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AnteayerSalida Principal

Laura Ortiz Gómez: “El pasado nos abre las llagas vivas, pero también muestra que hubo luchas más valientes”

31 Mayo 2026 at 09:58

Hay libros que no se leen. Se sienten, se escuchan, se contorsionan y se padecen como un organismo vivo que respira y late entre las manos. Así es la primera novela de Laura Ortiz Gómez (Bogotá, 1986). Editada en España por Barrett, Indócil despliega una arquitectura narrativa tan exuberante que desborda sus propios muros: una casa contestona y anárquica que, desde sus primeras páginas, revela sus intenciones: «No me sometí. Decían mi casa. Y yo, recién nacida, decía para adentro: soy la casa de mí».

Esta obra es, además de un grito contra la injusticia, la celebración rebelde de la belleza. Con una lírica ingobernable que estira el lenguaje y lo rompe para narrar el despojo, Ortiz enarbola las palabras para reclamar, entre el moho, las filtraciones y los huesos insepultos de una niña tehuelche, el derecho fundamental al que aspiraba el pensador peruano José Carlos Mariátegui: la lucha irrenunciable por el pan y la belleza. Así, la autora reivindica la transformación social como un reordenamiento estético: «Se trataba de reorganizar el cosmos y de barrer».

Ante la pregunta de si el ser humano «no domesticado» es esencialmente anarquista, la autora reflexiona: «La parte utópica es pensar en un mundo sin jerarquías, pero ¿cómo pensamos el poder que cada uno tiene en el mundo? En todas nuestras relaciones se está renegociando ese poder. Quizás, lo interesante del anarquismo sea proponer una conciencia sobre el propio poder y sobre la negociación con el otro de manera más horizontal, menos impositiva y, por lo tanto, más fácil para que el diálogo sea posible, como en las comunidades indígenas de mi país, Colombia, o en comunidades rurales y afro donde la organización todavía tiene una dimensión humana».

En esta ficción, espejo de feria donde la historia argentina devuelve el reflejo deforme de lo que, más que nunca, un reclamo vigente por el derecho a la vivienda, el trabajo y la dignidad, Ortiz rescata la Huelga de las Escobas de 1907: un levantamiento de mujeres anarquistas contra el hacinamiento en los conventillos. Con ella ha logrado un hallazgo: traducir ideas teóricas y políticas en imágenes poéticas que estremecen. Así, la desobediencia civil en Indócil se convierte, inevitablemente, en desobediencia lingüística.

Hablas de temas que se rehúyen, como la esclavización de mujeres en el trabajo doméstico, la precarización de inmigrantes, los proyectos estructurados de exclusión social, la normalización de la pedofilia, el expolio de etnias indígenas, la aporofobia…

Estos temas siempre han estado presentes y eso lo fui descubriendo en la investigación. A veces, en nuestra fascinación con lo contemporáneo, olvidamos que las preguntas son muy viejas y que los reclamos siguen siendo los mismos. Impresiona que pensamos que la historia tiene asuntos zanjados y, aunque suene un cliché, en Latinoamérica somos países circulares. Las luchas no resueltas vuelven y aparecen, pero cada vez con un sentido más dramático, más urgente. Cuando me puse a investigar los finales del siglo XIX y comienzos del XX en Argentina, encontré cosas fascinantes como estos movimientos anarquistas de mujeres que ya tenían publicaciones, diarios, donde se hacían unas preguntas muy de avanzada. Ya se estaban cuestionando a Dios, a las instituciones, a las jerarquías, el control de natalidad, el amor no monogámico, el acceso a la tierra y la vivienda…

Entonces, solo detenernos un poquitito en el pasado nos abre de nuevo todos los problemas, todas las llagas vivas, pero también nos muestra que en ese pasado hubo luchas más valientes o más imaginativas. Lo que me interesó del anarquismo de comienzos del siglo XX fue descubrir que pedían de cara a la utopía, que cuestionaban no solo la repartición material de las cosas, sino la noción misma de la propiedad, y esto es un tema para retomar cuando la precarización es cada vez más grande, cuando nos están quitando la esperanza y todo parece tener una sensación de sin salida. 

Tu novela es un ser vivo igual que la casa protagonista. Provoca un impacto sensorial, quizás más cercano a la música que a la literatura.

Efectivamente es un libro muy musical, muy visceral, porque quería que esta casa fuese, sobre todo, el cuerpo de la casa y tuviera una voz verdadera. Una voz que me hizo preguntarme por un lenguaje casa y por un cuerpo así. Entonces, antes de encontrar esa voz, hubo un proceso de investigación histórica profundo acompañado de mucho diseño de la trama: el andamio racional sobre el que me paro para luego dejar entrar una voz extraña para que la lengua supure algo muy insubordinado, algo no jerárquico, algo poético.

Y esto resulta palpable en la sucesión de imágenes de Indócil, cuando la autora, como un viaje lisérgico donde el ritmo se acelera, se ralentiza y, de pronto, arremete de nuevo con fuerza de marea, se sumerge en desigualdades estructurales y logra del lector una respuesta orgánica, física.

La precariedad laboral de los migrantes, las políticas de limpieza racial, el machismo, la pederastia permitida y la herida abierta de la propiedad privada, entre otros temas tan oportunos como dolientes, habitan esta casa de Buenos Aires, donde Vira y Olena, dos sirvientas ucranianas sometidas a un régimen de explotación que roza el esclavismo, son vistas por sus patrones como un ente indivisible donde el fallo de una ocasiona el castigo de la otra.

A pesar de esa oscuridad, la casa palpita con ellas: se enamora de su fragilidad, de su amor y su ternura, las reconoce con la fuerza de un ser vivo mientras se reclama a sí misma, insubordinada ante quienes creen poseerla. El mismo sentido de justicia poética impregna a Taras, el hermano que reinventa la rapiña –calzones, frasquitos de perfume, billetes, huesos humanos–, para convertirla en instalaciones llenas de belleza. «Fuimos bellos, ya nadie se acuerda», susurra la casa entre escombros.

La relación rebelde con la palabra es lo que permite que el relámpago perfore el dolor a través de otros personajes luminosos como Ulises, el niño útil y fulgurante que sabe abrir cualquier puerta, o como Acracia, la niña muda.

Indócil no es solo una historia de resistencia, es la prueba de que la belleza es una forma de militancia: una manera de interpelar la realidad desde un lugar donde el lenguaje, por fin, se siente libre.  

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El Acratador 9/02/12

11 Febrero 2012 at 23:24

Mundo de términos confusos. Democracias que no lo son, o a lo mejor es que lo que estamos padeciendo es lo que en realidad nos vendieron en la manida Transición democrática. Un planeta convulso en que la represión cotidiana genera noticias de las que nos hacemos altavoz. Frío febrero, preludio, quizás, de un año caliente.

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El Acratador 15-Diciembre-2011

16 Diciembre 2011 at 12:28

Un principio con no muy buena calidad de sonido, pero un programa de contenido especialmente centrado en el anticapitalismo y sus consecuencias. Sección especial dedicada al fiasco del proyecto de Gran Scala en los Monegros aragoneses, macroproyecto de casinos y parques temáticos, que comparamos con otro fiasco similar, el Reino de don Quijote en Ciudad […]

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Tiempos aciagos

25 Mayo 2026 at 18:36
Por: pegasus

«Hemos preparado una civilización global en la que los elementos más cruciales —el transporte, las comunicaciones y todas las demás industrias; la agricultura, la medicina, la educación, el ocio, la protección del medio ambiente, e incluso la institución democrática— dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una garantía de desastre. Podríamos seguir así una temporada pero, antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara».


Carl Sagan (1995), El mundo y sus demonios.

