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AnteayerSalida Principal

25 organizaciones exigen “poner fin a la impunidad” de la violencia estructural contra las trabajadoras del hogar

24 Enero 2026 at 11:01
Por: Ana Veiga

«La violencia en el empleo de hogar no es un caso aislado: es un sistema«, afirman en un comunicado 25 organizaciones, entre las que se incluyen Oxfam Intermón y Territorio Doméstico. En su texto, denuncian el desamparo y precariedad que sufren las trabajadoras del hogar, la vulnerabilidad jurídica, económica y social así como el régimen de explotación y abuso que significa estar internas con disponibilidad las 24 horas durante todos los días de la semana.

Para acabar con la «impunidad» de quienes ejercen esta «violencia estructural», exigen diez medidas urgentes e inmediatas. Entre estas, destacan la petición habilitar canales de ayuda, aumentar las inspecciones laborales en los domicilios y regularizar la situación administrativa de residencia de las trabajadoras del hogar y los cuidados, garantizando plenamente sus derechos de ciudadanía.,

Investigaciones realizadas por Oxfam Intermón y la Asociación Por ti Mujer revelan que el 49,2 % de las trabajadoras encuestadas afirman haber vivido algún tipo de violencia en el trabajo a lo largo de su trayectoria laboral. Además, el 70 % conocía algún caso cercano. El 17,1 % asegura haber recibido proposiciones de naturaleza sexual y el 8,5 % dice haber sufrido tocamientos de naturaleza sexual sin consentimiento. En el caso de las trabajadoras extranjeras, las cifras de proposiciones se multiplican por cuatro y las de tocamientos se duplican.

«Los casos que trascienden, como el reciente caso mediático que involucra a una figura pública, revelan cómo la violencia sexual en el ámbito del trabajo de hogar permanece oculta y normalizada, sigue siendo un tabú y muchas víctimas no se atreven a hablar, se aprovecha la indefensión de las víctimas, siempre cuestionadas por el sistema patriarcal y racista que domina las relaciones laborales de las trabajadoras extranjeras», recalcan en el comunicado.

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Zombis de traje y corbata

19 Diciembre 2025 at 09:40

11 de diciembre

Después de escribir sobre la maravilla que es Casandra, de Christa Wolf, y de mencionar que no le ha ido bien en España, caigo en una página de reseñas de lectores: «muy aburrido», «aburrida», «descripciones muy largas y poca trama», «depresivo», «un rollo», «ante todo una novela tiene que entretener y esta no lo cumple». Me parece bien que todo el mundo tenga derecho a expresar su opinión, incluidos los idiotas.


15 de diciembre

Pero lo idiota no es que se aburran con ese o con cualquier otro libro. Puede sucedernos –es mi caso– que haya libros considerados obras maestras en los que no somos capaces de entrar, o que incluso nos irritan por lo que cuentan o por cómo lo cuentan. No sé si Bajo el volcán entra en la categoría de obra maestra, pero sería un ejemplo de libro muy reconocido que no ha despertado mi interés. Lo idiota es la facilidad con la que descalificamos una obra usando esa falsa democracia del gusto según la cual todas las opiniones valen lo mismo y que también nos dice que si una obra no es accesible a todo el mundo se debe a que es elitista –lo que el último galardonado con el premio Planeta llamaba «escribir para los críticos y no para la gente»–. Más de una vez me ha llamado la atención que un libro o una película sea descalificado como pretencioso, adjetivo demoledor con el que se destapa la soberbia del autor o autora que supuestamente se cree por encima de los demás; el acusador a menudo se atribuye la capacidad de señalar al rey desnudo, sin detenerse a apreciar su propia desnudez intelectual.

A menudo las así criticadas son obras que intentan aplicar un lenguaje diferente al habitual –sea cinematográfico o literario–, buscando decir algo nuevo o de forma nueva, lo logren o no. Pero a mí no me parece un defecto «pretender», es decir, probar a salirte de tus límites habituales y de los límites habituales del gusto.

De hecho, eso sería lo contrario de escribir para los críticos, que tienden a validar las estéticas y propuestas con las que se educaron por lo que a menudo no distinguen el valor de lo novedoso. Recuerdo ahora a un crítico que denostaba la obra de un autor joven que estaba haciendo cierto ruido en el mundo literario con un proyecto muy personal y al que años después, cuando dicho autor ya no era tan joven y había obtenido un reconocimiento amplio, también en el extranjero, lo elogiaba en sus reseñas y comentarios como si hablase del Mesías.


Sigo con desmayo la sucesión de escándalos por acoso sexual en el PSOE. No solo me desanima que así estén dando munición a quienes llevan décadas minimizando o negando acosos, maltratos y violencia de género. También porque me lleva a preguntarme qué clase de hombres llegan al poder en un partido de centro izquierda, cómo esos individuos que podrían sentirse a gusto en una película de Torrente o del cine del llamado destape pueden tener prestigio y autoridad dentro del partido. Sobre todo porque si los defraudadores y corruptos se esfuerzan por ocultar sus delitos, estos rijosos cutres a menudo hacen gala de ellos y cuentan con la complicidad o la tolerancia de otros hombres.


18 de diciembre

El avance del capitalismo más feroz llega acompañado de un ataque por tierra, mar y redes contra la empatía, la solidaridad y la compasión. Si podría parecer una anécdota la crítica a la empatía de un adicto como Elon Musk –que precisamente por su falta de empatía nos hace pensar en un psicópata, en sentido clínico–, últimamente detecto, y aquí me pongo conspiranoico, casi un plan organizado para acabar con cualquier sentimiento cálido hacia el prójimo y más aún hacia el lejano.

Dejé Instagram porque cada vez me encontraba con más posts en los que se sucedían escenas presentadas como graciosas en las que alguien se hacía daño –a veces de gravedad–; también escenas de catástrofes naturales o causadas por el ser humano con víctimas mortales, no a modo de información sino de entretenimiento; y posts en los que se ensalza una masculinidad agresiva y dominante.

Al mismo tiempo, el lenguaje de los políticos de la derecha se ha vuelto más despectivo y denigrante para justificar la violencia contra distintos grupos: si se les mata es porque son gente horrible, o son asesinos o terroristas –y por ello parecen considerar innecesario un juicio justo–, se compara a los inmigrantes con animales que se puede encerrar en auténticos campos de concentración, se pide colgar a Sánchez por los pies –para no decir directamente matarlo y exponerlo al escarnio público–, se ridiculiza y culpa a quien no gana suficiente, o se desprecian las consecuencias para la salud y la vida de las personas fomentando sistemas de salud que solo –otra vez la ley del más fuerte– pueden permitirse algunos.


Caído el muro, en medio de un capitalismo que cada vez necesita menos mano de obra, parece resultar imprescindible criminalizar y animalizar a quienes quedarán aplastados por el sistema. Tener empatía es de perdedores –es decir, que si la tienes te sumarás al grupo de los apestados–; solo quien está dispuesto a competir ferozmente tendrá un lugar en el paraíso del empresariado. Y como el proceso no avanzará sin sangre, es necesario sostener gobiernos autoritarios y legitimar el uso de la violencia –ICE, ejército– contra los civiles susceptibles de rebelarse.

Nos amenazaban con la distopía de Un mundo feliz pero resulta que vamos hacia The last of us. Con la diferencia de que los zombis llevan traje y corbata y veranean en las Maldivas.

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