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AnteayerSalida Principal

Hablar con fascistas

5 Febrero 2026 at 08:53

2 de febrero

En 1991 Donna Haraway escribe: «La dolorosa fragmentación existente entre las feministas (por no mencionar la que existe entre las mujeres) en todos los aspectos posibles ha convertido el concepto “mujer” en algo esquivo, en una excusa para la matriz de la dominación de las mujeres por ellas mismas».


El mundo siempre ha sido una colonia, en el sentido de que gente ajena al territorio se ha beneficiado de sus recursos y para ello ha impuesto estructuras de poder ajenas a la voluntad de la población autóctona (y cuando digo «ajenas a la voluntad» incluyo voluntades manipuladas por el soborno, el chantaje y la desinformación). Su descolonización aparente en la segunda mitad del siglo XX, que daba una apariencia de legitimidad a la explotación, está dando paso a sus más desvergonzadas manifestaciones. El marionetista ya no se oculta tras un telón oscuro, podemos ver las manos moviendo los hilos de sus criaturas y su gesto autocomplaciente al revelar su poder casi absoluto.


4 de febrero

Al pobre Pasolini le sucede como a Hannah Arendt y a Adorno, que los cita con entusiasmo gente que no los ha leído nunca. La filosofía de Arendt se ha visto reducida a un concepto que es de buen gusto citar y que vale para un roto y para un descosido: la banalidad del mal. Si las y los columnistas de opinión se acuerdan alguna vez de Adorno es para repetir como papagayos, a menudo mal o de forma sesgada, que la poesía es imposible después de Auschwitz.

Y Pasolini, como hemos visto estos días, sirve a los tibios para hablar del fascismo de los antifascistas.

¿Han leído alguno de sus artículos sobre el tema? Y, de paso, ¿han visto esa foto en la que Pasolini se lía a puñetazos con un fascista del MSI? En sus artículos sobre el asunto, que se pueden consultar en el breve volumen publicado por Galaxia Gutenberg, Pasolini condena sobre todo dos cosas: el antifascismo de los liberales burgueses, que es fingido o solo útil para ellos en determinados momentos históricos y puede cambiar de bando con facilidad, y que el antifascismo se entretenga con el inocuo deporte de condenar fieramente los fascismos del pasado, que ya no existen.


A él le parecía que se estaba perdiendo la oportunidad de hablar con los jóvenes fascistas, y esto puede parecer que lleva el agua al cansino molino de los y las que afirman que es fascista no sentarse a conversar con Aznar o Espinosa de los Monteros. Afirmaba que el diálogo no debía establecerse con los que llamaba los «fascistas arqueológicos» (con ellos, como hemos visto, podía liarse a puñetazos), ese residuo insignificante de la historia formado por quienes aún creían en Mussolini o en el fascismo histórico, sino con todos aquellos jóvenes cansados y rabiosos que buscaban una salida y una liberación en la energía de los neofascismos –creo que él no usó esa palabra–. Había que hablar con ellos, entenderlos, y por supuesto ofrecerles otras posibilidades.

El error en el análisis de Pasolini era pensar que los fascistas arqueológicos habían perdido la batalla debido a la televisión: afirmaba que Mussolini fue capaz de enardecer desde la tribuna pero no lo sería ante una cámara, que desvelaría su vacío y su estupidez, mostrándolo tal como era. Así que dedicarse a criticar aquel fascismo era una postura inocua y falsa.

¿Qué pensaría hoy Pasolini viendo a Trump, Abascal o Milei? Esos ignorantes de discurso vacío y brutalmente agresivo –como sucedía con Mussolini– que sin embargo no paran de crecer. ¿Qué pensaría, en España, viendo a personajes así vendiendo su mercancía averiada por los platós, en las páginas de una prensa subvencionada –por los partidos o por las grandes empresas– y en encuentros supuestamente «culturales»? ¿Querría conversar con ellos en aras de la tolerancia?

La ética impone límites a la cortesía; hay ciertas manos que no se deben estrechar salvo en contadísimos y urgentísimos momentos en los que ese contacto indeseable puede servir, por ejemplo, para salvar vidas. Me parece mezquino y sucio afirmar que es fascista el antifascismo de quien sencillamente no quiere compartir espacio y titulares con quienes han iniciado guerras mintiendo, con quienes han pertenecido a partidos que prohíben la entrada a sus actos a periódicos no afines –pero ahora se quejarán de que los cancelen a ellos– o fomentado la persecución de menores; con quienes aún hoy se niegan a condenar una dictadura, ayudando así a legitimarla.

No querer hablar con gente que apoya la deriva fascistoide y autoritaria y despiadada de la sociedad, puede parecer o no una buena estrategia. Condenar moralmente esta actitud está tan fuera de lugar como apuntarse al latiguillo supuestamente pasoliniano para poner en el mismo plano a quien defiende una posición ética no queriendo estar en ciertos lugares con ciertos individuos, y a quienes, con sus actos y palabras y sus omisiones culpables, normalizan la dictadura. No estamos hablando de un pasado remoto sobre el que conversar apaciblemente. Franco, Mussolini, Hitler, Stalin no están tan muertos como creíamos y no se puede exigir a nadie que venza su repugnancia y departa con quienes contribuyen a mantenerlos vivos.

Hacer además una contorsión intelectual para decir que si han sido elegidos democráticamente hay que respetarlos es otra forma de vileza. ¿Hace falta recordar los dictadores de todo el mundo que llegaron al poder a través de elecciones? Me voy a subir yo también un momento a la ola neocristiana que nos inunda y citar a Jesucristo: por sus hechos los conoceréis. Y los conocemos de sobra.


Releyendo lo que acabo de escribir pienso algo que he pensado más de una vez y que no contradice lo anterior: me gustaría escribir más en periódicos con cuya ideología no concuerdo y cuyos lectores no concuerdan con la mía. No tengo miedo al contagio ni a conversar con quien piensa diferente. Es solo que traspasar ciertos límites te hace salir sucio del otro lado.

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A tiros con el patriarcado

29 Enero 2026 at 09:25

15 de enero

Me dicen que mi diario recibe más visitas cuando trato temas de actualidad (que casi siempre es rabiosa). Y yo estoy tan cansado de actualidad, de seguir o de comentar la última babosada del ultraderechista de turno, la última maldad de un lacayo que quiere hacer méritos, los ataques cada vez más frecuentes a nuestros derechos.


16 de enero

Martin Niemöller fue un pastor luterano anticomunista, antisemita y nacionalista, que se pasó a la Iglesia Confesante, opuesta a Hitler, después de que éste acabara con la independencia de las iglesias e incumpliese sus promesas de no exterminar a los judíos (antes a Niemöller le parecía mal que se los asesinara o introdujera en guetos, pero no que se limitasen sus libertades y el su acceso a cargos públicos). Tras la guerra, y después de pasar varios años en los campos de Sachsenhausen y Dachau, derivó hacia el pacifismo, fue un vehemente opositor contra la guerra de Vietnam y en una carta en la que reconocía las culpas y responsabilidades de la iglesia protestante en el ascenso de Hitler, escribió una frase, que me ha llamado la atención al releerla hoy: «Hemos negado el derecho a hacer la revolución, pero hemos soportado y aprobado la evolución hacia una dictadura absoluta». La frase de este hombre que empezó siendo ultraconservador y decía haberse convertido en revolucionario –aunque exageraba un poco– y que si alcanzaba a vivir cien años acabaría siendo anarquista, me recuerda a tantos derechistas actuales que maldicen la revolución pero apoyan a quienes han iniciado un proceso cada vez más violento para llegar a la dictadura absoluta. Sus soniquetes en los que defienden la legalidad, la libertad y la democracia duran solo hasta que alguien tiene la suficiente fuerza para acabar con las tres e imponer una dictadura derechista.

