Radio Almaina - Radio Coctelera: La Vida que Vendrá! ep.3 – Autogestión y economía social, sus límites y contradicciones
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Radio Coctelera: La Vida que Vendrá! ep.3 – Autogestión y economía social, sus límites y contradicciones
[Internacional] Recaudación de fondos de la ASF-IWA para «Hero Warrior» LPDF
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- Laura Vivar: “Apenas conocemos cómo vivieron las mujeres el hambre, el miedo o la posguerra”
Laura Vivar: “Apenas conocemos cómo vivieron las mujeres el hambre, el miedo o la posguerra”
La escritora de Guadalajara (España) publica su primera novela, ‘Tocan a muerto’ sobre la posguerra española en la dictadura franquista, sobre los silencios y el luto. “Las historias pertenecen a quienes las sufren”, afirma.
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Once tesis a debate en Bujaraloz: revolución, contrarrevolución y cuestión del poder

En el marco de las jornadas celebradas en Bujaraloz con motivo del 90 aniversario de la llegada de la Columna Durruti, las once tesis sobre la revolución y la contrarrevolución en Cataluña, publicadas en el libro Ocho días de julio de Agustín Guillamón, fruto de décadas de investigación histórica, fueron sometidas a un intenso debate. Las discusiones sobre la cuestión del poder, la autonomía de los comités, la institucionalización de la CNT y el proceso contrarrevolucionario permitieron confrontar distintas posiciones y plantear tanto los puntos de acuerdo como las contradicciones surgidas durante el debate; todo ello conduce a una pregunta crucial: cómo destruir el Estado.
Introducción
La conciencia procede del ser. Sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existiría teoría revolucionaria. Es decir, hay que aprender de las lecciones que nos da la historia.
La historia no es un relato neutral ni un depósito de fechas muertas: es un campo de batalla. Y como tal, está atravesada por intereses, silencios y tergiversaciones. Quien pretende aproximarse a ella con honestidad no puede hacerlo únicamente desde la cómoda distancia del erudito que clasifica documentos, sino desde la conciencia crítica de que cada archivo es también una trinchera.
En los últimos años se ha intensificado una operación de maquillaje del pasado, especialmente en lo que respecta a las experiencias revolucionarias del siglo XX. Se vacían de contenido, se reducen a anécdotas pintorescas o, peor aún, se integran en el relato oficial como meros episodios inevitables de un progreso que siempre desemboca en el Estado y el mercado. Este proceso no es inocente: responde a la necesidad de desactivar cualquier memoria que pueda cuestionar el orden existente.
Tomemos como ejemplo la revolución social. No como concepto abstracto, sino como práctica concreta, vivida en las calles, en las fábricas, en las colectividades agrarias o industriales. Allí donde los trabajadores dejaron de obedecer, donde la propiedad privada fue abolida de facto y donde la vida cotidiana se reorganizó sobre nuevas bases, surgió algo que desborda las categorías habituales de la política institucional. Eso es precisamente lo que resulta intolerable para la historiografía dominante: la evidencia de que la sociedad puede organizarse sin jerarquías impuestas.
Sin embargo, esta memoria persiste, fragmentaria pero obstinada. Aparece en los testimonios olvidados, en los periódicos clandestinos, en las actas de asambleas sindicales, municipales o vecinales. Es una memoria incómoda, porque no ofrece soluciones fáciles ni héroes inmaculados. Está llena de contradicciones, de derrotas, de errores. Pero es, precisamente por eso, profundamente humana.
El problema no es que la historia sea compleja, sino que se la quiera simplificar hasta hacerla irreconocible. Frente a esa tendencia, la tarea del historiador crítico no es embellecer ni condenar, sino comprender. Comprender implica restituir los conflictos, dar voz a los vencidos y resistirse a la tentación de cerrar el pasado con interpretaciones definitivas.
En última instancia, lo que está en juego no es solo la interpretación de lo que ocurrió, sino la posibilidad misma de pensar alternativas. Si aceptamos una historia domesticada, también aceptamos un presente sin fisuras y un futuro clausurado. Por el contrario, si recuperamos la dimensión conflictiva del pasado, abrimos la puerta a imaginar —y quizás a construir— otras formas de vida.
Porque la historia, cuando se la arranca de las manos del poder, deja de ser un museo y se convierte en una herramienta. Y toda herramienta, en manos adecuadas, puede servir para algo más que contemplar: puede servir para transformar.
A noventa años del inicio de la revolución social de 1936, ha llegado el momento de exponer estas once tesis, elaboradas a partir de la experiencia histórica del proletariado en Cataluña:
Tesis número 1
Entre el 17 y el 19 de julio de 1936 se produjo un alzamiento militar contra el Gobierno de la República que fracasó en las principales ciudades. En Cataluña, la derrota de la sublevación militar fue consecuencia directa de la insurrección armada del proletariado, organizada y dirigida fundamentalmente por los Cuadros y Comités de Defensa de la CNT-FAI, preparados desde 1931. No fue una insurrección espontánea, sino el resultado de años de preparación revolucionaria. La derrota del ejército provocó un vacío de poder estatal y una atomización del poder político y militar, abriendo así una situación revolucionaria en la que el proletariado podía destruir el Estado y sustituirlo por sus propios órganos de poder.
Tesis número 2
Los comités revolucionarios —de defensa, de fábrica, de barrio, de control obrero, locales, de abastos y otros— fueron el embrión de los órganos de poder de la clase obrera. Iniciaron la expropiación sistemática de las propiedades de la burguesía, impulsaron la colectivización de la industria y del campo, organizaron las Milicias Populares que sostuvieron los frentes en los primeros días de la guerra y crearon las Patrullas de Control, encargadas de imponer el nuevo orden revolucionario frente a la Iglesia, la burguesía, los fascistas y las fuerzas contrarrevolucionarias.
Sin embargo, esos comités fueron incapaces de coordinarse y constituir un poder obrero capaz de sustituir al Estado republicano. La dirección de la CNT-FAI tampoco planteó esa alternativa revolucionaria: destruir el Estado y transformar los comités en órganos de poder proletario, y las Milicias Populares en el ejército de la revolución.
El Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña (CCMA) fue el resultado de un pacto entre las organizaciones obreras, las organizaciones burguesas y las instituciones del Estado republicano. La revolución renunció así a destruir el Estado y aceptó compartir el poder con sus propios enemigos de clase. El CCMA fue, por tanto, un organismo de colaboración de clases que abrió el camino a la recuperación del poder por la burguesía y a la contrarrevolución.
Tesis número 3
Sin destrucción del Estado no puede hablarse de revolución proletaria.
Tesis número 4
La CNT y el POUM nunca plantearon la cuestión del poder. El Estado capitalista conservó (aunque fuese de forma «disminuida», «nominal» o «parcial») sus funciones. Guardia civil y de asalto no fueron disueltos, sino acuartelados CON SUS ARMAS. En ausencia de una organización revolucionaria, capaz de plantear el antagonismo entre el proletariado y el Estado capitalista las “conquistas” revolucionarias de julio estaban condenadas al fracaso.
Tesis número 5
Las colectivizaciones no podían tener ningún desarrollo futuro, si el Estado capitalista no era destruido.
Tesis número 6:
Mayo del 37 fue la derrota política del proletariado revolucionario más avanzado que necesitaba la contrarrevolución para pasar a la contraofensiva.
Tesis número 7
La institucionalización de la CNT tuvo importantes consecuencias, inevitables, en la propia naturaleza organizativa e ideológica de la CNT.
La excepcionalidad de la situación histórica, así como la urgencia de las decisiones a tomar impidieron un funcionamiento horizontal y asambleario en la CNT catalana. El Comité de comités dirigió la Organización desde el 23 de julio de 1936 hasta junio de 1937. La Comisión Asesora Política (CAP) desde junio de 1937 hasta marzo de 1938. Mientras tanto, en julio de 1937, se produjo la conversión de la FAI en un partido antifascista más, capaz de suministrar y adiestrar burócratas necesarios para asumir cargos de responsabilidad y mando. Finalmente, en un contexto de desbandada y derrumbe de los frentes, el elitista y autoelegido Comité Ejecutivo del Movimiento Libertario de Cataluña dirigió dictatorial y jerárquicamente la Organización desde abril hasta octubre de 1938, sin más horizonte que la militarización del trabajo y de la sociedad, así como de la propia Organización.
Los comités superiores, a principios de diciembre de 1936, vieron a los comités revolucionarios de barrio como a sus peores enemigos, [porque se negaban a seguir la consigna de entregar las armas al frente] y decidieron reducir sus funciones y controlar sindicalmente a sus secciones de defensa, hibernándolos en la práctica, hasta que en marzo de 1937 la formación del Cuerpo único de Seguridad, constituido por guardias de asalto y guardia civiles, y la amenaza de disolución de las Patrullas de Control, hizo necesaria su revitalización y rearme como preparación para un enfrentamiento inevitable, que desembocó en las Jornadas de Mayo.
La ideología de unidad antifascista, asumida e interiorizada por los comités superiores creó una comunidad de intereses y de objetivos de esos comités con el resto de organizaciones antifascistas. Esos comités superiores renunciaron a todos los principios anarcosindicalistas y revolucionarios, con el objetivo único de ganar la guerra.
La institucionalización de la CNT y la asunción de la ideología de unidad antifascista transformaron a los comités superiores en el peor enemigo de la (minoritaria) oposición revolucionaria cenetista, que estuvo muy cerca de provocar una escisión, que finalmente no se produjo a causa de la eliminación física, encarcelamiento o clandestinidad a que se vio sometida esa oposición por la represión estatal y estalinista. Represión que tuvo un carácter SELECTIVO, ya que estaba dirigida contra la minoría revolucionaria, al mismo tiempo que se intentaba asegurar la institucionalización de los comités superiores.
No era una traición, era una lucha de clases entre dirigentes y dirigidos, entre gobernantes o aspirantes a serlo y gobernados, entre burócratas y trabajadores.
El anarquismo de Estado quebró y demostró, además, su incapacidad en la defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores.
Tesis número 8
La militarización de las Milicias Antifascistas, junto con el decreto de Colectivizaciones y la disolución de los Comités locales marcaron el inicio y el curso de la contrarrevolución burguesa y de su reconquista del aparato estatal, que no había sido destruido.
La militarización de las Milicias, en el frente, no sólo suponía la pérdida de la dirección de la guerra por los obreros y la pérdida de cualquier objetivo revolucionario, sino que conllevaba además la militarización de la retaguardia, esto es, del Orden Público.
Y esa militarización de la retaguardia transformaba todas las relaciones sociales y políticas de poder, porque violencia y poder eran lo mismo. La militarización del Orden Público implicaba, además, un proceso de creciente desmovilización social, política y revolucionaria de los trabajadores.
En la oposición a la militarización de las Milicias Populares (decretada en octubre de 1936) destacó la cuarta agrupación de Gelsa de la Columna Durruti que, tras superar un conato de enfrentamiento armado con otras fuerzas de la Columna, partidarias de la militarización, decidió abandonar el frente (en febrero de 1937) y regresar a Barcelona, llevándose las armas. Eran ochocientos desertores, protagonistas de uno de los episodios de derrotismo revolucionario más bellos de la historia del proletariado.
Esos milicianos, junto con otros militantes cenetistas radicales, empeñados en la lucha existente en las empresas por la socialización, fundaron en marzo de 1937 la Agrupación de Los Amigos de Durruti, que llegó a alcanzar de cuatro a cinco mil adherentes y se constituyeron, en Cataluña, en una alternativa revolucionaria a los comités superiores (colaboracionistas) de la CNT-FAI.
De la violencia revolucionaria de los comités, considerada como desorden por la burguesía catalana y los estalinistas, se pasó, tras una transición que duró algunos meses, al orden burgués “de siempre”, en el que la violencia estaba monopolizada por los cuerpos represivos y antiobreros “de siempre”: guardia de asalto y guardia civil, unificados el 4 de marzo de 1937 en un Cuerpo único de Seguridad. Desde ese punto de vista, los Hechos de Mayo de 1937 fueron el episodio necesario y decisivo para que el aparato estatal consiguiera el absoluto monopolio de la violencia.
De la violencia revolucionaria de los comités, contra la burguesía, curas y fascistas, se pasó a la violencia represiva de las fuerzas burguesas del orden capitalista contra las minorías revolucionarias. Esa represión de la oposición revolucionaria cenetista (y de otras minorías revolucionarias) fue paralela y homóloga a la integración de los comités superiores en el aparato estatal (estuviesen o no en el gobierno). No se trataba de ninguna traición de los dirigentes a las bases, sino de las dos vertientes necesarias de un mismo proceso contrarrevolucionario: persecución de los revolucionarios e institucionalización de los comités superiores.
El orden público antifascista se fundamentaba en la unidad antifascista de todas las organizaciones con el objetivo único de ganar la guerra. Esa victoria militar implicaba y profundizaba la militarización de las Milicias, de las fuerzas del orden, del trabajo, de las relaciones sociales y la política. La guerra devoró a la revolución.
Tesis número 9
Del 12 al 24 de abril, la Federación Local de Grupos anarquistas, las JJLL y los comités de defensa de los barrios se prepararon para una insurrección, capaz de enfrentarse al progresivo avance represivo de la contrarrevolución. A mediados de abril Herrera y Escorza [por parte de CNT] negociaron con Companys un nuevo gobierno y una salida a la crisis gubernamental. Se iniciaron los primeros sumarios por “cementerios clandestinos”, que culpaban y encarcelaban a los miembros de los comités de las jornadas revolucionarias de julio. El 27 de abril de 1937, las autoridades de Bellver, apoyadas por el gobierno de la Generalidad y envalentonadas por la creciente invasión de carabineros en la Cerdaña, organizaron una emboscada para asesinar a Antonio Martín, desencadenando una ofensiva represiva contra los anarquistas en esa comarca. Los comités superiores creían que bastaría “con enseñar los dientes” al PSUC, ERC y la Generalidad, para detener su ofensiva represiva. Los comités de defensa de las barriadas de Barcelona desbordaron a los comités superiores, desencadenando el 3 de mayo una insurrección revolucionaria, que escapó a su control.
