Cuando las grandes tecnológicas explican cómo funcionan sus sistemas de inteligencia artificial, recurren siempre a la misma metáfora: los modelos aprenden, como un estudiante que lee miles de libros y luego escribe con sus propias palabras. Esa imagen, cómoda y humanizadora, acaba de chocar contra una realidad incómoda: estos sistemas no solo aprenden, también copian. Y pueden hacerlo con una precisión que sorprende incluso a sus creadores.
Un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford ha conseguido extraer libros prácticamente completos de los principales sistemas de IA del mercado. En el caso más llamativo recuperaron el 95,8% del texto de Harry Potter y la piedra filosofal del modelo Claude 3.7 Sonnet, desarrollado por Anthropic. Del mismo sistema extrajeron el 97,5% de El gran Gatsby, la célebre novela de F. Scott Fitzgerald.
Los hallazgos, publicados hace unos días, amenazan con dinamitar el argumento central que estas empresas han presentado ante los tribunales estadounidenses: que sus sistemas transforman creativamente el material con el que se entrenan, sin almacenar copias de las obras originales.
Una técnica sencilla
Lo más revelador del estudio no es solo lo que encontraron, sino cómo lo encontraron. En dos de los cuatro sistemas analizados –Gemini 2.5 Pro de Google y Grok 3 de xAI, la empresa de Elon Musk– ni siquiera fue necesario engañar al sistema. Bastó con pedirles que continuaran un fragmento inicial del libro. Los modelos, obedientes, siguieron recitando página tras página.
Con Claude de Anthropic y GPT-4.1 de OpenAI la cosa fue algo más complicada. Los investigadores Ahmed Ahmed y A. Feder Cooper tuvieron que utilizar una técnica conocida como Best-of-N: modificar repetidamente la instrucción –cambiando mayúsculas, añadiendo caracteres especiales– hasta encontrar una variante que sorteara las protecciones del sistema. Probaron hasta 10.000 variaciones.
El resultado: Claude reprodujo más del 94% de cuatro libros completos, incluyendo 1984 de George Orwell. GPT-4.1 de OpenAI se resistió más –tendía a detenerse tras el primer capítulo–, pero aun así los investigadores lograron extraer el 4% de Harry Potter. Gemini y Grok entregaron el 76,8% y el 70,3% respectivamente de la primera entrega de la saga de J.K. Rowling.
Comprimir, no aprender
Para entender por qué estos hallazgos son tan problemáticos, conviene abandonar la metáfora del aprendizaje. Los grandes modelos de lenguaje funcionan más bien como algoritmos de compresión, similar a cómo un archivo JPEG reduce el tamaño de una fotografía. La imagen comprimida no es idéntica a la original, pero conserva suficiente información para reconstruirla con alta fidelidad.
Cuando un modelo puede reproducir miles de palabras consecutivas de un libro –en algunos casos, capítulos enteros–, la explicación más plausible no es que haya aprendido conceptos abstractos, sino que ha almacenado literalmente fragmentos del texto en sus parámetros internos.
Mark Lemley, profesor de Derecho en Stanford que ha asesorado a empresas como Meta en casos similares, reconoce la complejidad del asunto. «No estoy seguro de si es preciso decir que un modelo contiene una copia de un libro, o si tenemos un conjunto de instrucciones que nos permite crear una copia sobre la marcha», explica a La Marea. Incluso la segunda interpretación, más benévola para las tecnológicas, podría considerarse problemática legalmente.
Ninguna de las cuatro empresas afectadas –Anthropic, Google, OpenAI y xAI– accedió a ser entrevistada para el estudio. Las tres primeras reconocieron haber recibido la notificación de los investigadores; xAI ni siquiera respondió.
Las declaraciones previas de estas compañías contrastan con los nuevos hallazgos. Google afirmó ante la Oficina de Derechos de Autor de Estados Unidos que «no existe copia de los datos de entrenamiento presente en el modelo mismo». OpenAI hizo declaraciones similares. Los estudios demuestran que tales afirmaciones son, en el mejor de los casos, imprecisas.
