Dos soldados ucranianos comienzan a pegar tiros al aire con sus escopetas calibre doce, lo cual provoca la estampida de un grupo de civiles que esperaba salir del municipio de Druzhkivka en el último microbús que hace tres veces al día la ruta hasta la ciudad de Kramatorsk. Por lo visto, un dron ruso ha intentado acercarse al centro urbano, desatando el terror en los pocos vecinos que aún no se han marchado de esta localidad, martirizada a diario por la artillería rusa.
En medio del caos, Natalia, la conductora del viejo microbús al cual estaban esperando los usuarios, se baja y con mucha sangre fría, pide calma. Poco a poco, la gente que se ha dispersado buscando cobijo –casi todos ancianos– va recuperando su puesto en la marquesina del autobús para ir abordando el vehículo con una mezcla de resignación y miedo. Todo apunta a que la aeronave no tripulada ha pasado de largo, aunque no sería extraño que hubiera explotado contra el microbús.
Dos meses atrás, a cinco kilómetros de aquí, uno de estos aparatos atacó un microbús con el conductor y dos civiles a bordo. El chófer de 47 años murió en el acto, y los civiles, de 71 y 86 años, sobrevivieron, pero con heridas graves. “Lamentablemente, no sería ni el primer ni el último caso que se produce en este lugar”, afirma Natalia, la conductora de mediana edad, fuerte y decidida, que hace la ruta diaria entre Kramatorsk y Druzhkivka, probablemente, uno de los corredores más peligrosos de toda Ucrania. “Antes íbamos hasta Kostiantynivka, la siguiente población, 10 minutos más al sur, pero ya no se puede. Eso es el frente abierto. Está todo en ruinas, como lo que ves aquí en Druzhkivka, pero con más drones y más fuego de artillería”.
El Donbás se divide en dos provincias, la de Lugansk y la de Donetsk. La primera, está ya en manos de Rusia, y la segunda, podría no estar muy lejos de ser totalmente conquistada por la fuerza invasora, aunque en su interior aún resisten las dos ciudades industriales de Sloviansk y Kramatorsk, las cuales conservan unas pocas poblaciones de su perímetro en los que la vida es extremadamente difícil. Por el sur, el municipio de Kostiantynivka es la línea del frente tal y como explicaba Natalia. Un lugar bien conocido por los enviados de la prensa, puesto que era de paso obligado en el camino hacia otros escenarios de batalla, como los de Bajmut y Chasiv Yar, ambos ya perdidos por las fuerzas ucranianas.
Dados los peligros constantes que rodean a todas estas localidades del sur, lo habitual para muchos soldados, funcionarios o periodistas, es pernoctar en la ciudad de Kramatorsk, y cuando es necesario, bajar a Druzhkivka y Kostiantynivka (esta última solo accesible con escolta militar) en un corto viaje de entre 10 y 20 minutos. Ese desplazamiento se hace por una carretera parcialmente cubierta por una red antidrones. Un paisaje distópico en el que los vehículos civiles son escasos y, en su lugar, se observan blindados y camiones de suministros para las posiciones militares que se encuentran, o bien al sur, en Kostiantynivka, o bien en los aledaños de esa misma carretera, puesto que las fuerzas rusas dominan todo el flanco este (y una pequeña parte del flanco suroeste), en lo que comienza a ser el inicio de un cerco al último terruño del Donbás en manos del ejército ucraniano.

Según se calcula, un 10% del total. En el resto de este histórico territorio industrial viven los ucranianos que se opusieron manu militari al proceso del Euromaidán y aquellos que, por lo que fuere, no se han querido ir del lugar. En total, seis millones de personas. Así las cosas, desde el 30 de septiembre del 2022 (y tras 8 años de negociaciones fracasadas con Kiev), ambas provincias secesionistas se hallan integradas en la Federación Rusa gracias a un referéndum que violó el derecho internacional y no ha sido reconocido por Naciones Unidas.
Para Denis, uno de los soldados que recorre el centro de Druzhkivka armado con su escopeta calibre 12, “la artillería mata mucho, pero, de alguna manera, los drones inquietan más”, afirma blandiendo su arma al tiempo que mira al cielo. No en vano, aquí, cuando la gente escucha disparos de escopetas, significa que hay una de estas aeronaves, ágiles y rápidas, buscando objetivos por la zona. Es en ese momento cuando la gente corre espantada y se mete donde puede, tratando de no ser vista por el operador que pilota la aeronave. Por el contrario, con la artillería “es algo súbito y contundente”, explica Denis, quien por afinidad o ignorancia, no tiene problema en dejarse fotografiar frente a un retrato de Oleksandr Muzychko, el paladín del Euromaidán que antes de morir en el 2014 prometió “combatir a judíos, comunistas y rusos” mientras tuviera “sangre en las venas”.

