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AnteayerSalida Principal

La agotadora omnipresencia del ‘hate’

7 Febrero 2026 at 07:33

Este texto es el último editorial de El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.

Estar de mal humor cansa. Cansa mucho. Hace falta poner una gran cantidad de energía en sostener el enfado, alimentarlo con nuevas injurias, hacerlo explícito. El cabreo drena fuerzas y además trae consigo una especie de lucro cesante: aparta la mirada de otras cosas que estén pasando, imposibilita el asombro, nos ciega para la belleza. Y, por si eso fuera poco, por el camino contagia a las demás personas ese mismo agotamiento, esa misma ceguera.

Por supuesto, no nos estamos refiriendo al enfado necesario que trae consigo la rabia ante la injusticia, al enfado transformador que provoca el abuso de poder y que lleva a querer desmantelar sus estructuras. En lo que estamos pensando es en ese otro modo de malhumor, de mira corta y ánimo un poco ególatra, que no quiere cambiar nada, sino que refunfuña en torno a algo en lo que se ha quedado enganchado, no necesariamente por las razones adecuadas.

Porque ese malhumor se viene convirtiendo, de un tiempo a esta parte, en uno de los tonos más característicos de la conversación pública. No solo en política, donde los debates entre sonrisas y ceños fruncidos ya son un lugar común en el que hay poco que rascar: también en la cultura, la omnipresencia del hate empieza a resultar agotadora.

Rosalía, David Uclés, Óliver Laxe: cada disciplina tiene a su autor o autora paradigmática en esto de que las batallas a favor o en contra rocen el punto de saturación. No hace falta ver la película, leer el libro, escuchar el disco: de lo que se trata es de posicionarse. En una lógica para nada ajena al clickbait y al algoritmo, iniciar una polémica es más fácil, rápido y rentable que intentar tejer los hilos de una crítica cultural que se sostenga.

Y es que no se trata, tampoco, de que no se puedan hacer críticas desfavorables. Las obras no tienen por qué gustar, solo faltaría; y, además, meter el dedo en la llaga de las contradicciones y las grietas de las producciones culturales más visibles es un modo interesante y fértil de pensar acerca de las ideas e imágenes que están en el aire y que contribuyen a nuestra manera de leer y habitar el mundo.

De lo que sí se trata es de darnos cuenta de que el bucle retroalimentado de opiniones feroces en torno a unas mismas obras y unos mismos autores no lleva a ninguna parte. De hacernos cargo cuando sea necesario de que la crítica simplificadora que se ceba en el rasgo de un trabajo que a cada cual le molesta especialmente es más una afirmación identitaria que una contribución a la conversación común.

Y, sobre todo, de no olvidar que, en la economía de la atención que rige nuestro acceso a la cultura, mientras perdemos tiempo en el vodevil de las discusiones lo que estamos haciendo es también no ocuparnos de poner el foco sobre tantas otras creaciones que sí nos podrían interesar. ¿Qué tal si intentamos priorizar eso?

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¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

28 Enero 2026 at 14:53
Por: La Marea

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Mientras cerrábamos el número 110 de la revista de La Marea, la policía migratoria de Donald Trump tiroteó al enfermero Alex Pretti en Minneapolis. Unos días antes, el ICE había matado ya a Renée Good. Las acciones del presidente de EE. UU. y la inacción de la comunidad internacional están dejando sin palabras a una sociedad que, paradójicamente, mira cada vez más a los líderes ultras. Lo hemos visto en Chile recientemente o, más cerca aún, en Portugal. En España, Ayuso se mueve con soltura y las encuestas pronostican también una amplia subida de Vox. Lo peor es que no es nuevo –ya buscamos en estas mismas páginas hace diez años antídotos de izquierdas–. Y lo aún peor es que va a más.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Ahí tenemos siempre al Carnaval de Cádiz cantando las mejores crónicas: «Mamá, perdóname, pero yo de mayor quiero ser un fascista». En el dossier de nuestra última revista (con portada de Candela Sierra, premio Nacional de Cómic 2025) tratamos de dar respuesta a todas estas cuestiones, qué lleva a la clase obrera a votar políticas en contra de sus propios intereses. ¿Por qué hay cada vez más obreros de derechas o, como dice el pasodoble de Los hijos de Cádiz, más fascistas modernos? Por un lado, en un reportaje firmado por Guillermo Martínez, contamos con los testimonios de trabajadores y trabajadoras forjados en la izquierda que han terminado virando su voto en los últimos tiempos hacia opciones como Vox. Y, por otro, con entrevistas y análisis de especialistas (Pablo Batalla, Patricia Simón, Sebastiaan Faber, Olivia Carballar, Jorge Dioni López, Barbara Celis, Antonio Avendaño…) que interpretan las causas más profundas del contexto global en el que estamos inmersos. La conciencia de clase ya no es un factor clave en la elección del voto, avisan. Y ridiculizarlos tampoco es la solución.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y además…

