Este texto es el último editorial de El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.
Estar de mal humor cansa. Cansa mucho. Hace falta poner una gran cantidad de energía en sostener el enfado, alimentarlo con nuevas injurias, hacerlo explícito. El cabreo drena fuerzas y además trae consigo una especie de lucro cesante: aparta la mirada de otras cosas que estén pasando, imposibilita el asombro, nos ciega para la belleza. Y, por si eso fuera poco, por el camino contagia a las demás personas ese mismo agotamiento, esa misma ceguera.
Por supuesto, no nos estamos refiriendo al enfado necesario que trae consigo la rabia ante la injusticia, al enfado transformador que provoca el abuso de poder y que lleva a querer desmantelar sus estructuras. En lo que estamos pensando es en ese otro modo de malhumor, de mira corta y ánimo un poco ególatra, que no quiere cambiar nada, sino que refunfuña en torno a algo en lo que se ha quedado enganchado, no necesariamente por las razones adecuadas.
Porque ese malhumor se viene convirtiendo, de un tiempo a esta parte, en uno de los tonos más característicos de la conversación pública. No solo en política, donde los debates entre sonrisas y ceños fruncidos ya son un lugar común en el que hay poco que rascar: también en la cultura, la omnipresencia del hate empieza a resultar agotadora.
Rosalía, David Uclés, Óliver Laxe: cada disciplina tiene a su autor o autora paradigmática en esto de que las batallas a favor o en contra rocen el punto de saturación. No hace falta ver la película, leer el libro, escuchar el disco: de lo que se trata es de posicionarse. En una lógica para nada ajena al clickbait y al algoritmo, iniciar una polémica es más fácil, rápido y rentable que intentar tejer los hilos de una crítica cultural que se sostenga.
Y es que no se trata, tampoco, de que no se puedan hacer críticas desfavorables. Las obras no tienen por qué gustar, solo faltaría; y, además, meter el dedo en la llaga de las contradicciones y las grietas de las producciones culturales más visibles es un modo interesante y fértil de pensar acerca de las ideas e imágenes que están en el aire y que contribuyen a nuestra manera de leer y habitar el mundo.
De lo que sí se trata es de darnos cuenta de que el bucle retroalimentado de opiniones feroces en torno a unas mismas obras y unos mismos autores no lleva a ninguna parte. De hacernos cargo cuando sea necesario de que la crítica simplificadora que se ceba en el rasgo de un trabajo que a cada cual le molesta especialmente es más una afirmación identitaria que una contribución a la conversación común.
Y, sobre todo, de no olvidar que, en la economía de la atención que rige nuestro acceso a la cultura, mientras perdemos tiempo en el vodevil de las discusiones lo que estamos haciendo es también no ocuparnos de poner el foco sobre tantas otras creaciones que sí nos podrían interesar. ¿Qué tal si intentamos priorizar eso?
Mientras cerrábamos el número 110 de la revista de La Marea, la policía migratoria de Donald Trump tiroteó al enfermero Alex Pretti en Minneapolis. Unos días antes, el ICE había matado ya a Renée Good. Las acciones del presidente de EE. UU. y la inacción de la comunidad internacional están dejando sin palabras a una sociedad que, paradójicamente, mira cada vez más a los líderes ultras. Lo hemos visto en Chile recientemente o, más cerca aún, en Portugal. En España, Ayuso se mueve con soltura y las encuestas pronostican también una amplia subida de Vox. Lo peor es que no es nuevo –ya buscamos en estas mismas páginas hace diez años antídotos de izquierdas–. Y lo aún peor es que va a más.
Ahí tenemos siempre al Carnaval de Cádiz cantando las mejores crónicas: «Mamá, perdóname, pero yo de mayor quiero ser un fascista». En el dossier de nuestra última revista (con portada de Candela Sierra, premio Nacional de Cómic 2025) tratamos de dar respuesta a todas estas cuestiones, qué lleva a la clase obrera a votar políticas en contra de sus propios intereses. ¿Por qué hay cada vez más obreros de derechas o, como dice el pasodoble de Los hijos de Cádiz, más fascistas modernos? Por un lado, en un reportaje firmado por Guillermo Martínez, contamos con los testimonios de trabajadores y trabajadoras forjados en la izquierda que han terminado virando su voto en los últimos tiempos hacia opciones como Vox. Y, por otro, con entrevistas y análisis de especialistas (Pablo Batalla, Patricia Simón, Sebastiaan Faber, Olivia Carballar, Jorge Dioni López, Barbara Celis, Antonio Avendaño…) que interpretan las causas más profundas del contexto global en el que estamos inmersos. La conciencia de clase ya no es un factor clave en la elección del voto, avisan. Y ridiculizarlos tampoco es la solución.
Y además…
En este número también nos hemos desplazado a la frontera entre Venezuela y Colombia para tomar el pulso a la doctrina Donroe, ese nuevo viejo orden impuesto desde la Casa Blanca y que sitúa a América Latina, con ánimos redoblados, como su «patio trasero».
Entrevistamos a Hernán Zin, cineasta y reportero con 20 años de experiencia en conflictos armados. Su última película, nominada al Goya, es el documental Todos somos Gaza. Es la segunda parte de Nacido en Gaza (2014) y en ella sigue los pasos, en mitad del genocidio, de tres de los niños (ya adultos) que aparecían en la primera entrega.
Fieles a nuestra agenda, seguimos cerca del Sáhara Occidental. En esta ocasión nos acercamos a una paradójica realidad: alejados de su mar y de uno de los bancos de pesca más importantes del mundo, el pueblo saharaui cría pescado fresco en una piscifactoría situada en mitad del desierto, cerca de los campamentos de personas refugiadas de Tinduf (Argelia).
Sin perder de vista la actualidad, tras el trágico accidente de Adamuz y el de Rodalies en Barcelona, ponemos el foco en el impacto que tiene el cambio climático sobre las infraestructuras dedicadas a la movilidad.
Por su parte, nuestro compañero Eduardo Robaina, coordinador de Climática, nos explica qué es y cómo nos afecta la calima, el polvo en suspensión procedente del desierto. En torno a este fenómeno meteorológico ha publicado un foto-libro con imágenes espectaculares.
Y Bob Pop nos presenta a Víctor, alguien verdaderamente fascinante: recoge ropa de la basura y la reutiliza, con un ojo excelente para combinar prendas y un discurso político muy potente contra la moda del usar y tirar.
Que no falte la cultura
Como siempre, llevamos temas muy interesantes en nuestra sección cultural, El Periscopio, que en esta ocasión cuenta con una preciosa portada diseñada por Sara Betula (sí, ahora que abundan las ilustraciones instantáneas generadas por IA, nosotras seguimos apostando, más que nunca, por las manos humanas).
Entrevistamos a la canadiense Sophie Deraspe, directora de Hasta la montaña, un bucólico alegato contra las prisas y las pantallitas que nos amargan la existencia. Analizamos el papel subalterno de las mujeres en las películas de romanos. Y publicamos fragmentos del diario personal de la artista Marta Cárdenas.
Como veis, la revista de enero-marzo viene cargada de temas actuales, profundos y sugestivos.
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Después de las protestas populares saharauis de Gdeim Izik, en El Aaiún, en noviembre de 2010 –otro aniversario que se cumple en esta temporada–, la represión por parte de la administración marroquí fue dura. Tras un desmantelamiento de la movilización marcado por la violencia, se estima que alrededor de 200 personas fueron detenidas, 19 de las cuales siguen en prisión. Pero ocurrió algo más, en apariencia mucho menor, pero simbólicamente muy poderoso: desde entonces, en los territorios ocupados está prohibido instalar jaimas.
La tienda tradicional de las tribus nómadas había sido el elemento distintivo de aquella movilización, con más de 6.500 organizadas en un campamento que se considera el precursor de los que en los meses siguientes tomarían muchas ciudades del mundo. Pero en El Aaiún prohibirlas iba mucho más allá de una cuestión policial.
Y es que los elementos culturales también son importantes en la ocupación de un territorio. «Cuando un país ataca a otro, lo primero que intenta es hacer que se disuelva. Y para que se disuelva un país lo primero que hay que usurpar es su identidad, lo que le hace singular», explica Tiba Chagaf, miembro de la representación del Frente Polisario en España. Si hablar de la cultura como campo de batalla es en nuestros días prácticamente un lugar común, en el caso del Sáhara Occidental la expresión se convierte en literal. La administración marroquí es consciente de la importancia política de las prácticas culturales saharauis, cuya potencia intenta neutralizar a través de distintas estrategias que van desde el borrado hasta la apropiación. Mientras, para los y las saharauis, la cultura es un espacio de resistencia y de memoria, fundamental para la identidad y la construcción nacional de un país despojado de su tierra.
La estrategia del borrado
Chagaf, que ha trabajado durante décadas en el ámbito de la política cultural, apunta a una particularidad de este caso: «Los saharauis no tenemos una cultura milenaria caracterizada por construcciones o yacimientos culturales o mezquitas enormes donde uno pueda ir y empaparse de esa cultura. Al contrario. El saharaui lleva la cultura en su mente y en su comportamiento». Por eso, es precisamente a las mentes y a los comportamientos adonde apunta el borrado que intenta llevar a cabo la ocupación.
Además de a las jaimas, este tipo de política afecta por ejemplo a la vestimenta tradicional, prohibida en lugares públicos como las escuelas, o incluso a algunos nombres propios que no se permite inscribir en el registro civil o en el libro de familia. Como señala el investigador en sociología Brahim Aaila, algo que hace especialmente esquivo este tipo de prohibiciones es que no se llevan a cabo a través de medios legales. «Las autoridades ocupantes marroquíes prohíben diversas expresiones culturales de manera ilegal, sin ninguna base», explica. «Por eso, es difícil documentar estas medidas, porque no se basan en una normativa, sino más bien en medidas arbitrarias y en el uso de la fuerza».
En otros casos, los mecanismos son más sutiles. Por ejemplo, como señala Chagaf, a día de hoy no hay ninguna universidad en la zona ocupada del Sáhara. «No es porque no tengan presupuesto», apunta. «Es algo intencionado para que los jóvenes saharauis se vean obligados a ir al norte. En las universidades, por cada saharaui hay tres marroquíes, y se ven obligados a alterar su habla, su vestimenta, sus costumbres…».
Hay ámbitos en los que la aniquilación es menos evidente en su intención, pero al mismo tiempo muy material y fácilmente rastreable. Uno de los que Aaila ha estudiado es la destrucción de yacimientos arqueológicos. La zona es rica en enclaves con pinturas rupestres y otros restos prehistóricos de hasta 80.000 años de antigüedad. Una riqueza que apenas ha podido ser investigada y que se ha visto dañada en las últimas décadas por la guerra, por la actividad de expoliadores y por las actividades de extracción de recursos. Uno de los casos más destacados es el del yacimiento de Al-Asli: según explica Aaila, se concedió licencia a una empresa marroquí para convertirlo en una cantera. La presión social y mediática fue tan fuerte que el Estado se vio obligado a revocar el permiso, pero otros casos no han corrido tanta suerte. Por ejemplo, los que quedaron aplastados por la construcción del muro militar que delimita los territorios ocupados: hay pinturas rupestres bajo las alambradas y las minas.
