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Los nuevos piratas

23 Julio 2026 at 11:58

Al financiero Juan March se le conocía con el apodo de «el último pirata del Mediterráneo». Se hizo rico controlando el contrabando de tabaco entre África y las Baleares y vendiendo combustible durante la Primera Guerra Mundial, ya fuera a los aliados o a los submarinos alemanes. Dependía del día. En su negrísima carrera destaca la financiación del golpe militar de 1936, que a la postre derivaría en el fin de la Segunda República española tras una salvaje guerra civil cuyos efectos llegan hasta nuestros días. Hay poco que salvar de Juan March, pero hay algo que lo distingue de los nuevos multimillonarios: hacía alguna cosilla para compensar tanto mal. En su caso, la Fundación March se ha convertido en un esplendoroso tesoro cultural. 

Cuando el pasado 12 de junio SpaceX debutó en el mercado del Nasdaq, una oportuna ventana le tapaba el ojo derecho a su patrón, Elon Musk, en la pantalla que retransmitía el hito en directo. Otro pirata. La compañía alcanzó una capitalización que rebasó los 1,75 billones de dólares y Musk se confirmó como la persona más rica del mundo.

También él financió la campaña de Donald Trump para volver a la Casa Blanca. Gastó cerca de 300 millones. Luego se pelearon, pero siguieron haciendo negocios. Sus satélites, por ejemplo, guían todos los misiles del mundo. Sus empresas son lo que son porque contratan, contratan y contratan con Washington. Así es como ha conseguido que su patrimonio personal supere los 400.000 millones de dólares. Muy liberal todo. La diferencia con el pirata March es que Musk (y aquí cabe englobar a toda la oligarquía tecnológica) no piensa en hacer ninguna fundación. No tiene ningún remordimiento y la cultura le importa un pito. Él quiere ir a Marte. Y ya está.  

Este artículo fue actualizado el 27 de julio de 2026.

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Los nuevos piratas

23 Julio 2026 at 07:00

Al financiero Juan March se le conocía con el apodo de «el último pirata del Mediterráneo». Se hizo rico controlando el contrabando de tabaco entre África y las Baleares y vendiendo combustible durante la Primera Guerra Mundial, ya fuera a los aliados o a los submarinos alemanes. Dependía del día.

En su negrísima carrera destaca la financiación del golpe militar de 1936, que a la postre derivaría en el fin de la Segunda República española tras una salvaje guerra civil cuyos efectos llegan hasta nuestros días.

Hay poco que salvar de Juan March, pero hay algo que lo distingue de los nuevos multimillonarios: hacía alguna cosilla para compensar tanto mal. En su caso, la Fundación March se ha convertido en un esplendoroso tesoro cultural. 

Cuando el pasado 12 de junio SpaceX debutó en el mercado del Nasdaq, una oportuna ventana le tapaba el ojo derecho a su patrón, Elon Musk, en la pantalla que retransmitía el hito en directo. Otro pirata. La compañía alcanzó una capitalización que rebasó los 1,75 billones de dólares y Musk se confirmó como la persona más rica del mundo. También él financió la campaña de Donald Trump para volver a la Casa Blanca. Gastó cerca de 300 millones.

Luego se pelearon, pero siguieron haciendo negocios. Sus satélites, por ejemplo, guían todos los misiles del mundo. Sus empresas son lo que son porque contratan, contratan y contratan con Washington. Así es como ha conseguido que su patrimonio personal supere los 400.000 millones de dólares. Muy liberal todo. La diferencia con el pirata March es que Musk (y aquí cabe englobar a toda la oligarquía tecnológica) no piensa en hacer ninguna fundación. No tiene ningún remordimiento y la cultura le importa un pito. Él quiere ir a Marte. Y ya está.  

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‘Omaha’, la vida sin red

16 Julio 2026 at 08:24

La gran recesión de 2008 abrió una herida que no se ha cerrado. Luego vinieron otras catástrofes, pero la certeza de que algo se rompió entonces y para siempre aún perdura. Cole Webley sitúa el marco temporal de su primer largometraje, Omaha, precisamente en aquel año infausto. Narra la historia de un padre (interpretado por John Magaro) que arrastra a sus dos hijos (Holly Belle Wright y Wyatt Solis) a un viaje a través del Medio Oeste de Estados Unidos justo después de haber sido de­sahuciado de su casa. La road movie se convierte, de este modo, en un estudio sobre el dolor, el amor y la vulnerabilidad.

Los progenitores cargan sobre sus espaldas con el peso de ser los proveedores de la familia. «¿Si fallas como proveedor, fallas como padre?», se pregunta el director, señalando el núcleo dramático de su película.

Hay algo en la tristeza que impregna Omaha que resulta muy característico de nuestro tiempo. Devastados por la crueldad del capitalismo contemporáneo, muchos seres humanos sobreviven a duras penas, aplastados por la impotencia y la depresión. Desde el punto de vista artístico, quienes han optado, como Webley, por interpretar una suerte de nuevo neorrealismo presentan a unos protagonistas tan aturdidos por el golpe que ni siquiera tienen la energía, el remango de salir a la calle a pelear. Es una desesperación paralizante, muy diferente de la de aquel otro padre que, por alimentar a su hijo, es capaz de lo que sea. Hasta de robar una bicicleta. Ustedes ya entienden.

Ese es el gran triunfo del neoliberalismo, el haber logrado que los fracasos de su modelo económico y político hayan sido asumidos como derrotas individuales por parte de sus víctimas. Y en esa tesitura no hay familia, ni amistades, ni vecinos, ni partido, ni sindicato capaz de amortiguar la caída. Es la vida sin red. Gracias, Ronald. Gracias, Maggie. Nos habéis jodido pero bien.

Saber contar todo esto a través de la mirada inocente de la infancia es el gran acierto de Omaha. Webley coloca la cámara a la altura de esos críos risueños y bulliciosos, sí, pero no completamente ajenos a la nube negra que se cierne sobre su padre. Desde ahí, despliega un muestrario de silencios, miradas y matices emocionalmente abrumador.

Para hacer, en sus propias palabras, «el retrato de la humanidad de un padre en el peor de sus momentos» necesitaba a un actor extraordinario, y lo encuentra en John Magaro, convertido de un tiempo a esta parte en el príncipe del cine independiente americano. Apenas habla, su personaje navega entre la melancolía y la irritación. Hace cosas absolutamente horribles que sus hijos no pueden entender, pero, de alguna manera, el público es capaz no sólo de no odiarlo, sino de comprenderlo y hasta de abrazarlo. ¿Cómo de bueno hay que ser para conseguir eso?  

Omaha’ se estrena en los cines el 17 de julio.

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“Hay que aprender a mirar”

26 Junio 2026 at 13:45

«Fue una foto la que hizo que yo me levantara del sofá y me pusiera a hacer lo que hago ahora. Fue la foto del niño Aylan Kurdi», confiesa Óscar Camps. El fundador y director de la ONG Proactiva Open Arms intervino en la presentación del Encuentro Internacional de Fotoperiodismo de Asturias (EIFA), que tuvo lugar ayer en la sede del gobierno del Principado en Madrid. Lo hizo vía telemática, a bordo de un barco que ahora mismo se dirige a Cuba para responder a la crisis energética que sufre la isla: llevan paneles solares para un hospital pediátrico.

Camps conoció el certamen fotográfico asturiano el año pasado, precisamente cuando éste dio el salto a la calle, desbordando el habitual continente de este tipo de citas: los museos y las galerías de arte. Aunque el encuentro empezó en 2006, fue en 2025 cuando se abrió a las calles de Gijón, obteniendo una calurosa acogida popular. Con ese mismo espíritu se han preparado las actividades de este año. La programación se desarrolla entre el 15 de septiembre y el 20 de octubre, y tendrá sus jornadas centrales del 1 al 3 de octubre en la ciudad asturiana.

«Allí conocí a gente muy interesante y me comprometí a volver», dijo el director de Open Arms. «El fotoperiodismo es muy importante en nuestro trabajo. En esta misión a Cuba llevamos un fotoperiodista, Santi Palacios, para documentar lo que estamos haciendo. Porque en este mundo, por lo visto, lo que no se ve parece que no existe».

Encuentro Internacional de Fotoperiodismo de Asturias
Santi Palacios (izda.) y Óscar Camps durante su conexión online a la presentación del EIFA 2026. JACINTO ANDREU

El director del encuentro, el fotógrafo Alex Zapico, hizo hincapié en el carácter comunitario de la cita. «El año pasado decidimos salir a la calle junto con grandes fotoperiodistas y gente del cine para llegar a un público más extenso», explicó. El objetivo era «construir un espacio donde pudiéramos enfocar la mirada y aprender a mirar. Hay que aprender a mirar». Este espíritu es el que da aliento a todo el certamen, concebido como una forma de difundir el periodismo visual como ejercicio humanista.

En cierta ocasión, el fotógrafo Brent Stirton (ganador de ocho premios World Press Photo) dijo que «la fotografía es un arma contra las injusticias de este mundo». Esta arma tan poderosa conlleva una serie de responsabilidades. «Tenemos que elegir qué miramos, hacía dónde miramos», argumenta Zapico. Y también cómo lo hacemos. El EIFA aparece así como un espacio de reflexión, formación y diálogo en torno a la fotografía documental, la memoria, la justicia social y la libertad de prensa.

Entre sus actividades más destacadas hay seminarios dedicados a la ética visual, los derechos humanos y la educación en las aulas. Y el equipo docente del taller sobre fotoperiodismo habla a las claras de la envergadura de la cita: Anna Surinyach, Alfonso Bauluz, Diego Ibarra Sánchez, Olmo Calvo, Ricardo García Vilanova y Amina Fall. Entre las entidades colaboradoras están Médicos del Mundo, Reporteros Sin Fronteras, la Revista 5W o la ya citada Open Arms.

El encuentro incluye también cinco grandes exposiciones en el exterior y, además, otorgará dos premios: el principal (que el año pasado, un jurado presidido por Manu Brabo concedió a Diego Ibarra por su trabajo sobre la invasión israelí del Líbano) y el popular, abierto a todo el mundo. El lema de esta iniciativa refleja la esencia de este encuentro en torno a la fotografía: «Enfoca tu mirada. Ninguna vida debe quedar fuera de encuadre».

Según Zapico, la cita de Gijón trata, en definitiva, de hablar: «Sí, es para que hablemos. Para que intentemos conseguir cosas. Para que conectemos a las instituciones con la sociedad civil, con las ONG, con los fotógrafos, con los periodistas, con los cineastas… Se trata de intentar, entre todos y todas, cambiar este mundo».

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Bernard Arnault intenta silenciar una biografía no autorizada

25 Junio 2026 at 17:44

Hacía 23 años que nadie se atrevía a publicar un libro sobre Bernard Arnault, el hombre más rico de Europa. Lo acaba de hacer la historiadora Audrey Millet, con consecuencias indeseadas para ella y su entorno. El libro Bernard Arnault, son univers impitoyable, una biografía no autorizada del gran magnate del lujo, salió a la venta el pasado 10 de junio, pero muy poca gente se ha enterado. El patrón de la casa LVMH (conglomerado de empresas que responde a las iniciales de Louis Vuitton, Moët & Chandon y Hennessy) ha movido sus hilos para que no haga entrevistas de promoción en ninguno de los grandes medios de comunicación franceses. Tampoco pueden publicar reseñas. Mediapart, Le Canard Enchaîné y Libération se cuentan entre los pocos que se han apartado de las directrices marcadas por Arnault.

Como explicaba la propia Millet en una entrevista con David Dufresne, su libro ha desaparecido de muchas librerías. Las presentaciones que tenía pactadas han sido súbitamente anuladas. La editora de Millet, Julia Pavlowitch, denunció un robo en su domicilio un día antes de que el libro saliera a la luz, así como presiones del entorno familiar de Arnault para evitar su publicación. Otro magnate controvertido, Vincent Bolloré, patrón de medios como CNews, Europe 1 o Paris Match y gran promotor de la ultraderecha, se ha alineado con el jefe de LVMH: entre sus muchos negocios, es también dueño de la cadena de kioscos Relay, que canceló de golpe y sin dar explicaciones un pedido de 400 ejemplares del libro. «Muchos oligarcas se mantienen unidos y se dan la mano para controlar la información en Francia», asegura la autora.

