🔒
Hay nuevos artículos disponibles. Pincha para refrescar la página.
Ayer — 3 Agosto 2026Salida Principal

Sobre el anarquismo práctico y la utopía concreta

3 Agosto 2026 at 18:45
Por: pegasus

Introducción

En El anarquismo práctico y la utopía concreta, Miquel Amorós parte de una situación histórica real: la prolongada derrota del movimiento revolucionario, la debilidad de las organizaciones autónomas del proletariado y la dificultad de convertir la crítica radical en una fuerza social efectiva. Ante esa situación propone crear lectores, tejer afinidades, agrupar voluntades y predicar con el ejemplo. Cuando ninguna transformación revolucionaria parece inmediatamente realizable, la utopía adquiriría un sentido práctico mediante proyectos comunitarios capaces de anticipar parcialmente otra forma de vida.

La propuesta contiene elementos razonables. Frente a la resignación, Amorós reivindica la acción; frente al parlamentarismo, la iniciativa directa; frente al aislamiento, la comunidad; frente a la delegación, la cooperación; frente al crecimiento ilimitado, la defensa de unas condiciones materiales compatibles con la vida. El problema no reside en esas orientaciones, sino en el salto mediante el cual se convierten experiencias defensivas y parciales en una estrategia general de emancipación.

Amorós afirma que el proletariado industrial ha perdido relevancia, que su antagonismo con el capitalismo ha quedado anulado y que el conflicto se ha desplazado al sector terciario, la vida cotidiana y el territorio. A partir de ahí, las clases medias asalariadas, las comunidades locales y las resistencias urbanas o rurales parecen ocupar el lugar dejado por un proletariado derrotado y prácticamente desaparecido.

Ese diagnóstico confunde una transformación histórica del proletariado con su extinción. También confunde el declive relativo del obrero fabril en determinados países con la desaparición de la relación social que define al proletariado. Y, al hacerlo, priva a las luchas que justamente quiere valorar de un criterio capaz de explicar su contenido, sus límites y sus posibilidades.

El proletariado no es una categoría industrial

El proletariado no se define por una profesión, una forma de vestir, una determinada cultura política ni por trabajar manualmente en una gran fábrica. Está formado por quienes, privados de medios propios suficientes para vivir, dependen de la venta de su fuerza de trabajo y permanecen sometidos a las necesidades de acumulación del capital.

El capitalismo no es una colección de instalaciones industriales. Es una relación social entre clases. De un lado se encuentran quienes controlan el capital, los medios de producción y las condiciones materiales de existencia; del otro, quienes deben vender su capacidad de trabajar para sobrevivir. Esa relación puede adoptar la forma de una fábrica, un almacén logístico, un hospital, una escuela, un hotel, una oficina, una plataforma digital o una empresa de cuidados.

La automatización no ha anulado ese antagonismo. Ha transformado la organización del trabajo, desplazado industrias, destruido oficios, incrementado la productividad y expulsado a millones de trabajadores de determinadas ramas. Al mismo tiempo, ha creado nuevas ocupaciones asalariadas, ampliado la precariedad y subordinado a la lógica capitalista actividades antes realizadas parcialmente fuera del mercado.

La reducción del proletariado industrial en algunos países coincide con una industrialización intensiva en otros. La fábrica no ha desaparecido: ha sido fragmentada, automatizada, deslocalizada e integrada en cadenas mundiales de producción. Al mismo tiempo, la disciplina fabril se ha extendido a almacenes, hospitales, centros de atención telefónica, transportes, servicios y plataformas.

Los precarios, desempleados, jubilados y marginados tampoco constituyen un campo social exterior al proletariado. Son expresiones de una misma dependencia respecto del salario, incluso cuando se encuentran temporal o permanentemente apartados del empleo. La existencia de una población sobrante para las necesidades inmediatas del capital no elimina la relación de clase; forma parte de su funcionamiento.

Decir que el antiguo obrero fabril ha perdido centralidad puede describir un cambio en la composición de clase. Afirmar que el antagonismo proletario ha quedado anulado es algo muy distinto. Mientras la mayoría de la población dependa directa o indirectamente del salario y carezca de control sobre sus condiciones de existencia, el proletariado no habrá desaparecido.

Las llamadas clases medias asalariadas

Amorós concede el relevo histórico a unas «clases medias asalariadas». Pero esa expresión mezcla la posición objetiva de clase con el nivel de ingresos, la cualificación profesional, las expectativas de ascenso y los hábitos de consumo.

Una persona no deja de ser proletaria porque trabaje en una oficina, posea estudios universitarios o consuma determinados productos. Si no controla los medios con los que trabaja, si depende del salario y si su actividad está subordinada a decisiones ajenas, su posición fundamental continúa siendo proletaria.

Eso no significa que todos los asalariados tengan idénticos intereses inmediatos, condiciones de vida o funciones sociales. Existen cuadros directivos, administradores, policías, altos funcionarios y técnicos que ejercen tareas de mando, vigilancia o gestión al servicio del capital y del Estado. Tampoco significa que las diferencias internas del proletariado carezcan de importancia. La clase está atravesada por jerarquías salariales, divisiones nacionales, sexuales y raciales, grados desiguales de estabilidad y múltiples formas de fragmentación.

Pero esas diferencias no justifican inventar un nuevo sujeto histórico llamado «clase media asalariada». Buena parte de lo que durante algunas décadas se presentó como clase media ha sufrido un proceso evidente de proletarización. El endeudamiento, la pérdida de estabilidad, el deterioro de los servicios, la carestía de la vivienda y la precarización muestran que el acceso temporal al consumo no equivalía al control sobre las condiciones de vida.

El ciudadanismo se alimenta precisamente de esa confusión. Presenta a explotadores y explotados como miembros equivalentes de una comunidad política, oculta las relaciones de clase y convierte los conflictos sociales en problemas de representación, derechos abstractos y administración estatal. Es una ideología democrática que disuelve al proletariado en la ciudadanía.

Producción, vida cotidiana y territorio

Amorós sostiene que el conflicto se ha trasladado desde la producción hacia la vida cotidiana y el territorio. Pero la vivienda, el transporte, la alimentación, los cuidados, la salud, la educación y el uso del espacio no son exteriores a la producción capitalista. Constituyen condiciones indispensables para la reproducción de la fuerza de trabajo y se han convertido, además, en campos directos de inversión, especulación y beneficio.

La lucha de clases no termina a la salida del lugar de trabajo. Una huelga de alquileres, la ocupación de viviendas, la resistencia a un desahucio o la defensa de un servicio común pueden expresar una lucha proletaria tan claramente como una huelga laboral. El error consiste en deducir de ello que el territorio ha sustituido a la clase.

En un barrio o en una comarca conviven intereses contradictorios. Hay inquilinos y rentistas, jornaleros y propietarios, asalariados y empresarios, habitantes expulsados por la especulación y beneficiarios de esa misma especulación. Una comunidad territorial no posee por naturaleza intereses comunes.

Tampoco toda oposición a una infraestructura, una macrogranja o un proyecto extractivo es necesariamente anticapitalista. Puede defender propiedades privadas, privilegios locales o intereses empresariales rivales. Para determinar su contenido no basta con saber dónde tiene lugar una lucha. Hay que examinar quién la impulsa, qué intereses enfrenta, qué relaciones cuestiona y qué organismos crea.

Las luchas territoriales no sustituyen a la lucha de clases. Son uno de sus posibles terrenos. Pueden contribuir a unificar necesidades proletarias dispersas o quedar encerradas en el localismo, el interclasismo y la defensa de intereses particulares.

La cuestión no es escoger entre fábrica y territorio, sino comprender que el capital organiza ambos. La explotación de la fuerza de trabajo, la mercantilización de la vivienda y la devastación ambiental son momentos de una misma relación social.

El acierto y el equívoco en la crítica del progreso

Amorós acierta al rechazar la concepción progresista de la historia, el desarrollo infinito y el ciudadanismo. Ninguno de esos elementos ofrece una perspectiva emancipadora.

No existe una marcha inevitable de la historia hacia el comunismo. El desarrollo de las fuerzas productivas no aproxima automáticamente una sociedad libre. Puede multiplicar las capacidades materiales y, al mismo tiempo, reforzar la explotación, el control social, la guerra y la destrucción ecológica. El capitalismo no prepara de forma neutral los instrumentos que una revolución se limitaría a administrar mejor.

También es correcta la crítica a una tecnología modelada por la rentabilidad, la disciplina laboral y la dominación. Las infraestructuras, máquinas y conocimientos desarrollados bajo el capitalismo incorporan finalidades sociales concretas. Muchas actividades y dispositivos no podrán ser simplemente expropiados y mantenidos intactos; deberán ser transformados o suprimidos.

Sin embargo, Amorós reúne progresismo, desarrollo infinito y ciudadanismo bajo la denominación de una versión posmoderna del socialismo «científico». La fórmula resulta confusa. El ciudadanismo no prolonga la lucha socialista: la sustituye por la integración democrática. El crecimiento ilimitado no es una necesidad del comunismo: es una exigencia de la acumulación capitalista. Y la fe progresista no constituye una consecuencia inevitable de toda crítica materialista de la sociedad.

No necesitamos defender un «socialismo científico» entendido como ciencia infalible de la historia. Esa pretensión sirvió muchas veces para legitimar el poder de partidos y Estados que hablaban en nombre del proletariado mientras conservaban el salario, la mercancía, la jerarquía y la explotación. El estalinismo no fue la realización de la emancipación proletaria, sino una contrarrevolución basada en el Partido-Estado, el capitalismo de Estado y la militarización del trabajo.

Pero la bancarrota del determinismo y de las ideologías estatales no convierte a la utopía en el único terreno posible. Entre la ciencia que pretende gobernar la historia y la comunidad que pretende escapar de ella existe la experiencia real de las luchas proletarias, con sus avances, contradicciones y derrotas.

No se trata de oponer socialismo científico y socialismo utópico. Se trata de aprender históricamente qué fortalece la autonomía proletaria y qué la desarma; qué permite abolir las relaciones capitalistas y qué se limita a administrarlas bajo otra forma.

La tecnología no es un sujeto independiente

La tecnología capitalista no es neutral, pero tampoco constituye un sujeto histórico independiente comparable al capital y al Estado. Son las relaciones sociales capitalistas las que determinan qué se investiga, qué se produce, con qué finalidad y bajo qué forma de organización.

Una máquina puede materializar disciplina laboral y conocimiento expropiado a los trabajadores. Una red digital puede estar diseñada para vigilar, clasificar y mercantilizar la conducta. Una infraestructura energética puede exigir centralización, militarización y saqueo territorial. La crítica de esos dispositivos es indispensable.

Pero no todas las técnicas son equivalentes. Una prótesis, un ferrocarril, un sistema de saneamiento y un arma nuclear no poseen el mismo contenido social ni plantean idénticos problemas. Condenar en bloque la mecanización impide distinguir entre capacidades necesarias para satisfacer necesidades humanas y aparatos inseparables de la dominación.

Una transformación revolucionaria tendrá que decidir qué destruir, qué reducir, qué reorganizar y qué conservar. Esas decisiones no pueden resolverse mediante el culto al progreso, pero tampoco mediante un principio abstracto de regresión técnica. Deberán tomarlas directamente quienes produzcan y utilicen esos medios, de acuerdo con las necesidades comunes y los límites ecológicos.

La alternativa al productivismo no es la miseria artesanal. Es la supresión de la producción para el beneficio y la transformación consciente de la actividad social.

La crisis ecológica y las relaciones de clase

La denuncia de la catástrofe ecológica ocupa justamente un lugar central en el texto de Amorós. El crecimiento ilimitado de la producción mercantil destruye ecosistemas, altera el clima, contamina el agua y el aire y desencadena guerras por recursos.

Pero no es «la humanidad» en abstracto la que organiza esa destrucción. Tampoco la padecen todos por igual. La crisis ecológica está determinada por la propiedad, la competencia, la acumulación y la división mundial del trabajo.

Los trabajadores y las poblaciones empobrecidas sufren con mayor intensidad la contaminación, las temperaturas extremas, la falta de agua, la carestía alimentaria y los desplazamientos forzosos. Quienes controlan el capital disponen de más recursos para protegerse y trasladar los costes a otros territorios y clases.

Por eso la crítica ecológica no puede separarse de la lucha contra el salario, la mercancía y la ley del valor. Una política de decrecimiento administrada por el Estado capitalista puede significar austeridad para el proletariado y conservación de los privilegios para la clase dominante. Puede cerrar hospitales mientras mantiene ejércitos, encarecer la calefacción doméstica mientras subvenciona industrias destructivas y disciplinar el consumo popular sin tocar la acumulación.

La reducción de actividades nocivas solo será emancipadora si forma parte de una reorganización radical de la producción conforme a las necesidades humanas. No basta con producir menos; hay que decidir colectivamente quépara quiéncómo y con qué consecuencias se produce.

Las experiencias comunitarias y sus límites

Amorós no presenta los proyectos comunitarios como modelos perfectos ni como panaceas. Los define como respuestas a problemas inmediatos, actos defensivos y aperturas de caminos. Esa cautela evita algunas caricaturas, pero no resuelve la contradicción principal.

Una experiencia comunitaria puede mejorar concretamente la vida de sus participantes. Puede recuperar capacidades expropiadas, crear solidaridad y reducir determinadas dependencias. Puede facilitar la resistencia frente a un desahucio, garantizar alimentos, compartir cuidados o defender un territorio. Nada de eso debe despreciarse.

Pero una comunidad no se sitúa al margen del capital por su voluntad. Si compra mercancías, vende productos, paga alquileres e impuestos, utiliza dinero o depende de subvenciones, sigue insertada en las relaciones capitalistas. Su autonomía es relativa, frágil y contradictoria.

Una cooperativa sometida al mercado debe competir. Para sobrevivir puede verse obligada a reducir costes, prolongar jornadas, intensificar el trabajo o excluir a quienes no resulten productivos. La propiedad colectiva de una empresa no elimina la ley del valor. Puede convertir a los asalariados en administradores colectivos de su propia explotación.

Una comuna rural puede reducir ciertas dependencias, pero no puede abolir aisladamente la propiedad capitalista, el mercado mundial o el Estado. Una red de cuidados puede responder a necesidades urgentes, pero también puede descargar sobre trabajo gratuito y mayoritariamente femenino tareas abandonadas por las instituciones.

El criterio no debe ser la pureza de esas experiencias ni su grado imaginario de exterioridad. Debe ser su función dentro del conflicto social. Hay que preguntarse si fortalecen la capacidad de lucha, si generalizan la solidaridad, si combaten las jerarquías y si permiten organizar necesidades comunes; o si estabilizan pequeños nichos, administran la precariedad y sustituyen derechos colectivos por sacrificios militantes.

No hay que contraponer las experiencias comunitarias a la lucha de clases. Hay que insertarlas en ella y reconocer sus límites.

No existe un exterior estable al capital

El capitalismo no domina únicamente porque controle fábricas y bancos. Domina porque organiza las condiciones generales de existencia. La propiedad, el dinero, el salario, la deuda y el Estado obligan a participar en sus relaciones incluso a quienes las rechazan.

Por eso no puede abandonarse gradualmente el capitalismo como quien abandona una ciudad. Los espacios autónomos pueden conquistar márgenes temporales, pero permanecen sometidos a presiones económicas, jurídicas y policiales. Cuando dejan de ser inofensivos, el poder puede tolerarlos, recuperarlos, legalizarlos, subvencionarlos, convertirlos en mercancía o destruirlos.

La multiplicación de cooperativas y comunas no erosiona necesariamente el capital. El mercado puede integrar la producción alternativa, convertir la rebeldía en estilo de vida y transformar la autonomía en una marca comercial. El Estado puede delegar funciones sociales en redes comunitarias y abaratar así el coste de gestionar la pobreza.

No es la existencia de prácticas distintas lo que amenaza al capitalismo, sino su capacidad para romper la obediencia, extender la lucha y cuestionar materialmente la propiedad y el poder estatal.

La utopía concreta y la adaptación a la derrota

Amorós presenta la utopía como antídoto contra el derrotismo. Esa intención es comprensible. La ausencia de una situación revolucionaria no obliga a la pasividad y las necesidades no pueden aplazarse hasta un futuro indeterminado.

El peligro aparece cuando una práctica impuesta por la debilidad se eleva a estrategia universal. Primero se reconoce que no existen fuerzas para una transformación profunda. Después se crean espacios limitados de cooperación. Finalmente, esos espacios se presentan como la forma más realista de superar el capitalismo.

La derrota deja entonces de ser una relación histórica que debe analizarse y combatirse. Se convierte en el punto de partida permanente de una política de retirada.

Una experiencia parcial puede anticipar relaciones distintas, pero no por eso contiene el mecanismo de su generalización. El ejemplo no vence a la propiedad. La persuasión no desarma al Estado. La coherencia ética no suprime el mercado.

El capitalismo no se mantiene porque las personas desconozcan que podrían cooperar. Se mantiene porque la clase dominante controla los medios de vida y dispone de mecanismos materiales de coerción. Un huerto comunitario demuestra que la cooperación es posible; no generaliza el acceso a la tierra. Una ocupación resuelve temporalmente una necesidad de vivienda; no elimina por sí sola la propiedad inmobiliaria.

Lo que generaliza esas experiencias no es su fuerza moral, sino un movimiento capaz de expropiar recursos, defenderlos, extender su uso común y destruir las instituciones que restablecen la propiedad.

La utopía concreta puede ser un momento de la lucha. No puede reemplazarla.

El gran ausente: el Estado

El texto denuncia al Estado como uno de los pilares de la dominación, pero no afronta plenamente el problema de su destrucción. Habla de crear autonomía al margen del Estado sin explicar qué ocurrirá cuando el Estado deje de tolerarla.

Esta omisión no es secundaria. Toda experiencia histórica de transformación radical ha encontrado frente a sí la fuerza estatal. El Estado no es solamente una administración centralizada ni una institución ideológica. Es la organización política que garantiza las relaciones capitalistas, defiende la propiedad y concentra medios de coerción.

La revolución española de 1936 proporciona una enseñanza decisiva. En julio, el proletariado armado derrotó al ejército sublevado en Barcelona y en otras zonas. Surgieron comités de fábrica, barrio, defensa y abastecimiento; se organizaron milicias y se colectivizaron empresas y tierras. El Estado republicano quedó gravemente debilitado, mientras los trabajadores ejercían funciones que antes le correspondían.

No faltaron experiencias constructivas ni capacidad de autogestión. Lo que faltó fue la decisión de destruir el Estado y coordinar los organismos revolucionarios como expresión de una nueva capacidad social.

Los dirigentes de la CNT rechazaron asumir las consecuencias del poder real que los trabajadores habían conquistado. En nombre de la unidad antifascista y del rechazo verbal a toda dictadura, colaboraron con las instituciones republicanas. El Estado pudo recomponerse, reconstruir sus fuerzas represivas, militarizar las milicias, disolver los comités y restablecer su autoridad.

La derrota de mayo de 1937 mostró que no basta con crear colectividades si se conserva el aparato capaz de destruirlas. Tampoco basta con denunciar el poder en abstracto. Si los organismos proletarios no coordinan y defienden sus decisiones, el Estado centraliza la contrarrevolución.

Capacidad proletaria y poder separado

Hablar de la capacidad del proletariado para imponer sus necesidades no significa defender un Estado obrero, un gobierno de partido o una dictadura ejercida sobre los trabajadores.

La emancipación no puede ser obra de una minoría que se atribuya la conciencia de la clase. Ningún partido representa una esencia histórica del proletariado ni tiene derecho a gobernar en su nombre. Cuando una organización se separa de quienes luchan, monopoliza las decisiones y convierte sus funciones en permanentes, empieza a constituirse como un poder sobre el proletariado.

Pero rechazar el poder separado no significa renunciar a toda capacidad colectiva. En una situación revolucionaria hay que organizar el abastecimiento, coordinar transportes, socializar recursos, defenderse de la contrarrevolución y asegurar el cumplimiento de las decisiones comunes. Si esas funciones no las realizan directamente los organismos creados por los trabajadores, las asumirá un aparato especializado.

Los consejos, comités y asambleas de lucha no deben constituir un nuevo Estado. Su sentido reside en eliminar la separación entre quienes deciden y quienes ejecutan. Sus delegados han de estar sometidos a mandatos concretos, ser revocables y carecer de privilegios.

La coordinación no equivale necesariamente a centralización estatal. Puede surgir desde abajo, mediante acuerdos entre organismos autónomos y bajo control permanente de quienes los forman.

La alternativa no es Estado o dispersión, mando burocrático o impotencia local. Es poder separado o capacidad directa de los trabajadores para organizar la vida común.

La lección de los Amigos de Durruti

Los Amigos de Durruti comprendieron que la revolución de julio había creado un poder proletario disperso, pero no había destruido el Estado. Su propuesta de una Junta Revolucionaria intentaba responder a esa contradicción.

No se trataba de fundar un gobierno parlamentario ni de entregar el poder a un partido. Se trataba de coordinar los organismos surgidos de la revolución, impedir la reconstrucción estatal y llevar hasta sus últimas consecuencias la transformación social iniciada por los trabajadores.

Puede discutirse la precisión de sus fórmulas, pero señalaron un problema que el anarquismo oficial se negó a afrontar: la clase trabajadora había conquistado una enorme capacidad material y, al no organizarla conscientemente contra el Estado, permitió que esa capacidad fuese desmantelada.

El error no consistió en una insuficiente fidelidad a principios abstractos, sino en una política concreta de colaboración de clases. Los dirigentes anarcosindicalistas entraron en gobiernos, subordinaron los comités a la legalidad republicana y contribuyeron a reconstruir las instituciones que acabarían reprimiendo al proletariado revolucionario.

La experiencia enseña que la autonomía no puede reducirse a una suma de iniciativas locales. Necesita coordinación, objetivos comunes y capacidad para impedir que una fuerza separada vuelva a dominar la sociedad.

El comunal no es el comunismo

Amorós evoca el thing nórdico, el concejo abierto, el conseil communal galo, el arengo italiano y otras tradiciones de gobierno local. También recupera la valoración romántica de las comunas medievales y de sociedades consideradas primitivas.

Estas experiencias pueden contener prácticas de ayuda mutua, usufructo colectivo y decisión asamblearia dignas de estudio. Pero no deben convertirse en imágenes de una libertad originaria perdida.

Las sociedades precapitalistas estuvieron atravesadas por jerarquías, dependencias personales, desigualdades de propiedad, dominación patriarcal, autoridad religiosa y exclusiones comunitarias. El derecho consuetudinario podía proteger bienes comunes y, al mismo tiempo, sancionar privilegios y subordinaciones.

El comunal no es el comunismo. Un recurso comunal puede pertenecer a una comunidad cerrada y excluir a quienes no son reconocidos como miembros. Puede coexistir con propiedad privada, mercado, herencia y trabajo explotado. Puede defender una identidad particular contra otros grupos sin cuestionar las clases sociales.

El comunismo no consiste en restaurar antiguas formas de propiedad colectiva local. Consiste en abolir el salario, la mercancía, la ley del valor, las clases y el Estado. No busca regresar a una comunidad idealizada, sino crear relaciones universales de libre asociación.

Los saberes tradicionales y las prácticas comunales deben valorarse por su utilidad presente, no por una supuesta pureza histórica. Algunas podrán recuperarse; otras deberán abandonarse. El pasado no contiene un modelo acabado de emancipación.

Ni metrópolis capitalista ni Arcadia rural

La crítica de Amorós a la metrópolis es pertinente. La ciudad capitalista concentra especulación, segregación, contaminación, vigilancia, dependencia del automóvil y subordinación de toda actividad a la circulación mercantil. La urbanización ilimitada destruye territorios y convierte la vivienda en instrumento de acumulación.

Pero de esa crítica no se desprende que el campo sea un espacio naturalmente libre. El campo contemporáneo está sometido al capital mediante la agroindustria, el monocultivo, el endeudamiento, las cadenas comerciales, la concentración de la tierra, el turismo y el trabajo asalariado.

La oposición entre metrópolis capitalista y comunidad rural emancipada es engañosa. Ciudad y campo forman parte de una misma organización social. Las grandes ciudades dependen de territorios lejanos para obtener alimentos y energía; el campo industrializado depende de mercados, maquinaria, financiación e infraestructuras urbanas.

Una transformación revolucionaria tendrá que reducir dimensiones urbanas insostenibles, reorganizar el territorio, restaurar ecosistemas y aproximar determinadas actividades productivas a las necesidades locales. También tendrá que eliminar desplazamientos absurdos y reconstruir vínculos entre producción agrícola y consumo.

Pero no puede formularse como una huida general hacia el campo. Millones de personas no pueden instalarse sencillamente en pequeñas comunidades sin resolver antes la propiedad de la tierra, el acceso al agua, la producción de alimentos, la sanidad, los cuidados y la distribución de recursos.

No se trata de ruralizar por principio, sino de superar la oposición capitalista entre ciudad y campo. Eso exige una transformación social general, no una retirada geográfica.

La escala local y la revolución mundial

Amorós privilegia la escala menor porque permite experimentar formas directas de cooperación. Pero la pequeña escala no es por sí misma libre, y la gran escala no es necesariamente estatal.

El capitalismo constituye una relación mundial. Las cadenas de producción, las finanzas, el transporte, la energía y las comunicaciones atraviesan fronteras. Ninguna comunidad local puede abolir aisladamente el mercado mundial o resistir indefinidamente la presión de los Estados.

Los organismos revolucionarios nacen en lugares concretos, pero deben extenderse. Una revolución aislada puede ser cercada, asfixiada o derrotada. Una comuna aislada puede convertirse en una empresa, en un enclave turístico o en una comunidad defensiva obsesionada con preservar sus recursos frente a quienes llegan de fuera.

La emancipación no consiste en multiplicar unidades autosuficientes. La autosuficiencia completa es imposible y, convertida en ideal, puede desembocar en pobreza material, cierre comunitario y hostilidad hacia el exterior.

La alternativa es una coordinación federativa que permita compartir recursos y conocimientos sin crear una autoridad separada. El internacionalismo no es una consigna ornamental. Es una necesidad material derivada del carácter mundial del capital y de la interdependencia de las necesidades humanas.

Predicar con el ejemplo no basta

El ejemplo puede demostrar que determinadas relaciones son posibles. Puede romper el fatalismo y ofrecer aprendizajes prácticos. Pero no contiene por sí mismo una fuerza de expansión.

El capitalismo no se reproduce porque sea moralmente convincente. Se reproduce porque obliga materialmente a trabajar, pagar, competir y obedecer. La mayoría no participa en él por adhesión intelectual, sino porque necesita salario, vivienda y alimentos.

Por eso el ejemplo no puede sustituir a la confrontación. Una forma de vida alternativa puede inspirar, pero si no cuestiona las condiciones que impiden generalizarla permanecerá como excepción. Incluso puede convertirse en privilegio accesible solo para quienes disponen de tiempo, recursos, salud o redes previas.

La práctica ejemplar adquiere sentido cuando se vincula a luchas capaces de abrir recursos al uso común, impedir desalojos, resistir la represión y extender formas de decisión directa. Su valor no reside en representar anticipadamente un futuro ideal, sino en aumentar la capacidad presente de quienes luchan.

Acción directa, objetivos y memoria histórica

Una crítica al utopismo no necesita invocar un programa elaborado por una minoría dirigente. Tampoco necesita presentar la revolución como aplicación de una doctrina.

Pero la acción directa requiere objetivos. Quienes luchan deben saber qué obstáculos afrontan, qué relaciones desean abolir y qué errores históricos no quieren repetir. Esa conciencia no llega desde fuera: se forma en las luchas y en la apropiación crítica de las experiencias anteriores.