(Si alguien, a estas alturas, me dice que el NSDAP era socialista puedo entrar en combustión espontánea).


22 de enero

Pienso con tristeza que la época final de la dictadura española no era mejor que lo que tenemos hoy. Pero entonces teníamos la sensación de constituir una anomalía y que el mundo a nuestro alrededor nos ayudaba a corregirla: sabíamos hacia dónde dirigirnos. Ahora el mundo que nos rodea es amenazante y, en lugar de sentirnos atraídos por la luz, estamos fascinados por la oscuridad.


23 de enero

Cuando hace dos semanas escribía que, a pesar de las apariencias, Fargo es una serie feminista, habíamos visto solo dos temporadas. Más adelante el toque feminista es obvio y, a menudo, banal o perverso. Quiero decir que la mayoría de los personajes femeninos fuertes lo son de una forma ultraviolenta, hiperambiciosa o mezquina. Por supuesto, ya el solo cambio de los hombres salvadores y fuertes acompañados de mujeres siempre asustadas y exhalando quejidos, por mujeres poderosas y resolutivas anima un poco el panorama, aunque acabará también siendo cansino. Pero el feminismo de Fargo que me interesa no está en esos ejemplos obvios y desviados de mujeres cuyo empoderamiento estriba en matar a los contrarios. Me interesan más esas mujeres capaces en su profesión, como la policía de la primera temporada, aunque la estupidez de sus jefes acabe siendo tan caricaturesca que se huele el truco comercial, esa capacidad del cine americano para usar el señuelo ideológico para atraernos –ya escribí sobre ello en relación con el falso feminismo de Barbie.

Para mí el personaje que pone sobre la mesa el feminismo de forma más sutil es Peggy (interpretado por Kirsten Dunst), personaje fundamental en la segunda temporada. Peggy atropella a un hombre –que resulta ser hijo de una poderosa pareja de jefes mafiosos–; en lugar de detenerse, se va a casa con el atropellado empotrado en el parabrisas y aparca en su garaje. Ella se niega a que la realidad le estropee los planes, por ejemplo el de participar en un taller de fin de semana de superación personal. Peggy tiene la casa llena, literalmente llena, de revistas de decoración y cosmética. Es mentirosa, desequilibrada, inculta, no parece muy lista y no tiene escrúpulos en usar la violencia, sacando de apuros con frecuencia a su marido Ed, que, él sí, comienza a verse superado por la realidad. Al final, cuando ha sido detenida, Peggy se pone a hablar al policía que la conduce a prisión de sus problemas familiares y de sus deseos de realizarse. El policía, ejemplo perfecto, de hombre honesto, valiente y razonable le recrimina: Peggy, ha muerto mucha gente, para que entienda que hay problemas más graves que sus quejas de ama de casa.

Ahí está, esa mujer banal, preocupada por sus pequeñeces después de una masacre, en la que también ha muerto su marido.

Un paseo por Internet me descubre que Peggy es uno de los personajes más odiados entre el público de Fargo, que la ve como una insoportable desequilibrada egoísta y mezquina.

Otra manera de verlo pondría el foco en la insoportable presión a la que están sometidas mujeres como ella: vive en el pueblo de su marido, un carnicero cuyo objetivo en la vida es comprar la carnicería en la que trabaja y tener hijos, vivir una vida apacible en la que él gana el dinero con un negocio sólido, en su entorno habitual, y la mujer es el ángel del hogar que le hace la cena y cuida de los niños. Y Peggy se asfixia: quiere huir de ahí, toma la píldora en secreto, ella quiere salir de un hogar y un pueblo que son prisiones sin rejas, de un marido que la quiere pero no la escucha y considera que las necesidades de su mujer son infantiles, comparado con el proyecto de familia sólida que él quiere fundar. Así que ella se refugia primero en el mundo ideal de las revistas para mujeres, después en las promesas de crecimiento personal, después en una posible huida y por fin plantando cara al mundo con violencia paralela a la que recibe.

Y cuando el policía le afea que esté preocupada por asuntos insignificantes tras una matanza, ella no sabe qué responder, pero no se la ve conforme, porque siempre hay asuntos más importantes que los derechos de las mujeres que se dejan para después de la seguridad, del bienestar, de la lucha de clases, de…

Si Peggy está desequilibrada es porque las presiones y violencias que recibe desequilibran a cualquiera. Ya antes que Carol Hanisch y Kate Millet, Ulrike Meinhof decía en una entrevista que lo privado es político, y que todos esos destinos individuales de mujeres eran resultado de una estructura opresora que había que hacer saltar por los aires. Ella se tomó al pie de la letra la tarea.

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Permitidme que os aburra con mis asuntos

15 Enero 2026 at 09:50

10 de enero de 2026

Escribo. Leo. A veces miro por encima de la pantalla y el libro. Sonrío. Un cielo gris plomizo sobre el mar, un arcoíris vibrante lo atraviesa hasta media altura. A pesar de lo sombrío del horizonte, el sol ilumina los montes más cercanos, también dos aves blancas –¿gaviotas?– muy lejos, se elevan brillantes e inquietas, como dos hojas de papel de aluminio que reflejan una y otra vez la luz para desaparecer entre nubes.


Leo alternándolos dos libros de Kate Millett y Parentesco animal, de Noelia Adánez. Sonrío al descubrir que Adánez interrumpió la lectura de El cuaderno dorado, de Doris Lessing, cuando empezó a leerlo muy joven, y no lo retomó hasta bastantes años después, cuando supo apreciarlo de otra manera. Yo, aunque devoto de Lessing, también cerré anticipadamente aquel libro, pero no lo he vuelto a abrir. Quizá debería regresar a él; aunque, como a los lugares, nunca regresamos de verdad a los libros: la persona que supuestamente regresa ya no es ella, sino otra, a pesar de que haya mantenido algunas constantes básicas. Y podría pensarse que mientras los lugares cambian y por eso es imposible volver al espacio exacto que abandonamos, los libros permanecen idénticos; no es verdad del todo; los libros también cambian según el contexto histórico y social en el que se leen. Libros que fueron una revelación en su momento hoy los leemos con interés pero quizá sin la capacidad de maravillarnos que habríamos sentido unas décadas antes.

Por supuesto, me atraviesa la cabeza la pregunta de cómo se leerán mis libros dentro de unas décadas, pero eso significa presuponer que mis libros se seguirán leyendo, cosa improbable y, además, de poco interés. No solo porque estaré muerto, sino sobre todo porque no puedo ni imaginar cómo será el mundo entonces. Tampoco es que me apetezca imaginarlo en este aciago inicio de año.

Más adelante en el libro de Adánez, me encuentro con referencias a una obra de Joyce Johnson, Personajes secundarios. Es posible que ya lo haya mencionado en este diario, pero me impresionó mucho la primera novela de esta autora, Come and join the dance, que inexplicablemente, no se encuentra en español, creo, y como no lo está el también recomendable Bad Connections. De su primera novela me impresionó la claridad con la que Johnson mostraba cómo muchas mujeres de su generación fueron capaces de liberarse de las expectativas de sus padres (a menudo con un coste personal elevado) para caer presas de las expectativas de sus parejas, hombres encantados de explicarles cómo tenían que ser libres –pero al servicio de las fantasías sexuales y también de las necesidades económicas de esos mismos hombres–. A cambio, les permitían ser espectadoras en primera fila de la liberación masculina y figurantes a menudo maltratadas en sus dramas.


14 de enero de 2026

Releyendo los párrafos anteriores me acuerdo de un libro que descubrí mientras me documentaba para escribir Escritores delincuentes: Off the Road, la autobiografía de Carolyn Cassady (esta sí está traducido al español, en Anagrama). Un libro tristísimo, un testimonio más de una mujer que dio buena parte de su energía a sostener a hombres supuestamente libres y autónomos de la generación beat: su marido, el fascinante e infeliz Neal Cassady, y su amigo y amante Jack Kerouac.