Las consecuencias legales
Según Lemley, estos hallazgos complican las narrativas que tanto demandantes como demandados han presentado ante los tribunales. La primera implicación es que los propios modelos de IA podrían considerarse obras derivadas de los libros que memorizan. En derecho de autor estadounidense, si un modelo codifica libros completos en sus parámetros, podría argumentarse que el modelo mismo es una copia ilegal, no solo lo que produce cuando se le pregunta.
La segunda es que resulta práctico generar copias infractoras. Los estudios muestran que es posible extraer contenido protegido de modelos comerciales, algo que probablemente constituye una infracción.
En Europa, el panorama legal ya está cambiando. Un tribunal alemán dictaminó recientemente contra OpenAI en un caso presentado por GEMA, una organización de licencias musicales, tras demostrar que ChatGPT podía producir imitaciones muy cercanas de letras de canciones. El juez comparó el modelo con archivos MP3 y JPEG que almacenan música y fotos en formatos comprimidos.
En Estados Unidos, dos casos recientes han determinado que el entrenamiento de modelos de lenguaje puede considerarse uso justo, una doctrina legal que permite ciertos usos de material protegido. Pero ambos jueces señalaron que los demandantes no habían aportado pruebas convincentes de que los modelos pudieran reproducir sus obras de forma casi literal.
Estos nuevos estudios llenan precisamente ese vacío.
El precio de la piratería
Extraer un libro completo de estos sistemas no es gratuito. Los investigadores gastaron aproximadamente 120 dólares para obtener Harry Potter y la piedra filosofal de Claude, aunque solo 2,44 dólares con Gemini. Como señala Feder Cooper, coautora del estudio: «Existen formas más fáciles y baratas de piratear un libro».
Pero el problema trasciende la piratería individual. Lo que está en juego es si estas empresas han construido imperios tecnológicos valorados en miles de millones de dólares sobre cimientos de material protegido por derechos de autor, sin pagar un céntimo a los autores.
«Independientemente de las perspectivas de los litigios en curso», concluyen los autores del estudio, «los hechos técnicos son claros: los modelos de lenguaje memorizan porciones de sus datos de entrenamiento, estos datos están codificados en los pesos del modelo y, como demostramos aquí, es posible extraer grandes cantidades de datos protegidos por derechos de autor de modelos comerciales».
Los investigadores esperaron 90 días –el protocolo estándar de divulgación responsable– antes de hacer públicos sus resultados. Al final de ese periodo, algunos de los sistemas probados seguían siendo vulnerables.
«Gris que te quiero verde pretende ser un mapa para esquivar la crisis ecológica y el colapso de nuestra sociedad civilizada»
El objetivo del libro es tremendamente ambicioso (como el de Blogsostenible). Lo que está en juego no es (probablemente) el fin de la vida en la tierra, ni el de nuestra propia especie. Lo que podría perderse es lo que permite a nuestras sociedades avanzar. Nos hemos industrializado demasiado y ahora, avanzar significa decrecer. Tal vez, los que menos cambios notarán serán las sociedades menos industrializadas. Si no hacemos nada, los países ricos podrían perder no solo su hegemonía, sino también sus fronteras, sus derechos y su bienestar.
Este libro de Europa Ediciones (2023), con su lenguaje sencillo y directo podría ser parte de un punto de apoyo en el que hacer palanca para aumentar la fuerza en la dirección necesaria.
La epidemia del COVID y el calor del verano han sido pequeños avisos de lo que puede pasar cuando se toquetean a lo loco los controles planetarios. Podemos decidir seguir ignorando lo que dicen científicos y ecologistas. Es una opción, pero también podemos optar por tomar acciones contundentes, aunque ello suponga sacrificios (principalmente a los más acomodados, a los que menos esfuerzo les debiera suponer que, en muchos casos, son también los que más se niegan a perder sus abundantes privilegios). Esos millonarios deben aprender que su impacto ambiental es sencillamente intolerable y que reducir la desigualdad crea sociedades más seguras para ellos, más éticas y, por supuesto, más felices. La ecología y la solidaridad son partes irrenunciables de un camino hacia el mejor futuro posible.
