. Desde el histórico vapuleo que Bookchin infligió al anarquismo de estilo de vida, hasta las conclusiones que arrojan décadas de dinámicas de gueto que no solo han demostrado su insignificancia política sino también su carácter profundamente endogámico, accesible únicamente para quienes gozan de mayores privilegios dentro del propio orden capitalista.
No obstante, conviene subrayar algo que a menudo se pasa por alto en estas posiciones centradas en el Yo como único sujeto político. La degeneración del autonomismo operario al autonomismo social, que derivó inexorablemente en las estrategias basadas en la búsqueda de la «autonomía personal», expresan un desinterés patente por el sufrimiento ajeno, una ausencia de solidaridad que no es un accidente, sino una consecuencia lógica de su enfoque. Lejos de constituir un desafío al orden existente, reproducen y profundizan la lógica individualista que sostiene al capitalismo y a todas las formas de opresión. En el mejor de los casos, sustituyen la solidaridad de clase por la empatía cristiana.
Podríamos hablar, sin exagerar, de que la propuesta de Ibáñez supone un anarquismo funcional: funcional para los explotadores y opresores porque renuncia a construir poder colectivo. Funcional para el mantenimiento del statu quo porque sustituye la política de masas por una política terapéutica, un refugio identitario que no altera nada más allá de la conciencia del propio individuo.
El amoralismo es un lujo que no todos se pueden permitir
Cabe preguntarse cómo es la vida de quien no muestra el menor interés en cambiar las cosas. Pero basta formular esa pregunta para ver que no es suficiente. Cabe preguntarse por qué alguien puede dedicar tanto esfuerzo y constancia a impedir que nada cambie, a intentar convencer a los demás de que no vale la pena cambiar nada. Y, aun respondiendo estas dos cuestiones, quedaría por resolver una tercera: ¿qué clase de moral sostiene quien defiende una propuesta así frente a quienes literalmente se juegan la vida en ello, frente a quienes resistir no es una elección estética sino una cuestión de supervivencia?
La falta de solidaridad que atraviesa este libro demuestra que la política de los privilegiados continúa midiendo el mundo exclusivamente con el rasero de sus intereses, y lo hace con plena vitalidad. No ha perdido capacidad para esquivar, negar o minimizar el sufrimiento ajeno.
Mientras chavales de los barrios periféricos llenan las paredes con pintadas que llaman a volver a creer que se puede vencer, que la revolución no solo es posible sino necesaria; mientras la juventud se organiza, estudia, construye alianzas y se enfrenta al sentido común que nos quiere desarmados ante esta realidad insoportable, Ibáñez decide que la tarea más urgente, su tarea política, es proclamar que la revolución no solo es imposible, sino que además es indeseable.
Mientras trabajadores y trabajadoras entran en prisión por defender sus derechos laborales, Ibáñez niega la explotación. Mientras en cada conflicto se producen estallidos espontáneos, asaltos populares masivos, él insiste en recordarnos que todos los sacrificios, toda la entrega, todas las batallas que libramos son inútiles.
Aquí los cavernícolas
La práctica de retirar el «carnet de libertario» a quien no piensa como uno es un clásico en nuestro movimiento. Ibáñez, al menos, tiene la decencia de romper públicamente su propia acreditación de anarquista —«fundacional», en su vocabulario— mientras califica al anarquismo organizado, social y revolucionario de autoritario, retrógrado y cavernícola.
A estas alturas del artículo la respuesta es clara: la revolución social no solo es posible, sino también deseable, porque constituye el único camino para enfrentar un sistema criminal que nos conduce al colapso generalizado. Las contradicciones del capitalismo no se atenúan: se profundizan, se aceleran, se globalizan. Entramos en una fase histórica en la que la vieja disyuntiva «revolución o barbarie» recupera toda su vigencia.
Si para conquistar su propia emancipación la clase trabajadora debe derribar las resistencias de capitalistas y opresores —una necesidad tan evidente como inevitable—, nosotras no tendremos ninguna duda sobre qué hacer, ni sobre en qué lado de la trinchera situarnos. Esa batalla ya está planteada, y exige responder con contundencia a quienes se han convertido en portavoces de la derrota dentro del movimiento libertario y de la izquierda revolucionaria. Ibáñez es hoy uno de los más persistentes de esos voceros.
Miguel Brea, militante de Liza Madrid.
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Las luchas territoriales como palanca de la superación del capitalismo
Las luchas territoriales ¿son la palanca de la superación del capitalismo?
Preguntas a abordar el 27 de noviembre en el Centre Culturel Bruegel de Bruselas y planteadas el 28 en el Groupe de Recherche pour une Stratégie Économique Alternative
Las definiciones (como las corrientes políticas) de comunismo y de anarquismo son múltiples y sería imposible hacer una síntesis de toda esa diversidad en una tarde. No obstante, ¿Podrías compartir con nosotros tu noción de anarquismo y de comunismo?