Anoche, en la duermevela, le daba vueltas a una idea: una de las desgracias de nuestras sociedades es que la mayoría opina –u opinamos– más de lo que piensa.

Solemos reaccionar ante cualquier acontecimiento con un juego limitado de respuestas, basadas a menudo en prejuicios a su vez basados en una capa muy delgada de información y reflexión. Apenas pensamos, pero creemos con pasión. No estaría demás pensar con pasión y creer con mesura.


Hace un par de días le decía a Edurne que había llegado a la conclusión de que, a pesar de las apariencias, Fargo es una serie feminista. Pero tendría que argumentarlo con calma, porque también es cierto que en la serie hay un número considerable de mujeres extremadamente ambiciosas, mezquinas, desequilibradas o idiotas; o varias de esas cosas a la vez. Y, sin embargo… Pero esto tengo que dejarlo para otro día.


Volviendo a lo del exceso de opinión, me he dado cuenta de que mi diario se ha convertido también en una fuente de opinión, más que de reflexión o narración. Y estoy un poco cansado de oír mis propias homilías. No sé si le interesará a alguien leerme cuando solo me refiero a mis lecturas, las películas que veo, lo que observo, lo que me sucede, las ideas que me pasan fugazmente por la cabeza. Pero tampoco sería una catástrofe si no fuera así. Quién no ha aburrido alguna vez a sus amigos con las propias historias. Las relaciones humanas están hechas también de esos momentos en los que no nos interesa demasiado lo que dice el otro. No podemos ser todo el rato, ni siquiera la mayor parte del tiempo, fascinantes.

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Trump y el monstruo de Frankenstein

8 Enero 2026 at 07:00

28 de diciembre

Muere Brigitte Bardot y me propongo ver o volver a ver alguna de las películas que protagoniza. Mirando los comentarios a El desprecio en Filmin me encuentro con uno que me parece muy bonito: «No tengo el conocimiento suficiente para saber por qué me ha gustado». Y la valora con un nueve.

¿No nos esforzamos a menudo en razonar por qué nos gusta una obra de arte y a veces le añadimos interpretaciones que quizá no aporten nada? Me encanta esa sencillez: aceptar que desconoces los motivos del placer y el interés que te provoca una película o una novela o un poema.

Y es verdad que el arte nos emociona o interesa por razones y sensaciones tan complejas que intentar explicarlas puede llevar a simplificarlas.


En el otro extremo, el Frankenstein de Guillermo del Toro no me ha gustado nada y sí sé explicar por qué. No me parece que aporte nada de valor a lo que ya nos han dado el monstruo y su creador –o el creador monstruoso y la criatura–. Es verdad que hay un despliegue técnico y digital que puede resultar apabullante, pero también decepcionante. ¿Tal derroche de recursos para esto, para una nieve que parece hecha de algodón y para unos lobos de cartón piedra y para que en ningún momento la forma se convierta en contenido?

Es posible que fuera benévolo si se tratara de una obra más artesanal, pero me irrita este despilfarro grandilocuente que me ofrece tan poca cosa. Aunque me parece perfecto que se aleje del original, también me irrita el cambio que afecta a la coprotagonista. Entiendo que hoy es difícil repetir la figura femenina inventada por Mary Shelley, tan devota al genio, cuidadora abnegada, sacrificada. Pero al final Del Toro nos presenta a una mujer de carácter, con su propia agencia y que no se amilana ante el científico, pero muere sacrificándose por la criatura y enamorada de ella y de su cuerpo. Lo de la figura woke pero entregada al amor romántico no puede satisfacer a nadie porque pretende satisfacer a todos.


29 de diciembre

Leo un artículo sobre gastronomía de moda y me doy cuenta de que, aunque tenga mis pequeñas ínfulas gourmet, para algunas cosas vivo a espaldas de mi tiempo: no sé lo que es un smash burger, no tenemos un satisfryer ni hemos pensado tenerlo, no pagaríamos cinco euros por una gilda de diseño, me entero de la existencia del chocolate Dubai por el artículo y me maravillo de que se hayan puesto de moda los kebabs sofisticados. Y me quedo un rato meditando sobre el misterio de que se hayan convertido en tendencia –signifique esto lo que signifique– las prensas para hacer carpaccio; pero sé lo que es el carpaccio, así que tan fuera del mundo no estoy.

En realidad, no tiene sentido escandalizarse. Cada época tiene sus modas y seguirlas es a menudo una forma de distinción social, de mostrar que eres parte de un grupo especial. La diferencia con tiempos pasados es la siguiente: antes había gente que se arruinaba para poder seguir un determinado tren de vida al que correspondían vestidos lujosos, fiestas deslumbrantes, comidas pantagruélicas. Ahora puede suceder lo mismo, pero en la era del simulacro también puedes sugerir esa pertenencia elitista por medio de fotos que luego subes a redes sociales; quizá no te hayas comido tú ese chocolate Dubai ni sea tuya la satisfryer, pero fotografiándote con ella te cuelas en la tendencia y te autopublicitas como persona introducida en un modelo de vida al que no alcanzas…

Pero me acuerdo ahora del hidalgo al que sirve brevemente el Lazarillo, que se desperdigaba migas sobre la pechera para sugerir que había almorzado aunque las tripas le gritaran de hambre. Como decía aquel anuncio de bourbon: en realidad, las cosas no cambian.


6 de enero

Trump ha invadido Venezuela. No es que haya cambiado tanto la actitud de Estados Unidos, que siempre han entendido el mundo como conjunto de territorios que explotar; recordemos Chile, Bolivia, Honduras, Granada, Panamá, Irak, y por supuesto todos esos ataques en países africanos que desde España entendemos aún menos y por eso les prestamos poca atención. Lo único que ha cambiado es que a la administración de Trump le da igual guardar las formas. Si Eisenhower ocultaba que la CIA había sido instrumental en el asesinato de Lumumba, Trump se enorgullece de sus fechorías e indica claramente que no es una cuestión de legalidad ni de democracia sino de los intereses puros y duros de su país. Él no enarbola el derecho, muchos menos los derechos humanos, sino la fuerza. Al menos, sabemos a qué atenernos.

¿Le sucederá a Trump como al doctor Frankenstein, que esté poniendo en marcha una fuerza que escapará a su control y lo destruirá? No sucede siempre con los mundos monstruosos creados por los experimentos dictatoriales. Franco y Stalin murieron en la cama.


Leo las primeras reacciones de la derecha española, cómo intentan instrumentalizar el desastre para atacar a su némesis y vuelvo a pensar que no tienen absolutamente nada que ofrecer al país y por eso se dedican a embarrarlo todo, porque una vez que se ensucien todos los que están en el terreno, es más difícil distinguir quiénes son.

Ni una medida económica con cabeza, ni una medida social, ni una idea sólida de la política internacional que les gustaría defender. Tenemos a la peor derecha de la historia; y eso que el listón estaba muy alto. O muy bajo, según se mire.


Leyendo de forma alterna Política sexual y Viaje al manicomio, de Kate Millett. Me encanta cómo, en el primero, desvela la fanfarronería ridícula y misógina de Henry Miller y Norman Mailer –nunca me interesó ninguno de los dos, tampoco cuando Miller era mirado como un pope de la liberación sexual–. Ambos me parecían vagamente repulsivos sin que en la época en la que los leí –era jovencísimo– tuviese las herramientas para comprender y explicar por qué.

