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Ayer — 8 Febrero 2026Salida Principal

He leído el XV Plan Quinquenal de China: esto es lo que necesitas saber

8 Febrero 2026 at 07:59

El Partido Comunista de China presentó en octubre de 2025 la propuesta del nuevo Plan Quinquenal que deberá ser aprobado por su Comité Central en marzo de este año. Se trata del decimoquinto plan desde que Mao Zedong inaugurara esta tradición político-organizativa con la puesta en marcha del primer plan quinquenal, implementado entre 1953 y 1957. Pero la China de hoy poco tiene que ver con la de entonces. Ha pasado de ser una economía mayoritariamente rural, con niveles masivos de pobreza, a ocupar una posición central en las cadenas globales de producción, inversión y financiación. Este salto no ha eliminado las contradicciones del modelo, pero sí ha transformado radicalmente su escala y su impacto global.

El XV Plan Quinquenal se inscribe en un momento especialmente delicado. La economía mundial atraviesa una fase de desaceleración, el orden multilateral surgido tras la Segunda Guerra Mundial muestra signos evidentes de agotamiento y la rivalidad entre grandes potencias se ha intensificado. En este escenario, China combina una ambición creciente de liderazgo internacional con una insistencia en la estabilidad interna, el control político y la gestión de riesgos económicos, sociales y demográficos.

El documento refleja esta tensión de fondo. Por un lado, proyecta a China como un actor capaz de ofrecer alternativas al orden dominante, desde el multilateralismo hasta la transición ecológica o la defensa selectiva del derecho internacional. Por otro, reafirma un modelo político fuertemente centralizado, poco permeable al pluralismo y orientado a subordinar derechos y participación a la cohesión y a los objetivos estratégicos del Estado.

El Plan no promete rupturas abruptas, pero sí consolida tendencias. Más allá de su dimensión técnica, funciona como una declaración estratégica del Estado chino, y lo hace fijando una lectura del mundo, del momento histórico y del lugar que China aspira a ocupar en él.

Los seis ejes que siguen son un resumen analítico de hacia dónde mira Pekín, qué riesgos identifica y qué tipo de poder está dispuesto a ejercer en un mundo cada vez más fragmentado.

1) El análisis del mundo y sus retos

El XV Plan Quinquenal parte de una lectura del contexto internacional marcada por la inestabilidad estructural. El documento subraya que las relaciones entre las grandes potencias condicionan decisivamente el orden global y, por extensión, el desarrollo interno de cada país. China se sitúa en una fase en la que conviven oportunidades estratégicas con riesgos crecientes, en un entorno caracterizado por incertidumbres y factores imprevistos.

El documento afirma que “cambios de una magnitud no vista en un siglo se están desplegando a mayor velocidad en todo el mundo”, acompañados de un “profundo desplazamiento en el equilibrio internacional de poder” y de avances acelerados ligados a una nueva revolución tecnológica e industrial. Esta combinación, señala el texto, ha generado condiciones favorables para que China actúe de manera proactiva en la escena internacional y contribuya a configurar un entorno externo más favorable a sus intereses.

Sin embargo, se evita una lectura triunfalista: “El desorden continúa intensificándose, los conflictos geopolíticos estallan con demasiada facilidad y frecuencia, y el unilateralismo y el proteccionismo están en ascenso”. A ello se suma una crisis del orden económico y comercial internacional, una desaceleración del crecimiento global y una rivalidad entre grandes países “más compleja e intensa que nunca”. China asume que el escenario internacional será más hostil y competitivo, y que la confrontación entre potencias se ha convertido en un rasgo estructural del sistema global.

En el plano interno, el texto combina una sólida confianza estratégica con el reconocimiento de sus propios límites reales. La economía china, afirma el texto, cuenta con una base sólida, una alta resiliencia y un gran potencial de crecimiento a largo plazo. Se destacan como fortalezas el mercado interno, el sistema industrial completo y la abundancia de recursos humanos. No obstante, el documento reconoce desequilibrios persistentes. La demanda efectiva es débil, existen cuellos de botella que dificultan la circulación económica y la transición hacia nuevos motores de crecimiento se describe como una tarea “formidable”.

El diagnóstico interno no esquiva cuestiones sensibles. Se admiten retrasos en la modernización agrícola y rural, una presión considerable sobre el empleo y los ingresos personales, y lagunas en las políticas de bienestar. También señala que los cambios demográficos plantean nuevos desafíos para el desarrollo económico y la gobernanza social, y que persisten riesgos latentes en sectores clave. Frente a este panorama, el texto refuerza el papel del liderazgo político y la cohesión interna como condiciones necesarias para gestionar la incertidumbre y “atreverse a navegar vientos fuertes, aguas turbulentas e incluso tormentas peligrosas”.

2) Economía, industria y salto tecnológico

El XV Plan Quinquenal es, ante todo, un plan económico. Se articula a partir de la idea estructural que atraviesa todo el documento y sintetiza la línea ideológica del modelo chino, según la cual “el mercado debe desempeñar el papel decisivo en la asignación de recursos” al mismo tiempo que el Estado refuerza su capacidad de orientación estratégica. Esto es, resumidamente, lo que se entiende por “capitalismo de Estado” y caracteriza el camino del gigante asiático, combinando dinamismo de mercado con regulación estatal activa.

Esta arquitectura se apoya en una apuesta clara por la economía productiva y la modernización industrial. El plan afirma que “un sistema industrial modernizado proporciona las bases materiales y tecnológicas para la modernización china” y plantea desarrollar un sistema industrial con la manufactura avanzada como columna vertebral. Al mismo tiempo, propone actualizar sectores industriales tradicionales reforzando su posición global y asegurando que las cadenas industriales sean “más autosuficientes y resilientes frente a riesgos”, con especial énfasis en sectores industriales clásicos junto a su digitalización y automatización progresiva.

El documento vincula este salto industrial con la estrategia tecnológica nacional al señalar que la modernización económica debe apoyarse en la modernización científica y tecnológica y en “la nueva oleada de revolución tecnológica y transformación industrial”. En este marco fija objetivos concretos como lograr avances decisivos en tecnologías clave en campos como circuitos integrados, equipamiento industrial avanzado, software base, materiales avanzados y biomanufactura, junto a grandes programas nacionales de ciencia y tecnología orientados a necesidades estratégicas.

La lógica que se desprende del documento apunta a mantener su condición de “fábrica del mundo” mientras desplaza progresivamente el núcleo competitivo hacia los ámbitos donde se concentra más margen económico, más capacidad tecnológica y más poder estructural dentro de la economía global. Esta estrategia se combina con el desarrollo acelerado de sectores emergentes y de industrias del futuro como nuevas energías, nuevos materiales, aeroespacial, computación cuántica, biomanufactura, hidrógeno, interfaces cerebro-máquina, inteligencia artificial incorporada y comunicaciones 6G. En este sentido, el plan plantea “reforzar de forma significativa nuestra capacidad en investigación básica e innovación original” para “mantener el ritmo o incluso liderar en muchos más ámbitos”, con el objetivo de sostener el crecimiento elevando productividad, autonomía tecnológica y resiliencia industrial en la competencia tecnológica global.

Además, el plan incorpora la economía verde no solo como agenda ambiental sino como vector de transformación productiva. El documento insiste en avanzar hacia un desarrollo “inteligente, verde e integrado” y vincula la transición energética con la modernización industrial, la seguridad económica y la competitividad tecnológica. En este marco, sectores como nuevas energías, materiales avanzados, electrificación industrial o hidrógeno aparecen no solo como herramientas de descarbonización, sino como pilares de las futuras ventajas industriales, lo que presenta la economía verde menos como límite al crecimiento y más como nueva frontera de acumulación tecnológica, productiva y geopolítica.

3) Soft power

Soft power es el término de las relaciones internacionales acuñado por Joseph Nye en los años noventa que pretende definir el poder en términos de recursos intangibles como la cultura, los valores, o la reputación exterior. Estados Unidos lideró el mundo con la fuerza de sus fusiles y tanques, pero también gracias al poder de la industria de la música, el arte, y el cine de Hollywood.

China prestó poca o ninguna atención al soft power durante las últimas décadas, pero el XV Plan Quinquenal marca un punto de inflexión en este sentido. El documento asume explícitamente que el poder en el siglo XXI no se ejerce solo mediante la capacidad militar o tecnológica, sino también a través de recursos intangibles como la cultura, los valores y la reputación internacional. En este sentido, la propuesta plantea que debe producirse “un aumento sustancial de la cohesión de la nación china y del atractivo de la cultura china, así como un incremento continuado del soft power del país”.

Este giro llega en un contexto internacional significativo. Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, ha optado por una estrategia que prescinde en gran medida del poder blando y apuesta por la coerción militar y tecnológica. China interpreta este repliegue cultural como una oportunidad para ocupar espacios simbólicos vacantes y reforzar su influencia global desde otros registros menos abiertamente confrontativos.

4) Democracia de base y derechos humanos

El XV Plan Quinquenal dedica un apartado específico a la democracia de base y al avance integral de los derechos humanos. Afirma que debe reforzarse la participación a nivel local, garantizar que la población gestione los asuntos públicos conforme a la ley y mejorar los mecanismos para recoger la opinión pública canalizando la “sabiduría del pueblo”. Esta concepción de la democracia se articula a través de organizaciones sociales reconocidas por el Estado, como los sindicatos, la Liga de la Juventud Comunista o las federaciones de mujeres, llamadas a desempeñar un papel más activo en la representación de intereses y en el desarrollo de políticas sociales.

En el plano internacional, esta retórica se inscribe en un giro más amplio de la política exterior china. En los últimos años, Pekín ha adoptado posiciones que contrastan con las de Estados Unidos en foros multilaterales clave. En el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, han apoyado resoluciones orientadas a frenar la ofensiva israelí sobre Gaza o ha defendido altos el fuego, frente al bloqueo sistemático ejercido por Washington. Este posicionamiento ha permitido a China presentarse como defensora de ciertos principios vinculados a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario, un terreno que históricamente había evitado por considerarlo parte del repertorio normativo occidental.

Este desplazamiento no implica, sin embargo, que China se haya convertido en un referente en la defensa de los derechos humanos. El propio Plan evita cualquier referencia a derechos civiles y políticos entendidos como límites al poder del Estado, y los concibe fundamentalmente en términos de desarrollo material, estabilidad y cohesión social.

Son múltiples los informes de Amnistía Internacional y de otras organizaciones de derechos humanos que han documentado graves vulneraciones en este campo, especialmente en el trato a minorías étnicas y religiosas. En la región de Xinjiang, la población uigur y otras comunidades musulmanas han sido objeto de políticas de detención masiva, vigilancia intensiva, reeducación forzada y restricciones severas a la práctica religiosa y cultural.

El bloque de derechos humanos refleja así una paradoja central del proyecto chino actual. Mientras Pekín gana espacio como actor que interpela el orden internacional desde un lenguaje de derechos y legalidad, su modelo interno sigue marcado por un control político estricto que subordina esos derechos a la estabilidad y a los objetivos estratégicos del Estado.

Lo que sí que parece evidente, es que mientras China da –o quiere dar– pasos hacia una cierta concepción de los derechos humanos (que es un concepto altamente debatible, pero ese es otro debate) y del derecho internacional, Estados Unidos hace justamente lo contrario. Y eso, a ojos de la comunidad internacional, suma puntos en la carrera para convertirse en el nuevo líder del orden mundial.

5) Medioambiente

Gran parte del brutal crecimiento económico de China en las últimas décadas se ha basado en un uso extensivo del carbón, tiñendo las urbes de gris y haciendo del aire un gas irrespirable para sus ciudadanos. El texto lo afirma implícitamente. Sin embargo, ya hace unos años que China comenzó el camino de la transición verde, que ahora se pretende intensificar.

La propuesta del XV Plan Quinquenal afirma que debe mantenerse de forma inquebrantable el principio según el cual “las aguas limpias y las montañas verdes son activos invaluables”, y que este principio debe traducirse en políticas concretas. Bajo los objetivos de alcanzar el pico de emisiones y la neutralidad de carbono, el plan apuesta por reducir emisiones, recortar la contaminación, impulsar un crecimiento verde y reforzar la seguridad ecológica.

El énfasis ambiental cumple una doble función. Internamente, responde a una presión social creciente y a la necesidad de sostener la legitimidad del proyecto político. Externamente, permite a China presentarse como un actor responsable en un contexto de retirada climática de otras potencias.

6) Hong Kong, Macao y la cuestión de Taiwán

El XV Plan Quinquenal dedica un apartado específico a Hong Kong y Macao que combina continuidad institucional y refuerzo del control político. El documento reafirma la política de “un país, dos sistemas”, subrayando que debe aplicarse de manera “resuelta”, garantizando un alto grado de autonomía. Al mismo tiempo, insiste en que ambas regiones deben estar “administradas por patriotas” y gobernadas de forma más eficaz conforme a la ley, una formulación que en la práctica ha reducido de forma sustantiva el margen de pluralismo político, especialmente en Hong Kong.

No es ninguna sorpresa, pero el texto evita cualquier referencia al conflicto político abierto desde 2014, cuando el “movimiento de los paraguas” articuló una protesta masiva contra las limitaciones al sufragio universal. Tras las movilizaciones de 2019, la imposición de la Ley de Seguridad Nacional en 2020 supuso un punto de inflexión, con la criminalización de la disidencia, la reconfiguración del sistema electoral y la neutralización de la oposición organizada. El plan asume este proceso como una normalización necesaria, sin mención al deterioro de derechos civiles ni al impacto sobre el ecosistema político y mediático de la ciudad.

En paralelo, el documento insiste en reforzar el papel internacional de Hong Kong como centro financiero, comercial e innovador, y en diversificar la economía de Macao más allá del turismo y el juego. Ambas regiones son presentadas como nodos estratégicos cuya utilidad global debe ponerse al servicio del desarrollo nacional, incluso a costa de diluir los rasgos institucionales que históricamente las distinguieron.

La sección dedicada a Taiwán eleva el tono estratégico. Taiwán es el epicentro de la lucha por la hegemonía mundial con Estados Unidos, y el redactado no deja ninguna duda al respecto: “Debemos implementar plenamente la política general de nuestro Partido para la nueva era sobre la solución de la cuestión de Taiwán, luchar resueltamente contra las fuerzas separatistas que aspiran a la ‘independencia de Taiwán’, oponernos a la interferencia externa, salvaguardar la paz y la estabilidad en el Estrecho de Taiwán y mantener firmemente la iniciativa y la capacidad de dirección en las relaciones entre ambos lados del Estrecho”.

La isla concentra una parte decisiva de la producción mundial de semiconductores avanzados, componentes esenciales para la industria tecnológica, militar y energética contemporánea. Este hecho convierte a Taiwán en un punto crítico de la rivalidad entre Estados Unidos y China, en un contexto marcado por restricciones tecnológicas, políticas de desacoplamiento y disputas por el control de las cadenas de suministro.

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El fin de la violencia

Una noticia reciente: El Gobierno lleva a la Fiscalía los discursos de odio contra meteorólogos y divulgadores climáticos. Una vez más, vemos que la polarización y el negacionismo trabajan para ciertos intereses (destructivos).

Para corregir un error, lo primero es admitirlo. Reconozcamos que algunos de los pilares de nuestra sociedad están construidos sobre la violencia.

  • El patriarcado se reconoce cuando vemos la agresividad contra las mujeres y los niños.
  • El antropocentrismo —decía Marta Tafalla— nos ha llevado a que se pierdan especies a un ritmo insólito.
  • El ecocidio es una forma de brutalidad contra toda la biosfera, humanos incluidos (especialmente mujeres, niños y personas pobres).
  • El racismo —disfraz común de la aporofobia— necesita violencia sobre la que articularse.
  • Los paraísos fiscales, el turismo depredador o los impuestos regresivos (el IVA, por ejemplo) son una forma legal de promover una desigualdad que salpica violencia contra los más pobres, a los que expulsa fuera de los márgenes para luego culparlos por buscarse la vida donde a las élites no les interesa.

Afirmar que la violencia es intrínseca al ser humano es negarse a comprender que detrás de cada misil, de cada bala y de cada puñetazo hay una mano gobernada por una mente humana. La violencia —como la paz— se puede enseñar, se puede aprender y también se puede desaprender.

La paz como camino

El camino de la no violencia (ahimsa) no es el de la resignación ni el de la indiferencia. Implicarse en la paz exige coherencia en los gestos cotidianos: en lo que consumimos, en lo que toleramos y en lo que legitimamos. Nuestro voto democrático y nuestras exigencias políticas influyen e importan, incluso aunque nuestra opción no consiga ni un escaño. Cada día es un reto para educar (y educarnos) en pacifismo, feminismo, ecoanimalismo, etc.

En este sentido, deberíamos rechazar productos o eventos que apoyen actos de violencia. Por ejemplo, productos procedentes de países que ejercen violencia desmedida (Israel, Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, Marruecos…), pero también películas, publicidad o videojuegos, contenidos que normalizan la violencia. Por supuesto, la gran mayoría de adolescentes sabe distinguir entre disparar en un videojuego y disparar en la vida real, pero acostumbrarse a hacerlo —de jóvenes— en el mundo virtual, facilita dar el salto a hacerlo en el mundo real.

Lo saben bien los cazadores y los taurinos. Si no enseñas a los niños este tipo de agresividad, será más difícil que de mayores quieran disparar a un ciervo o disfrutar del sufrimiento de un toro sangrando. Una mente educada en la paz jamás disfrutará de la violencia. Lo que deja de parecernos aceptable termina dejando de practicarse.

Tiempos turbios como el petróleo

Corren tiempos extraños en los que un presidente de Estados Unidos insulta, promueve la rebelión, ataca, bombardea, justifica un genocidio, exige un aumento del gasto militar…, y acto seguido pide para sí mismo el Premio Nobel de la Paz. La contradicción ya no escandaliza: se ha normalizado. Resulta igualmente revelador que la ganadora del premio en 2025 —la venezolana María Corina Machado— quisiera compartirlo con Donald Trump por el mérito de haber secuestrado —mediante bombas y crueldad— al presidente de Venezuela. Por muy indigno presidente que fuera Nicolás Maduro, usar la violencia contra él jamás debería ser el argumento para merecer un premio pacifista.

Ante el petróleo robado, han surgido empresas-vampiro como Repsol, que se han arrodillado ante Trump para conseguir un trozo de la sangre venezolana. Repsol se hundiría en ventas y en bolsa, si la España de hoy fuera la misma que la España del «No a la guerra» contra Aznar (2003) o la España del 15-M (2011). ¿Quién quiere repostar en una empresa que roba a un país hermano?

España estalló contra la guerra de Irak en la que nos metió el presidente Aznar. ¿Qué protestas hay en Estados Unidos contra el robo de petróleo a otros países? ¿Qué protestas hay en Israel contra el genocidio de sus vecinos palestinos? Apenas las hay; en parte porque ha existido una educación comprensiva o que justifica cierta violencia.

Sumar gestos para la paz

No hace falta gritar en las calles. Basta con boicotear todo lo que provenga de empresas o países violentos o que se aprovechen de la violencia de otros. Cada gesto —también en redes sociales— suma o resta. No es lo mismo presumir de unos pendientes de oro que posar con una kufiya palestina. Consumir es más poderoso que votar.

La no violencia —especialmente hacia los animales— es un arma muy poderosa que, además, se contagia por vía oral. Hay mil ejemplos, desde Gandhi hasta casos más recientes, que muestran que la resistencia no violenta puede erosionar sistemas aparentemente inamovibles. La fuerza de la no violencia no reside en la pasividad, sino en su capacidad de deslegitimar la violencia sin reproducirla. Palestina ha encontrado más éxito y más apoyo internacional ejerciendo la no violencia que con atentados terroristas. La Flotilla de la Libertad es solo un ejemplo vivo que nace para frenar a una potencia violenta, para desacreditarla y para complicarle la existencia sin derramar nada de sangre.

Un buen punto para comenzar a construir una sociedad pacífica sería acercarnos al veganismo. Si conseguimos una sociedad sensible al sufrimiento de un pez o de una gamba, habremos caminado en paz más de la mitad del camino.

♦ Sobre pacifismo:

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El fin de la violencia

Una noticia reciente: El Gobierno lleva a la Fiscalía los discursos de odio contra meteorólogos y divulgadores climáticos. Una vez más, vemos que la polarización y el negacionismo trabajan para ciertos intereses (destructivos).

Para corregir un error, lo primero es admitirlo. Reconozcamos que algunos de los pilares de nuestra sociedad están construidos sobre la violencia.

  • El patriarcado se reconoce cuando vemos la agresividad contra las mujeres y los niños.
  • El antropocentrismo —decía Marta Tafalla— nos ha llevado a que se pierdan especies a un ritmo insólito.
  • El ecocidio es una forma de brutalidad contra toda la biosfera, humanos incluidos (especialmente mujeres, niños y personas pobres).
  • El racismo —disfraz común de la aporofobia— necesita violencia sobre la que articularse.
  • Los paraísos fiscales, el turismo depredador o los impuestos regresivos (el IVA, por ejemplo) son una forma legal de promover una desigualdad que salpica violencia contra los más pobres, a los que expulsa fuera de los márgenes para luego culparlos por buscarse la vida donde a las élites no les interesa.

Afirmar que la violencia es intrínseca al ser humano es negarse a comprender que detrás de cada misil, de cada bala y de cada puñetazo hay una mano gobernada por una mente humana. La violencia —como la paz— se puede enseñar, se puede aprender y también se puede desaprender.

La paz como camino

El camino de la no violencia (ahimsa) no es el de la resignación ni el de la indiferencia. Implicarse en la paz exige coherencia en los gestos cotidianos: en lo que consumimos, en lo que toleramos y en lo que legitimamos. Nuestro voto democrático y nuestras exigencias políticas influyen e importan, incluso aunque nuestra opción no consiga ni un escaño. Cada día es un reto para educar (y educarnos) en pacifismo, feminismo, ecoanimalismo, etc.

En este sentido, deberíamos rechazar productos o eventos que apoyen actos de violencia. Por ejemplo, productos procedentes de países que ejercen violencia desmedida (Israel, Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, Marruecos…), pero también películas, publicidad o videojuegos, contenidos que normalizan la violencia. Por supuesto, la gran mayoría de adolescentes sabe distinguir entre disparar en un videojuego y disparar en la vida real, pero acostumbrarse a hacerlo —de jóvenes— en el mundo virtual, facilita dar el salto a hacerlo en el mundo real.

Lo saben bien los cazadores y los taurinos. Si no enseñas a los niños este tipo de agresividad, será más difícil que de mayores quieran disparar a un ciervo o disfrutar del sufrimiento de un toro sangrando. Una mente educada en la paz jamás disfrutará de la violencia. Lo que deja de parecernos aceptable termina dejando de practicarse.

Tiempos turbios como el petróleo

Corren tiempos extraños en los que un presidente de Estados Unidos insulta, promueve la rebelión, ataca, bombardea, justifica un genocidio, exige un aumento del gasto militar…, y acto seguido pide para sí mismo el Premio Nobel de la Paz. La contradicción ya no escandaliza: se ha normalizado. Resulta igualmente revelador que la ganadora del premio en 2025 —la venezolana María Corina Machado— quisiera compartirlo con Donald Trump por el mérito de haber secuestrado —mediante bombas y crueldad— al presidente de Venezuela. Por muy indigno presidente que fuera Nicolás Maduro, usar la violencia contra él jamás debería ser el argumento para merecer un premio pacifista.

Ante el petróleo robado, han surgido empresas-vampiro como Repsol, que se han arrodillado ante Trump para conseguir un trozo de la sangre venezolana. Repsol se hundiría en ventas y en bolsa, si la España de hoy fuera la misma que la España del «No a la guerra» contra Aznar (2003) o la España del 15-M (2011). ¿Quién quiere repostar en una empresa que roba a un país hermano?

España estalló contra la guerra de Irak en la que nos metió el presidente Aznar. ¿Qué protestas hay en Estados Unidos contra el robo de petróleo a otros países? ¿Qué protestas hay en Israel contra el genocidio de sus vecinos palestinos? Apenas las hay; en parte porque ha existido una educación comprensiva o que justifica cierta violencia.

Sumar gestos para la paz

No hace falta gritar en las calles. Basta con boicotear todo lo que provenga de empresas o países violentos o que se aprovechen de la violencia de otros. Cada gesto —también en redes sociales— suma o resta. No es lo mismo presumir de unos pendientes de oro que posar con una kufiya palestina. Consumir es más poderoso que votar.

La no violencia —especialmente hacia los animales— es un arma muy poderosa que, además, se contagia por vía oral. Hay mil ejemplos, desde Gandhi hasta casos más recientes, que muestran que la resistencia no violenta puede erosionar sistemas aparentemente inamovibles. La fuerza de la no violencia no reside en la pasividad, sino en su capacidad de deslegitimar la violencia sin reproducirla. Palestina ha encontrado más éxito y más apoyo internacional ejerciendo la no violencia que con atentados terroristas. La Flotilla de la Libertad es solo un ejemplo vivo que nace para frenar a una potencia violenta, para desacreditarla y para complicarle la existencia sin derramar nada de sangre.

Un buen punto para comenzar a construir una sociedad pacífica sería acercarnos al veganismo. Si conseguimos una sociedad sensible al sufrimiento de un pez o de una gamba, habremos caminado en paz más de la mitad del camino.

♦ Sobre pacifismo:

Las medidas que la Unión Europea puede activar para frenar a un Trump desbocado

3 Febrero 2026 at 09:06

Las ínfulas expansionistas de Donald Trump y su ataque –cuando no chantaje– económico a la Unión Europea han configurado un tablero político internacional nunca visto: Estados Unidos ya no es un socio confiable para el Viejo Continente. Frenar al presidente que ha ejecutado a decenas de personas en operaciones militares y policiales —en alta mar contra supuestos narcotraficantes o en tierra firme contra opositores a sus políticas antiinmigración— es posible. La activación de algunos resortes que la misma UE ha previsto para estas situaciones podría hacer que Trump reexaminara sus ambiciones. Sin embargo, los expertos señalan que falta unión política por parte de los Estados miembros para ello.

Según Mario Rísquez, profesor de Economía en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), intentar parar los pies a Trump pasa por cuestiones relacionadas con la disuasión. “De esta forma se pueden evitar los impactos que la aplicación de estas políticas tendría sobre la población estadounidense”, explica. Se refiere, por ejemplo, a la idea de aplicar aranceles a productos que se fabriquen en estados republicanos, lo que ejercería presión sobre la Administración Trump, pero también tendría el efecto indeseado de golpear a la ciudadanía.