Malatesta dijo que comunismo y anarquía eran los mismo. Nada que ver con el sistema cuartelero de los leninistas, simple disfraz del capitalismo burocrático de Estado. Yo lo definiría como un régimen de convivencia social sin Estado y sin clases, basado en el rechazo de la división del trabajo y en la posesión en común de los medios de producción, en su gestión colectiva y en la distribución del producto social en función de las necesidades. Nacido del libre acuerdo, el comunismo libertario debería de proporcionar a todos las condiciones idóneas para un máximo desarrollo material, moral e individual. Se trata pues de un ideal ético inalcanzable por la fuerza, ya que tiene como condición ineludible la comprensión y el deseo de la mayoría expresado libremente. Para muchos, entre los que me incluyo, el anarquismo sería el modo de lograr este fin, naturalmente por vías solidarias y universalistas, no con procedimientos parlamentarios ni postulados religiosos. En mi caso, entiendo el anarquismo como la característica doctrinal propia del socialismo antiautoritario que, durante mucho tiempo, acompañó a buena parte del proletariado revolucionario, hasta entrar en crisis, puede que final, por culpa de las capitulaciones habidas durante la revolución española. A partir de ahí ya no se puede hablar de anarquismo, con sus diferentes matices, sino de anarquismos, ideologías diversas con el mismo nombre, pero ajenas unas con otras.
¿Sus puntos de encuentro, sus divergencias y el potencial anticapitalista respectivo?
Evidentemente, entre los que se autodenominan anarquistas existen profundos desacuerdos metodológicos y grandes diferencias estratégicas, derivadas de la forma variable de interpretar la realidad y de la praxis divergente con la que caminar hacia los objetivos finales. Las discordancias cristalizaron en ideologías, en fórmulas, a menudo acompañadas de comportamientos sectarios, como por ejemplo, la insurreccionalista, la municipalista, la sindicalista, la primitivista, la especifista, la postanarquista, etc. Actualmente, el anarquismo es sobre todo un estado de ánimo difuso presente en cualquier conflicto como exigencia de horizontalidad e igualdad, rechazo de la mediación, demanda de autogestión y reivindicación de la acción directa. El potencial anticapitalista del anarquismo moderno se materializará en la medida en que la coyuntura social favorezca el arraigo en las masas rebeldes de sus ideas no vencidas, entendidas no como utopía, sino como “la verdad inmediata de un tiempo relativamente próximo” (Ricardo Mella).
¿Qué es una metrópolis?
En Europa las tres cuartas partes de la población vive en zonas urbanas extensas. En el mundo existen más de quinientas aglomeraciones superiores al millón de habitantes, a las que en propiedad no se puede llamar ciudades. Pasó el tiempo de las ciudades compactas en simbiosis con el entorno agrario. El campo hace mucho que dejó de ser una realidad diferenciada. Debord anunció en 1967 que «el momento presente es el de la autodestrucción del medio urbano.» La metrópolis -o “posciudad”, tal como la llama Françoise Choay- es un tipo de asentamiento informe fruto de la expansión ilimitada de la ciudad industrial, que ha ido absorbiendo poblaciones limítrofes y creando nuevas barriadas hasta suburbanizar todo el territorio circundante. Tal unificación del espacio fue posible en un primer lugar, gracias al desarrollo del transporte, al combustible fósil barato y a los nuevos materiales de construcción. Etimológicamente, metrópolis en griego significa “ciudad madre”; en cambio, la realidad dista mucho de la maternidad: es un engendro devorador de espacio que concentra el poder en una sociedad totalmente urbanizada. En los noventa del siglo pasado, la globalización financiera y la digitalización la consolidaron como dominio totalitario de la mercancía y motor del desarrollo capitalista. Es un no-lugar de conurbaciones yuxtapuestas, que no resulta de la superación de la oposición campo-ciudad, sino del hundimiento simultáneo de ambos polos. No representa un proyecto de convivencia, ni siquiera a nivel de clase dominante; bien al contrario, es una realidad totalmente mercantil. Constituye un aglomerado discontinuo y difuso, sin valores ni cultura, sin auténtica vida, conectado únicamente por vías de circulación. La comunicación ha sido marginada por la conectividad. Lo que importa no es la convivencialidad, sino su precio. En realidad, la metrópolis no está hecha para los habitantes, sino para los transeúntes, bien sean visitantes, promotores o inversores. Su base económica ya no radica en la industria, sino en los servicios, el turismo, los grandes eventos y la innovación. Aunque conserve centros históricos, estos han sido museificados, puesto que la metrópolis carece de centro real: en ella lo central se ha vuelto periférico y la periferia deviene cada vez más céntrica. Tampoco las plazas públicas o las calles proporcionan un resto de coherencia orgánica; las infraestructuras viarias son sus únicos ejes vertebradores. El paisaje reconstruido por las fuerzas desarrollistas reproduce maneras de vivir en confinamiento, precarias, motorizadas y mercantilizadas hasta en los menores detalles: las metrópolis generan en cualquier rincón relaciones sociales capitalistas de forma automática. Se puede decir que constituyen el espacio idóneo para la reproducción de capitales en la etapa hipertecnológica de la economía mundializada.