También me ha entusiasmado la contraposición que hace entre Ruskin y Stuart Mill a través de sus ensayos sobre la situación de la mujer. El primero, un liberal aparentemente bondadoso y a la vez, diríamos hoy, machista; el segundo de una valentía considerable al enfrentarse a las concepciones de su tiempo y al defender de manera radical la igualdad entre hombres y mujeres. Nunca ocultó el papel esencial en esos escritos de su mujer Harriet Taylor y de su hija Helen. En España lo publicó Emilia Pardo Bazán y escribió un interesante artículo sobre el ensayo. Leí el ensayo hace años y me pareció admirable no solo la reflexión, también su valentía al enfrentarse a la gente biempensante de la época y al reventar el consenso liberaloide. Por supuesto, Ruskin tuvo más éxito.

¿No sucede lo mismo ahora, que los libros que triunfan son los más complacientes, aquellos que nos dan exactamente lo que esperamos?

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Salvar al soldado Sánchez

24 Diciembre 2025 at 11:25

21 de diciembre

Salvo imprevistos, se acercan días tranquilos. Me apetecen mucho y al mismo tiempo me dan miedo, como si me hubiese acostumbrado a un nivel de actividad que, si no lo alcanzo, me hará sentir vacío. Propósito para el próximo año: ser más como las ovejas y corderos que estoy viendo en el prado vecino; pensar solo en lo inmediato. Aunque ahora caigo en que muchos de los corderos acabarán en los platos de las celebraciones navideñas y no vivirán hasta el próximo año. A ratos está bien ser humano, a pesar de todo.

No hemos entendido aún que el problema no es que los políticos se corrompan, sino que la sociedad es corrupta. Todos sabemos que Trump y su familia están realizando negocios aprovechándose del cargo de presidente; que ha tenido que pagar para comprar el silencio de mujeres; que está en los papeles de Epstein y que ha estado en fiestas en las que se prostituía a menores –independientemente de que él se fuese a la cama con ellas o no, de lo que solo podemos tener sospechas–. Pero la mayoría de sus votantes seguirán apoyándole.

Como él mismo dijo, aunque saliese a la calle y se pusiese a matar gente seguirían votándole. De hecho, ya ha salido a la calle y se ha puesto a matar gente, en aguas venezolanas, en los países a los que ha cortado ayuda médica, enviando al ejército y al ICE a ciudades estadounidenses.

A nivel más humilde, en España sucede lo mismo. Sabemos que la pinza de la prensa subvencionada, los jueces sesgados, la policía y el dinero –ahora se añade la Iglesia– se usa para subvertir la democracia y destruir la vida de personas de izquierdas, pero a mucha gente le parece bien. Acabar con Podemos, aunque fuera de manera ilegal, lo agradecía una parte considerable de la oposición. Y que muchos empresarios están dispuestos a cualquier cosa para defender sus intereses –a menudo contrarios a los de la sociedad, como sucede en la sanidad privada– también es algo que sabemos.

Lo terrible es que a lo mejor esa parte corrupta de la sociedad no bastaría para ganar unas elecciones si la acumulación de noticias falsas y juicios trucados no sirviese para desalentar a la parte más honesta, que, precisamente por tener criterios morales, no está dispuesta a apoyar a gente de su ideología si se comporta de manera inmoral. Y a veces es cierto, como estamos viendo últimamente en el PSOE, y a veces no; y desde luego su inmoralidad es inferior a la que ha campado libremente en la derecha desde hace décadas.

22 de diciembre

A pesar del batacazo del PSOE en Extremadura, el PP no gana sino que pierde unos miles de votos. Se avecinan más tiempos de recortes de derechos y discursos ridículos. Un momento de política ficción: ¿qué pasaría en el panorama político español si el PP entrase en coalición con el PSOE en lugar de con VOX?

Hay quien se ríe del PP porque pretendía gobernar en solitario y lo que ha hecho ha sido propiciar el crecimiento de la extrema derecha. Pero puede que no sea un error de cálculo, sino un plan para desactivar a la izquierda, para unir en los gobiernos a la derecha y la extrema derecha, que de todas formas son cada vez más difíciles de distinguir una de otra.

23 de diciembre

Vuelvo al tema de más arriba. Se ha abierto la veda contra el Gobierno en general y contra Sánchez en particular, tanto en las filas del PSOE –con algunos de sus miembros posicionándose para la próxima etapa– como, por supuesto, fuera de él. El número de columnistas que explican por qué el gobierno de coalición está acabado y Sánchez hundido crece en progresión geométrica, también en la prensa llamada progresista. Y esto puede convertirse en una profecía autocumplida.

Pero si miro los logros del gobierno hasta ahora y de la que nos ha librado, yo le deseo muchos años de vida, o por lo menos que acabe la legislatura. Consciente de su dependencia de apoyos tan contradictorios, lo milagroso es que haya llegado hasta aquí. Y también de que la corrupción y los abusos en los que han incurrido figuras destacadas del PSOE son insoportables. Pero también del acoso judicial y policial, de la conjura nada encubierta para acabar con el Gobierno a cualquier precio, también a costa de la democracia.

Sin embargo, esos problemas se dan en mucho mayor grado en la oposición de la derecha: la corrupción, las conductas machistas y abusivas están ahí, con la diferencia de que el PSOE, al menos, ha tomado medidas en la mayoría de los casos. Entiendo que la campaña políticoperiodísticapolicialjudicial no pretende tanto aumentar el apoyo a la derecha como desmotivar a los votantes de izquierda y a los flotantes. Y entiendo que está funcionando, porque los casos de corrupción en el PP (y en VOX) apenas aparecen en la prensa y se persiguen con una lentitud exasperante, cuando se persiguen. 

En condiciones normales, cabría la posibilidad de que me abstuviese en unas hipotéticas elecciones generales; la famosa abstención de castigo. Pero, primero, hay alternativas a la izquierda de Sánchez, y además no soy votante del PSOE. Segundo, lo que tenemos enfrente no es una derecha sensata como la del PNV; sí, derecha, y yo no les votaría ni loco, pero al contrario que el PP y VOX no han abrazado las noticias falsas, la difamación, la corrupción como política de partido, el acoso a quienes no piensan como ellos, el ataque generalizado a todo lo público, la homofobia, el desmantelamiento de las políticas de género, el acoso a las instituciones culturales que no se pliegan a las consignas. La alternativa a la coalición ahora mismo no es una derecha que busca, a su manera, el bienestar de la mayoría, sino una dispuesta a una política de tierra quemada para favorecer a grupos de presión.

Y ese es el panorama que parecen aceptar algunos moralistas progresistas, empeñados en fijarse en la paja en el ojo propio e ignorar la viga en el ajeno. Lo malo es que la viga va a caer sobre nuestras cabezas.

Así que, si para salvarnos de la amenaza de la extrema derecha hoy anidada en el PP hay que salvar al soldado Sánchez, aunque repito que yo no le votaría a él ni a su partido, estaría dispuesto a apuntarme a la misión. Ojalá haya muchos que piensen como yo.

La entrada Salvar al soldado Sánchez se publicó primero en lamarea.com.

Zombis de traje y corbata

19 Diciembre 2025 at 09:40

11 de diciembre

Después de escribir sobre la maravilla que es Casandra, de Christa Wolf, y de mencionar que no le ha ido bien en España, caigo en una página de reseñas de lectores: «muy aburrido», «aburrida», «descripciones muy largas y poca trama», «depresivo», «un rollo», «ante todo una novela tiene que entretener y esta no lo cumple». Me parece bien que todo el mundo tenga derecho a expresar su opinión, incluidos los idiotas.


15 de diciembre

Pero lo idiota no es que se aburran con ese o con cualquier otro libro. Puede sucedernos –es mi caso– que haya libros considerados obras maestras en los que no somos capaces de entrar, o que incluso nos irritan por lo que cuentan o por cómo lo cuentan. No sé si Bajo el volcán entra en la categoría de obra maestra, pero sería un ejemplo de libro muy reconocido que no ha despertado mi interés. Lo idiota es la facilidad con la que descalificamos una obra usando esa falsa democracia del gusto según la cual todas las opiniones valen lo mismo y que también nos dice que si una obra no es accesible a todo el mundo se debe a que es elitista –lo que el último galardonado con el premio Planeta llamaba «escribir para los críticos y no para la gente»–. Más de una vez me ha llamado la atención que un libro o una película sea descalificado como pretencioso, adjetivo demoledor con el que se destapa la soberbia del autor o autora que supuestamente se cree por encima de los demás; el acusador a menudo se atribuye la capacidad de señalar al rey desnudo, sin detenerse a apreciar su propia desnudez intelectual.