Todo antagonismo, toda resistencia, toda crítica, todo disenso y todo intento sedicioso, hoy puede ser pronosticado en base a la detección automática de patrones de datos. De ahí que la dominación algorítmica pueda anticipar la próxima jugada y «poner el parche antes de que salga el grano». Sin embargo, continuamos esperando la llegada de un futuro distópico sin percatarnos que el procesamiento masivo de datos con fines de control social, de la mano de la revolución acelerada de la técnica, ha consolido esa distopía aquí y ahora. Mientras muchos compañeros continúan perdidos, enfrascados en la lucha inútil contra caducos molinos de viento, el control social absoluto se ha establecido con ayuda de las nuevas tecnologías. Se trata de máquinas de predicción, «cuyo objetivo —según Pariser— es crear y perfeccionar constantemente una teoría acerca de quién eres, lo que harás y lo que desearás a continuación».[1]

Mediante este proceso maquinal, el poder ha invadido los rincones más íntimos de la existencia, incluido el horizonte de lo imaginable. La dominación, a través de las tecnologías de la información y la comunicación, ha penetrado de manera eficaz cada poro del inconsciente colectivo. Así se expande y fortalece, segundo a segundo, cuantificando «likes», «búsquedas», «visitas» y «contenidos». De esta forma extrae una cantidad ingente de información que le permite conocer no solo nuestros gustos y deseos sino el menor malestar en cientos de millones de interconexiones, optimizando la toma de decisiones frente al mínimo descontento sin necesidad de recurrir a una acción enérgica en sentido enfático. Dicho de otro modo, sin alterar la percepción de «libertad» y «autonomía» de la servidumbre digital. Lo que encierra una ironía manifiesta: al no materializarse el poder en su modalidad tradicional, libertad y poder terminan siendo sinónimos. Así, los conceptos de opresión, explotación y alienación se esfuman. Justo cuando más explotación, más alienación y mayor opresión se avecinan.

En la prisión sin muros del poder algorítmico todos se auto-oprimen y se auto-explotan hasta el burnout. Pero nadie, excepto los victimistas, se admite a sí mismo explotado u oprimido. Y, por regla general, quienes militan en esa tendencia siempre han estado más preocupados por el like —enfatizando su papel de mártires a la espera del mesías populista— que en desatar la insurrección. El like, como afirma Byung-Chul Han,[2] «excluye toda revolución».[3] No obstante, vale recalcar que la revolución antiautoritaria ya era cadáver mucho antes de que el like le diera el tiro de gracia.

Desde 1875 Mijaíl Bakunin percibió la fibrilación ventricular de la revolución antiautoritaria. En una carta dirigida a su compañero de lucha Elisée Reclus, el incasable insurrecto dejaba registro de su diagnóstico: «la revolución se ha metido, de momento, en cama, volvemos a caer en el período de las evoluciones, es decir, en el de las revoluciones subterráneas, invisibles e incluso a menudo insensibles. La evolución que se está produciendo hoy día es muy peligrosa, si no para la humanidad entera, sí al menos para algunas naciones […] la hora de la revolución ha pasado, no a causa de los espantosos desastres de los que hemos sido testigos y de las terribles derrotas de las que hemos sido víctimas más o menos culpables, sino porque, para mi gran desesperación, he constatado y constato cada día otra vez, que el pensamiento, la esperanza y la pasión revolucionarios no se encuentran en las masas, y cuando esto ocurre, por mucho que se combata por los flancos, no se hará nada de nada».[4]

Ciento cincuenta años después, el análisis bakuniniano no deja de inquietar a incondicionales y detractores. Lamentablemente, Bakunin falleció «demasiado decepcionado desde muchos puntos de vista»[5] sin poder darle una formulación teórica más acabada a su diagnosis. Empero, los acontecimientos le dieron la razón: la revolución antiautoritaria no solo se metió en cama, sino que falleció de muerte súbita. La Comuna de París sería el último intento de revolución antiautoritaria. Desde entonces a la fecha, todas las revoluciones serían conducidas por la técnica con su consabido desenlace autoritario.[6]

En la década de 1970, Günter Anders afirmó con absoluta convicción que «la única revolución auténtica y global que ha tenido lugar en nuestra época y que, a diferencia de otra, sigue teniendo lugar en realidad como revolución permanente, es la de la técnica, que permanece neutral respecto al sistema, es decir, ha implantado su dictadura por igual aquí y allá, y se mantiene constante incluso tras cambios políticos repentinos, como si nada hubiera ocurrido, o sea, sigue desarrollándose de manera frenética. […] Tal vez las revoluciones conocidas de nuestra época, que en cuanto políticas se presentaron incluso como acciones salvadoras, sólo se hayan travestido y, en el mejor de los casos, sólo se hayan malinterpretado como tales. En realidad, los cambios obedecían a exigencias técnicas».[7]

La evolución («muy peligrosa») que vislumbraba Bakunin en el ocaso decimonónico no fue otra cosa que la incubación del ideal nacionalpopulista que eclosionó en las primeras décadas del siglo XX, dando vida a las revoluciones fascistas (roja, negra y parda).[8] Fue entonces, en el contexto de las tensiones entre socialismo y barbarie, que el «pensamiento, la esperanza y la pasión revolucionarios» volvieron a poseer a las multitudes de miserables, resentidos e indignados que se sumaron eufóricos a la pandemia de socialismos cuartelarios. En medio de esa trama, el culto al futuro y la modernidad tecnológica dieron cuerpo al socialismo bárbaro de los regímenes de dominación total, progenitores de Auschwitz y el archipiélago Gulag.  

De momento, en la tercera década del siglo XXI, con 99% de las personas que residen en occidente dependiendo de que Google Maps o Waze les trace la ruta para escapar del tráfico de las mega urbes o que Spotify les «regale» algo que escuchar para sobrevivir la inercia cotidiana, nos queda claro que cualquier intento por resucitar la revolución antiautoritaria requerirá de los gadgets tecnológicos que sean necesarios para «habitar» dos realidades: la concreta y la digital. Así las cosas, en este escenario de ciencia-ficción, el nuevo «sujeto revolucionario» será la «encarnación» de Gaige, la joven iconoclasta de Borderlands equipada con «Anarquía» y demás «habilidades» de «Caos Ordenado».[9] Una fantasía digna de los juegos en Xbox. En cambio, en la realidad tangible, el «pensamiento, la esperanza y la pasión revolucionarios» se han remasterizado: la revolución fascista ya está en marcha de la mano de la «revolución permanente» de la técnica.

Esto ya ocurrió en las primeras dos décadas del siglo pasado y nada garantiza que no pueda repetirse en versión recargada. Ahora que vuelven a converger el culto al futuro, el fetichismo nacionalista, la idolatría al líder, la fascistización de las multitudes resentidas y el aceleracionismo tecnológico, todo indica que la única revolución posible es la tecnofascista y que su potencial resultante será la recreación del régimen de terror.

Anders vislumbró este escenario. Por eso sugería la identificación de «aquellas raíces que no han muerto tras el derrumbe del sistema del terror de Hitler […] raíces que, siendo más profundas que cualquier otra raíz histórica específica, podrían no haber desaparecido con tal derrumbe. En otras palabras: hay que escrutar aquellas raíces cuya existencia y persistencia hacen posible, e incluso probable, la repetición de lo monstruoso».[10]

Adorno también previno la repetición de lo monstruoso. En una conferencia impartida en 1967, este otro marxiano integrante de la Escuela de Frankfurt, reflexionó sobre la naturaleza del nacionalsocialismo con la mirada puesta en el futuro: «las condiciones que determinan los movimientos fascistas, a pesar del fracaso de estos, siguen vivas en todo momento en la sociedad […] el espectro del desempleo tecnológico anda suelto por el mundo en tal medida que, en la era de la automatización […] las personas que participan en el proceso de producción se sienten ya potencialmente de más […] se sienten ya en realidad potencialmente desempleados».[11]

Medio siglo después, esta percepción se vio reforzada por el tufo totalitario que inundó el ambiente durante la pandemia de SARS-CoV-2. Con la imposición de la «nueva normalidad» se concretaba de manera categórica la última Revolución tecnológica —sin duda, la más acelerada de la historia de las revoluciones— y con ella, cobraba fuerza «el espectro del desempleo tecnológico». En el proceso, en busca de «optimización» y «eficacia», se multiplicaron los artefactos de vigilancia algorítmica, controlando nuestros movimientos con la justificación de «prevenir contagios». Por si fuera poco, los dataístas lograron divorciar al placer del deseo. Todo quedaba sometido al tecnofascismo en curso.

