No hizo falta ni que comenzara, el Mundial de fútbol masculino nos mandó un primer recordatorio incluso antes de que se celebrase el primer partido: las fronteras son crueles, arbitrarias y no suelen atender a razones. Da igual que el árbitro somalí Omar Abdulkadir tuviera el pasaporte en la mano y el encargo de pitar en la Copa del Mundo. Tras 11 horas de interrogatorio, parece que pesó más lo de somalí –sospechoso por decreto de Trump– que lo de árbitro, y fue devuelto a su país.
La segunda lección vino poco después de la mano del presidente de la FIFA, y es la respuesta que da casi siempre el poder ante cualquier problema. La dio Infantino sobre la expulsión de Omar, pero vale también para el cambio climático, una hambruna, un genocidio a miles de kilómetros, o un desahucio en tu barrio: “Es una lástima, pero no controlamos todo, así que es mejor que se relajen”. Relax and chill, dijo el colega, si es que es para hacerse camisetas con la frase.
Pero para enseñarnos de verdad cómo funciona el mundo, tuvimos que esperar hasta la fase de eliminatorias. Las reglas están, pero se retuercen hasta el infinito, como toallas a las que se quiere sacar la última gota de agua. Los dobles raseros son sangrantes (muchas veces, en el peor sentido de la palabra). Los poderosos actúan sin miramientos, y ya ni el qué dirán parece salvarnos de los mayores despropósitos. Así que si el delantero estrella de Estados Unidos recibe una tarjeta roja y está sancionado por tanto para el partido siguiente, el presidente Trump hace una llamada a su amigo Infantino, y, oh qué coincidencia, justo después el serio e incorruptible comité arbitral de la FIFA hace desaparecer la sanción y el delantero Folarin Balogun juega sin problemas. Estas cosas se han hecho de toda la vida, pero de tapadillo. La diferencia es que Trump presume en sus redes de algo que, así a bote pronto, podría calificarse de tráfico de influencias.
Si cambiamos “delantero” por “presidente” o “jefe del ejército”, y “tarjeta roja” por acusación de la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad, quizás podamos ver con mayor claridad cómo funcionan los engranajes de eso que llaman pomposamente realpolitik. Luego Bélgica le metió cuatro goles a Estados Unidos y asunto arreglado. Como no hay rastro de la Justicia en mayúsculas, tendremos que conformarnos con la poética.
Pero no nos engañemos, esto no es nada nuevo. Como tampoco lo son las injusticias, o el mirar hacia otro lado si quien comete la barbarie es uno de los nuestros. Y si no, que se lo pregunten a los palestinos, bombardeados en Gaza y acosados cada día por colonos en Cisjordania. Antes con el –presuntamente– sensato Biden, ahora con el alocado Trump, y en cualquier momento con quienes están al mando de la Unión Europea. Es lo mismo, solo que ahora con más des-facha-tez (dentro sintonía del club de la comedia).
El Mundial, el deporte, el fútbol, hacen que aflore lo que somos, lo que pensamos de verdad. En ese sentido, solo cabe celebrar que Rajoy siga soltando sus marianadas y ayude a visibilizar el racismo campechano. Ese que rebosa estos días en los sofás, las barras de bar y los grupos de Whatsapp, que tampoco quiere meter a nadie en un campo de concentración y que por eso más que racismo se podría llamar casi sentido común… Sí, se basa en discriminar por la piel, por el origen, por la religión, pero de forma amable, en formato chascarrillo, casi de broma. Y además no entiende de fronteras. Le cuesta entender igual por qué un señor nacido en Francia de abuelo argelino o senegalés sigue siendo francés; y que un español no sea blanco, católico y se apellide Pérez o González. Lo de toda la vida. Démosles cariño estos días porque cada victoria de la selección hasta la final ha sido un desafío mental para ellos, y ya no saben si cuando sale Lamine por la tele llamarle moro (con el puto delante si falla el tiro o el regate) o ponerse a hacerle la ola.