Desde junio de 1937, disueltas las Patrullas de Control, se asistió a una reconquista de las distintas localidades y comarcas por parte de las fuerzas de asalto y de la guardia civil, que aplicaron una represión brutal contra los cenetistas y muy especialmente contra los expatrulleros y los militantes más destacados. En muchos lugares la organización cenetista desapareció.
Esa represión del anarcosindicalismo fue acompañada por una actitud pasiva de los comités superiores, que optaron por una defensa individual y jurídica de los presos, en lugar de una defensa colectiva y política. Los millares de presos anarcosindicalistas exigieron a los comités superiores un mayor compromiso y solidaridad, que sólo consiguió que el CR de la CNT y el CR de la FAI accedieran a sacar una prensa clandestina, que realizó una campaña en favor de los presos.
El 9 de junio de 1937, Campos y Xena se enzarzaron en una bizantina discusión sobre si seguía existiendo, o no, el llamado Comité de Comités. A los pocos días, el 14 de junio se constituyó formalmente la Comisión Asesora Política (CAP), que no era más que una actualización del Comité de Comités surgido en julio de 1936. Las motivaciones eran idénticas, la necesidad de un organismo ejecutivo que tomara rápidamente las decisiones más importantes y urgentes. Pero ahora se añadía una nueva razón: que los comités de defensa NO volviesen a desbordar a los comités superiores, como había sucedido en mayo. Y para abastecer, controlar e impedir otro posible desbordamiento de los comités de defensa se creó el denominado Comité de Enlace, supeditado a la CAP.
Tesis número 10
En julio de 1936, la cuestión esencial no fue la toma del poder (por una minoría de dirigentes anarquistas), sino la de coordinar, impulsar y profundizar la destrucción del Estado por esos comités. Los comités revolucionarios de barriada (y algunos de los comités locales) no hacían o dejaban de hacer la revolución: eran la revolución social.
Mientras los comités superiores convertían a la CNT en una organización antifascista más, dedicada a la recuperación y fortalecimiento del aparato estatal republicano; los comités revolucionarios tendían a asumir la tarea de destruir el Estado y a sustituirlo en todas sus funciones.
La destrucción del Estado por los comités revolucionarios era una tarea muy concreta y real, en la que esos comités asumían todas las tareas que el Estado desempeñaba antes de julio de 1936.
Faltó una agrupación dispuesta a defender esa autonomía proletaria, capaz de coordinar, extender y fortalecer esos comités revolucionarios: Los Amigos de Durruti la llamaron Junta Revolucionaria, pero no supieron ni pudieron ponerla en práctica, aunque en el cartel que distribuyeron a finales de abril de 1937 en Barcelona proponían decididamente la sustitución de la Generalidad por esa Junta Revolucionaria.
Tesis número 11
Frente a la alternativa fundamental entre capitalismo y revolución anticapitalista, la ideología burguesa ha presentado históricamente falsas alternativas destinadas a impedir que el proletariado se afirme como clase revolucionaria. En la España de los años treinta, esas alternativas fueron sucesivamente: en 1931, monarquía o república; en 1934, derecha o izquierda; y en 1936, fascismo o antifascismo.
La aceptación de la unidad antifascista subordinó la lucha de clases a la defensa del Estado republicano y de la democracia burguesa. Al aceptar el marco político impuesto por el antifascismo, el proletariado renunció a afirmar su propia autonomía revolucionaria y permitió que la guerra contra el fascismo se convirtiera en el instrumento político de la reconstrucción del Estado capitalista y de la derrota de la revolución social.
El debate
Las once tesis fueron el punto de partida de un intenso debate, imposible de recoger aquí en toda su variedad y riqueza. Sin embargo, las intervenciones, críticas, acuerdos y desacuerdos suscitados en Bujaraloz permitieron volver sobre las once tesis y confrontarlas con las distintas interpretaciones de la experiencia revolucionaria catalana de 1936-1937. Y el debate se centró finalmente en un tema fundamental: la cuestión del poder.
La revolución catalana de 1936 no fue una simple promesa incumplida ni una experiencia anulada desde el principio por la guerra. Los sindicatos expropiaron sistemáticamente las fábricas e iniciaron la transformación de la industria catalana en industria de guerra. Los trabajadores crearon comités, colectividades, milicias y organismos capaces de asumir funciones que hasta entonces correspondían al Estado y a la propiedad capitalista. La revolución existió, por tanto, como una realidad social y material. Precisamente por eso, su derrota plantea una pregunta que el movimiento anarquista no puede eludir: ¿cómo defender y extender una revolución que rechaza la conquista del poder estatal, pero que se enfrenta inevitablemente a la cuestión de quién organiza, coordina y defiende el poder real surgido de la revolución?
Aquí aparece la contradicción fundamental. El anarcosindicalismo había rechazado —con razones históricas y teóricas poderosas— la conquista del Estado y la formación de una nueva clase dirigente. Pero el rechazo del poder estatal no resolvía automáticamente el problema del poder existente en la calle: el inmenso poder real de unos sindicatos que expropiaban fábricas, que formaban un ejército de trabajadores voluntarios y que gestionaban una ciudad [como Barcelona] de más de un millón de habitantes, y por extensión toda Cataluña. La destrucción parcial de las estructuras estatales abrió un espacio revolucionario que los comités ocuparon de hecho, aunque sin llegar a coordinarse y constituirse en una estructura capaz de sustituir definitivamente las funciones del Estado y defender la autonomía obrera conquistada. La cuestión no era, por tanto, conquistar el Estado, sino impedir que el Estado se reconstruyera sobre las ruinas de la revolución, y ejercer ese inmenso poder sindical y de los comités, capaz de expropiar fábricas, levantar un ejército o gestionar una región.
La resistencia a plantear esta cuestión tuvo diversas causas. Existía, en primer lugar, una profunda desconfianza —justificada por la experiencia histórica— hacia cualquier centralización que pudiera convertirse en autoridad separada, burocracia o nuevo poder sobre los trabajadores. Pero esa resistencia podía conducir a una contradicción: identificar toda coordinación, toda centralización de funciones o toda organización política común con la creación de un nuevo Estado, y dejar así sin respuesta la necesidad de coordinar y defender una revolución que ya había creado sus propios organismos de poder social: los comités.
También pesaba la tradición antipolítica y antiestatal anarquista, así como la confianza en que la extensión de las colectividades y de la organización sindical bastaría para resolver por sí misma el problema revolucionario. Sin embargo, la experiencia de 1936 mostró que la transformación de las relaciones económicas y sociales no podía separarse de la cuestión de la fuerza, la coordinación y la dirección política del proceso revolucionario. Allí donde el Estado no había sido destruido, conservaba la posibilidad de reconstruirse. Y allí donde la revolución no consiguió coordinar sus propios organismos, otros poderes ocuparon ese espacio.
La colaboración antifascista fue la forma política concreta que permitió resolver esa contradicción en favor del Estado. En nombre de la unidad, de la guerra y de la necesidad de vencer al fascismo, la revolución aceptó compartir el poder con fuerzas que tenían intereses distintos y, finalmente, antagónicos. Los comités superiores de la CNT-FAI fueron integrándose progresivamente en esa lógica, mientras los organismos revolucionarios que conservaban mayor autonomía eran subordinados, desarmados o reprimidos. La cuestión del poder no desapareció: fue resuelta por la reconstrucción del poder estatal y por la subordinación de la autonomía revolucionaria.
La lección de 1936 no consiste, por tanto, en sustituir el anarquismo por una teoría de la conquista del poder ni en convertir los organismos revolucionarios en un nuevo Estado. Consiste en comprender que una revolución libertaria necesita formas propias de poder social: órganos de decisión, coordinación y defensa sometidos al control directo de los trabajadores y vinculados a la transformación revolucionaria de la sociedad. La cuestión decisiva no es quién ocupa el Estado, sino qué organismos pueden impedir que el Estado, el capital y las burocracias recuperen el control de la revolución para anularla.
La experiencia catalana dejó abierta esta contradicción. Los comités fueron capaces de transformar la vida social y expropiar sistemáticamente las fábricas, pero no lograron coordinarse para defender y extender esa transformación. El anarquismo revolucionario poseía una fuerza social extraordinaria, pero encontró enormes dificultades para traducir su rechazo de la autoridad en una estrategia capaz de afrontar el problema del poder real. La revolución no fue derrotada porque la emancipación libertaria fuera imposible, sino porque no consiguió resolver políticamente la relación entre autonomía, coordinación, autoridad revolucionaria y poder social.
Noventa años después, el problema continúa siendo incómodo. Una revolución que se limita a ocupar espacios económicos o sociales, pero que no impide la reconstrucción del poder estatal, puede ver cómo sus conquistas son recuperadas. Pero una revolución que crea un poder separado de la sociedad corre el riesgo de reproducir aquello que pretendía destruir. Entre ambos peligros —la impotencia ante la reconstrucción del Estado y la transformación de la revolución en un nuevo poder de dominación— se encuentra uno de los problemas fundamentales de toda revolución libertaria.
La historia no ofrece modelos acabados ni soluciones garantizadas. La experiencia de 1936 tampoco permite convertir la derrota en una doctrina. Pero sí obliga a pensar. La revolución catalana demostró que la autonomía social puede existir y transformar profundamente la vida colectiva. Su derrota mostró que esa autonomía necesita coordinarse, defenderse y extenderse sin convertirse en un poder separado de quienes la sostienen.
Ésa es, quizás, la cuestión que el debate de Bujaraloz deja abierta: cómo destruir el poder del Estado sin reproducirlo, cómo construir una fuerza revolucionaria sin convertirla en una autoridad separada y cómo coordinar la autonomía obrera sin destruirla. La revolución de 1936 no resolvió esas contradicciones. Precisamente por eso sigue siendo una experiencia viva para quienes, desde el anarquismo, continuamos buscando una revolución capaz de vencer sin dejar de ser libertaria, con el objetivo irrenunciable y necesario de destruir el Estado y superar el capitalismo.
Las conclusiones que siguen no pretenden clausurar ese debate, diverso, plural e inabarcable, sino recoger su cuestión central: la relación entre revolución social, autonomía proletaria y cuestión del poder.
Conclusiones del debate: las once tesis y la cuestión del poder
Estas conclusiones son una síntesis abierta de las distintas posiciones y contradicciones que el propio debate puso de manifiesto.
La situación revolucionaria catalana de 1936-1937 hizo realidad una de las experiencias de autoorganización y autogestión más importantes, profundas y extensas de la historia del movimiento obrero. Su derrota no puede explicarse únicamente por la superioridad militar de sus enemigos ni por las circunstancias excepcionales de la guerra. La cuestión decisiva fue política: el proletariado revolucionario fue incapaz de transformar la descomposición inicial del poder estatal y la extraordinaria fuerza de sus comités en una estructura capaz de coordinar, extender y consolidar su propio poder, destruyendo definitivamente el Estado capitalista. Fue derrotada porque el proletariado no destruyó el Estado capitalista ni logró organizar y defender su propio poder revolucionario.
La revolución abrió, durante un breve período, la posibilidad concreta de reorganizar la sociedad sobre bases anticapitalistas y de sustituir las instituciones tradicionales por organismos surgidos directamente de la acción de los trabajadores. Sin embargo, la política de colaboración de clases, la aceptación de la unidad antifascista, la institucionalización de las organizaciones obreras y la subordinación de la revolución a las necesidades de la guerra permitieron la reconstrucción progresiva del aparato estatal y el avance de la contrarrevolución.
Sin teoría no hay revolución, y no tomar el poder significó dejarlo en manos del Estado capitalista. Para la Agrupación de los Amigos de Durruti el CCMA fue un órgano de colaboración de clases, y sólo sirvió para apuntalar y fortalecer al Estado burgués. De ahí la necesidad de constituir una Junta Revolucionaria, considerada como un órgano de la clase, capaz de coordinar, centralizar y fortalecer el poder de los múltiples comités obreros, locales, de defensa, de empresa, milicianos, etcétera. Un poder atomizado en múltiples comités, que “usurpaban” localmente todo el poder, pero que al no federarse, centralizarse y fortalecerse entre sí, fueron canalizados, debilitados y transformados por el CCMA en ayuntamientos frentepopulistas, direcciones de empresas sindicalizadas y batallones de un ejército republicano. Sin la destrucción total del Estado capitalista, las jornadas revolucionarias de julio de 1936 no podían dar paso a una nueva estructura de poder obrero.
La lección fundamental de la revolución de julio de 1936 no reside únicamente en señalar errores, responsabilidades o derrotas, sino en comprender la relación inseparable entre la revolución social y la cuestión del poder. Una revolución que no destruye las estructuras estatales existentes y que no crea sus propios órganos de poder queda expuesta a la recuperación de sus conquistas por las fuerzas contrarrevolucionarias. La autonomía proletaria no puede limitarse a la ocupación de fábricas, tierras o espacios sociales: necesita también una capacidad política organizada para defenderse y avanzar.
Por ello, la experiencia revolucionaria de Cataluña en 1936-1937 conserva toda su vigencia. No como un modelo acabado que deba idealizarse o reproducirse mecánicamente, sino como una experiencia histórica de la que extraer lecciones. Su derrota no demuestra que la emancipación social sea imposible; demuestra que una revolución que renuncia a destruir el Estado y subordina su autonomía a la colaboración de clases acaba permitiendo la restauración del poder del Estado, del capital y de las burocracias.