En los 13 años de Blogsostenible se han publicado más de 750 entradas, casi todas ellas por el autor de este libro. Se ha intentado dar una visión resumida y razonada de los distintos temas que debieran preocupar a nuestra sociedad: energía, alimentación, transporte, crisis climática, consumo, economía, bienestar animal, personajes especiales, ecofilosofía, buenas noticias y buenas prácticas… y también libros resumidos que pueden propiciar el cambio que necesitamos hacer. De todo ese material, hemos seleccionado 152 artículos para este libro, 351 páginas en papel reciclado y a letra grande para que sea fácil de leer a cualquier edad. Además, el autor donará todos los beneficios por este libro a proyectos tanto ambientales como humanitarios.
Podrán reprocharnos muchas cosas, pero nosotros intentamos que el mensaje llegue claro y fundamentado, con la fuerza que tenemos y con la que nos prestáis todos nuestros lectores, simpatizantes, fans y curiosos. Gracias por seguirnos también por las redes.
Presentación del libro en Málaga:
Fecha: Miércoles, 22 de noviembre de 2023, a las 18 horas.
Lugar: Salón de actos del centro Plaza Montaño, C/ Dos aceras, 23 (junto al vivero de Aulaga, Málaga).
El título original es “Animal Madness: How anxious dogs, compulsive parrots and elephants in recovery help us undestand ourselves” (La locura de los animales: Cómo perros ansiosos, loros compulsivos y elefantes en recuperación nos ayudan a entendernos a nosotros mismos).
Laurel Braitman, doctora por el MIT, documenta en este libro (Urano, 2015) multitud de ejemplos y experiencias que demuestran algo que ya sabía Charles Darwin, que los animales también sufren problemas emocionales. Los problemas psicológicos también afectan al reino animal (locura, tristeza, depresión, alegría, tormento…). Los datos demuestran que los humanos no somos tan diferentes. Parece que esos datos molestan a algunos porque eso les obligaría a dar un trato más digno a los animales.
Braitman afirma que “cualquier animal con capacidades mentales puede sufrir algún trastorno mental“. Las causas pueden ser, como las humanas, múltiples (abusos, maltratos, soledad…). Ella ha documentado problemas psicológicos en gorilas, caballos, ratas, perros, delfines, loros, focas, elefantes, conejos, bonobos… Muchos compartían hábitats con otros animales sin trastornos mentales (a los que se les suele llamar “normales”).
El filósofo Descartes sostuvo que los animales eran autómatas carentes de sentimientos y autoconciencia (atributos que eran sólo del ser humano, a imagen y semejanza de Dios). El golpe más duro contra esto fue de Darwin, especialmente en “La expresión de las emociones” (1872) y en “El origen del hombre” (1874) en el que escribió:
El hombre y los animales superiores, en especial los primates, poseen unos cuantos instintos en común. Todos poseen los mismos sentidos, intuiciones y sensaciones, similares pasiones, afectos y emociones, incluso las más complejas, como celos, sospecha, emulación, gratitud y magnanimidad; practican el engaño y son vengativos; a veces son susceptibles al ridículo, e incluso tienen sentido del humor; muestran admiración y curiosidad (…). Individuos de la misma especie varían en intelecto desde la imbecilidad absoluta hasta la máxima excelencia. También se hallan expuestos a padecer locura, aunque con menos frecuencia que en el caso del humano.
Coetáneo de Darwin, el médico naturalista escocés, William Lauder Lindsay, combinó su experiencia con enfermos mentales con su interés en los animales, escribiendo un libro en el que describe multitud de trastornos mentales, junto con actos de tristeza o heroísmo en animales.
Demostrado: Los animales tienen emociones
El neurocientífico Jaak Panksepp demostró con un detector de ultrasonidos para murciélagos que las ratas emiten sonidos de placer (risas) cuando se les acaricia, se aparean, juegan o se les da comida (ver vídeo). Por otra parte, emiten un sonido distinto en situaciones negativas (como cuando están asustadas o se pelean). Este científico afirma que los mamíferos son capaces de sentir similares sentimientos que los humanos, aunque pueden ser diferentes dadas las distintas capacidades y sentidos en cada animal (diferencias en el olfato, oído…).
El etólogo Marc Bekoff ha documentado desde chimpancés compasivos hasta hienas arrepentidas; el primatólogo Frans de Wall escribió sobre el altruismo, la empatía y la moralidad en bonobos y otros simios; también se ha demostrado la capacidad de los perros de reflejar las emociones de sus dueños, y también que abejas, pulpos, gallinas e incluso moscas de la fruta tienen emociones. La pregunta ahora no es si los animales tienen emociones, sino su clase y el porqué.
