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AnteayerSalida Principal

La niña Lila (o cómo Gaza se debate entre la vida y la muerte)

28 Julio 2026 at 16:32

Poco más de un mes de vida, transcurrida entre las paredes de un hospital desbordado sin apenas medios materiales ni humanos, y conectada a un tubo para poder recibir alimentos. Desde que nació, la niña palestina Lila Albhaisi ha sufrido infección pulmonar, bloqueo esofágico y niveles altos de amoníaco en sangre, y no puede recibir el pecho de su madre como cualquier recién nacido. Un cuadro clínico grave que requiere de una atención médica pediátrica especializada urgente a la que ahora mismo no puede acceder, según relatan fuentes médicas que han evaluado y hacen seguimiento a su caso. Israel, mientras tanto, bloquea y limita la entrada de materiales médicos como el endoscopio que necesitaría para sobrevivir. Su familia se mantiene en vilo mientras observa impotente cómo la pequeña podría fallecer en cualquier momento, esperando un tratamiento que no llega. Así es el padecimiento de tantas y tantas personas enfermas en la Franja de Gaza.

Lila se encuentra en el Hospital Al-Aqsa, en Deir al-Balah, 14 kilómetros al sur de la ciudad de Gaza. Desde allí, su padre ha gestionado todos los trámites pertinentes para solicitar su traslado urgente a otro centro médico fuera del país donde pueda ser atendida correctamente. Del traslado tiene que hacerse cargo la Organización Mundial de la Salud (OMS), previo requerimiento a las autoridades israelíes del organismo militar Coordinador de Actividades Gubernamentales en los Territorios (COGAT), que deben aprobar la evacuación de los pacientes. Sin embargo, actualmente, los allegados de Lila todavía no han obtenido respuesta a pesar de la gravedad de su estado, al límite.

El pasado miércoles 22 de junio se concentraron durante varios días frente a la sede de la OMS en Deir al-Balah junto a otros enfermos a la espera de evacuación para exigir información y reclamar que se agilicen los procedimientos, pues hay vidas en juego. Denuncian la inoperancia y la opacidad de esta organización, que ignora sus demandas en medio de la desesperación. “Uno no sabe ni cuándo ni cómo va a salir, ni si va a salir. Hay gente esperando dos años, y la gente está muriendo sin poder recibir tratamiento médico fuera”, cuenta Issam, tío abuelo de Lila. 

Familiares de Lila se concentran frente a la sede de la OMS en Deir al-Balah. Foto remitida por su familia a La Marea.

La situación en la región es devastadora. La crisis humanitaria derivada de la guerra y de las restricciones impuestas por Israel golpea especialmente a los menores de edad, sobre todo a la población infantil, que carece de una adecuada atención sanitaria, nutrición, abastecimiento de agua potable y saneamiento. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), la escalada del conflicto y las limitaciones de movimiento podrían afectar a unos 134.000 niños y niñas. Durante los seis primeros meses de 2026, esta organización ha atendido a más de 11.000 recién nacidos pequeños o enfermos. Por su parte, un estudio publicado en The Lancet en 2025 revela que decenas de miles de niños y niñas en edad preescolar en la Franja de Gaza sufren desnutrición aguda, prevenible si se levantara el bloqueo a la entrada de alimentos, agua, medicamentos, combustible y otros artículos esenciales

La Marea ha intentado recabar, sin éxito, la versión de las oficinas de la OMS en Europa y el Mediterráneo Oriental, así como de la embajada de Israel en España.

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Al menos seis palestinos mueren en ataques israelíes en Gaza que quiebran la tregua respaldada por EE.UU.

20 Julio 2026 at 20:37

Al menos seis palestinos han muerto este lunes, 20 de julio, en ataques israelíes sobre la Franja de Gaza, en la última jornada de violencia que rompe el alto el fuego respaldado por Estados Unidos. La agencia de noticias palestina WAFA informó de que un ataque contra un hospital reconvertido en refugio para desplazados en el campo de Jabalia causó al menos dos fallecidos, y que otros bombardeos elevaron la cifra total a seis víctimas mortales, mientras continúan las operaciones militares israelíes en el enclave.

Violaciones del alto el fuego

Las fuerzas israelíes mantienen su presencia en el territorio palestino a pesar del acuerdo de cese de hostilidades alcanzado en mayo de 2026, que preveía el fin de las hostilidades y la retirada gradual de las tropas. Organizaciones humanitarias internacionales han denunciado en reiteradas ocasiones que la tregua se ha visto vulnerada por incursiones y ataques aéreos israelíes que han causado decenas de víctimas palestinas en las últimas semanas.

El Ejército israelí no ha emitido un comunicado oficial sobre los últimos incidentes, pero fuentes locales en Gaza indican que los bombardeos se han concentrado en el norte de la Franja, donde el campo de refugiados de Jabalia ha sido escenario recurrente de enfrentamientos y ataques. El hospital atacado, que albergaba a cientos de desplazados, ha quedado parcialmente destruido, según testigos citados por WAFA.

La comunidad internacional, mientras tanto, asiste con preocupación al deterioro de la situación sobre el terreno, mientras la ayuda humanitaria apenas logra entrar en el enclave debido al bloqueo y las restricciones de acceso impuestas por Israel.

Karim Kattan: el amor no triunfa sobre la ocupación, pero existe

8 Julio 2026 at 11:44

El escritor y académico palestino publica en castellano ‘El edén al alba’, un libro sobre deseo, amor, violencia y poder. "Que tenga una vida más larga que la vida de la destrucción", desea el autor.

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Palestinian Sound Archive: música contra el borrado de la cultura palestina

8 Julio 2026 at 09:16

“Preservar los recuerdos palestinos y todas sus formas artísticas, ya que eso significa mantener viva nuestra identidad cultural”. Esa es la máxima con la que el artista y músico Mo’min Swaitat creó Palestinian Sound Archive, un archivo con más de 10.000 discos que busca conservar la cultura palestina ante el borrado que está sufriendo por parte del Estado de Israel.

La idea, según cuenta a La Marea, surgió tras su vuelta de Londres a Palestina en 2020. Él se encontraba en la capital británica para estudiar mimo y teatro físico, pero en febrero de ese año regresó a su país para empezar un proyecto sobre Juliano Khamis, un actor y figura clave del teatro palestino que fue asesinado el 4 de abril de 2011. Los planes, obviamente, se trastocaron cuando llegó la pandemia y se cerraron las fronteras. Fue entonces cuando se convirtió en archivero.

Antes ya lo había sido, pero esta circunstancia hizo que lo tomara más en serio. “Empecé a pensar en mi amigo Tariq, que tenía una tienda de casetes a la que solía ir de niño en el campo de refugiados de Jenin, donde vivía la familia de mi madre. Me preguntaba si seguiría por allí y, de ser así, si aún conservaría alguna cinta”, explica tras su paso por la sala Clamores de Madrid el pasado junio.

Cuando consiguió localizarlo, Tariq lo llevó a la tienda para que viera su colección. “Sabía que había encontrado algo realmente especial”, cuenta Mo’min Swaitat. Y añade: “Muchos de los álbumes eran bandas sonoras de la Primera y la Segunda Intifada, los levantamientos que habían marcado (y siguen marcando) nuestras vidas como palestinos”.

Acabar con la memoria y la narrativa palestinas

Desde entonces, Mo’min Swaitat comenzó a coleccionar toda esa memoria cultural palestina para que no sea borrada. Porque, como comenta, tanto la identidad cultural como la comunicación palestinas han sido objeto de “ataques deliberados por parte de las organizaciones sionistas». «No solo en la Palestina histórica ocupada, sino también en el mundo occidental –prosigue–. Los israelíes han atacado el sistema nervioso palestino mediante la instauración del terrorismo en toda la sociedad. Algo que llevan haciendo más de 100 años”.

¿Y por qué hacerlo a través de la música? Porque proviene de una larga estirpe de músicos beduinos palestinos. “Toda la parte más hermosa de mis recuerdos personales y del archivo de mi infancia en Jenin proviene de asistir a conciertos y bodas con mi familia y mis parientes, ya que todos ellos son músicos. Recuerdo una grabación familiar en la que yo estaba presente cuando se hizo. Esa cinta me ayudó a desbloquear recuerdos que siempre me ha encantado volver a rememorar. Lo que yo llamo la parte bonita de mi archivo”, dice.

Aparte de esa, también tiene otra memoria y archivos que están llenos “de escenas miserables vividas bajo el yugo del Estado militar colonialista». «Es decir, llenos de asesinatos, detenciones, palizas y una libertad de elección y de movimiento limitada, por lo que no ha sido agradable recordar todo esto después de mudarme a Londres. Todo ello, ligado a mi infancia en Palestina, en Cisjordania, concretamente en el campo de Jenin”, cuenta.

Mantener viva la identidad palestina

Todos los pueblos deben tener derecho a acceder a sus recuerdos. A ellos y a todas las formas artísticas que mantienen viva su identidad cultural. Sin embargo, algo que parece tan obvio, a los palestinos se les está negando. Como denuncia Mo’min Swaitat, la violencia israelí, entre muchas otras facetas, ha atacado a la propiedad intelectual y a los derechos de autores de las obras de arte palestinas.

“Hay obras que fueron robadas por los israelíes y que se han ocultado bajo el título de ‘archivo militar israelí’. Los únicos que tienen acceso a ella son los artistas israelíes, que a menudo las exponen sin el consentimiento de los artistas originales, los artistas palestinos. Creo que preservar la narrativa palestina no es una contranarrativa, sino la narrativa original”, cuenta.

Y añade: “El sionismo ha intentado destruir nuestra identidad cultural, deteniendo y asesinando a artistas e impidiéndonos acceder a nuestra música, nuestro cine, nuestra fotografía, nuestra pintura y mucho más. Una de las cosas de vivir bajo un Estado colonial militarista es que ha habido una urgencia por comunicar nuestra lucha, nuestras vidas, nuestros sueños y esperanzas, nuestro dolor y nuestra alegría, nuestros amores y pérdidas, a través de la música y la palabra hablada, en bodas y funerales”. 

Un archivo palestino vivo

Junto a Mo’min Swaitat hay un pequeño equipo que se encarga de digitalizar toda la música. Una idea que busca no solo que esta esté disponible online, sino también crear “un archivo palestino vivo para que la gente pueda tener el objeto físico, los álbumes, en sus propios hogares”.

Un acercamiento que también sucede en sus conciertos. Como el que ofreció hace unos días en Madrid. Espectáculos y sesiones que, según explica, ayudan a la gente a comprender mejor la realidad de Palestina gracias a la música y al proyecto ligado al archivo: “Estamos dando a conocer este archivo en persona siempre que podemos, ya que sentimos la responsabilidad de contar nuestras propias historias”.

Y finaliza: “Mi sueño es llevar este archivo de vuelta a casa y crear nuestro propio espacio físico donde pueda perdurar, y donde los palestinos puedan acudir para interactuar con él y sumergirse en sus propios y hermosos recuerdos”.

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Eyal Weizman: “Israel emplea la arquitectura para continuar el genocidio”

1 Julio 2026 at 18:42

El arquitecto israelí Eyal Weizman (Haifa, 1970) se ha convertido en uno de los grandes investigadores de crímenes de guerra gracias a la metodología que ha desarrollado junto a su equipo en Forensic Architecture. Este grupo interdisciplinar radicado en Goldsmiths, Universidad de Londres, reúne a arquitectos, programadores, juristas y periodistas, entre otras disciplinas, para construir representaciones en 3D con imágenes satelitales, vídeos y fotografías, así como testimonios de testigos de graves vulneraciones de derechos humanos. Entre sus decenas de investigaciones destacan las que realizaron sobre los bombardeos sistemáticos en Siria contra hospitales por parte de las aviaciones rusa y siria, así como los ataques con armas químicas del régimen de Al Asad; la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, en México; el genocidio alemán en Namibia; así como numerosos trabajos sobre la ocupación israelí y el genocidio en curso en la Franja de Gaza, por el que forman parte de la causa presentada por Sudáfrica contra Israel en el Tribunal Internacional de Justicia.

En 2023, Weizman publicó A través de los muros (Errata Naturae), en el que abordaba cómo el Ejército israelí aplicó las teorías posmodernistas del urbanismo en su forma de hacer la guerra durante la Segunda Intifada, agujereando y atravesando los hogares de los civiles palestinos para evitar las zonas abiertas y convirtiéndolas en una red de pasadizos destinada a ahondar en el control y la ocupación. Tres años después publica Ungrounding, The Architecture of Genocide (Fern Press), un libro excepcional por su capacidad para revelar, de manera científica, humanista e histórica, cómo el genocidio de Gaza es un proceso que el sionismo ha ejecutado durante el último siglo a través del colonialismo por asentamiento y cómo Israel ha transformado el suelo, el subsuelo y el espacio aéreo para cumplir su objetivo final: expulsar al pueblo palestino de su tierra.

Penguin publicará este volumen en España en 2027. El libro, en palabras del escritor y profesor Tareq Baconi, “sienta los fundamentos de la arquitectura de la liberación”. Francesca Albanese ha dicho que “prueba que la descolonización no es revancha, sino una condición de justicia para la liberación de los palestinos e israelíes”. Ilan Pappé, por su parte, lo ha definido como “extraordinario”.

Weizman acaba de presentarlo en Barcelona, aprovechando su participación en el Congreso Internacional de Arquitectura, al que Forensic Architecture aporta, además, una instalación sobre el genocidio de Gaza. Buscando un poco de sosiego, la conversación con él transcurre en una de las escaleras de emergencia del ajetreado Centro de Convenciones Internacionales. Weizman tiene poco en común con la labor de la mayoría de los asistentes. Él se define como defensor de los derechos humanos. La arquitectura es su forma de hacerlo.

En Ungrounding explica y muestra –a través de las reconstrucciones en 3D que hacen en Forensic Architecture– cómo Israel está borrando de distintas formas las pruebas del genocidio y de la existencia misma de la vida en Gaza. Una de ellas resulta especialmente infame, incluso en el marco del peor de los crímenes, un genocidio: explica cómo el Ejército israelí está aplastando con buldóceres los escombros de los edificios destruidos, la vegetación, los cristales, los plásticos, todo, incluidos los restos de las más de 10.000 personas desaparecidas, hasta convertirlos en dunas de arena. Allí se suben los francotiradores y los tanques para atacar. También conforman campos cerrados de interrogatorios y detención, delimitan nuevas rutas y fronteras y, sobre todo, encierran a los 2 millones de palestinos que ya viven hacinados en un 30% de la Franja de Gaza. ¿Cuál es el objetivo de eliminar todo lo que había en Gaza cuando estamos viendo el genocidio en directo?

El genocidio siempre implica varias cosas: un crimen contra las personas, contra el territorio y contra las condiciones que permiten la vida, e implica también una violencia contra las pruebas que demuestran que han ejecutado ese genocidio. 

El genocidio israelí en Gaza es parte de una estructura histórica más amplia: el colonialismo por asentamiento. El colonialismo por asentamiento, ya sea el español en América Latina, el australiano  o el israelí en Palestina, tiene una lógica de eliminación de lo existente para imponer unos nuevos paisajes, estilos de arquitectura y de infraestructuras, una nueva botánica…

La eliminación de la población indígena no siempre ocurre con grandes masacres, como estamos viendo en Gaza. También puede llevarse a cabo durante décadas, incluso siglos, privándoles de las condiciones necesarias para la vida. Por eso este libro dedica mucha atención al suelo, porque es la condición de la vida indígena, la fuente de toda la agricultura, de los acuíferos. Y el colonialismo por asentamiento sionista y, después, el israelí han estado muy vinculados a la transformación del suelo de Palestina y a la ocupación de aquellos más fértiles, como la cuenca de Wadi Gaza. Al final de la Nakba, Israel expulsó a los agricultores de sus tierras, los desplazó al desierto y borró todas las pruebas de su presencia. El objetivo es que no tuvieran dónde volver, porque todos los pueblos indígenas desplazados intentan regresar a las tierras en las que se forjó su cultura, su identidad y donde tenían su sustento. 

