
En estos tiempos críticos, un fantasma asedia a la monarquía constitucional española: el fantasma del franquismo. En el campo de la reacción, cada vez son más las voces que lo reivindican, comprenden o justifican, y su progresión electoral es innegable. Los sectores populares desclasados, al no sentirse amparados por el sistema de partidos, han dejado de creer en los valores liberales y se decantan por el autoritarismo a cara descubierta. El franquismo, en vías de rehabilitación, tiene el viento a favor y vuelve a levantar cabeza sin complejos. ¿Culpa del mal perder de la derecha, que vuelve la mirada a un pasado más confortable para ella? Explicación simplista si cabe, puesto que quien representa políticamente a la dominación no es solo la “derecha”, ni la nostalgia de los orígenes es su principal motivación. Más bien decepción de la clientela votante ante la ineptitud e inoperancia del progresismo de izquierdas o de derechas y pérdida de credibilidad del parlamentarismo. Lo entenderemos mejor si partimos del hecho de que el franquismo nunca fue derrotado. Al contrario, el régimen del 78 “que tanto costó” no fue producto de una victoria, sino de una reforma pactada y llevada a cabo gracias a la mismísima legislación franquista. Se puede decir que fue más hijo del franquismo que del antifranquismo. Hubo continuidad estructural y permanente conexión jurídico-administrativa. Desde el principio, el franquismo estuvo ahí, disimulado en el sistema llamado “democracia” por sus beneficiarios, hasta que la descomposición política y social lo ha sacado del baúl de los recuerdos y lo ha vuelto a poner en la partida, bien como espantajo electoral izquierdista (¡Que viene el lobo!), o bien como estandarte patriotero extemporáneo (¡Arriba España!). ¿Realmente va de democracia? ¿se trata de franquismo sociológico? No, simplemente de capitalismo. Los intereses económicos, las crisis no resueltas y la geopolítica apuntan en dirección al cambio de escenario, esta vez para representar una farsa.
La ley del punto final de 1977 amnistió al franquismo en su totalidad y obvió todo reconocimiento y toda reparación moral a sus víctimas. Ningún partido se preocupó por ellas. El pacto de silencio imposibilitó políticas de memoria oficiales: la primera exhumación de una fosa de fusilados (en el Bierzo) fue cosa de una iniciativa privada en el 2000, más de veinte años después. En el mismo año 77, los Pactos de la Moncloa pusieron fin al movimiento obrero autónomo. Dirigidos y neutralizados por los sindicatos, los obreros nunca volverían a ser una amenaza seria. Eso sí, la simbología democrática se fue imponiendo. A pesar de que todo el aparato político, mediático, judicial, policial, militar y eclesiástico de la dictadura quedó intacto, apenas han quedado restos simbólicos franquistas: el nombre de una calle, alguna placa conmemorativa, un monumento que atrae poco la atención, el Valle de Los Caídos sin la tumba de Franco… Las más de doscientas normas de la dictadura que se han conservado no contradicen el marco constitucional salvo la ley de Secretos Oficiales, que vuelve oscuras las altas instancias estatales, o la Ley del Suelo, constantemente ampliada en el sentido más especulativo. Asimismo, dudoso es el Concordato con el Vaticano, aunque haya sido retocado, o el delito de Secesión establecido en el Código Penal, derogado muy tarde, en 2023.
Lo más preocupante ha sido siempre la propia Constitución, aprobada por diputados mayoritariamente burgueses o de clase media alta, tanto progresistas como conservadores, cuya ambigüedad favorecía desarrollos autoritarios muy evidentes. Su carácter retrógrado y su obsesión por el orden quedaba manifiesto en las leyes de seguridad ciudadana, especialmente la ley “de la patada en la puerta” y la ley “mordaza”; en la introducción subrepticia del Derecho Penal del Enemigo (p.e., la normativa antiterrorista): en la ley de los estados de alarma, de excepción y de sitio, en el régimen carcelario FIES; en la ausencia notoria de una ley de huelga, derecho regulado por un restrictivo decreto preconstitucional (proscripción de piquetes, servicios mínimos abusivos…); en la prohibición de pegar carteles y realizar pintadas, en la práctica imposibilidad de llevar adelante una iniciativa legislativa popular, etc. El “déficit democrático” al que aluden muy post festum algunos críticos benevolentes, resultado de la “reconciliación” entre los franquistas y la oposición, se completó con una cesión de soberanía económica sin precedentes en la dictadura, puesta de relieve con el acatamiento absoluto de las exigencias formuladas por las finanzas internacionales. La excusa fue la integración a la Comunidad Económica Europea. En fin, si alguna vez hubo democracia, en el sentido liberal y parlamentario, es decir, burgués, fue una democracia vaciada, postiza y fraudulenta, tal como comprobaremos al abordar con veracidad la nada edificante Transición consensuada.
