Más de 200 organizaciones de todo el Estado español, entre ellas Ecologistas en Acción, llaman al boicot al gigante farmacéutico por su complicidad con la ocupación, apartheid y genocidio en Palestina.
Defienden que hacer boicot a Teva desde las administraciones, el personal sanitario y la ciudadanía es sencillo: hay alternativa a todos los medicamentos comercializados por Teva.
Teva paga impuestos al Estado de Israel, dividendos a los fondos sionistas que componen su accionariado y donaciones a las fuerzas de ocupación israelíes. Además, ha apoyado con efectivos y material al ejército israelí durante el genocidio en Gaza.
Un amplio conjunto de organizaciones, colectivos y movimientos sociales de todo el Estado, entre ellos numerosas asociaciones de profesionales sanitarios solidarios con Palestina, presentan la campaña estatal ¿Teva? NO, Gracias, una iniciativa de boicot contra la farmacéutica israelí como medida de solidaridad activa con el pueblo palestino.
Bajo el lema “Que tus medicamentos no sean sus balas”, se han convocado concentraciones frente a consejerías de salud, hospitales y organismos sanitarios de distintos territorios. Reclaman la suspensión de los contratos vigentes de las Administraciones públicas con el gigante farmacéutico e interpelan al personal sanitario y a la ciudadanía para que opten por otros medicamentos.
Representantes de la campaña se han concentrado frente al Ministerio de Sanidad en Madrid para exigir a la ministra Mónica García Gómez “acción política para cumplir con las obligaciones legales que emanan del derecho internacional” y establecer canales de diálogo. Como primer paso urgente, demandan la incorporación inmediata de este asunto a la agenda del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud y a la de la Comisión Interministerial de Precios de los medicamentos.
Las organizaciones convocantes, tal y como identifica el movimiento internacional Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), señalan a Teva como un objetivo prioritario para realizar boicot económico a Israel. En su manifiesto, denuncian que el gigante farmacéutico —líder en el mercado de genéricos en España con una facturación de más de 500 millones de euros al Sistema Nacional de Salud en 2023 y mayor empresa de la bolsa de Israel— financia la ocupación, el apartheid y el genocidio en Palestina, mediante el pago de impuestos al Estado de Israel, dividendos a los fondos sionistas que componen su accionariado y donaciones a las fuerzas de ocupación israelíes.
Además, acusan a Teva de beneficiarse de la ocupación ilegal, del sistema de apartheid y de su posición de privilegio en el mercado cautivo de los territorios ocupados. También le reprochan un abierto apoyo al ejército israelí durante el genocidio en Gaza, mediante la donación de material, la participación de al menos un 10 % de su plantilla en el ejército o el establecimiento de sus sedes como puntos de recogida de suministros para los soldados.
“Hacer boicot a empresas que sustentan un régimen que perpetra crímenes contra la humanidad es una obligación moral, ética y legal ineludible”, señalan, recordando que la cifra oficial de personas asesinadas en Gaza desde el 7 de octubre de 2023 supera las 72.000, aunque según la relatora de la ONU Francesca Albanese, esta podría ser hasta diez veces mayor.
Llamamiento a la acción de la sociedad civil, personal sanitario y farmacéutico e instituciones
“Hacer boicot a Teva es sencillo”, arguye Mar Gimena, médica de familia y portavoz estatal de la campaña, ya que “hay alternativa a todos los medicamentos comercializados por Teva en el Estado español”. Por eso, las organizaciones convocantes apelan a la población general a rechazar los medicamentos “manchados de sangre” del gigante farmacéutico.
No es la primera iniciativa de la sociedad civil encaminada a romper la complicidad de las Administraciones con Teva. A mediados de noviembre, el Gobierno asturiano anunció, tras la presión social, que no renovaría los contratos con la farmacéutica, mientras que Navarra no prorrogará el contrato de tres fármacos suministrados por Teva y estudia el cese del resto de contratos.
“El boicot es necesario y funciona” enfatiza el doctor Pablo Simón, médico de la localidad de Chauchina en Granada. Por dichas declaraciones, una entidad sionista denunció a este facultativo como parte de “un ejercicio de intimidación”. Sin embargo, el Colegio de Médicos de Granada archivó la querella tras la presión de cientos de personas y organizaciones.
Adhesiones y participación
En tan solo diez días, más de 240 organizaciones sociales, sindicatos y partidos políticos se han adherido a la iniciativa. La campaña se estrena con una página web en la que se enumeran las razones para hacer boicot a Teva, con informes detallados que pretenden sacar a la luz los lazos de la farmacéutica con el sionismo y el genocidio. También se puede encontrar información dirigida a diferentes colectivos, así como materiales para su difusión.
Con esta acción, las organizaciones firmantes buscan romper la cadena de complicidad con Israel desde la calle, la consulta, la farmacia y las instituciones, utilizando la herramienta del boicot, que consideran legítima e histórica.
En Palestina, y de forma más acentuada en Gaza, el daño ambiental se ha utilizado como arma de devastación y exclusión, y es una característica de la política colonial sionista. Forma parte de la destrucción premeditada, por parte de Israel, de todo el tejido social y ecológico de Palestina. Es lo que se ha dado en llamar apartheid ecológico. Varios estudios han trabajado este aspecto de la ocupación israelí de Palestina, donde el daño ambiental va mucho más allá de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Es necesario retroceder en el tiempo para comprobar cómo este daño ambiental deliberado se ha estado llevando a cabo durante muchas décadas.
Durante mucho tiempo, Israel se ha referido a la Palestina anterior a 1948 como un desierto estéril en contraste con el supuesto oasis creado tras el establecimiento del Estado israelí. Este oasis tiene también una cierta función en el proyecto israelí de eliminar Palestina. El Fondo Nacional Judío, una organización paraestatal, intentó, mediante la repoblación forestal, borrar los restos físicos de 86 pueblos palestinos destruidos durante la Nakba. La plantación de árboles sirvió para ocultar el desplazamiento colonial masivo, la destrucción del medio ambiente y el expolio. Igualmente, los colonos israelíes han creado un nuevo paisaje para sustituir al autóctono. Es la transformación impuesta del medio ambiente original.
Algunas de estas prácticas fueron utilizadas por el Reino Unido durante su Protectorado sobre Palestina (a partir de 1922). Muy especialmente en la represión de la gran revuelta del movimiento nacionalista palestino (1936-1939). Se generalizó la política de castigos colectivos, se bombardearon aldeas y se derribaron miles de viviendas. Los campesinos perdieron las tierras, se les incendiaron las cosechas, se les incautó el ganado y se arrancaron olivos y cítricos. Se generalizaron las detenciones administrativas sin juicio, las ejecuciones extrajudiciales y las torturas.
La apropiación de recursos palestinos por parte de Israel incluye el agua. En 1948 el Fondo Nacional Judío desecó el lago Hula y sus humedales, para ampliar la tierra agrícola para los colonos judíos recién llegados. Provocó un gran daño ambiental ya que destruyó especies de fauna y flora vitales y degradó seriamente la calidad del agua del lago de Tiberíades. La empresa estatal de agua israelí Mekorot desvió el agua del Jordán para que llegara a los colonos israelíes de la costa y a las ciudades y asentamientos del desierto de Naqab. Hoy, el Jordán es poco más que un riachuelo lleno de tierra y aguas residuales.
Volviendo a un momento más actual, los bombardeos constantes a partir del 7 de octubre de 2023 ya habían destruido, a principios de 2024, gran parte de las tierras agrícolas de Gaza: huertas, invernaderos, olivares y explotaciones agrícolas. En ese momento había ya más de 40 millones de toneladas de escombros y material peligroso. El suelo y el agua subterránea estaban contaminados. También lo estaba el agua del mar con aguas residuales y desechos. Israel había cortado o destruido el suministro eléctrico de las plantas de tratamiento del agua.
Ante la crisis climática
Palestina tendrá que hacer frente a la crisis climática en una situación de fuerte desventaja. Su vulnerabilidad es debida a un siglo de colonialismo, apartheid, expolio y desplazamiento poblacional por parte de Israel. A finales de este siglo, las precipitaciones en Palestina podrían disminuir un 30% respecto al período 1961-1990. El IPCC prevé que las temperaturas aumentarán entre 2,2 y 5,1°C. Se intensificará la desertificación. Unas temporadas más cortas de crecimiento de los cultivos y la precariedad del agua amenazarán la seguridad alimentaria.
Existe una profunda asimetría en la forma en que la crisis climática afectará a Israel y a Palestina. La ocupación de Israel impide que los palestinos accedan a los recursos y puedan desarrollar infraestructuras y estrategias adaptativas. Por el contrario, Israel es uno de los países de la región más preparados para afrontar el cambio climático. Gracias a que se ha apoderado, saqueado y controlado la mayoría de los recursos de Palestina, ha desarrollado tecnología para aliviar algunos de los impactos del cambio climático. Su más cruda manifestación es el acceso al agua.
A diferencia de los países vecinos, no existe escasez de agua entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Sin embargo, la escasez crónica de agua afecta a los palestinos de Cisjordania y Gaza como resultado de la política de ocupación y la infraestructura hídrica del apartheid. Desde que ocupó Cisjordania en 1967, Israel ha monopolizado las fuentes de agua.
El acuerdo de Oslo II de 1995 otorgó a Israel el control sobre el 80% del agua de Cisjordania. Ello incluye el control israelí de las fuentes de agua, cuotas estrictas de suministro para los palestinos, la denegación de la excavación de pozos y la destrucción repetida de la infraestructura hídrica palestina. En Cisjordania, en 2020, sólo el 36% de los palestinos tenía acceso fiable durante todo el año y el 47% recibía agua menos de 10 días al mes. Los 600.000 colonos ilegales de Israel utilizaban seis veces más agua que los 3 millones de palestinos. Los asentamientos ilegales consumen 700 litros per cápita al día, incluyendo piscinas y césped, mientras que algunas comunidades palestinas, desconectadas de la red del agua, sobreviven con tan sólo 26 litros por persona. La OMS establece que el límite inferior necesario es de 100 litros/habitante/día. El consumo medio de agua en Catalunya es de unos 117 litros por habitante y día.
En Gaza, la situación es mucho peor. Incluso antes del 7 de octubre de 2023, sólo el 30% de los hogares tenían acceso diario al agua y entre el 90% y el 95% del agua de Gaza no era potable ni para regar. El agua contaminada causaba más del 26% de las enfermedades registradas y era una de las principales causas de mortalidad infantil (más del 12% de las muertes). Israel no sólo bloquea la entrada suficiente de agua limpia en Gaza, sino que también impide la construcción o reparación de infraestructuras prohibiendo la entrada de los materiales necesarios. En febrero de 2025 Oxfam estimaba que la cantidad de agua disponible en Gaza era de 5,7 litros por persona y día.
Como consecuencia, los efectos del cambio climático sobre la disponibilidad y calidad del agua tendrán consecuencias mortales, sobre todo en Gaza.
Imagen de Israel como país verde
Este objetivo ya quedó reflejado en los Acuerdos de Abraham firmados en 2020 por Israel, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán y que recoge acuerdos para implementar conjuntamente proyectos medioambientales de energías renovables, agroindustria y agua. En Marruecos, desde entonces, las inversiones y los acuerdos israelíes han aumentado, especialmente en la agroindustria y las renovables.
En 2022, Jordania e Israel firmaron un memorando de entendimiento para un estudio de viabilidad de potabilización de agua. Jordania comprará agua de una estación desalinizadora israelí alimentada por una planta solar en Jordania. La imagen beneficiosa que el proyecto transmite enmascara el saqueo, durante décadas, del agua palestina por parte de Israel. Mekorot, empresa estatal israelí de desalinización, se posiciona como líder mundial del sector. Parte de los beneficios que genera se destinan al apartheid del agua por parte del gobierno israelí.
También en 2022, Jordania, Marruecos, Emiratos, Arabia Saudita, Egipto, Bahréin y Omán firmaron otro memorando de entendimiento con dos empresas energéticas israelíes para implementar proyectos de energía renovable en toda la región: energía solar, eólica y almacenamiento de energía. Todos estos acuerdos refuerzan la imagen de Israel como actor regional clave en energías renovables, al tiempo que le permiten extender su influencia geopolítica en toda la región. El objetivo es integrar a Israel en las altas esferas energéticas y económicas de su entorno árabe desde una posición de superioridad que, a su vez, puede ayudar también a la normalización y blanqueamiento de la imagen de Israel.