Este experto apuesta por medidas coyunturales y de fácil reversión y por evitar otras como romper ciertas relaciones con Estados Unidos o no participar en instituciones en las que esté presente, que podrían suponer un peaje a largo plazo. Por otro lado, la diversificación de la economía europea para evitar la gran dependencia de Estados Unidos es una de las recetas estrella a la hora de intentar frenar al gobierno norteamericano. “Esa es la palabra clave, ‘diversificar’, y es algo que ya hacemos mirando cada vez más a China”, enfatiza Rísquez. En este sentido, hace apenas unos días la UE cerró un acuerdo económico histórico con India, presentado como “la madre de todos los acuerdos” por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Hacia la independencia: el camino lo marca Canadá

Natalia Arias Pérez, analista del gabinete económico de Comisiones Obreras (CC. OO.), subraya que la UE tiene la posibilidad de realizar acciones coordinadas. Entre ellas se encuentra una que considera primordial: reducir la dependencia con Estados Unidos y avanzar hacia la autonomía estratégica, sobre todo en materia energética, y hacia una industria de defensa propia.

El camino en esta pretendida diversificación lo ha marcado Canadá, quien se ha abrazado a China a través de un tratado de libre comercio. Así lo ve Yago Álvarez, periodista económico de El Salto, quien considera este movimiento “una perfecta declaración de intenciones”. Según explica, “lo que viene a decir es que prefieren los coches eléctricos chinos a los de Elon Musk”.

Y no solo eso. Álvarez recalca que el presidente canadiense, Mark Carney, dijo en Davos que el orden internacional conocido hasta ahora, en el que todo Occidente agachaba la cabeza ante la gran potencia –“aunque no citó a Estados Unidos”, apuntilla el periodista– ya no funciona. “Dijo que los Estados medianos nos tenemos que organizar para no permitir los imperialismos de las grandes potencias, y ese es el camino que debería seguir la UE”, defiende antes de expresar que “la forma de combatir a Trump es aislarlo comercialmente como socio no confiable”.

Golpear a las grandes tecnológicas con regulación

Para frenar a Trump, en el medio plazo la UE también debería apostar e invertir más en soberanía digital y en inteligencia artificial, valora Arias. “Se podría fomentar el uso de redes sociales propias, y sobre todo endurecer el reglamento de servicios digitales para limitar las actividades de las plataformas tecnológicas de Estados Unidos”, propone. La economista lanza otra idea: suspender en Europa las patentes de las empresas estadounidenses. Básicamente, esto posibilitaría su copia.

Yago Álvarez también incide en ese flanco: “Se les podría meter más caña a las empresas de Silicon Valley y agrandar las multas a Apple, Google o Facebook. Se les ha permitido convertirse en monopolios y ahora dependemos de ellos y de sus infraestructuras, así que ya es hora de regularlas con mano dura”.

Si miramos al corto plazo, ya se ha paralizado en el Parlamento Europeo el tratado comercial firmado el año pasado con Estados Unidos, que para la experta de CC. OO. es un “mal acuerdo”, a expensas de cómo avanza el conflicto. Asimismo, la activación de la cláusula de anticoerción por parte de los Estados miembros es otra de las herramientas que la UE podría utilizar. A pesar de que sus efectos no son inmediatos, sí permite respuestas más fuertes que limitan a las empresas estadounidenses el acceso a los mercados europeos y la contratación con administraciones europeas.

Terminar con la dolarización de la economía

Entre las medidas ya impulsadas y que han cosechado cierto éxito está la venta de bonos de deuda pública estadounidense. Estados Unidos incurre año tras año en déficit, pero tiene una situación privilegiada: el dólar es la moneda de referencia a nivel internacional. A pesar de esos déficits, su deuda se suele financiar a muy bajo interés, también por el papel hegemónico de la Reserva Federal. “Si te deshaces de una deuda porque consideras que incurre en un riesgo de impago o simplemente no la ves atractiva a los tipos de interés que ofrece, aumentará los tipos de interés a los que se financia Estados Unidos”, desarrolla Rísquez.

Arias, por su parte, sostiene que no renovar la deuda pública con Estados Unidos a medida que va venciendo es una de las medidas más fuertes para intentar acabar con la primacía del dólar como referencia internacional y con los “derechos de señoraje”, tal y como los denomina, que genera. “Desdolarizar en la medida de lo posible nuestro comercio con otros países es lo que más poder le puede quitar a Estados Unidos”, remarca la economista de CC. OO.

Álvarez apunta que si los grandes tenedores de bonos del Estado estadounidenses (como son Reino Unido, Japón o China), además de la propia Reserva Federal, empezaran a vender su deuda, la prima de riesgo de Estados Unidos se dispararía y les costaría muchísimo financiarse. “Esto incrementaría los déficits que ya arrastran y restaría valor al dólar”, abunda. De todas formas, no cree que algo así vaya a suceder “porque a nadie le conviene del todo reventar el dólar y que eso afecte también a su propia economía”.

Esto ya es una realidad. Hace apenas unas semanas, el fondo de pensiones danés AkademikerPension anunció que vendería todos los bonos estadounidenses que tiene en cartera, unos 100 millones de dólares. Este proceso se conoce como “Sell America” y podría llegar a dañar gravemente a la primera economía del mundo.

Sin unidad política en la UE

Carme Colomina, experta en relaciones internacionales y Unión Europea del CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs), afirma que “la UE tiene instrumentos para hacer frente a Estados Unidos, pero falta la unidad política para activarlos”. Desde su punto de vista, el mundo se enfrenta a un Trump pragmático con los fuertes y duro con los débiles. “La UE ha adoptado esa imagen de debilidad en cualquier escenario de negociación, pero seguimos siendo el primer socio comercial de Estados Unidos, a la vez que dependemos de él en gran medida”, completa.

Más allá de herramientas económicas, la investigadora catalana detalla que se podría poner en marcha una mayor presión política. A la paralización del acuerdo comercial y la presión legislativa que se puede aplicar a los mercados digitales a través de regulación, Colomina ve como positivo que se vuelva a hablar de investigaciones como la que ahora señala a Grok, la inteligencia artificial de X, en manos de Musk, por la generación de desnudos sin consentimiento. “Cuando JD Vance dijo en la conferencia de seguridad de Múnich que la UE tenía un problema de democracia no lo decía por la extrema derecha, sino por la regulación de las grandes tecnológicas. Eso les puede hacer mucho daño”, reitera.

Alianzas internas y disonancia con China

La experta en relaciones internacionales pone el foco en las consecuencias políticas que pueden acarrear decisiones de este tipo. “Y aquí vemos que la UE se divide y se rompe internamente”, esgrime. Frente al discurso más duro de los presidentes francés y español, Emmanuel Macron y Pedro Sánchez, respectivamente, se colocan países como Italia y Alemania, que se alían entre ellos e insisten en que debe haber una salida negociada y diplomática al conflicto.

La amenaza de guerra comercial por parte de Trump ha supuesto para China, cuyo primer socio comercial es la UE, la ocasión idónea para ocupar los espacios de los que se retiraba Estados Unidos. “Para hacer frente a los aranceles de Estados Unidos, China intenta ampliar sus mercados de exportación a nivel mundial”, prosigue Colomina. De nuevo surgen las divisiones internas en la UE. Mientras algunos Estados ven con buenos ojos que China tenga más peso, otros recelan de la entrada de capital y productos del gigante asiático.

En el caso de España, poco puede hacer por su cuenta. Pero la economía española está totalmente integrada en la comunitaria, por lo que posee capacidad de presión en tanto miembro de la UE. La experta del CIDOB destaca que esta también es una forma de defensa. “Si Trump pone en el punto de mira a España, como ya ha hecho en ocasiones a cuenta del gasto militar en la OTAN, y amenaza con sanciones, Trump debería saber que no puede castigar a España individualmente al formar parte del mercado único europeo”, concluye la investigadora.

Medidas simbólicas contra las políticas sociales trumpistas

Rísquez, el profesor de la UCM, menciona otras medidas ligadas a lo económico pero que no buscan únicamente un efecto en la política económica de Estados Unidos. En este sentido, se ha planteado el boicot a grandes empresas estadounidenses, como McDonald’s, por la represión del ICE a la población susceptible de ser migrante. Algunas personas han propuesto no participar en el Mundial de Fútbol, que se celebrará en México, Canadá y Estados Unidos. “Esto puede construir un discurso social contra la Administración Trump, pero creo que su efecto económico será muy leve”, finaliza este experto.

La entrada Las medidas que la Unión Europea puede activar para frenar a un Trump desbocado se publicó primero en lamarea.com.

Libro “Esto lo cambia todo” de Naomi Klein (Resumen): El capitalismo contra el clima

Libro de Naomi Klein.
Este artículo es largo, pero merece la pena leerlo hasta el final.

Naomi Klein (periodista canadiense, 1970-) ha escrito tres libros que han conseguido cambiar la percepción de la sociedad. Sus anteriores libros son “No logo” (1999) y “La doctrina del shock” (2007).

En “Esto lo cambia todo” (2015) se propone hablar de un tema incómodo y que muchos eluden (como corrobora Leonardo DiCaprio en su documental “Before the flood“, verlo entero aquí). Naomi Klein expone los mitos y las realidades del Cambio Climático, sin caer en tópicos ni en la desesperación, ofreciendo datos, caminos y opciones que debemos transitar.

Naomi Klein reconoce que ella misma negó el cambio climático cuando “sabía que estaba pasando”. No lo negaba como Donald Trump diciendo que mientras exista el invierno el cambio climático es mentira. Pero lo ignoraba, como mucha gente, mirando para otro lado sin querer ser consciente de la realidad o confiando en milagros tecnológicos o políticos. “El cambio climático es así: es difícil pensar en él durante mucho tiempo. Practicamos esta forma de amnesia ecológica intermitente por motivos perfectamente racionales. Lo negamos porque tememos que, si dejamos que nos invada la plena y cruda realidad de esta crisis, todo cambiará. Y no andamos desencaminados”: “El cambio climático lo transformará todo en nuestro mundo”. Esto implica “cambiar cómo vivimos y cómo funcionan nuestras economías, e incluso cambiar las historias que contamos para justificar nuestro lugar en la Tierra. La buena noticia es que muchos de esos cambios no tienen nada de catastróficos. Todo lo contrario: buena parte de ellos son simplemente emocionantes”.

Naomi Klein, libro resumido Naomi Klein constata que es posible que la lucha contra el cambio climático requiera invertir dinero, pero el dinero se puede conseguir. Como muestra, resalta que las autoridades sacaron “billones de dólares hasta de debajo de las piedras” para salvar la banca y han hecho “pagar a la ciudadanía la factura dejada por los bancos” que ocasionaron la crisis. “El cambio climático, sin embargo, no ha sido nunca tratado como una crisis por nuestros dirigentes”, pero “si un número suficiente de todos nosotros dejamos de mirar para otro lado y decidimos que el cambio climático sea una crisis (…) no hay duda de que lo será y de que la clase política tendrá que responder”, porque “no basta con que lo mitiguemos o nos adaptemos a él. Podemos aprovechar esto para reactivar economías locales, “recuperar nuestras democracias de las garras de la corrosiva influencia de las grandes empresas”, “recobrar la propiedad de servicios esenciales como la electricidad y el agua, reformar nuestro enfermo sistema agrícola y hacer que sea mucho más sano”, respetar los derechos indígenas y las migraciones climáticas, y “poner fin a los hoy grotescos niveles de desigualdad existentes”:

Portada del libro La Doctrina del Shock de Naomi Klein: Lee un resumen de este y otros libros suyos aquí.
La Doctrina del Shock: Lee un resumen de este libro, también de Naomi Klein.
“La emergencia misma del cambio climático podría constituir la base de un poderoso movimiento de masas”.

Muchas veces se han aprovechado las crisis para imponer medidas que enriquecen a una reducida élite (España es un claro ejemplo): suprimiendo regulaciones, recortando gasto social, forzando privatizaciones, regulando a favor de ciertas empresas, limitando los derechos civiles (la “ley mordaza” en España), regalando dinero a los bancos, etc. El cambio climático es una crisis que podría aprovecharse, una vez más, para beneficiar a los ricos “en vez de para incentivar soluciones motivadoras (…) que mejoren espectacularmente la vida de las personas”: “El cambio climático representa una oportunidad histórica”.

Naomi Klein critica a la ONU porque, a pesar de tener la misión de prevenir que se alcancen en el mundo niveles peligrosos de cambio climático, no solo no ha realizado progresos, sino que ha permitido que se retroceda. Tal vez, lo mejor que ha conseguido es que se hable del cambio climático. Lo peor que puede ocurrir es que se ignoren los problemas: olas de calor brutales, sequías, inundaciones, plagas, huracanes, incendios, aumento del nivel del mar, desplazamiento de millones de personas, contaminación atmosférica, lluvia ácida, enfermedades viajeras, pérdidas de cosechas… problemas que se unen a otros como las pesquerías diezmadas o el aumento mundial de la demanda de carne. Klein afirma que ante un panorama así “cuesta ciertamente imaginar qué quedaría sobre lo que sustentar una sociedad pacífica y ordenada”.

La climatóloga Lonnie G. Thompson dijo: “Casi todos los científicos y científicas del clima estamos ya convencidos de que el calentamiento global representa un peligro inminente para la civilización“. Lo curioso es que “disponemos de las herramientas técnicas para desengancharnos de los combustibles fósiles” y aunque, haya que tomar medidas extraordinarias, el ser humano es capaz de hacerlo. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial se redujo el uso de automóviles por placer en el Reino Unido. También en EE.UU. y Canadá aumentó el uso del transporte público y se cultivaron los llamados “huertos de la victoria”. Y aún hoy sacrificamos nuestro bienestar cuando nos lo piden en nombre de la austeridad y del crecimiento económico (reducción de pensiones, aumento de la edad de jubilación, pérdida de derechos laborales, reducción de las prestaciones públicas… o cosas como salvar las autopistas en España).

“Estamos atascados porque las acciones que nos ofrecerían las mejores posibilidades de eludir la catástrofe –y que beneficiarían a la inmensa mayoría de la población humana– son sumamente amenazadoras para una élite minoritaria que mantiene un particular dominio sobre nuestra economía, nuestro proceso político y la mayoría de nuestros principales medios de comunicación”. Y esto se demuestra en lo que llama los “tres pilares de las políticas de esta nueva era“: “privatización del sector público, desregulación del sector privado y reducción de la presión fiscal a las empresas” (o permitir que defrauden en paraísos fiscales).

Todo esto demuestra que “nuestra economía está en guerra con múltiples formas de vida sobre la Tierra, incluida la humana”, pero “podemos transformar nuestra economía”. Estamos ante una “dura elección: permitir que las alteraciones del clima lo cambien todo en nuestro mundo o modificar la práctica totalidad de nuestra economía”. La autora dice que “el cambio climático es una batalla entre el capitalismo y el planeta (…) y el capitalismo la está ganando”: Más que esperar nuevas tecnologías, “tenemos que pensar de manera distinta” y aplicar las tecnologías que ya tenemos.

Los alces de Canadá están muriendo envenenados por beber agua contaminada por las toxinas de las arenas bituminosas de la industria de las energías sucias (Shell). Este es sólo un ejemplo de los millones que se podrían poner. Si queremos preservar nuestro planeta “tendremos que renunciar a ciertos lujos”. Ello conllevaría la desaparición de industrias enteras. Veremos desastres “hagamos lo que hagamos”. Aún así no es demasiado tarde para evitar lo peor.

Psicología del cambio climático

Diversos estudios sostienen que la ideología o «cosmovisión» personal influye en la opinión sobre el cambio climático más que ninguna otra cosa (más que la edad, la etnia, el nivel educativo o la afiliación a un partido). Así, las personas con cosmovisiones «igualitaristas» (caracterizadas por la inclinación hacia la acción colectiva y la preocupación por la desigualdad y la justicia social) aceptan el consenso científico sobre el cambio climático. Por el contrario, las personas que tienen visiones del mundo «jerárquicas» e «individualistas» (marcadas por su oposición a la ayuda a las minorías y a la pobreza, apoyo fuerte a la empresa privada y convencidos de que todos tenemos más o menos lo que nos merecemos) rechazan ese mismo consenso científico.

Dan Kahan, profesor en Yale, llama «cognición cultural» al proceso por el que, con independencia de nuestras ideologías políticas, aceptamos una información nueva sólo si confirma nuestra visión, pero si supone una amenaza a nuestro sistema de creencias, entonces nuestro cerebro se pone de inmediato a producir “anticuerpos intelectuales destinados a repeler esa invasión”. Es decir, “siempre es más fácil negar la realidad que permitir que se haga añicos nuestra visión del mundo”. Y resulta que “algo tiene la cuestión del cambio climático que hace que ciertas personas se sientan muy amenazadas”.

Ejemplo de esto es que en las regiones más dependientes de la extracción de combustibles fósiles se niega más el cambio climático (independientemente de la ideología política, tanto en EE.UU. como en Canadá). Los mismos científicos sufren este efecto: Mientras el 97% de los científicos opina que una causa importante del cambio climático somos los humanos, ese porcentaje cae al 47% entre los científicos que se dedican a estudiar formaciones naturales para extraer sus recursos. “Todos nos sentimos inclinados a la negación cuando la verdad nos resulta demasiado costosa (emocional, intelectual o económicamente)”.

Upton Sinclair dijo: «¡Qué difícil es conseguir que un hombre comprenda algo cuando su sueldo depende de que no lo comprenda!».

Los negacionistas tienen razón en algo

El negacionismo climático (liderado por el Instituto Hertland, Koch Industries y Exxon-Mobil), sabe que admitir el cambio climático supone aceptar también que hay que planificar nuestras sociedades de otra forma, y eso implica que no podemos dejar las cosas a la libertad del mercado (como propugna el liberalismo). “Muchos negacionistas reconocen con toda franqueza que su desconfianza ante las tesis científicas sobre el tema creció a partir de un temor muy profundo a las catastróficas implicaciones políticas que tendría para ellos el hecho de que el cambio climático fuese real”. El cambio climático no supone el fin del mundo, pero reducir las emisiones como sugiere la ciencia sí sería “el fin de su mundo”. Y para algunos conservadores supone también una amenaza a su absurda creencia de que el hombre está aquí para someter y dominar el planeta (desmentida por el Papa Francisco por ejemplo) o de que que nuestras diferencias con otros animales no son sólo cuestión de grado (desmentido por múltiples evidencias y hasta por Darwin).

Lo curioso es que los negacionistas, como el Instituto Heartland, “están completamente equivocados en lo que respecta a la versión científica de los hechos, pero en lo referente a las consecuencias políticas y económicas de esos resultados científicos (…) no podrían tener los ojos más abiertos”. Casi todos los científicos que presentan sus trabajos en el Instituto Heartland están descaradamente “empapados en dólares del sector de los combustibles fósiles”. Algunos incluso, en vez de negarlo, buscan ventajas al cambio climático como afirmar que vendrán momentos muy duros para países que son amenazas para EE.UU.

Como también dijo Carl Sagan, las compañías de seguros están realmente asustadas con el cambio climático. Tienen hasta equipos de climatólogos para prepararse para los desastres. Sin embargo, no han presionado apenas para que se pongan en práctica políticas climáticas agresivas.

El cambio climático, que debería unirnos a la humanidad, podría también dividirnos más aún. “La razón real por la que no estamos reaccionando a la altura de lo que exige el momento climático actual es que las acciones requeridas para ello ponen directamente en cuestión nuestro paradigma económico dominante (capitalismo desregulado combinado con la austeridad en el sector público)”.

Promover el comercio local debe ser prioritario

En muchos países se están promoviendo acuerdos comerciales que impiden el desarrollo de la industria local. Este libro denuncia que la OMC ha interferido en muchas ocasiones para evitar acciones contra el cambio climático (en Canadá, por ejemplo) para favorecer los intereses del comercio. También se critica que la OMC nunca ha hecho nada para que las compañías de combustibles fósiles reciban menos subvenciones o que paguen algo por “el privilegio de tratar nuestra atmósfera compartida como un vertedero gratuito de sus residuos” (que muera gente parece ser irrelevante).

Klein apunta a unos culpables claros: “Si los países ricos consumiesen menos, todo el mundo estaría más seguro”. Y señala al sector alimentario como uno de los sectores clave, pues representa entre un 19 y un 29% de las emisiones mundiales de GEI (Gases de Efecto Invernadero). No es justo que los países sean sólo responsables de la contaminación que generan dentro de sus propias fronteras y no de la que se produce al fabricar bienes que se fabrican para llevarlos a su territorio. Además, la contaminación de los buques portacontenedores no se atribuyen formalmente a ningún país. “Cuando China se convirtió en la fábrica del mundo también pasó a ser la chimenea del mundo”. No hay control para que las multinacionales no abusen de la mano de obra en los países más pobres, ni los contaminen o exploten sus recursos naturales: “Cuando las fábricas se marcharon hacia China, también se volvieron acusadamente más sucias”. “La explotación de los trabajadores y la del planeta forman, por lo que parece, un pack de oferta: dos por el precio de uno”.

El consumo genera daños ambientalesIlana Solomon, analista para el Sierra Club, decía que tenemos que “reflexionar sobre qué estamos comprando y cómo lo estamos haciendo, y sobre cómo se produce lo que compramos”. Pero Klein sugiere que “el hecho de que el clima de la Tierra cambie hasta extremos caóticos y desastrosos es más fácil de aceptar que la idea de transformar la lógica fundamental del capitalismo, fundado sobre el crecimiento”. Si esperamos que la tecnología lo arregle todo avanzaremos poco y tarde. Lo urgente es “consumir menos, desde ya”, pero para los políticos resulta difícil animar a la población a consumir menos. Aunque hay mucha gente que intenta reducir su consumo, no podemos permitir que todo dependa de un grupo de urbanitas concienciados. Necesitamos que las opciones bajas en carbono sean accesibles para todos, transportes públicos baratos, viviendas asequibles y de elevada eficiencia, fomento de la bicicleta… y todas las clásicas demandas ecologistas que hasta el Papa Francisco ha apoyado tan claramente. Y resulta gratificante que esas políticas, además de reducir los GEI, fomenten el fortalecimiento de las comunidades locales, aire y agua más limpios, reducción de la desigualdad, etc.

Klein también pide una “reordenación” del PIB, para que no sea una medida tan nefasta del desarrollo de un país. También propone: aumentar los “impuestos sobre el lujo” (ya que los ricos consumen y contaminan más), jornadas laborales más cortas, una renta básica (para compensar el hecho de que “el sistema no puede facilitar puestos de trabajo para todos”), “regulación estricta de la actividad empresarial”, “dar marcha atrás en privatizaciones de empresas y servicios fundamentales” y garantizar “que todo el mundo tiene cubiertas sus necesidades básicas: sanidad, educación, alimento y agua limpia”. En definitiva, “las medidas que debemos tomar (…) chocan frontalmente a todos los niveles con la ortodoxia económica”.

Defendiendo lo público se cuida del bien común

Más de 200 regiones en Alemania (como Hamburgo) han decidido devolver al control municipal sus redes de electricidad, gas y calefacción. Resulta interesante constatar que “existe una relación clara y manifiesta entre la propiedad pública y la facilidad de las comunidades locales para abandonar la energía sucia”. Pero además, es que esa energía sucia, que beneficia sólo a empresas privadas, es muy inestable en precio y suministro.

Privar de recursos al sector público (la mal llamada “austeridad”) choca con la realidad del calentamiento climático y la toma de decisiones importantes para todos, especialmente para los más vulnerables. En EE.UU., es común el “racismo medioambiental”, por el que las industrias tóxicas instalan sus fábricas y sus almacenes de residuos contaminantes en zonas donde viven personas de color.

Klein, se hace eco del dramático caso de España y su ataque a las energías renovables, y propone soluciones interesantes a nivel mundial para acabar con la excusa de que no hay dinero: la tasa Tobin, el cierre de los paraísos fiscales, poner impuesto a los milmillonarios (del 1% como propuso la ONU), recortes en presupuestos militares, impuestos sobre el CO2 y acabar con las subvenciones a los combustibles fósiles y nucleares.

Ya en 1979, el presidente estadounidense Jimmy Carter, instó a los americanos a reducir su consumismo: «Cualquier acto de ahorro de energía es algo más que de sentido común: yo os digo que es un acto de patriotismo». Sin embargo, algunos consideran que ese discurso fue una de las razones por las que Carter perdió las siguientes elecciones ante Reagan. Hoy, posiblemente, “cualquier político que pida al electorado que se sacrifique para resolver una crisis medioambiental se estará embarcando en una misión suicida”. Pero el problema no es económico: “el problema es que nuestra clase política no tiene voluntad alguna de buscar el dinero”.

El cambio necesario

El libro nos cuenta casos como el de una fábrica de recambios para coches de Ontario que, cuando cerró por la crisis, fue reabierta por los empleados para producir equipos de energía solar. A los que dicen que esta conversión es cara hay que decirles que más caro será no hacerla. Además, Klein dice que los bancos que fueron rescatados deberían ser los encargados de financiar ese tipo de cambios, para devolver el favor a la ciudadanía.

Esa transición necesaria será un gran generador de empleo si se hace bien. Se trata de generar empleo sostenible aunque a veces sea necesario nacionalizar servicios básicos. Un sondeo británico reveló que una mayoría apoya la nacionalización de la energía y el ferrocarril. Pone el ejemplo de Alemania, donde la mitad de las instalaciones de energía renovable están en manos de agricultores, organizaciones ciudadanas y unas 900 cooperativas energéticas. También Dinamarca va en esa línea. España también.

La agricultura es un sector esencial, y no sólo por sus altas emisiones contaminantes, sino porque puede contribuir a disminuir la pobreza y ayudar a la autosuficiencia, además de que “los métodos agroecológicos superan en rendimiento al uso de fertilizantes químicos” en entornos desfavorables. Pero el hambre lo provoca la pobreza y no la falta de comida.Degradación por la minería de las arenas bituminosas en Canadá

También se repasa el desastre del fracking o de las arenas bituminosas, que en Alberta están destrozando grandes extensiones: “La tierra, despellejada viva”, emitiendo además entre 3 y 4 más GEI (especialmente metano y CO2) que el petróleo convencional. Por tanto, concluye que “la necesidad de que recortemos nuestras emisiones radicalmente no es compatible con la continuidad de una de las más lucrativas industrias del mundo” (la de los combustibles fósiles). Aunque el estado de Noruega es propietario de una de las empresas que está desgarrando el área de las arenas bituminosas de Alberta, también hace cosas bien: Estocolmo tiene un 74% de residentes que van a sus trabajos a pie, en bicicleta o en transporte público.

Critica también el fenómeno de las Puertas Giratorias (que no sólo ocurre en España, sino también en EE.UU., Reino Unido…) y el “capitalismo desregulado”. El “libre comercio (…) ha sido exactamente la carrera hacia el abismo que tantos alertaban que seria”. Pero Klein levanta una bandera de optimismo: “El cambio climático confronta lo que el planeta necesita para mantener la estabilidad con lo que nuestro modelo económico necesita para sostenerse a sí mismo”. Miya Yoshitani dijo también: “Estamos todos unidos en esta batalla, que no es una batalla solamente para conseguir una reducción de las partes por millón de CO2 en la atmósfera, sino también por transformar nuestras economías y reconstruir un mundo que queremos hoy”. Pensemos también que “las migraciones humanas están cada vez más vinculadas al clima”.