En este número también nos hemos desplazado a la frontera entre Venezuela y Colombia para tomar el pulso a la doctrina Donroe, ese nuevo viejo orden impuesto desde la Casa Blanca y que sitúa a América Latina, con ánimos redoblados, como su «patio trasero».

Entrevistamos a Hernán Zin, cineasta y reportero con 20 años de experiencia en conflictos armados. Su última película, nominada al Goya, es el documental Todos somos Gaza. Es la segunda parte de Nacido en Gaza (2014) y en ella sigue los pasos, en mitad del genocidio, de tres de los niños (ya adultos) que aparecían en la primera entrega.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Fieles a nuestra agenda, seguimos cerca del Sáhara Occidental. En esta ocasión nos acercamos a una paradójica realidad: alejados de su mar y de uno de los bancos de pesca más importantes del mundo, el pueblo saharaui cría pescado fresco en una piscifactoría situada en mitad del desierto, cerca de los campamentos de personas refugiadas de Tinduf (Argelia).

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Sin perder de vista la actualidad, tras el trágico accidente de Adamuz y el de Rodalies en Barcelona, ponemos el foco en el impacto que tiene el cambio climático sobre las infraestructuras dedicadas a la movilidad.

Por su parte, nuestro compañero Eduardo Robaina, coordinador de Climática, nos explica qué es y cómo nos afecta la calima, el polvo en suspensión procedente del desierto. En torno a este fenómeno meteorológico ha publicado un foto-libro con imágenes espectaculares.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y Bob Pop nos presenta a Víctor, alguien verdaderamente fascinante: recoge ropa de la basura y la reutiliza, con un ojo excelente para combinar prendas y un discurso político muy potente contra la moda del usar y tirar.

La Marea 110. Obreros de ultraderecha: ¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

Que no falte la cultura

Como siempre, llevamos temas muy interesantes en nuestra sección cultural, El Periscopio, que en esta ocasión cuenta con una preciosa portada diseñada por Sara Betula (sí, ahora que abundan las ilustraciones instantáneas generadas por IA, nosotras seguimos apostando, más que nunca, por las manos humanas).

Entrevistamos a la canadiense Sophie Deraspe, directora de Hasta la montaña, un bucólico alegato contra las prisas y las pantallitas que nos amargan la existencia. Analizamos el papel subalterno de las mujeres en las películas de romanos. Y publicamos fragmentos del diario personal de la artista Marta Cárdenas.

Como veis, la revista de enero-marzo viene cargada de temas actuales, profundos y sugestivos.

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La cultura, otro campo de batalla en la ocupación del Sáhara

18 Enero 2026 at 10:39

Después de las protestas populares saharauis de Gdeim Izik, en El Aaiún, en noviembre de 2010 –otro aniversario que se cumple en esta temporada–, la represión por parte de la administración marroquí fue dura. Tras un desmantelamiento de la movilización marcado por la violencia, se estima que alrededor de 200 personas fueron detenidas, 19 de las cuales siguen en prisión. Pero ocurrió algo más, en apariencia mucho menor, pero simbólicamente muy poderoso: desde entonces, en los territorios ocupados está prohibido instalar jaimas.

La tienda tradicional de las tribus nómadas había sido el elemento distintivo de aquella movilización, con más de 6.500 organizadas en un campamento que se considera el precursor de los que en los meses siguientes tomarían muchas ciudades del mundo. Pero en El Aaiún prohibirlas iba mucho más allá de una cuestión policial.

Y es que los elementos culturales también son importantes en la ocupación de un territorio. «Cuando un país ataca a otro, lo primero que intenta es hacer que se disuelva. Y para que se disuelva un país lo primero que hay que usurpar es su identidad, lo que le hace singular», explica Tiba Chagaf, miembro de la representación del Frente Polisario en España. Si hablar de la cultura como campo de batalla es en nuestros días prácticamente un lugar común, en el caso del Sáhara Occidental la expresión se convierte en literal. La administración marroquí es consciente de la importancia política de las prácticas culturales saharauis, cuya potencia intenta neutralizar a través de distintas estrategias que van desde el borrado hasta la apropiación. Mientras, para los y las saharauis, la cultura es un espacio de resistencia y de memoria, fundamental para la identidad y la construcción nacional de un país despojado de su tierra.

