Al principio, años atrás, era una cosa que solo sucedía en el cole. Así que por las tardes, en el parque, era habitual escuchar a los niños y niñas contar qué travesuras había hecho el elfo aquella mañana en la clase, mientras ellos jugaban en el recreo. ¡Ha puesto las sillas del revés! ¡Ha puesto todas las mochilas encima de las mesas! ¡Ha cambiado de sitio los libros del fondo! Ay, qué divertido.
Pero este año, no sé cómo, algo sucedió –como suelen titularse las pelis mágicas de Navidad– cuando comprábamos unas cuantas luces para adornar el árbol. “Mami, pregúntale a la señora si estos elfos son los que hacen travesuras”. ¿Ehhh? «Sí, es que me ha dicho mi amigo M. que en su casa hay un elfo que hace travesuras y que el otro día llenó la habitación de papel higiénico”. Ahhh.
En décimas de segundo, me vi picando piedras, remando en mitad de una tormenta, vi una montaña de camisetas con manchas imposibles de quitar, me vi tirada por los suelos, con ojeras (con más ojeras, quiero decir). Una nueva explotación, una tarea más en el día lleno-de-tareas que se mete, además, en la noche llena-de-tareas-inacabadas-del-día. Otra carga mental más. ¿Cuánto dinero había que llevar mañana para la excursión del cole? ¿A qué hora era la cita del médico? ¿Qué le pongo de cenar para que la dieta del día esté equilibrada? ¿He respondido a la última pregunta del hilo del hilo del grupo del trabajo? ¿Qué travesura hará esta noche el elfo? Todo eso pasó, como digo, en décimas de segundo por mi cabeza.
Pero lo que ocurrió fuera, lo que ocurrió realmente, fue que yo misma acabé preguntando a la dependienta si aquellos elfos eran los que hacían travesuras. “Claro. ¡Muchas travesuras!”. ¡Y tanto! Esa misma noche el travieso elfo desparramó media librería por el suelo del salón. La misma que a la mañana siguiente, después de descubrir la que había liado el duendecillo y partirnos de la risa (ja-ja-ja), tuve que recolocar yo.
Así que aquí nos tiene el capitalismo de nuevo, el consumismo de la Navidad, las inercias a las que una puede llegar a sucumbir cuando se va por la vida como si una ola te estuviera revolcando constantemente. Cuando no teníamos suficiente con los Reyes Magos, llegó Papá Noel. Y cuando no teníamos suficiente con ser excelentes trabajadoras, excelentes madres, excelentes hijas, excelentes parejas, excelentes amigas, excelentes lo que sea, llegaron los excelentísimos elfos para darnos un poquito más de trabajo. Perdón, de ilusión. Que luego te llaman Grinch y hay que afrontar el agotamiento y las preocupaciones con buena cara.
La entrada Y como no teníamos suficiente, llegaron los elfos se publicó primero en lamarea.com.