Klein también critica a la ciudadanía en general cuando dice, por ejemplo, que los manifestantes que salen a las calles para protestar por los fallos del sistema, olvidan el cambio climático, cuando éste “podría representar el verdadero golpe de gracia para esas estructuras que denuncian”. La misma crítica va también para políticos como Alexis Tsipras que, a pesar de ser de izquierdas, no aprovechan el cambio climático para impulsar sus demandas.

Extractivismo: Extraer recursos de la Naturaleza como si fuera infinita

Isla de Nauru, destrozada ambientalmenteEn el siglo XVIII se empezó “a tratar la atmósfera como si fuera un vertedero”, pero no es sólo de la atmósfera de lo que hemos abusado. Klein cuenta el dramático caso de la isla de Nauru donde sus minas de fosfato de calcio han sido explotadas como abono, hasta destrozar la isla y hacerla prácticamente yerma. Luego, se convirtió en paraíso fiscal. “Pocos lugares en la Tierra encarnan más gráficamente que Nauru los resultados suicidas de haber basado nuestras economías en la extracción contaminante”. Por último, Nauru cobra para que Australia lleve allí a sus inmigrantes y sobrevivan en tan mal estado que ha sido denunciado por Amnistía Internacional.

Francis Bacon dio permiso para “acosar a la naturaleza” y James Watt inventó la máquina de vapor que aumentó el poder para hacerlo. Pero ya hoy eso debería estar superado. Los combustibles fósiles destruyen la vida en todas partes. “Cuando se deja en su sitio, el carbón es muy útil, porque mantiene capturado no solo el carbono que las plantas sustrajeron del aire millones de años atrás, sino también toda clase de toxinas adicionales”. Y por eso Klein pide que dejemos de ser “una sociedad de ladrones de tumbas”.

El Club de Roma publicó “Los límites del crecimiento” (1972) y sus advertencias se están cumpliendo casi completamente, pero donde más acertó fue en los límites de los “sumideros”. Es decir, el ser humano no ha encontrado cómo ampliar la capacidad de la Tierra para absorber la contaminación.

Klein critica a algunas organizaciones ecologistas en EEUU que realmente no están interesadas en la conservación de la biodiversidad y cita varios casos, como el de la organización Nature Conservancy que, por ejemplo, extrajo petróleo de una zona que custodiaba para la conservación del pollo de las praderas de Attwater, llevándolo a su extinción en dichos terrenos. También denuncia, como hizo Galeano, que en este «mundo al revés» “el sector de los combustibles fósiles son invitados a las cumbres del clima de la ONU en calidad de «socios» clave”. Es cierto que EE.UU. y casi todos los países han aprobado muchas leyes ambientales, pero la realidad demuestra que no han sido suficientes. Algunas empresas gastan más dinero en promocionar el Día de la Tierra que en reformar sus actividades a fondo. Por otra parte, el comercio internacional de derechos de emisiones ha sido un fracaso estrepitoso y así lo demuestran algunos de los ejemplos que se incluyen en el libro, como una empresa india cuyo 93% de ingresos procedía de la venta de créditos de carbono, empresas que fabrican potentes gases GEI para luego cobrar por reducirlos, campesinos e indígenas que no pueden usar los bosques porque son sumideros de carbono, bosques que permiten que se contamine más en otra parte, técnicas para que las empresas que contaminan ganen más, etc.

Soluciones demasiado simples: La «ignorancia arrogante» (hibris)

Muchos millonarios se han propuesto salvar el planeta, como Jeremy Grantham, Warren Buffett, Michael Boomberg, Bill Gates, Tom Steyer y T. Boone Pickens. Pero todos ellos lo han hecho de forma superficial e interesada, incluso invirtiendo en el sector del petróleo a la vez. Un caso paradigmático es el de Richard Branson, magnate de las aerolíneas Virgin, que anunció que dedicaría sus beneficios a la lucha contra el cambio climático, pero cuyo objetivo parece ser más bien retrasar las medidas regulatorias anti-cambio climático. Su éxito consiste en haber conseguido que vuele más gente que antes, y con la conciencia tranquila pensando que dicha compañía hace algo para mitigar el cambio climático. ¿Será Leonardo DiCaprio otro farsante?

Para Klein, pensar que el capitalismo, y solo el capitalismo, puede salvar al mundo es claramente absurdo, y esos bienintencionados magnates sólo están explotando nuestra infundada creencia de que la tecnología va a salvarnos del gran problema que ella misma ha creado.

La geoingeniería pretende dar soluciones simples para el gran problema del cambio climático, incluyendo ideas tan extrañas o descabelladas como fertilizar los océanos para que asuman más carbono, recubrir desiertos con sábanas blancas, poner espejos en órbita, tapar el sol (GRS/SRM) echando, por ejemplo, gases sulfurosos en la atmósfera (Opción Pinatubo)… Pero es imposible validar esas ideas, ni probarlas, ni implementarlas a la escala necesaria. Además, esas ideas no contribuyen a cambiar la causa raíz, sino que se limitan a tratar un único síntoma, sin tener en cuenta los efectos secundarios: acidificación de océanos, la imprevisible reacción de la biosfera… y hasta cambios climáticos peores que sin GRS, como la alteración de precipitaciones que arriesgarían el alimento de millones de humanos. Por otra parte, esas soluciones harían ganar mucho dinero a algunos de esos ideólogos. Entre los detractores están, por citar algunos, Greenpeace, Sallie Chisholm, Alan Robock, o Vandana Shiva, quien afirma que los métodos agroecológicos permitirían capturar grandes cantidades de carbono, reducirían las emisiones y potenciarían la seguridad alimentaria.

Blockadia: Los pueblos bloqueando grandes compañías fósiles

Las compañías de combustibles fósiles o las empresas mineras se están encontrando cada vez con más oposición a todos sus proyectos (almacenamiento de gas, prospecciones, extracciones, fracking, minas de uranio, de oro, de cobre…). En muchos casos, esta oposición es de pueblos que no se dejan sobornar porque defienden su forma de vida tradicional, que al ser ajena a la extracción no depende de esos sucios negocios.

Esta férrea oposición a las compañías extractivas se ha visto y se está viendo por todo el planeta. El libro repasa algunos casos en Grecia, Rumanía, Canadá, Reino Unido, Rusia (contando el caso de los activistas de Greenpeace detenidos), Australia, China, EE.UU., Francia… aunque uno de sus mayores orígenes fue en Nigeria contra la empresa Shell, en la que se llegaron a ahorcar legalmente a los ecologistas que se opusieron. Aún hoy, en el delta del Níger, se vierte cada año  una marea negra como la del Exxon Valdez, envenenando peces, animales terrestres y personas. Ante tanta injusticia, el vandalismo contra los oleoductos no cesa. El pueblo ogoni y el ijaw no dejan de sufrir las consecuencias de un gobierno corrupto y una empresa extranjera, Shell, que se lleva sus recursos naturales porque en los países ricos siguen repostando en sus gasolineras sin enterarse de las consecuencias.Pato petroleado por un vertido en Canadá

Un caso muy llamativo es el del oleoducto Keystone XL entre Canadá y EE.UU., para dar salida a las altamente contaminantes arenas bituminosas de Alberta. Miles de aves han muerto allí al posarse en las inmensas balsas de desecho tóxico. Tantas aves mueren que se ven obligados a disparar unos cañonazos cada pocos minutos para espantar a las pobres aves migratorias que buscan lo que otrora fue un bosque. Por supuesto, esas balsas no son perfectas y tienen escapes y filtraciones. “Los médicos tienen miedo cuando se trata de diagnosticar afecciones relacionadas con la industria del petróleo y el gas”, declara un médico canadiense de la zona. Esas balsas proceden del inmenso consumo de agua que requiere este tipo de minería (2.3 barriles de agua por cada barril de petróleo, mientras que el crudo convencional requiere hasta 0.3 barriles). El fracking requiere aún más cantidad de agua y una vez utilizada queda tóxica y radiactiva.

La industria extractiva nunca ha sido segura y siempre ha precisado zonas de sacrificio para contaminarlas, cuando no se trata de contaminar la atmósfera. Los que sufren más la contaminación son, no por casualidad, los más pobres. Pero resulta que “ahora todos estamos en la zona de sacrificio” y los riesgos de hoy son “sustancialmente más elevados” que los de antes, debido a que ya sólo quedan los yacimientos más costosos, más profundos y en zonas más valiosas. El desastre de BP en el golfo de México (más de tres meses manando petróleo) o el vertido por la rotura de un oleoducto en Michigan (el mayor vertido en tierra de EE.UU.) son pruebas de ello y de que las industrias fósiles prefieren ganar más dinero a costa de aumentar los riesgos para otros, sostiene Naomi Klein, quien también denuncia la corrupción en EE.UU. a la hora de controlar a este tipo de industrias.

En algunas zonas, las empresas que envenenan consiguen más poder, ya que los únicos empleos son precisamente en la industria que envenena sus tierras (y hasta esos empleos son de mala calidad, aunque estén bien pagados). Pero en otras zonas, donde hay más diversidad empresarial y laboral, hay “personas dispuestas a pelear muy duro por proteger modos de vida que consideran intrínsecamente incompatibles con la extracción tóxica”. Klein dice que “cuando aquello por lo que se lucha es una identidad, una cultura, un lugar querido […] nada pueden ofrecer las empresas como contrapartida”.

Los éxitos son insuficientes, pero muy importantes. Francia, por ejemplo, gracias a las protestas ha aprobado una moratoria nacional contra la fracturación hidráulica o fracking. También hay moratorias en Bulgaria, Países Bajos, Chequia, Sudáfrica y algunos estados de EE.UU. Además, este último país ha descendido su producción eléctrica con carbón por la presión ciudadana, entre otros motivos. Costa Rica ha prohibido la minería a cielo abierto en todo el país. India tiene centrales térmicas a medio construir porque se paralizó su construcción ante las protestas. En China también se han paralizado centrales de carbón por las protestas, pues allí la contaminación es espectacular y supone un experimento de lo que ocurre cuando es el progreso lo que más importa: Pekín alcanza a veces los 671 microgramos de partículas en suspensión (las PM2.5) cuando la OMS fija el límite máximo en 25. Las actividades al aire libre se suspenden si se superan los 450.

Otra batalla con gran éxito es la de la desinversión, apoyada por la organización 350.org, por la que se pretende que todo tipo de organizaciones y fondos de inversión dejen de apoyar a las industrias de los combustibles fósiles. El Banco Mundial ha anunciado que no apoyará más proyectos de prospección o extracción de carbón y hay miles de organizaciones más que ya están retirando su apoyo y su dinero a las industrias sucias.

A veces, cuando una empresa no puede extraer el combustible por un cambio en la legislación, alega cláusulas de protección de los inversores de acuerdos de libre comercio. Pero estas demandas tienen el poder que los gobiernos quieran, pues ninguna empresa puede interferir en la libertad de un pueblo en defender su territorio de la degradación ambiental. El problema no son los acuerdos comerciales sino los gobiernos que no defienden correctamente el bien común. No obstante, Klein afirma que esos acuerdos comerciales tienen hoy mayor debate público que antes, como lo demuestra el caso del TTIP en Europa. Pero hay que estar muy atentos, porque si nos descuidamos, los intereses del capital financiero y de la industria energética estarán por delante del bien común: Un claro ejemplo es España, donde los bancos son empresas privilegiadas y las industrias energéticas dictan las leyes.

Cuando fallan los gobiernos nacionales y los organismos internacionales, muchos ayuntamientos se deciden a actuar en la acción climática. Son las llamadas «comunidades de transición» nacidas en Totnes (Reino Unido), que pretenden actuar en lo local para conseguir un cambio hacia economías de bajo carbono.

¿Derechos para los pueblos indígenas?

En Canadá y en otros muchos países, los indígenas no han cedido nunca sus tierras para su explotación petrolera. Como mucho, han aceptado compartirlas mientras no se socaven sus derechos a vivir, pescar, recolectar… pero no se puede compartir “si una de las partes se dedica a alterar irrevocablemente y a envenenar esa tierra compartida“.

Algunos de los pueblos indígenas amenazados por la sed de petróleo son los haida, los nez percé, los cheyenes, los lummi, los ogoni, los ijaw, los lakota, los tunebos, los chipewyan (ayudados por el rockero Neil Young del acoso de Shell), los tsilhquot’in, los cree del lago Beaver (“las personas más marginadas de mi país”, Canadá, en palabras de Klein)… Muchos pueblos indígenas carecen de recursos para que se respeten sus derechos, aunque los tengan claramente otorgados. En 2007 se firmó la Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y los únicos países que votaron inicialmente en contra fueron Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Finalmente, aceptaron esa declaración que proclama que los «pueblos indígenas tienen derecho a la conservación y protección del medio ambiente», así como a la reparación de las tierras confiscadas, ocupadas o dañadas. Que la incidencia de cáncer suba en todas las tribus canadienses afectadas por las arenas bituminosas no parece hacer desistir a la petrolera Shell.

“Mientras los abogados argumentan y debaten en los tribunales sobre las complejidades de la titularidad de la propiedad de la tierra, las sierras mecánicas siguen talando árboles que son cuatro veces más viejos que nuestros países, y los fluidos tóxicos de la fracturación hidráulica continúan filtrándose hacia las aguas subterráneas”.

Las energías renovables son “no extractivas” en dos sentidos: El veneno y el carbono no se extraen del subsuelo y el dinero no se extrae de la comunidad (las petroleras extraen recursos de un sitio y extraen el dinero de otro).

Ecuador (y los cheyenes de norteamérica) ha pedido ser compensado por mantener sus combustibles fósiles en el subsuelo porque «la manera más directa de reducir emisiones de CO2 es dejando los combustibles fósiles en el subsuelo donde ya están» (en palabras de Esperanza Martínez, de Acción Ecológica). Esto es lo que se conoce como «deuda climática» reconocida (al menos indirectamente) en la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático indicando que hay unas «responsabilidades comunes pero diferenciadas» ya que los países que más han contaminado deben ser los primeros en reducir sus emisiones.

Al hablar de «deuda climática» muchos habitantes de los países ricos argumentan que no son responsables de lo que hicieron sus antepasados. Sunita Narain, directora general del Centre for Science and Environment, responde claramente: «Vuestra riqueza actual guarda relación con cómo la sociedad ha explotado la naturaleza» (ya dijo De Jouvenel que nuestra riqueza procede de explotar la Naturaleza). Naomi Klein concluye: “Los países ricos no solo tienen que ayudar al Sur Global a encaminarse por una senda económica de bajas emisiones porque eso sea lo correcto, sino que necesitamos hacerlo así porque de ello depende nuestra supervivencia colectiva”. Y por supuesto, añade que igual que haber sufrido un atraco no da derecho a atracar, tampoco hay fundado derecho a contaminar por parte de los países pobres. Por tanto, es evidente que los ricos deben ayudar a los pobres a conseguir un desarrollo más limpio. Esto traerá mayor bienestar y empleo, lo que evitaría las enormes tasas de inmigración que hay y que, si no lo remediamos, habrá.

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Conclusiones

Naomi Klein asegura que no se tienen en consideración suficientemente los efectos de tanta contaminación sobre la fertilidad y sobre los animales no adultos, incluyendo niños. Por ejemplo, en zonas de fracking aumentan las probabilidades de problemas cardíacos en bebés, abortos involuntarios, altos niveles de PCB… El caso de Mossville es tristemente famoso por el “racismo medioambiental”: La población pobre debe soportar altos niveles de contaminación de las industrias petroquímicas con frecuentes vertidos y explosiones. En Mossville son frecuentes las enfermedades respiratorias, el cáncer, defectos de nacimiento y las histerectomías en mujeres.

El informe de BP antes del desastre del golfo de México es de risa: por ejemplo, suponía que los moluscos sobrevivirían a un desastre huyendo o que supondría poco estrés para los mamíferos. El desastre demostró que nada puede restituir lo perdido: millones de larvas y los bebés de delfín murieron… La acidificación de los océanos hace que las larvas de ostras no puedan formar sus caparazones y mueran, y herbicidas como la atrazina afecta directamente a la esterilidad en anfibios, junto con defectos congénitos y abortos espontáneos en humanos, sin contar la amenaza sobre las abejas.

Pero sabemos hacer las cosas mejor. Ecuador, por ejemplo, en su constitución de 2008 reconoció a la naturaleza o Pachamama el derecho a que se respeten su existencia y sus ciclos vitales (art. 71). En las luchas contra el extractivismo hay un arma secreta: la unión heterogénea hace una gran fuerza: indígenas y no indígenas, jóvenes y mayores… todos unidos en una causa común.

Los cambios que hacen falta son importantes, pero tenemos experiencia. Los cambios sociales de los siglos XIX y XX, por ejemplo, supusieron un cambio profundo en la cultura dominante (cambios en los derechos civiles, de las mujeres, de los homosexuales, de grupos étnicos como el caso del apartheid de Sudáfrica o el racismo en EE.UU., pero también la instauración de la Seguridad Social o el seguro de desempleo). La abolición de la esclavitud obligó a ciertas élites a renunciar a prácticas que les resultaban muy lucrativas (tanto como la extracción de combustibles fósiles hoy en día). Pensemos por ejemplo, que en el siglo XVIII los negocios más lucrativos del imperio británico se basaban en la esclavitud (plantaciones de azúcar del Caribe, compra/venta de esclavos…) y en EE.UU. “la esclavitud fue el eje sobre el que giró la revolución mercantil”.

Naomi Klein es consciente de que hay que cambiar la cosmovisión global, lo que nos decimos del mundo y de nosotros. Y eso no es fácil, pero es posible y para ello propone no aspirar simplemente a cambiar leyes, sino a modificar pautas de pensamiento. Por ejemplo, dice que pedir un impuesto sobre el carbono puede ser menos útil que reivindicar una renta mínima garantizada, porque ésto segundo  abre el debate sobre los valores y “sobre lo que nos debemos unos a otros sobre la base de nuestra condición humana”. Y sentencia que tendremos que comenzar a creer de nuevo que los seres humanos no somos irremediablemente egoístas y codiciosos (que es la imagen de nosotros mismos que se nos ha vendido).

Muchas veces se plantea si frenar a las compañías de combustibles fósiles tiene influencia en el PIB, pero lo importante es pensar si el crecimiento económico tiene alguna importancia cuando el planeta esté convulsionado. Son las compañías las que tienen que demostrar que sus acciones y sus técnicas son seguras. Y nosotros debemos exigirlo, porque “nadie va a venir a salvarnos de esta crisis” y “la ideología del libre mercado ha quedado desacreditada tras décadas de desigualdad y corrupción crecientes”.

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¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

28 Enero 2026 at 14:53
Por: La Marea

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Mientras cerrábamos el número 110 de la revista de La Marea, la policía migratoria de Donald Trump tiroteó al enfermero Alex Pretti en Minneapolis. Unos días antes, el ICE había matado ya a Renée Good. Las acciones del presidente de EE. UU. y la inacción de la comunidad internacional están dejando sin palabras a una sociedad que, paradójicamente, mira cada vez más a los líderes ultras. Lo hemos visto en Chile recientemente o, más cerca aún, en Portugal. En España, Ayuso se mueve con soltura y las encuestas pronostican también una amplia subida de Vox. Lo peor es que no es nuevo –ya buscamos en estas mismas páginas hace diez años antídotos de izquierdas–. Y lo aún peor es que va a más.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Ahí tenemos siempre al Carnaval de Cádiz cantando las mejores crónicas: «Mamá, perdóname, pero yo de mayor quiero ser un fascista». En el dossier de nuestra última revista (con portada de Candela Sierra, premio Nacional de Cómic 2025) tratamos de dar respuesta a todas estas cuestiones, qué lleva a la clase obrera a votar políticas en contra de sus propios intereses. ¿Por qué hay cada vez más obreros de derechas o, como dice el pasodoble de Los hijos de Cádiz, más fascistas modernos? Por un lado, en un reportaje firmado por Guillermo Martínez, contamos con los testimonios de trabajadores y trabajadoras forjados en la izquierda que han terminado virando su voto en los últimos tiempos hacia opciones como Vox. Y, por otro, con entrevistas y análisis de especialistas (Pablo Batalla, Patricia Simón, Sebastiaan Faber, Olivia Carballar, Jorge Dioni López, Barbara Celis, Antonio Avendaño…) que interpretan las causas más profundas del contexto global en el que estamos inmersos. La conciencia de clase ya no es un factor clave en la elección del voto, avisan. Y ridiculizarlos tampoco es la solución.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y además…

En este número también nos hemos desplazado a la frontera entre Venezuela y Colombia para tomar el pulso a la doctrina Donroe, ese nuevo viejo orden impuesto desde la Casa Blanca y que sitúa a América Latina, con ánimos redoblados, como su «patio trasero».

Entrevistamos a Hernán Zin, cineasta y reportero con 20 años de experiencia en conflictos armados. Su última película, nominada al Goya, es el documental Todos somos Gaza. Es la segunda parte de Nacido en Gaza (2014) y en ella sigue los pasos, en mitad del genocidio, de tres de los niños (ya adultos) que aparecían en la primera entrega.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Fieles a nuestra agenda, seguimos cerca del Sáhara Occidental. En esta ocasión nos acercamos a una paradójica realidad: alejados de su mar y de uno de los bancos de pesca más importantes del mundo, el pueblo saharaui cría pescado fresco en una piscifactoría situada en mitad del desierto, cerca de los campamentos de personas refugiadas de Tinduf (Argelia).

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Sin perder de vista la actualidad, tras el trágico accidente de Adamuz y el de Rodalies en Barcelona, ponemos el foco en el impacto que tiene el cambio climático sobre las infraestructuras dedicadas a la movilidad.

Por su parte, nuestro compañero Eduardo Robaina, coordinador de Climática, nos explica qué es y cómo nos afecta la calima, el polvo en suspensión procedente del desierto. En torno a este fenómeno meteorológico ha publicado un foto-libro con imágenes espectaculares.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y Bob Pop nos presenta a Víctor, alguien verdaderamente fascinante: recoge ropa de la basura y la reutiliza, con un ojo excelente para combinar prendas y un discurso político muy potente contra la moda del usar y tirar.

La Marea 110. Obreros de ultraderecha: ¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

Que no falte la cultura

Como siempre, llevamos temas muy interesantes en nuestra sección cultural, El Periscopio, que en esta ocasión cuenta con una preciosa portada diseñada por Sara Betula (sí, ahora que abundan las ilustraciones instantáneas generadas por IA, nosotras seguimos apostando, más que nunca, por las manos humanas).

Entrevistamos a la canadiense Sophie Deraspe, directora de Hasta la montaña, un bucólico alegato contra las prisas y las pantallitas que nos amargan la existencia. Analizamos el papel subalterno de las mujeres en las películas de romanos. Y publicamos fragmentos del diario personal de la artista Marta Cárdenas.

Como veis, la revista de enero-marzo viene cargada de temas actuales, profundos y sugestivos.

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La deriva autoritaria de Trump: las doce alarmas señaladas por un informe de Amnistía Internacional

24 Enero 2026 at 11:36
Por: Ana Veiga

“Estados Unidos, bajo el liderazgo del presidente Donald J. Trump, está mostrando un patrón reconocible de prácticas autoritarias y de erosión de los derechos humanos”. Con esta frase inicia la organización Amnistía Internacional su informe Suena la alarma: aumento de las prácticas autoritarias y erosión de Derechos Humanos en Estados Unidos, publicado con motivo del primer aniversario del segundo mandato de Trump.

Este documento hace un repaso por las doce alarmas que alertan de las prácticas de Trump, entre las que destacan los ataques a los medios de comunicación y a la libertad de expresión, las amenazas a las universidades y docentes, las coacciones al sistema judicial y al Estado de derecho, la normalización de la militarización y del control a través de la inteligencia artificial, así como el señalamiento de comunidades específicas, el aumento de políticas que marginan a grupos vulnerables y las deportaciones masivas.

“Los esfuerzos de la administración Trump por intimidar, silenciar y castigar a manifestantes y críticos, restringir a la prensa y reconfigurar el acceso a la información, y erosionar sistemáticamente el Estado de derecho están creando una emergencia de derechos humanos”, insisten. Desde Amnistía advierten que han visto “a dónde conduce este camino cuando se castiga la disidencia” pero también subrayan que “la deriva no es inevitable”.

Por eso, el informe incluye recomendaciones que animan a la sociedad civil a movilizarse para “salvaguardar el espacio cívico, restablecer las garantías del Estado de derecho y evitar la normalización de la represión”. 

Sin voces críticas

Los medios de comunicación están en el punto de mira. A menudo son atacados verbalmente en las ruedas de prensa de Donald Trump, quien incluso les amenaza con retirarles acreditaciones -y de ese modo el acceso a información- y financiación. Esta última configura la supervisión periodística del gobierno permitiéndole «controlar el mensaje y desalentar la cobertura crítica”, escribe Amnistía Internacional.

Otro ejemplo de condicionar las voces críticas es el de Mario Guevara, periodista con 20 años de trayectoria en Estados Unidos, detenido por el ICE el pasado junio mientras transmitía en directo las protestas del No Kings Day contra las redadas de inmigración en el estado de Georgia. Guevara contaba con un permiso de trabajo y una “suspensión administrativa” de órdenes de deportación. Sin embargo, las autoridades migratorias reabrieron su caso tras arrestarle por cargos de tres delitos menores: reunión ilegal, obstrucción y ubicarse como peatón en la calzada. Según informó The Guardian, se trata de uno de los periodos de encarcelamiento más prolongados de un periodista detenido por su labor profesional en la historia de Estados Unidos. Y es tan solo uno de los casos que muestra el viraje de la administración pública hacia prácticas más autoritarias.

Aunque el foco de Trump no está solo puesto en los medios de comunicación sino en cualquier voz crítica. A través del programa “Catch and Revoke” (“Capturar y revocar”) -que combinaba el monitoreo de redes sociales, el seguimiento del estatus migratorio y evaluaciones automatizadas de amenazas para revocar visas de manera masiva-, la administración Trump detuvo y trató de deportar a estudiantes que expresaron opiniones y participaron en protestas, en particular, con los derechos del pueblo palestino. 

Al inicio del mandato presidencial, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, anunció que había revocado las visas de al menos 300 estudiantes y visitantes, alegando que esas personas habían participado en “actos de vandalismo en universidades, acoso a estudiantes, ocupación de edificios y alteración del orden”.

Un ejemplo es el de la activista palestina Leqaa Kordia, detenida por primera vez en marzo de 2024 en una manifestación de solidaridad con Gaza en la Universidad de Columbia. Los cargos en su contra fueron desestimados, pero en marzo de 2025 la volvieron a arrestar cuando se presentó a una cita de control del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

«El presidente Trump ataca a quienes imparten la docencia y la forma en la que lo hacen. Ataca a la libertad de expresión, la autonomía institucional y la gobernanza compartida, y esto amenaza con socavar la solidez de la educación superior estadounidense que hasta ahora presumía de independencia frente a la interferencia política», denunciaba Lynn Pasquerella, presidenta de la Asociación Estadounidense de Colegios y Universidades, en RTVE.

