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Umeak jaten dituen tunela Bizkaian (eta ez da Gargantua)
Aurreikuspenen arabera, 543 milioi euroko kostua izango du Getxotik Portugaletera eraiki nahi duten Tunel Subflubialak. Aldundiak berak onartu du gainera, tunel hori eraikitzeak %33 handituko duela auto pribatuaren erabilera. Eta hori guztia 3 minutu lehenago heltzeko, ez dakigu ondo nora.
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Arañas de Marte: Spin off 3: 1000 y 1 abejas con Juanjo Asensio
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Gasteiz rechaza la presencia del club de baloncesto sionista Hapoel
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Raihodorok, la vida a tiro de tanque (y 3)
Andrei, sexagenario y rusohablante, respira con dificultad. A sus espaldas se encuentra el río Donets, el cual acaba de cruzar, y no por un puente, que está derruido, sino por el hielo que lo recubre este invierno, terriblemente frío. Si no fuera por el atronador estruendo de la artillería pesada, parecería que estamos frente a un bucólico paisaje en el que solo se distingue una estrecha carretera atravesando un bosque repleto de nieve virgen. Sin embargo, tal y como explica Andrei, la realidad es bien distinta. “Hay drones que van y vienen todo el rato. Si te fijas, verás los hilos que dejan a su paso”, es lo único que alcanza a decir mientras empuja una vieja bicicleta de fabricación soviética. “Los hilos” a los que se refiere son los finísimos cables que utilizan los drones kamikaze controlados por fibra óptica. Estas pequeñas aeronaves vuelan libremente durante una docena o dos de kilómetros sin que ningún sistema de inhibición sea capaz de interferir en su ruta. De hecho, aquí, a orillas del río Donets, la situación es tan insostenible, que ni siquiera hay red antidrones, puesto que no hay civiles que proteger, tan solo soldados, que muy de cuando en cuando, y preferiblemente de noche, acuden a sus trincheras en un desplazamiento que, a estas alturas de la guerra, es más peligroso que la propia estancia en una pequeña fortificación de primera línea. Según recogen los reportes militares, más adelante de donde se encuentra Andrei, tras el río y después de un par de rectas inquietantemente vacías, se encuentran las posiciones rusas de esta guerra a ciegas, hecha de túneles, drones imperceptibles y cañones que cambian de posición por la noche, después de permanecer semanas semienterrados a la sombra de las coníferas.

El río Donets nace en Rusia y, después de pasar por las provincias ucranianas de Járkiv, Donetsk y Lugansk, regresa a ese país, en un viaje de ida y vuelta que bien podría interpretarse como una parábola de los encuentros y desencuentros que se vienen produciendo entre estos dos países hermanos. No obstante, en lo que ambos sí que están de acuerdo es que el término Donbás viene del acrónimo “cuenca del Donets”, una contracción lingüística que, afortunadamente, funciona tanto en ruso como ucraniano. Así pues, el lugar al que se dirige Andrei con su bicicleta es Raihodorok, la última población en manos de los ucranianos en este sector del Donbás que va de la ciudad de Sloviansk hacia el oriente del país a través de la carretera T0514.
En la actualidad, este pequeño asentamiento rural cuenta con una población de aproximadamente 400 habitantes, muy lejos de los 3.000 que llegó a tener antes del inicio de la invasión rusa. Fundado por un grupo de cosacos del Don que a principios del siglo XVIII comenzó a explotar los recursos salinos de la zona, Raihodorok sufrió inundaciones, cambió de ubicación y finalmente, ya a mediados del mismo siglo, fue colonizado por el Imperio ruso. Esta anexión territorial ocurrió en el marco de su expansión hacia las llamadas “llanuras salvajes”, término empleado en aquel entonces para referirse al escasamente habitado centro y este de lo que hoy es Ucrania. Durante este proceso, se fundaron fortificaciones, puertos y ciudades que hoy tienen gran relevancia, como es el caso de Odesa, Dnipro, Jersón o Kramatorsk. Posteriormente, con la llegada del siglo XIX y en pleno auge de la revolución industrial, los zares impulsaron la puesta en marcha de importantes minas y fábricas trayendo mano de obra de todo el Imperio y dando origen al próspero Donbás del siglo XX, motor económico de Ucrania en sus diferentes etapas, bien como república soviética, bien como Estado independiente. El cambio de paradigma que dio inicio al actual conflicto llegó en 2014 con la destitución violenta del presidente electo, Víktor Yanukóvich, natural de esta región rusófona. Desde entonces, quienes más han sufrido las consecuencias de esa ruptura han sido las gentes del Donbás, habitantes de dos provincias fronterizas (Donetsk y Lugansk) que albergan varias singularidades socioculturales y no responden al retrato de una sociedad monocolor descrita por Putin y Zelenski.
Para comprobarlo conviene echar la vista atrás y recuperar una de las poquísimas encuestas llevadas a cabo en la primavera de 2014, poco antes de que se consumara la fractura total del territorio. Mencionada en muy pocos medios y dirigida por el sociólogo, Volodymyr Kipen, miembro del Instituto de Investigación Social y Análisis Político de Donetsk (afín al orden de Kiev), el estudio concluía que en esa provincia existía un 5% que quería un Estado totalmente independiente de Ucrania y Rusia. Un 18,6% que no quería ningún cambio. Un 27% que quería formar parte de la Federación Rusa, y un 47% que deseaba una nueva relación con Kiev bajo un marco federal. En otras palabras: los ucranianos del Donbás, deseaban de forma abrumadora (en un 79%) algún tipo de amparo tras haber sido degradados a ciudadanos de segunda tras el golpe del Euromaidán (dos ejemplos: los grandes partidos a los que votaron fueron ilegalizados y la cooficialidad del ruso prohibida incluso a nivel local) siendo la continuidad en una Ucrania federal y no ultranacionalista, su opción más deseada (47%). Esto es, ni echarse a los brazos de Rusia (un 27%) ni aún menos, dar por buena la continuidad en la Ucrania pos-Maidán (solo un 18%).

Así las cosas, la violencia, naturalizada desde aquel decisivo 2014, se muestra hoy desafiante en medio de la plaza de Raihodorok, donde hay un potente misil ruso, modelo Grad, sin detonar. Está incrustado en el suelo, y dadas las condiciones de seguridad, aún no ha venido ningún artificiero para neutralizarlo. “La vida aquí es un estrés constante”, según explican Yelenia y su marido, propietarios de uno de los últimos cuatro negocios que, cubiertas sus paredes con listones de madera y sacos terreros, aún permanecen abiertos en la localidad. “Vivimos bombardeos permanentes, ataques de drones sin parar. La verdad es que es imposible acostumbrarse a esto. Sin embargo, de alguna forma, seguimos viviendo. ¿Por cuánto tiempo será posible? ¿Tendremos que irnos de aquí? No lo sabemos. Fíjate que un comercial que trabaja para nosotros vino de los territorios ocupados por Rusia y ahora quizás se tenga que marchar otra vez. Es muy difícil no saber qué va a pasar, qué será lo siguiente”, se lamentan.

Raihodorok es uno de esos asentamientos rurales que, al estar tan cerca de la primera línea, tiene tras de sí, y no delante, las posiciones de artillería pesada. Siendo así, cada cierto tiempo se distingue el colosal silbido de un obús lanzado por los potentes cañones Howitzer de las fuerzas armadas de Ucrania, el cual dibuja un largo arco sonoro que se corona con el lejano estallido en posiciones rusas. Igualmente, de cuando en cuando se escucha el fuego de llegada alrededor del río Donets, con un fragor lento y profundo. Según relata un soldado que ha salido a por comida, los rusos están a unos 6 kilómetros, en el bosque que se encuentra al otro lado del río y separa la población de Lyman (hoy mundialmente famosa por una fotografía viral en la que se la ve completamente cubierta por miles de cables de fibra óptica) y la aldea de Dibrova, igualmente desierta y solo operativa como trinchera para la lucha cuerpo a cuerpo. Preguntado por si hay tanques en su batallón (debido a la irrupción de un blindado en un camino adyacente), dice que no le está permitido dar detalles de su misión, pero según comenta, lo que sí hay son tanques rusos apuntando hacia este asentamiento. “Es natural que lo hagan porque somos la barrera a eliminar en su camino hacia Sloviansk y Kramatorsk”, explica.

En el único lugar de la aldea en el que despachan cafés, se encuentra Vladimir, un joven soldado de la 53.ª Brigada Mecanizada. Como tantos otros combatientes, pasa varias noches en una de las viviendas rurales que se encuentran diseminadas por la zona, acumulando fuerzas para la próxima incursión en primera línea. Con él lleva una potente escopeta de postas, “lo único verdaderamente efectivo para defenderte de los drones”, asegura, y acto seguido explica que el calibre 7,62mm de las balas que disparan los fusiles AK47 son muy poco efectivas si se compara con todos los perdigones que arroja una escopeta como la que lleva consigo en sus desplazamientos por esta aldea. “No se te ocurra ponerte a pasear por aquí. Los drones están por todas partes”, advierte, como ya lo han hecho antes todos y cada uno de los soldados que circulan por este solitario asentamiento. “Si te confías, estás muerto. Mira este vídeo. Es de hace unos meses. Venía en coche un amigo, ¡y pum!, en segundos un dron lo hizo saltar por los aires justo aquí donde estamos”. Y para despejar toda duda, reproduce un vídeo en el que la cámara de un dron ruso está viendo, precisamente, la misma esquina en la que está ahora sentado hablando. El dron se dirige a un coche que estaba aquí aparcado. El ocupante sale corriendo y, a duras penas, consigue salvar la vida al abandonar velozmente del vehículo dos segundos antes de que estalle. “¿Lo ves?”, inquiere. “Esto es diferente a todo lo de antes. La guerra ha cambiado para siempre”, advierte, al tiempo que da un sorbo a su café, y se pierde bajo las estrellas con su escopeta y otro soldado que ha venido a buscarle.
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Cuba: menos solidaridad, más socialismo
El 16 de marzo Donald Trump se refería a Cuba en el Despacho Oval: «Creo que tendré el honor de tomar Cuba. Eso sería estupendo. Es un gran honor. Puedo liberarla o tomarla, creo que puedo hacer lo que quiera. Son una nación muy debilitada ahora mismo”. Estas declaraciones no son sólo palabras al viento, producto de su proverbial verborragia, sino que forman parte de una escalada de amenazas directas que el presidente de los Estados Unidos de América (EE. UU.) viene lanzando contra el Gobierno socialista de Cuba en los últimos meses. Y, habida cuenta de cómo el autodenominado presidente de la paz ha iniciado el año, activando al máximo su Departamento de Guerra, con el secuestro del presidente de Venezuela y una guerra abierta contra Irán, no es nada descartable que las amenazas pasen de la retórica a los hechos.