Un elemento transversal que se diluye muy eficazmente bajo este tipo de políticas culturales es la lengua. El uso del hasanía, que es la variante del árabe hablada por los saharauis, también se intenta diluir lo más posible en los territorios ocupados. No se venden publicaciones en hasanía, ni siquiera diccionarios. «No está presente en ninguna institución, ni en la calle, ni en el trato profesional, ni en el mercado… El único entorno donde se puede conservar es en el seno de la familia», señala Chagaf. Y ni siquiera ahí es fácil, como continúa explicando: «En las generaciones nacidas en el exilio, nuestros hijos hablan español y un poco de hasanía, y nuestros sobrinos bajo la ocupación hablan dariya –la variante marroquí del árabe– o francés. Son familias fracturadas».
La estrategia de la apropiación
Aunque en la situación lingüística también se refleja una paradoja. Mientras en los territorios ocupados se produce ese borrado, también ocurre que el hasanía es una de las lenguas que Marruecos incluyó en la reforma de la Constitución de 2011 como «parte integral de la identidad cultural marroquí», dentro de un discurso de multiculturalidad del Estado. Esta maniobra es un ejemplo claro de la otra estrategia con la que la ocupación lleva a cabo la batalla cultural: la apropiación.
La investigadora estadounidense Joanna Allan ha estudiado cómo se trata de mecanismos diferentes que se van alternando o sucediendo para un mismo fin. En un artículo reciente publicado en la revista State Crime Journal, repasa la cronología de estas prácticas. Según su análisis, la «opresión violenta genocida de la cultura saharaui» en los primeros años de la ocupación dejó paso a un «intento de apropiación cultural que no engañó a nadie» a principios de la década de 1990, momento de elaboración del censo del prometido referéndum de autodeterminación. Luego llegaría la folklorización del legado para atraer al turismo, y finalmente el actual «proceso de muticulturización» de Marruecos, en el que se apropia elementos culturales de pueblos disidentes como el saharaui o el rifeño mientras trata de neutralizar su contenido político. En esta última estrategia, «lo saharaui se etiqueta como una identidad provincial dentro de una nación marroquí unida», explica Allan en ese artículo.
En lo práctico, esa estrategia se concreta sobre todo en la música y la poesía, dos de las disciplinas más nucleares dentro de la cultura saharaui. Editoriales marroquíes han publicado diversas antologías y libros de poesía en hasanía en la última década; mientras que festivales en los territorios ocupados y también en regiones marroquíes limítrofes con el Sáhara a menudo incluyen a artistas y grupos que ponen en escena música tradicional saharaui.
Tiba Chagaf cuenta que, cada año, en uno de los festivales más conocidos, el de Tan Tan, se montan más de cien jaimas: esas mismas jaimas que están prohibidas en los territorios ocupados. «Todo es folklórico», apunta. En ese sentido, estos festivales también tienen otro efecto sobre el patrimonio: la apropiación de objetos tradicionales. «Cada dos por tres hay un alza en la compra de objetos singulares que acaba por hacerlos desaparecer».
«Incluso esas bandejas de té antiguas, que son amarillas y espesas, de bronce… Con la desesperación y la necesidad, la gente acaba vendiéndolas», apunta, con una comprensión que extiende también a los y las artistas que participan en esos espacios. «Algunos son colonos, otros son promarroquíes, pero también hay poetas saharauis, porque, como en todos los países, por más avanzados que sean, de la cultura nunca es fácil vivir. Entonces, cuando a un poeta se le da un incentivo, se puede cuestionar muchas cosas. Pero no sabe que en el fondo está haciendo un genocidio cultural, falsificando su identidad».
El otro lado de la historia: la cultura como resistencia
Pero si hablamos de una batalla cultural es porque no todo es ataque. Del otro lado, los y las saharauis también han encontrado en las prácticas culturales un campo fundamental para la lucha y la resistencia. Como ocurre también en otros Estados despojados de su tierra, como el palestino –o en comunidades exiliadas o migrantes–, la cultura se convierte en un espacio clave para mantener viva la identidad y la cohesión nacional.
Así, en los campamentos de personas refugiadas saharauis de Tinduf la política cultural es clave. La música, la poesía y el teatro han sido desde el comienzo del exilio herramientas utilizadas para la sensibilización y la concienciación de la lucha nacionalista, pero también de cuestiones mucho más cotidianas, relativas por ejemplo a la higiene o la salud.
Algunos logros parecen de hecho un espejo de las carencias que Chagaf y Aalia explicaban respecto a la zona ocupada. En los territorios liberados existe desde 2012 una universidad, la de Tifariti, en la que se enseñan las carreras de enfermería, magisterio, informática y periodismo. La promoción de la lengua hasanía también es una prioridad, que ahora se lleva a cabo no solo mediante los programas educativos, sino también a través de series y vídeos que pasan de móvil en móvil hasta convertirse en un «trending jaima», como lo llama Chagaf. En la wilaya de Rabuni, donde se concentran los servicios de los campamentos de refugiados, hay un Museo de la Resistencia que exhibe documentos históricos y creaciones de arte.
Muchos esfuerzos que responden a una misma idea, que resume así: «La cultura es el trasfondo del conflicto. De nada nos sirve que el día de mañana nos independicemos si volvemos mitad cubanos, mitad argelinos, mitad españoles. Si se coloniza la mente, la tierra ya es un hecho consumado».
Este reportaje se publicó originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea, cuyo último número se dedicó íntegramente a la cultura saharaui. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para apoyar el periodismo independiente.
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¿Es lo banal algo trivial? ¿Es el mal banal? ¿Y el daño? ¿Son triviales? ¿Qué hay de trivial en matar a alguien? ¿Es eso lo trivial? ¿Hemos naturalizado que el que haya bajas en la guerra sea «normal»? ¿Es eso lo que carece de valor o de interés? ¿Qué hace que un asesinato sea tolerable y otro intolerable? ¿El modo de matar o el modo de morir?
El adjetivo banal hace referencia a un vocablo francés que apunta a lo común de un pueblo que comparte la figura de un gobernante, de ahí bando. Tan común es que carece de importancia, ¿lo común no es importante? ¿Y si es precisamente lo más importante? ¿Y si a lo que debemos prestar atención es precisamente al modo en el que nuestras formas sociales de organizarnos normalizan ciertos actos que deberían causarnos un profundo rechazo? ¿Y si lo banal tuviera que ver con cerrar los ojos?
Entonces la banalidad del mal, según la conocida fórmula de Hannah Arendt, no sería aquella relacionada con la falta de reflexión, sino con la normalización de lo que en realidad va contra toda norma: atentar contra la vida de personas (y otros animales) inocentes. Entonces, ¿atentar contra la vida de culpables sí es lo normal? Con pesar, esta pregunta puede responderse afirmativamente. Ahora bien, ¿quién es culpable en una guerra y de qué? ¿Qué es una guerra? ¿Y qué una matanza? ¿Cuál es la diferencia entre matanza y genocidio?
Para responder a estas cuestiones, volvamos a la palabra trivial: ¿hay un mal trivial o hay un daño trivializado? Lo trivial es asunto intrascendente, elemental y sabido por todo el mundo. Es por ello objeto de conversación vacua y superficial, tema de ascensor o, como apunta el origen del término, de lo que se habla en el cruce de caminos en el que se encontraban viajantes y posadas (lat. trivium). Lo trivial sería, entonces, por un lado, lo común que todos saben y, por otro, tema fácil de conversación.
Desde esta perspectiva, cuando pensamos en una guerra, todo el mundo sabe que mueren personas y pueden darse expresiones circunspectas que dan cuenta de lo mal que está el mundo, como qué horror lo que sucede en la otra punta del planeta. Elemental. Desde este punto de vista, el genocidio en Gaza es trivial: tema de conversación en el que todos saben lo que sucede y todo el mundo opina.
Sin embargo, lo trivial es la conversación, no el asunto mismo, es decir, trivializamos algunas cosas cuando, en lugar de convertirlo en tema sobre el que pensar, lo convertimos en tema del que charlar. Esta sería una banalización del mal (el que se ejerce) y del daño (el que se experimenta). Para pensar en un tema sin trivializarlo es preciso profundizar en él y para ello, en lugar de buscar información que secunde lo que queremos pensar, escuchar también lo impensado por nosotros hasta el momento.
¿Qué hace de una matanza un genocidio? La planificación de la muerte. ¿Es lo acontecido en Gaza uno? Algunos dirán que no, que son víctimas de una guerra, de la que tan responsable es Hamás como Israel. Pero profundicemos un poco más. Tenemos matanzas masivas, torturas, guerras incesantes, prácticas brutales, conflictos de sangre y restos mortales, tenemos desaparición de cuerpos, descuartizamiento de personas, hambrunas por corte de suministro, guetos, caza de brujas, de mujeres, de personas por su identidad u orientación sexual. Hay donde elegir. ¿Todo esto es banal? ¿Todo ello se debe a la falta de reflexión? Afirmar tal cosa es no entender qué se afirma cuando se habla del mal banal o del daño trivializado.
En otros lugares he señalado que no es cierto que el mal se repita, sino que es nuestra forma de abordarlo la que nos da sensación de ciclicidad y repetición. Decir que el ser humano es violento o malo, sea por naturaleza o a causa de la sociedad, es etiquetarlo y con ello ceder a la pereza de pensar y pensarnos. La etiqueta nos posiciona en un punto de vista que muchas veces es difícil abandonar. No se trata de juzgar, de opinar, de creer, sino de analizar, profundizar y comprender.
Si el ser humano es violento, ¿qué podemos hacer salvo quejarnos, darnos por vencidos, condenarnos o atarnos con leyes que nos protejan de los demás? Porque son los demás, según pensamos muchas veces, los que hacen daño, casi nunca nosotros. Una de las primeras acciones que podemos llevar a cabo es no trivializar el daño, esto es, convertirlo en objeto de una conversación vacua, en la que nos escandalizamos pero al poco tiempo, pasamos a otra cosa. Romper esta inercia a la que tendemos, incluso en la más inocente intención y sincera preocupación, es ya interrumpir el círculo de la repetición para abrir la posibilidad a otro modo de referirse a lo que a alguien le está sucediendo y alguien está realizando.
Ahora bien, ¿entonces cómo hablar de ello? ¿cómo pensarlo? Preguntándonos cómo hablamos de ello y en qué contexto, si se reduce a una conversación aunque sea preocupada o si pensamos en emprender acciones que vayan más allá de lo corriente y que alteren las lógicas de lo común de los modos del mal naturalizados, que no sea motivo de cháchara en encrucijadas de caminos, es decir, que no sea trivial en sentido literal, sino que lo sea en otro sentido: el de ponernos a nosotros mismos en la encrucijada, en el cambio de dirección y de sentido. Que no sea insignificante, digno de olvido, sino que signifique porque en sentido contrario nos significamos como personas superficiales incapaces de responder ante una situación y ejercer la libertad con conciencia. Saber de lo que hablamos es también saber cómo lo hablamos.
Decía al comenzar que lo común es lo más importante. Por eso no hay que caer en la ceguera de lo corriente: para reconstituir y recomponer lo común. Aunque haya culpables en una guerra, no por ello se merecen la peor de las muertes. Ahora bien, los genocidios, aunque suelan darse en el contexto de una guerra, no son sinónimo de guerra. Son el resultado de todo un mecanismo planificado de exterminio de quien solo es culpable de ser. Asesinar a miles por tener en común la cualidad de ser de una determinada manera. Eso sería un genocidio. Habrá que pensar entonces en el modo en el que lo común de ellos es también lo común que tenemos con ellos.