La espontaneidad puede crear formas organizativas poderosas, pero no garantiza que todas las decisiones sean acertadas. En 1936, los trabajadores fueron capaces de derrotar al ejército, organizar la producción y transformar la vida cotidiana. También permitieron, a través de sus organizaciones, que el Estado se reconstruyera.

Recordar esa contradicción no significa dictar desde el presente lo que los protagonistas debieron hacer. Significa negarse a convertir la derrota en mito y extraer una enseñanza fundamental: no puede hacerse una revolución colaborando con el Estado que se pretende superar.

La memoria histórica no proporciona recetas. Proporciona advertencias, conceptos y preguntas. Ayuda a reconocer las formas de integración, la autonomía aparente, el poder separado y la sustitución de la clase por sus representantes.

Eso no es una ciencia de la revolución. Es una necesidad elemental para no empezar siempre desde cero.

Contra el estalinismo y contra la retirada comunitaria

No existe ninguna continuidad emancipadora entre la autonomía proletaria y el estalinismo. El estalinismo subordinó a los trabajadores a un Partido-Estado, conservó el trabajo asalariado, impuso la acumulación mediante la violencia y destruyó toda organización obrera independiente. No representó un exceso de poder proletario, sino su negación y aplastamiento.

El capitalismo de Estado no abolió el capital. Concentró jurídicamente la propiedad, sometió la producción a una burocracia y convirtió el trabajo en una obligación militarizada. La nacionalización no fue socialización, y el plan estatal no fue comunismo. Los proletarios continuaron separados de los medios de producción y privados de toda decisión sobre su trabajo y su vida.

Por eso, criticar a Amorós desde la perspectiva de la lucha de clases no implica defender:

  • el partido dirigente;
  • la conquista del Estado;
  • la nacionalización de la economía;
  • la disciplina del trabajo;
  • el productivismo;
  • la industrialización forzada;
  • ni una supuesta ciencia histórica administrada por especialistas.

La crítica revolucionaria del estalinismo y la crítica de la retirada comunitaria parten, sin embargo, de problemas distintos. El estalinismo sustituye la actividad proletaria por el poder del Partido-Estado. El utopismo comunitario corre el riesgo de sustituirla por la construcción de pequeños espacios alternativos. Uno concentra y monopoliza; el otro dispersa y renuncia a enfrentarse con el poder centralizado del enemigo.

No son fenómenos equivalentes. El estalinismo fue una contrarrevolución estatal que explotó y reprimió a millones de proletarios. Las experiencias comunitarias pueden constituir prácticas valiosas de solidaridad y resistencia. Pero ambas perspectivas resultan incapaces, por razones opuestas, de reconocer plenamente la emancipación como actividad directa, consciente y generalizada del propio proletariado.

El proletariado no necesita un Estado que actúe en su nombre ni comunidades ejemplares que lo den por desaparecido. Necesita organizar su lucha sin representantes permanentes, sin dirigentes convertidos en autoridad y sin instituciones que se eleven por encima de él.

Autogestión y abolición

Amorós afirma acertadamente que «la autogestión de lo existente es la autogestión de la miseria». Esa frase contiene una crítica fundamental. Si los trabajadores se limitan a gestionar empresas que continúan produciendo mercancías, compitiendo en el mercado y calculando su actividad en dinero, no han abolido el capitalismo.

Pero esa misma crítica debe aplicarse a las experiencias comunitarias. Una cooperativa, una comuna o una red autónoma no dejan de reproducir la miseria existente cuando continúan subordinadas al mercado, a la propiedad y a la necesidad económica.

La autogestión no es emancipadora por la forma colectiva de administración. Lo decisivo es qué relaciones se gestionan. Si permanecen el salario, la mercancía, la competencia y la acumulación, la explotación puede reaparecer como una obligación impersonal asumida por el propio colectivo.

La abolición del capitalismo no consiste en que cada empresa sea administrada por sus trabajadores. Tampoco consiste en fragmentar la economía en pequeñas unidades autosuficientes. Exige suprimir la empresa como unidad independiente enfrentada a otras empresas, poner en común los recursos y orientar la actividad a la satisfacción directa de necesidades.

No se trata de repartir equitativamente el valor producido, sino de abolir la producción de valor. No se trata de democratizar el salario, sino de hacer innecesaria la venta de la fuerza de trabajo. No se trata de socializar el dinero, sino de superar las relaciones que lo hacen indispensable.

Esta diferencia separa la autogestión de la comunización. La primera puede limitarse a modificar quién administra una unidad económica; la segunda transforma las relaciones sociales mediante la apropiación común de los medios de vida y la supresión de las categorías capitalistas.

Las ocupaciones, colectivizaciones y redes de apoyo pueden contribuir a ese proceso cuando dejan de constituir propiedades particulares de un grupo y se abren al uso común. Su contenido revolucionario no proviene de su etiqueta, sino de la ruptura material que realizan.

No esperar, pero tampoco engañarse

Rechazar el gradualismo comunitario no significa esperar pasivamente una insurrección futura. Las necesidades son inmediatas y deben afrontarse ahora. Los proletarios no pueden aplazar la vivienda, la alimentación, la defensa frente a la represión o los cuidados hasta que aparezca una situación revolucionaria.

Toda lucha comienza por motivos concretos. Una reducción de jornada, la defensa de un puesto de trabajo, la paralización de un desahucio o la recuperación de un espacio pueden parecer objetivos parciales. Sin embargo, en el curso de esas luchas pueden aparecer formas de solidaridad, decisión colectiva y enfrentamiento que superen el punto de partida.

No hay una separación absoluta entre lucha inmediata y revolución. Tampoco existe una evolución automática de una hacia otra. Una lucha puede ser integrada, derrotada, aislada o transformada en un conflicto más amplio.

La tarea no consiste en despreciar lo pequeño, sino en no atribuirle una virtud que no posee. Una comunidad de afinidad no es todavía una fuerza social. Una red de consumo no es la abolición del mercado. Una ocupación no es la supresión de la propiedad. Un concejo abierto no es necesariamente un organismo revolucionario.

Nombrar con precisión los límites de una práctica no la invalida. Permite comprender qué necesita para ampliarse y no ser recuperada.

La comunidad también puede dominar

La palabra «comunidad» suele emplearse como si designara espontáneamente cooperación, igualdad y apoyo mutuo. Pero toda comunidad establece límites entre quienes pertenecen y quienes quedan fuera. Puede compartir recursos internamente y excluir a extranjeros, disidentes o personas sin propiedad reconocida.

Las comunidades tradicionales han reproducido patriarcado, autoridad religiosa, jerarquías generacionales y control sobre la conducta individual. La proximidad no elimina la dominación; a veces la hace más intensa. Una asamblea local puede ejercer una presión asfixiante sobre las minorías y convertir la costumbre en una autoridad indiscutible.

Frente al individualismo mercantil, la cooperación comunitaria resulta necesaria. Pero el individuo no debe disolverse en una totalidad local idealizada. La libre asociación exige tanto vínculos comunes como posibilidad real de disentir, abandonar una agrupación y relacionarse con otras.

El comunismo no puede fundarse en comunidades cerradas que administren colectivamente sus propiedades. Debe superar la oposición entre individuo y comunidad mediante relaciones en las que el libre desarrollo de cada persona sea condición del libre desarrollo de todas.

La escala pequeña no garantiza esa libertad. Lo decisivo es la desaparición de las relaciones de explotación y de toda autoridad separada, junto con la posibilidad material de participar en las decisiones que afectan a la vida común.

Género, cuidados y reproducción social

Amorós incluye el género entre las categorías veneradas por el pensamiento burgués que deben ponerse en tela de juicio, pero el desarrollo posterior del artículo apenas examina la división sexual del trabajo.

Esta ausencia resulta especialmente problemática cuando se proponen el retorno al campo, la autosuficiencia doméstica y las comunidades de pequeña escala. Históricamente, esas formas de vida han descansado con frecuencia sobre una enorme cantidad de trabajo femenino no reconocido: crianza, cocina, limpieza, atención a enfermos, conservación de alimentos, abastecimiento de agua y cuidados de personas dependientes.

La crítica de la industrialización no debe idealizar un pasado en el que gran parte de ese trabajo era agotador, obligatorio y realizado bajo autoridad patriarcal. Recuperar determinados saberes no significa recuperar las relaciones sociales en las que se practicaban.

Las redes comunitarias contemporáneas también pueden reproducir esa desigualdad. Cuando el Estado retira servicios y la comunidad los sustituye mediante trabajo gratuito, la carga suele recaer de forma desproporcionada sobre las mujeres. Una práctica presentada como autonomía puede convertirse así en transferencia de costes hacia el trabajo invisible.

La abolición del capitalismo exige socializar materialmente los cuidados, reducir el tiempo de trabajo necesario y eliminar su asignación según el sexo. No basta con trasladar esas tareas desde el mercado o el Estado hacia la familia, la aldea o el colectivo militante.

Una comunidad que conserve la división sexual del trabajo no anticipa la emancipación. Reproduce una de las condiciones históricas de la explotación.

La organización no es necesariamente una autoridad exterior

El rechazo de los partidos y sindicatos integrados en el Estado no debe confundirse con el rechazo de toda organización. El capital ya está organizado: coordina empresas, gobiernos, ejércitos, policías, medios de comunicación e instituciones financieras. La dispersión de quienes lo combaten no constituye una virtud.

La organización revolucionaria no puede sustituir al proletariado ni gobernarlo. Tampoco puede proclamarse depositaria exclusiva de la conciencia. Su posible función es contribuir a esclarecer experiencias, difundir lecciones, relacionar luchas y combatir las ideologías que conducen a la colaboración de clases.

No crea la revolución ni fabrica un sujeto revolucionario. La capacidad de transformación nace de las propias contradicciones sociales y de la actividad de quienes luchan. Pero el rechazo a toda elaboración colectiva y estable condena a repetir errores ya conocidos.

El problema no es organización o espontaneidad, sino sustitución o autoorganización. Una organización se vuelve contrarrevolucionaria cuando convierte sus intereses particulares en intereses de la clase, busca controlar sus órganos o aspira a ocupar el Estado. Puede desempeñar una función útil cuando renuncia al mando y somete sus propuestas a la experiencia y decisión de las luchas reales.

La afinidad, reivindicada por Amorós, es necesaria pero insuficiente. Los grupos de afinidad pueden intervenir, comunicar y actuar con rapidez; no sustituyen a los organismos amplios que los proletarios crean para decidir sobre problemas comunes.

La revolución como proceso, no como modelo

La revolución no es un instante mágico ni la aplicación de un esquema previamente diseñado. Es un proceso en el que las luchas transforman a quienes participan, destruyen antiguas instituciones y crean nuevas relaciones.

Ese proceso no empieza necesariamente con una proclamación revolucionaria. Puede surgir de conflictos defensivos que se extienden, se coordinan y cuestionan la propiedad y la autoridad estatal. Pero solo adquiere un contenido comunista cuando avanza hacia la abolición de las categorías capitalistas y evita la formación de un poder separado.

No existe un modelo organizativo válido para toda circunstancia. Los nombres históricos -consejos, soviets, comités, comunas- no garantizan por sí mismos ningún contenido. Un comité puede convertirse en aparato burocrático; una asamblea puede legitimar decisiones estatales; un consejo puede ser domesticado por partidos y sindicatos.

Lo decisivo es si esos organismos expresan la actividad directa de quienes luchan, si sus delegados son controlados y revocables, si rompen con la legalidad estatal y si extienden la apropiación común de los medios de vida.

La historia no ofrece moldes para copiar, sino experiencias que permiten reconocer problemas. El estudio de 1936 no sirve para repetir sus instituciones, sino para comprender la relación entre comités, organizaciones, Estado y contrarrevolución.

Lo rescatable del planteamiento de Amorós

Una crítica eficaz no debe atribuir a Amorós posiciones que no defiende. Su artículo no presenta las experiencias comunitarias como sistemas perfectos ni propone simplemente fundar islotes purificados. Reconoce su carácter limitado, defensivo y experimental. También advierte que la mera autogestión de lo existente no supera el capitalismo.

Son especialmente valiosas su crítica del parlamentarismo, su rechazo del crecimiento ilimitado, su denuncia de la devastación ecológica y su insistencia en que la emancipación debe modificar la vida cotidiana. También es correcta la idea de que una crítica incapaz de producir prácticas y vínculos concretos corre el riesgo de quedar reducida a literatura radical.

El desacuerdo está en las conclusiones extraídas de esas premisas.

La derrota del movimiento obrero no demuestra la desaparición del proletariado. La transformación de la composición de clase no anula la lucha de clases. El carácter capitalista de la tecnología no exige condenar indiscriminadamente toda técnica. La necesidad de experiencias inmediatas no convierte la utopía experimental en estrategia suficiente. La crítica de la metrópolis no demuestra que la emancipación deba ser ruralizante. La defensa de la autonomía no permite ignorar el problema del Estado.

Amorós identifica correctamente numerosas formas de dominación, pero pierde la relación social que permite comprender su unidad. Capital, Estado, tecnología, metrópolis y desarrollismo no son poderes independientes que simplemente se suman. Forman una totalidad histórica organizada por la acumulación y la explotación del trabajo.

Sin esa relación de clase, la crítica corre el riesgo de transformarse en rechazo cultural de la modernidad y en búsqueda de espacios menos contaminados por ella.

La contradicción central del anarquismo positivo

El «anarquismo positivo» propuesto por Amorós quiere evitar dos extremos: la espera pasiva de una revolución futura y la integración reformista en las instituciones. Su respuesta consiste en construir aquí y ahora relaciones distintas.

La intención es legítima, pero la fórmula contiene una contradicción. Para que esas relaciones puedan mantenerse, necesitan recursos, tiempo, espacios y medios de vida. Mientras todo ello siga sometido a la propiedad y al mercado, las experiencias autónomas dependerán precisamente del sistema que quieren abandonar.

Si intentan ampliarse sin confrontación, serán integradas. Si se apropian de recursos y niegan la propiedad, encontrarán la coerción estatal. En ese momento dejarán de ser únicamente experimentos y se convertirán en episodios de lucha de clases.

El problema que el anarquismo positivo pretende dejar atrás reaparece necesariamente: ¿cómo extender la apropiación común?, ¿cómo defenderla?, ¿cómo coordinarla?, ¿cómo impedir el restablecimiento de la propiedad y del Estado?

No hay una respuesta puramente comunitaria a esas preguntas. Requieren una fuerza social general, formada por quienes dependen del salario y se rebelan contra esa dependencia.

La utopía concreta puede preparar capacidades, vínculos y conocimientos. Pero si quiere dejar de ser una excepción tolerada, debe negarse como utopía separada e integrarse en un proceso revolucionario.

Una falsa alternativa

Amorós parece situarnos ante dos posibilidades. De un lado, un socialismo progresista, productivista, científico y ciudadano que confía en el desarrollo técnico y en la administración política. Del otro, un socialismo experimental, comunitario, antidesarrollista y descentralizado.

La alternativa está mal construida.

El ciudadanismo no es socialismo. La nacionalización no es comunismo. La administración estatal de la economía no es poder de los trabajadores. El productivismo no es una necesidad de la revolución. Y la crítica de esas mistificaciones no conduce necesariamente al localismo rural ni al abandono del proletariado como sujeto histórico.

Existe otra perspectiva: la lucha autónoma de los proletarios contra todas las organizaciones que los representan e integran; la creación de organismos directos de decisión; la destrucción del Estado; la abolición del salario, la mercancía y el valor; y la reorganización ecológica de la actividad social conforme a las necesidades comunes.

Esta perspectiva no promete un triunfo garantizado. No se basa en una filosofía del progreso ni en una ciencia histórica infalible. Tampoco entrega la dirección a un partido. Parte de una contradicción real y de experiencias históricas concretas.

No ofrece un modelo acabado de la sociedad futura. Afirma algo más limitado y más exigente: no puede superarse el capitalismo sin abolir las relaciones que producen al capital y al proletariado.

Conclusión: ni administración estatal ni refugio utópico

El artículo de Amorós tiene el mérito de plantear una pregunta urgente: ¿qué hacer cuando la perspectiva revolucionaria parece lejana y la catástrofe social y ecológica avanza?

Su respuesta es construir experiencias viables de autonomía, cooperación y resistencia. Esas experiencias pueden resultar necesarias. Pueden satisfacer necesidades, romper el aislamiento, recuperar conocimientos y crear vínculos. No deben ser despreciadas desde una espera doctrinaria de la insurrección.

Pero tampoco deben ser idealizadas.

No constituyen un exterior estable al capitalismo. No sustituyen al proletariado. No resuelven por sí mismas la cuestión del Estado. No se generalizan únicamente mediante el ejemplo. No garantizan la abolición del salario y de la mercancía. Y pueden reproducir competencia, propiedad, patriarcado, exclusión y trabajo gratuito.

El proletariado no desapareció con la decadencia relativa del gran obrero fabril occidental. Se mundializó, se fragmentó y adoptó formas nuevas. Los trabajadores de la industria, la logística, los servicios y los cuidados; los precarios, desempleados y expulsados; quienes viven bajo la dependencia directa o indirecta del salario forman una clase heterogénea, pero sometida a la misma relación social fundamental.

Esa clase no es revolucionaria por esencia ni está predestinada a vencer. Puede permanecer dividida, aceptar las categorías del capital y ser movilizada por proyectos reaccionarios. Solo se constituye como fuerza revolucionaria cuando lucha autónomamente por sus necesidades, rompe con la colaboración entre clases y crea organismos capaces de transformar las relaciones sociales.

Las luchas urbanas, rurales, laborales, territoriales, ecológicas y reproductivas no necesitan unificarse bajo una identidad doctrinal. Su posible unidad se encuentra en la confrontación con la propiedad, la acumulación y el Estado.

La emancipación no será obra de un Partido-Estado, de una burocracia planificadora ni de especialistas que invoquen una ciencia de la historia. Tampoco será el resultado acumulativo de pequeñas comunidades que convivan pacíficamente con el mercado hasta reemplazarlo.

Será obra de los propios explotados o no será.

La autonomía que importa no es la autonomía empresarial, municipal o cultural, sino la autonomía del proletariado respecto del Estado, el capital, los partidos, los sindicatos integrados y todas las organizaciones que pretenden representarlo y dirigirlo.

La coordinación que importa no es el mando de una minoría, sino la asociación directa y federativa de los organismos creados por quienes luchan.

La transformación que importa no es administrar de otro modo el trabajo asalariado, sino abolirlo; no es repartir mejor las mercancías, sino producir para las necesidades; no es conquistar el Estado, sino destruir toda forma de poder separado.

La memoria de las derrotas no debe servir para justificar una nueva retirada. Debe impedir que se repitan las viejas renuncias. En 1936 no faltaron colectividades ni iniciativas constructivas. Faltó destruir el Estado cuando existía la fuerza social para hacerlo. El precio de esa renuncia fue la reconstrucción de la autoridad republicana, la liquidación de los comités y la derrota de la revolución.

No necesitamos resucitar un socialismo «científico» convertido en ideología de Estado. Tampoco convertir la impotencia presente en virtud utópica. Necesitamos reconocer las relaciones de clase que siguen organizando la sociedad, apoyar todas las prácticas que aumenten la capacidad autónoma de los explotados y combatir las ilusiones que presentan la administración, el localismo o el ejemplo como sustitutos de la revolución. La utopía puede expresar un deseo necesario. Solo la lucha puede convertir ese deseo en una posibilidad histórica.

Agustín Guillamón

Barcelona, agosto de 2026

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 0 Promedio: 0)
AnteayerSalida Principal

90 años de la Revolución Social

19 Julio 2026 at 10:54
Por: editor

El 19 de julio de 2026 se cumplen 90 años desde que la clase trabajadora derrotó el golpe de Estado. El pueblo levantado en armas logró detener, no sólo las pretensiones de todas las fuerzas facciosas que estaban detrás de este alzamiento militar, sino que ante su propio triunfo no se detuvo y empezó la revolución social más profunda que haya conocido la historia.

Pero, ¿Qué es una Revolución Social? Una Revolución Social no es, desde luego, un cambio de gobierno, ni siquiera un cambio de la forma de Estado. Una Revolución Social es el cambio de las relaciones sociales que sustentan el estado de las cosas. Sustituyó la organización de la economía a manos de la empresa privada o el Estado por la organización por parte de la propia clase trabajadora, a través de las colectivizaciones, tanto en la industria como en el campo.

La transformación de las relaciones sociales, sin embargo, no se detuvo solamente en lo económico, sino que precisamente este cambio encaminado a superar el capitalismo por una nueva economía comunista libertaria permitió el impulso de medidas de todo tipo para los problemas sociales de su momento, muchas de las cuales siguen sin resolverse en nuestra sociedad hoy.

Desde el papel de la instrucción y la educación en la sociedad, el problema de la vivienda o la maternidad consciente, la igualdad entre sexos o la cuestión nacional y su resolución federalista, entre otras cuestiones que apuntaban a eliminar las viejas instituciones de la sociedad creando una nueva sociedad libertaria, ejemplifican el carácter profundo de una revolución hecha por trabajadores y trabajadoras del campo y la ciudad.

Este impulso revolucionario del pueblo, de la gente anónima de la historia pero que mueve el mundo cada día de sus vidas, se pudo sostener gracias al esfuerzo y sacrificio, también en el frente militar mediante las milicias obreras. Y es que hasta en la organización de la lucha militar se transformaron las caducas y rígidas formas autoritarias de los ejércitos por milicias sostenidas por el propio movimiento obrero y revolucionario.

La guerra civil española, a la que dio paso la derrota del golpe militar fascista de 1936, era la continuación de una guerra de clases larvada en las luchas revolucionarias: desde la comuna de Asturias en 1934 hasta las insurrecciones comunistas-libertarias como las de Fígols. Una lucha de clases que se remonta a los tiempos de la I Internacional en España, y a todas las luchas sociales donde el proletariado ha sido protagonista en el mundo.

A noventa años de ese hito en la historia jamás superado, que nos sirve de ejemplo para nuestras luchas cotidianas, debemos también señalar que el régimen que combatió desde el primer momento ese proceso fue también la propia República y las fuerzas burguesas liberales y republicanas, socialdemócratas y estalinistas. La derrota de la revolución precedió la derrota militar de la II República, y la imposición por la sangre y el genocidio de un régimen de terror acaudillado por el criminal Francisco Franco.

El cambio de régimen que, prácticamente 40 años después, dio lugar al actual Reino de España, en forma de monarquía constitucional, no fue sino un pacto, una transacción entre las fuerzas que administraron el franquismo con las de una nueva burguesía liberal y socialdemócrata, con el trasfondo de un importante nuevo episodio de la lucha de clases en la península ibérica del que también se cumplen 50 años este 2026. La derrota del proletariado en la “transición española”, nuevamente, ha asentado en el poder nuevas fuerzas reaccionarias, aunque se hagan vestir con piel de cordero. Y uno de los ejemplos más claros lo tenemos en la falsificación de la memoria histórica, llamada hoy Memoria Democrática.

Desde instituciones públicas, la academia oficial y el naufragio de la socialdemocracia y el estalinismo se impulsa una reinterpretación de la memoria histórica en la que nunca hubo una Revolución Social, donde las mujeres y los hombres anarcosindicalistas y anarquistas de la CNT, la FAI, Mujeres Libres o las Juventudes Libertarias lucharon, no por una transformación radical de las relaciones sociales que superaran el Capitalismo en un régimen comunista libertario, sino que ahora reescriben la historia para decir que lucharon por una República que los combatió y encarceló antes de la guerra civil, los combatió durante la guerra civil y cuyos herederos políticos de hoy intentan borrar de la historia.

No es casual que, apenas pocos años después que nos dejaran para siempre los últimos compañeros y compañeras que vivieron en primera persona la Revolución Social de 1936, que ya no están para poder contestar a la cara a los falsificadores de la historia, proliferen los esfuerzos para que la memoria democrática se vuelva olvido del proceso revolucionario.

En nuestras manos está que esto no suceda, y que las aspiraciones que motivaron quienes construyeron de forma anónima la mayor Revolución Social conocida hasta nuestros días nos guíen también a la hora de enfrentar los problemas actuales de la clase trabajadora en nuestra sociedad y el mundo entero.

Fuente: cnt.es/noticias/90-anos-de-la-revolucion-social/

XVIII Encuentro del Libro Anarquista de Salamanca

18 Julio 2026 at 10:59
Por: editor

Los días 14 y 15 de agosto de 2026 se celebrará una nueva edición del XVIII Encuentro del libro anarquista de Salamanca. Una iniciativa que alcanza la mayoría de edad afianzándose con fuerza como referente para la difusión del pensamiento libertario en nuestra geografía.

Un año más en el que habrá lugar para el debate, mesas con editoriales y distribuidoras con textos críticos, libros, folletos, fanzines, libelos, revistas, a las cuales dirigimos este primer anuncio, con motivo de que nos vayáis confirmando asistencia y poder solventar cualquier duda, escribid a nuestro correo electrónico: encuentrosalamanca@gmail.com

Montar un puesto en el Encuentro del libro anarquista de Salamanca, no conlleva costes; es más, facilitamos mesas y sillas (en la medida de lo posible) que montamos y desmontamos conjuntamente con vosotros: los asistentes y solidarios. Como es ya habitual, lo desarrollamos a pie de calle, con sombra, con una fuente y un parque para el disfrute de los más jóvenes.

Os animamos a participar, en este encuentro de compañerismo, confraternización y tan humilde que durante todas estas ediciones procuramos que nadie quede indiferente y tengáis la acogida que os merecéis.

Publicamos a continuación el programa de actividades del XVIII Encuentro del Libro Anarquista de Salamanca que puede ser también consultado a través de la web oficial del encuentro.

Anarquismos en la encrucijada

6 Julio 2026 at 18:37
Por: pegasus

Lo admito, estoy cabreado, muy cabreado, y eso explica que haya reaccionado tan abruptamente ante algunos textos provenientes del sector plataformista, o especifista como ellos mismos prefieren denominarse, y que haya proferido expresiones tan agresivas como las de calificarlos de “anarquismos cavernícolas, retrógrados, y reaccionarios”[1]

Estoy cabreado porque siempre me ha parecido deleznable que en las controversias se vaya “a por la persona” del contrincante, atribuyéndole determinados rasgos o características para descalificar sus posturas y sus argumentos, y eso es precisamente lo que se hace en escritos como los de Miguel Brea, del colectivo especifista madrileño Liza. [2]

En el afán por explicar que determinadas posturas se deben a situaciones o a rasgos personales  no se debería abandonar cierta prudencia, si no se quiere caer en la indecencia. Se me reprocha, por ejemplo, no estar presente en las luchas a pie de calle contra los desahucios y otras insoportables barbaridades. Reconozco que a mis 82 años ya no estoy para militar las 24 horas al día como lo hice largo tiempo en mi juventud y seguí haciéndolo con menguante intensidad durante muchos años más.

Me cabrea que se pretenda inducir la idea que mis posturas se deberían a que sería un intelectual de despacho, sin contacto militante con la realidad, y me fastidia tener que contrarrestar esa idea con algunos datos sobre mi trayectoria a pie de calle recordando, por ejemplo, que antes de ser mayor de edad ya estuve ante los tribunales por actividades anarquistas antifranquistas, o que en enero de 1966 entre a formar parte de la Comisión de Relaciones de la FIJL (ilegalizada en Francia. por su vinculación con Defensa Interior), o que sufrí una orden de expulsión de Francia por mi participación en la sublevación de Mayo del 68, sin olvidar que participé muy intensamente en la reconstrucción de la CNT, y así sucesivamente hasta el presente haciendo lo que buenamente puedo para luchar por mis valores. 

Por cierto, cuando se alude a que la elaboración de mis textos persigue el objetivo de que sean  publicados en revistas indexadas, se debería saber que no solo me he caracterizado por rechazar esa práctica, sino que una de mis luchas académicas fue, precisamente, la de denunciar ese criterio como indicador de excelencia investigadora.

