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Bibiana Collado: “Los mayores son los no escuchados. La gente mayor nunca está en el centro”

7 Marzo 2026 at 07:00

A Bibiana Collado Cabrera se le ríen los ojos cuando habla de Marcelino, su nueva novela (editada por Pepitas de calabaza y Los aciertos). Dejan ver el cansancio –son más allá de las siete de la tarde, acaba de terminar otra entrevista y por la mañana ha dado clase en un instituto público valenciano–, pero también la alegría de quien ha parido palabras nuevas y quiere compartirlas. «Estoy nerviosa todavía, porque el libro está empezando y quiero ver qué pasa, pero estoy contenta», comenta sonriendo. De eso, también de eso, de palabras nuevas y de compartir, trata este libro. Pero Marcelino es, sobre todo, una historia del duelo protagonizada por un hombre mayor. Un hombre mayor de campo que busca palabras para entender y que habla de sexo. Se ha saltado un montón de barreras la escritora aquí, yéndose más allá del pueblo, a contar desde la mirada de un hombre –el mismo que da título al libro– cómo eran su deseo, su alegría y su pena negra.

Por una parte, puede ser inesperado después de Yeguas exhaustas, el título que publicó hace tres años y que sigue siendo un éxito gracias al boca oreja. Por otro, quien haya leído también sus poesías entiende que Bibiana Collado está siguiendo su camino. En su segundo poemario, El recelo del agua, el poema «Surcos» se cerraba así: «…cansada de producirme en símbolos ajenos / decido que la niñez es intransferible / y que tengo muchas cosas que explicarte», iluminando tal vez el recorrido natural de su literatura. «Es que pasan dos cosas. Por una parte, que, quien a lo mejor solo ha leído Yeguas exhaustas, quizá esperaba un libro similar o con una protagonista más parecida a una mujer de mediana edad, con sus problemas, sus preocupaciones. Y entonces se sorprenderá y dirá: “¿Pero esto qué es? Esto no tiene nada que ver, esto es otro espacio, esto es otra voz”. Pero, por otro lado, si miras un poquito desde arriba todos los libros, dices: “Pues es que forma parte del universo bibianesco”. Porque en todas partes está esa importancia por el campo, por los orígenes, por cómo conforma nuestra identidad, por relatar todas esas historias y darles protagonismo. Entiendo que habrá gente a la que le sorprenderá, pero para mí está conectado. En realidad, todos los poemarios y todos los libros están entrelazados, forman una galaxia. Para mí tiene todo el sentido este libro, en mi cabeza a Bibiana le pega hablar de un señor contando historias del campo».

Ese señor es Marcelino. La voz que narra y nos lleva de la mano a su vida desde su juventud. Un personaje que «sale de poner un poco la mirada atenta y los oídos atentos y recoger esas historias», explica la autora. «Me apetecía un montón darle voz a un hombre, para empezar. Para mí era un reto, tenía un gesto juguetón y casi provocador después de que ya hubiera hablado Beatriz [la protagonista de su novela anterior]. Quería además que fuera un hombre mayor, porque los mayores son los no escuchados. La gente mayor nunca está en el centro, nunca protagoniza series ni películas ni libros, no tiene un papel central en el arte. Me parecía importante que el protagonista fuera un hombre mayor de campo, que recogiera toda esa historia, todos esos orígenes. Ese campo es el lugar del que todos venimos. Y de alguna manera está presente este anclaje que yo tengo tan fuerte con la tradición oral. Mi familia, como tantas otras, libros no tenía, pero historias contaba muchísimas. Para mí, el lugar donde nacieron mis padres es Macondo. Es una especie de espacio mítico donde pasaban mil cosas, además con esta cosa juguetona que tiene la narración oral, en la que se mezclan realidad y ficción, pero da igual».