Así que la creación de Israel sobre Palestina implicó la destrucción de todas las evidencias de la existencia palestina: demolieron los edificios, araron los campos en la dirección contraria a cómo lo hacían los palestinos, crearon fincas grandes en lugar de las pequeñas explotaciones familiares palestinas y crearon un nuevo espacio que los palestinos no pudieran reconocer como suyo para, en última instancia, que no pudieran reclamar su derecho al retorno.

De hecho, la Convención para la prevención y sanción del delito de genocidio incluye entre sus supuestos el sometimiento intencional de un grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial. Y su libro comienza y acaba explicando cómo en el último siglo Israel ha convertido el medio ambiente y la arquitectura en un arma para destruir las condiciones de vida. ¿Cómo lo está haciendo durante el genocidio? 

Hemos recopilado todas las órdenes de evacuación que Israel ha enviado en estos casi tres años. Cada vez que decían que iban bombardear un vecindario y ordenaban a sus habitantes a desplazarse en pocas horas a una supuesta zona de seguridad, les advertían de que si no cumplían la orden, perderían su condición de civiles. Se trata de una más del millón de manipulaciones legales que Israel está empleando para alegar que estaba intentando salvar vidas en el caso presentado por Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia. Al recoger todas las direcciones de los lugares a los que desplazaban a la población durante estos tres años, hemos comprobado que los han ido empujando al suroeste hasta encerrarlos en un campo de concentración situado justo donde acaba la zona fértil y comienzan las dunas de arena. Es decir, que siguen creando las condiciones para provocar la destrucción de los supervivientes. Esta cláusula arquitectónica de la convención es como si definiese el genocidio por desgaste, en el que los pueblos indígenas son asesinados lentamente a través del hambre, de las epidemias, de la pobreza intergeneracional, de la enfermedad…  El genocidio sigue en curso.


Cuanto más controla Israel el espacio aéreo, más ahonda en el subsuelo la resistencia palestina” 


Divide usted los capítulos de su libro en suelo, subsuelo y espacio aéreo. ¿Por qué es tan importante entender cómo Israel controla estos tres espacio para entender la ocupación y el genocidio?

Necesitamos desarrollar una concepción tridimensional del territorio. Un mapa muestra la superficie, pero debajo hay un paisaje subterráneo variado: arqueología, infraestructura, acuíferos… El espacio aéreo, incluso el de las ciudades palestinas, también está controlado por Israel. Por tanto, tenemos una arquitectura tridimensional que sí ha sido comprendida por los combatientes de la resistencia palestina. 

Los agricultores palestinos comprendieron la tridimensionalidad del terreno y fueron los que desarrollaron los túneles, que es la arquitectura de resistencia más extraordinaria. Estos agricultores aprendieron durante siglos a excavar pozos de más de 100 metros de profundidad porque sabían cómo excavar sin apenas oxígeno, a través de la arcilla, de la arena y la arenisca, y cómo reforzar las cavidades en el subsuelo. Cuando les expulsaron de sus tierras y quedaron recluidos en campos de refugiados en las dunas de arena, emplearon ese conocimiento ancestral para excavar túneles y estar en contacto con sus seres queridos, que habían sido desplazados a Egipto. Después, cuando Israel asfixió Gaza con el bloqueo, se convirtieron en vías de suministro para la Franja. Y, por supuesto, se establecieron también como medio de defensa. Cuando Israel cava búnkeres, los palestinos cavan túneles, que además no pueden ser volados tan fácilmente por la fuerza aérea israelí.

Ahora Israel ha declarado que ha destruido el 20% de los túneles. No tiene por qué ser cierto. Si dan ese porcentaje, probablemente sea menor. Pero sí han destruido el 80% del suelo de Gaza, así que debajo existe una matriz social que contiene la memoria de la relación con una superficie tan destruida que es irreconocible.

Hay una guerra tridimensional en la que cuanto más controla Israel el espacio aéreo, más ahonda en el subsuelo la resistencia palestina. 

El doctor Abu-Sittah relata su experiencia de la noche del ataque al hospital Al-Ahli de Gaza mientras un investigador de Forensic Architecture recorre la reconstrucción en 3D del complejo médico.

A menudo, la prensa occidental presenta a los colonos como un grupo radicalizado y fuera del control del Estado israelí. Pero como bien explica en su libro, los colonos son el pilar del Estado israelí desde su fundación, algo lógico si tenemos en cuenta que se trata de un proyecto colonial. ¿Cuál es el plan israelí para Gaza y qué papel juegan los colonos en él?

El objetivo de Israel con el genocidio no era matar a todos los palestinos, sino los suficientes para que el resto huyese a Egipto y cerrar las puertas de Palestina tras ellos. Pero Egipto mantuvo la frontera cerrada y lo que Israel persigue ahora es lo que llama la transferencia silenciosa o voluntaria por parte de los palestinos. Israel mantiene Gaza en unas condiciones tan difíciles para que los palestinos dejen de resistir, para que se marchen a cualquier país que les dé un visado y terminen por renunciar a su derecho al retorno. Y la arquitectura y la reconstrucción juegan un papel importante en el objetivo de la limpieza étnica. 

Ni el estúpido plan de Trump de la Riviera de Oriente Próximo, que nunca se va a desarrollar, ni el egipcio de construir viviendas de forma masiva tienen que ver con la reconstrucción, sino con el desplazamiento. Ambos son una vía para forzar a los palestinos a irse mientras, supuestamente, se levantan los edificios nuevos. Pero Israel nunca les permitiría regresar. Como dijo un ministro israelí, las fuerzas del mercado harán lo que el Ejército israelí no pudo hacer: la limpieza étnica total de los palestinos de la Franja de Gaza. Es decir, Israel emplea la arquitectura para continuar con el genocidio por otros medios. Pero el pueblo palestino tiene memoria de la Nakba, del 47 y del 48, de los años cincuenta, de los sesenta y de todas las campañas por medio de las cuales Israel ha intentando expulsarles. Por eso, tantos no se fueron de sus casas, y por eso, también, muchos siguen viviendo entre los escombros de las mismas.


Necesitamos luchar por la descolonización de Palestina”


A menudo pensamos que el envilecimiento de la mayor parte de la sociedad israelí, así como la deshumanización que ha desarrollado contra el pueblo palestino, son el resultado de los sistemas y políticas que han hecho posible casi 80 años de ocupación. Sin embargo, en su libro vemos que los patrones de odio y crueldad que nos horrorizan hoy ya los empleaban las milicias sionistas en los primeros años de ocupación. ¿Cómo podían emplear esa maldad desde el principio tras la experiencia tan reciente del Holocausto?

El colonialismo de asentamiento se basa en la deshumanización de los palestinos. La noción misma del Estado de Israel como un Estado judío significa que ese lugar es solo para los judíos y que todos los demás son solo visitantes –ya sean del pasado, del presente o del futuro– y que no serán concebidos como personas conectadas con ese territorio. Nunca han aceptado la relación de los palestinos con Palestina, ni su arquitectura o su agricultura como algo valioso. La deshumanización de los palestinos es total y opera en todos los ámbitos. Así podemos entender también por qué la deshumanización operó en la dirección contraria el 7 de octubre de 2023 y por qué surgió esa crueldad contra los civiles capturados en los kibutz. Aun así, me inspiraron mucho las relaciones humanas que se establecieron entre algunos secuestrados y los palestinos, los testimonios en los que israelíes contaban cómo compartían la comida, sus despedidas conmovedoras… No he visto que esto ocurra en el sistema penitenciario israelí, donde tantos palestinos son violados y mueren por las torturas.

Creo que esos momentos de humanidad y cuidado son los que hay que perseguir para que Palestina vuelva a ser un lugar respetuoso y democrático en el que todas las religiones convivan y tengan los mismos derechos. Y ninguna frontera va a lograr eso. Necesitamos luchar por la descolonización de Palestina y desmantelar el régimen de apartheid, que es el motor del colonialismo de asentamiento que busca que la tierra palestina sea transferida a los judíos. Hay que democratizar ese lugar a través del derecho al retorno.


Ningún poder fascista, racista o colonialista dura para siempre” 


Pero según varias encuestas, como la que realizó por el Penn State Institute y publicó el diario Haaretz, el 80% de los israelíes judíos encuestados apoya la limpieza étnica de Gaza. ¿Cómo se puede recuperar a una sociedad tan radicalizada en el odio?

Cuando un Estado se basa en la discriminación, en la supremacía judía, cuando todo el sistema educativo está orientado a la deshumanización, la deshistorización, la despolitización de la sociedad palestina, no puede sorprender que el 80% de los israelíes persiga la expulsión de los palestinos. Para desmantelar ese pensamiento hay que hacerlo en todos los ámbitos.

No sé cuándo ocurrirá la descolonización, puede venir por presiones externas o por la implosión de la sociedad por sus propias contradicciones. Los choques entre la extrema derecha y la derecha menos extrema están desgarrando la sociedad israelí. En Israel, apenas una quincena de parlamentarios apoya un Estado palestino con las fronteras de 1967 modificadas por acuerdo. Así que no hay nada en el sistema político actual que represente la posibilidad de un cambio real. Pero ningún poder fascista, racista o colonialista dura para siempre. No puedo saber cuándo llegará su fin, pero como investigador debo insistir en las conexiones a pequeña escala de humanización y de convivencia.  

¿Cómo está cambiando y dificultando el trabajo de Forensic Architecture este borrado del territorio que está llevando a cabo Israel durante el genocidio?

Israel no permite que los investigadores de derechos humanos entren en Gaza y ha asesinado a cientos de periodistas. Y aun así, los palestinos se arriesgan a grabar sabiendo que los soldados israelíes tienen la política de disparar contra cualquiera que les enfoque con una cámara. Lo hacen para que veamos lo que está ocurriendo. Así que tenemos el deber ético de examinar cada vídeo con mucho cuidado para ver dónde están, cómo se conecta con otros vídeos, con otros testimonios, con el flujo de documentación que nos llega de ese genocidio. Y necesitamos comprobar que es auténtico, dónde y cuándo fue filmado, para presentarlo como prueba en el caso de genocidio de Sudáfrica contra Israel. Y mes tras mes, año tras año, Gaza está desapareciendo: los edificios que aparecían al fondo de un vídeo ahora son dunas serpenteantes. Tenemos gazatíes trabajando con nosotros que no pueden reconocer Gaza. 

Reconstrucción de la masacre cometida por Israel en 2025 contra 15 trabajadores humanitarios cuando viajaban en un convoy claramente identificado. Los cuerpos y los coches fueron enterrados en una fosa común.

Forensic Architecture es un trabajo del corazón, así como una ética de la precisión y de la identificación”


Se ha demostrado que Gaza está usando la inteligencia artificial (IA) para acelerar el genocidio, ¿pero cómo la está usando para borrar las pruebas? 

Todo el mundo sabe que Israel está usando la IA para seleccionar objetivos, pero no debemos exagerar su importancia porque Israel quiere dar la impresión de que utiliza los mejores medios para distinguir entre los operativos de Hamás y la población civil; la realidad es que lo ha destruido todo. Hay cerca de 100.000 muertos, además de los desaparecidos, y ciudades enteras borradas del mapa. ¿Qué tiene que ver eso con el uso de la IA? 

Nuestro trabajo consiste en escuchar testimonios, analizar las pruebas e identificar lo que está sucediendo. No tiene cabida la IA más allá de la catalogación del material. Yo diría que Forensic Architecture es un trabajo del corazón, así como una ética de la precisión y de la identificación. Miramos los vídeos como si nos los enviara un ser querido, escuchando, mirando y compilando vídeo por vídeo un archivo del genocidio.  

En el libro, además de explicar los mecanismos de borrado de Palestina, la reconstruye a través de personas que sufrieron el destierro de la Nakba. ¿Por qué es tan importante ese proceso de reconstrucción?

Mapear las aldeas de donde fueron expulsados es una forma de honrarles a través de la precisión y de la belleza de reconstruir un pozo, su casa, en un paisaje que ya no existe. Porque lo opuesto a desenraizar es volver a enraizar, reescribir el paisaje con lo que era, mientras se acepta la herida y se trabaja por el retorno de los refugiados.

Forensic Architecture ha reconstruido la aldea palestina de Al-Ma’in con Salman Abu Sitta, que era un niño cuando las milicias paramilitares sionistas la ocuparon horas después de declararse la constitución del Estado de Israel. En la imagen se han recreado las columnas de humo tal y como las recuerda Abu Sitta, lo último que vio cuando huía en medio de la Nakba. FORENSIC ARCHITECTURE

¿Cómo fue su toma de conciencia de la cuestión palestina?

Soy de Haifa, una ciudad un poco singular porque no todos los palestinos fueron expulsados de ella en 1948. Crecí teniendo contacto con palestinos y con la determinación de ser arquitecto. Así fue como empecé a ver que las ruinas que quedan de la vida palestina, cómo los barrios judíos israelíes rodean a los palestinos, cómo se divide la tierra. La arquitectura me abrió los ojos a la lógica colonial de asentamiento de la ocupación israelí.

Usted reside en el Reino Unido, donde se ha criminalizado la protesta contra el genocidio y donde la organización Palestine Action ha sido ilegalizada. En Alemania, sufrió un fuerte un señalamiento cuando fue a dar una conferencia sobre el genocidio con la relatora Francesca Albanese. ¿Cómo ha afectado a Forensic Architecture su trabajo sobre Palestina?

Hemos perdido financiadores. Muchos de los que pensábamos que eran liberales y defensores de los derechos humanos, cuando empezamos a trabajar sobre el genocidio y el apartheid, nos dijeron: «Oh, eso es demasiado, no deberíais trabajar en eso». Necesitamos encontrar nuevos financiadores, pero es muy difícil. 

Nuestra sede en Alemania casi tuvo que cerrar y la policía alemana me ha designado como alguien a quien hay que vigilar. ¿Cómo es posible que un defensor de los derechos humanos, un defensor israelí de los derechos humanos, miembro de una familia superviviente del Holocausto, esté señalado en Alemania por antisemitismo? ¿Cómo hemos llegado a esto?

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Alicia Armesto llega a Madrid tras un mes secuestrada en Libia: “Estaba el suelo lleno de sangre, no sabía si me iba a tocar a mí mañana”

25 Junio 2026 at 09:59

Alicia Armesto Núñez, la activista y periodista española secuestrada en Libia el pasado mayo, ha sido liberada junto a los otros nueve activistas del convoy terrestre de la Global Sumud Flotilla. Llegó al Aeropuerto Madrid-Barajas el miércoles sobre las 22:30 horas, con una veintena de amigos y familiares esperando en la terminal con banderas, flores y carteles. 

Tras abrazar a sus seres queridos y simpatizantes, comenzó a denunciar el abuso psicológico que sufrieron los activistas tras ser secuestrados cerca de Sirte y después trasladados a la zona de Bengasi. “Ahí fue donde nos rompimos. Era un sitio donde oyes cómo están pegando a la gente… en un momento salías y estaba el suelo lleno de sangre, no sabía si me iba a tocar a mí mañana”, declara tras su llegada. “No he pasado tanto miedo en mi vida”.

También ha descrito que a todos los participantes les sacaron sangre sin consentimiento, alegando que era obligatorio para su posterior liberación. Sin embargo, lo más duro para el grupo probablemente fue la incertidumbre de no saber cuánto tiempo iban a pasar secuestrados, según Armesto: “Nos decían ‘tomorrow, you go tomorrow’, y tomorrow nada”. 

Las condiciones del lugar eran pésimas los primeros días, con celdas oscuras y muy pequeñas. “Mi perro duerme en un colchón mejor que en el que dormíamos nosotros”, bromea Armesto, con un ramo de flores en una mano y una cartulina firmada en la otra. Poco a poco los fueron juntando en celdas más grandes y eventualmente pudieron salir brevemente al patio. 

Durante parte del secuestro, varios activistas hicieron huelga de hambre –a la que simpatizantes se unieron en solidaridad desde España– y Armesto describe cómo una persona llegó a desmayarse y convulsionar. 

Durante todo el mes estuvieron sin apenas comunicación con el exterior, más allá de llamadas de 10 minutos a la semana con seres queridos y reuniones breves con personal del consulado. “No tenemos ni idea de lo que ha pasado fuera. Vengo de estar un mes totalmente incomunicada”. 

Sin embargo, agradece la labor del cónsul y vicecónsul españoles, que la visitaron y estuvieron hospedándose en la zona hasta la liberación, a diferencia de los cónsules de otros países. “Han sido extremadamente maravillosos. Han sido el rayito de luz que teníamos”, afirma.