Así lo advertimos a comienzos del 2020. En un texto, escrito a propósito de la pandemia, señalé que la globalización de la enfermedad estaba siendo perversamente utilizada para cambiar las reglas del juego. El «realismo capitalista» —posindustrial y posmoderno— enfrentaba una fase acelerada de mutación tecnológica, consolidando una nueva dominación hiperdigital cuyo principal fundamento eran las Smart cities y los sistemas de Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés) e Internet Industrial de las Cosas (IIoT). Ya para entonces atisbamos el afianzamiento «del ciberleviatán con una multitud de súbditos mucho más sumisos que los Minions».[12]

En el mismo tenor, observamos la inminente desaparición del mundo tal como lo conocíamos. La rápida propagación geográfica del famoso virus estaba «instigando una crisis multifactorial de proporciones aterradoras, originada por la abrupta alteración en la continuidad del flujo de mercancías –incluso de insumos y materias primas– y, la consecuente parálisis de los “momentos” –Marx dixit– de la producción».[13] Del mismo modo, adelantamos la llegada de una «tormenta perfecta en el seno de la economía global con efectos inmediatos en la dinámica de expansión y acumulación de capital».[14]

Habíamos detectado una mutación en nuestras vidas de la mano del trabajo a distancia, la enseñanza fuera del acotamiento espaciotemporal de la institución educativa, la imposición del comercio digital, la proliferación de plataformas de servicios y la acumulación de grandes cantidades de datos. No era que fuéramos videntes: estábamos viendo lo evidente. Muchas personas, desde diferentes capillas y múltiples ópticas ideológicas, percibieron el giro y alertaron el avance desproporcionado del poder a través del control algorítmico. No se trataba de la acostumbrada «vuelta de tuerca» del capitalismo tradicional. Tampoco nos hallábamos frente a otro proceso de reconversión programada para brincar la crisis y continuar expandiéndose. ¡No! Estábamos frente a lo impensado. Ante «algo» que interrumpía el curso regular de las cosas. Asistíamos al colapso del «capitalismo realmente existente». La añeja profecía marxiana se materializaba: el capitalismo se autodestruía. Solo que no se hizo pública su defunción.

Bifo —uno de los gurús más enaltecidos de la secta autonomista, devenido en protopopulista de «izquierda»— también oteó el «colapso catastrófico del capitalismo» en plena crisis sanitaria, anticipando «un horizonte de caos, agotamiento y tendencia a la extinción».[15]  En efecto, la pandemia desencadenó una mutación cismática que indujo la debacle del sistema capitalista. Pero, no fue la revolución que Marx y las fuerzas revolucionarias decimonónicas pretendían. El desarrollo orgánico intrínseco de la historia, profetizado por marxianos, anarco-comunistas y anarcosindicalistas, nunca se materializó. Tampoco se constituyó en sujeto revolucionario el «proletariado». Ni vio la luz la anhelada sociedad comunista fruto del conflicto entre las relaciones capitalistas de producción y las fuerzas productivas. En su lugar cobraba vida una revolución sin sujeto que instauró, sin previo aviso, algo diferente. Algo no revelado que remitió al basurero de la historia a «la cosa sin nombre» (Deleuze y Guattari dixit).

Ciertamente, aún no sabemos de qué va este advenimiento. No obstante, percibimos la presencia de un ente incognoscible. Una terrorífica creatura informe —a la manera lovecraftiana— aún en fase embrionaria, que ha sustituido de forma irreversible al «realismo capitalista». Una mutación de la forma de propiedad que, como señala Peter Frase, «cataliza la transformación de la sociedad en algo que no es reconocible como capitalismo, pero que, sin embargo, es tan desigual como este». De acuerdo con las elucubraciones de este leninista posmoderno, editor de Jacobin, lo que se viene consolidando en total anonimato, como una amenaza inminente, «es una sociedad más rentista que capitalista».[16]

Gustavo Rodríguez.

Planeta Tierra, a 15 de mayo 2026.


[1] Vid., Pariser, Eli. (2017) El filtro burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos. Madrid: Taurus, trad: Mercedes Vaquero. Versión digital disponible en: https://archive.org/details/el-filtro-burbuja-eli-pariser-1/page/n9/mode/2up  (Consultado 11/5/2026).

[2] Por supuesto, en este punto y ante mi recurrencia, no faltará quien abandone la lectura o levante la ceja y nos invite a evitar la identificación con los postulados de este teórico, particularmente, después de haber sido galardonado con el premio Princesa de Asturias. Habría que recordar aquí que, desde la primera vez que lo citamos —hace más de una década—, acusamos que se había incorporado al «nutrido elenco de estrellitas de la filosofía pop de la modernidad tardía (junto a Agamben, Espósito, Hardt, Negri, Rifkin, Dloterdik y Zizek, entre otros críticos light del capitalismo postmoderno)». En la misma nota, afirmé que era «un excelente diagnosta de la sociedad contemporánea [que] se niega a echar mano del bisturí e intervenir». Hoy lo reitero. Desde siempre identificamos sus debilidades y carencias, así como su exacerbada religiosidad (que oscila entre el catolicismo confeso y el budismo, pasando por los diversos Taos), sin embargo, esto no me impide recomendar de nueva cuenta su lectura en clave anárquica. Cfr. Rodríguez, Gustavo (2013), La explosión de la rabia: nueva sedición anárquica en el siglo XXI. Santiago de Chile: Internacional Negra ediciones, Nota 5, p.p. 5-6.

[3] Han, Byung-Chul. (2022) Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Buenos Aires: Taurus, trad. Joaquín Chamorro Mielke, p. 17.

[4] Lehning, Arthur. (1999). Conversaciones con Bakunin. Barcelona: Editorial Anagrama, trad.del francés: Enrique Hegewiez, p.p. 332-334.

[5] Ibíd.

[6] En este punto, habrá quienes pretendan presentar dos excepciones: la gesta revolucionaria española de 1936-1939 y la revolución cultural de 1968 que inauguró el mayo francés. Sin embargo, en ambos casos la conducción de la técnica es evidente, al igual que su desenlace autoritario.

[7] Anders, Günther. (2011). La obsolescencia del hombre. Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial (Volumen II). Valencia: Pre-Textos, trad. Josep Monter Pérez. p. 112.

[8] Las tres grandes oleadas de nacionalismo revolucionario se registraron a lo largo y ancho de Europa en 1820, 1830 y 1848, dando lugar a nuevos Estados nación. Es de destacar el surgimiento de Italia y Alemania como Estados-nación y el papel preponderante de estos Estados en el posterior desarrollo de nuevos regímenes de dominación total, como el nacional-populismo (fascismo) en Italia y el nacional-socialismo (nazismo) en Alemania.

[9] Para más información puede consultar la enciclopedia de Borderlands en Wiki. Disponible en: https://borderlands.fandom.com/es/wiki/Gaige

[10] Anders, Günther (2010). Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann. Barcelona-B.B.A.A.-México: Paidós, trad: Vicente Gómez Ibáñez. Disponible en línea en: https://archive.org/stream/pdfy-UXc8fDcEzlVVYCa-/7264144-AndersGunther-Nosostros-Los-Hijos-de-Eichmann_djvu.txt (Consultado 13/5/2026).

[11] Adorno, Theodor W. (2020) Rasgos del nuevo radicalismo de derecha. Una conferencia. Madrid: Taurus, pp. 10-12.

[12] Cfr. Rodríguez, Gustavo. (2020) COVID-19. La anarquía en tiempos de pandemia. México: Conspiración Internacional Anarquista, p.p. 3-4.

[13] Ibíd.

[14] Id.