Estoy cabreado porque el procedimiento que consiste en descalificar a la persona con el fin de socavar sus argumentos me ha llevado a mencionar algunos fragmentos de mi trayectoria antes de abordar las cuestiones de fondo, que es lo que realmente presenta algún interés.

Y, por último, pero no menos importante, también estoy cabreado porque tengo el sentimiento de que la corriente especifista, representada básicamente por Liza en Madrid y por Embat en Catalunya se inscribe de forma casi mimética, y probablemente sin pretenderlo, en un fenómeno más general que en el ámbito marxista lleva por nombre Movimiento Socialista, originado en Euzkadi, y Horitzó Socialista en los países catalanes.

En el caso del anarquismo el propósito de focalizar las luchas hacia la revolución social proletaria, y de recomponer el fragmentado tejido libertario aglutinándolo en  una gran y potente organización, me parece arrastrar las luchas anarquistas hacia una ineficacia política y social, alejándolas de la realidad del mundo contemporáneo.

Espero que haber dado rienda suelta a mi cabreo haya tenido en mí el efecto catártico suficiente para que pueda abordar ahora, sin excesiva acrimonia, la controversia con la tendencia especifista en torno a tres temas principales:

La revolución, el programa revolucionario, y el deseo de revolución.

Contrariamente a lo que se sostiene desde el especifismo no es la crítica al antiguo imaginario de la revolución lo que desalienta el fervor combativo de quienes rechazan el actual sistema y anhelan otra forma de vida, sino que es el hecho mismo de fomentar la creencia en la vigencia de ese imaginario.  En efecto, animar a luchar hoy por una revolución social inspirada en el concepto de revolución propio de las ideologías socialistas y anarquistas forjadas en el siglo 19 está abocado a crear, más tarde o más temprano, una inevitable frustración, no solo ante la evidencia de que no se perfilan, ni a corto ni a medio plazo, unas condiciones que la hagan posible, sino también por el escaso entusiasmo, e incluso el nulo interés, que  la perspectiva de una revolución “a la antigua” despierta en la población.

Se trata de una falta de credibilidad y de una ausencia de interés que puede desanimar a quienes, llevados por las mejores intenciones, vuelcan sus energías en “avanzar” hacia la consecución de la revolución, afinando estrategias, elaborando programas y perfilando sesudos proyectos revolucionarios, que en ningún caso producen avances perceptibles en esa dirección.

Criticar la concepción de la revolución forjada en los siglos 19 y 20 no significa negar que el sistema vigente sea totalmente inaceptable, ni cuestionar que haya que luchar acerinamente en su contra. No se trata de abandonar la imprescindible necesidad de transformar radicalmente el sistema, y está bien claro que los anarquismos desprovistos de un intenso deseo de revolución difícilmente merecerían su calificativo. No se trata de renegar de la revolución, sino de resignificar su concepto. Y eso es precisamente lo que se está haciendo en los sectores que mantienen vivo el deseo de revolución, pero que desarrollan sus practicas en el mundo contemporáneo y no en el fantasma de un mundo que ha caducado desde hace mucho tiempo.

En esos sectores la revolución no es un objetivo más o menos lejano hacia el cual se avanzaría mediante “el correcto desarrollo de la estrategia correcta”, sino que, alejada de toda perspectiva escatológica está incardinada en el presente. La revolución resignificada en términos actuales no se ubica en el porvenir, sino que acontece en cada espacio y en cada proceso que se consigue sustraer al sistema., no es aquello hacia lo cual nuestras luchas intentan acercarnos, sino lo que estas producen  en el transcurso de su propio desarrollo. Dicho con otras palabras, la revolución no es la meta de nuestras luchas, sino que es inherente a estas, no hay propiamente revolución entendida como se la entendía antaño, sino que existen unas actividades que son revolucionarias en tanto que ejemplifican la resistencia contra el sistema, lo contradicen  y lo resquebrajan en el transcurso de sus propio ejercicio. Se hace revolución en el día a día de las luchas, sin esperar a ningún estallido final que constituiría la recompensa de nuestros esfuerzos. La recompensa no radica en ningún otro lugar que en el seno de esos mismos actos.

Y para que no se diga que esa concepción es producto de la ideología neoliberal imperante desde el último tercio del siglo 20, basta recordar que ya la encontramos prefigurada en escritos del siglo 19, como por ejemplo en los de Max Stirner. Anecdóticamente, aun no había concluido el año 1964 cuando ya había publicado un texto que se titulaba en francés: “la revolución de papa ha muerto”.[3] Abandonar ese tipo de revolución me parecía entonces la mejor manera de seguir siendo revolucionarios y revolucionarias.

La clase obrera, su consideración como sujeto revolucionario, y el capitalismo actual

El peso del sector productivo al que pertenecían los sujetos catalogados como miembros de la clase obrera no ha dejado de decrecer tanto en términos absolutos como en términos relativos.

Mas allá de la clásica distinción marxista entre la clase en sí, y la clase para si, es obvio que tan solo un indebido proceso de reificación permite afirmar que existe algo así como la clase obrera (o cualquier otra clase). La clase es un concepto sociológico, una categoría, una abstracción, que carece de un referente material. Cuando se hipostasia esa entidad conceptual  no solo se incurre en un error inferencial, sino que se asientan las bases para construir relatos que intentan disimular su carácter fantasioso tras un lenguaje tecnicista que conduce finalmente a distorsionar nuestra representación de la realidad, y a encarrilar  nuestro análisis políticos, así como las actividades que de ellos se derivan, hacia derroteros equivocados y conclusiones erróneas,

Constar el descenso en importancia de la llamada clase obrera no es un sesgo ideológico inducido por el neoliberalismo, sino un hecho que resulta trivial por ser demasiado obvio, cuestionar la tendencia a hipostasiarla, no es restar importancia al hecho incuestionable de la explotación capitalista, ni a la existencia bien real de multitudes de personas que para subsistir se encuentran en la obligación de vender su tiempo, su salud, sus competencias, sus energías a cambio de unas contrapartidas económicas siempre inferiores a la plusvalía generada, como así lo exige la ley de hierro del capitalismo.

Pretender que la clase obrera es “el sujeto revolucionario” representa una doble falacia, primero porque si no existe una clase obrera resulta imposible que esta sea el sujeto de cualquier cosa, y segundo, porque si nos empeñamos en llamar sujeto revolucionario a las entidades que producen revoluciones, resulta que esos sujetos son múltiples. No hay un sujeto revolucionario sino muchos, Y estos no suelen definirse mecánicamente por una determinada inserción en el tejido productivo., sino que se corresponden con las reacciones y las resistencias frente a los distintos dispositivos de dominación que conforman el tejido social, y que lo siembran de operaciones de discriminación. Más allá de la eventual potencialidad revolucionaria de los colectivos explotados y/o discriminados a los que pertenecen las personas, son revolucionarias las que están animadas por un rechazo consciente y radical de la sumisión, y por un intenso deseo de revolución que las lleva a desarrollar actividades revolucionarias encaminadas a oponer resistencia a las diversas formas de dominación propias del sistema vigente.

Es obvio que el sistema en el que vivimos desde hace unos cuantos siglos es un sistema capitalista absolutamente execrable, que Marx, pero no solo él, contribuyó a analizar. Sin embargo, el lenguaje pretendidamente riguroso al que recuren los textos especifistas, así como otros de carácter filo marxista, refleja una incapacidad a desprenderse de los tópicos más manidos del marxismo. El mantra que no deja de repetirse desde hace más de un siglo es que el capitalismo entra en su fase final, y que está a punto de sucumbir bajo sus insalvables contradicciones. Se habla de capitalismo terminal, de capitalismo desquiciado, de crisis sistémica y crónica del capitalismo neoliberal, de la irreversible dinámica degenerativa de la acumulación, de la entrada del capitalismo en una fase de turbulencias estructurales, etc. etc.  No todas estas expresiones figuran literalmente en los escritos especificistas, pero si encajan en su incansable mantra de anunciar que el capitalismo está tocado de muerte debido a sus propias contradicciones internas, lo cual inyecta una moral de victoria diferida a una militancia frustrada por el hecho de constatar que el moribundo capitalismo no deja de resistir frente a sus denodadas embestidas.

Lo lamentable es que ese tipo de análisis no ayuda a entender las características actuales del capitalismo, y especialmente las de esa 4ª revolución industrial, o revolución 4.0, en la que hemos entrado desde los albores del siglo XXI.

Inseparable de la revolución informática que dio inicio a la tercera revolución industrial en los años 1970, se trata ahora de la integración de las tecnologías digitales en todos los ámbitos de la sociedad, y de la estricta dependencia de los recursos digitales en la que se encuentran todos esos ámbitos, medicina, educación, comunicación, investigación, incluso las guerras y, por supuesto, la esfera económica que pasa a configurar un capitalismo digital o tecno capitalismo que, entre otras características, consigue producir plusvalía a partir de los enormes caladero de datos explorados por potentes algoritmos.

La IA, la robótica, la ingeniería genética, las nanotecnologías, los objetos conectados, los satélites, los ordenadores cuánticos… etc. todo eso propicia, por una parte, la emergencia de un nuevo tipo de totalitarismo[4]que empieza a modelar la sociedad, y, por otra parte, la entrada en un régimen de vertiginosa aceleración de los cambios en todos los ámbitos, creando, entre otras cosas, un contexto de incertidumbre y un sentimiento de incontrolabilidad tanto del presente como del futuro.

Ese es el contexto en el que se insertan nuestras luchas actuales, y resulta bastante difícil vislumbrar cómo encaja la clase obrera en tanto que sujeto revolucionario en el marco del capitalismo 4.0

La organización especifista

Obviamente, el quid de la cuestión no radica en si es preciso organizarse o no. Tener que organizarse es una exigencia inherente a  cualquier actividad anarquista tan pronto como involucra a más de una persona, Por lo tanto, cuando se hace bandera del anarquismo organizado lo que se está haciendo es excluir implícitamente de esa categoría buena parte de las actividades anarquistas que también requieren organización, pero que se desarrollan fuera de un determinado tipo de organización. Así, se reserva la expresión “anarquismo organizado” para designar el anarquismo que se encuadra específicamente en un determinado tipo de organización.

Por ejemplo, sería manifiestamente erróneo sostener  que los colectivos anarquistas que actúan a partir de los centros sociales okupados y autogestionados, o desde problemáticas locales, o desde pequeños colectivos autónomos, o desde la lucha contra determinadas discriminaciones particulares carecen de organización, sin embargo, el hecho mismo de dejarlos al margen del anarquismo organizado está transmitiendo que si esos tipos de anarquismos no merece el calificativo de anarquismo organizado no es en realidad porque carecen de organización, sino porque constituyen un mosaico variopinto, fragmentado, inconexo, carente de una perspectiva estratégica que oriente  sus luchas.

Esa apropiación hegemónica del atributo “organizado” da al traste con la pretensión de convertir el carácter organizado o no del anarquismo en un criterio diferenciador entre dos tipos de anarquismo, y deja al descubierto la voluntad de considerar como anarquismo organizado únicamente el anarquismo propio de determinadas organizaciones entre las cuales figuran, por supuesto. las organizaciones especifistas.

Una mínima honestidad política exigiría que, en lugar de hablar genéricamente de anarquismo organizado, quienes así lo hacen precisaran que están hablando de anarquismo organizado según una de las concepción de la organización, pero que hay otras concepciones y que, por lo tanto, también existen otras variedades de anarquismos organizados. Eso desplazaría el debate hacia la comparación entre diversas formas de organización, para poder valorar, entre otras cosas, cuales son las más adecuadas a las características de la sociedad actual y las más eficaces para transformarla.

Pudiera ser, por ejemplo, que la realidad actual exigiera modelos organizativos reticulares, mucho más flexibles, más fluidos, que los de las organizaciones tradicionales, orientados por simples propósitos de coordinación para llevar a cabo tareas concretas y específicas, desde perspectivas meramente tácticas.

Pudiera ser que la tentación de romper esa fragmentación y esa fluidez organizativa condujera a condenar el movimiento anarquista a sufrir una nueva eclipse tras el reciente periodo donde consiguió polinizar una serie de movimientos subversivos externos al ámbito del anarquismo identitario, y donde alcanzó a proliferar en los intersticios de la sociedad.

En cualquier caso, la fascinación por construir una sólida organización anarquista articulada en torno a un programa revolucionario coherente, y a unas perspectivas estratégicas capaces de sostener eficazmente las luchas anticapitalistas, debería alentar la actividad militante de quienes se inscriben en esa tesitura sin que tengan que alimentar la engañosa ilusión de que las dificultades que aquejan a las luchas actuales se deben, principalmente, a la ausencia de una gran organización libertaria, y que esas dificultades desaparecerán tan pronto como esa organización vea la luz.

Pese a mis recelos respecto de las organizaciones que, de manera más o menos explicita según los casos, forman parte, de la tradición plataformista, es decir de la tradición que representa en el seno del anarquismo la versión más parecida a “la forma Partido” que es propia de las diversas variantes de los marxismo leninismos y de los trotskismos, no me incomodaría tanto el intenso proselitismo que desarrollan sus partidarios si los esfuerzos de quienes anhelan una gran organización anarquista se volcasen en desarrollarla, ganando nuevos espacios y nueva militancia, en lugar de echar mano de lo ya existente, es decir de una parte del anarquismo actualmente activo para reestructurarlo, sin percatarse de que al homogeneizarlo y al unificarlo  se corre el riesgo de destruirlo.

En efecto, parece como si se estuviese lanzando una OPA sobre los centros sociales okupados y sobre los colectivos anarquistas autónomos para que su militancia engrose las filas “unitarias· del especifismo. Un poco como ocurrió en Catalunya durante el llamado “Process” cuando los nacional-independentistas de las CUPs lanzaron una OPA sobre la militancia anarquista esparcida por el tejido social de Catalunya  y consiguieron atraer hacia la actividad nacional-independentista buena parte de esta.

El hecho de que desde el especifismo se exhorte a potenciar el poder popular, y a empoderar el pueblo fortalece el aire de familia con las organizaciones de índole marxista revolucionario, acentuando de esa forma el aroma de leninismo rampante que se desprende del especifismo. No es sorprendente que desde esa proximidad se manifieste cierta atracción hacia el reaccionario concepto de “vanguardia”, aunque  intentando reformularlo y disfrazarlo para hacerlo menos repelente en los medios anarquistas[5]

A modo de conclusión provisional, resulta obvio que, considerando tan solo las discrepancias en torno a estos tres temas, se dibujan unas orientaciones fuertemente divergentes, por no decir unas diferencias abismales[6]. Sin embargo, como nadie puede tener la total seguridad de que su punto de vista es el más acertado, me parece muy bien que quienes se agrupan en organizaciones como Liza, Embat y otros colectivos del mismo talante, desarrollen sus propuestas y actividades sin que les pongamos palos en las ruedas, siempre que también se abstengan de hacerlo respecto de otras propuestas anarquistas.

Desde el convencimiento de la necesaria pluralidad de los anarquismos, solo quiero desearles suerte en su andadura, pero eso no implica renunciar al análisis, a las valoraciones, y a la crítica de sus postulados y de su quehacer.

Es esa misma suerte, solo que aun mayor debido a mi propia orientación dentro de los anarquismos, la que deseo a quienes se organizan fuera de esas organizaciones en los colectivos anarquistas autónomos que procuran resistir, y que, con ello, están contribuyendo a anarquizar el mundo en el presente y en toda la medida de lo posible.

Tomás Ibáñez


[1] https://redeslibertarias.com/2025/10/10/anarquismos-cavernicolas-retrogrados-y-autoritarios/

[2] https://regeneracionlibertaria.org/2025/12/03/anarquismo-no-fundacional-anarquismo-funcional-al-capital/

[3] 1964. T. Ibáñez “La révolution de papa est morte”.  Bulletin des Jeunes Libertaires nº 48

[4] Véase la adenda sobre esta cuestión en mi libro Anarquismo no fundacional. Afrontando la dominación en el siglo XXI. Barcelona Gedisa 2024

[5] T. Morago, Recomponer la vanguardia, Regeneración libertaria. junio 2026

[6] A. Apilánez. https://kaosenlared.net/el-anarquismo-en-su-laberinto/

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 6 Promedio: 4.7)

Convergencias peligrosas

6 Julio 2026 at 18:18
Por: pegasus

«El poder político del Estado […] es la polis, la policía, es decir, la vigilancia».

Paul Virilio, Speed and politics.

La hipótesis en circulación es que los gigantes tecnológicos exigen soberanía. Esta presunción tiene su origen en la proliferación de «ciudades flotantes» y «startup cites»: enclaves con absoluta soberanía empresarial gestionados por tecnolordes de las grandes corporaciones de tecnología financiera (Fintech), criptomonedas y biotecnología, y operadas por sus propios sistemas judiciales, fiscales y de seguridad. Entre las startup cites más destacadas en América Latina están Guadalajara (México)[1] y Medellín (Colombia).[2] Sin embargo, si bien en estas ciudades existe un crecimiento significativo de empresas en la industria de las tecnologías de la información y startups de robótica y bio y nanotecnología, aún distan mucho de ser «ciudades-empresas soberanas» o «territorios semiautónomos», como sucede en las llamadas Zonas Especiales de Desarrollo Económico (ZEDE). Quizá, el ejemplo más sugerente para ilustrar como operan esas ciudades privadas sea Próspera en la República de Honduras. Esta startup city, desarrollada en la isla de Roatán en el Golfo de Fonseca, está vinculada a Thiel Capital y el ecosistema de inversores Founders Fund de Silicon Valley liderado por Peter Thiel,[3] con régimen tributario independiente del Estado hondureño y plena soberanía regulatoria.

La palabra soberanía viene del latín superanus[4]que significa «por encima». Este vocablo pronto se transformó en el conceptoque justifica el poder absoluto e irrevocable del soberano, trátese de un monarca o del Estado. De tal suerte, se le otorgó la capacidad de ejercer el poder de forma ilimitada y de dictar y ejecutar sus propias leyes sin reconocer ninguna otra autoridad por encima de la suya. Thomas Hobbes —el primer teórico del Estado moderno— concibió la soberanía como el poder supremo e indivisible del Estado, instituido (de forma artificial) mediante un pacto social donde los individuos ceden de manera irrenunciable su cuota de soberanía (es decir, la libertad absoluta). Para el autor de Leviatán, el Derecho se basa, única y exclusivamente, en el principio de soberanía. O sea, en la sumisión y la obediencia. Así, el filósofo inglés dejaba constancia de la mayor defensa del absolutismo de su época.

Un par de siglos después, con la intención de trascender el «normativismo»  impuesto por el liberalismo moderno, Carl Schmitt hace una recuperación de la necesidad del poder absoluto hobbesiana.  Para este jurista y filósofo pronazi, toda normatividad (legal y moral) es un intento desatinado por limitar la decisión del soberano, restringiéndole el uso de la fuerza en situaciones de inminente necesidad. Para él, la soberanía es la fuerza creadora y fáctica que permite la «materialización del Derecho» (Rechtsverwirkligung), anteponiendo el poder político a las normas jurídicas de manera dictatorial, tal y como expone en su libro La dictadura. Desde los comienzos del pensamiento moderno de la soberanía hasta la lucha de clases proletaria.[5]En este texto, publicado en 1920, Schmitt anticipaba la esencia de los fascismos (rojo, negro y pardo), haciendo hincapié en la oposición intrínseca entre Derecho y ejercicio del Derecho. Contradicción perfectamente superable, según el jurista, con la implantación de la dictadura, estableciendo «el concepto crítico de actuación del Derecho».[6]

En agosto de 1934 , en su abominable artículo Der Führer schützt das Recht. Zur Reichstagsrede Adolf Hitlers vom 13. Juli 1934 (El Führer defiende la Ley. Sobre el discurso de Adolf Hitler ante el Reichstag del 13 de julio de 1934) Schmitt no dejó lugar a dudas de que Hitler había cumplido en todos los sentidos con su concepción de soberanía: «El Führer defiende la ley contra los peores abusos cuando, en momentos de peligro, refuerza su liderazgo como autoridad judicial suprema. Dicha autoridad emana de la misma fuente de la que proviene la ley de todo pueblo. En el momento de mayor necesidad, la ley suprema se confirma y se manifiesta el más alto grado de desarrollo jurídico».[7]

En su obra Der Bahnhof von Finnentrop. Eine Reise ins Carl Schmitt Land (La estación de Finnentrop. Un viaje a la tierra de Carl Schmitt), Christian Linder recrea con lujo de detalles la vida personal, política e intelectual de Schmitt. Profuso en anecdotas y fotografías, más en el plano literario que académico, el libro recoge desde confesiones íntimas del jurista —comprendido su protagonismo en el endriago nazi— hasta conceptos jurídicos y reflexiones teóricas, incluida su redefinición del concepto de soberanía:

«Después de la Primera Guerra Mundial dije: “Es soberano quien decide sobre el estado de excepción”. Tras la Segunda Guerra Mundial, frente a mi muerte, digo: “Es soberano quien dispone de las ondas del espacio”».[8]

De regreso a las exigencias de soberanía de los gigantes tecnológicos en «el momento de mayor necesidad» de los Estados imperiales que se disputan el control de la información, la captura de la atención y el modelado del imaginario colectivo, resuenan inquietantes las palabras de Schmitt. Como enfatiza Han, actualizando la redefinición schmittiana:

«Lo decisivo para obtener el poder es ahora la posesión de la información. No es la propaganda de los medios de masas, sino la información, la que asegura el dominio. Ante la revolución digital, Schmitt reescribiría su dictum sobre la soberanía: soberano es quien manda sobre la información de la red».[9]

Dicho en otras palabras, los oligarcas tecnológicos demandan poder absoluto y territorio propio —libre de limitaciones jurídico-legislativas—, que les permita ejercer la soberanía por encima de todos y de todo.

Pero, esa soberanía que exigen los tecnolordes, no ensambla con la política institucionalizada de simulación normativa con que tradicionalmente gobiernan las democracias liberales.[10] Tampoco acopla con la teatralidad que desde la llamada «sociedad civil» promueven los observatorios críticos y demás plataformas de «regulación y transparencia» que fingen proteger a las personas usuarias del «collarín electrónico».[11] Menos aún, con la desterritorialización impuesta por el capitalismo mundial integrado (CMI). El avance soberano de las tecnologías requiere Estados fuertes que, en nombre del proteccionismo, promuevan la eliminación de las limitaciones constitucionales y el sometimiento de todas las instituciones, incluyendo las cortes, los parlamentos y las instancias reguladoras. Es decir: reterritorialización y absolutismo.

Con tal escenario, no es este mal momento para recordar los argumentos en defensa de la soberanía de la IA expuestos recientemente por Peter Thiel y su socio Alex Karp. Mediante un escueto manifiesto de 9 puntos, intitulado Nuestra visión sobre la importancia de la soberanía en la inteligencia artificial, estos tecno-oligarcas regresaron el discurso schmittiano al debate público. En el texto divulgado en la red social X el 1 de julio del año en curso, dejaron sentada la ideología de su empresa (Palantir) y su rechazo furibundo a lo que llaman la «tecnopolitización», descalificando a priori cualquier debate político en torno a las nuevas tecnologías, discusiones que, según afirman Thiel y Karp, solo limitan «la capacidad de actuar, especialmente en el campo de batalla, en Occidente».[12]

Con la aceleración tecnológica y el espectro de la incertidumbre postpandemia, llegó a su fin la desterritorialización capitalista que impuso el CMI durante las tres últimas décadas del siglo pasado. La «globalización» sería inmediatamente suplantada por un capital de poder que se reterritorializa echando mano del nacionalismo económico al que se han suscrito en busca de «soberanía» la inmensa mayoría de los líderes en la era populista.

Si bien en las democracias liberales, las leyes y regulaciones no son inmutables, siendo su estado natural la evolución constante acompañando la revolución permanente de la técnica, persiste cierta inercia fundamentada en el «Estado regulatorio» que ralentiza y, de cierta manera, dificulta el desenfreno tecnocientífico y el ejercicio absoluto del poder. Con su lógica institucional, lo más alejada posible de la «soberanía popular» y la «tentación totalitaria de las masas», las llamadas «democracias restringidas»[13] han obstaculizado el avance irrestricto de las nuevas tecnologías mediante el afianzamiento de la separación de poderes. En cambio, con las regresiones político-sociales suscitadas por el apogeo de regímenes populistas, se eliminan esas pequeñas trabas y se consolida el poder absoluto como instrumento idóneo de la barbarie tecnofascista del siglo XXI.[14]

Las tecnologías obedecen sus propios intereses. De ahí, el incremento de las desregulaciones tecnológicas[15] y el creciente empoderamiento de la mancuerna tecnolordes-autócratas. La necesidad es mutua. Sin líderes autocráticos dispuestos a desacatar las ordenes constitucionales y romper todas las reglas e imponer su voluntad sin ambages, es imposible el despliegue ad infinitum de las big tech. Los gigantes tecnológicos no solo requieren un territorio libre de trabas, tal y como impulsa el tecnonacionalismo, sino la magnánime financiación pública de sus inversiones multibillonarias en infraestructura energética. Y viceversa, sin el apoyo de los tecnolordes —que abastecen el complejo militar y proporcionan vigilancia psicopolítica, análisis de datos y pronóstico del comportamiento— no puede concretarse la autocracia que ambicionan los populistas para ejercer a plenitud el absolutismo geopolítico.

Por eso el auge en los últimos veinte años de monarcas populistas en el contexto de las energías políticas regresivas y la disrupción de las innovaciones tecnológicas que buscan acelerar la implantación de un nuevo régimen totalitario a través de softwares e inteligencia artificial. De hecho, es irrefutable la manera como los líderes populistas —los monarcas del siglo XXI— se han servido (sin excepción) de estas tecnologías. Sin duda, la práctica más conocida ha sido la captura de los espacios digitales donde concentran toda la artillería pesada de su gobernanza, imponiendo los temas de conversación mediante granjas de bots. A través de memes virales y deepfakes difunden consignas de manera vertiginosa e impactante hasta apoderarse (absolutamente) del discurso público.

La fusión entre el poder estatal y la infraestructura hipertecnológica ha hecho posible —en nombre de la «soberanía»— el control social mediante la conversión de «datos duros» en objetivos de vigilancia y represión. La alianza Big States-Big Tech, tal como describe Asma Mhalla, ha dado lugar a un nuevo Leviatán —a diferencia del de Hobbes— bicéfalo. Una cabeza encarnada en la soberanía del Estado imperial que obtiene gran parte de su poder gracias a los gigantes tecnológicos y la otra, en una forma de «soberanía privada» que reside en la aristocracia tecnológica con su agenda ideológica totalizadora. Este monstruo del siglo XXI, Léviathan à deux têtes, a decir de la ensayista franco-tunecina, ha gestado la nueva gramática de un poder híbrido, un poder tecnopolítico, protagonizado por una elite tecnológica que posee hipertecnologías de captura de la atención y un puñado de líderes políticos.[16]

Aunque frecuentemente se afirma que la etiqueta «populista» suele utilizarse a modo de cajón de sastre para dar cabida a una amplia gama de líderes, partidos y movimientos diversos, heterogéneos y contradictorios, existe una abrumadora evidencia que demuestra lo contrario. Es decir, que corrobora via facti su homogeneidad y la existencia de vasos comunicantes a través de una suerte de Internacional Populista.[17] Basta con consultar el extenso acervo especializado que se ha venido acumulando en las últimas décadas —con posicionamientos liberales y marxianos— desde las ciencias sociales y la ciencia política, para encontrar el denominador común de esta tendencia autoritaria. Lo que desbarata de antemano las forzadas distinciones entre populismos de «izquierda» y de «derecha» y revela su esencia de carta comodín, demostrando su capacidad de vincularse con cualquier compromiso político. En términos generales, podría definirse como una tendencia política carente de ideología que simplifica las reivindicaciones sociales y las reduce a la dicotomía «pueblo» Vs. «elite», mediante la manipulación de las emociones más elementales de los votantes.