A menudo las así criticadas son obras que intentan aplicar un lenguaje diferente al habitual –sea cinematográfico o literario–, buscando decir algo nuevo o de forma nueva, lo logren o no. Pero a mí no me parece un defecto «pretender», es decir, probar a salirte de tus límites habituales y de los límites habituales del gusto.

De hecho, eso sería lo contrario de escribir para los críticos, que tienden a validar las estéticas y propuestas con las que se educaron por lo que a menudo no distinguen el valor de lo novedoso. Recuerdo ahora a un crítico que denostaba la obra de un autor joven que estaba haciendo cierto ruido en el mundo literario con un proyecto muy personal y al que años después, cuando dicho autor ya no era tan joven y había obtenido un reconocimiento amplio, también en el extranjero, lo elogiaba en sus reseñas y comentarios como si hablase del Mesías.


Sigo con desmayo la sucesión de escándalos por acoso sexual en el PSOE. No solo me desanima que así estén dando munición a quienes llevan décadas minimizando o negando acosos, maltratos y violencia de género. También porque me lleva a preguntarme qué clase de hombres llegan al poder en un partido de centro izquierda, cómo esos individuos que podrían sentirse a gusto en una película de Torrente o del cine del llamado destape pueden tener prestigio y autoridad dentro del partido. Sobre todo porque si los defraudadores y corruptos se esfuerzan por ocultar sus delitos, estos rijosos cutres a menudo hacen gala de ellos y cuentan con la complicidad o la tolerancia de otros hombres.


18 de diciembre

El avance del capitalismo más feroz llega acompañado de un ataque por tierra, mar y redes contra la empatía, la solidaridad y la compasión. Si podría parecer una anécdota la crítica a la empatía de un adicto como Elon Musk –que precisamente por su falta de empatía nos hace pensar en un psicópata, en sentido clínico–, últimamente detecto, y aquí me pongo conspiranoico, casi un plan organizado para acabar con cualquier sentimiento cálido hacia el prójimo y más aún hacia el lejano.

Dejé Instagram porque cada vez me encontraba con más posts en los que se sucedían escenas presentadas como graciosas en las que alguien se hacía daño –a veces de gravedad–; también escenas de catástrofes naturales o causadas por el ser humano con víctimas mortales, no a modo de información sino de entretenimiento; y posts en los que se ensalza una masculinidad agresiva y dominante.

Al mismo tiempo, el lenguaje de los políticos de la derecha se ha vuelto más despectivo y denigrante para justificar la violencia contra distintos grupos: si se les mata es porque son gente horrible, o son asesinos o terroristas –y por ello parecen considerar innecesario un juicio justo–, se compara a los inmigrantes con animales que se puede encerrar en auténticos campos de concentración, se pide colgar a Sánchez por los pies –para no decir directamente matarlo y exponerlo al escarnio público–, se ridiculiza y culpa a quien no gana suficiente, o se desprecian las consecuencias para la salud y la vida de las personas fomentando sistemas de salud que solo –otra vez la ley del más fuerte– pueden permitirse algunos.


Caído el muro, en medio de un capitalismo que cada vez necesita menos mano de obra, parece resultar imprescindible criminalizar y animalizar a quienes quedarán aplastados por el sistema. Tener empatía es de perdedores –es decir, que si la tienes te sumarás al grupo de los apestados–; solo quien está dispuesto a competir ferozmente tendrá un lugar en el paraíso del empresariado. Y como el proceso no avanzará sin sangre, es necesario sostener gobiernos autoritarios y legitimar el uso de la violencia –ICE, ejército– contra los civiles susceptibles de rebelarse.

Nos amenazaban con la distopía de Un mundo feliz pero resulta que vamos hacia The last of us. Con la diferencia de que los zombis llevan traje y corbata y veranean en las Maldivas.

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Ya lo predijo Casandra

11 Diciembre 2025 at 12:03

9 de diciembre

Se va acabando el año y este jueves Edurne y yo tendremos nuestra última intervención pública, en Logroño, donde hablaremos de imaginación y memoria. Llego cansado al final del año, con la sensación de haberme metido en más asuntos de los que puedo abarcar. Lo malo es que una y otra vez constato que no sé frenar. Quiero creer que no es por un exceso de ambición o por un deseo desmedido de figurar, sino más bien porque hay tantos temas que me interesan y trabajar en ellos es una forma de aprender y quizá también de crear algo interesante. Según escribo estas líneas tengo una sensación de déjà vu; seguro que ya he escrito alguna vez frases muy similares y que desde la última tampoco he aprendido a corregir mi tendencia al exceso de trabajo. Y luego hablan de la sabiduría que da la edad.


Hemos pasado unos días en Italia. Presentaciones, entrevistas, lo habitual, pero en un contexto que de lo que te da ganas es de no hacer nada útil. Paseamos por Nápoles, paseamos por Roma y preferiríamos no tener obligaciones.

Nuestra editora y amiga está atravesando una época difícil desde que murió su compañero, hace ahora más de un año. Edurne y yo la escuchamos, sentimos con ella el dolor de la pérdida; luego, a solas, nos decimos que no debemos desperdiciar el tiempo que estamos juntos, que tenemos que aprender a disfrutarlo más; no, no a disfrutarlo, que eso ya lo hacemos, sino a darle más espacio en nuestra vida. Con lo que vuelvo al tema de trabajar menos.


Entretanto leemos que Trump cultiva «en secreto» una política hostil hacia Europa prestando apoyo a la extrema derecha. ¿En secreto? ¿No nos habíamos dado cuenta aún? Rusia y Estados Unidos buscan lo mismo: minar nuestras democracias. Lo que no es distinto de lo que llevan décadas haciendo en Asia, África y Latinoamérica: apoyar a todo régimen autoritario a condición de que se pliegue a los deseos y a los negocios de las superpotencias. Y en Alemania Merz corre a besar el culo de Trump sin el menor embarazo. ¿Es un cambio de actitud que implica ir abandonando el barco europeo para buscar por su cuenta una alianza con Estados Unidos? ¿Estamos ante el principio de la disgregación de la UE? El Reino Unido nunca fue un auténtico defensor del europeísmo, con lo que su salida tampoco lo socavó. Pero si un país como Alemania decide jugar por su cuenta, podremos decir que la política agresiva de Trump y Putin habrán surtido efecto. Es lógico que las ratas abandonen el barco que se hunde, pero es preocupante que sea el capitán quien corre dando codazos para hacerse con un salvavidas.


10 de diciembre

Hay días en los que ni siquiera el diario me sale con fluidez. Como si no fuera capaz de fijarme más que en lo obvio y escribir lo obvio. En días así es mejor no empecinarse. Estudio un rato euskera, pero me canso enseguida. Pongo silicona en unas juntas. Quito una lámpara vieja feísima que estaba en la casa cuando nos mudamos. Traslado trastos. Entremedias sigo el avance del crowdfunding de La Marea y pienso en los millones de euros de dinero público que se gastan para comprar la sumisión de medios informativos que ni siquiera merecen ese nombre. Imagino una pendiente en la que se distribuyen los medios: cuanto más a la izquierda, más arriba de la pendiente; más abajo cuanto más a la derecha. Y el dinero rueda con enorme facilidad pendiente abajo. La cúspide ni la toca, pero la extrema derecha, más bien, corruptos con disfraces fascistoides, reciben millones… Bah, lo dejo aquí para no meterme en una espiral de desánimo. El crowdfunding saldrá adelante, me digo, aunque no convencido del todo.