[15]  Berardi, Franco. (2022) El tercer inconsciente: la psícoesfera en la época viral. Buenos Aires: Caja Negra, trad: Tadeo Lima, P.11

[16] Vid., Frase, Peter. (2020) Cuatro futuros. Ecología, robótica, trabajo y lucha de clases para después del capitalismo. Barcelona: Blackie Books.

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El Acratador 3-Nov-16

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Acratador 20 Octubre 16

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El camino se hace al andar: sobre el redescubrimiento de la anarquía en el anarquismo

7 Mayo 2026 at 17:40
Por: pegasus

Siempre que el nuevo tipo de totalitarismo que se está instalando a marchas forzadas en todo el mundo no lo impida, es muy posible, diría incluso que muy probable, que en un futuro no muy lejano se cree una herramienta que sea verdaderamente y por completo indominante.

Pero ya no será anarquismo, será otra cosa. Otra cosa que, al igual que el anarquismo, se opondrá a todas las formas de dominación y creará espacios y relaciones libres de dominación …

Tomás Ibáñez (2025)1

Menuda afirmación la que hace Tomás Ibáñez en su último artículo, con el que se inaugura este número de espero. ¿Acaso el anarquismo ha fracasado histórica e ideológicamente y ha acabado finalmente en el «montón de basura de la historia»2 , al que sus críticos marxistas querían desterrarlo?

El psicólogo social, filósofo y activista libertario español Tomás Ibáñez no solo se ha hecho un nombre como inventor del icónico símbolo de la A dentro de un círculo3, sino que también es conocido por ser el creador de nuevas definiciones del anarquismo4. Su última creación conceptual es el anarquismo no fundacional5, bajo el cual entiende un anarquismo que se distancia radicalmente de los dogmas clásicos y las certezas metafísicas. Ibáñez rompe con la idea de que la liberación de la humanidad del dominio y la explotación deba basarse en principios inmutables o en una «naturaleza humana» fija. En su lugar, destaca la primacía de la práctica, en la que la teoría y la ética se desarrollan orgánicamente a partir de la resistencia concreta en el aquí y ahora.

Del dogma al movimiento: el anarquismo no fundacional

El anarquismo no fundacional, tal y como lo define Ibáñez, es, por tanto, un anarquismo sin un fundamento ideológico fijo, sin verdades últimas y sin objetivos preestablecidos. Con ello, Ibáñez se desmarca de un modelo que ha sustentado durante mucho tiempo al anarquismo tradicional, a saber, la idea de que existe una especie de plano prefabricado: un orden natural, una sociedad racional o un objetivo histórico final hacia el que se dirige la historia del desarrollo de la humanidad. En Ibáñez, el anarquismo no aparece como una construcción ya terminada que solo queda por realizar, sino como algo que surge en la acción, en la práctica anarquista. Los principios que guían el proceso de desarrollo del anarquismo no-fundacional no están fijados desde el principio, sino que se van configurando en el propio proceso, en las confrontaciones concretas, en la vida cotidiana, en las decisiones espontáneas de los y las actoras.

De este modo, Ibáñez pretende evitar que un movimiento que tiene como objetivo la liberación caiga él mismo en la trampa de la dominación al imponer sus ideas a los demás – por ejemplo, al esbozar una imagen de una sociedad ideal que debe ser vinculante para todos. Es precisamente en este punto donde surgen esos «efectos de dominación» que el anarquismo pretende, en realidad, superar. Su alternativa es un anarquismo conscientemente minimalista, que renuncia a las grandes utopías, a las identidades fijas y a los objetivos finales a largo plazo. Se enfrenta con una desconfianza de principio a las grandes estructuras y a los sistemas doctrinales cerrados en sí mismos. Lo que queda es una práctica flexible de resistencia libertaria que no se orienta hacia horizontes lejanos, sino que apunta a socavar y hacer retroceder las relaciones de poder concretas en el aquí y ahora.

Ibáñez entiende el anarquismo reducido a su núcleo anárquico –tal y como lo define como anarquismo no fundacional– como un estado de tensión permanente: por un lado, el impulso incondicional de destrozar cualquier forma de dominio; por otro, la necesidad de orientación, de ideas compartidas, de un «sueño anarquista» común. Estos dos polos nunca se unen para formar un todo libre de contradicciones. El anarquismo no fundacional no pretende disolver la tensión resultante, sino que intenta mantenerla y soportarla conscientemente.

El nuevo pensamiento anarquista se manifiesta de forma especialmente concisa en su visión del presente. Hoy en día, el poder a menudo ya no se presenta como un dominio visible desde arriba, sino que actúa a través de mecanismos técnicos y sociales invisibles, por ejemplo, en forma de control digital o mediante el control algorítmico de los procesos de formación de la opinión. Precisamente porque el poder se ha vuelto tan difícil de alcanzar, Ibáñez no apuesta por la gran revolución, sino por una multitud de pequeñas intervenciones: acciones cotidianas y prácticas concretas que perturban las estructuras de poder y dominio, las eluden o las suspenden temporalmente.

El anarquismo se convierte así en una actitud de vigilancia y movimiento constantes. Se asemeja más a un proceso continuo que a un estado cerrado: algo frágil que cambia constantemente y que precisamente de esta movilidad obtiene su fuerza.

Entendido así, el anarquismo no-fundacional debe concebirse menos como una nueva teoría del anarquismo y más como una profunda reorientación del propio anarquismo: alejándose de las teorías anarquistas fijas, hacia una práctica abierta, móvil y conscientemente inconclusa de una anarquía vivida en la vida cotidiana.

Si el anarquismo no fundacional libera al anarquismo de sus últimos vestigios metafísicos y lo redefine como un movimiento abierto que surge de la práctica, entonces se desplaza al mismo tiempo el lugar en el que la anarquía se hace visible. Mientras que el anarquismo clásico entendía la anarquía principalmente como un objetivo político o como un estado social (a saber, la ausencia de dominio), el anarquismo no fundacional la sitúa en el «arte de no ser gobernado» y en la práctica de la resistencia permanente contra el dominio en el aquí y ahora.

La teoría se encuentra con la vida cotidiana: la síntesis entre apertura y pragmatismo

La anarquía ya no se presenta principalmente como un proyecto formulado programáticamente, sino como una práctica vivida que a menudo tiene lugar más allá de las autodefiniciones explícitamente anarquistas en la vida cotidiana de las personas. Ibáñez ha denominado a esta práctica anarquista que se desarrolla al margen del anarquismo tradicional «anarquismo extramuros»6, con lo que pretende describir aquellos momentos anárquicos que surgen fuera de los círculos organizados y sin etiqueta ideológica, en luchas concretas, cooperaciones espontáneas y experimentos colectivos de autoorganización social.

Aquí se produce un cambio decisivo: el anarquismo ya no se encuentra únicamente allí donde se declara expresamente como tal, sino también allí donde las personas practican de hecho relaciones libres de dominación. Esta perspectiva une el enfoque no fundacional con una larga tradición que destaca la primacía de la práctica, la política prefigurativa y el rechazo a las pretensiones de liderazgo vanguardistas. Al mismo tiempo, marca la transición hacia una concepción del anarquismo menos interesada en la radicalidad teórica que en la eficacia social.