Atacar a Cuba ahora serviría para desviar la atención de la previsible derrota estratégica a la que EE. UU. e Israel parecen dirigirse en Irán. Poder presentar alguna victoria frente a un país que constituye el principal escollo que ha tenido la política exterior estadounidense para la expansión hemisférica de sus intereses desde tiempos de la Guerra Fría, tendría una gran carga simbólica en términos ideológicos y geoestratégicos. Acabar con el socialismo en Cuba, sea con un cambio de régimen violento, o a través de una negociación que lleve al sometimiento de su dirigencia, como se ha hecho en Venezuela, se podría rentabilizar políticamente ante unas elecciones de medio término que se prevén adversas para los republicanos.
Desde el Gobierno de Cuba son conscientes de que, en el actual escenario geopolítico, con un EE. UU. que parece dispuesto a tirar por tierra la precaria hegemonía que todavía atesora como súperpotencia dominante en el sistema internacional, deben tomarse muy en serio las palabras de Trump. El presidente Miguel Díaz-Canel, quien anunció el pasado 13 de marzo que Cuba había iniciado conversaciones con EE. UU. dirigidas por él mismo, ha denunciado el aumento de las amenazas estadounidenses y afirmado que “cualquier agresor externo chocará con una resistencia inexpugnable”. La asfixia económica que vive la isla, a la que no ha llegado, en los últimos tres meses, ningún buque petrolero por órdenes de EE. UU., ha provocado que los dirigentes cubanos tengan que sentarse a conversar en una situación, interna y externa, muy distinta a la que permitió la normalización de relaciones entre Cuba y EE. UU. en 2015 con Barack Obama al frente de la Casa Blanca.
A la situación económica, ya de por sí precaria por tener que lidiar todavía con los estragos que dejó el Período Especial; las décadas de bloqueo económico; las acciones de la primera administración Trump revirtiendo el deshielo diplomático con Cuba, activando el título III de la Ley Helms-Burton e impidiendo de nuevo el incipiente turismo estadounidense hacia la isla; o el impacto de la pandemia en ese mismo sector turístico, fuente esencial en los ingresos del país; se suma ahora el quiebre de la relación con Venezuela, uno de sus principales proveedores de energía. Esto, junto a diversos problemas endógenos de gestión y de las características estructurales del modelo económico cubano, ha derivado en apagones constantes que han paralizado, en buena medida, la actividad del país.
La presión de Washington a diversos países afines en la región para que pusieran fin a sus acuerdos de cooperación médica con Cuba ha dado como resultado el fin de las brigadas médicas cubanas en Honduras, Guatemala, Paraguay, San Vicente y Las Granadinas, Bahamas, Antigua y Barbuda, Jamaica o Guyana, cerrando esta vía de entrada de divisas para el Estado cubano.
La activación de una solidaridad internacional insuficiente
Esta nueva fase de agresión a Cuba ha activado, como no podía ser menos, la solidaridad con la isla. Diversas iniciativas se han puesto en marcha desde los colectivos sociales y políticos que llevan décadas apoyando a la Revolución Cubana y denunciando el bloqueo frente a la falta de acción de los Estados, a pesar de su voto favorable en 33 resoluciones de condena a su existencia en la Asamblea General de la ONU. Algunos activistas ya han llegado a La Habana y está previsto que el 21 de marzo toda esta solidaridad, ideada inicialmente en forma de Flotilla que rompiera simbólicamente el cerco naval petrolero, confluya en un gran acto en el Malecón. El Nuestra América Convoy a Cuba es una campaña necesaria y meritoria, como todas las que hacen los denodados militantes de la solidaridad con Cuba, conformada en muchos países por cuadros comunistas que cargan en sus espaldas décadas de lucha en todos los frentes.
Atender la crítica situación económica que padece la población cubana, llevando alimentos, productos higiénicos, medicamentos o cualquier otra ayuda, parece una medida urgente en estos momentos. En estos últimos meses hemos visto, además, acciones del Gobierno de México enviando ayuda humanitaria, ante la prohibición de enviar petróleo por parte de EE. UU., a China enviando toneladas de arroz o a un expresidente mexicano como Andrés Manuel López Obrador que ha salido de su retiro para proponer una campaña de acopio de ayuda a Cuba.
Pero no hemos visto a ningún Estado capaz de confrontar las agresiones de EE. UU. desafiando sus amenazas, que parecen haberse convertido en órdenes mundiales que se acatan sin remedio. La extraterritorialidad con la que la súperpotencia impone desde hace décadas su voluntad al resto del mundo, sea con leyes, chantajes económicos o bombas, es preocupante y ahí deberíamos mirar. Esta geopolítica de la soledad cubana, como la definió Iramis Rosique, debería interpelar al mundo, máxime en esta fase de descomposición acelerada del orden internacional donde se abren posibilidades de construir otro tipo de relaciones entre países, y dentro de los países.
Las denuncias del presidente Pedro Sánchez sobre la guerra ilegal de EE. UU. e Israel en Irán, o su defensa enunciativa de Gaza, contrastan con su silencio ensordecedor sobre el recrudecimiento de la ofensiva de EE. UU. contra Cuba. A pesar de que Cuba fue la última colonia española en América Latina y el Caribe, un país con el que España siempre ha defendido tener estrechos vínculos históricos y culturales que trascendían las diferencias ideológicas, el presidente Sánchez no parece interesado en hablar alto y claro también en este tema.
De hecho, es lamentable que el actual Gobierno de España despache su relación con Cuba, justo en estos momentos, por la vía de la cooperación internacional, recibiendo hace un mes al canciller cubano para justificarlo después con un comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores donde se aclaraba que se trataba de una reunión “a petición de éste”, se mostraba preocupación por “la situación de las empresas españolas en el país” y ni siquiera se llamaba al bloqueo por su nombre sino que se usaba el término preferido por EE. UU.: “embargo”. Una posición asistencialista, por lo demás teñida de interés empresarial, que empaña el vínculo político.
Trascender la solidaridad y luchar por el socialismo
Sin duda, la solidaridad de los pueblos que suple lo que sus gobiernos no hacen conmueve y es imprescindible como medida de urgencia para Cuba. Pero la clase trabajadora y los pueblos organizados necesitamos otras vías de relación con el pueblo cubano que no pasen por una cooperación asimétrica en la que Cuba recibe un poco por lo mucho que ha aportado, en lo simbólico y en lo tangible, a las luchas de liberación del mundo y a nuestra inspiración revolucionaria.
Por eso, la mejor manera de ayudar a Cuba es haciendo que el socialismo sea el modelo político que guíe también nuestros respectivos territorios. Puede sonar muy utópico o aparecer muy distante en el horizonte de posibilidad, pero es la única manera de no relegar a los cubanos, ni a ningún pueblo que ose desafiar a EE. UU., a este aislamiento de facto que facilita el hostigamiento colectivo por haber decidido autodeterminarse fuera de la lógica del capitalismo.
Para ello, quizás podríamos empezar dando pequeños pasos. Por ejemplo, realizando un ejercicio más sencillo que pasa por no negar la legitimidad del sistema político cubano, tildándolo de “régimen” o de “dictadura”. Eso nos llevaría a tener perspectiva histórica y entender que el socialismo fue el que permitió que una pequeña nación insular, periférica y dependiente, pudiera desarrollarse económicamente logrando niveles de vida para el conjunto de su población, inimaginables para sus vecinos del Caribe. Una situación que cambió con el fin de la Unión Soviética y el bloque socialista, contrapeso geopolítico que sirvió para equilibrar el poder en el sistema internacional, pero también para abrir espacios a que los pueblos del mundo pudieran luchar con el respaldo de un Estado que –no sin contradicciones o sin ejercer su propia represión– fue un ejemplo de cómo enfrentar al imperialismo estadounidense, el colonialismo y la voracidad capitalista.
En definitiva, nuestra primera tarea es entender que Cuba no ha llegado a este punto crítico por el “fracaso del socialismo” sino, más bien, por todo lo contrario, porque falta más socialismo en el mundo que arrope a Cuba en su lucha, que es la de todas.
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Reserva Natural del Mar de Ontígola (informe del año 2026)
Figura de protección del humedal: Red Natura 2000
Según Decreto 68/1994 de la Comunidad de Madrid se declara Reserva Natural el espacio Regajal-Mar de Ontígola que abarca una superficie de 635 hectáreas y se aprueba su Plan de Ordenación de los Recursos Naturales (PORN), revisado por Decreto 143/2002, que resulta ser el instrumento principal de gestión.
El ámbito forma parte de la Red Natura 2000 UE, dentro de la Zona de Especial Protección para las Aves ZEPA – Carrizales y Sotos de Aranjuez ZEC ES0000119.
Soporta una enorme huella ambiental por las grandes infraestructuras que la atraviesan, incluido el túnel del AVE que durante su construcción hundió puntos del terreno de la Red Natura siendo reconstruido a cielo abierto (denuncia ante Fiscalía Ambiental por el grupo ecologista).
El valor más destacable de la Reserva lo constituye su población de lepidópteros donde se han descrito cerca de 350 especies.
Reseña histórica
El Mar de Ontígola es un embalse artificial que ocupa una extensión aproximada de 13 hectáreas, construido en el siglo XVI durante el reinado de Felipe II, para facilitar agua a presión sobre las fuentes de los Jardines de Aranjuez.
En su construcción participaron los mejores arquitectos del momento como Juan Bautista de Toledo al inicio (1568) y Juan de Herrera lo finalizó en 1572 (autores a su vez, del Palacio Real de Aranjuez, los Sotos Históricos y monasterio de El Escorial). Sus innovaciones son el precedente de las modernas presas con contrafuertes en la península ibérica.
La infraestructura fue mucho más que un alarde de ingeniería renovadora de la época según los principios de la técnica hidráulica conocida, otorgando altos valores al medio natural e importante sentido estético de la obra. La construcción del dique está formada por sillares calizos en piedra de Colmenar de Oreja al frente, mampostería en su parte central y nuevamente sillería y contrafuertes aguas abajo, ubicando dos aliviaderos en sus estribos laterales y uno central.
Su base está formada por amplia plataforma en piedra caliza. Las dimensiones del muro son: de largo 80 m, altura máxima 8 m y anchura (incluido contrafuerte) 13 m.
En 1735 (s. XVIII) unos 100 m aguas abajo de la presa se construye un pequeño estanque llamado Mar Chico, al objeto de distribuir el agua embalsada hacia las fuentes monumentales, calles y huertas del municipio.
Medio físico
Se encuentra dentro del dominio geológico fosa tectónica del Tajo, sobre un sustrato de margas, arcillas y yesos. El agua salobre lo toma del arroyo de Ontígola que presenta alta concentración en sales, consecuencia del terreno donde discurre formado por sulfato, carbonatos y cloruros.
