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Una psicóloga infantil me dijo que hacer el amor al lado de las criaturas, aunque estén dormidas, era una forma de maltrato. Yo practicaba sexo y colecho, así que decidí contrastar esta valoración con otras voces expertas en el tema.
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Desde la imposición de sistemas complejos de vigilancia digital en Argentina, probados durante genocidios, hasta la creación de territorios que se definen “autónomos” desconociendo las instituciones de los países, como en el caso de Honduras, los planes de los tecnofascistas se instalan en nuestra América. ¿Cómo hacerles frente desde los feminismos territoriales que piensan las tecnologías?
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Un análisis estratégico de la Operación Epic Fury basado en los principios del teórico militar prusiano Carl von Clausewitz concluye que la arquitectura que vincula la acción militar con el propósito político de la operación fue deficiente desde el principio, según un informe publicado este martes por la organización Just Security.
Aplicar las ideas de Clausewitz —autor de la obra clásica De la guerra— a esta operación militar revela que el diseño estratégico que conecta los medios militares con los fines políticos adolecía de carencias fundamentales. El estudio subraya que, en la doctrina clausewitziana, la guerra no es un acto aislado sino un instrumento de la política, y que cualquier desconexión entre ambos planos condena la campaña al fracaso estratégico.
Los analistas de Just Security señalan que la Operación Epic Fury, cuyo escenario y fecha de inicio no se detallan en el informe, ejemplifica cómo una planificación deficiente en la fase conceptual puede arrastrar consecuencias durante todo el desarrollo del conflicto. La falta de claridad en los objetivos políticos últimos, según la lectura clausewitziana, habría impedido alinear las operaciones tácticas con una visión estratégica coherente.
El informe se suma al debate sobre la utilidad de los marcos teóricos clásicos para analizar los conflictos contemporáneos, en los que la tecnología, la guerra de información y los actores no estatales han transformado el campo de batalla. Sin embargo, los autores sostienen que los principios de Clausewitz —como la «fricción» o la «niebla de la guerra»— siguen siendo relevantes para evaluar las campañas militares actuales.
Centre Delàs d’Estudis per la Pau // Recientemente se han publicado los resultados de la 5ª convocatoria del Fondo Europeo de Defensa. Han sido seleccionados 57 proyectos, cuya asignación supera los 1.000 millones de euros, de los cuales 675 millones se destinarán a 32 proyectos de desarrollo y 332 millones a 25 proyectos de investigación. Se agrupan en cuatro grandes áreas temáticas, a las que se suma un área específica para proyectos de pequeñas y medianas empresas (pymes). Y abarcan una amplia gama de sectores críticos, como la inteligencia artificial (IA), la ciberdefensa, los drones y los sistemas antidrones, además de otros más convencionales como el combate aéreo, combate naval, guerra submarina o movilidad, entre otros.
El Fondo Europeo de Defensa (FED) es un programa de financiación de la Unión Europea para subvencionar proyectos de investigación y desarrollo estrictamente militares. En las cinco primeras convocatorias del FED, de 2021 a 2025, ya se han asignado más de 5.000 millones de euros. Para el periodo presupuestario 2021-2027, el FED dispone de casi 7.300 millones de euros, de los cuales 2.700 millones destinados a la investigación en defensa y 5.300 millones a proyectos de desarrollo y prototipos.
Para los proyectos de investigación, el FED subvenciona hasta el 100 % de los costes, más una serie de complementos que bonifican, por ejemplo, a las pymes o la vinculación con el proyecto PESCO (el marco que promueve que los 26 Estados miembros participantes planifiquen, desarrollen e inviertan conjuntamente en proyectos que mejoren la preparación operativa y la contribución de sus fuerzas armadas). El reglamento del FED estipula que los proyectos de desarrollo y prototipos se financiarán en un 20% a partir del FED y en un 80% mediante aportaciones de los Estados miembros.
La presencia de entidades españolas en los proyectos financiados por el FED es notable. En esta quinta convocatoria, esta presencia se materializa en 42 de los 57 proyectos aprobados, con participación tanto de empresas privadas como de centros de investigación o universidades. En 10 de ellos, la coordinadora del proyecto es una entidad española. Más concretamente, Indra coordina dos proyectos, Multiverse Computing SL coordina uno y Navantia SA otro más. En el área de las pymes, las empresas Simidea SL, Dlyte Chemicals SL y Edair Technologies SL coordinan un proyecto cada una y la empresa Integrasys SA tres proyectos. En todos los proyectos con una subvención superior a 50 millones de euros hay participación de empresas españolas.
