A Bibiana Collado Cabrera se le ríen los ojos cuando habla de Marcelino, su nueva novela (editada por Pepitas de calabaza y Los aciertos). Dejan ver el cansancio –son más allá de las siete de la tarde, acaba de terminar otra entrevista y por la mañana ha dado clase en un instituto público valenciano–, pero también la alegría de quien ha parido palabras nuevas y quiere compartirlas. «Estoy nerviosa todavía, porque el libro está empezando y quiero ver qué pasa, pero estoy contenta», comenta sonriendo. De eso, también de eso, de palabras nuevas y de compartir, trata este libro. Pero Marcelino es, sobre todo, una historia del duelo protagonizada por un hombre mayor. Un hombre mayor de campo que busca palabras para entender y que habla de sexo. Se ha saltado un montón de barreras la escritora aquí, yéndose más allá del pueblo, a contar desde la mirada de un hombre –el mismo que da título al libro– cómo eran su deseo, su alegría y su pena negra.
Por una parte, puede ser inesperado después de Yeguas exhaustas, el título que publicó hace tres años y que sigue siendo un éxito gracias al boca oreja. Por otro, quien haya leído también sus poesías entiende que Bibiana Collado está siguiendo su camino. En su segundo poemario, El recelo del agua, el poema «Surcos» se cerraba así: «…cansada de producirme en símbolos ajenos / decido que la niñez es intransferible / y que tengo muchas cosas que explicarte», iluminando tal vez el recorrido natural de su literatura. «Es que pasan dos cosas. Por una parte, que, quien a lo mejor solo ha leído Yeguas exhaustas, quizá esperaba un libro similar o con una protagonista más parecida a una mujer de mediana edad, con sus problemas, sus preocupaciones. Y entonces se sorprenderá y dirá: “¿Pero esto qué es? Esto no tiene nada que ver, esto es otro espacio, esto es otra voz”. Pero, por otro lado, si miras un poquito desde arriba todos los libros, dices: “Pues es que forma parte del universo bibianesco”. Porque en todas partes está esa importancia por el campo, por los orígenes, por cómo conforma nuestra identidad, por relatar todas esas historias y darles protagonismo. Entiendo que habrá gente a la que le sorprenderá, pero para mí está conectado. En realidad, todos los poemarios y todos los libros están entrelazados, forman una galaxia. Para mí tiene todo el sentido este libro, en mi cabeza a Bibiana le pega hablar de un señor contando historias del campo».
Ese señor es Marcelino. La voz que narra y nos lleva de la mano a su vida desde su juventud. Un personaje que «sale de poner un poco la mirada atenta y los oídos atentos y recoger esas historias», explica la autora. «Me apetecía un montón darle voz a un hombre, para empezar. Para mí era un reto, tenía un gesto juguetón y casi provocador después de que ya hubiera hablado Beatriz [la protagonista de su novela anterior]. Quería además que fuera un hombre mayor, porque los mayores son los no escuchados. La gente mayor nunca está en el centro, nunca protagoniza series ni películas ni libros, no tiene un papel central en el arte. Me parecía importante que el protagonista fuera un hombre mayor de campo, que recogiera toda esa historia, todos esos orígenes. Ese campo es el lugar del que todos venimos. Y de alguna manera está presente este anclaje que yo tengo tan fuerte con la tradición oral. Mi familia, como tantas otras, libros no tenía, pero historias contaba muchísimas. Para mí, el lugar donde nacieron mis padres es Macondo. Es una especie de espacio mítico donde pasaban mil cosas, además con esta cosa juguetona que tiene la narración oral, en la que se mezclan realidad y ficción, pero da igual».