Da igual porque Marcelino, desde el capítulo que abre la novela nos presenta un nacimiento y con él nos abre un mundo, el de la España rural durante la posguerra, un territorio tan concreto como el chocolate que se comparte después de que nazca su sobrino y tan universal como la alegría de conocer vidas nuevas, de atravesar duelos por las que no serán, de enamorarse, de desear a lo bestia. «No quería que fuera un ejercicio de archivo documentalista o histórico, quería crear con esa voz, partir de ese oído del personaje y contar cosas que me interesaban». Entre ellas predomina el deseo sexual, algo prácticamente tabú en la vejez y que sin embargo vertebra todo el libro. Un deseo que va siempre de la mano de la ternura. «Ha sido un reto escribir esa voz masculina. Yo ya había creado otros personajes masculinos, como ese Pedro terrorífico de las Yeguas, y ahora quería adentrarme en la voz de un hombre que entrara en su vulnerabilidad, en su ternura, en su inseguridad, en su duelo y que a partir de ahí pudiéramos conectar con él, pensarnos con él y darle una entrada efectivamente a ese amor que pretende ser luminoso, al menos narrado desde la bondad».

Quien recibe todo ese amor inmenso de Marcelino es Encarna, una mujer arrojada, con carácter, que escucha sus preguntas y disfruta de placeres compartidos. Y lo hace con el cuerpo, porque esta novela es tremendamente corporal, tal y como señala Bibiana Collado: «Ligado con esta cosa tan corporal, tan física, tan telúrica, tan fuerte, y que no significa que esté exenta de conflictos, siempre hay un gesto de ternura en esos personajes. Incluso cuando están enfadados y no se pueden ni ver y no se entienden, ese no entenderse es desde la ternura». De hecho, hay un momento precioso en la novela cuando el protagonista se da cuenta de que cuida a su pareja incluso cuando fantasea: Hasta en las fantasías más arrogantes, yo no quería hacerle daño a mi Encarna. «Es como que por una parte está esa cosa tan de carne, tan de entraña, y por la otra ese cariño, esa intuición de que para sentir placer tiene que haber placer también en la otra persona», comenta la escritora.

Otro de los capítulos más emotivos llega cuando el tiempo ya ha pasado pero el deseo sigue latiendo y la pareja vuelve a disfrutar de su intimidad, reconociendo sus cuerpos ajados. “Sigo siendo yo”, dice ella. “Apenas nos movíamos. […] Sin embargo, qué momento tan hermoso. Tan nuestro, todavía”, nos cuenta él. «En mi casa se han cuidado abuelos y abuelas, madres, suegras, la tía que no tuvo hijos… Por eso lo que sí tenía en la cabeza es ese proceso último, más en este personaje, que había hablado tanto del cuerpo y de la sensualidad. Pensaba en qué quedaba de eso cuando tu pareja es un cuerpo al que tienen que lavar y al que embadurnan con crema, al que tratan prácticamente como si fuera un bebé. Por eso esa insistencia de Marcelino, “yo quería que Encarna siguiera siendo una mujer hasta el final. Yo quería ser un hombre hasta el final”. Por eso quería que la identidad erótica continuara», defiende.

Y así, mientras leemos el deseo de Marcelino escuchamos también las dudas de un hombre que quiere hablar, pero no puede. «Ahí hay varias cosas funcionando. Ese cerrazón del lenguaje, esa falta de construir un lenguaje del amor y de la bondad, y un lenguaje de la ternura, de la dulzura, esa falta de palabras literal que hemos tenido como sociedad y que han tenido en particular los hombres para denominar ciertas cosas. Por otra parte, hay algo también particular en ese Marcelino. Algo casi físico en ese poder decir. Empecé pensándolo como una metáfora y se me fue convirtiendo en algo material. A medida que avanzaba en la escritura me di cuenta de que estaba trabajando literalmente con un problema del lenguaje», explica Bibiana Collado.