El propio Laclau —sumo sacerdote del populismo latinoamericano— le otorga cierta neutralidad ideológica a esta «lógica política», que le permite desplazarse de un extremo a otro del espectro ideológico e incluso, mancomunarse con otras ideologías fuerza. Para ejemplificar esta fusión, el teórico porteño recurre a Heidegger y la distinción que éste hacia entre la dimensión ontológica y la óntica. Según Laclau, siguiendo los postulados del filósofo nacionalsocialista, la necesidad ontológica de expresar la división social y su satisfacción óntica en relación con los discursos de cambio radical, provocaron en Francia «un movimiento considerable de quienes fueran votantes comunistas hacia el Frente Nacional».[18]

Un desplazamiento similar, motivado por «la necesidad ontológica de expresar la división social», ocurrió en México durante las elecciones presidenciales de 2018 que le dieron la victoria a Andrés Manuel López Obrador, al contender en Coalición quienes fueran votantes comunistas[19] y los votantes del conservadurismo radical evangélico (Partido Encuentro Social).[20] Y, aunque en esa ocasión el conservadurismo guadalupano no contó con fuerza política suficiente para participar en coalición con la autodenominada «izquierda nacionalista», tampoco fue despreciable el voto católico a favor de López Obrador de filiación sinarquista.[21] La cuestión, sin embargo, no radica en las fusiones político-ideológicas que logre concretar el movimiento populista para obtener sus fines, lo realmente preocupante es la ostensible tentación absolutista de esta tendencia. Más importante aún, la enorme concentración de poder ilimitado que expresan los nuevos monarcas populistas.

Empero, esta acelerada transición a la «posdemocracia»[22] no puede siquiera imaginarse si no es con el auspicio de la revolución permanente de la técnica. El siniestro curso de las tecnologías en nuestros días ha alimentado el síndrome de los monarcas. En consecuencia, cada vez son más enérgicas las exigencias de desregulación de los tecnolordes que reclaman «retribución» por los servicios prestados al nacionalpopulismo. Desde luego, el interés por eliminar las restricciones jurídico-legislativas (e incluso éticas) no se limita a los deseos absolutistas de los monarcas populistas o a los requerimientos de la tecno-oligarquía de la comunicación y la información, también los promotores de la ciborgización demandan el fin de las políticas intervencionistas en materia de regulación y transparencia que actualmente impiden la manipulación genética de la línea germinal, la clonación reproductiva y la creación de embriones animales con células humanas.[23]

En 2016, Bifo publicó el ensayo And. Phenomenology of the End [Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva] donde definía como «semiocapitalismo» al sistema económico imperante a nivel global, en clara alusión al actual proceso de producción, determinado por la elaboración de signos-información, y por el indiscutible carácter semiótico de la mercancía. Sin embargo, con la intención de comprender mejor la dimensión política de la transformación que acarreó la desregularización económica, recomendaba referirnos a ella en términos de «absolutismo capitalista».[24] De esta forma, hacía evidente la detección de cierta deriva regresiva —inducida por la convergencia de la aceleración semiocapitalista y el hiperliberalismo— que nos remite a las luchas «primitivas». Esto es, al comienzo de la batalla por la liberación del absolutismo.

A propósito, Bifo efectuaba un breve recordatorio de las luchas de la burguesía contra el absolutismo de la Modernidad temprana como «parte de la batalla por la liberación del control estatal sobre las empresas privadas y, asimismo [lo más “interesante” desde su punto de vista], una batalla por el dominio de la ley, por la limitación constitucional de las acciones del monarca».[25]

En efecto, con la Revolución Francesa de 1789, la pequeña burguesía ilustrada                             —representada por girondinos y jacobinos— impulsó el imperio de la ley para limitar el poder absoluto del monarca y de la aristocracia feudal. Esta limitación constitucional se vería severamente reforzada con el surgimiento de la república en los nuevos Estados-nación. Como recalca Bifo en su Fenomenología del fin:

«Esta es la razón por la cual la clase burguesa aceptó el pacto democrático y dio su consentimiento para negociar con la clase trabajadora­. Ella no podía ser indiferente al destino de su territorio y al de la comunidad que trabajaba en él. Los trabajadores y la burguesía compartieron el mismo espacio urbano y el mismo futuro».[26]

Tal y como resulta evidente en nuestros días, estamos transitando en sentido opuesto. Es decir, involucionamos del «pacto democrático» a la restauración del «pacto absolutista». La otrora «clase trabajadora» —embelesada con la nueva utopía tecnológica— ha dado su consentimiento a priori mediante el voto popular bajo la conducción psicopolítica de la IA.

De hecho, la IA ha posicionado a la dominación «en condiciones de influir en nuestro comportamiento por debajo del umbral de la conciencia».[27] Por consiguiente, el nuevo dominio algorítmico «se apodera de esas capas pre-reflexivas, instintivas y emotivas del comportamiento que van por delante de las acciones conscientes».[28] De tal suerte, la psicopolítica basada en datos «interviene en nuestro comportamiento sin que seamos conscientes de ello».[29]

Esta «intervención» sin consentimiento —mediada por interfaces digitales— opera directamente sobre los mecanismos cerebrales, provocando impulsos (emociones, dependencias, etc.) a nivel infraconciente que influyen en nuestras decisiones cotidianas. Así las cosas, la gestión psicopolítica se concreta a través de la «estrategia del pull». A diferencia de la «estrategia del push», cuyo propósito es conectar al consumidor de manera directa con un producto determinado mediante acciones proactivas (bombardeo publicitario o email marketing), el enfoque pull se centra en influir de forma indirecta, sin que seamos conscientes de la manipulación persuasiva, estimulando reacciones con «contenidos de valor» y «posicionamientos orgánicos». El objetivo es inducir cambios en el comportamiento, las creencias, actitudes o preferencias, atrapando la mayor atención posible de las tribus digitales.

En este contexto, el psicopoder ha desarrollado un tándem de tecnologías persuasivas que alienta el consumismo y la sumisión voluntaria. Este eficaz autosometimiento del animal humano al entramado de dominación algorítmica ha dado lugar a la distopía ciberpunk actual. Gracias a la convergencia Big tech-Estados imperiales, la restauración de la aristocracia tecnofeudal hoy se consolida a paso agigantado. O sea, el nuevo absolutismo. El reinode un CEO-monarca: el sueño húmedo de Curtis Yarvin y un puñado de teóricos de la Ilustración Oscura.

Gustavo Rodríguez,

Planeta Tierra, 3 de junio de 2026.


[1] En el último sexenio esta ciudad se posicionó como la capital de los semiconductores de América Latina, consolidándose como el Silicon Valley de México. Siendo Jalisco el estado con más desarrollos en la industria de las tecnologías de la información y la alta tecnología (biotecnología, nanotecnología y robótica) en el país, con una inversión de casi 3 mil millones de dólares. Información del gobierno del estado de Jalisco, disponible en línea: https://www.jalisco.gob.mx/prensa/noticias/se-consolida-jalisco-como-el-silicon-valley-de-me-38699 (Consultado 27/6/2026).

[2] Según el informe del Índice Global de Ecosistemas de Startups realizado por StartupBlink, la ciudad paisa es líder regional en creación de startups, contando con 10,9 «emprendimientos» de alta tecnología por cada 100.000 habitantes y se prepara para ser la capital de la IA en América Latina. Vale señalar que durante el período de gobierno del presidente saliente (Gustavo Petro), el presupuesto gubernamental destinado a la «innovación y el emprendimiento» tuvo una caída de 79%, lo que motivó  —agrego yo— la intromisión en plena campaña electoral de Donald Trump y del vicepresidente JD Vance pidiendo el voto a favor del candidato opositor. Para más información sobre el informe de StartupBlink se recomienda visitar su página: https://lp-startupblink-com.translate.goog/report/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc (Consultado 27/6/2026).

[3] También conocidos como la «Mafia de PayPal» por haber sido fundadores y exempleados de PayPal Holdings Inc. Tras la venta de esta empresa iniciaron una estrategia de lobby contra lo que consideran la excesiva regulación y la resistencia burocrática, inspirada en la filosofía política de la tendencia libertaria. Su inluencia, según afirman, ahora «guía el enfoque» del gobierno de Trump. Esta red de influencia se extiende más allá de los fundadores y empleados originales de PayPal, lo que incluye a figuras como Jim O’Neill, ex director ejecutivo de la fundación de Peter Thiel, elegido por Trump para ser subsecretario de Salud y Servicios Humanos; Trae Stephens, socio de Founders Fund, considerado para el cargo de subsecretario de Defensa; Michael Kratsios, ex jefe de gabinete de Thiel, quien estuvo a cargo de la política tecnológica durante la transición entre las administraciones de Bidem y Trump; y el vicepresidente JD Vance, que trabajó en Mithril Capital (empresa propiedad de Thiel) y cuya carrera política ha sido fuertemente alentada y respaldada por Peter Thiel. Cfr. La influencia de la mafia de PayPal en la segunda administración Trump, Adam Hayes. Disponible en línea: https://www-investopedia-com.translate.goog/the-paypal-mafia-8759491?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc (Consultado 27/6/2026).

[4] Compuesta de super (encima, sobre) y el sufijo anus (pertenencia, procedencia).

[5] Cfr: Schmitt, Carl (1968) La dictadura. Desde los comienzos del pensamiento moderno de la soberanía hasta la lucha de clases proletaria. Madrid: Ediciones de la Revista de Occidente. Trad. José Díaz García.  pp. 199 -219. Disponible en línea: https://dn790006.ca.archive.org/0/items/SCHMITTCarl.LaDictadura/SCH MITT%2C%20Carl.%20La%20Dictadura.pdf (Consultado 27/6/2026).

[6] Id.

[7] Carl Schmitt, Der Führer schützt das Recht. Zur Reichstagsrede Adolf Hitlers vom 13. Juli 1934, Deutschen Juristen-Zeitung, 1. August 1934. Trad. propia. Disponible en línea en: https://www.flechsig.biz/DJZ34_CS.pdf (Consultado 27/6/2026).

[8] «Nach dem ersten Weltkrieg habe ich gesagt: ‚Souverän ist, wer über den Ausnahmezustand entscheidet.’ Nach dem zweiten Weltkrieg, angesichts meines Todes, sage ich jetzt: ‚Souverän ist, wer über die Wellen des Raumes verfügt’». Cfr. Linder, Christian (2008). Der Bahnhof von Finnentrop. Eine Reise ins Carl Schmitt Land. Berlin: Matthes & Seitz. Trad. propia, p.423.

[9] Cfr: Han, Byung-Chul. (2022) Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Buenos Aires: Taurus, trad. Joaquín Chamorro Mielke. p. 24. Énfasis en el original.

[10] Por mucho que sus jueces y legisladores corruptos sucumban a las tentaciones millonarias que ofrecen los cabilderos tecnológicos, el esquema de pesos y contrapesos —consolidado en los regímenes liberales mediante la separación de poderes y el afianzamiento de las cortes constitucionales—, dificulta el avance irrestricto de las tecnologías.  

[11] Deleuze, Gilles. (1996) Conversaciones 1972-1990. Valencia: Pre-textos, trad. José Luis Pardo. pp. 284-285.

[12] Cfr: Our thoughts on the importance of AI sovereignty. Disponible en línea en: https://x.com/PalantirTech/status/2072114267776491695?ref_src=twsrc%5Etfw%7Ctwcamp%5Etweetembed%7Ctwterm%5E2072114267776491695%7Ctwgr%5E1e8a7934f4b0ce81c5e075405503ff5ee122ed8a%7Ctwcon%5Es1_&ref_url=https%3A%2F%2Fwww.ambito.com%2Ftecnologia%2Fpalantir-y-un-nuevo-manifiesto-la-ia-soberania-datos-y-una-critica-la-tecnopolitizacion-n6294814 (Consultado 29/6/2026).

[13] Jan-Werner Müller desarrolla el concepto de «democracias restringidas» para referirse a los sistemas democráticos fundados al término la Segunda Guerra Mundial sobre el temor a la participación de las masas. Esta falta de confianza en la soberanía popular e incluso, en la soberanía parlamentaria tradicional, dio lugar a una forma de «democracia nueva» tremendamente constringida.  Según expone Müller en su libro Contesting Democracy, lo que realmente surgió en 1945 fue un orden diseñado para prevenir el regreso del fascismo y el nacionalsocialismo, asentado en un nuevo consenso político entre los socialdemócratas, los liberales y los democristianos en torno a un equilibrio «centrista» de los principios liberales y el constitucionalismo en particular, redefiniendo  tanto al liberalismo como a la democracia al tenor de la experiencia totalitaria en Europa de mediados del siglo XX. Vid: Müller, Jan-Werner (2011). Contesting Democracy. Political Ideas in Twentieth Century. New Haven (CT): Yale University Press.

[14] Vale señalar, para evitar distorsiones y malentendidos, que el reconocimiento de estas diferencias no implica en absoluto la menor simpatía por ninguna de las diversas variedades de democracia. Ante toda fórmula de gobernanza, se trate de democracia representativa, democracia popular, democracia parlamentaria, democracia directa, democracia obrera o cualquiera sea el adjetivo, abrazo la vieja máxima que afirma que «toda democracia es la dictadura de las mayorías».

[15] La apuesta por la desregulación tecnológica en el desarrollo de la IA y el ecosistema cripto, particularmente evidente durante el segundo mandato de Trump, está redefiniendo la economía y el panorama geopolítico a nivel global.

[16] Mhalla, Asma (2025). Cyberpunk – Le nouveau système totalitaire. Paris: Éditions du Seuil.

[17] Según Steve Bannon, estratega de comunicación de la Casa Blanca durante el primer período presidencial de Donald Trump, su principal propósito es crear «la infraestructura del movimiento populista global». Vid: Horowitz, Jason (2018) Steve Bannon Is Done Wrecking the American Establishment. Now He Wants to Destroy Europe’s. New York Times, 9 de marzo. Disponible en:

https://www.nytimes.com/2018/03/09/world/europe/horowitz-europe-populism.html (Consultado 29/6/2026).

[18] Vid: Laclau, Ernesto (2005) On Populist Reason. Londres: Verso, trad. La razón Populista. México:FCE. p.88. Disponible en versión digital (p. 98): https://docs.enriquedussel.com/txt/Textos_200_Obras/Aime_zapatistas/Razon_populista-Ernesto_Laclau.pdf (Consultado 29/6/2026).

[19] Exmilitantes de los desaparecidos Partido Comunista de México (PCM), del Partido Socialista Revolucionario (PSR), el Movimiento de Acción y Unidad Socialista (MAUS), del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), entre otros con la misma orientación política.

[20] «Nos estamos agrupando para enfrentar al bloque político que representa lo que es denominado la mafia del poder […] Esta es una alianza que se constituye como un referente moral […] no sólo vamos a triunfar, vamos a ganar la presidencia [no solo] para buscar el bienestar material sino también para buscar el bienestar del alma». Declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, aspirante presidencial de Morena, en su casa de campaña en la Colonia Tabacalera, CDMX. Partido de AMLO se alía con el conservador Partido Encuentro Social,14 de diciembre de 2017. CBS News. Disponible en: https://www.cbsnews.com/news/partido-alia/ (Consultado 29/5/2026).

[21] En las elecciones federales de 2000 el Partido Alianza Social, sucesor directo del brazo político del sinarquismo (registrado como Partido Demócrata Mexicano en 1975 por José Antonio Calderón Cardoso), formó parte de la Alianza por México que postuló a Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de la República. Muchas de sus bases votaron por AMLO en 2018, motivadas por su prédica «humanista cristiana» y el discurso antielitista («contra la Mafia del poder»).

[22] Vid: Crouch, Colin (2004). Post-Democracy. After the crises. Cambridge: Polity Press.

[23] En 2018, durante la Segunda Cumbre Internacional sobre Edición del Genoma Humano celebrada en Hong Kong, el biofísico e investigador especializado en edición genética Jiankui He, comentó que había modificado genéticamente dos embriones humanos (las gemelas Lulú y Nana) con la finalidad de hacerlas resistentes al SIDA. «Para ello, empleó la técnica genética CRISPR-Cas9, que permite “cortar y pegar” piezas de ADN en células vivas». Un año después, ante las presiones de la «comunidad científica» internacional, el gobierno chino se vio obligado a condenarlo a 3 años de cárcel, sin retirarle su licencia. En la actualidad continúa «investigando en la edición genética». Vid. El creador de los primeros humanos modificados genéticamente lanza un desafío. Daniel Pellicer Roig, National Geographic. Disponible en línea: https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/jiankui-he-cientifico-que-modifico-humanos-vuelve-desafiar-comunidad-cientifica_23178 (Consultado 1/7/2026).

[24] Berardi, Franco. (2017) Fenomenología del fin: sensibilidad y mutación conectiva. Buenos Aires: Caja Negra, trad. Alejandra López Gabrielidis, p. 228.

[25]  Id.

[26] Ibidem., p. 229.

[27] Han (2022). p. 23.

[28] Id.

[29] Id.

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 3 Promedio: 5)

El Anarquismo y el Autosabotaje: de Rendirse y No Competir a Coordinarse para Vencer. 3 Armas

2 Julio 2026 at 17:41

Hay dos actividades vitales para la especie humana a las que se niegan sistemáticamente los anarquistas: a Competir y Vivir.

Competir supone luchar contra otra persona por algo, o que sea. Luchar por su propia vida, idea, ser.

Vivir supone conseguir el sustento y relacionarse con el entorno. Para nosotras Vivir la Anarquía.

Si los anarquistas continúan con el derrotismo, nihilismo e individualismo. Si se niegan a organizarse de forma anarquista,  relegadas a formas autoritarias. Si somos incapaces de demostrar con hechos que nuestro sistema funciona. Si no protegemos nuestros sistemas incluso físicamente con fuerza e inteligencia. Si nos vencen a los capitalistas… Perdez toda esperanza de vivir como anarquistas, extender nuestro modelo al resto de la sociedad y evitar la destrucción de la madre tierra. Todas seremos borradas.

Los capitalistas han demostrado que prefieren matar y quemarlo todo para vivir ellos bien antes que cambiar. La pregunta es muy clara: a las puertas de la Tercera Guerra Mundial ¿Queréis vivir la Anarquía, o seguís prefiriendo morir en su barbarie?

Naturaleza Competitiva del Sistema Capitalista: Competir es ineludible

La Competencia es la base natural del capitalismo. Si el dinero es el Padre, el Monopolio Empresarial es su Hijo y la Explotación el Espíritu Santo. Quien vence se lo lleva todo, tanto en el barrio como en el campo, entra países y entre corporaciones. Mafiosos, pandilleros, soldados, sicarios, estupradores, bandidos, estafadores… todos prefieren morir a cambiar su estilo de vida parasitario. Todo atiende a una misma lógica, la lógica del sistema. Por su propia concepción, sin competencia el capitalismo se expande como un cáncer, un sinfón sin fondo que pica todo lo que cae y lo cuantifica en dinero. El beneficio, SU riqueza, sale de nuestra explotación, nuestros cuerpos y tiempo. El único límite a la explotación es el número de muertos, porque no dudarán un segundo en iniciar guerras si eso engorda su tesoro. Una guerra es una inversión, tanto para el soldado como para el financiero.

El capitalismo es incapaz de crear, solo roba. La innovación solo sale del despojo y la usurpación. En cuando se establece el dominio, cuando acaba con la competencia, finaliza el proceso innovatorio y comienza la extracción inmisericorde. Es decir, el Capitalismo tiene como límite el Monopolio. Esto quiere decir que, hagan lo que hagan, se escondan donde se escondan, se organicen como se organicen, las anarquistas serán perseguidas y despojadas. Y los comunistas, socialistas y todos los istas. En Chiapas y Rojava lo saben, y defienden sus conquistas con las armas. En el resto del mundo los trabajadores lo saben, y se unen en una multitud de organizaciones sindicales.

El destino del capitalismo es un destino de destrucción y consumo, competencia y rivalidad, forjado entre guerras y expolios. Luchará contra todos por ser la ideología dominante, tanto como compite con el resto por lujos, y poder. El sino, el destino del anarquismo está marcado no por su visión, sino por sus circunstancias, por sus enemigos.

Competir es la condición de nuestros tiempos, porque nos es impuesta. Pero también es la posibilidad de que el Anarquismo triunfe algún día. El camino es competir con el capitalismo. Y el Capitalismo tiene como máxima expresión no un nazi rapao y asesino, tampoco un genocida con corbata, ni un dictador de traje, esos son el síntoma. Hoy día, quienes practican el imperialismo son los monopolios trasnacionales, que han cooptado a los estados nacionales y los usan como a perros. Estos son los verdaderos directores, y no se esconden, solo ocultan su actividad tras un político comprado.

Dos tipo de Anarquistas que se niegan a luchar

Aceptan su lugar impuesto en el sistema y serán las primerias víctimas:

Las Derrotadas – Unos tiramos la toalla y asumimos la derrota. Reconocemos las fuerzas a las que nos enfrentamos, el horror diario y el infierno del sometimiento. O el cansancio mismo del trabajo diario. Agotadas, no podemos más. Vivimos con resignación la explotación y el dominio de unos por el beneficio de otros. Y llegamos a aceptar nuestra propia muerte (tanto física como espiritual) y la destrucción de la naturaleza como inevitable. ¿En qué te conviertes cuando el capital te derrota? 

Una idea tiene que estar clara: Todas sumamos, aunque sea un poco. Todas importamos. Todas nos necesitamos

Las Autosaboteadas – Pero después tenemos a las anarquistas que, aún reconociendo la situación general para su especie, el estado de degradación del planeta y a dónde nos están llevando, ¡se niegan a competir! ¡Y se niegan a que el resto compitamos! ¡Critican la autodefensa! Pero no porque se sientan reprimidas por el sistema, o rechazadas por la sociedad (esos son los derrotados). Creen, piensan, dicen… que vencer es imponerse, y como el anarquismo es «sin imposición», «sin fuerza», «por las buenas», «por convicción», «voluntario», hacer algo «por las malas», algo que implique imponer la voluntad, no es anarquista, y no están dispuestas a hacerlo. ¿Se puede ser más pusilánime? Si no comprendemos ni la naturaleza del sistema en el que vivimos ni del mundo creado ¿cómo vas a saber qué tienes que cambiar  y qué no? Se niegan a asumir que la victoria de unos es la derrota de otros. Que hay seres de nuestra especie que prefieren morir a dejar de explotar a sus semejantes. Que degradar es una forma de vida. Que para vencer hay que derrotar. Y esto es un acto de Negligencia e irresponsabilidad. Peor, un sinsentido. En pocas palabras se niegan a competir con los capitalistas de una forma anarquista; viviendo la anarquía.

Una idea tiene que estar clara: O la anarquía abandona su puerilidad e identifica de quién y cómo se defiende o desaparecerá como vemos.

3 armas para derrotar al capitalismo y Vivir la Anarquía

Desde la creación de la Primera Internacional, el camino de la anarquismo, la vida anarquista, discurre por tres sendas, que llevan a un solo destino, la destrucción del capitalismo. Es decir, son tres armas:

– Sindicato – Una es la de lo social y del trabajo, entre los anarquistas organizado en Sindicatos, que compiten contra las patronales y los propietarios de los medios de producción.

– Cooperativa – Otra es la de lo económico, entre los anarquistas organizado en Cooperativas, que compiten contra las empresas capitalista.

– Colectivos – Y otra es lo político, entre los anarquistas organizado en Comunes (Concejos, Juntas, Comunas, Asociaciones, Grupos, colectivos, centros sociales, etc…), que compiten contra las instituciones de la Sociedad Civil Capitalista .

Las tres esferas deben ser primero conquistadas (autogestionadas y funcionales), organizadas y después coordinadas para imponerse (crecer y competir) al capitalismo (combertirse en contrapoder). Un trabajo de miles sino millones de personas. Ninguna sobrevivirá sin la otra.

Esas tres sendas, o han sido abandonadas (caso de las cooperativas, que no hay) y descoordinadas (caso de los sindicatos), o anuladas (caso de los grupos y comunas, que no generar federaciones). Por las presiones, acoso externo sobre la izquierda en general o la dejación de funciones y la falta de visión del anarquismo mal entendido: los sindicatos dejaron de generar comunas y colectivos; las comunas dejaron de generar cooperativas; las cooperativas dejaron de apoyar sindicatos. 

La cuestión es que hoy día no se encuentra en el mundo una organización triplemente vertebrada, cuando a principios del S.XX era lo habitual. Aumentó la tecnología, aumentaron nuestra capacidades pero destruyeron el movimiento.

Alianzas

No competir lleva indefectiblemente a la derrota, porque nuestro enemigo está sediento de triunfo, y quiere todo aquello que nosotros tenemos o podamos tener, físico, psíquico o social.

– El comunismo autoritario entendió que para luchar con una bestia se tenía que convertir en una bestia, dominar la bestia.

– El comunismo antiautoritario entendió que luchar con la bestia significa ser lo contrario de la bestia, su antagonista, su sombra.

A un comunista autoritario se le puede convencer teóricamente de que practicar el asamblearismo comunista antiautoritario es otra forma de destruir la burguesía, en cuanto que destruye su concepto de clase. Pero solo se le convencerá prácticamente con hechos materiales si nuestras instituciones funcionan según lo esperado (éxito y confianza), y si palpándolo con sus manos (experiencia), lo sienten en su ser (placer). Esto fue lo que pasó en Kronstad 1921.

Al capitalista es imposible, porque cualquier cosa que no sea la dictadura de la burguesía perjudica a sus beneficios esperados. 

¿Cómo Competir? ¿Cómo vivir de forma anarquista? Usar las 3 armas

1- Resiste! – Puedes ser anarquista y estar sola, practicando la filosofía, pero te sentirás constantemente humillada y frustrada; porque sabes que SI se puede vivir de otra manera y que la sociedad puede ser anarquista.

2- Organízate! – Si estás sola: busca una organización establecida y participa o apoya. Piensa: ¿Hay algún sindicato en mi ciudad? ¿Hay alguna cooperativa en mi pueblo? ¿Conozco algún colectivo? AQUI Lista. Si tienes compañeras monta un grupo. Conoce gente, cuídala, lucha por ellas. 

3- Alíate! – Si estás ya en un grupo, federaros. Con otros grupos anarquistas.

Si estás ya en un grupo, busca alianzas. Algunas gustan menos, busca unos mínimos. Los comunistas siempre están dispuestos.

3- Expande! – Completa la tríada anarquista potenciando (creando, usando, manteniendo, cooperando): 

-A las Cooperativas 

-A los Comunes 

-A los Sindicatos

4- Coordina! – Alianzas, cooperativas, comunes y sindicatos tienen que actuar al unísono, porque la empresa, la patronal, el estado y sus lacayos también lo hacen.

Victoria!

Vivir como anarquistas es ya una victoria, un orgullo y una satisfacción personal.

La verdadera victoria se alcanzará:

– Cuando trabajadores, gentes y pueblos que no se definen expresamente como anarquistas, practiquen con naturalidad del anarquismo.

– Cuando sea más lógico montar y trabajar en una cooperativa que una empresa. Más lógico una junta que un ayuntamiento. Más lógico un colectivo que una fundación. 

– Cuando ni si quiere se piense en la posibilidad de una colaboración público privada. 

– Cuando nuestras organizaciones desplacen los entramados empresariales. 

– Cuando los proscritos sean los capitalistas. 

Cuando tu organización pase de 1000 personas, sabrás que vas por el buen camino.

¿Se puede? SI se puede, porque ya pasó.

Y recuerda, los capitalistas tienen el corazón en el bolsillo. Cada céntimo que no va a sus carteras, aunque sea al desagüe, es una catástrofe para ellos, un desastre, y triunfo para la sociedad entera. Hay que machacarlos.