Entre otras muchas cosas, Trump es un idiota. Anda por ahí proclamando que su ejército ha birlado un petrolero venezolano «muy grande, el más grande que se haya visto nunca»: todo lo que hace es lo más grande, lo más bonito, lo más inteligente. Y ha logrado la paz en por lo menos ocho conflictos bélicos. Es un idiota que habla para idiotas. O para listos a los que viene bien ese discurso.

Y ahora parece que la Administración Trump planea exigir acceso a los contenidos de los últimos cinco años en las redes sociales de los turistas. Me parece bien, por fin una buena idea de los lacayos de Trump. Esta va a ser su mayor contribución a la lucha contra la contaminación atmosférica y el calentamiento global. No tenía la menor intención de viajar a Estados Unidos, pero confío en que la medida disuada a muchos que sí la tenían.


11 de diciembre

Termino de releer Casandra, de Christa Wolf, reeditado hace poco por Malas Tierras; creo que ya se ha publicado la novela en un par de ocasiones en español con muy poca fortuna. Qué extraño esto, la fortuna de los libros. También Claus y Lucas apenas llamó la atención cuando se publicó en España la primera vez –no sé cómo habrá sido en América Latina– y cuando se reeditó se convirtió en un clásico casi instantáneo. Para mí Casandra es una de las novelas más importantes escritas en alemán en el siglo XX. Novela densa, poética, intensa que usa el pasado para hablar del presente sin que la escritura se vuelva mera herramienta para alcanzar un fin. La leí creo que poco después de irme a vivir a Alemania y recuerdo que lloré al cerrar el libro. Sin embargo, no recuerdo por qué lloré: ¿por el destino individual de Casandra, por la muerte de una mujer que había defendido la verdad hasta las últimas consecuencias cuando nadie en Troya quería verla? ¿O por la estupidez brutal de los humanos que son capaces de destruir cualquier signo de vida y de inteligencia con tal de no renunciar a la imagen que tienen de sí mismos?

Es, por cierto, una de las novelas que retratan de forma más descarnada la violencia contra las mujeres. Aquí los héroes guerreros son violadores; los cobardes también. Y Aquiles, el de los pies ligeros, es «Aquiles, el animal» o «Aquiles, la bestia», no sé cómo lo habrán traducido al español.

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¿Y si volásemos la Cruz de los Caídos?

4 Diciembre 2025 at 09:18

30 de noviembre

Durante los últimos meses no paro de leer libros y de ver documentales sobre el siglo XX. Hacerlo y, de manera alterna, asomarse a la actualidad política nacional e internacional es la mejor receta para hundir el estado de ánimo de cualquiera. Así me va últimamente.


Nunca he pensado que la historia se repite, ni siquiera como farsa. Pero sí hay unas constantes que resurgen una y otra vez en las fases más oscuras de nuestras sociedades: la deshumanización del contrario, la búsqueda de chivos expiatorios para los males que nos aquejan –a menudo con la intención de que no se pidan responsabilidades a los verdaderos causantes–, la mezcla de miedo y odio que se impone a las relaciones sociales, la aparición de líderes que ofrecen soluciones simplistas, drásticas, despiadadas e imposibles de aplicar. Y habría que añadir la connivencia de la prensa y las fuerzas armadas con esos líderes populistas y los movimientos que los sostienen.

Luego, de ese cóctel indigesto salen combinaciones distintas cada vez, pero con consecuencias parecidas.


Lo que me sorprende es que la gente siga manteniendo la fe en recetas que han provocado la destrucción de naciones enteras. La mano de hierro, el hombre fuerte, han llevado siempre a la catástrofe. Entiendo la tentación en épocas de crisis y de corrupción, lo que no entiendo es que se caiga en ella, sabiendo que solo puede traer una crisis aún más profunda y una corrupción sin freno jurídico alguno.


1 de diciembre

¿Y si volásemos por los aires la Cruz de los Caídos? A mí me parece una idea muy razonable.

Lo pensaba días atrás cuando se estaban discutiendo los planes de resignificación de la construcción franquista del Valle. Mi fantasía no tiene que ver con ninguna forma de odio al cristianismo, ni a los cristianos, ni siquiera a sus símbolos, que suelen ocupar poco mis lucubraciones. Pensaba más bien que la Iglesia católica ha colonizado los espacios públicos de forma inaceptable para una institución privada. Estatuas de santos, vírgenes y cristos, así como cruces a veces de tamaño descomunal y sin el menor interés artístico contaminan visualmente el medio ambiente desde lo alto de numerosos montes, se yerguen por encima de ciudades aprovechando elevaciones del terreno, jalonan caminos. Si se han prohibido los paneles publicitarios para proteger el paisaje de la degradación, bien se podrían prohibir muchas de las cruces que no son más que propaganda de una determinada religión, no compartida por la mayoría de los ciudadanos. Imponernos la visión de símbolos religiosos, su omnipresencia en el espacio público, no es más que una manifestación de poder simbólico con el que se marca como propio un territorio.


Mantener en pie ese tipo de monumentos es como conservar la «tradición» de que las iglesias de los pueblos den las horas con sus campanas durante toda la madrugada; no se hace por tradición, sino porque marca la presencia de la iglesia para que nadie olvide quién tiene el poder sobre el espacio público. Si de verdad les importase la tradición pagarían a un campanero para que las tañese y no pondrían las grabaciones con las que lo sustituyen.


2 de diciembre

Hace poco, durante una cena, conversaba con dos escritores, con la responsable de coordinación de exposiciones temporales del Museo del Prado y con una experta en arte renacentista –entre otras muchas cosas– también del Prado. Discutíamos si la belleza, o la fealdad, de una obra acaban siempre siendo reconocidas, que es otra manera de discutir si hay una belleza objetiva. Tiendo a pensar que no; el tiempo, la clase social, la experiencia individual, el juego de valores de cada grupo humano influyen en nuestra percepción; lo que sucede es que algunos de esos valores y de esas maneras de mirar pueden atravesar las épocas y contribuir a un consenso en la clasificación de lo que es y no es bello.


Al día siguiente me doy la razón a mí mismo. Visito la gran exposición dedicada a Mengs que se puede ver ahora en el Prado. Un cuadro llama mi atención por su fealdad; luego descubriré que se trata de Júpiter y Ganimedes pero de entrada no me interesa tanto el tema como la factura: los colores planos, la falta de proporción del cuerpo del joven, las expresiones hieráticas, la forma de extender el color. En la cartela leo que Mengs pintó esa obra, un fresco, para hacerla pasar por una antigüedad romana, logrando engañar a Winckelmann, teórico y experto del arte antiguo y hasta ese momento amigo o por lo menos aliado de Mengs en la defensa de la estética neoclásica. Entonces me doy cuenta de que la obra me parece fea porque la estaba mirando con criterios adecuados al siglo XVIII; si me hubiese acercado a ella pensando, como Winckelmann, que era romana, estoy seguro de que me habría gustado.


Continúo pensando en el asunto tras salir del museo y llego a la conclusión de que la belleza no es solo una cuestión estética, también es ideológica. Muchas de las novelas contemporáneas que hoy se consideran grandes obras deben esa apreciación a que su discurso es utilizable para generar consensos políticos o sociales –y los consensos sociales son siempre políticos–. Dicen lo que una parte significativa de la población quiere que sea dicho.

Tanto pensar para llegar a esta obviedad. Pero así es nuestro flujo de conciencia: nos conduce una y otra vez a lo que ya sabíamos o creíamos saber antes de dejarlo libre.

