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AnteayerSalida Principal

Satisfacción por la inclusión del Caño de la Mojarra en el IHA

22 Febrero 2026 at 12:23
Por: Ayamonte
  • Con una longitud aproximada de 3,7 km., el Caño de la Mojarra forma parte de la red de marismas mareales de influencia atlántica que conforma el sistema estuarino Guadiana-Carreras y se ubica en Isla Canela, municipio de Ayamonte.

Los valores naturales que alberga este espacio justificaban sobradamente su inclusión desde el momento de la creación del Paraje Natural Marismas de Isla Cristina hace más de 35 años, pero la subordinación de la Junta de Andalucía a los intereses del negocio de urbanización de Isla Canela hicieron que el Caño de la Mojarra y el resto de humedales de la isla quedasen excluidos de la declaración del Paraje, privándolo de una buena parte de las marismas de la desembocadura del Guadiana y del Carreras.

Tras la inclusión de uno de esos humedales, la Isla de San Bruno, en la red Natura 2000 de la UE y su inclusión en el Inventario Español de Humedales (IEZH), desde la AE Ojo con el Guadiana- Ecologistas en Acción de Ayamonte iniciamos hace más de dos años los trámites para la inclusión del Caño de la Mojarra en el Inventario de Humedales de Andalucía (IHA). Para ello presentamos ante la Junta de Andalucía una propuesta que incluía una relación de Hábitats de Interés Comunitario y especies de flora y fauna protegidas presentes en este humedal, entre las que destacaban más de cien especies de aves que lo utilizaban en sus invernadas o estaban presentes durante todo el año. Comunicamos también nuestra propuesta al Ayuntamiento de Ayamonte y tras recibir la valoración positiva del Comité Andaluz de Humedales, el proceso ha concluido el pasado 19 de febrero con la publicación en el BOJA de su inclusión en el IHA.

Caño de la Mojarra

Ecologistas en Acción de Ayamonte espera que ahora las administraciones competentes (Junta de Andalucía, DG de Costas del Ministerio para Transición Ecológica y Ayuntamiento de Ayamonte) aborden la gestión de los problemas que afectan al Caño de la Mojarra que ya señalamos en nuestra propuesta, incluida la presencia de plantas invasoras como el plumero de la pampa, la proliferación de residuos en sus orillas y otras alteraciones que pueden afectar negativamente a su biodiversidad, como afectan al conjunto de los espacios protegidos del entorno.

Por nuestra parte, desde Ecologistas en Acción de Ayamonte, seguimos adelante preparando una propuesta de inclusión del Caño de la Mojarra, junto con la Laguna del Prado y La Gola de Isla Cristina, en el Paraje Natural que con la inadecuada denominación de “Marismas de Isla Cristina” debería dotar de protección legal a la conservación del patrimonio natural de buena parte de las marismas de la desembocadura del Guadiana y el Carreras.

La entrada Satisfacción por la inclusión del Caño de la Mojarra en el IHA aparece primero en Ecologistas en Acción.

Los cines, el mundo y los futuros posibles

20 Febrero 2026 at 05:00
El mundo del futuro estará directamente afectado, influido, por cómo percibo al mundo hoy.

Temas principal: Opinión

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“No se alquila”: ¿lockout inmobiliario en Barcelona?

19 Febrero 2026 at 05:00
Si comparamos en Idealista la cantidad de pisos de larga duración entre Madrid y Barcelona, la proporción es de diez a uno en favor de Madrid cuando la diferencia de población es de dos a uno.

Temas principal: Barcelona

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México. Otorgan suspensión definitiva a obras del tramo 5 del Tren Maya

18 Febrero 2026 at 07:05
Ciudad de México | Desinformémonos. Un tribunal colegiado otorgó la suspensión definitiva de las obras del tramo 5 del Tren Maya, que obliga a las autoridades de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) a realizar la verificación, inspección, conservación y protección ambiental frente al megaproyecto federal, informó el colectivo SélvameMX. La resolución fue notificada […]

Del miedo a “los otros” al miedo “a los nuestros”

18 Febrero 2026 at 07:04

Este artículo forma parte del dossier ‘Obreros de ultraderecha’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.

La fotoperiodista Lee Miller, en la película en la que le da vida Kate Winslet, escucha en boca de un joven la misma pregunta a la que podremos enfrentarnos en unas décadas: «¿Cómo no os disteis cuenta de que [los nazis] estaban llegando?». La reportera, que cubrió la II Guerra Mundial tras ser una de las fotógrafas de moda más reputadas, responde lo que sentimos muchas de las personas que llevamos años investigando y advirtiendo sobre el auge de la ultraderecha: «Durante un tiempo, fue muy lento. Y, de repente, ya estaban aquí». Dejemos de hablar de auge de la ultraderecha porque la ultraderecha ya domina nuestra era: siembra el terror y la zozobra en todo el mundo desde la Casa Blanca, ocupa uno de cada cuatro escaños en el Parlamento Europeo, cogobierna comunidades autónomas y poblaciones españolas, y recibirá uno de cada cinco votos en las próximas elecciones generales, según la última encuesta del CIS.

En el libro Miedo. Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio (Debate, 2022) analicé las causas de este giro histórico y cómo los poderes políticos, económicos y mediáticos habían azuzado los miedos –a los «otros», a la pobreza, a la soledad y a la muerte– allanando el camino a los nacionalpopulistas xenófobos y a los antidemócratas. Pero el ascenso ha sido tan meteórico que mientras investigábamos la trayectoria de sus líderes, sus vías de financiación, su estrategia de cooperación internacional, mientras nos debatíamos entre destinar nuestro tiempo a desmentir sus bulos o a contrarrestar sus discursos de odio, dejamos de lado lo más obvio y, también, lo más aterrador: que acaparan tanto poder porque buena parte de la población se lo ha dado a través de las urnas. Y que, por tanto, en todos los ámbitos de la vida convivimos con personas cuyas ideas políticas no solo no son respetables, sino que son criminales: amenazan los derechos y la vida misma de quienes consideran inferiores y enemigos: las personas racializadas, migrantes, feministas, del colectivo LGBTIQ+, y todas aquellas que defendemos activamente la democracia, la igualdad, la libertad y los derechos humanos. Personas con las que nos relacionamos a diario: nuestra tendera del comercio de proximidad del barrio, nuestro médico de la sanidad pública, la profesora de nuestras hijas en la escuela pública, nuestro monitor del gimnasio, el policía que nos tomará declaración tras una agresión machista, la jueza que la tendrá que juzgar, el periodista que la contará en una tertulia, nuestro primo, nuestra hermana, nuestro padre, nuestra madre.

Las izquierdas europeas y estadounidenses solo hablaron de crecimiento de la ultraderecha cuando nos incluyó a las personas blancas entre sus enemigos. Desde los años 80 hasta hoy, las políticas de los partidos de derechas y los socialdemócratas han desarrollado políticas muy parecidas contra las personas migrantes, a las que se interpretaban como una amenaza en todos los sentidos: para el mercado de trabajo, para la seguridad así como para la convivencia. Por ello, el corpus legislativo migratorio tiene un enfoque militarista y defensivo contra unas personas que ejercen su derecho a la movilidad para buscar oportunidades y seguridad. Es decir, sus políticas migratorias siempre han sido de extrema derecha porque consideraban las vidas de las personas migrantes de menor valor. Por eso, nadie ha sido juzgado ni condenado por las políticas que han provocado la muerte de, al menos, 30.000 personas en el Mediterráneo. Por eso, esa misma política mortífera es la que se permite seguir practicando hoy el Gobierno español, uno de los pocos progresistas que quedan en el mundo.

El discurso hegemónico contra las personas migrantes, mientras su explotación hacía posible el cacareado crecimiento económico europeo y estadounidense, ha sido el caballo de Troya que ha alumbrado esta era de la crueldad. Por eso, las personas migrantes no tienen que preguntarse hoy cómo van a relacionarse con toda esa gente que las desprecia cuando se dejan su sueldo haciendo la compra en sus comercios, cuando cuidan de sus padres y madres ancianos, cuando van a la consulta del ambulatorio público –que también pagan con sus impuestos–, o cuando dejan a sus niños y niñas en la puerta del colegio. Como no se lo preguntarán quienes dejaron de ir a las celebraciones familiares o laborales para no seguir escuchando comentarios homófobos y sexistas que atentaban contra su propia existencia. Todas estas personas siempre tuvieron que protegerse del fascismo porque ya estaba ahí. Mientras, el resto, la mayoría de las personas blancas cisheterosexuales, no lo querían ver porque sus vidas cotizaban al alza en ese ecosistema fascista.

Pero ya no hay lugar al engaño. El espejo estadounidense nos está mostrando cómo incluso la burguesía blanca demócrata está en peligro: activistas, feministas, intelectuales, periodistas, académicas, juristas, científicos y científicas no se libran de la diana cuando se interponen en el camino de los paramilitares de la ICE, cuando publican información crítica con Trump, cuando defienden que se aplique la legalidad internacional contra los responsables del genocidio de Gaza o cuando denuncian el impacto de las políticas de la Casa Blanca en la crisis climática.