Foto: A. C.

En la terminal, frente a simpatizantes y seres queridos, Armesto también aprovechó para recordar la situación que vive el pueblo palestino durante el genocidio en Gaza y los cerca de 10.000 palestinos encarcelados en Israel, muchos de ellos sin cargos ni debido proceso. Y mientras los diez activistas del convoy secuestrados ya han vuelto a sus países, todavía quedan cuatro activistas de la flotilla anterior en cárceles de Túnez por cargos económicos que, según la Global Sumud, carecen de fundamento y responden a “motivaciones políticas”.

Un convoy de 230 activistas para llevar ayuda humanitaria a Gaza

El convoy había comenzado su travesía desde Mauritania a principios de mayo para llevar ayuda humanitaria a Gaza por el paso de Rafah, en una misión complementaria a la flotilla, que viajaba por mar. Estaba compuesto por cerca de 230 activistas de decenas de nacionalidades, incluyendo cuatro españoles además de Armesto, que se unieron en la capital libia de Trípoli.  

Las fuerzas que controlan el este de Libia, lideradas por el militar Khalifa Haftar, secuestraron a Armesto y otros nueve activistas el domingo 24 de mayo en un punto de control cerca de la ciudad costera de Sirte cuando estos se reunían para negociar el paso seguro del convoy. Uno de los activistas comunicó que les estaban trasladando en tres furgonetas blancas sin informar del destino. Desde entonces, estuvieron en una ubicación desconocida –que según Armesto los secuestradores llamaban “black hole”, agujero negro– casi un mes sin contacto directo con familiares y amigos, más allá de visitas breves y puntuales con los cónsules de sus respectivos países. 

Los delitos de los que se acusó a los diez activistas, según Armesto, fueron inmigración ilegal –pese a que se les detuvo en un punto de control que no llegaron a cruzar–, pertenencia a grupo terrorista y reunión en un lugar no autorizado. Tras un mes privados de su libertad, retiraron sus cargos y se les expulsó de Libia. El resto del convoy abandonó la misión por seguridad y la ayuda humanitaria –decenas de camiones, ambulancias y casas móviles– nunca alcanzó su destino final.

Libia es un país inestable y fragmentado, con dos principales gobiernos rivales entre sí y numerosas milicias en constante conflicto por controlar el terreno. El Gobierno de Unidad Nacional, reconocido por la Unión Europea y Naciones Unidas, controla el noroeste, con capital en Trípoli. En la zona de Bengasi y gran parte del este y el sur, predomina el Ejército Nacional Libio, controlado por Haftar e ilegítimo a ojos de gran parte de la comunidad internacional. Ambos gobiernos han causado numerosos secuestros, ejecuciones, torturas y otros abusos de derechos humanos, según un informe de 2024

Su principal motivación, el periodismo

Armesto, periodista y secretaria técnica del Sindicato de Periodistas de Madrid, lleva años involucrada en causas humanitarias. En 2025 participó en la Global Sumud Flotilla y fue retenida por Israel en aguas internacionales, aunque confiesa que el reciente secuestro ha sido mucho más duro.

Una de sus motivaciones principales para unirse a la flotilla y el convoy es dar a conocer la situación en la que se encuentran los periodistas en Palestina, donde Israel ha matado a más de 200 profesionales de la información. “Nosotros éramos periodistas que vamos a luchar, entre otra mucha gente, por otros periodistas. Me da mucha pena que muchos periodistas no sean capaces de alzar la voz por lo que está pasando en Palestina ni cubrir a un compañero que ha ido a defender el derecho a la información”, comenta Armesto.

Según la activista, es muy probable que su liberación y la de sus compañeros se diese como parte de una negociación internacional: “Ha sido a cambio de algo, nunca sabremos a cambio de qué”.

La entrada Alicia Armesto llega a Madrid tras un mes secuestrada en Libia: “Estaba el suelo lleno de sangre, no sabía si me iba a tocar a mí mañana” se publicó primero en lamarea.com.

Tareq Baconi: “Israel nunca ha sido tan fuerte militarmente, y nunca ha sido tan débil”

20 Junio 2026 at 07:00

Tareq Baconi nació en Ammán, nieto de una familia palestina desplazada de Haifa en la Nakba de 1948, y lleva dos décadas intentando explicar lo que buena parte de la prensa occidental despacha con la palabra «terrorismo». Analista durante años para Israel/Palestina en el International Crisis Group, con sede en Ramala, hoy preside el consejo de Al-Shabaka, la red de análisis político palestino, y dirige la sección de libros de la Journal of Palestine Studies

Publicó originalmente en 2018 una historia del movimiento construida a partir de entrevistas con sus dirigentes y de sus propios documentos internos, que describía la relación entre Hamás e Israel como un «equilibrio violento» sostenido durante dieciséis años hasta que estalló el 7 de octubre de 2023. Capitán Swing lo publicó en castellano en 2024 como Hamás: auge y pacificación de la resistencia palestina, con un nuevo prólogo escrito tras el atentado de Hamás el 7 de octubre y el inicio del genocidio en Gaza. 

Hablamos con él del papel de España, el Reino Unido y la Unión Europea en la crisis actual, de las grietas que el genocidio ha abierto entre Israel y su principal patrón, y de la función estructural que, a su juicio, cumple Hamás dentro del proyecto colonial israelí. «Esto es una guerra israelí», dice sobre la escalada contra Irán, «no una guerra americana».

¿Si tuvieras que escribir hoy ese prólogo de 2024, lo cambiarías?

Nada, la verdad. Me preguntaba lo mismo hace un momento y me puso algo nervioso. Pero lo he releído hace poco y no cambiaría una palabra. En ese prólogo no ofrecía respuestas cerradas, dejaba las preguntas abiertas. Y las preguntas que tenía en 2024 son exactamente las que tengo hoy. Hay procesos históricos que todavía no han terminado de mostrar su forma final, y fingir lo contrario sería hacerle trampa al lector.

El Reino Unido diseñó hace un siglo el marco colonial para Palestina con funestas consecuencias que se han ido encadenando a lo largo tiempo, y hoy, sin embargo parece ser el gran ausente del debate internacional.

Que ojalá fuera solo ausencia: su participación es negativa. La semana pasada el Estado llevó a juicio a cuatro activistas de Palestine Action combinando cargos penales con cargos de terrorismo, algo que ni siquiera coincidía con lo que estaba juzgando el jurado. El Laborismo, que debería ser un partido de izquierdas, mantiene en Palestina una posición tan sionista como la de los conservadores, heredada de una historia que incluye el uso de la acusación de antisemitismo contra Jeremy Corbyn. 

Hoy, defender a Palestina desde la izquierda británica se lee como recortar la libertad de expresión, perseguir el activismo y equiparar antisionismo con antisemitismo. Y la distancia con la sociedad no para de crecer: hay un apoyo popular fuerte, tradicionalmente más entre la gente mayor, y ahora una generación joven volcada tras el genocidio. Yo vivo en Londres. En las últimas elecciones, escaños históricos del Labour cayeron ante los Verdes, y Palestina fue una de las tres razones principales. En Alemania pasa lo mismo.

España aparece en el debate internacional como una de las pocas voces europeas dispuestas a romper el consenso atlantista. ¿Cómo se percibe desde fuera del país?

En términos muy favorables, en los dos niveles: hay un apoyo popular amplio a la causa palestina, pero también medidas prácticas de gobierno, restricciones a la venta de armas, posiciones activas en los foros de derecho internacional. España importa precisamente porque es un Estado miembro de la UE que toma postura dentro de un bloque que sigue siendo favorable a Israel. La movilización del Sur global, sobre todo a través del Grupo de La Haya, ha sido clave para frenar las políticas del Norte global que erosionan el derecho internacional, y que España actúe así desde dentro del Norte global la convierte en un actor decisivo. Países como España o Irlanda no protegen a los palestinos por amor: protegen una obligación jurídica que el resto de sus pares está incumpliendo, porque firmar la Convención del Genocidio implica el deber de prevenirlo. 

«España importa precisamente porque es un Estado miembro de la UE que toma postura dentro de un bloque que sigue siendo favorable a Israel»

¿Tiene la Unión Europea capacidad real de influir en el conflicto, o las divisiones internas la han vuelto irrelevante?

Tiene un potencial enorme y lo está desperdiciando. Hay acuerdos preferenciales con Israel, hay un proyecto conjunto de investigación, el Horizon, hay cooperación militar: todo eso da palancas reales para acabar con la impunidad. Pero las exportaciones de armas israelíes a Europa no han dejado de crecer, y alcanzaron su pico en 2024 porque son armas ya probadas en el campo de batalla, lo que las hace más rentables. Mientras un país como España se planta, los socios decisivos, Alemania, Francia, el Reino Unido, siguen alineados con Israel. Esa combinación convierte a la UE en un actor incapaz de sostener una política común sobre Palestina.

Tras la guerra entre Israel e Irán, ¿qué panorama regional queda para Hamás? ¿Se ha quedado sin patrones, como le pasó a la OLP cuando Arafat salió de Beirut en 1982?

Hamás siempre ha sido hábil jugando con distintos patrones regionales, incluso enfrentados entre sí, de Arabia Saudí a Siria o Egipto. Hoy pasan dos cosas a la vez. La infraestructura material, el apoyo financiero y militar iraní, y el acceso a Gaza a través de Siria y Líbano, se ha visto golpeada por la agresión regional israelí. Pero, al mismo tiempo, Irán ha salido de esta guerra como un actor estratégico más fuerte que hace un año: la ofensiva israelí-estadounidense ha demostrado a los países del Golfo que la inseguridad regional no la provoca Irán, sino la soberbia israelí. Militarmente, Hamás sigue presente en Gaza, controla parte del territorio, conserva sus armas, y su oficina política sigue en Catar con acceso directo a Teherán. No creo que sea una historia completamente negativa para ellos.

¿Y a Israel? ¿Cómo le afecta el inicio de acuerdo de paz entre Irán y Estados Unidos?

Creo que Irán ha sido el único actor verdaderamente estratégico del último año. El conflicto ha sido una derrota estratégica para Estados Unidos: una guerra irracional, sin interés propio, solo el de Israel, y ahora se negocian sobre cosas que ni estaban en la mesa al empezar, como el estrecho de Ormuz. Esta tregua es un golpe duro para la doctrina israelí de guerra permanente, por eso Israel ha intentado sabotearla atacando Líbano estos últimos días. Mi previsión es que seguirá usando el enriquecimiento de uranio como excusa para mantener a Irán como amenaza. Pero, mientras dure la tregua, va a concentrar su violencia en Líbano.

Hay conversaciones filtradas de Netanyahu donde reconoce que financiar indirectamente a Hamás le convenía. ¿Hasta qué punto su existencia es funcional al proyecto expansionista israelí?

Que Hamás todavía conserve capacidad militar no debería sorprender a quien estudie guerra de guerrillas: son armas baratas, muchas reconvertidas de armamento israelí, y ningún ejército convencional puede aniquilar del todo una guerrilla incrustada en su propia población sin cometer un genocidio. Dicho esto, sí, le beneficia: cualquier gobierno israelí necesita convertir la relación con Palestina en una cuestión de seguridad, y cualquier arma palestina refuerza ese lenguaje de terrorismo.

Esto tiene historia: Israel dio licencia a los Hermanos Musulmanes en Palestina porque los creía centrados en la islamización social, no en lo militar, y porque sabía que una corriente islamista debilitaría el nacionalismo secular de la OLP. Cuando se transformaron en Hamás y empezaron las operaciones militares, ese apoyo financiero se cortó, pero la lógica de fondo, dividir a los palestinos entre sí, se mantuvo: cada vez que Fatah y Hamás intentaron un gobierno de unidad, cualquier gobierno israelí trabajó para sabotearlo.

¿Calculó Hamás las consecuencias del 7 de octubre, o fue una apuesta a ciegas?

Es imposible saber qué imaginaba Hamás. Sí sé que partía de varias hipótesis, y algunas se han demostrado falsas: que un golpe contra el bloqueo devolvería Palestina a la agenda internacional, que forzaría a los países árabes a revisar los Acuerdos de Abraham, y que el pueblo palestino se levantaría en toda la Palestina histórica frente a la represalia israelí. Subestimó la fragmentación palestina: ni en el 1948 ni en Cisjordania hubo levantamiento; los países árabes tampoco se movieron, solo Irán y Hezbolá. El mayor error de cálculo fue pensar que la comunidad internacional pondría un límite a Israel. Pero el 7 de octubre también ha roto, creo que de forma irreversible, la idea de que el sionismo podía ofrecer un refugio seguro a los judíos en Palestina sin resolver la cuestión palestina, y nos ha devuelto al lenguaje de la Nakba y la colonización. No sé si esto es lo que Hamás imaginaba, pero es lo que ha conseguido.

¿Cómo ha afectado la destrucción de Gaza al respaldo social a Hamás?

Es de las preguntas más difíciles de responder, por el bloqueo informativo y la falta de acceso de la prensa extranjera. Pero hay un espectro amplio. Una parte de la población culpa a Hamás de no haber calculado bien y de no haber protegido a la gente de la respuesta israelí; para ese sector, han provocado una segunda Nakba, multiplicada. Otra parte sigue defendiendo la resistencia: Hamás no tenía alternativa, dicen, llevábamos dieciséis años bajo bloqueo, los países árabes normalizaban con Israel, el mundo se olvidaba de Gaza, y al menos esto sacudió a la comunidad internacional.

Lo más triste no es solo esa fragmentación, que ya existía antes; es que el genocidio ha hecho que los palestinos de Gaza se vean ahora como una categoría aparte dentro de la palestinidad, gente que dice que nadie ha entendido lo que es un genocidio si no estuvo en Gaza. Esa sensación de excepcionalidad ha hecho la fragmentación todavía más severa.

En Estados Unidos se habla cada vez más del rol de AIPAC -el lobby sionista–, pero también de los republicanos que repiten cómo el apoyo a la política genocida de Netanyahu es incompatible con el «America First» de Trump. ¿Se están rompiendo los vínculos entre Washington y Tel Aviv?

Sí, totalmente. Todo lo que Israel ha hecho desde el 7 de octubre ha terminado reforzando esa fractura, convirtiéndola en una paradoja real. Nunca ha sido militarmente tan fuerte, habiendo desmantelado la infraestructura de resistencia en toda la región, y a la vez nunca ha sido tan débil, porque ese sobre-esfuerzo ha dañado su relación con su principal patrón. El Partido Demócrata, sobre todo su generación joven, se ha alejado de Israel; que Kamala Harris perdiera, que Zohran Mamdani ganara en Nueva York, son señales de ese giro.

Y en el campo republicano, en el universo MAGA, ya hay fractura entre «America First» e «Israel First»: cuando Tucker Carlson o Marjorie Taylor Greene dicen que esto es un genocidio, que por qué Estados Unidos apoya a Israel, es una pregunta que cualquier político debería hacerse, pero que venga de la derecha republicana ha reconfigurado el sistema político americano. Esta guerra contra Irán es el ejemplo perfecto: es una guerra israelí, no una guerra americana, y eso empieza a verse.

Sobre el papel hay un alto el fuego y un plan de paz en Gaza. ¿Qué está pasando realmente sobre el terreno?

Que no hay ni alto el fuego ni plan de paz. El acuerdo se negoció como todos los anteriores desde 2007: por fases. La fase uno era el cese de hostilidades, la liberación de los rehenes por parte de Hamás, la entrada de ayuda humanitaria y la retirada israelí; solo después se negociarían la fase dos y la tres. Hamás sabía, como todo el mundo que ha seguido estas negociaciones, que la fase uno se quedaría congelada, pero pidió garantías a la Administración Trump, respaldadas por Catar y Egipto, de que, si liberaba a todos los rehenes, su mejor baza, Israel permitiría la ayuda y empezaría a retirarse. Esa garantía no se ha cumplido. En lugar de eso, ahora se habla solo del desarme de Hamás, una condición que ni siquiera estaba en la fase uno. Mientras se negocia ese imposible, Israel ha pasado de controlar el 53% de Gaza a un 60%, con la intención declarada de llegar al 70%; hay una política de disparar a quien cruce la línea amarilla, y se arma a bandas palestinas para generar caos. No estamos en un alto el fuego: estamos ante la continuación del genocidio por medios burocráticos.