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Formas de viajar al pasado (vacuna para nostálgicos de salón)

21 Noviembre 2025 at 10:03

16 de noviembre

Leyendo en el tren un libro de poemas de Inge Müller, leyendo un ensayo de Marc Casals sobre Bosnia, también otro ensayo sobre las Trümmerfrauen, aquellas mujeres que contribuyeron a levantar las ciudades alemanas de debajo de sus escombros. El tren es mi nueva universidad.


Suelo leer los agradecimientos de los libros antes que el texto en sí, por curiosidad y porque me dan una idea de los referentes y el contexto de quien escribe. Aunque solo llevo la mitad de su ensayo, salto también a los agradecimientos de La piedra permanece, en cuyo final Marc Casals da las gracias a su compañera, Patricia Pizarroso, y añade: «Ojalá pueda escribir más libros en el futuro, aunque solo sea para que ella los lea». Sonrío al leerlo porque yo a veces también tengo la impresión de que, cada vez más, escribo con la ilusión de que Edurne me lea. No es esa la razón primera de mi escritura, claro, pero una y otra vez me sorprendo pensando: «esto le va a gustar a Edurne» o «a ver qué piensa Edurne de esto». Si ella no apreciase mi trabajo, la escritura sería una fuente de tristeza (pero seguiría escribiendo).


¿Se debe esto a una necesidad de aprobación, de aceptación, de elogios por parte de alguien a quien admiramos y queremos? Sin duda. Pero la razón principal está en otro sitio: nadie es solo la persona que los demás creen; por mucho que nos esforcemos en expresarlo (si es que nos atrevemos a hacerlo) siempre queda un fondo incomunicable de lo que somos y, a menudo, tenemos la impresión de que somos sobre todo lo que no podemos comunicar. El arte es una forma de expandir el campo de lo decible. Al mostrar a Edurne lo que escribo tengo la impresión de que comparto con ella aquello que no sé compartir en el día a día; que, si me sigue queriendo después de leerme, su amor será más auténtico porque amará a alguien que se parece más a mí que la persona con la que desayuna casi todos los días.


19 de noviembre

Tengo sentimientos encontrados ante el despliegue de memoria con el que se tropieza cualquier persona que pasea por Berlín. Por un lado, viniendo de un país en el que una presidenta de Comunidad Autónoma se opone a instalar una placa en la que se recuerde a los torturados por el franquismo en la DGS y en el que se discute el interés de desenterrar e identificar a los cadáveres que aún continúan en las cunetas o fosas comunes, envidio que en Alemania el Estado y los poderes públicos en general consideren un deber recordar y explicar el pasado, en particular el terror desatado por el nazismo y el intento de exterminio de judíos, otras minorías y disidentes.

Al mismo tiempo, en un sistema que convierte en mercancía todo lo que toca, también la historia es una inversión rentable: la represión, la tortura, los asesinatos políticos, debidamente musealizados y gadgetizados, pueden ofrecerse a pie de calle como una experiencia turística. Hay un museo y una tienda del Checkpoint Charlie, alrededor de los cuales es posible adquirir auténticos gorros soviéticos de imitación; están el museo del espía, el de la RDA, el de la Stasi, el de la Resistencia, uno sobre la historia germano-soviética, el de la Guerra Fría, el museo contra la guerra. A ellos –y a muchos más– se suman espacios para exposición pedagógica y conmemoración, como las instalaciones de Topografía del Terror, el del campo de concentración de Ravensbrück o el del Centro de Documentación del Trabajo Forzoso Nazi en Schöneweide –acabamos de visitar los dos últimos–.

Junto a trabajos serios de documentación del pasado proliferan los museos espectáculo; junto al esfuerzo por mantener vivo el recuerdo y la comprensión de las violencias sufridas y provocadas por los alemanes que han marcado una ciudad como Berlín, nos encontramos con mercachifles que más que conocimiento te venden entretenimiento: olvídate de los libros de historia y de pasar horas investigando; en tres horas te hacemos una visita guiada por la historia de Berlín. Así se promocionan unos tours turísticos que te prometen una experiencia inolvidable e ilustran la página con una foto de turistas sonrientes mal parapetados tras una barricada de sacos terreros. Y como el morbo vende, incluyen en el tour una visita al búnker de Hitler, aunque allí solo hay un aparcamiento y un tablón explicativo.

No recuerdo dónde leí que el piolet con el que Mercader asesinó a Trotsky está expuesto en un museo estadounidense. Una pena que no vendan reproducciones en plástico o metal. ¿O sí las venden?


No voy a intentar transcribir aquí lo que pienso y siento tras visitar el centro de documentación de trabajos forzados bajo los nazis y el antiguo KZ de Ravensbrück. Casi no he empezado aún a asimilarlo.


20 de noviembre

En los comentarios a las visitas guiadas a un campo de concentración cercano a Berlín, leo frases elogiosas por el sentido del humor de un guía, o porque otro fue muy ameno, o porque pasaron un rato muy agradable.

Si quería empezar el día espoleando mi misantropía, el objetivo está cumplido.


Hoy celebramos 50 años sin el dictador Franco. Esa gente que desde la libertad y las posibilidades que disfrutan hoy quieran regresar a aquellos tiempos me recuerda a los burgueses que iban a los barrios bajos a «encanallarse». Disfrutaban la excitación de lo prohibido y peligroso pero sabiendo que en un rato podían regresar a sus apartamentos calentitos y protegidos. Qué pena que no se hayan cumplido las promesas de la ciencia ficción y no podamos organizar un viaje en el tiempo a nuestros nostálgicos del orden y la seguridad: si viviesen unos días en aquellos tiempos de represión, de cutrez, de corrupción impune y silenciada, de miseria moral en medio de discursos altisonantes me parece muy probable que revisasen sus opiniones. A no ser que perteneciesen a la elite rapaz y meapilas de entonces.

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Animales compasivos (a veces)

14 Noviembre 2025 at 16:02

9 de noviembre

Me lee Edurne un pasaje de los diarios de José Miguel de Barandiarán. En él cuenta que al principio de la guerra, en Pamplona, los sublevados llevaban a los rojos a fusilar a la Vuelta del Castillo y, a pesar de que los fusilamientos empezaban a las 6.30 de la mañana, había siempre un público muy concurrido de hombres y mujeres. Un barquillero iba con su ruleta vendiendo el producto a los asistentes, que lo compraban de buena gana, a veces mientras hacían chistes sobre las contorsiones de los desgraciados que no morían al primer disparo.

Me lee precisamente ese pasaje porque en La comedia salvaje, entre muchos disparates inventados y otros documentados, yo conté una escena similar situada a las afueras de Valladolid, aunque allí la venta no era de barquillos, sino de churros. Ni Barandiarán ni yo nos inventamos esos ejemplos de brutalidad.

Y me acordaba también de las familias israelíes que se iban de picnic a un punto desde el que se podían ver los bombardeos sobre Gaza. Y de la lectura reciente de un ensayo de Svetlana Alexiévich, en el que una antigua soldado soviética relata que ella y sus camaradas se alegraban cuando los compañeros violaban a mujeres alemanas, pues lo vivían como una forma de merecida venganza. 

Estoy convencido, por desgracia, de que hechos así se repetirían hoy, también en España si se diesen las condiciones, y que ese comportamiento atroz se daría entre derechistas, católicos, ateos, comunistas, hombres, mujeres… Hay un umbral del odio que, una vez traspasado, descompone cualquier inhibición moral y el ser humano pierde su adjetivo.

A menudo pensamos que la capacidad de compasión es la que nos pone por encima de los animales, aunque esté documentada en numerosos mamíferos, porque durante el proceso de civilización hemos alejado de nosotros la lucha constante por la supervivencia, lo que nos ha permitido empatizar con «el otro» y tener en cuenta sus necesidades (aunque la comprensión de la necesidad ajena y el deseo de satisfacerla también se encuentran en algunos animales). Lo que está claro es que esa pátina que deja la civilización desaparece a poco que la frotemos.