Hoy, a la vez que la mayor parte de nuestras sociedades se ven perjudicadas por las políticas de la ultraderecha, estamos cada vez más cerca de que también la mayoría social defienda sus postulados. Es una guerra global contra la humanidad misma, espoleada por el autoodio que ha insuflado décadas de un estilo de vida neoliberal basado en el individualismo y el egoísmo. No es solo que cada vez más obreros autóctonos odien a los obreros extranjeros, sino que odian con más ahínco aún a los sindicatos que defienden sus derechos, a las políticas que suben sus salarios y a los periodistas que defienden el beneficio común de la redistribución de la riqueza. Cada vez más mujeres no solo odian a las feministas, sino que votan a políticas que niegan nuestra discriminación y la violencia de género. Y cada vez más personas pasan sus días macerando y envenenándose con nuevos odios difundidos por canales de televisión, de YouTube, de Telegram, de WhatsApp. Gente que se despierta deseando la muerte al presidente Pedro Sánchez por las nuevas balizas de la DGT, a las feministas por denunciar los abusos sexuales cometidos presuntamente por Julio Iglesias, a los ecologistas por acabar con la vida rural, a los antirracistas por llenar el país de ladrones y violadores, a los catalanes por querer acabar con España… Hombres y mujeres con apariencia normal, que no están en el Parlamento ni en los platós, sino en tu trabajo, en la puerta del colegio de tus hijos e hijas, incluso en la casa de tu padre y de tu madre.

Gente que, incluso, dice que te quiere. Y que, probablemente, lo haga. Pero que odia lo que eres, lo que piensas y que adora a quienes quieren tomar el poder para censurarte, perseguirte, encarcelarte, castigarte, violarte, matarte. Dicen que te quieren. Y probablemente lo hagan. Pero representas a sus enemigos. No lo eres. Nunca les privarías de derechos ni libertades. Tú nunca permitirías que les hicieran daño. Pero ellos sí están haciendo todo lo posible –de pensamiento, palabra, obra y omisión– para que otros lo hagan.

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La propuesta de Rufián y la necesidad de otra unidad

La distribución del poder social sigue siendo la misma que hace ocho años y, paradójicamente, la izquierda no ha hecho más que perder posiciones de fuerza en la sociedad mientras conseguía colocar ministros.

Temas principal: Opinión

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Nasser Abu Srour: “Desde el 7 de octubre, las cárceles se convirtieron en un frente más de la guerra contra Gaza”

14 Febrero 2026 at 07:50

Nasser Abu Srour (Campo de refugiados de Aida, Cisjordania, 1969) es uno de los palestinos que más tiempo ha pasado preso en una cárcel israelí: 32 de sus 57 años. Durante su presidio escribió La historia de un muro, uno de los libros que mejor alumbra la fortaleza que puede llegar a tener el ser humano y un pueblo, el palestino. Mientras sufría hambre, torturas y violaciones, su obra fue traducida a siete idiomas, publicada en España por Galaxia Gutenberg y premiada con reconocimientos tan prestigiosos como el Premio de la literatura árabe 2025 del Instituto del Mundo Árabe de Francia. Pese a que acababa de ser liberado, no pudo viajar a la gala. Por ahora, solo puede salir de Egipto para instalarse en Brasil o Malasia.

En 1993, Abu Srour tenía 24 años y vivía en el campo de refugiados en el que había nacido, el de Aida, cerca de Belén. Allí estudió en la escuela de la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina en Oriente Próximo), que sigue garantizando el derecho a la educación a la infancia de este gueto, cercado por el muro del apartheid israelí. Cuando cursaba Literatura Inglesa en la Universidad de Al Quds se unió a las protestas de la primera Intifada. Fue detenido y condenado a cadena perpetua por participar presuntamente en el asesinato de un oficial de la inteligencia israelí.

El nombre de Abu Srour aparecía en los listados de los palestinos que debían liberarse según los Acuerdos de Oslo y en las negociaciones de Wafa al Ahrar de 2011, por las que Israel liberó a mil palestinos a cambio de un soldado israelí. Pero Tel Aviv no cumplió.

Finalmente, en octubre de 2025, 32 años después de su encarcalamiento, fue puesto en libertad junto a otros 154 secuestrados palestinos en un intercambio acordado por el Plan de Trump para la Franja de Gaza.

Su madre, Mayzour, que se había convertido en un referente de la defensa de los derechos de los secuestrados palestinos, había muerto 70 días antes. Esta periodista tuvo la oportunidad de conocerla en su casa gracias a la mediación de Lora Abuaita, quien también ha participado en esta entrevista como traductora. En aquel encuentro, Mayzour nos mostró su armario, donde guardaba por orden cronológico los vestidos que había tejido para visitar a su hijo a lo largo de su vida. Las autoridades israelíes le prohibieron recibir visitas durante los primeros siete años de presidio. Después, ella hacía viaje de dos y tres días por el desierto para que, a menudo, los carceleros israelíes la humillasen y cancelaran a última hora el encuentro. 

Su madre es el único tema del que Abu Srour ha preferido no hablar en esta entrevista que mantuvimos por videoconferencia durante más de tres horas. Una de las primeras que ha concedido a un medio de comunicación.

«En las cárceles dan de comer el mínimo de calorías necesario para que no nos muramos y así poder seguir golpeándonos hasta matarnos del dolor«

Nasser Abu Srour tras su puesta en libertad. IMAGEN CEDIDA.

¿Cómo cambió la vida para los palestinos secuestrados en las cárceles israelíes tras el 7 de octubre de 2023?

En los años previos, el movimiento de presos había conseguido que tuviéramos acceso a comida, libros, cuadernos y a un mínimo de información del exterior. Pero desde el 7 de octubre, las cárceles se convirtieron en un frente más de la guerra contra Gaza. Como ocurrió en Cisjordania, en el Líbano, en Yemen…

La misma noche del 7 de octubre desconectaron toda comunicación con el exterior. Los guardias se cambiaron los uniformes por unos con el rótulo en el pecho de «Guerreros». Desde entonces, en las cárceles dan de comer el mínimo de calorías necesario para que no nos muramos y así poder seguir golpeándonos hasta matarnos del dolor. En las celdas donde cabíamos dos o cuatro presos, metieron a doce. A diario nos torturaban, nos golpeaban, nos violaban. Antes de 2023 también lo hacían, pero a partir de entonces fue algo totalmente diferente. No había límites. Redujeron nuestra existencia a lo puramente animal, a respirar y pensar cómo sobrevivir. 

Nos quitaron los espejos para que no nos pudiéramos ver. Cuando llovía, buscábamos charcos en el patio para vernos. Yo perdí 12 kilos, pero porque ya estaba muy delgado. Hay presos que han perdido muchos más. Nos daban de comer apenas un vasito de café con arroz, cubierto de excrementos de ave porque los dejaban en el patio antes de distribuirlos. Y si no nos lo comíamos, nos pegaban hasta la muerte. Otras veces, nos dejaban sin comer como castigo colectivo. 

Tenían un plan con todo lo que querían experimentar con nosotros y lo llevaron a cabo. Antes del 7 de octubre, te podían golpear hasta partirte los huesos, pero luego te curaban para que siguieras vivo. Pero a partir de entonces, desapareció la atención médica. Han matado a muchos presos de hambre y de falta de medicinas.

El hacinamiento, la falta de higiene, las heridas y las enfermedades han generado una variante de la sarna que se come el cuerpo de los presos. Yo he llegado a verle los huesos a algunos. Muchos han muerto por eso.

En las prisiones pusieron una foto de la Franja destruida, de seis metros de largo, con el título «La nueva Gaza». Era una forma de tortura psicológica, de decirnos “no podéis hacer nada, esto es lo que está pasando allí afuera”. 

En las 48 horas previas a ponernos en libertad, la violencia aumentó muchísimo. Nos pegaron tanto que cuando llegamos a la frontera no podíamos siquiera caminar para cambiar de autobús, no teníamos fuerzas.

El otro muro
Grafiti con el rostro del escritor palestino Nasser Abu Srour cerca de su casa familiar, en Cisjordania. VLADIMIR GUREWICH

¿Cómo está ahora?

Es difícil explicarlo. Respiro, y eso está bien. Estoy comiendo, bebiendo, amando, y eso se supone que está bien. Puedo ver las calles, algo que no podía hacer desde hace 32 años. Y puedo hablar por teléfono con personas de la Palestina ocupada y eso está bien. Pero no estoy bien. De hecho, no sé si le puedo dar las gracias a Dios por nuestra liberación porque el precio ha sido que 80.000 personas hayan sido asesinadas en Gaza. Y en las cárceles siguen matando, humillando, degradando y violando a diario. Le he escrito una carta a uno de los amigos que siguen encarcelados en la que le pido perdón por cada vez que respiro porque les he dejado solos. 

En los dos últimos años pensé en suicidarme porque era tanta la violencia que no podía controlar mi cuerpo y no quería convertirme en un animal. Le decía a mi cuerpo que no tenía hambre, pero no podía controlarlo. Lo único que me permitió mantener un mínimo de valentía para sobrevivir fue la fe en que algún día viviría en libertad.

«En las cárceles israelíes siguen matando, humillando, degradando y violando a diario«

¿Convivió con las personas que secuestraban de Gaza durante el genocidio?

No, los llevaban a una sección distinta de las prisiones. Escuchábamos sus gritos, unos desgarros que no puedo describir. Nada de lo que vivimos nosotros es comparable a lo que hacen con los presos de Gaza.

¿Cómo fue la puesta en libertad?