También hay cosas que no cambian, haya o no fútbol. Israel sigue matando en Gaza a personas tan peligrosas como Mohamed al Wahidi, que montó una pantalla gigante para ver el Mundial entre los escombros. Y hay gente como el entrenador de Egipto o Javier Bardem que siguen aprovechando cada oportunidad que tienen para denunciarlo. Parece que argentinos e ingleses siguen odiándose bastante, pero al menos el honor patrio hoy lo decide un marcador de dos goles a uno, no de cientos de jóvenes que pierden la vida en una isla perdida. La FIFA sigue teniendo presidentes impresentables que tienen una increíble habilidad para elegir las sedes más turbias: Rusia, Qatar, Estados Unidos. El próximo en 2030, España junto a Marruecos y Portugal. Ahí veremos con claridad el nivel de desfachatez que alcanzamos en los próximos cuatro años.
Este artículo se publicó originalmente en La Marea 112. Puedes conseguir un ejemplar de la revista y suscribirte en nuestro kiosco.
Puede ser que los periodistas futboleros (hay unos cuantos) abusemos del balompié como metáfora o espejo de la actualidad. Pero es difícil resistirse ante un Mundial tan peculiar como el que se está celebrando en Estados Unidos, Canadá y México. En Alemania, antes del comienzo del torneo, había una gran incertidumbre alrededor del potencial de la selección tras una racha bastante mala. La tetracampeona del mundo se presentaba como el reflejo de una sociedad que atraviesa una crisis de confianza como nunca se había visto desde los años de la posguerra. La gran pregunta era: ¿puede Alemania competir todavía al más alto nivel o ha caído irremediablemente en la mediocridad?
Como es costumbre, en las semanas previas al torneo se emitían y publicaban todo tipo de documentales televisivos, artículos, libros o pódcasts recordando otros tiempos, especialmente el Mundial de 2006, celebrado en Alemania. Hace ya dos décadas. Aquel evento ha pasado a la memoria colectiva como el «Sommermärchen» (‘cuento de verano’). Igual que la actual, la joven selección entrenada entonces por Jürgen Klinsmann despertaba dudas sobre su competitividad, pero pronto conquistó los corazones incluso de gente no adicta al balompié. Llegó hasta la semifinal. Y lo más importante, el país mostró su lado más amable. Aquellas cuatro semanas fueron una fiesta de la que disfrutaron cientos de miles de visitantes de todo el mundo. Hasta el tiempo acompañaba. La sociedad alemana estaba tan sorprendida como orgullosa de haber sido una gran anfitriona, desmintiendo así la imagen más bien sobria y fría del país. Todo el mundo recuerda cómo las calles se llenaron de banderas alemanas. Por primera vez, la gente exponía el negro, el rojo y el dorado sin el complejo de recordar el pasado más oscuro. Años antes, cuando celebramos en el centro de Düsseldorf la victoria alemana en el Mundial de 1990, alguna gente nos increpaba por llevar la bandera y la camiseta de la selección. Pero en aquel verano de 2006, Alemania era un país feliz.
Fiesta de la selección alemana tras quedar tercera en el Mundial de 2006. Más de medio millón de personas acudieron a la Puerta de Brandenburgo para aclamar a un equipo que enamoró al país. FABRIZIO BENSCH / REUTERS
Veinte años después no queda nada de ese espíritu alegre, ligero y de brazos abiertos al mundo. Ha resurgido el nacionalismo racista con el auge de Alternativa para Alemania, que encabeza las encuestas desde hace meses. La crisis es palpable y va más allá de la economía. La recesión no es algo coyuntural. Se habla de un fin del modelo de negocio. La potente industria dependía más de lo que se admitía de la importación de gas natural barato desde Rusia. El principal cliente era China, donde empresas como Volkswagen obtenían buena parte de sus beneficios. Hoy, las empresas chinas no solo compiten con las alemanas, sino que las superan en muchos ámbitos tecnológicos, especialmente en los coches eléctricos y la energía solar. La economía alemana tiene que reinventarse en muchos aspectos.