Más sobre la metrópolis.
El paso de una economía productiva a otra de servicios, seguido de la transición de un capitalismo nacional a otro global, consagró el papel de las metrópolis por encima de los Estados. Entre la clase dirigente, la ideología keynesiana retrocedió ante el pensamiento neoliberal, enemigo acérrimo del intervencionismo estatal. La promesa de abundancia reemergía en los mercados financieros con el crédito a espuertas y la expansión de la deuda, propiciando turboconsumismo, aventuras inmobiliarias y toda clase de burbujas especulativas. No obstante, la constatación de la finitud de los recursos primarios, sobre todo energéticos (p.e. el “pico” del petróleo), sumada a la crisis medioambiental provocada por el desarrollismo a ultranza (p.e. calentamiento global, producción descomunal de residuos, contaminación, despilfarro de recursos) obligaron a considerar la «sostenibilidad» del proceso, es decir, el pago de la factura de la degradación. Entonces, el capitalismo echó mano del lenguaje ecológico e inauguró una fase verde que el Estado debía promocionar y sostener. El Estado recobraba así el papel de antaño en una economía a “descarbonificar” por un periodo de “transición energética”. La metrópolis evolucionaba en consecuencia recurriendo a un urbanismo light con sus carriles bici, islas peatonales, recogida selectiva de basura, puntos de recarga eléctrica, «corredores» verdes, tranvías y remedios digitales como las smart cities. “Reinventaba” el territorio obedeciendo a la lógica más al día -más tecnológica- de la mercantilización.

¿Qué relación guarda con el “capital territorial”?
Hablamos de “capital territorial” cuando el territorio se ha transformado completamente en «activo», o sea, en capital. En la Conferencia de Río de 1992 los dirigentes mundiales lo definieron como la nueva configuración del territorio que se desprendía de la unión de la economía con el medio ambiente, o sea, del denominado “desarrollo sostenible”. El concepto venía asociado al momento “verde” del capitalismo, cuando el territorio se situaba en el centro del triángulo sociedad-economía-medio ambiente. Una vez mejorada su accesibilidad, este se convierte en un espacio multiexplotable: es una cantera de suelo edificable, un soporte de grandes infraestructuras, una oportunidad para la industria agroalimentaria, una reserva paisajística, un destino turístico, un área para el ocio industrializado, una fuente de energía renovable y de materiales estratégicos, etc, todo lo cual le concede un peso cada vez mayor en la economía global. En fin, el territorio es la materia prima del capitalismo en su último periodo extractivista.
¿Es posible superar el capitalismo sin desurbanizar el campo ni ruralizar la ciudad, y por consiguiente, sin destruir las metrópolis?
Obviamente no es posible. Liquidar la globalización conlleva el fin de su organización espacial. Frente a las sucesivas crisis, las metrópolis además de invivibles, terminan siendo inviables. Son muy vulnerables ante los desastres y tan enormes que resultan imposibles de gestionar comunalmente. El gran escollo con que se va a encontrar una transformación social fundada en la vinculación armónica con la naturaleza serán las mismas conurbaciones, aptas solamente para la reproducción de relaciones capitalistas, a las que forzosamente habrá que desmantelar. La desmundialización siempre tendrá un aspecto desurbanizador y ruralizante. La simple implantación de una economía doméstica sin mercado -llámese natural, sustantiva o moral- implicará colectividades coordinadas de dimensiones reducidas, con cultivos próximos y producción industrial a pequeña escala. Con mayor razón, la autogestión no sería operativa en vecindarios demasiado grandes, donde el ágora es imposible. Ahora bien, desurbanizar no significa abolir el espacio urbano, a lo sumo, abolir la propiedad privada capitalista. Entraña un doble movimiento de despoblamiento y repoblación, de descentralización y desconcentración, cuyos efectos al respecto son la descongestión del espacio sobreurbanizado, su revitalización, la recuperación de su funcionamiento orgánico… Paradójicamente, la desurbanización es una vuelta a la verdadera ciudad.
¿Por qué el territorio es objetivamente el lugar central de la lucha anticapitalista (y no el lugar de trabajo)?