Respecto a la autoconciencia, cada vez es más larga la lista de especies en las que se sabe que esa autoconciencia realmente existe. Bien es cierto que en otros casos las pruebas no son concluyentes.
Braitman afirma que es difícil crear una lista de emociones animales cuando ni siquiera hay consenso sobre las emociones humanas. Paul Ekman creó la lista más famosa de emociones humanas básicas (ira, miedo, tristeza, placer, aversión y sorpresa), pero a esa lista se pueden añadir otras como la excitación, la vergüenza, el alivio, los celos, el amor… (o la intriga, que añadimos nosotros).
Aunque los científicos tienen cuidado de no antropomorfizar a los animales, ya que los sentimientos y emociones no son, tal vez, iguales a los humanos, la comparación es inevitable, pues compartimos muchas cosas. Braitman afirma que “hemos heredado la costumbre de no querer identificarnos con otros animales, y esta actitud no es útil y ya va siendo hora de descartarla“. Por ejemplo, Skinner tomó unas palomas enjauladas a las que alimentaba con alpiste dispensado regularmente por una máquina. Al tiempo, las palomas empezaron a comportarse extrañamente como si creyeran que repitiendo ciertos movimientos el alpiste caería de nuevo. Este “pensamiento mágico” también es frecuente en humanos (muchos deportistas hacen gestos o visten prendas que creen que les traen suerte).
Muchos científicos han demostrado en sus experimentos (a veces inhumanos) que hay más semejanzas entre humanos y animales que diferencias (Harlow, Spitz, Pavlov…). Por ejemplo, observaron las enfermedades que ocasionaban la falta de cariño en primates de pequeña edad (al igual que en niños).
Animales con enfermedades psicológicas como los humanos
Algunos perros que han vivido desastres, maltratos, guerras o rescates han desarrollado un TEPT (Trastorno por Estrés Post Traumático), algo que no es extraño para muchos expertos. “Es imposible demostrar si esos animales estaban sintiendo lo mismo que los humanos diagnosticados con TEPT, pero hay que tener en cuenta que no existe una sola experiencia humana del TEPT que sea idéntica a otra“. Incluso las mismas técnicas usadas para recuperar animales han funcionado en personas.
La locura es sólo posible en mentes con inteligencia. En animales se ha abusado del término locura y hay muchos casos de animales dados por locos y sacrificados, cuando su único mal fue rebelarse contra los malos tratos. Tal fue el caso de una elefanta a la que un hombre le dio de comer un cigarrillo encendido y ésta acabó matándolo. Fue electrocutada en Coney Island. Los animales de circo son maltratados sistemáticamente y, por ello, no son raros los casos en los que atacan a humanos, pero ¿es eso locura?
La autora cuenta la historia de su perro Oliver, el perro que inspira el libro, el cual tenía pánico a la soledad. El mismo síntoma tuvo también el gorila conocido como John Daniel, separado de su madre a los 2 años en las selvas de Gabón, fue llevado a Londres para el escaparate de unos grandes almacenes, hasta que lo adoptó una familia, quienes lo educaron con cariño, como un niño de cuatro años. Cuando creció, John no podía quedarse solo y la familia lo vendió engañada, creyendo que viviría bien. John acabó en una jaula en Nueva York con depresión. Murió en tres semanas. Sus restos están en el Museo de Historia Natural de Nueva York, junto con sus dientes de leche que donaría Alyse, su educadora en Londres.
En el siglo XIX y principios del XX la añoranza o nostalgia llegó a considerarse una enfermedad física potencialmente mortal. La padecían desde gente que migraba a las ciudades, hasta soldados o animales de múltiples especies (mulas, patos…). Un caso particular es el de un pigmeo africano que fue exhibido en el recinto de los simios del zoo del Bronx. Liberado, acabó suicidándose. Se atribuyó a no haber podido adaptarse a la vida estadounidense. Otro caso fue el de Monarca, el último oso pardo californiano (especie extinguida por la caza), que fue exhibido en diversas jaulas durante 22 años. Su furia inicial se convirtió rápido en melancolía. Más recientemente, en 2010 murieron dos nutrias macho que habían convivido quince años. Sólo una estaba enferma, pero la otra murió “de pena” una hora después.