El Gobierno español y otros gobiernos europeos siguen invocando la solución de dos Estados. ¿Le queda algún sentido?

Yo nunca he creído que fuera posible, y hoy menos. Ese lenguaje diplomático sirve, en la práctica, para mantener el statu quo: Israel sigue existiendo como Estado soberano y aplazamos indefinidamente la estatalidad palestina. Da igual si un gobierno cree o no en los dos Estados: lo único que debería estar haciendo ahora es parar el genocidio y exigir responsabilidades. Hablar de relanzar un proceso diplomático mientras quien dirige Israel está reclamado por la Corte Penal Internacional es aceptar que puede actuar con total impunidad y seguir teniendo acceso diplomático pleno. Cualquier solución, de uno, dos o tres Estados, solo puede empezar por ahí: parar el genocidio y rendir cuentas.

«Yo nunca he creído en la solución de dos Estados, y hoy menos».

Ya hay rabinos sionistas hablando de Turquía como el próximo gran frente. ¿Qué papel le ves?

Israel es un proyecto colonial de asentamiento cuya razón de ser es expandirse y mantenerse como potencia militar hegemónica de la región: ningún vecino puede tener superioridad militar sobre Israel, ese ha sido el límite que Washington garantizaba en cualquier acuerdo bilateral. Irán cumple esa función de enemigo perfecto, islámico, con lenguaje nuclear de fondo. Si Irán deja de representar una amenaza, el candidato natural es Turquía, la otra potencia regional, y todo el repertorio retórico que usan contra Irán es perfectamente aplicable: país islámico, amenaza existencial. De momento Israel sigue fijado en Irán, que ha salido reforzado de esta guerra, así que no creo que el frente turco se active de inmediato. Pero desde Turquía la lectura también ha cambiado: durante años jugaron a ser enemigos sin serlo del todo, con buenas relaciones militares hasta este genocidio, y ese juego ya no es sostenible.

¿Cómo describirías hoy el respaldo de la sociedad israelí al gobierno de Netanyahu?

Hay que separar dos cosas. El apoyo a lo que ellos no llaman genocidio sino guerra en Gaza es casi unánime, más del 90%. Las grietas aparecen con Líbano e Irán: hay más oposición a la guerra en Líbano, mientras que la guerra contra Irán también goza de apoyo casi unánime. El desacuerdo es sobre las decisiones estratégicas de Netanyahu: desde la izquierda se le acusa de un error estratégico en Líbano, desde la derecha de no haber sido suficientemente contundente. Esta tregua con Irán le va a costar caro: se vendió la guerra como el fin del programa nuclear iraní, y el régimen iraní nunca ha sido tan fuerte como ahora. Israel no ha conseguido ninguno de sus objetivos estratégicos. Habrá que ver qué pasa en las elecciones, pero creo que esto se le va a echar en cara.

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No a la complicidad, no a la represión

17 Junio 2026 at 12:10

Frente al genocidio, la ocupación y el apartheid, nuestra respuesta debe ser más organización, más presión política y más solidaridad internacionalista.

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Carta abierta: No a la impunidad de CAF. La sociedad civil exige responsabilidades

10 Junio 2026 at 09:00
Por: Arturo

A pocas semanas de la Junta General de Accionistas de CAF del próximo 14 de junio, las organizaciones abajo firmantes queremos mostrar públicamente nuestro rechazo a la implicación continuada de la empresa vasca en el Tren Ligero de Jerusalén (JLR, por sus siglas en inglés), una infraestructura clave para la consolidación de la ocupación ilegal israelí sobre territorio palestino ocupado.

Mientras CAF anuncia beneficios históricos —40 millones de euros solo en el último trimestre y récord de pedidos—, continúa obteniendo beneficios económicos de un proyecto que contribuye directamente a la expansión y consolidación de los asentamientos ilegales israelíes en la Jerusalén Este ocupada. El crecimiento económico de CAF no puede desvincularse de su participación en un sistema colonial, genocida, de ocupación y discriminatorio, en violación del derecho internacional. 

Desde 2019, CAF participa junto a la empresa israelí Shapir en la ampliación, operación y mantenimiento del Tren Ligero de Jerusalén, una infraestructura que conecta asentamientos ilegales israelíes con Jerusalén Oeste y que forma parte de la estrategia de anexión territorial impulsada por el Estado de Israel. A través de ello, CAF desempeña un papel estructural e indispensable en la consolidación  y expansión del proyecto que, en últimas, busca una “Jerusalén unificada” como capital del Estado de Israel .

Desde décadas atrás, diversos organismos internacionales han señalado la ilegalidad de los asentamientos israelíes en territorio palestino ocupado. Más recientemente, en julio de 2024, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) reafirmó que la ocupación israelí es ilegal e instó a todos los Estados a adoptar medidas para impedir relaciones comerciales y de inversión que contribuyan al mantenimiento de esta situación ilícita.

Asimismo, en septiembre de 2025, CAF fue incluida en la base de datos de Naciones Unidas de empresas vinculadas a actividades relacionadas con los asentamientos ilegales israelíes.

Ante esta situación, una coalición de organizaciones de la sociedad civil —NOVACT, la Comunitat Palestina de Catalunya, el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe, Observatori DESCA, Paz con Dignidad y SUDS, representadas por el Centro Guernica 37— presentó el pasado 18 de febrero de 2026 una denuncia ante la Fiscalía para que investigue la posible responsabilidad penal de la dirección de CAF por su participación en el proyecto.

La Fiscalía ha confirmado ya que está investigando la denuncia.

Durante años, organizaciones palestinas, vascas, sindicatos y movimientos de solidaridad internacionales han denunciado y movilizado contra la participación de CAF en el Tren Ligero de Jerusalén. Hoy reiteramos que no vamos a detenernos hasta que termine la impunidad de CAF y la empresa ponga fin a su rol en la ocupación y colonización del territorio palestino.

Mientras CAF intenta normalizar su implicación en un proyecto vinculado a la ocupación, el apartheid y la expulsión de población palestina, la sociedad civil organizada continúa movilizándose para exigir responsabilidades políticas, económicas y judiciales.

Por ello, exigimos:

  • Al Gobierno del Estado español, que adopte medidas efectivas contra las empresas que operan y obtienen beneficios de actividades vinculadas a la ocupación ilegal del territorio palestino, incluyendo a CAF.
  • A la Fiscalía, que continúe con la investigación abierta y ejerza plenamente sus funciones impulsando las actuaciones necesarias ante la Audiencia Nacional.
  • A las administraciones públicas y a toda empresa con participación pública, que excluyan a CAF de contratos y licitaciones públicas mientras mantenga su participación en el Tren Ligero de Jerusalén, incluido el macrocontrato de Alta Velocidad de RENFE actualmente en proceso de licitación.
  • Al Gobierno de Euskadi, que retire su inversión de CAF mientras siga participando de la ocupación israelí.
  • A CAF, que se retire inmediata y definitivamente del proyecto del Tren Ligero de Jerusalén y ponga fin a toda colaboración con la ocupación y colonización israelí del territorio palestino.

No es aceptable que dinero público y contratos institucionales continúen beneficiando a empresas implicadas en proyectos que sostienen violaciones graves del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos del pueblo palestino.

Llamamos a organizaciones sociales, sindicatos, colectivos, entidades y personas comprometidas con la justicia y los derechos humanos a sumarse a esta exigencia colectiva antes de la Junta General de Accionistas de CAF del próximo 13 de junio.

Porque no puede haber normalidad económica ni beneficios empresariales construidos sobre la ocupación, el apartheid y el genocidio del pueblo palestino.

Listado de organizaciones firmantes:

1. Acampada por Palestina de La Rioja

2. ALIANZA DE LA IZQUIERDA REPUBLICANA DE ESPAÑA

3. ALTERNATIBA

4. Alternativa Antimilitarista. MOC/ADNV Canarias

5. Amigas de la Tierra

6. Amnistía Internacional

7. Anticapitalistas Valladolid

8. Anticapitalistes

9. Arabako SEADen Lagunen Elkartea

10. Armagintzarekin MOZTU

11. Asamblea de vivienda Raval Rebel

12. Asociación Atenea Chamberí

13. Asociación BACHUE ELKARTEA

14. Asociación Cultural Deportiva e Ecoloxista Treze Catorze

15. Asociación de mujeres separadas y divorciadas del pais valencia

16. Asociación ecofeminista Ola sin plástico

17. Asociación Ecuatoriana de Amistad con el Pueblo Saharaui (AEAPS)

18. Asociacion GeoAlternativa

19. Asociación Pablo de la Torriente Brau de Alcobendas-San Sebastián de los Reyes

20. Asociación Por Tí Mujer

21. Asociación UNADIKUM

22. Associació Ca la Dona

23. Associació Impacte. Cinema i Drets Humans

24. Associació Migració i ESS – MIGRESS

25. Associació Recerca i Decreixement

26. Associació Sabadell per la República

27. Associació SUDS

28. Associació Veïnal de Sant Pere de Terrassa

29. Atenea Chamberí

30. Ateneu Candela

31. Ateneu del Raval

32. Ateneu Llibertari del Cabanyal

33. ATTAC Madrid

34. Atxuri Harrera

35. Bake Ekintza Antimilitarista

36. BDS Almeria

37. BDS Guadalfeo

38. BDZ Nafarroa

39. Bidó de Nou Barris, entitat gestora de l’Ateneu Popular 9 Barris

40. Bilbo Palestina

41. BIZILUR

42. Bretxa Observatori de Fronteres

43. Capellanía católica de centro penitenciario del dueso de Santoña en Cantabria

44. Capellanía católica del Hospital sierrallana de Torrelavega en cantabria

45. Casa de acogida del buen samaritano

46. Cátedra UNESCO de Desarrollo Humano Sostenible

47. CEHDA

48. Centre Delàs d’Estudis per la Pau

49. Centro de Documentación en Derechos Humanos «Segundo Montes Mozo SJ» (CSMM)

50. CESÁfrica – Coordinadora de Entidades de Solidaridad con África

51. CGT – Confederación General del Trabajo

52. CICrA Justicia Ambiental SCCL

53. CIM Burkina

54. Coalició Prou Complicitat amb Israel

55. Col’lectiu Ecologia i Pau

56. Colectivo Feminista Las Tejedoras

57. Comité de Solidaridad con los Pueblos-Interpueblos

58. Comité de Solidaridad Oscar Romero de Valladolid

59. Comité de solidaritat amb Palestina de Sants

60. Comitè de treballadores de l’Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès

61. Comité Óscar Romero de Torrelavega en Cantabria

62. COMITÉ OSCAR ROMERO DE VIGO

63. Comité Óscar Romero Valladolid

64. Conceyu Abiertu pola Transición Xusta

65. Consell Nacional de la Joventut de Catalunya (CNJC)

66. Corriente Roja

67. Crida per l’Alliberament Sexual i de Gènere

68. CULTURA21 SCCL

69. Donostia Palestina

70. Ecologistas en Acción Confederal

71. Ecologistas en Acción Córdoba

72. Ecologistas en Acción Valladolid

73. Ecologistas la parrilla

74. EHBizirik

75. EHU Palestina

76. Emakumeok Gerraren Aurka-Mujeres Contra la Guerra

77. ESK SINDIKATUA

78. Espacio Común 15M

79. ESPAI GRAMENET

80. Eureka, Red Activista por la Renta Básica Incondicional

81. Euskal Herria Bizirik

82. Euskal Herrian Euskaraz

83. EUSKAL HERRIKO BILGUNE FEMINISTA

84. Euskal Herriko Fronte AntiInperialista

85. Ezker Anitza-IU

86. FORO GALEGO DE INMIGRACION

87. Fundación Mundubat

88. Galdakao Palestinarekin

89. Galdakaoko Elkarlaguntza Sarea

90. Galdakaoko pentsionistek eta Jubilatuak Plataforma

91. Gernikatik Mundura

92. Global sumud Euskal herria

93. Gogara

94. Greenpeace

95. Grup de dones Vila-real. Red mujeres de negro por la pax

96. Grup de Suport a Palestina

97. Grupo Estudios Africanos e Internacionales UAM

98. Gure haurrak ere badira

99. Herritar Batasuna

100. Heura Negra

101. Ikasle Sindikatua

102. Intersindical Salut-IV

103. Irídia – Centro de Defensa de Derechos Humanos

104. Jaén con Palestina

105. Joves Ecosocialistes

106. Judimendi auzo elkartea

107. KALAKALAB SLL

108. KULTURATIK Kultur egikeak Palestinarekin/Creadorxs culturales con Palestina

109. La Capçalera

110. La Coordinadora de Organizaciones para el Desarrollo-España

111. LA COSECHA COMUNICACIÓN

112. La Intersindical (Catalunya)

113. LA PIRENAICA DIGITAL

114. Lafede – justícia global

115. Lumaltik Herriak

116. Marea Pensionista Horta-Guinardó Barcelona

117. Maresme amb Palestina

118. MUGARIK GABE

119. Mugen Gainetik

120. Mujeres de Negro contra la guerra de Madrid

121. Mujeres de negro de Valencia

122. Nexes Interculturals

123. Oarsoko AHTren aurka taldea

124. Observatori del Deute en la Globalització

125. Observatori DESCA

126. Onda de madrid

127. Parroquia de San Martín de Ganzo en Torrelavega en cantabria

128. Parroquia de San Pedro de Torres de Torrelavega en cantabria

129. Parroquia de san Pelayo de Dualez de Torrelavega de Cantabria

130. Perifèries

131. PLATAFORMA ALMERÍA POR PALESTINA

132. Plataforma Assembleària d’Artistes de Catalunya (PAAC)

133. Plataforma Córdoba con Palestina

134. Plataforma de pentsionistas y Jubilados

135. Plataforma Infantil i Juvenil de Les Corts

136. PLATAFORMA POLO EMPREGO

137. PODEM CATALUNYA

138. Podemos Euskadi

139. Podemos Valladolid

140. Putas Indignadas

141. Putas Libertarias Raval

142. Radical Books Coop

143. REAS Rioja

144. Rebelión Científica

145. Red

146. Retirada del proyecto invasivo y de ocupación denominado construcción de Palestina

147. Rumbo a Gaza

148. SALBURUKO HARRERA SAREA

149. Sanitarioak Genozidioaren aurka

150. Sare Antifaxista

151. SCI Catalunya

152. Seminari d’economia crítica Taifa

153. Sindicato cobas comisiones de base

154. SIOF (SERVEI D’INFORMACIO DE L’OBJECCIO FISCAL A LA DESPESA MILITAR)

155. SODEPAU

156. Sodepaupv

157. SOS Ribagorza

158. STEILAS sindikatua

159. Stop desahucios Hernani

160. Talaiola- Ecologistes en Acció

161. Teatracció

162. Top manta

163. Urko-Punta GKE

164. Vall del Lierca amb Palestina

165. Verso Libros

166. Xamfrà

167. Zarautz Palestina

168. ZINHEZBA

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“¿Por qué no te mueres de una vez?”, por Nasser Abu Srour

8 Junio 2026 at 07:00

Traducido del inglés para La Marea por Rita da Costa. Traducido del árabe por Luke Leafgren.

1.

El 7 de octubre de 2023 me enteré de la noticia nada más despertarme. La tele de nuestra celda mostraba imágenes de los ataques de Hamás y los combates en torno a Gaza. Las vimos durante una hora, hasta que desconectaron la señal del cable y la pantalla se quedó en azul. Esas fueron las primeras y últimas imágenes que vi de la guerra.

Lo siguiente que recuerdo es que los guardias irrumpieron en nuestro módulo empuñando armas de fuego, algo que nunca hasta entonces habían hecho: las armas no entraban en los módulos de la cárcel. Nos ataron de pies y manos con agresividad y nos hicieron salir al patio. Cuando regresamos a las celdas, estaban tan vacías que nuestras voces resonaban. Todas nuestras pertenencias habían desaparecido: ropa, sábanas y mantas, utensilios de cocina y productos de limpieza, espejos y maquinillas de afeitar. Nuestros cepillos de dientes se habían sustituido por otros más pequeños, de unos cinco centímetros de largo. Habían retirado las persianas que cubrían las ventanas enrejadas, dejándonos expuestos al aire frío y, con el tiempo, a la lluvia. Nos dejaron dos camisetas, una sola manta y un juego de cubiertos de plástico a cada uno. Confiscaron hasta las sillas de ruedas; a partir de ese día, tuvimos que llevar en brazos a los presos discapacitados.