La estrategia del borrado

Chagaf, que ha trabajado durante décadas en el ámbito de la política cultural, apunta a una particularidad de este caso: «Los saharauis no tenemos una cultura milenaria caracterizada por construcciones o yacimientos culturales o mezquitas enormes donde uno pueda ir y empaparse de esa cultura. Al contrario. El saharaui lleva la cultura en su mente y en su comportamiento». Por eso, es precisamente a las mentes y a los comportamientos adonde apunta el borrado que intenta llevar a cabo la ocupación.

Además de a las jaimas, este tipo de política afecta por ejemplo a la vestimenta tradicional, prohibida en lugares públicos como las escuelas, o incluso a algunos nombres propios que no se permite inscribir en el registro civil o en el libro de familia. Como señala el investigador en sociología Brahim Aaila, algo que hace especialmente esquivo este tipo de prohibiciones es que no se llevan a cabo a través de medios legales. «Las autoridades ocupantes marroquíes prohíben diversas expresiones culturales de manera ilegal, sin ninguna base», explica. «Por eso, es difícil documentar estas medidas, porque no se basan en una normativa, sino más bien en medidas arbitrarias y en el uso de la fuerza».

En otros casos, los mecanismos son más sutiles. Por ejemplo, como señala Chagaf, a día de hoy no hay ninguna universidad en la zona ocupada del Sáhara. «No es porque no tengan presupuesto», apunta. «Es algo intencionado para que los jóvenes saharauis se vean obligados a ir al norte. En las universidades, por cada saharaui hay tres marroquíes, y se ven obligados a alterar su habla, su vestimenta, sus costumbres…».

Hay ámbitos en los que la aniquilación es menos evidente en su intención, pero al mismo tiempo muy material y fácilmente rastreable. Uno de los que Aaila ha estudiado es la destrucción de yacimientos arqueológicos. La zona es rica en enclaves con pinturas rupestres y otros restos prehistóricos de hasta 80.000 años de antigüedad. Una riqueza que apenas ha podido ser investigada y que se ha visto dañada en las últimas décadas por la guerra, por la actividad de expoliadores y por las actividades de extracción de recursos. Uno de los casos más destacados es el del yacimiento de Al-Asli: según explica Aaila, se concedió licencia a una empresa marroquí para convertirlo en una cantera. La presión social y mediática fue tan fuerte que el Estado se vio obligado a revocar el permiso, pero otros casos no han corrido tanta suerte. Por ejemplo, los que quedaron aplastados por la construcción del muro militar que delimita los territorios ocupados: hay pinturas rupestres bajo las alambradas y las minas.

Un elemento transversal que se diluye muy eficazmente bajo este tipo de políticas culturales es la lengua. El uso del hasanía, que es la variante del árabe hablada por los saharauis, también se intenta diluir lo más posible en los territorios ocupados. No se venden publicaciones en hasanía, ni siquiera diccionarios. «No está presente en ninguna institución, ni en la calle, ni en el trato profesional, ni en el mercado… El único entorno donde se puede conservar es en el seno de la familia», señala Chagaf. Y ni siquiera ahí es fácil, como continúa explicando: «En las generaciones nacidas en el exilio, nuestros hijos hablan español y un poco de hasanía, y nuestros sobrinos bajo la ocupación hablan dariya –la variante marroquí del árabe– o francés. Son familias fracturadas».

La estrategia de la apropiación

Aunque en la situación lingüística también se refleja una paradoja. Mientras en los territorios ocupados se produce ese borrado, también ocurre que el hasanía es una de las lenguas que Marruecos incluyó en la reforma de la Constitución de 2011 como «parte integral de la identidad cultural marroquí», dentro de un discurso de multiculturalidad del Estado. Esta maniobra es un ejemplo claro de la otra estrategia con la que la ocupación lleva a cabo la batalla cultural: la apropiación.