Las empresas que participan en mayor número de proyectos son Indra (participa en 15 proyectos), GMV Aerospace (en 6), Escribano (en 4) y Navantia (también en 4). Curiosamente Indra y Escribano coinciden en cuatro proyectos. Recordemos que la posibilidad de fusión entre Indra y Escribano ha sido noticia en las últimas semanas.
Siete universidades españolas participan en alguno de los proyectos aprobados. Son la Universidad de Murcia, la Universitat Politècnica de Catalunya, la Universitat d’Alacant, la Universidad de Granada, la Universidad Politécnica de Cartagena y la Universidad Politécnica de Madrid. Esta última participa en dos proyectos, uno de ellos, EICACS 2, se integra en el área de combate aéreo y tiene un presupuesto de 49 M€.
De hecho, las universidades españolas están presentes desde la primera convocatoria del FED. Las universidades de Murcia y la Politécnica de Madrid han participado en las cinco convocatorias. La Universidad Politécnica de Catalunya en las tres últimas. En la convocatoria 2025 se estrenan la Universitat d’Alacant, la Universidad de Granada y la Universidad Politécnica de Cartagena.
La empresa alicantina Embention Sistemas Inteligentes S.A. especializada en sistemas de autopilotos y aviónica para vehículos autónomos, participa en el proyecto SKYRAPTOR, coordinado por la empresa griega Intracom Defense. En mayo de 2023, Israel Aerospace Industries, una de las mayores empresas de defensa de Israel, adquirió Intracom. Por lo tanto, Israel es beneficiaria del FED. Y lo ha sido en anteriores convocatorias a través de Intracom Defense. Esta situación tuvo repercusiones. Por ejemplo, generó un estado de opinión contrario a que la UE subvencionase una empresa militar israelí. También hubo reacción en el Parlamento Europeo y algunos parlamentarios manifestaron su rechazo a esta situación (1, 2).
El objetivo del proyecto SKYRAPTOR es la implementación de un programa a escala industrial de diseño, creación de prototipos y validación de municiones merodeadoras (drones kamikazes) y pequeños UCAS (aviones de combate no tripulados).
Embention Sistemas Inteligentes S.A. ha recibido diversas ayudas públicas, según consta en su página web. Por un lado, una subvención de 3.600€ del “Programa Moves III – Vehículos de la Comunidad Valenciana” de la Unión Europea con cargo al Fondo NextGenerationEU. Por otro lado, las cantidades de 28.750,05€ y 27.695,62€ como ayudas al impulso a la internacionalización de pymes exportadoras de la Comunitat Valenciana 2024 y 2025. Por último y también procedente de la Comunitat Valenciana una subvención del programa AVALEM JOVES.
Como ya hemos dicho en otras ocasiones, el Fondo Europeo de Defensa sólo beneficia a la industria europea de defensa. Si las partidas presupuestarias destinadas al FED se redirigiesen a políticas sociales, la beneficiaria seria la población europea. Es lamentable que las universidades participen en proyectos del FED pues, en cierto modo, contribuyen al proceso actual de rearme y militarización de la UE. La Universidad ha de ser un foco de avance científico, cultural y social de toda la humanidad. Por otro lado, es deplorable que, a estas alturas, la Unión Europea siga subvencionando empresas israelís en sus programas de investigación.
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Radio Almaina - Radio Coctelera: La Internacional Reaccionaria. Análisis y retos del Antifascismo
Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.
María Dolores Braquehais Conesa* // El término burnout o «síndrome de estar quemado por el trabajo» se puede definir como una respuesta de estrés crónico ante determinadas circunstancias laborales que se traduce en actitudes y sentimientos negativos hacia las personas con las cuales se trabaja y hacia el propio rol profesional, además de desembocar en una sensación de agotamiento emocional y físico.
A pesar de que se puede producir en varios ámbitos vitales y, más concretamente, laborales, es más frecuente en oficios con un alto componente vocacional, como es el caso de los dedicados a los cuidados. En nuestro entorno, su prevalencia alcanza ya casi a la mitad de los profesionales de la salud en activo, especialmente –pero no solo– los del ámbito público.