Nos llevaron por el sur de la Franja y lo primero que hice cuando cruzamos la frontera de Rafah fue abrir la cortinilla del autobús. Era la ventana más grande que he visto en mi vida porque solo conocía las del campo de refugiados en el que nací y las de la cárcel. Cuando llegamos al hotel no sabía qué hacer. Era la primera vez en mi vida que estaba en uno. Salía de la habitación y tenía que volver cinco veces porque siempre se me olvidaba algo. Mis hermanos que viven en Estados Unidos vinieron a verme y me trajeron muchos regalos caros, como un Iphone. Yo no sabía qué hacer con él. 

No sabía ni siquiera dar ni recibir amor. Tuve que pedirles momentos de pausa a la familia porque no podía recibir ni dar tanto cariño. En un momento dado, mi hermana me iba a abrazar y le tuve que pedir que no lo hiciese, no podía. 

Tampoco consigo reconocerme con el tiempo ni el lugar. En prisión, vivía fuera del tiempo y en un no-lugar. Estoy aprendiendo.

Primero, les alojaron en un hotel en El Cairo. Al día siguiente, el panfleto sensacionalista Daily Mail publicó una noticia en la que criticaba que turistas británicos tuvieran que desayunar en la misma sala que ustedes. La titularon El hotel de Hamás. Entonces, les vuelven a meter en un autobús y les trasladan a un hotel en medio del desierto. ¿Cómo se sintió entonces?

Sentí que nos trasladaban a otra prisión. Nos dijeron que teníamos que recoger todo lo que nuestros familiares nos habían regalado y marcharnos rápidamente porque en esa noticia decían que éramos una amenaza para la vida de los turistas y para la seguridad mundial. 

Me revivió el trauma de cuando nos cambiaban de prisión: volví a tener dolor de estómago y ganas de vomitar como entonces. Primero nos llevaron a un hotel en una ciudad deportiva en el desierto y, después, cuando lo necesitaron para unas competiciones, a otro aún más lejos, junto al Mar Rojo.

Como escribió el pensador Al-Manfaluti si no cambias tu estado emocional, da igual que cambies de lugar: seguirás sintiéndote igual. Como nos trasladaron de manera forzada y nos seguían tratando como una amenaza, yo me seguía sintiendo en prisión.

¿Dónde vive ahora? 

Los presos que tenemos apoyo económico de nuestras familias hemos alquilado apartamentos en distintas partes de Egipto. Pero hay 150 presos que siguen viviendo en ese hotel aislado.

«Nada de lo que vivimos nosotros es comparable a lo que hacen con los presos de Gaza«

La condición para salir de prisión fue que no podía volver a Palestina. 

No, el sionismo no nos permite volver a Palestina a los presos liberados porque su objetivo siempre ha sido conseguir que sea una tierra sin pueblo. Y para ello emplea los asesinatos, los genocidios, las masacres y el exilio forzado.

¿Qué mensaje le gustaría enviarle a todo el mundo?

Que el mundo vea al pueblo palestino, que dejen de hacer como si los palestinos y palestinas fuésemos invisibles, víctimas sin ningún valor. El mundo tiene que entender que el pueblo palestino lleva 100 años sufriendo genocidio tras genocidio, no solo en los últimos dos años. Y también tiene que entender que sus gobiernos siempre han sido cómplices. 

Israel no habría podido ejecutar este genocidio, y menos durante tanto tiempo, sin la financiación, las armas y el apoyo de Estados Unidos y de países de la Unión Europea para masacrar a un pueblo entero. Necesitamos que cuando el mundo escucha que en Gaza se están muriendo de hambre, no lo escuche como si fuesen solo palabras. Porque no lo son.

Seguimos en el 48, la Nakba continúa. Israel no ha dejado de matar y de aplicar políticas de opresión desde entonces. Israel es cada vez más fuerte, más brutal a la hora de cometer las masacres y los genocidios. Y lo que está pasando en Gaza es la demostración de cómo se puede eliminar a un pueblo, arrasar un territorio hasta dejarlo plano, dejar a los supervivientes en la calle hambrientos para después abrir la frontera, dejar pasar a 10 personas después de haber asesinado a 80.000 y decir que eso es la paz. El mundo tiene que dejar de ser cómplice, no solo con la Franja de Gaza sino con toda la Palestina histórica.

«No sabía ni siquiera dar ni recibir amor«

Cuando usted aún estaba preso, el escritor español José Ovejero publicó una reseña sobre su libro en la que decía que si pudiera entrevistarle la primera pregunta habría sido: “¿Por qué, en lugar de mostrar la carne tumefacta y la herida, en lugar de volver la mirada hacia el verdugo, en lugar de hacer visible la reja y la celda miserable, ha decidido escribir sobre lo que no se ve?”. Ahora que está libre se la hago yo en su nombre.

El otro muro
Portada del libro ‘La historia de un muro’. GALAXIA GUTENBERG

El ser humano tiene cinco sentidos que nos ofrecen significados muy limitados. Puedes escuchar y quedarte solo con lo escuchado; mirar, y quedarte solo con lo visto. Pero lo que normalmente no hacemos los seres humanos es darle sentido y un significado a lo que sentimos. Y todo lo que hay a nuestro alrededor puede tener miles de ellos. Y para hacerlo, tienes que aplicarle la imaginación. Si yo veo la pared de la prisión y digo “No se puede cruzar, no se puede destruir, no va a desaparecer nunca”, voy a estar preso para siempre. Pero si utilizo la imaginación para ver y sentir lo que hay tras los muros, para imaginar una flor y oler su perfume, para viajar a Barcelona, para tener una cita con una mujer… Entonces voy a intentar sobrevivir. La ciencia está demostrando que hay muchas cosas que no vemos y que existen. Y en mi escritura utilizo la imaginación para dar sentido a lo que no se ve. 

¿Ha sido la imaginación lo que le ha permitido sobrevivir a 32 años de encarcelamiento?

Sí, desarrollé este mecanismo de defensa de dar otro significado a las cosas para olvidar que iba a vivir ahí toda la vida. He vivido una vida entera con este muro. Lo he besado, lo he abrazado, he hablado con él, me ha abierto muchas puertas… Ha sido muy bonito sorprenderme con lo que me ha enseñado. Sólo los niños -hasta los diez años- y los filósofos conservan la capacidad de sorpresa. Y eso lo que yo he hecho para dar sentido a seguir vivo junto a ese muro.

Escribe que uno de los dolores más fuertes que ha sufrido en prisión se lo provocó enamorarse.

Todos nacemos con un torrente de emociones que nos acompañan a lo largo de la vida. Y hay un dicho que dice que todos nacemos con unos lazos que nos unen a unas personas. Yo crecí con ese desbordamiento de amor y lo dirigía a la familia y a personas de mi alrededor. Hasta que la conocí. Cuando la vi la primera vez, a través del cristal, pensé «Pobres los muros» porque sentí que ella podía hacerlo todo, incluso, destruirlos. Era mi abogada y cuando llevábamos dos años de relación me di cuenta de que esa mujer de 27 años necesitaba alguien que la pudiera abrazar, darle un beso, vivir con ella. Y yo ni siquiera la pude tocar. No podía dejar de sentirme culpable, no la podía condenar a perderse todo eso. Cuando rompimos la relación, sentí que un grito de alivio resonaba entre las montañas porque aquella mujer podría por fin vivir. Esa mujer es mi prometida hoy, está aquí conmigo. Volvimos a estar juntos hace un par de años y nos vamos a casar.

«El mundo tiene que dejar de ser cómplice, no solo con la Franja de Gaza sino con toda la Palestina histórica«

¿Cómo fue sacando sus escritos de prisión a lo largo de estos años? He leído a sus editores que algunos los dictó por teléfono cuando podía hacer llamadas y que otros los sacaron algunas personas que le visitaron de manera clandestina. 

Sí, pero no puedo dar detalles para no comprometer a las personas que me ayudaron.

La madre de Abu Srour, Mazyuna, en la puerta de su casa en el campo de Aida durante la visita de esta esta periodista. ALEX ZAPICO.

Tras el 7 de octubre, le quitaron el papel y los bolígrafos y le prohibieron escribir. ¿Qué supuso para usted privarle de la escritura? 

En aquel momento lo único en lo que podía pensar, yo y el resto de los presos, era en sobrevivir un día más, en esconder un mendrugo de pan para el día siguiente, en encontrar un lugar donde no morirme de frío. La escritura dejó de existir, las palabras dejaron de existir, los pensamientos se esfumaron. En mi cabeza solo había una idea: sobrevivir. 

En el listado de países a los que inicialmente podría mudarse se encontraba España, además de Malasia, Qatar y Argelia, entre otros. ¿Sabe por qué España se cayó de esa lista? 

España se retiró, no sabemos por qué. También estaba Turquía, que recibió a algunos presos pero ya no recibe a nadie más. Ahora mismo podríamos mudarnos a Brasil o a Malasia. No hemos tomado la decisión porque no queremos estar lejos de las familias y tiene que ser un destino en el que nos puedan visitar. Además, quiero vivir en un país donde haya dolor. Siempre he convivido con el dolor y quiero seguir escribiendo sobre el dolor, pero para eso necesito entenderlo. Por eso necesito que sea un lugar que se parezca en algo a nuestra vida y para eso no basta que sea árabe porque hay ciudades árabes que no tienen espíritu, ni vida. No podría vivir en un sitio así. 