La investigadora estadounidense Joanna Allan ha estudiado cómo se trata de mecanismos diferentes que se van alternando o sucediendo para un mismo fin. En un artículo reciente publicado en la revista State Crime Journal, repasa la cronología de estas prácticas. Según su análisis, la «opresión violenta genocida de la cultura saharaui» en los primeros años de la ocupación dejó paso a un «intento de apropiación cultural que no engañó a nadie» a principios de la década de 1990, momento de elaboración del censo del prometido referéndum de autodeterminación. Luego llegaría la folklorización del legado para atraer al turismo, y finalmente el actual «proceso de muticulturización» de Marruecos, en el que se apropia elementos culturales de pueblos disidentes como el saharaui o el rifeño mientras trata de neutralizar su contenido político. En esta última estrategia, «lo saharaui se etiqueta como una identidad provincial dentro de una nación marroquí unida», explica Allan en ese artículo.

En lo práctico, esa estrategia se concreta sobre todo en la música y la poesía, dos de las disciplinas más nucleares dentro de la cultura saharaui. Editoriales marroquíes han publicado diversas antologías y libros de poesía en hasanía en la última década; mientras que festivales en los territorios ocupados y también en regiones marroquíes limítrofes con el Sáhara a menudo incluyen a artistas y grupos que ponen en escena música tradicional saharaui.

Tiba Chagaf cuenta que, cada año, en uno de los festivales más conocidos, el de Tan Tan, se montan más de cien jaimas: esas mismas jaimas que están prohibidas en los territorios ocupados. «Todo es folklórico», apunta. En ese sentido, estos festivales también tienen otro efecto sobre el patrimonio: la apropiación de objetos tradicionales. «Cada dos por tres hay un alza en la compra de objetos singulares que acaba por hacerlos desaparecer».

«Incluso esas bandejas de té antiguas, que son amarillas y espesas, de bronce… Con la desesperación y la necesidad, la gente acaba vendiéndolas», apunta, con una comprensión que extiende también a los y las artistas que participan en esos espacios. «Algunos son colonos, otros son promarroquíes, pero también hay poetas saharauis, porque, como en todos los países, por más avanzados que sean, de la cultura nunca es fácil vivir. Entonces, cuando a un poeta se le da un incentivo, se puede cuestionar muchas cosas. Pero no sabe que en el fondo está haciendo un genocidio cultural, falsificando su identidad».

El otro lado de la historia: la cultura como resistencia

Pero si hablamos de una batalla cultural es porque no todo es ataque. Del otro lado, los y las saharauis también han encontrado en las prácticas culturales un campo fundamental para la lucha y la resistencia. Como ocurre también en otros Estados despojados de su tierra, como el palestino –o en comunidades exiliadas o migrantes–, la cultura se convierte en un espacio clave para mantener viva la identidad y la cohesión nacional.

Así, en los campamentos de personas refugiadas saharauis de Tinduf la política cultural es clave. La música, la poesía y el teatro han sido desde el comienzo del exilio herramientas utilizadas para la sensibilización y la concienciación de la lucha nacionalista, pero también de cuestiones mucho más cotidianas, relativas por ejemplo a la higiene o la salud.

Algunos logros parecen de hecho un espejo de las carencias que Chagaf y Aalia explicaban respecto a la zona ocupada. En los territorios liberados existe desde 2012 una universidad, la de Tifariti, en la que se enseñan las carreras de enfermería, magisterio, informática y periodismo. La promoción de la lengua hasanía también es una prioridad, que ahora se lleva a cabo no solo mediante los programas educativos, sino también a través de series y vídeos que pasan de móvil en móvil hasta convertirse en un «trending jaima», como lo llama Chagaf. En la wilaya de Rabuni, donde se concentran los servicios de los campamentos de refugiados, hay un Museo de la Resistencia que exhibe documentos históricos y creaciones de arte.

Muchos esfuerzos que responden a una misma idea, que resume así: «La cultura es el trasfondo del conflicto. De nada nos sirve que el día de mañana nos independicemos si volvemos mitad cubanos, mitad argelinos, mitad españoles. Si se coloniza la mente, la tierra ya es un hecho consumado».

Este reportaje se publicó originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea, cuyo último número se dedicó íntegramente a la cultura saharaui. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para apoyar el periodismo independiente.