Central no quiere decir único, ni territorio significa exclusivamente campo. Sin embargo, cuando la mayor producción de beneficios, de la que depende el crecimiento económico, se da en la explotación intensiva de un territorio previamente “ordenado”, entonces su defensa viene a ser el centro de la lucha anticapitalista (o sea, de la actual lucha de clases). En efecto, a medida que la productividad global se ralentiza y que las ganancias decrecen, lo que David Harvey llama «circuitos secundarios de acumulación» adquieren una superior relevancia. Los antagonismos se despliegan en toda su magnitud solo en esos circuitos, -bien sea en el problema de la vivienda y el deterioro de los servicios públicos, bien en la resistencia a la construción de centrales nucleares, trenes de gran velocidad o líneas de alta tensión, bien en el sabotaje a los transgénicos o los grandes proyectos inútiles. En consecuencia, la cuestión social se manifiesta principalmente como cuestión territorial. Al contrario, dada la pérdida de centralidad de los trabajadores de la industria y la desaparición de las huelgas salvajes, la lucha sindical, aunque necesaria, no rompe con las reglas de juego del desarrollismo. No se impone como objetivo salir del capitalismo, sino negociar el valor de la fuerza de trabajo con papeles en el mercado. Menos todavía lo quiebra el obrerismo político, tan aferrado al Estado. Por consiguiente, el conflicto laboral no puede ser el eje sobre el que pivoten las aspiraciones emancipatorias. Si se quiere acabar con el régimen capitalista, la cuestión estratégica principal reside en la capacidad de bloquear el crecimiento de la economía con la mirada puesta en las alternativas de salida. En ese sentido, la defensa del territorio, por limitada que sea, es antidesarrollista y anticapitalista por esencia, ya que se encara con el principal impulsor de la economía en estos momentos, la explotación industrial del patrimonio, los saberes y los recursos territoriales, y en mayor o menor medida, propone alternativas prácticas.
¿Qué tipo de territorio (y ciudad) sería económicamente habitable, viable (en el marco anticapitalista)?
Tempranamente, los anarquistas Elisée Reclus y Piotr Kropotkin plantearon la desconcentración de las ciudad burguesa y la eliminación de sus barrios miserables. Ambos apelaron a un “sentimiento de la naturaleza” que guiase la vuelta a un orden natural optimizado, el cual consistiría en una dispersión de baja intensidad de todas las actividades acaparadas por la urbe expansiva. Al conformarse alrededor de las ciudades una red de pequeñas industrias, hospitales, escuelas, molinos, saltos de agua, caminos, ferrocarriles y colectividades agrícolas, el resultado sería una región integrada urbano-rural, sin centro dirigente, encauzada hacia el comunismo. Sus ideas fueron recogidas y desarrolladas por otros autores, entre los que destacaría a Patrick Geddes y Lewis Mumford, que partían de la“planificación regional”. Con el fin de conseguir un equilibrio territorial, estimular una vida intensa y creativa, eliminar el despilfarro de energía y alimentos y detener la expansión metropolitana, propugnaban un uso racional del territorio. Este se concretaba en propuestas como la de cinturones agrícolas, producción descentralizada de energía, reparto equilibrado de la población en unidades convivenciales bien equipadas, reinstalación de las industrias cerca de la materia prima y transporte público eficaz. Reformas a contracorriente, de sentido común pero sin perspectivas de realización, puesto que no eran respaldadas por fuertes movimientos vecinales arraigados en porciones de territorio liberadas, sino que dependían del altruismo de los dirigentes. Finalmente, el descrédito de la idea de progreso trajo la revalorización de la comuna medieval, particularmente de su funcionamiento abierto codificado en actas de auto-gobierno, de la regulación de la vida social por la costumbre y de la noción de bien común. Así se han abierto nuevas perspectivas altermetropolitanas en los movimientos auto-organizados capaces de sobrevivir a las tentaciones electoralistas, a la amalgama sin principios y al cebo de las subvenciones.
Preguntas del equipo organizador para profundizar después de la conferencia
Definición y periodización de la nueva fase del capitalismo (territorial)?