Posee una riqueza fáustica y botánica significativa, considerado uno de los espacios entomológicos más importantes de Europa. Su característica flora y vegetación es fundamental para el mantenimiento de lepidópteros. A lo largo de los años el entorno de la laguna se ha rodeado de un importante ecosistema natural, formando un humedal valioso tanto por su reconocido patrimonio histórico, riqueza del paisaje y valor ecológico refugio de biodiversidad.
En el interior del humedal varias especies están protegidas por su rareza y singularidad, algunas son endemismos (aislamiento en un territorio concreto). Destaca la vegetación palustre compuesta por carrizo, espadaña, juncos y retazos de zarzas y cañas (Arundo donax) especie exótica a eliminar.
Los cerros están poblados de arbustos adaptados a la sequedad del suelo y carácter Gypsófilo (ricos en yesos), como albardín, jabuna, atocha (esparto), jarilla de escamas, tomillo aceitunero, romero, etc. A lo largo de la senda encontramos taray, retama y cobertura en ambos lados de una planta gris plateada, hoja blanquecina, gran porte y típica de suelos salinos, la orzaga (Atriplex halimus).
Entre las mariposas podemos destacar Zeryntia rumina, Plebejus hespericus o la grande y refinada Papilio machaon con sus preciosas alas. Otro motivo de protección del ecosistema lagunar reside en su carácter de refugio y alimento para gran número de especies de aves en su ruta migratoria o residentes con carácter permanente.
Muchas especies de aves acuáticas ligadas a medios palustres que podemos observar asiduamente en el humedal serian el carricero común, zorzal, zampullín, ánade real, porrón común, polla de agua, el espectacular somormujo lavanco gran buceador en busca de peces con moño negro sobre la cabeza y elegante silueta, últimamente se avista mucho cormorán grande, siendo el aguilucho lagunero el ave más emblemática del espacio por anidar entre la vegetación palustre y resultar fácil su observación. Esta rapaz se encuentra protegida en el catálogo de Especies Amenazadas de la CAM como “sensible a la alteración de su hábitat”.
Entre las estivales destacan el avetorillo, la garza real, el martinete y con la llegada del frío procedentes del norte de Europa abundan la focha común, cerceta, pato cuchara o el avetoro común.
Sobre la población piscícola señalar varias especies de ciprínidos. De anfibios destacar el gallipato como endemismo ibérico. Reptiles encontramos la culebra de agua y escalera u ocasionalmente lagarto ocelado. Finalmente, entre los mamíferos estaría el conejo, erizo común, zorros y abunda el jabalí.
Intervención humana
El aprovechamiento tradicional ganadero ha desaparecido y ello provoca cambios importantes en el funcionamiento del ecosistema, perjudicando las poblaciones de algunas mariposas por alteración de sus plantas nutricias.
En el pasado siglo se cegaron los tres aliviaderos históricos originales de la presa construidos en piedra, disponiendo uno nuevo a principios de los noventa con doble tubo y ladrillo sin rematar, auténtica deriva en la estética contemporánea.
En julio/2005 la Confederación Hidrográfica del Tajo CHT, llevó a cabo una intervención desastrosa sobre el dique en el marco de un proyecto de rehabilitación, consistente en canalizar mediante una enorme tubería las aguas del aliviadero por debajo de la vía del tren hasta el río Tajo, en previsión del supuesto diluvio local.
El proyecto preliminar consistió en realizar múltiples sondeos sobre la superficie de coronación del muro, rebaja en la cota del mismo (30-40 cm con finalidad desconocida) y apeo de tierras esparcidas aguas abajo, construyendo de facto una rampa aprovechando un contrafuerte, Tal decisión provocó serios destrozos en el monumento hidráulico.
La consecuencia de tan siniestra intervención fueron filtraciones y vías de agua en su coronación que indujeron al poco la expansión incontrolada de vegetación.
¿Resulta justificable proceder de forma tan mezquina sobre un elemento notable del patrimonio histórico arquitectónico de Aranjuez? ¿Denunciaron entonces los hechos, el gobierno municipal y resto de Corporación?
Siendo realistas y pensando muy mal, daremos con la justificación de la intervención.
En 2008 el grupo ecologista denuncio ante la CAM. los vertidos que soporto el embalse durante un tiempo, por efluvios de aguas negras provenientes de la estación depuradora de Ocaña (EDAR) derramando al arroyo de Ontígola sus aguas sin apenas tratamiento. Dicha contaminación con notable carga nitrogenada, supuso un caldo de cultivo importante para el avance del invasivo carrizal.
Un pavoroso incendio en julio/2022 ocasiono un auténtico desastre ambiental afectando al 44% de la Reserva Natural incluido el Mar de Ontígola que resultó seriamente dañado en su cobertura vegetal, afortunadamente las especies leñosas se recuperan lentamente no así los pies arbolados.
En cuanto a la tarea de extinción, induce a pensar en la tardanza de los medios operativos puestos a disposición, permitiendo que el fuego campara sin control por el espacio protegido. Resulta sorprendente constatar el ineficaz cortafuego de la antigua autovía de entrada sur a la ciudad con amplia calzada, permitiendo que el frente de llamas saltara desde el Regajal hasta el Mar de Ontígola, para al día siguiente, volver el fuego a saltar la carretera, pero a la inversa por otro punto.
Dicho comportamiento del siniestro tan sorprendente como real, evidencia un claro comportamiento negligente de la jefatura operativa, cuya responsabilidad corresponde a la Comunidad de Madrid.
Panorama actual
Continúan los aportes de origen antrópico y difuso al vaso de la laguna que deben controlarse con analítica constante, caso de no poner freno provocara lenta pero inexorable (como estamos viendo) contaminación difusa y el colapso de la menguada lámina de agua, con serio perjuicio al ecosistema lagunar sobre la fauna acuática, especialmente perjudicadas saldrán las aves que viven, se alimentan de peces, anidan en su interior o buscan refugio, por la facilidad de acceder sus depredadores.
El elevado interés geológico, ecológico y cultural de la laguna está seriamente comprometido por la modificación espacial constante del humedal, colmatado con sedimentación de limos, lodos y tierras de escorrentía. Basta con hacer una comparación
de ortofotos aéreas en diferentes periodos, para contrastar el avance del carrizal sobre áreas antaño inundadas.
El importante patrimonio histórico, cultural, arquitectónico y paisajístico del muro, se encuentra sin apenas visibilidad por exceso de vegetación y eliminación de aliviaderos originales. A falta de soluciones prácticas en restaurar el ecosistema, en poco tiempo seremos cómplices de su pérdida de biodiversidad, convertido en un carrizal similar a la Reserva Natural de Villamejor.
Mucho más afectado por la degradación imperante del lugar, se encuentra el estanque del Mar Chico, sucio, abandonado, roto y agua estancada. El ultimo dragado de limpieza fue realizado en 1986.
La senda que conduce al mirador (junto a la vía del tren), se encuentra mermada con peligro de resbalar por un rodal de cañas (se quemó en el incendio, pero rebrota con fuerza), debiendo ser eliminada de raíz en cumplimiento de la legalidad.
Los paneles informativos para conocimiento y disfrute del espacio natural, se hayan desaparecidos, a pesar del presupuesto anual que la CM destina a la conservación y mantenimiento (un suponer), de los humedales en la región.
El Plenario municipal aprobó por “unanimidad” (marzo 2025) la renuncia a la cesión gratuita de la finca rústica Mar de Ontígola – Mar Chico, cedidas por el Estado en 1997 para riego de los jardines, acorde a la cláusula de si no cumplían dicha finalidad, podrían revertirse a su legítimo propietario.
La propuesta continua con el contubernio habitual (dialogo de merluzos) de reversión de la finca iniciado en 2012, que, Patrimonio del Estado desestima permanentemente. Ante dicha situación, el gobierno municipal inicio un contencioso-administrativo cuya sentencia en 2024 desestimo la demanda, actualmente y marginando los costes judiciales, el caso se encuentra ante el Tribunal Supremo.
Desde el grupo ecologista tenemos bastante claro la responsabilidad de la administración estatal en gestionar el dominio público hidráulico DPH (humedal), correspondiendo a la administración regional y local conservar el entorno.
Un monumento en la Lista Roja de Hispania Nostra desde marzo de 2015
Hispania Nostra es una asociación sin ánimo de lucro, declarada de utilidad pública, que trabaja desde 1976 en la defensa, promoción y puesta en valor del patrimonio cultural y natural, al que considera como vector de desarrollo social y económico.
Tiene como objetivo promover la participación social en las actividades de protección, conservación, difusión y disfrute por los ciudadanos de su herencia cultural y natural.
SOLUCIONES
- Dragado amplio y urgente de la laguna, hasta donde consideren los técnicos cualificados y apeo de materia extraída a vertedero. Procurando todas las prevenciones necesarias sobre la fauna y minimizando daños.
- Análisis y control físico-químico periódico, de la calidad de las aguas que fluyen por el arroyo de Ontígola y vierten en la laguna, para controlar el origen
- evitando, sobre todo, la proliferación de sustancias contaminantes, fangos y demás, como consecuencia de vertidos sin depurar o ilegales.
- Restauración arquitectónica del muro o dique, para recuperar sus altos valores, patrimoniales, históricos, estéticos y paisajísticos, así como, restaurar y utilizar sus aliviaderos y compuertas originales.
- Restauración del Mar Chico por el mismo interés citado en el párrafo anterior, recuperando la cacera histórica que partía del aliviadero situado en el estribo derecho del Mar de Ontígola y discurre paralelo al camino principal.
- Reposición, mejora y actualización de todos los paneles informativos ubicados en el espacio protegido, con vigilancia periódica de policía local y guardería forestal de la CM, para reducir daños vandálicos. Debería promocionarse el ecoturismo ornitológico y cultural como estrategia de gestión socioeconómica.
- Control y eliminación en su caso cumpliendo con la normativa ambiental, de las especies exóticas invasoras por la Comunidad de Madrid con apoyo del Ayuntamiento, al ser las administraciones responsables en su gestión y conservación, así como, tareas de limpieza y repoblación de plantas nutricias, para la fauna de lepidópteros.
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Sumy, la guerra que no lleva a ninguna parte (2)
«Esta guerra no se acaba», afirma uno de los soldados de la patrulla que recorre a pie el norte de Stetskivka, una de las últimas aldeas en manos ucranianas antes de llegar a la línea de contacto con los militares rusos. «Pero hay que lucharla, aunque es difícil combatir contra los drones, que aquí están por todas partes», asegura señalando la gran cantidad de vehículos calcinados que se encuentran desperdigados por el centro de este asentamiento rural en el que apenas se ve un alma y desde el cual se dispara con artillería pesada a las posiciones rusas. «Y por si fuera poco –añade uno de sus compañeros– la Federación Rusa está como a 10 minutos en coche, por lo que este frente de Sumy es particularmente peligroso».