En este punto, la concepción del anarquismo basada en argumentos filosóficos de Ibáñez se encuentra con el concepto sobrio del anarquismo pragmático, tal y como lo ha desarrollado el anarquista, arquitecto y publicista inglés Colin Ward desde la década de 19607. Bajo este concepto, Ward –que se remite aquí a Gustav Landauer (1870-1919) y Paul Goodman (1911-1972)– entiende sobre todo las manifestaciones ya existentes de una anarquía arraigada y vivida en la vida cotidiana, que define de la siguiente manera:

«De las muchas interpretaciones posibles del anarquismo, la que aquí se presenta sugiere que no se trata en absoluto de una visión especulativa de una sociedad futura, sino de la descripción de una forma de organización humana arraigada en las experiencias de la vida cotidiana y que funciona junto a las tendencias autoritarias predominantes de nuestra sociedad y a pesar de ellas. No se trata de una nueva versión del anarquismo. Gustav Landauer no veía en ello la fundación de algo nuevo, «sino la realización y la reconstrucción de algo que siempre ha existido, que coexiste con el Estado, aunque enterrado y devastado». Y un anarquista moderno, Paul Goodman, declaró: «Una sociedad libre no puede consistir en la sustitución del antiguo orden por un “nuevo orden”; es la ampliación de los ámbitos de libre acción hasta que estos constituyan la mayor parte de la vida social».8

Mientras Ibáñez deconstruye los fundamentos ideológicos de los sistemas de dominio existentes, Ward dirige su mirada hacia lo que lleva tiempo funcionando sin grandes teorías: las cooperativas, las redes vecinales y las estructuras autoorganizadas que surgen y prosperan a la sombra del orden existente. El anarquismo no se entiende aquí principalmente como una crítica, sino como una práctica constructiva que reconoce, fortalece y amplía los espacios de libertad existentes.

Ambos enfoques comparten el enfoque en el presente y en la práctica vivida más allá de las grandes utopías, pero difieren en su dirección: aquí la revuelta contra lo existente, allí la construcción de lo posible. Precisamente en esta tensión, su relación no resulta ser una contradicción, sino una dinámica complementaria de una nueva práctica anarquista arraigada en la vida cotidiana, que a la vez socava y crea.

Sin embargo, la viabilidad de este nuevo anarquismo solo se pone de manifiesto cuando abandona el ámbito de la reflexión abstracta y pasa a la práctica social concreta. Porque la verdadera prueba de fuego de un anarquismo así no reside en su rigor teórico, sino en su capacidad para demostrar su valía en las condiciones reales de la vida cotidiana –en situaciones en las que el poder no solo debe analizarse, sino que debe socavarse de hecho, y en las que las alternativas no solo deben pensarse, sino practicarse– . En esos momentos, la tensión entre crítica y construcción descrita anteriormente se condensa en una unidad práctica.

El ejemplo de Minneapolis: donde la ayuda vecinal radical despoja de poder al Leviatán

Un ejemplo casi ideal del nuevo anarquismo extramural de nuestros días es el movimiento de resistencia vecinal contra el fascismo de Trump surgido en 2025 en EEUU, tal y como se manifestó de forma más impresionante en las ciudades gemelas de Minneapolis y St. Paul en la primavera de 2026.9

Para comprender lo que ocurrió allí, hay que conocer el contexto en el que se gestó la resistencia de la sociedad civil contra el terror estatal.

El 20 de enero de 2025, inmediatamente después de su toma de posesión, el Gobierno de Trump ordenó la supresión de las denominadas «zonas protegidas», es decir, aquellas zonas de protección para migrantes en las que hasta entonces las autoridades de inmigración no podían actuar: iglesias, escuelas, hospitales, centros sociales. De este modo, todo el área urbana de Minneapolis y St. Paul se convirtió en zona de operaciones para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y las unidades de la Patrulla Fronteriza y del Departamento de Seguridad Nacional que le están adscritas. Las redadas llevadas a cabo por las fuerzas de intervención del régimen de Trump bajo el nombre de «Operación Metro Surge» (Operación Ofensiva Metro) convirtieron los barrios residenciales afectados de las Ciudades Gemelas en zonas de ocupación similares a un campo de batalla.

El 7 de enero de 2026, Renée Nicole Good, madre de tres hijos, escritora y miembro de la Red de Respuesta Rápida10 en Minneapolis, fue asesinada a tiros en su coche por un agente de la Oficina de Inmigración y Aduanas de EEUU (ICE). Su asesino había estado persiguiendo a «inmigrantes ilegales» en su barrio junto con otros agentes federales, y Good se interpuso en su camino con su coche. Dos semanas después, el 24 de enero, Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos y también miembro de la Red de Respuesta Rápida, fue asesinado a quemarropa por agentes del ICE cuando intentaba acudir en ayuda de una mujer que yacía en el suelo.

El asesinato de estas dos activistas marcó el dramático punto álgido de una escalada estatal y, al mismo tiempo, fue el momento en el que la resistencia vecinal se manifestó con mayor claridad. Porque lo que se formó en Minneapolis no fue una protesta política clásica. Así, el movimiento de resistencia vecinal estuvo formado por los actores más es, como grupos religiosos, demócratas liberales, sindicatos, comunidades migrantes y diversos activistas de izquierda y radicales, que actuaron conjuntamente sin considerarse a sí mismos «anarquistas». Aquí, en la resistencia de la sociedad civil de los barrios amenazados por el terror de las redadas del ICE, se hizo visible lo que Ibáñez describe como «anarquismo extramural», es decir, una forma de anarquismo que se manifiesta fuera de los límites institucionales e ideológicos del anarquismo tradicional, especialmente en el uso cotidiano de principios y métodos anarquistas en contextos de la sociedad civil.

El movimiento no siguió ningún programa uniforme, ninguna teoría vinculante ni ningún objetivo final predeterminado. Más bien surgió de manera situacional a partir de la necesidad inmediata de reaccionar ante la violencia estatal. Sus principios se forjaron en las propias acciones de resistencia: en el bloqueo espontáneo de vehículos del ICE, en la organización de cadenas de alarma o en la defensa colectiva de los vecinos y vecinas. Al mismo tiempo, en el movimiento se puso de manifiesto una marcada tendencia pragmática, tal y como la describió Colin Ward. Y es que la resistencia de las comunidades afectadas por las redadas del ICE no se limitó a interrumpir la violencia estatal, sino que creó al mismo tiempo alternativas funcionales en la vida cotidiana: patrullas vecinales, redes de abastecimiento, estructuras de comunicación descentralizadas y una contraeconomía improvisada.

Aquí, la anarquía no solo se hizo visible como negación del dominio, sino como una práctica social concreta que garantizaba el abastecimiento, la seguridad y la coordinación más allá de las instituciones estatales. El uso de la comunicación cifrada, la organización de repartos de alimentos o la creación de redes autónomas de abastecimiento son ejemplos de precisamente esa anarquía vivida en la vida cotidiana a la que Ward dirige la mirada en su concepto de anarquismo pragmático.

El núcleo organizativo de la resistencia en Minneapolis y St. Paul es la Rapid Response Network. No es una asociación, ni un partido, ni una organización con estatutos y junta directiva. Es una red, horizontal, descentralizada, sin liderazgo central, un denso entramado de barrios, iniciativas y personas. Las decisiones surgen de forma situacional, allí donde se necesitan. La estructura horizontal del movimiento impide que el poder se consolide y, al mismo tiempo, hace que la red sea extraordinariamente ágil. Así surge una «imprevisibilidad organizada», en la que muchas personas actúan de forma autónoma, sin depender de las órdenes de una dirección central. Esto hace que la red de resistencia vecinal sea difícil de identificar y vigilar para la ICE, lo que la convierte en prácticamente indestructible. La autora anarquista Margaret Killjoy describe los principios libertarios y democráticos de esta resistencia vecinal de la siguiente manera:

«Este movimiento no carece de liderazgo, sino que cuenta con muchos líderes. No basta con detener a unas pocas personas concretas para detenerlo. Dado que está formado por tantas redes interconectadas, no serviría de nada que un actor malintencionado lograra perturbar una sola parte de la red […]. Dado que la red es democrática –aunque no en el sentido de las votaciones, sino en el sentido de que la dirigen las personas que forman parte de ella y no una vanguardia de líderes– , las ideas solo se llevan a cabo cuando cuentan con el apoyo general».11

La «imprevisibilidad organizada» de la resistencia vecinal de Minneapolis no es un concepto abstracto, sino que caracteriza la vida cotidiana de la resistencia vecinal. El poder estatal no solo es desafiado, sino que se hace visible y se somete a control social. Al mismo tiempo, esta práctica va más allá de la resistencia inmediata, ya que, paralelamente a las intervenciones contra la represión estatal , se formó en el movimiento una infraestructura socioeconómica descentralizada de abastecimiento. Los restaurantes se convierten en cocinas para la alimentación comunitaria, los espacios privados en talleres, los garajes en lugares de reparación. Los docentes organizan almacenes de alimentos, los voluntarios se encargan de los servicios de transporte, la atención médica y el cuidado. En Minneapolis y St. Paul no se trata de gestos políticos simbólicos, sino de la construcción de alternativas sociales que funcionan: se asumen tareas sociales sin esperar a las instituciones estatales.