Las reformas no llegan. La sociedad asiste a una parálisis de gobierno. Si los problemas internos acabaron con la coalición entre socialdemócratas, verdes y liberales encabezada por Olaf Scholz, el primer año del actual gobierno entre democristianos y socialdemócratas ha decepcionado incluso más si cabe. Según una encuesta realizada por Ipsos a principios de año, un 64% de los alemanes desconfía del canciller Friedrich Merz. Un 35% no cree que la economía alemana pueda recuperar la competitividad perdida frente a un 29% que sí lo cree (el resto no sabe o no contesta). Otro sondeo del diario conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung entre empresarios dice que el 57% no alberga ninguna esperanza de que las reformas se produzcan con el actual gobierno de coalición.
El propio canciller no contribuyó precisamente a tranquilizar a la opinión pública sobre el futuro cuando, por ejemplo, reprendió a los alemanes y alemanas señalando que deberían trabajar más, a la vez que denunciaba un «lifestyle centrado en trabajar a tiempo parcial». Tras un aluvión de críticas, Merz últimamente intenta levantar los ánimos para salir del túnel. «Podemos conseguirlo si estamos juntos y empezamos a creer un poco más en nosotros mismos», aseguraba a principios de junio.
El estado de angustia social también tiene que ver con la escena internacional, un mundo que ha cambiado radicalmente en los últimos años, y no solo en el plano tecnológico. Antes de la invasión rusa de Ucrania el régimen de Vladímir Putin era, por lo menos, un aliado útil para Berlín en cuanto a proveedor de energía, si bien nunca cesaron los recelos políticos. Ahora los admirados Estados Unidos también han dejado de ser el aliado fiable, el gran hermano protector. A muchos alemanes, sobre todo conservadores, se les ha caído el mito de la democracia liberal más antigua y sólida del mundo por las maniobras autoritarias de Donald Trump. Lo mismo vale para otro pilar de la política exterior de Alemania después del nazismo: la defensa a ultranza de Israel. Ante las barbaridades cometidas contra la población civil en Gaza, llámese genocidio o no, mucha gente en Alemania duda si se debe justificar todo con el pretexto del derecho a la autodefensa. Pero el establishment político y mediático en el país vigila con celo que las críticas a las atrocidades del gobierno de Benjamín Netanyahu no traspasen cierta línea roja. En Alemania, hoy en día es muy fácil que te tilden de antisemita por denunciar la masacre de Gaza. Finalmente, la resurrección del servicio militar y un nuevo plan de protección civil para casos de guerra han devuelto a la sociedad alemana a la época de la guerra fría.
En el Mundial, y a la vista de este ambiente lúgubre, un buen desempeño de la selección alemana, reflejo de una sociedad con muchos jugadores de origen migrante, habría ayudado a insuflar ánimos, aunque sólo fuera de forma efímera. No fue así: Alemania fue eliminada en los penaltis por Paraguay. Lejos queda el cuento de hadas de aquel verano de 2006.
Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.
El 22 de abril de 2022, un total de 91.648 personas llenaron las gradas del Camp Nou en el partido de semifinales de la UEFA Women’s Champions League entre el Barça y el Wolfsburgo. Este hito, que constituye el récord de asistencia en la historia de las competiciones deportivas femeninas, simboliza no solo el éxito deportivo de un equipo, sino también la cristalización de un proceso de transformación social.
El fútbol, en tanto que institución cultural central en la construcción de las masculinidades hegemónicas (Connell, 1995), ha sido históricamente un espacio de reproducción de valores patriarcales. En este sentido, resulta especialmente relevante que, tal como señala la psicóloga social Gemma Altell, las jugadoras del Barça hayan impulsado esta transformación feminista desde un ámbito “de los más duros y difíciles” para la igualdad de género.