El periodo del tránsito de la dictadura a la democracia espuria fue llamado “Transición”, aunque quedaría mejor retratado si lo llamáramos posfranquismo. Fue todo menos ejemplar. Un modelo ibérico de impunidad para genocidas, un ejemplo de amnesia voluntaria culpable, un caso histórico de complicidad protagonizado por equipos cooptados según criterios empresariales y financiados por gobiernos y fondos extranjeros. El resultado final fue un régimen ligeramente reformado por una oligarquía de partidos profesionalizados, que tuvo buen cuidado en confeccionar un relato edulcorado y mirífico de su advenimiento, bautizado por el periodista Guillem Martínez como “CT. Cultura de la Transición”. La serie documental de Victoria Prego sería el ejemplo más fariseo de dicha cultura, nunca superado por los editorialistas, tertulianos y presentadores televisivos. Si la Transición no fue ejemplar, tampoco fue pacífica, pues no contó con la unanimidad de una población pasiva, satisfecha y supuestamente complaciente, sino con una resistencia tenaz que hubo de acallar duramente empleando a fondo a las fuerzas del orden, todavía franquistas. En sus siete años, entre 1975 (muerte de Franco) y 1982 (adhesión a la OTAN), se produjeron más de tres mil hechos violentos que ocasionaron 714 muertos, cifra semejante a la que ocasionaron los “años de plomo” en la Italia de los atentados. Democrático no califica correctamente al régimen nacido en la Transición. Mejor llamarlo “partidocracia”, un sistema político autoritario con apariencias democráticas pero sin separación de poderes, en el que las altas jerarquías de los partidos, meras maquinarias gestoras y electorales, se abrogan la representación de la voluntad popular a todos los niveles.
La década de los ochenta fue la de la “Transición económica”, el paso de un capitalismo nacional a un capitalismo bancarizado y globalizado, que propició el bienestar consumista a las clases medias asalariadas, amplió el número de funcionarios, anuló al proletariado industrial y dio estabilidad a la partidocracia. La especulación inmobiliaria, el turismo, la exportación agrícola y el endeudamiento se convirtieron en los motores privados de la economía, mientras el Estado privatizaba el patrimonio público y apostaba por el transporte elitista (la alta velocidad), es decir, socializaba las pérdidas de las opciones ruinosas que “los mercados” exigían. El fin de la Guerra Fría (Cumbre de Malta, 1989) dio rienda suelta al neoliberalismo, la nueva ideología a seguir por los gestores de la dominación. El Tratado de Maastrich de 1992 confirmó la integración del estado español en el área económica mundial, la “modernización” de los dirigentes, es decir, el sometimiento a los poderes financieros representados por el Banco Central Europeo de la decisión en todo tipo de materias, fuesen políticas, jurídicas, sanitarias o simplemente laborales. Lo que los obreristas del régimen llamaron “estado del bienestar” (las concesiones sociales y laborales anteriores a la globalización) empezó a desmantelarse. El nuevo modelo mercantilista precarizó tanto a trabajadores, empleados y autónomos, como perjudicó a campesinos, jubilados y profesionales. Mientras, el poder se fue concentrando allí donde fluía el trabajo, en las metrópolis, y la población afectada, relegada en las periferias. Cuando estalló la burbuja financiera de 2008 que llevó a la quiebra bancaria (y al posterior rescate de bancos y cajas), el desencanto de la población suburbana empobrecida empezó a repercutir en la esfera política: el movimiento de la ocupación de plazas del 15 de Mayo de 2011 denunció a la partidocracia bipartidista como un régimen de corruptos y exigió una “democracia real.” Se trataba de una polarización relativa, moral, limitada al cuestionamiento de la representación política. La maltratada e indignada clase media pedía pacíficamente ser rescatada por el Estado igual que este lo había sido por la Unión Europea. Quería, si no mantener su anterior status económico, al menos no quedar fuera del reparto de ayudas, por lo que en primera instancia apoyó a los partidos populistas recién creados (Ciudadanos, Podemos, Els Comuns, las Mareas…) que, con aires regeracionistas y hablando en nombre de la “ciudadanía”, se disponían al “asalto de las instituciones”, es decir, a reformar el sistema posfranquista desde dentro.