Cuando Rusia invadió Ucrania el 24 de febrero del 2022, la provincia de Sumy, situada en el noreste del país, fue uno de los primeros territorios en los que se produjeron combates entre ocupantes y ocupados. Tras varias semanas de lucha, las fuerzas ucranianas consiguieron expulsar a las fuerzas rusas, las cuales, en un repliegue estratégico, regresaron por donde vinieron al otro lado de la frontera. Así las cosas, a partir del 11 de abril del 2022, los habitantes de la ciudad y provincia de Sumy se sobrepusieron hasta alcanzar una relativa calma, al menos si se compara con lo vivido desde entonces en otras regiones que también hacen frontera con Rusia.
Sin embargo, todo cambió radicalmente cuando el 6 de agosto de2024, el ejército ucraniano comenzó una inesperada invasión de Rusia. El punto por donde se dio inicio a esta gran operación militar fue precisamente la provincia de Sumy. Según explicaron las propias autoridades al mando, una de sus motivaciones era conquistar territorio ruso de cara a una deseada negociación con el Kremlin. Este plan suponía un giro de 180 grados a todo lo dicho hasta entonces por Volodímir Zelenski, quien llevaba más de dos años jugando la baza de la victoria total e incluso criminalizando toda idea de pacto o negociación con la potencia ocupante. Esa política quedó materializada en el Decreto presidencial 679, que Zelenski interpuso el 30 de septiembre del 2022 para bloquear cualquier negociación con el Gobierno de Vladímir Putin. Tras haberse iniciado varias rondas de negociaciones en Suiza y los Emiratos Árabes Unidos, resulta obvio que aquel decreto presidencial es hoy papel mojado.
Lejos del calor de los Emiratos y el confort de la hospitalidad suiza, los escasos habitantes que aún permanecen en aldeas del frente de Sumy, como esta de Stetskivka (5.500 habitantes antes de la guerra), salen de casa lo justo para aprovisionarse, y preferiblemente cuando alguna patrulla a pie se encuentra en la zona con sus escopetas de postas apuntando hacia las alturas. «En realidad, lo que más preocupa a la gente en este momento es el clima. A la guerra estamos acostumbrados ya, pero es que Sumy es una de las provincias más frías de todo el país, y este invierno está siendo particularmente duro. No solo por las temperaturas, sino también por los ataques rusos al suministro energético», afirma Lesia, una mujer de mediana edad que se ha arriesgado a salir de casa para realizar unas compras en la capital de la provincia, que también se llama Sumy y tenía 256.000 habitantes antes de la invasión rusa.
Con temperaturas que durante la noche alcanzan los 24 grados bajo cero, sin calefacción y con cortes de electricidad frecuentes, es natural que aquí el frío sea una amenaza tan real como la propia metralla incandescente que azota al pueblo. «Así que, si quieres ponerte a resguardo un rato y ver dónde vivo con mi madre, puedes venir a nuestra casa», se ofrece apresuradamente para evitar pasar mucho tiempo a cielo abierto y ser pasto de las ráfagas heladas del Burán (un viento estepario típico de la región) y de la atenta mirada de los drones, «que ataquen o no, lo ven todo desde las alturas porque siempre están volando sobre nosotros», advierte Lesia mirando al cielo.
El trayecto hasta su vivienda es un rosario de motos de cuatro ruedas calcinadas, furgonetas destrozadas y edificios dañados por unos drones que han atacado recientemente y de los cuales es posible ver sus componentes sin que aún los haya cubierto la nieve. «La guerra nos golpea a diario», señala mientras camina hasta una casita de adobe verdaderamente modesta. En el interior de la vivienda, que es un espacio abierto con cama, mesa y fogón, se encuentra un amigo de la familia, Ivan, quien ha dejado el Ejército hace poco, tras cuatro años de servicio por todo el país. La madre de Lesia, Olga, hierve unas empanadas rellenas de cerdo y ofrece una sopa de borsch; Ivan, por su parte, saca una botella de vodka.

Tanto por la gastronomía, como por el paisaje, la arquitectura, historia e idioma, salta a la vista todo aquello que tienen en común con sus vecinos rusos. Sin embargo, ni Lesia ni Ivan quieren saber nada sobre una reconciliación con los muchos familiares y conocidos que tienen al otro lado de la frontera. «¿Cómo podemos seguir siendo amigos con todo lo que nos han hecho?», se pregunta Lesia. «Con los rusos, ¡nunca más!», exclama Ivan. Sin embargo, Olga, la madre, tiene una visión más crítica de lo sucedido en Ucrania a raíz de las revueltas del llamado Euromaidán, pero prefiere no hablar, y menos aún con un desconocido. «Es que hay espías por todas partes –denuncia Lesia–. Una ya no sabe de quien fiarse… Antes todo era mejor, no había los problemas de ahora. Yo era profesora de inglés en esta aldea. Teníamos 330 niños. Ahora apenas queda ninguno. Los han evacuado, pero nosotros nos quedaremos aquí hasta que nuestros soldados expulsen a los rusos al otro lado de la frontera», asegura convencida.

La «aventura de Kursk», tal y como se refieren algunos medios de Kiev a la invasión de Rusia iniciada por el ejército ucraniano desde esta región de Sumy el 6 de agosto de 2024, tuvo tres objetivos fundamentales. El primero y más importante, ganar territorio para ser intercambiado en una negociación. El segundo, mermar la capacidad ofensiva de Rusia en el Donbás. Y el tercero y último, dar la imagen de una Ucrania victoriosa en un momento en el que se constataba la pérdida definitiva de amplios territorios a manos de fuerzas rusas. En las primeras semanas, esta operación, casi propagandística, funcionó. Rusia no solo fue militarmente humillada, sino que fue invadida por primera vez desde que lo hicieran las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, la euforia de Zelenski y su gobierno duró muy poco. Un mes y medio después, ya en septiembre, el ejército ruso no solo contuvo el avance ucraniano, sino que con la ayuda de las fuerzas norcoreanas desplegadas en su territorio para frenar la invasión (existía ya en vigor un tratado de cooperación militar ruso-norcoreano) fue capaz de aniquilar a las tropas ucranianas con una efectividad desconocida hasta la fecha. No por casualidad, las pérdidas humanas de los ucranianos en esa operación, calificada como «película de terror», «catastrófica» y «de pánico» por muchos supervivientes que tras su retirada hablaron con medios como BBC, es un tabú para el gobierno de Zelenski, quien no reconoce el gran número de bajas sufrido entonces, pero estima en 50.000 las muertes del bando ruso a lo largo de su incursión transfronteriza. Por ende, en marzo de 2025, Ucrania ya no tenía en su poder ni un solo metro de los 1.300 kilómetros cuadrados (el 0,0076% de toda la Federación Rusa) que había tomado medio año antes.
Si bien, tal y como ha demostrado la historia, la idea de invadir Rusia, el país más grande del mundo, es en sí misma un despropósito –«Y una vez crucemos, ¿cuál es el objetivo?», llegó a decirle a Zelenski el depuesto comandante en jefe de las fuerzas armadas, Valerii Zaluzhny–, hacerlo cuando ya se sabía que se estaba perdiendo la guerra supone una quimera aún más desacertada en opinión de muchos analistas militares que a través de revistas e instituciones, publican informes en la red. Asimismo, fuentes consultadas por medios influyentes como Politico o el New York Times, calificaron la invasión de Kursk de, «apuesta innecesaria», puesto que la operación no solo supuso el sacrificio inútil de miles de vidas (cuando el coste humano de la guerra ya era bárbaro), sino que pudo servir para justificar aún más la «operación especial» en Ucrania, dado que a ojos del Kremlin, la invasión demostraba la necesidad de poner límites a la capacidad militar de sus vecinos proatlantistas. Tanto fue así que, tras la «aventura del Kursk», los alistamientos se incrementaron dentro de Rusia y Putin reforzó su imagen, debilitada en aquel entonces por el estancamiento de su criminal guerra contra Ucrania. Por si fuera poco, a partir del otoño de 2024 el ejército ruso aceleró su avance no solo en el Donbás, sino en otras regiones como la de Járkiv, Zaporiyia o Dnipropetrovsk, donde ni siquiera tenía antes presencia. Pese a todo, y en una clara huida hacia adelante, en abril del pasado año Zelenski dio por zanjado el asunto con un lacónico «la misión ya se ha cumplido».
Hoy, el frente de Sumy en el que viven civiles como Ivan, Lesia u Olga, es producto de la aventura de Kursk –lo que aquí llaman el efecto boomerang– puesto que Rusia ocupa, a lo largo de la frontera, más de una docena de poblaciones ucranianas, so pretexto de mantener una zona de amortiguamiento que evite nuevas incursiones de los de Kiev en su territorio. Según cuenta Oleg, un miembro de la defensa territorial que regresa de permiso a casa tras pasar varios meses en primera línea, «la situación es complicada. Hemos pasado meses muy malos con ataques muy fuertes y algunos avances del enemigo, pero tenemos la moral alta, han venido refuerzos y podremos contenerlos antes de que se acerquen más hacia Sumy ciudad».
Precisamente en la ciudad de Sumy, desde la cual se escucha día y noche el eco lejano de los combates, se está celebrando el funeral de un soldado caído en la incursión de Kursk. Su nombre era Yurii Toloka, de 33 años, y sus restos han llegado a la catedral de Sviato-Voskresenskyi en un ataúd escoltado por media docena de uniformados. Su madre y su hermana lloran desconsoladas sobre el féretro que se ha cubierto con una bandera de Ucrania. Según relatan, el cuerpo les ha sido entregado ahora, pero su muerte se produjo hace tiempo en Sudzha, la población rusa más importante (5.100 habitantes) que las fuerzas ucranianas tomaron durante su invasión de Rusia. «Aún hoy nos llegan cuerpos y prisioneros producto de los intercambios que realizan rusos y ucranianos», explica Nikolai Mefodiy, arzobispo de Sumy presente en el templo. Preguntado por cuántos oficios realizan a la semana, o cuántos cuerpos se entierran al mes, elude la cuestión para no entrar en contradicción con aquello que puedan decir, o callar, las fuentes gubernamentales, quienes hasta la fecha solo admiten la muerte de 55.000 soldados y la desaparición de otros 90.000 personas, casi todos militares, según ha declarado recientemente el comisario del Estado ucraniano para los Desaparecidos en Circunstancias Especiales, Artur Dobroserdov. En suma, se admitirían implícitamente alrededor de 145.000 uniformados muertos, aunque medios occidentales, como el servicio público de radio y televisión del Reino Unido, afirman que la cifra podría alcanzar los 200.000 ucranianos caídos en acto de servicio.

