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AnteayerSalida Principal

La guerra contra Irán y el derecho a la legítima defensa

5 Marzo 2026 at 00:01

Estados Unidos de América (EE. UU.) e Israel han vuelto a bombardear Irán y, con ello, se ha desatado una guerra abierta en Asia Occidental. La respuesta defensiva de Irán, atacando la ciudad de Tel Aviv pero también las bases militares y embajadas de EE. UU. en varios países de la zona e, incluso, en Chipre, ha sorprendido a Donald Trump, según sus propias palabras. Los analistas debaten si la apertura de este nuevo frente bélico, de consecuencias imprevisibles, ha sido un error estratégico para EE. UU. o bien se trata de un escenario calculado por Washington. En el Congreso de EE. UU. el debate es, además, si lo que ha iniciado el Gobierno Trump este 28 de febrero puede ser definido como guerra y si el país se encuentra, nuevamente, ante una agresión contra un país extranjero sin el necesario aval del poder legislativo. 

Mientras llegan los poderes de guerra que respaldarían legalmente los ataques del Gobierno estadounidense, el conflicto se expande en Asia Occidental y las acciones y víctimas mortales se multiplican con el paso de los días. Irán ya ha declarado que está preparado para una guerra prolongada; Hizbulá ha entrado a la contienda en Líbano, mientras el Gobierno de ese país permite la entrada de tropas israelíes; en Bahréin, la mayoría chií, gobernada por una monarquía suní, se suma a las protestas contra los ataques a Irán; y las manifestaciones de población musulmana frente a embajadas de EE. UU. se suceden en distintos países asiáticos, como Pakistán. 

Por su parte, la Unión Europea (UE) sigue demostrando su doble rasero moral y su voluntad de profundizar su sometimiento geopolítico a EE. UU. Incapaces de condenar el asesinato de EE. UU. e Israel a casi 200 niñas en una escuela de Minab y a otros cientos de iraníes, incluido el líder supremo Alí Jamenei, la UE de Ursula Von der Leyen y Kaja Kallas cierra filas con sus aliados occidentales a la vez condena el derecho a la legítima defensa que ejerce Irán ante este crimen de agresión, amparándose en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas. 

En paralelo, Francia, Alemania y el Reino Unido, el bloque conocido como E3, ha dado un paso al frente y, en una declaración conjunta del 1 de marzo, se muestra dispuesto a facilitar “acciones defensivas necesarias y proporcionadas para destruir la capacidad de Irán de disparar misiles y drones” proponiéndose “colaborar con Estados Unidos y sus aliados en la región en este asunto”. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha abundado en esta idea de cooperación con los aliados, a pesar de condenar el ataque fuera del marco legal de EE. UU. e Israel, y ha puesto nuevamente a disposición de Europa la capacidad de disuasión nuclear de Francia. 

En este contexto de belicismo rampante, emerge en Europa la voz discordante de Pedro Sánchez, quien se ha mostrado contrario a que EE. UU. pueda usar sus bases militares en territorio español para los ataques a Irán, lo que ha provocado una nueva escalada declaratoria de Trump contra el Gobierno español. Más allá de la distancia que puede mediar entre las declaraciones del presidente español y los hechos de la realpolitik, como ha demostrado el caso del comercio de armas con Israel, Pedro Sánchez está usando hábilmente su confrontación con Trump

Oponerse a la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán, quienes representan el liderazgo de la ultraderecha mundial y simbolizan la demolición del Derecho Internacional, para construir un perfil antagónico, basado en la defensa del Derecho Internacional y de los derechos humanos, le otorga a Sánchez una gran proyección internacional. Rescatar, además, el lema que en 2003 movilizó al 90% de la población española contra la guerra de Irak, “No a la guerra”, le puede dar réditos electorales en la política interna. 