La escasez y finitud de los recursos está dando lugar al acaparamiento de inmuebles, tierras, aguas y minerales, mientras que la crisis climática impulsa al desarrollo industrial de las energías supuestamente “renovables” y de los agrocarburantes. Al volverse extractivista, el capitalismo global se agarra al territorio como tabla de salvación, apartando de la protección ambiental el mayor número de “zonas de sacrificio.” El desplome financiero de 2008 puso fin al neoliberalismo puro y reafirmó la función estabilizadora del Estado. Por otro lado, el auge del capitalismo asiático, combinado con las dificultades insalvables de crecimiento, decantaba la globalización a su favor, amenazando el predominio occidental a todos los niveles. En las altas esferas se produjeron fuertes discrepancias. El principal peligro para el statu quo económico y político de Occidente -la competitividad superior china- exigía soluciones geopolíticas, no «verdes»; monopolios, no libre competencia; autarquía, no apertura de fronteras, todo lo cual ponía fin al neoliberalismo. Por ahora, gana el sector favorable al proteccionismo, los cárteles tecnológicos, el repliegue nacionalista y el rearme general. Al imponerse el poderío militar en la política exterior, la globalización tal como la concebía el pensamiento «único» ya no es de recibo. Asimismo, el avance del negacionismo climático y la defensa del empleo industrial señalan el declive del ecologismo de Estado. A día de hoy, la fracción más agresiva de la clase dominante ha dejado de creer en el progreso y en la electrificación, y confía poco en el mercado global: prefiere que las industrias se queden en casa a pesar de su baja competitividad (para eso están los aranceles), que la energía nuclear tenga una segunda oportunidad y que sus áreas de influencia se sostengan por la fuerza si es preciso. Sabe que la economía declina y que el “estado del bienestar” se estrecha irreversiblemente, por la que la conservación del capitalismo exigirá el sacrificio del programa ecológico y de una parte creciente de la población. Su catastrofismo tiene que ver con un final de ciclo en la civilización capitalista más que con una «transición ecológica» dirigida por un consorcio privado-estatal. La ideología verde, todavía optimista, está siendo desplazada por un decrecentismo sui generis que los estrategas transicionistas denominan “poscrecimiento”. A pesar de todo, el neoliberalismo político, ciudadanista y poscrecentista, pierde terreno ante un progresivo despotismo de corte identitario, autoritario y violento, típico de un régimen protofascista y posglobalización.
¿Cuál sería el sujeto de la lucha (y el “sujeto revolucionario”) en las actuales condiciones?
Un sujeto político es más que una informe “multitud” interclasista: es una comunidad de lucha estructurada. Su formación va asociada a los enfrentamientos contra la autoridad de los sectores de población perjudicados o excluidos por los mercados, y, paralelamente, al desarrollo de una sociabilidad vecinal ligada a la reconstrucción de espacios de vida menos condicionados por el dinero. Si el Estado se retirara lo suficiente y sus partidarios quedasen en minoría, los individuos se sentirían obligados a organizar la vida colectiva, generándose en el proceso voluntad de segregación, deseo de autonomía y espíritu de clase. Clase sin partido que pretenda servirse de ella, ni más función histórica que la que una conciencia rupturista le pueda proporcionar. Los frentes de lucha son diversos -urbanos, rurales, ecológicos- y el reto con el que se enfrentan las fuerzas sociales movilizadas reside en su capacidad de confluir sin renunciar a la democracia directa, ni soslayar sus objetivos finales. Desgraciadamente, las clases medias, aunque depauperadas, tienden a conservar su mentalidad y a actuar de acuerdo con ella, por lo que son presa fácil de los espejismos populistas de la reacción, y consecuentemente, un obstáculo mayor para la autonomía y la conciencia.
Crítica de la concepción marxista sobre la relación entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la emancipación.
En verdad, el desarrollo de las fuerzas productivas ha vuelto casi imposible la emancipación social. Hace tiempo que la razón ilustrada al servicio de la verdad se trastocó en razón instrumental al servicio del poder. Tal desarrollo pudo originar la formación de una clase obrera industrial sediciosa en sus fases iniciales, pero en etapas posteriores, a pesar de la generalización del trabajo asalariado, la base social del combate por la emancipación se restringía. La máquina suprimía inexorablemente la fuerza de trabajo y condicionaba toda la vida social, poniéndola en manos de los expertos. La tecnología y el consumismo provocaron un desclasamiento de la población trabajadora y la pérdida de la conciencia de clase, borrando de su imaginario toda aspiración revolucionaria. En Occidente, la sociedad de clases enfrentadas desembocó en una sociedad oligárquica reclinada en clases medias asalariadas. La descomposición del área soviética derivó en un capitalismo monopolista de Estado. La base material de la emancipación no prosperó en ningún lado: la principal fuerza productiva, que no es el trabajo sino la alta tecnología, era cada vez más destructora, luego inservible para fines liberadores, y por lo tanto, imposible de ser autogestionada.
¿Qué es la “conciencia territorial”?
Dijo Ellul en su momento, que “lo que está en juego es nuestro entorno social y ambiental.” En las regiones que aspirar a constituirse en Estado, a menudo la idea territorial se confunde con el patriotismo identitario. Sin embargo, de manera más general, la expresión “conciencia del territorio” alude a las ligaduras intelectuales que la población mantiene con su hábitat, comprometidas por una artificialización intensiva del mismo, responsable esta del conjunto de síndromes sicológicos definidos como «psicastenia», o más comúnmente, como «mal urbano.» No se trata pues de un conjunto de vínculos simplemente afectivos, ni de una filantrópica “conciencia ambiental”, sino que tiene que ver con el ritmo de vida pausado de los espacios abiertos, ajenos a los imperativos capitalistas, impulsor de formas de convivencia social integrada. Algunos como Sergio Ghirardi utilizan el concepto de “conciencia de especie”, que yo definiría como la protesta espiritual del vecindario (urbano y rural) ante las amenazas de devastación total contenidas en la fase extractivista del capitalismo tardío, algo que supone a medio plazo la extinción de la especie humana.