12 de noviembre

Hace tres días pensaba en la brutalidad humana durante las guerras y anoche leo una noticia sobre los ricos que pagaban durante la de la ex Yugoslavia para ir a Sarajevo a matar civiles como si fuesen a un safari. 

Precisamente, estoy viajando por la región en una gira organizada por el Instituto Cervantes –anteayer estuve en Zagreb, ayer en Liubliana, ahora estoy atravesando Eslovenia para llegar a Viena–. Dos profesoras de la Universidad de Zagreb me decían que la ciudad no había sufrido bombardeos tan severos como otras; se lo pregunté porque paseando por la ciudad me había encontrado con que había una cantidad enorme de edificios en obras, también la catedral, y, al menos fuera del centro, muchas casas que parecían abandonadas. No vi orificios de balas ni de metralla que sí se siguieron viendo en Berlín Este durante décadas.

Me explican que muchos de los edificios a los que me refiero quedaron muy dañados por el terremoto de marzo de 2020, que coincidió con la epidemia de coronavirus. Una aguja de la catedral se desplomó sobre el palacio arzobispal. La reconstrucción es muy costosa y avanza despacio. Además, mucha gente no tiene dinero para reconstruir las casas en las que habían vivido. Me pregunto ahora si las ayudas estatales o europeas se dedican solo a la reconstrucción del centro histórico o también a las viviendas privadas sin valor arquitectónico. Espero que también a lo segundo.

(Ahora el tren bordea un río de aguas que parecen limpias, con bancos de guijarros, rocas interrumpiendo el curso del agua, riberas boscosas, y me atraviesa un punzada de pesar que asocio con la sensación de comprobar la belleza con que nos puede recompensar el mundo y el horror que casi todas las generaciones saben producir en él).

En Liubliana he conversado con el escritor Dušan Šarotar, proveniente de una región eslovena en la que los judíos fueron enviados a campos de concentración, ocupada primero por los húngaros y después por los rusos. El moderador –el escritor y traductor Marc Casals– se refirió a los numerosos rasgos que unían la obra de Šarotar y la mía. A pesar de pertenecer a países con historias y experiencias tan diversas, es cierto que se da esa afinidad: la forma en la que afrontamos la memoria y la reconstrucción afectiva de pasados traumáticos, el respeto por los hechos y los documentos, que no deben ser contradichos por la ficción –ambos estamos en contra de los famosos privilegios de la novela y la imaginación a la hora de tergiversar lo sucedido–, el interés por figuras marginales de la Historia…

Leí un par de libros suyos antes del encuentro –intento hacerlo cuando voy a conversar con otro escritor– y ahora me llevo en la mochila un ensayo de Marc sobre Bosnia-Herzegovina; una de las cosas buenas de los viajes como escritor es que te ponen en contacto con realidades con las que apenas te habías rozado previamente y despiertan tu curiosidad por aprender más sobre ellas.

No sé si es cierto que la curiosidad nos mantiene jóvenes, pero a mí al menos me da la impresión de que me permite seguir creciendo, como persona y como escritor. Ojalá no sea un espejismo.

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Lo irracional y los nuevos totalitarismos

6 Noviembre 2025 at 19:55

3 de noviembre

Aquí estoy, un lunes por la mañana en un bus de camino a Madrid mientras asisto al espectáculo penoso de Mazón mintiendo sin parar. Si un político puede mentir no ya sobre asuntos dudosos o que no se conocen lo suficiente sino sobre datos que son dominio público, y echando la culpa a inocentes, es porque una parte considerable de la prensa reproducirá su discurso sin cuestionarlo. El partidismo y la desvergüenza de muchos directores de medios es una de las razones principales de la baja calidad de la democracia. Pero estoy diciendo una obviedad, así que para qué seguir.


Pero sigo: en un mundo ideal, ni siquiera debería importar que un juez o un periodista tenga una ideología determinada si al mismo tiempo tuviera la honestidad profesional de desear esclarecer los hechos, y no de influir en la vida política, obteniendo con ello recompensas y poder.


4 de noviembre

Ahora en otro bus de camino al pueblo de mi madre. Nunca he querido ir en coche a todas partes, no solo por razones medioambientales, sino porque me parece que ya vivo en un burbuja demasiado sólida; está bien montar en metro y en autobús, me saca de mi vida de escritor que no tiene que ir a trabajar a las nueve cada día. Aunque a juzgar por el tráfico que entraba en Madrid esta mañana buena parte de esos trabajadores tampoco se encuentra en los autobuses y el metro. En este autobús interurbano viajan sobre todo gente mayor e inmigrantes.

Hace años me hicieron una pregunta absurda en una entrevista: «¿Qué haces cuando vas en metro?». «Eso –respondí–, ir en metro». «Ya, pero al mismo tiempo, ¿vas mirando el móvil?». No, la verdad es que procuro no mirar mucho el móvil, salvo por alguna razón concreta, como dar una respuesta rápida a un correo, porque si lo hago me olvido de la gente que va a mi alrededor, que es en principio más interesante que hacer scroll en una red social. Aunque a mi alrededor la inmensa mayoría no hace nada interesante. Mira el móvil.


Pensando en lo que escribía la semana pasada sobre el ascenso del irracionalismo y la similitud con las primeras décadas del siglo pasado. En Alemania hubo en los años veinte y treinta un auge de todo tipo de doctrinas esotéricas que contagiaron a no pocos dirigentes nazis. También de teorías médicas con poco o ningún fundamento científico (helioterapia, curas hipnóticas, homeopatía…). Si una sociedad basada en el racionalismo capitalista había llevado a la Gran Guerra y a la descomposición social –que se manifestaría en las revoluciones marxistas y la crisis del 29–, quizá había que buscar la verdad fuera de la ciencia tradicional y el sentido común burgués. Lo irracional siempre ha sido el refugio de quienes se sienten perdidos en su mundo, a menudo con razones para ello.

Ahora también asistimos a un incremento de adeptos a teorías irracionalistas; terraplanistas a los que se da voz en programas televisivos –porque sus guionistas suponen que hay un público para ellos–; también programas que chapotean en la poco apetitosa sopa cocinada con ideas de extrema derecha, noticias falsas, extraterrestres y fenómenos paranormales; movimientos antivacunas que llegan a instalarse en los más altos niveles de la política estadounidense; conspiranoias de todo tipo… y no es que las incluya aquí porque no crea en conspiraciones de gran alcance, pero que poco tienen que ver con chemtrails y con la inyección de microchips y mucho con alianzas internacionales para defender intereses antidemocráticos. No me parece casual que todo esto vaya de la mano de la fe ciega y, por definición, irracional de millones de votantes en líderes que se presentan como salvadores y se acompañan del gesto y la parafernalia de dictadores en ciernes, mientras afirman las cosas más descabelladas. Da igual además que cumplan o no sus promesas, que sus políticas sean o no nocivas para la mayoría; la fe en ese ser especial –llámalo Trump, llámalo Milei– es independiente de lo que hagan. La recompensa no es el milagro, sino el consuelo de creer con entusiasmo en algo compartido.

Leo en un periódico que muchos migrantes que votaron a Trump están decepcionados con él… pero lo volverían a votar. Igual que otros votan a un político que habla con su perro muerto.


5 de noviembre

Sin embargo, los demócratas han vencido en Virginia y Nueva Jersey y Mamdani va a ser alcalde de Nueva York. Cualquier derrota de la deriva autoritaria y sin corazón de Trump es como para celebrar. Esperemos, por el bien del mundo, que haya más. Y lo que más me alegra es que los jóvenes hayan sido un factor fundamental en la victoria de Mamdani. Ante el mantra de que los jóvenes son cada vez más de (extrema) derecha resulta refrescante ver que no todo es como nos lo cuentan.

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