La medicina actual clasifica ahora esas enfermedades como trastornos de ansiedad, trastornos obsesivo-compulsivos, depresión o miopatía por captura (muerte por estrés al ser capturado o creer que no se tiene escapatoria). Por otra parte, la psiquiatría humana tiene una lista con los problemas mentales humanos (DSM). En esa lista entran y salen enfermedades por los motivos más diversos. A veces se han insertado enfermedades tras descubrir el fármaco que las trataba (lo cual dice algo sobre la mala praxis de la industria médica y farmacéutica). Por desgracia no existe un manual similar para trastornos mentales de animales, pero a veces son extraordinariamente similares asegura Braitman. Por ejemplo, comenta los casos de perros que colaboraron en los rescates del 11-S o del huracán Katrina y que padecen una versión canina del TEPT, el de una tigresa con un tic facial provocado por el estrés, o los múltiples casos de perros que tienen miedo a hombres con uniforme o a los ruidos fuertes. Otro ejemplo, es el trastorno obsesivo compulsivo, que en animales se llama trastorno compulsivo, ya que los animales no pueden hablar y por tanto no pueden describir su obsesión, pero es un trastorno grave y frecuente (animales que no dejan de perseguirse la cola, de lamerse las patas…).
Según Braitman, los perros de pura raza deben cumplir unas normas exigentes, las cuales son principalmente físicas, más que de temperamento. Esto genera, de hecho, que ciertos problemas psicológicos sean típicos de algunas razas. Por ejemplo, los bull terriers tienen tendencia a perseguirse la cola, como si fuera un problema genético. Por supuesto, las vivencias también influyen. Los perros con ansiedad y con problemas para controlar sus impulsos pueden tener difícil cura. Con respecto a los gatos, lo mejor es mantener las rutinas, ya que los cambios pueden desestabilizar la conducta gatuna.
De los elefantes se sabe que, como en las personas, la infancia les influye muchísimo en su vida. De una madre cariñosa, salen elefantes cariñosos. Cuenta el caso de Rara, una elefanta separada de su madre muy joven y rodeada de humanos como atracción turística en un hotel. Pasaba horas encadenada y entre humanos y se comportaba como una niña, sin querer juntarse con otros elefantes. Pero cientos de experiencias demuestran que la infancia también influye muchísimo en perros y otros animales.
Zoos, acuarios, circos, laboratorios y granjas son cárceles que enloquecen a los animales
Además de la infancia también es evidente la influencia del entorno donde viven los animales. Por eso, no es raro que acaben siendo violentos o teniendo conductas extrañas, animales en zoos, acuarios (orcas, delfines…), circos, laboratorios, granjas industriales, peleteras o avícolas. “Los animales cautivos sufren terriblemente porque en muchos casos su entorno no tiene nada que ver con el lugar en el que elegirían vivir“. Algunos pasan muchas horas encadenados o en espacios pequeños. Zoos y acuarios son cárceles, aunque algunos los vendan como hoteles de lujo. Si los animales cautivos viven bien, ¿por qué desarrollan locuras o conductas extrañas? Entre esas conductas están dar vueltas sin parar, autolesionarse, masturbarse compulsivamente, tricotilomanía, morderse, morder a otros o morder los barrotes, regurgitar comida y reingerirla (algo tan común que se llama R y R, salga o no de la boca), dar cabezazos contra las paredes de las piscinas (en el caso de cetáceos, focas, leones marinos…) y muchas más.
Las conductas anormales en animales cautivos no son excepciones, sino que son mayoría (entre el 50 y más del 90% según el tipo de animal y tipo de cautiverio). Zoos y acuarios retiran los animales más afectados de la vista de los visitantes y ante la impotencia, muchos cuidadores abandonan su trabajo.
El budista Panyataro, el «monje de los elefantes», vive en Tailandia y resuelve problemas en la comunidad respecto a los elefantes. Cuando la autora le preguntó cómo sabe lo que sienten los elefantes contestó: “Para entender a los otros animales primero tienes que entenderte a ti“.