Las ciencias sociales llevan décadas analizando la presencia de las mujeres en el deporte. Autoras como Jennifer Hargreaves (1994) han documentado cómo las mujeres han sido históricamente excluidas o relegadas a prácticas deportivas consideradas “adecuadas” para su género, en coherencia con normas sociales de feminidad que limitaban su presencia en deportes codificados como masculinos. En Catalunya, las investigaciones de Vilanova y Soler (2008) muestran que las barreras estructurales —institucionales, culturales y mediáticas— han actuado durante décadas como mecanismos de desincentivación de la participación femenina.
Recepción de las jugadoras del Barça femenino tras proclamarse campeonas de Europa (2024)) | Ajuntament de Barcelona
“Estamos aquí para quedarnos”
En este sentido, permítanme reproducir aquí algunos fragmentos del discurso de la futbolista Alexia Putellas durante el acto de reconocimiento del equipo blaugrana con la Medalla de Honor del Parlamento de Catalunya en 2023:
“La sociedad está cambiando y lo pide: el papel de la mujer debe ser clave en el desarrollo y el crecimiento de la sociedad catalana. […] Nosotras, como Barça, creo que a través del fútbol estamos ayudando a construir una sociedad más justa, igualitaria y con más oportunidades. Nuestro esfuerzo y nuestras victorias nos están convirtiendo en referentes para muchos niños, niñas, jóvenes y adultos. Y eso supone una gran responsabilidad; lo tenemos que hacer bien, lo tenemos que seguir haciendo bien. Nuestro compromiso con nosotras mismas, con el deporte femenino y con la sociedad es incuestionable.
[…] Estamos aquí para quedarnos, estamos aquí para ayudar a las que vendrán, porque todavía hay mucho camino por recorrer. Estos días lo veis con la grave situación que estamos afrontando con la Federación (española) y los cambios que todas solicitamos para que ninguna mujer, dentro o fuera del fútbol, tenga que vivir nunca más ninguna situación de menosprecio, faltas de respeto o abusos.
Necesitamos consenso, valor y liderazgo por parte de las instituciones, por favor. Y por eso no nos vamos a detener aquí. Se lo merecen las que lucharon antes que nosotras, nos lo merecemos nosotras por el esfuerzo que hacemos cada día y se lo merecen todas las niñas y niños que hoy sueñan con ser como nosotras. No os fallaremos. ¡Viva el deporte femenino y viva el Barça!”.
El equipo blaugrana no solo ha roto un techo de cristal, sino que ha demostrado que también en el fútbol hay alternativas que van más allá de la simple adaptación de los modelos masculinos dominantes. Esto es porque, como apuntan Martin et al. (2017), son muchas las deportistas que han sido capaces de construir una cultura deportiva propia que desafía los valores tradicionales asociados a la competitividad masculina y propone nuevas formas de interpretar la práctica deportiva y la profesionalización. El público de los partidos del Barça femenino, por ejemplo, es un público sobre todo familiar, expulsado ya hace tiempo de las competiciones masculinas.
Referentes femeninos
Futbolistas como la propia Alexia Putellas, Aitana Bonmatí o Irene Paredes han propiciado la emergencia de nuevos referentes. La literatura sobre socialización y aprendizaje observacional, iniciada por Bandura (1977), muestra que la presencia de modelos similares en términos de género y experiencias vitales incrementa la identificación y la percepción de autoeficacia. La socióloga Alba Alfageme destaca que las referentes femeninas contribuyen activamente a reducir la “brecha de sueños” y a fomentar la autoestima y la ambición en las niñas. Las jugadoras del Barça, en este sentido, articulan un espacio simbólico de posibilidad que desafía estereotipos que asociaban históricamente el fútbol a la virilidad y a la fuerza física, tal como ha analizado buena parte de la literatura feminista sobre el deporte (Messner, 2002; Young, 1990).