Salud! PHkl/tctca

Pablo Heraklio
Fuente: https://tarcoteca.blogspot.com/2026/06/el-anarquismo-y-el-autosabotaje-de-la.html

______________

Para Saber más

TARCOTECA contrainfo: La Pesadilla de Vivir la Anarquía: sin Paz, sin Medios, sin Organización. Despierta! 4.7.2025

TARCOTECA contrainfo: 10 Ideas-Fuerza del Anarquismo y 3 Conclusiones 4.12.2024

What is wrong with the cooperativism of today? — Maximalism 7.10.2024

TARCOTECA contrainfo: 2054: Fecha para el Día Final del Capitalismo ¿Estamos preparadas para el Cambio? El Yunque y el Martillo 24.9.2018

TARCOTECA contrainfo: El Proceso Revolucionario de Cambio de Sistema – La Revolución Posible 11.5.2017

TARCOTECA contrainfo: La Estrategia Revolucionaria de «los Tres Frentes» y su organización – La Revolución Posible 13.5.2017

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 3 Promedio: 3.7)

Bob Black: La abolición del trabajo

14 Junio 2021 at 15:57

“El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo, o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar”.Así, con esa contundencia comienza el texto que va a ser protagonista de este […]

La entrada Bob Black: La abolición del trabajo se publicó primero en Radio Topo.

Provo: anarquía, bicicletas blancas y desprecio al empleo

24 Mayo 2021 at 17:52

Hubo un tiempo en el que en Holanda, en Amsterdam, no se podía fumar marihuana. También hubo un tiempo en el que la monarquía era un intocable en Holanda. Bueno, esto todavía no ha cambiado. También hubo un tiempo en el que pareció que el coche se iba a comer el espacio de la bicicleta […]

La entrada Provo: anarquía, bicicletas blancas y desprecio al empleo se publicó primero en Radio Topo.

Louise Michel

9 Noviembre 2020 at 16:32

En el programa de este domingo hemos hablado de la Comuna de París, de la inevitable ruptura de la Primera Internacional, de las luchas de los pueblos oprimidos, de la educación libre y del feminismo y lo hemos hecho a través de la vida y obra de Louise Michel, la mujer que pudo haber levantado […]

La entrada Louise Michel se publicó primero en Radio Topo.

Anarquismo práctico y utopía concreta

22 Junio 2026 at 18:12

«Donde no se quiere la utopía, el pensamiento mismo muere», T.W. Adorno

La puesta en tela de juicio de todo lo que el pensamiento burgués ha tenido por venerable (la propiedad privada, el Estado, la autoridad, la política, el derecho, el dinero, el género…) no conduce forzosamente a la multitud hacia un cuestionamiento generalizado de la dominación. Por más subversivas que parezcan, las ideas no conmueven a las masas adormecidas, resignadas o atemorizadas, por lo que no pueden convertirse en fuerza práctica. Para superar el foso conformista, hay que volver a empezar despertando, recobrando el ánimo, perdiendo el miedo. Creando lectores, “tejiendo” afinidad, agrupando voluntades, predicando con el ejemplo. Cuando las condiciones subjetivas y objetivas de realización del socialismo no son halagüeñas, cuando las fuerzas materiales e intelectuales capaces de lograr un cambio social profundo no afloran en magnitud suficiente, la negación radical de lo existente adquiere connotaciones utópicas. La dimensión utópica del pensamiento crítico es un antídoto contra el derrotismo, porque si bien refugia el deseo de una vida libre en la imaginación y el sueño en espera del momento favorable, también plantea realizarlo parcialmente en forma de proyectos comunitarios viables. Cuando ninguna propuesta revolucionaria es inmediatamente practicable, la utopía se revela como lo más pragmático.

utopia

Al automatizarse en gran medida el proceso productivo y desarrollarse una numerosa clase media asalariada, el proletariado industrial perdió relevancia en la lucha social. Al ser desplazado por la tecnología, hoy por hoy la mayor fuerza productiva, el antagonismo que mantenía con el modo capitalista de producción quedó anulado. En los países turbo-capitalistas el conflicto se trasladaría al exterior de la producción, al sector terciario, a la vida cotidiana y al territorio, todos en proceso de industrialización total, afectando de lleno a las clases medias creadas en el mencionado desplazamiento. Estas, tomando el relevo del proletariado derrotado, se apropiaron del estatismo parlamentario burgués y lo presentaron como una dogma abstracto a reverenciar. La división internacional de trabajo y las finanzas globales circunscribirían de las crisis sociales en el marco del capitalismo mundializado. Estado, Capital y Tecnología son ahora los pilares firmes de la dominación. Las tres bases de la versión posmoderna del socialismo “científico”, a saber, la concepción progresista de la historia, el desarrollo infinito y el ciudadanismo, ya no pueden explicar la situación de manera convincente, y por consiguiente, no podrían funcionar como instrumentos de una crítica y una práctica verdaderamente socialistas y libertarias. En cambio, el indiscutible triunfo del Capital y el Estado tecnológicamente asistidos ha rehabilitado aquello que se dio en llamar socialismo “utópico” y que nosotros preferiríamos llamar “experimental”, o simplemente, anarquismo positivo.

Los experimentos colectivos auténticamente socialistas no constituyen panaceas como por ejemplo el desarrollo sostenible, el decrecimiento, la economía solidaria o la transición energética, sino respuestas a problemas vitales inmediatos, simples actos de defensa ante una ofensiva casi imparable del orden. Menos que infalibles modelos salvíficos, son aperturas de caminos en terreno hostil, orientados hacia las afueras del capitalismo. Dichas experiencias no se muestran como la genuina expresión de la verdad, la razón o la ciencia, ni pretenden implantar un sistema socialista desde fuera. Tampoco quieren sustituir los métodos de acción directa, ni siquiera construir enclaves aparte, frugales y espartanos; más bien intentan esbozar la logística propia de una sociedad civil reorganizada al margen del Capital y el Estado. Dar ejemplo, sin más pretensiones, de otra manera de vivir y luchar ajena al amasado de ganancias y a la administración de lo existente. Construir autonomía.

La frenética carrera por los beneficios en un contexto económico supercrítico que la xenofobia no logra disimular, la exclusión social, las guerras por los recursos y los efectos nocivos derivados de la crisis ecológica -la contaminación, el calentamiento global, la degradación de los ciclos biológicos, etc.- evidencian las peligrosas consecuencias del dominio la mercancía para la supervivencia de la especie humana. Nos referimos a los estragos provocados por el crecimiento ilimitado de la producción para el mercado, implícitos en su naturaleza dañina. En el actual momento histórico, la ciencia y la tecnología -léase los medios de producción- han perdido toda su neutralidad y se desenvuelven indisolublemente asociadas a la expansión de la economía -presentada como el mismísimo progreso a pesar de sus efectos nocivos. Por eso son imposibles de gestionar colectivamente en sentido emancipador; la expropiación de la tecnociencia por las masas oprimidas reconstruiría el aparato de explotación del trabajo y la naturaleza. En consecuencia, la crítica social no puede ser más que anti-industrial, antidesarrollista, y, por ende, antiprogresista. Las luchas que no cuestionen la idea de Progreso, ni rechacen expresamente la mecanización y el desarrollismo, no son anticapitalistas, ya que no trascienden los límites del sistema y básicamente no lo alteran. La autogestión de lo existente es la autogestión de la miseria.

El espacio del Capital es esencialmente urbano y las metrópolis son su forma adecuada. Las ocupaciones de viviendas vacías, las huelgas de alquileres o los servicios paralelos gratuitos son las primeras manifestaciones del derecho a la ciudad; la repoblación de las tierras abandonadas o la resistencia a las macro-granjas, la agricultura industrial, las grandes infraestructuras inútiles o el extractivismo subrayan el derecho al territorio. La confluencia entre las luchas urbanas y las rurales reúne ambos derechos. De un lado, se trata de frenar la urbanización desbocada, la motorización privada y la digitalización; del otro, de huir de las áreas metropolitanas (del trabajo asalariado) y ponerse a tono con la naturaleza. En pleno delirio edificador, si de verdad se actúa contra el capitalismo, tanto los conflictos territoriales, como paradójicamente los urbanos, han de inscribirse en una misma perspectiva desurbanizadora, y por consiguiente, ruralizante.

La concepción libertaria del mundo está enraizada en las tradiciones sociales y políticas de la cultura occidental, particularmente las que postulaban una naturaleza benigna del ser humano. Según las viejas usanzas, el paso del estado natural al estado civilizado, en lugar del Leviatán, o sea, de la sumisión completa a una entidad política superior, implicaba la participación igualitaria de todos los individuos en el gobierno del territorio a través de la asamblea popular, residencia absoluta de la soberanía. Ejemplos: el thing nórdico, el concejo abierto ibérico, el conseil communal galo, el arengo italiano, el gemeinderat alemán… Mejor que una suprema concentración de poder, una descentralización extrema. Las costumbres comunales y el derecho consuetudinario así lo atestiguan. La valoración romántica de las comunas medievales, extensible a las sociedades tribales mal consideradas primitivas, ha conducido a muchos socialistas anti-autoritarios y anarquistas a concluir que la verdadera libertad se hallaba en el libre disfrute colectivo de la tierra. En consecuencia, desde ese punto de vista, el verdadero socialismo -y el anarquismo más auténtico- tendría que ser fundamentalmente agrario y municipalista. La revolución sería pues inseparable del regreso al campo y a la cooperación aldeana. En cierta medida, diríase que no nos acarrearía un porvenir digital industrializado y desarrollista, sino que restauraría un pasado sin internet ni redes, estático y equilibrado con el entorno. Sin embargo, no basta con renunciar a la civilización burguesa, urbana y extractivista, hay que superarla.

Esa vuelta al pasado precapitalista, a los viejos saberes y a las artes de antaño, a las comunas auto-gobernadas en armonía con la naturaleza, es malamente utópica en tanto aspire a colmar sin tropiezos -sin disturbios ni revoluciones- el vacío entre el paraíso perdido del apoyo mutuo y el objetivo futurista de la tierra prometida, llámese reino de la Razón, Comunismo o Anarquía. Pero es pragmática si lo que quiere es llevar a buen puerto una utopía a escala menor anticipando partes del ideal mediante ensayos constructivos. Solo que esas partes no son exclusivas del medio rural; también son factibles en suelo urbano (recuérdese que la primera utopía fue la ciudad). En las circunstancias actuales, socialmente nefastas, el presente real cuenta más que la empanada futurista de los militantes. Irónicamente, la utopía resulta más funcional y menos quimérica que el activismo nihilista, los tópicos compensatorios de la ideología o la especulación complotista, reacciones muy desatinadas a la victoria temporal de las clases dominantes reformadas en los últimos sesenta o setenta años.

Miquel Amorós

Presentación de la revista Redes Libertarias nº 5, en el Ateneu Enciclopèdic Popular (Barcelona), el 18 de junio de 2026.

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 0 Promedio: 0)

Símbolo Anarquista: entre lo irracional y lo racional

18 Junio 2026 at 18:35
Por: pegasus

El anarquismo clásico del siglo XIX fue eminentemente racionalista y moderno, en la era de la lucha contra el Trono y el Altar, contra los reyes y los Papas, contra la Iglesia y el Estado en su forma aún medieval, los anarquistas adoptaron el pensamiento más puntero y certero para combatir tales abominaciones. La asociación con liberales y socialistas para derrocar a los aristócratas fue entonces comprensible. Pero tras un siglo XX en el cual por la parte liberal se ha entronizado al capitalismo y por la parte socialista se dio lugar al socialismo autoritario, desvelándose durante el siglo XXI cómo los sueños de la razón crean monstruos, el anarquismo contemporáneo acoge tanto lo racional como lo irracional, la totalidad de la experiencia humana, como terreno desde el cual luchar contra toda dominación.

Santiago Sierra Símbolo anarquista. Francia 2026. Work in Progress.

Esa deriva del pensamiento anárquico contemporáneo hacia formas mixtas de razonamiento intuitivo al tiempo que, de pensamiento conceptual y científico, impulsada por la integración de las críticas a la Modernidad del postestructuralismo que se han venido a denominar postmodernas ha llevado a que los nostálgicos del anarquismo clásico protesten con vehemencia, queriendo anclar una tradición y practicar una forma de anarquía monolítica y propia de los siglos pasados.

El postanarquismo o la ontología anárquica no pretende negar nada del pensamiento de Bakunin, Kropotkin, Proudhon y otros clásicos que son tenidos en cuenta en su integridad, sino actualizarlos vinculándolos a pensadores contemporáneos de talante anárquico que han manifestado y propuesto tesis relevantes para la evolución, desarrollo y puesta en práctica del anarquismo.

Ir de Reiner Schürmann a David Graeber, pasando por Giorgio Agamben o Cornelius Castoriadis, por Jacques Rancière o Gilles Deleuze, Michel Foucault o Jacques Derrida, como han hecho pensadores contemporáneos como Catherine Malabou, Donatella Di Cesare, Andityas Matos, Miguel Abensour, Tomás Calvo, Jordi Carmona o nosotros mismos, solamente puede enriquecer el anarquismo clásico añadiendo un giro anárquico al pensamiento contemporáneo que entronque y favorezca al anarquismo político, anquilosado y lastrado por el pasado.

Desde un posicionamiento filosófico anarquista contemporáneo, sin embargo, el pasado está lleno de anarquía que reivindicar y una historia de la filosofía anárquica se torna indispensable, una contrahistoria que impugna el relato de la Modernidad y que nos hace ver la anarquía puesta en práctica en lugares y épocas en los que había sido silenciada.

Asimismo, está claro hoy en día que el anarquismo y la anarquía no son ya algo tan específico del proletariado, clase social difuminada por la creencia de que gran parte de las poblaciones de los países llamados más desarrollados serían “clase media”, aunque sigan siendo asalariados y fuerza de trabajo, de modo que “proletariado” ya no está claro a qué grupo social designa y si designa a los que trabajan con sus manos en el campo y la industria, no integraría esa denominación ya hoy en día a los millones de trabajadores del sector servicios, casi inexistente en tiempos de Bakunin, oficinistas, técnicos, trabajadores online y millones de otros que son fuerza de trabajo también.

La anarquía y el anarquismo atraviesan a todas las clases sociales difuminadas y hasta puede encontrarse, como hizo Pessoa, si se quiere admitir la paradoja de su famoso relato, algún que otro Banquero anarquista.

Obviamente las paradojas horrorizan al pensamiento Moderno, pero no tanto al pensamiento contemporáneo, que admite la paradoja y la contradicción, que integra la totalidad del ser humano, con sus aspectos múltiples, polimorfos, cambiantes y paradójicos, para realizar propuestas anarquistas sin cometer los errores eurocentristas, colonialistas, de racionalidad instrumental, tecnificación y cálculo, reductores de la cualidad a cantidad.

En ese sentido lo irracional, el inconsciente, el sentimiento y la intuición son tenidos en cuenta por el anarquismo contemporáneo y de entre lo tenido por esotérico y despreciado como no científico y escasamente racional, también se pueden entresacar lecciones de anarquía, como ha hecho Andityas Matos, al atreverse a pensar y escribir de manera diferente y otra a cómo es obligado en la academia científica, reivindicando bucear en la alquimia, supuesto precedente de la química, para encontrar también en ella a la Anarquía:

“Primera conclusión, por tanto: las contrapolíticas alquímicas son an-arquicas, sin fondo, sin fundamento, sin ser separado, sin mando, sin destino, sin finalidad”1

También otro filósofo anárquico, Giorgio Agamben, ha recogido ideas anárquicas de la alquimia. Agamben equipara el acto de escribir y crear arte con el trabajo del alquimista de la Edad Media, para ambos, el proceso no consiste simplemente en producir un objeto externo —la piedra filosofal o la obra— sino en transformar al propio creador durante el proceso, como expresó en “Opus Alchymicum”, un ensayo publicado en su libro El fuego y el relato, donde demuestra que la transmutación poética y ontológica y la transmutación material están indisolublemente unidas:

“El pintor, el poeta, el pensador —y, en general, cualquiera que practique un “arte” y una actividad— no son los sujetos soberanos titulares de una operación creadora y de una obra; son, más bien, vivientes anónimos que, contemplando y haciendo siempre inoperantes las obras del lenguaje, de la visión y de los cuerpos, buscan tener la experiencia de sí mismos y de mantenerse en relación con una potencia, es decir, de constituir su vida como forma-de-vida. Sólo llegados a este punto, obra y Gran Obra, el oro metálico y el oro de los filósofos, pueden identificarse por completo”.2

Ensayo que comenta Andityas Matos y al que añade, tras citar a Agamben, que además: “el verdadero alquimista (…) cuidándose, trabajando sobre sí mismo, se autodestruye y autoregenera”.3

La Anarquía es como ese alquimista que se autodestruye y autoregenera, como ese fuego que Heráclito consideraba como el elemento primordial, energía siempre fluyente.

Nosotros entonces, siguiendo sus ejemplos y buceando un poco en los grabados alquímicos, especies de cómics mágicos de los que entresacar enseñanzas, hemos encontrado en uno de ellos el más famoso Símbolo anarquista, que seguramente sea de ayer y de hoy, de mañana y de siempre, pues seguramente no tendrá origen, aunque históricamente se le quiera poner fecha. Una A encerrada en un círculo ya aparece y nos habla desde tiempos remotos.4

Fragmento de la lámina 1

Y es que entre los grabados alquímicos del siglo XVII del grabador Raphael Custos encontramos ya el Símbolo Anarquista en el centro de una de las cuatro láminas que acompañan al Tratado titulado: Cábala, Espejo del Arte y de la Naturaleza, en Alquimia (de 1615), un enigmático tratado de alquimia y misticismo.

Ese Tratado se atribuye a menudo al editor de Augsburgo Stephan Michelspacher, pero, sin embargo, la única parte del texto del Cábala reclamada explícitamente por Michelspacher es una disculpa preliminar aduladora, referida al médico Johannes Remmelin, donde le pide perdón por haber pirateado su libro anatómico de solapas Catoptrum Microcosmicum (1613). El autor real de Cábala sigue siendo un misterio y permanece anónimo.

Los cuatro paneles son espejos que sirven como portales de magia gráfica, esto es, son una serie de puertas para que los lectores alcancen la iluminación y descubran la piedra filosofal, que, si bien remitía a los ingredientes para convertir el plomo en oro, aquí está interpretada como trasmutación de los conocimientos en verdadero pensamiento y en acceso a la fuente de la vida.

Del panel que nos interesa, en la figura N° 1 se indica el grado de calcinación, que se entiende como regeneración y acumulación. La A al encerrarse en un círculo puede remitir al conjunto del lenguaje. El anónimo autor nos explica la relación entre la ontología, lo que las cosas son, y el arte: “el agua viscosa es el primer ser. Como para vosotros, los blancos, son para leer a través del arte. Nuestra naturaleza nació con la tintura más elevada, los Tres Principios: en ella, nuestra piedra es triple: mineral, animal y vegetal”.

Un esotérico alquimista intuye que lo mineral, animal y vegetal no han de separarse y que estamos formados de ellos, que un flujo primigenio al que denomina agua viscosa está en el origen, y que, si esa es la Naturaleza, el Arte no es sino sacar ese mismo flujo del blanco de un lienzo.

El autor nos insta en el prefacio a completar un círculo, pero hay diversas maneras de adentrarse en él: “Una línea recta atraviesa el círculo por todas partes. Así que ve por uno hasta el centro. También fuera del centro en tres, a través de los cuatro en el círculo completamente libre” (Entrada al lector de este arte).5

Cada lamina compone una Gestalt (figura) cuya observación atenta puede llevarnos a atravesarla, como quien atraviesa un espejo, lo que se nos ofrece como un camino de la sabiduría.

En el grabado que nos interesa aparecen las cuatro cualidades y los cuatro elementos, que sucesivamente son: fuego, tierra, agua, aire, lo caliente, lo seco, lo frío y lo húmedo, factores propios de la Naturaleza correspondientes con las cuatro disciplinas primordiales, la Filosofía, la Astronomía, la Alquimia y las Virtudes, es decir, la Ética, propias del Arte, donde para la Alquimia se centra en cuatro de los espíritus químicos, sulfuro, antimonio, vitriolo y arsénico, mostrando cómo el universo entero está hecho de la misma materia primordial en diferentes estados de evolución.

Dos círculos, uno del lado de la Naturaleza, centrado por la palabra hebrea Zot, significa a la Naturaleza toda como algo divino según el misticismo, otro círculo del lado del Arte, con un círculo central y un punto en su centro.

Vemos que la A rodeada de un círculo está en la parte de arriba de la división en círculos antedicha, hay otras letras que remiten al alfabeto, pero la que nos interesa ya tiene el sentido de que el inicio, la primera letra del alfabeto, contiene la totalidad, el círculo y significa tanto el Orden de las Ciencias y las Artes como el Caos de la Naturaleza primordial.

Como el significado último y el sentido de este espejo o portal, al igual que los otros tres de esta obra, resultan desconocidos, libramos la interpretación de toda historiografía cabalística y pensamos entonces en que la A rodeada en un círculo, el símbolo anarquista, pudo tener ya uno de sus múltiples y plurales orígenes en unas obras esotéricas como la que aquí mostramos.

“La alquimia es una política, una política de la no separación y de la mezcla, del desorden, de la belleza y del peligro, de la transición, de la dismorfia y de la amorfia. Su lógica es la de la mixtura; nada en la alquimia es, sino que todo está continuamente siendo, no hay posiciones fijas, objetos ni métodos previos”.6

Desde luego estamos ante un lenguaje diferente, lleno de lo que hoy denominaríamos errores científicos e interpretaciones arbitrarias, pero la A dentro de un círculo se nos aparece, se muestra, desafiando a nuestra racionalidad desde una oscura Edad Media que no pedía las mismas explicaciones que se darán en la era Moderna.

Un Símbolo es algo intermedio entre lo racional y lo irracional, también el símbolo anarquista que nos evoca la libertad y nos remite al comunismo libertario.

El anarquismo contemporáneo no desprecia nada, absorbe todo lo que puede manifestarse como anárquico y emplea todo aquello que pueda potenciar la libertad, la igualdad y la fraternidad en su no falseada forma moderna, en la manera postmoderna que tiene el pensamiento contemporáneo de operar sobre la realidad vigente y promover la desaparición de todas las dominaciones.

Lámina 1 completa

Simón Royo Hernández

Fuente: https://redeslibertarias.com/2026/06/12/simbolo-anarquista-entre-lo-irracional-y-lo-racional/

  1. Matos, Andityas, Contrapolíticas de la alquimia, España, Ned Ediciones, 2024, pp. 95-96. 
  2. Agamben, Giorgio, El fuego y el relato, Madrid, Editorial Sexto Piso, 2016, p.108. 
  3. Matos, Andityas, Contrapolíticas de la alquimia, España, Ned Ediciones, 2024, p. 83. 
  4. Véase no obstante el artículo: https://redeslibertarias.com/2024/04/09/origen-de-la-a-en-un-circulo-el-nacimiento-de-un-simbolo/ 
  5. Los cuatro grabados, paneles o láminas, pueden verse en: https://publicdomainreview.org/collection/cabala-spiegel/ 
  6. Matos, Andityas, Contrapolíticas de la alquimia, España, Ned Ediciones, 2024, p.28. 
¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 2 Promedio: 4.5)

Utopías poscapitalistas

11 Junio 2026 at 19:14
Por: pegasus

«Si queremos […] que nos garanticen un futuro, debemos enterrar nuestras raíces más profundamente y no solo agitar las ramas».

Hermann Hesse, Sobre “El retorno de Zaratustra”. Obstinación.

En un texto premonitorio, Jean Baudrillard auguraba el advenimiento del poscapitalismo: «El proletariado no ha conseguido negarse como tal […] No ha conseguido negarse como clase y con ello abolir la sociedad de clases. Tal vez se debe a que no era una clase, como se ha dicho, a que sólo la burguesía era una auténtica clase y que, por tanto, sólo ella podía negarse como tal. Cosa que ha hecho realmente, y el capital con ella, engendrando una sociedad sin clases que no tiene nada que ver con la que hubiera resultado de una revolución y de una negación del proletariado como tal. El proletariado, por su parte, se ha limitado a desaparecer. Se ha desvanecido al mismo tiempo que la lucha de clases […] El capital (pero ¿podemos seguir llamándolo así?) establece el estancamiento de la economía política y la ley del valor […] A partir de ese momento, funciona más allá de sus propias finalidades y de una manera completamente desprovista de referencias».[1]

Baudrillard exhortaba entonces a cuestionarse si realmente era adecuado llamar capitalismo a la transformación galopante que provocó el fin de los capitalismos territorializados durante las tres últimas décadas del siglo pasado. A esta desterritorialización del capitalismo, Félix Guattari la denominó capitalismo mundial integrado (CMI), puntualizando que dicha mundialización lejos de constituir un factor de crecimiento, correspondía de hecho «a una reformulación radical de sus bases anteriores, que puede desembocar, tanto en una involución completa del sistema, como en un cambio de registro […] volviendo a transformar las relaciones sociales y desarrollando mercados cada vez más artificiales, no solo en el ámbito de los bienes, sino también en el de los afectos [y,] es precisamente esta oscilación entre la involución de un cierto tipo de capitalismo que tropieza con su propio cercamiento y un intento de restructuración sobre bases diferentes [lo que le conduce] a aceptar, tal cual, su finitud –en particular la de sus mercados– y la necesidad de redefinir permanentemente sus campos de aplicación».[2]

Con la imposición del nuevo paradigma tecnológico, las reflexiones de Guattari han ganado actualidad en diferentes frentes, generando nuevas interpretaciones realmente inesperadas en torno a la naturaleza de la estructura económico-social emergente. Tal fue el caso de Paul Mason. Este periodista y ensayista británico, decretó en 2015 el fin del capitalismo como modelo económico. Convocaba entonces a prepararnos para la transición a un nuevo sistema basado en las tecnologías. En su libro Poscapitalismo. Hacia un nuevo futuro, dejó constancia de los cambios en las técnicas productivas, emanados del avance de las tecnologías de la información y de cómo estas variaciones estaban destruyendo el mecanismo de fijación de los precios y el concepto de valor económico. Además, predijo el ascenso al poder de los partidos radicales impulsados por «la gente corriente» y, cómo los Estados tratarían de «imponerse unos a otros los costes de la crisis» (léase aranceles), induciendo al desmoronamiento de la globalización y la obsolescencia de las instituciones globales. De resultas, pronosticó que «los conflictos soterrados durante los últimos veinte años —las guerras de la droga, el nacionalismo, el yihadismo, las migraciones incontroladas y la resistencia a estas— [provocarían] un cataclismo en el centro mismo del sistema».[3]

Mason percibió que la tecnología de la información había «robado a las fuerzas del mercado su anterior capacidad para crear dinamismo». Esta sustracción establecía «las condiciones propicias para una economía postcapitalista».[4] Sin embargo, como atinadamente señaló McKenzie Wark, pese a su certero diagnóstico, Mason dejaba dos cuestiones fundamentales sin resolver: 1. «cómo plantear un lenguaje renovado para describir la situación actual, y [2.] cómo identificar aquello que en nuestro lenguaje heredado sobre el capitalismo nos impide avanzar en el pensamiento y la acción»[5]. En su ensayo El capitalismo ha muerto. El ascenso de la clase vectorialista, Wark confirma la hipótesis de Baudrillard y rechaza la teoría crítica que continúa «apegada a la idea de un capitalismo que sigue y sigue, y no deja de seguir». 