El capítulo 4 se dedica al suicidio de animales afirmando que se han registrado casos entre multitud de especies, concretamente entre perros y caballos. Resulta llamativo el caso de Ric O’Barry, un famoso adiestrador de delfines que participó en la famosa serie Flipper, protagonizada por un delfín (que en realidad fue interpretado por cinco delfines). Llegó a organizar expediciones para cazar delfines para los acuarios y parques temáticos. Al terminar la serie una de las delfines hembra que encarnaba a Flipper entró en depresión por el cambio de lugar, de rutinas y de cuidadores. Lo llamaron para que acudiera a verla y ella al verle dejó de respirar y murió. O’Barry afirma que fue un suicidio. El impacto que le produjo le hizo empezar a luchar por la liberación de los delfines, llegando incluso a ser arrestado por ello y a rodar el documental The Cove (puedes verlo aquí), sobre la matanza de delfines en Taiji (Japón), por el que consiguió un Óscar. La carne de delfín la venden en Japón etiquetada como carne de ballena, a pesar de estar prohibido y de sus altísimos niveles de contaminación por mercurio (cosa que ocurre también con los pescados carnívoros como el atún).
Los animales marinos que se ven en los acuarios son los que consiguen sobrevivir a unas condiciones físicas y psicológicas muy duras, por las que mueren muchos. Algunos, con el tiempo, entran en depresión y se golpean o se suicidan. También hay serios datos que apuntan a que ciertos problemas físicos o psiquiátricos en animales (y el humano) podrían deberse a intoxicación o infección. Por ejemplo, el consumo de mariscos puede contener ácido domoico producido por un alga. Se ha demostrado su influencia en problemas cognitivos, vómitos, diarrea, pérdida de memoria, desorientación, etc.
No se sostiene que nuestra sociedad niegue a los animales sentimientos, consciencia y poderes cognitivos, mientras los zoológicos, acuarios o circos los atiborran a los mismos tranquilizantes, antidepresivos o antipsicóticos que se usan para los humanos. Sin esos medicamentos, muchos animales no podrían estar de cara al público porque el cautiverio les lleva a la locura. Además, los cuidadores tienen prohibido hablar de esos cuidados psicológicos para evitar el escándalo. Por otra parte, el negocio de los psicofármacos para mascotas está creciendo en EE.UU., aunque muchos propietarios prefieren la versión para humanos del medicamento. En el caso de perros, aunque los medicamentos son efectivos, los estudios demuestran que es más efectivo el adiestramiento conductual (o las dos cosas). El veterinario Ian Dunbar sostiene que los medicamentos no son nunca necesarios para tratar problemas de conducta y cuando alguien le dice que su perro tiene problemas él le contesta que el que tiene el problema es el propietario y que hay conductas que se deben cambiar.
Los psicofármacos se usan tanto que están contaminando las aguas de ríos y mares y aún no se sabe mucho sobre los efectos de ésto. Se han encontrado restos de medicamentos en la carne de animales de granja debido a que los ganaderos les dan medicamentos a sus animales para evitarles estrés. En muchos casos ni los propios ganaderos saben lo que comen sus animales porque son mezclas prefijadas.
Tratar mejor a los animales es fácil
Braitman se queja de que muchos perros pasan mucho tiempo solos encerrados en casas. A sus dueños les encanta verlos saltar de alegría cuando llegan a casa, pero cuando están solos en casa esperan que su perro esté dormido o mirando por la ventana sin aburrirse, y esas expectativas “no son justas“. Los perros deben de poder comportarse como perros. Y concluye que si un perro no puede sacar toda la energía que requiere será más propenso a las enfermedades mentales.
Para muchos animales cautivos de todas las especies es esencial la compañía de otros animales, incluso si no son de su especie. Los caballos de carreras, por ejemplo, llevan una vida dura y a muchos de ellos encontrar una oveja o una cabra en su cuadra les relaja. Por otra parte, muchas asociaciones piden que haya “enriquecimiento ambiental” donde viven los animales en cautividad: esconderles comida, darles objetos nuevos incluso con comida dentro, espejos… Tímidamente, algunas cosas han pasado a ser obligatorias por leyes de bienestar animal para los animales de laboratorio, de compañía o de ocio.
También el masaje funciona muy bien con los animales y estimula su bienestar emocional. Hay una técnica llamada TTouch que incluye masajes poco intuitivos (en las orejas o en las encías, por ejemplo) y que funciona muy bien para la recuperación de muchos animales (perros, caballos, camellos…).