Esta carrera de obstáculos comenzó el mismo día en el que Millet envió un cuestionario a LVMH. Lo hizo así para cumplir con el estándar de una investigación rigurosa y para que nadie echara por tierra el año de trabajo que le dedicó a un libro que cuenta con más de mil fuentes acreditadas. Desde LVMH nunca contestaron a sus preguntas; muy al contrario, la maquinaria de Arnault se puso en marcha para intentar silenciarla.

Para entender hasta dónde ha escarbado Millet en su trabajo, hay que señalar, por ejemplo, que ha llegado incluso a acceder al expediente de Arnault en la Escuela Politécnica, donde se forma la élite de los ingenieros del país. Esa escuela está bajo el amparo del Ministerio de Defensa y, en la época en la que estudió Arnault, los primeros años setenta, había que pasar dos meses de entrenamiento militar obligatorio. Las evaluaciones de sus instructores fueron demoledoras: «Carácter tranquilo, carece de gusto por el esfuerzo. Participa poco en el trabajo de equipo. (…) No apto para ocupar un puesto de responsabilidad». Quedó el penúltimo de su promoción.

Sus escasas dotes para dirigir un grupo de soldados no fueron un impedimento para convertirse en un tiburón de los negocios. Las 75 empresas que dirige actualmente facturaron 86.000 millones de euros en 2023. Ese año, su fortuna personal ascendía a 240.700 millones de euros. «Vende bolsos, champán, vinos y licores, perfumes, pintalabios, joyas y relojes. Es propietario de hoteles, restaurantes, empresas de sondeos y periódicos», escribe Millet. Si se trata de un artículo de lujo, ahí está Arnault. Cuando Donald Trump fue investido presidente por segunda vez, ahí estaba también Arnault. Fue el único empresario europeo presente, acompañando en la ceremonia a la plana mayor de los señores tecnofeudales: Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Tim Cook… El propio Emmanuel Macron no fue invitado al acto.

¿Cómo es posible que nadie escribiera nada sobre una personalidad empresarial de este rango? Cuando Arnault ingresó en la Academia de las Ciencias Morales y Políticas, en 2024, Millet quiso leer alguna biografía suya. Para encontrar algo tuvo que remontarse al año 2003, cuando apareció L’Ange exterminateur, de Airy Routier, otro libro polémico que detallaba las agresivas estrategias financieras del patrón de LVMH. Y después, el silencio. «Parece evidente que Bernard Arnault no quiere que se escriba sobre él», afirma Millet.

Bernard Arnault intenta silenciar una biografía no autorizada
Editorial LA TRIBU

Según la historiadora, los medios que han reseñado su libro —Libération entre ellos– han visto recortada la publicidad de LVMH, el anunciante más poderoso de Francia. Se calcula que el grupo gasta en torno a 160 millones de euros al año en publicidad en medios de comunicación galos. Cabe recordar que este conglomerado empresarial aglutina a marcas como Dior, Givenchy, Loewe, Marc Jacobs, Guerlain, Bulgari, Dom Pérignon o, más modestamente, Sephora. Y que tiene también sus propias publicaciones, como Le Parisien, Les Échos, Challenges, Sciences et Avenir o La Recherche.

Controlar lo que se escribe sobre él parece ser una obsesión para Arnault, quien llegó a enviar un mail a los trabajadores de LVMH advirtiéndoles de que hablar con periodistas no afines («poco escrupulosos», según su eufemismo) constituiría «una falta grave». En sus tormentosas relaciones con la prensa, el caso más grotesco fue el que tuvo como protagonista a Bernard Squarcini, ex jefe de los servicios secretos durante la presidencia de Sarkozy y encargado de espiar a la revista Fakir a petición de LVMH.

Espiar, en cualquier caso, ha sido una labor común durante la actividad profesional de Arnault, según Audrey Millet. «Desde que adquirió LVMH, se acercó a empresas de espionaje, sobre todo estadounidenses. Se trata de antiguos espías de la guerra fría que se reciclan en la empresa privada», explica la autora. Este espionaje industrial incluía una amplia gama de servicios: desde colocar micrófonos en oficinas a seguimientos por la calle, pasando por escudriñar la basura de sus competidores.

Estos procedimientos le han permitido, en parte, construir un imperio con arreglo al manual del moderno capitalismo financiero: no ha creado empresas, las ha comprado y, según su propio vocabulario, las ha reestructurado (sin ambages: diezmando sus plantillas) para obtener beneficios.

¿Pero lo hizo solo, arriesgando su fortuna personal? No exactamente: en 1984 se hace con el grupo de Marcel Boussac, un gigante textil en crisis, propietario de Dior, gracias a «940 millones de francos en ayudas públicas. Esto lo ha constatado incluso la Comisión Europea y la Corte de Justicia. En realidad, fueron las subvenciones las que permitieron a Bernard Arnault comprar esa empresa», explica Millet. «El dinero público entra, los trabajadores salen y Dior permanece».

Con Louis Vuitton y Moët Hennessy la estrategia fue diferente: prometió a los jefes de cada casa (Henry Racamier y Alain Chevalier, respectivamente) apoyarlos para destruir al otro y hacerse con el control absoluto de LVMH. En realidad, Arnault los destruyó a los dos y se quedó con el holding. Fue por aquellos años cuando se ganó los apodos de «Terminator» y del «lobo vestido de cachemira».

No es que estas historias sean grandes revelaciones. Se conocían desde hace tiempo, pero nadie había vuelto sobre ellas en las últimas décadas. Ahora reviven, y eso, para alguien que ha gastado tanto dinero en borrar su pasado y en silenciar a sus críticos, parece ser una afrenta intolerable.

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Fanny no se vende

14 Junio 2026 at 07:00

Este reportaje se publicó originalmente en la revista de ‘La Marea’. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.


Aquel sitio era muy raro. ¿Una galería de arte en Fuencarral, una de las calles comerciales más caras de Madrid? Y no cualquier galería. No era uno de esos sitios diáfanos, bien iluminados y de paredes deslumbrantemente blancas. La galería de Fanny Gonmar ofrecía un aspecto oscuro y algo destartalado. Su principal escaparate, seriamente comprometido por el polvo, ofrecía una muestra de la singularidad de su dueña, un cartel en el que se podía leer: «Pase y compre arte. Obras desde 5 hasta 500.000 euros». La puerta estaba siempre entornada, pero la penumbra que reinaba dentro no invitaba precisamente a entrar. Así que nadie lo hacía. «Yo sí», dice Alberto López con una sonrisa. «Siempre me han interesado los artistas que están en los márgenes». En el año 2007, cuando la calle Fuencarral aún no estaba copada por franquicias de ropa y complementos, Alberto trabajaba allí en la oficina de una productora de cine. Y un día le echó valor y entró para conocer a la reina de aquel lugar en el que parecía haberse detenido el tiempo. Acabaron siendo grandes amigos.

Entre los vecinos de la zona circulaban muchos rumores sobre ella. Uno de los más extendidos decía que se trataba de una millonaria excéntrica y anarquista que no necesitaba el (muchísimo) dinero que le reportaría el alquiler del local. «Nada más lejos de la realidad», refuta Alberto. Detrás de Fanny Gonmar estaba Francisca González (Paquita para los amigos), una artista humilde y autodidacta que, por azares del destino, encontró su refugio en el centro de Madrid. Nacida en Valdeajos de la Lora (Burgos), en 1922, consiguió comprarse el local cuando volvió de México. Allí había trabajado brevemente como diseñadora textil y había conseguido ahorrar un poco, lo suficiente para acceder a un inmueble que encontró a un precio muy bajo a principios de la década de 1980. En aquella época, por las calles traseras de la Gran Vía corría mucha droga; Chueca y Malasaña todavía no se habían gentrificado. «Además, buscaba un lugar en el que exponer su propia obra», explica el gestor cultural Nacho García. «Ella había visitado otras galerías de la capital, pero la rechazaron. No pertenecía a la élite que había dominado el mundo del arte en los años anteriores ni encajaba con los artistas emergentes de La Movida. Generacionalmente, se había quedado en terreno de nadie. Así que se buscó la vida por su cuenta».

Alberto López y Nacho García son dos de los artífices de la reapertura de la galería de Fanny. Como dejó escrito en sus últimas voluntades (falleció en 2018), aquel lugar no podría dedicarse nunca a la actividad comercial. Sería un sitio para exhibir su obra (que donaba «al pueblo de Madrid») y para que jóvenes artistas que no encuentran una sala donde exponer su trabajo pudieran hacerlo. En vida rechazó multitud de ofertas para alquilar su local y tras su muerte quería que el sitio mantuviera el mismo espíritu.

Fanny Gonmar
Imagen de la reapertura de la galería. Dos visitantes se paran ante el rincón dedicado al gato de Fanny. JACINTO ANDREU

Después de todo, un poco anarquista sí que era Paquita, ¿o no? «No crea. Digamos que era… una mujer de su tiempo», declara Alberto para ilustrar el carácter un tanto tradicional de la artista. «Pero su decisión de no vender la galería sí que es inequívocamente política», agrega. Su arte, además, tampoco responde a un estilo conservador. Ella lo calificaba de «surrealista» y lo anunciaba como «algo único en Europa». «Desde que vino de México le encantaba decir eso», evoca Alberto afectuosamente. Pasó mucho tiempo junto a ella en aquel híbrido de galería y taller y pudo asistir a su proceso creativo. «Me pasaba por allí sobre todo para saber cómo estaba. Porque, en realidad, era una mujer mayor y vulnerable. Le preguntaba si había comido, porque se ponía a pintar y se olvidaba de todo. Se sentaba ante el lienzo con la radio puesta y empezaba a pintar sin pensar, de forma automática, en una especie de trance que podía durar horas. Ella me explicaba que en aquellos trazos, de repente, brotaban formas reconocibles, una flor o, qué sé yo, la cara de un conejo, y entonces las perfilaba».

Fanny Gonmar
‘Laberinto mundial’, 1997. Óleo sobre tabla. CEDIDA POR LA FUNDACIÓN FANNY GONMAR

Ni siquiera ella sabía lo que podía surgir de sus pinceles, lo que hoy, en una época de algoritmos y predictibilidad absoluta, no deja de ser una forma revolucionaria de trabajar. Y todo desde una paupérrima economía de medios. Fanny a veces construía sus propios lienzos clavando sacos viejos en los bastidores. Pintaba miniaturas en etiquetas de tiendas de ropa que encontraba en la calle. Mecanografiaba poemas en el dorso de carteles que arrancaba de las fachadas (en uno de ellos, reproducido en facsímil, puede identificarse el póster de Terminator 2). El encargado de catalogar toda esa obra ingente es Nacho García, que habla de decenas de miles de entradas, muchas de las cuales serán exhibidas poco a poco en la galería.

El legado de Fanny

Alberto López y un puñado de amigos la acompañaron en sus últimos años de vida y en la actualidad forman parte del patronato que gestiona la fundación que lleva su nombre. Han reabierto la galería y han trabajado para cumplir sus instrucciones, entre ellas, la de mantener alejados a los buitres inmobiliarios que tanto la atormentaron en vida. Llegaron a falsificar contratos de compra-venta del local. Incluso provocaron una inundación en el sótano para echarla de allí. Pero no lo consiguieron. En determinado momento, le ofrecieron un dinero que nadie, en su lugar, hubiera podido rechazar: 3 millones de euros. Fanny ni se inmutó. «Siempre cuento la misma anécdota», advierte Alberto. «Cuando le hicieron aquella oferta le dijimos que cogiera el dinero y se fuera a vivir la vida. “¿Pero qué vida voy a vivir, si toda mi vida es esto?”, decía ella».

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Élites, esa ‘gente diferente’

9 Junio 2026 at 14:09

«Esos no son como nosotros». La frase ha sido repetida por individuos de la especie Homo sapiens desde tiempo inmemorial. Se entiende perfectamente cuando se habla de tribus o etnias. Se entendía también cuando la sociedad estaba claramente dividida en estamentos. Hoy, quizás por su desacomplejada exposición publica, existe cierta tendencia a considerar a la llamada «alta sociedad» como algo cercano. Nada más lejos de la realidad. Las élites son grupos cerrados que se mueven con códigos propios y en compartimentos estancos, ajenos a cualquier contacto con el resto de la sociedad. Entonces, ¿no sería interesante considerarlos como objeto de estudio antropológico? Un grupo de académicos de la Universitat Autònoma de Barcelona cree que sí y para ello ha organizado «Élites», un simposio internacional de antropología y sociología que tendrá lugar los próximos 11 y 12 de junio.