Precisamente ahí radica la conexión con un nuevo anarquismo que no apuesta por la gran ruptura, sino que parte de lo existente y se concreta en el aquí y ahora. Los recursos no se crean de nuevo, sino que se reutilizan. Las capacidades, los espacios y las relaciones que ya existen se organizan de otra manera. La práctica misma genera la estructura, y no al revés.

Llama la atención también la amplitud de la participación. La unidad no surge de un programa común, sino de la acción conjunta. La práctica se convierte así en el elemento aglutinador. De este modo se crea un movimiento doble: por un lado, se perturba concretamente el poder estatal –mediante bloqueos, presencia pública, presión económica– ; por otro lado, se construyen estructuras paralelas que hacen que este poder resulte en parte superfluo. La resistencia y la construcción coinciden.

Quizás sea precisamente ahí donde resida la verdadera fuerza de este nuevo anarquismo extramural, tal y como se manifiesta en el movimiento de resistencia vecinal de Minnesota y St. Paul, y en muchas otras ciudades de EEUU. El movimiento se mantiene abierto, lo que le permite una gran capacidad de adaptación y, al mismo tiempo, evita endurecimientos ideológicos. No es ni puramente defensivo ni utópicamente alejado de la realidad. En cambio, muestra cómo los principios libertarios cobran eficacia cuando se traducen en una práctica vecinal concreta: de forma silenciosa, sin espectacularidad y de manera sostenible. Desestabiliza el poder estatal mediante la perturbación, la visibilización y la presencia colectiva, al tiempo que desarrolla, en paralelo, estructuras autónomas de autoorganización.

Del anarquismo teorizado a la anarquía vivida

Si, pues, la sociedad se encamina hacia la anarquía gracias al anarquismo extramural –y, por tanto, prácticamente en piloto automático social–, ¿para qué se necesitan entonces los anarquistas? No es una pregunta injustificada si se observa el estado de los movimientos libertarios contemporáneos.12 Porque, de hecho, el anarquismo contemporáneo se ha desconectado en gran medida de la vida real de sus conciudadanos no anarquistas. En concreto, el anarquismo organizado de la vieja escuela, arraigado en las tradiciones socialrevolucionarias del movimiento obrero y orientado a la lucha de clases, con sus raíces en las teorías y conceptos del anarquismo comunista, es un movimiento que parece haber quedado fuera de su tiempo. Con lo cual no se quiere decir nada en contra de las tradiciones y el cultivo de las mismas. A la gente le encantan sus tradiciones, y esto también se aplica a los anarquistas, porque les dan seguridad y confianza en el futuro. Las asociaciones folclóricas, la moda tradicional y las representaciones históricas demuestran el gran valor que tiene la tradición para las personas. Pero un anarquismo que pretenda realmente cambiar algo en la sociedad hoy en día debe seguir caminos distintos a los tradicionales.

Aunque desde el punto de vista político haya que considerar el anarquismo tradicional como un movimiento que ha fracasado históricamente, su influencia cultural e ideológica ha tenido un éxito sorprendente. Y es que son los principios tradicionalmente anarquistas, como la horizontalidad y la descentralización (antijerarquía), la ayuda mutua, la acción directa, la autogestión y la contraeconomía, los que se manifestaron en la resistencia vecinal de Minneapolis y St. Paul y los que finalmente ayudaron al movimiento a alcanzar el éxito, al obligar al régimen de Trump, el 12 de de febrero de 2026 a declarar oficialmente el fin de la «Operación Metro Surge» y a ordenar la retirada de las fuerzas federales de las Ciudades Gemelas.

El distanciamiento filosófico que Tomás Ibáñez establece, con su concepto de anarquismo no fundacional, respecto a los dogmas clásicos y las certezas metafísicas del anarquismo tradicional, combinado con el anarquismo pragmático defendido por Colin Ward, vuelve a situar la anarquía como perspectiva del anarquismo en primer plano – como una convivencia solidaria y libre de dominación, realizada en el aquí y ahora de la vida cotidiana, tal y como se puso de manifiesto de manera ejemplar en el movimiento de resistencia vecinal de Minneapolis y St. Paul. Su verdadera fuerza reside en la conexión de estos dos momentos. La apertura no fundacional permite una gran capacidad de adaptación y evita el endurecimiento ideológico, mientras que la orientación pragmática genera capacidad de acción concreta y estabilidad social.

Por último, pero no por ello menos importante, la síntesis de los conceptos anarquistas de Tomás Ibáñez y Colin Ward se manifiesta también en la forma en que el movimiento de resistencia vecinal se enfrentó a la violencia estatal. En lugar de apostar por una escalada de la confrontación, utilizó la presencia colectiva, la deslegitimación social y la presión económica para hacer que las operaciones estatales quedaran en nada. Esta estrategia combinaba el socavamiento crítico del poder con la construcción de un contrapoder social, una interacción que no era ni es puramente destructiva ni puramente constructiva, sino ambas cosas a la vez.

En conjunto, el movimiento de resistencia vecinal, tal y como pudimos presenciarlo en la primavera de 2026 en Minneapolis y St. Paul, resulta ser un ejemplo vivo de una práctica anarquista que prescinde de la autoafirmación ideológica y que precisamente en ello despliega su fuerza. Demuestra que la anarquía, en el sentido de Ibáñez, surge allí donde las personas se sustraen al dominio, y se hace efectiva, en el sentido de Ward, allí donde genera formas viables de convivencia. En su forma concreta, demostró que la síntesis de ambos enfoques no tiene por qué quedarse en una construcción teórica, sino que puede materializarse en el día a día de las luchas sociales.

Jochen Schmück

Jochen Schmück: «Der Weg entsteht beim Gehen: Von der Wiederentdeckung der Anarchie im Anarchismus»“», en: espero (nueva serie), n.º 13, julio de 2026, pp. 173-185 (en línea).

Fuente: https://redeslibertarias.com/2026/05/07/el-camino-se-hace-al-andar-sobre-el-redescubrimiento-de-la-anarquia-en-el-anarquismo/

Bibliografía
• Gordon, Kelly y Ellen Finn: «Nearly 30,000 Minnesotans trained as constitutional observers», en: MPRnews: Stay Curious. Stay Connected, 2 de febrero de 2026 (en línea).
• Ibáñez, Tomás: «El anarquismo justo antes, durante, y después de Venecia ‘84: un breve repaso», en: Redes Libertarias, publicado el 23 de octubre de 2024 (en línea).
• Ibáñez, Tomás: Anarquismo no fundacional. Afrontando la dominación en el siglo XX, Barcelona: Editorial Gedisa, 2024.
• Ibáñez, Tomás: «La irreductible, y sin embargo fecunda, contradicción anarquista», en Redes Libertarias, publicado 10 de septiembre de 2025 (en línea).
• Ibáñez, Tomás, Amedeo Bertolo y Marianne Enckell: «Los sesenta años de la A en un círculo)», en: espero (N.F.), publicado el 9 de abril de 2024 (en línea).
• Killjoy, Margaret: «Our Neighbors in Minneapolis or: What I Saw While I Was There», en: Birds Before the Storm, 26 de enero de 2026 (en línea).
• Malabou, Catherine: «Künstlicher Anarchismus: Eine Antwort auf die künstliche Intelligenz» utiliza para ello el concepto de anarquismo de facto», véase espero (Potsdam), n.º 11 (julio de 2025), pp. 89-103 (en línea | PDF).
• Schmück, Jochen: «Minneapolis – Wo radikale Nachbarschaftshilfe den Leviathan entmachtet», en: graswurzelrevolution, n.º 507 (marzo de 2026), pp. 4-5 (en línea).
• Scott-Brown, Sophie: «Inventing Ordinary Anarchy in Cold War Britain», in: Modern Intellectual History, vol. 20 (2023), no. 4 (December), pp. 1251-1272. DOI: 10.1017/S1479244323000057 (en línea | PDF).
• Ward, Colin: Anarchy in Action, Londres: Freedom Press, 1996.
• Wolf, Siegbert: «Der Traum ist aus!? Dennoch alles tun, damit er Wirklichkeit wird – Ein Weckruf», en: espero (Potsdam), n.º 12 (enero de 2026), pp. 11-51 (en línea | PDF) .