Los efectos del burnout no se limitan al área personal sino que afectan también, y de manera muy relevante, al sistema sanitario. De hecho, su presencia y su persistencia comprometen la viabilidad y la calidad asistencial, porque se asocian a una menor productividad, más absentismo y «presentismo», aparte de aumentar la tasa de rotación de puestos de trabajo e incluso el abandono definitivo de la profesión.
El burnout no es un mero agotamiento por exceso de tareas, sino que comporta un derrumbe vital que acaba erosionando el compromiso profesional y el sentido del trabajo. Es, por lo tanto, una de las formas ultramodernas de alienación, que cuestiona el «por qué» y «para qué» o «quién» del propio trabajo, como consecuencia de las condiciones en que se ejerce.
A veces no responde tanto a la sobrecarga del trabajo sino a la manera como interactúan los equipos, a la falta de meritocracia, a modelos de gestión anquilosados, al clientelismo o a determinados liderazgos donde se producen dinámicas de abuso de poder. En estos entornos se fomenta la indefensión aprendida, el oportunismo o el nihilismo. Si confluyen todos los factores, salir indemne de la tormenta es una quimera.
El burnout es especialmente preocupante en profesiones vinculadas a los cuidados, sector que demuestra que, más allá de los adelantos tecnológicos que sugieren un perfeccionamiento y superación sin tregua de nuestros límites, continuamos siendo mamíferos sociales con capacidad simbólica y, por lo tanto, desde el nacimiento necesitamos a los otros.
Además, volens nolens, todavía estamos expuestos a la enfermedad y a la muerte. Que aquellos que nos cuidan se agoten, se desmotiven y cejen en cuidarnos, y que las instituciones y los equipos se erosionen a pasos de gigante, tendría que ocupar el primer lugar de la preocupación y de las discusiones públicas. Pero, de momento, parece ser que las prioridades son otras.
El modelo clásico para explicar el burnout apela al desequilibrio entre las demandas (externas e internas) y la capacidad de hacerles frente. No obstante, el énfasis no se tiene que poner tanto en los individuos como en los factores contextuales.
Nuestra atmósfera cultural ha sido definida –por algunos filósofos contemporáneos– como una sociedad abocada al agotamiento, puesto que los sujetos acaban exhaustos, esclavizados por un imperativo interno voraz de híper exigencia como patrón para afrontar la vida, especialmente por lo que respecta al desempeño profesional y a la presentación social de la imagen personal.
No solo los profesionales de la salud hemos interiorizado esta ley, sino también los usuarios. Además, la salud ha pasado a vivirse como un bien de consumo que no admite su otra cara, la enfermedad, y menos todavía todo aquello que conlleva nuestra frágil e imperfecta condición común.
Por otro lado, la lógica de la sociedad del rendimiento se encuentra en las antípodas de la de los cuidados. Mientras la primera solo concibe la productividad creciente, la cuantificación de resultados, la ausencia de errores y la inmediatez, la segunda lleva en sí misma el tiempo, el detalle, la calidad del trato y los resultados más modestos que halagüeños.
Esta hegemonía del rendimiento como «gold standard» prevalece a la hora de evaluar la gestión de los servicios sanitarios, abocados a conseguir, año tras año, indicadores de «producción» en la prestación de servicios, mientras se desprecian los aspectos relacionados con las condiciones materiales y formales en que los profesionales hacen su trabajo, así como la percepción que estos tienen de su trabajo.
Lo curioso es que, al premiar este enfoque basado exclusivamente en el rendimiento, se ha acabado produciendo un efecto boomerang, puesto que el burnout compromete seriamente este plan de ruta meramente orientado a los resultados, provocando el efecto contrario, además de las numerosas víctimas colaterales que se lleva a su paso.
El análisis anterior no cuestiona la necesidad de que los servicios sanitarios sean sostenibles. No se puede negar que los recursos son limitados y las necesidades poblacionales, crecientes. En este escenario, la gestión creativa, transparente y honesta, donde se promociona la corresponsabilidad de todos los implicados con la gestión, sin perder autonomía en la organización de los procesos y del propio cometido, se hace más necesaria que nunca.
La evidencia científica disponible hoy en día demuestra que los equipos donde impera el respeto mutuo, la colaboración interdisciplinaria y la equidad y donde se facilita cuidar a los trabajadores son más capaces de hacer frente a los retos que se les presentan. Los nuevos modelos de liderazgo en las instituciones apelan, precisamente, a esta disposición a la escucha, a la flexibilidad y también a la gestión de los conflictos y de la discrepancia como oportunidades para renovar las maneras de hacer y de estar.