La historia no ofrece garantías ni recetas, pero permite reconocer las razones por las que finalmente fue derrotada. En ese sentido, estudiar la revolución y la contrarrevolución en Cataluña no es un ejercicio de nostalgia o erudición, sino una tarea de crítica histórica y de aprendizaje político. El pasado solo puede servir al futuro si se lo comprende en toda su complejidad, sin mitos ni silencios, para que las derrotas del proletariado no sean simplemente recordadas, sino también pensadas. La revolución de 1936 fue derrotada. La próxima no podrá permitirse ignorar por qué.
Agustín Guillamón
Bujaraloz, 25 de julio de 2026
Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado”
Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.
Hubo un tiempo en que navegar por internet era una forma de perderse. Y perderse era una manera de descubrir. Cada clic podía abrir una ventana inesperada, una conversación improbable o una idea capaz de desordenar nuestras certezas. Hoy, en cambio, parece que internet nos conoce demasiado bien. Tanto, que cada vez nos sorprende menos.
Vivimos rodeados de contenidos. Nunca la humanidad había producido tantas imágenes, tantos vídeos, tantos textos y tantas opiniones. Pero, en medio de esta abundancia, crece una sensación inquietante: todo acaba pareciéndose demasiado. Los mismos formatos, las mismas caras, las mismas frases, los mismos debates reciclados una y otra vez por unos algoritmos que han convertido nuestra atención en la principal mercancía del siglo XXI. Internet, que nació como una promesa de diversidad, experimentación y conocimiento compartido, corre el riesgo de convertirse en un inmenso espejo en el que solo vemos aquello que las plataformas deciden que queremos ver.
Es precisamente esta intuición la que atraviesa la conversación del director de Catalunya Plural, Pere Ortín, con la tecnóloga y periodista cultural venezolana especializada en marketing digital Ariana Basciani. Lejos de cualquier nostalgia tecnológica, Basciani plantea una pregunta mucho más radical: ¿y si el problema no fuera que internet genera demasiado contenido, sino que ha dejado de generar significado? Una crisis que no es solo tecnológica. También es cultural. Política. Democrática.
Porque cuando los algoritmos deciden qué merece nuestra atención, también condicionan qué recordamos, qué olvidamos, qué discutimos e incluso qué imaginamos.
Ariana Basciani es investigadora especializada en cultura digital, inteligencia artificial y sociedad. Su trabajo combina el conocimiento técnico con una mirada profundamente humanista sobre las consecuencias sociales de las tecnologías que habitamos cada día. No habla solo de máquinas. Habla de personas. De poder. De memoria. Y del derecho a seguir pensando en un ecosistema digital que tiende a uniformarlo todo.
La conversación, sin embargo, comienza lejos de los algoritmos.
Comienza en Venezuela, país de origen de la investigadora, que en las últimas semanas ha vuelto a vivir momentos de gran dolor a raíz de los terremotos que han afectado a diversas regiones. Cuando la tierra tiembla, la tecnología deja de ser protagonista. O quizá no del todo. Porque también es en esos momentos cuando internet muestra sus dos caras: la de la solidaridad que conecta a personas separadas por miles de kilómetros y la de la desinformación que circula con la misma velocidad que las emergencias.

A partir de ahí, el diálogo se adentra en algunas de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo. ¿Hemos dejado de descubrir cosas o simplemente consumimos versiones ligeramente distintas de aquello que los algoritmos ya saben que nos va a gustar? ¿Qué ocurre con la cultura cuando todo tiende a parecerse? ¿La uniformización es solo estética o acaba condicionando también nuestra forma de pensar políticamente? En plena explosión de la inteligencia artificial, ¿qué sigue siendo irreductiblemente humano? Y, sobre todo, ¿es la IA la causa de esta homogeneización o simplemente acelera una dinámica que las grandes plataformas ya habían puesto en marcha mucho antes?
También hay espacio para hablar del poder. Porque detrás de los algoritmos no hay una fuerza abstracta. Hay grandes empresas globales. Inmensos intereses económicos muy reales. Modelos de negocio que compiten por retener cada segundo de nuestra atención. La pregunta, en este sentido, es inevitable: ¿estamos ante una crisis tecnológica o también ante una crisis democrática? En un momento en el que la información circula más rápido que nunca, pero la confianza en los medios convencionales, las instituciones públicas y el debate social parece erosionarse a gritos, recuperar espacios para el pensamiento crítico se convierte casi en un acto de resistencia práctica.
Por eso también preguntamos a Basciani si todavía existe un internet más ético. Un internet donde sea posible leer sin prisas, debatir sin insultos, descubrir sin que un algoritmo nos guíe constantemente por el mismo camino. Y qué papel pueden desempeñar los medios independientes en este escenario.
Quizá el futuro digital no dependa tanto de desarrollar una inteligencia artificial más poderosa como de preservar una inteligencia humana capaz de dudar, imaginar y discrepar. Porque, al fin y al cabo, la gran pregunta que atraviesa toda esta conversación es tan sencilla como inquietante: cuando internet deja de significar algo… ¿qué es lo que todavía puede devolvernos el sentido?
Actualización 27/07/2026
La entrada Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado” se publicó primero en lamarea.com.
Canadá exige verificación de identidad en redes sociales y fija mayoría digital en 16 años
El Gobierno de Canadá ha presentado este 22 de julio el proyecto de ley Safe Social Media Act (Bill C-34), una normativa que obligará a los usuarios de redes sociales a verificar su identidad y edad, y que establece la edad mínima en 16 años para poder acceder a estas plataformas. La iniciativa, según sus promotores, busca proteger a los menores de contenidos nocivos y garantizar un entorno digital más seguro.
Un cambio regulatorio de calado
Canadá se sitúa así como uno de los primeros países occidentales en fijar por ley una mayoría digital de 16 años, un umbral superior al que manejan otras jurisdicciones. La norma, bautizada oficialmente como Bill C-34, introduce la obligación de que las plataformas implanten sistemas de verificación de edad para todos sus usuarios, sin especificar aún qué tipo de tecnología o métodos serán aceptables.
El anuncio tuvo lugar el mismo 22 de julio de 2026, y no se han filtrado los detalles técnicos de la verificación —si se exigirá documento de identidad oficial, sistemas biométricos o soluciones de terceros—. La medida ha abierto el debate sobre privacidad, seguridad y libertad de expresión en el entorno digital.
Posibles consecuencias para la industria
La medida canadiense podría tener un efecto dominó en Estados Unidos y la Unión Europea, donde también se discuten legislaciones similares. Empresas como Meta, Google o TikTok, que operan globalmente, se enfrentan al desafío de adaptar sus sistemas de registro a un estándar que exige un control de edad efectivo desde los 16 años. Expertos en ciberseguridad han señalado que la verificación obligatoria podría incrementar los riesgos de filtración de datos personales si no se diseña con las debidas garantías.
El Gobierno canadiense aún no ha detallado el calendario de tramitación parlamentaria ni las sanciones previstas para las empresas que incumplan la nueva ley, aunque fuentes oficiales adelantan que se impondrán multas sustanciales y, en casos graves, la suspensión temporal del servicio en territorio canadiense.
La llama, siempre viva, de la Revolución Social
Entre el 18 y el 19 de julio se conmemora los actos en recuerdo del 90 aniversario del comienzo de la Guerra Civil. A la sombra de estos fastos, el movimiento libertario recuerda el estallido, en el verano de 1936, de la Revolución Social.

Este domingo, 19 de julio, se conmemora en muchos puntos de la geografía española el 90 aniversario de la Revolución Social. No se recuerda solo en España. La efeméride también se celebra en distintos países como Argentina, Francia, Italia, Chile, Grecia o Suecia, entre otros. En decenas de ciudades se han organizado charlas, exposiciones, seminarios de estudios, exhibiciones de películas producidas durante la Guerra Civil… Estas celebraciones pretenden rendir homenaje a lo que el movimiento anarquista internacional, pero no solo, recuerda como uno de los procesos revolucionarios más singulares del siglo XX: la Revolución Española.
¿Pero de qué revolución hablamos? Hablamos del proceso de transformación social acelerado que tuvo lugar en España a partir del 19 de julio de 1936, más concretamente en aquellas zonas del territorio español no controladas por Franco tras el alzamiento militar. Un proceso revolucionario en el que el movimiento libertario tuvo un papel destacado y para el que los anarquistas se habían estado preparando durante décadas.
Y es que, si hablamos de la presencia del anarquismo en el Estado español, tenemos que pensar que las organizaciones locales de inspiración ácrata vinculadas al movimiento obrero internacional, tuvieron una implantación considerable desde el último tercio del siglo XIX. A partir de ahí, ni los procesos de criminalización orquestados por el Estado, ni la pugna ideológica con los sectores marxistas, ni la conflictividad interna del propio movimiento, lograron que la cultura política anarquista dejara de tener cierta prevalencia en el seno del movimiento obrero español. Una cultura política, la libertaria, que ponía en el centro de su programa político la preparación para la revolución, ya no solo fomentando la autocapacitación cultural, ideológica y militante de cada trabajador o trabajadora afín, sino prefigurando el mundo del mañana a través de la paulatina consolidación de una institucionalidad autónoma que no solo pasaba por la conformación de sociedades obreras, sino que también tenía que ver con la urdimbre de ateneos, escuelas racionalistas, periódicos, editoriales o grupos naturistas, por citar solo algunos ejemplos, que insuflaban vida a ese mundo propio.
El crecimiento de la CNT y la proliferación de un movimiento obrero no sometido a directrices partidistas, autónomo y revolucionario, no fueron bien recibidos por el Estado y la patronal
En todo caso, y para entender todo lo que ocurrió a partir de julio de 1936, la creación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), ya en 1910, supuso un hito de consideración que explica cómo la articulación del anarquismo español en torno a una organización de masas, en este caso de carácter sindical, posibilitó que el movimiento libertario, paulatinamente minorizado a nivel internacional en el primer tercio del siglo XX, siguiera teniendo una implantación considerable en el seno del movimiento obrero español. Una pujanza que, en el plano interno, se vio asegurada por la toma de acuerdos que reforzaron el músculo sindical de la organización —como la creación de los Sindicatos Únicos (1918-1919)— y también se vio favorecida por el prestigio alcanzado por la organización anarcosindicalista tras el triunfo de la huelga de La Canadiense, que posibilitó la aprobación de la jornada laboral de 8 horas en el marco del Estado español.
Sin embargo, el crecimiento de la CNT y la proliferación de un movimiento obrero no sometido a directrices partidistas, autónomo y revolucionario, no fueron bien recibidos por el Estado y la patronal, quienes primero intentaron amedrentar a la militancia cenetista con la violencia terrorista ejercida por las bandas de pistoleros del Sindicato Libre (una violencia que, entre decenas de sindicalistas asesinados, se llevó por delante a dos secretarios generales de la CNT: Evelio Boal y Salvador Seguí), y luego, tras la llegada al poder de Miguel Primo de Rivera por la vía dictatorial, consiguieron la ilegalización del sindicato anarquista y el paso a la clandestinidad y exilio de buena parte de sus militantes más destacados.

La CNT en la segunda república
Tras más de ocho años de régimen dictatorial encabezado, primero, por Miguel Primo de Rivera, y luego por Dámaso Berenguer, la llegada de la II República (1931) fue saludada con esperanza por buena parte de los sectores populares, ansiosos de un cambio de régimen que ampliara las libertades políticas e hiciera frente a las desigualdades sociales. Sin embargo, la “república de trabajadores”, tal y como rezaba el artículo 1 de la Constitución republicana, demostró muy pronto su incapacidad para colmar las ansias de justicia social de una clase trabajadora cuyas organizaciones sindicales, la CNT y la UGT, reforzaron de manera considerable su implantación y número de cotizantes a partir del 14 de abril.
Sería precisamente en este contexto político de inestabilidad creciente, donde las tímidas reformas emprendidas por la República eran constantemente torpedeadas por los sectores reaccionarios y la amenaza fascista empezaba a cobrar forma, en el que la clase trabajadora empezó a dar fuste al proyecto revolucionario, movilizando sus demandas por la vía de la acción directa y sufriendo una dura represión por ello; los sucesos de Castilblanco, Arnedo, Alto Llobregat, Casas Viejas o Asturias, dan buena cuenta de lo anterior.
Fracasada la intentona golpista, el 19 de julio se abría un horizonte de posibilidades revolucionarias que los trabajadores y trabajadoras, y muy especialmente los hombres y mujeres del movimiento libertario
Sin embargo, serían las fuerzas conservadoras quienes darían el paso que pondría en jaque al régimen republicano. El 18 de julio de 1936, el golpe de Estado de una parte del ejército, apoyado por los sectores reaccionarios de la sociedad española y los regímenes fascistas de Italia y Alemania, consiguió imponerse en algunas zonas del Estado español, pero no logró su objetivo de aniquilar rápidamente cualquier conato de resistencia en los núcleos poblacionales de mayor peso. Por el contrario, en buena parte del país y a pesar de la oposición de algunos dirigentes republicanos a entregar armas al pueblo, las organizaciones obreras lideraron la respuesta al alzamiento, derrotando a los militares rebeldes en ciudades tan importantes como Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao o Málaga.
En relación a lo anterior, y aunque a día de hoy siga vigente, en buena medida, la idea de que la respuesta al golpe de Estado por parte de las organizaciones populares fue prácticamente improvisada, la realidad es que en muchas localidades con fuerte implantación de la CNT y la FAI, el movimiento libertario había estructurado Comités de Defensa y Comités de Preparación Revolucionaria que, a la hora de la verdad, allanaron el camino para que la movilización obrera, también armada, contra el alzamiento fascista, acabara teniendo éxito.

Una transformación integral de la sociedad
Fracasada la intentona golpista, el 19 de julio se abría un horizonte de posibilidades revolucionarias que los trabajadores y trabajadoras, y muy especialmente los hombres y mujeres del movimiento libertario, quisieron experimentar de forma decidida, iniciando un proceso de transformación acelerada que afectó de manera profunda a todas las esferas de la sociedad española.