Posición de Israel en la región
En Oriente Medio se produce alrededor del 35% del petróleo del mundo. Por otro lado, Israel pretende convertirse en un centro de energía a nivel regional, mediante yacimientos de gas en el mar Mediterráneo. El dominio de Estados Unidos en Oriente Medio se basa en dos pilares: Israel y las monarquías del golfo Pérsico. Israel (en palabras del ex secretario de Estado de Estados Unidos, Alexander Haig, “el mayor portaaviones norteamericano del mundo”) ayuda a controlar los recursos de combustibles fósiles, aporta vigilancia y se integra en la región a través de sectores como el agronegocio, la energía y la desalinización. Estados Unidos y sus aliados se esfuerzan por normalizar la presencia y la función de Israel en la región. Este proceso comenzó con los Acuerdos de Camp David (1978) y ha continuado con el Tratado de Paz entre Jordania e Israel (1994) y los Acuerdos de Abraham y los memorandos mencionados.
Emisiones militares de carbono
Diversos informes han intentado estimar las emisiones militares de carbono asociadas a la ocupación israelí. Nos interesa uno especialmente por dos razones; abarca un periodo muy amplio, desde el establecimiento del estado de Israel (1948) hasta enero de 2025 y calcula la reparación climática que Israel debe al pueblo palestino a causa de esas emisiones. De dichas emisiones no sólo es responsable Israel como país ocupante, sino también aquellos países que han apoyado, en mayor o menor medida, la ocupación.
Para cuantificar el coste monetario de dicha reparación, se utiliza el concepto de Coste Social del Carbono. Este se define como el valor monetario del daño a la sociedad, a largo plazo, causado por una tonelada adicional de emisiones de carbono. Los científicos evalúan el valor del CSC en unos 285 dólares por tonelada adicional de CO2 a partir de modelos con medias globales. El resultado del CSC para Palestina será un límite inferior, ya que estas medias globales pueden ser menores que el daño tan desproporcionado que ha sufrido Palestina.
El informe da como resultado un valor de 148.170 millones de dólares para el Coste Social del Carbono de las reparaciones climáticas militares que Israel y sus aliados deben al pueblo palestino desde 1948 hasta enero de 2025. De esa cantidad, Israel es responsable de 103.000 millones, EE. UU. es responsable de 40.800 millones, y otros aliados de Israel comparten responsabilidad: Alemania 2.700 millones, otros (Francia, Reino Unido e Italia) 1.670 millones.
En esta estimación de las reparaciones no se incluyen el robo de agua, la destrucción de la flora autóctona y de los bancos de semillas.
En resumen, la destrucción sistemática de los ecosistemas y los sistemas que sustentan la vida en Palestina es una política deliberada de Israel para su territorio inhabitable. Es un acto ecocida en paralelo con el genocidio, para suprimir al pueblo palestino, su cultura y su tierra.
El libro 'No matarían ni una mosca. Retratos de los criminales de las guerras balcánicas', de Slavenka Drakulić, invita a indagar en los espacios de negación histórica.
Entrevista a Fátima Abu Jarad Soto, madre de Rayan, joven de 15 años, que ha sido portero del Infantil A del Granada CF hasta la Temporada 24/25, El Gato.
Denuncia un caso de racismo y sionismo dentro del Club hacia… Leer más
Nasser Abu Srour (Campo de refugiados de Aida, Cisjordania, 1969) es uno de los palestinos que más tiempo ha pasado preso en una cárcel israelí: 32 de sus 57 años. Durante su presidio escribió La historia de un muro, uno de los libros que mejor alumbra la fortaleza que puede llegar a tener el ser humano y un pueblo, el palestino. Mientras sufría hambre, torturas y violaciones, su obra fue traducida a siete idiomas, publicada en España por Galaxia Gutenberg y premiada con reconocimientos tan prestigiosos como el Premio de la literatura árabe 2025 del Instituto del Mundo Árabe de Francia. Pese a que acababa de ser liberado, no pudo viajar a la gala. Por ahora, solo puede salir de Egipto para instalarse en Brasil o Malasia.
En 1993, Abu Srour tenía 24 años y vivía en el campo de refugiados en el que había nacido, el de Aida, cerca de Belén. Allí estudió en la escuela de la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina en Oriente Próximo), que sigue garantizando el derecho a la educación a la infancia de este gueto, cercado por el muro del apartheid israelí. Cuando cursaba Literatura Inglesa en la Universidad de Al Quds se unió a las protestas de la primera Intifada. Fue detenido y condenado a cadena perpetua por participar presuntamente en el asesinato de un oficial de la inteligencia israelí.
El nombre de Abu Srour aparecía en los listados de los palestinos que debían liberarse según los Acuerdos de Oslo y en las negociaciones de Wafa al Ahrar de 2011, por las que Israel liberó a mil palestinos a cambio de un soldado israelí. Pero Tel Aviv no cumplió.
Finalmente, en octubre de 2025, 32 años después de su encarcalamiento, fue puesto en libertad junto a otros 154 secuestrados palestinos en un intercambio acordado por el Plan de Trump para la Franja de Gaza.
Su madre, Mayzour, que se había convertido en un referente de la defensa de los derechos de los secuestrados palestinos, había muerto 70 días antes. Esta periodista tuvo la oportunidad de conocerla en su casa gracias a la mediación de Lora Abuaita, quien también ha participado en esta entrevista como traductora. En aquel encuentro, Mayzour nos mostró su armario, donde guardaba por orden cronológico los vestidos que había tejido para visitar a su hijo a lo largo de su vida. Las autoridades israelíes le prohibieron recibir visitas durante los primeros siete años de presidio. Después, ella hacía viaje de dos y tres días por el desierto para que, a menudo, los carceleros israelíes la humillasen y cancelaran a última hora el encuentro.
Su madre es el único tema del que Abu Srour ha preferido no hablar en esta entrevista que mantuvimos por videoconferencia durante más de tres horas. Una de las primeras que ha concedido a un medio de comunicación.
«En las cárceles dan de comer el mínimo de calorías necesario para que no nos muramos y así poder seguir golpeándonos hasta matarnos del dolor«
Nasser Abu Srour tras su puesta en libertad. IMAGEN CEDIDA.
¿Cómo cambió la vida para los palestinos secuestrados en las cárceles israelíes tras el 7 de octubre de 2023?
En los años previos, el movimiento de presos había conseguido que tuviéramos acceso a comida, libros, cuadernos y a un mínimo de información del exterior. Pero desde el 7 de octubre, las cárceles se convirtieron en un frente más de la guerra contra Gaza. Como ocurrió en Cisjordania, en el Líbano, en Yemen…
La misma noche del 7 de octubre desconectaron toda comunicación con el exterior. Los guardias se cambiaron los uniformes por unos con el rótulo en el pecho de «Guerreros». Desde entonces, en las cárceles dan de comer el mínimo de calorías necesario para que no nos muramos y así poder seguir golpeándonos hasta matarnos del dolor. En las celdas donde cabíamos dos o cuatro presos, metieron a doce. A diario nos torturaban, nos golpeaban, nos violaban. Antes de 2023 también lo hacían, pero a partir de entonces fue algo totalmente diferente. No había límites. Redujeron nuestra existencia a lo puramente animal, a respirar y pensar cómo sobrevivir.
Nos quitaron los espejos para que no nos pudiéramos ver. Cuando llovía, buscábamos charcos en el patio para vernos. Yo perdí 12 kilos, pero porque ya estaba muy delgado. Hay presos que han perdido muchos más. Nos daban de comer apenas un vasito de café con arroz, cubierto de excrementos de ave porque los dejaban en el patio antes de distribuirlos. Y si no nos lo comíamos, nos pegaban hasta la muerte. Otras veces, nos dejaban sin comer como castigo colectivo.
Tenían un plan con todo lo que querían experimentar con nosotros y lo llevaron a cabo. Antes del 7 de octubre, te podían golpear hasta partirte los huesos, pero luego te curaban para que siguieras vivo. Pero a partir de entonces, desapareció la atención médica. Han matado a muchos presos de hambre y de falta de medicinas.
El hacinamiento, la falta de higiene, las heridas y las enfermedades han generado una variante de la sarna que se come el cuerpo de los presos. Yo he llegado a verle los huesos a algunos. Muchos han muerto por eso.
En las prisiones pusieron una foto de la Franja destruida, de seis metros de largo, con el título «La nueva Gaza». Era una forma de tortura psicológica, de decirnos “no podéis hacer nada, esto es lo que está pasando allí afuera”.
En las 48 horas previas a ponernos en libertad, la violencia aumentó muchísimo. Nos pegaron tanto que cuando llegamos a la frontera no podíamos siquiera caminar para cambiar de autobús, no teníamos fuerzas.
Grafiti con el rostro del escritor palestino Nasser Abu Srour cerca de su casa familiar, en Cisjordania. VLADIMIR GUREWICH
¿Cómo está ahora?
Es difícil explicarlo. Respiro, y eso está bien. Estoy comiendo, bebiendo, amando, y eso se supone que está bien. Puedo ver las calles, algo que no podía hacer desde hace 32 años. Y puedo hablar por teléfono con personas de la Palestina ocupada y eso está bien. Pero no estoy bien. De hecho, no sé si le puedo dar las gracias a Dios por nuestra liberación porque el precio ha sido que 80.000 personas hayan sido asesinadas en Gaza. Y en las cárceles siguen matando, humillando, degradando y violando a diario. Le he escrito una carta a uno de los amigos que siguen encarcelados en la que le pido perdón por cada vez que respiro porque les he dejado solos.
En los dos últimos años pensé en suicidarme porque era tanta la violencia que no podía controlar mi cuerpo y no quería convertirme en un animal. Le decía a mi cuerpo que no tenía hambre, pero no podía controlarlo. Lo único que me permitió mantener un mínimo de valentía para sobrevivir fue la fe en que algún día viviría en libertad.
«En las cárceles israelíes siguen matando, humillando, degradando y violando a diario«
¿Convivió con las personas que secuestraban de Gaza durante el genocidio?
No, los llevaban a una sección distinta de las prisiones. Escuchábamos sus gritos, unos desgarros que no puedo describir. Nada de lo que vivimos nosotros es comparable a lo que hacen con los presos de Gaza.
¿Cómo fue la puesta en libertad?
Nos llevaron por el sur de la Franja y lo primero que hice cuando cruzamos la frontera de Rafah fue abrir la cortinilla del autobús. Era la ventana más grande que he visto en mi vida porque solo conocía las del campo de refugiados en el que nací y las de la cárcel. Cuando llegamos al hotel no sabía qué hacer. Era la primera vez en mi vida que estaba en uno. Salía de la habitación y tenía que volver cinco veces porque siempre se me olvidaba algo. Mis hermanos que viven en Estados Unidos vinieron a verme y me trajeron muchos regalos caros, como un Iphone. Yo no sabía qué hacer con él.
No sabía ni siquiera dar ni recibir amor. Tuve que pedirles momentos de pausa a la familia porque no podía recibir ni dar tanto cariño. En un momento dado, mi hermana me iba a abrazar y le tuve que pedir que no lo hiciese, no podía.
Tampoco consigo reconocerme con el tiempo ni el lugar. En prisión, vivía fuera del tiempo y en un no-lugar. Estoy aprendiendo.
Primero, les alojaron en un hotel en El Cairo. Al día siguiente, el panfleto sensacionalista Daily Mail publicó una noticia en la que criticaba que turistas británicos tuvieran que desayunar en la misma sala que ustedes. La titularon El hotel de Hamás. Entonces, les vuelven a meter en un autobús y les trasladan a un hotel en medio del desierto. ¿Cómo se sintió entonces?
Sentí que nos trasladaban a otra prisión. Nos dijeron que teníamos que recoger todo lo que nuestros familiares nos habían regalado y marcharnos rápidamente porque en esa noticia decían que éramos una amenaza para la vida de los turistas y para la seguridad mundial.
Me revivió el trauma de cuando nos cambiaban de prisión: volví a tener dolor de estómago y ganas de vomitar como entonces. Primero nos llevaron a un hotel en una ciudad deportiva en el desierto y, después, cuando lo necesitaron para unas competiciones, a otro aún más lejos, junto al Mar Rojo.
Como escribió el pensador Al-Manfaluti si no cambias tu estado emocional, da igual que cambies de lugar: seguirás sintiéndote igual. Como nos trasladaron de manera forzada y nos seguían tratando como una amenaza, yo me seguía sintiendo en prisión.
¿Dónde vive ahora?
Los presos que tenemos apoyo económico de nuestras familias hemos alquilado apartamentos en distintas partes de Egipto. Pero hay 150 presos que siguen viviendo en ese hotel aislado.
«Nada de lo que vivimos nosotros es comparable a lo que hacen con los presos de Gaza«
La condición para salir de prisión fue que no podía volver a Palestina.
No, el sionismo no nos permite volver a Palestina a los presos liberados porque su objetivo siempre ha sido conseguir que sea una tierra sin pueblo. Y para ello emplea los asesinatos, los genocidios, las masacres y el exilio forzado.
¿Qué mensaje le gustaría enviarle a todo el mundo?