  1. Tomás Ibáñez: «La irreductible, y sin embargo fecunda, contradicción anarquista», en Redes Libertarias, publicado 10 de septiembre de 2025 (en línea). 
  2. La expresión «el montón de estiércol de la historia» fue acuñada originalmente por Lev Trotski (1879-1940), quien la dirigió en 1917, en el II Congreso Panruso de Soviets, contra los mencheviques, los marxistas moderados. Más tarde, esta retórica se extendió en la Unión Soviética a todos los opositores políticos, en particular a los anarquistas (como los seguidores de Néstor Majnó en Ucrania o los insurgentes de Kronstadt), que finalmente fueron liquidados política y físicamente por los bolcheviques. 
  3. Véase Tomás Ibáñez, Amedeo Bertolo y Marianne Enckell: «Los sesenta años de la A en un círculo)», en: espero (N.F.), publicado el 9 de abril de 2024 (en línea). 
  4. Entre ellos se encuentran –por citar solo algunos de los términos acuñados por Ibáñez y utilizados en sus obras para designar diferentes manifestaciones del anarquismo más reciente– el anarquismo sin dogmas, el anarquismo extramuros, el anarquismo constructivo, el anarquismo existencial, el anarquismo indominante y el anarquismo minimalista
  5. Véase Tomás Ibáñez: Anarquismo no fundacional. Afrontando la dominación en el siglo XX, Barcelona: Editorial Gedisa, 2024. 
  6. Para la definición del término «anarquismo extramuros», véase Tomás Ibáñez: «El anarquismo justo antes, durante, y después de Venecia ‘84: un breve repaso», en: Redes Libertarias, publicado el 23 de octubre de 2024 (en línea). Se encuentra una concepción similar en Catherine Malabou, quien en su artículo «Künstlicher Anarchismus: Eine Antwort auf die künstliche Intelligenz» utiliza para ello el concepto de anarquismo de facto, véase espero, Potsdam, n.º 11 (julio de 2025), op. cit., p. 92. Ambos conceptos pretenden abarcar nuevas formas de actuación anarquista que se manifiestan en la acción social más allá de los movimientos anarquistas establecidos. Sin embargo, mientras que el anarquismo extramural según Ibáñez sigue comprometido, también en su orientación social, con los ideales del anarquismo clásico, el anarquismo de facto –al menos en los ejemplos citados por Malabou– tiende hacia un pensamiento libertario que muestra una clara proximidad al espectro de ideas anarcocapitalistas. Independientemente de la perspectiva desde la que se contemple este fenómeno, queda claro que la idea de la anarquía vivida ha llegado a la vida cotidiana de las personas. 
    Para más información sobre Colin Ward y su concepto de «anarquismo pragmático», véase Sophie Scott-Brown: «Inventing Ordinary Anarchy in Cold War Britain», in: Modern Intellectual History, vol. 20 (2023), no. 4 (December), pp. 1251-1272. DOI: 10.1017/S1479244323000057 (en línea | PDF). 
  7. Para más información sobre Colin Ward y su concepto de «anarquismo pragmático», véase Sophie Scott-Brown: «Inventing Ordinary Anarchy in Cold War Britain», in: Modern Intellectual History, vol. 20 (2023), no. 4 (December), pp. 1251-1272. DOI: 10.1017/S1479244323000057 (en línea | PDF). 
  8. Colin Ward: Anarchy in Action, Londres: Freedom Press, 1996, p. 18 (trad. del inglés por el autor). 
  9. Véase también la descripción más detallada de los acontecimientos en mi ensayo «Minneapolis – Wo radikale Nachbarschaftshilfe den Leviathan entmachtet», en: graswurzelrevolution, n.º 507 (marzo de 2026), pp. 4-5 (en línea). 
  10. La Rapid Response Network se fundó en mayo de 2008 en San Francisco, California, como una iniciativa de la sociedad civil para la protección de los inmigrantes frente a las redadas del ICE. Surgió como reacción directa a las redadas en el restaurante El Balazo, en las que fueron detenidos 63 inmigrantes. Especialmente tras la elección de Donald Trump en 2016, la red se extendió a otras grandes ciudades de EE. UU. para proteger a los inmigrantes de la deportación por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). En Minnesota, especialmente en las ciudades gemelas de Minneapolis/St. Paul, grupos como Defend 612 e ICE Watch coordinan esta labor, centrándose en patrullas vecinales y vigilancia escolar. Según la Red de Defensa de los Inmigrantes, en 77 de los 87 condados de Minnesota se ha formado formalmente a casi 30 000 personas como observadores constitucionales. Estos observan y documentan las actividades de organismos como el ICE, prestando atención a posibles violaciones de los derechos. Otros 6.000 voluntarios registrados prestan apoyo, por ejemplo, con el transporte de alimentos, el servicio de transporte o los servicios de traducción. Además, más de un centenar de organizaciones sin ánimo de lucro y sindicatos forman parte de la red. Véase Kelly Gordon y Ellen Finn: «Nearly 30,000 Minnesotans trained as constitutional observers», en: MPRnews: Stay Curious. Stay Connected, 2 de febrero de 2026 (en línea). 
  11. Margaret Killjoy: «Our Neighbors in Minneapolis or: What I Saw While I Was There», en: Birds Before the Storm, 26 de enero de 2026 (en línea), (trad. del inglés por el autor). 
  12. Véase al respecto Siegbert Wolf: « Der Traum ist aus!? Dennoch alles tun, damit er Wirklichkeit wird – Ein Weckruf », en: espero (N. F.), n.º 12 (enero de 2026), pp. 11-51 (en línea | PDF). 
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Jornadas antimilitarismo anarquista

3 Mayo 2026 at 17:42
Por: editor

La Biblioteca La Maldita organiza unas jornadas de antimilitarismo anarquista que se desarrollarán a lo largo del presente mes de mayo y las que se incluyen charlas-debates y presentaciones de libros a cargo de varios ponentes.

Las jornadas darán comienzo el sábado, 9 de mayo, con sesión doble ya que a las 12:00 horas está programada la charla-debate La Guerra está aquí que será dinamizada por el colectivo Prometeo Ediciones a partir del contenido del libro La transición a la guerra en casa y, a partir de las 18:00 horas la Coordinadora Anarquista en Defensa de la Tierra planteará un debate que, bajo el título Guerras y extractivismo, reflexionara acerca de la potencialidad del antimilitarismo de sentido anarquista.

Por último, el sábado 23 de mayo, a las 19:00 horas, se presentará el libro Contra la guerra, contra la paz que correrá a cargo de la editorial Afilando nuestras vidas, y en el que se aborda el actual guerra entre Rusia y Ucrania como un conflicto que beneficia al sistema capitalista y a las clases dominantes de ambos territorios enfrentados.

Por un 1º de Mayo obrero, combativo y libertario en Burgos

30 Abril 2026 at 16:41
Por: editor

El 1 de mayo condensa una historia de huelga, represión, solidaridad y dignidad obrera. Su sentido sigue vivo en la lucha de clases, en la resistencia frente al capital y en el rechazo de las jerarquías patriarcales. Por todo ello se ha convocado una Manifestación libertaria que tomará partida desde la plaza del Cid a partir de las 13:00 horas y recorrerá las calles del centro de Burgos.