Los datos recientes refuerzan esta tesis: en la última década, la Federación Catalana de Fútbol ha multiplicado por 2,5 el número de jugadoras federadas, lo que evidencia un cambio sociocultural profundo. El acceso masivo de niñas y jóvenes al fútbol puede interpretarse como un proceso de democratización del deporte y de expansión de los límites de lo imaginable, en línea con los planteamientos de Connell (2012) sobre transformaciones en las relaciones de género.
Paralelamente, estas jugadoras han tenido un papel central en el movimiento Se Acabó, que denuncia las dinámicas de violencia simbólica, institucional y estructural dentro del fútbol. A diferencia de lo que suele ocurrir en otros deportes, este movimiento ha sido impulsado desde el propio colectivo de jugadoras, a menudo asumiendo costes significativos en términos de su carrera profesional. Este gesto conecta con la tradición de los feminismos que entienden la agencia colectiva como motor de transformación social (Hooks, 2000).
En este proceso de cambio destacan de manera especial figuras como Putellas, Paredes o Bonmatí, que se han convertido no solo en deportistas de élite reconocidas internacionalmente, sino también en sujetos políticos que disputan el orden simbólico del fútbol. Su visibilidad y capacidad de incidencia mediática han contribuido decisivamente a redefinir los imaginarios sobre lo que puede ser y representar una mujer en el deporte de alto rendimiento.
«No conocí mayor victoria que contigo en una derrota». Una pancarta con este lema cruzaba el fondo ocupado por los Bukaneros en la final de la Conference League. El Rayo Vallecano cayó ante el Crystal Palace en un partido que funcionó casi como una metáfora del turbocapitalismo que domina el fútbol actual. El equipo inglés invirtió esta temporada en fichajes más de 150 millones de euros. Más que el Rayo en toda su historia (este año gastó apenas 7 millones). Y ganó, sí, pero por la mínima (1-0) y encerrado en su campo ante el ímpetu vallecano. Este empuje, por desgracia, llegó demasiado tarde. Durante la mayor parte del partido, el Rayo perdió casi todos los duelos, llegaba tarde a los cruces y manejó el balón con desasosiego, sin duda abrumado por la responsabilidad de representar a un barrio que vivía su primera final con una ilusión desbordante. Las emociones experimentadas durante todo el día de ayer por las 12.000 personas que viajaron a Alemania perdurarán en el recuerdo de la familia rayista durante generaciones. Ahora duele la derrota, pero dentro de unos días se entenderá de verdad la proeza que supone quedar subcampeón en su segunda participación en una competición europea.
La primera vez que el Rayo pisó los campos de Europa ocurrió en el ya lejano año 2000. Lo hizo por invitación de la UEFA, tras entrar en un sorteo con los equipos que menos patadas habían dado en sus respectivas ligas. Una imagen quedó para la historia de aquella aventura. Tras ganar al Girondins de Burdeos por 4-1, los futbolistas Bolic, Quevedo y Ballesteros posaron abrazados ante una pancarta en la que se podía leer un mensaje muy significativo: Working class. La foto fue portada de L’Équipe.
«Estábamos en Europa y era una buena oportunidad para hacer algo en inglés. Dijimos Working class, que es lo único que sabemos decir en ese idioma: nuestra clase social», explican los Bukaneros en el imprescindible No es fiera para domar, de Ignacio Pato. Una enorme bandera con el mismo lema ondeaba anoche en la primera final que han disputado en sus 102 años de historia popular.
Tardaron un cuarto de siglo en volver a Europa, pero lo hicieron a lo grande. No pudieron traerse el paragüero de Legazpi (tan castizamente bautizaron al trofeo de la Conference League y, por paronimia, a la ciudad que albergó la final: Leipzig), pero dejaron más imágenes para la posteridad. La de un equipo de barrio que se sobrepuso a su propio miedo y acabó poniendo en dificultades a la élite. La de un presupuesto modestísimo echándole un pulso a la millonaria Premier League. Y, sobre todo, la de una afición especial: en los estadios españoles no es fácil ver banderas palestinas, republicanas y antifascistas; en Vallecas, y anoche en Alemania, sí. Sus lágrimas al acabar el partido, más que de frustración, hablaban de un sueño que estuvo a punto de hacerse realidad.