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A Alice Cooper hay que quererlo a muerte

31 Diciembre 2025 at 00:01

La espontánea conmoción provocada por la muerte de un personaje como Ozzy Osbourne, quien pocos días antes se había despedido a lo grande de los escenarios (junto a los miembros originales de Black Sabbath, su primera y mítica banda), debería llevarnos a reflexionar sobre el poder que aún posee la música popular en el imaginario colectivo, en especial el de un género tan denostado artísticamente como ha sido siempre el heavy metal. Ocurrirá igual (espero) con Alice Cooper (Detroit, 1948), luminaria del shock rock, amén de uno de los músicos más cultos del pop. Porque si Henry Rollins ha pasado a la posteridad por decir que «uno solo puede fiarse de los seis primeros discos de Black Sabbath», yo mismo sería capaz de afirmar que «uno solo puede fiarse de los cinco primeros discos de Alice Cooper producidos por Bob Ezrin».

Matícese en cualquier caso que hablamos aquí no del solista sino de la banda Alice Cooper, esta es, la formada por el propio Cooper, Glen Buxton, Michael Bruce, Dennis Dunaway y Neal Smith, aquella que operó entre 1969 y 1975, una formación que ahora ha vuelto (oh, sorpresa) con el soberbio The Revenge of Alice Cooper (publicado por el sello EarMusic). Del conjunto destacan un buen puñado de composiciones, todas originales, entre ellas «Black Mama» (con la colaboración estelar de Robby Krieger, el mítico guitarrista de The Doors), «Up All Night», «Blood on the Sun» (épica pieza de seis minutos con tintes grunge), «Crap that Gets in the Way of Your Dreams» (fantástico título, ¿verdad?), «What Happened to You» (con cameo guitarrístico inédito de Glen Buxton, fallecido en 1997) o «See You on the Other Side», y ojo a la reedición que se marcan del «I Ain’t Done Wrong» de los Yardbirds, en claro homenaje a Jeff Beck, a quien Cooper siempre ha considerado el mejor guitarrista de todos los tiempos.

Alice Cooper: queriéndolo a muerte
© EarMusic

La grabación conserva así la furia y el tono de los espectaculares discos clásicos de la formación, con sus guitarras limpias y contundentes, sus melodías oscuras pero pegadizas, todo compactado gracias a una producción enérgica en la que la voz de Alice Cooper sobresale increíblemente fresca, retrotrayéndonos al esplendor de una época en la que el grupo facturaba simple y llanamente el mejor rock and roll del mundo. Quede claro ya que esta «venganza» seguramente no guste a los metaleros. Atrás quedaron las serpientes y los maquillajes, las guillotinas y los sombreros de copa. Ningún pollo ha sido sacrificado durante las sesiones de grabación. Pero a Alice Cooper hay que quererlo a muerte (Love it to death!) haga lo que haga. Incluso si viene envuelto en una portada tan horrible.

Este artículo sobre Alice Cooper se publicó originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes descargar gratuitamente la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.

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Cocina que vence el destierro

24 Diciembre 2025 at 00:01

Este reportaje sobre la cocina saharaui se publicó originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea, dedicado íntegramente a la cultura del Sáhara Occidental. Puedes comprar la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.


Tuve hambre,
de pan, de paz,
y tus cantos me colmaron.
Zahra Hasnaui

La de la vida, la del amor, la de la muerte

Desde hace más de 40 años de exilio forzado en la inmensidad de una tierra tan inhóspita que se conoce como hamada, el desierto dentro del desierto, miles de personas celebran varias veces al día la ceremonia del té.

Este ritual es el hilo que zurce el tejido social. Es el triunfo del espíritu, de la dignidad. Una liturgia meticulosa y simbólica, sostenida en la paciencia, donde el oficiante elabora tres tazas a fuego lento: la primera, amarga como la vida; la segunda, dulce como el amor; la tercera, suave como la muerte.

Con ese vaso humeante de té verde, azúcar y hierbabuena fresca, los saharauis no solo combaten el clima, también honran la hospitalidad y la inquebrantable esperanza del retorno. Así, condensan entre sorbos pausados y espuma la filosofía de la resistencia.

La épica de lo cotidiano

La cocina saharaui es un arte de supervivencia. En sus casas de adobe sin agua corriente la mesa es sencilla, socorrida y comunal. Disponen de pequeños hornillos de gas, casi siempre en el suelo, aunque algunas familias gozan del privilegio de tener cocina y horno. Las neveras, a pesar de las temperaturas, son un lujo inexistente.

La vida familiar se congrega en el suelo, o alrededor de una mesa baja, y comen con las manos de un plato común. Su dieta es austera y sus condimentos básicos, ajenos a las especias de otras zonas del Magreb, como la canela o el azafrán, prefiriendo el arroz al cuscús.