De acuerdo con Wark, estamos ante un nuevo modo de producción que ya no es capitalismo «sino algo peor». En esta realidad social, que ha reemplazado al capitalismo, la clase dominante «ya no detenta su dominio a través de la propiedad de los medios de producción, como hacen los capitalistas; ni tampoco por la propiedad de la tierra, como hacen los terratenientes. La clase dominante de nuestro tiempo es la que posee y controla la información». [6]

Pero, Mason, Wark, Nick Srnicek y Alex Williams, [7] no son las únicas voces que pregonan el poscapitalismo. Si bien para la mayoría de los economistas (liberales y marxianos) el mundo continúa rigiéndose por el sistema capitalista —es decir, por la economía de «libre mercado»—, tras el desplome del capitalismo de Estado (1989) como forma de organización económica en los países del socialismo «realmente existente», comenzó a gozar de popularidad en ámbitos académicos el concepto poscapitalismo. El primero en acreditar este término fue Peter Drucker. Este profesor ultraliberal, considerado «el filósofo de la administración del siglo XX», en su libro La sociedad Post Capitalista,[8] editado originalmente en inglés en 1993, introduce este término y lo describe como la nueva forma de organización económica emanada de la revolución tecnológica de la información y las telecomunicaciones.

Drucker consideraba que el conocimiento se había convertido en «el único factor de la producción» desplazando al trabajo y al propio capital como factores productivos,[9] lo que nos situaba, ipso facto, en un momento poscapitalista. Varios años después, el economista y sociólogo marxiano Wim Dierckxsens, emplearía el concepto en el marco de los Foros Sociales del llamado «movimiento altermundista». Según este intelectual proto chavista de origen neerlandés, el poscapitalismo no es otra cosa que la transición al «socialismo del siglo XXI». Por consiguiente, la instauración global del «otro mundo posible» que enarbola la retórica bolivariana. Esto es, el avance de más capitalismo populista por la senda «izquierda».

Robert Kurz —mucho más lúcido— sería el único marxiano capaz de avizorar la debacle del capitalismo en tiempo real. En El colapso de la modernización, este integrante del grupo Krisis, sentenció que la hecatombe del capitalismo de Estado en el hemisferio oriental era el inicio de un imparable proceso de decadencia del sistema capitalista en occidente. Como acertadamente resaltó en 1999: «El “mercado planificado” del Este, ya desde su denominación, no dejó de lado las categorías del mercado. En consecuencia, en el socialismo real aparecieron también todas las categorías fundamentales del capital: salario, valor y lucro (la ganancia en la administración de empresas)». Ergo, el derrumbe del capitalismo de Estado era el presagio del colapso capitalista en su conjunto.[10]

Para Mark Fisher —el teórico cultural ciberpunk, discípulo (primero) y crítico (después) de Nick Land—, el término poscapitalismo posee ciertas ventajas que permiten describir un punto de partida. O lo que es lo mismo, detallar el lugar dónde nos encontramos: «lo que somos y la situación en la que estamos ahora». Esta ubicación nos concede la oportunidad de imaginar «algo más allá del capitalismo». Según el difunto pensador inglés, profesor del Departamento de Culturas Visuales del Goldsmiths College en la Universidad de Londres, el concepto goza de «una especie de neutralidad de la que carecen los términos “comunismo”, “socialismo”, etc.». Es decir, «no está contaminado por asociaciones con proyectos fallidos y opresivos del pasado». A su vez, el prefijo pos indica que hemos dejado atrás al capitalismo, que hablamos de un después. Lo que implica una victoria: «una victoria que llegará a través del capitalismo». Empero, no es «simplemente lo opuesto al capitalismo». No se trata de «una absoluta alteridad, un puro afuera» sino de «trabajar con los placeres del capitalismo, así como con sus opresiones».[11]

Como punteara Fisher en sus últimas clases, el concepto, a pesar del prefijo, continúa atado al capitalismo: no nombra un proyecto positivo, permanece en la temporalidad del pos y, no necesariamente resulta «progresista».[12] O sea, el poscapitalismo es una moneda al aire. Consciente de esto, nos remite a la «ciencia ficción social» de Peter Frase y afirma, junto a este amante de la guillotina, que «el mero hecho de que algo sea postcapitalista no significa que sea deseable».[13] En efecto, entre los cuatro futuros poscapitalista (comunismo, rentismo, socialismo y exterminismo) que Frase proyecta para una sociedad automatizada, resultante de las combinaciones abundancia de recursos versus escasez e igualitarismo versus jerarquía, la mutación de la forma de propiedad —de real a intelectual— cataliza la transformación de la sociedad en algo que no es reconocible como capitalismo. De tal suerte, hoy la clase dominante continúa acumulando dinero mediante la apropiación del flujo de renta que surge del control de la propiedad intelectual.[14] Lo que nos exhorta a centrar la mirada en ciertas tendencias feudalizantes de la acumulación actual.

Yanis Varoufakis —conocido exministro de Syriza y militante de la pandilla socialdemócrata griega— emplea el concepto «tecnofeudalismo» para describir el modo de producción naciente a partir de la apropiación de la renta de la propiedad intelectual.[15] En realidad, no se trata de una idea original. Este político impresentable toma «prestado» el término de estudios previos en el campo de la filosofía, la economía política y la teoría social.[16] De tal forma, sintoniza con el consenso marxiano contemporáneo que adhiere la tesis del retorno al feudalismo, junto a Jodi Dean,[17] Michael Hudson, Wolfgang Streeck, Mariana Mazzucato, Robert Kuttner, Katherine V.W. Stone, entre otros economistas y académicos. En esa tesitura, el eco-marxiano de origen francés Cédric Durand, planteó la misma hipótesis en su libro Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital.[18] Si bien puede resultarnos una bufonada el calificativo —en particular, para quienes se niegan a aceptar esta regresión y adhieren al hipotético «desarrollo en espiral» que esquematiza la historia como un recorrido de progresos inexorables sujeto a leyes determinadas y a un ritmo sin variaciones ni sorpresas—, la argumentación de este par de marxianos amerita un escrutinio agudo.

Para Durand: «el auge de las tecnologías de la información toca los fundamentos del modo de producción […] perturba las relaciones competitivas en beneficio de relaciones de dependencia, cosa que desarregla la mecánica de conjunto y tiende a hacer prevalecer la depredación sobre la producción».[19] De acuerdo con su hipótesis, esta prevalencia proporciona las condiciones propicias para el desarrollo del «tecnofeudalismo». Las razones por las que eligió el término las ejemplifica recurriendo al clásico Principios de economía política de John Stuart Mill.[20]  A partir de este texto, Durand establece una analogía que lo lleva a concluir que la «dependencia generalizada a los propietarios de das Digital es el horizonte de la economía digital, el devenir caníbal del liberalismo en la era de los algoritmos.[21]

Varoufakis coincide con este veredicto y reconoce que el asesino del capitalismo ha sido el propio capital. No obstante, enfatiza que:

«No el capital tal como lo entendemos desde el inicio de la era industrial, sino una nueva forma de capital […] mucho más poderosa que […] ha demolido los dos pilares del capitalismo: los mercados y los beneficios. [Estos] han sido expulsados del epicentro de nuestro sistema económico y social, se han desplazado a sus márgenes y han sido reemplazados […]. Los mercados, el medio del capitalismo, han sido sustituidos por plataformas de comercio digitales que parecen mercados pero no lo son, y que se entienden mejor si las consideramos feudos. Y el beneficio, el motor del capitalismo, ha sido sustituido por su predecesor feudal, la renta. En concreto, una forma de renta que debe pagarse para tener acceso a esas plataformas y, en general, a la nube».[22]

Llámese como se llame este dilatado impasse poscapitalista, lo cierto es que no tiene antecedente. Esta forma inédita de explotación que impone un nuevo modo de «rentismo» en el marco de la actual repolarización imperial del mundo, está siendo impulsada por las grandes corporaciones tecnológicas con matriz en los Estados Unidos y China. En plena competición —a imagen y semejanza de la carrera armamentista—, estas corporaciones dominantes (Google, Meta, Amazon, Microsoft, Apple, Baidu, Alibaba, Temu, Xiaomi, Huawei, etc.), dedicadas a la recolección intrusiva de información a través de la vigilancia por geolocalización basada en publicidad, no solo rastrean y analizan lo que hacemos y pensamos, sino que gestionan en base a intereses heterogéneos todo lo extraído, rentabilizando la explotación de la información y su aprovechamiento por las agencias de inteligencia y las corporaciones militares y policiales.

De tal suerte, diversos softwares especializados y plataformas de inteligencia (Gotham, Foundry, Trapdoor, Quadream, Tangles, Webloc/PenLink, etc.) facilitan la introducción de programas malignos (malware) en millones de dispositivos móviles en todo el mundo con la intención de rastrear su geolocalización en tiempo real y procesar —léase clasificar e interpretar mediante inteligencia artificial— la información recolectada: desde el tiempo que pasamos en las redes hasta las preferencias políticas y sexuales o la frecuencia cardíaca de cada usuario, sondeando e interviniendo todas nuestras interacciones.

En su libro Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Byung-Chul Han advertía como la nueva dominación utilizaba el acceso a la información «para la vigilancia psicopolítica y el control y pronóstico del comportamiento».[23] Según este autor, la tecnología de la información digital hace de la comunicación un medio de vigilancia: «Cuantos más datos generemos, cuanto más intensamente nos comuniquemos, más eficaz será la vigilancia. El teléfono móvil como instrumento de vigilancia y sometimiento, explota la libertad y la comunicación. Además, en el régimen de la información, las personas no se sienten vigiladas, sino libres. De forma paradójica, es precisamente la sensación de libertad la que asegura la dominación».[24]

En consecuencia, mediante los dispositivos tecnológicos de uso individual, la dominación optimiza el control social sin que nadie (o casi nadie) se percate de ello. Lo que engarza con otras tecnologías de vigilancia igualmente imperceptibles que operan con IA y nanotecnología, como los diminutos drones confeccionados en «microaviarios» de la Base Aérea Wrigth-Patterson en Ohio, que replican la mecánica de vuelo de las polillas y demás insectos o, los patrones de desplazamiento de los halcones y otros pájaros de diverso tamaño, diseñados «para esconderse a plena vista». Como aseguró, hace poco más de una década, el ingeniero aeroespacial Greg Parker en entrevista para el New York Times.[25]

Empero, esta operación de control y vigilancia tecnológica está en marcha desde hace más de medio siglo, gestionada en Estados Unidos por la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa [Defense Advanced Research Projects Agency], más conocida como DARPA (su acrónimo en inglés). [26] Por su parte, su homónimo chino, la Agencia de Investigación en Ciencias Militares, también ha desarrollado «enjambres de abejas» y «lobos robóticos» concebidos para «la primera línea de combate», así como sistemas de vigilancia operados con IA y confeccionados con nanotecnología, capaces de ocultarse a «plena vista».

Este desempeño ha proporcionado el camuflaje de positividad que hoy presume la nueva dominación. De esta manera, toda la negatividad del poder ha pasado a ser pretérito, desde las técnicas coercitivas hasta la reglamentación del trabajo, principales ejes rectores del antiguo régimen disciplinario. Esta obsolescencia ha motivado la hipótesis de la transición del panóptico de Bentham —ampliamente conceptuado por Foucault— al ban-opticon (banóptico),[27] inaugurando la entrada a la era post panóptica. Tal mutación ha tenido lugar de forma simultánea al proceso de integración de las sociedades disciplinarias en las «sociedades de control».

Sin embargo, Zygmunt Bauman advierte cierta vaguedad en esta afirmación y la rebate de manera contundente. Según el teórico de origen polaco: «el modelo panóptico está vivo y goza de buena salud, y de hecho está dotado de una musculatura mejorada electrónicamente, como la de un ciborg, lo cual lo hace tan fuerte que ni Bentham, ni siquiera Foucault, hubieran sido capaces de imaginarlo. Pero también es cierto que ha dejado de ser el patrón universal o la estrategia de dominación que esos dos autores creían que era en sus respectivas épocas. Ya ni siquiera es el patrón o estrategia principal, o el más utilizado. El patrón panóptico se ha desplazado y se utiliza con las partes “inmanejables” de la sociedad, es decir, en las prisiones, los campos, las clínicas psiquiátricas y otras “instituciones totales”».[28]

Para el sociólogo Maurizio Lazzarato: «la sociedad de control ejerce su poder gracias a las tecnologías de acción a distancia de la imagen, del sonido y de los datos, que funcionan como máquinas de modular, de cristalizar las ondas, las vibraciones electromagnéticas (radio, televisión) o de modular y cristalizar los paquetes de bits (los ordenadores y las redes digitales)».[29] Por ello, afirma que los distintos dispositivos de poder, nacidos en épocas diferentes y con finalidades heterogéneas, no se sustituyen entre sí, sino que se agencian unos con otros. Y pone de ejemplo a Estados Unidos como «el modelo más logrado de una sociedad de control que integra los tres dispositivos de poder». A saber, los dispositivos disciplinarios de encierro, los dispositivos biopolíticos de gestión de la vida y los nuevos dispositivos de la no-política (que se apoyan en la informática y la telemática).[30]

Que en la actualidad se encuentren perfectamente integrados los tres dispositivos de poder, explica la coexistencia de la hiperpositividad del modelo de «vigilancia líquida» (imperceptible) y la hipernegatividad de la vigilancia cruda (palpable). Una prueba categórica de la utilización de los dispositivos disciplinarios de encierro y vigilancia contra «las partes inmanejables de la sociedad», son las mazmorras reales de nuestros días, donde yacen las afinidades anárquicas —desde Chile a Italia— condenadas a cumplir sentencias monstruosas. También son muestra fehaciente de la permanencia de los dispositivos disciplinarios de encierro y vigilancia cruda los tanques en las calles de Washington D.C. y la brutal cacería de migrantes, desplegada de forma inimaginable en las principales capitales del mundo.

En cambio, los nuevos dispositivos de vigilancia líquida han sustituido «el encarcelamiento y el confinamiento por la exclusión como máxima amenaza para la seguridad existencial y como máximo motivo de ansiedad. La condición de ser observado y visto cambió de categoría pasando de ser una amenaza a ser una tentación. La promesa de una visibilidad más amplia, la perspectiva de “estar al descubierto”, a la vista de todos y visto por todos, encaja con la búsqueda más ávida de pruebas de reconocimiento social, y mediante ellas de existencia válida […] Tener toda nuestra persona, con lo bueno y lo malo, registrada y accesible al público parece ser el mejor antídoto profiláctico contra la exclusión, así como una poderosa vía para prevenir la posibilidad de expulsión. Es más, es ésta una tentación a la que pocos sujetos con vidas sociales precarias podrán resistirse […] la historia de los espectaculares éxitos recientes de las “páginas web sociales” ilustra perfectamente esta tendencia».[31]

Gracias a esa avidez de visibilidad y «reconocimiento social» que nos describe Bauman, la tecnología ha logrado reclamarse soberana sobre la totalidad de la experiencia humana. A la vista de este escenario de «soberanía tecnológica», con nuevos mecanismos de control e hiperproducción de subjetividad informacional, Gilles Deleuze se sintió obligado a trasmitir sus inquietudes en torno a lo que «ahora se está instalando» y auguró la posibilidad de que «tras las adaptaciones correspondientes, reaparezcan algunos mecanismos tomados de las antiguas sociedades de soberanía».[32]

En sintonía con la idea de Deleuze, hoy se hace evidente, tras las adaptaciones de rigor, la confluencia de tres regresiones que demuelen los fundamentos marxianos —y en consecuencia, kropotkinianos— del cacareado «progreso moral de la Humanidad»: la reterritorialización cultural, la vuelta a la gleba y el retorno al absolutismo. Por supuesto, muchos pensadores han identificado estas regresiones y advierten el peligro. Todo parece indicar que las utopías poscapitalistas han agotado sus posibilidades emancipadoras y que, en su lugar, ha llegado para quedarse una distopía cibernética, cuya instauración no es fortuita sino producto de la inquietante supremacía tecnológica y su desarrollo irrestricto.

Gustavo Rodríguez,

Planeta Tierra, 11 de mayo de 2026.


[1] Cfr: Baudrillard, Jean. (1990) La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos. Barcelona: Editorial Anagrama, trad: Joaquín Jordá, p.p. 16-17.

[2] Guattari, Félix. (2004) Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares. Madrid: Traficantes de sueños. Edición y notas Raúl Sánchez Cedillo, trad. Marisa Pérez Colina, Raúl Sánchez, Josep Sarret, Miguel Denis Norambuena y Lluís Mara Todó.   P.61. Énfasis mío. Disponible en:  https://traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Plan%20sobre%20el%20planeta-TdS.pdf (Consultado 5/6/2026).

[3] Cfr. Mason, Paul. (2016) Poscapitalismo. Hacia un nuevo futuro. Barcelona Ediciones Culturales Paidos, trad: Albino Santos Mosquera. Versión digital disponible en: https://revolucioncantonaldotnet.wordpress.com/wp-content/uploads/2019/08/postcapitalismo_-_paul_mason.pdf  (Consultado 5/6/2026).

[4] Ibíd.

[5]  Wark, McKenzie. (2021). El capitalismo ha muerto. Barcelona: Holobionte Ediciones, trad. Federico Fernández Giordiano, p.16.

[6] Ibíd., p.p. 14-15.

[7] Tanto Srnicek y Williams, como los llamados «aceleracionistas de izquierda», impulsan la redirección de la infraestructura capitalista a través del agenciamiento acelerativo colectivo y la apropiación de «los medios de aceleración». Vid: Srnicek, Nick y Williams, Alex. (2017). Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo. México: Malpaso Ediciones, trad: Adriana Santoveña.

[8] Drucker, Peter. (1994) La sociedad Post Capitalista, Bogotá: Editorial Norma, trad. Jorge Cárdenas Nannetti.

[9] Ibíd., “Del capitalismo a la sociedad del conocimiento” (Cap. 1). p.p.  21- 53 y, “El conocimiento: su economía; su productividad” (Cap.10). pp. 197-211.

[10] Kurz, Robert. (2016) El colapso de la modernización. Del derrumbe del socialismo de cuartel a la crisis de la economía mundial. Buenos Aires: Editorial Marat, trad. Ignacio Rial-Schies. p. 45.

[11] Cfr. Fisher, Mark. (2024) Deseo postcapitalista. Las últimas clases. Buenos Aires: Caja Negra Editora, trad. Maximiliano Gonnet y Sofía Stel.  p.p. 67-68.

[12] Ibidem., p.69.

[13] Ibíd.

[14] Vid., Frase, Peter. (2020) Cuatro futuros. Ecología, robótica, trabajo y lucha de clases para después del capitalismo. Barcelona: Blackie Books.

[15] Cfr. Varoufakis, Yanis. (2023) Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesosr del capitalismo. Barcelona: Ediciones Deusto, trad. Marta Valdivieso, Versión digital disponible en: https://ia903407.us.archive.org/26/items/tecnofeudalismoyanisvaroufakis/Tecnofeudalismo_Yanis_Varoufakis.pdf (Consultado 5/6/2026).

[16] Jürgen Habermas enunciaba la «refeudalización» de la esfera pública. Vid. Habermas, J. (1988) Espace public et démocratie délibérative: un tournant, Paris: Payot.

[17] Autora de Capital`s Grave: Newfeudalism and the New Class Struggle [La tumba del capital: neofeudalismo y la nueva lucha de clases ] New York: Verso Books, 2025.

[18] Cfr. Durand, Cédric. (2021)Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital. Adrogué: La Cebra/Donostia: Editorial Kaxilda, trad. Víctor Goldstein.

[19] Op. cit., p. 261.

[20] Este economista británico, teórico del utilitarismo, plantea en su libro una hipotética situación en la que todas las tierras de un país pertenecen a un solo hombre, escenario que obliga a todo el pueblo a depender de él para asegurarse la existencia, aceptando a pies juntillas las condiciones que el propietario impone.

[21] Ibidem., p. 263.

[22] Varoufakis, op. cit., p. 7.

[23] Cfr: Han, Byung-Chul. (2022) Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Buenos Aires: Taurus, trad. Joaquín Chamorro Mielke, p.9.

[24] Ibidem., p. 14.

[25] Bumiller, E. & Shanker, T. (2011, 20, 06). Research advances on spy drones. “Natural’ flight the wave of future”. New York Times. Disponible en: https://www.telegram.com/story/news/local/north/2011/06/20/research-advances-on-spy-drones/49993392007/ (Consultado 5/6/2026).

[26] La DARPA se había mantenido fuera de los reflectores hasta que saltó a la fama durante la pandemia de COVID 19 (SARS-CoV-2). Pionera en las tecnologías fundamentales de ARN mensajero (ARNm) y los «métodos de respuesta rápida», desde 2011 la Agencia otorgó subvenciones millonarias (mil millones de dólares) a empresas como CureVac y Moderna mediante sus programas ADEPT y la Plataforma de Prevención de Pandemias (P3). El objetivo militar era desarrollar «plataformas de respuesta rápida ante amenazas biológicas emergentes» que faciliten la fabricación de inmunógenos en tiempo récord, a través de las cuales buscan acelerar los procesos de inmunidad —en lugar de inyectar el virus debilitado (como las vacunas tradicionales), inyectan secuencias genéticamente manipuladas para que, a partir de anticuerpos monoclonales, el propio cuerpo humano actúe como «fábrica» de anticuerpos—. Estos fondos sentaron las bases para que, al momento de estallar la pandemia, Moderna pudiera liberar rápidamente la vacuna del SARS-CoV2. A finales de 2020, la DARPA le otorgó a Moderna un nuevo contrato por $56 millones de dólares destinados a la creación de «prototipos móviles» capaces de fabricar vacunas de manera rápida y en lugares remotos. Cfr: https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=4495566 (Consultado 7/6/2026).

[27] Bigo, Didier. (2006) Globalized (in)Security: the Field and the Ban-opticon, Cambridge: Harvard Conference Paper. Disponible en: http://www.ces.fas.harvard.edu/conferences/muslims/Bigo.pdf. (Consultado 7/6/2026).

[28] Bauman, Zygmunt y Lyon, David. (2013). Liquid Surveillane: A conversation. Cambridge: Polity Press. [hay trad. Cast.: Vigilancia líquida, Barcelona/Buenos Aires/ México: Paidos, 2013, trad. Alicia Capel Tatjer]. p. 40. Disponible en versión digital en línea (diegoam): https://www.academia.edu/39843688/Vigilancia_liquida_Zygmunt_Bauman (Consultado 7/6/2026).

[29] Lazzarato, Maurizio. (2006) Por una política menor. Acontecimiento y política en las sociedades de control. Madrid: Traficantes de sueños,p.92.

[30] Ibidem., pp. 93-94.

[31] Bauman y Lyon, op. cit., p. 32.

[32] Deleuze, Gilles. (1996) Conversaciones 1972-1990. Valencia: Pre-textos, trad. José Luis Pardo. pp. 284-285.

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 3 Promedio: 5)

Laura Ortiz Gómez: “El pasado nos abre las llagas vivas, pero también muestra que hubo luchas más valientes”

31 Mayo 2026 at 09:58

Hay libros que no se leen. Se sienten, se escuchan, se contorsionan y se padecen como un organismo vivo que respira y late entre las manos. Así es la primera novela de Laura Ortiz Gómez (Bogotá, 1986). Editada en España por Barrett, Indócil despliega una arquitectura narrativa tan exuberante que desborda sus propios muros: una casa contestona y anárquica que, desde sus primeras páginas, revela sus intenciones: «No me sometí. Decían mi casa. Y yo, recién nacida, decía para adentro: soy la casa de mí».

Esta obra es, además de un grito contra la injusticia, la celebración rebelde de la belleza. Con una lírica ingobernable que estira el lenguaje y lo rompe para narrar el despojo, Ortiz enarbola las palabras para reclamar, entre el moho, las filtraciones y los huesos insepultos de una niña tehuelche, el derecho fundamental al que aspiraba el pensador peruano José Carlos Mariátegui: la lucha irrenunciable por el pan y la belleza. Así, la autora reivindica la transformación social como un reordenamiento estético: «Se trataba de reorganizar el cosmos y de barrer».

Ante la pregunta de si el ser humano «no domesticado» es esencialmente anarquista, la autora reflexiona: «La parte utópica es pensar en un mundo sin jerarquías, pero ¿cómo pensamos el poder que cada uno tiene en el mundo? En todas nuestras relaciones se está renegociando ese poder. Quizás, lo interesante del anarquismo sea proponer una conciencia sobre el propio poder y sobre la negociación con el otro de manera más horizontal, menos impositiva y, por lo tanto, más fácil para que el diálogo sea posible, como en las comunidades indígenas de mi país, Colombia, o en comunidades rurales y afro donde la organización todavía tiene una dimensión humana».

En esta ficción, espejo de feria donde la historia argentina devuelve el reflejo deforme de lo que, más que nunca, un reclamo vigente por el derecho a la vivienda, el trabajo y la dignidad, Ortiz rescata la Huelga de las Escobas de 1907: un levantamiento de mujeres anarquistas contra el hacinamiento en los conventillos. Con ella ha logrado un hallazgo: traducir ideas teóricas y políticas en imágenes poéticas que estremecen. Así, la desobediencia civil en Indócil se convierte, inevitablemente, en desobediencia lingüística.

Hablas de temas que se rehúyen, como la esclavización de mujeres en el trabajo doméstico, la precarización de inmigrantes, los proyectos estructurados de exclusión social, la normalización de la pedofilia, el expolio de etnias indígenas, la aporofobia…

Estos temas siempre han estado presentes y eso lo fui descubriendo en la investigación. A veces, en nuestra fascinación con lo contemporáneo, olvidamos que las preguntas son muy viejas y que los reclamos siguen siendo los mismos. Impresiona que pensamos que la historia tiene asuntos zanjados y, aunque suene un cliché, en Latinoamérica somos países circulares. Las luchas no resueltas vuelven y aparecen, pero cada vez con un sentido más dramático, más urgente. Cuando me puse a investigar los finales del siglo XIX y comienzos del XX en Argentina, encontré cosas fascinantes como estos movimientos anarquistas de mujeres que ya tenían publicaciones, diarios, donde se hacían unas preguntas muy de avanzada. Ya se estaban cuestionando a Dios, a las instituciones, a las jerarquías, el control de natalidad, el amor no monogámico, el acceso a la tierra y la vivienda…

Entonces, solo detenernos un poquitito en el pasado nos abre de nuevo todos los problemas, todas las llagas vivas, pero también nos muestra que en ese pasado hubo luchas más valientes o más imaginativas. Lo que me interesó del anarquismo de comienzos del siglo XX fue descubrir que pedían de cara a la utopía, que cuestionaban no solo la repartición material de las cosas, sino la noción misma de la propiedad, y esto es un tema para retomar cuando la precarización es cada vez más grande, cuando nos están quitando la esperanza y todo parece tener una sensación de sin salida. 

Tu novela es un ser vivo igual que la casa protagonista. Provoca un impacto sensorial, quizás más cercano a la música que a la literatura.

Efectivamente es un libro muy musical, muy visceral, porque quería que esta casa fuese, sobre todo, el cuerpo de la casa y tuviera una voz verdadera. Una voz que me hizo preguntarme por un lenguaje casa y por un cuerpo así. Entonces, antes de encontrar esa voz, hubo un proceso de investigación histórica profundo acompañado de mucho diseño de la trama: el andamio racional sobre el que me paro para luego dejar entrar una voz extraña para que la lengua supure algo muy insubordinado, algo no jerárquico, algo poético.

Y esto resulta palpable en la sucesión de imágenes de Indócil, cuando la autora, como un viaje lisérgico donde el ritmo se acelera, se ralentiza y, de pronto, arremete de nuevo con fuerza de marea, se sumerge en desigualdades estructurales y logra del lector una respuesta orgánica, física.