No es que el protagonista sea un hombre sin mácula, pero sí que es alguien que quiere entender y acompañar el dolor (tanto el propio como el ajeno). En una época en la que había quien pretendía devolver a su mujer cuando no engendraba descendencia, Marcelino trata de encontrar también palabras para decir, para pensarse mientras llora despacito después de que su pareja tenga un aborto. «Es que para mí sobre todo ha sido una novela del duelo, de acompañar procesos y de replantearse y de pensar mucho en esa entrada masculina. En cómo se vive la maternidad desde otro lado. Porque las mujeres intentamos leer sobre el tema, pensamos mucho para construir nuestro lugar en ese proceso. Y ¿cómo es el lugar de él, qué es lo que se le está pasando por la cabeza, por el corazón? ¿Y qué derecho siente un hombre a tener un duelo o no ante un aborto no elegido?», cuenta la escritora. “¿Será que solo puedo construir cosas que / no llegan al afuera, como esa habla mía / a la que tanto le cuesta salir?”, se pregunta Marcelino en uno de los capítulos.

Y, sin embargo, siempre hay una grieta por la que entra la luz. Porque el pueblo puede ser un infierno grande, pero puede ser también red y tribu. Marcelinos cuidando. Mujeres amándose, primero desde el silencio y luego ya reconocidas como iguales, como les pasa en el libro a dos de sus personajes, Ángeles y Dolores. «Siempre hay fisura, hay lugares al final para ser, para desarrollar la propia identidad e incluso para celebrar», explica Bibiana Collado, que cuenta que una de ellas, Ángeles, es «la contracara de Marcelino, es su prima, pero también su amiga. El libro comienza con ella verbalizando que nunca podrá ser madre, pero su personaje me servía para ver como los espacios se abren camino, que hay brechas por las que se puede encontrar la vida. Creo que eso es muy hermoso, contar las complicaciones desde la alegría. Pero es que tenemos ya relatos planteando a esos personajes como víctimas y muy pocos celebrándolos. Ángeles y Dolores ha habido en todos los pueblos de España, muchas han contado con un reconocimiento tácito y han tenido su casita y su familia y su círculo, han podido celebrar también. Yo quería ofrecerles un espacio de alegría y de reconocimiento».

Marcelino
Portada de Marcelino. PEPITAS DE CALABAZA & LOS ACIERTOS

Y ese pueblo está contado aquí con la mirada a la altura de los ojos de los personajes, ni desde arriba ni desde la idealización. Quizá por eso Marcelino es una novela que huele, hay sudor, hay sangre, hay baile. Como en una matanza que se narra y aparece en uno de los capítulos como metáfora de la vida. «Es algo tremendo, pero es la fiesta por antonomasia, hay sangre, alimento, vida. Es una imagen simbólica maravillosa de toda una manera de entender el mundo, de toda una identidad y de que a pesar de lo duras que puedan ser las circunstancias hay espacio para la fiesta». Iba a ser la imagen de la portada, pero al final en ella aparece una flor silvestre rompiendo entre la tierra dura y seca. «La ternura en medio de toda esa dificultad». Otra vez los olores, lo sensorial impregnando el relato. «Para mí eran importantes los olores, la textura, ese efecto de lo desagradable que en realidad es celebratorio, lo de acostarse y revolcarse una y otra vez sin haber cambiado las sábanas». Otra vez la poesía, porque a Marcelino le faltan las palabras y su cuerpo se rebela y le duele la cabeza cuando no las encuentra, pero cuando da con ellas habla con un lenguaje poético. «Es que un libro es el lenguaje. Marcelino casi no habla y yo de repente le tengo que hacer decir todas esas palabras y jugar con imágenes que tienen que ver con el vocabulario rural, pero que van más allá y que transgreden algunas normas, porque la gente mayor también dice follar, pero siempre está la poesía, porque los géneros están interconectados. Y luego esa parte lúdica, de jugar con la disposición de las palabras».

Ese juego forma parte de la estructura de la novela, fragmentada en capítulos que son una cuenta atrás para acompañar el paso del tiempo del relato. Los primeros son más largos y conforme la lectura avanza se van haciendo más breves. «Se van abriendo espacios porque el lenguaje se va perdiendo, se va agujereando según avanza la enfermedad». Otra vez las palabras acompañando el proceso, señala Bibiana Collado: «El lenguaje se va deshaciendo a medida que se nos va deshaciendo Marcelino». Y en ese agujero la memoria se hace luz.