El sistema judicial maniatado

Abogados particulares, bufetes y asociaciones de abogados fueron amenazados con investigaciones y sanciones por llevar a cabo su trabajo. También algunos fiscales han sido despedidos, como Michael Ben’Ary. Con más de 20 años de experiencia, fue relevado de su puesto mientras estaba trabajando en un caso de terrorismo que el propio Trump había mencionado en su discurso al Congreso. ¿El motivo alegado? Se difundió que había trabajado con Lisa Monaco, una figura clave en la administración de Joe Biden, y que supuestamente había sido parte de una «resistencia interna» contra Trump.

Los ataques verbales del presidente Trump contra jueces también han sido habituales. Incluso el presidente de la Corte Suprema, John Roberts, reprendió públicamente a Trump después de que este solicitara el juicio político contra el juez Boasberg -quien supervisa un litigio contra Trump que impugna la implementación de la Ley de Enemigos Extranjeros-. 

Como informó Reuters, el presidente Trump atacó al menos a 470 personas, instituciones y grupos mediante despidos, suspensiones, investigaciones y la revocación de autorizaciones de seguridad. También los amenazó con investigaciones o sanciones, incluida la congelación de fondos federales.

Expulsiones masivas y asedio a las personas migrantes

La aceleración de las detenciones masivas y las deportaciones aterroriza a las comunidades y crea una narrativa deshumanizante. “Paraliza la vida cotidiana: las familias evitan la escuela, la atención médica y los servicios básicos por miedo”, explican en el informe. “Desde el primer día, la administración Trump impulsó una agenda anti-migrante y anti-refugiados, implementando órdenes ejecutivas racistas y xenófobas que deshumanizaban y criminalizaban a los migrantes y a las personas que buscaban seguridad”. 

El sistema de detención masiva de inmigrantes se expandió, manteniendo a miles de personas en instalaciones superpobladas. Se construyeron nuevos centros de detención financiados por el Estado, como “Alligator Alcatraz” y Krome, en Florida. En ambos centros se ha denunciado trato cruel, inhumano y degradante.

La expulsión masiva de migrantes y solicitantes de asilo venezolanos mediante la invocación de la Ley de Enemigos Extranjeros el 15 de marzo de 2025 -se había utilizado por última vez para detener a más de 120.000 estadounidenses de origen japonés en campos de internamiento en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial- es una de las violaciones de los derechos humanos señaladas por Amnistía Internacional. Para Trump es tan solo la respuesta a una «invasión» que motivó el uso extraordinario de una ley de tiempos de guerra. 

Un ejemplo del uso de esta ley es el caso del venezolano Andry Hernández Romero, quien fue deportado acusado de ser miembro de la banda criminal Tren de Aragua. Después de esto, fue detenido durante cuatro meses en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) de El Salvador. Su deportación fue una más de las 200 hechas a sus compatriotas sin antecedentes penales.

Además, la administración Trump ha puesto fin al Estatus de Protección Temporal para muchas nacionalidades.

El control como objetivo: militarizado o con IA

El uso de los recursos militares para las protestas bajo el pretexto de combatir la delincuencia urbana se ha hecho “con el fin de apoyar una aplicación agresiva y a menudo ilegal de la ley migratoria”, denuncia el informe. El patrón de despliegues puso sobre la mesa la relación entre delincuencia y raza. Seis de las nueve ciudades donde el presidente Trump amenazó o desplegó a la Guardia Nacional tenían un alcalde negro y una gran población negra y latina. 

Pero el control no llega solo por la fuerza sino que el monitoreo de las redes sociales es otra de sus herramientas. La IA Babel X, proporcionada por Babel Street, y el sistema operativo Immigration OS de Palantir, permiten la vigilancia masiva de las redes sociales de millones de personas bajo la potencial amenaza del «terrorismo».

Además, Trump también ha recortado la financiación de las instalaciones y programas de atención reproductiva, forzando el cierre de clínicas -según el Gender Equity Policy Institute, las mujeres embarazadas que viven en estados que prohibían el aborto tenían casi el doble de probabilidades de morir-. Asimismo, ha atacado los derechos y la atención LGBTI, en particular de las personas transgénero, firmando una orden ejecutiva para “restaurar la verdad biológica”, definiendo el sexo como una “clasificación biológica inmutable como masculino o femenino”.

«Estamos presenciando una escalada alarmante de la represión patrocinada por el Estado y el abandono del estado de derecho y las normas de derechos humanos en todo el mundo», dice Erika Guevara-Rosas, directora sénior de Investigación, Políticas, Incidencia y Campañas, en el informe. Aunque el gobierno de Estados Unidos se había posicionado durante mucho tiempo – al menos en teoría- como un defensor mundial de los derechos humanos, la administración Trump ha hecho que Estados Unidos dé marcha atrás retirándose de acuerdos y organismos globales cruciales en materia de derechos humanos.

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Trump sume las relaciones internacionales en una espiral delirante

9 Enero 2026 at 12:32
Por: El Apunte

Donald Trump cree que el único límite a su poder es su propia «moralidad». Así lo ha expresado en una entrevista con el New York Times. El Senado de Estados Unidos no opina lo mismo y votó a favor de limitar la posibilidad de que pueda realizar otro ataque como el de Venezuela, el pasado sábado, sin contar con el visto bueno del Congreso. Incluso cinco senadores republicanos se desmarcaron de las filas del trumpismo y votaron a favor de esta decisión. El presidente estadounidense los llamó «estúpidos» y exigió que nunca más ocuparan un cargo público.

La maniobra del Senado evidencia hasta qué punto el golpe en Venezuela ha conmocionado las bases de la política estadounidense y mundial. Tanto Washington como los gobiernos europeos y latinoamericanos están en guardia, debatiendo, analizando cuáles pueden ser los próximos movimientos de Trump y cómo hacerles frente. Se plantean dos estrategias: la confrontación (aún puramente verbal, con Pedro Sánchez y Emmanuel Macron a la cabeza: ambos han rechazado explícitamente el «vasallaje» a Estados Unidos) y la colaboración. Esta última opción parece haber sido la elegida por Delcy Rodríguez. «Hay mucho maniqueísmo cuando se habla de las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos. No son algo extraordinario ni irregular las relaciones económicas y comerciales entre Estados Unidos y Venezuela», afirmó la presidenta venezolana. Estas «relaciones económicas», en la actualidad, están marcadas por la orden de Trump de apoderarse del petróleo venezolano, venderlo y quedarse con las ganancias; los ingresos que puedan ir eventualmente a Venezuela, además, deberán gastarlos en productos estadounidenses.

En esta situación, Caracas ordenó ayer la excarcelación de un centenar de presos como gesto de buena voluntad. Entre los liberados hay cinco personas de nacionalidad española: los vascos Andrés Martínez Adasme y José María Basoa, el canario Miguel Moreno, el valenciano Ernesto Gorbe y la venezolana con doble nacionalidad Rocío San Miguel. El presidente de la Asamblea Nacional y hermano de la presidenta, Jorge Rodríguez, agradeció el papel mediador del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, del presidente de Brasil, Lula da Silva, y de Catar en la liberación de los primeros presos.

La semana que viene, Trump tiene previsto reunirse con María Corina Machado, líder de la oposición al chavismo que fue desautorizada por el propio presidente norteamericano tras dar el golpe en Venezuela. «No tiene el apoyo ni el respeto del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto necesario», dijo de ella. A pesar del desaire, la opositora se ha mostrado exultante por viajar a la Casa Blanca para, según dijo literalmente, compartir con Trump su premio Nobel de la Paz. Quiere compartirlo con el hombre que, por interés económico, ha optado por la continuidad del chavismo.

A este descabellado clima de las relaciones internacionales hay que sumar la reacción del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que se mostró a favor de una mayor presencia estadounidense en Groenlandia. A favor… aunque la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, haya afirmado que si Estados Unidos ataca Groenlandia eso significará el fin de la OTAN.

Ante esta reacción, no sólo de Dinamarca sino de la mayoría de los líderes europeos, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, se burló de la «loca sobreactuación» proveniente del Viejo Continente. En una entrevista con la cadena afín Fox News, Vance intentó endosarle a Europa una narrativa dudosa (y llena de apelaciones celestiales) sobre la conveniencia de que Groenlandia pase a manos norteamericanas: «Si, Dios no lo quiera, los rusos o los chinos… No digo que vayan a hacerlo, pero si alguien, Dios no lo quiera, lanzara un misil contra nuestro continente, Groenlandia es una parte fundamental en la defensa antimisiles».

Vance, además, se mostró muy condescendiente con sus «aliados» europeos. «Siempre argumentan sobre el pasado. Dirán, bueno, luchamos juntos en la Segunda Guerra Mundial o luchamos juntos en la guerra contra el terrorismo. Y estamos agradecidos por ello. Nos encanta tener estos aliados. Pero que hayas hecho algo inteligente hace 25 años no significa que no puedas hacer algo estúpido ahora», dijo Vance, siguiendo al pie de la letra el libro de estilo del trumpismo: si no aprueban nuestras ideas, son estúpidos.

La próxima semana intentarán coaccionar en persona a los líderes de Dinamarca y Groenlandia: el secretario de Estado, Marco Rubio, se reunirá con ellos para explicarles, por enésima vez, la importancia estratégica de la isla ártica para Estados Unidos.

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Trump y el monstruo de Frankenstein

8 Enero 2026 at 07:00

28 de diciembre

Muere Brigitte Bardot y me propongo ver o volver a ver alguna de las películas que protagoniza. Mirando los comentarios a El desprecio en Filmin me encuentro con uno que me parece muy bonito: «No tengo el conocimiento suficiente para saber por qué me ha gustado». Y la valora con un nueve.

¿No nos esforzamos a menudo en razonar por qué nos gusta una obra de arte y a veces le añadimos interpretaciones que quizá no aporten nada? Me encanta esa sencillez: aceptar que desconoces los motivos del placer y el interés que te provoca una película o una novela o un poema.

Y es verdad que el arte nos emociona o interesa por razones y sensaciones tan complejas que intentar explicarlas puede llevar a simplificarlas.


En el otro extremo, el Frankenstein de Guillermo del Toro no me ha gustado nada y sí sé explicar por qué. No me parece que aporte nada de valor a lo que ya nos han dado el monstruo y su creador –o el creador monstruoso y la criatura–. Es verdad que hay un despliegue técnico y digital que puede resultar apabullante, pero también decepcionante. ¿Tal derroche de recursos para esto, para una nieve que parece hecha de algodón y para unos lobos de cartón piedra y para que en ningún momento la forma se convierta en contenido?

Es posible que fuera benévolo si se tratara de una obra más artesanal, pero me irrita este despilfarro grandilocuente que me ofrece tan poca cosa. Aunque me parece perfecto que se aleje del original, también me irrita el cambio que afecta a la coprotagonista. Entiendo que hoy es difícil repetir la figura femenina inventada por Mary Shelley, tan devota al genio, cuidadora abnegada, sacrificada. Pero al final Del Toro nos presenta a una mujer de carácter, con su propia agencia y que no se amilana ante el científico, pero muere sacrificándose por la criatura y enamorada de ella y de su cuerpo. Lo de la figura woke pero entregada al amor romántico no puede satisfacer a nadie porque pretende satisfacer a todos.


29 de diciembre

Leo un artículo sobre gastronomía de moda y me doy cuenta de que, aunque tenga mis pequeñas ínfulas gourmet, para algunas cosas vivo a espaldas de mi tiempo: no sé lo que es un smash burger, no tenemos un satisfryer ni hemos pensado tenerlo, no pagaríamos cinco euros por una gilda de diseño, me entero de la existencia del chocolate Dubai por el artículo y me maravillo de que se hayan puesto de moda los kebabs sofisticados. Y me quedo un rato meditando sobre el misterio de que se hayan convertido en tendencia –signifique esto lo que signifique– las prensas para hacer carpaccio; pero sé lo que es el carpaccio, así que tan fuera del mundo no estoy.

En realidad, no tiene sentido escandalizarse. Cada época tiene sus modas y seguirlas es a menudo una forma de distinción social, de mostrar que eres parte de un grupo especial. La diferencia con tiempos pasados es la siguiente: antes había gente que se arruinaba para poder seguir un determinado tren de vida al que correspondían vestidos lujosos, fiestas deslumbrantes, comidas pantagruélicas. Ahora puede suceder lo mismo, pero en la era del simulacro también puedes sugerir esa pertenencia elitista por medio de fotos que luego subes a redes sociales; quizá no te hayas comido tú ese chocolate Dubai ni sea tuya la satisfryer, pero fotografiándote con ella te cuelas en la tendencia y te autopublicitas como persona introducida en un modelo de vida al que no alcanzas…

Pero me acuerdo ahora del hidalgo al que sirve brevemente el Lazarillo, que se desperdigaba migas sobre la pechera para sugerir que había almorzado aunque las tripas le gritaran de hambre. Como decía aquel anuncio de bourbon: en realidad, las cosas no cambian.


6 de enero

Trump ha invadido Venezuela. No es que haya cambiado tanto la actitud de Estados Unidos, que siempre han entendido el mundo como conjunto de territorios que explotar; recordemos Chile, Bolivia, Honduras, Granada, Panamá, Irak, y por supuesto todos esos ataques en países africanos que desde España entendemos aún menos y por eso les prestamos poca atención. Lo único que ha cambiado es que a la administración de Trump le da igual guardar las formas. Si Eisenhower ocultaba que la CIA había sido instrumental en el asesinato de Lumumba, Trump se enorgullece de sus fechorías e indica claramente que no es una cuestión de legalidad ni de democracia sino de los intereses puros y duros de su país. Él no enarbola el derecho, muchos menos los derechos humanos, sino la fuerza. Al menos, sabemos a qué atenernos.

¿Le sucederá a Trump como al doctor Frankenstein, que esté poniendo en marcha una fuerza que escapará a su control y lo destruirá? No sucede siempre con los mundos monstruosos creados por los experimentos dictatoriales. Franco y Stalin murieron en la cama.


Leo las primeras reacciones de la derecha española, cómo intentan instrumentalizar el desastre para atacar a su némesis y vuelvo a pensar que no tienen absolutamente nada que ofrecer al país y por eso se dedican a embarrarlo todo, porque una vez que se ensucien todos los que están en el terreno, es más difícil distinguir quiénes son.

Ni una medida económica con cabeza, ni una medida social, ni una idea sólida de la política internacional que les gustaría defender. Tenemos a la peor derecha de la historia; y eso que el listón estaba muy alto. O muy bajo, según se mire.


Leyendo de forma alterna Política sexual y Viaje al manicomio, de Kate Millett. Me encanta cómo, en el primero, desvela la fanfarronería ridícula y misógina de Henry Miller y Norman Mailer –nunca me interesó ninguno de los dos, tampoco cuando Miller era mirado como un pope de la liberación sexual–. Ambos me parecían vagamente repulsivos sin que en la época en la que los leí –era jovencísimo– tuviese las herramientas para comprender y explicar por qué.

También me ha entusiasmado la contraposición que hace entre Ruskin y Stuart Mill a través de sus ensayos sobre la situación de la mujer. El primero, un liberal aparentemente bondadoso y a la vez, diríamos hoy, machista; el segundo de una valentía considerable al enfrentarse a las concepciones de su tiempo y al defender de manera radical la igualdad entre hombres y mujeres. Nunca ocultó el papel esencial en esos escritos de su mujer Harriet Taylor y de su hija Helen. En España lo publicó Emilia Pardo Bazán y escribió un interesante artículo sobre el ensayo. Leí el ensayo hace años y me pareció admirable no solo la reflexión, también su valentía al enfrentarse a la gente biempensante de la época y al reventar el consenso liberaloide. Por supuesto, Ruskin tuvo más éxito.

¿No sucede lo mismo ahora, que los libros que triunfan son los más complacientes, aquellos que nos dan exactamente lo que esperamos?

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Estados Unidos quiere “comprar” Groenlandia

7 Enero 2026 at 11:25
Por: La Marea

Envalentonado tras la intervención militar en Venezuela, Donald Trump ha señalado su próximo objetivo: Groenlandia. Este territorio, largamente codiciado por el mandatario estadounidense, alberga petróleo, gas, oro, uranio y materias primas críticas (litio, tierras raras, etc.). Como ocurrió en Venezuela (o en Irak en 2003), la excusa oficial para atentar contra la soberanía de un país extranjero no es explícitamente el saqueo de sus recursos naturales: en un comunicado oficial, la Casa Blanca declara que ambiciona el control sobre la isla para disuadir a sus «adversarios en la región del Ártico».

Los líderes europeos, reunidos ayer en París y conocedores de la táctica estadounidense, recordaron a Trump que Groenlandia es un territorio dependiente del Reino de Dinamarca y que, como miembros de la OTAN, todos juntos defenderán la isla de esos «adversarios» tan temidos en Washington. «Corresponde a Dinamarca y Groenlandia, y solo a ellos, decidir sobre los asuntos que conciernen a Dinamarca y Groenlandia», afirmaron los líderes de Francia, Alemania, Italia, España, Polonia, Reino Unido y Dinamarca. Aunque débilmente, es la primera vez que Europa alza su voz contra las ansias expansionistas de Trump.

En este sentido, el mandatario más contundente en sus críticas fue el español Pedro Sánchez: «No podemos aceptar que se amenace explícitamente la integridad territorial de un Estado europeo como es Dinamarca. No podemos aceptarlo y no lo vamos hacer, ni como país ni como gobierno. No nos vamos a callar».

El presidente estadounidense, por su parte, en unas declaraciones a bordo del Air Force One, afirmó que se hará con el control de Groenlandia «en unos dos meses» o quizás antes, «en 20 días». Su primera opción es comprarla, como indicó el secretario de Estado, Marco Rubio, en una reunión con senadores de Estados Unidos. De este modo, replicaría el modelo por el cual se hizo con el control de Alaska en 1867. Y si eso falla, optarán por la vía de las armas. «El presidente y su equipo están discutiendo una gama de opciones para alcanzar este importante objetivo de política exterior y, por supuesto, utilizar el ejército estadounidense es siempre una opción a disposición del comandante en jefe», indicó la Casa Blanca en un comunicado.

«El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado», declaró ayer Trump, quien en su hiperbólico estilo ensalzó el poderío militar de su país. Lo mismo hizo Rubio, descendiente de emigrantes (no exiliados) cubanos que tiene entre ceja y ceja la invasión de la isla caribeña. «Si yo viviera en La Habana y estuviera en el gobierno, estaría preocupado», aseguró tras el secuestro de Nicolás Maduro el pasado sábado.


El presidente
norteamericano
, en cualquier caso, tiene menos prisa que Rubio a la
hora de asaltar Cuba. Trump ya ha expresado públicamente que confía en que el gobierno cubano caiga por sí solo tras cortarles el
suministro de petróleo
que recibían desde Venezuela. La grave crisis económica que vive la isla, causada en gran medida por el embargo estadounidense, ha llevado a su gobierno a sondear a otros posibles aliados. Sus primeros contactos han sido con la República Islámica de Irán.

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Trump confirma el golpe de EE.UU. en Venezuela: “Dirigir Venezuela llevará un tiempo”

3 Enero 2026 at 12:01
Por: La Marea

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha confirmado el golpe de Estado en Venezuela: «Vamos a dirigir el país hasta que haya una transición adecuada», ha dicho desde su residencia de Mar-a-Lago (Florida). Durante las preguntas de la prensa, remarcó que iban a «dirigir el país bien, con juicio» y que «dirigir Venezuela llevará un tiempo».

Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, han sido muy claros en sus exposiciones. Por un lado, el presidente ha anunciado que “el petróleo va a fluir como debería. Lo vamos a gestionar bien”. Por otro, han advertido que Cuba y Colombia tienen razones para estar preocupadas.

Poco antes de su comparecencia, había difundido una imagen de Nicolás Maduro, esposado y con los ojos y los oídos tapados, a bordo del buque militar Iwo Jima rumbo a Nueva York, donde será juzgado por cuatro delitos, entre ellos, por presunto “narcoterrorismo”.

El secuestro de Maduro y su mujer, Cilia Flores, se produjo esta madrugada en el marco de una agresión militar aérea que Trump ha calificado repetidamente como “espectacular”.

A las 20h, la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez ha denunciado el «secuestro ilegal» de Maduro y ha pedido su liberación inmediata. «Lo que hoy hicieron a Venezuela se lo pueden hacer a cualquiera», añadió en su comparecencia, durante también llamó a la calma.

Las declaraciones de Rodríguez chocan con las de Trump, quien había asegurado dos horas antes que Rubio había hablado con la vicepresidenta venezolana, y que esta se había mostrado “sorprendemente colaboradora”. Por el contrario, ha descartado que María Corina Machado, líder de la oposición, pueda liderar Venezuela porque “no tiene ni el respeto ni el apoyo dentro del país”.

Ataques previos

Estados Unidos lanzó un ataque contra Venezuela con el objetivo de derrocar a Nicolás Maduro en la madrugada del sábado. El presidente estadounidense, Donald Trump, anunció a través de su red social que lo habían «capturado y sacado del país». La agresión contra el país sudamericano, al margen del derecho internacional, incluyó bombardeos en las ciudades de Caracas, Miranda, Aragua y La Guaira.

Este «ataque a gran escala», como lo ha definido Trump, se venía gestando desde hace meses; durante ese tiempo se produjeron diversas ofensivas estadounidenses contra embarcaciones en el Caribe que, según informaba Washington, pertenecían a narcotraficantes. Este punto jamás ha sido debidamente verificado. Más de 100 personas han sido asesinadas en esos ataques. Trump ha acusado a Maduro, igualmente sin pruebas, de ser el líder del Cártel de los Soles, una banda a la que EE.UU. ha clasificado como organización terrorista internacional.

La cuestionable veracidad de estas acusaciones contrasta con el hecho incontrovertible de que Venezuela posee la mayor reserva mundial de petróleo y que desde Washington consideran de gran importancia geoestratégica controlar esos yacimientos.

Donald Trump, flanqueado por sus hombres de confianza en la operación contra el gobierno de Maduro. RTVE
Donald Trump, flanqueado por sus hombres de confianza en la operación contra el gobierno de Maduro. RTVE

La reacción de España

El Ministerio de Asuntos Exteriores español ha reaccionado al ataque estadounidense con un comunicado en el que hace «un llamamiento a la desescalada y a la moderación, y a actuar siempre con respeto al Derecho Internacional y a los principios de la Carta de Naciones Unidas».

Además, el Gobierno español recuerda que «no ha reconocido los resultados de las elecciones del 28 de julio de 2024 y siempre ha apoyado las iniciativas para alcanzar una solución democrática para Venezuela». También remarca que España «ha acogido, y seguirá haciéndolo, a decenas de miles de venezolanos que han tenido que abandonar su país por motivos políticos y que está dispuesta a ayudar en la búsqueda de una solución democrática, negociada y pacífica para el país».

Actualización: 20.30h

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[VENEZUELA] Trump, el regreso de la ley del más fuerte

2 Enero 2026 at 21:25

Las recientes acciones militares de Estados Unidos contra Venezuela representan algo más que un nuevo episodio de tensión bilateral. Constituyen un desafío directo al derecho internacional y una señal inquietante de hacia dónde puede evolucionar el orden mundial si se normaliza el uso unilateral de la fuerza. Ataques con drones, operaciones navales, interceptaciones de embarcaciones y amenazas de bloqueo han convertido al Caribe y al Pacífico oriental en un escenario de militarización sin precedentes.

El coste humano de esta escalada resulta especialmente alarmante. En los últimos meses, más de un centenar de personas han muerto como consecuencia de bombardeos y ataques contra embarcaciones llevados a cabo por fuerzas estadounidenses. Las víctimas eran civiles, ejecutados sin haber sido detenidos, juzgados ni sometidos a procedimiento alguno, lo que podría encuadrarse en la categoría de ejecuciones extrajudiciales, prohibidas de forma absoluta por el derecho internacional.

El marco jurídico es inequívoco. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso o la amenaza del uso de la fuerza en las relaciones internacionales. Solo se admiten dos excepciones: la legítima defensa frente a un ataque armado y la autorización expresa del Consejo de Seguridad. Ninguna de ellas concurre en el caso venezolano. No existe mandato alguno que legitime un bloqueo ni ataques armados, ni se ha acreditado una amenaza inminente que permita invocar la legítima defensa. Lo que hay es una actuación unilateral que vulnera principios básicos del orden jurídico internacional.

Además de la prohibición del uso de la fuerza, la actuación unilateral de EE.UU. atenta directamente contra los principios de igualdad soberana y no injerencia en los asuntos internos de otros países, que conforman la base de una convivencia pacífica entre Estados y sobre los que descansa el derecho internacional.

Sin embargo, tampoco debe resultar extraño si tomamos en cuenta el desprecio de Donald Trump hacia el sistema multilateral, desautorizando reiteradamente a Naciones Unidas, calificándolas de “organismo inútil” y defendiendo que Estados Unidos no necesita el aval de nadie para “defender sus intereses”. En relación con Venezuela, Trump ha sido aún más explícito. En diversas declaraciones públicas ha subrayado que posee “enormes reservas de petróleo” y que esos recursos “no pueden quedar en manos de enemigos de Estados Unidos”. Altos cargos de su administración han insistido en la necesidad de “proteger intereses energéticos estratégicos” en la región.

Cuando el uso de la fuerza coincide tan claramente con intereses económicos, el derecho internacional pasa a convertirse en un obstáculo incómodo. Como ha señalado el prestigioso jurista y exrelator de la ONU, Richard Falk, cuando las grandes potencias actúan al margen de las normas comunes “el derecho internacional deja de cumplir su función de contención del poder”.

La magnitud del despliegue militar estadounidense refuerza esta preocupación. Estados Unidos no concentraba tanto poder militar en la región desde los años ochenta, durante los conflictos en Centroamérica y la invasión de Panamá. Tampoco se recuerda, desde el final de la Guerra Fría, una presencia militar tan intensa y prolongada en el espacio marítimo frente a las costas de Venezuela y Colombia como foco de presión.

En la sesión extraordinaria del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, celebrada a petición de Venezuela, varios Estados denunciaron que las acciones estadounidenses violan la soberanía venezolana y socavan los principios fundacionales de la ONU. El representante de China fue especialmente contundente al advertir que “el uso unilateral de la fuerza sin autorización del Consejo de Seguridad debilita gravemente el orden internacional basado en el derecho”.

No se trata de una discrepancia ideológica, sino de la defensa de normas mínimas que permiten la convivencia entre Estados, la estabilidad en la región y un aspecto clave, siempre olvidado, el impacto de estas medidas sobre la población civil. Los bloqueos de facto, las sanciones y las amenazas militares no castigan a los gobiernos, sino a las sociedades y, especialmente, a los grupos más vulnerables.