El inventario de la escasez

Desde el exilio, en 1975, el pueblo saharaui ha sufrido cambios drásticos en su alimentación, con un déficit importante de alimentos frescos. Esta población sufre malnutrición crónica y registra la mayor tasa de celíacos del mundo, en torno al 6%. Desde entonces, las mujeres han asumido casi la totalidad del liderazgo operativo de los campamentos, convirtiéndose en la columna vertebral de la supervivencia, administrando la llegada de ayuda humanitaria y liderando las cooperativas.

Allí, donde el siroco abrasador y los suelos salinos, pedregosos, amenazan cada brote, la perseverancia ha forzado la tierra. Las granjas avícolas y los pequeños huertos donde cosechan patatas, remolachas, cebollas, berenjenas, zanahorias, naranjas, tomates o calabacines demuestran que la voluntad y la persistencia siembran el desierto.

Aunque el pollo es la proteína más presente en su dieta, la carne de dromedario sigue siendo de las más populares, junto con el cordero y la cabra –los únicos animales que logran sobrevivir–, y que por su coste suelen disfrutarse solo en festejos. Los dromedarios han sido pilar de la vida saharaui y, además de ser transporte, proporcionan carne y leche. Su sabor intenso, dicen, es como el de la carne de caza.

Además de la ayuda humanitaria y los huertos, también se adquieren alimentos en Tinduf, desde donde los saharauis completan la despensa familiar, según su capacidad económica. Asimismo, desde 2013, cuentan con una fábrica de pasta gracias a organizaciones solidarias andaluzas.

Cocina del desierto

Del escasísimo registro de la gastronomía saharaui destaca la disposición de Miguel Ángel Lozano, un bombero español que desde hace doce años pasa temporadas en el campamento de Smara y ha documentado recetas y costumbres en su canal de Instagram y YouTube «Cocina para bomberos».

Su proyecto solidario «Cocina del desierto», es un recetario autoeditado cuyos beneficios totales se destinan a la alimentación de la conocida como «Escuela de Castro», un centro de inclusión donde a diario enseñan a niños y jóvenes con discapacidades físicas o psíquicas a valerse por sí mismos. Su lema, inmenso, es un manifiesto contra la desesperanza: «Aquí no crecen plantas ni árboles, pero florecen personas».



Mreifisa de cordero

Receta para 4 personas

Este guiso también se hace con dromedario. Cuando los saharuis eran realmente nómadas, antes de la ocupación de sus tierras, podían hacerlo con el conejo que cazaban con trampas en el desierto.

Cocina que vence el destierro
© MIGUEL ÁNGEL LOZANO

Ingredientes:

  • 500 grs de carne de cordero troceada
  • 3 cebollas
  • 6 patatas pequeñas
  • 1 litro y medio de agua o caldo
  • Aceite de oliva
  • Sal
  • 1 pan tipo mollete, preferiblemente del día anterior

Preparación:

Se sala el cordero y se aparta. En una olla se pone el caldo o agua y se agrega una cebolla con sus tallos, un chorrito de aceite, sal, y se cuece a fuego lento. Mientras tanto, en otra cazuela se calienta aceite y se pochan dos cebollas cortadas en juliana. Cuando se transparenten, se agregan las patatas y al tomar color se añade el cordero, cociendo de 5 a 8 minutos, a fuego lento. Luego, se añade el caldo con la cebolla, quitándole los tallos, hasta que la carne y las patatas estén blandas, durante una hora aproximadamente. Para servir, se desmiga el pan en trozos medianos y se vierte encima el guiso para que absorba todos los sabores.

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Suilma Aali: la canción como territorio propio

29 Noviembre 2025 at 09:29

La música saharaui, por su historia y por la geografía de su pueblo, no es una música de mercados globales sino de jaima y desierto. Antes de la llegada de teléfonos, casetes o memorias USB, las canciones viajaban de boca en boca en los hogares, las bodas y las reuniones de familia; y así se tejía y preservaba la historia colectiva. Hablar de música saharaui es hablar de haul, el género por excelencia que combina poesía, percusión y cuerdas en piezas que han servido a la vez como canto de resistencia y como memoria de una nación en el exilio. Esa condición ha hecho que buena parte del legado saharaui sobreviva fuera de la digitalización masiva.