Aunque la idea no es nueva, este campo no se ha explorado lo suficiente. «La antropología siempre ha estudiado las élites, pero de forma integrada», explica Jose Mansilla, profesor de la Autònoma y miembro del comité organizador del simposio. Cuando esta disciplina daba sus primeros pasos, «los brujos, los jefes de aldea o los ‘grandes hombres’ aparecían dentro del análisis de comunidad, sin recorte específico. Se estudiaba cómo funcionaba el sistema político y organizativo de un territorio, pero sin desligarlo del resto. El punto de inflexión llega con la descolonización», añade. A partir de entonces, aparecen las primeras grietas teóricas en los marcos clásicos y la academia empieza a cuestionarse a sí misma como instrumento al servicio del poder. «Ahí convergen, de forma casi simultánea, Laura Nader –con su llamada a estudiar hacia arriba, a dirigir la mirada antropológica hacia quienes mandan– y Pierre Bourdieu, sociólogo pero también etnógrafo, que hizo trabajo de campo en Argelia», señala Mansilla.

Habiendo expandido su ámbito de investigación, desde hace décadas la antropología analiza también las sociedades urbanas, pero centra su interés en determinados grupos minoritarios (étnicos, religiosos, sexuales) que habitan en los márgenes. Desde este punto de vista, ¿puede considerarse a las élites como grupos marginales completamente aislados de la sociedad general? «Absolutamente», responde el periodista y doctor en Filosofía Guillem Pujol, quien participa también en el comité científico del simposio. Esta autosegregación, de hecho, es un marco distintivo de las élites. «Se ve reflejado perfectamente en los barrios de renta más alta de las urbes, que a menudo cuentan con recintos privados, con su propia ‘seguridad’. Estas personas están aisladas del resto y tienen la capacidad económica de ‘externalizar’ acciones tan cotidianas como ir al supermercado», agrega Pujol. «En el fondo, es también una cuestión de necesidad: solamente las élites económicas pueden permitirse vivir en burbujas aisladas. Una tendencia que, dicho sea de paso, lleva a la paranoia y, literalmente, a la bunkerización».

La cuestión política

La metodología clásica pretendía estudiar los usos y costumbres de las sociedades indígenas con un cierto distanciamiento. Se trataba de un intento, casi siempre poco exitoso, de no contaminar las conclusiones con prejuicios morales occidentales. «Yo creo que la neutralidad moral no existe y, por tanto, nunca ha sido tal», subraya Guillem Pujol. «Lo que hay es un marco de interpretación que se repite: cuando se estudia un grupo u otro, se siguen unos mismos parámetros, se analizan los códigos, los comportamientos, etc. En ese sentido, no hay diferencia entre estudiar una comunidad local de Madagascar o un grupo de jóvenes de Barcelona».

¿Pero esto puede hacerse de forma aséptica, sin implicarse ideológica o moralmente en el asunto? «En el caso del estudio de las élites económicas –admite Pujol– es evidente que hay una vocación política implícita de comprender a un “otro” cada vez más desvinculado, física y simbólicamente, del resto de la población, así como los mecanismos de reproducción de su propia clase».

La amplitud semántica del término «élites» (mucho más elástico que el clásico «burguesía») permite colocar las modernas sociedades urbanas y occidentales bajo la lupa antropológica con variaciones mínimas. El simposio pretende «tomar marcos teóricos clásicos —desarrollados durante décadas para analizar grupos subordinados— y aplicarlos a quienes subordinan. Pasar del estudio de los subordinados al de los subordinadores. Lo que hay es una reutilización y actualización de herramientas teóricas antiguas, orientadas ahora a entender cómo funcionan y se reproducen las élites», explica Jose Mansilla.

Con este objetivo, el comité organizador ha recibido más de 50 propuestas de investigadores e investigadoras de todo el mundo. «Todo un éxito que revela el interés por el estudio de las élites, un campo que, lamentablemente, todavía nos es muy opaco», apunta Pujol.

Andrés Villena Oliver, profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense y doctor en Sociología, abrirá el congreso con una intervención sobre las élites que dominan España, el tema central de su último libro. El historiador y periodista Rafa Burgos, por su parte, presentará el ensayo La Caixa. Una història mai explicada, que es, según Guillem Pujol, «la mayor contribución del periodismo crítico que se ha hecho para explicar los entresijos y mecanismos de poder alrededor del principal banco en Catalunya y uno de los más grandes de España».

Pero el simposio no se limita a las élites de nuestro país. «Tenemos mucho interés en escuchar las intervenciones de distintos ponentes provenientes de Reino Unido, de Italia, de Perú o de Ecuador, pues nos ayudará a comprender qué patrones y códigos se repiten, y hasta qué punto las diferencias culturales se diluyen cuando hablamos de élites», finaliza Pujol.

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Rayo Vallecano: derrota sentida, orgullo intacto

28 Mayo 2026 at 00:58

«No conocí mayor victoria que contigo en una derrota». Una pancarta con este lema cruzaba el fondo ocupado por los Bukaneros en la final de la Conference League. El Rayo Vallecano cayó ante el Crystal Palace en un partido que funcionó casi como una metáfora del turbocapitalismo que domina el fútbol actual. El equipo inglés invirtió esta temporada en fichajes más de 150 millones de euros. Más que el Rayo en toda su historia (este año gastó apenas 7 millones). Y ganó, sí, pero por la mínima (1-0) y encerrado en su campo ante el ímpetu vallecano. Este empuje, por desgracia, llegó demasiado tarde. Durante la mayor parte del partido, el Rayo perdió casi todos los duelos, llegaba tarde a los cruces y manejó el balón con desasosiego, sin duda abrumado por la responsabilidad de representar a un barrio que vivía su primera final con una ilusión desbordante. Las emociones experimentadas durante todo el día de ayer por las 12.000 personas que viajaron a Alemania perdurarán en el recuerdo de la familia rayista durante generaciones. Ahora duele la derrota, pero dentro de unos días se entenderá de verdad la proeza que supone quedar subcampeón en su segunda participación en una competición europea.

La primera vez que el Rayo pisó los campos de Europa ocurrió en el ya lejano año 2000. Lo hizo por invitación de la UEFA, tras entrar en un sorteo con los equipos que menos patadas habían dado en sus respectivas ligas. Una imagen quedó para la historia de aquella aventura. Tras ganar al Girondins de Burdeos por 4-1, los futbolistas Bolic, Quevedo y Ballesteros posaron abrazados ante una pancarta en la que se podía leer un mensaje muy significativo: Working class. La foto fue portada de L’Équipe.

«Estábamos en Europa y era una buena oportunidad para hacer algo en inglés. Dijimos Working class, que es lo único que sabemos decir en ese idioma: nuestra clase social», explican los Bukaneros en el imprescindible No es fiera para domar, de Ignacio Pato. Una enorme bandera con el mismo lema ondeaba anoche en la primera final que han disputado en sus 102 años de historia popular.

Tardaron un cuarto de siglo en volver a Europa, pero lo hicieron a lo grande. No pudieron traerse el paragüero de Legazpi (tan castizamente bautizaron al trofeo de la Conference League y, por paronimia, a la ciudad que albergó la final: Leipzig), pero dejaron más imágenes para la posteridad. La de un equipo de barrio que se sobrepuso a su propio miedo y acabó poniendo en dificultades a la élite. La de un presupuesto modestísimo echándole un pulso a la millonaria Premier League. Y, sobre todo, la de una afición especial: en los estadios españoles no es fácil ver banderas palestinas, republicanas y antifascistas; en Vallecas, y anoche en Alemania, sí. Sus lágrimas al acabar el partido, más que de frustración, hablaban de un sueño que estuvo a punto de hacerse realidad.

Lo maravilloso del asunto es que se colaron en una fiesta a la que no estaban invitados. Por muchas razones, no les correspondía estar allí. Primero, por presupuesto. Y luego por la propia idiosincrasia de su lugar de procedencia: un distrito obrero, con la menor renta de la capital y marcado por la inmigración, primero procedente de otros puntos de España y hoy de todos los lugares del mundo. Cabe recordar que Vox llamó a Vallecas «estercolero multicultural». Es curioso cómo un pretendido insulto puede, en el fondo, generar tanto orgullo.

Hace unos meses nuestro compañero Antonio Maestre entrevistaba a Yusuf, un joven refugiado somalí que cayó perdidamente enamorado de Vallecas y de su equipo. Como menor no acompañado, conocía el desprecio con el que la mayoría de los españoles trata a los chicos como él. Pero no vivió eso en Vallecas. Cuando aterrizó por allí hizo un curso de cocina en el Alto del Arenal y le sorprendió el afecto que desprendía el vecindario. «Cuando salíamos del curso se ponían en la plaza a hablar con nosotros. Las señoras mayores nos preguntaban y se preocupaban por nosotros», le explicaba a Maestre. Así es Vallecas.

Hay otro equipo madrileño al que le cantan eso de «cómo no te voy a querer…». Pero ese cántico, seamos justos, con trofeos o sin ellos, nadie lo merece más que el Rayo.

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Leyla Bouzid: “Para recuperar su imagen de país moderno, Túnez debería derogar ciertas leyes coloniales”

22 Mayo 2026 at 09:49

Leyla Bouzid (Túnez, 1984) no estaba muy convencida de que la dejaran estrenar su última película, Tres mujeres, en su país natal. Finalmente, el público tunecino ha podido verla a pesar de contar con una trama que podría considerarse escandalosa según determinadas mentalidades conservadoras: Lilia, una joven tunecina expatriada en Francia, regresa al hogar familiar para acudir al entierro de su tío Daly, fallecido en extrañas circunstancias. Poco a poco, la chica irá desvelando el misterio de esta muerte: su tío ha sido asesinado durante un encuentro sexual con otro hombre. Este acto de violencia la confrontará con su propia realidad (ella es lesbiana y mantiene oculta su relación con una mujer francesa) y también con su familia, ya que todas las mujeres (su abuela, su madre, su tía) conocían la orientación del tío Daly y prefieren guardar silencio. No quieren que el crimen se investigue para evitar problemas. Las tres mujeres a las que alude el título son tres actrices grandiosas: Eya Bouteraa (la hija), la palestina Hiam Abbass (la madre) y Salma Baccar (la abuela).

No sé si la película se ha podido estrenar en Túnez.

Sí, el distribuidor de mis películas allí ha hecho un trabajo extraordinario. La película se estrenó el 29 de abril y todavía sigue en cartel. Eso nos llena de orgullo.

La acogida, por tanto, ha sido favorable, ¿no?

Entre el público, muy buena. Durante una semana he asistido a debates en Túnez, Hammamet, Susa, Nabeul, Bizerta… y ha sido algo verdaderamente extraordinario, muy rico. Había gente molesta por determinados aspectos de la película, pero siempre fueron discusiones apasionantes, interesantes, en las que todo el mundo estaba dispuesto a escuchar al otro. Me siento muy feliz por la utilidad de la película en Túnez. No es que las salas estén abarrotadas, pero quien quiere verla, puede hacerlo. Y me llegan testimonios privados muy bellos por parte de personas de la comunidad queer que quizás no tomaban la palabra durante los debates, pero que me han escrito después diciéndome que se han visto reflejados en la historia. Respecto a la prensa… bueno, no hemos tenido presencia en los medios oficiales. El título en árabe significa, más o menos, «silenciar el ruido» o «evitar el escándalo», y eso es lo que hemos hecho. Y eso, en definitiva, es lo que nos permite que la película pueda verse.

¿Y el rodaje allí fue complicado? ¿Fue difícil el papeleo, los permisos, etc.?

No hemos tenido financiación de Túnez ni de ningún otro país árabe. Era muy difícil, teniendo en cuenta el tema que trata. Casi toda la película está rodada en la casa de mi abuela y lo hemos hecho con mucha discreción. No hemos hablado demasiado y así nos ha ido bastante bien. En cuanto al casting, necesitábamos que los intérpretes estuvieran de acuerdo con el mensaje que el filme quiere transmitir, y eso ya fue un poco más complicado. Hubo personas que rechazaron participar. A veces, por homofobia, porque no querían verse asociados a un tema así. Y otras veces porque ellas mismas se veían concernidas y no querían verse asociadas a una película que podía ponerles en peligro. También hay personas que han pasado miedo, incluso cuando la película se ha proyectado, porque arroja luz sobre el colectivo LGTBIQ+ y eso podía causarles problemas. Por el momento no ha sido así.