Por su parte, las instituciones tienen que vigilar y poner freno a los hábitos de gobierno –desde los altos cargos de responsabilidad hasta los mandos intermedios o a quienes tenga cualquier responsabilidad sobre los otros– donde prevalezcan los intereses particulares, el clientelismo, la arbitrariedad en la gestión de recursos humanos, la división interna, el miedo a represalias o la cultura encubierta del silencio ante los abusos de poder.
Para deshacer este estado de cosas, es improrrogable llevar a cabo una transformación profunda de los modelos de gestión y de la metodología de evaluación de la asistencia, así como propiciar un cambio en las organizaciones y los equipos que permita hacer de los puestos de trabajo espacios dignos donde imperen la meritocracia, la transparencia y el buen trato, liderados por personas comprometidas y honestas, además de dotarlos de medios suficientes para poder hacer dignamente su trabajo, de manera que los trabajadores se sientan reconocidos y puedan recuperar el sentido de su vocación.
De este modo, será posible un equilibrio entre sostenibilidad y calidad asistencial. No se trata de aspirar a la perfección, pues perfectos no somos los humanos, sino de una renovación orientada a la humanización del sistema. A veces se usa el lema: «El paciente en el centro». Pues tenemos que ampliar, de verdad, este imperativo para que incluya también a los pilares de la sanidad: los profesionales de la salud. Sin ofrecerles condiciones dignas no es posible. Sin un cambio profundo en la cultura de equipo y de las instituciones y en los estilos de liderazgo y de gestión, tampoco. Y sin un compromiso veraz y sostenido de la sociedad, la amenaza de derrumbe a la cual estamos asistiendo pasará de ser un riesgo a una realidad.
*María Dolores Braquehais Conesa. Psiquiatra, Doctora en Psiquiatria, Licenciada en Filosofía y Máster en Bioética y Derecho.
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Este artículo se publicó originalmente en La Marea 112. Puedes conseguir un ejemplar de la revista y suscribirte en nuestro kiosco.
Puede ser que los periodistas futboleros (hay unos cuantos) abusemos del balompié como metáfora o espejo de la actualidad. Pero es difícil resistirse ante un Mundial tan peculiar como el que se está celebrando en Estados Unidos, Canadá y México. En Alemania, antes del comienzo del torneo, había una gran incertidumbre alrededor del potencial de la selección tras una racha bastante mala. La tetracampeona del mundo se presentaba como el reflejo de una sociedad que atraviesa una crisis de confianza como nunca se había visto desde los años de la posguerra. La gran pregunta era: ¿puede Alemania competir todavía al más alto nivel o ha caído irremediablemente en la mediocridad?
Como es costumbre, en las semanas previas al torneo se emitían y publicaban todo tipo de documentales televisivos, artículos, libros o pódcasts recordando otros tiempos, especialmente el Mundial de 2006, celebrado en Alemania. Hace ya dos décadas. Aquel evento ha pasado a la memoria colectiva como el «Sommermärchen» (‘cuento de verano’). Igual que la actual, la joven selección entrenada entonces por Jürgen Klinsmann despertaba dudas sobre su competitividad, pero pronto conquistó los corazones incluso de gente no adicta al balompié. Llegó hasta la semifinal. Y lo más importante, el país mostró su lado más amable. Aquellas cuatro semanas fueron una fiesta de la que disfrutaron cientos de miles de visitantes de todo el mundo. Hasta el tiempo acompañaba. La sociedad alemana estaba tan sorprendida como orgullosa de haber sido una gran anfitriona, desmintiendo así la imagen más bien sobria y fría del país. Todo el mundo recuerda cómo las calles se llenaron de banderas alemanas. Por primera vez, la gente exponía el negro, el rojo y el dorado sin el complejo de recordar el pasado más oscuro. Años antes, cuando celebramos en el centro de Düsseldorf la victoria alemana en el Mundial de 1990, alguna gente nos increpaba por llevar la bandera y la camiseta de la selección. Pero en aquel verano de 2006, Alemania era un país feliz.