Nuevos escenarios, viejas excusas

Es inevitable pensar en la guerra de Irak estos días, en la invasión a Afganistán iniciada en 2001 y en el punto de inflexión que supuso la guerra contra el terror global que desató EE. UU. con la excusa de los atentados del 11 de septiembre. Guerras que sentaron las bases de un nuevo momento de unilateralidad fuera de la ley internacional, y sin justificaciones humanitarias, en la política exterior estadounidense. Sin embargo, el punto de inflexión no fue sólo exterior. En el plano doméstico, este nuevo momento conllevó la aprobación de la Ley Patriota, que consagró un estado de excepción de facto al permitir el control masivo en aras de la lucha contra el terrorismo, así como el aumento de los niveles de represión a la disidencia interna. 

Las declaraciones de Donald Trump y Marco Rubio para justificar la ofensiva del pasado sábado 28 de febrero han ido variando a lo largo de los días. De reconocer abiertamente la búsqueda del cambio de régimen en Irán, se ha pasado a hablar del objetivo de destruir la “amenaza de los misiles balísticos de corto alcance” y de los “activos navales” del país, presionado por Israel (otras fuentes mencionan las presiones de Arabia Saudí). La imposibilidad de dar un argumento convincente que permita justificar un ataque a un país con el que se estaba sentado en la mesa de negociaciones, a punto de obtener un acuerdo sobre el programa nuclear iraní mucho mejor que el firmado por Barak Obama en 2015, es notoria. Parece que EE. UU. y sus aliados querían evitar ese escenario de distensión con Irán

De hecho, el pre-emptive attack esgrimido en el primer comunicado de Israel, traducido como “ataque preventivo” en español, fue la misma lógica doctrinal que EE. UU. usó en Afganistán. Pero la falta de originalidad en los paralelismos no acaba ahí. Estos días vuelve a posicionarse la idea de que Irán tendría armas nucleares, a pesar de la supuesta erradicación del programa nuclear iraní anunciada por Donald Trump tras los bombardeos estadounidenses de junio de 2025. Una excusa que recuerda al argumento de las inexistentes armas de destrucción masiva de Saddam Hussein que se usó, junto con el pretexto de la democratización, para defender la guerra ilegal del EE. UU. de George W. Bush contra Irak.

La supuesta voluntad de democratización de entonces planea también en quienes utilizan las vulneraciones a los derechos humanos, y en concreto de los derechos de las mujeres, para respaldar, desde una elástica moralidad, las actuaciones imperialistas que pretenden salvar a los pueblos del mundo a base de bombas. La instrumentalización de la legítima lucha de las mujeres iraníes por ganar espacios de mayor autodeterminación es especialmente obscena entre la ultraderecha que sigue a rajatabla el guion de un feminacionalismo claramente islamófobo. Una ultraderecha que, además, suspendería cualquier análisis comparativo sobre los derechos efectivos de las mujeres en distintos países de la zona.

Si alguien a estas alturas cree que EE. UU., o el ente genocida de Israel, tienen algún tipo de interés en defender a las mujeres musulmanas, promover los regímenes democráticos o salvaguardar los derechos humanos, sólo tiene que preguntarse por qué EE. UU. no bombardea Arabia Saudí y encontrará la respuesta. Pero también puede mirar adentro de sus fronteras y ver cómo EE. UU. responde a los ciudadanos estadounidenses que se manifiestan en contra del ICE, o cómo Israel trata a los palestinos israelíes, por no hablar de los que habitan en Gaza o Cisjordania. 

Ni las mujeres iraníes necesitan ser salvadas por Occidente ni el mundo en su conjunto puede sostener ya más hipocresía por parte de quienes se erigen en faro moral de la humanidad cuando cargan en sus espaldas la responsabilidad por algunos de los crímenes más abyectos que se hayan cometido, en el pasado, pero también en el presente. Por eso, es fundamental no perder las coordenadas ideológicas, ni caer en las trampas discursivas o en las equidistancias. Puede que hoy, más que nunca, defender el Derecho Internacional frente a los poderes hegemónicos que siempre lo han ignorado parezca revolucionario y, sin duda, lo es. Pero lo más revolucionario es defenderlo hasta sus últimas consecuencias, no negando el derecho a la legítima defensa de los Estados atacados por el imperialismo y el sionismo. 

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Diez apuntes breves de la agresión de EE.UU e Israel a Irán. O multilateralismo o guerra regional

28 Febrero 2026 at 21:45

A unas horas del inicio del masivo ataque de los regímenes de EE.UU. e Israel contra Irán, debemos hacer el esfuerzo de concretar dónde estamos y hacia dónde nos llevan.