Este reportaje se publicó originalmente en #LaMarea109, dentro del dossier ‘El mundo según Trump’. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente
El mundo se ha transformado tanto en una década que a veces resulta difícil orientarse. Se siente un poco como pasear por Times Square: la sensación de estar atrapado en un filtro de realidad donde toda experiencia de lo nuevo surge como un anuncio, y la noción del tiempo auténtico y genuino se funde en lo frenético del scroll. La jerga tecnopopulista que a veces utiliza la izquierda tampoco ayuda mucho a entender los problemas sistémicos en el presente. ¿Vivimos bajo el «tecnofeudalismo»? ¿Seguimos en el «capitalismo de la vigilancia»? ¿El «capitalismo de plataforma»? ¿El «capitalismo cognitivo»? ¿Acaso el «4.0»? ¿O el «5.0»? ¿Ha acontecido un «tecnogolpe de Estado» invisible ante nuestros feeds? ¿Asistimos a un régimen «tecnoautoritario»? Esperen, ¿pero Internet no era una promesa utópica?
Para responder a estas preguntas de manera seria lo más recomendable es actualizar la famosa frase popularizada por el caso Watergate: «Seguir la pista de las infraestructuras», en lugar de focalizarse en el análisis superficial del discurso de las élites. Eso es lo que ha hecho recientemente la economista italiana Francesca Bria –profesora de la UCL Institute for Innovation and Public Purpose, promotora de la New European Bauhaus de la Comisión Europea, antigua directora de tecnología de Barcelona y fundadora de Decode– en The Authoritarian Stack, un estudio con XOF Research en el que ha participado el periodista de investigación José Bautista. «Los multimillonarios tecnológicos están construyendo una América posdemocrática», indica Bria, que sostiene que Europa será la siguiente pieza en caer. Ya alertó de este riesgo en su anterior investigación, EuroStack, que sitúa la dependencia estructural de las firmas estadounideneses en el centro del debate político sobre la soberanía digital: «Silicon Valley ya no crea aplicaciones. Construye imperios».
La transformación del sector tecnológico en el segundo mandato de Trump, señala Bria en su síntesis para Le Monde Diplomatique, parte de la maduración de lo que Evgeny Morozov denomina «oligarcas-intelectuales». Ahora, los consejos de administración de los fondos diseñan las políticas públicas, no los políticos; también determinan la cultura, estética y arte de nuestro tiempo, y configuran la ideología sobre cómo interpretar las proyecciones tecnológicas futuras.
Inversión, control y política
A diferencia de los intelectuales de antaño, que debatían ideas, la riqueza, ambición y filosofía del capital riesgo determina la realidad mediante la inversión en infraestructura, el control de los medios de comunicación, pero también a través de la influencia política en sectores estratégicos de la administración. «No es una usurpación de las prerrogativas del Estado, sino una forma más rápida de profundizar su alcance», señalaba Morozov en su intervención en READ Barcelona.
Como documenta The Authoritarian Stack, las puertas giratorias entre la Casa Blanca y los proveedores de software militar, Anduril o Palantir, están plenamemte engrasadas. Los lazos son tan fluidos que directamente se ha producido la integración de estas y otras firmas (Meta u OpenAI) en la Armada, donde han desembarcado hasta cuatro ejecutivos tecnológicos.
Por no señalar la llegada al frente de DOGE de Elon Musk, el CEO de SpaceX y Tesla, mimadas por el Gobierno, xAI y X, que inició el giro de Trump hacia el sector privado como solución a los problemas públicos. Los datos de la investigación son concluyentes: al menos 22.450 millones de dólares del dinero de los contribuyentes estadounidenses ha ido a parar al Pentágono, a los servicios de inteligencia o a DOGE.
Básicamente, este dinero se canaliza a través de contratos públicos a dichos proveedores, inflando la rentabilidad de los oligarcas-intelectuales trumpistas, quienes habían invertido en las mismas empresas que ofrecen los servicios de seguridad nacional del Estado.
La máquina del capital es como un bucle perfecto para enriquecer a los nuevos billonarios tecnológicos. «Cada capa refuerza a las demás. La ideología justifica la inversión. La inversión captura el poder estatal. Los contratos construyen la infraestructura, que se vuelve indispensable. Eso genera rendimientos que financian más ideología». Francesca Bria describe así una amplia red que llama «Kingmakers», una fuerza política que influye en las elecciones y en la política exterior estadounidense.
Está compuesta por una amalgama de ultraconservadores radicales cuya doctrina se desarrolla en los think tanks que históricamente han nutrido de ideas a la industria militar del imperio: National Conservatism (NatCon), Edmund Burke Foundation, Heritage Foundation, Cato Institute, America PAC, CNAS, Hudson Institute… Todos, por supuesto, movilizados en torno al Project 25.
Peter Thiel habla en la Convención Nacional Republicana en Cleveland (Ohio, EE.UU.), el 21 de julio de 2016. RICK WILKING / REUTERS
El príncipe de la stack es Peter Thiel, cofundador de Palantir, una maquinaria de minería de datos enfocada a la seguridad nacional cuyo valor en bolsa ha pasado de 50.000 millones de dólares hace un año a casi 300.000 millones en la actualidad. Se sienta en la cima de Founders Fund, que maneja 17.000 millones de dólares en inversiones en, por ejemplo, Anduril, Mithrill Capital o Space X. Ahora susurra al oído de J.D. Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, pero antes fue el asesor tecnológico de Trump en su primer gobierno, su gran estratega y financiador principal.
¿La línea de puntos? Los ingresos del negocio de Palantir con el Gobierno crecieron un 52% solo en el último trimestre con respecto al año anterior (486 millones de dólares), casi la mitad de los 1.000 millones en ingresos. Entre ellos, InmigrationOS, una tecnología de rastreo diseñada para la caza de migrantes. Thiel también recibe rendimientos de los lazos del Gobierno a través de sus inversiones en Anduril o SpaceX, y en 1789 Capital, lanzada junto a Donald Trump Jr. Canaliza las decenas de millones que llenan el imperio orbital de Musk y la IA militar.
La red también involucra a Marc Andreessen, fundador de Andreessen Horowitz (a16z), una firma de capital riesgo de California, valedora de Facebook, Instagram y Airbnb, entre otras. Tras reunir a toda la clase multimillonaria de Silicon Valley para la campaña de Trump de 2024, Andreessen lidera el fondo American Dynamism, que integra a los «constructores del Estado estadounidense». Desempeña una función similar Alex Karp, CEO de Palantir e ideólogo de las plataformas Foundry y Gotham.
Esta última, diseñada para planificar misiones y ejecutar investigaciones utilizando big data, tiene la fama de haber ayudado a la CIA a encontrar a Bin Laden. Completan el elenco Palmer Luckey, encargado de la «guerra automatizada» en Anduril y Oculus (anteriormente de Meta) y David Sacks, el criptozar, proveniente de la conocida como PayPal Mafia, y ahora con fondos en a16z e inversiones en Anduril y OpenAI. Denominado a sí mismo como «criptonacionalista», Sacks diseñó el GENIUS Act de 2025, la ingeniosa legislación que desregula las industrias del crypto para afianzar la hegemonía del dólar (cualquier transacción estará respaldada por bonos del Tesoro de EE. UU., valores a corto emitidos por el Gobierno estadounidense).
Bajo la bandera de la tecnología patriótica, documenta Bria, este nuevo bloque histórico está construyendo su sistema integrando registros históricamente estáticos (archivos de tráfico, atestados policiales, datos de los servicios sociales, así como historiales de ubicación o mensajes privados) para construir una infraestructura de control y vigilancia planetaria compuesta de nubes, inteligencia artificial, finanzas, drones, satélites: «Las infraestructuras estatales críticas se están privatizando en cinco ámbitos: datos, defensa, espacio, energía y dinero». Estos ámbitos conforman «la arquitectura de la soberanía privatizada», donde el poder político del capital fluye a través de las plataformas corporativas.
Integraciones peligrosas
La pregunta que Francesca Bria lanza a Europa es si puede reconocer esta formación histórica como lo que es y «crear alternativas antes de que la infraestructura de control se arraigue demasiado como para poder desmantelarla». El panorama político que arrojan sus datos no es halagüeño para las democracias liberales.
En Francia, Palantir se ha integrado en el Ministerio del Interior y desempeña funciones de predicción policial y de lucha antiterrorista. Anduril System, incluso, ha sido propuesto en los programas EU Frontext de 2025 para el control de fronteras y la vigilancia de drones. Italia ha desplegado una red nacional conectada mediante Starlink, de SpaceX, y Palantir y Anduril han iniciado negociaciones con el Ministerio de Defensa. En Alemania, el servicio de contrainteligencia utiliza el programa Gotham y Starlink para sus comunicaciones. Muchas de estas empresas se han integrado en los distintos Estados a través de la OTAN y proveen tanto la infraestructura de comunicación de batallas, tecnología de combate y algoritmos de targeting en Ucrania, como las herramientas de machine learning necesarias para procesar los datos de los pacientes del servicio de salud británico.
Protesta frente a la sala de exposiciones de Tesla en Nueva York. MELISSA BENDER / REUTERS
¿Y España? El riesgo es que el embargo total de armas a Israel termine siendo sorteado por la dependencia nacional de las empresas que participan del genocidio y testan sus plataformas en Gaza, como Palantir o Anduril. «Los países deben bloquear los contratos con estas empresas y dejar de ceder su soberanía, en particular en lo que respecta a los sistemas de misión críticos», aconseja Bria, también miembro del Consejo de Inteligencia Artificial formado por Pedro Sánchez.
La primera adjudicación a Palantir se produjo en 2023 en un contrato negociado sin publicidad valorado en 256.200 euros. Esto abrió la puerta a la adjudicación del análisis de inteligencia del Sistema de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFAS), de 20 millones, catalogada como secreto oficial. También se puede comprobar que el Centro de Inteligencia de esta entidad utiliza la herramienta Gotham. Cuando la secretaria de Estado de Inteligencia Artificial de entonces, Carme Artigas, entregó un contrato de 2 millones a la consultora Deloitte y OdiseIA, Palantir también estaba allí. En la junta directiva de OdiseIA no había ningún representante de la sociedad civil, pero sí figuraba Javier Fernandez-Castañón (que trabaja para Thiel) como director de Salud. Hasta Som Solidaritat, la web de la Generalitat Valenciana del gobierno de Carlos Mazón, fue delegada a los ingenieros de una empresa hostelera y de una filial española de Palantir, tal y como la Generalitat publicó tan solo seis días después de la dana.
En el caso de Elon Musk, el riesgo de quedar atrapados en las redes de la ultraderecha es aún más extremo. España ha lanzado –desde Cabo Cañaveral, Florida– su segundo satélite de comunicaciones de última generación, SpainSat NG-II, a bordo de un cohete SpaceX Falcon 9. Es el programa de defensa espacial más grande y avanzado del país hasta la fecha: Hisdesat Servicios Estratégicos ha invertido unos 1.300 millones de euros del Ministerio de Defensa para proporcionar a Madrid enlaces de comunicación seguros y fiables para «operaciones militares y misiones humanitarias».