La precariedad laboral de los migrantes, las políticas de limpieza racial, el machismo, la pederastia permitida y la herida abierta de la propiedad privada, entre otros temas tan oportunos como dolientes, habitan esta casa de Buenos Aires, donde Vira y Olena, dos sirvientas ucranianas sometidas a un régimen de explotación que roza el esclavismo, son vistas por sus patrones como un ente indivisible donde el fallo de una ocasiona el castigo de la otra.

A pesar de esa oscuridad, la casa palpita con ellas: se enamora de su fragilidad, de su amor y su ternura, las reconoce con la fuerza de un ser vivo mientras se reclama a sí misma, insubordinada ante quienes creen poseerla. El mismo sentido de justicia poética impregna a Taras, el hermano que reinventa la rapiña –calzones, frasquitos de perfume, billetes, huesos humanos–, para convertirla en instalaciones llenas de belleza. «Fuimos bellos, ya nadie se acuerda», susurra la casa entre escombros.

La relación rebelde con la palabra es lo que permite que el relámpago perfore el dolor a través de otros personajes luminosos como Ulises, el niño útil y fulgurante que sabe abrir cualquier puerta, o como Acracia, la niña muda.

Indócil no es solo una historia de resistencia, es la prueba de que la belleza es una forma de militancia: una manera de interpelar la realidad desde un lugar donde el lenguaje, por fin, se siente libre.  

La entrada Laura Ortiz Gómez: “El pasado nos abre las llagas vivas, pero también muestra que hubo luchas más valientes” se publicó primero en lamarea.com.

Tiempos aciagos

25 Mayo 2026 at 18:36
Por: pegasus

«Hemos preparado una civilización global en la que los elementos más cruciales —el transporte, las comunicaciones y todas las demás industrias; la agricultura, la medicina, la educación, el ocio, la protección del medio ambiente, e incluso la institución democrática— dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una garantía de desastre. Podríamos seguir así una temporada pero, antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara».


Carl Sagan (1995), El mundo y sus demonios.

Todo antagonismo, toda resistencia, toda crítica, todo disenso y todo intento sedicioso, hoy puede ser pronosticado en base a la detección automática de patrones de datos. De ahí que la dominación algorítmica pueda anticipar la próxima jugada y «poner el parche antes de que salga el grano». Sin embargo, continuamos esperando la llegada de un futuro distópico sin percatarnos que el procesamiento masivo de datos con fines de control social, de la mano de la revolución acelerada de la técnica, ha consolido esa distopía aquí y ahora. Mientras muchos compañeros continúan perdidos, enfrascados en la lucha inútil contra caducos molinos de viento, el control social absoluto se ha establecido con ayuda de las nuevas tecnologías. Se trata de máquinas de predicción, «cuyo objetivo —según Pariser— es crear y perfeccionar constantemente una teoría acerca de quién eres, lo que harás y lo que desearás a continuación».[1]

Mediante este proceso maquinal, el poder ha invadido los rincones más íntimos de la existencia, incluido el horizonte de lo imaginable. La dominación, a través de las tecnologías de la información y la comunicación, ha penetrado de manera eficaz cada poro del inconsciente colectivo. Así se expande y fortalece, segundo a segundo, cuantificando «likes», «búsquedas», «visitas» y «contenidos». De esta forma extrae una cantidad ingente de información que le permite conocer no solo nuestros gustos y deseos sino el menor malestar en cientos de millones de interconexiones, optimizando la toma de decisiones frente al mínimo descontento sin necesidad de recurrir a una acción enérgica en sentido enfático. Dicho de otro modo, sin alterar la percepción de «libertad» y «autonomía» de la servidumbre digital. Lo que encierra una ironía manifiesta: al no materializarse el poder en su modalidad tradicional, libertad y poder terminan siendo sinónimos. Así, los conceptos de opresión, explotación y alienación se esfuman. Justo cuando más explotación, más alienación y mayor opresión se avecinan.

En la prisión sin muros del poder algorítmico todos se auto-oprimen y se auto-explotan hasta el burnout. Pero nadie, excepto los victimistas, se admite a sí mismo explotado u oprimido. Y, por regla general, quienes militan en esa tendencia siempre han estado más preocupados por el like —enfatizando su papel de mártires a la espera del mesías populista— que en desatar la insurrección. El like, como afirma Byung-Chul Han,[2] «excluye toda revolución».[3] No obstante, vale recalcar que la revolución antiautoritaria ya era cadáver mucho antes de que el like le diera el tiro de gracia.

Desde 1875 Mijaíl Bakunin percibió la fibrilación ventricular de la revolución antiautoritaria. En una carta dirigida a su compañero de lucha Elisée Reclus, el incasable insurrecto dejaba registro de su diagnóstico: «la revolución se ha metido, de momento, en cama, volvemos a caer en el período de las evoluciones, es decir, en el de las revoluciones subterráneas, invisibles e incluso a menudo insensibles. La evolución que se está produciendo hoy día es muy peligrosa, si no para la humanidad entera, sí al menos para algunas naciones […] la hora de la revolución ha pasado, no a causa de los espantosos desastres de los que hemos sido testigos y de las terribles derrotas de las que hemos sido víctimas más o menos culpables, sino porque, para mi gran desesperación, he constatado y constato cada día otra vez, que el pensamiento, la esperanza y la pasión revolucionarios no se encuentran en las masas, y cuando esto ocurre, por mucho que se combata por los flancos, no se hará nada de nada».[4]

Ciento cincuenta años después, el análisis bakuniniano no deja de inquietar a incondicionales y detractores. Lamentablemente, Bakunin falleció «demasiado decepcionado desde muchos puntos de vista»[5] sin poder darle una formulación teórica más acabada a su diagnosis. Empero, los acontecimientos le dieron la razón: la revolución antiautoritaria no solo se metió en cama, sino que falleció de muerte súbita. La Comuna de París sería el último intento de revolución antiautoritaria. Desde entonces a la fecha, todas las revoluciones serían conducidas por la técnica con su consabido desenlace autoritario.[6]

En la década de 1970, Günter Anders afirmó con absoluta convicción que «la única revolución auténtica y global que ha tenido lugar en nuestra época y que, a diferencia de otra, sigue teniendo lugar en realidad como revolución permanente, es la de la técnica, que permanece neutral respecto al sistema, es decir, ha implantado su dictadura por igual aquí y allá, y se mantiene constante incluso tras cambios políticos repentinos, como si nada hubiera ocurrido, o sea, sigue desarrollándose de manera frenética. […] Tal vez las revoluciones conocidas de nuestra época, que en cuanto políticas se presentaron incluso como acciones salvadoras, sólo se hayan travestido y, en el mejor de los casos, sólo se hayan malinterpretado como tales. En realidad, los cambios obedecían a exigencias técnicas».[7]

La evolución («muy peligrosa») que vislumbraba Bakunin en el ocaso decimonónico no fue otra cosa que la incubación del ideal nacionalpopulista que eclosionó en las primeras décadas del siglo XX, dando vida a las revoluciones fascistas (roja, negra y parda).[8] Fue entonces, en el contexto de las tensiones entre socialismo y barbarie, que el «pensamiento, la esperanza y la pasión revolucionarios» volvieron a poseer a las multitudes de miserables, resentidos e indignados que se sumaron eufóricos a la pandemia de socialismos cuartelarios. En medio de esa trama, el culto al futuro y la modernidad tecnológica dieron cuerpo al socialismo bárbaro de los regímenes de dominación total, progenitores de Auschwitz y el archipiélago Gulag.  

De momento, en la tercera década del siglo XXI, con 99% de las personas que residen en occidente dependiendo de que Google Maps o Waze les trace la ruta para escapar del tráfico de las mega urbes o que Spotify les «regale» algo que escuchar para sobrevivir la inercia cotidiana, nos queda claro que cualquier intento por resucitar la revolución antiautoritaria requerirá de los gadgets tecnológicos que sean necesarios para «habitar» dos realidades: la concreta y la digital. Así las cosas, en este escenario de ciencia-ficción, el nuevo «sujeto revolucionario» será la «encarnación» de Gaige, la joven iconoclasta de Borderlands equipada con «Anarquía» y demás «habilidades» de «Caos Ordenado».[9] Una fantasía digna de los juegos en Xbox. En cambio, en la realidad tangible, el «pensamiento, la esperanza y la pasión revolucionarios» se han remasterizado: la revolución fascista ya está en marcha de la mano de la «revolución permanente» de la técnica.

Esto ya ocurrió en las primeras dos décadas del siglo pasado y nada garantiza que no pueda repetirse en versión recargada. Ahora que vuelven a converger el culto al futuro, el fetichismo nacionalista, la idolatría al líder, la fascistización de las multitudes resentidas y el aceleracionismo tecnológico, todo indica que la única revolución posible es la tecnofascista y que su potencial resultante será la recreación del régimen de terror.

Anders vislumbró este escenario. Por eso sugería la identificación de «aquellas raíces que no han muerto tras el derrumbe del sistema del terror de Hitler […] raíces que, siendo más profundas que cualquier otra raíz histórica específica, podrían no haber desaparecido con tal derrumbe. En otras palabras: hay que escrutar aquellas raíces cuya existencia y persistencia hacen posible, e incluso probable, la repetición de lo monstruoso».[10]

Adorno también previno la repetición de lo monstruoso. En una conferencia impartida en 1967, este otro marxiano integrante de la Escuela de Frankfurt, reflexionó sobre la naturaleza del nacionalsocialismo con la mirada puesta en el futuro: «las condiciones que determinan los movimientos fascistas, a pesar del fracaso de estos, siguen vivas en todo momento en la sociedad […] el espectro del desempleo tecnológico anda suelto por el mundo en tal medida que, en la era de la automatización […] las personas que participan en el proceso de producción se sienten ya potencialmente de más […] se sienten ya en realidad potencialmente desempleados».[11]

Medio siglo después, esta percepción se vio reforzada por el tufo totalitario que inundó el ambiente durante la pandemia de SARS-CoV-2. Con la imposición de la «nueva normalidad» se concretaba de manera categórica la última Revolución tecnológica —sin duda, la más acelerada de la historia de las revoluciones— y con ella, cobraba fuerza «el espectro del desempleo tecnológico». En el proceso, en busca de «optimización» y «eficacia», se multiplicaron los artefactos de vigilancia algorítmica, controlando nuestros movimientos con la justificación de «prevenir contagios». Por si fuera poco, los dataístas lograron divorciar al placer del deseo. Todo quedaba sometido al tecnofascismo en curso.

Así lo advertimos a comienzos del 2020. En un texto, escrito a propósito de la pandemia, señalé que la globalización de la enfermedad estaba siendo perversamente utilizada para cambiar las reglas del juego. El «realismo capitalista» —posindustrial y posmoderno— enfrentaba una fase acelerada de mutación tecnológica, consolidando una nueva dominación hiperdigital cuyo principal fundamento eran las Smart cities y los sistemas de Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés) e Internet Industrial de las Cosas (IIoT). Ya para entonces atisbamos el afianzamiento «del ciberleviatán con una multitud de súbditos mucho más sumisos que los Minions».[12]

En el mismo tenor, observamos la inminente desaparición del mundo tal como lo conocíamos. La rápida propagación geográfica del famoso virus estaba «instigando una crisis multifactorial de proporciones aterradoras, originada por la abrupta alteración en la continuidad del flujo de mercancías –incluso de insumos y materias primas– y, la consecuente parálisis de los “momentos” –Marx dixit– de la producción».[13] Del mismo modo, adelantamos la llegada de una «tormenta perfecta en el seno de la economía global con efectos inmediatos en la dinámica de expansión y acumulación de capital».[14]

Habíamos detectado una mutación en nuestras vidas de la mano del trabajo a distancia, la enseñanza fuera del acotamiento espaciotemporal de la institución educativa, la imposición del comercio digital, la proliferación de plataformas de servicios y la acumulación de grandes cantidades de datos. No era que fuéramos videntes: estábamos viendo lo evidente. Muchas personas, desde diferentes capillas y múltiples ópticas ideológicas, percibieron el giro y alertaron el avance desproporcionado del poder a través del control algorítmico. No se trataba de la acostumbrada «vuelta de tuerca» del capitalismo tradicional. Tampoco nos hallábamos frente a otro proceso de reconversión programada para brincar la crisis y continuar expandiéndose. ¡No! Estábamos frente a lo impensado. Ante «algo» que interrumpía el curso regular de las cosas. Asistíamos al colapso del «capitalismo realmente existente». La añeja profecía marxiana se materializaba: el capitalismo se autodestruía. Solo que no se hizo pública su defunción.

Bifo —uno de los gurús más enaltecidos de la secta autonomista, devenido en protopopulista de «izquierda»— también oteó el «colapso catastrófico del capitalismo» en plena crisis sanitaria, anticipando «un horizonte de caos, agotamiento y tendencia a la extinción».[15]  En efecto, la pandemia desencadenó una mutación cismática que indujo la debacle del sistema capitalista. Pero, no fue la revolución que Marx y las fuerzas revolucionarias decimonónicas pretendían. El desarrollo orgánico intrínseco de la historia, profetizado por marxianos, anarco-comunistas y anarcosindicalistas, nunca se materializó. Tampoco se constituyó en sujeto revolucionario el «proletariado». Ni vio la luz la anhelada sociedad comunista fruto del conflicto entre las relaciones capitalistas de producción y las fuerzas productivas. En su lugar cobraba vida una revolución sin sujeto que instauró, sin previo aviso, algo diferente. Algo no revelado que remitió al basurero de la historia a «la cosa sin nombre» (Deleuze y Guattari dixit).

Ciertamente, aún no sabemos de qué va este advenimiento. No obstante, percibimos la presencia de un ente incognoscible. Una terrorífica creatura informe —a la manera lovecraftiana— aún en fase embrionaria, que ha sustituido de forma irreversible al «realismo capitalista». Una mutación de la forma de propiedad que, como señala Peter Frase, «cataliza la transformación de la sociedad en algo que no es reconocible como capitalismo, pero que, sin embargo, es tan desigual como este». De acuerdo con las elucubraciones de este leninista posmoderno, editor de Jacobin, lo que se viene consolidando en total anonimato, como una amenaza inminente, «es una sociedad más rentista que capitalista».[16]

Gustavo Rodríguez.

Planeta Tierra, a 15 de mayo 2026.


[1] Vid., Pariser, Eli. (2017) El filtro burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos. Madrid: Taurus, trad: Mercedes Vaquero. Versión digital disponible en: https://archive.org/details/el-filtro-burbuja-eli-pariser-1/page/n9/mode/2up  (Consultado 11/5/2026).

[2] Por supuesto, en este punto y ante mi recurrencia, no faltará quien abandone la lectura o levante la ceja y nos invite a evitar la identificación con los postulados de este teórico, particularmente, después de haber sido galardonado con el premio Princesa de Asturias. Habría que recordar aquí que, desde la primera vez que lo citamos —hace más de una década—, acusamos que se había incorporado al «nutrido elenco de estrellitas de la filosofía pop de la modernidad tardía (junto a Agamben, Espósito, Hardt, Negri, Rifkin, Dloterdik y Zizek, entre otros críticos light del capitalismo postmoderno)». En la misma nota, afirmé que era «un excelente diagnosta de la sociedad contemporánea [que] se niega a echar mano del bisturí e intervenir». Hoy lo reitero. Desde siempre identificamos sus debilidades y carencias, así como su exacerbada religiosidad (que oscila entre el catolicismo confeso y el budismo, pasando por los diversos Taos), sin embargo, esto no me impide recomendar de nueva cuenta su lectura en clave anárquica. Cfr. Rodríguez, Gustavo (2013), La explosión de la rabia: nueva sedición anárquica en el siglo XXI. Santiago de Chile: Internacional Negra ediciones, Nota 5, p.p. 5-6.

[3] Han, Byung-Chul. (2022) Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Buenos Aires: Taurus, trad. Joaquín Chamorro Mielke, p. 17.

[4] Lehning, Arthur. (1999). Conversaciones con Bakunin. Barcelona: Editorial Anagrama, trad.del francés: Enrique Hegewiez, p.p. 332-334.

[5] Ibíd.

[6] En este punto, habrá quienes pretendan presentar dos excepciones: la gesta revolucionaria española de 1936-1939 y la revolución cultural de 1968 que inauguró el mayo francés. Sin embargo, en ambos casos la conducción de la técnica es evidente, al igual que su desenlace autoritario.

[7] Anders, Günther. (2011). La obsolescencia del hombre. Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial (Volumen II). Valencia: Pre-Textos, trad. Josep Monter Pérez. p. 112.

[8] Las tres grandes oleadas de nacionalismo revolucionario se registraron a lo largo y ancho de Europa en 1820, 1830 y 1848, dando lugar a nuevos Estados nación. Es de destacar el surgimiento de Italia y Alemania como Estados-nación y el papel preponderante de estos Estados en el posterior desarrollo de nuevos regímenes de dominación total, como el nacional-populismo (fascismo) en Italia y el nacional-socialismo (nazismo) en Alemania.

[9] Para más información puede consultar la enciclopedia de Borderlands en Wiki. Disponible en: https://borderlands.fandom.com/es/wiki/Gaige

[10] Anders, Günther (2010). Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann. Barcelona-B.B.A.A.-México: Paidós, trad: Vicente Gómez Ibáñez. Disponible en línea en: https://archive.org/stream/pdfy-UXc8fDcEzlVVYCa-/7264144-AndersGunther-Nosostros-Los-Hijos-de-Eichmann_djvu.txt (Consultado 13/5/2026).

[11] Adorno, Theodor W. (2020) Rasgos del nuevo radicalismo de derecha. Una conferencia. Madrid: Taurus, pp. 10-12.

[12] Cfr. Rodríguez, Gustavo. (2020) COVID-19. La anarquía en tiempos de pandemia. México: Conspiración Internacional Anarquista, p.p. 3-4.

[13] Ibíd.

[14] Id.

[15]  Berardi, Franco. (2022) El tercer inconsciente: la psícoesfera en la época viral. Buenos Aires: Caja Negra, trad: Tadeo Lima, P.11

[16] Vid., Frase, Peter. (2020) Cuatro futuros. Ecología, robótica, trabajo y lucha de clases para después del capitalismo. Barcelona: Blackie Books.

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 4 Promedio: 5)

El camino se hace al andar: sobre el redescubrimiento de la anarquía en el anarquismo

7 Mayo 2026 at 17:40
Por: pegasus

Siempre que el nuevo tipo de totalitarismo que se está instalando a marchas forzadas en todo el mundo no lo impida, es muy posible, diría incluso que muy probable, que en un futuro no muy lejano se cree una herramienta que sea verdaderamente y por completo indominante.

Pero ya no será anarquismo, será otra cosa. Otra cosa que, al igual que el anarquismo, se opondrá a todas las formas de dominación y creará espacios y relaciones libres de dominación …

Tomás Ibáñez (2025)1

Menuda afirmación la que hace Tomás Ibáñez en su último artículo, con el que se inaugura este número de espero. ¿Acaso el anarquismo ha fracasado histórica e ideológicamente y ha acabado finalmente en el «montón de basura de la historia»2 , al que sus críticos marxistas querían desterrarlo?

El psicólogo social, filósofo y activista libertario español Tomás Ibáñez no solo se ha hecho un nombre como inventor del icónico símbolo de la A dentro de un círculo3, sino que también es conocido por ser el creador de nuevas definiciones del anarquismo4. Su última creación conceptual es el anarquismo no fundacional5, bajo el cual entiende un anarquismo que se distancia radicalmente de los dogmas clásicos y las certezas metafísicas. Ibáñez rompe con la idea de que la liberación de la humanidad del dominio y la explotación deba basarse en principios inmutables o en una «naturaleza humana» fija. En su lugar, destaca la primacía de la práctica, en la que la teoría y la ética se desarrollan orgánicamente a partir de la resistencia concreta en el aquí y ahora.

Del dogma al movimiento: el anarquismo no fundacional

El anarquismo no fundacional, tal y como lo define Ibáñez, es, por tanto, un anarquismo sin un fundamento ideológico fijo, sin verdades últimas y sin objetivos preestablecidos. Con ello, Ibáñez se desmarca de un modelo que ha sustentado durante mucho tiempo al anarquismo tradicional, a saber, la idea de que existe una especie de plano prefabricado: un orden natural, una sociedad racional o un objetivo histórico final hacia el que se dirige la historia del desarrollo de la humanidad. En Ibáñez, el anarquismo no aparece como una construcción ya terminada que solo queda por realizar, sino como algo que surge en la acción, en la práctica anarquista. Los principios que guían el proceso de desarrollo del anarquismo no-fundacional no están fijados desde el principio, sino que se van configurando en el propio proceso, en las confrontaciones concretas, en la vida cotidiana, en las decisiones espontáneas de los y las actoras.

De este modo, Ibáñez pretende evitar que un movimiento que tiene como objetivo la liberación caiga él mismo en la trampa de la dominación al imponer sus ideas a los demás – por ejemplo, al esbozar una imagen de una sociedad ideal que debe ser vinculante para todos. Es precisamente en este punto donde surgen esos «efectos de dominación» que el anarquismo pretende, en realidad, superar. Su alternativa es un anarquismo conscientemente minimalista, que renuncia a las grandes utopías, a las identidades fijas y a los objetivos finales a largo plazo. Se enfrenta con una desconfianza de principio a las grandes estructuras y a los sistemas doctrinales cerrados en sí mismos. Lo que queda es una práctica flexible de resistencia libertaria que no se orienta hacia horizontes lejanos, sino que apunta a socavar y hacer retroceder las relaciones de poder concretas en el aquí y ahora.

Ibáñez entiende el anarquismo reducido a su núcleo anárquico –tal y como lo define como anarquismo no fundacional– como un estado de tensión permanente: por un lado, el impulso incondicional de destrozar cualquier forma de dominio; por otro, la necesidad de orientación, de ideas compartidas, de un «sueño anarquista» común. Estos dos polos nunca se unen para formar un todo libre de contradicciones. El anarquismo no fundacional no pretende disolver la tensión resultante, sino que intenta mantenerla y soportarla conscientemente.

El nuevo pensamiento anarquista se manifiesta de forma especialmente concisa en su visión del presente. Hoy en día, el poder a menudo ya no se presenta como un dominio visible desde arriba, sino que actúa a través de mecanismos técnicos y sociales invisibles, por ejemplo, en forma de control digital o mediante el control algorítmico de los procesos de formación de la opinión. Precisamente porque el poder se ha vuelto tan difícil de alcanzar, Ibáñez no apuesta por la gran revolución, sino por una multitud de pequeñas intervenciones: acciones cotidianas y prácticas concretas que perturban las estructuras de poder y dominio, las eluden o las suspenden temporalmente.

El anarquismo se convierte así en una actitud de vigilancia y movimiento constantes. Se asemeja más a un proceso continuo que a un estado cerrado: algo frágil que cambia constantemente y que precisamente de esta movilidad obtiene su fuerza.

Entendido así, el anarquismo no-fundacional debe concebirse menos como una nueva teoría del anarquismo y más como una profunda reorientación del propio anarquismo: alejándose de las teorías anarquistas fijas, hacia una práctica abierta, móvil y conscientemente inconclusa de una anarquía vivida en la vida cotidiana.

Si el anarquismo no fundacional libera al anarquismo de sus últimos vestigios metafísicos y lo redefine como un movimiento abierto que surge de la práctica, entonces se desplaza al mismo tiempo el lugar en el que la anarquía se hace visible. Mientras que el anarquismo clásico entendía la anarquía principalmente como un objetivo político o como un estado social (a saber, la ausencia de dominio), el anarquismo no fundacional la sitúa en el «arte de no ser gobernado» y en la práctica de la resistencia permanente contra el dominio en el aquí y ahora.

La teoría se encuentra con la vida cotidiana: la síntesis entre apertura y pragmatismo

La anarquía ya no se presenta principalmente como un proyecto formulado programáticamente, sino como una práctica vivida que a menudo tiene lugar más allá de las autodefiniciones explícitamente anarquistas en la vida cotidiana de las personas. Ibáñez ha denominado a esta práctica anarquista que se desarrolla al margen del anarquismo tradicional «anarquismo extramuros»6, con lo que pretende describir aquellos momentos anárquicos que surgen fuera de los círculos organizados y sin etiqueta ideológica, en luchas concretas, cooperaciones espontáneas y experimentos colectivos de autoorganización social.

Aquí se produce un cambio decisivo: el anarquismo ya no se encuentra únicamente allí donde se declara expresamente como tal, sino también allí donde las personas practican de hecho relaciones libres de dominación. Esta perspectiva une el enfoque no fundacional con una larga tradición que destaca la primacía de la práctica, la política prefigurativa y el rechazo a las pretensiones de liderazgo vanguardistas. Al mismo tiempo, marca la transición hacia una concepción del anarquismo menos interesada en la radicalidad teórica que en la eficacia social.

En este punto, la concepción del anarquismo basada en argumentos filosóficos de Ibáñez se encuentra con el concepto sobrio del anarquismo pragmático, tal y como lo ha desarrollado el anarquista, arquitecto y publicista inglés Colin Ward desde la década de 19607. Bajo este concepto, Ward –que se remite aquí a Gustav Landauer (1870-1919) y Paul Goodman (1911-1972)– entiende sobre todo las manifestaciones ya existentes de una anarquía arraigada y vivida en la vida cotidiana, que define de la siguiente manera:

«De las muchas interpretaciones posibles del anarquismo, la que aquí se presenta sugiere que no se trata en absoluto de una visión especulativa de una sociedad futura, sino de la descripción de una forma de organización humana arraigada en las experiencias de la vida cotidiana y que funciona junto a las tendencias autoritarias predominantes de nuestra sociedad y a pesar de ellas. No se trata de una nueva versión del anarquismo. Gustav Landauer no veía en ello la fundación de algo nuevo, «sino la realización y la reconstrucción de algo que siempre ha existido, que coexiste con el Estado, aunque enterrado y devastado». Y un anarquista moderno, Paul Goodman, declaró: «Una sociedad libre no puede consistir en la sustitución del antiguo orden por un “nuevo orden”; es la ampliación de los ámbitos de libre acción hasta que estos constituyan la mayor parte de la vida social».8

Mientras Ibáñez deconstruye los fundamentos ideológicos de los sistemas de dominio existentes, Ward dirige su mirada hacia lo que lleva tiempo funcionando sin grandes teorías: las cooperativas, las redes vecinales y las estructuras autoorganizadas que surgen y prosperan a la sombra del orden existente. El anarquismo no se entiende aquí principalmente como una crítica, sino como una práctica constructiva que reconoce, fortalece y amplía los espacios de libertad existentes.

Ambos enfoques comparten el enfoque en el presente y en la práctica vivida más allá de las grandes utopías, pero difieren en su dirección: aquí la revuelta contra lo existente, allí la construcción de lo posible. Precisamente en esta tensión, su relación no resulta ser una contradicción, sino una dinámica complementaria de una nueva práctica anarquista arraigada en la vida cotidiana, que a la vez socava y crea.

Sin embargo, la viabilidad de este nuevo anarquismo solo se pone de manifiesto cuando abandona el ámbito de la reflexión abstracta y pasa a la práctica social concreta. Porque la verdadera prueba de fuego de un anarquismo así no reside en su rigor teórico, sino en su capacidad para demostrar su valía en las condiciones reales de la vida cotidiana –en situaciones en las que el poder no solo debe analizarse, sino que debe socavarse de hecho, y en las que las alternativas no solo deben pensarse, sino practicarse– . En esos momentos, la tensión entre crítica y construcción descrita anteriormente se condensa en una unidad práctica.

El ejemplo de Minneapolis: donde la ayuda vecinal radical despoja de poder al Leviatán

Un ejemplo casi ideal del nuevo anarquismo extramural de nuestros días es el movimiento de resistencia vecinal contra el fascismo de Trump surgido en 2025 en EEUU, tal y como se manifestó de forma más impresionante en las ciudades gemelas de Minneapolis y St. Paul en la primavera de 2026.9

Para comprender lo que ocurrió allí, hay que conocer el contexto en el que se gestó la resistencia de la sociedad civil contra el terror estatal.