Cualesquiera que sean las cifras reales, en frentes algo olvidados como el de Sumy –donde las acciones armadas de rusos y ucranianos se han caracterizado por su carácter errático–, el fin de la guerra, con sus consecuencias y detalles, parece aún lejano. La provincia sigue sufriendo bombardeos atroces, como el que costó la vida a 30 personas en abril del pasado año, y los drones continúan haciendo estragos allí donde menos se les espera, incluyendo las incursiones que estas aeronaves hacen en territorio ruso, donde las fuerzas armadas de Ucrania también asesinan deliberadamente a civiles.
Para vecinos de Sumy, como el transportista Dima, los drones generan un tipo de inquietud nueva. Según explica, la posibilidad de ser visto y elegido como objetivo por parte de un operador que te está observando en tiempo real a través de un monitor, se vuelve algo mucho más personal que la muerte por fuego de artillería lanzado al azar. «Además, los nuevos drones FPV [con visión en primera persona] tienen un cable finísimo de fibra óptica y recorren 20 kilómetros o más. Nada puede detenerlos, más allá de una escopeta, y sólo si se dispara cerca», asegura.

A escasa distancia de aquí, durante la invasión de Kursk, fue cuando los rusos comenzaron a desarrollar tecnológicamente estos drones por fibra óptica como método de ataque frecuente y masivo. Las fuerzas ucranianas, que solo contaban con medios para causar interferencias en los drones que eran pilotados a través de emisoras de radiofrecuencia, sufrieron cientos de ataques que apenas pudieron detener. Expertos militares aseguran que esta novedosa forma de hacer volar los drones fue una de las causas de su desastre en territorio ruso. Un año y medio después, este método de lucha se ha convertido en uno de los estándares más letales para todo aquel, soldado o civil, que se mueva, no solo en primera línea, sino en espacios de la retaguardia que hasta hace poco se consideraban relativamente seguros. Valga como ejemplo el ataque de un dron ruso ocurrido al norte de Sumy el pasado 21 de febrero. En él murieron cuatro personas: los dos trabajadores de la ambulancia y los dos jóvenes que estaban siendo evacuados, lejos de la línea de fuego en la que combaten los soldados.
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La guerra contra Irán y el derecho a la legítima defensa
Estados Unidos de América (EE. UU.) e Israel han vuelto a bombardear Irán y, con ello, se ha desatado una guerra abierta en Asia Occidental. La respuesta defensiva de Irán, atacando la ciudad de Tel Aviv pero también las bases militares y embajadas de EE. UU. en varios países de la zona e, incluso, en Chipre, ha sorprendido a Donald Trump, según sus propias palabras. Los analistas debaten si la apertura de este nuevo frente bélico, de consecuencias imprevisibles, ha sido un error estratégico para EE. UU. o bien se trata de un escenario calculado por Washington. En el Congreso de EE. UU. el debate es, además, si lo que ha iniciado el Gobierno Trump este 28 de febrero puede ser definido como guerra y si el país se encuentra, nuevamente, ante una agresión contra un país extranjero sin el necesario aval del poder legislativo.
Mientras llegan los poderes de guerra que respaldarían legalmente los ataques del Gobierno estadounidense, el conflicto se expande en Asia Occidental y las acciones y víctimas mortales se multiplican con el paso de los días. Irán ya ha declarado que está preparado para una guerra prolongada; Hizbulá ha entrado a la contienda en Líbano, mientras el Gobierno de ese país permite la entrada de tropas israelíes; en Bahréin, la mayoría chií, gobernada por una monarquía suní, se suma a las protestas contra los ataques a Irán; y las manifestaciones de población musulmana frente a embajadas de EE. UU. se suceden en distintos países asiáticos, como Pakistán.
Por su parte, la Unión Europea (UE) sigue demostrando su doble rasero moral y su voluntad de profundizar su sometimiento geopolítico a EE. UU. Incapaces de condenar el asesinato de EE. UU. e Israel a casi 200 niñas en una escuela de Minab y a otros cientos de iraníes, incluido el líder supremo Alí Jamenei, la UE de Ursula Von der Leyen y Kaja Kallas cierra filas con sus aliados occidentales a la vez condena el derecho a la legítima defensa que ejerce Irán ante este crimen de agresión, amparándose en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas.
En paralelo, Francia, Alemania y el Reino Unido, el bloque conocido como E3, ha dado un paso al frente y, en una declaración conjunta del 1 de marzo, se muestra dispuesto a facilitar “acciones defensivas necesarias y proporcionadas para destruir la capacidad de Irán de disparar misiles y drones” proponiéndose “colaborar con Estados Unidos y sus aliados en la región en este asunto”. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha abundado en esta idea de cooperación con los aliados, a pesar de condenar el ataque fuera del marco legal de EE. UU. e Israel, y ha puesto nuevamente a disposición de Europa la capacidad de disuasión nuclear de Francia.
En este contexto de belicismo rampante, emerge en Europa la voz discordante de Pedro Sánchez, quien se ha mostrado contrario a que EE. UU. pueda usar sus bases militares en territorio español para los ataques a Irán, lo que ha provocado una nueva escalada declaratoria de Trump contra el Gobierno español. Más allá de la distancia que puede mediar entre las declaraciones del presidente español y los hechos de la realpolitik, como ha demostrado el caso del comercio de armas con Israel, Pedro Sánchez está usando hábilmente su confrontación con Trump.
Oponerse a la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán, quienes representan el liderazgo de la ultraderecha mundial y simbolizan la demolición del Derecho Internacional, para construir un perfil antagónico, basado en la defensa del Derecho Internacional y de los derechos humanos, le otorga a Sánchez una gran proyección internacional. Rescatar, además, el lema que en 2003 movilizó al 90% de la población española contra la guerra de Irak, “No a la guerra”, le puede dar réditos electorales en la política interna.
Nuevos escenarios, viejas excusas
Es inevitable pensar en la guerra de Irak estos días, en la invasión a Afganistán iniciada en 2001 y en el punto de inflexión que supuso la guerra contra el terror global que desató EE. UU. con la excusa de los atentados del 11 de septiembre. Guerras que sentaron las bases de un nuevo momento de unilateralidad fuera de la ley internacional, y sin justificaciones humanitarias, en la política exterior estadounidense. Sin embargo, el punto de inflexión no fue sólo exterior. En el plano doméstico, este nuevo momento conllevó la aprobación de la Ley Patriota, que consagró un estado de excepción de facto al permitir el control masivo en aras de la lucha contra el terrorismo, así como el aumento de los niveles de represión a la disidencia interna.
Las declaraciones de Donald Trump y Marco Rubio para justificar la ofensiva del pasado sábado 28 de febrero han ido variando a lo largo de los días. De reconocer abiertamente la búsqueda del cambio de régimen en Irán, se ha pasado a hablar del objetivo de destruir la “amenaza de los misiles balísticos de corto alcance” y de los “activos navales” del país, presionado por Israel (otras fuentes mencionan las presiones de Arabia Saudí). La imposibilidad de dar un argumento convincente que permita justificar un ataque a un país con el que se estaba sentado en la mesa de negociaciones, a punto de obtener un acuerdo sobre el programa nuclear iraní mucho mejor que el firmado por Barak Obama en 2015, es notoria. Parece que EE. UU. y sus aliados querían evitar ese escenario de distensión con Irán.
De hecho, el pre-emptive attack esgrimido en el primer comunicado de Israel, traducido como “ataque preventivo” en español, fue la misma lógica doctrinal que EE. UU. usó en Afganistán. Pero la falta de originalidad en los paralelismos no acaba ahí. Estos días vuelve a posicionarse la idea de que Irán tendría armas nucleares, a pesar de la supuesta erradicación del programa nuclear iraní anunciada por Donald Trump tras los bombardeos estadounidenses de junio de 2025. Una excusa que recuerda al argumento de las inexistentes armas de destrucción masiva de Saddam Hussein que se usó, junto con el pretexto de la democratización, para defender la guerra ilegal del EE. UU. de George W. Bush contra Irak.
La supuesta voluntad de democratización de entonces planea también en quienes utilizan las vulneraciones a los derechos humanos, y en concreto de los derechos de las mujeres, para respaldar, desde una elástica moralidad, las actuaciones imperialistas que pretenden salvar a los pueblos del mundo a base de bombas. La instrumentalización de la legítima lucha de las mujeres iraníes por ganar espacios de mayor autodeterminación es especialmente obscena entre la ultraderecha que sigue a rajatabla el guion de un feminacionalismo claramente islamófobo. Una ultraderecha que, además, suspendería cualquier análisis comparativo sobre los derechos efectivos de las mujeres en distintos países de la zona.
Si alguien a estas alturas cree que EE. UU., o el ente genocida de Israel, tienen algún tipo de interés en defender a las mujeres musulmanas, promover los regímenes democráticos o salvaguardar los derechos humanos, sólo tiene que preguntarse por qué EE. UU. no bombardea Arabia Saudí y encontrará la respuesta. Pero también puede mirar adentro de sus fronteras y ver cómo EE. UU. responde a los ciudadanos estadounidenses que se manifiestan en contra del ICE, o cómo Israel trata a los palestinos israelíes, por no hablar de los que habitan en Gaza o Cisjordania.
Ni las mujeres iraníes necesitan ser salvadas por Occidente ni el mundo en su conjunto puede sostener ya más hipocresía por parte de quienes se erigen en faro moral de la humanidad cuando cargan en sus espaldas la responsabilidad por algunos de los crímenes más abyectos que se hayan cometido, en el pasado, pero también en el presente. Por eso, es fundamental no perder las coordenadas ideológicas, ni caer en las trampas discursivas o en las equidistancias. Puede que hoy, más que nunca, defender el Derecho Internacional frente a los poderes hegemónicos que siempre lo han ignorado parezca revolucionario y, sin duda, lo es. Pero lo más revolucionario es defenderlo hasta sus últimas consecuencias, no negando el derecho a la legítima defensa de los Estados atacados por el imperialismo y el sionismo.
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Los extremos del Donbás (1)
Dos soldados ucranianos comienzan a pegar tiros al aire con sus escopetas calibre doce, lo cual provoca la estampida de un grupo de civiles que esperaba salir del municipio de Druzhkivka en el último microbús que hace tres veces al día la ruta hasta la ciudad de Kramatorsk. Por lo visto, un dron ruso ha intentado acercarse al centro urbano, desatando el terror en los pocos vecinos que aún no se han marchado de esta localidad, martirizada a diario por la artillería rusa.
En medio del caos, Natalia, la conductora del viejo microbús al cual estaban esperando los usuarios, se baja y con mucha sangre fría, pide calma. Poco a poco, la gente que se ha dispersado buscando cobijo –casi todos ancianos– va recuperando su puesto en la marquesina del autobús para ir abordando el vehículo con una mezcla de resignación y miedo. Todo apunta a que la aeronave no tripulada ha pasado de largo, aunque no sería extraño que hubiera explotado contra el microbús.