Junto con su satélite gemelo, lanzado en enero, prestará apoyo a las Fuerzas Armadas españolas, la OTAN, la red de comunicaciones gubernamentales por satélite de la Unión Europea y a los países socios. Sus instalaciones estarán en Tres Cantos (Madrid). Todavía no se conoce –es secreto de Estado– cuántos contratos existen. Los registros arrojan acuerdos del Ministerio de Defensa con intendencias locales y también otras ramas de la administración, como el SEPI y RTVE. La pregunta sigue latente, ¿corremos el riesgo de vernos atrapados en una stack autoritaria?
Las conexiones son interminables. Pero, dada la vehemencia con la que Trump ha atacado al Gobierno de Sánchez por no alienar su inversión en Defensa con los nuevos intereses militares de las empresas estadounidenses, la pregunta es cuánto tardarían los fontaneros de Vox en acercarse a estos oligarcas-intelectuales para colocar a las Fuerzas Armadas españolas al servicio de Palantir, Anduril o Space X.
La espontánea conmoción provocada por la muerte de un personaje como Ozzy Osbourne, quien pocos días antes se había despedido a lo grande de los escenarios (junto a los miembros originales de Black Sabbath, su primera y mítica banda), debería llevarnos a reflexionar sobre el poder que aún posee la música popular en el imaginario colectivo, en especial el de un género tan denostado artísticamente como ha sido siempre el heavy metal. Ocurrirá igual (espero) con Alice Cooper (Detroit, 1948), luminaria del shock rock, amén de uno de los músicos más cultos del pop. Porque si Henry Rollins ha pasado a la posteridad por decir que «uno solo puede fiarse de los seis primeros discos de Black Sabbath», yo mismo sería capaz de afirmar que «uno solo puede fiarse de los cinco primeros discos de Alice Cooper producidos por Bob Ezrin».
Matícese en cualquier caso que hablamos aquí no del solista sino de la banda Alice Cooper, esta es, la formada por el propio Cooper, Glen Buxton, Michael Bruce, Dennis Dunaway y Neal Smith, aquella que operó entre 1969 y 1975, una formación que ahora ha vuelto (oh, sorpresa) con el soberbio The Revenge of Alice Cooper (publicado por el sello EarMusic). Del conjunto destacan un buen puñado de composiciones, todas originales, entre ellas «Black Mama» (con la colaboración estelar de Robby Krieger, el mítico guitarrista de The Doors), «Up All Night», «Blood on the Sun» (épica pieza de seis minutos con tintes grunge), «Crap that Gets in the Way of Your Dreams» (fantástico título, ¿verdad?), «What Happened to You» (con cameo guitarrístico inédito de Glen Buxton, fallecido en 1997) o «See You on the Other Side», y ojo a la reedición que se marcan del «I Ain’t Done Wrong» de los Yardbirds, en claro homenaje a Jeff Beck, a quien Cooper siempre ha considerado el mejor guitarrista de todos los tiempos.
La grabación conserva así la furia y el tono de los espectaculares discos clásicos de la formación, con sus guitarras limpias y contundentes, sus melodías oscuras pero pegadizas, todo compactado gracias a una producción enérgica en la que la voz de Alice Cooper sobresale increíblemente fresca, retrotrayéndonos al esplendor de una época en la que el grupo facturaba simple y llanamente el mejor rock and roll del mundo. Quede claro ya que esta «venganza» seguramente no guste a los metaleros. Atrás quedaron las serpientes y los maquillajes, las guillotinas y los sombreros de copa. Ningún pollo ha sido sacrificado durante las sesiones de grabación. Pero a Alice Cooper hay que quererlo a muerte (Love it to death!) haga lo que haga. Incluso si viene envuelto en una portada tan horrible.
Este artículo sobre Alice Cooper se publicó originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes descargar gratuitamente la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.
Este análisis se publicó originalmente en #LaMarea109, dentro del dossier ‘El mundo según Trump’. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente
Once meses después de la inauguración de Trump 2.0, quizá lo que más impresiona sea la ambición desbocada de su gobierno. De conservador desde luego no tiene nada: desprecia todo lo existente. Desde el primer día, las y los miembros del equipo ministerial de Trump, además de sus asesores más cercanos –Russell Vought, el director de presupuestos, y Stephen Miller, jefe de gabinete adjunto– se comportan como verdaderos revolucionarios.
Para comprender esta actitud jacobina es importante recordar que se nutre de tres de las principales corrientes ideológicas presentes en el movimiento MAGA: la veta apocalíptica propia de un fundamentalismo protestante que busca acelerar el Día del Juicio Final (la rapture); la veta utópica de los ejecutivos de Silicon Valley que se imaginan un futuro poshumano y posterrenal; y la veta sádicay supremacista, propiamente fascista, en la que predomina el resentimiento hacia las élites «globalistas» (léase marxistas y judías) supuestamente empeñadas en movilizar a las poblaciones de color para destruir y sustituir a la civilización blanca. No queda claro cuánto de todo este ideario comparte el propio presidente ni cuán involucrado está Trump en los detalles del día a día. Partiendo de lo que suele responder a preguntas de la prensa, se desprende que se entera de más bien poco. Para fines prácticos no importa demasiado.
Lo que sí importa es que esta administración ha apostado de lleno por una táctica de tierra quemada. Esto hace que compilar un inventario tentativo de daños sea un ejercicio tan necesario como perturbador.
Inmigración
La política represora e inhumana del gobierno federal norteamericano hacia los inmigrantes –en particular las y los indocumentados– no es nada nueva. De hecho, ha sido una constante desde los años de Bill Clinton y apenas se ha atenuado bajo presidencias demócratas. Aun así, Trump 2.0 ha sabido empeorar una situación ya muy mala. A nivel retórico, es constante la demonización: los inmigrantes son retratados como «escoria de la peor calaña», asesinos, violadores y locos. (En una confusión tan trágica como hilarante, Trump se empeña en confundir a los solicitantes de asilo, asylum seekers, con pacientes de manicomio, insane asylum).
Esta retórica ha servido para justificar medidas mucho más concretas. En términos policiales, se han expandido los poderes, el presupuesto y las filas de las dos agencias federales responsables de vigilar la frontera e implementar las políticas migratorias, ICE y la patrulla fronteriza. Sus métodos de vigilancia y detención son ya directamente dictatoriales, dado que incluyen las desapariciones forzosas a manos de agentes enmascarados que se desplazan en vehículos sin marcar. Aunque los números son difíciles de contrastar, el Departamento de Seguridad Nacional afirmó en septiembre que, en lo que va de año, entre deportaciones y autodeportaciones, se ha «eliminado» a más de dos millones de inmigrantes ilegales. Mientras tanto, como daño colateral de las redadas masivas de ICE, han sido detenidos y maltratados al menos 170 ciudadanos estadounidenses, como confirmó una investigación independiente del medio ProPublica.
Agentes de ICE detienen a un migrante al salir de una audiencia en un tribunal de inmigración de Manhattan, el pasado 27 de octubre. DAVID ‘DEE’ DELGADO / REUTERS
Es importante comprender que el radio de acción de una agencia como la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos no se limita de ningún modo a las zonas propiamente fronterizas, porque «la frontera», legalmente, abarca hasta a 100 millas a la redonda de puertos y aeropuertos internacionales, con lo que cubre más de la mitad del territorio nacional. En un documental reciente, Frontera adentro, los cineastas Pamela Yates y Paco de Onís demuestran que, hoy, la frontera está por todas partes: atraviesa y divide a millones de comunidades y familias. Al mismo tiempo, nutre las ganancias cada vez mayores de lo que llaman el Complejo Industrial Fronterizo, cuyo presupuesto combinado se aproxima a los 40.000 millones de dólares por año. Los cientos de centros de detención que ICE tiene en propiedad, alquila o está construyendo por todo el territorio nacional son, además de instrumentos de represión, una mercancía. Si las cuotas mínimas de detenciones que se imponen a las unidades de la policía migratoria sirven a un propósito político, también tienen una función económica: cada cama vacía es una fuente de pérdidas.
Nacionalismo
Bajo esta presidencia, el patriotismo excepcionalista estadounidense de siempre ha llegado a nuevos paroxismos. Trump ha intensificado su campaña, iniciada durante su primer mandato, en favor de una historia «patriótica» que inspire unidad y orgullo, intentando intervenir, con éxito desigual, en la enseñanza, los museos, las agencias estatales, los parques nacionales y el calendario de días festivos. En todos estos casos el patrón es el mismo: censurar relatos críticos e históricamente rigurosos, o que tengan protagonistas no blancos o no masculinos, a favor de otros relatos ramplonamente celebratorios con una base factual más bien tenue. Así, este mes de octubre Trump sacó una proclamación en que renombraba el 12-O (que Biden tildó de Día de los Pueblos Indígenas) como Día de Colón. La proclamación describió al navegante genovés enviado por los Reyes Católicos españoles como «el héroe estadounidense original» que «allanó el camino para el triunfo definitivo de la civilización occidental… el 4 de julio de 1776». (¿Cómo reaccionaría Trump si se enterara del Día de la Hispanidad?).
Constitución y Estado de Derecho
Tanto en su política migratoria como en su satanización de toda oposición (sea en su propio partido, de la izquierda o del extranjero) como «extremista», «peligrosa», «terrorista» y «antiamericana», el gobierno de Trump ha violado de forma sistemática numerosos derechos constitucionales y socavado el Estado de derecho. Las dos enmiendas más zarandeadas son la Primera (que regula la libertad de expresión) y la Quinta (que protege contra las detenciones arbitrarias). Por otra parte, Trump viola casi diariamente la independencia de su fiscal general, Pam Bondi, instándola a que instrumentalice su departamento para perseguir a los enemigos personales del presidente, incluidos a republicanos prominentes como James Comey (exdirector del FBI) o John Bolton (que tuvo varias funciones clave en el primer gobierno de Trump). En términos más generales, el Gobierno ha aprovechado el asesinato de Charlie Kirk para asociar la violencia política con el «extremismo» de izquierdas, «Antifa», fundaciones como las de George Soros o la Ford, y el terrorismo.
Un manifestante anda entre humo y gases lacrimógenos durante una protesta frente a la sede de ICE en Portland (Oregón), el 4 de octubre. CARLOS BARRIA / REUTERS
Este último eslabón de la cadena asociativa es crucial porque, según la legislación adoptada a la zaga del 11 de septiembre de 2001, la asociación –directa o indirecta– con organizaciones identificadas como terroristas conlleva la suspensión automática de toda una serie de derechos y protecciones constitucionales. Siguiendo el modelo adoptado con respecto al genocidio palestino en Gaza (toda crítica a Israel es una expresión antisemita y de apoyo a Hamás, una organización terrorista), el último memorándum de seguridad nacional (NSPM-7) busca tildar una larga de serie de ideas progresistas de terroristas, es decir, tan peligrosas que quien las expresa infringe la ley.
Concretamente, el NSPM-7 apunta a «campañas sofisticadas y organizadas» y «conspiraciones criminales y terroristas» como causas de un «incremento dramático de la violencia política» de izquierdas; exige que las fuerzas del orden investiguen sus «estructuras, redes, entidades, organizaciones y fuentes de financiación»; y afirma que este patrón de actividades violentas y terroristas se unifica «bajo el paraguas autodenominado del “antifascismo”». «Los hilos comunes que animan esta conducta violenta –agrega– incluyen el antiamericanismo, el anticapitalismo y el anticristianismo; el apoyo al derrocamiento del Gobierno de los Estados Unidos; el extremismo en torno a la migración, la raza y el género; y la hostilidad hacia quienes mantienen las visiones tradicionales estadounidenses sobre la familia, la religión y la moralidad».