El 20 de enero de 2025, inmediatamente después de su toma de posesión, el Gobierno de Trump ordenó la supresión de las denominadas «zonas protegidas», es decir, aquellas zonas de protección para migrantes en las que hasta entonces las autoridades de inmigración no podían actuar: iglesias, escuelas, hospitales, centros sociales. De este modo, todo el área urbana de Minneapolis y St. Paul se convirtió en zona de operaciones para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y las unidades de la Patrulla Fronteriza y del Departamento de Seguridad Nacional que le están adscritas. Las redadas llevadas a cabo por las fuerzas de intervención del régimen de Trump bajo el nombre de «Operación Metro Surge» (Operación Ofensiva Metro) convirtieron los barrios residenciales afectados de las Ciudades Gemelas en zonas de ocupación similares a un campo de batalla.

El 7 de enero de 2026, Renée Nicole Good, madre de tres hijos, escritora y miembro de la Red de Respuesta Rápida10 en Minneapolis, fue asesinada a tiros en su coche por un agente de la Oficina de Inmigración y Aduanas de EEUU (ICE). Su asesino había estado persiguiendo a «inmigrantes ilegales» en su barrio junto con otros agentes federales, y Good se interpuso en su camino con su coche. Dos semanas después, el 24 de enero, Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos y también miembro de la Red de Respuesta Rápida, fue asesinado a quemarropa por agentes del ICE cuando intentaba acudir en ayuda de una mujer que yacía en el suelo.

El asesinato de estas dos activistas marcó el dramático punto álgido de una escalada estatal y, al mismo tiempo, fue el momento en el que la resistencia vecinal se manifestó con mayor claridad. Porque lo que se formó en Minneapolis no fue una protesta política clásica. Así, el movimiento de resistencia vecinal estuvo formado por los actores más es, como grupos religiosos, demócratas liberales, sindicatos, comunidades migrantes y diversos activistas de izquierda y radicales, que actuaron conjuntamente sin considerarse a sí mismos «anarquistas». Aquí, en la resistencia de la sociedad civil de los barrios amenazados por el terror de las redadas del ICE, se hizo visible lo que Ibáñez describe como «anarquismo extramural», es decir, una forma de anarquismo que se manifiesta fuera de los límites institucionales e ideológicos del anarquismo tradicional, especialmente en el uso cotidiano de principios y métodos anarquistas en contextos de la sociedad civil.

El movimiento no siguió ningún programa uniforme, ninguna teoría vinculante ni ningún objetivo final predeterminado. Más bien surgió de manera situacional a partir de la necesidad inmediata de reaccionar ante la violencia estatal. Sus principios se forjaron en las propias acciones de resistencia: en el bloqueo espontáneo de vehículos del ICE, en la organización de cadenas de alarma o en la defensa colectiva de los vecinos y vecinas. Al mismo tiempo, en el movimiento se puso de manifiesto una marcada tendencia pragmática, tal y como la describió Colin Ward. Y es que la resistencia de las comunidades afectadas por las redadas del ICE no se limitó a interrumpir la violencia estatal, sino que creó al mismo tiempo alternativas funcionales en la vida cotidiana: patrullas vecinales, redes de abastecimiento, estructuras de comunicación descentralizadas y una contraeconomía improvisada.

Aquí, la anarquía no solo se hizo visible como negación del dominio, sino como una práctica social concreta que garantizaba el abastecimiento, la seguridad y la coordinación más allá de las instituciones estatales. El uso de la comunicación cifrada, la organización de repartos de alimentos o la creación de redes autónomas de abastecimiento son ejemplos de precisamente esa anarquía vivida en la vida cotidiana a la que Ward dirige la mirada en su concepto de anarquismo pragmático.

El núcleo organizativo de la resistencia en Minneapolis y St. Paul es la Rapid Response Network. No es una asociación, ni un partido, ni una organización con estatutos y junta directiva. Es una red, horizontal, descentralizada, sin liderazgo central, un denso entramado de barrios, iniciativas y personas. Las decisiones surgen de forma situacional, allí donde se necesitan. La estructura horizontal del movimiento impide que el poder se consolide y, al mismo tiempo, hace que la red sea extraordinariamente ágil. Así surge una «imprevisibilidad organizada», en la que muchas personas actúan de forma autónoma, sin depender de las órdenes de una dirección central. Esto hace que la red de resistencia vecinal sea difícil de identificar y vigilar para la ICE, lo que la convierte en prácticamente indestructible. La autora anarquista Margaret Killjoy describe los principios libertarios y democráticos de esta resistencia vecinal de la siguiente manera:

«Este movimiento no carece de liderazgo, sino que cuenta con muchos líderes. No basta con detener a unas pocas personas concretas para detenerlo. Dado que está formado por tantas redes interconectadas, no serviría de nada que un actor malintencionado lograra perturbar una sola parte de la red […]. Dado que la red es democrática –aunque no en el sentido de las votaciones, sino en el sentido de que la dirigen las personas que forman parte de ella y no una vanguardia de líderes– , las ideas solo se llevan a cabo cuando cuentan con el apoyo general».11

La «imprevisibilidad organizada» de la resistencia vecinal de Minneapolis no es un concepto abstracto, sino que caracteriza la vida cotidiana de la resistencia vecinal. El poder estatal no solo es desafiado, sino que se hace visible y se somete a control social. Al mismo tiempo, esta práctica va más allá de la resistencia inmediata, ya que, paralelamente a las intervenciones contra la represión estatal , se formó en el movimiento una infraestructura socioeconómica descentralizada de abastecimiento. Los restaurantes se convierten en cocinas para la alimentación comunitaria, los espacios privados en talleres, los garajes en lugares de reparación. Los docentes organizan almacenes de alimentos, los voluntarios se encargan de los servicios de transporte, la atención médica y el cuidado. En Minneapolis y St. Paul no se trata de gestos políticos simbólicos, sino de la construcción de alternativas sociales que funcionan: se asumen tareas sociales sin esperar a las instituciones estatales.

Precisamente ahí radica la conexión con un nuevo anarquismo que no apuesta por la gran ruptura, sino que parte de lo existente y se concreta en el aquí y ahora. Los recursos no se crean de nuevo, sino que se reutilizan. Las capacidades, los espacios y las relaciones que ya existen se organizan de otra manera. La práctica misma genera la estructura, y no al revés.

Llama la atención también la amplitud de la participación. La unidad no surge de un programa común, sino de la acción conjunta. La práctica se convierte así en el elemento aglutinador. De este modo se crea un movimiento doble: por un lado, se perturba concretamente el poder estatal –mediante bloqueos, presencia pública, presión económica– ; por otro lado, se construyen estructuras paralelas que hacen que este poder resulte en parte superfluo. La resistencia y la construcción coinciden.

Quizás sea precisamente ahí donde resida la verdadera fuerza de este nuevo anarquismo extramural, tal y como se manifiesta en el movimiento de resistencia vecinal de Minnesota y St. Paul, y en muchas otras ciudades de EEUU. El movimiento se mantiene abierto, lo que le permite una gran capacidad de adaptación y, al mismo tiempo, evita endurecimientos ideológicos. No es ni puramente defensivo ni utópicamente alejado de la realidad. En cambio, muestra cómo los principios libertarios cobran eficacia cuando se traducen en una práctica vecinal concreta: de forma silenciosa, sin espectacularidad y de manera sostenible. Desestabiliza el poder estatal mediante la perturbación, la visibilización y la presencia colectiva, al tiempo que desarrolla, en paralelo, estructuras autónomas de autoorganización.

Del anarquismo teorizado a la anarquía vivida

Si, pues, la sociedad se encamina hacia la anarquía gracias al anarquismo extramural –y, por tanto, prácticamente en piloto automático social–, ¿para qué se necesitan entonces los anarquistas? No es una pregunta injustificada si se observa el estado de los movimientos libertarios contemporáneos.12 Porque, de hecho, el anarquismo contemporáneo se ha desconectado en gran medida de la vida real de sus conciudadanos no anarquistas. En concreto, el anarquismo organizado de la vieja escuela, arraigado en las tradiciones socialrevolucionarias del movimiento obrero y orientado a la lucha de clases, con sus raíces en las teorías y conceptos del anarquismo comunista, es un movimiento que parece haber quedado fuera de su tiempo. Con lo cual no se quiere decir nada en contra de las tradiciones y el cultivo de las mismas. A la gente le encantan sus tradiciones, y esto también se aplica a los anarquistas, porque les dan seguridad y confianza en el futuro. Las asociaciones folclóricas, la moda tradicional y las representaciones históricas demuestran el gran valor que tiene la tradición para las personas. Pero un anarquismo que pretenda realmente cambiar algo en la sociedad hoy en día debe seguir caminos distintos a los tradicionales.

Aunque desde el punto de vista político haya que considerar el anarquismo tradicional como un movimiento que ha fracasado históricamente, su influencia cultural e ideológica ha tenido un éxito sorprendente. Y es que son los principios tradicionalmente anarquistas, como la horizontalidad y la descentralización (antijerarquía), la ayuda mutua, la acción directa, la autogestión y la contraeconomía, los que se manifestaron en la resistencia vecinal de Minneapolis y St. Paul y los que finalmente ayudaron al movimiento a alcanzar el éxito, al obligar al régimen de Trump, el 12 de de febrero de 2026 a declarar oficialmente el fin de la «Operación Metro Surge» y a ordenar la retirada de las fuerzas federales de las Ciudades Gemelas.

El distanciamiento filosófico que Tomás Ibáñez establece, con su concepto de anarquismo no fundacional, respecto a los dogmas clásicos y las certezas metafísicas del anarquismo tradicional, combinado con el anarquismo pragmático defendido por Colin Ward, vuelve a situar la anarquía como perspectiva del anarquismo en primer plano – como una convivencia solidaria y libre de dominación, realizada en el aquí y ahora de la vida cotidiana, tal y como se puso de manifiesto de manera ejemplar en el movimiento de resistencia vecinal de Minneapolis y St. Paul. Su verdadera fuerza reside en la conexión de estos dos momentos. La apertura no fundacional permite una gran capacidad de adaptación y evita el endurecimiento ideológico, mientras que la orientación pragmática genera capacidad de acción concreta y estabilidad social.

Por último, pero no por ello menos importante, la síntesis de los conceptos anarquistas de Tomás Ibáñez y Colin Ward se manifiesta también en la forma en que el movimiento de resistencia vecinal se enfrentó a la violencia estatal. En lugar de apostar por una escalada de la confrontación, utilizó la presencia colectiva, la deslegitimación social y la presión económica para hacer que las operaciones estatales quedaran en nada. Esta estrategia combinaba el socavamiento crítico del poder con la construcción de un contrapoder social, una interacción que no era ni es puramente destructiva ni puramente constructiva, sino ambas cosas a la vez.

En conjunto, el movimiento de resistencia vecinal, tal y como pudimos presenciarlo en la primavera de 2026 en Minneapolis y St. Paul, resulta ser un ejemplo vivo de una práctica anarquista que prescinde de la autoafirmación ideológica y que precisamente en ello despliega su fuerza. Demuestra que la anarquía, en el sentido de Ibáñez, surge allí donde las personas se sustraen al dominio, y se hace efectiva, en el sentido de Ward, allí donde genera formas viables de convivencia. En su forma concreta, demostró que la síntesis de ambos enfoques no tiene por qué quedarse en una construcción teórica, sino que puede materializarse en el día a día de las luchas sociales.

Jochen Schmück

Jochen Schmück: «Der Weg entsteht beim Gehen: Von der Wiederentdeckung der Anarchie im Anarchismus»“», en: espero (nueva serie), n.º 13, julio de 2026, pp. 173-185 (en línea).

Fuente: https://redeslibertarias.com/2026/05/07/el-camino-se-hace-al-andar-sobre-el-redescubrimiento-de-la-anarquia-en-el-anarquismo/

Bibliografía
• Gordon, Kelly y Ellen Finn: «Nearly 30,000 Minnesotans trained as constitutional observers», en: MPRnews: Stay Curious. Stay Connected, 2 de febrero de 2026 (en línea).
• Ibáñez, Tomás: «El anarquismo justo antes, durante, y después de Venecia ‘84: un breve repaso», en: Redes Libertarias, publicado el 23 de octubre de 2024 (en línea).
• Ibáñez, Tomás: Anarquismo no fundacional. Afrontando la dominación en el siglo XX, Barcelona: Editorial Gedisa, 2024.
• Ibáñez, Tomás: «La irreductible, y sin embargo fecunda, contradicción anarquista», en Redes Libertarias, publicado 10 de septiembre de 2025 (en línea).
• Ibáñez, Tomás, Amedeo Bertolo y Marianne Enckell: «Los sesenta años de la A en un círculo)», en: espero (N.F.), publicado el 9 de abril de 2024 (en línea).
• Killjoy, Margaret: «Our Neighbors in Minneapolis or: What I Saw While I Was There», en: Birds Before the Storm, 26 de enero de 2026 (en línea).
• Malabou, Catherine: «Künstlicher Anarchismus: Eine Antwort auf die künstliche Intelligenz» utiliza para ello el concepto de anarquismo de facto», véase espero (Potsdam), n.º 11 (julio de 2025), pp. 89-103 (en línea | PDF).
• Schmück, Jochen: «Minneapolis – Wo radikale Nachbarschaftshilfe den Leviathan entmachtet», en: graswurzelrevolution, n.º 507 (marzo de 2026), pp. 4-5 (en línea).
• Scott-Brown, Sophie: «Inventing Ordinary Anarchy in Cold War Britain», in: Modern Intellectual History, vol. 20 (2023), no. 4 (December), pp. 1251-1272. DOI: 10.1017/S1479244323000057 (en línea | PDF).
• Ward, Colin: Anarchy in Action, Londres: Freedom Press, 1996.
• Wolf, Siegbert: «Der Traum ist aus!? Dennoch alles tun, damit er Wirklichkeit wird – Ein Weckruf», en: espero (Potsdam), n.º 12 (enero de 2026), pp. 11-51 (en línea | PDF) .


  1. Tomás Ibáñez: «La irreductible, y sin embargo fecunda, contradicción anarquista», en Redes Libertarias, publicado 10 de septiembre de 2025 (en línea). 
  2. La expresión «el montón de estiércol de la historia» fue acuñada originalmente por Lev Trotski (1879-1940), quien la dirigió en 1917, en el II Congreso Panruso de Soviets, contra los mencheviques, los marxistas moderados. Más tarde, esta retórica se extendió en la Unión Soviética a todos los opositores políticos, en particular a los anarquistas (como los seguidores de Néstor Majnó en Ucrania o los insurgentes de Kronstadt), que finalmente fueron liquidados política y físicamente por los bolcheviques. 
  3. Véase Tomás Ibáñez, Amedeo Bertolo y Marianne Enckell: «Los sesenta años de la A en un círculo)», en: espero (N.F.), publicado el 9 de abril de 2024 (en línea). 
  4. Entre ellos se encuentran –por citar solo algunos de los términos acuñados por Ibáñez y utilizados en sus obras para designar diferentes manifestaciones del anarquismo más reciente– el anarquismo sin dogmas, el anarquismo extramuros, el anarquismo constructivo, el anarquismo existencial, el anarquismo indominante y el anarquismo minimalista
  5. Véase Tomás Ibáñez: Anarquismo no fundacional. Afrontando la dominación en el siglo XX, Barcelona: Editorial Gedisa, 2024. 
  6. Para la definición del término «anarquismo extramuros», véase Tomás Ibáñez: «El anarquismo justo antes, durante, y después de Venecia ‘84: un breve repaso», en: Redes Libertarias, publicado el 23 de octubre de 2024 (en línea). Se encuentra una concepción similar en Catherine Malabou, quien en su artículo «Künstlicher Anarchismus: Eine Antwort auf die künstliche Intelligenz» utiliza para ello el concepto de anarquismo de facto, véase espero, Potsdam, n.º 11 (julio de 2025), op. cit., p. 92. Ambos conceptos pretenden abarcar nuevas formas de actuación anarquista que se manifiestan en la acción social más allá de los movimientos anarquistas establecidos. Sin embargo, mientras que el anarquismo extramural según Ibáñez sigue comprometido, también en su orientación social, con los ideales del anarquismo clásico, el anarquismo de facto –al menos en los ejemplos citados por Malabou– tiende hacia un pensamiento libertario que muestra una clara proximidad al espectro de ideas anarcocapitalistas. Independientemente de la perspectiva desde la que se contemple este fenómeno, queda claro que la idea de la anarquía vivida ha llegado a la vida cotidiana de las personas. 
    Para más información sobre Colin Ward y su concepto de «anarquismo pragmático», véase Sophie Scott-Brown: «Inventing Ordinary Anarchy in Cold War Britain», in: Modern Intellectual History, vol. 20 (2023), no. 4 (December), pp. 1251-1272. DOI: 10.1017/S1479244323000057 (en línea | PDF). 
  7. Para más información sobre Colin Ward y su concepto de «anarquismo pragmático», véase Sophie Scott-Brown: «Inventing Ordinary Anarchy in Cold War Britain», in: Modern Intellectual History, vol. 20 (2023), no. 4 (December), pp. 1251-1272. DOI: 10.1017/S1479244323000057 (en línea | PDF). 
  8. Colin Ward: Anarchy in Action, Londres: Freedom Press, 1996, p. 18 (trad. del inglés por el autor). 
  9. Véase también la descripción más detallada de los acontecimientos en mi ensayo «Minneapolis – Wo radikale Nachbarschaftshilfe den Leviathan entmachtet», en: graswurzelrevolution, n.º 507 (marzo de 2026), pp. 4-5 (en línea). 
  10. La Rapid Response Network se fundó en mayo de 2008 en San Francisco, California, como una iniciativa de la sociedad civil para la protección de los inmigrantes frente a las redadas del ICE. Surgió como reacción directa a las redadas en el restaurante El Balazo, en las que fueron detenidos 63 inmigrantes. Especialmente tras la elección de Donald Trump en 2016, la red se extendió a otras grandes ciudades de EE. UU. para proteger a los inmigrantes de la deportación por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). En Minnesota, especialmente en las ciudades gemelas de Minneapolis/St. Paul, grupos como Defend 612 e ICE Watch coordinan esta labor, centrándose en patrullas vecinales y vigilancia escolar. Según la Red de Defensa de los Inmigrantes, en 77 de los 87 condados de Minnesota se ha formado formalmente a casi 30 000 personas como observadores constitucionales. Estos observan y documentan las actividades de organismos como el ICE, prestando atención a posibles violaciones de los derechos. Otros 6.000 voluntarios registrados prestan apoyo, por ejemplo, con el transporte de alimentos, el servicio de transporte o los servicios de traducción. Además, más de un centenar de organizaciones sin ánimo de lucro y sindicatos forman parte de la red. Véase Kelly Gordon y Ellen Finn: «Nearly 30,000 Minnesotans trained as constitutional observers», en: MPRnews: Stay Curious. Stay Connected, 2 de febrero de 2026 (en línea). 
  11. Margaret Killjoy: «Our Neighbors in Minneapolis or: What I Saw While I Was There», en: Birds Before the Storm, 26 de enero de 2026 (en línea), (trad. del inglés por el autor). 
  12. Véase al respecto Siegbert Wolf: « Der Traum ist aus!? Dennoch alles tun, damit er Wirklichkeit wird – Ein Weckruf », en: espero (N. F.), n.º 12 (enero de 2026), pp. 11-51 (en línea | PDF). 
¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 2 Promedio: 5)

Jornadas antimilitarismo anarquista

3 Mayo 2026 at 17:42
Por: editor

La Biblioteca La Maldita organiza unas jornadas de antimilitarismo anarquista que se desarrollarán a lo largo del presente mes de mayo y las que se incluyen charlas-debates y presentaciones de libros a cargo de varios ponentes.

Las jornadas darán comienzo el sábado, 9 de mayo, con sesión doble ya que a las 12:00 horas está programada la charla-debate La Guerra está aquí que será dinamizada por el colectivo Prometeo Ediciones a partir del contenido del libro La transición a la guerra en casa y, a partir de las 18:00 horas la Coordinadora Anarquista en Defensa de la Tierra planteará un debate que, bajo el título Guerras y extractivismo, reflexionara acerca de la potencialidad del antimilitarismo de sentido anarquista.

Por último, el sábado 23 de mayo, a las 19:00 horas, se presentará el libro Contra la guerra, contra la paz que correrá a cargo de la editorial Afilando nuestras vidas, y en el que se aborda el actual guerra entre Rusia y Ucrania como un conflicto que beneficia al sistema capitalista y a las clases dominantes de ambos territorios enfrentados.

Por un 1º de Mayo obrero, combativo y libertario en Burgos

30 Abril 2026 at 16:41
Por: editor

El 1 de mayo condensa una historia de huelga, represión, solidaridad y dignidad obrera. Su sentido sigue vivo en la lucha de clases, en la resistencia frente al capital y en el rechazo de las jerarquías patriarcales. Por todo ello se ha convocado una Manifestación libertaria que tomará partida desde la plaza del Cid a partir de las 13:00 horas y recorrerá las calles del centro de Burgos.

El 1 de mayo, nació como una jornada de combate obrero, como fecha de memoria y como llamamiento a la organización de clase. Su raíz no está en los despachos ni en la benevolencia de los gobiernos, sino en la lucha de quienes, frente a jornadas extenuantes, salarios de miseria y una disciplina fabril brutal, decidieron plantar cara al capital, quienes, no conformándose con ser sus esclavos asalariados, decidieron luchar por un mundo nuevo y pelear por la emancipación social. Ocho anarquistas pagaron con su vida tal desafío.

Este 2026 se cumplen 90 años de la Revolución Social de 1936, referente en la lucha por la emancipación social de los trabajadores, que demostró cómo la organización obrera puede parar la reacción fascista. En estos tiempos convulsos no debemos ignorar los numerosos aprendizajes que nos dejó; entre ellos, que no se puede pactar con la burguesía ni con los autoritarios, ya que estos pactos nos llevarían inevitablemente a la derrota del ideal libertario y revolucionario. Como personas libertarias y anarquistas, sabemos que la revolución debe apuntar al Estado y al capital desde el primer momento.
Hoy seguimos viviendo momentos en los que la vida es aplastada bajo el peso del sistema. Mientras que la riqueza se concentra en manos de unos pocos, las obreras sufrimos condiciones cada vez más precarias; cargando con situaciones de estrés, responsabilidades, abusos, explotaciones e injusticias diarias. No somos solo productoras y consumidoras; se nos reduce a cifras, a rendimiento, a piezas reemplazables. Ser obrera no puede ser sinónimo de sacrificio, sino de conciencia, organización y resistencia. Somos la fuerza que levanta cada fábrica, cada oficina, cada escuela. No aceptamos la precariedad como futuro, ni la explotación como norma.

Debemos señalar, por un lado, al sistema capitalista como causa de las crisis, de las inflaciones y la creciente desigualdad; por otro lado, a sus secuaces (CCOO, UGT, CSIF…) que han vendido el movimiento obrero a la patronal y al Estado, firmando negociaciones que producen asco y vergüenza, convirtiéndose así en enemigos de la clase trabajadora. Mientras que los beneficios se acumulan en la cima, quienes producimos realmente la riqueza vivimos en una lucha constante por llegar a fin de mes. Todo esto se suma al miedo por perder el trabajo y la imposibilidad de proyectar un futuro digno.

Hoy, cuando la precariedad cambia de nombre para parecer modernidad, el sentido del 1 de mayo conserva toda su vigencia. Las subcontratas, la temporalidad, los accidentes laborales y las muertes en los trabajos, la extensión encubierta de la jornada, la disponibilidad total, los falsos autónomos, la feminización y racialización de los empleos peor pagados muestran que la vieja cuestión social no ha desaparecido. Por eso el 1 de mayo exige algo más que nostalgia. Exige organización en los centros de trabajo y fuera de ellos. Exige reconstruir vínculos de solidaridad entre plantillas fragmentadas. Exige un sindicalismo de combate y una mirada feminista de clase, capaz de reconocer que ninguna emancipación obrera será completa si deja intactas las jerarquías patriarcales.
Conviene subrayar algo que el sindicalismo domesticado suele olvidar: el 1 de mayo no fue concebido para pedir permiso, sino para medir fuerzas. En la tradición libertaria y anarcosindicalista, esta fecha no remite a una celebración vacía, sino a una pedagogía de la dignidad.
Sería infame no mirar más allá de nuestras narices y obviar la realidad que nos rodea.
En un contexto global de guerra y deshumanización, vemos cómo la apropiación por la fuerza de los recursos y territorios ajenos nos retrotrae a las políticas belicistas y colonialistas, provocando el desplazamiento de millones de personas, destruyendo infraestructuras de todo tipo, masacrando a poblaciones indefensas, bombardeando escuelas, hospitales…

La guerra es característica indispensable y permanente del sistema estatal y capitalista. Según los intereses de la clase dominante, la guerra es desplegada de un modo u otro. Dentro o fuera de nuestros territorios, en la forma colonial, imperialista y extractivista, o dentro de nuestras fronteras, recrudeciendo las condiciones de vida de los oprimidos para aumentar los beneficios de la clase dominante, precarizando más nuestras vidas. El antimilitarismo anarquista debe estar presente en la lucha de clases, no como elemento pacificador, sino como detonante del cambio. Debe ser punto de partida para enfrentar al estado militarista, los ejércitos y las jerarquías, así como las soluciones autoritarias. Porque el cambio social llegará con la disolución del poder en todas sus formas.
Observamos cómo los movimientos sociales han sido reducidos al meme, la lucha y los ideales revolucionarios convertidos en un tuit, la artificialización de la vida ha permeado en los movimientos revolucionarios y de base convirtiéndolos en parte del espectáculo democrático. Obsesionados con los likes, el postureo y la batalla virtual, se ha conseguido mistificar la lucha y los ideales revolucionarios. En nuestra mano está salir de la rueda plantear la alternativa que resquebraje el sistema y nos lleve a la victoria.

Creemos que hay que recuperar la potencialidad revolucionaria que tienen la acción directa, la confrontación y la radicalidad. Tantos años de “convivencia democrática” han terminado por pacificar el movimiento obrero y convertirlo en su propio verdugo.
Ya vale de falsas promesas, ya basta de reforma y de pedir que se cumplan los derechos, basta de mendigar al poder, basta de creer que la democracia y el sistema pueden ser reformados y justos. El capitalismo es nuestro enemigo y el Estado su brazo armado; tendremos que ir a por el todo, tendremos que hablar de revolución, organizarnos y poner en riesgo nuestros privilegios, porque el que no arriesga no gana.

¡1º de mayo: obrero, combativo y libertario!

CNT-CGT-Biblioteca Anarquista La Maldita

Manifestación libertaria 1º de mayo en Burgos

20 Abril 2026 at 07:37
Por: editor

El próximo viernes 1º de mayo de 2026 tendrá lugar en Burgos la ya habitual manifestación que bajo el lema 1º de Mayo, obrero, combativo y libertario  convocan las organizaciones anarcosindicalistas CNT y CGT junto con la Biblioteca Anarquista La Maldita. La iniciativa, que recorrerá algunas de las principales calles del centro de la ciudad, dará comienzo a partir de las 13:00 horas desde la plaza del Cid.

La espiral del librepensamiento. Sáhara libre.

25 Febrero 2024 at 10:28

Desde hace unos meses lo que era un podcast solo en redes se emite en las ondas de Radio Topo compartiendo horario con Todas las mañanas del Mundo. La espiral del librepensamiento es un programa mensual sobre historia, política, filosofía y cotidianidad humana. Relatos de textos, libros, música y cine. Reflexión, debate, conciencia y acción. […]

La entrada La espiral del librepensamiento. Sáhara libre. se publicó primero en Radio Topo.

❌