Desde fuera, muchos tenemos la impresión de que Túnez es uno de los países árabes más avanzados. El aborto, por ejemplo, se legalizó allí en 1965, mucho antes que en Francia. También protagonizó la primera Primavera Árabe. Sobre la cuestión de la homosexualidad, ¿puede decirse que hay un desfase entre la ley y la realidad de la sociedad tunecina?

En primer lugar, hay que señalar que la ley que criminaliza la homosexualidad en Túnez es de 1913 y la aprobó el gobierno colonial francés.

¿Y sigue en vigor?

Sí, sí, sigue en vigor. A pesar de la independencia, la ley permanece. Otra de las leyes aprobadas por los franceses es la que criminaliza el adulterio, que se castiga con seis meses de prisión firme, y también está en vigor. En la sociedad actual, la homosexualidad sigue siendo un enorme tabú, pero hay una paradoja: se criminaliza por la ley, hay homofobia en la sociedad, pero, claro, estas personas existen, viven su homosexualidad, hay lugares en los que pueden reunirse, bares a los que pueden ir, como se ve bien en la película. Uno de los grandes problemas de esta ley es que puede ser instrumentalizada en función del periodo político.

¿Cómo?

Bueno, si un gobierno es tolerante, no va a perseguir a los homosexuales, pero un gobierno conservador sí puede meterlos en la cárcel. Y eso es precisamente lo que está pasando ahora. Bastantes personas han sido detenidas. Si queremos recuperar esa imagen de un país moderno, el que hizo la Primavera Árabe, en el que existe casi una igualdad entre hombres y mujeres, es necesario cambiar muchas cosas y derogar ciertas leyes. Para empezar, esta de la homosexualidad, pero no es la única. También habría que derogar la que fija la primacía de los hombres sobre las mujeres en cuestiones de herencia. Esa ley procede del islam y otorga al hermano el doble de herencia que a la hermana, y constituye un verdadero problema en Túnez.

Su actriz protagonista, Eya Bouteraa, se crió en Túnez. ¿Esta circunstancia era importante para el personaje que usted quería mostrar?

Para mí era muy importante que fuera una tunecina anclada a la cultura tunecina, incluso cuando se trata de una familia como la de la película, que habla sobre todo en francés. Son cosas que se sienten. Creo que se puede intuir de dónde viene la gente y qué llevan dentro, incluso si un actor se esfuerza por parecer de nuestro entorno. Pero es algo que, para mí, se siente y que la cámara capta.

¿Y fue difícil encontrar a una actriz así?

Mis castings normalmente son muy largos, pero con Eya todo fue muy rápido. Aunque lo cierto es que cuando la vi llegar por primera vez me dije: «No, no puede ser. Es demasiado risueña». Siempre está sonriendo, tiene mucha energía, puede usted verla en Instagram. Ella es así, de verdad. No tiene nada que ver con el personaje de Lilia. Y se lo dije: «Eres genial, pero eres demasiado diferente». Lo aceptó, pero me pidió que hiciéramos algún ensayo de prueba. Y de repente, cuando dejó de sonreír, surgió de ella una gran melancolía. Tenía algo muy hermoso, algo que yo buscaba, una especie de silencio inquietante. Y poco a poco, a través de varias sesiones de trabajo, pensé: «OK, va a ser ella». Fue muy interesante. Se metió de lleno en el papel. No tuvo ningún miedo de interpretar a Lilia.

Y luego tenemos a la grandísima Hiam Abbass, pero no es tunecina. Es un icono del cine palestino.

Sí, con el personaje de la madre me contradigo a mí misma. Es la primera vez en mis películas que elijo a una actriz que proviene de un lugar distinto al de la historia.

¿Y cómo se cruzaron sus caminos?

Por puro azar. No escribí ese personaje pensando en Hiam Abbass. Buscaba a la actriz ideal entre las actrices tunecinas, pero sentía que faltaba algo. No sabía qué, pero algo faltaba. Y, por casualidad, en la Filmoteca de Toulouse, conocí a Hiam Abbass. Aparecieron un montón de signos. Fue algo del destino. Le propuse el papel sin pensarlo, sin preguntar a mi productora siquiera. «Tienes que ser tú», le dije. Creo que fue porque Wahid, su personaje, está un poco aparte, es un poco diferente. No habla mucho, pero cuando habla su frase es clave, es una punchline. Ella vive en el silencio y hay una larga escena en la que la abuela está leyendo una esquela y ella no dice nada, no abre la boca, pero se diría que está hablando. Vemos todo lo que está sintiendo. Además, Hiam Abbass tiene la costumbre de trabajar muy bien los acentos y los dialectos, y así lo hizo con el tunecino. Y además… ¡incluso se parece a Eya! He tenido mucha suerte de poder trabajar con ella.

También me sorprendió saber que Salma Baccar, gran cineasta, había trabajado muy poco como actriz. Y sin embargo llena la pantalla.

Poco no, ¡no había trabajado nunca como actriz! La Wikipedia dice que sí, pero es un error. Es una directora muy militante, muy feminista, y está acostumbrada a hablar con los medios, a dar muchas entrevistas. Tras la revolución fue elegida diputada. Es una figura muy carismática, pero nunca había actuado antes. Pero hay una fuerza que emana de ella y que atrapa a la cámara. Cuando le propuse el papel de la abuela me dijo: «¿Estás segura? Yo no sé actuar. Es un poco peligroso, pero si tú crees que puedes dirigirme, me lanzo». Y al final le encantó actuar. Se divirtió muchísimo, y creo que eso se nota. Además, yo necesitaba una abuela de verdad y ella conocía ese personaje mejor que yo. Le ha aportado muchas cosas. Quizás otra abuela no hubiera aceptado el papel por el tema que trata la película, pero Salma Baccar sí. Es una gran militante. Y ha sido un gran descubrimiento. Ahora bromea diciendo: «Parece que voy a empezar una nueva carrera como actriz a los 80 años». Creo que ha sido feliz en este trabajo y que agradeció mucho que le ofrecieran algo nuevo en su vida. Lo normal es que a determinadas edades, a menudo demasiado pronto, se encasille y se aparte a la gente. Cuando le propusimos actuar, para ella fue una nueva aventura.

Leyla Bouzid: «Para recuperar su imagen de país moderno, Túnez debería empezar por derogar ciertas leyes coloniales»
De izquierda a derecha, las actrices Feriel Chamari, Salma Baccar, Eya Bouteraa y Hiam Abbass. Foto: © LEYLA BOUZID

En una escena de la película el personaje de Salma Baccar dice que sabe leer en francés, pero que no sabe hacerlo en árabe. ¿Esto es algo común entre la gente de esa generación en Túnez?

Para los hombres de esa generación era normal aprender francés en la escuela, pero no para las mujeres. El personaje está inspirado en mi abuela, que nació en 1923. Su padre quiso que ella estudiara y para ello estaba obligada a ir a la escuela francesa porque, de hecho, no había escuelas para niñas en esa época. Ella y su hermana eran las únicas niñas, musulmanas además, en aquella escuela francesa. Iban todos los días a la escuela con su pequeño velo sobre la cabeza. Y mi abuela aprendió allí a leer y a escribir en francés, pero nunca aprendió a hacerlo en árabe. En las grandes ciudades, sobre todo en Túnez capital, hay muchas mujeres así. Mi abuela, hasta el día de su muerte, fue una mujer brillantísima, muy inteligente. Hasta el final, recitaba de memoria a Alfred de Musset, a Victor Hugo, las fábulas de La Fontaine… y leía sin parar. Y decíamos: «¡Qué abuela tan pedante y tan adorable tenemos!». [Risas] Conocía la poesía francesa, pero no le pasaba lo mismo con el árabe, y eso fue duro para ella. Los niños si aprendían el francés y el árabe, pero las niñas no.

Hay una escena que, en mi opinión, refleja sutilmente ciertas percepciones de los tunecinos sobre su propio país: es aquella en la que Lilia intenta sobornar a un policía y éste se niega a aceptar el soborno. ¿Qué nos revela esta escena sobre los tunecinos que viven en el extranjero, sobre aquellos que han emigrado a Francia? ¿Esta experiencia de vivir en Francia, al final, ha cambiado su mentalidad?

Hay una gran ambigüedad en esa escena. Eso es lo que me interesa. El policía tiene razón al darle el alto, porque ella está conduciendo de forma errática. Él representa una postura ambivalente muy habitual en Túnez: estamos orgullosos de todos los que se han ido, pero al mismo tiempo se les reprocha que se hayan ido y que no se acuerden de Túnez. Esto es lo que Leila y el policía encarnan en esa escena. Él deja abierta la posibilidad a ser corrompido, está a punto de coger el dinero, pero en el coche va también la novia de Lilia, una francesa, y su mirada, de alguna manera, condiciona su respuesta. Y las deja marchar. Lo que realmente me gusta de esta escena es que presenta una imagen compleja de Túnez, que no es nada simple, una imagen que está vinculada a la mirada occidental.

¿Y a cierta inseguridad, quizás?

Bueno, estamos orgullosos, pero cuando nos observan, cambiamos. Y nos adaptamos. Esa escena habla también de lo que llamamos «fuga de cerebros». Toda una generación, que tuvo estudios muy exitosos en Túnez, se fue a trabajar al extranjero. Sobre todo médicos e ingenieros. Y esa sensación de abandono existe realmente en Túnez.

Lo que resulta especialmente respetuoso es su voluntad de no juzgar a sus personajes desde una perspectiva europea u occidental. Las mujeres mayores de esta familia prefieren guardar silencio, pero eso no las convierte en personajes negativos.

Es que yo quería abordar la familia tunecina tal cual es. La familia en Túnez es muy importante. Es sagrada. Cada integrante de esta familia tiene un punto de vista. Yo no quería juzgar a la abuela, no quería presentarla como una enemiga, ni tampoco a la madre, ni a la tía. Yo quería comprender a cada personaje con sus razones, sus matices, su complejidad. Creo que eso es lo que permite al público tunecino aceptar verdaderamente la película, porque puede identificarse con Lilia en determinados aspectos, pero también con la abuela, con la madre, y a veces con el propio tío. Sin juzgar a nadie, que es lo que busco siempre en mi cine.


Tres mujeres’, de Leyla Bouzid, se estrena en cines el 22 de mayo.

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Hernán Zin: “Palestina va a desaparecer”

10 Mayo 2026 at 07:00

Esta entrevista con Hernán Zin se publicó originalmente en la revista de La Marea. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.

«Estoy muy cabreado». Hernán Zin (Buenos Aires, 1971) no oculta que le hierve la sangre cuando habla de Gaza. Allí rodó en 2014 un aclamado documental, Nacido en Gaza, en el que mostraba el impacto que la violencia y la ocupación israelí tenían sobre un grupo de niños palestinos. Diez años después, en mitad del genocidio, se reencuentra con tres de ellos (Mohamed, Bisan y Udai) para hacer la segunda parte: Todos somos Gaza. Esta vez no ha podido rodar en persona, porque la entrada a la Franja está prohibida para la prensa extranjera. Ha tenido que hacerlo a distancia, dirigiendo a su equipo por teléfono, temiendo continuamente por su suerte. Su director de fotografía, Ebrahem Abu Eshieba, fue asesinado durante el rodaje. La experiencia ha reabierto la herida del estrés postraumático, un trastorno que arrastra tras muchos años como reportero en zonas de conflicto. Pero lo de Gaza, dice, no tiene comparación con nada que haya visto antes.

¿Retomar la historia de los niños de Nacido en Gaza era algo que tenía clavado? ¿Mantuvo el contacto con ellos a lo largo de estos años?

Sí, mantuve el contacto. Siempre tuve el deseo de contar cómo había sido su vida bajo el bloqueo, pero no esperaba hacerlo en estas circunstancias. Aunque el genocidio siempre estuvo ahí. Desde que llegué allí por primera vez entendí que había una voluntad de erradicar a esta población encerrándola, cortándole el agua, la electricidad, el acceso a los alimentos, a las medicinas, a los libros. Era un genocidio a cámara lenta. Siempre fue un genocidio.

En situaciones así, ¿se piensa en ayudar a la gente a salir de allí?