Libertad de prensa y expresión
La supresión de libertades mediante la coartada del terrorismo es solo uno de los dos frentes que ha desplegado el Gobierno para controlar la esfera pública. El otro afecta más directamente a los medios. Desde enero, estos se han visto sometidos a varias formas de presión e intimidación.
La cadena ABC suspendió el programa de Jimmy Kimmel por presiones trumpistas, aunque dio marcha atrás a su decisión poco después. RANDY HOLMES / DISNEY
Ha habido millonarios juicios por difamación a las cadenas televisivas ABC y CBS y a los diarios Wall Street Journal y New York Times. También hemos visto chantajes que instrumentalizan los intereses económicos de las empresas mediáticas, como los que motivaron la suspensión o cancelación de los programas de cómicos como Stephen Colbert y Jimmy Kimmel. El Gobierno también ha intentado condicionar el acceso de la prensa a recursos e información gubernamentales a cambio de un mayor control (léase censura), intento que acabó por fracasar con las y los corresponsales que cubren el Departamento de Defensa.
Universidades
Los ataques a las universidades, tanto privadas como públicas, han sido múltiples y variados, desde la práctica abolición del Departamento de Educación –fuente central de becas y préstamos para estudiantes universitarios– hasta los cortes repentinos de sistemas de financiación regulados por ley.
Es más, la financiación federal de becas y proyectos de investigación se ha convertido expresamente en instrumento de chantaje para destruir la autonomía universitaria, socavar la libertad de cátedra y –según afirman los arquitectos de estas medidas– liberar los más de 4.000 centros de educación superior del país del control de una «extrema izquierda» que lleva dominándolos desde, al menos, la década de 1960. Ese control se manifestaría, entre otras cosas, en un sistema de selectividad que discrimina sistemáticamente a estudiantes blancos bien preparados en favor de minorías menos capaces, y en una demonización y marginalización, en las clases, los planes de estudio y la esfera pública universitaria, de ideas conservadoras y toda persona que las exprese.
Separación de poderes
El sofisticado sistema de equilibrios y contrapesos (checks and balances) que el alumnado de los institutos aprende a admirar como la base de la mejor democracia del mundo ha resultado bastante menos resistente de lo esperado. Así, por ejemplo, el gobierno de Trump ha socavado el propio sistema federal, violando la soberanía de los estados al enviar a unidades del Ejército (no solo los reservistas de la Guardia Nacional sino también a los marines, una fuerza expedicionaria de élite) a «restaurar el orden» o «asistir a agentes federales» en estados y ciudades gobernados por líderes del Partido Demócrata.
Miembros de la Guardia Nacional se entrenan en el control de manifestaciones con porras en la Base de Los Alamitos (California). DAVID SWANSON / REUTERS
La rama legislativa de la trias politica, el Congreso, con ambas cámaras controladas por el Partido Republicano, no solo ha seguido ciegamente a Trump, sino que ha dejado que la rama ejecutiva pise una y otra vez sus funciones constitucionales –incluido su poder presupuestario–. La rama judicial ha resistido mejor, sobre todo el sistema de jueces federales, aunque la Corte Suprema, dominada por jueces conservadores, se ha cuidado mucho de contrariar al presidente. Entre sus decisiones más escandalosas ha estado la de permitir que los agentes federales de ICE invoquen el aspecto físico de la persona, y el idioma que habla, para considerarla sospechosa de violar alguna norma migratoria. En otras palabras, la Corte ha permitido que el racismo institucional se cuele por la puerta de atrás.
Por otra parte, la Corte tampoco ha querido poner demasiado freno a los intentos por parte de Trump y los suyos de destruir la neutralidad de agencias regulatorias, de arbitraje o de salud pública, desde la Reserva Federal bancaria (la «Fed») hasta la Junta de Relaciones Laborales (NLRB) y el Centro de Control de Enfermedades (CDC).
Mientras estoy redactando esto, la Corte parece inclinarse a cargarse una provisión de ley electoral que prohíbe rediseñar los distritos electorales para diluir el voto de las minorías raciales o étnicas. Si se levantara esa prohibición, nada le impediría al Partido Republicano manipular el mapa electoral para asegurar una mayoría cuasi permanente en la Cámara de Representantes.
De momento, hay estados que están trabajando en leyes que puedan frenar estas maniobras. California, por ejemplo, aprobó la Proposición 50, una iniciativa impulsada por el gobernador demócrata Gavin Newsom que tiene como objetivo neutralizar la redistribución partidista promovida por estados republicanos (y trumpistas) como Texas. La proposición devuelve al Congreso estatal la capacidad de definir los distritos durante cinco años, hasta el próximo censo; así evitará que las elecciones legislativas de medio término de 2026 se decidan mediante un gerrymandering controlado por el Partido Republicano.
Posdata
Este breve inventario es necesariamente incompleto. Entre las áreas que no he mencionado está la economía –no solo el daño infligido por la errática política arancelaria, sino también los intentos por socavar las estructuras y los derechos sindicales, sobre todo de los funcionarios–, el derecho internacional –con la destrucción de barcos en el Caribe como botón de muestra–, la imposición de políticas regresivas a las Fuerzas Armadas –que ha expulsado a la mayoría de las personas trans, negándoles el derecho a la jubilación anticipada con pensión– o el hecho de que el gobierno de Trump haya abierto las puertas de la Casa Blanca de par en par a la corrupción, aceptando regalos millonarios de regímenes extranjeros, encauzando los recursos de la Casa Blanca hacia fines partidistas y de campaña, chantajeando a empresas mediáticas y bufetes legales e intercambiando favores legislativos y regulatorios a cambio de donaciones millonarias.
Trumpismos a la europea
A pesar de que muchas de las políticas de Trump en EE.UU. no han sido bien recibidas y han socavado su popularidad, han hallado imitadores en Europa. En el parlamento de Países Bajos, la mayoría derechista (menguada tras el triunfo liberal-progresista en las elecciones del 29 de octubre) aprobó una moción que identificaba «Antifa» como una organización terrorista. Aunque fue un gesto puramente simbólico (tanto los expertos en inteligencia como el Gobierno en funciones respondieron que no hay organización llamada así y que, además, la ultraderecha representa una amenaza más seria), ha habido miembros del Europarlamento que abogaban por seguir el modelo holandés.
De forma similar, se ha venido intensificando la retórica y la política antiinmigrantes. En Reino Unido, el gobierno laborista de Keir Starmer ha promovido una ley masiva de seguridad fronteriza (Border Security, Asylum and Immigration Bill) que criminalizaría a los inmigrantes y solicitantes de asilo y a cualquier persona que les preste ayuda, al mismo tiempo que expande el poder del aparato policial.
Retóricamente, son cada vez más los políticos de centroderecha y centroizquierda que adoptan marcos ultraderechistas. En varios países europeos, los partidos del centro ya hablan de la necesidad de políticas de «remigración», un término íntimamente asociado con la Teoría del Gran Reemplazo. En enero, el entonces primer ministro francés François Bayrou dijo que la inmigración producía una «sensación de sumersión», tomando prestada una metáfora ultraderechista.
La restricción de derechos constitucionales en Europa no se limita a los inmigrantes y las personas y organizaciones asociadas, ni tampoco a los países con gobiernos más abiertamente autoritarios, como Hungría. Ya en julio de 2024, Amnistía Internacional afirmaba que «los Estados deslegitiman, estigmatizan, criminalizan y reprimen cada vez más a quienes se manifiestan pacíficamente». Por otra parte, en septiembre de 2025, el propio Consejo de Europa señaló que «el recurso a la ley para restringir la libertad de expresión es un problema cada vez más grave» y que «desde 2019 se ha producido un fuerte aumento de las detenciones y encarcelamientos de periodistas».
Mural titulado Vaterland, del artista Günther Schaefer, situado en el trozo del muro de Berlín que fue conservado. JACINTO ANDREU
Uno de los casos más flagrantes ha sido el de Alemania, cuyo Gobierno e instituciones culturales se han empeñado en censurar, si no criminalizar, cualquier crítica al Estado de Israel y cualquier defensa del pueblo palestino –no solo en protestas y manifestaciones públicas sino también en espacios universitarios y culturales–. Así como en Estados Unidos, personas críticas con Israel han acabado detenidas y deportadas.
Esta entrevista con Isaac Rosa se publicó originalmente en #LaMarea109. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para recibirla y apoyar el periodismo independiente.
Isaac Rosa (Sevilla, 1974) aparece en la Feria del Libro de Córdoba un día caluroso de octubre para presentar su nueva novela, Las buenas noches (Seix Barral, 2025), acto que tengo el placer de conducir. Hemos quedado un ratito antes de subirnos al escenario para saludarnos y organizar la charla en un bulevar donde la gente no para de interrumpirnos: son lectores y amigos que quieren darle un abrazo, felicitarle por otra obra maravillosa entre las más de una docena que lleva publicadas. El flamante escritor, ganador de prestigiosos premios como el Rómulo Gallegos (2005) o el Biblioteca Breve (2022), se muestra, como siempre, humilde y agradecido. Nos contamos algunas anécdotas de la vida cotidiana, y recordamos la última vez que nos vimos, en la premiere de la película Nosotros (Helena Taberna, 2025), basada en su novela Feliz final (Seix Barral, 2018). Polifacético y cinematográfico, autor también de cómic y teatro, sorprende ahora con una historia de dos desconocidos que se acuestan juntos exclusivamente para poder dormir, aventura insólita que dará mucho juego entre el público. Reproducimos para La Marea un extracto de aquella presentación que, bajo una carpa llenísima, tuvo lugar en la ciudad del Califato.
¿Por qué una novela sobre el sueño?
En un principio son mis propias malas noches las que me hacen pensar las posibilidades narrativas del dormir. Empiezo preguntándome por mi mal dormir, y a partir de ahí veo una historia que contar, y sobre todo una forma para contarla, un intento de escribir el insomnio: no escribir sobre el insomnio, sino escribir el insomnio. Es decir, el insomnio como tema, pero también como forma; que la propia escritura –y por tanto la lectura– diga algo sobre el dormir y el no dormir. La intención es una novela que transcurra como una noche en vela, un relato que comparta el proceso mental de quien no duerme. Es en un segundo momento cuando confirmo algo que inicialmente sólo era una intuición: que el mal dormir es un problema muy extendido, que tiene una conexión social, y que observando nuestra relación con el sueño se entiende mejor nuestra vida.
En la novela, los protagonistas se acuestan sólo para dormir. En ningún momento mantienen relaciones sexuales. Ambos están casados con otras personas, pero como «sólo» duermen juntos, no parece que esa relación extramarital constituya una infidelidad, ¿o sí? ¿Se puede decir que hay una pregunta por los vínculos humanos?
Me gusta mucho trabajar con la extrañeza, ese elemento anómalo que hace que una situación corriente nos aparezca de pronto diferente, extraña, pues de ahí surgen preguntas que ya no nos hacemos. A veces funciona sacando de contexto una situación corriente: el trabajo, por ejemplo, sacándolo del lugar de la producción y colocándolo en un escenario, como intenté en La mano invisible [Seix Barral, 2011]. Puede hacer que nos preguntemos sobre la propia naturaleza del trabajo, preguntas que ya no nos hacemos porque hemos naturalizado algo –el trabajo en el capitalismo– que no tiene nada de natural. En el caso de Las buenas noches, la operación pasa por coger lo que parece una historia amorosa común, con todos los ingredientes y pasos, incluso con el lenguaje habitual, pero extraer una pieza que parece imprescindible –el sexo– para sustituirla por otra extraña –el dormir–: dos desconocidos que se acuestan juntos, con la misma intimidad y necesidad que si sintieran deseo sexual, pero sólo duermen. Eso hace que veamos de otra manera el dormir, pero también la propia relación amorosa, y tal vez de ahí surjan otras preguntas.