«Estamos en estado de guerra». Así nos lo anunciaron las autoridades penitenciarias israelíes el 7 de octubre. En algún momento de esa primera semana, el oficial de nuestro módulo fue de celda en celda y leyó en voz alta las normas que regían en período de guerra.

Había nuevas prohibiciones: los presos no podían hablar en voz alta dentro de sus celdas, ni hablar con los reclusos de las celdas vecinas, ni rezar en voz alta o en grupo, ni acercarse a menos de metro y medio de la puerta de su celda. Nuestros privilegios internos se vieron drásticamente recortados: el tiempo de patio se redujo de seis horas a diez minutos al día; el agua caliente se limitó a cuarenta y cinco minutos al día para toda la población reclusa; las visitas familiares se suspendieron de manera indefinida; se nos negó el acceso a la clínica médica y la biblioteca. Quizá lo más significativo de todo fue que el suministro eléctrico se redujo a seis horas diarias con un horario rotativo. Algunos días había electricidad desde el mediodía hasta las seis de la tarde; otros días, desde las seis de la tarde hasta la medianoche, y finalmente se fijó en un intervalo que iba desde las dos de la tarde hasta las ocho de la noche.

Durante treinta y un años, yo había soportado una rutina agotadora, aunque inmutable, en diversas cárceles israelíes. Cada día parecía una réplica del anterior, daba igual donde estuviera. Ahora todo había cambiado por completo. Ya no era posible predecir lo que podría suceder. Cada hora traía consigo mil posibilidades, a cuál peor.

El nuevo régimen tal vez viniera impuesto por Itamar Ben Gvir, el ministro de Seguridad Nacional, pero las autoridades penitenciarias también actuaron por iniciativa propia. El cambio que se produjo en estas fue más brutal, y seguramente tuvo más consecuencias. 

Antes de la guerra, guardias y reclusos habían coexistido, si no de forma amistosa, sí por lo menos pacífica. Ese equilibrio era el resultado de décadas de organización. Ante las repetidas protestas y huelgas de hambre, el Servicio Penitenciario Israelí había hecho ciertas concesiones -visitas de familiares, deporte por las mañanas, educación a distancia, un comedor–, aunque solo fuera para facilitarles el trabajo a los funcionarios de cárceles. El acuerdo existente podría describirse como otra versión de la «paz a cambio de paz». Yo mismo tenía buena relación con algunos de los guardias.

Toda esta historia cayó en el olvido de la noche a la mañana. Cualquier atisbo de familiaridad entre nosotros desapareció de un plumazo. Nuestros carceleros dejaron de hablarnos, salvo para mascullar órdenes. La expresión humana desapareció de sus rostros, que se volvieron fríos y pétreos. Era como si llevaran puestas máscaras. Cuando le pregunté a un guardia, un hombre druso, por qué sus colegas se comportaban de un modo tan extraño, replicó: «¡Haz lo que se te ordena! ¡A partir de ahora, no vamos a pedir perdón! ¡No habrá más compasión!».

Antes, los guardias se limitaban a vigilar a los presos y transmitir información al oficial encargado del módulo, pero ahora habían decidido tomar la justicia por su propia mano. Una tarde, para castigarnos por rezar en voz alta, un guardia simplemente cortó la electricidad de nuestra celda. En cuanto al oficial del módulo, se nos prohibió mirarlo, por lo que teníamos que mantener la cabeza gacha durante las conversaciones. El director de la cárcel se había convertido en un dios que estaba a la vez en todas partes y en ninguna.

Si la indiferencia era angustiosa, la violencia era aterradora. Tres meses después del inicio de la guerra, la insignia de «guardia» fue descosida de la parte delantera de los uniformes y sustituida por la de «guerrero», inscrita en grandes letras. Esta nueva identidad tuvo un efecto inmediato: los guerreros se comportaban como si les hubiesen enviado al frente de guerra en alguna misión letal.

Agredían a los reclusos a la más mínima infracción, ya fuera real o imaginaria. Nos golpeaban por todas partes –en la cabeza, las piernas, el pecho, la cara– y con toda clase de armas: bastones, porras, gas lacrimógeno, descargas eléctricas, balas de goma y munición real. A veces irrumpían en las celdas, propinaban palizas a los presos, los encadenaban y luego los arrastraban al patio de la cárcel para volver a golpearlos. A menudo iban acompañados de un perro enorme que atacaba a los presos encadenados y les provocaba heridas sangrantes (como me ocurrió en múltiples ocasiones).

En cierta ocasión, un guardia abrió la rejilla de mi celda y exigió que le entregara la radio que tenía escondida. Le dije la verdad, que no tenía ninguna radio. Cuando él repitió la orden, yo repetí mi respuesta, quizá levantando un poco la voz. El guardia ordenó que me acercara de nuevo a la rejilla… y me roció la cara con gas pimienta. No había ningún motivo racional que justificara ese castigo. Ni siquiera los más brillantes entre nosotros eran capaces de interpretar estas nuevas prácticas. Cualquier intento de obtener una explicación solo servía para desencadenar más violencia.

Al quebrantar nuestro cuerpo, las autoridades penitenciarias también quebrantaron nuestro espíritu. A través del nuevo régimen de violencia continua y castigos arbitrarios, nos infundieron un miedo abrumador y paralizante. Totalmente centrados en nuestra propia supervivencia, nos aislamos unos de otros, convirtiéndonos así en un maltrecho grupo de individuos que solo estaban vivos desde el punto de vista biológico. También nos aislaron por completo del mundo exterior, pues no teníamos acceso a la televisión ni a periódicos. Era como si viviéramos en una isla remota. El tiempo no avanzaba, sino que se acumulaba, se amontonaba hasta transformarse en una mole que nos aplastaba el cuerpo bajo su peso.

Aunque seguíamos las noticias de manera fragmentaria gracias a unas pocas radios ocultas, no alcanzábamos a comprender la magnitud y el horror del genocidio. Solo empezamos a entenderlo una mañana, seis meses después del inicio de la guerra, cuando los oficiales de cada módulo colgaron una gran pancarta, de unos cinco metros de largo, con una imagen de la Franja de Gaza arrasada y reducida a cenizas. Las palabras «La Nueva Gaza» aparecían impresas sobre la imagen.

2.

La cárcel de Ofer se alza donde antes existió un campamento militar, a unos treinta minutos en coche de Ramala. Al comienzo de la guerra, sus quince módulos albergaban a unos setecientos presos. Sabe Dios cuántos serán ahora. Las detenciones masivas empezaron casi de inmediato y no han cesado. Al principio éramos siete reclusos en una misma celda; al final llegamos a ser catorce. Nos turnábamos para dormir en el suelo.

Uno de los nuevos detenidos era mi primo, Mohammad Raafat Abu Srour. Mientras participaba en una manifestación ciudadana contra la guerra en las calles de Belén, un soldado de las FDI (Fuerzas de Defensa Israelíes) le disparó en la rodilla. Esa noche, sus amigos lo llevaron al hospital, donde fue operado. Volvió a casa tres días después, tras recibir el alta, pero la policía lo detuvo esa misma noche y lo envió a Ofer, donde acabó en mi módulo. Aunque no podía apoyarse en ambos pies, no le proporcionaron muletas. Durante semanas, fue saltando a la pata coja, envuelto en vendajes. Yo lo veía cruzar el pasillo de esa manera y me sentía invadir por la impotencia.

Mohammad no recibió apenas atención médica, ni siquiera para cambiarle los vendajes. Lo oíamos gritar pidiendo ayuda. «¡Por favor, hagan algo!», suplicaba. «Me duele muchísimo, es insoportable». En cierta ocasión, un paramédico entró en su celda y le dijo: «Cállate. Puedes morirte. ¿Por qué no te mueres de una vez?». Otros presos heridos y enfermos sufrían un trato similar. Las autoridades penitenciarias cancelaron todas las operaciones que se habían programado antes de la guerra, incluso para quienes necesitaban una intervención quirúrgica urgente. También negaban la medicación a cualquier recluso que contrajera una nueva enfermedad (aunque, por suerte, yo seguí recibiendo mis pastillas para el colesterol).

Un preso se puso tan enfermo que era incapaz no ya de caminar, sino que ni siquiera podía levantarse de la cama. Cuando los guardias le exigieron que saliera al patio, sus compañeros de celda lo sacaron envuelto en una manta y lo dejaron acostado en el suelo. Un guardia excepcionalmente cruel le exigió que caminara, pese a las súplicas de los demás presos. El hombre se puso en pie como pudo, se tambaleó durante un minuto o dos y luego se desplomó. Al cabo de una semana, había muerto.

Ni siquiera los presos sanos pudieron evitar caer enfermos a causa de la alimentación. Antes de la guerra, teníamos algo parecido a una dieta equilibrada. Nos servían tres comidas al día, con proteína (ya fuera carne o pescado), carbohidratos (arroz o pan) y fruta. No era suficiente, pero compensábamos la escasez cocinando nosotros mismos en hornillos. Cada mes nuestras familias podían enviarnos hasta 1,200 shekels, que gastábamos en una cantina que vendía alimentos básicos, chocolate y refrescos.

Ahora la cantina estaba cerrada, y la comida que nos daban se redujo a una cantidad mínima que a duras penas nos impedía morir de hambre. El menú diario era paupérrimo e invariable: pequeñas cantidades de mermelada y pan para desayunar; arroz y labneh para almorzar y cenar. Ni carne, ni pescado, ni fruta. Para beber, nos daban té sin azúcar, un anatema para los árabes.

Cada celda debía designar a un preso para dividir la ración de mermelada en 14 partes, una tarea extremadamente estresante. Trece pares de ojos se fijaban en el encargado para asegurarse de que no cometiera ninguna injusticia. Por lo menos el arroz se servía individualmente, en cantidades minúsculas, suficientes quizá para llenar un vasito de papel de los de té. A menudo estaba lleno de porquería. Vi a presos quitar excrementos de pájaro antes de comerse el resto.

El hambre se convirtió en parte intrínseca de mi ser. No había un solo instante en el que no sintiera el estómago vacío. Mi peso se redujo a cincuenta y dos kilos; un puñetazo habría bastado para romperme los huesos.

Temía tanto por mi cordura como por mi integridad física. Antes de la guerra, tenía una vida cultural plena. A cada preso se le permitía recibir dos libros al mes del exterior, y así habíamos formando una pequeña biblioteca. Yo siempre estaba leyendo: ficción, historia, filosofía, tanto en árabe como en inglés. Obtuve una licenciatura en estudios literarios y un máster en ciencias políticas. Llegué incluso a escribir un libro en la cárcel grabando mi propia voz con un móvil de contrabando. Cuando se publicó en 2022, las autoridades penitenciarias se enfadaron, pero no me castigaron.

De la noche a la mañana, todo eso nos fue arrebatado. No había libros que leer, ni pluma y papel con los que escribir. Sin nada más que hacer, empecé a caminar de aquí para allá en el exiguo espacio entre las camas de nuestra celda. Hacía este recorrido durante ocho horas al día, que a veces se convertían en diez o incluso doce. Me repetía una frase de esa peli de Hollywood tan famosa, adaptándola a mis circunstancias: «¡Camina, Nasser, camina!». Al final, mis compañeros de celda comprendieron las ventajas de esta práctica y la hicieron suya. Nos turnábamos para caminar.

Nuestro módulo compartía unas cuantas radios, un preciado artículo de contrabando. Los días en que nuestra celda disponía de un aparato, me aseguraba de sintonizar la emisión de las 15:30 horas de Radio Monte Carlo Doualiya, una emisora en lengua árabe que transmite desde Francia y que a esa hora solía poner a la angelical cantante libanesa Abeer Nehme. Si la escuchaba aunque solo fuera durante tres o cuatro minutos, podía acariciar al ser humano que permanecía sepultado en mi interior. Eran los únicos instantes del día en los que me sentía como una persona.

Dos años después del inicio de la guerra, y treinta y tres desde que me habían sentenciado a cadena perpetua, fui liberado de forma repentina en el intercambio de prisioneros acordado en octubre de 2025. Debería haberme sentido eufórico, pero era incapaz de sentir nada. Durante los primeros días tras mi liberación, empecé a comprender lo que había sucedido en Gaza. Vi las imágenes, incluidas las de los niños muertos. Oí voces de personas atrapadas bajo los escombros de las casas destruidas, de personas que no tenían donde cobijarse en medio de un frío glacial. La magnitud de la destrucción y la matanza parecía inconcebible, y sin embargo era real. Sentado en una lujosa habitación de hotel en El Cairo, rodeado de nuevos artilugios que no sabía manejar, era incapaz de explicarme el estado del mundo que me rodeaba y todo lo que había sucedido durante la guerra. Aquello superaba las escenas brutales que había presenciado en las cárceles y privaba mi recién recuperada libertad de todo sentido.

¿Cómo puede nadie ser libre si está condenado a vivir en el exilio, más allá de las fronteras de su patria? ¿Qué significado puede tener la liberación en medio de un genocidio? Después de lo que Israel hizo en Gaza, ¿qué es más cruel: la muerte o la supervivencia? Estas preguntas se sumaban a muchas otras. Tenía que recuperar mi dominio del lenguaje si quería albergar alguna esperanza de hallar respuestas.

3.

Tras mi detención en 1993, mis condiciones de vida no cambiaron de manera significativa. En el campamento de refugiados donde me crie la pobreza, el hacinamiento y la violencia estaban al orden del día.

Al nacer en 1969, recibí de mi padre un legado tanto material como espiritual. El primero era una diminuta vivienda en un rincón abarrotado de Cisjordania, el campamento de Aida, levantado en 1950 entre Jerusalén y Belén. El segundo era el relato de la Nakba, cuando su familia fue expulsada de su pueblo de Bayt Nattif y caminó descalza hasta el campamento donde viviría a partir de entonces. El peso de ese doble legado conformó mi conciencia y templó mi carácter, impulsándome a participar de forma activa en la actividad política. Como muchos jóvenes del campamento, durante la adolescencia me uní al Movimiento de Liberación Nacional Palestino (Fatah). Para entonces ya me había acostumbrado a ver a los soldados de ocupación israelíes patrullando nuestras calles y practicando su deporte preferido: detener y matar a palestinos y destruir nuestros hogares.

Los campamentos de refugiados estaban mucho más expuestos a la violencia de la ocupación que otras zonas de Cisjordania y Gaza. Las políticas coloniales de Israel nos habían dejado huérfanos por partida doble: de nuestra patria y de los palestinos que se habían quedado tras la «línea verde», en los pueblos y ciudades israelíes. Nos unimos a la primera intifada o «revuelta de las piedras», que estalló en 1987. Para los jóvenes de los campamentos de refugiados, que no conocíamos más que la derrota política, fue un momento electrizante que marcó nuestra irrupción en la escena política. Arrojábamos piedras a los soldados y participábamos en marchas no violentas. Israel reaccionó cerrando universidades, llevando a cabo detenciones masivas, demoliendo más viviendas… y matando a más palestinos. Muchos de mis amigos murieron como mártires durante la intifada. En 1993 fui detenido y declarado culpable del asesinato de un agente del Shin Bet (servicio de inteligencia y seguridad interior de Israel). Los agentes me arrancaron una confesión por la fuerza.

Mi periodo de detención empezó en la cárcel de Khalil, conocida como «el matadero» debido a los métodos de tortura allí practicados por los agentes de inteligencia, que tuve ocasión de comprobar de primera mano. Durante los casi dos meses que pasé en la unidad de interrogatorios, sufrí diversas palizas brutales, me colgaron de la pared, me encadenaron durante horas sentado en un estrecho taburete, me expusieron a un frío extremo hasta que perdí el conocimiento y amenazaron con violarme. A partir de entonces me trasladaron de cárcel en cárcel y me mantuvieron a menudo en régimen de aislamiento.