Pero hay una cuestión aún más profunda. Lo que ocurre en Venezuela puede interpretarse como un laboratorio de una reconfiguración del orden mundial. Como advierten varios analistas, como la politóloga Anne-Marie Slaughter, el abandono del multilateralismo solo “conduce a un mundo regido por esferas de influencia y por la ley del más fuerte”. Aceptar esta lógica implica asumir que el derecho internacional es prescindible cuando resulta incómodo y también normalizar que las grandes potencias puedan imponer su voluntad por la fuerza, fundamentalmente por sus intereses económicos.

Defender el derecho internacional hoy significa preservar las reglas que evitan que el mundo retroceda a la “diplomacia de las cañoneras” propia del imperialismo del siglo XIX. La actuación de Estados Unidos en Venezuela no solo vulnera la legalidad internacional, sino que apuntala un modelo de relaciones internacionales basado en el unilateralismo, la coerción y la fuerza, erosionando el sistema multilateral y sentando un precedente extremadamente peligroso para el mantenimiento de la paz y la estabilidad internacional.


Enrique López es profesor asociado de Derecho Internacional Público en la Universidad Carlos III de Madrid.

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El riesgo de depender de los oligarcas-intelectuales del trumpismo

1 Enero 2026 at 09:05

Este reportaje se publicó originalmente en #LaMarea109, dentro del dossier ‘El mundo según Trump’. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente

El mundo se ha transformado tanto en una década que a veces resulta difícil orientarse. Se siente un poco como pasear por Times Square: la sensación de estar atrapado en un filtro de realidad donde toda experiencia de lo nuevo surge como un anuncio, y la noción del tiempo auténtico y genuino se funde en lo frenético del scroll. La jerga tecnopopulista que a veces utiliza la izquierda tampoco ayuda mucho a entender los problemas sistémicos en el presente. ¿Vivimos bajo el «tecnofeudalismo»? ¿Seguimos en el «capitalismo de la vigilancia»? ¿El «capitalismo de plataforma»? ¿El «capitalismo cognitivo»? ¿Acaso el «4.0»? ¿O el «5.0»? ¿Ha acontecido un «tecnogolpe de Estado» invisible ante nuestros feeds? ¿Asistimos a un régimen «tecnoautoritario»? Esperen, ¿pero Internet no era una promesa utópica?

Para responder a estas preguntas de manera seria lo más recomendable es actualizar la famosa frase popularizada por el caso Watergate: «Seguir la pista de las infraestructuras», en lugar de focalizarse en el análisis superficial del discurso de las élites. Eso es lo que ha hecho recientemente la economista italiana Francesca Bria –profesora de la UCL Institute for Innovation and Public Purpose, promotora de la New European Bauhaus de la Comisión Europea, antigua directora de tecnología de Barcelona y fundadora de Decode– en The Authoritarian Stack, un estudio con XOF Research en el que ha participado el periodista de investigación José Bautista. «Los multimillonarios tecnológicos están construyendo una América posdemocrática», indica Bria, que sostiene que Europa será la siguiente pieza en caer. Ya alertó de este riesgo en su anterior investigación, EuroStack, que sitúa la dependencia estructural de las firmas estadounideneses en el centro del debate político sobre la soberanía digital: «Silicon Valley ya no crea aplicaciones. Construye imperios».

La transformación del sector tecnológico en el segundo mandato de Trump, señala Bria en su síntesis para Le Monde Diplomatique, parte de la maduración de lo que Evgeny Morozov denomina «oligarcas-intelectuales». Ahora, los consejos de administración de los fondos diseñan las políticas públicas, no los políticos; también determinan la cultura, estética y arte de nuestro tiempo, y configuran la ideología sobre cómo interpretar las proyecciones tecnológicas futuras.

Inversión, control y política

A diferencia de los intelectuales de antaño, que debatían ideas, la riqueza, ambición y filosofía del capital riesgo determina la realidad mediante la inversión en infraestructura, el control de los medios de comunicación, pero también a través de la influencia política en sectores estratégicos de la administración. «No es una usurpación de las prerrogativas del Estado, sino una forma más rápida de profundizar su alcance», señalaba Morozov en su intervención en READ Barcelona.

Como documenta The Authoritarian Stack, las puertas giratorias entre la Casa Blanca y los proveedores de software militar, Anduril o Palantir, están plenamemte engrasadas. Los lazos son tan fluidos que directamente se ha producido la integración de estas y otras firmas (Meta u OpenAI) en la Armada, donde han desembarcado hasta cuatro ejecutivos tecnológicos.

Por no señalar la llegada al frente de DOGE de Elon Musk, el CEO de SpaceX y Tesla, mimadas por el Gobierno, xAI y X, que inició el giro de Trump hacia el sector privado como solución a los problemas públicos. Los datos de la investigación son concluyentes: al menos 22.450 millones de dólares del dinero de los contribuyentes estadounidenses ha ido a parar al Pentágono, a los servicios de inteligencia o a DOGE.

Básicamente, este dinero se canaliza a través de contratos públicos a dichos proveedores, inflando la rentabilidad de los oligarcas-intelectuales trumpistas, quienes habían invertido en las mismas empresas que ofrecen los servicios de seguridad nacional del Estado.

La máquina del capital es como un bucle perfecto para enriquecer a los nuevos billonarios tecnológicos. «Cada capa refuerza a las demás. La ideología justifica la inversión. La inversión captura el poder estatal. Los contratos construyen la infraestructura, que se vuelve indispensable. Eso genera rendimientos que financian más ideología». Francesca Bria describe así una amplia red que llama «Kingmakers», una fuerza política que influye en las elecciones y en la política exterior estadounidense.

Está compuesta por una amalgama de ultraconservadores radicales cuya doctrina se desarrolla en los think tanks que históricamente han nutrido de ideas a la industria militar del imperio: National Conservatism (NatCon), Edmund Burke Foundation, Heritage Foundation, Cato Institute, America PAC, CNAS, Hudson Institute… Todos, por supuesto, movilizados en torno al Project 25.

El riesgo de depender de los oligarcas-intelectuales del trumpismo
Peter Thiel habla en la Convención Nacional Republicana en Cleveland (Ohio, EE.UU.), el 21 de julio de 2016. RICK WILKING / REUTERS

El príncipe de la stack es Peter Thiel, cofundador de Palantir, una maquinaria de minería de datos enfocada a la seguridad nacional cuyo valor en bolsa ha pasado de 50.000 millones de dólares hace un año a casi 300.000 millones en la actualidad. Se sienta en la cima de Founders Fund, que maneja 17.000 millones de dólares en inversiones en, por ejemplo, Anduril, Mithrill Capital o Space X. Ahora susurra al oído de J.D. Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, pero antes fue el asesor tecnológico de Trump en su primer gobierno, su gran estratega y financiador principal.

¿La línea de puntos? Los ingresos del negocio de Palantir con el Gobierno crecieron un 52% solo en el último trimestre con respecto al año anterior (486 millones de dólares), casi la mitad de los 1.000 millones en ingresos. Entre ellos, InmigrationOS, una tecnología de rastreo diseñada para la caza de migrantes. Thiel también recibe rendimientos de los lazos del Gobierno a través de sus inversiones en Anduril o SpaceX, y en 1789 Capital, lanzada junto a Donald Trump Jr. Canaliza las decenas de millones que llenan el imperio orbital de Musk y la IA militar.

La red también involucra a Marc Andreessen, fundador de Andreessen Horowitz (a16z), una firma de capital riesgo de California, valedora de Facebook, Instagram y Airbnb, entre otras. Tras reunir a toda la clase multimillonaria de Silicon Valley para la campaña de Trump de 2024, Andreessen lidera el fondo American Dynamism, que integra a los «constructores del Estado estadounidense». Desempeña una función similar Alex Karp, CEO de Palantir e ideólogo de las plataformas Foundry y Gotham.

Esta última, diseñada para planificar misiones y ejecutar investigaciones utilizando big data, tiene la fama de haber ayudado a la CIA a encontrar a Bin Laden. Completan el elenco Palmer Luckey, encargado de la «guerra automatizada» en Anduril y Oculus (anteriormente de Meta) y David Sacks, el criptozar, proveniente de la conocida como PayPal Mafia, y ahora con fondos en a16z e inversiones en Anduril y OpenAI. Denominado a sí mismo como «criptonacionalista», Sacks diseñó el GENIUS Act de 2025, la ingeniosa legislación que desregula las industrias del crypto para afianzar la hegemonía del dólar (cualquier transacción estará respaldada por bonos del Tesoro de EE. UU., valores a corto emitidos por el Gobierno estadounidense).

Bajo la bandera de la tecnología patriótica, documenta Bria, este nuevo bloque histórico está construyendo su sistema integrando registros históricamente estáticos (archivos de tráfico, atestados policiales, datos de los servicios sociales, así como historiales de ubicación o mensajes privados) para construir una infraestructura de control y vigilancia planetaria compuesta de nubes, inteligencia artificial, finanzas, drones, satélites: «Las infraestructuras estatales críticas se están privatizando en cinco ámbitos: datos, defensa, espacio, energía y dinero». Estos ámbitos conforman «la arquitectura de la soberanía privatizada», donde el poder político del capital fluye a través de las plataformas corporativas.

Integraciones peligrosas

La pregunta que Francesca Bria lanza a Europa es si puede reconocer esta formación histórica como lo que es y «crear alternativas antes de que la infraestructura de control se arraigue demasiado como para poder desmantelarla». El panorama político que arrojan sus datos no es halagüeño para las democracias liberales.

En Francia, Palantir se ha integrado en el Ministerio del Interior y desempeña funciones de predicción policial y de lucha antiterrorista. Anduril System, incluso, ha sido propuesto en los programas EU Frontext de 2025 para el control de fronteras y la vigilancia de drones. Italia ha desplegado una red nacional conectada mediante Starlink, de SpaceX, y Palantir y Anduril han iniciado negociaciones con el Ministerio de Defensa. En Alemania, el servicio de contrainteligencia utiliza el programa Gotham y Starlink para sus comunicaciones. Muchas de estas empresas se han integrado en los distintos Estados a través de la OTAN y proveen tanto la infraestructura de comunicación de batallas, tecnología de combate y algoritmos de targeting en Ucrania, como las herramientas de machine learning necesarias para procesar los datos de los pacientes del servicio de salud británico.

El riesgo de depender de los oligarcas-intelectuales del trumpismo
Protesta frente a la sala de exposiciones de Tesla en Nueva York. MELISSA BENDER / REUTERS

¿Y España? El riesgo es que el embargo total de armas a Israel termine siendo sorteado por la dependencia nacional de las empresas que participan del genocidio y testan sus plataformas en Gaza, como Palantir o Anduril. «Los países deben bloquear los contratos con estas empresas y dejar de ceder su soberanía, en particular en lo que respecta a los sistemas de misión críticos», aconseja Bria, también miembro del Consejo de Inteligencia Artificial formado por Pedro Sánchez.

La primera adjudicación a Palantir se produjo en 2023 en un contrato negociado sin publicidad valorado en 256.200 euros. Esto abrió la puerta a la adjudicación del análisis de inteligencia del Sistema de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFAS), de 20 millones, catalogada como secreto oficial. También se puede comprobar que el Centro de Inteligencia de esta entidad utiliza la herramienta Gotham. Cuando la secretaria de Estado de Inteligencia Artificial de entonces, Carme Artigas, entregó un contrato de 2 millones a la consultora Deloitte y OdiseIA, Palantir también estaba allí. En la junta directiva de OdiseIA no había ningún representante de la sociedad civil, pero sí figuraba Javier Fernandez-Castañón (que trabaja para Thiel) como director de Salud. Hasta Som Solidaritat, la web de la Generalitat Valenciana del gobierno de Carlos Mazón, fue delegada a los ingenieros de una empresa hostelera y de una filial española de Palantir, tal y como la Generalitat publicó tan solo seis días después de la dana.

En el caso de Elon Musk, el riesgo de quedar atrapados en las redes de la ultraderecha es aún más extremo. España ha lanzado –desde Cabo Cañaveral, Florida– su segundo satélite de comunicaciones de última generación, SpainSat NG-II, a bordo de un cohete SpaceX Falcon 9. Es el programa de defensa espacial más grande y avanzado del país hasta la fecha: Hisdesat Servicios Estratégicos ha invertido unos 1.300 millones de euros del Ministerio de Defensa para proporcionar a Madrid enlaces de comunicación seguros y fiables para «operaciones militares y misiones humanitarias».

Junto con su satélite gemelo, lanzado en enero, prestará apoyo a las Fuerzas Armadas españolas, la OTAN, la red de comunicaciones gubernamentales por satélite de la Unión Europea y a los países socios. Sus instalaciones estarán en Tres Cantos (Madrid). Todavía no se conoce –es secreto de Estado– cuántos contratos existen. Los registros arrojan acuerdos del Ministerio de Defensa con intendencias locales y también otras ramas de la administración, como el SEPI y RTVE. La pregunta sigue latente, ¿corremos el riesgo de vernos atrapados en una stack autoritaria?

Las conexiones son interminables. Pero, dada la vehemencia con la que Trump ha atacado al Gobierno de Sánchez por no alienar su inversión en Defensa con los nuevos intereses militares de las empresas estadounidenses, la pregunta es cuánto tardarían los fontaneros de Vox en acercarse a estos oligarcas-intelectuales para colocar a las Fuerzas Armadas españolas al servicio de Palantir, Anduril o Space X.

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2025: el año de la infamia en Gaza

29 Diciembre 2025 at 16:17
Por: El Apunte

Decir que 2025 fue el año del alto el fuego en Gaza sería bastante impreciso. Efectivamente, el pasado mes de octubre se firmó en Egipto, con el patrocinio de Donald Trump y la presencia de una veintena de líderes internacionales, algo llamado «plan de paz» que no ha detenido el genocidio en la Franja. Según el Ministerio de Sanidad de Gaza, más de 410 personas han sido asesinadas por Israel desde que se rubricó aquel pacto que tantos palestinos, desde el primer momento y con enorme realismo y exactitud, calificaron de «farsa».

La cifra oficial de muertos desde que Benjamín Netanyahu desató su operación de represalia tras los atentados islamistas del 7 de octubre de 2023 supera los 71.000. Pero en Gaza no queda nada en pie, la destrucción del territorio es total y bajo los escombros permanece oculta la verdadera dimensión del genocidio: según la relatora de la ONU para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, la cifra real podría ser 10 veces mayor. Según académicos y científicos, el balance podría rondar los 680.000 muertos.

Por poner estas cifras en contexto, Netanyahu ha reproducido en Gaza unas 225 veces los atentados del 11-S en Nueva York. Según el profesor Paul Rogers, de la Universidad de Bradford (Reino Unido), la dimensión de los ataques supera al bombardeo de Dresde, uno de los más devastadores de la Segunda Guerra Mundial, y sería, aproximadamente, el equivalente a «seis bombas atómicas como la de Hiroshima». Trump, sin asomo de pudor, escribió un nuevo capítulo en la historia universal de la infamia cuando felicitó a Netanyahu por los muertos, los mutilados, los desplazados y el arrasamiento de la Franja:


«Bibi me llamaba muy a menudo. ¿Puedes conseguirme esta arma? ¿Esta otra? ¿Y esta otra? De algunas de ellas nunca había oído hablar. Bibi y yo las fabricamos. Pero las conseguimos, ¿no? Y son las mejores. Son las mejores. Pero tú las has usado bien. También se necesitan personas que sepan usarlas, y tú claramente las has usado muy bien»


Este dúo exterminador se reunió, nuevamente, en Mar-a-Lago, la residencia de lujo de Trump en Florida. La excusa para el encuentro, oficialmente, era impulsar «la segunda fase del alto el fuego» en Gaza. La expresión, como viene siendo habitual cuando Israel entra en juego, es un eufemismo. Netanyahu ni siquiera ha cumplido la primera fase, que hacía referencia al alto el fuego inmediato (ha seguido matando gazatíes a discreción) y a la entrada de ayuda humanitaria (que ha llegado con cuentagotas, de forma insuficiente para paliar mínimamente las necesidades de una población destrozada por los bombardeos, el hambre y las inundaciones). A Trump eso no le importa: «No me preocupa nada de lo que esté haciendo Israel», aseguró. «Han cumplido el plan». Y con esa patada a la realidad dio el tema por zanjado.

Del encuentro entre ambos no salió ningún compromiso en firme sobre Gaza. Trump se limitó a lanzar sus habituales amenazas («si Hamás no se desarma se enfrentará a algo malo, muy malo», dijo) y Netanyahu agradeció «la amistad y el apoyo» del mandatario estadounidense («desde el fondo de mi corazón», detalló).

El primer ministro israelí, que visitó a Trump por quinta vez en 10 meses, contaba con convencer a presidente estadounidense para seguir ampliando el conflicto en Oriente Próximo. Al genocidio de Gaza hay que sumar los continuos ataques sobre Cisjordania y las incursiones en Líbano y Siria. Pero no es suficiente: Netanyahu acaricia la idea de volver a atacar Irán. Apenas seis meses después de los bombardeos con los que Israel eliminó a la cúpula militar iraní y a sus principales científicos nucleares, tanto desde Tel Aviv como desde Washington se agita otra vez la bandera del terror atómico. Todo esto a pesar de que Trump afirmó en junio que las instalaciones nucleares iraníes habían sido «totalmente destruidas» y que sugerir cualquier otra cosa era «una fake new». Ahora ya no está tan seguro (o finge no estarlo) y afirma que si Irán está volviendo a acumular armas la respuesta estadounidense «podría ser más potente que la última vez».

En resumen, cualquier cosa que digan o que firmen Netanyahu o Trump es papel mojado. Todo responde a un cálculo personal: en el caso del israelí, para seguir eludiendo la acción de la justicia, ante la que debe comparecer acusado de corrupción (de hecho, ya ha pedido el indulto para sí mismo); en el caso del estadounidense, porque, como empresario inmobiliario que es, ha visto un filón en la promoción de la guerra. Para la Franja de Gaza ha soñado un megaresort turístico al que ha bautizado como «la Riviera de Oriente Medio».

El mundo según Trump
Ciudad de Gaza vista desde un puesto militar israelí en el barrio de Shujaiya. NIR ELIAS / REUTERS

La guerra es un negocio formidable. Según Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, su país había aprobado 12.000 millones de dólares en ventas militares a Israel desde que Trump asumió el cargo el pasado mes de enero. Y desde que empezó el genocidio, Washington ha dado 21.700 millones de dólares en ayuda militar a Israel, según el último informe de Costs of War, de la Universidad de Brown. Nada de lo que ha ocurrido en Gaza hubiera sido posible sin la participación de Estados Unidos. Las razones por las que Trump pide para sí mismo el premio Nobel de la Paz son un misterio insondable.

Este mismo mes de diciembre, 12 organizaciones israelíes dedicadas a la defensa de los derechos humanos publicaron un informe conjunto en el que afirmaban que 2025 ha sido el año más mortífero y destructivo para el pueblo palestino. Se han disparado las muertes (incluidas las producidas por inanición), se ha producido una expansión de las políticas de desplazamiento de la población y se ha normalizado la violación de los derechos humanos.

Dos dramáticas imágenes han marcado este año: la de los menores famélicos y las de las colas del hambre. Ambas responden a una estrategia israelí, que ha usado el hambre como arma de guerra. Cuando las masas desesperadas se aproximaban a los camiones de ayuda humanitaria, los soldados israelíes disparaban sobre ellas. «Lo que antes eran prácticas extremas se ha convertido en la norma», afirman las ONG.

El informe indica también que el número de desplazados en Gaza alcanzó los 1,9 millones, el 90% de la población, que sufre el colapso de infraestructuras esenciales que afectan al agua, la electricidad, la atención médica y la agricultura.

Nada de esto puede ser reportado por la prensa internacional, ya que Israel (llamada por sus incondicionales «la única democracia de Oriente Medio») mantiene el bloqueo total sobre la Franja. Su intento de apagón informativo, sin embargo, no ha sido exitoso debido a la labor de las y los periodistas gazatíes. Su compromiso profesional ha tenido un altísimo coste para ellos.

Un informe publicado este mes por Reporteros sin Fronteras indica que Israel ha matado más periodistas en 2025 que ningún otro país en el mundo. Su ejército es el responsable del 43% de todas las muertes de periodistas a nivel global.

Albanese, la relatora de la ONU, señala que Israel ha asesinado a más periodistas que la suma total de reporteros que murieron en la Primera y Segunda Guerra Mundial y los conflictos de Vietnam, Yugoslavia y Afganistán. Además, el castigo por informar desde Gaza no se limita a los reporteros sino que se amplía a sus familias. Según el Sindicato de Periodistas de Palestina, Israel ha asesinado a 706 familiares de periodistas desde que empezó la llamada «guerra de Gaza», terminología falaz acuñada por Washington y Tel Aviv y aceptada acríticamente por la mayoría de medios de comunicación.

A simple vista podría pensarse que el afán de Israel por matar al mensajero responde al deseo de ocultar sus crímenes. No es así. Hace tiempo que dejó atrás esa cautela. Lo hace porque puede, porque no se somete a ninguna forma de derecho internacional y proclama con orgullo su impunidad. Mientras, los gobiernos de Occidente aplauden o miran para otro lado.

Actualización: 30/12/2025 a las 09.00 horas

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Trump 2.0: inventario de daños

29 Diciembre 2025 at 00:01

Este análisis se publicó originalmente en #LaMarea109, dentro del dossier ‘El mundo según Trump’. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente

Once meses después de la inauguración de Trump 2.0, quizá lo que más impresiona sea la ambición desbocada de su gobierno. De conservador desde luego no tiene nada: desprecia todo lo existente. Desde el primer día, las y los miembros del equipo ministerial de Trump, además de sus asesores más cercanos –Russell Vought, el director de presupuestos, y Stephen Miller, jefe de gabinete adjunto– se comportan como verdaderos revolucionarios.

Para comprender esta actitud jacobina es importante recordar que se nutre de tres de las principales corrientes ideológicas presentes en el movimiento MAGA: la veta apocalíptica propia de un fundamentalismo protestante que busca acelerar el Día del Juicio Final (la rapture); la veta utópica de los ejecutivos de Silicon Valley que se imaginan un futuro poshumano y posterrenal; y la veta sádica y supremacista, propiamente fascista, en la que predomina el resentimiento hacia las élites «globalistas» (léase marxistas y judías) supuestamente empeñadas en movilizar a las poblaciones de color para destruir y sustituir a la civilización blanca. No queda claro cuánto de todo este ideario comparte el propio presidente ni cuán involucrado está Trump en los detalles del día a día. Partiendo de lo que suele responder a preguntas de la prensa, se desprende que se entera de más bien poco. Para fines prácticos no importa demasiado.

Lo que sí importa es que esta administración ha apostado de lleno por una táctica de tierra quemada. Esto hace que compilar un inventario tentativo de daños sea un ejercicio tan necesario como perturbador.

Inmigración

La política represora e inhumana del gobierno federal norteamericano hacia los inmigrantes –en particular las y los indocumentados– no es nada nueva. De hecho, ha sido una constante desde los años de Bill Clinton y apenas se ha atenuado bajo presidencias demócratas. Aun así, Trump 2.0 ha sabido empeorar una situación ya muy mala. A nivel retórico, es constante la demonización: los inmigrantes son retratados como «escoria de la peor calaña», asesinos, violadores y locos. (En una confusión tan trágica como hilarante, Trump se empeña en confundir a los solicitantes de asilo, asylum seekers, con pacientes de manicomio, insane asylum).

Esta retórica ha servido para justificar medidas mucho más concretas. En términos policiales, se han expandido los poderes, el presupuesto y las filas de las dos agencias federales responsables de vigilar la frontera e implementar las políticas migratorias, ICE y la patrulla fronteriza. Sus métodos de vigilancia y detención son ya directamente dictatoriales, dado que incluyen las desapariciones forzosas a manos de agentes enmascarados que se desplazan en vehículos sin marcar. Aunque los números son difíciles de contrastar, el Departamento de Seguridad Nacional afirmó en septiembre que, en lo que va de año, entre deportaciones y autodeportaciones, se ha «eliminado» a más de dos millones de inmigrantes ilegales. Mientras tanto, como daño colateral de las redadas masivas de ICE, han sido detenidos y maltratados al menos 170 ciudadanos estadounidenses, como confirmó una investigación independiente del medio ProPublica.

Trump 2.0: inventario de daños
Agentes de ICE detienen a un migrante al salir de una audiencia en un tribunal de inmigración de Manhattan, el pasado 27 de octubre. DAVID ‘DEE’ DELGADO / REUTERS

Es importante comprender que el radio de acción de una agencia como la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos no se limita de ningún modo a las zonas propiamente fronterizas, porque «la frontera», legalmente, abarca hasta a 100 millas a la redonda de puertos y aeropuertos internacionales, con lo que cubre más de la mitad del territorio nacional. En un documental reciente, Frontera adentro, los cineastas Pamela Yates y Paco de Onís demuestran que, hoy, la frontera está por todas partes: atraviesa y divide a millones de comunidades y familias. Al mismo tiempo, nutre las ganancias cada vez mayores de lo que llaman el Complejo Industrial Fronterizo, cuyo presupuesto combinado se aproxima a los 40.000 millones de dólares por año. Los cientos de centros de detención que ICE tiene en propiedad, alquila o está construyendo por todo el territorio nacional son, además de instrumentos de represión, una mercancía. Si las cuotas mínimas de detenciones que se imponen a las unidades de la policía migratoria sirven a un propósito político, también tienen una función económica: cada cama vacía es una fuente de pérdidas.

Nacionalismo

Bajo esta presidencia, el patriotismo excepcionalista estadounidense de siempre ha llegado a nuevos paroxismos. Trump ha intensificado su campaña, iniciada durante su primer mandato, en favor de una historia «patriótica» que inspire unidad y orgullo, intentando intervenir, con éxito desigual, en la enseñanza, los museos, las agencias estatales, los parques nacionales y el calendario de días festivos. En todos estos casos el patrón es el mismo: censurar relatos críticos e históricamente rigurosos, o que tengan protagonistas no blancos o no masculinos, a favor de otros relatos ramplonamente celebratorios con una base factual más bien tenue. Así, este mes de octubre Trump sacó una proclamación en que renombraba el 12-O (que Biden tildó de Día de los Pueblos Indígenas) como Día de Colón. La proclamación describió al navegante genovés enviado por los Reyes Católicos españoles como «el héroe estadounidense original» que «allanó el camino para el triunfo definitivo de la civilización occidental… el 4 de julio de 1776». (¿Cómo reaccionaría Trump si se enterara del Día de la Hispanidad?).

Constitución y Estado de Derecho

Tanto en su política migratoria como en su satanización de toda oposición (sea en su propio partido, de la izquierda o del extranjero) como «extremista», «peligrosa», «terrorista» y «antiamericana», el gobierno de Trump ha violado de forma sistemática numerosos derechos constitucionales y socavado el Estado de derecho. Las dos enmiendas más zarandeadas son la Primera (que regula la libertad de expresión) y la Quinta (que protege contra las detenciones arbitrarias). Por otra parte, Trump viola casi diariamente la independencia de su fiscal general, Pam Bondi, instándola a que instrumentalice su departamento para perseguir a los enemigos personales del presidente, incluidos a republicanos prominentes como James Comey (exdirector del FBI) o John Bolton (que tuvo varias funciones clave en el primer gobierno de Trump). En términos más generales, el Gobierno ha aprovechado el asesinato de Charlie Kirk para asociar la violencia política con el «extremismo» de izquierdas, «Antifa», fundaciones como las de George Soros o la Ford, y el terrorismo.