En el plano económico, las organizaciones populares, con los sindicatos CNT y UGT a la cabeza, emprendieron un proceso de toma de control de los medios de producción que, bajo distintos regímenes de gestión obrera, favoreció que los resortes de la producción, la distribución y el consumo, tanto en las zonas urbanas como en las zonas rurales de la retaguardia antifascista, estuvieran en manos de los trabajadores y trabajadoras. Cambios radicales en la economía política del tejido productivo que involucraron tanto al sector público como al sector privado.
El proceso de colectivización afectó a las grandes empresas, incluyendo aquellas vinculadas a sectores industriales participados por el capital extranjero, pero también a fábricas, talleres y centros de trabajo de menor tamaño. En el ámbito rural, buena parte de las tierras abandonadas por los grandes tenedores, pasaron a ser gestionadas por las colectividades agrarias, muchas de las cuales, animadas por las organizaciones sindicales, jugaron un papel indiscutible en la mejora de las condiciones de vida de la población campesina y jornalera de las comarcas agrarias.
Hablamos, por tanto, de un proceso revolucionario, de base federativa y rápido desarrollo, donde fueron los trabajadores y trabajadoras, a través de sus organizaciones sindicales, quienes tomaron el control
Por otro lado, y aunque uno de los aspectos fundamentales del proceso revolucionario fue la transformación estructural de los sectores primario y secundario de la economía, no fue menor la impronta del programa sindical en el resto de esferas económicas, como el sector servicios y, más concretamente, en todo aquello relacionado con la cultura. Un buen ejemplo de lo anterior lo tenemos en las transformaciones acaecidas en el terrero de la enseñanza, que dejó de estar en manos de la Iglesia y tuvo tiempo de desarrollarse al amparo de instituciones donde la impronta de la pedagogía libertaria resultó incuestionable (como el Consejo de la Escuela Nueva Unificada, en Cataluña). Otro ejemplo es el sector del espectáculo, con industrias de alto desarrollo técnico, como la cinematográfica, donde el proceso de socialización se desplegó vertiginosamente, permitiendo, por ejemplo, que el Sindicato Único de la Industria del Espectáculo de la CNT produjera más de cuarenta películas en plena guerra civil.
También la gobernanza política de las ciudades y pueblos de la retaguardia antifascista se vio alterada de forma radical. El estallido del conflicto armado y los cambios en la estructura de poder de muchos pueblos y ciudades, afectaron sobremanera al desarrollo habitual de las entidades locales en la España no controlada por Franco. No solo se crearon consejos municipales para sustituir a los antiguos ayuntamientos, sino que aparecieron nuevas instituciones —de vida efímera, eso sí— como el Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, el Comité Interprovincial de Asturias y León o el Consejo Regional de Defensa de Aragón, presidido por el cenetista Joaquín Ascaso, que emanaron directamente de la situación política y social de los primeros meses de guerra.
Hablamos, por tanto, de un proceso revolucionario, de base federativa y rápido desarrollo, donde fueron los trabajadores y trabajadoras, a través de sus organizaciones sindicales, quienes tomaron el control de buena parte de los resortes de la vida pública, descomponiendo rápidamente, aunque de manera parcial, la estructura de poder previa al 19 de julio y dando forma a una nueva sociedad donde el trabajo colectivo no tenía como finalidad enriquecer a una clase privilegiada, sino dignificar y cubrir todas las necesidades de la mayoría social.

La revolución en los frentes
Pero todas estas transformaciones revolucionarias, que amenazaban la estructura de las relaciones de poder consolidadas en la sociedad española tras siglos de dominación oligárquica, debían ser defendidas en los frentes de batalla. Para ello, los trabajadores y trabajadoras, algunos de ellos enconados pacifistas que durante años se habían opuesto a la guerra —fueron los anarquistas quienes organizaron el Congreso Internacional de la Paz (Ferrol, 1915)— y a la política colonial del Estado español —pensemos, por ejemplo, en los orígenes de la Semana Trágica (1909)—, se organizaron rápidamente en milicias populares que tuvieron la difícil tarea de hacer frente al ejército sublevado durante los primeros meses de guerra. Un ejército rebelde que, recordémoslo, contó desde primera hora con el apoyo de los regímenes fascistas de Europa (Alemania, Italia y Portugal).
En contraposición a este apoyo internacional al ejército sublevado, y al margen del papel jugado por las Brigadas Internacionales en defensa de la República, el eco de la Revolución Social en el plano internacional favoreció que una pléyade de voluntarios de la anarquía se incorporara, o bien en el frente o bien en retaguardia, a las filas de las organizaciones revolucionarias. Como consecuencia de lo anterior, cientos de militantes anarquistas, anarcosindicalistas y sindicalistas revolucionarios, procedentes de Italia, Alemania, Suiza, Francia, Suecia, Argentina y otros países, incorporados a la lucha y afiliados en origen a sindicatos y organizaciones libertarias solidarias con la CNT, contribuyeron con su esfuerzo, dando la vida en muchos casos, a la defensa de las transformaciones revolucionarias impulsadas por la clase trabajadora en el Estado español.
En mayo de 1936, la CNT llegó a su IV Congreso (Zaragoza) con más de medio millón de afiliados, igualando, como mínimo, las cifras de afiliación de la Unión General de Trabajadores (UGT)
Más allá de su mayor o menos cercanía con el ideario ácrata, Camilo Berneri, Emma Goldman, Simone Weil, Georges Orwell, Carl Einstein, Clara Thalmann, Simón Radowitzky, Kati Horna, Margaret Michaelis o Mika Etchebéhère, son una decena de estos voluntarios internacionales de la revolución.
Tampoco fueron pocos los comités y organizaciones antifascistas que, repartidos por medio mundo, intentaron contribuir —a pesar de las dificultades generadas por sus gobiernos y el eco de la propaganda contrarrevolucionaria— al sostenimiento de la lucha desigual emprendida por las organizaciones del movimiento libertario español. Sin ellos, las fuerzas políticas y sindicales favorables al proceso revolucionario, hubieran estado completamente aisladas en el plano internacional, estando aún más desatendidas de armamento, apoyo financiero y soporte propagandístico.
Las organizaciones libertarias: músculo de la revolución
Aunque los principios, tácticas y finalidades revolucionarias formaban parte del ADN del movimiento libertario español desde sus comienzos, la implantación de las organizaciones ácratas había sido desigual según las épocas y los territorios, transitando, incluso, largos períodos de clandestinidad que dificultaron en grado sumo las posibilidades de intervención política, social y cultural de los y las anarquistas.
Sin embargo, en mayo de 1936 la CNT llegó a su IV Congreso (Zaragoza) con más de medio millón de afiliados, igualando, como mínimo, las cifras de afiliación de la Unión General de Trabajadores (UGT). Los importantes acuerdos tomados en ese congreso, junto con la implantación territorial y el músculo militante de los afiliados y afiliadas, posibilitaron que la organización anarcosindicalista fuera la espina dorsal del proceso revolucionario en buena parte de los territorios de la España antifascista (sobre todo en Cataluña, Levante y la zona de Aragón no controlada por Franco).
Junto a la CNT, la Federación Anarquista Ibérica (FAI), la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL), Mujeres Libres (que llegó a federar a 28.000 obreras en enero de 1938), Solidaridad Internacional Antifascista (SIA), los ateneos libertarios, las escuelas racionalistas, y todo el tejido de grupos y pequeñas organizaciones que se reconocían en la genealogía del anarquismo español (como, por ejemplo, la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios), experimentaron un notable desarrollo organizativo, contribuyendo de manera singular a la obra constructiva de la Revolución Social.
La pérdida de la guerra no solo supuso la imposición de un sistema dictatorial que vino a restaurar las relaciones de poder que había quebrado el proceso revolucionario
En todo caso, y para complejizar, el proceso revolucionario también fue sostenido por otros sectores políticos y sindicales que, conscientes de las posibilidades que para el conjunto de la clase trabajadora abría el escenario de guerra social, apostaron de manera decidida por la vía revolucionaria. En muchas zonas rurales, la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT) de la UGT jugó un papel destacado en el proceso de colectivización de tierras, poniendo en marcha grandes colectividades agrarias, muchas veces de la mano de la CNT, y oponiéndose, al menos en algunas zonas, a la política de contención revolucionaria de Vicente Uribe, ministro de Agricultura (PCE). También es conocida la apuesta revolucionaria del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM); una apuesta que, como sabemos, le costaría cara a partir de mayo de 1937.
Los frenos de la revolución
Sin embargo, no fueron pocos los problemas que tuvo que enfrentar la Revolución Social desde el primer momento. A los condicionamientos impuestos por la guerra, le hemos de sumar la oposición del capitalismo internacional y, en el plano interno, la labor contrarrevolucionaria de las fuerzas políticas a quienes, por distintas razones, incomodaban las transformaciones sociales puestas en marcha por los trabajadores y trabajadoras a partir del 19 de julio.
Los Sucesos de Mayo del 37, la disolución del Consejo de Aragón o la política de partido (comunista) desplegada por la mayor parte del comisariado en el seno del Ejército Popular de la República, son solo tres ejemplos de lo anterior; tres ejemplos, sí, que también nos hablan del papel jugado por el estalinismo en el transcurso de la guerra.
Tampoco podemos olvidarnos de otros asuntos que, sin duda alguna, contribuyeron a la irrupción de airados debates en el seno del movimiento libertario. Uno de ellos fue la obediencia al Decreto de Militarización de las Milicias Populares promulgado por el gobierno republicano a finales de septiembre de 1936. Pero sería la participación de militantes anarquistas, no solo en el gobierno de la República, sino en cientos de consejos municipales y otras instancias gubernamentales, el asunto más discutido entre la militancia libertaria en el otoño de la Revolución. Una decisión que no solo acabaría laminando la unidad de acción del movimiento libertario en un contexto político en el que se encontraba relativamente aislado, sino que acabaría refrendando las posiciones más hostiles a la CNT de una parte del anarquismo internacional.
La memoria de la revolución
La pérdida de la guerra no solo supuso la imposición de un sistema dictatorial que vino a restaurar las relaciones de poder que había quebrado el proceso revolucionario. Significó también la persecución y práctico exterminio de una cultura política muy singular, la representada por el movimiento libertario, que, como decíamos anteriormente, a principios de los años treinta ya se encontraba muy minorizada en el plano internacional.
La memoria de la Revolución Española no solo se mantiene viva en el seno de la militancia libertaria actual, sino que ha servido de inspiración a otros movimientos sociales
Precisamente por lo anterior, por la conciencia de la importancia que tenía para el futuro el recuerdo de la revolución, los anarquistas, las anarquistas, no solo se preocuparon de salvar buena parte de la documentación producida durante la guerra civil por la CNT y la FAI, evacuándola al Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam, sino que, durante los años del exilio, procuraron mantener viva la memoria del proceso revolucionario, abordando un proceso de reflexión crítica que se tradujo, antes que nada, en la proliferación de un sinfín de relatos testimoniales que, de una manera u otra, vinieron a complejizar el relato de aquella experiencia histórica.
Unas décadas después, sería justamente esa memoria revolucionaria, esa conciencia colectiva de la vigencia del legado de prácticas y experiencias de la Revolución Social, uno de los factores clave que explica cómo la CNT mantuvo su coherencia en el contexto de la llamada Transición; una conciencia colectiva que, recordémoslo, ayudó también a que la militancia anarcosindicalista sostuviera al mismo tiempo un empeño, no menor, en el marco de una sociedad capitalista con capacidad para disciplinar la disidencia a través de su asimilación: el afán de impedir que el anarquismo se convirtiera en una moda política más, el afán de hacerlo valer como una herramienta útil, ya no solo para el conjunto de la clase trabajadora, sino de todos los sectores sociales desposeídos.
Sea como fuere, la memoria de la Revolución Española no solo se mantiene viva en el seno de la militancia libertaria actual, sino que ha servido de inspiración a otros movimientos sociales que, por un lado, se siguen reconociendo en esa tradición libertaria, y, por otro, han aterrizado en su quehacer político buena parte de los principios organizativos de los que tradicionalmente han hecho gala las organizaciones anarquistas. Un legado, también, que atraviesa fronteras y forma parte de la genealogía política de luchas tan dispares como las emprendidas por las mujeres del Kurdistán, los zapatistas mexicanos o la miríada de organizaciones sindicales de matriz revolucionaria que se reparten por todo el mundo.
Juan Cruz López
Fuente: https://www.elsaltodiario.com/guerra-civil/llama-siempre-viva-revolucion-social
Poder e institucionalidad en la revolución española
Introducción
Focalizaremos este trabajo en el análisis del poder y particularmente de la configuración y combinación de los distintos tipos de poder social y de sus formas institucionales relacionadas. Indagaremos cómo estos temas fueron abordados en el proceso revolucionario iniciado en España en 1936 y concretamente, en el cómo fueron resueltos los mismos, por un cierto sector del anarquismo español, entendiendo que su exploración crítica nos puede servir, asimismo, como campo de reflexión para renovadas hipótesis anarquistas de emancipación social.

Del poder y sus configuraciones en la España revolucionaria
Con el propósito de encuadrar conceptualmente nuestro trabajo, nos tomaremos unos párrafos para discernir desde qué perspectiva abordaremos la cuestión del poder, para pasar luego, a sus implicancias en la experiencia española.