Lo maravilloso del asunto es que se colaron en una fiesta a la que no estaban invitados. Por muchas razones, no les correspondía estar allí. Primero, por presupuesto. Y luego por la propia idiosincrasia de su lugar de procedencia: un distrito obrero, con la menor renta de la capital y marcado por la inmigración, primero procedente de otros puntos de España y hoy de todos los lugares del mundo. Cabe recordar que Vox llamó a Vallecas «estercolero multicultural». Es curioso cómo un pretendido insulto puede, en el fondo, generar tanto orgullo.
Hace unos meses nuestro compañero Antonio Maestre entrevistaba a Yusuf, un joven refugiado somalí que cayó perdidamente enamorado de Vallecas y de su equipo. Como menor no acompañado, conocía el desprecio con el que la mayoría de los españoles trata a los chicos como él. Pero no vivió eso en Vallecas. Cuando aterrizó por allí hizo un curso de cocina en el Alto del Arenal y le sorprendió el afecto que desprendía el vecindario. «Cuando salíamos del curso se ponían en la plaza a hablar con nosotros. Las señoras mayores nos preguntaban y se preocupaban por nosotros», le explicaba a Maestre. Así es Vallecas.
Hay otro equipo madrileño al que le cantan eso de «cómo no te voy a querer…». Pero ese cántico, seamos justos, con trofeos o sin ellos, nadie lo merece más que el Rayo.
Cuando ocurre un agresión racista en el fútbol español, la primera persona a la que llaman los medios de comunicación es a Alberto Edjogo-Owono. En esas circunstancias, muy a su pesar, se convierte en «la estrella de la semana», como admite con resignación. Le llaman para comentar el incidente porque es negro, porque ha sido futbolista profesional y porque hoy trabaja en la televisión. Es comentarista de la Liga española en DAZN. Y entonces comienza el bucle: tiene que contestar a las mismas preguntas de siempre, una y otra vez, sin que nada cambie a lo largo del tiempo: ¿es España un país racista? ¿Cómo se puede erradicar el racismo de los campos de fútbol? ¿No es igual de insultante llamar «tonto» a un jugador que llamarle «mono»? «Llevo muchos años comentando partidos. Empecé en Ràdio Sabadell, luego en Radio Marca, ahora en la televisión… y siempre es igual. Si durante este tiempo se hubiera puesto de verdad el foco sobre este problema, si hubieran escuchado con atención lo que he dicho siempre, y llevo más de 10 años hablando del tema, no me preguntarían lo mismo».
Edjogo-Owono acaba de publicar Heridas en la piel. Fútbol, racismo e identidad, un libro editado por GeoPlaneta que presentó recientemente en el Centro Cultural Espacio Afro, en Madrid, en una charla muy amena a pesar de la gravedad del asunto. El volumen no quiere ser una crónica de sucesos racistas. «Para eso, buscas en Internet y te hace una lista. No es necesario que yo escriba un libro», declara. Lo que quiere es «aportar contexto, cómo se vivieron esos incidentes, qué impacto tuvieron después a nivel social».
Lo cierto es que muy pocos lo tuvieron. Una de las excepciones ocurrió en 2006, cuando Samuel Eto’o, entonces delantero del FC Barcelona, fue gravemente insultado en el estadio de La Romareda, en Zaragoza. Una gran parte de la grada imitaba los chillidos del mono cada vez que tocaba el balón. Eto’o quiso abandonar el campo y el partido estuvo a punto de suspenderse. Eso, finalmente, no ocurrió, pero el episodio fue tan sonado que dio pie a la Ley contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte, promovida por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Las cosas han cambiado poco, en cualquier caso: sigue habiendo gritos racistas en los campos españoles y jamás se ha suspendido un partido.