¿Por qué los protagonistas no tienen nombre, y las respectivas parejas –Inma, Óscar– sí lo tienen?
Por la misma búsqueda de extrañeza: se trata de dos desconocidos, tanto que permanecen anónimos; que, sin embargo, son capaces de hacer algo que exige confianza máxima: dormir juntos. En la novela el anonimato parece una condición necesaria para dormir: no saber.
El capitalismo ha ido poco a poco colonizando espacios que pertenecían a territorios que podríamos llamar «comunales» (la tierra), y luego territorios más íntimos, como son los cuidados (de los hijos, de los mayores). ¿El sueño es el último territorio que le queda por conquistar? ¿O ya lo ha conquistado a través de industrias como la farmacéutica o el sleep tourism (turismo del sueño)?
Parece una última frontera, en efecto: una tierra sin colonizar por el mandato productivista del capitalismo. Dormir no «sirve» para nada, no produce, no es monetizable. Por eso no quieren que durmamos, por eso la sociedad del 24/7, por eso una forma de organización social que va contra el sueño. También los intentos de extraer algún beneficio de la noche, principalmente toda esa industria del sueño: productos, servicios, tecnología, fármacos, terapias… Pero eso también está en nosotros mismos, que interiorizamos el mandato productivista y buscamos que nuestro dormir «sirva» para algo: un sueño más eficiente –de ahí la obsesión con las métricas del sueño o los métodos para dormir menos horas–, o todas esas rutinas de belleza que comienzan ya en la noche con todo tipo de productos, cosméticos, aparatos y adhesivos que colocamos en nuestros cuerpos para extraer más belleza y salud de la noche.
El protagonista es autónomo en el sector cultural, uno de los más precarios. Me sentí muy identificada con el capítulo donde pierde el sueño por rellenar un acta a terceros, y luego facturas, a través de laberintos burocráticos digitales. ¿Es la falta de sueño exclusiva de la precariedad?
Portada de Las buenas noches. SEIX BARRAL
Hay muchas cosas que nos quitan el sueño hoy. Tantas que, como dice el narrador de la novela, «lo raro es dormir». La pregunta no es por qué muchos no dormimos, sino por qué duermen los que sí pueden hacerlo. Entre ellas, aparte de por supuesto problemas de salud, hay causas sociales y económicas muy extendidas, que tienen que ver con las condiciones materiales –el trabajo y la vivienda, sobre todo–, con las exigencias productivistas, y la precariedad, por descontado. Digo precariedad no sólo en sentido laboral; me refiero también a esa precariedad que marca todos los aspectos de nuestra vida: la inseguridad vital, la inestabilidad, la aceleración, el desborde permanente, la sensación de no ser dueños de nuestras vidas ni de nuestro relato de vida –aquella «corrosión del carácter» que identificó Richard Sennett hace más de 20 años–, el malestar indefinido, los muchos miedos y ansiedades tanto individuales como globales, la tecnología que nos roba el sueño… Insisto, lo raro es dormir.
Hay muchas reflexiones sobre el efecto de la falta de sueño en los cuerpos, sobre cómo se utiliza como método de tortura, etc. ¿Podría este libro haber sido un ensayo?
No, en ningún caso consideré un ensayo. Mi pensamiento es muy narrativo, como el de la mayoría de la gente: somos animales narrativos. Pienso contando historias, y una novela no es sólo una trama, unos personajes, un ejercicio de lenguaje. Es también una mirada, una interpretación posible o una búsqueda de la misma. Hace siglos que en la novela cabe todo, y muy especialmente el pensamiento y la observación crítica.
Isaac, pediste testimonios a amigos para escribir esta novela. Yo misma te mandé uno: me quejaba amargamente sobre la homogeneización del sueño, el hecho de que todos tengamos que dormir a la misma hora. ¿Qué testimonios te llegaron que no pudiste incluir?
En efecto, mi novela es deudora de una extensa conversación, presencial y por escrito, con muchos amigos, conocidos, familia, pero también desconocidos que quisieron incorporarse. Me ayudaron mucho a confirmar intuiciones, a identificar patrones comunes en nuestras malas noches, y a descubrir causas del insomnio que no conocía. Entre las muchas contribuciones, me interesan especialmente aquéllas que, como la tuya, apuntan a la imposición de un sueño normativo, una disciplina del sueño que encierra nuestro dormir en un molde estrecho e imperativo: así hay que dormir. Eso hace que quienes tienen otras formas de dormir que no encajan fácilmente en ese molde se sientan fracasados, culpables, enfermos, busquen ayuda, terapia, fármacos incluso, para dormir «bien».
El fin del sueño supone el fin de la lectura, y quizá de la literatura. Esto preocupa al protagonista, que dice estar «vaticinando el final de la literatura cuando ya no queden lectores capaces de concentrarse unas horas», o cuando la IA le robe el trabajo. ¿Te preocupa a ti este tema, como escritor, al hilo también de la falta de concentración que provocan los móviles?
Hay muchos motivos de preocupación, qué duda cabe. Pero cuando me vence el desánimo tecnófobo, me tranquiliza recordar otros momentos históricos en los que nuestros antepasados sintieron miedos idénticos ante otros cambios tecnológicos: lo mismo Internet que la televisión, la telegrafía por hilos o la imprenta. Ese miedo estuvo siempre ahí, y la humanidad aprendió a convivir con esa nueva tecnología y a evitar algunos usos nocivos. Más que la IA, me preocupa nuestro derrotismo ante ella, que renunciemos a nuestra capacidad democrática de actuar contra tecnologías de riesgo que no sólo nos roban el tiempo, la atención o el sueño –y que están diseñadas para ese robo masivo, no es un efecto colateral–, sino que, además, están en manos de intereses antidemocráticos. Vemos la tecnología como un fenómeno de la naturaleza ante el que no podemos hacer nada más que ponernos a cubierto, y me preocupa esa renuncia. En el caso de la IA, es aún mayor la renuncia, el derrotismo, porque opera un efecto de personificación: hablamos de la IA como sujeto, como un ente con vida propia, un dios temible, y perdemos de vista que tras la IA hay empresas con determinados intereses, que programan y deciden y sesgan estas inteligencias artificiales. Hay que recordar que la inteligencia artificial es «artificial» en tanto producida por seres humanos; y que además no es «inteligencia», sino una capacidad inimaginable de procesar información.
Este reportaje sobre Francia fue publicado originalmente en #LaMarea109. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para recibirla y apoyar el periodismo independiente.
En junio de 2024, en un oscuro movimiento que pocos analistas se aventuran a interpretar, el presidente francés, Emmanuel Macron, decidió unilateralmente disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones legislativas anticipadas. Desde que tomara aquella decisión, el país parece vivir en el día de la marmota y vive sumido en una crisis política e institucional en la que nadie parece levantar cabeza. Se han sucedido cuatro primeros ministros desde entonces. Para colmo, en las elecciones europeas salió victorioso el partido ultraderechista de Marine Le Pen con el 31,37% de los votos, casi 17 puntos por encima de la agrupación macronista. Una inestabilidad atípica que ha paralizado a los partidos, poco dados a los pactos en un sistema francés basado en gobiernos mayoritarios, mientras los ciudadanos asisten al espectáculo entre impotentes y resignados.
Los resultados de un reciente sondeo nacional sobre las preocupaciones de los franceses y su relación con la política, realizado la primera semana de octubre –en plena dimisión del primer gobierno de Sébastien Lecornu–, mostraba hasta qué punto reina el pesimismo: el 75% de los franceses interrogados consideran que «antes las cosas iban mejor», solo un 36 % ve un futuro de oportunidades y el 49% de los menores de 35 años creen que las generaciones precedentes disfrutaron de mejores condiciones que ellos. Si nos centramos en la política, el desencanto es total: una aplastante mayoría cree que los políticos actúan por interés propio, que el sistema democrático no funciona correctamente y que sus ideas no están representadas. Opiniones que se han generalizado con fuerza, en comparación con las encuestas de los años anteriores, y que muestran la crisis de confianza hacia los representantes públicos. Por ejemplo, sólo un 20% de los encuestados confía en los diputados, un 10% cree en los partidos y la confianza hacia el presidente de la República alcanza un nivel particularmente bajo (22%).
El primer ministro, Sébastien Lecornu, habla en la Asamblea Nacional durante el debate sobre la moción de censura contra su gobierno, el 16 de octubre de 2025. TELMO PINTO/ REUTERS
«El contexto actual no hace sino exacerbar una situación que era ya de por sí preocupante, con una ruptura evidente durante el gobierno de Emmanuel Macron que se apreciaba ya en 2022, pero que se aceleró en 2024, con la disolución», explica Camille Bedock, investigadora de Ciencias Políticas en el Instituto de Estudios Políticos Sciences Po de Burdeos. Bedock lleva más de una década estudiando las relaciones entre ciudadanía e instituciones públicas, y denota que existe «un sentimiento generalizado de impotencia». Un sentimiento que toca a una mayoría de la ciudadanía, que ve la situación «totalmente bloqueada y siente que las élites políticas están completamente desconectadas». «Creo que estamos ante una crisis estructural de la V República. Durante mucho tiempo, este sistema de mayorías fabricaba una alternancia entre la izquierda y la derecha que daba una cierta estabilidad gubernamental, pero hace tiempo que la opinión pública reclama un modelo más representativo», añade.
Este hartazgo, que ya estaba ahí cuando Emmanuel Macron ganó las elecciones en 2017, explicó entonces el éxito personalista de un líder emergente, un desconocido para la mayoría del país, al que atrajo con su juventud y su promesa de acabar con la escisión de izquierdas y derechas. El que había sido socio ejecutivo en el banco de inversión Rothschild y delfín del socialista François Hollande –fue su ministro de Economía– aglutinó el voto del centro-izquierda y del centro-derecha, especialmente entre las clases urbanas medias y altas, jóvenes con formación superior y altos cargos del sector privado, incluyendo grandes fortunas. La derecha más moderada, desilusionada por los escándalos del partido conservador, creyó en él, y los electores europeístas vieron en Macron una perspectiva ilusionante.
Tal fue el caso de Géneviève Moreau, jubilada de 82 años, residente en la periferia acomodada de París, junto a la localidad de Versalles. Hasta la llegada del banquero en 2017, siempre había votado a la derecha gaullista. Su voto de confianza en 2017 se convirtió en un voto por descarte en 2022 y por oposición a la posible victoria de la ultraderechista Reagrupamiento Nacional (RN). «Todo el mundo es pesimista a mi alrededor. Estoy al final de mi vida y mi opinión personal no cuenta mucho, pero estoy preocupada por el futuro de Francia, por mis hijos y mis nietos. Eso es lo que cuenta», dice. Moreau ve muy difícil la situación política hasta las próximas presidenciales, en la primavera de 2027, y forma parte de esa mayoría que considera a la clase política actual incapaz de buscar el bien común. «Es dramático que no tengan el valor de hacer un esfuerzo, de tender la mano al otro para que el país recupere la estabilidad. Nos estamos hundiendo, y somos un hazmerreír en el extranjero», lamenta esta francesa días después de la noticia que ha vuelto a convertir a Francia en carne de meme: el robo del Louvre.