¿Cuál es la diferencia entre las luchas territoriales y las luchas urbanas?
No hay diferencia. El derecho a la ciudad es también derecho al territorio. Territorio es en principio el espacio concreto donde se asienta una población, y, por consiguiente, es algo más que paisaje, solar, campo o medio natural. Las áreas urbanas también forman parte de él. Es espacio geográfico y social, una porción de la naturaleza modelada por la acción humana a lo largo de la historia. Es dueño de un pasado, tiene tradición propia y contiene relaciones sociales. En el momento turbocapitalista, el territorio no metropolitano se halla suburbanizado, por lo que todos los conflictos tienen bastante en común, ya que son a la vez territoriales y urbanos. Es más, dada la despoblación de las zonas rurales, los efectivos de la defensa del territorio son mayoritariamente metropolitanos.
Con relación al Estado ¿Es este necesario para superar el capitalismo o un freno?
Para quienes propugnan una organización social horizontal, sin burocracia, ni dirigentes, ni cárceles, ni fuerzas de orden, no cabe duda de que el Estado es, más que un freno, un grandísimo enemigo. Ellos quieren reforzar la sociedad civil luchando por un funcionamiento autónomo, o sea, al margen de las instituciones. Por otra parte, el Estado es el Estado de la clase dominante, luego la cara política del capitalismo y, en tanto que monopolizador de la violencia, su brazo armado. Cualquiera que sea su modalidad y diga lo que diga su propaganda mediática, el Estado es la explotación políticamente organizada de la mayoría de la población por una clase minoritaria. Teniendo en cuenta que el Estado puede sobrevivir al capitalismo y no lo contrario, la abolición de este no conduce necesariamente a la de aquel. Hay que empezar por suprimir el Estado. Comenzar desvelando sus artimañas. Gracias a las trampas participativas y al conformismo dominante, el Estado absorbe todas las energías de la contestación y coopta con facilidad a sus representantes. Cuando un movimiento popular penetra en los mecanismos estatales, queda atrapado por ellos. El movimiento segrega una capa burocrática que actúa en su nombre, y que, a medida que va acaparando la decisión -a medida que altera la vieja estructura de poder y se hace gobierno- va divorciándose de él, constituyendo una nueva clase separada. Quien delega, abdica. La clase del Estado se emancipa de la sociedad y se proclama representante de la misma, forzando un cambio de apariencias. Pero aunque la dominación varíe en la forma, se mantendrá en el contenido.
¿Cuál es tu definición de Estado? ¿En qué se diferencia de la concepción espinozista o hegeliana?
El Estado es una estructura vertical separada y opuesta a la sociedad civil, a la que organiza unilateralmente a través de una capa de funcionarios. Bakunin dijo que el Estado era el mal, la mismísima Iglesia secularizada, una forma histórica de sociedad que agotó su tiempo. Garcia Calvo puntualizaría: “el Estado es la epifanía de Dios mismo”, una idea abstracta, metafísica, convertida en un ordenamiento jurídico que reduce la gente a la categoría de súbdito tras la cual no hay más que renuncia y sumisión. La concepción de Spinoza es una variante liberal de la noción de contrato. En algún momento, mediante un pacto, la multitud acuerda la composición de un Estado “de civilidad” que, conforme a la ley, imponga la razón y el sentido común como guía de conducta, proteja las libertades “naturales” y salvaguarde a todos de ese caos producto de las pasiones anárquicas imperantes en el “estado de naturaleza”. La república holandesa constituiría el ejemplo tangible del ideal espinozista. Hegel, por su parte, consideraba al Estado como realización efectiva del derecho, imagen de la razón y culminación de la libertad civil. Era el punto final de una evolución histórica que el filósofo concretaba en la monarquía prusiana. Ambas ideas de Estado reflejan etapas históricas diferentes del dominio de la economía sobre la sociedad, y por lo tanto, del desarrollo de la burguesía, la clase de la economía, comerciante y corsaria en un caso, industrial en el otro. Siglo XVII para Spinoza, siglo XIX para Hegel. Salvo en algún caso excepcional -Morelly, Godwin, Fourier- los pensadores avanzados de la fase ascendente de la burguesía, nunca se plantearon la posibilidad de una sociedad organizada no sometida a una autoridad exterior. En su fase descendente, los ideólogos ciudadanistas, como buenos filisteos, huyen de Hegel, es decir de Marx y de Bakunin, o sea, de la lucha de clases y del rechazo al Estado, y de vez en cuando descubren la teología política de Spinoza, es decir, al Estado liberal idealizado de la vieja burguesía, y utilizan sus reflexiones con el fin de proporcionar perspectivas políticas a cualquiera de las facciones mesocráticas que representen.