De esa geografía sonora han surgido voces capaces de hacerse cargo de la historia de su pueblo y, al mismo tiempo, dialogar con otros lenguajes musicales. Mariem Hassan fue la figura más visible de esa tradición en el circuito internacional: la voz que convirtió el lamento del exilio en presencia pública. Su biografía y su trabajo ayudan a entender lo que significa cantar desde (y contra) la dispersión. Aziza Brahim, por su parte, ha trazado otro camino: partiendo de las raíces del haul, ha incorporado ritmos del blues del desierto y otras influencias para hacer de su canto una cartografía personal y política que mira hacia el mundo sin perder la referencia.

En esta escena aparece Suilma Aali, cantante y compositora hispano-saharaui que encarna el mestizaje que canta. Hija de madre gallega y padre saharaui, Suilma traduce «lo que se oye en casa» en un repertorio donde confluyen cadencias afroárabes, latinas, flamenco, soul, jazz y canción de autor. No es habitual encontrar artistas saharauis que produzcan y firmen su música con la libertad estilística que sostiene a Suilma: ella compone, canta y toca la guitarra desde niña, y su obra es un relato que nace de las mezclas culturales que viven en ella.

Su repertorio muestra una trayectoria constante: Aali (2012) dejó la primera carta de presentación; Flor Amarilla (2019) exploró tonos íntimos junto a Nico Roca; El Final (2023) jugó con la estructura del bolero; y No quedan lágrimas (marzo de 2025) la situó entre la canción personal y la canción de protesta, nacida del dolor por el genocidio en Gaza. Su voz, cálida y a veces quebrada, trae el poso de quien canta en festivales de jazz y en actos por la paz; sus letras privilegian la memoria, la identidad y la denuncia, sostenidas por arreglos donde la guitarra, la percusión y los coros buscan la honestidad y la comunicación directa.

Más allá de la música, Suilma ha llevado su talento al cine documental. Es coprotagonista de La duna de Chinguetti, dirigida por Lidia Peralta y Germán Nieto, y rodada en Mauritania. Comparte pantalla y proyecto con el escritor y antropólogo saharaui Bahia Awah, y además es la autora y voz del tema principal del largometraje.

Suilma Aali
Suilma Aali interpreta uno de sus temas durante la presentación de los contenidos dedicados al Sáhara Occidental en La Marea. En la foto le acompañan el poeta Bahia Mahmud Awah y la periodista Ngone Ndiaye. JACINTO ANDREU

La artista anuncia además que su próximo lanzamiento llevará por título «Sahara», un single que promete continuar esa línea de diálogo entre identidad y experimentación sonora. Este anuncio llega en un momento en el que su música empieza a asentarse, sin renunciar a su raíz comunitaria y a la visibilidad política que siempre ha llevado consigo.

El artículo ‘Suilma Aali: la canción como territorio propio’ se publicó originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea, cuyo último número se ha dedicado íntegramente a la cultura saharaui. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para apoyar el periodismo independiente.

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El neoimperialismo de Donald Trump

17 Noviembre 2025 at 15:01
Por: La Marea

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«No se va a atrever a hacer todo lo que dice», replicaban los críticos de Donald Trump tras su primera victoria en el ya lejano 2016. Por aquel entonces aún existía la impresión de que había reglas en política y un cierto pudor a la hora de romperlas. Pero nada de eso existe ya. Su segunda legislatura ha puesto el mundo patas arriba, inaugurando una era de megalomanía, dolor, miedo, odio, destrucción, irracionalidad, mentira y zafiedad como no se había visto en la historia contemporánea. Se cumple un año desde que ganó las elecciones y hemos dedicado el dossier de La Marea 109 al hombre que está dinamitando el orden mundial y, en el ámbito interno, la propia democracia estadounidense.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Patricia Simón analiza su perfil internacional, un escenario en el que ha impuesto un nuevo neoimperialismo basado en la amenaza, el chantaje y la fuerza bruta. Desde Groenladia hasta Ucrania y desde Irán a Venezuela, Trump ha hecho añicos cualquier consenso diplomático. Su grosera deriva alcanzó la culminación en su discurso en el parlamento israelí, «donde llamó “acuerdo de paz” a lo que no era más que una tregua dirigida a consolidar la ocupación de los territorios palestinos y a garantizar la impunidad de Israel por sus crímenes, incluido el genocidio» de Gaza, escribe Simón.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Sebatiaan Faber, por su parte, pone el foco en el deterioro democrático dentro mismo de Estados Unidos haciendo un inventario de los daños ocasionados después de estar sólo 10 meses en la Casa Blanca. Las personas que rodean al presidente están protagonizando una verdadera revolución reaccionaria. El programa político de la actual administración «se nutre de tres de las principales corrientes ideológicas presentes en el movimiento MAGA: la veta apocalíptica propia de un fundamentalismo protestante; la veta utópica de los ejecutivos de Silicon Valley que se imaginan un futuro poshumano y posterrenal; y la veta sádica y supremacista, propiamente fascista, en la que predomina el resentimiento hacia las élites “globalistas” (léase marxistas y judías) supuestamente empeñadas en movilizar a las poblaciones de color para destruir y sustituir a la civilización blanca».