Que el mundo vea al pueblo palestino, que dejen de hacer como si los palestinos y palestinas fuésemos invisibles, víctimas sin ningún valor. El mundo tiene que entender que el pueblo palestino lleva 100 años sufriendo genocidio tras genocidio, no solo en los últimos dos años. Y también tiene que entender que sus gobiernos siempre han sido cómplices.
Israel no habría podido ejecutar este genocidio, y menos durante tanto tiempo, sin la financiación, las armas y el apoyo de Estados Unidos y de países de la Unión Europea para masacrar a un pueblo entero. Necesitamos que cuando el mundo escucha que en Gaza se están muriendo de hambre, no lo escuche como si fuesen solo palabras. Porque no lo son.
Seguimos en el 48, la Nakba continúa. Israel no ha dejado de matar y de aplicar políticas de opresión desde entonces. Israel es cada vez más fuerte, más brutal a la hora de cometer las masacres y los genocidios. Y lo que está pasando en Gaza es la demostración de cómo se puede eliminar a un pueblo, arrasar un territorio hasta dejarlo plano, dejar a los supervivientes en la calle hambrientos para después abrir la frontera, dejar pasar a 10 personas después de haber asesinado a 80.000 y decir que eso es la paz. El mundo tiene que dejar de ser cómplice, no solo con la Franja de Gaza sino con toda la Palestina histórica.
«No sabía ni siquiera dar ni recibir amor«
Cuando usted aún estaba preso, el escritor español José Ovejero publicó una reseña sobre su libro en la que decía que si pudiera entrevistarle la primera pregunta habría sido: “¿Por qué, en lugar de mostrar la carne tumefacta y la herida, en lugar de volver la mirada hacia el verdugo, en lugar de hacer visible la reja y la celda miserable, ha decidido escribir sobre lo que no se ve?”. Ahora que está libre se la hago yo en su nombre.
Portada del libro ‘La historia de un muro’. GALAXIA GUTENBERG
El ser humano tiene cinco sentidos que nos ofrecen significados muy limitados. Puedes escuchar y quedarte solo con lo escuchado; mirar, y quedarte solo con lo visto. Pero lo que normalmente no hacemos los seres humanos es darle sentido y un significado a lo que sentimos. Y todo lo que hay a nuestro alrededor puede tener miles de ellos. Y para hacerlo, tienes que aplicarle la imaginación. Si yo veo la pared de la prisión y digo “No se puede cruzar, no se puede destruir, no va a desaparecer nunca”, voy a estar preso para siempre. Pero si utilizo la imaginación para ver y sentir lo que hay tras los muros, para imaginar una flor y oler su perfume, para viajar a Barcelona, para tener una cita con una mujer… Entonces voy a intentar sobrevivir. La ciencia está demostrando que hay muchas cosas que no vemos y que existen. Y en mi escritura utilizo la imaginación para dar sentido a lo que no se ve.
¿Ha sido la imaginación lo que le ha permitido sobrevivir a 32 años de encarcelamiento?
Sí, desarrollé este mecanismo de defensa de dar otro significado a las cosas para olvidar que iba a vivir ahí toda la vida. He vivido una vida entera con este muro. Lo he besado, lo he abrazado, he hablado con él, me ha abierto muchas puertas… Ha sido muy bonito sorprenderme con lo que me ha enseñado. Sólo los niños -hasta los diez años- y los filósofos conservan la capacidad de sorpresa. Y eso lo que yo he hecho para dar sentido a seguir vivo junto a ese muro.
Escribe que uno de los dolores más fuertes que ha sufrido en prisión se lo provocó enamorarse.
Todos nacemos con un torrente de emociones que nos acompañan a lo largo de la vida. Y hay un dicho que dice que todos nacemos con unos lazos que nos unen a unas personas. Yo crecí con ese desbordamiento de amor y lo dirigía a la familia y a personas de mi alrededor. Hasta que la conocí. Cuando la vi la primera vez, a través del cristal, pensé «Pobres los muros» porque sentí que ella podía hacerlo todo, incluso, destruirlos. Era mi abogada y cuando llevábamos dos años de relación me di cuenta de que esa mujer de 27 años necesitaba alguien que la pudiera abrazar, darle un beso, vivir con ella. Y yo ni siquiera la pude tocar. No podía dejar de sentirme culpable, no la podía condenar a perderse todo eso. Cuando rompimos la relación, sentí que un grito de alivio resonaba entre las montañas porque aquella mujer podría por fin vivir. Esa mujer es mi prometida hoy, está aquí conmigo. Volvimos a estar juntos hace un par de años y nos vamos a casar.
«El mundo tiene que dejar de ser cómplice, no solo con la Franja de Gaza sino con toda la Palestina histórica«
¿Cómo fue sacando sus escritos de prisión a lo largo de estos años? He leído a sus editores que algunos los dictó por teléfono cuando podía hacer llamadas y que otros los sacaron algunas personas que le visitaron de manera clandestina.
Sí, pero no puedo dar detalles para no comprometer a las personas que me ayudaron.
La madre de Abu Srour, Mazyuna, en la puerta de su casa en el campo de Aida durante la visita de esta esta periodista. ALEX ZAPICO.
Tras el 7 de octubre, le quitaron el papel y los bolígrafos y le prohibieron escribir. ¿Qué supuso para usted privarle de la escritura?
En aquel momento lo único en lo que podía pensar, yo y el resto de los presos, era en sobrevivir un día más, en esconder un mendrugo de pan para el día siguiente, en encontrar un lugar donde no morirme de frío. La escritura dejó de existir, las palabras dejaron de existir, los pensamientos se esfumaron. En mi cabeza solo había una idea: sobrevivir.
En el listado de países a los que inicialmente podría mudarse se encontraba España, además de Malasia, Qatar y Argelia, entre otros. ¿Sabe por qué España se cayó de esa lista?
España se retiró, no sabemos por qué. También estaba Turquía, que recibió a algunos presos pero ya no recibe a nadie más. Ahora mismo podríamos mudarnos a Brasil o a Malasia. No hemos tomado la decisión porque no queremos estar lejos de las familias y tiene que ser un destino en el que nos puedan visitar. Además, quiero vivir en un país donde haya dolor. Siempre he convivido con el dolor y quiero seguir escribiendo sobre el dolor, pero para eso necesito entenderlo. Por eso necesito que sea un lugar que se parezca en algo a nuestra vida y para eso no basta que sea árabe porque hay ciudades árabes que no tienen espíritu, ni vida. No podría vivir en un sitio así.
Usted escribe que los palestinos son solidarios con quienes se rebelan contra la injusticia y que apoyan a quienes no han triunfado. Estamos viendo cómo el movimiento internacional contra el genocidio de Gaza se ha convertido en la mayor movilización global no sólo en apoyo a Palestina sino también contra la ola antidemocrática liderada por Trump y Netanyahu, entre otros. ¿Se siente conectado con ese movimiento internacional de solidaridad con Palestina?
Sí, siempre son los oprimidos, los derrotados y los débiles quienes tienen la razón. El punto de partida es la solidaridad con quienes pasan por la misma experiencia. En los últimos años, con lo ocurrido en Gaza, la cuestión palestina se ha convertido en el movimiento social más grande y efectivo a nivel mundial. Ojalá les pudiera dar las gracias personalmente a cada una de las personas que participan en este movimiento, que han sido golpeados cuando se manifiestan, echados de sus trabajos y secuestrados cuando vinieron en la flotilla.
«El sionismo no nos permite volver a Palestina a los presos liberados porque su objetivo siempre ha sido conseguir que sea una tierra sin pueblo»
Como sabe, tuve el privilegio de visitar en su casa a su madre, Mazyuna, una mujer excepcional que se convirtió en una lideresa del movimiento de apoyo a los presos palestinos. Tras una vida luchando por su liberación, murió 70 días antes de que usted saliera de prisión. ¿Cómo la describiría?
Lo siento mucho, pero no puedo responder a esta pregunta. Cada vez que toco su muerte me derrumbo. Hoy tengo un compromiso y no me lo puedo permitir. Lo siento.
Nasser Abu Srour junto a su madre, Mazyuna, en una de sus visitas a prisión. ARCHIVO FAMILIAR.
En el siguiente capítulo de la serie sobre «desOriente Medio» con nuestro corresponsal itinerante de lujo, Alberto Cruz, esta vez desde Beirut. En el 70 aniversario de la partición criminal de Palestina por medio de la R-181 de NNUU, hablamos de las intenciones de Arabia Saudí y el estado sionista de Israel en la zona. […]
«DesOriente Medio». Qatar, el Consejo de Cooperación del Golfo y el ataque desesperado contra el Eje de la Resistencia. ¿Qué terroristas? ¿Qué terrorismo? ¿Qué enemigos? ¿Por qué? Entrevista a Alberto Cruz en LUCHA LIBRE (Radio Topo, 101.8fm Zaragoza – todos los miércoles de 20 a 21h).
Los sindicatos y las clases trabajadores galas están que trinan debido a los ataques neoliberales de la socialdemocracia francesa. Este proyecto de reforma laboral tiene poco de nuevo, se trata de las mismas recetas que los de siempre, los que mandan de verdad, nos imponen esperando entrar como Pedro por su casa. Afortunadamente, no siempre entran con mantequilla. Francia posee […]
Lucha Libre, el programa de Acción Social Sindical Internacionalista EN RADIO tOPO [101.8fm, Zaragoza]. Nueve días de «Operación Margen Protector» a 16 de julio de 2014 VIVA LA LUCHA DEL PUEBLO PALESTINO
Francesca Albanese (Italia, 1977) se ha convertido en un referente internacional de la defensa de los derechos humanos. Desde que comenzase el genocidio de Gaza, su trabajo incansable a través de informes, de la participación continua en el debate público mediante entrevistas, conferencias y las redes sociales denunciando no sólo los crímenes de Israel, sino también la responsabilidad de los gobiernos, empresas y medios de comunicación occidentales, la han convertido en una figura inspiradora para millones de personas de todas las generaciones. Y, también, en una de las más odiadas, atacadas y perseguidas por los Gobiernos de Israel y Estados Unidos, así como por el lobby sionista internacional. De hecho, la Administración Trump la ha llegado a sancionar por colaborar con la Corte Penal Internacional en su intento de juzgar a los responsables del genocidio.
Ahora, Albanese publica en España Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina (Galaxia Gutenberg), un ensayo en el que cuenta la historia de la ocupación a través del derecho internacional, pero también de sus vivencias y reflexiones personales y de las de diez personas –la mayoría, amigos y amigas de Albanese– que protagonizan cada uno de los capítulos. Y lo escribe con la claridad, la precisión y la determinación que la han convertido en una de las voces más respetadas de la esfera pública. Y, también, compartiendo el sufrimiento, el dolor y el miedo que acarrea, a veces, estar en la primera línea de la “guerra contra los valores” que están sufriendo, en palabras suyas, quienes participan en el ‘efecto Palestina’, como llama a la nueva conciencia global que ha despertado el genocidio contra Gaza.
En su libro Cuando el mundo duerme cuenta la historia de Palestina, de la ocupación, del régimen de apartheid, del genocidio con rigor y datos, y, también, mediante sus vivencias. ¿Por qué decidió escribirlo desde esta perspectiva personal?
Primero, porque había planeado escribirlo un año antes, cuando salió mi primer libro en italiano, poco después del inicio del ataque contra Gaza en octubre de 2023. En aquel caso buscaba que el público italiano tuviese una especie de punto de referencia, porque allí, desde el principio de los ataques, la retórica y la propaganda fueron muy proisraelíes. Y lo digo sin negar el sufrimiento de los israelíes ni lo duro que fue lo que sufrieron el 7 de octubre. Yo sabía que el Gobierno israelí capitalizaría ese sufrimiento y que los líderes occidentales cederían para complacer y favorecer a Israel. Así que quería ofrecer una especie de glosario.
«En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes»
Pero una vez que ese libro vio la luz, ya tenía en marcha este proyecto, en el que quería hablar sobre Palestina desde la perspectiva del derecho internacional, pero de una manera personal, humanizando esa historia y haciéndola accesible, especialmente para los más jóvenes.
En segundo lugar, también lo escribí así por mí. Fue un ejercicio muy catártico. Tuve que articular cómo había entrado en mi vida Palestina cuando llevábamos ya año y medio de genocidio y mientras trabajaba en el informe sobre la economía del genocidio.
Es un libro difícil de catalogar porque tiene mucho de historia, de ensayo, de derecho internacional, pero no es un libro de solo una de esas cosas. Tampoco una biografía ni autobiografía, aunque contiene muchas vidas. Pero creo que también eso es lo que hacemos las mujeres, mostramos quiénes somos sin ocultar nuestras debilidades. En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes. Por eso me sentí atraída a escribir este libro, en el que me expongo y comparto tanto de mi viaje personal.
«Estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo»
El libro es también una carta de amor a la amistad, a los amigos palestinos, israelíes y judíos no israelíes que le han permitido comprender la realidad de Palestina. De hecho, lo comienza con una cita de Alisa Weise: “La solidaridad es una manifestación política de amor”. ¿Cómo describiría el papel de la amistad en su compromiso y en el movimiento internacional de solidaridad global con Palestina que ha surgido a raíz del genocidio?
Es interesante porque cuando leí el libro en octubre, meses después de su publicación en Francia, me di cuenta de que parecía deliberado que hubiese palestinos e israelíes, como si los quisiera reunir en una mesa. No fue así. Los elegí porque son mis amigos y porque me enseñaron muchas cosas. Alon Confino era probablemente el más israelí de todos, pero nunca pensé en él como un israelí porque era una persona universal.
Además, mi círculo de amigos ha crecido mucho a partir del genocidio. Personas que van desde el colegio de mis hijos al ámbito público, que me han apoyado siempre, que han querido estar cerca de mí cuando he sufrido los ataques más feroces. Como cuando el gobierno y los medios de comunicación de Italia, donde no son muy libres, empezaron a atacarme hasta por estornudar. Siento que estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo.
Para mí, la relación más profunda de la vida no es el amor que sientes por tu pareja, tus hijos, tus hermanos o tus padres: para mí, el valor más importante es la amistad. La amistad es la red que te mantiene unido, que no te deja caer en el aislamiento. Además, la amistad es un valor para el futuro. Necesitamos recuperar la humanidad en nuestras vidas, estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino.
Francesca Albanese. Foto cedida: FAROOQ ZAMIR.
«Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia»
Sostiene que el genocidio de Gaza ha despertado una nueva conciencia global a través del movimiento internacional de solidaridad con Palestina. ¿Cómo puede este movimiento contribuir a frenar la ola reaccionaria y antidemocrática que sufrimos?
Veo un movimiento que llamo una, como el plural en latín de unus (unidad), porque reúne tantas realidades individuales que se convierten en una colectividad. Se trata de un movimiento sin líderes, pero con valores muy fuertes, identificables, y con una primera línea. Siento que soy parte de esa primera línea con los palestinos, Greta Thunberg, Yanis Varoufakis, el movimiento BDS, las organizaciones de derechos humanos, los abogados, los periodistas que hablan a pesar de la censura… Llamo a este movimiento “efecto Palestina” porque Palestina nos ha despertado, nos ha mostrado la diferencia entre los valores y sus contrarios, como la luz y la oscuridad. Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia. Me gusta este concepto porque es resistencia y firmeza, la capacidad de adaptarse, transformar, repensar. Y es un movimiento que no se puede vivir individualmente, tiene que ser colectivo para sea transformador; una elección ética que concierne a todo: al medio ambiente, a los animales, a los seres humanos. Y esto es, en definitiva, lo que Palestina representa para mí.
El “efecto Palestina” es despertar, unir y movilizar, con un espíritu de hermandad, como estamos viendo. Y la relación de amistad que hemos creado personas que, en un principio, éramos camaradas es más fuerte que la que tengo con algunas personas que han formado parte constante de mi vida. Luchamos y, aunque no sepamos cuándo veremos el final, nos vamos enriqueciendo al unirnos en torno a unos valores comunes.
Y al mismo tiempo que provoca esta reacción de admiración e inspiración, también genera mucho odio por lo que representa: la autoridad de la ley y los derechos de Palestina frente a la impunidad del poderoso Israel. En el libro explica que una de las razones por las que más odio ha recibido es por señalar que Israel es un proyecto colonial. ¿Por qué algo tan obvio genera tanta virulencia?
Si hubiéramos tenido esta discusión en la década de 1950 o incluso a principios de la década de 1960, nadie habría dicho ni una palabra porque entonces el colonialismo no era visto como la madre de todos los males, como sí ocurre hoy. Por eso entiendo que a los israelíes no les guste que los llamen pueblo colonial.
El proyecto del Estado de Israel precedió al Holocausto, y no hay duda de que el pueblo judío fue perseguido y que el proyecto nacional surgió para protegerlo. No era la única solución, también lo podría haber protegido donde estaban. Pero es cierto que las circunstancias hicieron que tuvieran que abandonar sus hogares en Europa y no había muchos países que los quisieran. Incluso supervivientes del Holocausto fueron rechazados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia cuando huían como refugiados de Europa.
El caso es que podrían haber ido como refugiados a Palestina. Pero no, fueron como parte de un proyecto nacional colonial que cogía la tierra y los hogares de otras personas, de los pueblos indígenas. Entiendo que muchos creen o les gusta creer que Dios les dio esa tierra, pero Dios no es un agente inmobiliario y no le dio la tierra a nadie.
Hoy estamos gobernados por la ley e Israel no debería haber sido creado a expensas –no digo que no debería haber sido creado– sino que no debió crearse a expensas de casi un millón de palestinos, de los cuales unos 750.000 fueron expulsados y nunca se les permitió regresar. Además, Israel ha seguido comportándose como una colonia de colonos en lo que quedaba de la Palestina histórica, en el territorio palestino ocupado, en Gaza, Cisjordania o Jerusalén Este. Y lo presentan con la burbuja del origen divino de Israel, como si se tratase del pueblo judío regresando a su tierra. No digo que el pueblo judío no tenga vínculos con la Tierra Santa. Solo digo que lo que hicieron fue violento y que esa violencia perdura. Además, contar que es un proyecto colonial desmiente el mito de la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Y claro, todo eso no les gusta.
«Estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino»
¿Qué debería hacer la Unión Europea con respecto a Israel si decidiese cumplir con el derecho internacional?
En primer lugar, al menos, debería suspender, o incluso derogar, el acuerdo de asociación de la UE con Israel. En segundo lugar, debería considerar permitir que los Estados puedan cumplir con la ley, porque eventualmente los Estados miembros utilizan a la Unión Europea como excusa para incumplir sus obligaciones internacionales, que imponen detener el comercio de armas, dejar de comprar armas a Israel y cortar los lazos económicos. Un embargo de armas es necesario, pero también cortar los lazos con la economía israelí, porque Israel está perpetrando los crímenes de apartheid y de genocidio. ¿Qué más tiene que hacer Israel para que la Unión Europea haga todo esto? La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia. Productos que han sido probados con los palestinos, tanto en el campo de batalla como en sistemas de seguridad, y que se han convertido en sofisticados equipos utilizados para matar o aterrorizar a toda una población durante los últimos dos años.
Comienza el libro con un capítulo dedicado a las violencias que Israel emplea contra la infancia palestina. ¿Cómo es posible que la Unión Europea y Estados Unidos hayan mantenido su apoyo a Israel, incluso después de que haya cometido un infanticidio en Gaza y de todos los asesinatos, encarcelamientos, torturas y otros crímenes que comete contra los niños y niñas palestinos de Cisjordania y Jerusalén?
Me gustaría recordar que Estados Unidos es el único país del mundo que no ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño. Además, creo que los soldados israelíes y muchos sectores de la sociedad israelí no ven a los niños palestinos: solo ven a palestinos, a los que ven como posibles amenazas terroristas y a la seguridad. Existe una profunda deshumanización. Nunca he visto nada parecido al nivel de racismo institucionalizado y generalizado contra todo un pueblo que vive a tu lado. Y esa demonización no solo afecta a Israel, sino también a algunos de nosotros en el mundo global de minorías blancas privilegiadas.
Quizás sea una fantasía, pero imagino a gente yendo libremente a Gaza y ayudando a limpiar la zona. Me imagino que los seres humanos pueden ayudar a reconstruir la Franja y ayudar a los palestinos a sanar las heridas. Se requerirá mucha humanidad para contrarrestar la inhumanidad que han mostrado el Gobierno y los soldados israelíes, así como las sociedades occidentales.
Francesca Albanese. Foto cedida: MONA VAN DEN BERG.
«La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia»
Una de las consecuencias del genocidio ha sido la pérdida de la poca credibilidad que le quedaba a buena parte de los medios occidentales. ¿Cree que podrán ser juzgados por su responsabilidad en el genocidio?
Sí, aquellos que han sido apologistas del genocidio deberían ser juzgados. Y también deberían dejar de tener lectores y clientes. Pero le contaré más en unos meses porque esta es una de las investigaciones que estoy realizando.
TikTok acaba de cerrar la cuenta del periodista gazatí Bisan Ota y YouTube ha eliminado miles de vídeos subidos por soldados israelíes que publicaban sus propios crímenes de guerra. ¿Qué responsabilidad tienen las plataformas tecnológicas en el genocidio de Gaza y la ocupación de Palestina?
Muchas de ellos han silenciado, censurado y alterado contenido palestino y en solidaridad con los palestinos. Esto no es neutral, no respeta la libertad de expresión ni la primera enmienda –ya que la mayor parte de ellas están radicadas en Estados Unidos–. Estos medios y gigantes tecnológicos han elegido en qué parte de la historia han querido posicionarse y al menos yo, como abogada, deseo verlos investigados judicialmente.
Pero mientras eso ocurre, [estas plataformas] deberían perder a sus seguidores. Y espero que tenga éxito Upscrolled, creada por un empresario palestino como una versión libre de censura de TikTok. Tuvo un millón de descargas en un día y espero que siga creciendo a ese ritmo porque lo necesitamos. Mi temor es que se generen cámaras de eco y que TikTok siga siendo para los proisraelíes y los crédulos, mientras que el otro sea donde se divulgue la información. En cualquier caso, necesitamos alternativas.
¿Cree que lo sucedido con el genocidio podría ser una oportunidad para impulsar una reforma democratizadora de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad?
No sucederá. No sucederá a menos que se revisen los cimientos del sistema, basado en el privilegio o la dominación de algunos Estados. No creo que ocurra. Y como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso.
Espero que países como los que integran el Grupo de La Haya se conviertan en actores importantes y que España juegue un papel importante dentro de él. Porque no solo el Gobierno español, sino el pueblo español, las universidades españolas y los medios de comunicación españoles han sido un gran ejemplo de compromiso positivo y ético. Por eso espero que el Gobierno de España se una al Grupo de La Haya pronto.
¿Qué medidas debe tomar la sociedad civil en esta nueva fase del genocidio de Gaza?
En primer lugar, apoyar los esfuerzos de quienes intentan lograr justicia, como la Fundación Hind Rajab –en España también hay abogados persiguiendo a las empresas [que participan en el genocidio]–. Debería investigarse más a los actores privados que han sido cómplices de los crímenes israelíes. Debe haber una presión continua para que las instituciones sigan haciendo lo correcto, porque no creo que el Gobierno español hubiera hecho lo que ha hecho sin el empuje del pueblo español. Y luego, el consumo ético –nadie debería vender productos relacionados con la ocupación israelí–, la banca ética –comprobar que sus bancos no tienen inversiones relacionadas con la ocupación–, y adherirse a la campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS).
La reclusión, la erradicación y la persecución del pueblo palestino siguen siendo el principal objetivo del gobierno actual de Israel. Y el horizonte es incierto porque es un plan que no tiene fin.
El Ministerio de Salud de Gaza sigue dando testimonio del impacto del genocidio que Israel ha perpetrado en Gaza desde el 7 de octubre de 2023. Tres meses después de la entrada en vigor del alto el fuego auspiciado por Trump, la muerte de un bebé recién nacido (de siete días) y otro niño de cuatro años ha elevado a seis el número total de muertes infantiles causadas por el frío desde el comienzo del invierno, según el recuento del Gobierno de la Franja.
Además, la semana pasada se informaba de la muerte de Ata Mai, un niño de siete años, quien se ahogó el 27 de diciembre durante las inundaciones en un campamento improvisado para desplazados internos en Sudaniyeh, al noroeste de la ciudad de Gaza.
Las inundaciones del 30 de diciembre y el 9 de enero han recrudecido las condiciones en un contexto en el que los materiales para refugios sigue siendo “críticamente insuficiente”, en palabras del Ministerio de Salud: “Casi un millón de personas necesitan urgentemente vivienda de emergencia, y las organizaciones humanitarias piden soluciones de refugio duraderas y la rehabilitación de las viviendas dañadas”.
La Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) estima que un millón de personas en Gaza siguen necesitando urgentemente asistencia de emergencia para refugios.
Naciones Unidas ha dado la voz de alerta sobre la precariedad de la vida en los campamentos de refugiados: “Como estructuras de emergencia, las tiendas de campaña ofrecen una protección limitada contra las fuertes lluvias, las inundaciones o el frío, y se deterioran rápidamente con el uso prolongado”, advirtió la ONU.