Miquel Amorós.
Noviembre de 2025
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La mano invisible (anarquismo o barbarie)

No somos fundamentalistas científicos; hay otras modalidades de pensamiento válidas para interpretar al ser humano y a la naturaleza, diferentes al logos occidental. La ciencia no tiene todas las respuestas ni las tendrá jamás, porque los seres humanos tienen la faceta racional como una entre otras. Ni aceptamos el gobierno de los científicos, tan proclive a la tiranía como cualquier otra forma de gobierno. No obstante, no es tan dañino el pensamiento científico en sí como alguna de sus aplicaciones prácticas (tecnológicas); todo el mundo puede tener en mente un ejemplo de lo que digo.
Pero ciñéndonos o ubicándonos en una perspectiva meramente científica y refiriéndonos en concreto a la economía capitalista tal y como abrumadoramente se enseña en los centros de estudio y tal como se difunde en los medios de incomunicación: ¿cómo adquiere la categoría de ciencia una disciplina que se basa, en primera y última instancia, en el aserto «una mano invisible guía el mercado»? ¿Cómo es posible que tan arcana afirmación sea el fundamento de una ciencia? Es como si en medicina se dijera: «una mano invisible la ha dejado a usted embarazada» o «una mano invisible le ha transmitido a usted la gripe». En resumen: «una mano invisible guía su enfermedad y el tratamiento contra su enfermedad» (para l_s quisquillos_s: obviamente el embarazo no es una enfermedad. Puede ser una bendición si es deseado o un problema muy grande si es involuntario). Y sin embargo, tal afirmación es el fundamento de sesudos y muy complejos debates y deliberaciones, de una bibliografía prácticamente infinita, que intenta infructuosamente desvelar el misterioso mecanismo de la susodicha mano invisible. Infructuosamente porque no se puede deducir la lógica a partir de una premisa oscura e irracional.
Concluyendo: la ciencia económica capitalista, summum de la racionalidad según sus publicistas, es una variante de pensamiento mágico, variante monolítica y antihumana, la que la sitúa al nivel del esclavismo, no por casualidad justificado por los teóricos cristianos de la época en que estuvo vigente (hay que llevar la civilización y la religión al salvaje) y cuyo tráfico fue el verdadero motor y origen del incipiente capitalismo, además de la base del actual, sobre la que se sustentó el colonialismo y su corolario, el subdesarrollo en África y buena parte de Asia. Y, lo que es con mucho lo peor, de una manera de organizarse económicamente que está llevando a los seres que poblamos el planeta hacia la extinción.
Se nos replicará que mucho peor es la economía centralizada y planificada del comunismo. Nuestra respuesta será sencilla, por mucho que ahora no tengamos la fuerza suficiente para hacerla oír: el anarquismo tampoco participa de la idea económica del Estado rector todopoderoso, centralista y planificador, el dueño de todo movimiento económico sin cuyo permiso no se mueve ni una brizna de hierba. La economía marxista (no confundir con la crítica marxista del capitalismo, que acuñando conceptos como la plusvalía, sigue estando parcialmente de actualidad) es absolutamente indefendible, tuvo setenta años para demostrarlo, degradándose en un capitalismo de Estado, solo viable a costa del sacrificio hasta la extenuación de la inmensa mayoría de la población, más el trabajo esclavo y el exterminio de los disidentes. «El comunismo es el poder de los soviets más la electrificación del país» (célebre frase enunciada por Lenin en 1920, durante la presentación del primer programa económico bolchevique). Lo primero, el poder de los soviets, pronto sería anulado por el poder del Partido Comunista, quienes fueron los verdaderos aniquiladores de los soviets, y lo segundo, la electrificación del país, se hizo como ya hemos expuesto más arriba. Y los crímenes de Lenin fueron paja comparados con los de Stalin y sus planes quinquenales, de los cuales lo más suave fue el estajanovismo y el trabajo de «los sábados por la patria», que aspiraba a inspirar en la población el espíritu de emulación del trabajo a destajo y brutal (espíritu de emulación que en versión ibérica contemporánea se traduce como «cultura del esfuerzo», la cultura del esfuerzo que hay que hacer para no salir a la calle y liarse a ostias con los empresarios, políticos y banqueros. ¿Y bien? Para evitarlo está la policía y el ejército, es su función real).