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Sara Plaza: “No debemos depositar la responsabilidad de los cuidados en las empresas privadas”

7 Enero 2026 at 07:00

«Nacemos dependientes y morimos dependientes», afirma Isabel Calvo, trabajadora del Servicio de Atención a Domicilio (SAD) en Madrid. Lleva 18 años dedicada «en cuerpo y alma a los cuidados», uno de los trabajos más duros que existen. Las condiciones son tan exigentes que muchas trabajadoras acaban incapacitadas, pero sin que se les reconozca el origen laboral de sus dolencias. Asean, alimentan y acompañan a personas dependientes, a las que la mayoría de las veces tienen que mover sin la ayuda de una grúa. Sufren lesiones continuas y a veces atienden hasta a siete personas al día en jornadas partidas y con desplazamientos interminables. Su sector está feminizado, precarizado y subcontratado. Como servicio público que es, una vez estuvo gestionado por ayuntamientos y comunidades autónomas, pero lo normal hoy es que este servicio esté en manos de empresas privadas. Grandes corporaciones han encontrado en la mercantilización de los cuidados un negocio redondo. Ganan contratos públicos tirando los precios por los suelos. Las damnificadas son las trabajadoras, que llevan años protagonizando una historia de compañerismo y lucha sindical con todo en contra. Cerca de ellas ha estado Sara Plaza Casares, que coordina el libro Trabajadoras del Servicio de Atención a Domicilio. Las ‘riders’ de los cuidados, editado por Libros de la Catarata y CGT, el sindicato que más se ha implicado en la reivindicación de sus derechos laborales. Plaza, periodista de El Salto especializada en sanidad y feminismo, ha acompañado a estas mujeres y ha recopilado sus historias en un volumen que mezcla el relato humano con una radiografía implacable del sector.

¿Cómo acabó usted en una reunión sindical con estas trabajadoras y por qué se ha implicado tanto?

Todo empezó antes de la pandemia, en una reunión informal entre colegas, aquella fue la primera vez que oí hablar de este servicio. Alguien dijo que el SAD era «el futuro». Y yo me pregunté: «¿Cómo es que el SAD es el futuro y yo no me he enterado? ¿Qué es el SAD?». Me explicaron lo que era la atención domiciliaria y la relevancia que iba a tener en una sociedad con un alto índice de personas mayores. Ahí es cuando empiezo a darme cuenta de su importancia. Si queremos abolir el sistema de macrorresidencias, cuyos servicios están muy pauperizados, la comida es insuficiente, falta plantilla y muchas están en manos de fondos de inversión, la respuesta es el SAD. Si queremos avanzar hacia unos cuidados personalizados, este servicio es primordial. Siempre que una persona desee acabar sus días en su casa, habría que respetar este deseo. Cuando entendí eso, empecé a seguir a las trabajadoras en sus movilizaciones, porque son mujeres muy activas. Recuerdo que en 2019 vinieron a Madrid trabajadoras de toda España para manifestarse pidiendo mejoras laborales. Luego empecé a colaborar con un programa que produce CGT, que se llama Al lío, y en uno de ellos se habló del SAD y acudieron tres trabajadoras. Cuando acabó la grabación y se apagaron las cámaras, comenzó lo realmente importante. Empezaron a hablar de sus vivencias, de las situaciones que atraviesan cada día. Algunas de ellas tenían sus relatos por escrito. Ahí nació la idea de armar un libro con ellos.

Pero el libro también es en parte un ensayo sobre el SAD.

Sí, porque yo entendía que estas vivencias tenían que ir acompañadas de un contexto. Si sales a la calle y preguntas a la gente, muy pocas personas saben lo que es el SAD. Había que explicarlo bien y señalar cuál es su situación actual. Esto ha sido una tarea muy ardua porque apenas hay investigaciones o estudios académicos sobre el tema. Y, además del contexto, entendí que el libro debería dar herramientas a estas trabajadoras para mejorar sus condiciones laborales. Y la mejor herramienta era contar ejemplos de su lucha. Este es un libro muy enfocado en eso, en sus movilizaciones, que además han estado muy invisibilizadas.