En Tailandia un mahout (cuidador de elefantes) le dijo a la autora: «Si tienes jai dee, los animales lo sabrán y también tendrán jai dee». Y ella añade que lo opuesto también es cierto. Jai dee significa buen corazón, y el mahout decía que «cualquiera puede tener jai dee». En el fondo, como dijo un entrenador canino, la vida poco saludable que llevamos, se refleja en la vida de nuestras mascotas.
Conclusiones: Acabar con el maltrato animal es posible
La conclusión más importante de la autora es que las enfermedades mentales de los animales pueden curarse con tratamientos (medicamentos, mejoras en sus condiciones…). Respecto a los animales domésticos pide dedicarles más tiempo y pensar muy bien antes si podemos atenderlos adecuadamente durante toda su vida. Con respecto a los animales encerrados pide que dejen de encerrarse, porque eso les lleva a la locura. Su consejo es cerrar los zoos y acuarios y convertirlos en lugares donde haya animales en recuperación y que los visitantes puedan interactuar con ellos y con el entorno: cuidarlos, aprender veterinaria, cultivar un huerto, ecología, etc.
También pide acabar con las granjas masivas (que producen una gran tortura), acabar con la industria peletera (que maltrata y enloquece animales para arrancarles su piel) y dejar de usar los animales para pruebas médicas y cosméticas, todo lo cual demuestra un egoísmo exagerado. “Y lo más importante, también podríamos aceptar la creencia deDarwinsobre que los humanos no somos más que otra clase de animales que se diferencia del resto solo en cierto grado“. Como dice la profesora Marta Tafalla: «Si fuéramos un poco más humildes, si aceptáramos nuestra finitud, todo sería infinitamente más fácil».
Activismo total: El sufrimiento y opresión de los animales no humanos es el tipo de violencia más invisible.
La paradoja estética: Algunos ven los animales como máquinas para producir alimento o tejidos, para experimentar, para transporte… por Marta Tafalla.
Entrevista a Steve Wise (fundador de Non-Human Rights Project): “Los animales no son una cosa, son seres vivos, algunos incluso con una inteligencia y un sentido común muy cercano al hombre”.
Esto es lo que pasaría si los animales pudieran hablar: Algunos animales como los delfines entienden que el orden de una frase puede cambiar su significado; otros, como los orangutanes, prueban con señales nuevas si un humano no les comprende.
Escribo. Leo. A veces miro por encima de la pantalla y el libro. Sonrío. Un cielo gris plomizo sobre el mar, un arcoíris vibrante lo atraviesa hasta media altura. A pesar de lo sombrío del horizonte, el sol ilumina los montes más cercanos, también dos aves blancas –¿gaviotas?– muy lejos, se elevan brillantes e inquietas, como dos hojas de papel de aluminio que reflejan una y otra vez la luz para desaparecer entre nubes.
Leo alternándolos dos libros de Kate Millett y Parentesco animal, de Noelia Adánez. Sonrío al descubrir que Adánez interrumpió la lectura de El cuaderno dorado, de Doris Lessing, cuando empezó a leerlo muy joven, y no lo retomó hasta bastantes años después, cuando supo apreciarlo de otra manera. Yo, aunque devoto de Lessing, también cerré anticipadamente aquel libro, pero no lo he vuelto a abrir. Quizá debería regresar a él; aunque, como a los lugares, nunca regresamos de verdad a los libros: la persona que supuestamente regresa ya no es ella, sino otra, a pesar de que haya mantenido algunas constantes básicas. Y podría pensarse que mientras los lugares cambian y por eso es imposible volver al espacio exacto que abandonamos, los libros permanecen idénticos; no es verdad del todo; los libros también cambian según el contexto histórico y social en el que se leen. Libros que fueron una revelación en su momento hoy los leemos con interés pero quizá sin la capacidad de maravillarnos que habríamos sentido unas décadas antes.
Por supuesto, me atraviesa la cabeza la pregunta de cómo se leerán mis libros dentro de unas décadas, pero eso significa presuponer que mis libros se seguirán leyendo, cosa improbable y, además, de poco interés. No solo porque estaré muerto, sino sobre todo porque no puedo ni imaginar cómo será el mundo entonces. Tampoco es que me apetezca imaginarlo en este aciago inicio de año.