Trump 2.0: inventario de daños
Un manifestante anda entre humo y gases lacrimógenos durante una protesta frente a la sede de ICE en Portland (Oregón), el 4 de octubre. CARLOS BARRIA / REUTERS

Este último eslabón de la cadena asociativa es crucial porque, según la legislación adoptada a la zaga del 11 de septiembre de 2001, la asociación –directa o indirecta– con organizaciones identificadas como terroristas conlleva la suspensión automática de toda una serie de derechos y protecciones constitucionales. Siguiendo el modelo adoptado con respecto al genocidio palestino en Gaza (toda crítica a Israel es una expresión antisemita y de apoyo a Hamás, una organización terrorista), el último memorándum de seguridad nacional (NSPM-7) busca tildar una larga de serie de ideas progresistas de terroristas, es decir, tan peligrosas que quien las expresa infringe la ley.

Concretamente, el NSPM-7 apunta a «campañas sofisticadas y organizadas» y «conspiraciones criminales y terroristas» como causas de un «incremento dramático de la violencia política» de izquierdas; exige que las fuerzas del orden investiguen sus «estructuras, redes, entidades, organizaciones y fuentes de financiación»; y afirma que este patrón de actividades violentas y terroristas se unifica «bajo el paraguas autodenominado del “antifascismo”». «Los hilos comunes que animan esta conducta violenta –agrega– incluyen el antiamericanismo, el anticapitalismo y el anticristianismo; el apoyo al derrocamiento del Gobierno de los Estados Unidos; el extremismo en torno a la migración, la raza y el género; y la hostilidad hacia quienes mantienen las visiones tradicionales estadounidenses sobre la familia, la religión y la moralidad».

Libertad de prensa y expresión

La supresión de libertades mediante la coartada del terrorismo es solo uno de los dos frentes que ha desplegado el Gobierno para controlar la esfera pública. El otro afecta más directamente a los medios. Desde enero, estos se han visto sometidos a varias formas de presión e intimidación.

Trump 2.0: inventario de daños
La cadena ABC suspendió el programa de Jimmy Kimmel por presiones trumpistas, aunque dio marcha atrás a su decisión poco después. RANDY HOLMES / DISNEY

Ha habido millonarios juicios por difamación a las cadenas televisivas ABC y CBS y a los diarios Wall Street Journal y New York Times. También hemos visto chantajes que instrumentalizan los intereses económicos de las empresas mediáticas, como los que motivaron la suspensión o cancelación de los programas de cómicos como Stephen Colbert y Jimmy Kimmel. El Gobierno también ha intentado condicionar el acceso de la prensa a recursos e información gubernamentales a cambio de un mayor control (léase censura), intento que acabó por fracasar con las y los corresponsales que cubren el Departamento de Defensa.

Universidades

Los ataques a las universidades, tanto privadas como públicas, han sido múltiples y variados, desde la práctica abolición del Departamento de Educación –fuente central de becas y préstamos para estudiantes universitarios– hasta los cortes repentinos de sistemas de financiación regulados por ley.

Es más, la financiación federal de becas y proyectos de investigación se ha convertido expresamente en instrumento de chantaje para destruir la autonomía universitaria, socavar la libertad de cátedra y –según afirman los arquitectos de estas medidas– liberar los más de 4.000 centros de educación superior del país del control de una «extrema izquierda» que lleva dominándolos desde, al menos, la década de 1960. Ese control se manifestaría, entre otras cosas, en un sistema de selectividad que discrimina sistemáticamente a estudiantes blancos bien preparados en favor de minorías menos capaces, y en una demonización y marginalización, en las clases, los planes de estudio y la esfera pública universitaria, de ideas conservadoras y toda persona que las exprese.

Separación de poderes

El sofisticado sistema de equilibrios y contrapesos (checks and balances) que el alumnado de los institutos aprende a admirar como la base de la mejor democracia del mundo ha resultado bastante menos resistente de lo esperado. Así, por ejemplo, el gobierno de Trump ha socavado el propio sistema federal, violando la soberanía de los estados al enviar a unidades del Ejército (no solo los reservistas de la Guardia Nacional sino también a los marines, una fuerza expedicionaria de élite) a «restaurar el orden» o «asistir a agentes federales» en estados y ciudades gobernados por líderes del Partido Demócrata.

Trump 2.0: inventario de daños
Miembros de la Guardia Nacional se entrenan en el control de manifestaciones con porras en la Base de Los Alamitos (California). DAVID SWANSON / REUTERS

La rama legislativa de la trias politica, el Congreso, con ambas cámaras controladas por el Partido Republicano, no solo ha seguido ciegamente a Trump, sino que ha dejado que la rama ejecutiva pise una y otra vez sus funciones constitucionales –incluido su poder presupuestario–. La rama judicial ha resistido mejor, sobre todo el sistema de jueces federales, aunque la Corte Suprema, dominada por jueces conservadores, se ha cuidado mucho de contrariar al presidente. Entre sus decisiones más escandalosas ha estado la de permitir que los agentes federales de ICE invoquen el aspecto físico de la persona, y el idioma que habla, para considerarla sospechosa de violar alguna norma migratoria. En otras palabras, la Corte ha permitido que el racismo institucional se cuele por la puerta de atrás.

Por otra parte, la Corte tampoco ha querido poner demasiado freno a los intentos por parte de Trump y los suyos de destruir la neutralidad de agencias regulatorias, de arbitraje o de salud pública, desde la Reserva Federal bancaria (la «Fed») hasta la Junta de Relaciones Laborales (NLRB) y el Centro de Control de Enfermedades (CDC).

Mientras estoy redactando esto, la Corte parece inclinarse a cargarse una provisión de ley electoral que prohíbe rediseñar los distritos electorales para diluir el voto de las minorías raciales o étnicas. Si se levantara esa prohibición, nada le impediría al Partido Republicano manipular el mapa electoral para asegurar una mayoría cuasi permanente en la Cámara de Representantes.

De momento, hay estados que están trabajando en leyes que puedan frenar estas maniobras. California, por ejemplo, aprobó la Proposición 50, una iniciativa impulsada por el gobernador demócrata Gavin Newsom que tiene como objetivo neutralizar la redistribución partidista promovida por estados republicanos (y trumpistas) como Texas. La proposición devuelve al Congreso estatal la capacidad de definir los distritos durante cinco años, hasta el próximo censo; así evitará que las elecciones legislativas de medio término de 2026 se decidan mediante un gerrymandering controlado por el Partido Republicano.

Posdata

Este breve inventario es necesariamente incompleto. Entre las áreas que no he mencionado está la economía –no solo el daño infligido por la errática política arancelaria, sino también los intentos por socavar las estructuras y los derechos sindicales, sobre todo de los funcionarios–, el derecho internacional –con la destrucción de barcos en el Caribe como botón de muestra–, la imposición de políticas regresivas a las Fuerzas Armadas –que ha expulsado a la mayoría de las personas trans, negándoles el derecho a la jubilación anticipada con pensión– o el hecho de que el gobierno de Trump haya abierto las puertas de la Casa Blanca de par en par a la corrupción, aceptando regalos millonarios de regímenes extranjeros, encauzando los recursos de la Casa Blanca hacia fines partidistas y de campaña, chantajeando a empresas mediáticas y bufetes legales e intercambiando favores legislativos y regulatorios a cambio de donaciones millonarias.



Trumpismos a la europea

A pesar de que muchas de las políticas de Trump en EE.UU. no han sido bien recibidas y han socavado su popularidad, han hallado imitadores en Europa. En el parlamento de Países Bajos, la mayoría derechista (menguada tras el triunfo liberal-progresista en las elecciones del 29 de octubre) aprobó una moción que identificaba «Antifa» como una organización terrorista. Aunque fue un gesto puramente simbólico (tanto los expertos en inteligencia como el Gobierno en funciones respondieron que no hay organización llamada así y que, además, la ultraderecha representa una amenaza más seria), ha habido miembros del Europarlamento que abogaban por seguir el modelo holandés.

De forma similar, se ha venido intensificando la retórica y la política antiinmigrantes. En Reino Unido, el gobierno laborista de Keir Starmer ha promovido una ley masiva de seguridad fronteriza (Border Security, Asylum and Immigration Bill) que criminalizaría a los inmigrantes y solicitantes de asilo y a cualquier persona que les preste ayuda, al mismo tiempo que expande el poder del aparato policial.

Retóricamente, son cada vez más los políticos de centroderecha y centroizquierda que adoptan marcos ultraderechistas. En varios países europeos, los partidos del centro ya hablan de la necesidad de políticas de «remigración», un término íntimamente asociado con la Teoría del Gran Reemplazo. En enero, el entonces primer ministro francés François Bayrou dijo que la inmigración producía una «sensación de sumersión», tomando prestada una metáfora ultraderechista.

La restricción de derechos constitucionales en Europa no se limita a los inmigrantes y las personas y organizaciones asociadas, ni tampoco a los países con gobiernos más abiertamente autoritarios, como Hungría. Ya en julio de 2024, Amnistía Internacional afirmaba que «los Estados deslegitiman, estigmatizan, criminalizan y reprimen cada vez más a quienes se manifiestan pacíficamente». Por otra parte, en septiembre de 2025, el propio Consejo de Europa señaló que «el recurso a la ley para restringir la libertad de expresión es un problema cada vez más grave» y que «desde 2019 se ha producido un fuerte aumento de las detenciones y encarcelamientos de periodistas».

Trump 2.0: inventario de daños
Mural titulado Vaterland, del artista Günther Schaefer, situado en el trozo del muro de Berlín que fue conservado. JACINTO ANDREU

Uno de los casos más flagrantes ha sido el de Alemania, cuyo Gobierno e instituciones culturales se han empeñado en censurar, si no criminalizar, cualquier crítica al Estado de Israel y cualquier defensa del pueblo palestino –no solo en protestas y manifestaciones públicas sino también en espacios universitarios y culturales–. Así como en Estados Unidos, personas críticas con Israel han acabado detenidas y deportadas.

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Ya lo predijo Casandra

11 Diciembre 2025 at 12:03

9 de diciembre

Se va acabando el año y este jueves Edurne y yo tendremos nuestra última intervención pública, en Logroño, donde hablaremos de imaginación y memoria. Llego cansado al final del año, con la sensación de haberme metido en más asuntos de los que puedo abarcar. Lo malo es que una y otra vez constato que no sé frenar. Quiero creer que no es por un exceso de ambición o por un deseo desmedido de figurar, sino más bien porque hay tantos temas que me interesan y trabajar en ellos es una forma de aprender y quizá también de crear algo interesante. Según escribo estas líneas tengo una sensación de déjà vu; seguro que ya he escrito alguna vez frases muy similares y que desde la última tampoco he aprendido a corregir mi tendencia al exceso de trabajo. Y luego hablan de la sabiduría que da la edad.


Hemos pasado unos días en Italia. Presentaciones, entrevistas, lo habitual, pero en un contexto que de lo que te da ganas es de no hacer nada útil. Paseamos por Nápoles, paseamos por Roma y preferiríamos no tener obligaciones.

Nuestra editora y amiga está atravesando una época difícil desde que murió su compañero, hace ahora más de un año. Edurne y yo la escuchamos, sentimos con ella el dolor de la pérdida; luego, a solas, nos decimos que no debemos desperdiciar el tiempo que estamos juntos, que tenemos que aprender a disfrutarlo más; no, no a disfrutarlo, que eso ya lo hacemos, sino a darle más espacio en nuestra vida. Con lo que vuelvo al tema de trabajar menos.


Entretanto leemos que Trump cultiva «en secreto» una política hostil hacia Europa prestando apoyo a la extrema derecha. ¿En secreto? ¿No nos habíamos dado cuenta aún? Rusia y Estados Unidos buscan lo mismo: minar nuestras democracias. Lo que no es distinto de lo que llevan décadas haciendo en Asia, África y Latinoamérica: apoyar a todo régimen autoritario a condición de que se pliegue a los deseos y a los negocios de las superpotencias. Y en Alemania Merz corre a besar el culo de Trump sin el menor embarazo. ¿Es un cambio de actitud que implica ir abandonando el barco europeo para buscar por su cuenta una alianza con Estados Unidos? ¿Estamos ante el principio de la disgregación de la UE? El Reino Unido nunca fue un auténtico defensor del europeísmo, con lo que su salida tampoco lo socavó. Pero si un país como Alemania decide jugar por su cuenta, podremos decir que la política agresiva de Trump y Putin habrán surtido efecto. Es lógico que las ratas abandonen el barco que se hunde, pero es preocupante que sea el capitán quien corre dando codazos para hacerse con un salvavidas.


10 de diciembre

Hay días en los que ni siquiera el diario me sale con fluidez. Como si no fuera capaz de fijarme más que en lo obvio y escribir lo obvio. En días así es mejor no empecinarse. Estudio un rato euskera, pero me canso enseguida. Pongo silicona en unas juntas. Quito una lámpara vieja feísima que estaba en la casa cuando nos mudamos. Traslado trastos. Entremedias sigo el avance del crowdfunding de La Marea y pienso en los millones de euros de dinero público que se gastan para comprar la sumisión de medios informativos que ni siquiera merecen ese nombre. Imagino una pendiente en la que se distribuyen los medios: cuanto más a la izquierda, más arriba de la pendiente; más abajo cuanto más a la derecha. Y el dinero rueda con enorme facilidad pendiente abajo. La cúspide ni la toca, pero la extrema derecha, más bien, corruptos con disfraces fascistoides, reciben millones… Bah, lo dejo aquí para no meterme en una espiral de desánimo. El crowdfunding saldrá adelante, me digo, aunque no convencido del todo.


Entre otras muchas cosas, Trump es un idiota. Anda por ahí proclamando que su ejército ha birlado un petrolero venezolano «muy grande, el más grande que se haya visto nunca»: todo lo que hace es lo más grande, lo más bonito, lo más inteligente. Y ha logrado la paz en por lo menos ocho conflictos bélicos. Es un idiota que habla para idiotas. O para listos a los que viene bien ese discurso.

Y ahora parece que la Administración Trump planea exigir acceso a los contenidos de los últimos cinco años en las redes sociales de los turistas. Me parece bien, por fin una buena idea de los lacayos de Trump. Esta va a ser su mayor contribución a la lucha contra la contaminación atmosférica y el calentamiento global. No tenía la menor intención de viajar a Estados Unidos, pero confío en que la medida disuada a muchos que sí la tenían.


11 de diciembre

Termino de releer Casandra, de Christa Wolf, reeditado hace poco por Malas Tierras; creo que ya se ha publicado la novela en un par de ocasiones en español con muy poca fortuna. Qué extraño esto, la fortuna de los libros. También Claus y Lucas apenas llamó la atención cuando se publicó en España la primera vez –no sé cómo habrá sido en América Latina– y cuando se reeditó se convirtió en un clásico casi instantáneo. Para mí Casandra es una de las novelas más importantes escritas en alemán en el siglo XX. Novela densa, poética, intensa que usa el pasado para hablar del presente sin que la escritura se vuelva mera herramienta para alcanzar un fin. La leí creo que poco después de irme a vivir a Alemania y recuerdo que lloré al cerrar el libro. Sin embargo, no recuerdo por qué lloré: ¿por el destino individual de Casandra, por la muerte de una mujer que había defendido la verdad hasta las últimas consecuencias cuando nadie en Troya quería verla? ¿O por la estupidez brutal de los humanos que son capaces de destruir cualquier signo de vida y de inteligencia con tal de no renunciar a la imagen que tienen de sí mismos?

Es, por cierto, una de las novelas que retratan de forma más descarnada la violencia contra las mujeres. Aquí los héroes guerreros son violadores; los cobardes también. Y Aquiles, el de los pies ligeros, es «Aquiles, el animal» o «Aquiles, la bestia», no sé cómo lo habrán traducido al español.

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El mundo según Trump

26 Noviembre 2025 at 00:01

Este reportaje forma parte del dossier dedicado a Donald Trump en #LaMarea109. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para recibirla y apoyar el periodismo independiente.


«Primero, el miedo. Después, si no estás atento, la crueldad lo invade todo».
Isabel Bono


«Estados Unidos volverá a considerarse una nación en crecimiento, una que aumenta su riqueza, expande su territorio, construye sus ciudades, eleva sus expectativas y lleva su bandera hacia nuevos y hermosos horizontes». Con esta sola frase del discurso con el que inauguró su segunda legislatura, Donald Trump pisoteaba el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas que recoge uno de los principios que ha guiado las relaciones internacionales desde la Segunda Guerra Mundial: la inviolabilidad de las fronteras. El presidente se aliaba así con los líderes que han provocado los dos conflictos que están alumbrando una nueva era: el genocidio de Gaza y la invasión de Ucrania. El magnate había ganado sus primeras elecciones prometiendo acabar con las guerras estadounidenses en el extranjero y comenzó el segundo anunciando la vuelta a las guerras imperialistas y a las anexiones territoriales ilegales. Y lo hizo de manera explícita, sin eufemismos ni falsas justificaciones. Porque Trump está imponiendo un nuevo orden global en el que la única norma es el dominio del más fuerte, es decir, el de Estados Unidos sobre el resto de los países. Y para asentarlo, tanto él como el resto de miembros de su administración emplean un lenguaje que normaliza los pilares y el funcionamiento de un nuevo mundo regido por un desprecio declarado y absoluto por los principios democráticos, por las reglas universales, por la moralidad, por la negociación, por la diplomacia y por el multilateralismo. Un presidente que pilota un gobierno al modo de los cárteles: plata o plomo. O lo que es lo mismo: dinero o fuerza bruta.

Y para normalizar esta ideología neofascista en el imaginario global, el gabinete estadounidense se esfuerza por evidenciarlo en todos los lenguajes: el verbal, como cuando gritó en el homenaje a Charlie Kirk que a sus enemigos les deseaba lo peor, o cuando humilló al presidente Zelensky en su primera visita a la Casa Blanca; el audiovisual, con sus vídeos creados con IA que mostraban la construcción de un resort encima de las fosas del genocidio de Gaza o aquellos en los que él mismo pilota un helicóptero desde el que vierte excrementos sobre quienes se manifiestan contra su presidencia y con el que secuestra a sus opositores políticos para deportarlos; y el gestual, como cuando se hace rodear de líderes europeos en una escenografía que los presenta como súbditos en la Casa Blanca.

Y si Trump se puede permitir estos delirios autocráticos es porque su segunda victoria, tras haber ostentado ya la presidencia entre 2016 y 2020, evidencia que no se trata de un fenómeno aislado o disruptivo, sino de la manifestación de una corriente reaccionaria que recorre el mundo y que en Estados Unidos se ha solidificado en una parte de la sociedad que desprecia la democracia, reclama modos y políticas autoritarias, reivindica la hegemonía del supremacismo blanco, aplaude el insulto, la zafiedad, la ignorancia y la soberbia. La ya frágil democracia norteamericana vive un cambio de régimen y en él Trump está dando una nueva vuelta de tuerca al imperialismo que Estados Unidos ha ejercido de manera tan despiadada como desprejuiciada desde la Segunda Guerra Mundial.

El líder autocrático ha alumbrado una forma de ejercer el poder en la que verbaliza y combina la amenaza, la coerción y el chantaje comercial, económico, político y militar. Con una diferencia sustancial respecto a sus antecesores: no se molesta en justificarlo ni en crear falsas excusas o motivaciones como hizo, por ejemplo, la Administración Bush con las armas de destrucción para invadir Irak. El mundo según Trump debe regirse solo por su orden y mando, como demuestra en la propaganda en la que porta una corona y que difunde en su propia red social (a la que ha llamado Truth, porque en su mundo, él decide qué es verdad, un procedimiento que su entorno ha dado en llamar «hechos alternativos»).

Lo más preocupante es que durante este primer año de la era Trump 2.0, hemos visto cómo la mayoría de los líderes políticos mundiales no han opuesto resistencia a interpretar su rol de vasallos ante el rey, emperador o líder supremo –dependiendo de la tradición de la que procedan–, como han demostrado Ursula von der Leyen, el rey Carlos de Inglaterra o Nayib Bukele.

Cómprese (y si no, invádase)

«Obtendremos Groenlandia. Sí, al cien por cien. Existe una buena posibilidad de que podamos hacerlo sin fuerza militar, pero no voy a descartar nada», anunció el presidente Trump poco después de tomar posesión en una entrevista para la cadena NBC.

El líder republicano combina un lenguaje simplista y directo con una ambigüedad que le permite mantener uno de los rasgos distintivos de los sistemas autocráticos: la arbitrariedad.

A la vez, Trump ha roto con la percepción habitual del tiempo al hacer añicos los conceptos de imprevisibilidad e irracionalidad. Por eso, resulta conveniente repasar algunos de los hitos de la presidencia estadounidense del último año y cómo los ha comunicado para entender la doctrina del shock que está empleando. Como aquel primer sobresalto con el que inició su mandato: la amenaza contra la soberanía de Groenlandia, un territorio semiautónomo de Dinamarca. Lo cierto es que ya durante su primera legislatura, Trump intentó negociar la compra de la isla. Ante la negativa del Ejecutivo de Copenhague, el presidente estadounidense canceló su visita oficial. Y de nuevo, cinco días antes de volver a convertirse en inquilino de la Casa Blanca, llamó personalmente al primer ministro danés para advertirle de que si no se la vendía, se la quedaría por la fuerza.

El mundo según Trump
Marcando el territorio: el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, realiza una visita a la base militar de Pituffik, en Groenlandia, el 28 de marzo de 2025. JIM WATSON / REUTERS

El chantaje económico empleado por Trump bajo la amenaza de intervención militar rompe con los ya difusos límites existentes entre la coerción y la diplomacia y está dibujando nuevas formas de ejercer el poder fuera de cualquier norma. Algo que de seguir en esta senda militarista, veremos agravarse ante la lucha por unos recursos cada vez más escasos. Las áreas costeras de Groenlandia cuentan con unos 17.500 millones de barriles de petróleo y 148.000 millones de pies cúbicos de gas natural, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. Y posee, igualmente, cantidades significativas de metales de tierras raras, imprescindibles para las tecnologías de energía verde. Además, se trata de un enclave con un valor estratégico creciente para el comercio marítimo con Asia a medida que la crisis climática acelera el descongelamiento del Ártico. El periodista Mario G. Mian, uno de los mayores expertos en Groenlandia, recuerda en su último libro que en esta isla China, Rusia y la OTAN están librando la llamada «Guerra Blanca» por el control geopolítico de la zona. En cualquier caso, Estados Unidos ya cuenta con una base militar allí después de que Truman también intentase comprarla por 100 millones de dólares tras la Segunda Guerra Mundial.

Amagando el golpe

Tras el primer genocidio televisado, el de Gaza, podemos estar asistiendo al primer anuncio televisado de un golpe de Estado. De hecho, si hay un caso de estudio sobre cómo Trump está empleando el lenguaje para crear un escenario en el que sus actuaciones ilegales se presenten como necesarias, lógicas e, incluso, inevitables es, sin duda, el de Venezuela.

Desde que Trump anunciase la primera ejecución extrajudicial de tripulantes de una embarcación procedente de Venezuela, tanto él como todos los miembros de su gabinete han pasado a referirse al gobierno de Nicolás Maduro como régimen «narcoterrorista». Con ese concepto, fusionan la lucha contra las drogas –con la que Washington justifica, desde hace décadas, la intervención militar de sus tropas en Latinoamérica– con el terrorismo, asemejando así al Ejecutivo de Caracas con los talibanes, Al Qaeda y el Estado Islámico. La guerra contra el terrorismo sigue siendo uno de los pilares de las políticas colonialistas estadounidenses y, al vincularla con Venezuela, reviste de seguridad lo que en realidad responde a un choque ideológico contra la izquierda bolivariana y, sobre todo, a la pugna por los recursos naturales –especialmente, el petróleo–.

El mundo según Trump
Captura del vídeo facilitado por las autoridades estadounidenses del ataque militar a una lancha en el mar Caribe.

Además de los bombardeos contra embarcaciones en el Caribe –pese a que más del 70% de la droga entra en Estados Unidos por el Pacífico–, Trump ha autorizado a la CIA a «realizar operaciones encubiertas», el eufemismo bajo el que la Casa Blanca ha impulsado golpes de Estado, instaurado dictaduras y asediado revoluciones durante décadas. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, el Gobierno estadounidense ha respaldado a la oposición política y ha impuesto severas sanciones económicas al país latinoamericano. Tras su vuelta al poder, Trump ha ofrecido 50 millones de dólares por la entrega de Maduro y ha desplegado en las inmediaciones de Venezuela su mayor operación naval desde la primera guerra del Golfo. Por tanto, la actuación de la CIA debe tener un objetivo que vaya aún más allá.

‘Supremacist First’

En su toma de posesión, Trump recuperó el concepto de «destino manifiesto», creado por el columnista conservador John O’Sullivan en 1845 para defender que, siguiendo los dictados de Dios, Estados Unidos debía ocupar Texas y expandirse por toda Norteamérica. De hecho, Trump se ha declarado seguidor de William McKinley, su homólogo entre 1897 y 1901, y quien, como él, fusionó un proteccionismo arancelario con un colonialismo que le llevó a ocupar Filipinas, Puerto Rico, Hawái y Cuba. Se estableció entonces la Doctrina Monroe, según la cual Estados Unidos tenía el deber de controlar Latinoamérica para proteger sus intereses económicos y de seguridad. Esta visión teocrática, conocida como «excepcionalismo», sostiene que se trata de un país superior al resto, un canon al que todos deben aspirar y que, por tanto, tiene la legitimidad y el deber de guiar e imponer su modelo en todo el mundo, instaurando incluso presuntas democracias mediante bombardeos, invasiones y guerras.

La diferencia de Trump con respecto a los anteriores presidentes es que no sólo no lo oculta, sino que hace ostentación de ello. El «America First» enarbolado por el magnate es la expresión más sincera de esta concepción del mundo que tiene parte de la sociedad estadounidense y también del norte global. Un mundo en el que el sur es, si acaso, el fondo de sus postales de vacaciones o lugares en los que hacer negocio desde una posición ventajista, como escribió Zadie Smith. Por ello, el vídeo difundido por Trump sobre la construcción de un resort en Gaza es solo la expresión más descarnada de la identidad fascista estadounidense, como la define la periodista Suzy Hansen en Notas desde un país extranjero, un libro por el que fue finalista del premio Pulitzer en 2018. La actual administración está derruyendo los pocos contrapesos internos con los que contaba la democracia estadounidense y los mecanismos multilaterales internacionales en los que, sobre todo, se teatralizaba la aspiración a un futuro orden global democrático.