Usted escribe que los palestinos son solidarios con quienes se rebelan contra la injusticia y que apoyan a quienes no han triunfado. Estamos viendo cómo el movimiento internacional contra el genocidio de Gaza se ha convertido en la mayor movilización global no sólo en apoyo a Palestina sino también contra la ola antidemocrática liderada por Trump y Netanyahu, entre otros. ¿Se siente conectado con ese movimiento internacional de solidaridad con Palestina? 

Sí, siempre son los oprimidos, los derrotados y los débiles quienes tienen la razón. El punto de partida es la solidaridad con quienes pasan por la misma experiencia. En los últimos años, con lo ocurrido en Gaza, la cuestión palestina se ha convertido en el movimiento social más grande y efectivo a nivel mundial. Ojalá les pudiera dar las gracias personalmente a cada una de las personas que participan en este movimiento, que han sido golpeados cuando se manifiestan, echados de sus trabajos y secuestrados cuando vinieron en la flotilla.


«El sionismo no nos permite volver a Palestina a los presos liberados porque su objetivo siempre ha sido conseguir que sea una tierra sin pueblo»

Como sabe, tuve el privilegio de visitar en su casa a su madre, Mazyuna, una mujer excepcional que se convirtió en una lideresa del movimiento de apoyo a los presos palestinos. Tras una vida luchando por su liberación, murió 70 días antes de que usted saliera de prisión. ¿Cómo la describiría?

Lo siento mucho, pero no puedo responder a esta pregunta. Cada vez que toco su muerte me derrumbo. Hoy tengo un compromiso y no me lo puedo permitir. Lo siento. 

Nasser Abu Srour junto a su madre, Mazyuna, en una de sus visitas a prisión. ARCHIVO FAMILIAR.

La entrada Nasser Abu Srour: “Desde el 7 de octubre, las cárceles se convirtieron en un frente más de la guerra contra Gaza” se publicó primero en lamarea.com.

Francesca Albanese: “Como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso”

1 Febrero 2026 at 13:29

Suscríbete a La Marea y, además de la revista, te puedes llevar de regalo el nuevo libro de Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina, de Francesca Albanese.

Francesca Albanese (Italia, 1977) se ha convertido en un referente internacional de la defensa de los derechos humanos. Desde que comenzase el genocidio de Gaza, su trabajo incansable a través de informes, de la participación continua en el debate público mediante entrevistas, conferencias y las redes sociales denunciando no sólo los crímenes de Israel, sino también la responsabilidad de los gobiernos, empresas y medios de comunicación occidentales, la han convertido en una figura inspiradora para millones de personas de todas las generaciones. Y, también, en una de las más odiadas, atacadas y perseguidas por los Gobiernos de Israel y Estados Unidos, así como por el lobby sionista internacional. De hecho, la Administración Trump la ha llegado a sancionar por colaborar con la Corte Penal Internacional en su intento de juzgar a los responsables del genocidio.

Ahora, Albanese publica en España Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina (Galaxia Gutenberg), un ensayo en el que cuenta la historia de la ocupación a través del derecho internacional, pero también de sus vivencias y reflexiones personales y de las de diez personas –la mayoría, amigos y amigas de Albanese– que protagonizan cada uno de los capítulos. Y lo escribe con la claridad, la precisión y la determinación que la han convertido en una de las voces más respetadas de la esfera pública. Y, también, compartiendo el sufrimiento, el dolor y el miedo que acarrea, a veces, estar en la primera línea de la “guerra contra los valores” que están sufriendo, en palabras suyas, quienes participan en el ‘efecto Palestina’, como llama a la nueva conciencia global que ha despertado el genocidio contra Gaza.

En su libro Cuando el mundo duerme cuenta la historia de Palestina, de la ocupación, del régimen de apartheid, del genocidio con rigor y datos, y, también, mediante sus vivencias. ¿Por qué decidió escribirlo desde esta perspectiva personal?

Primero, porque había planeado escribirlo un año antes, cuando salió mi primer libro en italiano, poco después del inicio del ataque contra Gaza en octubre de 2023. En aquel caso buscaba que el público italiano tuviese una especie de punto de referencia, porque allí, desde el principio de los ataques, la retórica y la propaganda fueron muy proisraelíes. Y lo digo sin negar el sufrimiento de los israelíes ni lo duro que fue lo que sufrieron el 7 de octubre. Yo sabía que el Gobierno israelí capitalizaría ese sufrimiento y que los líderes occidentales cederían para complacer y favorecer a Israel. Así que quería ofrecer una especie de glosario.

«En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes»

Pero una vez que ese libro vio la luz, ya tenía en marcha este proyecto, en el que quería hablar sobre Palestina desde la perspectiva del derecho internacional, pero de una manera personal, humanizando esa historia y haciéndola accesible, especialmente para los más jóvenes.

En segundo lugar, también lo escribí así por mí. Fue un ejercicio muy catártico. Tuve que articular cómo había entrado en mi vida Palestina cuando llevábamos ya año y medio de genocidio y mientras trabajaba en el informe sobre la economía del genocidio.

Es un libro difícil de catalogar porque tiene mucho de historia, de ensayo, de derecho internacional, pero no es un libro de solo una de esas cosas. Tampoco una biografía ni autobiografía, aunque contiene muchas vidas. Pero creo que también eso es lo que hacemos las mujeres, mostramos quiénes somos sin ocultar nuestras debilidades. En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes. Por eso me sentí atraída a escribir este libro, en el que me expongo y comparto tanto de mi viaje personal.

«Estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo»

El libro es también una carta de amor a la amistad, a los amigos palestinos, israelíes y judíos no israelíes que le han permitido comprender la realidad de Palestina. De hecho, lo comienza con una cita de Alisa Weise: “La solidaridad es una manifestación política de amor”. ¿Cómo describiría el papel de la amistad en su compromiso y en el movimiento internacional de solidaridad global con Palestina que ha surgido a raíz del genocidio?

Es interesante porque cuando leí el libro en octubre, meses después de su publicación en Francia, me di cuenta de que parecía deliberado que hubiese palestinos e israelíes, como si los quisiera reunir en una mesa. No fue así. Los elegí porque son mis amigos y porque me enseñaron muchas cosas. Alon Confino era probablemente el más israelí de todos, pero nunca pensé en él como un israelí porque era una persona universal.

Además, mi círculo de amigos ha crecido mucho a partir del genocidio. Personas que van desde el colegio de mis hijos al ámbito público, que me han apoyado siempre, que han querido estar cerca de mí cuando he sufrido los ataques más feroces. Como cuando el gobierno y los medios de comunicación de Italia, donde no son muy libres, empezaron a atacarme hasta por estornudar. Siento que estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo.

Para mí, la relación más profunda de la vida no es el amor que sientes por tu pareja, tus hijos, tus hermanos o tus padres: para mí, el valor más importante es la amistad. La amistad es la red que te mantiene unido, que no te deja caer en el aislamiento. Además, la amistad es un valor para el futuro. Necesitamos recuperar la humanidad en nuestras vidas, estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino.

Francesca Albanese. Foto cedida: FAROOQ ZAMIR.

«Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia»

Sostiene que el genocidio de Gaza ha despertado una nueva conciencia global a través del movimiento internacional de solidaridad con Palestina. ¿Cómo puede este movimiento contribuir a frenar la ola reaccionaria y antidemocrática que sufrimos?

Veo un movimiento que llamo una, como el plural en latín de unus (unidad), porque reúne tantas realidades individuales que se convierten en una colectividad. Se trata de un movimiento sin líderes, pero con valores muy fuertes, identificables, y con una primera línea. Siento que soy parte de esa primera línea con los palestinos, Greta Thunberg, Yanis Varoufakis, el movimiento BDS, las organizaciones de derechos humanos, los abogados, los periodistas que hablan a pesar de la censura… Llamo a este movimiento “efecto Palestina” porque Palestina nos ha despertado, nos ha mostrado la diferencia entre los valores y sus contrarios, como la luz y la oscuridad. Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia. Me gusta este concepto porque es resistencia y firmeza, la capacidad de adaptarse, transformar, repensar. Y es un movimiento que no se puede vivir individualmente, tiene que ser colectivo para sea transformador; una elección ética que concierne a todo: al medio ambiente, a los animales, a los seres humanos. Y esto es, en definitiva, lo que Palestina representa para mí.

El “efecto Palestina” es despertar, unir y movilizar, con un espíritu de hermandad, como estamos viendo. Y la relación de amistad que hemos creado personas que, en un principio, éramos camaradas es más fuerte que la que tengo con algunas personas que han formado parte constante de mi vida. Luchamos y, aunque no sepamos cuándo veremos el final, nos vamos enriqueciendo al unirnos en torno a unos valores comunes.

Y al mismo tiempo que provoca esta reacción de admiración e inspiración, también genera mucho odio por lo que representa: la autoridad de la ley y los derechos de Palestina frente a la impunidad del poderoso Israel. En el libro explica que una de las razones por las que más odio ha recibido es por señalar que Israel es un proyecto colonial. ¿Por qué algo tan obvio genera tanta virulencia?

Si hubiéramos tenido esta discusión en la década de 1950 o incluso a principios de la década de 1960, nadie habría dicho ni una palabra porque entonces el colonialismo no era visto como la madre de todos los males, como sí ocurre hoy. Por eso entiendo que a los israelíes no les guste que los llamen pueblo colonial.