Si las cárceles eran relativamente habitables en el momento de mi detención, se debía a una larga historia de activismo de los presos palestinos que se remonta a 1967. La cárcel era un entorno sumamente politizado, quizás más incluso que los territorios ocupados. Cuando llegué, había detenidos de más de diez partidos políticos –nacionalistas, comunistas e islamistas– que, en su inmensa mayoría, militaban en Fatah. Esta diversidad de afiliaciones convivía en los mismos módulos, pero repartida en celdas separadas. A pesar de sus desacuerdos ideológicos, los reclusos unían fuerzas para enfrentarse a las autoridades penitenciarias.

Al igual que muchos otros reclusos, contemplaba mi detención como una etapa más de la lucha. Participé en cinco grandes huelgas de hambre que empezaron en 1995, cuando más de mil reclusos ayunamos durante dieciocho días para protestar contra los Acuerdos de Oslo, que no incluían medidas significativas respecto a los palestinos detenidos en cárceles israelíes. La huelga más larga de todas tuvo lugar en 2017 y duró cuarenta y un días. Yo fui uno de los encargados de organizarla en la cárcel de Hadarim. Pedimos a la Cruz Roja que revocara su decisión de reducir la financiación de las visitas familiares de dos a una sola por mes, pero fue en vano.

Puede que nuestras reivindicaciones políticas cayeran en saco roto, pero conseguimos que hubiese un ambiente de dignidad y cohesión. La solidaridad era nuestra mayor baza, y por eso las autoridades la convirtieron en su objetivo una vez que empezó la guerra. Cualquier amago de acción colectiva se enfrentaba a un abrumador despliegue de violencia. Si golpeaban a un preso y sus compañeros de celda intentaban intervenir, recibían el mismo maltrato (mis compañeros se apiñaban en torno a mi cuerpo escuálido cuando los guardias nos golpeaban, hasta que la represalia se hacía insoportable). Dado que el más mínimo sonido o gesto podía interpretarse como una protesta, pronto optamos por permanecer en silencio mientras se cometían atrocidades al alcance de nuestros oídos o delante de nuestros ojos. La supervivencia se convirtió en nuestro único lema. Cada prisionero debía protegerse constantemente, por todos los medios a su alcance. Obligados a salvarnos como individuos, perdimos nuestros lazos colectivos.

Peor aún, nos volvimos unos contra otros. Cierta noche, a eso de las tres de la madrugada, me despertó el ruido de mi compañero de celda arrastrando los pies. Sacó los dos trozos de pan que yo había escondido debajo de mi cama y se los comió. No pude hacer nada. Era un tipo alto y fornido, podría haberme reducido fácilmente.

4.

Estaba leyendo Ensayo sobre la ceguera cuando llegó el 7 de octubre. La novela de José Saramago se desarrolla en un manicomio hacinado e inmundo, con el telón de fondo de una epidemia que provoca la ceguera generalizada de la población por causas desconocidas. El autor describe cómo la jerarquía social y la sed de poder se imponen de una manera perversa cuando la gente se ve obligada a convivir en un espacio reducido y en total aislamiento. Yo lo experimenté en carne propia durante los meses que siguieron. Vi cómo algunas personas cambiaban por efecto de la opresión y el miedo extremos, hasta el punto de que su comportamiento las volvía irreconocibles.

El régimen penitenciario que trajo consigo la guerra convirtió todas nuestras acciones y reacciones en algo mecánico. Cuando los guardias entraban en el módulo, permanecíamos inmóviles y en silencio, en una acción colectiva pero no coordinada. En cuanto oíamos que se abría la puerta de la celda, buscábamos un rincón donde escondernos. Los que tenían la suerte de dormir en una cama se cubrían con las mantas; los que dormían en el suelo se levantaban de un brinco y buscaban cobijo; algunos intentaban incluso escabullirse debajo de las camas. Comíamos a toda prisa por si había una redada repentina y nuestra comida acababa en la basura. Dormíamos llevando puesta toda la ropa que teníamos por miedo a que nos la confiscaran en una inspección por sorpresa.

Las peleas se volvieron habituales. Estallaban por minucias: una ración de mermelada mal repartida, una ducha que duraba más de cuatro minutos (lo que impedía que otros presos pudieran ducharse cuando les tocara), una oración en voz alta que pudiera desatar la ira del guardia de turno. Al principio, yo intentaba apaciguar los ánimos porque desembocaban inevitablemente en un castigo colectivo. Como era uno de los presos más longevos y respetados, mis compañeros de celda solían escucharme. Hasta que un día intenté separar físicamente a dos hombres que se estaban pegando con un frenesí salvaje. Recibí un puñetazo accidental en la cara que me dejó inconsciente. Cuando volví en mí, tenía las zapatillas rotas. Un desastre. Las zapatillas eran muy valiosas en la cárcel: sin un buen calzado, no se puede caminar por los aseos inmundos. Tuve que esperar meses para conseguir un par de repuesto, de un preso que estaba a punto de salir en libertad.

El patio era escenario habitual de conflictos. Había una línea amarilla trazada en paralelo a sus cuatro paredes que recortaba un tercio de la superficie total. Si alguien cruzaba esa línea, nos castigaban a todos: o bien nos enviaban de vuelta a nuestras celdas, o bien nos obligaban a tumbarnos boca abajo con la nariz pegada al suelo. Si volvías la cara aunque fuera ligeramente, para apoyar la mejilla y aliviar así la presión, te esperaba una paliza.

Así que había que moverse por el patio con cuidado. Pero había un preso –al que llamábamos «el Broncas»– que se negaba a hacerlo. Tres veces cruzó deliberadamente la línea amarilla. La primera vez, por suerte, ningún guardia lo vio; de vuelta en el módulo, le advertimos que no lo repitiera. La segunda vez, sin embargo, uno de los guardias lo vio y nos obligó a tumbarnos en el suelo durante dos horas. Esa vez sus compañeros de celda le lanzaron una severa advertencia: «¡No lo hagas! ¡Nos castigarán a todos!». La tercera vez lo pillaron de nuevo, pero antes de que el guardia pudiera intervenir, un grupo de presos cogió al Broncas y empezó a darle una paliza. A causa de ese error, nos rociaron a todos con gas lacrimógeno y nos enviaron de vuelta a nuestras celdas. Esa noche sus compañeros de celda lo golpearon sin piedad.

No se podía hacer lo mismo con las decenas de presos con enfermedades mentales que eran sencillamente incapaces de comprender las nuevas reglas. Las incontables palizas y castigos los afectaban tanto que algunos se pasaban el día llorando y chillando, lo que no hacía sino acarrear más problemas a sus compañeros de celda.

Los guardias eran lo único que veíamos y oíamos; su presencia amenazante era la única señal de que existíamos en el tiempo y el espacio. Si se marchaban por unos instantes, nos sentíamos perdidos. Era como si desapareciéramos cuando no estábamos bajo su mirada, como si nos evaporáramos cuando no nos golpeaban.

Las autoridades penitenciarias nos despojaron de humanidad y nos trataron como animales. Más concretamente, como animales que formaran parte de un experimento científico. Éramos meras criaturas biológicas a las que ya no estaba permitido participar en ninguna forma de cultura humana, porque hacerlo quizá habría fortalecido nuestra determinación. Nos mantenían hambrientos, interrumpían nuestro sueño con inspecciones aleatorias, exponían nuestros cuerpos al frío. Controlaban nuestras emociones asegurándose de que no tuviéramos ningún motivo para la alegría. Gestionaban nuestra recuperación física impidiendo que nuestras heridas se cerraran o dejaran de sangrar. Separaban la noche del día desbaratando nuestros ritmos circadianos. Determinaban quién vivía y quién moría, y sofocaban todo deseo de vivir.

Sus ambiciones eran absolutistas. Su objetivo era vigilarnos y castigarnos en todo momento, en cualquier lugar. Incluso los supuestos foros de justicia se convirtieron en cámaras de tortura. Antes de los juicios –que se trasladaron de los juzgados a una sala contigua a la cárcel–, los guerreros dividían a los detenidos en grupos de veinte, les encadenaban manos y pies, les cubrían la cabeza con bolsas negras o les vendaban los ojos y los ataban entre sí con una manguera de incendios. A continuación, hacían desfilar a los hombres por el edificio de la cárcel, entre insultos y humillaciones, palizas y golpes, a veces obligándolos a imitar la voz de animales, como el ladrido de los perros o el rebuzno de los burros. Al final de la comparecencia, los metían en salas de espera diseñadas para cuatro personas y los dejaban allí, encadenados y esposados, hasta que juzgaban al último reo del grupo.

Una vez al mes me llevaban a ver a mi abogada, Nadia, que trabajaba en una apelación de mi cadena perpetua. Desde mi celda hasta la sala donde tenía lugar la reunión había un trayecto de unos ciento cincuenta metros. Me esposaban las muñecas y los tobillos con tanta fuerza que, para cuando llegaba allí, sangraba inevitablemente (aún conservo las cicatrices). A lo largo del trayecto, me pegaban sin cesar. En cierta ocasión, se les olvidó dejar de hacerlo cuando entramos en la sala, y Nadia se llevó un disgusto tremendo. «¿Por qué le estáis pegando?», chilló. «Olvídalo», le susurré en cuanto me senté. «No digas ni una palabra. Ahora estás aquí, así que no me harán nada, pero en cuanto te vayas se cebarán conmigo».

5.

En abril de 2024 me trasladaron a la cárcel de Ganot, un centro penitenciario de mayor capacidad situado en el desierto del Negev, donde se había desatado un brote de sarna. Había al menos un enfermo en cada celda. Cinco de mis catorce compañeros de celda estaban infectados.

Vi cómo la enfermedad devoraba la carne y dejaba los huesos a la vista. Si no contraje la sarna fue seguramente porque, por respeto a mi edad, me dejaron ocupar la litera de arriba y no me incluyeron en la rotación de camas. Las autoridades penitenciarias hicieron caso omiso del brote durante más de un año, permitiendo que se propagara y mutara, hasta que unos pocos de sus guerreros cayeron también víctimas de la sarna. 

Este tipo de negligencia ha causado la muerte de cerca de un centenar de presos palestinos en Israel desde el 7 de octubre (esta cifra no incluye a los habitantes de Gaza que fueron capturados durante la guerra y asesinados en centros de detención temporal, como el campamento de Sde Teiman). Decenas de presos, tanto hombres como mujeres, fueron violados o sufrieron agresiones sexuales, aunque la gran mayoría de esos delitos no se ha denunciado porque las víctimas temían verse mancilladas por la deshonra.

Estas condiciones siguen vigentes en las cárceles israelíes. Soy uno de los primeros presos que puede escribir sobre ello. El motivo de mi liberación sigue siendo un misterio para mí. A finales de 2025, cuando los abogados empezaron a decirnos que «algo se estaba moviendo» –es decir, que la liberación podía estar cerca–, mi primera reacción fue negar esa posibilidad como mecanismo de autoprotección. Me repetía a mí mismo y a todo el que quisiera escucharme que nunca me liberarían. No lo habían hecho en 2005, cuando unos quinientos presos abandonaron la cárcel como parte de un acuerdo entre Ariel Sharon y Mahmud Abás, ni en 2011, cuando Hamás liberó al doble de esa cifra de prisioneros a cambio de Gilad Shalit. A sus ojos, mi supuesto delito era demasiado grave: Israel no puede tolerar la muerte de un agente del Shin Bet. «Sé fuerte», me dije a mí mismo. «Acepta que no vas a ir a ninguna parte». Cuanto mayor es la expectativa, mayor es la decepción.

No estaba en absoluto preparado cuando un guardia se presentó en mi celda con la noticia. «Abu Srour, vas a ser puesto en libertad», dijo. «Prepárate. Tienes dos minutos para recoger tus cosas». Mi reacción fue torpe y mecánica. Cuando lo recuerdo, envidio a los presos que han recibido con euforia la noticia de su liberación.

Mientras recogía en silencio mis escasas pertenencias, mis compañeros de celda saltaban de alegría, alababan a Alá y me besaban en las mejillas. Luego empezaron las súplicas: Nasser, ¿puedo quedarme con tus zapatillas? Nasser, por favor, necesito una toalla. Casi llegaron a las manos por mis camisetas. Siempre pasaba lo mismo cuando liberaban a un preso: otra muestra más de cómo el instinto de supervivencia nos había transformado.

Seguía sin poder quitarme de la cabeza la sensación de que todo aquello era una broma cruel. Mis sospechas se vieron reforzadas por las últimas palizas que nos propinaron mientras nos llevaban al autobús de la cárcel, que nos trasladó a la cárcel de Ktzi’ot y desde allí al paso fronterizo de Rafah. Me senté junto a la ventanilla y aparté la cortina, lo que hizo que los neumáticos chirriaran a causa del brusco frenazo. Un soldado amenazó con pegarme un tiro si volvía a intentarlo. Solo nos permitieron mirar hacia fuera una vez que llegamos a Egipto.

«¡Dios mío, hay cielo!» –esa fue la primera frase que brotó de mis labios cuando llegamos al otro lado. La tierra, los árboles, los pájaros, los coches, las casas… todo era inmenso y me llenaba de asombro, como si nunca antes lo hubiese visto. Al mirarme en el gran espejo retrovisor que el conductor usaba para controlar a los pasajeros, vi mi propio rostro por primera vez en dieciocho meses.

Tuve que echar mano de los cinco sentidos para asimilar la profusión de detalles a mi alrededor. Durante mis tres décadas en cárcel, había renunciado a los sentidos, que eran como cadenas que me impedían dar significados nuevos y diferentes a mi existencia entre esas cuatro paredes. La imaginación se convirtió en el sexto y más importante de los sentidos: el que hizo soportable el dolor del encarcelamiento y posibilitó el acto de escribir. Los detalles sensoriales que me devolvieron al mundo exterior interrumpieron mi recuperación del lenguaje de un modo distinto: volvía a sentirme incapaz de asignar un significado a mi existencia, al tiempo y el espacio.

En una siniestra réplica de nuestra vida en cárcel, nos trasladaron de un hotel a otro por razones arbitrarias. Nos echaron del primero, un cinco estrellas en El Cairo, cuando un periódico británico publicó un artículo advirtiendo sobre los peligros de alojar a delincuentes palestinos junto a turistas extranjeros. Solo aguantamos dos semanas en el segundo, un complejo turístico levantado en el desierto, antes de que nos sacaran con el pretexto de que pronto se celebraría un torneo deportivo internacional en las cercanías. En ambas ocasiones sentí ganas de vomitar, algo que siempre me ocurría cuando me trasladaban de una cárcel a otra. Quizá así era como mi cuerpo protestaba contra su falta de autonomía.

He decidido escribir porque nada existe más allá de los límites del lenguaje, ni siquiera el genocidio. Debo escribir sobre la matanza de Gaza; sobre sus hombres, mujeres y niños famélicos; sobre su mar ahogado y su capacidad para resurgir; sobre la indiferencia del mundo ante lo que ha sucedido allí y lo que sigue sucediendo; sobre cómo las grandes potencias apenas reconocen este crimen. Debo escribir sobre los presos palestinos, porque se sigue librando una guerra contra ellos; las autoridades penitenciarias israelíes aún no han declarado un alto el fuego.

Debo escribir para confesar mi deseo de dejar de pedir perdón a Gaza y a los presos palestinos por cada bocanada de aire que inhalo, por cada rayo de luz que me acaricia el rostro y por todo el espacio que se ha abierto ante mí. Eso es lo que he estado haciendo estos últimos siete meses: no dejar de pedir perdón a Gaza y a los presos palestinos por seguir vivo.

Nasser Abu Srour estuvo detenido en distintas cárceles israelíes entre 1993 y 2026. Su libro, La historia de un muro, originalmente escrito en árabe desde la cárcel, se publicó en español en 2024 (Galaxia Gutenberg) con traducción de Eduardo Iriarte. 

Luke Leafgren es vicedecano del Harvard College y tradujo al inglés el libro de Nasser Abu Srour. Empezó a traducir literatura árabe en 2010 y su décima traducción verá la luz en 2026.

La entrada “¿Por qué no te mueres de una vez?”, por Nasser Abu Srour se publicó primero en lamarea.com.

Sin noticias de Alicia Armesto, la periodista que siempre regresa a Gaza

3 Junio 2026 at 12:51

Desde el 24 de mayo no hay comunicación con Alicia Armesto, la activista integrante de la caravana de ayuda a la Franja de Gaza detenida en Libia. El cónsul español en Trípoli “está trabajando para que se expida todo el proceso de liberación”.