Lo que demuestra que España es un país racista es la incomodidad que provoca este asunto. Tanto, que Edjogo-Owono recurre a una estrategia cada vez que hay que poner el tema sobre la mesa. Él la llama «el movimiento del caballo». Se basa en el ajedrez, donde la pieza del caballo da un paso al lateral antes de ir hacia delante: «Yo he ido de frente. De verdad que lo he intentado y me he dado cuenta de que no funciona. La gente se pone a la defensiva. Busca excusas para disculpar a los racistas, para defender a su equipo, para decir que se trata de la tensión del partido, para señalar que no se puede meter a todos los aficionados en el mismo saco. El not all men también funciona en este caso».
EDITORIAL GEOPLANETA
La primera vez que él recibió un insulto racista aún era un niño y fue durante un entrenamiento con los alevines del Espanyol. Tuvo un choque con un compañero y saltaron chispas. La discusión terminó con una frase que nunca ha podido olvidar: «Cállate, negro zumbón». Hasta ese momento no era consciente de que su color de piel pudiera provocar semejante hostilidad. «Me quedé en silencio y continué el entrenamiento casi por inercia. Mi cuerpo estaba presente, pero mi cabeza estaba ya en otro sitio», escribe en el libro. Esa horrible sensación es similar a la que confiesan haber experimentado muchos jugadores profesionales. Pero le ocurrió de niño, cuando estaba más indefenso, y esa es precisamente la razón por la que ha escrito este libro: «Si esto sigue ocurriendo en la élite del fútbol y se deja pasar, si no se castiga, si se ha normalizado, ¿qué no ocurrirá en otros niveles del deporte y de la sociedad en la que las víctimas no están tan protegidas? A Vinicius le insultan en Mestalla y a los dos minutos sale a defenderlo el presidente de Brasil, Lula da Silva, ¿pero qué ocurre cuando lo sufre un chaval de barrio o mi vecino o un compañero de trabajo o el novio de mi hermana, gente que no tiene ese respaldo?».
El caso del jugador del Real Madrid, insultado por sistema en todos los estadios, es especialmente revelador. «Vinicius no es el negro pobrecito, es el negro alborotador, por eso su caso es muy complejo», avanza Edjogo. «¿Qué ocurre con el arquetipo del “negro bueno”? Pues que mientras limpie la casa, mientras conduzca un taxi, mientras ocupe unos determinados espacios donde no moleste y su función principal sea la de servir, no habrá ningún problema. ¿Por qué se insulta a Vinicius y no se insulta a Rodrygo? Porque Rodrygo no molesta a nadie. ¿Pero qué pasa cuando un negro empieza a comportarse de una forma que un individuo autóctono considera incorrecta? Podemos discutir el comportamiento de Vinicius, si está bien o mal que baile delante de la afición rival. Que le diga al equipo contrario que se va “a Segunda”, en eso podemos coincidir todos en que no es un comportamiento deportivo. Pues hablemos de eso, de lo que hace mal. Incluso, como espectador, puedes pitarle. El fútbol no es la ópera. Pero si utilizas su color de piel para insultarle, eres un racista. Si un blanco hace lo mismo y le afeas el comportamiento, pero a un negro le respondes diciendo que es un mono y tirándole plátanos, entonces, evidentemente, eres un racista».
Edjogo-Owono estuvo acompañado en la presentación de su libro por los periodistas Moha Gerehou, Àlex de Llano y Miguel Quintana. Todos ellos hicieron hincapié en la falta de diversidad que hay en las redacciones de los medios de comunicación. Esta es una de las razones que explican que el tema del racismo no se afronte a menudo de la manera correcta. «El periodismo es un espejo de la sociedad de cada momento y queda muy mal retratado en el libro», asegura Quintana. «Es posible que si yo hubiese nacido 30 años antes y hubiese sido periodista en los años noventa, quizás habría replicado las mismas ideas y las mismas palabras. Pero hoy, cuando ves cómo se trataron los casos de Samuel Eto’o, de Roberto Carlos o de Wilfred, yo como periodista me avergüenzo profundamente».