El proyecto del Estado de Israel precedió al Holocausto, y no hay duda de que el pueblo judío fue perseguido y que el proyecto nacional surgió para protegerlo. No era la única solución, también lo podría haber protegido donde estaban. Pero es cierto que las circunstancias hicieron que tuvieran que abandonar sus hogares en Europa y no había muchos países que los quisieran. Incluso supervivientes del Holocausto fueron rechazados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia cuando huían como refugiados de Europa.

El caso es que podrían haber ido como refugiados a Palestina. Pero no, fueron como parte de un proyecto nacional colonial que cogía la tierra y los hogares de otras personas, de los pueblos indígenas. Entiendo que muchos creen o les gusta creer que Dios les dio esa tierra, pero Dios no es un agente inmobiliario y no le dio la tierra a nadie.

Hoy estamos gobernados por la ley e Israel no debería haber sido creado a expensas –no digo que no debería haber sido creado– sino que no debió crearse a expensas de casi un millón de palestinos, de los cuales unos 750.000 fueron expulsados y nunca se les permitió regresar. Además, Israel ha seguido comportándose como una colonia de colonos en lo que quedaba de la Palestina histórica, en el territorio palestino ocupado, en Gaza, Cisjordania o Jerusalén Este. Y lo presentan con la burbuja del origen divino de Israel, como si se tratase del pueblo judío regresando a su tierra. No digo que el pueblo judío no tenga vínculos con la Tierra Santa. Solo digo que lo que hicieron fue violento y que esa violencia perdura. Además, contar que es un proyecto colonial desmiente el mito de la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Y claro, todo eso no les gusta.

«Estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino»

¿Qué debería hacer la Unión Europea con respecto a Israel si decidiese cumplir con el derecho internacional?

En primer lugar, al menos, debería suspender, o incluso derogar, el acuerdo de asociación de la UE con Israel. En segundo lugar, debería considerar permitir que los Estados puedan cumplir con la ley, porque eventualmente los Estados miembros utilizan a la Unión Europea como excusa para incumplir sus obligaciones internacionales, que imponen detener el comercio de armas, dejar de comprar armas a Israel y cortar los lazos económicos. Un embargo de armas es necesario, pero también cortar los lazos con la economía israelí, porque Israel está perpetrando los crímenes de apartheid y de genocidio. ¿Qué más tiene que hacer Israel para que la Unión Europea haga todo esto? La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia. Productos que han sido probados con los palestinos, tanto en el campo de batalla como en sistemas de seguridad, y que se han convertido en sofisticados equipos utilizados para matar o aterrorizar a toda una población durante los últimos dos años.

Comienza el libro con un capítulo dedicado a las violencias que Israel emplea contra la infancia palestina. ¿Cómo es posible que la Unión Europea y Estados Unidos hayan mantenido su apoyo a Israel, incluso después de que haya cometido un infanticidio en Gaza y de todos los asesinatos, encarcelamientos, torturas y otros crímenes que comete contra los niños y niñas palestinos de Cisjordania y Jerusalén?

Me gustaría recordar que Estados Unidos es el único país del mundo que no ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño. Además, creo que los soldados israelíes y muchos sectores de la sociedad israelí no ven a los niños palestinos: solo ven a palestinos, a los que ven como posibles amenazas terroristas y a la seguridad. Existe una profunda deshumanización. Nunca he visto nada parecido al nivel de racismo institucionalizado y generalizado contra todo un pueblo que vive a tu lado. Y esa demonización no solo afecta a Israel, sino también a algunos de nosotros en el mundo global de minorías blancas privilegiadas.

Quizás sea una fantasía, pero imagino a gente yendo libremente a Gaza y ayudando a limpiar la zona. Me imagino que los seres humanos pueden ayudar a reconstruir la Franja y ayudar a los palestinos a sanar las heridas. Se requerirá mucha humanidad para contrarrestar la inhumanidad que han mostrado el Gobierno y los soldados israelíes, así como las sociedades occidentales.

Francesca Albanese. Foto cedida: MONA VAN DEN BERG.

«La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia»

Una de las consecuencias del genocidio ha sido la pérdida de la poca credibilidad que le quedaba a buena parte de los medios occidentales. ¿Cree que podrán ser juzgados por su responsabilidad en el genocidio?

Sí, aquellos que han sido apologistas del genocidio deberían ser juzgados. Y también deberían dejar de tener lectores y clientes. Pero le contaré más en unos meses porque esta es una de las investigaciones que estoy realizando.

TikTok acaba de cerrar la cuenta del periodista gazatí Bisan Ota y YouTube ha eliminado miles de vídeos subidos por soldados israelíes que publicaban sus propios crímenes de guerra. ¿Qué responsabilidad tienen las plataformas tecnológicas en el genocidio de Gaza y la ocupación de Palestina?

Muchas de ellos han silenciado, censurado y alterado contenido palestino y en solidaridad con los palestinos. Esto no es neutral, no respeta la libertad de expresión ni la primera enmienda –ya que la mayor parte de ellas están radicadas en Estados Unidos–. Estos medios y gigantes tecnológicos han elegido en qué parte de la historia han querido posicionarse y al menos yo, como abogada, deseo verlos investigados judicialmente.

Pero mientras eso ocurre, [estas plataformas] deberían perder a sus seguidores. Y espero que tenga éxito Upscrolled, creada por un empresario palestino como una versión libre de censura de TikTok. Tuvo un millón de descargas en un día y espero que siga creciendo a ese ritmo porque lo necesitamos. Mi temor es que se generen cámaras de eco y que TikTok siga siendo para los proisraelíes y los crédulos, mientras que el otro sea donde se divulgue la información. En cualquier caso, necesitamos alternativas.

¿Cree que lo sucedido con el genocidio podría ser una oportunidad para impulsar una reforma democratizadora de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad?

No sucederá. No sucederá a menos que se revisen los cimientos del sistema, basado en el privilegio o la dominación de algunos Estados. No creo que ocurra. Y como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso.

Espero que países como los que integran el Grupo de La Haya se conviertan en actores importantes y que España juegue un papel importante dentro de él. Porque no solo el Gobierno español, sino el pueblo español, las universidades españolas y los medios de comunicación españoles han sido un gran ejemplo de compromiso positivo y ético. Por eso espero que el Gobierno de España se una al Grupo de La Haya pronto.

¿Qué medidas debe tomar la sociedad civil en esta nueva fase del genocidio de Gaza?

En primer lugar, apoyar los esfuerzos de quienes intentan lograr justicia, como la Fundación Hind Rajab –en España también hay abogados persiguiendo a las empresas [que participan en el genocidio]–. Debería investigarse más a los actores privados que han sido cómplices de los crímenes israelíes. Debe haber una presión continua para que las instituciones sigan haciendo lo correcto, porque no creo que el Gobierno español hubiera hecho lo que ha hecho sin el empuje del pueblo español. Y luego, el consumo ético –nadie debería vender productos relacionados con la ocupación israelí–, la banca ética –comprobar que sus bancos no tienen inversiones relacionadas con la ocupación–, y adherirse a la campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS).

La reclusión, la erradicación y la persecución del pueblo palestino siguen siendo el principal objetivo del gobierno actual de Israel. Y el horizonte es incierto porque es un plan que no tiene fin.

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Literatura romaní: una cura contra la herida heredada

10 Diciembre 2025 at 12:03

Las gitanas feministas estamos escribiendo ensayo, narrativa, literatura infantil, y recordando a predecesoras como la poeta Papusza. Con cada libro que publicamos estamos compartiendo un espacio de sanación, de reconstrucción y de lucha.

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Júlia Nueno: “Igual que el nazismo es constitutivo del crimen del Holocausto, el sionismo lo es de la Nakba”

27 Noviembre 2025 at 00:01

Júlia Nueno Guitart es ingeniera e investigadora de Forensic Architecture, una organización multidisciplinar dependiente de la Universidad de Londres, en la que profesionales de la ingeniería, periodistas, abogadas, informáticos y otros perfiles profesionales investigan crímenes de guerra a partir de imágenes de satélite, modelado 3D, análisis forense de vídeos, fotografías y sonidos, datos geoespaciales, información publicada por los medios y las redes sociales, así como de declaraciones y testimonios directos.

Con su trabajo de cruce de datos y verificación, Forensic Architecture ha demostrado delitos de guerra y de lesa humanidad como los bombardeos rusos contra instalaciones civiles en Siria, las desapariciones de civiles en el conflicto colombiano, la vigilancia y la represión con el programa israelí Pegasus, el ecocidio que Israel ha cometido en la Franja o los patrones en los ataques contra los hospitales que el Ejército sionista ha llevado a cabo en Gaza desde octubre de 2023. Este último informe ha sido incorporado como prueba por Sudáfrica en la causa abierta ante el Tribunal Internacional Penal contra Israel.

Nueno acaba de publicar Genocidios. Una lectura forense (Galaxia Gutenberg), una compilación de ocho investigaciones para entender los mecanismos de esta forma de exterminio planificado de colectivos y pueblos y sus consecuencias a largo plazo. El libro, que pertenece a la colección ‘Interespecies’, dirigida por Jorge Carrión, sorprende por los horizontes legales, metodológicos, históricos y epistemológicos que abre. Conversamos con ella por videoconferencia.

Comencemos por su trabajo en Forensic Architecture. ¿Cómo lo describiría? 