La prohibición por parte del gobierno israelí de 37 organizaciones que proporcionaban ayuda humanitaria y suministros básicos, ordenada por Israel por una supuesta “explotación de los marcos humanitarios con fines terroristas”, ha empeorado una situación catastrófica también por la destrucción de las infraestructuras. Se calcula que el 80 % de la infraestructura de agua y saneamiento de Gaza ha sido destruida parcial o totalmente, incluidas las seis principales plantas de tratamiento de aguas residuales.
En la actualidad, Israel no ha cumplido el capítulo del alto el fuego con respecto a la autorización de entrada de camiones de ayuda humanitaria. La Cruz Roja alemana ha denunciado que no se ha llegado aun al mínimo requerido de 600 camiones diarios.
Las inundaciones del 30 de diciembre y el 9 de enero han recrudecido las condiciones en un contexto en el que los materiales para refugios sigue siendo “críticamente insuficiente”, en palabras del Ministerio de Salud: “Casi un millón de personas necesitan urgentemente vivienda de emergencia, y las organizaciones humanitarias piden soluciones de refugio duraderas y la rehabilitación de las viviendas dañadas”.
La Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) estima que un millón de personas en Gaza siguen necesitando urgentemente asistencia de emergencia para refugios.
Naciones Unidas ha dado la voz de alerta sobre la precariedad de la vida en los campamentos de refugiados: “Como estructuras de emergencia, las tiendas de campaña ofrecen una protección limitada contra las fuertes lluvias, las inundaciones o el frío, y se deterioran rápidamente con el uso prolongado”, advirtió la ONU.
El domingo 11 de enero, la Comisión de Prisioneros Palestinos, denunciaba la confirmación de la muerte del preso palestino Hamza Adwan en una prisión israelí
La prohibición por parte del gobierno israelí de 37 organizaciones que proporcionaban ayuda humanitaria y suministros básicos, ordenada por Israel por una supuesta “explotación de los marcos humanitarios con fines terroristas”, ha empeorado una situación catastrófica también por la destrucción de las infraestructuras. Se calcula que el 80 % de la infraestructura de agua y saneamiento de Gaza ha sido destruida parcial o totalmente, incluidas las seis principales plantas de tratamiento de aguas residuales.
En la actualidad, Israel no ha cumplido el capítulo del alto el fuego con respecto a la autorización de entrada de camiones de ayuda humanitaria. La Cruz Roja alemana ha denunciado que no se ha llegado aun al mínimo requerido de 600 camiones diarios.
Pese al efecto cloroformo que supuso la solución Trump, las muertes de civiles en Gaza siguen goteando en la Franja. Cada día desde el alto el fuego Israel ha matado a una media de cinco personas.
La última masacre tuvo lugar el jueves 8 de enero, cuando las Fuerzas Armadas de Israel atacaron con un dron una tienda de campaña que albergaba a personas desplazadas en el sur de Gaza, causando la muerte de 13 personas, cinco de ellas menores de edad. El lunes, Al Jazeera informaba de que un dron cuadricóptero israelí había asesinado a tres palestinos en Khan Younis, al sur de la Franja.
Además, las autoridades de Gaza confirmaban que una milicia colaboracionista con Israel de la Franja había llevado a cabo un atentado en el que acabó con la vida de Mahmoud Al-Astal, de 40 años, director de Investigaciones Policiales.
Muertes en comisaría
El domingo 11 de enero, la Comisión de Prisioneros Palestinos (PPSMO, en inglés), denunciaba la confirmación de la muerte del preso palestino Hamza Adwan en una prisión israelí. El hecho tuvo lugar el 9 de septiembre de 2025, pero no ha sido hasta este 2026 cuando las autoridades penitenciarias confirmaron esa muerte, que supone la número 87 de presos palestinos desde el 7 de octubre de 2023, en lo que es la peor campaña de asesinatos en prisión en la historia del conflicto. 51 de esas 87 personas fueron detenidas en Gaza.
Las cifras, no obstante, es más elevada, según la PPSMO, que calcula que “decenas de detenidos mártires de Gaza siguen desaparecidos por la fuerza, junto con decenas de detenidos que fueron ejecutados sumariamente”.
Se pone fin a la huelga de hambre de una presa y dos presos de Palestine Action que llevaban más tiempo sumidas en ella, tras más de 70 días (más tiempo de lo que estuvo Bobby Sands en huelga de hambre antes de morir). Si bien no se han estimado todas sus demandas, han logrado una victoria parcial, logrando que el gobierno inglés no conceda un nuevo contrato a Elbit Systems UK.
Tras más de dos meses de ayuno extremo, una presa y dos presos de Palestine Action que mantenían la huelga de hambre más prolongada han anunciado el fin de la protesta. La decisión llega después de que el gobierno británico haya confirmado que no concederá un contrato público de 2.000 millones de libras a Elbit Systems UK, filial de la mayor empresa armamentística israelí, una de las principales demandas planteadas por los huelguistas.
La protesta, que había generado una creciente alarma por el estado de salud de los presos, se desarrollaba en un contexto de máxima tensión. Heba Muraisi, de 31 años, alcanzó los 73 días sin ingerir alimentos, una cifra que evocaba inevitablemente la memoria de las huelgas de hambre de presos republicanos irlandeses en 1981, donde varios murieron tras periodos incluso más cortos de ayuno. Otros presos, como Kamran Ahmed, de 28 años, y Lewie Chiaramello, de 22 —diabético tipo 1 y en ayuno intermitente—, también habían llevado su cuerpo al límite como forma de protesta política.
Según el colectivo Presos en huelga de hambre, la negativa del Ministerio de Defensa a otorgar el contrato a Elbit Systems UK supone un giro significativo en la política del gobierno británico, que desde 2012 había adjudicado a la empresa más de una decena de contratos públicos. El acuerdo frustrado habría permitido a la compañía entrenar a unos 60.000 soldados británicos al año, reforzando los vínculos entre el Estado británico y la industria militar israelí.
Además de la cuestión contractual, durante las últimas semanas se produjeron reuniones entre responsables nacionales de atención sanitaria en prisiones y representantes de los huelguistas, promovidas por el Ministerio de Justicia. En esos encuentros se abordaron tanto las condiciones de reclusión como los protocolos médicos, en un momento en el que la vida de los presos estaba seriamente amenazada.
Junto a Muraisi, Ahmed y Chiaramello, otros cuatro presos —Teuta Hoxha, Jon Cink, Qesser Zuhrah y Amu Gib—, que habían pausado previamente su participación en la huelga, han decidido darla por finalizada de manera definitiva. Todos ellos han iniciado ahora el delicado proceso de realimentación bajo pautas médicas, una fase que también entraña riesgos graves si no se gestiona adecuadamente.
El colectivo Presos por Palestina sostiene que la huelga ha logrado varias victorias políticas. Entre ellas, destacan el aumento de la movilización directa contra el complejo militar-industrial israelí —con centenares de personas incorporándose a acciones en apenas unas semanas— y avances concretos en las condiciones de los presos. En el caso de Heba Muraisi, se ha aceptado su traslado a la prisión de Bronzefield, en Surrey, lo que permitirá acercarla a su entorno familiar tras haber sido enviada anteriormente a un centro situado a cientos de kilómetros.
Otras demandas también han comenzado a desbloquearse, como el acceso a comunicaciones y materiales censurados durante meses. Según denunciaron, durante la huelga algunos presos empezaron a recibir de golpe grandes cantidades de correo retenido, incluidos libros sobre Gaza y feminismo que habían sido bloqueados sin explicación.
Desde el entorno de los presos califican la huelga de hambre como un hito de resistencia política. A su juicio, ha dejado al descubierto la existencia de presos políticos en el Reino Unido y el papel del Estado británico en el sostenimiento de la industria armamentística israelí. En palabras de Amu Gib: «Nunca le hemos confiado nuestras vidas al gobierno, y no empezaremos ahora. Seremos nosotros quienes decidamos cómo entregamos nuestras vidas a la justicia y la liberación».
La huelga de hambre termina, pero el conflicto político que la originó —la complicidad del Estado británico con la maquinaria de guerra israelí— sigue abierto.
Mientras la comunidad internacional mira hacia Venezuela y Groenlandia, en la Cisjordania ocupada, el gobierno de Benjamin Netanyahu aprovecha para continuar anexionándose territorios palestinos.
Para materializar otro proyecto israelí, que lleva el nombre de E1 y por el cual se prevé la construcción de 3.401 viviendas para colonos, se ha abierto una convocatoria pública destinada a aquellas empresas que quieran llevar a cabo esta nueva construcción. Se trata de una vulneración más del derecho internacional por parte de Israel en territorio palestino.
Se enterraría la solución de los dos Estados
El objetivo de este proyecto colonial, tal y como ha reconocido la administración israelí, es dinamitar la idea de un posible Estado palestino; de ahí el interés en que se lleve a cabo. La nueva construcción estaría geográficamente ubicada entre Jerusalén, Ramallah y Belén y se proyecta como una extensión del asentamiento de Ma’ale Adumim, más que como un nuevo asentamiento. Queda cercano a Jerusalén Este, tendrá una extensión de unos 12 kilómetros cuadrados y albergará unas 7.600 viviendas familiares, según adelanta el periódico israelí Haaretz.
Mapa elaborado por Peace Now donde se muestra el asentamiento E1.
La idea no es nueva, y varios gobiernos anteriores ya la habían intentado llevar a cabo. Hasta ahora, sin embargo, la comunidad internacional —incluido Estados Unidos— se había negado en rotundo por las implicaciones políticas que tiene. De hecho, el plan llevaba congelado desde 2005. Ahora, parece ser que Estados Unidos habría dado el visto bueno, a diferencia de países como Francia, Canadá o Australia, que ya en agosto, cuando se aprobó la puesta en marcha del proyecto, mostraron su rechazo a esta nueva construcción.
Israel ha movido ficha y ha acelerado los tempos de los procedimientos. También porque el primer ministro israelí, que está siendo juzgado por un caso de corrupción, quiere abonar el terreno de cara a las próximas elecciones
Ahora, aprovechando el revuelo internacional por el secuestro de Nicolás Maduro y la intervención en Venezuela por parte de Trump y las polémicas en torno a Groenlandia, Israel ha movido ficha y ha acelerado los tempos de los procedimientos. También porque el primer ministro israelí, que está siendo juzgado por un caso de corrupción, quiere abonar el terreno de cara a las próximas elecciones generales, que se celebrarán en octubre de este año que justo empieza.
De construirse, y si nada lo impide así parece que así será, el E1 desplazará a miles de palestinos; y esa es la meta. El ministro israelí de Finanzas y colono él mismo, el ultra Bezalel Smotrich, ya lo anunció en agosto: “Haremos desaparecer a los palestinos con acciones, no con eslóganes”. Las implicaciones políticas que esto tendría son inmensas, puesto que dificultaría, por no decir que enterraría, un posible acuerdo de paz futuro.
La política de asentamientos no ha dejado de crecer
Con parte de los medios de comunicación internacionales y las organizaciones humanitarias centradas en el genocidio que desde el 7 de octubre de 2023 se está llevando a cabo en Gaza, desde 2022 y hasta diciembre de 2025 se habían construido hasta 69 asentamientos nuevos, según Peace Now, una organización que monitorea la actividad colonial de Israel. De hecho, ese mismo mes, el gobierno de Netanyahu anunció la construcción de 19 más; algo que se materializará en los próximos meses.
Número de licitaciones para la construcción de asentamientos por año. Fuente: Peace Now.
Esta política de asentamientos ha ido acompañada de un incremento, en los últimos dos años, de la violencia en Cisjordania contra la población local palestina. Buena muestra de ello ha sido la última campaña de la aceituna, especialmente violenta. A lo largo de este otoño, tanto organizaciones locales como internacionales han denunciado la violación sistemática de los derechos de los y las agricultoras palestinas, a quien se ha impedido llevar a cabo la campaña.
El pasado miércoles 7 de enero veía la luz un nuevo informe de Naciones Unidas en el que precisamente se habla de esa violencia y de la situación de “asfixia” que vive la ciudadanía palestina en los territorios ocupados de Cisjordania y Jerusalén Este. El informe, de una cuarentena de páginas, califica la situación de “segregación racial y apartheid” y hace hincapié en el deterioro de la calidad de vida de los y las palestinas a lo largo de estos últimos tres años.
En una intervención en vídeo, a raíz de la publicación del documento, el Alto Comisionado de Naciones Unidas, Volker Turk, aseguraba que: “Hay una asfixia sistemática de los derechos de los palestinos en Cisjordania, ya sea en el acceso al agua, a colegios, hospitales, al visitar familiares o amigos, o al cultivar sus olivos; cada aspecto de la vida diaria de los palestinos en Cisjordania está controlado y restringido por las leyes, políticas y prácticas discriminatorias de Israel”. En el vídeo, Turk se refiere a la situación en Palestina como “apartheid”. Es el primer Alto Comisionado que usa esta terminología.
