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Diez apuntes breves de la agresión de EE.UU e Israel a Irán. O multilateralismo o guerra regional

28 Febrero 2026 at 21:45

A unas horas del inicio del masivo ataque de los regímenes de EE.UU. e Israel contra Irán, debemos hacer el esfuerzo de concretar dónde estamos y hacia dónde nos llevan.

1. Los ataques son una violación directa de la prohibición de agresión enunciado en el art. 2.4 de la Carta de Naciones Unidas. Es, también, una violación de la Constitución estadounidense, en otro paso del derrumbe de su sistema democrático. No es, sin embargo, una novedad. Es exactamente lo mismo que vimos en 2003 con el ataque a Irak. Una agresión militar basada en una falsedad: en su momento, las armas de destrucción masiva; ahora, el inexistente riesgo de armas nucleares.

2. El régimen iraní ha activado la legítima defensa que le corresponde según el art. 51 de la Carta ONU. Así se lo ha hecho saber al propio Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Cualquier Estado puede responder a un ataque armado para forzar su cese. La respuesta, en ataques a bases estadounidenses en la región o al territorio israelí, se enmarcan en este derecho. Habrá que analizar su justificación sobre los dirigidos contra bases de EE.UU. en terceros Estados, si estas no habían sido utilizadas en la agresión. Serían ataques lícitos si las bases se han utilizado, y una agresión, si no lo han sido. Esos ataques sí sirven para subrayar, entre el mundo árabe, la colaboración de sus gobiernos con Israel.

3. El Secretario General de la ONU, y diferentes altos cargos de la misma, han condenado ya la agresión estadounidense. Conun EE. UU cada vez más alejado de las instituciones internacionales, la ONU puede actuar y hablar de forma más libre. No hay diferencia entre esa agresión y la rusa sobre Ucrania, lo que permite a la ONU mantener una línea coherente ante el mundo y recordar su necesidad: cuanto más fuerte esté la ONU, menos riesgo de Tercera Guerra Mundial. Y viceversa, claro.

4. Las verdaderas razones de la guerra ahora iniciada son evidentes, Israel necesita más guerras para lograr la hegemonía regional y, sobre todo, para que Netanyahu no acabe en prisión. El primer ministro israelí, perseguido por la Corte Penal Internacional, necesita una guerra permanente. EE. UU es, en este caso, un ridículo obediente de la locura sionista. Trump está obedeciendo a Netayanhu. No hay nada de esta guerra que pueda beneficiar al antiguo gigante americano (que ayer casi tenía atado un acuerdo con Irán sobre la cuestión nuclear). Sin embargo, otra guerra oculta por unos días las acusaciones de pederastia a Trump. El anunciado cambio de régimen o la cuestión nuclear son bombas de humo.

5. La comparación con la guerra de 2003 sí muestra diferencias. Es un ataque igual de ilegal y que ya ha provocado crímenes de guerra y, puede, de lesa humanidad. Han bombardeado escuelas de niñas y objetivos civiles. Pero, ¿quiénes son sus aliados? EE.UU. e Israel han atacado solos. Ninguna otra potencia occidental ha colaborado (públicamente) ni, parece, que vaya a hacerlo. No criticarán, pero no enviarán soldados. Los estados árabes, siempre serviles con EE.UU. y traicionando al pueblo palestino, se limitan a intentar evitar que caigan misiles sobre Israel. Por lo demás, la potencia estadounidense vuelve a aparecer desnuda, y peligrosa, ante los ojos de todo el mundo. Otra comparación, más dolorosa aún, la sociedad civil global no parece despertar para defender a los pueblos bajo las bombas. Es prueba de hartazgo. También de que nadie en el mundo cuenta ya con EE.UU como garante de derechos o estabilidad.

6. La OTAN demuestra su irrelevancia, de forma más evidente que la ONU. Cuando la principal potencia de la alianza inicia una guerra regional, sin planes serios o realistas, y sin informar a los miembros, es que está políticamente muerta. Varios socios de la alianza, como España, Finlandia o Francia, se han opuesto públicamente al ataque. Queda el siguiente paso: prohibir la utilización de las bases estadounidenses para una guerra salvaje. No lo esperen. Ningún líder europeo se atreverá. La UE, fiel a su irrelevancia diplomática y geopolítica, no dice nada sobre la violación del Derecho internacional e intenta aunar sus irreconciliables posturas. Rusia y China, que han condenado la agresión a su socio, esperan con cautela más errores de EE.UU y advierten de que toman nota. 