Nos dedicamos a una forma de arquitectura que no se dedica a construir edificios, sino que estudia el territorio como testigo de las distintas formas de violencia. Mi trabajo consiste en pensar cómo podemos relacionar la gran cantidad de datos, imágenes y vídeos que hay en Internet con las imágenes de satélite, para entender lo que está ocurriendo en Gaza o desentrañar una conducta concreta del Ejército israelí. 

Nuestro trabajo tiene dos pilares: uno dedicado a investigar declaraciones del Ejército para desmentir sus falsedades y combatir así la desinformación. Y el otro, como hicimos con la demanda de Sudáfrica, a entender patrones de conducta repetidos por parte del Ejército de Israel que indican que hay una estrategia militar dirigida a destruir las condiciones de vida en Gaza. 

Sus publicaciones se difunden en medios de comunicación, en causas judiciales, en comisiones de la verdad… ¿Cómo deciden en qué ámbito van a tener más eficacia?

Depende de cuál sea el objetivo. La investigación de Gaza la iniciamos nosotros, algo inusual, porque solemos trabajar por encargo de comisiones de la verdad, de grupos de víctimas, de activistas… Forensic Architecture ya había investigado la ocupación de Palestina y la Nakba como estructura social de desplazamiento y de negación de la autodeterminación. Cuando vimos la dimensión que estaba adquiriendo la crisis humanitaria que comenzó tras octubre de 2023, nos organizamos para empezar a trabajar de manera autónoma. La primera investigación que hicimos fue sobre la destrucción sistemática del sistema médico que llevó a cabo el Ejército israelí a partir de enero de 2024. Sudáfrica citó nuestro trabajo en la causa que presentó contra Israel ante el Tribunal Internacional Penal. Entonces, empezamos a colaborar con su equipo de abogados, pero manteniendo nuestra autonomía e independencia. Nosotros analizamos el territorio para entender los patrones de la violencia y ellos usan el resultado de nuestras investigaciones para demostrar que hay una voluntad política de destruir las condiciones que sostienen la vida en Gaza. 

¿Cómo ha sido el proceso de elegir los temas y autores que quería que recogiese el libro?

Planteé el libro como una caja de herramientas para entender el genocidio en el siglo XXI, que supone el exterminio de un pueblo pero, también, la destrucción de las condiciones que hacen posible la vida en común. También establece el vínculo existente entre genocidio y colonialismo, puesto que muchos de los exterminios cometidos por proyectos coloniales bajo la interpretación actual serían considerados genocidios. Y también tenía que recoger cómo se está usando la inteligencia artificial para reestructurar el valor que se le da a las vidas y para cometer genocidios. 

“La arquitectura forense es capaz de poner en relación distintos medios para componer nuevas formas de credibilidad, de autoridad y de verdad”.

¿Qué aporta la arquitectura forense a la investigación de crímenes de lesa humanidad y a la lucha contra la impunidad?

En un momento en el que la imagen y los hechos están perdiendo credibilidad, la arquitectura forense intenta reconstruirla con nuevas herramientas. La arquitectura forense es capaz de poner en relación distintos medios para componer nuevas formas de credibilidad, de autoridad y de verdad. 

Cuando Lemkin conceptualizó el delito de genocidio en 1944, lo definió de una manera mucho más amplia que como se suele interpretar. De hecho, distintiguió dos fases: la destrucción  del patrón nacional del grupo oprimido y la imposición del patrón del opresor. Y estableció un vínculo entre el crimen de genocidio y la violencia colonial, que incluye opresión y desplazamiento forzado. ¿Cómo cree que ha afectado la versión reducida que nos ha llegado del genocidio? 

En el territorio que ahora conocemos como Namibia, Alemania cometió el primer genocidio del siglo XX. El ejército colonial alemán se lanzó al exterminio de sus pueblos originarios, los ovahereros y los namas. Aunque Alemania ha reconocido este genocidio, no ha habido ninguna acción política de reparación ni de restitución. De hecho, el genocidio sigue operando en Namibia porque el 70% de sus tierras agrícolas sigue estando en manos de los descendientes de los colonos, que representan el 4% de la población. Por eso, estamos trabajando en otras formas de reparación y restitución que contribuyan a la igualdad.

Otro de los textos es una entrevista a Rabea Eghbariah, un jurista palestino que sostiene que hay que expandir el derecho internacional a partir de la experiencia palestina. Para ello, propone tipificar el delito de la Nakba que comenzó con el desplazamiento masivo y la limpieza étnica del pueblo palestino sobre los que se fundó en 1948 el Estado sionista, pero que según Eghbariah se extendería hasta hoy como un régimen político y jurídico del que el genocidio es una de sus manifestaciones. La Universidad de Harvard le pidió que escribiera un artículo para su revista sobre esta propuesta y, después de publicarla, la censuró. Lo mismo ocurrió después con la Universidad de Columbia.  ¿Por qué es importante tipificar el delito de la Nakba?

En 1948, las milicias israelíes desplazaron a 750.000 palestinos, destruyeron 500 aldeas, y acabaron con la estructura social y política que organizaba la vida en Palestina. Con esta violencia fundacional vino también una fragmentación del pueblo palestino en múltiples categorías legales y geográficas que establecen distintos derechos incluso en cuanto a la movilidad. 

La propuesta de Eghbariah tiene mucho sentido porque igual que la segregación racial en Sudáfrica tipificó el delito de apartheid, y que el nazismo es constitutivo del crimen del Holocausto, el sionismo lo es de la Nakba. La colonización es el instrumento con el que el sionismo ha construido su identidad nacional sionista. Por eso, él entiende que la ocupación, el genocidio, el apartheid son crímenes dentro de la lógica de la Nakba, que tiene como finalidad desplazar y negar la autodeterminación del pueblo palestino.   

En el capítulo que firma usted, titulado La fábrica de objetivos, evidencia cómo Israel ha usado la inteligencia artificial no para minimizar el número de víctimas civiles, sino para convertir al máximo número posible en potenciales enemigos y eludir así la responsabilidad de sus crímenes. Y explica que lo hace manipulando el derecho internacional. 

El derecho internacional distingue entre civiles y combatientes, y establece el criterio de la necesidad de un ataque, lo que se interpreta como que si un objetivo militar tiene mucho valor, se acepta cierto número de muertes de civiles. 

La legislación internacional no prohíbe la violencia, sino que la racionaliza y establece así una economía de la violencia. Cuando se incorpora esa economía de la violencia en la inteligencia artificial, que es una forma de cálculo estadístico a través de los datos disponibles, se aceleran las injusticias que se cometen en base a esa supuesta racionalidad.

Israel ha generado un sistema de inteligencia artificial que acelera la interpretación de los civiles como combatientes, generando una gran base de datos en la que personas que, muy probablemente, tengan muy poca o ninguna relación con cualquier forma de resistencia armada, van a ser relacionadas con esta.

Y además, como hemos comprobado, el Ejército israelí suele bombardear zonas residenciales y especialmente durante la noche –que es cuando sus programas determinan que el objetivo está en casa con su familia–. Y siguiendo el principio de proporcionalidad, su inteligencia artificial maximiza el número de muertes que se pueden llevar a cabo para matar a ese objetivo. Entonces, Israel dice: “Lo que hacemos nosotros está amparado por los principios de distinción y proporcionalidad de la ley internacional humanitaria”. Pero lo que está haciendo es tergiversarlos y llevarlos a nociones extremistas que les permiten maximizar el número de muertes de civiles. Es una lógica muy perversa.

Para investigar estos crímenes, ven miles de imágenes a diario de los bombardeos, de las morgues, de los hospitales… Imágenes grabadas por los propios familiares de las víctimas para denunciar lo que están sufriendo o por periodistas gazatíes que son asesinados por Israel para impedir que sigan documentando el genocidio. Está demostrado que el visionado de este tipo de imágenes de manera masiva durante meses puede afectar a la salud mental. ¿Han establecido algún tipo de protocolo para protegerse?

Sí, contamos con grupos de apoyo de unas cuatro o cinco personas que nos reunimos cada cierto tiempo para hablar sobre qué nos está costando en el trabajo o cómo lidiar con esas imágenes. Y también podemos pedir asistencia psicológica para evitar o tratar el trauma secundario. A veces, cuando comento con algún amigo o un nueva compañera esta cuestión, suelen decirme: “Ah, como quienes monitorean los contenidos de Facebook o Instagram, que están expuestos a imágenes de mucha violencia de forma repetida”. Y yo suelo responderles que es muy diferente porque hay una finalidad política en el trabajo que nosotros hacemos y que, precisamente, esa finalidad sana un poco la sobreexposición a esos contenidos. 

Usted escribe en el prólogo del libro que las tecnologías que usamos organizan qué memorias se preservan o cuáles se pierden, y que nos imponen ritmos, jerarquías y prioridades que condicionan nuestra respuesta ética y política. Por ello, reivindica la importancia de ocupar esa banda ancha con una sensibilidad crítica que desarrolle respuestas colectivas. ¿Qué lecciones podemos extraer de los dos años de movimiento global de solidaridad con Palestina para crear nuevas propuestas en defensa de los derechos humanos, de la democracia..?