Da igual porque Marcelino, desde el capítulo que abre la novela nos presenta un nacimiento y con él nos abre un mundo, el de la España rural durante la posguerra, un territorio tan concreto como el chocolate que se comparte después de que nazca su sobrino y tan universal como la alegría de conocer vidas nuevas, de atravesar duelos por las que no serán, de enamorarse, de desear a lo bestia. «No quería que fuera un ejercicio de archivo documentalista o histórico, quería crear con esa voz, partir de ese oído del personaje y contar cosas que me interesaban». Entre ellas predomina el deseo sexual, algo prácticamente tabú en la vejez y que sin embargo vertebra todo el libro. Un deseo que va siempre de la mano de la ternura. «Ha sido un reto escribir esa voz masculina. Yo ya había creado otros personajes masculinos, como ese Pedro terrorífico de las Yeguas, y ahora quería adentrarme en la voz de un hombre que entrara en su vulnerabilidad, en su ternura, en su inseguridad, en su duelo y que a partir de ahí pudiéramos conectar con él, pensarnos con él y darle una entrada efectivamente a ese amor que pretende ser luminoso, al menos narrado desde la bondad».
Quien recibe todo ese amor inmenso de Marcelino es Encarna, una mujer arrojada, con carácter, que escucha sus preguntas y disfruta de placeres compartidos. Y lo hace con el cuerpo, porque esta novela es tremendamente corporal, tal y como señala Bibiana Collado: «Ligado con esta cosa tan corporal, tan física, tan telúrica, tan fuerte, y que no significa que esté exenta de conflictos, siempre hay un gesto de ternura en esos personajes. Incluso cuando están enfadados y no se pueden ni ver y no se entienden, ese no entenderse es desde la ternura». De hecho, hay un momento precioso en la novela cuando el protagonista se da cuenta de que cuida a su pareja incluso cuando fantasea: “Hasta en las fantasías más arrogantes, yo no quería hacerle daño a mi Encarna”. «Es como que por una parte está esa cosa tan de carne, tan de entraña, y por la otra ese cariño, esa intuición de que para sentir placer tiene que haber placer también en la otra persona», comenta la escritora.
Otro de los capítulos más emotivos llega cuando el tiempo ya ha pasado pero el deseo sigue latiendo y la pareja vuelve a disfrutar de su intimidad, reconociendo sus cuerpos ajados. “Sigo siendo yo”, dice ella. “Apenas nos movíamos. […] Sin embargo, qué momento tan hermoso. Tan nuestro, todavía”, nos cuenta él. «En mi casa se han cuidado abuelos y abuelas, madres, suegras, la tía que no tuvo hijos… Por eso lo que sí tenía en la cabeza es ese proceso último, más en este personaje, que había hablado tanto del cuerpo y de la sensualidad. Pensaba en qué quedaba de eso cuando tu pareja es un cuerpo al que tienen que lavar y al que embadurnan con crema, al que tratan prácticamente como si fuera un bebé. Por eso esa insistencia de Marcelino, “yo quería que Encarna siguiera siendo una mujer hasta el final. Yo quería ser un hombre hasta el final”. Por eso quería que la identidad erótica continuara», defiende.
Y así, mientras leemos el deseo de Marcelino escuchamos también las dudas de un hombre que quiere hablar, pero no puede. «Ahí hay varias cosas funcionando. Ese cerrazón del lenguaje, esa falta de construir un lenguaje del amor y de la bondad, y un lenguaje de la ternura, de la dulzura, esa falta de palabras literal que hemos tenido como sociedad y que han tenido en particular los hombres para denominar ciertas cosas. Por otra parte, hay algo también particular en ese Marcelino. Algo casi físico en ese poder decir. Empecé pensándolo como una metáfora y se me fue convirtiendo en algo material. A medida que avanzaba en la escritura me di cuenta de que estaba trabajando literalmente con un problema del lenguaje», explica Bibiana Collado.