Los turistas se hacen fotos ante la ventana por la que entraron los ladrones del Louvre. ERIC BRONCARD / REUTERS
Una decepción constante
No es la única imagen que ha abierto telediarios en las últimas semanas, a la sucesión de primeros ministros se le suma también la entrada en prisión del expresidente Nicolas Sarkozy, condenado por asociación ilícita en el caso que investiga la financiación de su campaña en 2007 con dinero del régimen libio de Muamar el Gadafi. Ya había sido condenado previamente por corrupción y tráfico de influencias.
«Siempre se ha dicho que los franceses son un pueblo arrogante y orgulloso. Creo que ahora se han convertido en un pueblo que se devalúa continuamente», analiza el politólogo Olivier Rouquan. El especialista considera que el pesimismo imperante es tal vez «desproporcionado», aunque estima que el Estado y la Administración funcionan peor y de forma más desordenada que hace 10 o 20 años. «La toma de conciencia de la degradación de los servicios públicos crea una situación de decepción. Los referentes para el futuro resultan confusos, lo que genera una especie de vacío político», añade.
El expresidente francés Nicolas Sarkozy sale de su casa con su esposa, Carla Bruni, el día de su ingreso en la prisión de La Santé, en París, por la financiación ilegal de la campaña de 2007 con fondos procedentes de Libia. SARAH MEYSSONNIER / REUTERS
Poco antes de las elecciones de 2017, Rouquan, profesor asociado al Centro de Estudios de Investigación de Ciencias Sociales y Políticas (CERSA), publicó un libro bajo el provocativo título de En finir avec le Président ! (‘¡Acabar con el presidente!’). En él, propone un nuevo régimen que reordene la importancia de las elecciones legislativas y pone de relieve el problema que tiene el país por dar demasiado peso a la figura del presidente, vista de forma personalista, casi mesiánica. «Los problemas que identificaba en el libro son más graves hoy que entonces. Nos cuesta pensar en la política fuera de la figura del presidente y de candidatos al puesto, y eso impide a menudo resolver los problemas de forma colectiva y serena», aduce ahora.
Descreimiento obrero
Loïc Cordier tiene 35 años y está actualmente en paro. Aunque vive en París, nació y creció en el norte de Francia, en la frontera con Luxemburgo, conocido bastión de la siderurgia víctima de la desindustrialización. Una pérdida de identidad que le pesa: «Me preocupa que estemos perdiendo el pilar de la industria. Perder el trabajo supone perder la moral. Cada mes asistimos impotentes a la noticia de una fábrica que cierra, pero no escuchamos hablar de aperturas», dice Cordier. Su padre, jubilado de una de estas fábricas siderúrgicas, le enseñó cuando era pequeño que «la izquierda es la que defiende a los trabajadores y la derecha, al patrón». Hoy, ambos han desdeñado esa idea y dicen encontrar en la derecha la defensa de los valores del país: soberanía, empleo… «La izquierda sólo se preocupa de Palestina y de lo que pasa fuera», dice Cordier, que lleva dos quinquenios sin votar y confiesa su pesimismo.
«Hay mucha inestabilidad y las empresas son menos ambiciosas a la hora de contratar, están expectantes de la situación política que les crea incertidumbre. Me da miedo que pase un año y no encuentre trabajo», confiesa este antiguo empleado del mundo audiovisual, donde era jefe de proyecto. Cuando queda con sus amigos hablan de otras cosas, «más importantes que el país», pero cuenta que todos parecen estar esperando un nuevo líder, alguien que renueve la ilusión, que «tendrá la respuesta adecuada». «Siento que esto es un circo que veo desde el sofá, como un entretenimiento, de lejos. Si acaba ganando un extremo u otro, no veo cómo me afectará a mí», asegura.
«Circo», «meme», «espectáculo» son palabras que salen a menudo al comentar con los franceses la sucesión de gobiernos que desfilan por Matignon desde hace más de un año. En 2024, hubo hasta cuatro Ejecutivos distintos en el poder. Una situación inédita en Francia. «Los franceses están simplemente hastiados. Es un meme», dice una periodista que trabaja en Burdeos para un periódico nacional. «Hay una escena que refleja bien la situación: el día que Sébastien Lecornu fue nombrado primer ministro por segunda vez, estuve en la librería de Philippe Poutou (excandidato a las presidenciales en tres ocasiones representando a la izquierda anticapitalista) y hablamos de todo salvo de lo que estaba pasando en la política», cuenta esta colega.
La caída de la izquierda
Les 400 coups es la librería de Poutou, militante del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) y consejero municipal en el Ayuntamiento de Burdeos, tras obtener un 9,36% de los votos en 2020, por detrás del ecologista Pierre Hurmic y el liberal Nicolas Florian. En Burdeos, una ciudad conservadora y burguesa donde hasta 2020 la derecha llevaba más de 60 años gobernando, esta librería se ha convertido en un punto de encuentro para la izquierda, donde se dan charlas con escritores e investigadores. «Esto es un muestrario de una parte muy concreta de la población y que deforma la realidad», dice Poutou, que abrió la librería en mayo tras perder su empleo en la fábrica de Ford de la periferia, donde arrancó su lucha como sindicalista en los años 90. «Aquí hemos encontrado un marco distinto para hacer política, para transmitir ideas: se habla de sociedad, racismo, patriarcado, de la desigualdad en general. Es un espacio más liberador que los partidos, donde suele haber mucho ego y mucho control, pero no puede constituir un punto de organización», defiende Poutou, que espera que un nuevo movimiento social espontáneo saque al país del atolladero. Él ya no volverá a presentarse a las presidenciales: «Hacen falta caras nuevas. Una sola persona no puede encarnar un partido».
Philippe Poutou, excandidato de la izquierda anticapitalista en las presidenciales, regenta hoy una librería en Burdeos: Les 400 coups. MARÍA D. VALDERRAMA
Jóvenes y no tan jóvenes desfilan por su librería en busca de formas alternativas de mantener la moral. Se inclinan por los viejos pensadores: Karl Marx, Rosa Luxemburgo, Louise Michel… «Son lo que más nos piden, además de teoría feminista y antirracial, anticolonialista…», describe Poutou. «Es una generación que busca apropiarse de esas ideas, consciente de que el mundo es una catástrofe y que hay que comprenderlo para poder actuar. Me preguntan mucho qué podemos hacer, porque se sienten aislados, pero se milita menos, las estructuras de los partidos y los sindicatos ya no funcionan, la izquierda política es nula y ante la máquina mediática de la derecha, ¿qué podemos hacer?».
Las movilizaciones sociales, que en verano prometían bloquear el país para frenar el plan presupuestario del Ejecutivo, que prevé recortes de más de 40.000 millones de euros, no han sido tan multitudinarias como se esperaban, pero la respuesta del Gobierno marcó el tono: para las protestas del 10 de septiembre se movilizaron 80.000 gendarmes, una cifra superior a los picos de mayor agitación durante las manifestaciones de los chalecos amarillos. Durante los Juegos Olímpicos se movilizaban 45.000 agentes al día en la capital.
Mientras tanto, el segundo gobierno de Lecornu intenta salvar los muebles y aprobar, por fin, el presupuesto de 2026, una tarea ardua que se desarrolla entre grandes incógnitas. «Hay una suerte de vacío institucional. Los debates sobre el presupuesto se van por las ramas y no podría decir cómo va a terminar», opina Rouquan. Cuatro días después de su nominación, Lecornu escapó por poco a dos mociones de censura (una de La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, por la extrema izquierda, y otra, por la extrema derecha, de Reagrupamiento Nacional). La moción de la izquierda podía haber prosperado con el respaldo de los socialistas, pero decidieron no apoyarla después de que Lecornu prometiera no seguir adelante con la reforma de las pensiones, emancipándose –muy ligeramente– del influjo de Macron.
El Partido Socialista intenta así mostrarse como una izquierda capaz de gobernar, mientras que el ala de los insumisos, con quienes se unieron en bloque para las legislativas, lo acusa de traición. Por el otro lado, la izquierda de Mélenchon es acusada de sembrar el caos, al igual que la ultraderecha, al pedir únicamente la dimisión de Macron y negarse a buscar acuerdos. «Lleguemos al acuerdo al que lleguemos, no va a salir un presupuesto de izquierdas. No saldrá un presupuesto con el Impuesto Zucman, un presupuesto que apueste por la renovación térmica de los inmuebles, que apueste por energías más limpias, por mejorar las prestaciones. Será un presupuesto de austeridad y los partidos que lo acepten se lo van a tener que comer con patatas», dice, ocultando su nombre, un militante francoespañol de La Francia Insumisa, entristecido por que parte de la población haya pasado a ponerlos en el mismo rincón que la ultraderecha. Pese a ello, asegura que, cuando van puerta por puerta, mucha gente de la que dice haber perdido la esperanza en el voto «sabe lo que está pasando». «Nos dicen que esto es la gran estafa: trabajas todo el día para llegar a tu casa derrengado pero sabiendo que no vivirás mejor, que tus hijos no vivirán mejor», resume.
Mathilde Panot, presidenta del grupo parlamentario de La Francia Insumisa en la Asamblea Nacional. SEBASTIEN TOUBON / REUTERS
Victoria sin gobierno
La izquierda tampoco perdona a Macron que siga apoyándose en sus aliados y la derecha tradicional pese a que el bloque izquierdista obtuvo 182 escaños en las legislativas de 2024, por delante de los 168 de los macronistas y los 143 de la ultraderecha. «A mí no me sirve de nada que desde otros partidos llamen a la responsabilidad de La Francia Insumisa cuando yo sé que el responsable de la situación económica del país y de la situación de bloqueo se llama Emmanuel Macron», añade este militante que asume que la postura de su partido hasta los próximos comicios será requerir la dimisión del jefe de Estado.
Marine Le Pen, líder del partido ultra Reagrupamiento Nacional. CARINE SCHMITT /REUTERS
Un bloqueo y una incertidumbre que explica el hartazgo y fatalismo de la sociedad francesa. «El paisaje político es muy cambiante y el único polo que se mantiene estable es el de la ultraderecha, con una base sólida del 30% del electorado», observa Camille Bedock.
«Vemos que Los Republicanos [la derecha gaullista de toda la vida] se acercan cada vez más a la Reagrupamiento Nacional. Vemos a la izquierda paralizada, con visiones muy distintas. El equilibrio político que dejará la marcha de Macron sigue siendo una incógnita», añade la socióloga.
La única certidumbre, de cara a 2027, es que en este sistema de bloques la ultraderecha tiene su peso asegurado. Claro que, en estos momentos, es imposible hablar de certidumbres en un país que baraja a diario la posibilidad de ver nuevamente la caída de su gobierno.
Este artículo se publicó originalmente en #LaMarea108, cuyo dossier principal está dedicado al Sáhara Occidental. Puedes descargarte gratuitamente la revista aquí o suscribirte para recibirla y seguir apoyando el periodismo independiente.