Yo nunca quise sacarlos de allí. Se saca a los heridos, eso sí. Pero nunca he pensado en protegerlos sacándolos de allí. Eso sería un triunfo del sionismo. En este caso, o en Congo, o en Afganistán, o en Somalia, lo que quiero es que el país esté bien y que prospere. Y que se termine con la violencia y con todo el negocio que hay detrás. Yo lo que quiero es sacar a los colonizadores, no a los oprimidos. La gente se quiere ir y van a acabar yéndose todos, lo entiendo, pero la solución no es esa. Imagine que sacáramos a todos los que han sido masacrados en Ruanda o en Myanmar. Ganarían los que tienen poder.

Usted nunca ha compartido esa premisa periodística de no implicarse demasiado en la noticia que está contando.

No, pero es que yo no me considero periodista. Yo soy un contador de historias. Hay compañeros periodistas que bromean conmigo diciendo: «Tú siempre estás con las víctimas». Me parece bien. Uno cuenta la parte militar, otro cuenta la parte política y yo estoy con las víctimas. Esa es mi vocación. Que cada uno cuente lo suyo. Yo tomé partido hace mucho tiempo, la primera vez que visité un barrio de chabolas en Calcuta. Estoy con los oprimidos. Ese es mi punto de vista narrativo.

Hay un momento del documental en el que Mohamed dice: «Que Dios perdone a quien nos está haciendo esto». Me sorprendió no ver maldiciones contra Israel en la película. ¿Las ha cortado o no las había?

Yo nunca las he oído, al menos entre la gente que yo conozco. Otra cosa es ir a una manifestación de Hamás, allí puedes oír todo tipo de proclamas. Pero en Gaza la gente es bastante moderada. Hay mucho más odio en Israel. Yo recibo cien amenazas de muerte al día, me llaman antisemita a todas horas… Ves mucha más violencia del lado de los agresores. Ocurre en todos los conflictos, no sólo en Gaza.

La primera parte, Nacido en Gaza, ha tenido un éxito extraordinario en Netflix.

Sí, se estrenó en la plataforma en 2018 y en 2023 la reventó. Estuvo entre lo más visto en muchos países. Se pasó en la ONU, en el Banco Mundial… Y sigo recibiendo miles de peticiones para proyectarla. Ahí fue cuando entendí que estaba obligado a hacer una segunda parte. Desgraciadamente, los derechos se cumplieron el año pasado y Netflix no ha querido renovarlos.

¿Por razones políticas?

No lo sé. Tampoco quieren la segunda parte.

Conociendo el éxito internacional que ha tenido Nacido en Gaza, ¿le han llamado para hacer entrevistas de promoción de esta segunda parte en Estados Unidos, Argentina o Alemania?

Por ahora, de esos países sólo recibo insultos y amenazas. Lo de Alemania es lo que más me sorprende. En Argentina, en cambio, siempre ha sido así. Mi primer libro sobre Gaza es de 2006 y no lo pude presentar en Buenos Aires porque amenazaron de muerte a mi familia. Lo presenté en México y en Madrid. Argentina está perdida. Está tomada por el sionismo. De hecho, ahora cualquier crítica se considera un crimen antisemita, como en Estados Unidos. Aunque allí sí me han entrevistado muchas veces. En España no sabemos la suerte que tenemos de poder estar hablando de esto libremente. Ayer estuve en la radio pública y pude decir todo lo que quise. Le aseguro que eso no pasa en Francia ni en Alemania.

Hernán Zin: «Palestina va a desaparecer»
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El documental es durísimo, pero tengo la impresión de que podía haber sido más sangriento y usted no ha querido.

No, porque mi objetivo es que la gente lo vea. Además, las guerras no son como se ven en el cine. En una calle de Sarajevo o de Alepo pueden estar cayendo bombas y a 15 minutos de distancia puede haber gente de fiesta. En Kiev viven con normalidad y en el Donbás están bajo el fuego. La guerra es un caos y allí nadie entiende nada. En medio de la guerra también puedes encontrar momentos de felicidad o de amor. Siempre lo he visto. Habrá que retratarlo todo, ¿no? Incluso en la guerra, la vida sigue. Aunque esto no es una guerra, es un genocidio.

Los grandes medios de comunicación no han mostrado todo el horror de ese genocidio. ¿La profesión periodística ha fracasado?

La profesión periodística lleva fracasando allí desde 1948.

Me refería al hecho de no publicar fotos de niños muertos. Eso, quizás, ha provocado que haya más niños muertos.

Eso es así. Es un debate muy antiguo. Pero en este caso es mucho más sutil. Hay estudios del tratamiento que se hace del pueblo palestino en el New York Times y en otros grandes medios de habla inglesa y es escandaloso. El 90% de las noticias hablan de Israel y el 10% de Palestina. Se cosifica a los palestinos. Es todo de un racismo vergonzoso. Pero no se debe sólo a un sentimiento de culpa por el Holocausto. Recuerdo que en 2006 yo llevé un reportaje sobre Gaza a la redacción de Clarín y me dijeron: «Si publicamos esto, se van todos los anunciantes. Nos lo han dicho». El pueblo palestino está vendido. Vendido por los árabes, por los europeos, por los americanos… Está vendido al sistema financiero. El sionismo tiene mucho poder.

Pero las imágenes de la hambruna sí se publicaron. Eso fue lo que provocó manifestaciones masivas en todo el mundo y que se acelerara ese paripé llamado «plan de paz».

Sí, es curioso. No sé por qué tuvieron tanto impacto las fotos del hambre y no el asesinato masivo de todos los días. No tengo explicación para eso. El mundo despierta cuando ve que están disparando a las personas hambrientas que van a un centro de ayuda a buscar una bolsa de harina. España no tardó tanto. Siempre tuvo una postura muy humana respecto a Palestina. Por eso el sionismo ha llegado aquí con tanta fuerza. Primero de la mano de Aznar y ahora con Ayuso. Por eso han comprado tantas voluntades. Por eso han metido dinero en OK Diario, por ejemplo. Han desembarcado financieramente y lo han hecho muy bien. Con dinero, con empresas, con fundaciones. Han venido muchos argentinos millonarios a Madrid y están haciendo lobby. Quieren que esto sea Argentina o Estados Unidos, pero les va a costar. En cualquier caso, a pesar de lo mucho que han gastado en propaganda, en Gaza se les ha caído la máscara. El que no quiera ver lo que es el sionismo, el que no tome partido, es una persona desalmada, sin criterio, sin humanidad, sin compás moral. Yo recuerdo ir a Israel y que me dijeran: «En España sois muy antisemitas». No somos antisemitas, simplemente vemos la verdad. Nos tienen atravesados. Ojalá no consigan silenciarnos, pero nunca se sabe. Quizás dentro de dos años no podamos estar hablando así. O quizás sí, pero usted podría acabar en la calle.

¿Ha notado esa presión a la hora de hacer Todos somos Gaza?

En términos cuantitativos, no, porque la subvención que teníamos de la Comunidad de Madrid era muy pequeña. Pero nos la retiraron igualmente. Por la cara. Parece que ahora en la Comunidad de Madrid saben mucho de relaciones internacionales. Se ponen a hablar de lo que es o no es un genocidio. Es absurdo. Yo les pago para que hagan carreteras y hospitales, no para que opinen. Oyes hablar a Ayuso y a Almeida y… es tremendo. ¡Cómo se ha equivocado la derecha española con este tema! No entienden que el 80% de los españoles está a favor de Gaza. Son muy torpes.

Y aún no han cometido el mismo error con el Sáhara Occidental, pero no hay que descartarlo.

No lo han cometido porque eso no está en la agenda. Si el PP gobernara probablemente destinaríamos el 5% del PIB a las armas. Han entrado en el juego de esa ultraderecha que lo que busca es echarle la culpa de todo a los inmigrantes. Todos han entrado en el modelo Trump: decir tonterías y burradas para hacer ruido y estar siempre en los titulares de prensa, negar el cambio climático, negar los derechos de las minorías, dar rienda libre a las grandes compañías tecnológicas… Es un modelo muy dañino para el futuro de la humanidad. Mire cómo se ha desnaturalizado Europa, que era un faro de libertad y de derechos humanos. Ahora la clase media no puede pagar una casa. Estamos acorralados. Los siguientes somos nosotros. No al nivel de Gaza, claro. Gaza es el laboratorio. Allí prueban las armas, las escuchas, el reconocimiento facial, la IA… y después se vende a todo el mundo. Las acciones de Elbit Systems han subido un 80% en un año. La bolsa de Tel Aviv ha subido un 200%. Es un gran negocio.

A usted le han prohibido la entrada en India por los reportajes que hizo sobre la violencia contra las mujeres. ¿Le ha pasado lo mismo con Israel? ¿Allí puede entrar?

Seguramente no me dejen. [Señala su móvil] Ahora todos estamos controlados. Tampoco me apetece ir. Hace 20 años allí había una izquierda civilizada. Estaba el movimiento Paz Ahora. Había oenegés como B’Tselem, que eran propalestinas y estaban en contra de la ocupación. Gente con la que yo he trabajado y que estaba preocupada por crear un Estado plurinacional, como Gideon Levy o Meir Margalit. Pero esas personas ahora también están acorraladas. No hay nada que hacer.

¿Usted cree que la solución de los dos Estados es factible?

¿Y dónde van a estar esos dos Estados? Si apenas han dejado un 15% de territorio para los gazatíes en una Franja que ya antes era el sitio más superpoblado del mundo. De aquí a dos años no quedará nada de Palestina. Se cumplirá el sueño del Gran Israel.

¿No quedará ni siquiera Cisjordania?

El futuro de Cisjordania es casi peor. Los colonos están matando gente todos los días. La gente está huyendo. El problema es que ni en Jordania ni en Egipto los quieren. Pero Estados Unidos está presionando para que los dejen salir. Palestina va a desaparecer. Y sobre la solución de los dos Estados… la verdad es que no debería ser así, debería ser un Estado palestino con población judía, como fue siempre. Pero, bueno, pongámonos en el caso de que haya dos Estados. ¿Quién va a indemnizar, económica y moralmente, a los palestinos por todo lo que les han arrebatado? Estamos hablando de reparaciones de miles de millones, como las del Holocausto. ¿Quién va a pagar? Los árabes les han dado la espalda. Europa se ha escorado a la derecha de manera totalmente autodestructiva. Alemania apuesta ahora por fabricar armamento, ya que los coches chinos se han comido su mercado. Yo pensé que las guerras se acabarían en el siglo XXI y que, como reportero de guerra, me quedaría en paro, pero no. ¿Qué necesidad tenemos de hacer la guerra ahora? ¿Con quién? ¿Por qué? Ucrania, Sudán, Congo, Gaza… todo se podría arreglar rápidamente dialogando. Es muy triste.

Ha explicado que Israel mata a gente muy concreta para evitar la reconstrucción de Palestina.

Sí, al principio usaron una IA que se llama Lavender y que hace un análisis de los daños colaterales que puede tener una víctima dependiendo de su nivel social y de su rango. Usaron drones cuadricópteros que entraban en las casas y mataban a familias enteras. Así aniquilaron a todos: ingenieros, arquitectos, médicos… A los médicos los secuestraban. A Ebrahem, nuestro director de fotografía, lo matan en el ataque de un comando al hospital Nasser. Entraron y le pegaron siete tiros. Y al médico que estaba con él le dispararon en las piernas y se lo llevaron. Pero no estoy revelando nada. Lo dijo Yoav Gallant. Lo han dicho ellos mismos: «No puede quedar un niño vivo. Son todos terroristas. Hay que matarlos a todos». Están haciendo lo mismo que hizo Hitler en 1939: destruir la inteligencia, eliminar a la clase media culta, con estudios. Y en Palestina, como no hay otra cosa que hacer, estudian mucho. El estudio es una pasión. Tienen el mayor número de doctorados del mundo. Casi todos los que vienen a España, por ejemplo, son médicos.

El caso de Bisan es muy significativo. Estudia sin parar. Cuando caen las bombas, siempre le pillan con el libro en la mano.

Bisan se preparaba para un examen y lo hizo por Internet. Pero hackearon su cuenta y ahora tiene que volver a hacerlo. Para que vea hasta qué nivel de maldad llegan. Una tía que se pasa todo el genocidio estudiando, sin luz, sin agua, sin comida… Nosotros le comprábamos la comida y la medicación que aún necesita. Van a destruirlos. La gente no lo ve, pero los van a exterminar. Como a los indígenas americanos. Es la misma mentalidad colonizadora y racista del siglo XIX. Siento ser portador de malas noticias, pero ya dije hace un año que el genocidio había ganado, y todo el mundo se me echó al cuello. Llevo 20 años documentándolo y esto terminará dentro de dos o tres años con la desaparición de Palestina. ¿No lo estáis viendo? Lo han hecho así para que no haya nada que reconstruir. Ciudad de Gaza, Beit Hanoun, Rafah, Jabalia… todo son escombros. ¿Qué vas a reconstruir ahí?