Dos meses atrás, a cinco kilómetros de aquí, uno de estos aparatos atacó un microbús con el conductor y dos civiles a bordo. El chófer de 47 años murió en el acto, y los civiles, de 71 y 86 años, sobrevivieron, pero con heridas graves. “Lamentablemente, no sería ni el primer ni el último caso que se produce en este lugar”, afirma Natalia, la conductora de mediana edad, fuerte y decidida, que hace la ruta diaria entre Kramatorsk y Druzhkivka, probablemente, uno de los corredores más peligrosos de toda Ucrania. “Antes íbamos hasta Kostiantynivka, la siguiente población, 10 minutos más al sur, pero ya no se puede. Eso es el frente abierto. Está todo en ruinas, como lo que ves aquí en Druzhkivka, pero con más drones y más fuego de artillería”.
El Donbás se divide en dos provincias, la de Lugansk y la de Donetsk. La primera, está ya en manos de Rusia, y la segunda, podría no estar muy lejos de ser totalmente conquistada por la fuerza invasora, aunque en su interior aún resisten las dos ciudades industriales de Sloviansk y Kramatorsk, las cuales conservan unas pocas poblaciones de su perímetro en los que la vida es extremadamente difícil. Por el sur, el municipio de Kostiantynivka es la línea del frente tal y como explicaba Natalia. Un lugar bien conocido por los enviados de la prensa, puesto que era de paso obligado en el camino hacia otros escenarios de batalla, como los de Bajmut y Chasiv Yar, ambos ya perdidos por las fuerzas ucranianas.
Dados los peligros constantes que rodean a todas estas localidades del sur, lo habitual para muchos soldados, funcionarios o periodistas, es pernoctar en la ciudad de Kramatorsk, y cuando es necesario, bajar a Druzhkivka y Kostiantynivka (esta última solo accesible con escolta militar) en un corto viaje de entre 10 y 20 minutos. Ese desplazamiento se hace por una carretera parcialmente cubierta por una red antidrones. Un paisaje distópico en el que los vehículos civiles son escasos y, en su lugar, se observan blindados y camiones de suministros para las posiciones militares que se encuentran, o bien al sur, en Kostiantynivka, o bien en los aledaños de esa misma carretera, puesto que las fuerzas rusas dominan todo el flanco este (y una pequeña parte del flanco suroeste), en lo que comienza a ser el inicio de un cerco al último terruño del Donbás en manos del ejército ucraniano.

Según se calcula, un 10% del total. En el resto de este histórico territorio industrial viven los ucranianos que se opusieron manu militari al proceso del Euromaidán y aquellos que, por lo que fuere, no se han querido ir del lugar. En total, seis millones de personas. Así las cosas, desde el 30 de septiembre del 2022 (y tras 8 años de negociaciones fracasadas con Kiev), ambas provincias secesionistas se hallan integradas en la Federación Rusa gracias a un referéndum que violó el derecho internacional y no ha sido reconocido por Naciones Unidas.
Para Denis, uno de los soldados que recorre el centro de Druzhkivka armado con su escopeta calibre 12, “la artillería mata mucho, pero, de alguna manera, los drones inquietan más”, afirma blandiendo su arma al tiempo que mira al cielo. No en vano, aquí, cuando la gente escucha disparos de escopetas, significa que hay una de estas aeronaves, ágiles y rápidas, buscando objetivos por la zona. Es en ese momento cuando la gente corre espantada y se mete donde puede, tratando de no ser vista por el operador que pilota la aeronave. Por el contrario, con la artillería “es algo súbito y contundente”, explica Denis, quien por afinidad o ignorancia, no tiene problema en dejarse fotografiar frente a un retrato de Oleksandr Muzychko, el paladín del Euromaidán que antes de morir en el 2014 prometió “combatir a judíos, comunistas y rusos” mientras tuviera “sangre en las venas”.

A las afueras de Druzhkivka, donde ya no se ve un alma, se encuentra Oleg, un soldado de 25 años reclutado por la fuerza en la ciudad de Járkiv. Según admite, ha llegado a la guerra por obligación, se encuentra deprimido y desprecia a Zelenski, pues lo considera corresponsable de algunos de los problemas que atraviesa el país. La revuelta del Euromaidán le cogió muy joven, de modo que dice no tener formada una opinión clara de lo bueno o malo que ha sido para el país ese viraje hacia el ultranacionalismo. Él representa bien a esa mayoría silenciosa de jóvenes ucranianos que –más allá de la evidencia de que la invasión rusa ha sido un crimen contra el que es legítimo luchar– se encuentra en un estado de apatía e indiferencia frente a los discursos grandilocuentes de quienes les invitan a sacrificar su vida por un modelo de Estado que les ha dado poco o nada.
En el otro extremo del relato está Vlad, un soldado que, como tantos otros, necesita hablar de sus dramáticas vivencias en la guerra. Como hacen muchos combatientes con estrés postraumático, saca el teléfono móvil –sin que nadie se lo pida– y muestra una imagen de él mismo bañado en sangre, pero consciente, al contrario de su mejor amigo, a quien me enseña muerto en el interior de una tanqueta a la que consiguió entrar una esquirla de metralla que le perforó la cabeza. “Yo no descanso ni de permiso, porque soy de aquí. Así que llevo años entre bombas. Druzhkivka es muy peligroso. Con lo pequeño que es, muere gente casi todos los días porque el enemigo está a 10 kilómetros, demasiado cerca”. Preguntado por cómo ve una futura convivencia con sus vecinos rusos, responde que su vieja hermandad se ha acabado para siempre. Él es uno de tantos jóvenes rusófonos a quienes la invasión del 2022 les ha hecho cambiar sus referentes históricos y girarse hacia el occidente del país y Europa.
De vuelta en el centro de Druzhkivka, una gran explosión sacude un barrio del municipio, despertando la inquietud de las pocas personas que en ese momento se encuentran en la calle. Al parecer, varias bombas guiadas han caído unas manzanas más abajo, por lo que es hora de encontrar refugio y buscar la forma de salir a Kramatorsk, la ciudad dormitorio de esta guerra en su capítulo del Donbás. Al día siguiente, de regreso a Druzhkivka, surge la oportunidad de ir al hospital donde intervienen a los soldados que llegan heridos desde la primera línea. Se trata de un edificio rodeado por ruinas y ambulancias calcinadas, por lo que, de no ir con alguien que lo conozca, cualquiera podría pensar que se encuentra cerrado o abandonado. Totalmente recubierto por redes antidrones, en lugar de un portón de acceso tiene unas cortinillas colgantes a modo de lianas, para que sean atravesadas sin problema por las ambulancias blindadas, pero no por los drones, que se estrellarían al enredar sus hélices con las finas cortinillas que cuelgan hasta el propio suelo.
‘Los que esperan’
En el lúgubre vestíbulo del hospital hay camillas amontonadas, una de ellas con sangre coagulada. El militar a cargo de la sala de urgencias se llama Dima, viste de civil y lleva una pistola de 9mm al cinto. Según indica, se trata del “hospital más cercano a la línea de fuego. Cualquier herido, sea civil o militar es atendido aquí”. Quitándose unos guantes de látex y con una tijera de primeros auxilios colgada del pecho, aparece Sasha, el cirujano que opera a los soldados que están en el quirófano. Con un nivel de estrés bien visible en su rostro, informa de que no puede hacer declaraciones sin recibir una orden por escrito.
Tras preguntar por los civiles heridos en el bombardeo del día anterior, nos llevan al área civil de este hospital de aspecto semiclandestino. Tras recorrer unos pasillos que dan buena cuenta de las paupérrimas condiciones del sistema sanitario ucraniano, entramos en una habitación en la que el hedor se hace insoportable. La enfermera se ha equivocado, y nos ha llevado a donde unos ancianos que han sufrido congelaciones. Por lo general, son gentes que no han querido ser evacuados del frente y malviven en condiciones extremas sin agua corriente, electricidad y pasto de los bombardeos continuos o, aún peor, combates cuerpo a cuerpo. Habitualmente mirados con sospecha, aquí se les conoce como zhduny (‘los que esperan’). En muchas ocasiones la razón por la que no salen de casa responde a motivos tan simples como la falta de familiares a los que recurrir, la pobreza extrema o la movilidad reducida, aunque sin duda también existen los casos de gentes “que esperan”, porque tienen a sus hijos o amigos en la Ucrania bajo administración rusa.
“Hemos encontrado a un superviviente del bombardeo ruso de ayer. Es el único que quiere hablar”, dice Vita, la jefa de enfermeras, optimista y dispuesta a facilitar el trabajo de la prensa. En una habitación con luz y calor –todo un lujo en el invierno más frío y cruel que se recuerda en esta guerra– Pavel se prepara para hablar y ser retratado. Su palidez es extrema, pero se siente afortunado. “Pocos lo cuentan cuando atacan con misiles KAB”, advierte uno de los médicos que lo atienden. Con el brazo roto por varios lados, dice querer volver pronto a casa. “¿Pero a qué casa?”, se pregunta con una sonrisa forzada. Es la dura realidad de los civiles y una de las nefastas consecuencias de esta guerra fratricida.

Propaganda neonazi en el Donbás
Uno de los aspectos que actualmente se percibe en el Donbás, visto con una perspectiva de 12 años visitando la región en ambos lados del frente, es el regreso de todo el culto al neonazismo, velado o no. Por ejemplo, en una de las avenidas principales de Druzhkivka, hay varios carteles, grandes y costosos, hechos con metacrilato, que exhiben fotografías del colaborador de Hitler, Stepan Bandera, un personaje cuyo proyecto e ideología jamás ha tenido el menor arraigo en esta parte de Ucrania (probablemente por eso alguien las ha apedreado y se encuentran medio rotas). Y, aún más notable si cabe, en la carretera por la que se pasa antes de entrar en la recta que da a Kostiantynivka, hay una enorme valla publicitaria igualmente dedicada a Bandera, nueva, reluciente, puesta con todo el esmero de quien quiere mandar un mensaje en tierra ajena. Así las cosas, hacer la vista gorda sobre el culto que el Estado ucraniano rinde a quien colaboró con los que llenaban trenes hacia Auschwitz parece ser la norma en los medios occidentales.

A este respecto, y tras verme hacer fotos de las decenas de grafitis en loor del neonazi Oleksandr Muzychko que inundan Druzhkivka, dos hombres de mediana edad llamados Igor y Sergei se dirigen a mí para entablar una conversación sobre lo que está sucediendo en el Donbás que aún conservan las fuerzas armadas de Ucrania. Según Igor, “han venido muchos de Pravy Sektor y gente que piensa como ellos. Ni siquiera son de aquí. ¿Te parece normal que esté todo lleno de su propaganda y que nadie haga nada?» Preguntado por el giro ultranacionalista que el país ha dado a raíz del Euromaidán, Igor es contundente. “Fue malo. Se podían hacer cambios sin caer en el nazismo de Bandera ni excluir a una parte del país como hicieron”, denuncia pese al peligro de sufrir represalias.