El informe también hace referencia a la futura construcción del E1: “Al dividir Cisjordania en dos y aislar a Jerusalén del resto de Cisjordania, el plan restringirá drásticamente aún más la capacidad de los palestinos para desplazarse dentro de la Cisjordania ocupada, con efectos catastróficos para el disfrute de sus derechos fundamentales, incluidos el derecho a la salud, la educación y el mantenimiento de los vínculos familiares. Paralelamente, el gobierno de Israel impulsó la construcción de una carretera exclusiva para palestinos —la llamada ‘carretera del tejido de la vida’ o ‘carretera de la soberanía’ — para desviar el tráfico palestino del bloque de asentamientos en la zona E1 y consolidar su anexión. En total, 18 comunidades de pastores palestinos que viven en la zona designada para la zona E1 corren un riesgo inminente de desplazamiento”.
Naciones unidas considera que “los avances del gobierno de Israel sobre el terreno, la expansión agresiva de los asentamientos, incluido el plan E1, junto con la apropiación de tierras palestinas, el desplazamiento forzado de residentes de sus aldeas y la creciente violencia de los colonos, reflejan colectivamente un esfuerzo sistemático por socavar la presencia palestina en la Cisjordania ocupada y un esfuerzo coordinado por afianzar el control israelí y obstruir permanentemente la formación de un Estado palestino contiguo allí”, se puede leer en el informe.
Por último, se insta a respetar las resoluciones y se pide al gobierno de Israel que ponga fin a la política de asentamientos en Cisjordania para que la población palestina pueda volver a sus hogares.
Cuando me recuerdan que tenía que haber entregado este artículo hace dos semanas, me encuentro leyendo el libro La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto 1898-1937, de Chris Ealham. Un libro increíble, que me está gustando muchísimo. De momento, en el primer cuarto del libro, y supongo que en el resto, desarrolla cómo se crea la comunidad proletaria que asalta las instituciones políticas, sociales y económicas de la época, cómo en los barrios se construye una identidad colectiva que fragua unidad, solidaridad, reconocimiento de los intereses comunes, socialización de los conflictos particulares, etc., que posibilita la lucha por la mejora de sus condiciones materiales de existencia:
“Este sentido de clase era más emocional que político: representaba una cultura poderosa de identidad local, un esprit de quartier (espíritu de barrio), resultado de los extensos vínculos afectivos que generaban los rituales de apoyo, la solidaridad y las relaciones sociales directas de la vida de barrio”.
Otra cuestión, que no es eje principal del libro pero me dió que pensar, es que una de las razones de la radicalidad del movimiento obrero en España, en el primer tercio del siglo XX, es la miopía de las clases dirigentes que al negarse a reconocer reivindicación alguna, por muy básica que ésta fuera, al negarse a considerar a las instituciones obreras como interlocutores legítimos y al aplicar una feroz represión, es decir, al cerrar ellos mismos la vía de la reforma, de la integración de las organizaciones de los trabajadores en el Estado, además de llenar de sangre las calles, empujan a nuestra clase por una vía de sentido único, la vía de la impugnación total del Sistema, que justo coincide con el corpus desarrollado y aprendido en tantos artículos de la prensa obrera, mítines, asambleas, obras literarias, etc. La clase trabajadora organizada del país tenía claro que dentro del Estado liberal y el régimen capitalista no había solución posible a su miseria cotidiana, pero, es que, además, la clase dirigente se lo confirmó; la burguesía no tuvo intención alguna de ceder ni un milímetro en su posición ni de integrar a parte del proletariado.
Esto podría encontrar cierta correspondencia con escenarios presentes.
Respecto a la vivienda, ni el disponer de un presunto gobierno progresista ni la crítica situación han hecho que, en estos últimos 6-7 años, se haya tomado medida alguna que tenga un efecto real, que disminuya un ápice los ingentes ingresos de rentistas y especuladores. De hecho, la situación es desoladora, nadie considera que se vaya a revertir sino que, en este 2026, sabemos que irá a peor. El Estado es incapaz de asumir hasta la necesidad de implantar un mínimo control de los precios y se ha instalado un pesimismo que corre por nuestras venas como un veneno paralizante. Lo mismo tiene lugar con la situación brutal de exterminio de la población palestina agravada en estos dos últimos años y la imposibilidad de conseguir que, como mínimo, como punto de partida, el Estado español y el sector económico rompan relaciones políticas y comerciales con la maquinaria estatal sionista, ya no hablemos de crear un frente que acabe con el proyecto colonial.
El problema actual es que no disponemos de la comunidad social compartida que permita construir la comunidad de lucha necesaria para abordar dichas cuestiones, pero, es que, además, la mayoría de veces, cuando nos embarcamos en esta tarea, intentamos empezar la casa por el tejado, lanzándonos a una batalla sin los mínimos cimientos necesarios para aguantar más de un embiste.
En esta línea, un vecino y compañero siempre repite que hay que dejarse de la reacción directa, estéril, que versa sobre un tema en cada semana, que tiene más que ver con nuestra necesidad personal de sentir que algo estamos haciendo, con un sentimiento visceral loable, que con la disposición real de afrontar dicha pelea. Aparcar parte de estas reacciones momentáneas para asumir la tarea de la reconstrucción del mínimo común en nuestro entorno, desde un equipo deportivo a un club de lectura, pasando por prácticas cotidianas de solidaridad, es una tarea que tenemos que afrontar más pronto que tarde.
De esto sabe muy bien el pueblo irlandés, que, tras el genocidio sufrido en el siglo XIX, con las hambrunas, ocupación militar británica y procesos migratorios, comienzan el nuevo siglo con sus comunidades destrozadas. En este contexto, lo primero que reconstruyen son las instituciones deportivas y culturales gaelicas, recuperando así una identidad nacional compartida y unos lazos sociales generados en estos espacios comunes, algo diferente al ejemplo planteado por Ealham pero relevante en un contexto de ocupación imperialista. Son los jóvenes que practican estos deportes, forman parte de los grupos de «boys scouts» republicanos o acuden a clases de gaelico, quienes conformarán las estructuras que plantarán cara a los ingleses durante más de 70 años.
Pero cómo compaginar este planteamiento con las urgencias presentes. No podemos decirles a nuestras hermanas palestinas que eviten ser extinguidas que aún estamos reconstruyendo nuestras comunidades de lucha. Hay batallas que hay que librar aquí y ahora, por ello, debemos intentar afrontarlas de la manera más efectiva con las herramientas presentes y, sobre todo, aunque suframos derrotas, que el camino recorrido nos coloque en una posición más favorable de cara a la próxima pelea.
Es complicado decir algo sobre Palestina que no se haya dicho ya. Es complicado reflejar por escrito la impotencia, rabia, dolor, odio y pena, que nos ha desolado y sigue desolando en estos casi 800 días de ofensiva. Es complicado dejar de sentirse uno cómplice con lo ocurrido, pues por muchos panfletos repartidos, manifestaciones, boicots individuales, etc., el sentimiento de que algo más se puede hacer está siempre presente. Pero qué ha fallado, qué ha ocurrido para que no se haya producido la reacción necesaria para poner contra las cuerdas al ente sionista y a sus cómplices.
Son múltiples los análisis ya presentes y, desde aquí no tenemos la capacidad para realizar una contribución realmente diferencial. Pero, reflexionando sobre la lucha en nuestro ámbito local, esperamos que estos apuntes pueden ser de utilidad teniendo presentes los dos ejes que han estado presentes en dicho texto hasta ahora, el fortalecimiento de nuestras comunidades y las victorias frente a nuestros enemigos. Casi nada.
Los resultados más relevantes se han producido cuando se ha delimitado un objetivo concreto y, aunque difícil, viable. En muchas ocasiones las manifestaciones o acciones de protesta suponían un canto difuso contra lo que estaba teniendo lugar, sin un aterrizaje local, pero, cuando ha existido un fin específico, por ejemplo, el que no deba celebrarse la Vuelta ciclista mientras siga siendo cómplice de la campaña de normalización del ente sionista, se han conseguido victorias, esto ha hecho activar redes locales de militantes por todo el Estado y empoderarlas en base a la posibilidad de conseguir un impacto palpable, aquí y ahora. La campaña contra la Vuelta ha tenido una repercusión internacional relevante, extendiendo una práctica de boicot a los satélites deportivos sionistas, una pequeña alegría en este páramo, algo muy importante, pues estas alegrías son gasolina para siguientes retos.
Al igual que se planteó este objetivo, cabe la posibilidad de fijar otros en el dominio local que puedan ser asumidos no sólo por las redes de activistas ya existentes por esta cuestión sino por múltiples personas simpatizantes y organizaciones de otra naturaleza. En nuestros barrios y entornos, por ejemplo, hay entidades accesibles y cercanas asociadas al régimen israelí, ya fuera porque se encuentran presentes en territorios ocupados, como la conocida cadena de supermercados francesa, o porque autorizan la venta de armamento que será usado contra la población palestina. ¿Os imagináis a un número relevante de las personas que han acudido a las masivas manifestaciones bloqueando la entrada de clientes en los supermercados que andan desperdigados por nuestros barrios? Debemos romper la inercia de nuestros rituales de protesta, poner en práctica formas de conflicto directo que supongan la apertura de brechas en el escenario de la normalidad democrática donde tan bien suelen encajar nuestras manifestaciones.
Por otro lado, en este tiempo, se ha centralizado la iniciativa en las mismas organizaciones y espacios de lucha, la mayoría preexistentes antes de octubre de 2023, y, sin desmerecer todo el trabajo realizado, todo el contrario, han conseguido mantener el pulso en la calle durante todo este tiempo, la mayoría de personas hemos tenido un papel más pasivo, respondiendo a las convocatorias que nos llegaban por parte de estos grupos, y que, en las ciudades grandes, se han concentrado en sus centros turísticos y comerciales. No hemos conseguido esparcir por todo el territorio nacional, barrios y pueblos, estructuras más pegadas a lo local que pudieran desarrollar un trabajo de propaganda, denuncia y disputa, que pudieran haber posibilitado el contacto, encuentro y establecimiento de redes que desbordaran también a otras problemáticas.
El fijar objetivos concretos que nos permitieran conseguir pequeñas victorias que al ir escalándolas nos hubieran posibilitado hacer avanzar el conflicto con el Estado y el Capital cómplice con el régimen sionista, y, además, el establecimiento de comités locales que recogieran la indignación popular presente en tantas manifestaciones y acciones, son dos pequeñas aportaciones que, de forma escueta, realizamos en estas páginas.
Para terminar, Palestina ha sido un laboratorio de pruebas para conocer el límite de las dinámicas imperialistas y prácticas de exterminio, y, una vez comprobado que no existe límite alguno, lo sucedido durante estos primeros días del año en Venezuela no es más que los primeros metros recorridos por parte de una maquinaria bestial que, ante la crítica situación planetaria, está dispuesta a sacrificarnos a todas con tal de salvarse a sí misma. Por ello, en esta lucha por la vida, como nos señala el libro reseñado, recuperemos una celebración radical del nosotros, reconstruyamos comunidades de lucha por la impugnación total. Aún está todo por hacer.
En el verano de 2021, mientras una nueva chispa de dignidad encendía las calles de Palestina, tomé una decisión. Marqué el número de MohammadBakri. «Necesitamos ver Jenin, Jenin aquí, en Beit Sahour», le dije. Mi ciudad, otrora símbolo de resistencia pacífica, navegaba entonces un letargo político profundo. Su respuesta no fue la de un artista distante, sino la de un compañero de ruta: «Vamos». No era una invitación a proyectar un documental, era una convocatoria para ejercer la memoria como acto de presencia.
Proyectar Jenin, Jenin en cualquier parte nunca fue un acto inocente. La película, filmada entre los escombros humeantes de la masacre de 2002, era y es un artefacto de verdad explosiva. Por ella, Bakri fue sometido a un acoso judicial sistemático por parte del Estado de Israel, que lo demandó por «difamación». Durante años, convirtió los tribunales en una extensión de su activismo, defendiendo con terquedad serena el derecho de las víctimas a contar su historia. Aquella lucha no era solo suya, era la de todo un pueblo por no ser borrado del relato. Invitarlo era invitar a esa sombra larga de valor y controversia.
Tras la proyección en un café cultural, intenté cederle el escenario. Me miró, con un cigarrillo entre los dedos –siempre tenía uno–, y sacudió la cabeza. «¿Por qué yo solo? Levantaos todos. Somos una sola familia». Rechazó el monólogo. Prefirió una mesa al aire libre, rodeada de sillas desordenadas, cafés, cervezas y el humo constante de sus cigarrillos. Allí, entre historias y debates, el símbolo se disolvió. En su lugar apareció el hombre: curioso, atento, con una risa gruesa que acortaba distancias. Nos dio una lección magistral sin dar un discurso: la comunidad creativa es una familia, no un panteón de estrellas solitarias.