Veinte años después no queda nada de ese espíritu alegre, ligero y de brazos abiertos al mundo. Ha resurgido el nacionalismo racista con el auge de Alternativa para Alemania, que encabeza las encuestas desde hace meses. La crisis es palpable y va más allá de la economía. La recesión no es algo coyuntural. Se habla de un fin del modelo de negocio. La potente industria dependía más de lo que se admitía de la importación de gas natural barato desde Rusia. El principal cliente era China, donde empresas como Volkswagen obtenían buena parte de sus beneficios. Hoy, las empresas chinas no solo compiten con las alemanas, sino que las superan en muchos ámbitos tecnológicos, especialmente en los coches eléctricos y la energía solar. La economía alemana tiene que reinventarse en muchos aspectos.
Las reformas no llegan. La sociedad asiste a una parálisis de gobierno. Si los problemas internos acabaron con la coalición entre socialdemócratas, verdes y liberales encabezada por Olaf Scholz, el primer año del actual gobierno entre democristianos y socialdemócratas ha decepcionado incluso más si cabe. Según una encuesta realizada por Ipsos a principios de año, un 64% de los alemanes desconfía del canciller Friedrich Merz. Un 35% no cree que la economía alemana pueda recuperar la competitividad perdida frente a un 29% que sí lo cree (el resto no sabe o no contesta). Otro sondeo del diario conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung entre empresarios dice que el 57% no alberga ninguna esperanza de que las reformas se produzcan con el actual gobierno de coalición.
El propio canciller no contribuyó precisamente a tranquilizar a la opinión pública sobre el futuro cuando, por ejemplo, reprendió a los alemanes y alemanas señalando que deberían trabajar más, a la vez que denunciaba un «lifestyle centrado en trabajar a tiempo parcial». Tras un aluvión de críticas, Merz últimamente intenta levantar los ánimos para salir del túnel. «Podemos conseguirlo si estamos juntos y empezamos a creer un poco más en nosotros mismos», aseguraba a principios de junio.
El estado de angustia social también tiene que ver con la escena internacional, un mundo que ha cambiado radicalmente en los últimos años, y no solo en el plano tecnológico. Antes de la invasión rusa de Ucrania el régimen de Vladímir Putin era, por lo menos, un aliado útil para Berlín en cuanto a proveedor de energía, si bien nunca cesaron los recelos políticos. Ahora los admirados Estados Unidos también han dejado de ser el aliado fiable, el gran hermano protector. A muchos alemanes, sobre todo conservadores, se les ha caído el mito de la democracia liberal más antigua y sólida del mundo por las maniobras autoritarias de Donald Trump. Lo mismo vale para otro pilar de la política exterior de Alemania después del nazismo: la defensa a ultranza de Israel. Ante las barbaridades cometidas contra la población civil en Gaza, llámese genocidio o no, mucha gente en Alemania duda si se debe justificar todo con el pretexto del derecho a la autodefensa. Pero el establishment político y mediático en el país vigila con celo que las críticas a las atrocidades del gobierno de Benjamín Netanyahu no traspasen cierta línea roja. En Alemania, hoy en día es muy fácil que te tilden de antisemita por denunciar la masacre de Gaza. Finalmente, la resurrección del servicio militar y un nuevo plan de protección civil para casos de guerra han devuelto a la sociedad alemana a la época de la guerra fría.
En el Mundial, y a la vista de este ambiente lúgubre, un buen desempeño de la selección alemana, reflejo de una sociedad con muchos jugadores de origen migrante, habría ayudado a insuflar ánimos, aunque sólo fuera de forma efímera. No fue así: Alemania fue eliminada en los penaltis por Paraguay. Lejos queda el cuento de hadas de aquel verano de 2006.
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Para el episodio de esta semana, grabado en nuestros estudios rurales, el cuerpo nos pedía un desahogo musical y la coincidencia ha llevado a que una de nuestras bandas fetiche sacara disco este mismo viernes. Así que entramos en modo fan y decidimos escuchar el nuevo disco de Rata Negra, ‘Una Vida Vulgar’, por primera […]
La entrada Una Vida Vulgar se publicó primero en Radio Topo.
En este episodio de Colmenas Tapizadas cambiamos de registro y dedicamos todo nuestro programa a un disco que cumple su 25 aniversario. Esa joya pop que en 1995 lanzaran al mundo Pulp, bajo el título Different Class. Han sonado: Pulp “Common People” (Live, Brixton Arena, 1995) Pulp “Babies” (His ‘n’ hers, 1994) Blur “Country house” […]
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