En un momento de crisis en las izquierdas y de auge de las fuerzas reaccionarias, la campaña de solidaridad con Palestina es esperanzadora porque mucha gente se ha movilizado y lo ha hecho porque hay muchas maneras de participar: el boicot a los productos israelíes, las manifestaciones, las acampadas en las universidades, los piquetes en las fábricas de armas, las huelgas en Italia, el seguir hablando para que el genocidio termine… Y tenemos que seguir movilizándonos porque mientras Israel permanezca en Gaza, las armas del genocidio, de la destrucción de la población y de las condiciones que sostienen la vida van a seguir allí.

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El mundo según Trump

26 Noviembre 2025 at 00:01

Este reportaje forma parte del dossier dedicado a Donald Trump en #LaMarea109. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para recibirla y apoyar el periodismo independiente.


«Primero, el miedo. Después, si no estás atento, la crueldad lo invade todo».
Isabel Bono


«Estados Unidos volverá a considerarse una nación en crecimiento, una que aumenta su riqueza, expande su territorio, construye sus ciudades, eleva sus expectativas y lleva su bandera hacia nuevos y hermosos horizontes». Con esta sola frase del discurso con el que inauguró su segunda legislatura, Donald Trump pisoteaba el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas que recoge uno de los principios que ha guiado las relaciones internacionales desde la Segunda Guerra Mundial: la inviolabilidad de las fronteras. El presidente se aliaba así con los líderes que han provocado los dos conflictos que están alumbrando una nueva era: el genocidio de Gaza y la invasión de Ucrania. El magnate había ganado sus primeras elecciones prometiendo acabar con las guerras estadounidenses en el extranjero y comenzó el segundo anunciando la vuelta a las guerras imperialistas y a las anexiones territoriales ilegales. Y lo hizo de manera explícita, sin eufemismos ni falsas justificaciones. Porque Trump está imponiendo un nuevo orden global en el que la única norma es el dominio del más fuerte, es decir, el de Estados Unidos sobre el resto de los países. Y para asentarlo, tanto él como el resto de miembros de su administración emplean un lenguaje que normaliza los pilares y el funcionamiento de un nuevo mundo regido por un desprecio declarado y absoluto por los principios democráticos, por las reglas universales, por la moralidad, por la negociación, por la diplomacia y por el multilateralismo. Un presidente que pilota un gobierno al modo de los cárteles: plata o plomo. O lo que es lo mismo: dinero o fuerza bruta.

Y para normalizar esta ideología neofascista en el imaginario global, el gabinete estadounidense se esfuerza por evidenciarlo en todos los lenguajes: el verbal, como cuando gritó en el homenaje a Charlie Kirk que a sus enemigos les deseaba lo peor, o cuando humilló al presidente Zelensky en su primera visita a la Casa Blanca; el audiovisual, con sus vídeos creados con IA que mostraban la construcción de un resort encima de las fosas del genocidio de Gaza o aquellos en los que él mismo pilota un helicóptero desde el que vierte excrementos sobre quienes se manifiestan contra su presidencia y con el que secuestra a sus opositores políticos para deportarlos; y el gestual, como cuando se hace rodear de líderes europeos en una escenografía que los presenta como súbditos en la Casa Blanca.

Y si Trump se puede permitir estos delirios autocráticos es porque su segunda victoria, tras haber ostentado ya la presidencia entre 2016 y 2020, evidencia que no se trata de un fenómeno aislado o disruptivo, sino de la manifestación de una corriente reaccionaria que recorre el mundo y que en Estados Unidos se ha solidificado en una parte de la sociedad que desprecia la democracia, reclama modos y políticas autoritarias, reivindica la hegemonía del supremacismo blanco, aplaude el insulto, la zafiedad, la ignorancia y la soberbia. La ya frágil democracia norteamericana vive un cambio de régimen y en él Trump está dando una nueva vuelta de tuerca al imperialismo que Estados Unidos ha ejercido de manera tan despiadada como desprejuiciada desde la Segunda Guerra Mundial.

El líder autocrático ha alumbrado una forma de ejercer el poder en la que verbaliza y combina la amenaza, la coerción y el chantaje comercial, económico, político y militar. Con una diferencia sustancial respecto a sus antecesores: no se molesta en justificarlo ni en crear falsas excusas o motivaciones como hizo, por ejemplo, la Administración Bush con las armas de destrucción para invadir Irak. El mundo según Trump debe regirse solo por su orden y mando, como demuestra en la propaganda en la que porta una corona y que difunde en su propia red social (a la que ha llamado Truth, porque en su mundo, él decide qué es verdad, un procedimiento que su entorno ha dado en llamar «hechos alternativos»).

Lo más preocupante es que durante este primer año de la era Trump 2.0, hemos visto cómo la mayoría de los líderes políticos mundiales no han opuesto resistencia a interpretar su rol de vasallos ante el rey, emperador o líder supremo –dependiendo de la tradición de la que procedan–, como han demostrado Ursula von der Leyen, el rey Carlos de Inglaterra o Nayib Bukele.

Cómprese (y si no, invádase)

«Obtendremos Groenlandia. Sí, al cien por cien. Existe una buena posibilidad de que podamos hacerlo sin fuerza militar, pero no voy a descartar nada», anunció el presidente Trump poco después de tomar posesión en una entrevista para la cadena NBC.

El líder republicano combina un lenguaje simplista y directo con una ambigüedad que le permite mantener uno de los rasgos distintivos de los sistemas autocráticos: la arbitrariedad.

A la vez, Trump ha roto con la percepción habitual del tiempo al hacer añicos los conceptos de imprevisibilidad e irracionalidad. Por eso, resulta conveniente repasar algunos de los hitos de la presidencia estadounidense del último año y cómo los ha comunicado para entender la doctrina del shock que está empleando. Como aquel primer sobresalto con el que inició su mandato: la amenaza contra la soberanía de Groenlandia, un territorio semiautónomo de Dinamarca. Lo cierto es que ya durante su primera legislatura, Trump intentó negociar la compra de la isla. Ante la negativa del Ejecutivo de Copenhague, el presidente estadounidense canceló su visita oficial. Y de nuevo, cinco días antes de volver a convertirse en inquilino de la Casa Blanca, llamó personalmente al primer ministro danés para advertirle de que si no se la vendía, se la quedaría por la fuerza.

El mundo según Trump
Marcando el territorio: el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, realiza una visita a la base militar de Pituffik, en Groenlandia, el 28 de marzo de 2025. JIM WATSON / REUTERS

El chantaje económico empleado por Trump bajo la amenaza de intervención militar rompe con los ya difusos límites existentes entre la coerción y la diplomacia y está dibujando nuevas formas de ejercer el poder fuera de cualquier norma. Algo que de seguir en esta senda militarista, veremos agravarse ante la lucha por unos recursos cada vez más escasos. Las áreas costeras de Groenlandia cuentan con unos 17.500 millones de barriles de petróleo y 148.000 millones de pies cúbicos de gas natural, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. Y posee, igualmente, cantidades significativas de metales de tierras raras, imprescindibles para las tecnologías de energía verde. Además, se trata de un enclave con un valor estratégico creciente para el comercio marítimo con Asia a medida que la crisis climática acelera el descongelamiento del Ártico. El periodista Mario G. Mian, uno de los mayores expertos en Groenlandia, recuerda en su último libro que en esta isla China, Rusia y la OTAN están librando la llamada «Guerra Blanca» por el control geopolítico de la zona. En cualquier caso, Estados Unidos ya cuenta con una base militar allí después de que Truman también intentase comprarla por 100 millones de dólares tras la Segunda Guerra Mundial.

Amagando el golpe

Tras el primer genocidio televisado, el de Gaza, podemos estar asistiendo al primer anuncio televisado de un golpe de Estado. De hecho, si hay un caso de estudio sobre cómo Trump está empleando el lenguaje para crear un escenario en el que sus actuaciones ilegales se presenten como necesarias, lógicas e, incluso, inevitables es, sin duda, el de Venezuela.

Desde que Trump anunciase la primera ejecución extrajudicial de tripulantes de una embarcación procedente de Venezuela, tanto él como todos los miembros de su gabinete han pasado a referirse al gobierno de Nicolás Maduro como régimen «narcoterrorista». Con ese concepto, fusionan la lucha contra las drogas –con la que Washington justifica, desde hace décadas, la intervención militar de sus tropas en Latinoamérica– con el terrorismo, asemejando así al Ejecutivo de Caracas con los talibanes, Al Qaeda y el Estado Islámico. La guerra contra el terrorismo sigue siendo uno de los pilares de las políticas colonialistas estadounidenses y, al vincularla con Venezuela, reviste de seguridad lo que en realidad responde a un choque ideológico contra la izquierda bolivariana y, sobre todo, a la pugna por los recursos naturales –especialmente, el petróleo–.

El mundo según Trump
Captura del vídeo facilitado por las autoridades estadounidenses del ataque militar a una lancha en el mar Caribe.

Además de los bombardeos contra embarcaciones en el Caribe –pese a que más del 70% de la droga entra en Estados Unidos por el Pacífico–, Trump ha autorizado a la CIA a «realizar operaciones encubiertas», el eufemismo bajo el que la Casa Blanca ha impulsado golpes de Estado, instaurado dictaduras y asediado revoluciones durante décadas. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, el Gobierno estadounidense ha respaldado a la oposición política y ha impuesto severas sanciones económicas al país latinoamericano. Tras su vuelta al poder, Trump ha ofrecido 50 millones de dólares por la entrega de Maduro y ha desplegado en las inmediaciones de Venezuela su mayor operación naval desde la primera guerra del Golfo. Por tanto, la actuación de la CIA debe tener un objetivo que vaya aún más allá.