Hemos visto imágenes muy impactantes de otros conflictos. Beirut completamente calcinada, por ejemplo, pero tengo la impresión de que nada se puede comparar a lo de Gaza.

Nada, nada. No hay comparación posible. Nunca se vio nada igual. Ni lo de Dresde. Ni lo de Hiroshima y Nagasaki. El equivalente ha sido el de varias bombas atómicas. Y además con descaro, a la vista de todos. Por eso digo que vivimos una época complicada y que todos somos Gaza. Porque también van a por nosotros. No con drones como en Gaza, pero si con la IA y con la acumulación de capital. Hoy en día el trabajo no vale nada. Lo que vale es el capital, con el que un fondo de inversión, incluso un particular, puede comprar 1.500 pisos de una tacada. O la gente se pone en pie y los Estados intervienen para hacer un mundo con reglas o esto se va al garete.

Hernán Zin: «Palestina va a desaparecer»
Hernán Zin en un momento de la entrevista. ÁLVARO MINGUITO

Usted decide dejar de cubrir zonas de conflicto en 2018, cuando estrena el documental Morir para contar, en el que aparecen dos amigos suyos que morirían poco después en Burkina Faso, David Beriain y Roberto Fraile.

Sí, ese documental era mi despedida. Tuve un accidente en 2012 y ya entonces pensé en retirarme, pero me agarró Siria y me agarró Gaza, y continué. En 2018 me separé de la cantante Bebe, que era mi pareja, terminé Nacido en Siria, que ganó todos los premios, y me encontré solo en mi casa. Y entonces pensé: «Ahora me pego un tiro. No tengo más futuro». Era producto del estrés postraumático. Luego escribí una novela y al poco tiempo llega la COVID-19 y me llama Netflix para hacer otro documental [titulado 2020]. Y me paso un año metido en hospitales y en ambulancias. Y ahora, otra vez Gaza. Durante todo este tiempo yo quería dedicarme exclusivamente a hacer ficción, pero no he podido. Cuando matan a David y a Roberto [en 2021], fui corriendo a mi psiquiatra y me inyectó valium porque ese día sufrí uno de los mayores bajones de mi vida. Los dos eran amigos muy, muy queridos. Compartimos mucho tiempo y muchas risas en el Congo, en Afganistán… Pero con Roberto yo tenía una conexión especial. Y ese día ni siquiera fui capaz de llamar a su familia. Me duele en el alma. Era un tipo muy grande.

Dado el coste personal que ha tenido que pagar, ¿ha pensado alguna vez que podría haber hecho su trabajo de otra manera y que le hubiera hecho menos daño?

Sí, claro que lo he pensado. [Silencio] Podía haberlo hecho con más moderación. Bueno… [Suspira] Fue una vida bien vivida. Pero el coste familiar ha sido terrible. A mis padres hace 13 años que no los veo. Ahora los veré, pero cuando yo me meto en algo, me vuelco completamente. Ese ha sido el mayor sacrificio, la familia. Pero, bueno, lo mío es una vocación, una llamada, una misión. Admiro a la gente que puede desconectar e ir a tomar cañas con los amigos, pero yo no puedo hacerlo. Nací con una misión. No me arrepiento.

¿Y ahora qué planes tiene?

Acabo de terminar mi primera comedia. Me ha venido muy bien a nivel espiritual. Es una historia de tres capítulos que hemos rodado en Lanzarote. Con un fondo social, porque trata de la inmigración, pero en tono de comedia. Estoy muy contento. Creo que hay que desmontar de una vez este mensaje contra la inmigración. Me tienen frito estos pijos que tienen una filipina sirviendo en casa, la comida se la lleva un guatemalteco, el césped se lo corta un marroquí… pero luego votan a Vox. Estoy muy harto ya del efecto Trump.


Udai, Bisan y Mohamed

Cuando se rodó Nacido en Gaza, en 2014, Mohamed era un niño de apenas 12 años. Y ya trabajaba. Rebuscaba entre la basura envases que se pudieran reciclar o reutilizar. Recorría Ciudad de Gaza de arriba abajo con un viejo caballo que tiraba de su carro. Una década después, es padre de dos hijos por los que sigue trabajando incansablemente, buscando comida, buscando transporte, jugándose la vida en las colas de los centros de ayuda.

Hernán Zin: «Palestina va a desaparecer»
El antes y el después de Mohamed, Bisan y Udai, los tres protagonistas de ‘Todos somos Gaza’. FLAMINGO COMUNICACIÓN

Bisan era incluso más pequeña entonces. Una bomba israelí destruyó su casa. Sólo ella salió viva de los escombros. Hoy es una estudiante infatigable. Las secuelas de aquel trauma aún son visibles en su rostro: una ceja y un párpado quedaron seriamente dañados.

Udai jugaba entre las casas derruidas. Era un niño risueño, pero tras su sonrisa se traslucía una tristeza indefinible. Acababan de matar a su hermano mayor. Luego fueron cayendo todos los demás, uno tras otro. La heladería de su padre fue bombardeada trece veces, y fue reconstruida otras tantas. Ya veinteañero, en mitad del genocidio, no puede ocultar su felicidad porque está comprometido con una chica. Y está profundamente enamorado.

«Lo que más me gusta de ellos es que siguen teniendo la misma esencia que cuando los conocí hace 11 años», cuenta Zin. «Udai tiene la misma timidez, la misma candidez. Mohamed es un luchador. No para ni un instante. Y Bisan es una tía que quiere estudiar y que tiene la cabeza muy bien puesta. Tendrán sus traumas internos, obviamente, pero son un ejemplo para la humanidad. Esa es la parte luminosa de la película. La vida les ha dado unas hostias que nosotros no somos capaces ni de imaginar. Han perdido a media familia, la casa, los recuerdos, lo han perdido todo. Y no van de víctimas. Tienen una dignidad y una resiliencia increíbles».

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Sira Rego: “Pido disculpas en nombre del Estado a todas las infancias”

4 Mayo 2026 at 07:00

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Cuando se conocen los datos oficiales, resulta difícil entender cómo este problema permanece silenciado en el debate público: según el Estudio de prevalencia de la violencia contra la infancia y la adolescencia en España, publicado por el Ministerio de Juventud e Infancia en 2025, tres de cada 10 jóvenes han sufrido violencia sexual en esas edades. Un escandaloso 30%. La ministra del ramo, Sira Rego (València, 1973), recibe a La Marea para conversar sobre cómo abordan este crimen los poderes públicos y sobre la ampliación de la Ley de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia (Lopivi). Esta reforma, pendiente de aprobarse próximamente, aplicará a los niños y niñas que hayan sufrido cualquier tipo de violencia el Estatuto de Víctimas. También contempla la obligatoriedad de escucharles en los procedimientos judiciales que les afecten, independientemente de su edad. 

El gran número de niños y niñas que han sufrido violencia sexual impone una primera pregunta incómoda: ¿está la Administración cuidando adecuadamente a la infancia?

La pregunta nos la tenemos que hacer todos los poderes públicos, pero también la sociedad en su conjunto. Creo que tenemos una deuda pendiente con la infancia en términos generales y especialmente en este asunto. Por eso estamos trabajando para ampliar determinadas leyes y para crear la ley de violencia vicaria. La acción del Gobierno tiene que ser decidida, determinante, rápida y eficaz, porque se trata de un tema muy doloroso. Debe ser una política de Estado. Eso en cuanto a lo legislativo, pero como sociedad también tenemos que cambiar muchas cosas, y uno los grandes retos es que las violencias contra la infancia no sigan formando parte del ámbito privado. Tienen que incluirse en la conversación pública del país. Con un 30% de niños y niñas que están sufriendo violencia sexual, esto no puede seguir siendo un asunto secundario.

Efectivamente, la mayoría de los casos de pederastia ocurren en el entorno familiar o en entornos cercanos. Al tratarse del ámbito privado, ¿hasta dónde se puede llegar?

Los derechos se tienen que garantizar en todos los espacios de la vida. En la vida pública y en la vida privada. En la calle y en las familias. Las violencias machistas también han formado parte del ámbito privado durante mucho tiempo y luego, afortunadamente, han pasado a ser un elemento de conversación pública y de intervención de los poderes públicos. Con las violencias contra las infancias debe operar la misma lógica. Quienes tenemos contacto con niños tenemos una responsabilidad. Nosotros lanzamos el año pasado una campaña en la que interpelábamos a las personas adultas para indicar que hay señales que son alertas. Y ahí un adulto debe intervenir. Puede ser un adulto de la comunidad educativa, o del ámbito médico o de la propia familia, entendiendo la familia como algo más grande que el núcleo familiar. Además, con la ampliación de la Lopivi pretendemos ser más garantistas a la hora de erradicar, prevenir y abordar las violencias sexuales contra la infancia. Por ejemplo, insistimos en la necesidad imperiosa de que la escucha de los niños y las niñas sea un elemento central en los procesos judiciales.

El clima político actual está muy fragmentado, pero estamos hablando de proteger a la parte más frágil de nuestra sociedad: los niños. ¿Quién podría estar en contra de esto en el Parlamento? ¿Qué resistencias esperan encontrar a esta ley?

El sentido común a mí me dice que es una ley a la que no debería oponerse nadie, pero sí he oído voces que ponen en cuestión el derecho de un niño a ser escuchado. Hay casos de jueces que se han negado a escuchar a los niños. Y hablo de casos dramáticos. Se trata de niños que están sufriendo muchísimo. Estamos viendo cosas muy duras. Por supuesto, no te expresas igual cuando tienes 5 años que cuando tienes 25, pero esto no significa que los niños no puedan hablar y que no puedan comunicarse y explicar lo que les ha sucedido. Lógicamente, esto se tiene que hacer con un acompañamiento profesional adecuado y en unas instalaciones que tengan perspectiva de infancia. Esto ya está muy trabajado, está sustentado por el trabajo de los profesionales y por multitud de estudios académicos. Es decir, hay un rigor científico detrás de estos procesos de acompañamiento del niño y de la niña a la hora de tomar testimonios que tienen validez. Como ejemplos tenemos el proyecto Barnahus o las cámaras Gesell, que trabajan con este enfoque. Y funcionan. Hay que adecuar el sistema de justicia para que tenga perspectiva de infancia.

Dado que este es un tema que no está en la agenda pública, ¿usted cree que la ley puede ir por delante de la sociedad? Es decir, hubo muchas voces contrarias a la ley del matrimonio homosexual, pero han pasado los años y eso es un derecho que ya nadie se cuestiona.

No siempre ocurre así. Yo pertenezco a una tradición política [la del PCE] que me indica justo lo contrario: en la mayoría de los casos la sociedad ha ido por delante de la ley. Por ejemplo, la gente trabajadora de este país ha conseguido derechos porque se ha organizado y ha salido a la calle. También el movimiento feminista nos ha dado lecciones maravillosas en ese sentido.

Pero para ello habría que educar antes a la sociedad en la protección de la infancia. A eso me refería cuando hablaba de que la ley irá por delante.

Somos un país pionero en la cuestión de la protección a la infancia. La Lopivi, aunque es muy reciente [se aprobó en 2021], supuso un punto de inflexión. En comparación con otros países, estamos muy por delante. Hemos avanzado, pero nos queda mucho camino por recorrer. Y con cifras tan dolorosas de violencias contra la infancia, necesitamos seguir empujando. Claro, la infancia no es un sujeto político que se pueda organizar de la misma manera que las personas adultas, no ocupan las calles haciendo grandes demandas sociales. Así que, en este caso, sí que creo que la ley puede ser útil, pero se trata de un asunto que tiene que desbordar la propia ley. Lo bueno es que, para afrontar este problema, ahora contamos con un Ministerio de Infancia. Y nos queremos hacer cargo. Yo siempre aprovecho cualquier oportunidad para pedir disculpas por todo lo que la Administración no ha hecho. Pido disculpas, en nombre del Estado, a todas esas infancias porque no hemos llegado a tiempo de evitar muchas situaciones dolorosas. Ahora tenemos la firme determinación de que eso cambie. Con leyes, con pedagogía, con estrategias. Por ejemplo, una parte de las violencias sexuales tienen como canal las plataformas digitales. Ahí estamos incidiendo de una manera muy contundente.