7. En conexión con esto, es necesario subrayar el ridículo de Canadá o Reino Unido. Hace unas semanas, el primer ministro de Canadá denunciaba que EE.UU hacía peligrar “un orden basado en reglas”. Aunque avisábamos de la hipocresía canadiense, el apoyo de hoy a la violación de la Carta de Naciones Unidas demuestra que Canadá sigue sin una política exterior clara e independiente y se arrodilla ante EE.UU y su permanente amenaza a la paz y seguridad internacional. Igual que Alemania. El líder británico, por su parte, ha hecho lo propio. Apoyar diplomáticamente a EE.UU e Israel ante la agresión. En este caso, Starmer es un líder ignorado en el mundo y despreciado por su población. Entre otras cosas, por su apoyo al genocidio sobre el pueblo palestino. Y es que, en las democracias, la violación de las normas internacionales básicas se paga. Pregunten a Biden.

8. En España, el Gobierno se divide. Sánchez condena la agresión a Irán, poniendo a España en cabeza occidental de defensa del orden jurídico internacional, pero condena la legítima defensa del país persa, ignorando ese Derecho internacional que dice defender. Nada dice sobre el uso de las bases sobre el territorio o el espacio aéreo. A su izquierda, los partidos de Sumar son mucho más claros. Condena inequívoca de la agresión. Más a la izquierda, Podemos, libre de ataduras gubernamentales, se atreve a proponer cambios: salir de la OTAN, defensa europea, cierre de las bases militares estadounidenses y ruptura de relaciones (es increíble que todavía existan) con Israel. Ninguna de sus peticiones se va a cumplir, pero abren el campo del discurso político y las alternativas.

9. La derecha española, y la ultraderecha, vuelven a 2003, cuando estaban en el mismo partido. Y vuelven también al mismo discurso. Apoyo sin fisuras a las guerras ilegales en Medio Oriente, sumisión cobarde a Estados Unidos y seguidismo del sionismo criminal. Afortunadamente, no están en el gobierno. La última vez que nos metieron en una guerra, la consecuencia fue el 11M. Nunca han pedido perdón a familiares de asesinados y heridos. 

10. ¿Y el pueblo iraní? A nadie le importa. No al salvaje régimen iraní, no al hijo del antiguo sha, dictador sanguinario colocado por EE. UU., no a Estados Unidos o Israel. Nos dicen los agresores que quieren un cambio de régimen. Es falso. No se salva a un pueblo aniquilándolo. Este salvaje ataque parece reforzar, sin embargo, al gobierno autoritario. Nada une más a un pueblo que un ataque del enemigo exterior. La oposición democrática (que no quiere al “nuevo” sha), está desactivada y puede verse como traidora (gracias a Trump y Netayanhu) si apoya el ataque.El pueblo persa es orgulloso. Puede no querer a su gobierno y, al tiempo, no admitir que arrasen su país para colocar a otro dictador. Trump prefiere una guerra civil, lo que sería un desastre humanitario. No parece probable una invasión terrestre, precisamente porque el pueblo se defendería. De producirse, nos acercaríamos peligrosamente a otro genocidio. Sin duda, a decenas de miles de muertos entre todos los bandos. Defender la libertad del pueblo de Irán empieza por condenar que sean bombardeados y asesinadas. También,denunciando siempre la persecución y asesinatos de la oposición. Ninguna guerra de agresión ha liberado a pueblos. Los ha condenado a otra dictadura.

    Si han llegado hasta aquí y esperan una solución, lo siento, sólo hay una y no es nueva: diplomacia, rechazo social y político a las guerras y las agresiones, y reforzar la ONU como centro de la paz y seguridad mundial. Salgamos de nuevo a las calles. Hemos debilitado en los últimos años la institución que ha garantizado que no hayamos vivido una Tercera Guerra Mundial. Miremos los resultados y volvamos al multilateralismo en el sistema ONU. 

    Ander Gutiérrez-Solana Journoud es profesor de Derecho Internacional Público UPV/EHU

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    [VENEZUELA] Trump, el regreso de la ley del más fuerte

    2 Enero 2026 at 21:25

    Las recientes acciones militares de Estados Unidos contra Venezuela representan algo más que un nuevo episodio de tensión bilateral. Constituyen un desafío directo al derecho internacional y una señal inquietante de hacia dónde puede evolucionar el orden mundial si se normaliza el uso unilateral de la fuerza. Ataques con drones, operaciones navales, interceptaciones de embarcaciones y amenazas de bloqueo han convertido al Caribe y al Pacífico oriental en un escenario de militarización sin precedentes.