‘Supremacist First’

En su toma de posesión, Trump recuperó el concepto de «destino manifiesto», creado por el columnista conservador John O’Sullivan en 1845 para defender que, siguiendo los dictados de Dios, Estados Unidos debía ocupar Texas y expandirse por toda Norteamérica. De hecho, Trump se ha declarado seguidor de William McKinley, su homólogo entre 1897 y 1901, y quien, como él, fusionó un proteccionismo arancelario con un colonialismo que le llevó a ocupar Filipinas, Puerto Rico, Hawái y Cuba. Se estableció entonces la Doctrina Monroe, según la cual Estados Unidos tenía el deber de controlar Latinoamérica para proteger sus intereses económicos y de seguridad. Esta visión teocrática, conocida como «excepcionalismo», sostiene que se trata de un país superior al resto, un canon al que todos deben aspirar y que, por tanto, tiene la legitimidad y el deber de guiar e imponer su modelo en todo el mundo, instaurando incluso presuntas democracias mediante bombardeos, invasiones y guerras.

La diferencia de Trump con respecto a los anteriores presidentes es que no sólo no lo oculta, sino que hace ostentación de ello. El «America First» enarbolado por el magnate es la expresión más sincera de esta concepción del mundo que tiene parte de la sociedad estadounidense y también del norte global. Un mundo en el que el sur es, si acaso, el fondo de sus postales de vacaciones o lugares en los que hacer negocio desde una posición ventajista, como escribió Zadie Smith. Por ello, el vídeo difundido por Trump sobre la construcción de un resort en Gaza es solo la expresión más descarnada de la identidad fascista estadounidense, como la define la periodista Suzy Hansen en Notas desde un país extranjero, un libro por el que fue finalista del premio Pulitzer en 2018. La actual administración está derruyendo los pocos contrapesos internos con los que contaba la democracia estadounidense y los mecanismos multilaterales internacionales en los que, sobre todo, se teatralizaba la aspiración a un futuro orden global democrático.

Nombrar para dominar

En los primeros días de vuelta al Despacho Oval, Trump ordenó a la prensa estadounidense que llamase Golfo de América al Golfo de México. Associated Press, la agencia de noticias más importante del mundo, siguió usando el nombre oficial, por lo que fue expulsada de las ruedas de prensa de la Casa Blanca. Cuando Trump se postuló como ganador irrebatible del premio Nobel de la Paz, llamó «acuerdo de paz» a lo que no era más una tregua dirigida a consolidar la ocupación de los territorios palestinos y a garantizar la impunidad de Israel por sus crímenes, incluido el genocidio. Y durante las primeras horas del anuncio, numerosos medios reprodujeron acríticamente ese concepto de «acuerdo de paz», convirtiéndose en correa de transmisión de su propaganda y legitimándolo ante la opinión pública internacional, pese a que violaba cualquier derecho de los palestinos. Sin embargo, ante la persistencia de los bombardeos israelíes sobre la Franja, muchos se vieron obligados a rectificar y emplear términos como «el plan de Trump». Pero ya había quedado en evidencia su capacidad para imponer marcos de interpretación sin apenas encontrar resistencia entre medios de comunicación y periodistas, quienes tenemos el deber de fiscalizar el lenguaje del poder para descifrar y transmitir su verdadero significado.

Fue, además, durante la presentación de este acuerdo ante la Knéset israelí donde hizo gala de su determinación para hacer de la injerencia explícita un rasgo de su política. Lo hizo al insistirle al presidente israelí, Isaac Herzog, que indultase a Benjamín Netanyahu: «Concédale el indulto. Vamos (…) nos guste o no, es uno de los mejores presidentes en tiempos de guerra. Y unos cuantos cigarros y champán, ¿a quién le importan?». Se refería a los juicios por corrupción que tiene pendientes; para evitarlos, según infinidad de expertos, Netanyahu ha impulsado un genocidio en Gaza que le permite suspenderlos mediante el estado de excepción.

Celebración del genocidio

Y, como culmen de la pedagogía de la crueldad que define todas sus políticas, convirtió su intervención parlamentaria en la celebración del genocidio: «Bibi me llamaba muy a menudo. ¿Puedes conseguirme esta arma? ¿Esta otra? ¿Y esta otra? De algunas de ellas nunca había oído hablar. Bibi y yo las fabricamos. Pero las conseguimos, ¿no? Y son las mejores. Son las mejores. Pero tú las has usado bien. También se necesitan personas que sepan usarlas, y tú claramente las has usado muy bien».

El mundo según Trump
Ciudad de Gaza vista desde un puesto militar israelí en el barrio de Shujaiya. NIR ELIAS / REUTERS

También aprovechó para ahondar en su particular doctrina del shock, basada en el desprecio por la moralidad y en la destrucción, como persiguen todos los líderes fundamentalistas, del consenso sobre los valores éticos mínimos que deben regir nuestras sociedades. Para ello, alabó a los firmantes de los Acuerdos de Abraham, a los que ensalzó por ser «hombres muy ricos», los dos elementos que, según la cosmovisión trumpista, deben regir el mundo: los hombres y el dinero. De hecho, apenas unas horas después, en la cumbre que celebró en Egipto con el mismo motivo, entre los mandatarios asistentes sólo había una mujer, Georgia Meloni, a la que enalteció señalando que era «guapa», justo después de decir que referirse a una mujer con este concepto «acabaría con la carrera de cualquier político», pero que él se iba a «atrever». Es decir, apología del machismo disfrazada de la valentía con la que se abanderan los ultras para defender la libertad de expresión que, precisamente, ellos mismos restringen en cuanto llegan al poder.

Apenas un mes después, tras la incontestable victoria de Zohran Mamdani en las elecciones para la alcaldía de Nueva York, varios medios internacionales publicaron que los republicanos habían comenzado a reformar los distritos electorales para garantizarse la victoria en las elecciones legislativas de 2026. Además, alertaban de que es más que posible que el Tribunal Supremo, con mayoría absoluta conservadora, falle en junio a favor de una reforma de la Ley del Derecho al Voto que dejaría fuera a las minorías.

Nos encontramos, pues, ante un escenario en el que incluso los analistas más conservadores y prudentes no descartan que Trump consiga sumir a Estados Unidos en una autocracia. Y lo está haciendo sin ocultar sus aspiraciones, todo lo contrario: verbaliza sus planes para normalizarlos ante la opinión pública, se reivindica como un líder al que le gustaría gozar de un poder absolutista mundial para implantar un régimen dominado por hombres blancos y ricos, de ideología neofascista, ultramachista y con el objetivo declarado de acabar con el sistema democrático, pluralista y multilateral tanto a nivel interno como internacional. Ivo Daalder, exembajador estadounidense ante la OTAN, lo resume así: «Con Trump en el cargo, el orden basado en reglas ya no existe».


El Ministerio de la Guerra

Como a cualquier buen cryptobro, a Trump no le gustaba el nombre de Departamento de Defensa. Le parecía que sonaba «demasiado a la defensiva», que los que lo nombraron así después de 1945 se habían dejado arrastrar por «lo woke». Por eso ordenó que volviese a su denominación original, Departamento de la Guerra, porque «a todo el mundo le gusta la increíble historia victoriosa» de cuando se llamaba así. Pero no se trata, o al menos no solo, de una manifestación testosterónica del presidente estadounidense, sino de un nuevo capítulo en su estrategia para legitimar lo reprobable, normalizar el oprobio nombrándolo para reivindicarlo. Incluso, o especialmente, cuando se trata de la peor actuación de la que es capaz el ser humano: la guerra. Durante el anuncio en el Despacho Oval del cambio de nomenclatura, el nuevo secretario de Defensa, Pete Segeth, resumió así su directriz: «Máxima letalidad, no una tibia legalidad».

Según medios especializados como The Diplomat, asistimos a un aumento de las posibilidades de una guerra nuclear después de que Trump anunciase la reanudación de los ensayos con armamento nuclear y de que Putin se jactase de contar con un dron submarino nuclear con capacidad para destruir ciudades enteras. Hablando de nombres: Trump ha puesto el suyo a un nuevo caza con capacidad nuclear, el F-47, llamado así en honor al 47º presidente: él.

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Jornada antifascista

17 Octubre 2025 at 16:43
Por: mon

El próximo viernes 31 de octubre el Centro Social Recuperado de Gamonal acogerá el desarrollo de una jornada antifascista en la que hay programadas varias actividades. A partir de las 20:30 horas dará comienzo un concierto que contará con la presencia de las bandas burgalesas LPV y Llaga, con su característico estilo punk, para continuar con From the Pub, banda de estilo 0I! proveniente de Burdeos que, además, presentarán nuevo LP.
Por otra parte, y como actividad inicial, a las 18:30 horas los integrantes de esta banda OI! francesa impartirán una charla sobre el auge del fascismo en el país galo y cómo se ha organizado la respuesta antifascista al otro lado de los pirineos. Como de costumbre en el CSR Gamonal, la entrada es libre y gratuita hasta completar aforo.

Mural por Palestina

17 Octubre 2025 at 16:37
Por: mon

Este domingo 19 de octubre se presenta en Castrillo Mota de Judíos un mural contra el hermanamiento del pueblo con un asentamiento colonial israelí. Tendrá lugar una concentración para reclamar el fin de toda colaboración del ayuntamiento con Israel.

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