Fotograma de Jenin, Jenin (2003), de Mohammad Bakri.
Bakri era, en todos los sentidos, el padrino. Su legado más íntimo florecía en su propio hogar, donde crió a una nueva generación de artistas —actores y cineastas— que heredaron no solo su talento, sino su compromiso inquebrantable con la narración palestina. Su vida familiar y profesional eran un único tejido: la construcción de una identidad resiliente y profundamente humana desde el corazón del conflicto. Desde su papeles icónicos en Hannah K. (1983) y en Invitación de boda (Wajib) (2017), hasta su dirección en Jenin, Jenin, su carrera fue un mapa de la complejidad palestina, negándose siempre al papel plano del mártir o el militante.
Un mes después, volvió a Beit Sahour para presentar otra película. Tras la proyección, la conversación derivó hacia el movimiento de presos políticos. Entonces, sin transición, él cambió. Su cuerpo se encogió, su voz se tornó un hilo tembloroso. Interpretó, durante menos de sesenta segundos, a una madre visitando a su hijo encarcelado: «Ve y llama a mi hijo. ¿Dónde está mi hijo?». Por aquel entonces había perdido tanto peso que costaba reconocerle.
El aire se quebró. Un llanto colectivo, crudo y catártico, nos envolvió. En ese instante, Bakri no actuaba. Encarnaba. Era un canal puro del dolor colectivo. Nos demostró que su mayor talento no era para la pantalla, sino para tocar el nervio más vivo de nuestra realidad.
Desde que supe de su partida, un bucle se repite en mi teléfono: su último mensaje de voz. Una voz ronca por el tabaco, cargada de calidez y una curiosidad infinita: «Es bonita Granada. Yo estuve allí una vez… Avísame cuando vuelvas, que te echo mucho de menos. Y si puedo, iré yo a Granada». Era la promesa de un padre de que seguiría construyendo puentes, manteniendo viva la charla. Un hombre con las raíces profundamente clavadas en la tierra de Palestina, pero con la mirada siempre puesta en el horizonte, en el próximo encuentro, en la siguiente historia por contar.
Mohammad Bakri ha dejado un vacío de arquitecto. No solo el artista ha muerto, ha muerto el padre que protegía el relato, el testigo que se plantaba ante los tribunales, el hombre que convertía una mesa de café en un santuario de pertenencia. Pero su legado es indestructible. Vive en la mirada de una nueva generación de artistas, en su familia, en el valor de cada joven que levanta una cámara en Gaza o Yenín, y en el compromiso de quienes, desde la diáspora, seguimos contando. Nos enseñó que la patria no es solo un lugar, sino el espacio que creamos cuando nos sentamos, como familia, a compartir el peso de la memoria y el humo de un cigarrillo. Su lucha terminó. La nuestra, la que nos encomendó, acaba de recibir su lección más dolorosa y bella.
Decir que 2025 fue el año del alto el fuego en Gaza sería bastante impreciso. Efectivamente, el pasado mes de octubre se firmó en Egipto, con el patrocinio de Donald Trump y la presencia de una veintena de líderes internacionales, algo llamado «plan de paz» que no ha detenido el genocidio en la Franja. Según el Ministerio de Sanidad de Gaza, más de 410 personas han sido asesinadas por Israel desde que se rubricó aquel pacto que tantos palestinos, desde el primer momento y con enorme realismo y exactitud, calificaron de «farsa».
La cifra oficial de muertos desde que Benjamín Netanyahu desató su operación de represalia tras los atentados islamistas del 7 de octubre de 2023 supera los 71.000. Pero en Gaza no queda nada en pie, la destrucción del territorio es total y bajo los escombros permanece oculta la verdadera dimensión del genocidio: según la relatora de la ONU para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, la cifra real podría ser 10 veces mayor. Según académicos y científicos, el balance podría rondar los 680.000 muertos.
Por poner estas cifras en contexto, Netanyahu ha reproducido en Gaza unas 225 veces los atentados del 11-S en Nueva York. Según el profesor Paul Rogers, de la Universidad de Bradford (Reino Unido), la dimensión de los ataques supera al bombardeo de Dresde, uno de los más devastadores de la Segunda Guerra Mundial, y sería, aproximadamente, el equivalente a «seis bombas atómicas como la de Hiroshima». Trump, sin asomo de pudor, escribió un nuevo capítulo en la historia universal de la infamia cuando felicitó a Netanyahu por los muertos, los mutilados, los desplazados y el arrasamiento de la Franja:
«Bibi me llamaba muy a menudo. ¿Puedes conseguirme esta arma? ¿Esta otra? ¿Y esta otra? De algunas de ellas nunca había oído hablar. Bibi y yo las fabricamos. Pero las conseguimos, ¿no? Y son las mejores. Son las mejores. Pero tú las has usado bien. También se necesitan personas que sepan usarlas, y tú claramente las has usado muy bien»
Este dúo exterminador se reunió, nuevamente, en Mar-a-Lago, la residencia de lujo de Trump en Florida. La excusa para el encuentro, oficialmente, era impulsar «la segunda fase del alto el fuego» en Gaza. La expresión, como viene siendo habitual cuando Israel entra en juego, es un eufemismo. Netanyahu ni siquiera ha cumplido la primera fase, que hacía referencia al alto el fuego inmediato (ha seguido matando gazatíes a discreción) y a la entrada de ayuda humanitaria (que ha llegado con cuentagotas, de forma insuficiente para paliar mínimamente las necesidades de una población destrozada por los bombardeos, el hambre y las inundaciones). A Trump eso no le importa: «No me preocupa nada de lo que esté haciendo Israel», aseguró. «Han cumplido el plan». Y con esa patada a la realidad dio el tema por zanjado.
Del encuentro entre ambos no salió ningún compromiso en firme sobre Gaza. Trump se limitó a lanzar sus habituales amenazas («si Hamás no se desarma se enfrentará a algo malo, muy malo», dijo) y Netanyahu agradeció «la amistad y el apoyo» del mandatario estadounidense («desde el fondo de mi corazón», detalló).
El primer ministro israelí, que visitó a Trump por quinta vez en 10 meses, contaba con convencer a presidente estadounidense para seguir ampliando el conflicto en Oriente Próximo. Al genocidio de Gaza hay que sumar los continuos ataques sobre Cisjordaniay las incursiones en Líbano y Siria. Pero no es suficiente: Netanyahu acaricia la idea de volver a atacar Irán. Apenas seis meses después de los bombardeos con los que Israel eliminó a la cúpula militar iraní y a sus principales científicos nucleares, tanto desde Tel Aviv como desde Washington se agita otra vez la bandera del terror atómico. Todo esto a pesar de que Trump afirmó en junio que las instalaciones nucleares iraníes habían sido «totalmente destruidas» y que sugerir cualquier otra cosa era «una fake new». Ahora ya no está tan seguro (o finge no estarlo) y afirma que si Irán está volviendo a acumular armas la respuesta estadounidense «podría ser más potente que la última vez».
En resumen, cualquier cosa que digan o que firmen Netanyahu o Trump es papel mojado. Todo responde a un cálculo personal: en el caso del israelí, para seguir eludiendo la acción de la justicia, ante la que debe comparecer acusado de corrupción (de hecho, ya ha pedido el indulto para sí mismo); en el caso del estadounidense, porque, como empresario inmobiliario que es, ha visto un filón en la promoción de la guerra. Para la Franja de Gaza ha soñado un megaresort turístico al que ha bautizado como «la Riviera de Oriente Medio».
Ciudad de Gaza vista desde un puesto militar israelí en el barrio de Shujaiya. NIR ELIAS / REUTERS
La guerra es un negocio formidable. Según Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, su país había aprobado 12.000 millones de dólares en ventas militares a Israel desde que Trump asumió el cargo el pasado mes de enero. Y desde que empezó el genocidio, Washington ha dado 21.700 millones de dólares en ayuda militar a Israel, según el último informe de Costs of War, de la Universidad de Brown. Nada de lo que ha ocurrido en Gaza hubiera sido posible sin la participación de Estados Unidos. Las razones por las que Trump pide para sí mismo el premio Nobel de la Paz son un misterio insondable.
Este mismo mes de diciembre, 12 organizaciones israelíes dedicadas a la defensa de los derechos humanos publicaron un informe conjunto en el que afirmaban que 2025 ha sido el año más mortífero y destructivo para el pueblo palestino. Se han disparado las muertes (incluidas las producidas por inanición), se ha producido una expansión de las políticas de desplazamiento de la población y se ha normalizado la violación de los derechos humanos.
Dos dramáticas imágenes han marcado este año: la de los menores famélicos y las de las colas del hambre. Ambas responden a una estrategia israelí, que ha usado el hambre como arma de guerra. Cuando las masas desesperadas se aproximaban a los camiones de ayuda humanitaria, los soldados israelíes disparaban sobre ellas. «Lo que antes eran prácticas extremas se ha convertido en la norma», afirman las ONG.
El informe indica también que el número de desplazados en Gaza alcanzó los 1,9 millones, el 90% de la población, que sufre el colapso de infraestructuras esenciales que afectan al agua, la electricidad, la atención médica y la agricultura.
Nada de esto puede ser reportado por la prensa internacional, ya que Israel (llamada por sus incondicionales «la única democracia de Oriente Medio») mantiene el bloqueo total sobre la Franja. Su intento de apagón informativo, sin embargo, no ha sido exitoso debido a la labor de las y los periodistas gazatíes. Su compromiso profesional ha tenido un altísimo coste para ellos.
Albanese, la relatora de la ONU, señala que Israel ha asesinado a más periodistas que la suma total de reporteros que murieron en la Primera y Segunda Guerra Mundial y los conflictos de Vietnam, Yugoslavia y Afganistán. Además, el castigo por informar desde Gaza no se limita a los reporteros sino que se amplía a sus familias. Según el Sindicato de Periodistas de Palestina, Israel ha asesinado a 706 familiares de periodistas desde que empezó la llamada «guerra de Gaza», terminología falaz acuñada por Washington y Tel Aviv y aceptada acríticamente por la mayoría de medios de comunicación.
A simple vista podría pensarse que el afán de Israel por matar al mensajero responde al deseo de ocultar sus crímenes. No es así. Hace tiempo que dejó atrás esa cautela. Lo hace porque puede, porque no se somete a ninguna forma de derecho internacional y proclama con orgullo su impunidad. Mientras, los gobiernos de Occidente aplauden o miran para otro lado.
Este artículo se publicó originalmente en #LaMarea108, cuyo dossier principal está dedicado al Sáhara Occidental. Puedes descargarte gratuitamente la revista aquí o suscribirte para recibirla y seguir apoyando el periodismo independiente.
Hay temas de los que nos desentendemos. Son demasiado lejanos en el espacio como para creer que nos incumban –eso pensamos–. O están demasiado difuminados en el horizonte del tiempo como para que nos alcancen o nos fijemos en ellos –eso si nos acordamos de ellos. La cuestión colonial es sin duda uno de estos temas poco pensados y sobre todo poco aplicados cuando se trata de explicar la geopolítica actual, especialmente en lo que se refiere a dos conflictos tan distintos como la ocupación marroquí del Sáhara Occidental o el genocidio actual en Gaza. Sin embargo tienen en común lo que el pensador martiniqués Aimé Césaire llamó en sus Discursos sobre el colonialismo (1955) una «salvajización» donde se impone un modo de ver el mundo que no sólo es ciego o intolerante ante lo que es distinto, sino que, desde una supuesta superioridad, desencadena una serie de desgarros y destrucciones a todos los niveles de los que luego se desentiende.
¿Qué es lo colonial?, ¿qué es la colonización?, ¿y qué es lo colonizado? Lo colonial alude inicialmente al verbo latino colere, que significa cultivar, de ahí el término colono (el que cultiva su tierra y su lugar), que pasó a denominar al que se apropia de tierras lejanas (y que piensa desocupadas, como si sus moradores no fueran nadie) y las cultiva. También colere se empleaba para hablar del cultivo de las almas a través de las virtudes o del saber (colere uirt?tem, art?s), de ahí los derivados «cultura» y «culto» que asocian el cultivo con la civilización, pero la palabra colonización y colonial quiebran esta relación aunque se escondan tras ella. Podemos comenzar por ponernos de acuerdo con lo que la colonización no es. Como sostiene Césaire no es «ni evangelización, ni empresa filantrópica, ni voluntad de hacer retroceder las fronteras de la ignorancia, de la enfermedad o de la tiranía, ni propagación de Dios, ni difusión del Derecho». Es poder, abuso, extracción, deshumanización, muerte y negación. Lo colonizado es lo desposeído, lo tratado como inferior, lo que no tiene derechos, lo salvaje. Pero no, lo salvaje es lo colonizador que arrasa con toda cultura y civilización. No hay virtud alguna en lo colonizador. No es mejor. Cosifica a las personas, desintegra culturas, roba tierras y aniquila posibilidades.