    El coste humano de esta escalada resulta especialmente alarmante. En los últimos meses, más de un centenar de personas han muerto como consecuencia de bombardeos y ataques contra embarcaciones llevados a cabo por fuerzas estadounidenses. Las víctimas eran civiles, ejecutados sin haber sido detenidos, juzgados ni sometidos a procedimiento alguno, lo que podría encuadrarse en la categoría de ejecuciones extrajudiciales, prohibidas de forma absoluta por el derecho internacional.

    El marco jurídico es inequívoco. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso o la amenaza del uso de la fuerza en las relaciones internacionales. Solo se admiten dos excepciones: la legítima defensa frente a un ataque armado y la autorización expresa del Consejo de Seguridad. Ninguna de ellas concurre en el caso venezolano. No existe mandato alguno que legitime un bloqueo ni ataques armados, ni se ha acreditado una amenaza inminente que permita invocar la legítima defensa. Lo que hay es una actuación unilateral que vulnera principios básicos del orden jurídico internacional.

    Además de la prohibición del uso de la fuerza, la actuación unilateral de EE.UU. atenta directamente contra los principios de igualdad soberana y no injerencia en los asuntos internos de otros países, que conforman la base de una convivencia pacífica entre Estados y sobre los que descansa el derecho internacional.

    Sin embargo, tampoco debe resultar extraño si tomamos en cuenta el desprecio de Donald Trump hacia el sistema multilateral, desautorizando reiteradamente a Naciones Unidas, calificándolas de “organismo inútil” y defendiendo que Estados Unidos no necesita el aval de nadie para “defender sus intereses”. En relación con Venezuela, Trump ha sido aún más explícito. En diversas declaraciones públicas ha subrayado que posee “enormes reservas de petróleo” y que esos recursos “no pueden quedar en manos de enemigos de Estados Unidos”. Altos cargos de su administración han insistido en la necesidad de “proteger intereses energéticos estratégicos” en la región.

    Cuando el uso de la fuerza coincide tan claramente con intereses económicos, el derecho internacional pasa a convertirse en un obstáculo incómodo. Como ha señalado el prestigioso jurista y exrelator de la ONU, Richard Falk, cuando las grandes potencias actúan al margen de las normas comunes “el derecho internacional deja de cumplir su función de contención del poder”.

    La magnitud del despliegue militar estadounidense refuerza esta preocupación. Estados Unidos no concentraba tanto poder militar en la región desde los años ochenta, durante los conflictos en Centroamérica y la invasión de Panamá. Tampoco se recuerda, desde el final de la Guerra Fría, una presencia militar tan intensa y prolongada en el espacio marítimo frente a las costas de Venezuela y Colombia como foco de presión.

    En la sesión extraordinaria del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, celebrada a petición de Venezuela, varios Estados denunciaron que las acciones estadounidenses violan la soberanía venezolana y socavan los principios fundacionales de la ONU. El representante de China fue especialmente contundente al advertir que “el uso unilateral de la fuerza sin autorización del Consejo de Seguridad debilita gravemente el orden internacional basado en el derecho”.

    No se trata de una discrepancia ideológica, sino de la defensa de normas mínimas que permiten la convivencia entre Estados, la estabilidad en la región y un aspecto clave, siempre olvidado, el impacto de estas medidas sobre la población civil. Los bloqueos de facto, las sanciones y las amenazas militares no castigan a los gobiernos, sino a las sociedades y, especialmente, a los grupos más vulnerables.

    Pero hay una cuestión aún más profunda. Lo que ocurre en Venezuela puede interpretarse como un laboratorio de una reconfiguración del orden mundial. Como advierten varios analistas, como la politóloga Anne-Marie Slaughter, el abandono del multilateralismo solo “conduce a un mundo regido por esferas de influencia y por la ley del más fuerte”. Aceptar esta lógica implica asumir que el derecho internacional es prescindible cuando resulta incómodo y también normalizar que las grandes potencias puedan imponer su voluntad por la fuerza, fundamentalmente por sus intereses económicos.

    Defender el derecho internacional hoy significa preservar las reglas que evitan que el mundo retroceda a la “diplomacia de las cañoneras” propia del imperialismo del siglo XIX. La actuación de Estados Unidos en Venezuela no solo vulnera la legalidad internacional, sino que apuntala un modelo de relaciones internacionales basado en el unilateralismo, la coerción y la fuerza, erosionando el sistema multilateral y sentando un precedente extremadamente peligroso para el mantenimiento de la paz y la estabilidad internacional.


    Enrique López es profesor asociado de Derecho Internacional Público en la Universidad Carlos III de Madrid.

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