Cierto. Cuando otros trabajadores montan campamentos obtienen bastantes minutos de telediario. No recuerdo que haya pasado lo mismo con estas mujeres.

Es que no ha pasado, o ha pasado de forma muy esporádica. Este tipo de información, cuando la ha habido, ha aparecido en un ámbito muy local. Por ejemplo, el campamento que las trabajadoras del SAD montaron delante del palacio de San Telmo, en Sevilla, apenas tuvo repercusión nacional. Y estuvieron casi un mes allí plantadas.

Oficialmente, los poderes públicos apuestan por reducir las plazas residenciales para dar más atención a domicilio. ¿Nos lo podemos creer?

Ese es el discurso, efectivamente. Dicen que tienen esa estrategia. En esa línea, dicen también que las residencias que van a construir serán más pequeñas para que los cuidados sean más personalizados. La realidad nos demuestra todo lo contrario. En la Comunidad de Madrid, por ejemplo, hay proyectadas una barbaridad de macrorresidencias. Ellos dicen que no, que tienen menos plazas, pero siguen siendo enormes. Al mismo tiempo, el SAD no se revaloriza. Las personas dependientes que consiguen acceder a él lo hacen por muy poco tiempo: dos horas, una hora, incluso media hora al día. Imagine lo que es eso. Hay compromisos, sí, pero no se están materializando.

En su libro nombra a Ferrovial como una de las grandes empresas que están haciendo negocio con el SAD. ¿Qué otras empresas hay que pujen por estos contratos públicos?

Hay varias compañías procedentes de la construcción. Cuando estalló la burbuja inmobiliaria, diversificaron sus intereses y se focalizaron en los cuidados porque era un sector que daba dinerito público. Se fijaron tanto en las residencias como en el SAD. Ahí tenemos a empresas que, con otros nombres, derivan de Ferrovial o de ACS. Y, por otro lado, tenemos a fondos de inversión. En este apartado destaca DomusVi, que actualmente es el principal operador privado de residencias en España.

¿Y eso qué implica?

Bueno, ya lo hemos visto en otros sectores, como el de la sanidad. El SAD nació con una vocación municipalista. Era un servicio que prestaban originalmente los ayuntamientos. A veces se usaban pequeñas empresas cooperativas o fundaciones u oenegés, entidades que no tenían un ánimo de lucro exacerbado. Pero la Ley de Dependencia [aprobada en 2006 por el gobierno de Zapatero] dejaba una pequeña ventana a la colaboración público-privada si los ayuntamientos o las comunidades autónomas no podían prestar ese servicio. Esta pequeña ventana se ha convertido, en las comunidades gobernadas por el Partido Popular, en una puerta enorme abierta de par en par. Lo que se pensó como algo excepcional ahora es la norma.

Y eso, claro, afecta a las trabajadoras.

Por supuesto. El servicio se ha precarizado enormemente. Yo tengo documentados casos de trabajadoras que cobraban 1.800 euros y que ahora ganan 800. Cuando trabajaban para pequeñas cooperativas tenían sus locales, un lugar para reunirse y para contactar con la coordinadora. Si tenían algún problema, siempre había alguien con quien hablar. Ahora sólo tienen un número de teléfono, y no siempre está operativo. Están terriblemente expuestas.

Además, es un trabajo muy duro. Muchas acaban incapacitadas.

Sí, uno de sus principales problemas son las enfermedades laborales asociadas a los cuidados. Acuden a hogares en los que a menudo tienen que levantar a una persona que está inmovilizada y que no cuenta con una cama articulada. Levantarlas a pulso les provoca todo tipo de enfermedades musculoesqueléticas, incluida la rotura de vértebras. Hay otras relacionadas con la limpieza, como son la bursitis en el manguito rotador o la tendinitis. Estas dolencias no suelen estar reconocidas como enfermedades laborales. Cuando acuden al médico les dicen: «Es que estás mayor, estás ya muy cascada». O: «Te duele el codo porque te has caído». Pero no le reconocen el origen laboral de la dolencia. El listado de enfermedades laborales está muy masculinizado. Y las que están asociadas a trabajos muy feminizados no se las reconoce como enfermedades profesionales.