Hay temas de los que nos desentendemos. Son demasiado lejanos en el espacio como para creer que nos incumban –eso pensamos–. O están demasiado difuminados en el horizonte del tiempo como para que nos alcancen o nos fijemos en ellos –eso si nos acordamos de ellos. La cuestión colonial es sin duda uno de estos temas poco pensados y sobre todo poco aplicados cuando se trata de explicar la geopolítica actual, especialmente en lo que se refiere a dos conflictos tan distintos como la ocupación marroquí del Sáhara Occidental o el genocidio actual en Gaza. Sin embargo tienen en común lo que el pensador martiniqués Aimé Césaire llamó en sus Discursos sobre el colonialismo (1955) una «salvajización» donde se impone un modo de ver el mundo que no sólo es ciego o intolerante ante lo que es distinto, sino que, desde una supuesta superioridad, desencadena una serie de desgarros y destrucciones a todos los niveles de los que luego se desentiende.
¿Qué es lo colonial?, ¿qué es la colonización?, ¿y qué es lo colonizado? Lo colonial alude inicialmente al verbo latino colere, que significa cultivar, de ahí el término colono (el que cultiva su tierra y su lugar), que pasó a denominar al que se apropia de tierras lejanas (y que piensa desocupadas, como si sus moradores no fueran nadie) y las cultiva. También colere se empleaba para hablar del cultivo de las almas a través de las virtudes o del saber (colere uirt?tem, art?s), de ahí los derivados «cultura» y «culto» que asocian el cultivo con la civilización, pero la palabra colonización y colonial quiebran esta relación aunque se escondan tras ella. Podemos comenzar por ponernos de acuerdo con lo que la colonización no es. Como sostiene Césaire no es «ni evangelización, ni empresa filantrópica, ni voluntad de hacer retroceder las fronteras de la ignorancia, de la enfermedad o de la tiranía, ni propagación de Dios, ni difusión del Derecho». Es poder, abuso, extracción, deshumanización, muerte y negación. Lo colonizado es lo desposeído, lo tratado como inferior, lo que no tiene derechos, lo salvaje. Pero no, lo salvaje es lo colonizador que arrasa con toda cultura y civilización. No hay virtud alguna en lo colonizador. No es mejor. Cosifica a las personas, desintegra culturas, roba tierras y aniquila posibilidades.
La lógica colonial es la lógica del avasallamiento, de la muerte y de la negación de los derechos de los otros sobre su propia tierra, de la que son desposeídos al mismo tiempo que son «poseídos» por un sentimiento de inferioridad. Es la lógica de la negación de la civilización porque deshumaniza a otros pueblos y a otras culturas, a otros modos de ser, de creer, de vivir, y puede por ello acabar con ellos amparados en la creencia de que están en su derecho. La lógica colonial es otra perspectiva para entender el mal: la relacionada con los que están convencidos de que pueden ocupar, sin posibilidad de reconocimiento de la alteridad, la tierra de otros, desposeerles de su hogar y desahuciarles de la vida. Es la lógica de la escuadra y el cartabón, de los autodenominados «civilizados» de la historia, del reparto en el que no hay parte ni nada se comparte para los pueblos que cultivaron y habitaron la tierra que se disputa. De las no superadas épocas del colonialismo occidental y de la inercia de sus modos derivan muchos de los conflictos irresueltos de hoy. Los mismos a los que Occidente (Europa, Estados Unidos) trata como si fueran (¿ya?) un problema de otros. Los países atravesados por la lógica colonial, como indicó Frantz Fanon, suelen ser racistas, de modo que el lastre de esta lógica lleva el germen, a veces escondido y negado, de sociedades que consideran que hay colectivos inferiores a otros, migrantes que no tienen derecho estar en el país de acogida.
La ocupación del llamado «Sáhara español» por parte de Marruecos comenzó en 1975 tras la Marcha Verde. Esta colonia española fue considerada incluso provincia española (1958-1975). La creación del Estado de Israel sobre territorio palestino se llevó a cabo en 1948 con el precedente de la Declaración Balfour (1917), donde países occidentales –como Reino Unido con respaldo de Estados Unidos– reconocían el derecho del pueblo judío a ocupar la que fuera la Antigua Tierra de Israel. De este modo, cuando el último de los soldados británicos abandonó Palestina tras el final del mandato británico en la región, se declaró en Tel Aviv el nacimiento del nuevo Estado. De nuevo las políticas de Occidente fueron las que hicieron un reparto de la tierra independientemente de quién morara en ellas. Este conflicto no sólo no ha sido solucionado sino que ha escalado hasta la barbarie. No voy a entrar en lo polémico de estas decisiones dada la extrema complejidad que entraña, pero sí me interesa señalar cómo muchos de los conflictos actuales están directamente relacionados con la lógica colonial y con los problemas derivados de la forma en que las naciones occidentales se han desentendido de ellos. El desentendido no es aquel que no entiende, sino aquel que finge no saber lo que sucede, que dice ignorar su implicación con algo o deja de ocuparse de aquello que de alguna forma es cosa suya. Si entender requiere un dirigirse hacia dentro de algo para poder comprenderlo, como indica su raíz latina intendere, el desentender supone el movimiento contrario, el de alejarse, pero dada su implicación en el asunto, es un alejarse que al tratar de borrar sus huellas hace más difícil comprender los orígenes del conflicto, sus lógicas y, por tanto, acertar en el análisis para plantear soluciones.
Habría que recordar a la luz de esta perspectiva aquello que dijera también Césaire: «Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que su funcionamiento suscita es una civilización decadente. Una civilización que decide cerrar los ojos a sus problemas cruciales es una civilización enferma. Una civilización que escamotea sus principios es una civilización moribunda». Quizá por ello, aunque suponga un fuerte ejercicio de autocrítica, sea preciso comenzar a entender cómo en Occidente tenemos cerca, espacial y temporalmente, el daño que afecta a «los condenados de la tierra», por recordar un título de Fanon, pero no para mortificarse, sino para comenzar a dar respuesta ante lo que sucede teniendo claros los factores que intervienen y dejar de apoyar, justificar o mirar hacia otro lado ante las acciones ejecutadas por aquellas naciones que siguen funcionando con el poder colonial que siempre ha conducido al dolor, al sufrimiento y a la muerte.
Esta es la tragedia del siglo XXI: la consolidación e interiorización silenciosa de una estructura de corte fascista donde afirmar la existencia pasa por negar los derechos del otro y destruirlo. No se olvide que, como indicó Hannah Arendt, colonialismo, imperialismo y fascismo van de la mano.
Este reportaje sobre la cocina saharaui se publicó originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea, dedicado íntegramente a la cultura del Sáhara Occidental. Puedes comprar la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.
Tuve hambre, de pan, de paz, y tus cantos me colmaron. Zahra Hasnaui
La de la vida, la del amor, la de la muerte
Desde hace más de 40 años de exilio forzado en la inmensidad de una tierra tan inhóspita que se conoce como hamada, el desierto dentro del desierto, miles de personas celebran varias veces al día la ceremonia del té.
Este ritual es el hilo que zurce el tejido social. Es el triunfo del espíritu, de la dignidad. Una liturgia meticulosa y simbólica, sostenida en la paciencia, donde el oficiante elabora tres tazas a fuego lento: la primera, amarga como la vida; la segunda, dulce como el amor; la tercera, suave como la muerte.
Con ese vaso humeante de té verde, azúcar y hierbabuena fresca, los saharauis no solo combaten el clima, también honran la hospitalidad y la inquebrantable esperanza del retorno. Así, condensan entre sorbos pausados y espuma la filosofía de la resistencia.
La épica de lo cotidiano
La cocina saharaui es un arte de supervivencia. En sus casas de adobe sin agua corriente la mesa es sencilla, socorrida y comunal. Disponen de pequeños hornillos de gas, casi siempre en el suelo, aunque algunas familias gozan del privilegio de tener cocina y horno. Las neveras, a pesar de las temperaturas, son un lujo inexistente.
La vida familiar se congrega en el suelo, o alrededor de una mesa baja, y comen con las manos de un plato común. Su dieta es austera y sus condimentos básicos, ajenos a las especias de otras zonas del Magreb, como la canela o el azafrán, prefiriendo el arroz al cuscús.
El inventario de la escasez
Desde el exilio, en 1975, el pueblo saharaui ha sufrido cambios drásticos en su alimentación, con un déficit importante de alimentos frescos. Esta población sufre malnutrición crónica y registra la mayor tasa de celíacos del mundo, en torno al 6%. Desde entonces, las mujeres han asumido casi la totalidad del liderazgo operativo de los campamentos, convirtiéndose en la columna vertebral de la supervivencia, administrando la llegada de ayuda humanitaria y liderando las cooperativas.
Allí, donde el siroco abrasador y los suelos salinos, pedregosos, amenazan cada brote, la perseverancia ha forzado la tierra. Las granjas avícolas y los pequeños huertos donde cosechan patatas, remolachas, cebollas, berenjenas, zanahorias, naranjas, tomates o calabacines demuestran que la voluntad y la persistencia siembran el desierto.
Aunque el pollo es la proteína más presente en su dieta, la carne de dromedario sigue siendo de las más populares, junto con el cordero y la cabra –los únicos animales que logran sobrevivir–, y que por su coste suelen disfrutarse solo en festejos. Los dromedarios han sido pilar de la vida saharaui y, además de ser transporte, proporcionan carne y leche. Su sabor intenso, dicen, es como el de la carne de caza.
Además de la ayuda humanitaria y los huertos, también se adquieren alimentos en Tinduf, desde donde los saharauis completan la despensa familiar, según su capacidad económica. Asimismo, desde 2013, cuentan con una fábrica de pasta gracias a organizaciones solidarias andaluzas.
Cocina del desierto
Del escasísimo registro de la gastronomía saharaui destaca la disposición de Miguel Ángel Lozano, un bombero español que desde hace doce años pasa temporadas en el campamento de Smara y ha documentado recetas y costumbres en su canal de Instagram y YouTube «Cocina para bomberos».
Su proyecto solidario «Cocina del desierto», es un recetario autoeditado cuyos beneficios totales se destinan a la alimentación de la conocida como «Escuela de Castro», un centro de inclusión donde a diario enseñan a niños y jóvenes con discapacidades físicas o psíquicas a valerse por sí mismos. Su lema, inmenso, es un manifiesto contra la desesperanza: «Aquí no crecen plantas ni árboles, pero florecen personas».
Mreifisa de cordero
Receta para 4 personas
Este guiso también se hace con dromedario. Cuando los saharuis eran realmente nómadas, antes de la ocupación de sus tierras, podían hacerlo con el conejo que cazaban con trampas en el desierto.
1 pan tipo mollete, preferiblemente del día anterior
Preparación:
Se sala el cordero y se aparta. En una olla se pone el caldo o agua y se agrega una cebolla con sus tallos, un chorrito de aceite, sal, y se cuece a fuego lento. Mientras tanto, en otra cazuela se calienta aceite y se pochan dos cebollas cortadas en juliana. Cuando se transparenten, se agregan las patatas y al tomar color se añade el cordero, cociendo de 5 a 8 minutos, a fuego lento. Luego, se añade el caldo con la cebolla, quitándole los tallos, hasta que la carne y las patatas estén blandas, durante una hora aproximadamente. Para servir, se desmiga el pan en trozos medianos y se vierte encima el guiso para que absorba todos los sabores.
El Auditorio Municipal acogerá el espectáculo de danza titulado Amare de la compañíaIsmael Olivas. Esta propuesta artística investiga la
poderosa capacidad transformadora del amor mediante una fusión de estilos que
incluye la danza contemporánea, neoclásica y española.