No obstante, si bien la mayor parte de los soldados ucranianos son gente del común que ha ido a la guerra de forma obligada o voluntaria, hay un sector –bien visto por el nuevo orden de Kiev e institucionalmente empoderado– que apoya ideologías de odio a todo aquello que no encaja en su proyecto de una Ucrania delirantemente vikinga y cuasigermana. Más allá de las pintadas White Power que se encuentran por doquier, o las pegatinas que en cada esquina animan a sumarse a grupos paramilitares de ultraderecha, valga como ejemplo una escena ocurrida en la estación de autobuses de Kramatorsk. Allí, un soldado sumamente orgulloso, se deja fotografiar con una Reichsadler (águila imperial nazi) y una calavera tipo totenkopf con la gorra M43 de las Waffen SS como parte de su uniforme.
Por si fuera poco, se dedica a pedir la documentación a las personas que van a coger las marshrutkas (furgonetas de transporte público) que se dirigen hacia las aldeas que más sufren la embestida rusa. ¿No hay compañeros o un mando que lo llame al orden como ocurriría en cualquier ejército mínimamente democrático del mundo? Poco importa, porque siempre se podrá alegar lo que aquí ya es costumbre: “Son casos aislados. Son patriotas. Nos defienden”, son las respuestas habituales. De este modo, las críticas, de haberlas, se pretenden postergar para más adelante, cuando la idea de país que defienden los intolerantes (hoy por fin monolingüe, sin partidos de izquierda legales y con un programa escolar que enseña a los niños la gloria de quien defendía la Alemania nazi) se haya consolidado.

Ya saliendo de Druzhkivka, de camino a lugares de primera línea como la aldea de Raiske, se dejan de ver soldados y, por lo general, cualquier signo de vida. Muchos de los postes que sustentan las redes antidrones están destrozados por las explosiones y se debe conducir a gran velocidad en un interminable zigzag mediante el cual sortear los numerosos tanques y vehículos que se hallan calcinados en medio de la pista, pasto de los drones que recorren este cielo noche y día.
De cuando en cuando, se observa un coche civil que circula a una velocidad endiablada sacando telas blancas por las ventanas, con la esperanza de que si un operador de dron los detecta, se apiade de ellos. También es posible ver algunos vehículos militares con telas de acero malamente soldadas sobre los laterales de su carrocería y el techo. Acuden a sus posiciones por caminos repletos de raspútitsa congelada, el fango que históricamente ha protegido a rusos y ucranianos de las invasiones francesas, alemanas y suecas. Al final de una de estas pistas, el fuego de salida, potente y hueco, da constancia del lugar en el que se oculta un poderoso cañón de la artillería ucraniana. No se pueden tomar imágenes sin permiso de las fuerzas armadas, de hecho, es necesario pedirlo incluso para llegar a este tipo de lugares, aquí llamados “zonas rojas”. Nada queda al azar en el control del relato con el que invasores e invadidos quieren hacer historia.

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Trabaja, produce, enferma… y sigue trabajando
El pasado 15 de febrero supimos, a través de la prensa, que el Departamento de Salud de la Generalitat de Catalunya prevé condicionar el presupuesto de los Centros de Atención Primaria (CAP) a la duración de las bajas médicas que concedan. La propuesta, comunicada a los CAP, implica una suerte de estímulo económico, calculado en el 5% de los recursos asignados, si los médicos de los centros evitan que las bajas de salud mental o de lesiones osteomusculares se prolonguen “más de lo debido”. Una medida que pone la presión en el colectivo médico, ya de por sí sometido a condiciones laborales estresantes que lo han llevado esta semana a convocar huelga en todo el Estado.
Este “más de lo debido” condensa toda la lógica de funcionamiento del capitalismo: la clase trabajadora no puede enfermarse “más de la cuenta” pues el tiempo es oro. El sistema necesita cuerpos sanos, fuertes, útiles para que la maquinaria de la producción siga funcionando, a costa de la salud –nunca mejor dicho– de quienes sólo tienen su fuerza de trabajo y, por tanto, su cuerpo y su mente, para poder subsistir en este sistema.
Como se han encargado de recordarle estos días a la consellera Olga Pané, médico especialista en Medicina del Trabajo, máster en gestión hospitalaria por la Universitat de Barcelona, diplomada en gestión de hospitales por ESADE y responsable última de esta propuesta, la administración de un ente público, y mucho más de uno que tenga en sus manos la gestión de la salud de los ciudadanos, no debería guiarse bajo criterios empresariales de costo y beneficio. Sin embargo, esta propuesta, por lo demás de una Generalitat gobernada por el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), no es una decisión improvisada o un simple globo sonda. Supone una línea de continuidad en el Departamento de Salud, encabezado por Pané.
Ya en diciembre de 2025 la CGT Catalunya denunció la campaña iniciada por dicho departamento para que la clase trabajadora hiciera “buen uso” de las bajas médicas. Como explicaba el sindicato, la Generalitat no sólo criminalizaba a los más débiles, sino que trasladaba implícitamente la responsabilidad a los trabajadores enfermos y a los médicos, a la vez que desviaba la atención de las causas estructurales detrás de la enfermedad: las condiciones de vida y las condiciones de trabajo.
CGT recordaba, por ejemplo, cómo el aumento del 20% en las bajas médicas de Catalunya se debía, en buena medida, a la salud mental. Y daba datos alarmantes sobre cómo la juventud trabajadora del Estado, con condiciones estructurales de precariedad laboral, con bajos salarios, 36% de sobre cualificación, contratos temporales y a tiempo parcial, concentraba el 32,5% de las bajas laborales, con un “incremento significativo de las bajas por problemas de salud mental, como estrés, ansiedad y depresión”. Una juventud trabajadora que ve cómo su formación –universitaria o no universitaria– no garantiza una inserción laboral que asegure unos ingresos mínimos para poder afrontar los precios desbocados de la vivienda, además. Pero la juventud trabajadora no es la única que padece la presión de un sistema enfocado a maximizar beneficios exprimiendo el tiempo, es decir, la vida, de la fuerza de trabajo. Estamos ante un problema que afecta a la clase trabajadora en su conjunto.
Si los cuerpos y las mentes jóvenes no aguantan una presión que no sólo es del ámbito laboral, pero que pasa por él, ¿qué se puede esperar de quienes llevan décadas de desgaste? Pues que se incrementen las enfermedades, en términos globales, pero que también, como muestran datos de la Encuesta de calidad y condiciones de trabajo 2025 de la Generalitat de Catalunya, el presentismo, esto es, el asistir a trabajar a pesar de estar enfermo, se imponga. Así, el 51,3% de la clase trabajadora catalana declara haber ido a trabajar enferma en los últimos doce meses. Un presentismo que tiene mayor incidencia entre mujeres y las personas con bajos niveles formativos, así como en sectores como la hostelería, educación, agricultura, servicios sociales o actividades sanitarias.
A pesar de ello, y de todos los mecanismos de presión que tiene la patronal en su relación de fuerzas asimétrica con la clase trabajadora para hacer que ésta anteponga los beneficios empresariales a su bienestar, los empresarios consiguen posicionar su queja sobre el aumento del absentismo laboral. La prensa nos recuerda que las empresas están introduciendo “cláusulas antiabsentismo” para dar incentivos a las personas trabajadoras que no hagan uso de su derecho a ir al médico y evitar así las ausencias en el centro de trabajo. Queda claro que la salud laboral es una molestia para los empresarios, un estorbo que les hace perder dinero, que es lo único que les importa al final.
Pero también queda claro que, en esta ofensiva patronal, los empresarios presionan para echar por la borda derechos adquiridos por la clase trabajadora a lo largo de décadas de lucha, con la ayuda inestimable de sus amigos en los gobiernos que dicen ser de izquierda y que, paradójicamente, reciben el voto de esa clase trabajadora a la que venden cuando llegan a posiciones de poder.
El punto del debate, por tanto, no es el absentismo laboral, ni las bajas que se extienden “más de lo debido”, sino por qué tantos trabajadores acaban yendo a trabajar, incluso enfermos, ante un sistema que los usa y los desecha cuando son inservibles. Por qué las administraciones públicas han permitido que exista un sistema de mutuas privadas decidiendo por la salud de la clase trabajadora, y organismos siniestros como el Instituto Catalán de Evaluaciones Médicas (ICAM), capaces de negar la incapacidad laboral a personas con cáncer metastásico. Y, no, no es un caso aislado. Plataformas como la PAICAM llevan años denunciando estos abusos en Catalunya. Una realidad que, por desgracia, no es exclusiva de este territorio pues atiende a una lógica capitalista global.
El mensaje que envía el capitalismo a la clase trabajadora es claro: trabaja, produce, enferma, sigue trabajando y muere. Pero no te enfermes antes de la cuenta, espérate a la jubilación. Si te mueres justo después de la jubilación mejor que mejor, es más, le haces un favor a las “arcas del Estado” porque ya sabemos que los jubilados viven a tutiplén a costa de los pobres jóvenes que no se pueden emancipar por su culpa, como nos repiten algunas jóvenes en los medios, la prensa y hasta en libros, en un mensaje que no sólo no cuestiona, sino que legitima, el orden del capitalismo.
Estamos en tiempos en que recordar cosas básicas se hace vital. La explotación en el trabajo y la precariedad laboral enferman. La clase trabajadora tiene derecho –al menos hasta ahora en el territorio en el que se escriben estas líneas– a no ir a trabajar si no está en condiciones de hacerlo. Por tanto, no hay un problema de absentismo laboral sino de trabajadores que enferman por culpa del trabajo y que, a pesar de ello, siguen yendo a trabajar.
Las bajas o incapacidades temporales, como puntualiza el abogado laboralista Vidal Aragonés, del Col·lectiu Ronda: “son el ejercicio de un derecho y de una obligación que suspende el contrato de trabajo y la relación laboral a efectos de que la persona trabajadora pueda recuperarse de una situación que justifica su ausencia en el trabajo”. Y el ejercicio de este derecho no debería ni cuestionarse ni limitarlo presionando, todavía más, a las personas trabajadoras y a los facultativos médicos. Tome nota, señora Pané, gracias.