Excusamos extendernos en las ridículas peripecias que ocasionaron el rápido declive de los nuevos partidos ciudadanistas, pero su patente impotencia en cambiar mínimamente el curso de los acontecimientos y su alegre integración en el sistema que criticaban, contribuyó al retorno del desacreditado bipartidismo imperfecto que caracterizó siempre a la partidocracia, o sea, despolitización, espectáculo, cuentas opacas y mordidas incluidas. Cometían voluntariamente el error de separar Capital y Estado, cuya fusión es el rasgo fundamental del siglo, la clave del desarrollo mercantil y de la dominación. En consecuencia, al ponerse bajo la tutela de las instituciones, se colocaban -y colocaban el lenguaje woke, la “sostenibilidad” y la paranoia identitaria- al servicio de la economía, que es como decir al servicio de las renovables industriales, del automóvil eléctrico y del turismo. En resumen: a las órdenes del extractivismo capitalista. Pero, cuando se da una depresión económica prolongada, nada de eso evita la disminución del empleo, la rebaja de salarios, el paro, la subida del precio de la energía y de los alimentos, el encarecimiento de la vivienda… Fracasada la utopía de un Estado democrático-ecológico de clases medias, el hastío, la desafección política y mediática, los recortes en el sector público, la pobreza y el miedo al derrumbe fueron capitalizados por una derecha radicalizada. La indignación y la retórica populista anti-sistema cambiaban de bando; la base social del cambio inocuo, también.
El Estado había abandonado a las clases superfluas, despolitizadas, envejecidas, precarizadas y empobrecidas del extrarradio metropolitano, -a los “estratos en crisis” de Juan Linz- cuyas contradicciones internas -provocadas por el contraste entre una mentalidad aburguesada y una situación apurada- empujaban hacia la extrema derecha neofranquista. Los algoritmos y la información fake de los blogs cooperaban. El franquismo renacía con los horribles nuevos tiempos, pero no a través de iluminados líderes, desfiles y performances fascistas, sino más prosaicamente, gracias al nuevo invento de las redes sociales. El franquismo ya no se insertaba en el ánimo y la mente de un público agitado a base de poses escenográficas y gestos simbólicos al aire libre de la dirigencia, sino mediante bulos, arengas patrióticas e histeria racista transmitidas a una población insegura en aprietos, mirando el móvil o sentada ante la pantalla del ordenador. La rivalidad del gendarme mundial, los Estados Unidos, con China, Rusia e Irán obligaban a poner condiciones al comercio mundial y fijar las áreas de influencia, lo que significaba el fin de la globalización abierta y el inicio de una nueva carrera de armamentos. La fuerza militar determinaba un reparto multipolar del planeta, forzando a los Estados débiles a alinearse incondicionalmente en un campo donde proteger su escasa soberanía. Eso implicaba una limitación seria del desprestigiado sistema partitocrático en provecho de una regulación más autoritaria de la política y un control social más duro, que el sector más sobresaltado y menos ilustrado de la población, frustrado y desatendido por las instituciones, exigía que se orientara hacia los refugiados, inmigrantes y okupas. Para su defensa en condiciones críticas, el orden establecido disponía ahora de la baza del enemigo interno.
Un nuevo horizonte político regresivo se perfila en toda Europa con la presencia de un movimiento parafascista en auge, beato, xenófobo y negacionista, que maneja como coartada principal a una nueva clase peligrosa: la inmigración ilegal, no apta para la integración en la sociedad, sea por hablar otras lenguas, vestir de otra manera y practicar otras religiones, o sea por acaparar la asistencia pública, degradar la seudocultura local y traer consigo el gen de la delincuencia y la okupación. En realidad, por ser pobre y, a menudo, sin techo ni papeles. El verdadero enemigo de la cultura, de la convivencia y del bienestar había sido siempre el liberalismo económico sin trabas, responsable del hambre que había forzado a emigrar. Actualmente, la inmigración constituye el ejército de reserva de la fuerza de trabajo-basura, gracias al cual la economía de mercado funciona en negro. Es de esperar que cuando se sienta fuerte impulse un movimiento reivindicativo que ponga contra la pared a quienes se aprovechan de su situación desesperada explotándola o instrumentalizándola. En prevención de que esa parte importante del proletariado confluya con otras fuerzas autóctonas desposeídas o excluidas del mercado laboral por la larga crisis, las derechas extremas la designan como enemigo absoluto, eterno candidato a la expulsión, o mejor, a una privación de derechos que mantenga un elevado nivel de explotación. Sin embargo, para desgracia del franquismo reavivado, la inmigración está viniendo para quedarse. Bienvenida sea. Es una pieza necesaria en el tablero capitalista y sin duda también lo será en el del nuevo antifranquismo. Habrá que contar con ella como aliada.
Miquel Amorós