Nombrar para dominar

En los primeros días de vuelta al Despacho Oval, Trump ordenó a la prensa estadounidense que llamase Golfo de América al Golfo de México. Associated Press, la agencia de noticias más importante del mundo, siguió usando el nombre oficial, por lo que fue expulsada de las ruedas de prensa de la Casa Blanca. Cuando Trump se postuló como ganador irrebatible del premio Nobel de la Paz, llamó «acuerdo de paz» a lo que no era más una tregua dirigida a consolidar la ocupación de los territorios palestinos y a garantizar la impunidad de Israel por sus crímenes, incluido el genocidio. Y durante las primeras horas del anuncio, numerosos medios reprodujeron acríticamente ese concepto de «acuerdo de paz», convirtiéndose en correa de transmisión de su propaganda y legitimándolo ante la opinión pública internacional, pese a que violaba cualquier derecho de los palestinos. Sin embargo, ante la persistencia de los bombardeos israelíes sobre la Franja, muchos se vieron obligados a rectificar y emplear términos como «el plan de Trump». Pero ya había quedado en evidencia su capacidad para imponer marcos de interpretación sin apenas encontrar resistencia entre medios de comunicación y periodistas, quienes tenemos el deber de fiscalizar el lenguaje del poder para descifrar y transmitir su verdadero significado.

Fue, además, durante la presentación de este acuerdo ante la Knéset israelí donde hizo gala de su determinación para hacer de la injerencia explícita un rasgo de su política. Lo hizo al insistirle al presidente israelí, Isaac Herzog, que indultase a Benjamín Netanyahu: «Concédale el indulto. Vamos (…) nos guste o no, es uno de los mejores presidentes en tiempos de guerra. Y unos cuantos cigarros y champán, ¿a quién le importan?». Se refería a los juicios por corrupción que tiene pendientes; para evitarlos, según infinidad de expertos, Netanyahu ha impulsado un genocidio en Gaza que le permite suspenderlos mediante el estado de excepción.

Celebración del genocidio

Y, como culmen de la pedagogía de la crueldad que define todas sus políticas, convirtió su intervención parlamentaria en la celebración del genocidio: «Bibi me llamaba muy a menudo. ¿Puedes conseguirme esta arma? ¿Esta otra? ¿Y esta otra? De algunas de ellas nunca había oído hablar. Bibi y yo las fabricamos. Pero las conseguimos, ¿no? Y son las mejores. Son las mejores. Pero tú las has usado bien. También se necesitan personas que sepan usarlas, y tú claramente las has usado muy bien».

El mundo según Trump
Ciudad de Gaza vista desde un puesto militar israelí en el barrio de Shujaiya. NIR ELIAS / REUTERS

También aprovechó para ahondar en su particular doctrina del shock, basada en el desprecio por la moralidad y en la destrucción, como persiguen todos los líderes fundamentalistas, del consenso sobre los valores éticos mínimos que deben regir nuestras sociedades. Para ello, alabó a los firmantes de los Acuerdos de Abraham, a los que ensalzó por ser «hombres muy ricos», los dos elementos que, según la cosmovisión trumpista, deben regir el mundo: los hombres y el dinero. De hecho, apenas unas horas después, en la cumbre que celebró en Egipto con el mismo motivo, entre los mandatarios asistentes sólo había una mujer, Georgia Meloni, a la que enalteció señalando que era «guapa», justo después de decir que referirse a una mujer con este concepto «acabaría con la carrera de cualquier político», pero que él se iba a «atrever». Es decir, apología del machismo disfrazada de la valentía con la que se abanderan los ultras para defender la libertad de expresión que, precisamente, ellos mismos restringen en cuanto llegan al poder.

Apenas un mes después, tras la incontestable victoria de Zohran Mamdani en las elecciones para la alcaldía de Nueva York, varios medios internacionales publicaron que los republicanos habían comenzado a reformar los distritos electorales para garantizarse la victoria en las elecciones legislativas de 2026. Además, alertaban de que es más que posible que el Tribunal Supremo, con mayoría absoluta conservadora, falle en junio a favor de una reforma de la Ley del Derecho al Voto que dejaría fuera a las minorías.

Nos encontramos, pues, ante un escenario en el que incluso los analistas más conservadores y prudentes no descartan que Trump consiga sumir a Estados Unidos en una autocracia. Y lo está haciendo sin ocultar sus aspiraciones, todo lo contrario: verbaliza sus planes para normalizarlos ante la opinión pública, se reivindica como un líder al que le gustaría gozar de un poder absolutista mundial para implantar un régimen dominado por hombres blancos y ricos, de ideología neofascista, ultramachista y con el objetivo declarado de acabar con el sistema democrático, pluralista y multilateral tanto a nivel interno como internacional. Ivo Daalder, exembajador estadounidense ante la OTAN, lo resume así: «Con Trump en el cargo, el orden basado en reglas ya no existe».


El Ministerio de la Guerra

Como a cualquier buen cryptobro, a Trump no le gustaba el nombre de Departamento de Defensa. Le parecía que sonaba «demasiado a la defensiva», que los que lo nombraron así después de 1945 se habían dejado arrastrar por «lo woke». Por eso ordenó que volviese a su denominación original, Departamento de la Guerra, porque «a todo el mundo le gusta la increíble historia victoriosa» de cuando se llamaba así. Pero no se trata, o al menos no solo, de una manifestación testosterónica del presidente estadounidense, sino de un nuevo capítulo en su estrategia para legitimar lo reprobable, normalizar el oprobio nombrándolo para reivindicarlo. Incluso, o especialmente, cuando se trata de la peor actuación de la que es capaz el ser humano: la guerra. Durante el anuncio en el Despacho Oval del cambio de nomenclatura, el nuevo secretario de Defensa, Pete Segeth, resumió así su directriz: «Máxima letalidad, no una tibia legalidad».

Según medios especializados como The Diplomat, asistimos a un aumento de las posibilidades de una guerra nuclear después de que Trump anunciase la reanudación de los ensayos con armamento nuclear y de que Putin se jactase de contar con un dron submarino nuclear con capacidad para destruir ciudades enteras. Hablando de nombres: Trump ha puesto el suyo a un nuevo caza con capacidad nuclear, el F-47, llamado así en honor al 47º presidente: él.

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El neoimperialismo de Donald Trump

17 Noviembre 2025 at 15:01
Por: La Marea

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«No se va a atrever a hacer todo lo que dice», replicaban los críticos de Donald Trump tras su primera victoria en el ya lejano 2016. Por aquel entonces aún existía la impresión de que había reglas en política y un cierto pudor a la hora de romperlas. Pero nada de eso existe ya. Su segunda legislatura ha puesto el mundo patas arriba, inaugurando una era de megalomanía, dolor, miedo, odio, destrucción, irracionalidad, mentira y zafiedad como no se había visto en la historia contemporánea. Se cumple un año desde que ganó las elecciones y hemos dedicado el dossier de La Marea 109 al hombre que está dinamitando el orden mundial y, en el ámbito interno, la propia democracia estadounidense.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Patricia Simón analiza su perfil internacional, un escenario en el que ha impuesto un nuevo neoimperialismo basado en la amenaza, el chantaje y la fuerza bruta. Desde Groenladia hasta Ucrania y desde Irán a Venezuela, Trump ha hecho añicos cualquier consenso diplomático. Su grosera deriva alcanzó la culminación en su discurso en el parlamento israelí, «donde llamó “acuerdo de paz” a lo que no era más que una tregua dirigida a consolidar la ocupación de los territorios palestinos y a garantizar la impunidad de Israel por sus crímenes, incluido el genocidio» de Gaza, escribe Simón.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Sebatiaan Faber, por su parte, pone el foco en el deterioro democrático dentro mismo de Estados Unidos haciendo un inventario de los daños ocasionados después de estar sólo 10 meses en la Casa Blanca. Las personas que rodean al presidente están protagonizando una verdadera revolución reaccionaria. El programa político de la actual administración «se nutre de tres de las principales corrientes ideológicas presentes en el movimiento MAGA: la veta apocalíptica propia de un fundamentalismo protestante; la veta utópica de los ejecutivos de Silicon Valley que se imaginan un futuro poshumano y posterrenal; y la veta sádica y supremacista, propiamente fascista, en la que predomina el resentimiento hacia las élites “globalistas” (léase marxistas y judías) supuestamente empeñadas en movilizar a las poblaciones de color para destruir y sustituir a la civilización blanca».

El dossier se completa con un reportaje de Ekaitz Cancela sobre el desembarco de los grandes magnates de software militar en el Despacho Oval (y de rebote en los gobiernos europeos, con lo que eso significa de fragilidad y dependencia por parte de los poderes públicos) y con una llamada al optimismo: la victoria de Mamdani en Nueva York y sus planes para ofrecer alimentos más baratos en una de las ciudades más caras del mundo, un reportaje de Marco Dalla Stella.


Mucho más en La Marea 109

Además del dossier dedicado a Trump, viajamos a Francia, donde María D. Valderrama retrata la crisis social e institucional que vive el país. Y como complemento, Miquel Ramos entrevista a Salomé Saqué, periodista y politóloga francesa que acaba de publicar Resistir, una llamada de alerta para parar a la extrema derecha antes de que sea demasiado tarde.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Por otra parte, Marta Saiz y Julia Molins realizan un reportaje de investigación sobre la situación de los llamados «centros de reducción de daños», lugares que ofrecen refugio, protección y seguridad a los drogodependientes.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Antonio Avendaño ofrece un afilado análisis sobre la crisis de las mamografías en Andalucía y las consecuencias que podría tener para el gobierno de Juan Manuel Moreno Bonilla. Olivia Carballar, en plena efervescencia de actos en conmemoración por la muerte de Franco, pone el foco en todos esos pequeños actos minoritarios, casi anónimos, que se suceden desde hace décadas reivindicando la memoria democrática. Guillem Pujol escribe sobre un capítulo poco conocido: la relación de CiU con el sionismo, un fenómeno que sigue fascinando a buena parte del nacionalismo neoconvergente. Pablo Izquierdo reporta desde Indonesia la avalancha de plásticos que están asfixiando el archipiélago y la labor de los activistas por revertir esta situación. Andrés Actis, por su parte, categoriza uno a uno a los responsables de la acción (y la inacción) climática, desde gobiernos a empresas privadas, pasando por la sociedad civil.

Además, Azahara Palomeque entrevista al escritor Isaac Rosa, que acaba de publicar Las buenas noches, una novela sobre un problema muy extendido: el mal dormir.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Un Periscopio muy especial

Esta vez, el suplemento cultural de La Marea es una suerte de continuación de nuestro anterior número, dedicado al Sáhara Occidental. La portada es obra de la ilustradora Valle Camacho, que realiza un exquisito trabajo de caligrafía árabe con la palabra «libertad». Igual que en otras naciones despojadas de su tierra, como Palestina, la cultura es para el pueblo saharaui un elemento fundamental de identidad, memoria y construcción. Precisamente por eso, la ocupación marroquí hace grandes esfuerzos por borrarla o apropiársela.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Estas páginas recorren diferentes manifestaciones artísticas y culturales del pueblo saharaui, desde el cine a la gastronomía, pasando por una de sus mayores señas de identidad: la poesía. «La cultura salvará la causa saharaui», dijo el poeta Bahia Mahmud Awah en la presentación de La Marea 108 y de este Periscopio, que tuvo lugar en la librería Balquis de Madrid.

La Marea 109
La cantante Suilma Aali, el poeta Bahia Mahmud Awah y la periodista Ngone Ndiaye durante el acto de presentación de los contenidos dedicados al Sáhara Occidental en La Marea. JACINTO ANDREU

Aquel encuentro formó parte de las actividades del FiSahara, el festival internacional de cine del Sáhara, que esos días se desarrollaba en la capital. Moderado por Laura Casielles, contó con la participación de Mohamed Mesaoud Abdi, Ngone Ndiaye, Farah Dih, José Bautista, David Bollero y el propio Awah. El cierre lo puso la voz de la cantante Suilma Aali.

La entrada El neoimperialismo de Donald Trump se publicó primero en lamarea.com.

Libro “21 lecciones para el siglo XXI” de Y.N. Harari (resumen)

Resumen del libro "21 lecciones para el siglo XXI" de Harari. En nuestro blog también encontrarás el resumen de su libro "Sapiens"Sus dos anteriores libros fueron “Sapiens” y “Homo Deus” y en ellos se exploraba la historia del hombre y su futuro, respectivamente. Aquí, Yuval Noah Harari nos presenta un compendio de 21 temas esenciales para el presente. Mientras estamos atareados en nuestros problemas cotidianos, están pasando cosas a nivel global que nos deberían importar.

“A la filosofía, a la religión y a la ciencia se les está acabando el tiempo”. La inminente crisis ecológica, la creciente amenaza de las armas de destrucción masiva y el auge de las nuevas tecnologías disruptivas no permitirá prolongar mucho más el debate sobre el significado de la vida. Porque ese significado se ha de usar para tomar decisiones importantes (en ciencia, biotecnología, inteligencia artificial…). Los mercados son impacientes y no toman siempre las mejores decisiones para todos.

1. Decepción ante la ausencia de una ideología convincente

“Relatos Ecoanimalistas” —Colección de relatos ecologistas y animalistas.
“Relatos Ecoanimalistas” —Colección de relatos cortos, ideal para regalar a personas, sean o no ecologistas o animalistas. Aumentará la conciencia ambiental del planeta. Gracias.

Tras la caída del fascismo y del comunismo, el liberalismo se ha impuesto casi por todo el mundo de una u otra forma, defendiendo cosas tan bonitas como la libertad, los derechos humanos, la libertad de movimiento (más para el dinero que para las personas, ciertamente), o el libre mercado (que con tanto acierto criticó N. Klein). Pero desde la crisis global de 2008, los decepcionados por el liberalismo crecen y hay, además, dos retos que para Harari son muy inquietantes: la infotecnología (desarrollos tecnológicos, inteligencia artificial, robots…) y la biotecnología (modificar genes, transgénicos…). “Los humanos siempre han sido mucho más duchos en inventar herramientas que en usarlas sabiamente. Es más fácil reconducir un río mediante la construcción de una presa que predecir las complejas consecuencias que ello tendrá para el sistema ecológico de la región”.

El poder de “manipular el mundo” ha llevado a que “nos enfrentamos a un colapso ecológico”, porque las revoluciones en biotecnología y en infotecnología las lideran científicos o emprendedores “que apenas son conscientes de las implicaciones políticas de sus decisiones”. Así, “Donald Trump advirtió a los votantes que mexicanos y chinos les quitarían el trabajo y (…) nunca advirtió a los votantes que los algoritmos les quitarían el trabajo” (poniendo a las máquinas a trabajar). “Quizá en el siglo XXI las revueltas populistas se organicen no contra una élite económica que explota a la gente, sino contra una élite económica que no la necesita”. Cada vez se precisan menos trabajadores y ahora debemos ya empezar a buscar soluciones (como reducir la jornada laboral o la renta básica), antes de alcanzar el “desempleo masivo”.

Los que votaron a Trump en EE.UU. o a favor del Brexit en Reino Unido, no rechazaron el liberalismo totalmente pero sí quisieron encerrarse un poco en su casa y que se adoptaran “políticas intolerantes para con los extranjeros”. Pretender aislarse, como pide el nacionalismo, es una política inviable en la era de internet y del calentamiento global. China lo hace al revés: aplica el liberalismo más fuera de sus fronteras que dentro, mientras Rusia aplica un liberalismo atroz que genera la “mayor desigualdad del mundo” (el 87% de la riqueza está en manos del 10% de los más ricos) y el islamismo solo atrae a algunos de los que crecieron en su seno. A pesar de todo, la humanidad no puede abandonar el liberalismo, “porque no tiene ninguna alternativa”, aunque tampoco ofrece respuestas “a los mayores problemas a los que nos enfrentamos: el colapso ecológico y la disrupción tecnológica”. El liberalismo todo lo resuelve con el crecimiento económico pero esa solución no sirve porque ya sabemos que esa es precisamente la causa de la crisis ecológica y que gran parte de la tecnología tiene un fuerte impacto social y ambiental. Por eso, para Harari la primera medida es la perplejidad: reconocer que no sabemos lo que está ocurriendo.

2. Trabajo: en el futuro habrá mucho menos empleo

La robotización tiene ventajas e inconvenientesEs obvio que las máquinas y los robots están efectuando cada vez más trabajos: mejoran nuestra vida y, a la vez, nos quitan el trabajo. El poder de las máquinas, junto con la IA (Inteligencia Artificial) es inmenso y tienen dos capacidades muy importantes: la conectividad y la capacidad de actualización. Por ejemplo, en conducción automática de vehículos, dos coches podrían conectarse para acordar quien pasa primero y evitar colisionar. Además, cualquier nueva norma de tráfico o mejora del software podría actualizarse en todos los vehículos automáticos de forma inmediata.

También es cierto que se están creando nuevos empleos, pero en general exigen “un gran nivel de pericia y, por tanto, no resolverán los problemas de los trabajadores no cualificados”. Podría ocurrir que padezcamos “a la vez unas tasas de desempleo elevadas y escasez de mano de obra especializada”. Además, dado la vertiginosa velocidad de cambio, podrían ser profesiones que surgen y desaparecen en cuestión de una década, por lo que es muy complicado exigir derechos laborales o crear sindicatos en tales circunstancias. El autor sostiene que “hoy ya son pocos los empleados que esperan ocupar el mismo empleo toda la vida”. Además reconoce que “el cambio es siempre estresante” y podría ser complicado reeducar a miles de empleados.

Por otra parte, evitar la pérdida de puestos de trabajo no es una buena opción, porque supone abandonar las ventajas de la mecanización, pero tampoco podemos hacerlo sin dar alternativas a los empleados. Harari alaba lo que ocurre en Escandinavia, donde los gobiernos siguen el lema «proteger a los obreros, no los empleos». Una forma de hacer esto es lo que llamamos las dos erres urgentes: Reducir la jornada laboral y la RBU (Renta Básica Universal). Por supuesto, también se está aplicando en muchos países la subvención de servicios básicos universales: educación, sanidad, transporte… Pero en estas opciones el problema está en definir qué es «universal» y qué es «básico»:

  • Por universal se suele interpretar la población nacionalizada en un país, pero hay que tener en cuenta que las principales víctimas de la automatización quizá no vivan en donde se apruebe la RBU o esos servicios básicos universales. Automatizar en exceso podría generar la ruina en países en desarrollo que actualmente están dando mano de obra barata a los países ricos.
  • Por básico se puede interpretar la comida que un sapiens requiere (entre 1500 y 2500 calorías), pero también se pueden considerar básicos aspectos como la educación, la sanidad, el acceso a internet…

El problema es complejo, porque contentar a los sapiens no es tarea sencilla. La felicidad puede depender de las expectativas y éstas dependen de las circunstancias. Por tanto, aunque se mejoren las condiciones, no se garantiza que haya satisfacción. Como ejemplo exitoso cita el caso de Israel, país que obtiene buenos resultados en la satisfacción de la población, en parte gracias a un montón de personas pobres que no trabajan y que se dedican exclusivamente a cuestiones religiosas (el 50% de los hombres judíos ultraortodoxos). El gobierno da generosas subvenciones y se constata que debatir el Talmud es más satisfactorio que el trabajo de los obreros. Así pues, “la búsqueda de plenitud y de comunidad podría eclipsar la búsqueda de un puesto de trabajo”. El objetivo debería ser combinar una red de seguridad económica universal y básica, comunidades fuertes con servicios básicos universales y educar para una búsqueda de una vida plena. Esto podría compensar la pérdida de empleos y mejorar la calidad de vida de la gente.

“Dado el inmenso poder destructor de nuestra civilización, no podemos permitirnos más modelos fallidos”, pues equivocarnos ahora podría acabar en una guerra nuclear, en desastres por manipulación genética o en un colapso completo de la biosfera.

3. Libertad: computadoras y big data contra los derechos humanos

Lee un resumen de este otro libro de Harari. En Nexus habla de la Inteligencia Artificial, de la democracia y del futuro.
Lee un resumen de este otro libro de Harari. En Nexus habla de la Inteligencia Artificial, de la democracia y del futuro.

Dice Harari que “los referéndums y las elecciones tienen siempre que ver con los sentimientos humanos, no con la racionalidad”. Aunque algunas personas están más informadas y otras son más racionales, al final cada voto cuenta lo mismo y los sentimientos son los que guían a la mayoría. El biólogo Richard Dawkins dijo a propósito de la votación del Brexit que someterlo a referéndum es como «dejar que los pasajeros de un avión votaran en qué pista debería aterrizar el piloto». Teniendo esto en cuenta, queda claro el alto interés en acceder al corazón humano, a sus entresijos y a cómo manipularlo. Si se consiguiera en grado suficiente, la política sería “un espectáculo de títeres emocional”.

Pensemos que, al final, los sentimientos están basados en el cálculo. Millones de neuronas calculan, por ejemplo, cuando tener miedo según la probabilidad de ser dañados. Los sentimientos “encarnan la racionalidad evolutiva”, pero “pronto los algoritmos informáticos podrán aconsejarnos mejor que los sentimientos humanos”. Seguramente cometerán errores, pero solo se necesita que sean, de media, mejor que nosotros, lo cual “no es muy difícil, porque la mayoría de las personas no se conocen muy bien a sí mismas, y (…) suelen cometer terribles equivocaciones en las decisiones más importantes de su vida”. Incluso en ética, las máquinas superarán a la mayoría de los humanos, porque las máquinas no tienen emociones. Se ha demostrado que las emociones humanas controlan las decisiones humanas, por encima de sus ideologías o de sus planteamientos filosóficos. La selección natural no ha seleccionado a los homínidos más éticos, sino a los que gracias a sus emociones (miedo, deseo…) han conseguido reproducirse con más éxito. Por otra parte, “los ordenadores no tienen subconsciente” y si fallaran, resultaría “mucho más fácil corregir el programa que librar a los humanos de sus prejuicios”. Esto abre mercado a los filósofos, pues hará falta la filosofía para hacer buenos programas.

Cuando las decisiones importantes las tomen los algoritmos, basados en el cómputo de millones de datos (macrodatos o big data), ¿dónde queda nuestra libertad? ¿Confiaremos en los algoritmos para que nos escojan pareja, qué estudiar o dónde trabajar? ¿Escogerán también a quien votar? ¿Qué sentido tienen entonces las elecciones y los mercados libres?

Ya hoy día la gente confía en Google para hallar respuestas mientras “la capacidad para buscar información por nosotros mismos disminuye”. Esto hace que la gente considere «verdad» lo que aparece en los primeros resultados de la respuesta de Google. Más aún, la capacidad para orientarse es como un músculo que o lo usas o lo pierdes, y mucha gente depende tanto de Google Maps que si falla se encuentra completamente perdida.

El que controle esos algoritmos de macrodatos, controlará buena parte del mundo. Un ejemplo está en Israel, país que controla el cielo, las ondas de radio, el ciberespacio y el mar y, gracias a ello, un puñado de soldados pueden controlar a 2.5 millones de palestinos en Cisjordania. Y lo hacen usando IA: en 2017 un palestino publicó una foto poniendo en árabe “¡Buenos días!”. Un algoritmo israelí confundió las letras árabes y lo tradujo como “¡Mátalos!” y el obrero fue detenido. Quedó en libertad cuando se aclaró el error, pero el incidente demuestra la importancia de la IA para controlar a la población. Llevado al extremo, en manos de gobiernos autoritarios las herramientas de IA podrían controlar a la población “más incluso que en la Alemania nazi”.

Usando las reglas de la selección natural, hemos criado vacas dóciles que producen más leche, pero que son inferiores en otros aspectos. Igualmente, “estamos creando humanos mansos” pero que “en absoluto maximizan el potencial humano”. De hecho, “sabemos poquísimo de la mente humana”, mientras la investigación se centra en mejorar los ordenadores y los algoritmos. “Si no somos prudentes, terminaremos con humanos degradados que usarán mal ordenadores mejorados”. Para Harari esto podría provocar el caos, “acabar con la libertad” y “crear las sociedades más desiguales que jamás hayan existido”. La inmensa mayoría de la gente podría sufrir algo peor que la explotación: la irrelevancia.

4.  Igualdad: El que tenga los datos dominará el mundo

Los primeros grupos de sapiens eran más igualitarios que cualquier sociedad posterior. La revolución agrícola multiplicó la propiedad (tierra, herramientas…) y con ella la desigualdad. En el siglo XX se ha reducido la desigualdad en muchos países, pero “hay indicios de una desigualdad creciente”: “El 1% más rico posee la mitad de las riquezas del mundo” (y es responsable de la mitad de la contaminación mundial) y las 100 personas más ricas tienen más que los 4.000 millones más pobres. En el futuro, la biotecnología podría dar ventajas a ciertos sapiens (mayor longevidad, mejores capacidades físicas…) y podrían generarse “castas biológicas”, lo cual ahondará en la desigualdad. También insiste en el poder de la infotecnología para eliminar la utilidad de los humanos para las élites.

Antiguamente la tierra era el bien más importante. Luego pasaron a ser las máquinas y la industria. Hoy, cada vez tienen más importancia los datos. Empresas como Google, Facebook, Baidu y Tencent lo saben bien. Por ejemplo, Google nos proporciona servicios gratuitos, pero gracias a eso consigue millones de datos de sus usuarios. Esos datos valen mucho. No solo para ponernos la publicidad en la que caeremos con mayor probabilidad. Creemos que Google nos ayuda mucho, pero nosotros ayudamos a Google mucho más, porque mientras Google solo nos hace la vida un poco más fácil, nosotros somos los que permitimos que Google pueda existir haciendo negocio con nuestros datos. Así, en el futuro habrá que responder a una pregunta clave en nuestra era: ¿quién es el propietario de los datos? (datos sobre nuestros hábitos, nuestro ADN, nuestros gustos…). Tenemos experiencia regulando la propiedad de la tierra y la propiedad de la industria, pero “no tenemos mucha experiencia en regular la propiedad de los datos”, los cuales tienen características especiales (fáciles de copiar y de transportar, están en muchos sitios y en muchos formatos…).

¿Qué prefieres? ¿Libertad o igualdad?

5. Comunidad: “La gente lleva vidas cada vez más solitarias en un planeta cada vez más conectado”

Las redes sociales están rompiendo aún más las comunidades íntimas, las cuales ya están bastante sustituidas por gobiernos y empresas. Facebook se propuso conectar a los humanos, pero el escándalo de Cambridge Analytica reveló que se recogían datos “para manipular las elecciones en todo el mundo”. En teoría, las redes sociales pueden contribuir a fortalecer el tejido social y a hacer que el mundo esté más unido (ingeniería social), pero es complicado porque eso choca con intereses empresariales. Mientras la gente esté más interesada en el ciberespacio que en lo que pasa en su calle hay mayores posibilidades de manipularlo y de sacarle el dinero online. No olvidemos que los gigantes tecnológicos han sido acusados repetidas veces de evasión fiscal. ¿Es creíble que empresas que no pagan sus impuestos nos vayan a ayudar realmente a crear comunidades fuera del mundo virtual?