1. Los ataques son una violación directa de la prohibición de agresión enunciado en el art. 2.4 de la Carta de Naciones Unidas. Es, también, una violación de la Constitución estadounidense, en otro paso del derrumbe de su sistema democrático. No es, sin embargo, una novedad. Es exactamente lo mismo que vimos en 2003 con el ataque a Irak. Una agresión militar basada en una falsedad: en su momento, las armas de destrucción masiva; ahora, el inexistente riesgo de armas nucleares.

2. El régimen iraní ha activado la legítima defensa que le corresponde según el art. 51 de la Carta ONU. Así se lo ha hecho saber al propio Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Cualquier Estado puede responder a un ataque armado para forzar su cese. La respuesta, en ataques a bases estadounidenses en la región o al territorio israelí, se enmarcan en este derecho. Habrá que analizar su justificación sobre los dirigidos contra bases de EE.UU. en terceros Estados, si estas no habían sido utilizadas en la agresión. Serían ataques lícitos si las bases se han utilizado, y una agresión, si no lo han sido. Esos ataques sí sirven para subrayar, entre el mundo árabe, la colaboración de sus gobiernos con Israel.

3. El Secretario General de la ONU, y diferentes altos cargos de la misma, han condenado ya la agresión estadounidense. Conun EE. UU cada vez más alejado de las instituciones internacionales, la ONU puede actuar y hablar de forma más libre. No hay diferencia entre esa agresión y la rusa sobre Ucrania, lo que permite a la ONU mantener una línea coherente ante el mundo y recordar su necesidad: cuanto más fuerte esté la ONU, menos riesgo de Tercera Guerra Mundial. Y viceversa, claro.

4. Las verdaderas razones de la guerra ahora iniciada son evidentes, Israel necesita más guerras para lograr la hegemonía regional y, sobre todo, para que Netanyahu no acabe en prisión. El primer ministro israelí, perseguido por la Corte Penal Internacional, necesita una guerra permanente. EE. UU es, en este caso, un ridículo obediente de la locura sionista. Trump está obedeciendo a Netayanhu. No hay nada de esta guerra que pueda beneficiar al antiguo gigante americano (que ayer casi tenía atado un acuerdo con Irán sobre la cuestión nuclear). Sin embargo, otra guerra oculta por unos días las acusaciones de pederastia a Trump. El anunciado cambio de régimen o la cuestión nuclear son bombas de humo.

5. La comparación con la guerra de 2003 sí muestra diferencias. Es un ataque igual de ilegal y que ya ha provocado crímenes de guerra y, puede, de lesa humanidad. Han bombardeado escuelas de niñas y objetivos civiles. Pero, ¿quiénes son sus aliados? EE.UU. e Israel han atacado solos. Ninguna otra potencia occidental ha colaborado (públicamente) ni, parece, que vaya a hacerlo. No criticarán, pero no enviarán soldados. Los estados árabes, siempre serviles con EE.UU. y traicionando al pueblo palestino, se limitan a intentar evitar que caigan misiles sobre Israel. Por lo demás, la potencia estadounidense vuelve a aparecer desnuda, y peligrosa, ante los ojos de todo el mundo. Otra comparación, más dolorosa aún, la sociedad civil global no parece despertar para defender a los pueblos bajo las bombas. Es prueba de hartazgo. También de que nadie en el mundo cuenta ya con EE.UU como garante de derechos o estabilidad.

6. La OTAN demuestra su irrelevancia, de forma más evidente que la ONU. Cuando la principal potencia de la alianza inicia una guerra regional, sin planes serios o realistas, y sin informar a los miembros, es que está políticamente muerta. Varios socios de la alianza, como España, Finlandia o Francia, se han opuesto públicamente al ataque. Queda el siguiente paso: prohibir la utilización de las bases estadounidenses para una guerra salvaje. No lo esperen. Ningún líder europeo se atreverá. La UE, fiel a su irrelevancia diplomática y geopolítica, no dice nada sobre la violación del Derecho internacional e intenta aunar sus irreconciliables posturas. Rusia y China, que han condenado la agresión a su socio, esperan con cautela más errores de EE.UU y advierten de que toman nota. 