El dossier se completa con un reportaje de Ekaitz Cancela sobre el desembarco de los grandes magnates de software militar en el Despacho Oval (y de rebote en los gobiernos europeos, con lo que eso significa de fragilidad y dependencia por parte de los poderes públicos) y con una llamada al optimismo: la victoria de Mamdani en Nueva York y sus planes para ofrecer alimentos más baratos en una de las ciudades más caras del mundo, un reportaje de Marco Dalla Stella.


Mucho más en La Marea 109

Además del dossier dedicado a Trump, viajamos a Francia, donde María D. Valderrama retrata la crisis social e institucional que vive el país. Y como complemento, Miquel Ramos entrevista a Salomé Saqué, periodista y politóloga francesa que acaba de publicar Resistir, una llamada de alerta para parar a la extrema derecha antes de que sea demasiado tarde.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Por otra parte, Marta Saiz y Julia Molins realizan un reportaje de investigación sobre la situación de los llamados «centros de reducción de daños», lugares que ofrecen refugio, protección y seguridad a los drogodependientes.

LaMarea109 : El mundo según Trump

Antonio Avendaño ofrece un afilado análisis sobre la crisis de las mamografías en Andalucía y las consecuencias que podría tener para el gobierno de Juan Manuel Moreno Bonilla. Olivia Carballar, en plena efervescencia de actos en conmemoración por la muerte de Franco, pone el foco en todos esos pequeños actos minoritarios, casi anónimos, que se suceden desde hace décadas reivindicando la memoria democrática. Guillem Pujol escribe sobre un capítulo poco conocido: la relación de CiU con el sionismo, un fenómeno que sigue fascinando a buena parte del nacionalismo neoconvergente. Pablo Izquierdo reporta desde Indonesia la avalancha de plásticos que están asfixiando el archipiélago y la labor de los activistas por revertir esta situación. Andrés Actis, por su parte, categoriza uno a uno a los responsables de la acción (y la inacción) climática, desde gobiernos a empresas privadas, pasando por la sociedad civil.

Además, Azahara Palomeque entrevista al escritor Isaac Rosa, que acaba de publicar Las buenas noches, una novela sobre un problema muy extendido: el mal dormir.

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Un Periscopio muy especial

Esta vez, el suplemento cultural de La Marea es una suerte de continuación de nuestro anterior número, dedicado al Sáhara Occidental. La portada es obra de la ilustradora Valle Camacho, que realiza un exquisito trabajo de caligrafía árabe con la palabra «libertad». Igual que en otras naciones despojadas de su tierra, como Palestina, la cultura es para el pueblo saharaui un elemento fundamental de identidad, memoria y construcción. Precisamente por eso, la ocupación marroquí hace grandes esfuerzos por borrarla o apropiársela.

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Estas páginas recorren diferentes manifestaciones artísticas y culturales del pueblo saharaui, desde el cine a la gastronomía, pasando por una de sus mayores señas de identidad: la poesía. «La cultura salvará la causa saharaui», dijo el poeta Bahia Mahmud Awah en la presentación de La Marea 108 y de este Periscopio, que tuvo lugar en la librería Balquis de Madrid.

La Marea 109
La cantante Suilma Aali, el poeta Bahia Mahmud Awah y la periodista Ngone Ndiaye durante el acto de presentación de los contenidos dedicados al Sáhara Occidental en La Marea. JACINTO ANDREU

Aquel encuentro formó parte de las actividades del FiSahara, el festival internacional de cine del Sáhara, que esos días se desarrollaba en la capital. Moderado por Laura Casielles, contó con la participación de Mohamed Mesaoud Abdi, Ngone Ndiaye, Farah Dih, José Bautista, David Bollero y el propio Awah. El cierre lo puso la voz de la cantante Suilma Aali.

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