Las trabajadoras también aspiran a que su trabajo se reconozca como especialmente penoso y puedan acceder a la jubilación anticipada. ¿Avanza este tema?

Siguen luchando. En ese aspecto no han logrado muchos avances, pero sí en otros ámbitos. Por ejemplo, han luchado mucho por que se creara un reglamento de riesgos laborales. Hasta el día de hoy no existía, pero consiguieron un compromiso por parte de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, para que se creara. Las mujeres acudían a los domicilios expuestas a todo tipo de riesgos. Ahora sus empleadores deben visitar estos hogares, hacer una valoración e intentar mitigar estos riesgos. Si no hay una cama adaptada, pues debe hacerse todo lo posible por conseguirla. O si la persona dependiente no cabe en una ducha, hay que plantear una reforma. La patronal del SAD ha recurrido este real decreto. Una de las excusas para negarse a cumplirlo es que el domicilio es inviolable y que no pueden acceder a él. Las trabajadoras dicen que igual que entra en casa el revisor de la luz o del gas, pues que también se entre para ver las condiciones en las que se realiza su trabajo. A día de hoy, ellas están trabajando en la más absoluta oscuridad de la inspección laboral.

Cuando se enfrentan a algún tipo de enfrentamiento violento o de acoso sexual, ¿las empresas tienen un protocolo para actuar? ¿Hay alguien que acuda en su auxilio?

No. De hecho, no pueden abandonar el domicilio. Lo único que tienen es un número de teléfono. Les dicen que salgan al descansillo y que llamen, pero unas veces responden a su llamada y otras no. La respuesta suele ser: «Vete de ahí y mañana mandamos a otra».

Tremendo.

Es tremendo, sí. Y es un tema muy importante porque los informes dicen que casi el 30% de las trabajadoras del SAD ha sufrido acoso sexual. El peor escenario se materializó el pasado verano: una trabajadora fue asesinada en O Porriño por el marido de la mujer a la que cuidaba.

No hablamos sólo de un trabajo especialmente penoso. También es peligroso.

Sí, lo tiene todo.

Sara Plaza

¿Qué es lo que más le ha llamado la atención de estas trabajadoras? Cuando uno lee sus testimonios, transmiten una gran dignidad.

Yo les tengo un enorme respeto. Creo que la tarea que realizan es esencial. Paradójicamente, son ellas las que permiten que la rueda del capitalismo siga girando, a pesar de estar en el último peldaño del escalafón. Su reconocimiento es paupérrimo, pero si ellas no estuvieran ahí para proporcionar cuidados, nadie podría ir a su destino laboral para producir. Tendrían que estar cuidando. Además, admiro profundamente su dignidad y su compromiso. Es un sector muy atomizado. Van de casa en casa y muchas de ellas ni se conocen entre sí. Y a pesar de todo, han conseguido sindicarse, unirse y luchar juntas. Piense que ya están en pie a las 7 de la mañana para llevar a los hijos al colegio, luego van a trabajar a varias casas, vuelven para hacer la comida, salen otra vez a trabajar, vuelven a su hogar para apañar a los niños y aun así, a las 8 de la tarde, tienen fuerzas para salir otra vez e ir a la reunión del sindicato. Me parece admirable.

Pamplona remunicipalizó el SAD con un alcalde de Bildu, pero luego, cuando UPN volvió al poder, intentó modificar aquello creando una empresa pública y contó con el apoyo del PSOE. ¿Tiene el PSOE una postura clara respecto al SAD?