A las afueras de Druzhkivka, donde ya no se ve un alma, se encuentra Oleg, un soldado de 25 años reclutado por la fuerza en la ciudad de Járkiv. Según admite, ha llegado a la guerra por obligación, se encuentra deprimido y desprecia a Zelenski, pues lo considera corresponsable de algunos de los problemas que atraviesa el país. La revuelta del Euromaidán le cogió muy joven, de modo que dice no tener formada una opinión clara de lo bueno o malo que ha sido para el país ese viraje hacia el ultranacionalismo. Él representa bien a esa mayoría silenciosa de jóvenes ucranianos que –más allá de la evidencia de que la invasión rusa ha sido un crimen contra el que es legítimo luchar– se encuentra en un estado de apatía e indiferencia frente a los discursos grandilocuentes de quienes les invitan a sacrificar su vida por un modelo de Estado que les ha dado poco o nada.
En el otro extremo del relato está Vlad, un soldado que, como tantos otros, necesita hablar de sus dramáticas vivencias en la guerra. Como hacen muchos combatientes con estrés postraumático, saca el teléfono móvil –sin que nadie se lo pida– y muestra una imagen de él mismo bañado en sangre, pero consciente, al contrario de su mejor amigo, a quien me enseña muerto en el interior de una tanqueta a la que consiguió entrar una esquirla de metralla que le perforó la cabeza. “Yo no descanso ni de permiso, porque soy de aquí. Así que llevo años entre bombas. Druzhkivka es muy peligroso. Con lo pequeño que es, muere gente casi todos los días porque el enemigo está a 10 kilómetros, demasiado cerca”. Preguntado por cómo ve una futura convivencia con sus vecinos rusos, responde que su vieja hermandad se ha acabado para siempre. Él es uno de tantos jóvenes rusófonos a quienes la invasión del 2022 les ha hecho cambiar sus referentes históricos y girarse hacia el occidente del país y Europa.
De vuelta en el centro de Druzhkivka, una gran explosión sacude un barrio del municipio, despertando la inquietud de las pocas personas que en ese momento se encuentran en la calle. Al parecer, varias bombas guiadas han caído unas manzanas más abajo, por lo que es hora de encontrar refugio y buscar la forma de salir a Kramatorsk, la ciudad dormitorio de esta guerra en su capítulo del Donbás. Al día siguiente, de regreso a Druzhkivka, surge la oportunidad de ir al hospital donde intervienen a los soldados que llegan heridos desde la primera línea. Se trata de un edificio rodeado por ruinas y ambulancias calcinadas, por lo que, de no ir con alguien que lo conozca, cualquiera podría pensar que se encuentra cerrado o abandonado. Totalmente recubierto por redes antidrones, en lugar de un portón de acceso tiene unas cortinillas colgantes a modo de lianas, para que sean atravesadas sin problema por las ambulancias blindadas, pero no por los drones, que se estrellarían al enredar sus hélices con las finas cortinillas que cuelgan hasta el propio suelo.
‘Los que esperan’
En el lúgubre vestíbulo del hospital hay camillas amontonadas, una de ellas con sangre coagulada. El militar a cargo de la sala de urgencias se llama Dima, viste de civil y lleva una pistola de 9mm al cinto. Según indica, se trata del “hospital más cercano a la línea de fuego. Cualquier herido, sea civil o militar es atendido aquí”. Quitándose unos guantes de látex y con una tijera de primeros auxilios colgada del pecho, aparece Sasha, el cirujano que opera a los soldados que están en el quirófano. Con un nivel de estrés bien visible en su rostro, informa de que no puede hacer declaraciones sin recibir una orden por escrito.
Tras preguntar por los civiles heridos en el bombardeo del día anterior, nos llevan al área civil de este hospital de aspecto semiclandestino. Tras recorrer unos pasillos que dan buena cuenta de las paupérrimas condiciones del sistema sanitario ucraniano, entramos en una habitación en la que el hedor se hace insoportable. La enfermera se ha equivocado, y nos ha llevado a donde unos ancianos que han sufrido congelaciones. Por lo general, son gentes que no han querido ser evacuados del frente y malviven en condiciones extremas sin agua corriente, electricidad y pasto de los bombardeos continuos o, aún peor, combates cuerpo a cuerpo. Habitualmente mirados con sospecha, aquí se les conoce como zhduny (‘los que esperan’). En muchas ocasiones la razón por la que no salen de casa responde a motivos tan simples como la falta de familiares a los que recurrir, la pobreza extrema o la movilidad reducida, aunque sin duda también existen los casos de gentes “que esperan”, porque tienen a sus hijos o amigos en la Ucrania bajo administración rusa.
“Hemos encontrado a un superviviente del bombardeo ruso de ayer. Es el único que quiere hablar”, dice Vita, la jefa de enfermeras, optimista y dispuesta a facilitar el trabajo de la prensa. En una habitación con luz y calor –todo un lujo en el invierno más frío y cruel que se recuerda en esta guerra– Pavel se prepara para hablar y ser retratado. Su palidez es extrema, pero se siente afortunado. “Pocos lo cuentan cuando atacan con misiles KAB”, advierte uno de los médicos que lo atienden. Con el brazo roto por varios lados, dice querer volver pronto a casa. “¿Pero a qué casa?”, se pregunta con una sonrisa forzada. Es la dura realidad de los civiles y una de las nefastas consecuencias de esta guerra fratricida.