6. Civilización: Solo existe ya una civilización

Harari desmonta la teoría de que hay un choque de civilizaciones, pues en realidad la globalización tiende a unir cada vez más a la gente y no es posible, ni deseable, dar marcha atrás. “Hace diez mil años la humanidad estaba dividida en incontables tribus aisladas. Con cada milenio que pasaba, estas tribus se fusionaron en grupos cada vez mayores”. El proceso de unificación de la humanidad se ve claro si uno piensa los vínculos que hay entre los distintos grupos y las prácticas comunes entre ellos. Con sus diferencias, todos los países aceptan una serie de protocolos diplomáticos, leyes internacionales… y participan en los Juegos Olímpicos bajo las mismas reglas, lo cual es “un asombroso acuerdo global” y debemos “sentir orgullo porque la humanidad sea capaz de organizar un acontecimiento de este tipo”. Más aún, todos comparten similares reglas económicas, confianza en el dinero, los médicos comparten conocimientos y tienen similares protocolos… “La gente tiene todavía diferentes religiones e identidades nacionales. Pero cuando se trata de asuntos prácticos (…) casi todos pertenecemos a la misma civilización“. Nuestras diversas opiniones traerán debates y conflictos, pero eso nos hará aún más conectados, más interdependientes.

7. Nacionalismo: La historia tiende a unirnos, no a separarnos

El Brexit o el nacionalismo en Cataluña… ¿a qué se deben? ¿pueden dar respuestas a los problemas más importantes? Las formas moderadas de patriotismo pueden ser benignas. “El problema empieza cuando el patriotismo benigno se metamorfosea en ultranacionalismo patriotero”, lo cual es “terreno fértil para los conflictos violentos”. En el pasado era razonable buscar seguridad y sentido en el regazo de la nación, pero hoy, sin negar eso, tenemos al menos tres retos que nos obligan a trabajar más conjuntamente. La guerra nuclear es el primero y ciertamente en este campo lo estamos haciendo bien: a pesar de las guerras, hoy mueren menos personas por violencia humana que por obesidad, accidentes de tráfico o suicidio. El miedo a la guerra nuclear hace que los estados poderosos piensen bien antes de meterse en una guerra que sería desastrosa para el planeta.Resumen del libro "Sapiens", muy recomendable. Haz click para leerlo.

El segundo reto es el cambio climático y el desastre ambiental  (contaminación de la agricultura, pérdida de biodiversidad…). “Un agricultor que cultive maíz en Iowa podría, sin saberlo, estar matando peces en el golfo de México”. Homo sapiens ha pasado de ser un asesino ecológico en serie (como explica Harari en su libro Sapiens) a ser un asesino ecológico en masa. “Los científicos están de acuerdo en que las actividades humanas (…) hacen que el clima de la Tierra cambie a un ritmo alarmante. (…) Es fundamental que realmente hagamos algo al respecto ahora”. Harari tiene claro que el nacionalismo no puede sino empeorar la respuesta a este problema, porque las actuaciones “para ser efectivas, tienen que emprenderse a un nivel global”. Harari subraya que la industria de la carne, además del enorme sufrimiento que infringe, “es una de las principales causas del calentamiento global, una de las principales consumidoras de antibióticos y venenos, y una de las mayores contaminadoras de aire, tierra y agua” (producir 1 kilo de carne puede consumir 15.000 litros de agua).

El tercer reto es la disrupción tecnológica (biotecnología e infotecnología). A muchos nacionalistas les gustaría volver a tiempos pasados, pero eso es algo imposible. Estos tres retos pueden servir para “forjar una identidad común” que permita afrontar los riesgos. Por supuesto, queda espacio para “ese patriotismo que celebra la singularidad de mi nación y destaca mis obligaciones especiales hacia ella”. Harari ve claro que debemos “globalizar nuestra política”, lo cual no implica necesariamente un gobierno global, sino que todos los gobiernos (nacionales o de ciudades) “den mucha más relevancia a los problemas y los intereses globales”. Por ejemplo, recientemente muchas ciudades se han propuesto muchos retos en el llamado Pacto de Milán, como por ejemplo reducir el consumo de carne.

8. Religión: ¿Una ayuda para la unión del mundo o un inconveniente?

¿Pueden las religiones ayudar a resolver los problemas? Para Harari hay tres tipos de problemas —técnicos, políticos y de identidad— y las religiones solo pueden ayudar en el último tipo. Precisamente porque no ofrecen soluciones interesantes a los dos primeros tipos de problemas, “la autoridad religiosa ha estado reduciéndose”. Por ejemplo, cada vez menos gente acude a la religión ante problemas de salud, y si acude, lo hace después de acudir a la ciencia. A nivel político tampoco la religión ofrece alternativas globales a los retos actuales. De hecho, en muchos casos se desoye la religión cuando están en juego intereses políticos. Harari dice que “aunque algunas de las cosas que dijo Jesús suenan a comunismo total, (…) buenos capitalistas norteamericanos seguían leyendo el Sermón de la Montaña sin apenas darse cuenta”. Otras veces es la religión la que intenta meterse en política, con escaso éxito. Tal es el caso de la encíclica “ecológica” del Papa Francisco, “Laudato Si” (véase aquí un resumen sobre ella).

Las religiones determinan quiénes somos y quiénes son los demás. Es aquí donde la religión puede jugar un papel importante. Las religiones continuarán siendo importantes y pueden contribuir a la unión del mundo pero, como el nacionalismo, en demasiados casos lo que hacen es dividir y generar hostilidades.

9. Inmigración: La discriminación por la cultura genera injusticias

“Aunque la globalización ha reducido muchísimo las diferencias culturales en todo el planeta, a la vez ha hecho que sea más fácil toparse con extranjeros y que nos sintamos molestos por sus rarezas”. Pero las migraciones son naturales en el hombre a lo largo de toda su historia, y hoy el problema más grave está en Europa. La Unión Europea ha conseguido convivir con las diferencias entre los distintos países pero tiene problemas para convivir con todos los inmigrantes y refugiados que llegan.

Para Harari, “mientras no sepamos si la integración es un deber o un favor, qué nivel de integración se exige a los inmigrantes y con qué rapidez los países anfitriones deben tratarlos como ciudadanos de pleno derecho, no podremos juzgar si las dos partes cumplen sus obligaciones”. Pero si esa evaluación se hace de forma colectiva pueden generarse injusticias. Por otra parte, cada cultura tiene distinto nivel de aceptación a otros. Harari resalta que “Alemania ha acogido a más refugiados sirios de los que han sido aceptados en Arabia Saudí”.

Harari dice que la gente “lucha contra el racismo tradicional sin darse cuenta de que el frente de batalla ha cambiado”, porque ahora hay discriminación por la cultura (que este autor llama «culturismo»). Así, muchas veces se culpa a los inmigrantes de tener una cultura y valores no adecuados, pero por otra parte, “en muchos casos, hay pocas razones para adoptar la cultura dominante y en muchos otros se trata de una misión casi imposible”, pues podría, por ejemplo, requerir un nivel económico o educativo imposible de alcanzar por las clases inferiores (sean o no inmigrantes). Los dos grandes problemas de la discriminación por la cultura son:

  1. Usan afirmaciones generales, poco objetivas, que evalúan una cultura como superior a otra, sin hacer una valoración completa y objetiva.
  2. Discriminan a individuos concretos en base a esas afirmaciones generales.

“Si 500 millones de europeos ricos no son capaces de acoger a unos pocos millones de refugiados pobres, ¿qué probabilidades tiene la humanidad de superar los conflictos de mucha más enjundia que acosan a nuestra civilización global?”. “La humanidad puede dar la talla si mantenemos nuestros temores bajo control y somos un poco más humildes respecto a nuestras opiniones”.

10. Terrorismo: los terroristas son débiles y su arma es el miedo

Los terroristas “matan a muy pocas personas, pero aún así consiguen aterrorizar a miles de millones”. Desde el 11-S los terroristas han matado anualmente a unas 50 personas en la UE, 10 en EE.UU…. y hasta 25.000 en el mundo (principalmente en Irak, Afganistán, Pakistán, Nigeria y Siria). “En comparación, los accidentes de tráfico matan anualmente a unos 80.000 europeos, 40.000 norteamericanos (…) y 1,25 millones de personas en todo el mundo”. Por su parte, la contaminación atmosférica mata a unos 7 millones y nuevas formas de contaminación nos invaden con efectos desconocidos.

“Existe una desproporción asombrosa entre la fuerza real de los terroristas y el miedo que consiguen inspirar”, pero ellos son débiles. Si tomamos conciencia de su debilidad, ellos serán aún más débiles, porque su mayor poder radica en el miedo que generan. Por supuesto, los gobiernos y los medios de comunicación deben luchar contra el terrorismo e informar, pero evitando la histeria. “El dinero, el tiempo y el capital político invertido en luchar contra el terrorismo no se han invertido en luchar contra el calentamiento global, el sida y la pobreza; en aportar paz y prosperidad al África subsahariana, o en forjar mejores vínculos” entre las naciones del mundo.

11. Guerra: hoy se pierde más con las guerras de lo que se gana

El militar japonés Tojo fue el culpable de que Japón se metiera en la Segunda Guerra Mundial. Sus malas decisiones generaron millones de muertos. Fue juzgado por un tribunal internacional y condenado a muerte en la horca.“Las últimas décadas han sido las más pacíficas de la historia de la humanidad” (ver datos). Antiguamente, ganar una guerra era un símbolo de prosperidad pero las cosas han cambiado. Hoy las guerras no traen prosperidad, sino miseria, porque “los principales activos económicos consisten en el conocimiento técnico e institucional más que en los trigales, las minas de oro o incluso los campos petrolíferos, y el conocimiento no se conquista mediante la guerra“. De hecho, tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias derrotadas prosperaron como nunca antes (Alemania, Japón…). La guerra fue producto de un “error de cálculo”. Pensaron que sin nuevas conquistas estaban condenados al estancamiento económico, pero se equivocaron. Por todo esto, las nuevas guerras merecen menos la pena, pero Harari nos advierte de que no podemos confiarnos, pues “los humanos son propensos a dedicarse a actividades autodestructivas”. Y dado que un detonante de la guerra es el sentimiento de superioridad, Harari recomienda “una dosis de humildad”.

12. Humildad: ¿Y si aprendemos más de las demás culturas?

“La mayoría de la gente suele creer que es el centro del mundo y su cultura, el eje de la historia”. Pero no es así. La historia de la humanidad empezó mucho antes que las culturas actuales y continuará, tal vez, tras ellas. Harari dice que su pueblo, los judíos, “piensan también que son lo más importante del mundo”, para luego pasar a desmontar punto por punto esa “desfachatez”, desde el origen de la ética hasta las importantes contribuciones científicas de los judíos. Con respecto a lo primero, “todos los animales sociales, como lobos, delfines y monos, poseen códigos éticos, adaptados por la evolución”, así como sentimientos que muchos atribuyen solo a humanos. Además, Buda, Mahavira o Confucio crearon sistemas morales anteriores al judaísmo. Por tanto, “humanos de todas las creencias harían bien en tomarse más en serio la humildad”.

13. Dios: ¿Quién dice lo que es correcto?

Dios puede verse como un enigma del que “no sabemos absolutamente nada”, o bien, como un “legislador severo y mundano, acerca del cual sabemos demasiado”, pues se han escrito bibliotecas enteras, y se ha usado el nombre de Dios para justificar intereses de todo tipo. Aunque las religiones pueden generar amor y paz, también han generado odio y violencia y por eso, para Harari no son estrictamente necesarias, pues la moral se puede justificar sin acudir a Dios. “Hacer daño a los demás siempre me hace daño también a mí”, porque antes de hacer algo mal hay un sentimiento interno que hace daño: “antes de que matemos a alguien, nuestra ira ya ha matado nuestra paz de espíritu”.

14. Laicismo: Ser responsables sin que lo mande Dios

El laicismo no es rechazar todo lo espiritual, sino no confundir verdad con fe, no santificar ningún libro, persona o grupo como poseedores de la verdad absoluta. Y también es el compromiso con la compasión y la comprensión del sufrimiento. Por ejemplo, “la gente secular se abstiene del homicidio no porque algún libro antiguo lo prohíba, sino porque matar inflige un sufrimiento inmenso a seres conscientes”. Es mejor encontrar la motivación en la compasión que en la obediencia divina. Pero el laicismo también se encuentra con dilemas complejos y, en tal caso, “sopesan con cuidado los sentimientos de todas las partes”. El laicismo también valora la responsabilidad: “En lugar de rezar para que ocurran milagros, necesitamos preguntar qué podemos hacer nosotros para ayudar”.

15. Ignorancia: A la gente no le gustan los hechos reales

Sócrates, el defensor de la necesidad de reconocer nuestra ignoranciaLos humanos nos movemos en la ignorancia y en la irracionalidad. “La mayoría de las decisiones humanas se basan en reacciones emocionales y atajos heurísticos más que en análisis racionales. (…) No solo la racionalidad es un mito: también lo es la individualidad. Los humanos rara vez piensan por sí mismos. Más bien piensan en grupos. (…) Es probable que bombardear a la gente con hechos y mostrar su ignorancia individual resulte contraproducente. A la mayoría de las personas no les gustan demasiado los hechos y tampoco parecer estúpidas”. Más aún, los poderosos en vez de aprovechar su poder para obtener una mejor visión de la realidad, suelen emplearlo en distorsionar la verdad. Así, los que buscan la verdad deben alejarse del poder y permitirse “la pérdida de mucho tiempo vagando por aquí y por allá en la periferia” y como hizo Sócrates, “reconocer nuestra propia ignorancia individual”.

16. Justicia: ¿Somos responsables de las injusticias de las empresas?

“Nuestro sentido de la justicia podría estar anticuado”. Dependemos de una red alucinante de lazos económicos y políticos, hasta el punto de costarnos responder preguntas sencillas como de dónde viene mi almuerzo. ¿Podemos ser inocentes de las injusticias que generan las multinacionales? Harari afirma que es erróneo tener en cuenta solo las intenciones sin hacer un esfuerzo sincero por saber lo que se esconde. Pero también sostiene que “el planeta se ha vuelto demasiado complicado para nuestro cerebro de cazadores-recolectores“. “Padecemos problemas globales, sin tener una comunidad global” y por tanto, entender bien tales problemas es misión imposible. Por eso, mientras unos simplifican la realidad para hacerla abarcable, otros se centran en alguna historia conmovedora olvidando los demás datos, otros inventan teorías conspiratorias, y otros depositan su confianza en algún líder o teoría, porque “la complejidad de la realidad se vuelve tan irritante que nos vemos impelidos a imaginar una doctrina que no pueda cuestionarse” y que nos dé tranquilidad, aunque difícilmente proporcione justicia.

17. Posverdad: Los poderosos siempre mienten

Estamos rodeados de mentiras y ficciones, pero la desinformación no es nada nuevo. El autor comenta varios casos de mentiras históricas, como los relatos falsos de asesinatos rituales por parte de judíos en la Edad Media, lo cual costó la vida a muchos judíos inocentes.

Si el ser humano es capaz de matar por una causa, ¿cómo no va a ser capaz de mentir? De hecho, como explica Harari en su libro anterior, el ser humano conquistó el planeta gracias a su capacidad de crear ficciones. Cuando un grupo cree en las mismas ficciones, son capaces de cooperar de manera eficaz. “Cuando mil personas creen durante un mes algún cuento inventado, esto es una noticia falsa. Cuando mil millones de personas lo creen durante mil años, es una religión, y se nos advierte que no lo llamemos «noticia falsa» para no herir los sentimientos de los fieles”. Pero Harari aclara que no niega “la efectividad ni la benevolencia potencial de la religión”. Las religiones inspiran buenas y malas acciones.

Una de las mentiras más aceptadas en la actualidad procede de los anuncios de las marcas comerciales. Nos cuentan repetidamente un relato hasta que la gente se convence de que es la verdad. Por ejemplo: ¿con qué se asocia la Coca-Cola? ¿Con jóvenes divirtiéndose o con pacientes con diabetes y sobrepeso en un hospital? Beber Coca-Cola aumenta la probabilidad de padecer obesidad y diabetes, y no nos va a hacer jóvenes . ¿Ha funcionado el relato falso que nos cuenta Coca-Cola en su publicidad?

Harari asegura que “si queremos poder, en algún momento tendremos que difundir ficciones”, pues la verdad no siempre gusta a todos. “Como especie, los humanos prefieren el poder a la verdad. Invertimos mucho más tiempo y esfuerzo en intentar controlar el mundo que en intentar entenderlo”. Por eso, “es responsabilidad de todos dedicar tiempo y esfuerzo a descubrir nuestros prejuicios y a verificar nuestras fuentes de información”. Harari ofrece dos reglas para evitar el lavado de cerebro: a) “Si el lector consigue las noticias gratis, podría muy bien ser él el producto”. b) “Haga el esfuerzo para leer la literatura científica relevante”, pues la ciencia suele ser objetiva. Y por eso hace un llamamiento a los científicos a hacer oír su voz cuando el debate caiga dentro de su campo.

18. Ciencia ficción: No te puedes librar de la manipulación, pero tú puedes hacerte feliz a ti mismo

La ciencia ficción es un género artístico que ha de tomar importancia, porque modela lo que la gente piensa sobre cuestiones tecnológicas, sociales y económicas de nuestra época, dado que poca gente lee los artículos científicos. Muchas películas de este género, como Matrix, reflejan el miedo a estar atrapado y manipulado y el deseo de liberarse. Sin embargo, “la mente nunca está libre de manipulación”. Por ejemplo, las películas de Hollywood socavan el subconsciente creando paradigmas de lo bueno y lo correcto. Pero cuanto experimentamos en la vida se halla dentro de nuestra mente y nosotros mismos podemos manipularlo también. O sea, no podemos librarnos de la manipulación, pero tampoco necesitamos ir a Fiyi para sentir la alegría.

En la novela Un mundo feliz, Aldous Huxley describe una sociedad idílica, sin sufrimiento ni tristeza. Todo el mundo es virtuoso gracias a soma, una droga que consigue volver a la gente paciente y sin problemas. La gente sabe lo que tiene que hacer y lo hace sin esfuerzo. Es una sociedad libre de mosquitos. Pero hay un personaje, El Salvaje, que se queja alegando que la sociedad se libra de todo lo desagradable en vez de aprender a soportarlo. El Salvaje, reclama su derecho a ser libre con todas las consecuencias y el líder le dice que lo que está reclamando es el derecho a ser desgraciado, a enfermar, a vivir con incertidumbre, a sufrir hambre, miedo… El Salvaje asiente y entonces le permiten salirse de la sociedad para vivir como un ermitaño, un bicho raro en una sociedad que no le entiende y que le lleva a un triste final.

19. Educación: Conócete a ti mismo mejor que los algoritmos

Lo único que podemos asegurar del futuro es que habrá grandes cambios en poco tiempo. ¿Qué debemos enseñar a los jóvenes? Gracias a Internet y a los medios de comunicación, estamos inundados de información, contradictoria casi siempre. En educación, proporcionar más información no es lo más necesario, sino que debemos enseñar a dar sentido a la información y a discriminar lo que es o no importante. Expertos pedagogos recalcan que se deben enseñar «las cuatros CES»: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad.

Esta necesidad de aprender constantemente y de reinventarnos choca con el hecho de que con cincuenta años “no queremos cambios”. Pero además, enseñar resiliencia, enseñar a aceptar los cambios con equilibrio mental es mucho más difícil que enseñar una fórmula de física. Para Harari, el mejor consejo que dar a los jóvenes es que no confíen demasiado en los adultos, pues aunque tengan buenas intenciones no acaban de entender el mundo.

La invención de la agricultura sirvió para enriquecer a una élite minúscula, al tiempo que esclavizaba a la mayoría de la población. Algo similar podría ocurrir con la tecnología. “Si sabes lo que quieres hacer en la vida, tal vez te ayude a obtenerlo. Pero si no lo sabes, a la tecnología le será facilísimo moldear tus objetivos por ti y tomar el control de tu vida“. Por eso, hoy es más importante que nunca algo que han repetido filósofos desde antiguo: Conócete a ti mismo, “saber qué eres y qué quieres en la vida”. Y hoy eso es más importante que nunca porque ahora hay una competencia seria: multinacionales sin conciencia ética (y partidos políticos) están trabajando duro para usar los algoritmos y el big data para conocerte mejor que tú mismo (cada vez que usas tu teléfono o tu tarjeta estás regalando valiosos datos sobre ti mismo). “Vivimos en la época de hackear a humanos” y “si los algoritmos entienden de verdad lo que ocurre dentro de ti mejor que tú mismo, la autoridad pasará a ellos”. Pero si quieres conservar cierto control de tu existencia, tendrás que conocerte bien y saber cómo liberarte porque… “¿Has visto esos zombis que vagan por las calles con la cara pegada a sus teléfonos inteligentes? ¿Crees que controlan la tecnología, o que esta los controla a ellos?”

20. Significado: ¿Para qué dar sentido a nuestras vidas?

¿Cuál es el sentido de la vida? Eterna pregunta para la que “cada generación necesita una respuesta nueva”. El libro sagrado hindú Bhagavad Gita sostiene que cada ser debe seguir su camino concreto (dharma) y si no se sigue, no se hallará paz ni alegría. Ideologías de todo tipo (religiones, política, nacionalismos…) cuentan un relato para hacer que los suyos se sientan importantes, un relato que da trascendencia a sus vidas pero que siempre tiene contradicciones que evitan aclarar. Los nacionalistas, por ejemplo, suelen centrarse solo en el valor de su nación pero no suelen aclarar el porqué de esa superioridad. Para Harari, los relatos que cuentan esas corrientes de pensamiento son invenciones humanas y siempre tienen errores. Sin embargo, esas invenciones humanas nos han permitido colaborar entre nosotros y montar sociedades complejas que podrían desmoronarse si todos nos damos cuenta de que esos relatos son falsos: “La mayoría de los relatos se mantienen cohesionados por el peso de su techo más que por la solidez de sus cimientos” (y el peso del techo representa el peligro que hay al mostrar que los cimientos son débiles).

“Si queremos conocer la verdad última de la vida, ritos y rituales son un obstáculo enorme”. Los ritos solo sirven para ayudar a mantener relatos falsos, pero también cierta armonía y estabilidad social. “Una vez que sufrimos por un relato, eso suele bastar para convencernos de que el relato es real”, porque el sufrimiento es de las cosas más reales que existen. Dado que a la gente no le gusta admitir que es tonta, cuanto más se sacrifica por una causa, más se fortalece su fe en ella. También se usa el sufrimiento hacia los demás, y dado que a la gente no le gusta admitir que es cruel, también fortalece la fe en una causa el hacer sufrir a los demás por ella. Ese “sufrimiento” (o esfuerzo) puede ser de muchos tipos: corporal, dedicación de dinero o tiempo… Harari pregunta: “¿Por qué cree el lector que las mujeres piden a sus amantes que les regalen anillos de diamantes?”. Creen que cuanto mayor es el sacrificio mayor es el compromiso. Por todo esto, los embaucadores adoran las palabras sacrificio, eternidad, pureza, redención…

Para dar sentido trascendente a la vida, algunos se centran en dejar tras la muerte algo tangible (un poema, genes…), pero puede ser complicado y, al fin y al cabo, ni siquiera el planeta es eterno (dentro de 7.700 millones de años el Sol absorberá la Tierra y el fin del universo llegará, aunque tarde al menos 13.000 millones de años). Con ese panorama, Harari se pregunta: “¿No será suficiente con que hagamos que el mundo sea un poco mejor? Podemos ayudar a alguien, y ese alguien ayudará a continuación a alguna otra persona, y así contribuiremos a la mejora general del mundo y seremos un pequeño eslabón en la gran cadena de la bondad“. En el fondo, el amor es más seguro que los demás relatos.

La gente corriente suele creer en varios relatos a la vez, sentir distintas identidades, y muchas veces hay contradicciones importantes, porque en el fondo no están convencidos de su propias creencias. La historia está llena de estas “disonancias cognitivas”. Un ejemplo son los que han ido a la guerra para defender el cristianismo, religión del amor. Pero aún hoy día hay muchos cristianos que se oponen a las políticas de bienestar social, que se oponen a ayudar a los inmigrantes o que apoyan las armas, por ejemplo. También es fácil encontrar gente que se lamenta de la injusta distribución de la riqueza pero tienen inversiones en bolsa, cuando es bien sabido que invertir en bolsa genera injusticias y desigualdad (y si tu banco no es ético también estás colaborando con sucios negocios).

Nuestros deseos nos llevan a actuar y Harari sostiene que somos libres para elegir nuestras acciones, pero no nuestros deseos. Muy poca gente es la que controla sus pensamientos. Para la mayoría, los pensamientos vienen y van de forma caótica y descontrolada. Algunas religiones enseñan a controlar la mente. Buda enseño que hay tres realidades básicas del universo: que todo cambia sin cesar, que no hay nada eterno y que nada es completamente satisfactorio. Aceptando esto, el sufrimiento cesa: “según Buda la vida no tiene sentido, y la gente no necesita crear ningún sentido”. El consejo de Buda es: «No hagas nada. Absolutamente nada». “Todo problema radica en que no paramos de hacer cosas” (física o mentalmente). No hacer nada es conseguir que la mente tampoco haga nada.

21. Meditación, para conocernos mejor

Haz click para aprender la bases teóricas e históricas del hinduísmo, la meditación, el tantra, el yoga...En el último capítulo, el autor nos cuenta su experiencia personal aclarando que no tiene porqué funcionar bien a todo el mundo. Casi por casualidad, descubrió la meditación Vipassana (introspección) que, simplificando, consiste en centrar la atención en algo concreto, como el aire que entra y sale por la nariz. La gente corriente es incapaz de mantener esta atención de forma prolongada y Harari confiesa que al instante perdía la concentración. El objetivo de esta meditación es observar las sensaciones personales. Cuando uno se enfada se centra en pensar en el objeto que supuestamente provoca el enfado y no la realidad sensorial. Harari dice que aprendió más cosas sobre sí mismo y los humanos observando sus sensaciones en diez días que durante el resto de su vida hasta ese momento y, además, sin tener que aceptar cuentos o mitologías. Basta solo con observar la realidad como es.

El origen del sufrimiento está en la propia mente. Cuando deseamos que ocurra algo y no ocurre, generamos sufrimiento. Es una reacción de la mente. Es la mente la que provoca el sufrimiento. “Aprender esto es el primer paso para dejar de generar más sufrimiento”. La meditación es cualquier método de observación directa de nuestra propia mente y, aunque la han usado muchas religiones, la meditación no es necesariamente religiosa. La meditación Vipassana advierte que no se debe practicar solo como búsqueda de experiencias especiales, sino para comprender la realidad de nuestra propia mente, aprovechando todo tipo de sensaciones por simples que sean (calor, picor…).

Meditar te ahorrará tus sufrimientosHarari dice que medita dos horas diarias y que le ayuda al resto de tareas del día. Además, recomienda meditar para conocernos a nosotros mismos, antes de que los algoritmos decidan por nosotros quiénes somos realmente.

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