Nadie duda de la buena voluntad de la Ley de Entornos Digitales Seguros, ¿pero prohibir el acceso de los menores de 16 años a las redes sociales es realmente posible a nivel técnico?

Ante un problema tecnológico, siempre hay una solución tecnológica. El problema no es técnico porque ya ha quedado acreditado que si se quiere bloquear una aplicación o el acceso a una web, se puede hacer. Ocurre en muchos lugares del mundo. Si Facebook sabe más cosas de ti que tú mismo, seguramente también podrá saber qué edad tienes y ofrecer una herramienta de verificación de edad con garantías. Pero al margen de esto, desde el Gobierno de España estamos trabajando con una herramienta de verificación que se está probando a nivel europeo y que es muy potente, muy buena. Las pruebas están muy avanzadas y funciona muy bien. El problema no es ese. El problema es saber hasta qué punto hay una voluntad colectiva de ponerle límite a las plataformas y de democratizar el entorno digital. No puede ser que haya multinacionales tecnológicas que estén por encima de la ley, porque eso significa que están por encima de nuestros derechos y de nuestras libertades.

En España quizás no, pero en EE. UU. están claramente por encima de la ley.

Bueno, en España hemos visto que la plataforma de X ha puesto en marcha una inteligencia artificial generativa y ha publicado, en muy pocos días, una gran cantidad de material de violencia contra la infancia… sin consecuencias. ¡Esto es un delito, una vulneración de derechos fundamentales de libro! Y a quienes estamos diciendo que es inadmisible se nos está señalando. 

Seguramente le caiga una multa millonaria por parte de la Unión Europea, lo hemos visto con otras empresas tecnológicas, pero puede que pasen varios años para que eso ocurra.

No sé si se tardará tanto. Lo que sí sé es que en este caso, como en muchos otros, necesitamos plantear un principio de precaución. Igual que se miden los impactos que pueden tener determinados procesos en el medioambiente o en la salud pública, ese mismo principio debe regir en el ámbito digital. Lo que no puede ser es que alguien suelte miles de imágenes de violencia sexual contra la infancia y luego pongamos el remedio.

Algunos de los casos más sangrantes de violencia sexual contra personas menores se han dado en centros de acogida. Fueron muy sonados los casos de Mallorca y de Madrid (el caso Sana). ¿Qué puede hacer su ministerio para garantizar que hechos como estos no vuelvan a ocurrir?

Las competencias las tienen las comunidades autónomas, pero nosotros podemos regular un marco general que diga cómo deben ser los sistemas de protección y de acogida. Y lo estamos haciendo. Sabemos que la prioridad de muchas comunidades no es proteger a los niños en situación de desamparo. Y hay que decirlo claramente: esto es una cuestión de voluntad política. Hay quien usa los presupuestos para hacer regalos fiscales a los ultrarricos o para dopar la sanidad privada. En estos casos, el sistema de protección está externalizado, generando precariedad y dando lugar a realidades de enorme tensión: no hay recursos, no hay suficientes profesionales para atender a los menores, que están viendo vulnerados sus derechos. Por eso estamos tramitando un decreto que lo regulará todo: formación de profesionales, ratios, tipos de centro, prioridad de la acogida familiar sobre la residencial, acompañamiento también más allá de los 18 años, porque no se les puede dejar en la calle en cuanto cumplen la mayoría de edad… El decreto estará muy pronto en el Consejo de Ministros.  

La entrada Sira Rego: “Pido disculpas en nombre del Estado a todas las infancias” se publicó primero en lamarea.com.

“El movimiento del caballo”: la estrategia de Edjogo-Owono para hablar de racismo

3 Mayo 2026 at 07:00

Cuando ocurre un agresión racista en el fútbol español, la primera persona a la que llaman los medios de comunicación es a Alberto Edjogo-Owono. En esas circunstancias, muy a su pesar, se convierte en «la estrella de la semana», como admite con resignación. Le llaman para comentar el incidente porque es negro, porque ha sido futbolista profesional y porque hoy trabaja en la televisión. Es comentarista de la Liga española en DAZN. Y entonces comienza el bucle: tiene que contestar a las mismas preguntas de siempre, una y otra vez, sin que nada cambie a lo largo del tiempo: ¿es España un país racista? ¿Cómo se puede erradicar el racismo de los campos de fútbol? ¿No es igual de insultante llamar «tonto» a un jugador que llamarle «mono»? «Llevo muchos años comentando partidos. Empecé en Ràdio Sabadell, luego en Radio Marca, ahora en la televisión… y siempre es igual. Si durante este tiempo se hubiera puesto de verdad el foco sobre este problema, si hubieran escuchado con atención lo que he dicho siempre, y llevo más de 10 años hablando del tema, no me preguntarían lo mismo».

Edjogo-Owono acaba de publicar Heridas en la piel. Fútbol, racismo e identidad, un libro editado por GeoPlaneta que presentó recientemente en el Centro Cultural Espacio Afro, en Madrid, en una charla muy amena a pesar de la gravedad del asunto. El volumen no quiere ser una crónica de sucesos racistas. «Para eso, buscas en Internet y te hace una lista. No es necesario que yo escriba un libro», declara. Lo que quiere es «aportar contexto, cómo se vivieron esos incidentes, qué impacto tuvieron después a nivel social».

Lo cierto es que muy pocos lo tuvieron. Una de las excepciones ocurrió en 2006, cuando Samuel Eto’o, entonces delantero del FC Barcelona, fue gravemente insultado en el estadio de La Romareda, en Zaragoza. Una gran parte de la grada imitaba los chillidos del mono cada vez que tocaba el balón. Eto’o quiso abandonar el campo y el partido estuvo a punto de suspenderse. Eso, finalmente, no ocurrió, pero el episodio fue tan sonado que dio pie a la Ley contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte, promovida por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Las cosas han cambiado poco, en cualquier caso: sigue habiendo gritos racistas en los campos españoles y jamás se ha suspendido un partido.

Lo que demuestra que España es un país racista es la incomodidad que provoca este asunto. Tanto, que Edjogo-Owono recurre a una estrategia cada vez que hay que poner el tema sobre la mesa. Él la llama «el movimiento del caballo». Se basa en el ajedrez, donde la pieza del caballo da un paso al lateral antes de ir hacia delante: «Yo he ido de frente. De verdad que lo he intentado y me he dado cuenta de que no funciona. La gente se pone a la defensiva. Busca excusas para disculpar a los racistas, para defender a su equipo, para decir que se trata de la tensión del partido, para señalar que no se puede meter a todos los aficionados en el mismo saco. El not all men también funciona en este caso».

«El movimiento del caballo»: la estrategia de Edjogo-Owono para hablar de racismo
EDITORIAL GEOPLANETA

La primera vez que él recibió un insulto racista aún era un niño y fue durante un entrenamiento con los alevines del Espanyol. Tuvo un choque con un compañero y saltaron chispas. La discusión terminó con una frase que nunca ha podido olvidar: «Cállate, negro zumbón». Hasta ese momento no era consciente de que su color de piel pudiera provocar semejante hostilidad. «Me quedé en silencio y continué el entrenamiento casi por inercia. Mi cuerpo estaba presente, pero mi cabeza estaba ya en otro sitio», escribe en el libro. Esa horrible sensación es similar a la que confiesan haber experimentado muchos jugadores profesionales. Pero le ocurrió de niño, cuando estaba más indefenso, y esa es precisamente la razón por la que ha escrito este libro: «Si esto sigue ocurriendo en la élite del fútbol y se deja pasar, si no se castiga, si se ha normalizado, ¿qué no ocurrirá en otros niveles del deporte y de la sociedad en la que las víctimas no están tan protegidas? A Vinicius le insultan en Mestalla y a los dos minutos sale a defenderlo el presidente de Brasil, Lula da Silva, ¿pero qué ocurre cuando lo sufre un chaval de barrio o mi vecino o un compañero de trabajo o el novio de mi hermana, gente que no tiene ese respaldo?».

El caso del jugador del Real Madrid, insultado por sistema en todos los estadios, es especialmente revelador. «Vinicius no es el negro pobrecito, es el negro alborotador, por eso su caso es muy complejo», avanza Edjogo. «¿Qué ocurre con el arquetipo del “negro bueno”? Pues que mientras limpie la casa, mientras conduzca un taxi, mientras ocupe unos determinados espacios donde no moleste y su función principal sea la de servir, no habrá ningún problema. ¿Por qué se insulta a Vinicius y no se insulta a Rodrygo? Porque Rodrygo no molesta a nadie. ¿Pero qué pasa cuando un negro empieza a comportarse de una forma que un individuo autóctono considera incorrecta? Podemos discutir el comportamiento de Vinicius, si está bien o mal que baile delante de la afición rival. Que le diga al equipo contrario que se va “a Segunda”, en eso podemos coincidir todos en que no es un comportamiento deportivo. Pues hablemos de eso, de lo que hace mal. Incluso, como espectador, puedes pitarle. El fútbol no es la ópera. Pero si utilizas su color de piel para insultarle, eres un racista. Si un blanco hace lo mismo y le afeas el comportamiento, pero a un negro le respondes diciendo que es un mono y tirándole plátanos, entonces, evidentemente, eres un racista».

Edjogo-Owono estuvo acompañado en la presentación de su libro por los periodistas Moha Gerehou, Àlex de Llano y Miguel Quintana. Todos ellos hicieron hincapié en la falta de diversidad que hay en las redacciones de los medios de comunicación. Esta es una de las razones que explican que el tema del racismo no se afronte a menudo de la manera correcta. «El periodismo es un espejo de la sociedad de cada momento y queda muy mal retratado en el libro», asegura Quintana. «Es posible que si yo hubiese nacido 30 años antes y hubiese sido periodista en los años noventa, quizás habría replicado las mismas ideas y las mismas palabras. Pero hoy, cuando ves cómo se trataron los casos de Samuel Eto’o, de Roberto Carlos o de Wilfred, yo como periodista me avergüenzo profundamente».

Wilfred Agbonavbare, queridísimo portero nigeriano del Rayo Vallecano, sufrió en 1993, en el estadio Santiago Bernabéu, uno de los episodios racistas más vergonzosos de la historia del fútbol español. Tuvo una actuación estelar, llegando incluso a pararle un penalti a Míchel; la respuesta desde el fondo sur fue gritarle «negro, cabrón, recoge el algodón» y también cánticos a favor del Ku Klux Klan. «Creo que ahora hay una mayor empatía, una mayor sensibilidad –afirma Quintana–. Aunque todavía hay un porcentaje de personas que no cree que sea un problema llamar “mono” a alguien, sí que ve un problema en decirlo. Bueno, ese es un primer paso. Saber que tu pensamiento no es correcto, que ya no te respalda la sociedad, que “lo que siempre se ha hecho” ya no te sirve como excusa, me parece una primera batalla ganada».

Sobre la diversidad en los medios de comunicación, Alberto Edjogo-Owono cuenta una anécdota que le ocurrió cuando estuvo moderando una mesa redonda con directivos de la prensa: «Les pregunté cuántas personas racializadas había en sus redacciones y uno de ellos me respondió: “Bueno… creo que hay un chico que está en prácticas que es latino… no sé muy bien si boliviano o peruano…”. Le tuve que cortar diciendo: “Mira, no sigas”».

El detalle no es menor. A su juicio, aunque los jefes de las redacciones tengan hoy «más empatía o más buena fe, si tienen que encargarse de temas que no les atraviesan directamente, es más difícil que lo hagan de forma correcta. Lo que ocurre en las redacciones es que no tienen ese perfil de periodista». Y añade: «Se dice muchas veces que los medios de comunicación son un reflejo de la sociedad. No es verdad. No estoy hablando de cuotas, no se trata de tener tantos periodistas negros o tantos de origen asiático. Pero si no tienes gente de ese perfil, es muy difícil que abordes estos temas con la sensibilidad y la precisión que requieren».