Lo que tiene el PSOE es una postura clara sobre eso que llamamos «colaboración público-privada». Hay que recordar que el PSOE votó a favor de la ley 15/97, que facilita la externalización de los servicios sanitarios, la ley que hoy maldecimos por lo que hemos visto en el caso Torrejón. Y en su Ley de Dependencia deja la puerta abierta a que estos servicios se suministren por empresas privadas. La socialdemocracia apuesta por la «colaboración público-privada», lo que, sin eufemismos y en resumen, se puede entender por «privatización».

La ley habla de que el SAD lo proporcionarán entidades privadas cuando las instituciones públicas no puedan hacerse cargo. Pero Menorca o Pamplona sí pueden. ¿Por qué otros municipios no? No tiene mucho sentido…

Yo creo que se trata de una forma de camuflaje. Hablas de excepcionalidad, pero en realidad lo que estás diciendo es que es una posibilidad. Y que a veces es la posibilidad más ventajosa.

En el libro usted recoge que el gasto medio por usuario ha pasado de 8.000 euros en 2010 a menos de 6.000 en 2024. A simple vista, uno podría pensar que no es un gran negocio. ¿Por qué tantas empresas pelean por él?

Porque es un negocio que espera crecer exponencialmente en los próximos años. Además, ahora hay una corriente que defiende que los cuidados deben realizarse en casa, por lo que se prevé que cada vez haya más dinero. Lo que tenemos que mirar es cómo se va a gestionar y que esos recursos vayan finalmente a las trabajadoras y a los usuarios, y que no haya intermediarios, que son las grandes empresas, que se apropien del pastel.

Si va a crecer tanto, se necesitarán más personas dedicadas a dar este servicio, ¿no? ¿Cuál es el perfil de estas trabajadoras? ¿Hay mujeres jóvenes entrando a trabajar en el sector?

Pues no. El SAD recae ahora mismo sobre los hombros de mujeres de entre 40 y 50 años. Hay módulos de grado medio que están en alza, son muy demandados. Sabemos que la vejez es un nicho de mercado y de empleo, pero si no mejoran las condiciones laborales, el relevo generacional va a ser materialmente imposible.

El corazón de este libro está en las experiencias de las propias trabajadoras. Todos sus testimonios son muy esclarecedores, pero hay uno que me ha llamado la atención especialmente, el de Montse Burriera, de Madrid. En él cuenta que cada día anota tres cosas buenas que le han pasado con los usuarios. Y son cosas muy pequeñas. Lo ha titulado «Acciones silenciosas que sostienen el mundo».

Sí, Montse estaba en aquel programa de televisión en el que nació la idea de este libro. Nos contó que ella tenía «algo escrito» y que lo quería publicar de alguna manera. Luego resultó que muchas otras habían hecho lo mismo, pero ella fue la que dio el primer paso.

Aparte de sus dificultades laborales, esos relatos hablan de la conexión emocional que tienen estas mujeres con las personas a las que cuidan. No se trata sólo de «te lavo, te cocino, te peino y me voy». Hay mucho más.

Muchísimo más. A mí me impresiona mucho la historia de una mujer mayor que, cuando la trabajadora llega por primera vez a su hogar, le dice: «No hagas nada. Siéntate aquí conmigo y mírame. Hace 15 días que no me mira nadie». Eso, francamente, te parte el alma. Estamos viviendo una crisis de soledad. En este país hay muchísimas personas que están envejeciendo solas y en unas condiciones muy poco dignas. Hay otro testimonio que cuenta la historia de una mujer que se ha pasado tres días sola sentada en una silla, sin cambiar de postura y sin que nadie le cambie el pañal. Eso está sucediendo hoy en día.

Qué menos que pedirle al estado del bienestar que solucione eso.

¡Claro! ¡Qué menos! Una de las cosas que me gusta contar en las presentaciones, y que es básico que se nos meta en la cabeza, es que los cuidados son un servicio público. Igual que salimos a la calle a defender la educación y la sanidad, tenemos que salir para pedir unos cuidados dignos, robustos y públicos. No depositemos esa responsabilidad en empresas privadas.

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