La lógica colonial es la lógica del avasallamiento, de la muerte y de la negación de los derechos de los otros sobre su propia tierra, de la que son desposeídos al mismo tiempo que son «poseídos» por un sentimiento de inferioridad. Es la lógica de la negación de la civilización porque deshumaniza a otros pueblos y a otras culturas, a otros modos de ser, de creer, de vivir, y puede por ello acabar con ellos amparados en la creencia de que están en su derecho. La lógica colonial es otra perspectiva para entender el mal: la relacionada con los que están convencidos de que pueden ocupar, sin posibilidad de reconocimiento de la alteridad, la tierra de otros, desposeerles de su hogar y desahuciarles de la vida. Es la lógica de la escuadra y el cartabón, de los autodenominados «civilizados» de la historia, del reparto en el que no hay parte ni nada se comparte para los pueblos que cultivaron y habitaron la tierra que se disputa. De las no superadas épocas del colonialismo occidental y de la inercia de sus modos derivan muchos de los conflictos irresueltos de hoy. Los mismos a los que Occidente (Europa, Estados Unidos) trata como si fueran (¿ya?) un problema de otros. Los países atravesados por la lógica colonial, como indicó Frantz Fanon, suelen ser racistas, de modo que el lastre de esta lógica lleva el germen, a veces escondido y negado, de sociedades que consideran que hay colectivos inferiores a otros, migrantes que no tienen derecho estar en el país de acogida.
La ocupación del llamado «Sáhara español» por parte de Marruecos comenzó en 1975 tras la Marcha Verde. Esta colonia española fue considerada incluso provincia española (1958-1975). La creación del Estado de Israel sobre territorio palestino se llevó a cabo en 1948 con el precedente de la Declaración Balfour (1917), donde países occidentales –como Reino Unido con respaldo de Estados Unidos– reconocían el derecho del pueblo judío a ocupar la que fuera la Antigua Tierra de Israel. De este modo, cuando el último de los soldados británicos abandonó Palestina tras el final del mandato británico en la región, se declaró en Tel Aviv el nacimiento del nuevo Estado. De nuevo las políticas de Occidente fueron las que hicieron un reparto de la tierra independientemente de quién morara en ellas. Este conflicto no sólo no ha sido solucionado sino que ha escalado hasta la barbarie. No voy a entrar en lo polémico de estas decisiones dada la extrema complejidad que entraña, pero sí me interesa señalar cómo muchos de los conflictos actuales están directamente relacionados con la lógica colonial y con los problemas derivados de la forma en que las naciones occidentales se han desentendido de ellos. El desentendido no es aquel que no entiende, sino aquel que finge no saber lo que sucede, que dice ignorar su implicación con algo o deja de ocuparse de aquello que de alguna forma es cosa suya. Si entender requiere un dirigirse hacia dentro de algo para poder comprenderlo, como indica su raíz latina intendere, el desentender supone el movimiento contrario, el de alejarse, pero dada su implicación en el asunto, es un alejarse que al tratar de borrar sus huellas hace más difícil comprender los orígenes del conflicto, sus lógicas y, por tanto, acertar en el análisis para plantear soluciones.
Habría que recordar a la luz de esta perspectiva aquello que dijera también Césaire: «Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que su funcionamiento suscita es una civilización decadente. Una civilización que decide cerrar los ojos a sus problemas cruciales es una civilización enferma. Una civilización que escamotea sus principios es una civilización moribunda». Quizá por ello, aunque suponga un fuerte ejercicio de autocrítica, sea preciso comenzar a entender cómo en Occidente tenemos cerca, espacial y temporalmente, el daño que afecta a «los condenados de la tierra», por recordar un título de Fanon, pero no para mortificarse, sino para comenzar a dar respuesta ante lo que sucede teniendo claros los factores que intervienen y dejar de apoyar, justificar o mirar hacia otro lado ante las acciones ejecutadas por aquellas naciones que siguen funcionando con el poder colonial que siempre ha conducido al dolor, al sufrimiento y a la muerte.
Esta es la tragedia del siglo XXI: la consolidación e interiorización silenciosa de una estructura de corte fascista donde afirmar la existencia pasa por negar los derechos del otro y destruirlo. No se olvide que, como indicó Hannah Arendt, colonialismo, imperialismo y fascismo van de la mano.
En julio de 2025, el Gobierno británico declaró «organización terrorista» e ilegalizó Palestine Action, un grupo que ha llevado a cabo diversas acciones directas (sin causar daños personales) contra la industria armamentística que suministra armas al ejército de Israel. Actualmente, hay 33 presas preventivas vinculadas a acciones de Palestine Action, consistentes en entrar en una fábrica de armas o en una base aérea y vandalizar con pintura las instalaciones. Y de estas 33, ocho se encuentran en huelga de hambre, algunas desde hace cincuenta días.
La acción comenzó como protesta por restricciones a la comunicación postal, llamadas y visitas, y los activistas exigen el cierre de todas las empresas del sector militar vinculadas con el régimen de Israel, la revocación de la ilegalización de Palestine Action y la libertad bajo fianza de los presos. Se trata de la mayor huelga de hambre coordinada en prisiones británicas desde la organizada por presos del IRA en 1981.
La salud de las presas peligra seriamente. Kamran Ahmed, de 28 años, lleva 44 días sin ingerir alimentos; Amy Gardiner-Gibson, conocida como ‘Amu Gib’, de 30 años, ha superado ya los 50 días de huelga; en idéntico sentido, Qesser Zuhrah, de 20 años, también lleva más de 50 días de huelga. Las tres se encuentran hospitalizadas y sus vidas corren peligro. En una entrevista publicada el 21 de diciembre por The Daily Telegraph, Ahmed aseguró desde su celda que “vale la pena” arriesgar la vida si ello contribuye a “rebajar la opresión en el extranjero”. “Sí. Tengo miedo de morir. Sí. Creo que esto podría tener secuelas para el resto de mi vida, pero veo riesgo-beneficio y creo que merece la pena”, declaró.
Desde que se ilegalizó Palestine Action, más de 2.500 personas han sido detenidas por visibilizar su apoyo al colectivo y/o a las presas en huelga de hambre, ya sea con pancartas o camisetas. El caso más reciente ha sido el de Greta Thunberg, detenida el 23 de diciembre por sentarse en la calle con una pancarta que leía «Apoyo a los presos de Palestine Action. Me opongo al genocidio«.
Los medios de comunicación mainstream británicos están tratando de ignorarla, pero en Reino Unido se está llevando a cabo la mayor huelga de hambre coordinada desde 1982, cuando los presos republicanos irlandeses se negaron a comer para hacer valer sus reivindicaciones.
Seis son las personas detenidas y en prisión preventiva que se encuentran actualmente en huelga de hambre en Gran Bretaña. Son activistas del grupo Palestine Action, clasificado como “organización terrorista” por el gobierno británico en julio de 2025, después de que varios de ellos allanasen una base aérea en Oxfordshire y vandalizasen una fábrica, cerca de Bristol, de Elbit Systems, uno de los mayores fabricantes de armas israelí. Acerca de la clasificación como organización terrorista, varios grupos de derechos humanos internacionales y Naciones Unidas ya lo han considerado como “desproporcionado”.
A los activistas detenidos, algunos de los cuales llevan ya 50 días sin comer —dos han tenido que ser hospitalizados en las últimas horas y dos más tuvieron que abandonar la protesta por motivos severos de salud— se les acusa de daños criminales, robo y disturbios violentos. Si bien el sistema de prisión preventiva británico prevé una pena de seis meses, si nada cambia, para cuando se lleve a cabo el juicio de estos activistas, habrán pasado más de un año en prisión preventiva. Desde que Palestine Action fuera declarada organización terrorista, la policía británica ha arrestado a más de 1.600 personas relacionadas con el grupo.
Más de 50 días de huelga de hambre y unas demandas claras
Esta es la manera que estos ocho detenidos, activistas de Palestina Action, han decidido protestar por su detención y por los cargos que se les imputan. Desde Palestine Action se asegura que los detenidos están sometidos a restricciones comunicativas y a interferencias por parte de las administraciones penitenciarias: “La censura dentro de las prisiones es una herramienta de control utilizada para castigar la resistencia. Las cartas, las llamadas telefónicas, las declaraciones políticas, los libros y cualquier otra forma de expresión deben ser respetadas”, se puede leer en su web.
También se exige la liberación de las personas presas hasta que se produzca el juicio y que este sea justo. Un juicio que, según dicen, “no podrá realizarse hasta que se publiquen íntegramente todos los documentos relevantes de nuestros casos. Esto incluye todas las reuniones entre funcionarios estatales británicos e israelíes, la policía británica, el fiscal general, representantes de Elbit Systems y cualquier otra persona involucrada en la coordinación de la continua caza de brujas contra activistas y activistas”. El grupo ha pedido que se publiquen todos los registros gubernamentales de todas las exportaciones de Elbit Systems UK de los últimos cinco años. “Tenemos derecho a saber qué armas se fabrican y exportan desde el Reino Unido, especialmente cuando se utilizan para cometer genocidio”, destacan. Una de las demandas con más peso es la retirada de todos los cargos que relacionan a los activistas con el terrorismo y que se saque a la organización de la lista de grupos terroristas, porque “la acción directa no es terrorismo”, insisten desde la organización.
Por último, Palestine Action pone en el punto de mira en sus demandas a la filial británica de Elbit Systems, el mayor fabricante de armas de Israel. Según cuentan ellos mismos, desde 2012, Elbit ha obtenido 25 contratos públicos en el Reino Unido por un total de más de 355 millones de libras. A pesar del genocidio iniciado el 7 de octubre de 2023 y de saberse que esas armas se usan en Gaza contra la población Palestina, el Ministerio de Defensa británico tiene intención de continuar firmando contratos con la empresa mencionada. A este respecto, la organización pide que se rescindan los contratos con Elbit y que se deje de usar “el dinero de los contribuyentes para financiar la maquinaria genocida”, además del cierre de todas las instalaciones de Elbit Systems en el Reino Unido.
En peligro el derecho a la protesta
En el Reino Unido, las manifestaciones contra el genocidio en Gaza han sido, como también ha sucedido en otras capitales europeas, masivas. Las marchas para exigir el embargo de armas israelíes y el fin de las relaciones con Israel han tomado Londres y otras ciudades británicas en diferentes ocasiones a lo largo de estos más de dos años de campaña genocida de Israel en Gaza.
Si bien el pasado 21 de septiembre, en una declaración coordinada, el Reino Unido, Canadá y Australia reconocían oficialmente a Palestina, en el caso del primero, la represión contra la ciudadanía que defiende la causa ha sido titular en los medios de comunicación en varias ocasiones. La consideración de Palestine Action como grupo terrorista no solo afecta a la protesta contra el genocidio, destacan juristas y sindicalistas, sino que interfieren en el derecho a la protesta pacífica.
“La prohibición de Acción Palestina en el Reino Unido confunde la libertad de expresión con actos de terrorismo”, aseguró el pasado 25 de julio el Alto Comisionado para los Derechos Humanos, Volker Türk, quien instó a las autoridades del país a revocar la decisión.
El Reino Unido prohibió Palestine Action bajo la Ley de Terrorismo del año 2000. Según esto, ser miembro de la organización o expresar apoyo de manera pública puede ocasionar sanciones penales, incluyendo multas y penas de prisión de hasta 14 años. En aquel momento Türk advirtió que la decisión le parecía “desproporcionada”, “innecesaria” e “inadmisible” y que contravenía “las obligaciones internacionales del Reino Unido en materia de derechos humanos”.
También en Alemania se está produciendo una situación similar: el pasado 8 de septiembre, cinco personas entraron en las instalaciones de Elbit Systems en la ciudad de Ulm, en el sur del país. La acción no violenta consistió en grabar una una serie de vídeos a rostro descubierto con varias demandas. La principal era el cierre de la fábrica de Elbit Systems en Ulm.
Los activistas, de diferentes nacionalidades —irlandesa, británica, alemana y argentino-española— fueron detenidos el mismo día y no opusieron resistencia. Desde entonces permanecen encerrados en prisión preventiva y han denunciado abusos y denegación de derechos, como la obligación de permanecer sólo con ropa interior, la ausencia de abogados durante los interrogatorios o incluso la imposibilidad de reunirse con ellos. También vienen denunciando condiciones de aislamiento, trato inadecuado y una estricta vigilancia de sus comunicaciones, entre otros.