La entrada Sin noticias de Alicia Armesto, la periodista que siempre regresa a Gaza se publicó primero en Pikara Magazine.

SIDENOR: acero para el genocidio.

Hoy, sábado, 30 de mayo, Alternativa Antimilitarista Movimiento de Objeción de Conciencia (AA-MOC) del estado español, ha realizado una acción directa noviolenta en la fábrica de SIDENOR, ubicada en Basauri, Bizkaia, para denunciar su papel en el genocidio contra el pueblo palestino.

En torno a las 11 de la mañana mediante una acción directa, las antimilitaristas han bloqueado la entrada de la fábrica, a la que se han desplazado efectivos de la Ertzaintza que han procedido a disolver la protesta. y la identificación de los participantes.

La industria siderúrgica vasca, con SIDENOR como referente de aceros especiales, constituye un eslabón fundamental en la cadena de suministro de la industria armamentística. Al suministrar acero indispensable para producir componentes críticos para vehículos blindados, motores y artillería, la empresa se convierte en un colaborador necesario de la maquinaria bélica israelí.

Cada pieza de acero suministrada a empresas de armamento que operan con el ejército israelí supone la participación directa en el genocidio, los crímenes de guerra, la ocupación ilegal y en el apartheid que se están produciendo en Gaza y Cisjordania.

AA-MOC denuncia este vínculo en un ejercicio de responsabilidad. Denunciar las guerras significa denunciar a SIDENOR.

No podemos permitir que el negocio de unos pocos se cimente sobre las ruinas de las viviendas, escuelas y hospitales palestinos; el beneficio económico no puede ser la justificación que maquille una realidad de muerte, dolor y destrucción.

AA-MOC exige a SIDENOR que su producción se destine exclusivamente a fines civiles. Si el acero de Sidenor contribuye a la ocupación y al asesinato masivo, es nuestra obligación denunciarlo. Ni un gramo de acero para la guerra; la guerra empieza aquí, parémosla aquí.

Cuatro activistas españoles secuestrados por Israel necesitaron atención médica

22 Mayo 2026 at 14:35
Por: La Marea

Israel deportó ayer a la mayoría de los activistas de la flotilla de apoyo a Gaza. Entre ellos había 44 españoles que fueron trasladados a Turquía, donde denunciaron el trato brutal y humillante recibido por parte del Ejército israelí, que los secuestró ilegalmente en aguas internacionales. Cuatro de ellos necesitaron atención médica.

Los voluntarios declaran haber recibido palizas salvajes, humillaciones e incluso agresiones de carácter sexual. Según la ONG Free Palestine Now, «hay al menos 15 casos de agresiones sexuales, incluidas violaciones». Además, reportan que los detenidos recibieron disparos de balas de goma a quemarropa y que hay un gran número de individuos con huesos rotos.

El caso de Emilio Figueroa sirve de ejemplo de la brutalidad empleada por las autoridades israelíes: «Entre tres, me empezaron a golpear con las culatas de sus armas de fuego. En las costillas, en los tendones de las rodillas, en la espinilla. Se veía que iban a hacer daño. Me vaciaron una botella de agua y me dieron descargas con una pistola táser. Yo nunca he visto nada igual, tanto odio. Nos han tratado como animales», declaró al diario El País cuando aterrizó en Estambul.

Tras el secuestro, a su llegada al puerto de Ashdod el pasado miércoles, varios activistas fueron conducidos a contenedores donde, según afirman, se procedió a torturarles. «Podíamos oír los gritos desde fuera», ha contado el periodista italiano Alessandro Mantovani. Su compatriota Antonella Bundu, política comunista y activista de Oxfam, contó a la agencia Ansa que tras el desembarco en Ashdod vio cómo golpeaban en la cabeza a «una chica con epilepsia» que formaba parte de la tripulación. Según relató Bader Alnoaimi, miembro del equipo legal de la Flotilla Global Sumud, sus abogados «han documentado niveles de violencia realmente extremos».

«Estamos hablando de monstruos. Estamos hablando de un Estado genocida que halla placer en la violencia, que halla placer torturando gente, que usa la violencia sexual de forma sistemática contra la población palestina y ahora también contra los miembros de nuestra flotilla. Esto tiene que parar. No podemos aceptar un país que cree que el derecho humanitario internacional no aplica para ellos», declaró el activista Thiago Ávila en sus redes sociales cuando conoció el relato de sus compañeros en Estambul. Ávila también fue secuestrado semanas antes por Israel, donde permaneció en prisión durante 10 días antes de ser deportado. «Y pese a todo esto, debemos seguir diciéndolo: todo lo que nos han hecho a nosotros no es nada comparado con lo que hacen con los palestinos», añadió.

El Ministerio de Asuntos Exteriores español ha reiterado su enérgica condena ante un tratamiento que consideran «monstruoso, indigno, inhumano». El ministro, José Manuel Albares, señaló hoy que espera que la Unión Europea imponga sanciones contra ministros y colonos israelíes tras ver «la brutalidad» empleada contra los activistas. «No podemos relacionarnos con Israel como con Noruega o Islandia», señaló con anterioridad en una entrevista en TVE.

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Israel frena la misión de la flotilla secuestrando a más de 400 activistas

20 Mayo 2026 at 13:53
Por: La Marea

Los barcos de la coalición humanitaria, incluidos los de la Global Sumud Flotilla, fueron atacados ayer por el Ejército israelí. El asalto, en el que los militares hebreos embistieron y abrieron fuego contra las embarcaciones, se saldó con el secuestro de la mayoría de los integrantes de la misión humanitaria, que ha quedado prácticamente desmantelada: hasta 428 civiles desarmados fueron detenidos ilegalmente. Entre ellos, 87 han iniciado una huelga de hambre.

Los activistas arrestados fueron conducidos al puerto de Ashdod, pero las autoridades israelíes no permitieron que fueran visitados por el personal consular. Sí dejaron que recibieran asistencia por parte de las abogadas de Adalah, una ONG de derechos humanos y servicios jurídicos para la minoría árabe de Israel. Desde Ashdod, los secuestrados serán conducidos a la prisión de Ketziot, donde, en principio, el consulado español sí podrá ponerse en contacto con ellos e informar a sus familias.

A pesar de que las autoridades israelíes pretenden vincular a los tripulantes de la flotilla con Hamás, el objetivo de los activistas fue siempre de carácter estrictamente solidario: desde hace meses pretenden romper el bloqueo israelí de la Franja de Gaza (donde han asesinado a más de 72.700 personas) y abrir un corredor humanitario.

Asalto supervisado por Netanyahu

El primer ministro, Benjamín Netanyahu, y los miembros de su gabinete dirigieron personalmente el asalto de las embarcaciones de la flotilla desde la sala de operaciones de la Marina israelí. Los activistas, por su parte, lograron retransmitir el asalto en directo a través de Internet. En sus vídeos se pudo observar cómo soldados armados abordaban el Sirius; su tripulación, vestida con chalecos salvavidas, los esperó con las manos en alto y sin oponer resistencia. Antes, los militares crearon olas artificiales, lanzaron agua a presión y chocaron deliberadamente contra el barco. Israel, por su parte, niega haber abierto fuego, al menos con munición real y dirigida directamente contra los integrantes de la flotilla.

El Sirius consiguió acercarse a 80 millas náuticas de distancia de la costa de Gaza antes de ser atacado. Cabe señalar que las aguas territoriales de Israel miden 12 millas náuticas, distancia que en cualquier caso no afecta a la costa palestina de Gaza: carece de jurisdicción allí según el derecho internacional.

La Armada israelí embiste el ‘Sirius’ en aguas internacionales. GLOBAL SUMUD FLOTILLA

El activista hispanopalestino Saif Abukeshek vivió una experiencia similar recientemente: fue secuestrado en alta mar por Israel y estuvo encarcelado durante 10 días antes de su deportación. Ayer habló en el Parlamento europeo y criticó la connivencia de Bruselas en el desmantelamiento de la misión humanitaria: «Lo que es triste es que la Unión Europea, con tantos países, lo tolera. Está viendo lo que hace Israel y, además, le otorga privilegios como el acuerdo de asociación».

En la misma línea se expresó la Global Sumud Flotilla en un comunicado: «La impunidad no es una condición permanente; es posibilitada y reforzada por estructuras de poder coloniales que deben ser desmanteladas».

Los 87 activistas que han empezado una huelga de hambre lo hacen en protesta por su secuestro ilegal «y en solidaridad con los más de 9.500 rehenes palestinos retenidos en prisiones israelíes».

El ministro Ben Gvir humilla a los secuestrados

Después del desembarco de los secuestrados, el ministro ultraderechista Itamar Ben Gvir ha publicado un vídeo en el que se le ve humillando a los activistas de la flotilla. Las imágenes han provocado la respuesta enérgica del Ministerio de Asuntos Exteriores español. «Ese tratamiento es monstruoso, es indigno, es inhumano. Exijo disculpas públicas a Israel», declaró el ministro José Manuel Albares cuando el vídeo salió a la luz. Entre las personas que soportan las chanzas del ministro israelí, maniatadas y con la cabeza en el suelo, hay decenas de españoles. Francia e Italia también han llamado a consultas a los embajadores de Israel en sus respectivos países por un trato que, en palabras de Albares, es «absolutamente abominable e inaceptable».

Hasta el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, uno de los políticos trumpistas más radicales, fundamentalista protestante y partidario del Gran Israel, se ha escandalizado con las imágenes. «Ben Gvir ha traicionado la dignidad de su nación», ha escrito en X.

Actualización: 20.30 horas.

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Hernán Zin: “Palestina va a desaparecer”

10 Mayo 2026 at 07:00

Esta entrevista con Hernán Zin se publicó originalmente en la revista de La Marea. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.

«Estoy muy cabreado». Hernán Zin (Buenos Aires, 1971) no oculta que le hierve la sangre cuando habla de Gaza. Allí rodó en 2014 un aclamado documental, Nacido en Gaza, en el que mostraba el impacto que la violencia y la ocupación israelí tenían sobre un grupo de niños palestinos. Diez años después, en mitad del genocidio, se reencuentra con tres de ellos (Mohamed, Bisan y Udai) para hacer la segunda parte: Todos somos Gaza. Esta vez no ha podido rodar en persona, porque la entrada a la Franja está prohibida para la prensa extranjera. Ha tenido que hacerlo a distancia, dirigiendo a su equipo por teléfono, temiendo continuamente por su suerte. Su director de fotografía, Ebrahem Abu Eshieba, fue asesinado durante el rodaje. La experiencia ha reabierto la herida del estrés postraumático, un trastorno que arrastra tras muchos años como reportero en zonas de conflicto. Pero lo de Gaza, dice, no tiene comparación con nada que haya visto antes.

¿Retomar la historia de los niños de Nacido en Gaza era algo que tenía clavado? ¿Mantuvo el contacto con ellos a lo largo de estos años?

Sí, mantuve el contacto. Siempre tuve el deseo de contar cómo había sido su vida bajo el bloqueo, pero no esperaba hacerlo en estas circunstancias. Aunque el genocidio siempre estuvo ahí. Desde que llegué allí por primera vez entendí que había una voluntad de erradicar a esta población encerrándola, cortándole el agua, la electricidad, el acceso a los alimentos, a las medicinas, a los libros. Era un genocidio a cámara lenta. Siempre fue un genocidio.

En situaciones así, ¿se piensa en ayudar a la gente a salir de allí?

Yo nunca quise sacarlos de allí. Se saca a los heridos, eso sí. Pero nunca he pensado en protegerlos sacándolos de allí. Eso sería un triunfo del sionismo. En este caso, o en Congo, o en Afganistán, o en Somalia, lo que quiero es que el país esté bien y que prospere. Y que se termine con la violencia y con todo el negocio que hay detrás. Yo lo que quiero es sacar a los colonizadores, no a los oprimidos. La gente se quiere ir y van a acabar yéndose todos, lo entiendo, pero la solución no es esa. Imagine que sacáramos a todos los que han sido masacrados en Ruanda o en Myanmar. Ganarían los que tienen poder.

Usted nunca ha compartido esa premisa periodística de no implicarse demasiado en la noticia que está contando.

No, pero es que yo no me considero periodista. Yo soy un contador de historias. Hay compañeros periodistas que bromean conmigo diciendo: «Tú siempre estás con las víctimas». Me parece bien. Uno cuenta la parte militar, otro cuenta la parte política y yo estoy con las víctimas. Esa es mi vocación. Que cada uno cuente lo suyo. Yo tomé partido hace mucho tiempo, la primera vez que visité un barrio de chabolas en Calcuta. Estoy con los oprimidos. Ese es mi punto de vista narrativo.

Hay un momento del documental en el que Mohamed dice: «Que Dios perdone a quien nos está haciendo esto». Me sorprendió no ver maldiciones contra Israel en la película. ¿Las ha cortado o no las había?

Yo nunca las he oído, al menos entre la gente que yo conozco. Otra cosa es ir a una manifestación de Hamás, allí puedes oír todo tipo de proclamas. Pero en Gaza la gente es bastante moderada. Hay mucho más odio en Israel. Yo recibo cien amenazas de muerte al día, me llaman antisemita a todas horas… Ves mucha más violencia del lado de los agresores. Ocurre en todos los conflictos, no sólo en Gaza.

La primera parte, Nacido en Gaza, ha tenido un éxito extraordinario en Netflix.

Sí, se estrenó en la plataforma en 2018 y en 2023 la reventó. Estuvo entre lo más visto en muchos países. Se pasó en la ONU, en el Banco Mundial… Y sigo recibiendo miles de peticiones para proyectarla. Ahí fue cuando entendí que estaba obligado a hacer una segunda parte. Desgraciadamente, los derechos se cumplieron el año pasado y Netflix no ha querido renovarlos.

¿Por razones políticas?

No lo sé. Tampoco quieren la segunda parte.

Conociendo el éxito internacional que ha tenido Nacido en Gaza, ¿le han llamado para hacer entrevistas de promoción de esta segunda parte en Estados Unidos, Argentina o Alemania?

Por ahora, de esos países sólo recibo insultos y amenazas. Lo de Alemania es lo que más me sorprende. En Argentina, en cambio, siempre ha sido así. Mi primer libro sobre Gaza es de 2006 y no lo pude presentar en Buenos Aires porque amenazaron de muerte a mi familia. Lo presenté en México y en Madrid. Argentina está perdida. Está tomada por el sionismo. De hecho, ahora cualquier crítica se considera un crimen antisemita, como en Estados Unidos. Aunque allí sí me han entrevistado muchas veces. En España no sabemos la suerte que tenemos de poder estar hablando de esto libremente. Ayer estuve en la radio pública y pude decir todo lo que quise. Le aseguro que eso no pasa en Francia ni en Alemania.

Hernán Zin: «Palestina va a desaparecer»
DOC LAND FILMS

El documental es durísimo, pero tengo la impresión de que podía haber sido más sangriento y usted no ha querido.

No, porque mi objetivo es que la gente lo vea. Además, las guerras no son como se ven en el cine. En una calle de Sarajevo o de Alepo pueden estar cayendo bombas y a 15 minutos de distancia puede haber gente de fiesta. En Kiev viven con normalidad y en el Donbás están bajo el fuego. La guerra es un caos y allí nadie entiende nada. En medio de la guerra también puedes encontrar momentos de felicidad o de amor. Siempre lo he visto. Habrá que retratarlo todo, ¿no? Incluso en la guerra, la vida sigue. Aunque esto no es una guerra, es un genocidio.

Los grandes medios de comunicación no han mostrado todo el horror de ese genocidio. ¿La profesión periodística ha fracasado?

La profesión periodística lleva fracasando allí desde 1948.

Me refería al hecho de no publicar fotos de niños muertos. Eso, quizás, ha provocado que haya más niños muertos.