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Costa Rica: la continuidad del cambio
En el año 2005, trabajaba como joven investigadora del Institut Internacional de Governabilitat de Catalunya. Escribí un artículo, Costa Rica, tan lejos de Suiza, tan cerca de Centroamérica, sobre los casos de corrupción que salpicaban a varios exmandatarios costarricenses, reflexionando sobre cómo Costa Rica había construido, no sin cierto sentimiento de superioridad, una imagen nacional basada en las diferencias culturales y políticas respecto a sus vecinos del istmo que se estaba desmoronando en los últimos años. El título tenía su dosis de provocación y así fue. Un sociólogo costarricense envió una réplica a mi centro de trabajo, con la solicitud de ser publicada, Costa Rica, cerca de Centroamérica y de la Europa del bienestar, destacando la capacidad de las instituciones de su país para enfrentar la crisis y lo injusto que era, por mi parte, no valorar esa fortaleza institucional.
Pero la causa exclusiva de la crisis de principios de los 2000 era más profunda y no se circunscribía a los casos de corrupción. Se vivía ya una transformación del pacto fundacional de la nación, posterior a la guerra de 1948, según el cual el Estado propiciaría la movilidad económica y la estabilidad social a través de unas potentes políticas sociales. Gracias a este acuerdo de las élites políticas, la sociedad costarricense mantuvo durante décadas unos estándares de vida superiores a la media centroamericana, además de gozar de relativa paz social en un contexto regional de revoluciones, lucha armada y contrainsurgencia estadounidense. Se acuñó el mito de la “Suiza centroamericana”, un supuesto oasis que, en realidad, era un espejismo detrás del cual se escondía la desigualdad, la pobreza y una represión a la disidencia más sutil pero no menos efectiva. La izquierda, fuera de la socialdemocracia gobernante, era minoritaria y Costa Rica se alineaba claramente con EE. UU. en tiempos de la Guerra Fría.
Sin embargo, los años noventa y sus políticas de ajuste afectaron a Costa Rica, como al resto de países de América Latina y el Caribe, iniciando la penetración de las políticas neoliberales. El país se movilizó en contra del intento de privatización en 2001 del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), que consiguió frenarse, y también contra el Tratado de Libre Comercio (TLC) con EE. UU., que, este sí, entrará en vigor en 2009, después de un referéndum nacional en 2007 que lo aprobó con el 51,22% de los votos.
La introducción de la agenda neoliberal produjo el descrédito del liderazgo político que se tradujo en un cambio en el sistema de partidos costarricense. La implosión del bipartidismo o, a decir de otros, del hegemónico Partido Liberación Nacional (PLN), de tinte socialdemócrata, aunque cómplice del desmontaje del Estado social, dio lugar al surgimiento de nuevas fuerzas políticas que trataron de canalizar el descontento, bajo el liderazgo de exmiembros del PLN, como el centrista Partido Acción Ciudadana (PAC).
Ese fue el caso de Luis Guillermo Solís, politólogo, profesor e investigador, que ganó las elecciones presidenciales con el PAC en 2014, después de una primera vuelta en que la izquierda del Frente Amplio (FA) alcanzó más del 17% de los votos, un hecho inédito en la historia de este moderado país. A Solís le siguió otro gobierno del PAC, encabezado por Carlos Alvarado, quien disputó la segunda ronda a un partido evangélico que obtuvo el 24% de los votos. La fragmentación partidaria llegó a la Asamblea Legislativa.
Alvarado y el PAC, que pretendían ser gobiernos de ruptura, no lograron contener el avance de la desigualdad. Algunas de las medidas fiscales que tomaron después de 2018 tampoco ayudaron a mejorar la situación y acabaron generando rechazo. La pandemia agravó la situación. La aprobación de una “ley anti-huelgas” en 2020 dejó claros los límites para canalizar las demandas sociales. El incumplimiento de la promesa democrática sobre la que se erigió la Segunda República costarricense era un hecho y dejó el camino allanado para la emergencia de nuevos liderazgos, como el de Rodrigo Chaves. Un personaje que se presentaba como outsider a pesar de haber sido ministro de Hacienda en la administración Alvarado y ser, además, un exfuncionario de carrera del Banco Mundial, con 27 años de servicio a sus espaldas y varias denuncias de acoso sexual.
Ello no fue óbice para que Chaves fuera el hombre capaz de presentarse como la solución al descontento. Ganó en 2022 frente a un candidato del PLN, el expresidente José María Figueres Olsen, protagonista de uno de los escándalos de corrupción que relataba en mi artículo de 2005. Chaves ha gobernado estos cuatro años con niveles de popularidad superiores al 60%. Su retórica de mano dura contra la delincuencia contrasta con el hecho de que durante su mandato el narcotráfico ha podido penetrar en Costa Rica como nunca. Si su modelo político es El Salvador de Nayib Bukele, de quien ha copiado la idea de crear una mega cárcel en la que encerrar a los delincuentes, un discurso que cala a medida que los índices de criminalidad se multiplican, su modelo económico es la Argentina de Javier Milei. De hecho, el también economista Chaves ha logrado subsumir bajo su liderazgo a los libertarios costarricenses, es decir, a los representantes del supuesto “anarcocapitalismo”.
Sus detractores destacan sus ataques al resto de poderes del Estado desde el Ejecutivo, su persecución a la oposición política desde el Gobierno, la confrontación con los medios y el victimismo constante que, sin embargo, ha acrecentado sus apoyos y reforzado un perfil antisistema que no es tal. Chaves no necesita ser coherente entre lo que dice y lo que hace. Tiene un discurso y unas prácticas que lo alinean con las extremas derechas continentales y mundiales, aunque con características ticas. También en su caso ha contado con un ecosistema de medios favorables en las redes sociales cuya financiación se desconoce.
Chaves ha gozado del apoyo de los EE. UU. de Trump para que Costa Rica siga siendo el fiel aliado estadounidense en Centroamérica que siempre fue, reforzando una agenda compartida de securitización de las migraciones y de combate selectivo al crimen organizado que apuntala las alianzas geopolíticas de Washington en un momento de rearticulación hemisférica estadounidense. Un respaldo que seguirá teniendo, sin duda, la próxima presidenta, Laura Fernández, elegida este 1 de febrero con más del 48% de los votos, quien se convertirá en la segunda mujer mandataria. Fernández, joven politóloga, ha sido la candidata del Partido Pueblo Soberano (PPS) ante la imposibilidad de la reelección inmediata en el país centroamericano. Ya ha anunciado el inicio de una Tercera República y la “continuidad del cambio” que, en su caso, supone una profundización de las líneas establecidas por su antecesor y mentor, Rodrigo Chaves.
Para acometer algunos de los cambios, que podrían requerir modificaciones constitucionales, el PPS de Fernández cuenta con 31 de los 38 diputados necesarios para lograr la mayoría de dos tercios sobre los 57 diputados de la Asamblea Legislativa. La mayoría simple de 29 diputados ya la tiene. Entre las propuestas que prevén algunos analistas está la aprobación de la reelección presidencial, la venta del Banco Central de Costa Rica, el desfinanciamiento del Estado o la redacción de una nueva Constitución.
Pero, más allá de especulaciones, lo que sí le tocará a esta nueva bancada es renovar a la mitad de los miembros de la Corte Suprema de Justicia, con afectaciones en la Sala Tercera y la Sala de Casación Penal encargada del combate a la corrupción y el narcotráfico. Esta renovación afecta asimismo a áreas como la Sala Constitucional, que en Costa Rica depende del Poder Judicial, la Fiscalía General de la República, el Tribunal Supremo de Elecciones y la Policía Judicial. Por ello, varios expresidentes han mostrado su preocupación ante lo que ven como un “riesgo para la democracia”.
No obstante, la evolución de la política costarricense en las últimas décadas, las transformaciones de su sociedad y los impactos económicos experimentados por las políticas neoliberales de las administraciones precedentes, así como la presencia creciente de una realidad desconocida como el narcotráfico, demuestran que Costa Rica no es inmune a las problemáticas que asolan Centroamérica y América Latina en general. Tampoco a las corrientes ideológicas que parecen imponerse en el mundo. Y no está claro que la fortaleza de sus instituciones vaya a resistir la arremetida.
Pero el respaldo a la “continuidad del cambio” en estas elecciones deja otro elemento para la reflexión, quizás menos evidente pero más acuciante, que apunta a una erosión de las promesas y los consensos democráticos que vendría de lejos. Aquí radica hoy, como antes, el origen de los problemas que enfrenta Costa Rica. La revisión pormenorizada de los resultados de votación por cantones –unidades administrativas– muestra que los cantones con peor índice de desarrollo han votado mayoritariamente por Fernández, en porcentajes superiores al 60% en muchos casos. Lo lógica inversa se encuentra en los cantones con mejor índice de desarrollo. La desigualdad se expresa en las preferencias electorales y en la búsqueda de soluciones.
Como en otras latitudes, cuando la democracia liberal no logra satisfacer las condiciones materiales de vida de la gente, la frustración puede ser canalizada por quienes dicen venir a mejorar los problemas pero, en realidad, no son más que oportunistas defensores del mismo sistema económico capitalista que está en la base de la generación de pobreza y desigualdad. En este sentido, lo que está pasando en Costa Rica no es más que parte de un fenómeno ya visto en otros escenarios que, dadas las características de la historia política costarricense, se puede interpretar como altamente excepcional, aunque no lo sea tanto. Estamos ante un caso más de víctimas votando a sus verdugos en una espiral de autodestrucción que está llevando a la humanidad a la barbarie colectiva.
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Ejército de Chile: historia de la maquinaria militar de corrupción
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Cooperativa El Poblet
- Taller de Constel·lacions Familiars diumenge 19 de febrer a L’Espai Cooperatiu El Poblet
Taller de Constel·lacions Familiars diumenge 19 de febrer a L’Espai Cooperatiu El Poblet
Les constel·lacions familiars són una eina terapèutica orientada identificar el tipus de relacions que s’estableixen entre els diferents membres del sistema familiar.
És a dir concebre a cada membre de la família com l’arquetip que representa, es a dir, no com la persona que es, sinó com el que representa , per la persona que es constel·la.
L’objectiu principal és que la persona pugui identificar les dinàmiques perjudicials inconscients,que s’han establert a la seva família i les actituds i conductes que s’han generat entre els seus membres.
Aquesta informació, per una part, li permet a la persona reinterpretar els patrons familiars disfuncional,que reprodueix de manera inconscient, per a trobar solucions als conflictes enquistats
Per altre banda, la constel·lació pretén despertar els sentiments i emocions que estan latents al inconscient de la persona, per a que pugui gestionar-los i reconciliar-se amb certes persones i esdeveniments del passat.
El proper diumenge 19 de febrer a les 10:15 tenim un nou taller de constel·lacions familiars,un enfocament terapèutic que ens aporta comprensió sobre assumptes que ens desborden i per això no acceptem.
Si encara no coneixes aquesta metodologia us animen a que participeu en aquesta trobada.
Mes informació: jenny@terapia-t.com
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