La llamada «prioridad nacional»

Por su trabajo, Edjogo tiene relación con muchas de las estrellas de la Liga española. Una de ellas, la más grande de todas, Lamine Yamal, le refirió recientemente su incomodidad con una parte de la afición. «Me contó que antes de la Eurocopa [que acabaría ganando España en 2024] se quitó las redes sociales porque había mucha gente que decía que ni él ni Nico Williams les representaban. Sin embargo, hay dos centrales franceses, Le Normand y Laporte, a los que hemos nacionalizado ex profeso para que jueguen con España y no hubo ningún problema con ellos. Con Lamine y con Nico sí. Uno es de Mataró y el otro de Bilbao. Entonces, ¿este lema de la “prioridad nacional” qué quiere decir?».

«Este mismo debate ya se ha tenido en otros países», continúa Edjogo. «Ocurrió en Francia, cuando Jean-Marie Le Pen expresó públicamente su deseo de que su selección perdiera el Mundial de 1998 por lo mismo, porque aquellos “negros importados” no representaban a la nación francesa».

Para Alberto Edjogo-Owono, este asunto de la identidad es muy importante, sobre todo en la etapa formativa: «Cuando tienes 14 o 15 años y se está formando tu personalidad suele ocurrir algo muy complicado: mucha gente te dice “ah, pues no tienes acento” o te preguntan de dónde eres “de verdad”. Con estas actitudes se está impidiendo que mucha gente que está creciendo acabe teniendo un verdadero arraigo. Porque se les está diciendo: “Vale, has nacido aquí, eres de los nuestros… pero no tanto, no te flipes”».

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Leïla Slimani, sobre la extrema derecha: “Todo el mundo está escuchando al ‘gran cabrón’”

30 Abril 2026 at 22:32

Leïla Slimani llega todos los días al Museo del Prado muy temprano. El lugar está casi vacío. En su paseo por las diferentes salas, la acompaña un historiador del arte. Durante el recorrido saluda a unos trabajadores que, según capta ella, se muestran especialmente orgullosos de trabajar en una institución como esa, «un gran museo universal, como el Louvre, como el Metropolitan Museum de Nueva York». Esa perspectiva le complace especialmente «en una época en la que muchos políticos populistas consideran el arte como algo burgués, como algo que no es para todo el mundo», dice. «Pero el Prado no es una tienda de lujo. Aquí todo el mundo puede entrar y puede comprender lo que ve. Todo el mundo puede emocionarse con un cuadro de Goya. No hace falta un diploma ni una tarjeta de crédito».

La escritora franco-marroquí está participando en el programa «Escribir el Prado», una iniciativa en la que el museo invita a autores de relevancia internacional a explorar las colecciones como fuente de inspiración literaria. Ella lleva ya 10 días disfrutando de la residencia artística. Disfrutar es el verbo exacto para definir la experiencia, especialmente ahora, «en primavera, cuando la ciudad está particularmente bella». El programa, que cuenta con el patrocinio de la Fundación Loewe y la colaboración de la revista Granta en español, está concebido para propiciar un diálogo entre literatura y artes plásticas. El diálogo ha comenzado, aunque aún no tiene plasmación sobre el papel. «Cuando una llega a un lugar como este, no hay que obsesionarse con escribir. De momento, me conformo con vivir la experiencia y con tomar notas, que no es poca cosa. A veces, cuando pasan algunos días, incluso algunas semanas, releyendo esas notas la idea se presenta de repente», confiesa.

De alguna manera, las ideas ya están flotando alrededor de ella. Sólo hay que atender a sus asuntos predilectos, a la mirada que ha arrojado antes sobre temas como la mujer, las migraciones, la identidad en todas sus obras, publicadas en español por la editorial Cabaret Voltaire. ¿Pero están esas cuestiones presentes en un museo como el del Prado? Como explicó en un encuentro con la prensa, a veces hay que leer entre líneas, pero eso es precisamente lo interesante: «El arte demanda un esfuerzo. Igual que cuando se lee un libro y hay que recurrir al espíritu crítico. Un cuadro no es como una imagen de las redes sociales, algo que miras durante un segundo y pasas a otra cosa. A menudo, lo importante de un libro es lo que no se dice. Y lo que es importante en un cuadro es lo que no se ve. Pero entenderlo requiere un trabajo, no es como estar pasivo delante de una pantalla».

Con «lo que no se ve» se refiere Slimani a esas otras visiones del mundo que suelen faltar en los grandes museos, hoy felizmente empeñados en llenar esos vacíos sobre la cuestión racial, la colonial o la del género. En cualquier caso, la autora renuncia a entablar una lucha «identitaria» en torno a eso. «Rechazar un museo diciendo que “es para blancos” no tiene sentido para mí. Primero soy un ser humano. Para mí Dostoyevski no es simplemente un hombre blanco, es mi hermano. Lo universal existe. La familia humana existe. Si sólo buscamos representaciones de nosotros mismos, destruiremos el mundo».

Atraída por la pintura del Siglo de Oro, por Velázquez, por Zurbarán, la escritora se muestra especialmente interesada en la iconografía de aquella primera globalización, «del primer gran imperialismo». En ciertos cuadros «vemos por primera vez cuerpos indígenas o cuerpos negros. Vemos cómo van a ser dibujados los moriscos, que acaban de ser expulsados. Y busco también, claro, sus ausencias».

Slimani, que hace justo una década ganó el premio Goncourt por Canción dulce, vive desde hace cinco años en Portugal. Durante este tiempo ha tomado una especial conciencia de la presencia árabe en la península Ibérica, algo que «está por todas partes: en la arquitectura, en la lengua, en la comida, en las mismas caras…». A este respecto, recuerda la singular frase que tuvo que aprender de niña cuando acudía a la escuela francesa en Marruecos: «Nuestros ancestros, los galos…». Con más razón, a su juicio, los europeos deberíamos decir: «Nuestros ancestros, los árabes…». «Debéis daros cuenta, vosotros los españoles, de que sois mis primos, porque sois un poco árabes, os guste o no», apunta con humor.

Lo que más lamenta es la asimetría existente entre la cultura occidental y la del mundo arabo-musulmán. «Nosotros os conocemos muy bien, pero vosotros nos conocéis muy poco», señala. «Yo he leído a Cervantes, a Dickens, a Balzac. Hablo francés e inglés, pero nunca he encontrado a nadie en Europa que hable árabe». De hecho, ella misma, educada en francés, no habla la variante histórica y normativa del árabe, el árabe clásico, como revela con «una mezcla de pesar y vergüenza» en su último libro, Assaut contre la frontière. «Tampoco he encontrado gente que haya leído nuestros libros o que sepa citar grandes nombres de nuestra cultura. Hay muy poca curiosidad por parte de los occidentales. Eso me frustra mucho». Esta falta de interés, a su juicio, es «muy peligrosa porque alimenta el racismo, la violencia, la guerra».

Escuchando al «gran cabrón»

Como ha contado en multitud de artículos y se ve reflejado en sus novelas (especialmente en la trilogía de El país de los otros, que contiene una gran carga autobiográfica), Slimani, culturalmente hablando, tiene un pie a cada lado del Estrecho. Esa doble identidad, francesa y marroquí, no le causa ningún conflicto. Pero en Francia, donde la radicalización ultraderechista parece imparable, la insultan frecuentemente diciéndole que se vaya a su país. Como si Francia no fuera también su país. Como si sus raíces árabes la convirtieran en sospechosa de algún delito. Como si no hubiera alzado la voz deplorando vivamente todos los crímenes que se cometen en nombre del islam (en este sentido, es particularmente revelador su artículo titulado «Integristas, os odio»).

«Vivimos un momento que da mucho miedo», reconoce la escritora. «Me recuerda al cuadro de Goya ‘El gran cabrón’».

Leïla Slimani, sobre la extrema derecha: «Todo el mundo está escuchando al ‘gran cabrón’»
‘El aquelarre o El gran cabrón’, una de las Pinturas Negras de Francisco de Goya. WIKIMEDIA

«Todo el mundo está escuchando a estos ‘cabrones’. Es muy fácil manipular a la gente usando la identidad, diciendo que los inmigrantes les van a sustituir, que su mundo va a desaparecer. Es fácil decirle a un hombre que debería tener miedo porque las mujeres se lo quitarán todo, su trabajo, sus privilegios… Es fácil decir que antes todo era mejor», explica Slimani. «El problema es que hoy ya no diferenciamos entre la verdad y la mentira. Porque todos estos populistas mienten, claro. La propia Giorgia Meloni no para de hablar de la cultura cristiana y del peligro de la inmigración, pero legaliza a miles de inmigrantes porque los italianos ya no tienen hijos. Esa es la paradoja: hay un discurso para infundir miedo, pero todo el mundo sabe perfectamente que Europa no podrá mantener su nivel de vida sin inmigración».

La autora critica la simplicidad del mensaje difundido por la extrema derecha y la negligencia de la política actual a la hora de desmentirlos: «Necesitamos hombres y mujeres políticas capaces de explicarle cosas complejas a la gente. Por eso creo también que hay que defender la literatura y el arte en todo momento. Una buena novela demuestra que nada es blanco o negro. La vida es complicada, es gris, es difícil de juzgar. Y lo mismo ocurre con la pintura y su relación con la historia. Por eso es tan importante el arte, porque necesitamos devolver la complejidad a la mente de la gente».

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‘Todo lo que fuimos’: la humanidad como arma de resistencia

29 Abril 2026 at 07:00

La vinculación de la cultura árabe a la poesía se pierde en la noche de los tiempos. Forma parte de un patrimonio sorprendentemente vivo. Aún hoy, al terminar las manifestaciones contra el genocidio de Gaza, es habitual que alguien tome un megáfono y recite una poesía. En Todo lo que fuimos, el patriarca de la familia protagonista enseña a su hijo menor un poema en el que el mar es, metafóricamente hablando, la lengua árabe. Y en ese mar «los buzos» (los poetas) deben sumergirse para encontrar sus perlas escondidas. Escribir, recitar, narrar son un acervo compartido por varias comunidades desgarradas desde hace ocho décadas (la siria, la libanesa, de forma particularmente sádica la palestina) por la impunidad colonial del Estado de Israel.

«Nuestro trabajo es una forma de resistencia», explica el actor Saleh Bakri. «Consiste en contar historias con las que evitar el borrado: en nuestro caso, la historia y la narrativa palestinas han sido empujadas a un rincón sombrío por poderosos sistemas mediáticos controlados por el sionismo». Su padre, Mohammad Bakri, sufrió 20 años de censura y persecución judicial por un documental, Jenin, Jenin (2003), en el que contaba el ataque israelí a un campo de refugiados en Cisjordania. Ambos, padre e hijo, trabajan en Todo lo que fuimos, película que narra la azarosa historia de una familia palestina desde que es expulsada de su casa en Jaffa, en 1948, hasta la actualidad. Son ese padre y ese niño que hablan de poesía.

Delante y detrás de la cámara está la estadounidense Cherien Dabis, de padre palestino y madre jordana, incansable trabajadora contra los clichés –desde el orientalismo al terrorismo– con los que el audiovisual occidental suele representar el mundo árabe. Su acercamiento al drama palestino es igualmente inusual: hay, claro, sangre y dolor, pero el corazón de la denuncia es emocional. La familia sobrevive unida hasta que un incidente lo cambia todo. Un incidente que recuerda al que sufre Iliusha, el niño de Los hermanos Karamázov, cuando ve a su padre humillado en público. ¿Qué otra cosa podría hacer esta familia más que odiar? ¿Qué otra cosa podría exigir más que venganza? La respuesta de Cherien Dabis no es esa: «En tiempos excepcionalmente violentos como los actuales, todos deberíamos guiarnos por nuestra humanidad. Esa humanidad, en estos momentos, es también una forma de resistencia».

Todo lo que fuimos
Mohammad y Saleh Bakri, padre e hijo en la vida real y en la ficción en ‘Todo lo que fuimos’. KARMA FILMS

Si como decía Hernán Zin en estas mismas páginas «Palestina va a desaparecer», si el proyecto sionista de expulsión de los cisjordanos (cual Reyes Católicos) y exterminio de los gazatíes (aquí, por ley, no podemos usar el símil más preciso) se consuma, quedarán, contra el borrado, películas tan bellas y terribles como Todo lo que fuimos. Quedarán documentales como Jenin, Jenin. Quedarán, como una página negra de la historia, los crímenes imborrables de Israel. Y quedará la poesía.


‘Todo lo que fuimos’, de Cherien Dabis, se estrena en cines el 30 de abril.

Esta reseña se ha publicado originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para apoyar el periodismo independiente.

La entrada ‘Todo lo que fuimos’: la humanidad como arma de resistencia se publicó primero en lamarea.com.

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