Desde aquí, entendemos por poder a toda relación social que se ejerce entre sujetos o fuerzas sociales de manera dinámica y que establece en base a su ejercicio, prácticas y formas sociales y/o políticas concretas. Tomando en cuenta esta definición genérica, se puede decir, que, por un lado, todo aquel ejercicio relacional que permite que el poder circule sin que sea apropiado o monopolizado opresivamente por ningún agente o agentes en particular y que dé lugar e instituya, asimismo, al desarrollo de la autoactividad, la autorregulación y la reciprocidad de manera generalizada, constituye la base de lo que podemos denominar como poder social. Por el contrario, se puede estipular, que aquellos ejercicios que impiden tal circulación y que concentran y/o cristalizan en sujetos, fuerzas o instituciones, asimetrías subordinantes, constituirían la plataforma de lo que conocemos como poder dominante o directamente dominio o dominación. Estas nociones nos son importantes para percibir el carácter productivo, estratégico y complejo y no meramente coercitivo, represivo y estanco del poder.
Dicho esto, nos interesa ahora abordar distintas configuraciones que se plantean concretamente desde la dimensión del poder social y el cómo, las mismas, se manifestaron, a nuestro criterio, en el derrotero español, analizando, a su vez, qué actitud tuvieron los anarquistas al respecto. Partiremos, entonces, de tres categorías configurativas que nos parecen claves para entender los procesos revolucionarios que, si bien, pueden estar interrelacionadas, tienen, asimismo, características distintas y específicas. Hablamos concretamente de los conceptos de poder popular, poder local y doble poder.
El primero de ellos, el poder popular, implica la construcción por parte de las clases oprimidas y explotadas, de su propia fuerza social alternativa y antagónica que confronta al de las clases dominantes, constituyendo, en su desarrollo, espacios, territorios, mecanismos y organismos, así como también, una cultura y una subjetividad, que prefiguran y sustentan un proyecto emancipatorio. Partiendo de estas premisas, es importante remarcar que el poder popular como tal, en tanto proceso, se desarrolla tanto antes, durante y después de un contexto de ruptura revolucionaria. Por lo tanto, el poder popular acumula fuerzas, prefigura, disputa y construye un nuevo marco de relacionamiento y articulación social, proyectándose para intentar a llegar a ser lo más amplio posible, es decir, procurando abarcar la totalidad social y no para demarcarse sólo como un “islote de libertad”.
La otra configuración, el poder local, resumidamente, se sostiene sobre la constitución de ámbitos concretos territoriales donde se desarrolla la capacidad de autoactividad social de manera alternativa y en disputa con la institucionalidad dominante. Se trataría de las llamadas “zonas liberadas” pero que pueden no articularse a priori, en tanto microespacio, con un proyecto global transformador. En este sentido, podemos decir, que el poder local es abarcado por la idea de poder popular, pero como vimos, éste último, no se limita sólo a una localización territorial, aunque ésta sea importante.
Por último, el doble poder, se nos presenta como el proceso en el que coexisten de manera conflictiva, transitoria e inestable dos estructuras de poder antagónicas e incompatibles que asumen para sí la legitimidad social y que entran en disputa, ahora sí, en una situación de crisis revolucionaria. Y justamente, por su carácter transitorio e inestable (dada la imposibilidad de coexistencia duradera y pacífica de las fuerzas y organismos en pugna) implicaría una resolución de corto plazo, sea por la reimposición del orden instituido dominante o por su desplazamiento por parte del organismo alternativo de las fuerzas revolucionarias. Es importante agregar, al igual que lo hicimos con respecto al poder local, que el doble poder no es contradictorio al poder popular. El doble poder deviene o puede devenir de una construcción de poder popular previa, pero como dijimos, éste (el poder popular) abarca otros elementos y que, en su constitución, no necesariamente implica la conformación de un organismo articulador integral, aunque puede prefigurarlo, así como tampoco es necesaria una situación o crisis revolucionaria para su desarrollo.
Ahora bien, ¿para qué nos sirve visualizar estas configuraciones en el caso español? En principio para entender que todas, de manera combinada, se han manifestado, ya sea de manera concreta, transitoria o en estado de latencia y que pocas veces se ha señalado su importancia conjunta a los fines de analizar de mejor manera los avatares que ha tenido esta experiencia, fundamentalmente en su etapa revolucionaria.
Es importante destacar, que ya desde las primeras décadas del siglo XX, el anarquismo español, a través de su organización de base proletaria, la CNT (Confederación Nacional del Trabajo):
(…) logró que su cosmovisión, su cultura, fuera aceptada por grandes capas de la población obrera de la época. Y así fue creando una contrahegemonía, que la gente de la época entendía como una “sociedad paralela”, una sociedad en construcción, un pueblo en movimiento. Esta sociedad nueva se basaba en la acción sindical y social de los sindicatos y sociedades obreras, en la acción cultural de los ateneos y escuelas racionalistas, en la incansable propaganda de su prensa y sus revistas (…) que crearon un magma enorme de iniciativas libertarias. [1]
Si a esto le sumamos las intensas luchas y movimientos insurreccionales que alborotaron todo el período previo al contexto de 1936 podemos vislumbrar la potente antesala en términos de fuerza y experiencia acumulada del proletariado anarcosindicalista, que luego, supo ponerse de manifiesto en el contexto que siguió a la derrota primaria del levantamiento golpista de las fuerzas fascistas del general Franco. Lo cierto, es que, ya suscitados los iniciales combates, fueron emergiendo distintas combinaciones de poder social que fueron adoptando distintos formatos:
Allí donde la insurrección [de las fuerzas golpistas] fue aplastada, no resultó la única vencida. Entre su ejército rebelado y las masas populares armadas, el Estado republicano había saltado en pedazos. El poder se había literalmente desmoronado y, en todos los lugares en que los militares habían sido aplastados, había pasado al pueblo, donde grupos armados resolvían sumariamente las tareas más urgentes (…) Cierto es que el gobierno republicano existía, y que ninguna autoridad revolucionaria se levantaba como rival declarado de la suya en esa zona que los corresponsables de izquierda bautizaron muy rápidamente con el nombre de “zona leal” (…). Sin embargo, poco a poco, entre las gentes que se habían lanzado a la calle y el gobierno fueron apareciendo órganos de poder nuevo que disfrutaban de una autoridad real y se apoyaban, a menudo, tanto en el gobierno como en la fuerza popular. Éstos fueron los innumerables comités locales y, en la escala de las regiones y de las provincias, verdaderos [auto] gobiernos. En ellos residía el nuevo poder, el poder revolucionario que se organizaba apresuradamente para hacer frente a las enormes tareas inmediatas y remotas, la realización de la guerra y la reanudación de la producción en plena revolución social (…). Todos los comités, cualesquiera que fuesen sus diferencias de nombre, de origen, de composición, presentaban un rasgo común fundamental. Todos, en los días que siguieron a la sublevación, se apoderaron localmente de todo el poder, atribuyéndose funciones lo mismo legislativas que ejecutivas, decidiendo soberanamente en su región (…) [y su] autoridad se apoyaba en la fuerza de los obreros armados y a los cuales de buen o mal grado obedecían los restos de los cuerpos especializados del antiguo Estado. [2]
Esta cita de Pierre Broué y Émile Temime, nos muestra las distintas configuraciones de poder, fundamentalmente locales, en el inicio de la situación revolucionaria y el potencial de sustentación de doble poder, dentro de los cuales la CNT y su denominada minoría activa, la FAI (Federación Anarquista Ibérica), tuvieron un rol protagónico en muchas zonas de España. Ahora bien, prosiguen los mencionados autores: “Lo que era verdad a escala local ya no lo era totalmente a escala regional, donde se enfrentaban o coexistían poderes de origen diverso”. [3]
Efectivamente, el proceso iniciado había generado una situación tensional de dualidad de poderes, uno real, el de los comités, el pueblo en armas y el de los distintos organismos sostenidos por las fuerzas proletarias. Y uno “legal” de los todavía y aunque prácticamente desarticulados restos del Estado republicano. Pero la posibilidad de constitución de una estructura articuladora de esas iniciativas locales a nivel regional y luego a nivel nacional que cuajara efectivamente en una composición de doble poder revolucionario y que pusiera en jaque definitivo y terminal a las instituciones del régimen burgués, se vio truncada por las posiciones de ciertos referentes anarquistas. Si bien en algunas regiones, particularmente en Cataluña, se habían generado organismos que se podrían caracterizar como constitutivos de poder dual, por caso, el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), después de un período corto de inestable equilibrio conflictivo, éste, terminó amoldándose a una coexistencia “reconocedora” de la Generalitat, que prácticamente determinó una semi integración con ésta última, para luego, directamente, terminar disuelto fortaleciendo nuevamente el aparato estatal.
Así describe, Jesús Aller, el curso de los acontecimientos:
La situación entraba en un callejón sin salida, (…) a finales de agosto [del `36] un pleno del movimiento libertario catalán admite participar en el gobierno y liquidar el CCMA, [que finalmente se concreta el 10 de setiembre]. (…) [Pocos días después] comienza a plantearse también la posibilidad de que la CNT entre en el gobierno de Madrid, [que se consumaría en noviembre con Largo Caballero] lo que refuerza los pasos que se daban en Cataluña (…). Lo que en la prensa libertaria se publicita entonces como un golpe definitivo al Estado, que habría pasado a ser una simple fachada, significará en realidad el comienzo del fin, un estrangulamiento progresivo del poder de los comités y un robustecimiento paralelo de la maquinaria gubernamental. [4]
Alguno, desde una perspectiva reduccionista diría, “no se tomó el poder”, ahora, si, como venimos argumentando, sostenemos una visión no instrumental del mismo y si no reducimos el poder simplemente a los aparatos del Estado, lo que podemos decir es que lo que no se resolvió finalmente, fue la articulación superadora del ejercicio disperso de los poderes que efectivamente se ejercían en acto a través de los comités, colectividades y otros órganos embrionarios de carácter revolucionario. Y esto no implicó una simple claudicación sin más; esto denotó, una mala caracterización del proceso que se estaba gestando, así como una errada conceptualización por parte de ciertos referentes cenetistas y faístas de la compleja relación entre poder e institucionalidad.
Poder e institucionalidad
Todo poder, en tanto configuración relacional, dijimos, se manifiesta en ejercicio y el mismo, hace explicito, a su vez, determinadas prácticas y formas concretas que lo organizan y por ende lo instituyen. Asimismo, de acuerdo al contenido de la relación de poder, ésta, definirá la lógica y el formato de su expresión articuladora o, dicho de otra manera, de su institución.
Es importante destacar, que esta trama es inherente a toda formación social por ser ésta última, en todo tiempo y lugar, un entramado de relaciones sociales, por lo que, así como no podría existir sociedad sin poder (o sin relaciones de poder), tampoco existiría sociedad sin institución.
Por todo esto, vislumbrar el vínculo inescindible entre poder e institución se torna fundamental a los efectos de entender la dinámica sistémica propia de toda estructura social en un determinado contexto histórico, así como, en su defecto, para llevar adelante planteos y/o proyecciones de intervención transformadora en la misma. Del mismo modo, se hace decisivo, discernir, que, así como no toda relación de poder configura dominación per se, no toda institución está atravesada por la marca estatal como suelen plantear algunas interpretaciones. Efectivamente, como se ha dicho, el contenido de la relación define, en su ejercicio, la forma en que se explicita o en la que toma existencia concreta.
En este sentido, podríamos tomar, a los consejos y comités que fueron surgiendo al calor de las jornadas que se sucedieron a partir del 19 de julio de 1936, como formas embrionales de institucionalidad de nuevo tipo, producto de un proceso de experimentación de un poder colectivo socializado y, al Estado, como el paradigma institucional, en términos genéricos, de la forma que adopta un marco de relaciones de poder sustentadas desde el dominio. Así:
El Estado existente, real e institucional, no es reducible [solamente] a la organización o al conjunto de los “aparatos de Estado” que lo componen (…). Para existir el Estado exige la organización del mundo social y político sobre su propio modelo o paradigma que a su vez supone una cierta idea de poder como causa (…) [5]
Por consiguiente:
Con la alienación del poder nace el poder político dominación que es, en realidad, el resultado de la expropiación de la capacidad simbólico-instituyente [del todo social] por una minoría, clase o grupo especializado. [6]
Éste es el marco, entonces, de configuración general del Estado y nos sirve, nuevamente, para entender la característica relacional de contenido y forma en nuestras sociedades y una vez más, el vínculo entre poder e institución
El anarquismo, como corriente de praxis político-emancipatoria, nunca subestimó la necesidad de instituciones, aunque claramente, no desde un formato que cristalice y reproduzca relaciones de dominio como es el Estado. Sin ir más lejos, allá por 1924, Errico Malatesta planteaba que: “La revolución es la creación de nuevas instituciones, de nuevos agrupamientos, de nuevas relaciones sociales (…)”. [7] Y seguramente, el federalismo, como formación político-organizativa, haya sido uno de los aportes con el que los anarquistas más han insistido, tanto para una etapa prefigurativa, como para el momento de constituir una nueva forma de articulación social instituyente postrevolucionaria. Ahora bien, no creemos, a diferencia de otros analistas, que éstos u otros lineamientos propios de la corriente ácrata, hayan sido los que comprometieron el derrotero de la revolución española. En nuestro caso, ponemos el énfasis en las caracterizaciones y definiciones tomadas por ciertos referentes del anarquismo español, sabiendo igualmente, que otros factores y otros responsables, seguramente mayores, incidieron en el desenlace de la experiencia analizada.