7. En conexión con esto, es necesario subrayar el ridículo de Canadá o Reino Unido. Hace unas semanas, el primer ministro de Canadá denunciaba que EE.UU hacía peligrar “un orden basado en reglas”. Aunque avisábamos de la hipocresía canadiense, el apoyo de hoy a la violación de la Carta de Naciones Unidas demuestra que Canadá sigue sin una política exterior clara e independiente y se arrodilla ante EE.UU y su permanente amenaza a la paz y seguridad internacional. Igual que Alemania. El líder británico, por su parte, ha hecho lo propio. Apoyar diplomáticamente a EE.UU e Israel ante la agresión. En este caso, Starmer es un líder ignorado en el mundo y despreciado por su población. Entre otras cosas, por su apoyo al genocidio sobre el pueblo palestino. Y es que, en las democracias, la violación de las normas internacionales básicas se paga. Pregunten a Biden.

8. En España, el Gobierno se divide. Sánchez condena la agresión a Irán, poniendo a España en cabeza occidental de defensa del orden jurídico internacional, pero condena la legítima defensa del país persa, ignorando ese Derecho internacional que dice defender. Nada dice sobre el uso de las bases sobre el territorio o el espacio aéreo. A su izquierda, los partidos de Sumar son mucho más claros. Condena inequívoca de la agresión. Más a la izquierda, Podemos, libre de ataduras gubernamentales, se atreve a proponer cambios: salir de la OTAN, defensa europea, cierre de las bases militares estadounidenses y ruptura de relaciones (es increíble que todavía existan) con Israel. Ninguna de sus peticiones se va a cumplir, pero abren el campo del discurso político y las alternativas.

9. La derecha española, y la ultraderecha, vuelven a 2003, cuando estaban en el mismo partido. Y vuelven también al mismo discurso. Apoyo sin fisuras a las guerras ilegales en Medio Oriente, sumisión cobarde a Estados Unidos y seguidismo del sionismo criminal. Afortunadamente, no están en el gobierno. La última vez que nos metieron en una guerra, la consecuencia fue el 11M. Nunca han pedido perdón a familiares de asesinados y heridos. 

10. ¿Y el pueblo iraní? A nadie le importa. No al salvaje régimen iraní, no al hijo del antiguo sha, dictador sanguinario colocado por EE. UU., no a Estados Unidos o Israel. Nos dicen los agresores que quieren un cambio de régimen. Es falso. No se salva a un pueblo aniquilándolo. Este salvaje ataque parece reforzar, sin embargo, al gobierno autoritario. Nada une más a un pueblo que un ataque del enemigo exterior. La oposición democrática (que no quiere al “nuevo” sha), está desactivada y puede verse como traidora (gracias a Trump y Netayanhu) si apoya el ataque.El pueblo persa es orgulloso. Puede no querer a su gobierno y, al tiempo, no admitir que arrasen su país para colocar a otro dictador. Trump prefiere una guerra civil, lo que sería un desastre humanitario. No parece probable una invasión terrestre, precisamente porque el pueblo se defendería. De producirse, nos acercaríamos peligrosamente a otro genocidio. Sin duda, a decenas de miles de muertos entre todos los bandos. Defender la libertad del pueblo de Irán empieza por condenar que sean bombardeados y asesinadas. También,denunciando siempre la persecución y asesinatos de la oposición. Ninguna guerra de agresión ha liberado a pueblos. Los ha condenado a otra dictadura.

    Si han llegado hasta aquí y esperan una solución, lo siento, sólo hay una y no es nueva: diplomacia, rechazo social y político a las guerras y las agresiones, y reforzar la ONU como centro de la paz y seguridad mundial. Salgamos de nuevo a las calles. Hemos debilitado en los últimos años la institución que ha garantizado que no hayamos vivido una Tercera Guerra Mundial. Miremos los resultados y volvamos al multilateralismo en el sistema ONU. 

    Ander Gutiérrez-Solana Journoud es profesor de Derecho Internacional Público UPV/EHU

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