La propuesta económica del anarquismo es la colectivización de los medios de producción y la igualdad a la hora de distribuir lo así creado, teniendo en cuenta la premisa básica de entrar o salir de la colectividad libre y voluntariamente, porque no se puede imponer la no imposición. Esto es más difícil de realizar que el capitalismo privado y el capitalismo de Estado, porque exige otro tempo de vida, una ralentización para ponernos tod_s de acuerdo, el relajamiento y la coordinación del quehacer cotidiano sin imposiciones y sin más disciplina que la autodisciplina, surgida de una constatación consciente de cuáles son las capacidades y posibilidades y cuáles las necesidades.
Todo esto hay que pasarlo por un único tamiz: no vamos a ser tan idiotas como para copiar la sociedad de consumo en una sociedad sin autoridad, lo cual nos conduciría a una sociedad igual de alienada y conformista que la presente, con la única diferencia de que se basaría en la autoexplotación. Teniendo en cuenta la precaria situación del planeta, hay que reducir el ritmo de consumo de mercancías y la continua expansión de necesidades, la mayoría de las cuales, con el automóvil a la cabeza como mercancía-estrella e icono del individualismo capitalista, son totalmente artificiales; por lo tanto, no son necesidades o son necesidades impuestas por e inherentes al desarrollo capitalista. Por poner un ejemplo, imaginaos que las carreteras, autovías y autopistas fuesen sustituidas por raíles para el tren (tan reivindicado por el maestro García Calvo): tendríamos mucho menos impacto ambiental (no me refiero al AVE, evidentemente); mucha más seguridad y comodidad a la hora de viajar, más capacidad de transportar mercancías con menos contaminación, y además, tanto personas como mercancías podrían, en el primer caso, llegar prácticamente a la puerta de casa mediante tranvías, y en el segundo, con una flotilla de pequeñas furgonetas transportar mercancías hasta el pequeño comercio o el almacén de distribución colectiva, teniendo en cuenta que hemos eliminado aquellas mercancías que consideremos superfluas. ¿Qué es superfluo? Superfluo es comprar ropa para ponérnosla solo una vez, tirarla y comprar más; este ritmo no es asumible, la industria textil es una de las más contaminantes y emplea en condiciones de semiesclavitud a gran parte de l_s trabajador_s del mundo subdesarrollado; ropa barata, fugaz y explotadora. En fin, que cada quien se imagine la situación de extracción de materias primas, medio de transporte, producción, distribución, oferta o demanda que quiera. El capitalismo, un sistema de creencias que pasa falsamente como ciencia, es un modelo de continuo derroche y explotación.
El capitalismo tiene la habilidad de pasar desapercibido, de constituirse en normalidad. Pero debajo de los oropeles y también de la rutina… ¡Cuánta miseria mental y física, teórica y práctica, a izquierda y derecha, arriba y abajo! No hay crimen que en nombre del dinero, la buena marcha de la economía, la autoridad, el bien común y el puesto de trabajo, no se haya cometido, tanto da los desahucios («una mano invisible guía la economía»), la imposibilidad para la gente joven de encontrar una casa («una mano invisible guía la economía»), las torturas, desalojos de tierras y ejecuciones del Estado nigeriano en connivencia con la Royal Dutch Shell para explotar los yacimientos petrolíferos del delta del Níger («una mano invisible guía la economía»), la explotación de l_s obrer_s del mundo subdesarrollado (gran parte de ell_s niños y niñas) para obtener mercancías baratas en occidente («una mano invisible guía la economía») o la concomitancia de los banqueros con los verdaderos capos del narcotráfico, servicios secretos y militares («una mano invisible guía la economía»). Y todo esto a cada minuto, cruentas guerras, hambre, desolación y ecocidio… Y a todo esto los que nos motejan a nosotros de locos, utópicos y terroristas responden: ¡Es la naturaleza humana!, una presunta entidad metafísica que nos abarcaría a tod_s y nos englobaría bajo el epígrafe de corresponsables. «No soy pobre, no, soy oprimido» (Maniática), pero no soy un asesino, ni tengo la misma responsabilidad que los que mandan en esta sociedad putrefactamente ampulosa y jerárquica. A cada segundo gotea la sangre ante nuestra mirada espantada. Y estos sucesos y situaciones no son más que instantes capturados de una pantalla que emite 24 horas al día, todos los días del año, desde hace prácticamente medio milenio, y que no tiene visos de parar, mucho menos voluntariamente.
V.J. Rodríguez González
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Debates feministas sobre natalismo: una oportunidad para imaginar otras formas de familia
'Generar Parentesco, No población. Debates feministas sobre natalismo' (Rara Avis, 2025) es una compilación de Donna Haraway y Adele Clarke. El libro reúne ensayos de investigadoras norteamericanas, asiáticas e indígenas, alrededor de la justicia reproductiva y medioambiental, las relaciones multiespecie y otras formas de generar parentesco no biológico.
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