Wilfred Agbonavbare, queridísimo portero nigeriano del Rayo Vallecano, sufrió en 1993, en el estadio Santiago Bernabéu, uno de los episodios racistas más vergonzosos de la historia del fútbol español. Tuvo una actuación estelar, llegando incluso a pararle un penalti a Míchel; la respuesta desde el fondo sur fue gritarle «negro, cabrón, recoge el algodón» y también cánticos a favor del Ku Klux Klan. «Creo que ahora hay una mayor empatía, una mayor sensibilidad –afirma Quintana–. Aunque todavía hay un porcentaje de personas que no cree que sea un problema llamar “mono” a alguien, sí que ve un problema en decirlo. Bueno, ese es un primer paso. Saber que tu pensamiento no es correcto, que ya no te respalda la sociedad, que “lo que siempre se ha hecho” ya no te sirve como excusa, me parece una primera batalla ganada».
Sobre la diversidad en los medios de comunicación, Alberto Edjogo-Owono cuenta una anécdota que le ocurrió cuando estuvo moderando una mesa redonda con directivos de la prensa: «Les pregunté cuántas personas racializadas había en sus redacciones y uno de ellos me respondió: “Bueno… creo que hay un chico que está en prácticas que es latino… no sé muy bien si boliviano o peruano…”. Le tuve que cortar diciendo: “Mira, no sigas”».
El detalle no es menor. A su juicio, aunque los jefes de las redacciones tengan hoy «más empatía o más buena fe, si tienen que encargarse de temas que no les atraviesan directamente, es más difícil que lo hagan de forma correcta. Lo que ocurre en las redacciones es que no tienen ese perfil de periodista». Y añade: «Se dice muchas veces que los medios de comunicación son un reflejo de la sociedad. No es verdad. No estoy hablando de cuotas, no se trata de tener tantos periodistas negros o tantos de origen asiático. Pero si no tienes gente de ese perfil, es muy difícil que abordes estos temas con la sensibilidad y la precisión que requieren».
La llamada «prioridad nacional»
Por su trabajo, Edjogo tiene relación con muchas de las estrellas de la Liga española. Una de ellas, la más grande de todas, Lamine Yamal, le refirió recientemente su incomodidad con una parte de la afición. «Me contó que antes de la Eurocopa [que acabaría ganando España en 2024] se quitó las redes sociales porque había mucha gente que decía que ni él ni Nico Williams les representaban. Sin embargo, hay dos centrales franceses, Le Normand y Laporte, a los que hemos nacionalizado ex profeso para que jueguen con España y no hubo ningún problema con ellos. Con Lamine y con Nico sí. Uno es de Mataró y el otro de Bilbao. Entonces, ¿este lema de la “prioridad nacional” qué quiere decir?».
«Este mismo debate ya se ha tenido en otros países», continúa Edjogo. «Ocurrió en Francia, cuando Jean-Marie Le Penexpresó públicamente su deseo de que su selección perdiera el Mundial de 1998 por lo mismo, porque aquellos “negros importados” no representaban a la nación francesa».
Para Alberto Edjogo-Owono, este asunto de la identidad es muy importante, sobre todo en la etapa formativa: «Cuando tienes 14 o 15 años y se está formando tu personalidad suele ocurrir algo muy complicado: mucha gente te dice “ah, pues no tienes acento” o te preguntan de dónde eres “de verdad”. Con estas actitudes se está impidiendo que mucha gente que está creciendo acabe teniendo un verdadero arraigo. Porque se les está diciendo: “Vale, has nacido aquí, eres de los nuestros… pero no tanto, no te flipes”».
¡Segunda temporada! Con dos invitadas de lujo, Zazu y Elena, celebramos la victoria de las campeonas en el mundial de fútbol y su lucha, que es la nuestra, contra el machismo, el abuso de poder y el acoso laboral que están sufriendo. Les agradecemos inmensamente su ejemplo, y cómo están aprovechando su visibilidad para denunciar […]