Entonces, en los términos señalados y retomando el objeto de análisis, se puede contemplar, de parte de los referentes indicados, una mala visualización sobre el carácter de la situación latente de doble poder y de su complejidad, dado que además del antagonismo entre el bando militar fascista y el bando republicano, existía otro, dentro mismo de las fuerzas republicanas. Como dice Wayne Price:
La maquinaria del Estado oficial había sido dejada virtualmente sin poder alguno mientras que las organizaciones populares combatían al fascismo y dirigían la economía. La cuestión principal de la revolución era la relación entre las organizaciones populares y el Estado republicano. (…) Una situación de doble poder se debe resolver de una manera u otra. [8]
En efecto, derrotado el primer foco de la sublevación militar y cuando tuvieron cara a cara al Estado prácticamente hecho pedazos, se optó, derivado de conceptualizaciones erróneas, por dejarlo con vida a pesar de que tenían todo para desarticularlo completamente – producto de una correlación de fuerzas favorable – e imponer en su lugar la confluencia unificada de los organismos revolucionarios que iban surgiendo. En palabras de García Oliver, uno de los líderes de la CNT-FAI: “La elección era entre Comunismo Libertario, que significaba una dictadura anarquista y democracia, que significaba colaboración”. [9] Y efectivamente optaron por la colaboración, no concibiendo que el peso hegemónico del anarquismo a través de su desarrollo y fuerza organizativa, no necesariamente debía constituirse en una dictadura si se optaba por la coordinación democrática con las otras fuerzas revolucionarias tomando en cuenta, por supuesto, el peso proporcional de influencia popular de cada organización.
El Estado, entonces, fue recuperando paulatinamente sus fuerzas, subordinando cada vez más a los organismos proletarios e integrando a los referentes anarquistas dentro de su dinámica, mientras en paralelo, el proceso revolucionario iba perdiendo densidad bajo los términos de la guerra civil sin más. Notoriamente, esto fue socavando el ímpetu y la efervescencia combatiente del pueblo en armas, hasta llegar a los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona que muchos puntualizan como el marco concreto de entierro final del desarrollo emancipatorio y libertario, para dar lugar a la guerra ya del Estado republicano prácticamente rearticulado y las fuerzas fascistas, que, finalmente, culminaría con el desenlace victorioso de las huestes del general Franco en 1939.
Gastón Leval señala, en este contexto, el fiasco de la cima, la de los “hombres conductores”:
Hablo de los militantes anarquistas notorios, de los que en el lenguaje corriente son llamados líderes. El anarquismo español los tenía, (…). Desde el principio fueron absorbidos por cargos oficiales que aceptaron pese a su tradicional repugnancia por las funciones de gobierno. La unidad antifascista les dictaba esta actitud. Era necesario acallar los principios, hacer concesiones transitorias. Permanecían al margen de la gran empresa reconstructora en la que el proletariado encontrará enseñanzas preciosas para el porvenir. Por cierto, les habría sido posible aportar algunos consejos útiles, exponer normas generales de acción y coordinación. No lo hicieron. (…) ¿Entonces cómo fue posible, a pesar de todo el éxito? [De las realizaciones revolucionarias, mientras duraron]. La razón (…) la capacidad del pueblo que ha permitido realizar la maravillosa obra de las colectividades agrarias y de las organizaciones industriales. [10]
Una vez más suenan aquí los ecos, independientemente del nombre, de la idea del poder social-popular como praxis autoinstituyente a la que el anarquismo español no le fuera esquivo y que fuera, incluso, su marca distintiva. Sin embargo, éste, a través de las posiciones tomadas por sus “conductores”, al decir de Gastón Leval, quedó sin resolver en términos de una nueva formación alternativa de carácter integradora frente al alicaído Estado burgués, planteando aquí también el déficit de cuadros revolucionarios de carácter integral. Ahora, ¿hubo algún otro planteo alternativo que contrarrestara esta última orientación?
Hacia 1938, la organización “Los Amigos de Durruti”, agrupamiento iniciado por ex miembros de la columna Durruti que se opusieron a la militarización de las milicias populares, denunciando asimismo, las políticas colaboracionistas de la cúpula de la CNT-FAI, lanzó un programa que se conoció como “Hacia una nueva Revolución” y que entre otros puntos, establecía la constitución de una Junta revolucionaria o Consejo Nacional de Defensa en donde sus miembros serían elegidos democráticamente en los organismos sindicales y que se encargaría de coordinar las milicias y las patrullas obreras para dirigir la guerra y de mantener relaciones internacionales, siempre con control de las asambleas sindicales. Los sindicatos y sus federaciones, planteaban, se harían responsables de coordinar las actividades económicas a través de un Consejo Económico, articulándose, a su vez, con Municipios Libres que se encargarían de las funciones sociales que escapen de la órbita de los sindicatos.
Lo cierto, y esto hay que decirlo, es que para cuando “Los Amigos de Durruti” lanzaron el programa mencionado, ya era muy tarde. La revolución había sido derrotada políticamente y era sólo cuestión de tiempo hasta que los fascistas derrotaran finalmente a las fuerzas armadas republicanas en el campo de batalla.
Algunas conclusiones
Dicho todo lo anterior, lo que parece quedar claro, reiteramos, es que el anarquismo español tuvo la posibilidad, en tanto movimiento hegemónico, de llevar adelante el proceso revolucionario hacia un panorama potencialmente victorioso si hubiera seguido sus propios paradigmas, contemplándolos de manera dinámica, de acuerdo a las circunstancias específicas de cómo se fueron desenvolviendo los hechos.
En este sentido, la constitución, por caso, de una confederación de organismos revolucionarios, con representación democrática de acuerdo a la capacidad de influencia y desarrollo de las organizaciones que claramente buscaban una salida revolucionaria y que sustentara las bases de una institucionalidad de nuevo tipo, podría haber sido una hipótesis posible de resolución del rumbo de la experiencia en cuestión. Lamentablemente esto no ocurrió y ya vimos algunos de los por qué.
Lo que seguramente podremos extraer, luego de vislumbrar luces y sombras de esta gran gesta y como enseñanza para todo proceso emancipatorio, es la importancia fundamental de tomar en cuenta las distintas configuraciones complejas de las relaciones de poder y su materialización en determinadas formas institucionales, así como la necesidad crucial, a su vez, de articular estas dimensiones en una praxis integral, en donde, acumulación de fuerzas y estructuras, formen un todo coherente.
Diego Naim Saiegh
ITHA (Instituto de Teoría e Historia Anarquista)
Referencias
[1] M. G. “Sobre la hegemonía y la estrategia. Guía de acción para un colectivo anarquista”. En: regenreracionlibertaria.org, 2013. [https://www.regeneracionlibertaria.org/sobre-la-hegemonia-y-la-estrategia-guia-de-accion-para-un-colectivo -anarquista]
[2] BROUÉ, Pierre y TEMIME, Émile. La revolución y la guerra en España. México: Fondo de Cultura Económica, 1973.
[3] BROUÉ, Pierre y TEMIME, Émile. Op. Cit.
[4] ALLER, Jesús. Reseña de “Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936” de Josep Antoni Pozo extraído del portal rebelión.org el 2-09-2015.
[5] COLOMBO, Eduardo. El Estado como paradigma de poder. Buenos Aires, Revista Utopía, 1985.
[6] COLOMBO, Eduardo. Op. Cit.
[7] MALATESTA, Errico. Pensiero e Volontá, 15 de junio de 1924. Reproducido en “Malatesta. Pensamiento y acción revolucionarios” Vernon Richards (compilador), Buenos Aires: Ed. Proyección, 1974.
[8] PRICE, Wayne. La abolición del Estado. Perspectivas anarquistas y marxistas. Buenos Aires: Libros de Anarres, 2012.
[9] RICHARDS, Vernon. Enseñanzas de la Revolución Española. Madrid: Campo Abierto, 1977.
[10] LEVAL, Gastón. Ni Franco ni Stalin. (Las colectividades anarquistas españolas en lucha contra Franco y la reacción estalinista). Milán: Instituto Editorial Italiano, 1952.
Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado”
Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.
Hubo un tiempo en que navegar por internet era una forma de perderse. Y perderse era una manera de descubrir. Cada clic podía abrir una ventana inesperada, una conversación improbable o una idea capaz de desordenar nuestras certezas. Hoy, en cambio, parece que internet nos conoce demasiado bien. Tanto, que cada vez nos sorprende menos.
Vivimos rodeados de contenidos. Nunca la humanidad había producido tantas imágenes, tantos vídeos, tantos textos y tantas opiniones. Pero, en medio de esta abundancia, crece una sensación inquietante: todo acaba pareciéndose demasiado. Los mismos formatos, las mismas caras, las mismas frases, los mismos debates reciclados una y otra vez por unos algoritmos que han convertido nuestra atención en la principal mercancía del siglo XXI. Internet, que nació como una promesa de diversidad, experimentación y conocimiento compartido, corre el riesgo de convertirse en un inmenso espejo en el que solo vemos aquello que las plataformas deciden que queremos ver.
Es precisamente esta intuición la que atraviesa la conversación del director de Catalunya Plural, Pere Ortín, con la tecnóloga y periodista cultural venezolana especializada en marketing digital Ariana Basciani. Lejos de cualquier nostalgia tecnológica, Basciani plantea una pregunta mucho más radical: ¿y si el problema no fuera que internet genera demasiado contenido, sino que ha dejado de generar significado? Una crisis que no es solo tecnológica. También es cultural. Política. Democrática.
Porque cuando los algoritmos deciden qué merece nuestra atención, también condicionan qué recordamos, qué olvidamos, qué discutimos e incluso qué imaginamos.
Ariana Basciani es investigadora especializada en cultura digital, inteligencia artificial y sociedad. Su trabajo combina el conocimiento técnico con una mirada profundamente humanista sobre las consecuencias sociales de las tecnologías que habitamos cada día. No habla solo de máquinas. Habla de personas. De poder. De memoria. Y del derecho a seguir pensando en un ecosistema digital que tiende a uniformarlo todo.
La conversación, sin embargo, comienza lejos de los algoritmos.
Comienza en Venezuela, país de origen de la investigadora, que en las últimas semanas ha vuelto a vivir momentos de gran dolor a raíz de los terremotos que han afectado a diversas regiones. Cuando la tierra tiembla, la tecnología deja de ser protagonista. O quizá no del todo. Porque también es en esos momentos cuando internet muestra sus dos caras: la de la solidaridad que conecta a personas separadas por miles de kilómetros y la de la desinformación que circula con la misma velocidad que las emergencias.

A partir de ahí, el diálogo se adentra en algunas de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo. ¿Hemos dejado de descubrir cosas o simplemente consumimos versiones ligeramente distintas de aquello que los algoritmos ya saben que nos va a gustar? ¿Qué ocurre con la cultura cuando todo tiende a parecerse? ¿La uniformización es solo estética o acaba condicionando también nuestra forma de pensar políticamente? En plena explosión de la inteligencia artificial, ¿qué sigue siendo irreductiblemente humano? Y, sobre todo, ¿es la IA la causa de esta homogeneización o simplemente acelera una dinámica que las grandes plataformas ya habían puesto en marcha mucho antes?
También hay espacio para hablar del poder. Porque detrás de los algoritmos no hay una fuerza abstracta. Hay grandes empresas globales. Inmensos intereses económicos muy reales. Modelos de negocio que compiten por retener cada segundo de nuestra atención. La pregunta, en este sentido, es inevitable: ¿estamos ante una crisis tecnológica o también ante una crisis democrática? En un momento en el que la información circula más rápido que nunca, pero la confianza en los medios convencionales, las instituciones públicas y el debate social parece erosionarse a gritos, recuperar espacios para el pensamiento crítico se convierte casi en un acto de resistencia práctica.
Por eso también preguntamos a Basciani si todavía existe un internet más ético. Un internet donde sea posible leer sin prisas, debatir sin insultos, descubrir sin que un algoritmo nos guíe constantemente por el mismo camino. Y qué papel pueden desempeñar los medios independientes en este escenario.
Quizá el futuro digital no dependa tanto de desarrollar una inteligencia artificial más poderosa como de preservar una inteligencia humana capaz de dudar, imaginar y discrepar. Porque, al fin y al cabo, la gran pregunta que atraviesa toda esta conversación es tan sencilla como inquietante: cuando internet deja de significar algo… ¿qué es lo que todavía puede devolvernos el sentido?
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Tres trolas antifeministas que se han colado en nuestros espacios de izquierda
Reflexionamos sobre algunos de los mantras reaccionarios y nos preguntamos qué hacer para, de una vez por todas, no funcionar como la sección femenina de nadie.
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Las conversaciones que ya no podemos tener
Han cambiado las formas de la violencia digital y también se han erosionado espacios de conversación, de desacuerdo y de construcción colectiva que fueron fundamentales para el periodismo feminista. Esta es una reflexión sobre el acoso, pero también sobre la pérdida de comunidad, la transformación de las redes sociales y el lugar que ocupan hoy los medios en un ecosistema cada vez más fragmentado.
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Portal Libertario OACA
- Un par de aportes sobre el poder y la revolución española a raíz de una reseña de Rumbo a Zaragoza
Un par de aportes sobre el poder y la revolución española a raíz de una reseña de Rumbo a Zaragoza
Respuesta de Roberto Martínez Catalán a la Reseña de la revista Rebel Worker sobre su libro «Rumbo a Zaragoza: Una crónica de la Columna Durruti»

Hola Rebel Worker Paper:
He leído con interés la reseña que habéis publicado sobre mi obra: Zaragoza Bound. A Chronicle of the Durruti Column. Y me gustaría aclarar unos puntos que se han entendido mal; quizás porque no he sido suficientemente claro.
En primer lugar, lejos de rechazar el sistema de Consejos Obreros, defiendo precisamente lo contrario, que hubiera constituido la mejor salida para la situación revolucionaria creada en julio de 1936.
Como expongo, en el Pleno de la CNT catalana del 21 de julio se discutió el camino a seguir ante el escenario de guerra y revolución que se abría ante ellos, polarizándose la discusión entre dos posturas: 1) Aplazar la revolución y colaborar con las demás fuerzas antifascistas en la derrota de la sublevación militar, propuesta que salió victoriosa; 2) Disolver la Generalitat y proclamar el Comunismo Libertario; “ir a por el todo” lo llamó García Oliver, un eufemismo que utilizaba en lugar de “tomar del poder”.