Propaganda neonazi en el Donbás
Uno de los aspectos que actualmente se percibe en el Donbás, visto con una perspectiva de 12 años visitando la región en ambos lados del frente, es el regreso de todo el culto al neonazismo, velado o no. Por ejemplo, en una de las avenidas principales de Druzhkivka, hay varios carteles, grandes y costosos, hechos con metacrilato, que exhiben fotografías del colaborador de Hitler, Stepan Bandera, un personaje cuyo proyecto e ideología jamás ha tenido el menor arraigo en esta parte de Ucrania (probablemente por eso alguien las ha apedreado y se encuentran medio rotas). Y, aún más notable si cabe, en la carretera por la que se pasa antes de entrar en la recta que da a Kostiantynivka, hay una enorme valla publicitaria igualmente dedicada a Bandera, nueva, reluciente, puesta con todo el esmero de quien quiere mandar un mensaje en tierra ajena. Así las cosas, hacer la vista gorda sobre el culto que el Estado ucraniano rinde a quien colaboró con los que llenaban trenes hacia Auschwitz parece ser la norma en los medios occidentales.

A este respecto, y tras verme hacer fotos de las decenas de grafitis en loor del neonazi Oleksandr Muzychko que inundan Druzhkivka, dos hombres de mediana edad llamados Igor y Sergei se dirigen a mí para entablar una conversación sobre lo que está sucediendo en el Donbás que aún conservan las fuerzas armadas de Ucrania. Según Igor, “han venido muchos de Pravy Sektor y gente que piensa como ellos. Ni siquiera son de aquí. ¿Te parece normal que esté todo lleno de su propaganda y que nadie haga nada?» Preguntado por el giro ultranacionalista que el país ha dado a raíz del Euromaidán, Igor es contundente. “Fue malo. Se podían hacer cambios sin caer en el nazismo de Bandera ni excluir a una parte del país como hicieron”, denuncia pese al peligro de sufrir represalias.
No obstante, si bien la mayor parte de los soldados ucranianos son gente del común que ha ido a la guerra de forma obligada o voluntaria, hay un sector –bien visto por el nuevo orden de Kiev e institucionalmente empoderado– que apoya ideologías de odio a todo aquello que no encaja en su proyecto de una Ucrania delirantemente vikinga y cuasigermana. Más allá de las pintadas White Power que se encuentran por doquier, o las pegatinas que en cada esquina animan a sumarse a grupos paramilitares de ultraderecha, valga como ejemplo una escena ocurrida en la estación de autobuses de Kramatorsk. Allí, un soldado sumamente orgulloso, se deja fotografiar con una Reichsadler (águila imperial nazi) y una calavera tipo totenkopf con la gorra M43 de las Waffen SS como parte de su uniforme.
Por si fuera poco, se dedica a pedir la documentación a las personas que van a coger las marshrutkas (furgonetas de transporte público) que se dirigen hacia las aldeas que más sufren la embestida rusa. ¿No hay compañeros o un mando que lo llame al orden como ocurriría en cualquier ejército mínimamente democrático del mundo? Poco importa, porque siempre se podrá alegar lo que aquí ya es costumbre: “Son casos aislados. Son patriotas. Nos defienden”, son las respuestas habituales. De este modo, las críticas, de haberlas, se pretenden postergar para más adelante, cuando la idea de país que defienden los intolerantes (hoy por fin monolingüe, sin partidos de izquierda legales y con un programa escolar que enseña a los niños la gloria de quien defendía la Alemania nazi) se haya consolidado.

Ya saliendo de Druzhkivka, de camino a lugares de primera línea como la aldea de Raiske, se dejan de ver soldados y, por lo general, cualquier signo de vida. Muchos de los postes que sustentan las redes antidrones están destrozados por las explosiones y se debe conducir a gran velocidad en un interminable zigzag mediante el cual sortear los numerosos tanques y vehículos que se hallan calcinados en medio de la pista, pasto de los drones que recorren este cielo noche y día.
De cuando en cuando, se observa un coche civil que circula a una velocidad endiablada sacando telas blancas por las ventanas, con la esperanza de que si un operador de dron los detecta, se apiade de ellos. También es posible ver algunos vehículos militares con telas de acero malamente soldadas sobre los laterales de su carrocería y el techo. Acuden a sus posiciones por caminos repletos de raspútitsa congelada, el fango que históricamente ha protegido a rusos y ucranianos de las invasiones francesas, alemanas y suecas. Al final de una de estas pistas, el fuego de salida, potente y hueco, da constancia del lugar en el que se oculta un poderoso cañón de la artillería ucraniana. No se pueden tomar imágenes sin permiso de las fuerzas armadas, de hecho, es necesario pedirlo incluso para llegar a este tipo de lugares, aquí llamados “zonas rojas”. Nada queda al azar en el control del relato con el que invasores e invadidos quieren hacer historia.

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