No es que el protagonista sea un hombre sin mácula, pero sí que es alguien que quiere entender y acompañar el dolor (tanto el propio como el ajeno). En una época en la que había quien pretendía devolver a su mujer cuando no engendraba descendencia, Marcelino trata de encontrar también palabras para decir, para pensarse mientras llora despacito después de que su pareja tenga un aborto. «Es que para mí sobre todo ha sido una novela del duelo, de acompañar procesos y de replantearse y de pensar mucho en esa entrada masculina. En cómo se vive la maternidad desde otro lado. Porque las mujeres intentamos leer sobre el tema, pensamos mucho para construir nuestro lugar en ese proceso. Y ¿cómo es el lugar de él, qué es lo que se le está pasando por la cabeza, por el corazón? ¿Y qué derecho siente un hombre a tener un duelo o no ante un aborto no elegido?», cuenta la escritora. “¿Será que solo puedo construir cosas que / no llegan al afuera, como esa habla mía / a la que tanto le cuesta salir?”, se pregunta Marcelino en uno de los capítulos.
Y, sin embargo, siempre hay una grieta por la que entra la luz. Porque el pueblo puede ser un infierno grande, pero puede ser también red y tribu. Marcelinos cuidando. Mujeres amándose, primero desde el silencio y luego ya reconocidas como iguales, como les pasa en el libro a dos de sus personajes, Ángeles y Dolores. «Siempre hay fisura, hay lugares al final para ser, para desarrollar la propia identidad e incluso para celebrar», explica Bibiana Collado, que cuenta que una de ellas, Ángeles, es «la contracara de Marcelino, es su prima, pero también su amiga. El libro comienza con ella verbalizando que nunca podrá ser madre, pero su personaje me servía para ver como los espacios se abren camino, que hay brechas por las que se puede encontrar la vida. Creo que eso es muy hermoso, contar las complicaciones desde la alegría. Pero es que tenemos ya relatos planteando a esos personajes como víctimas y muy pocos celebrándolos. Ángeles y Dolores ha habido en todos los pueblos de España, muchas han contado con un reconocimiento tácito y han tenido su casita y su familia y su círculo, han podido celebrar también. Yo quería ofrecerles un espacio de alegría y de reconocimiento».

Y ese pueblo está contado aquí con la mirada a la altura de los ojos de los personajes, ni desde arriba ni desde la idealización. Quizá por eso Marcelino es una novela que huele, hay sudor, hay sangre, hay baile. Como en una matanza que se narra y aparece en uno de los capítulos como metáfora de la vida. «Es algo tremendo, pero es la fiesta por antonomasia, hay sangre, alimento, vida. Es una imagen simbólica maravillosa de toda una manera de entender el mundo, de toda una identidad y de que a pesar de lo duras que puedan ser las circunstancias hay espacio para la fiesta». Iba a ser la imagen de la portada, pero al final en ella aparece una flor silvestre rompiendo entre la tierra dura y seca. «La ternura en medio de toda esa dificultad». Otra vez los olores, lo sensorial impregnando el relato. «Para mí eran importantes los olores, la textura, ese efecto de lo desagradable que en realidad es celebratorio, lo de acostarse y revolcarse una y otra vez sin haber cambiado las sábanas». Otra vez la poesía, porque a Marcelino le faltan las palabras y su cuerpo se rebela y le duele la cabeza cuando no las encuentra, pero cuando da con ellas habla con un lenguaje poético. «Es que un libro es el lenguaje. Marcelino casi no habla y yo de repente le tengo que hacer decir todas esas palabras y jugar con imágenes que tienen que ver con el vocabulario rural, pero que van más allá y que transgreden algunas normas, porque la gente mayor también dice follar, pero siempre está la poesía, porque los géneros están interconectados. Y luego esa parte lúdica, de jugar con la disposición de las palabras».
Ese juego forma parte de la estructura de la novela, fragmentada en capítulos que son una cuenta atrás para acompañar el paso del tiempo del relato. Los primeros son más largos y conforme la lectura avanza se van haciendo más breves. «Se van abriendo espacios porque el lenguaje se va perdiendo, se va agujereando según avanza la enfermedad». Otra vez las palabras acompañando el proceso, señala Bibiana Collado: «El lenguaje se va deshaciendo a medida que se nos va deshaciendo Marcelino». Y en ese agujero la memoria se hace luz.
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