En la página 38 relato como García Oliver, según sus memorias, propuso en aquel pleno que “se terminase lo empezado” y “forzando los acontecimientos (…) los sindicatos anarcosindicalistas fueran a por el todo, esto es, a organizar la vida comunista libertaria en toda España”. “Una propuesta que [continúo explicando yo], dado que la CNT no agrupaba a la mayoría de la clase trabajadora y mucho menos de la población en su conjunto, algunos de forma justificada tachaban de ‘dictadura anarquista’”. Y aquí llega el fragmento clave: “Lo más llamativo del asunto es que parece que todos los allí participantes contemplaban una hipotética proclamación del comunismo libertario y marcha hacia delante con la revolución de este o muy similar modo, en cualquier caso se entendía que la CNT como organización debía ‘prevalecer después de la revolución’. Ni entonces, ni -lo que es más importante- en debates posteriores sobre este tema, se planteó siquiera la posibilidad de convertir los múltiples comités que surgieron como setas por toda la geografía -previa democratización y coordinación hasta erigir un poder central- en los órganos de gobierno de un futuro régimen revolucionario. Una fórmula mucho más coherente que el establecimiento de alguna especie de dictadura sindical o la colaboración con las demás fuerzas antifascistas sin importar ideología y que podrá haber atraído el apoyo de otros sectores revolucionarios, así como de trabajadores sin filiación política específica. En su lugar, contemplaron a estos comités revolucionarios como meros organismos provisionales que tarde o temprano tenían que desaparecer, principalmente no cabe duda porque eran extraños a sus esquemas organizativos”. Estos comités democratizados hubieran constituido, de hecho, Consejos Obreros (o Soviets libres). Al menos así lo veo.
En segundo lugar, como apunto en el fragmento destacado, estos comités hubiera sido necesario en mi opinión coordinarlos hasta erigir un poder central; de cara fundamentalmente a coordinar la economía y lucha armada. Sin embargo, este poder central -llámesele Consejo, Comité, Junta o Gobierno (como hago al final del libro a sabiendas de que es harto polémico)-, no debería haberse guiado por la misma lógica que un gobierno tradicional, sino por una revolucionaria: control desde la base, rotación de los cargos, igual remuneración que un trabajador más….
¿Significa esto que defiendo la necesidad del Estado? Depende de lo que se entienda por Estado; pues es un concepto bastante resbaladizo, abierto a interpretaciones. Si se entiende por Estado a la existencia de algún tipo de poder central, sin importar sus características, puede en efecto afirmarse. Pero si entendemos por Estado a una estructura burocrática separada de la sociedad, que tiende a perpetuarse en el poder y cuyo principal objetivo es la defensa de los intereses de unas clases dirigentes; en tal caso no. Y quiero subrayar a este respecto que en el libro hablo de Gobierno revolucionario, en ningún caso de Estado revolucionario.
Así pues, por último, una de las cuestiones clave que pretendo plantear no es la del Estado, sino la del poder; la de la necesidad de constituir un poder obrero que ocupe el vacío dejado por el derrumbe estatal y sea capaz de hacer frente a los desafíos que abre el comienzo de la Revolución. La toma del poder que sostengo no es en el sentido de partido, sindicato, organización o grupo dirigente cuales quiera que sea; sino en el sentido de clase. La clase trabajadora en su conjunto debe tomar, ejercer el poder, a través de sus propios organismos.
La Revolución, la emancipación de los trabajadores, tal y como consagró en sus estatutos la Primera Internacional, debe ser obra de los propios trabajadores.
Un saludo.
La reseña de Rebel Worker
«Rebel Worker», Sidney, May – June 2026, p. 16-18.
Rumbo a Zaragoza: Una crónica de la Columna Durruti
Roberto Martínez Catalán
AK Press
«¡Rumbo a Zaragoza!» fue el grito de guerra de la milicia anarquista en su avance desde Barcelona hacia Aragón al comienzo de la Guerra Civil Española. «Rumbo a Zaragoza: Una crónica de la Columna Durruti» es, aparentemente, un relato de este hecho. Pero no lo es. Se centra principalmente en las lagunas clave del pensamiento anarquista, tal y como se perciben desde fuera y desde dentro de la milicia. Martínez Catalán considera que estas lagunas tuvieron consecuencias fatales para la organización y la conducción de la guerra, lo que condujo, en última instancia, al fracaso de la revolución. Sugiere que cualquier intento futuro de reorganización libertaria de la sociedad requiere un replanteamiento de la teoría anarquista.
Este libro se articula en torno a un estudio de la Columna Durruti, una formación miliciana liderada por anarquistas que se constituyó en los primeros días tras la derrota del levantamiento militar en Barcelona. La Columna Durruti partió inmediatamente hacia Zaragoza, la principal ciudad de la provincia de Aragón. Esta ciudad era un bastión de la CNT, donde el levantamiento militar había tenido éxito. A diferencia de la Cataluña rural, la influencia anarquista y de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo, el sindicato anarcosindicalista) era fuerte en la zona rural de Aragón. A medida que las milicias anarquistas avanzaban por los pueblos en su marcha hacia Zaragoza, la mayoría de ellos crearon colectivos para compartir la tierra.
Para Martínez Catalán, al menos dos elementos son esenciales para una política que aspire a una revolución exitosa. Uno es la cuestión de las formas de organización militar necesarias para ganar una guerra civil, y el otro es la cuestión del Estado. Ambas son cuestiones de poder. Para Martínez Catalán, la profunda antipatía de los anarquistas españoles hacia el militarismo y el Estado les llevó a buscar a tientas soluciones improvisadas para problemas inevitables y predecibles.
La CNT era el sindicato más grande de España y el más fuerte en el «cinturón rojo y negro», la franja de barrios obreros que rodeaba Barcelona, donde la mayoría de los trabajadores eran miembros del sindicato anarcosindicalista. Según George Orwell, allí era tan habitual ser miembro de la Federación Anarquista como lo era serlo del Partido Laborista en Gran Bretaña. La toma a gran escala de fábricas y empresas de Barcelona bajo diferentes formas de control obrero no se aborda en este libro. La atención se centra en lo que Martínez Catalán considera las cuestiones clave del ejército y el Estado, cuestiones para las que, según él, los anarquistas no estaban teóricamente preparados para afrontar. Tras la experiencia de las milicias, se analiza la colectivización rural en Aragón.

No se puede subestimar hasta qué punto caló el antimilitarismo entre las bases anarquistas y de la CNT, y esta antipatía es fundamental para las cuestiones que identifica Martínez Catalán. Durruti, el líder de la Columna, realizaba emisiones regulares dirigidas a las unidades de la milicia. Estas se centraban de forma abrumadora en la cuestión de la disciplina funcional en una milicia igualitaria y antiautoritaria. No se hacía el saludo militar ni se decía «señor», y no existían privilegios de rango. La milicia se organizaba en grupos de diez, que a su vez se agrupaban en grupos de cien. Se celebraban reuniones periódicas de delegados elegidos de ambos niveles. Esto seguía en gran medida la práctica sindical de la CNT. Estos delegados participaban en reuniones de nivel superior con Durruti y un exsargento de artillería del ejército que colaboraba con Durruti como asesor militar.
Simone Weil, que formaba parte de la unidad internacional de la Columna Durruti, resume así una transmisión de Durruti: «disciplina, disciplina y más disciplina». La idea era una regulación del comportamiento autoimpuesta (e impuesta por la presión del grupo). Esto significaba acatar las órdenes en combate y reservar los debates sobre la organización y los diferentes enfoques de la guerra para los momentos de descanso y las reuniones periódicas de delegados. Los anarquistas se oponían a la coacción y se basaban en el diálogo y en una ética igualitaria de cooperación y reparto. La cuestión era hasta qué punto una unidad militar podía organizarse según estos principios. Martínez Catalán sostiene que, aunque la Columna Durruti era considerada por sus oponentes como la más disciplinada de las milicias, existía una aceptación a regañadientes de lo que él considera un compromiso «necesario» que la teoría anarquista no podía abarcar. Señala que, si bien no existía la coacción militar tradicional, sí había coacción. Los infractores expulsados de la Columna eran enviados de vuelta, a pie, a Barcelona.

Durruti consideraba que era esencial trabajar para lograr la victoria lo antes posible, lo que significaba la liberación de Zaragoza; si la guerra continuaba, acabaría con la posibilidad de una revolución libertaria, ya que endurecería y brutalizaría a quienes participaban en ella. Hablando de las relaciones entre las milicias y los campesinos de Aragón, Simone Weil señaló en aquel momento: «Sin ninguna insolencia ni brutalidad —o, al menos, yo no vi ninguna—… existía un abismo entre los hombres armados y la población desarmada, un abismo como el que separa a los pobres de los ricos. Siempre había algo de humildad, sumisión y temor en la actitud de unos, y de arrogancia, despreocupación y condescendencia en la de los otros».
Durruti se opuso e intentó detener los asesinatos de «fascistas» (por lo general, grandes terratenientes) que solían producirse cuando la Columna llegaba a un pueblo, el cual solía colectivizarse por aclamación tras cierto debate. Este movimiento rural, en parte anarquista consciente y en parte formado por los sectores más pobres del pueblo que veían valor en el cambio hacia la colectivización (aunque al menos algunos se sintieran coaccionados), se organizó entonces bajo el Consejo de Aragón. Este estaba formado por líderes de las milicias anarcosindicalistas de Barcelona, y su propósito era organizar y controlar la retaguardia. Aunque a menudo se cita como ejemplo de organización revolucionaria, en gran medida fue lo que habría hecho cualquier ejército regular. No parece que hubiera ningún movimiento para someter al Consejo al control de las colectividades.
Había distintos niveles de implicación en los colectivos. Martínez Catalán reproduce (en sus notas) algunas entradas del diario que Simone Weil escribió en aquella época: «Conversando con los campesinos de Pina. ¿Estáis todos de acuerdo en cultivar juntos? Primera respuesta (en varias ocasiones): Se hará lo que diga el comité. Anciano: Sí, siempre que nos den todo lo que necesitamos y yo no tenga que estar todo el rato esforzándome por pagar al carpintero, al médico, como me pasa ahora… Otro dijo: Ya veremos cómo sale todo… ¿Preferís cultivar juntos o repartiros las cosas? Sí (pero sin demasiada rotundidad)… Para los milicianos, estos campesinos aragoneses empobrecidos y magníficos, que soportaban su degradación con tanta dignidad, ni siquiera eran objeto de curiosidad».
Franz Borkenau (The Spanish Cockpit) describe su visita a un pueblo colectivista donde había dos cafés, uno para los colectivistas y otro para los individualistas (este era un término anarquista peyorativo para referirse a los pequeños propietarios, no a los anarquistas individualistas). Se trataba de una situación en curso que seguiría desarrollándose, quizá decantándose en un sentido u otro, con los colectivistas en posición dominante, pero que también podría haber mantenido un alto grado de tolerancia hacia las decisiones individuales que no implicaran el trabajo de otros.
George Orwell, que servía en la milicia del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), alineada con los anarquistas en el Frente de Aragón, relata un incidente que muestra hasta qué punto estaba arraigado el espíritu antiautoritario entre las bases de la CNT. Esto era así incluso entre aquellos que habían elegido al POUM, en lugar de a los anarquistas, como orientación política. La mayor parte de las bases de la milicia del POUM procedían de la CNT. Para Orwell, la milicia del POUM era lo más parecido a una sociedad plenamente igualitaria que se podía encontrar en tiempos de guerra. Orwell señaló que, a pesar del igualitarismo, en la milicia del POUM se suponía que había que obedecer las órdenes. Cuando intentó arrastrar hasta su puesto a un miliciano que se negaba a cumplir con su guardia, Orwell se vio rodeado por milicianos que le tildaban de fascista. Cuando Mary Lowe y Juan Brea, adscritos a la sección internacional del POUM, describieron el funeral de Durruti, señalaron que, mientras los comunistas desfilaban como autómatas y los anarquistas se dispersaban deliberadamente por todas partes, ellos consideraban que el POUM desfilaba de una manera correcta y democrática. Porque, resumieron, «todos éramos cenetistas».

Martínez Catalán extrae lecciones fundamentales de la experiencia anarquista mediante el análisis de las decisiones tomadas y de cómo se tomaron. Considera que su fracaso estaba intrínsecamente ligado a las perspectivas teóricas de los militantes anarquistas, aquellos que dedicaron sus vidas, tanto durante como después de la guerra civil, a la lucha por un socialismo igualitario y libertario. Sostiene que «…la lección de la fallida Revolución Española… podría resumirse como la obligación ineludible de tomar el poder político y establecer algún tipo de gobierno revolucionario democrático, dotado de sus correspondientes cuerpos armados especializados —ejército o policía, o como cada uno prefiera denominarlos—, a menos que se estuviera dispuesto a condenar la revolución al fracaso de antemano; al menos en las primeras etapas».
La expresión «al menos en las primeras etapas» encierra el problema. ¿Qué forma de gobierno revolucionario renunciaría a mantener el poder? Una que podría hacerlo es el sistema de consejos obreros, descartado por Martínez Catalán. Considerado como el órgano que ostenta el derecho exclusivo a determinar el uso de la fuerza —lo que, en este contexto, se ajusta a la definición fundamental del Estado de Weber—, sigue siendo la forma de organización que puede someterse al control más directo de las bases. Puede coordinar en lugar de ordenar, dependiendo del grado en que se mantenga, o avance, bajo el control de las bases.
Martínez Catalán defiende la necesidad de que los anarquistas reconozcan claramente la necesidad de alguna forma de Estado (independientemente del nombre que se le dé). El libro incluye un análisis crítico del grupo «Amigos de Durruti» (que en realidad no eran amigos de Durruti), que abogó por una junta revolucionaria y una nueva revolución durante los combates de los Días de Mayo de 1937 en Barcelona. Lamentablemente, no se menciona nada sobre la defensa de los consejos obreros por parte del voluntario italiano Camillo Berneri, que llevó a cabo en las milicias y a través de su periódico Guerra di Classe hasta su asesinato. Justo antes de los Días de Mayo fue abatido a tiros (ya fuera por agentes estalinistas o fascistas italianos) tras realizar una emisión de radio sobre la muerte de Antonio Gramsci.