Más adelante en el libro de Adánez, me encuentro con referencias a una obra de Joyce Johnson, Personajes secundarios. Es posible que ya lo haya mencionado en este diario, pero me impresionó mucho la primera novela de esta autora, Come and join the dance, que inexplicablemente, no se encuentra en español, creo, y como no lo está el también recomendable Bad Connections. De su primera novela me impresionó la claridad con la que Johnson mostraba cómo muchas mujeres de su generación fueron capaces de liberarse de las expectativas de sus padres (a menudo con un coste personal elevado) para caer presas de las expectativas de sus parejas, hombres encantados de explicarles cómo tenían que ser libres –pero al servicio de las fantasías sexuales y también de las necesidades económicas de esos mismos hombres–. A cambio, les permitían ser espectadoras en primera fila de la liberación masculina y figurantes a menudo maltratadas en sus dramas.
14 de enero de 2026
Releyendo los párrafos anteriores me acuerdo de un libro que descubrí mientras me documentaba para escribir Escritores delincuentes: Off the Road, la autobiografía de Carolyn Cassady (esta sí está traducido al español, en Anagrama). Un libro tristísimo, un testimonio más de una mujer que dio buena parte de su energía a sostener a hombres supuestamente libres y autónomos de la generación beat: su marido, el fascinante e infeliz Neal Cassady, y su amigo y amante Jack Kerouac.
Anoche, en la duermevela, le daba vueltas a una idea: una de las desgracias de nuestras sociedades es que la mayoría opina –u opinamos– más de lo que piensa.
Solemos reaccionar ante cualquier acontecimiento con un juego limitado de respuestas, basadas a menudo en prejuicios a su vez basados en una capa muy delgada de información y reflexión. Apenas pensamos, pero creemos con pasión. No estaría demás pensar con pasión y creer con mesura.
Hace un par de días le decía a Edurne que había llegado a la conclusión de que, a pesar de las apariencias, Fargo es una serie feminista. Pero tendría que argumentarlo con calma, porque también es cierto que en la serie hay un número considerable de mujeres extremadamente ambiciosas, mezquinas, desequilibradas o idiotas; o varias de esas cosas a la vez. Y, sin embargo… Pero esto tengo que dejarlo para otro día.
Volviendo a lo del exceso de opinión, me he dado cuenta de que mi diario se ha convertido también en una fuente de opinión, más que de reflexión o narración. Y estoy un poco cansado de oír mis propias homilías. No sé si le interesará a alguien leerme cuando solo me refiero a mis lecturas, las películas que veo, lo que observo, lo que me sucede, las ideas que me pasan fugazmente por la cabeza. Pero tampoco sería una catástrofe si no fuera así. Quién no ha aburrido alguna vez a sus amigos con las propias historias. Las relaciones humanas están hechas también de esos momentos en los que no nos interesa demasiado lo que dice el otro. No podemos ser todo el rato, ni siquiera la mayor parte del tiempo, fascinantes.
Nada es eterno salvo la Carrà. Mucho más que una biografía sobre la icónica melena rubia de Italia. Pedro
Ángel Sánchez pone en valor el significado de Raffaella Carrà como
artista y desvela quién fue en realidad tanto dentro como fuera de los
escenarios. Un recorrido por sus éxitos, sus desilusiones y esa vitalidad
desbordante que la convirtió en un símbolo de libertad para cinco generaciones.
Las Chicas de Oro. Un
homenaje a la sitcom que, cuarenta años después, sigue siendo un referente de
la televisión. El autor nos propone un viaje por el legado de Blanche, Dorothy,
Rose y Sophia: cuatro mujeres que desafiaron estereotipos hablando de sexo,
feminismo y amistad en pleno prime time. El libro incluye anécdotas del
casting, las tensiones entre las actrices y los secretos de una serie que nos
enseñó que las amigas son la familia elegida.
Sobre el autor: Pedro Ángel
Sánchez es un reconocido crítico musical y locutor con más de veinte años
de trayectoria en medios como Kiss FM, Dial o Los 40 Principales. Desde 2018
presenta La Tarde Suena Bien en la Radio de Castilla-La Mancha,
labor que compagina con su faceta de escritor.