Eso es así. Es un debate muy antiguo. Pero en este caso es mucho más sutil. Hay estudios del tratamiento que se hace del pueblo palestino en el New York Times y en otros grandes medios de habla inglesa y es escandaloso. El 90% de las noticias hablan de Israel y el 10% de Palestina. Se cosifica a los palestinos. Es todo de un racismo vergonzoso. Pero no se debe sólo a un sentimiento de culpa por el Holocausto. Recuerdo que en 2006 yo llevé un reportaje sobre Gaza a la redacción de Clarín y me dijeron: «Si publicamos esto, se van todos los anunciantes. Nos lo han dicho». El pueblo palestino está vendido. Vendido por los árabes, por los europeos, por los americanos… Está vendido al sistema financiero. El sionismo tiene mucho poder.

Pero las imágenes de la hambruna sí se publicaron. Eso fue lo que provocó manifestaciones masivas en todo el mundo y que se acelerara ese paripé llamado «plan de paz».

Sí, es curioso. No sé por qué tuvieron tanto impacto las fotos del hambre y no el asesinato masivo de todos los días. No tengo explicación para eso. El mundo despierta cuando ve que están disparando a las personas hambrientas que van a un centro de ayuda a buscar una bolsa de harina. España no tardó tanto. Siempre tuvo una postura muy humana respecto a Palestina. Por eso el sionismo ha llegado aquí con tanta fuerza. Primero de la mano de Aznar y ahora con Ayuso. Por eso han comprado tantas voluntades. Por eso han metido dinero en OK Diario, por ejemplo. Han desembarcado financieramente y lo han hecho muy bien. Con dinero, con empresas, con fundaciones. Han venido muchos argentinos millonarios a Madrid y están haciendo lobby. Quieren que esto sea Argentina o Estados Unidos, pero les va a costar. En cualquier caso, a pesar de lo mucho que han gastado en propaganda, en Gaza se les ha caído la máscara. El que no quiera ver lo que es el sionismo, el que no tome partido, es una persona desalmada, sin criterio, sin humanidad, sin compás moral. Yo recuerdo ir a Israel y que me dijeran: «En España sois muy antisemitas». No somos antisemitas, simplemente vemos la verdad. Nos tienen atravesados. Ojalá no consigan silenciarnos, pero nunca se sabe. Quizás dentro de dos años no podamos estar hablando así. O quizás sí, pero usted podría acabar en la calle.

¿Ha notado esa presión a la hora de hacer Todos somos Gaza?

En términos cuantitativos, no, porque la subvención que teníamos de la Comunidad de Madrid era muy pequeña. Pero nos la retiraron igualmente. Por la cara. Parece que ahora en la Comunidad de Madrid saben mucho de relaciones internacionales. Se ponen a hablar de lo que es o no es un genocidio. Es absurdo. Yo les pago para que hagan carreteras y hospitales, no para que opinen. Oyes hablar a Ayuso y a Almeida y… es tremendo. ¡Cómo se ha equivocado la derecha española con este tema! No entienden que el 80% de los españoles está a favor de Gaza. Son muy torpes.

Y aún no han cometido el mismo error con el Sáhara Occidental, pero no hay que descartarlo.

No lo han cometido porque eso no está en la agenda. Si el PP gobernara probablemente destinaríamos el 5% del PIB a las armas. Han entrado en el juego de esa ultraderecha que lo que busca es echarle la culpa de todo a los inmigrantes. Todos han entrado en el modelo Trump: decir tonterías y burradas para hacer ruido y estar siempre en los titulares de prensa, negar el cambio climático, negar los derechos de las minorías, dar rienda libre a las grandes compañías tecnológicas… Es un modelo muy dañino para el futuro de la humanidad. Mire cómo se ha desnaturalizado Europa, que era un faro de libertad y de derechos humanos. Ahora la clase media no puede pagar una casa. Estamos acorralados. Los siguientes somos nosotros. No al nivel de Gaza, claro. Gaza es el laboratorio. Allí prueban las armas, las escuchas, el reconocimiento facial, la IA… y después se vende a todo el mundo. Las acciones de Elbit Systems han subido un 80% en un año. La bolsa de Tel Aviv ha subido un 200%. Es un gran negocio.

A usted le han prohibido la entrada en India por los reportajes que hizo sobre la violencia contra las mujeres. ¿Le ha pasado lo mismo con Israel? ¿Allí puede entrar?

Seguramente no me dejen. [Señala su móvil] Ahora todos estamos controlados. Tampoco me apetece ir. Hace 20 años allí había una izquierda civilizada. Estaba el movimiento Paz Ahora. Había oenegés como B’Tselem, que eran propalestinas y estaban en contra de la ocupación. Gente con la que yo he trabajado y que estaba preocupada por crear un Estado plurinacional, como Gideon Levy o Meir Margalit. Pero esas personas ahora también están acorraladas. No hay nada que hacer.

¿Usted cree que la solución de los dos Estados es factible?

¿Y dónde van a estar esos dos Estados? Si apenas han dejado un 15% de territorio para los gazatíes en una Franja que ya antes era el sitio más superpoblado del mundo. De aquí a dos años no quedará nada de Palestina. Se cumplirá el sueño del Gran Israel.

¿No quedará ni siquiera Cisjordania?

El futuro de Cisjordania es casi peor. Los colonos están matando gente todos los días. La gente está huyendo. El problema es que ni en Jordania ni en Egipto los quieren. Pero Estados Unidos está presionando para que los dejen salir. Palestina va a desaparecer. Y sobre la solución de los dos Estados… la verdad es que no debería ser así, debería ser un Estado palestino con población judía, como fue siempre. Pero, bueno, pongámonos en el caso de que haya dos Estados. ¿Quién va a indemnizar, económica y moralmente, a los palestinos por todo lo que les han arrebatado? Estamos hablando de reparaciones de miles de millones, como las del Holocausto. ¿Quién va a pagar? Los árabes les han dado la espalda. Europa se ha escorado a la derecha de manera totalmente autodestructiva. Alemania apuesta ahora por fabricar armamento, ya que los coches chinos se han comido su mercado. Yo pensé que las guerras se acabarían en el siglo XXI y que, como reportero de guerra, me quedaría en paro, pero no. ¿Qué necesidad tenemos de hacer la guerra ahora? ¿Con quién? ¿Por qué? Ucrania, Sudán, Congo, Gaza… todo se podría arreglar rápidamente dialogando. Es muy triste.

Ha explicado que Israel mata a gente muy concreta para evitar la reconstrucción de Palestina.

Sí, al principio usaron una IA que se llama Lavender y que hace un análisis de los daños colaterales que puede tener una víctima dependiendo de su nivel social y de su rango. Usaron drones cuadricópteros que entraban en las casas y mataban a familias enteras. Así aniquilaron a todos: ingenieros, arquitectos, médicos… A los médicos los secuestraban. A Ebrahem, nuestro director de fotografía, lo matan en el ataque de un comando al hospital Nasser. Entraron y le pegaron siete tiros. Y al médico que estaba con él le dispararon en las piernas y se lo llevaron. Pero no estoy revelando nada. Lo dijo Yoav Gallant. Lo han dicho ellos mismos: «No puede quedar un niño vivo. Son todos terroristas. Hay que matarlos a todos». Están haciendo lo mismo que hizo Hitler en 1939: destruir la inteligencia, eliminar a la clase media culta, con estudios. Y en Palestina, como no hay otra cosa que hacer, estudian mucho. El estudio es una pasión. Tienen el mayor número de doctorados del mundo. Casi todos los que vienen a España, por ejemplo, son médicos.

El caso de Bisan es muy significativo. Estudia sin parar. Cuando caen las bombas, siempre le pillan con el libro en la mano.

Bisan se preparaba para un examen y lo hizo por Internet. Pero hackearon su cuenta y ahora tiene que volver a hacerlo. Para que vea hasta qué nivel de maldad llegan. Una tía que se pasa todo el genocidio estudiando, sin luz, sin agua, sin comida… Nosotros le comprábamos la comida y la medicación que aún necesita. Van a destruirlos. La gente no lo ve, pero los van a exterminar. Como a los indígenas americanos. Es la misma mentalidad colonizadora y racista del siglo XIX. Siento ser portador de malas noticias, pero ya dije hace un año que el genocidio había ganado, y todo el mundo se me echó al cuello. Llevo 20 años documentándolo y esto terminará dentro de dos o tres años con la desaparición de Palestina. ¿No lo estáis viendo? Lo han hecho así para que no haya nada que reconstruir. Ciudad de Gaza, Beit Hanoun, Rafah, Jabalia… todo son escombros. ¿Qué vas a reconstruir ahí?

Hemos visto imágenes muy impactantes de otros conflictos. Beirut completamente calcinada, por ejemplo, pero tengo la impresión de que nada se puede comparar a lo de Gaza.

Nada, nada. No hay comparación posible. Nunca se vio nada igual. Ni lo de Dresde. Ni lo de Hiroshima y Nagasaki. El equivalente ha sido el de varias bombas atómicas. Y además con descaro, a la vista de todos. Por eso digo que vivimos una época complicada y que todos somos Gaza. Porque también van a por nosotros. No con drones como en Gaza, pero si con la IA y con la acumulación de capital. Hoy en día el trabajo no vale nada. Lo que vale es el capital, con el que un fondo de inversión, incluso un particular, puede comprar 1.500 pisos de una tacada. O la gente se pone en pie y los Estados intervienen para hacer un mundo con reglas o esto se va al garete.

Hernán Zin: «Palestina va a desaparecer»
Hernán Zin en un momento de la entrevista. ÁLVARO MINGUITO

Usted decide dejar de cubrir zonas de conflicto en 2018, cuando estrena el documental Morir para contar, en el que aparecen dos amigos suyos que morirían poco después en Burkina Faso, David Beriain y Roberto Fraile.

Sí, ese documental era mi despedida. Tuve un accidente en 2012 y ya entonces pensé en retirarme, pero me agarró Siria y me agarró Gaza, y continué. En 2018 me separé de la cantante Bebe, que era mi pareja, terminé Nacido en Siria, que ganó todos los premios, y me encontré solo en mi casa. Y entonces pensé: «Ahora me pego un tiro. No tengo más futuro». Era producto del estrés postraumático. Luego escribí una novela y al poco tiempo llega la COVID-19 y me llama Netflix para hacer otro documental [titulado 2020]. Y me paso un año metido en hospitales y en ambulancias. Y ahora, otra vez Gaza. Durante todo este tiempo yo quería dedicarme exclusivamente a hacer ficción, pero no he podido. Cuando matan a David y a Roberto [en 2021], fui corriendo a mi psiquiatra y me inyectó valium porque ese día sufrí uno de los mayores bajones de mi vida. Los dos eran amigos muy, muy queridos. Compartimos mucho tiempo y muchas risas en el Congo, en Afganistán… Pero con Roberto yo tenía una conexión especial. Y ese día ni siquiera fui capaz de llamar a su familia. Me duele en el alma. Era un tipo muy grande.

Dado el coste personal que ha tenido que pagar, ¿ha pensado alguna vez que podría haber hecho su trabajo de otra manera y que le hubiera hecho menos daño?

Sí, claro que lo he pensado. [Silencio] Podía haberlo hecho con más moderación. Bueno… [Suspira] Fue una vida bien vivida. Pero el coste familiar ha sido terrible. A mis padres hace 13 años que no los veo. Ahora los veré, pero cuando yo me meto en algo, me vuelco completamente. Ese ha sido el mayor sacrificio, la familia. Pero, bueno, lo mío es una vocación, una llamada, una misión. Admiro a la gente que puede desconectar e ir a tomar cañas con los amigos, pero yo no puedo hacerlo. Nací con una misión. No me arrepiento.

¿Y ahora qué planes tiene?

Acabo de terminar mi primera comedia. Me ha venido muy bien a nivel espiritual. Es una historia de tres capítulos que hemos rodado en Lanzarote. Con un fondo social, porque trata de la inmigración, pero en tono de comedia. Estoy muy contento. Creo que hay que desmontar de una vez este mensaje contra la inmigración. Me tienen frito estos pijos que tienen una filipina sirviendo en casa, la comida se la lleva un guatemalteco, el césped se lo corta un marroquí… pero luego votan a Vox. Estoy muy harto ya del efecto Trump.


Udai, Bisan y Mohamed

Cuando se rodó Nacido en Gaza, en 2014, Mohamed era un niño de apenas 12 años. Y ya trabajaba. Rebuscaba entre la basura envases que se pudieran reciclar o reutilizar. Recorría Ciudad de Gaza de arriba abajo con un viejo caballo que tiraba de su carro. Una década después, es padre de dos hijos por los que sigue trabajando incansablemente, buscando comida, buscando transporte, jugándose la vida en las colas de los centros de ayuda.

Hernán Zin: «Palestina va a desaparecer»
El antes y el después de Mohamed, Bisan y Udai, los tres protagonistas de ‘Todos somos Gaza’. FLAMINGO COMUNICACIÓN

Bisan era incluso más pequeña entonces. Una bomba israelí destruyó su casa. Sólo ella salió viva de los escombros. Hoy es una estudiante infatigable. Las secuelas de aquel trauma aún son visibles en su rostro: una ceja y un párpado quedaron seriamente dañados.

Udai jugaba entre las casas derruidas. Era un niño risueño, pero tras su sonrisa se traslucía una tristeza indefinible. Acababan de matar a su hermano mayor. Luego fueron cayendo todos los demás, uno tras otro. La heladería de su padre fue bombardeada trece veces, y fue reconstruida otras tantas. Ya veinteañero, en mitad del genocidio, no puede ocultar su felicidad porque está comprometido con una chica. Y está profundamente enamorado.

«Lo que más me gusta de ellos es que siguen teniendo la misma esencia que cuando los conocí hace 11 años», cuenta Zin. «Udai tiene la misma timidez, la misma candidez. Mohamed es un luchador. No para ni un instante. Y Bisan es una tía que quiere estudiar y que tiene la cabeza muy bien puesta. Tendrán sus traumas internos, obviamente, pero son un ejemplo para la humanidad. Esa es la parte luminosa de la película. La vida les ha dado unas hostias que nosotros no somos capaces ni de imaginar. Han perdido a media familia, la casa, los recuerdos, lo han perdido todo. Y no van de víctimas. Tienen una dignidad y una resiliencia increíbles».

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Israel prolonga seis días la detención ilegal de los activistas de la flotilla Global Sumud

5 Mayo 2026 at 14:22
Por: La Marea

Dos de los integrantes de la Flotilla Global Sumud secuestrados por Israel asistieron hoy a una vista judicial en la ciudad de Ascalón que decidió alargar su prisión preventiva seis días más. El español Saif Abukeshek y el brasileño Thiago Ávila fueron capturados ilegalmente el pasado miércoles, 29 de abril, mientras sus embarcaciones estaban en aguas internacionales. El Estado hebreo les acusa de «actividades ilegales» y vínculos con Hamás sin aportar pruebas concluyentes e ignorando los límites de su jurisdicción. De hecho, fueron abordados en aguas griegas, a más de 1.000 kilómetros de Gaza. El Gobierno español habla explícitamente de «secuestro» de los dos activistas.

Las abogadas de Abukeshek y Ávila (pertenecientes a Adalah, una ONG de derechos humanos y servicios jurídicos para la minoría árabe de Israel) daban por hecho, ya antes de entrar en la sala encargada del caso, que el tribunal fallaría en su contra y prolongaría su estancia en prisión. Allí se encuentran en régimen de aislamiento (en celdas sin ventanas e intensamente iluminadas durante todo el día) y sufriendo maltrato por parte de las autoridades israelíes, según han asegurado las letradas tras visitarlos. Siguiendo la recomendación de la Policía, el tribunal aprobó «su detención hasta el domingo por la mañana», confirmó Miriam Azem, coordinadora internacional de Adalah. La ONG manifestó que el fallo sirve para ratificar «una ilegalidad» y anunció que apelará de inmediato la decisión.

El acoso de las autoridades israelíes no ha cesado sobre los navíos que aún siguen en alta mar. Anoche, 4 de mayo, drones, helicópteros y embarcaciones militares rodearon a los barcos de la flotilla cuando estos se encontraban a 1.490 kilómetros de Gaza. Cabe recordar que las aguas jurisdiccionales de Israel se extienden sólo 22 kilómetros desde su costa. Este límite, en cualquier caso, no afectaría a Palestina según el Derecho Internacional del Mar: legalmente, Gaza tiene su propia jurisdicción náutica y es allí donde los barcos de la Global Sumud han pretendido siempre atracar para romper el bloqueo israelí y llevar ayuda humanitaria.

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