Martínez Catalán se muestra desdeñoso ante la idea de una organización anarcosindicalista como alternativa al Estado. Destaca la postura de Durruti de que la CNT liberaría Zaragoza, llegando incluso a rechazar el apoyo del POUM en un asalto a la ciudad, con el argumento de que la CNT bastaba por sí sola para liberar Zaragoza y proclamar el comunismo libertario.
Tanto Durruti como García Oliver, dos de los militantes más destacados de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), siempre hablan de la revolución como la toma del poder por parte de la CNT como forma de transición hacia el comunismo libertario. Sin embargo, para ellos esto tenía que ser una CNT que compartiera sus puntos de vista sobre cómo llevar a cabo la revolución. El periodo comprendido entre la formación de la FAI en 1929 y el levantamiento militar de 1936 fue una etapa de búsqueda y consolidación del dominio de la FAI dentro de la CNT.
Lo que aquí falta es la historia del dominio de la FAI en los congresos de la CNT, de la expulsión del BOC (que más tarde formaría el POUM) y de los trientistas de la CNT. Los trientistas, anarcosindicalistas de toda la vida, se oponían a las tácticas insurreccionales de la FAI. Abogaban por construir la CNT como una organización de masas orientada a una revolución libertaria. Expulsados de la CNT junto con las secciones sindicales locales que los apoyaban, se preguntaron cuál era el objetivo del sindicato. Declararon la revolución y, por tanto, se convirtieron en sindicalistas revolucionarios. Pero al preguntarse qué tipo de revolución, declararon una revolución libertaria. Llamaron a su organización la Federación Sindicalista Libertaria y trabajaron para reunificar la CNT y desarrollar la democracia interna. La historia del auge del sustitucionismo de la FAI es tan relevante como lo que se hizo con él.
Lenin, en una discusión con Bujarin sobre la autonomía sindical, dijo: «Todo lo que viene de abajo es el método anarquista. Pero ¿no ve el camarada Bujarin que, si los trabajadores pudieran votar sobre todo, podrían votar a favor de acabar con el socialismo?». Esta es, sin duda, la postura fundamental que distingue al anarquismo de otros enfoques. Algunos de los problemas que examina Martínez Catalán se deben a un alejamiento excesivo de esta postura, más que a uno insuficiente.
Zaragoza Bound es un libro con mucha información valiosa y argumentos estimulantes. Se trata de una obra en la que las notas son una parte esencial, ya que contienen versiones más matizadas de los argumentos principales y pasajes extensos y valiosos extraídos de numerosos relatos de primera mano.
Sin embargo, precisamente por estas razones, no es el mejor libro para iniciarse en la Revolución Española. «Homenaje a Cataluña», de George Orwell, ofrece una mejor visión de la situación en la que, según Orwell, la clase trabajadora llevaba las riendas, y de por qué eso era importante. «Revolución y contrarrevolución en España», del trotskista Felix Morrow, escrito en aquella época, ofrece un relato imparcial y crítico de lo que ocurrió. La historia oral de Ronald Fraser, «La sangre de España», y «Clase, cultura y conflicto en Barcelona 1898-1937», de Chris Ealham, aportan relatos académicos modernos que captan la experiencia vivida de la guerra y la revolución.
A pesar de estas reservas, se trata de un libro valioso, especialmente para los anarquistas. Su argumentación en contra de las visiones anarquistas (que a menudo tilda de «sueños anarquistas») sobre alternativas al Estado puede llevar a conclusiones difíciles. Sin embargo, el fallo de su argumentación radica en que hace que las diferencias entre las formas de poder social general parezcan irrelevantes ante la necesidad de un Estado. Para Martínez Catalán no hay alternativa. Sin embargo, la democracia radical del sistema de consejos obreros es precisamente esa alternativa. Una alternativa compatible con el desarrollo de objetivos libertarios y democráticos. Una que puede fracasar, pero también una que puede tener éxito.
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Disponible en inglés en: https://libcom.org/article/rebel-worker-book-review-saragossa-bound-chronicle-durruti-column
Respuesta de Agustín Guillamón
La historia real y los consejos imaginarios. Sobre la reseña de Zaragoza Bound
La reseña de xxxxxx sobre Zaragoza Bound resulta sorprendente por una razón elemental: pretende discutir uno de los problemas fundamentales de la Revolución española —la cuestión del poder revolucionario— ignorando precisamente los organismos mediante los cuales ese poder fue ejercido efectivamente por el proletariado catalán entre julio de 1936 y mayo de 1937.
No se trata de una omisión secundaria. Constituye una insuficiencia historiográfica que afecta al conjunto de su argumentación.
La revolución de julio de 1936 no produjo soviets semejantes a los rusos ni consejos obreros comparables a los alemanes de 1918-1919. Produjo algo distinto: una extensa red de comités revolucionarios de barrio, comités locales, comités de defensa, comités de fábrica, comités de abastos, patrullas de control y organismos de coordinación económica y militar que surgieron de la derrota de la insurrección militar y asumieron funciones que hasta entonces habían pertenecido al aparato estatal. Fueron esos organismos los que garantizaron el abastecimiento, organizaron la producción, ejercieron el orden revolucionario, coordinaron la represión de la contrarrevolución y permitieron la expropiación de fábricas, talleres y servicios públicos. Éste es el hecho histórico fundamental de la revolución catalana.
Sin embargo, el reseñador apenas les dedica atención. Prefiere desplazar el debate hacia una discusión abstracta sobre los consejos obreros, los soviets y diversas experiencias revolucionarias ajenas a la realidad española. Los consejos aparecen repetidamente como alternativa al Estado, como forma superior de democracia proletaria y como respuesta a las tesis defendidas por Roberto Martínez Catalán. Pero cuanto más insiste en esos modelos abstractos, menos habla de los organismos revolucionarios realmente existentes.

La consecuencia es clara. Allí donde el lector —o el historiador— debería partir de las formas concretas que adoptó la revolución para comprender su naturaleza y sus contradicciones, la reseña reemplaza los hechos por categorías abstractas. Allí donde sería necesario examinar el funcionamiento de los comités revolucionarios, su relación con los sindicatos, los mecanismos que articularon su coordinación y las causas de su posterior desmantelamiento, opta por refugiarse en analogías extraídas de otras experiencias históricas. De este modo, la historia concreta queda eclipsada por el peso de la especulación doctrinal.
Y sin embargo, el problema central de la Revolución española nunca fue la elección entre Estado y consejos obreros. El verdadero problema histórico fue la coexistencia conflictiva entre dos poderes antagónicos. Por una parte, los organismos revolucionarios surgidos de la insurrección proletaria de julio. Por otra, el aparato estatal republicano que la Generalidad y el Gobierno central fueron reconstruyendo progresivamente hasta recuperar el monopolio de la administración, de la coerción y de la fuerza armada.
La cuestión decisiva no era si debía existir poder. El poder revolucionario existía ya. Lo ejercían los comités de barrio, los comités de defensa, los comités locales, los sindicatos y las organizaciones obreras que habían derrotado al ejército sublevado en las calles de Barcelona. La cuestión era cómo coordinar ese poder, cómo consolidarlo y cómo impedir que fuera absorbido por unas instituciones estatales cuya reconstrucción fue facilitada por la propia política colaboracionista de los comités superiores de la CNT.
Resulta significativo que la reseña, dedicada precisamente a debatir el problema del poder revolucionario, ignore esta cuestión fundamental. Más significativo aún es su tratamiento de los Amigos de Durruti, cuya importancia histórica parece no comprender.
Los Amigos de Durruti no surgieron como resultado de una discusión académica sobre el Estado ni como una elaboración doctrinal destinada a corregir determinadas insuficiencias teóricas del anarquismo. Surgieron de una experiencia revolucionaria concreta y traumática: la militarización de las milicias confederales y la progresiva subordinación de la revolución a las necesidades del Estado republicano.
Una parte sustancial de sus militantes procedía de la Columna Durruti. Habían combatido en el frente de Aragón y habían vivido directamente el proceso de militarización impuesto a las milicias revolucionarias. Consideraban que la transformación de las columnas confederales en unidades del ejército regular significaba mucho más que una simple reforma organizativa. Significaba la liquidación de una de las conquistas esenciales de julio de 1936 y la subordinación de la revolución a los objetivos del Estado republicano.
Por ello rechazaron la militarización. Ochocientos milicianos de la Cuarta Agrupación de Gelsa de la Columna Durruti abandonaron el frente y regresaron a Barcelona con sus armas. Eran revolucionarios desertores que rompían con la política de la dirección confederal, convencidos de que la revolución estaba siendo sacrificada en aras de la guerra. En Barcelona, junto a otros anarquistas contrarios al colaboracionismo de la CNT con el gobierno de la Generalitat, fundaron una organización destinada a defender la continuidad del proceso revolucionario: Los Amigos de Durruti.
Este dato resulta decisivo para comprender el origen y la naturaleza de la Agrupación. Los Amigos de Durruti no fueron intelectuales que reflexionaban sobre el poder desde la distancia. Fueron revolucionarios que extrajeron conclusiones políticas de una experiencia de combate. Apenas dos meses después de constituirse formalmente como agrupación, esos mismos militantes se encontraban nuevamente en primera línea, levantando barricadas y combatiendo en las Jornadas de Mayo de 1937 contra la ofensiva contrarrevolucionaria dirigida por estalinistas, republicanos y fuerzas de orden público.
Su programa nació de esa experiencia.
Y precisamente por eso resulta imposible comprender su propuesta de Junta Revolucionaria si se la interpreta como una simple variante libertaria del Estado. La Junta Revolucionaria no pretendía crear una nueva estructura estatal separada del proletariado. Pretendía coordinar y centralizar el poder revolucionario ya existente en los comités revolucionarios, los comités de defensa y las organizaciones obreras surgidas de la propia revolución. Su legitimidad debía proceder de esos organismos y no de una burocracia especializada ni de un aparato separado de la clase trabajadora.
Aquí aparece otra de las debilidades fundamentales de la reseña: su constante confusión entre poder y Estado.
Todo Estado ejerce poder. Pero no toda forma de poder constituye un Estado.
Los comités revolucionarios ejercían poder. Las colectividades ejercían poder. Las patrullas de control ejercían poder. Los comités de defensa ejercían poder. La Junta Revolucionaria propuesta por los Amigos de Durruti habría ejercido poder. La cuestión histórica consiste precisamente en analizar la naturaleza de ese poder, sus formas de organización, sus mecanismos de control y su relación con la clase trabajadora.
Reducir todas esas experiencias a una forma estatal indiferenciada no resuelve ningún problema teórico. Lo elimina mediante una definición arbitraria. Es una simplificación conceptual que impide comprender tanto la revolución española como las aportaciones políticas más originales surgidas en su seno.
La misma pobreza analítica aparece en el uso reiterado de autores como George Orwell, Simone Weil o Franz Borkenau. Nadie discute el interés testimonial de sus escritos. Constituyen fuentes útiles y, en ocasiones, extraordinariamente sugestivas. Pero resulta difícil aceptar que en 2026 sigan siendo utilizados como principales autoridades interpretativas mientras se ignora una extensa historiografía producida durante las últimas décadas a partir de archivos sindicales, documentación administrativa, prensa obrera, fondos judiciales y fuentes inéditas.
Orwell observó durante unos meses una columna del POUM. Weil permaneció pocas semanas en Aragón. Borkenau fue un observador ocasional. Ninguno estudió los comités revolucionarios de Barcelona. Ninguno tuvo acceso a la documentación disponible actualmente. Ninguno pudo reconstruir la compleja dinámica de los organismos revolucionarios surgidos en julio de 1936. Su valor es testimonial y literario. Convertirlos en fundamento principal de una interpretación histórica revela una dependencia excesiva de viejos relatos anglosajones y un desconocimiento preocupante de las investigaciones posteriores.
Pero el problema de fondo no es bibliográfico. Es metodológico.
La historia no consiste en seleccionar ejemplos que confirmen una hipótesis previa ni en sustituir los hechos por modelos ideales. Tampoco consiste en proyectar sobre el pasado nuestras preferencias políticas contemporáneas. La tarea del historiador es partir de la realidad efectivamente existente, reconstruir los procesos concretos, identificar sus contradicciones y explicar sus transformaciones.
La revolución catalana existió. Los comités revolucionarios existieron. Los comités de defensa existieron. Las colectividades existieron. Los Amigos de Durruti existieron. Todos ellos constituyen realidades históricas documentadas y verificables. Son esos hechos los que deben explicar nuestras teorías y no nuestras teorías las que deben sustituir a los hechos.

Por eso la cuestión central sigue siendo la misma que planteó la propia revolución: ¿qué fueron los organismos de poder proletario surgidos en julio de 1936, cómo funcionaron y por qué fueron derrotados? Mientras esa pregunta permanezca sin respuesta, cualquier discusión sobre consejos obreros, Estado o poder revolucionario seguirá moviéndose en el terreno de la abstracción.
La historia comienza precisamente allí donde terminan las abstracciones y aparecen los hechos. Y los hechos, en este caso, son obstinados.
Conclusión: el libro de Roberto Martínez Catalán se merecía un mejor reseñador.
Agustín Guillamón
Barcelona, junio de 2026
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CNT-AIT Albacete
- [Cultura] 19 Julio/ Jornada de Homenaje por el 90 Aniversario de la Revolución Social Española (1936-2026)
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MediaLibre.social: una nueva instancia de Mastodon para medios comunitarios
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