El 1 de mayo, nació como una jornada de combate obrero, como fecha de memoria y como llamamiento a la organización de clase. Su raíz no está en los despachos ni en la benevolencia de los gobiernos, sino en la lucha de quienes, frente a jornadas extenuantes, salarios de miseria y una disciplina fabril brutal, decidieron plantar cara al capital, quienes, no conformándose con ser sus esclavos asalariados, decidieron luchar por un mundo nuevo y pelear por la emancipación social. Ocho anarquistas pagaron con su vida tal desafío.

Este 2026 se cumplen 90 años de la Revolución Social de 1936, referente en la lucha por la emancipación social de los trabajadores, que demostró cómo la organización obrera puede parar la reacción fascista. En estos tiempos convulsos no debemos ignorar los numerosos aprendizajes que nos dejó; entre ellos, que no se puede pactar con la burguesía ni con los autoritarios, ya que estos pactos nos llevarían inevitablemente a la derrota del ideal libertario y revolucionario. Como personas libertarias y anarquistas, sabemos que la revolución debe apuntar al Estado y al capital desde el primer momento.
Hoy seguimos viviendo momentos en los que la vida es aplastada bajo el peso del sistema. Mientras que la riqueza se concentra en manos de unos pocos, las obreras sufrimos condiciones cada vez más precarias; cargando con situaciones de estrés, responsabilidades, abusos, explotaciones e injusticias diarias. No somos solo productoras y consumidoras; se nos reduce a cifras, a rendimiento, a piezas reemplazables. Ser obrera no puede ser sinónimo de sacrificio, sino de conciencia, organización y resistencia. Somos la fuerza que levanta cada fábrica, cada oficina, cada escuela. No aceptamos la precariedad como futuro, ni la explotación como norma.

Debemos señalar, por un lado, al sistema capitalista como causa de las crisis, de las inflaciones y la creciente desigualdad; por otro lado, a sus secuaces (CCOO, UGT, CSIF…) que han vendido el movimiento obrero a la patronal y al Estado, firmando negociaciones que producen asco y vergüenza, convirtiéndose así en enemigos de la clase trabajadora. Mientras que los beneficios se acumulan en la cima, quienes producimos realmente la riqueza vivimos en una lucha constante por llegar a fin de mes. Todo esto se suma al miedo por perder el trabajo y la imposibilidad de proyectar un futuro digno.

Hoy, cuando la precariedad cambia de nombre para parecer modernidad, el sentido del 1 de mayo conserva toda su vigencia. Las subcontratas, la temporalidad, los accidentes laborales y las muertes en los trabajos, la extensión encubierta de la jornada, la disponibilidad total, los falsos autónomos, la feminización y racialización de los empleos peor pagados muestran que la vieja cuestión social no ha desaparecido. Por eso el 1 de mayo exige algo más que nostalgia. Exige organización en los centros de trabajo y fuera de ellos. Exige reconstruir vínculos de solidaridad entre plantillas fragmentadas. Exige un sindicalismo de combate y una mirada feminista de clase, capaz de reconocer que ninguna emancipación obrera será completa si deja intactas las jerarquías patriarcales.
Conviene subrayar algo que el sindicalismo domesticado suele olvidar: el 1 de mayo no fue concebido para pedir permiso, sino para medir fuerzas. En la tradición libertaria y anarcosindicalista, esta fecha no remite a una celebración vacía, sino a una pedagogía de la dignidad.
Sería infame no mirar más allá de nuestras narices y obviar la realidad que nos rodea.
En un contexto global de guerra y deshumanización, vemos cómo la apropiación por la fuerza de los recursos y territorios ajenos nos retrotrae a las políticas belicistas y colonialistas, provocando el desplazamiento de millones de personas, destruyendo infraestructuras de todo tipo, masacrando a poblaciones indefensas, bombardeando escuelas, hospitales…

La guerra es característica indispensable y permanente del sistema estatal y capitalista. Según los intereses de la clase dominante, la guerra es desplegada de un modo u otro. Dentro o fuera de nuestros territorios, en la forma colonial, imperialista y extractivista, o dentro de nuestras fronteras, recrudeciendo las condiciones de vida de los oprimidos para aumentar los beneficios de la clase dominante, precarizando más nuestras vidas. El antimilitarismo anarquista debe estar presente en la lucha de clases, no como elemento pacificador, sino como detonante del cambio. Debe ser punto de partida para enfrentar al estado militarista, los ejércitos y las jerarquías, así como las soluciones autoritarias. Porque el cambio social llegará con la disolución del poder en todas sus formas.
Observamos cómo los movimientos sociales han sido reducidos al meme, la lucha y los ideales revolucionarios convertidos en un tuit, la artificialización de la vida ha permeado en los movimientos revolucionarios y de base convirtiéndolos en parte del espectáculo democrático. Obsesionados con los likes, el postureo y la batalla virtual, se ha conseguido mistificar la lucha y los ideales revolucionarios. En nuestra mano está salir de la rueda plantear la alternativa que resquebraje el sistema y nos lleve a la victoria.

Creemos que hay que recuperar la potencialidad revolucionaria que tienen la acción directa, la confrontación y la radicalidad. Tantos años de “convivencia democrática” han terminado por pacificar el movimiento obrero y convertirlo en su propio verdugo.
Ya vale de falsas promesas, ya basta de reforma y de pedir que se cumplan los derechos, basta de mendigar al poder, basta de creer que la democracia y el sistema pueden ser reformados y justos. El capitalismo es nuestro enemigo y el Estado su brazo armado; tendremos que ir a por el todo, tendremos que hablar de revolución, organizarnos y poner en riesgo nuestros privilegios, porque el que no arriesga no gana.

¡1º de mayo: obrero, combativo y libertario!

CNT-CGT-Biblioteca Anarquista La Maldita

Manifestación libertaria 1º de mayo en Burgos

20 Abril 2026 at 07:37
Por: editor

El próximo viernes 1º de mayo de 2026 tendrá lugar en Burgos la ya habitual manifestación que bajo el lema 1º de Mayo, obrero, combativo y libertario  convocan las organizaciones anarcosindicalistas CNT y CGT junto con la Biblioteca Anarquista La Maldita. La iniciativa, que recorrerá algunas de las principales calles del centro de la ciudad, dará comienzo a partir de las 13:00 horas desde la plaza del Cid.

De Caracas a Teherán con escala técnica en La Habana. —Aproximaciones a la guerra en curso desde la perspectiva ácrata

13 Abril 2026 at 18:48
Por: pegasus

«Sabemos bien que hay valores que nacen viejos y que, desde su nacimiento, dan testimonio de su conformidad, de su conformismo, de su ineptitud para alterar cualquier orden establecido.»

Gilles Deleuze, Nietzsche.[1]

Hace 36 años escribí un texto condenando la invasión estadounidense a Panamá. Las «razones» del ataque —cínicamente bautizado como «Operación Causa Justa»— se «fundamentaban» en base a tres ejes: 1.) la «guerra contra las drogas», 2.) la «restitución de la democracia»; y 3.) la «salvaguarda de los estadounidenses residentes» en ese país centroamericano. El 3 de enero de 1990, once días después de la incursión de 13 mil marines,[2] fue hecho prisionero el general Manuel Antonio Noriega[3]. Al día siguiente sería trasladado por órdenes de George H. W. Bush a la Ciudad de Miami para ser juzgado por cargos de «narcotráfico». En su lugar, implantarían a punta de bayoneta al gobierno títere de Guillermo Endara, quien a escasas horas de iniciada la agresión tomó juramento como presidente constitucional en una base norteamericana.

En mi artículo, pese a la sobreabundancia de verborrea soberanista propia de la contaminación de izquierda —en boga en el «anarquismo revolucionario»—no dejé de llamar las cosas por su nombre. Lo intitulé «Rival Drug Gangs Clash in Panamá» (Narcopandillas rivales chocan en Panamá).[4] En verdad los hechos reclamaban el título. Las reflexiones de Tilly, en torno a la analogía entre la guerra y la construcción del Estado y el crimen organizado,[5] no dejaban lugar a duda. Se trataba de una disputa entre pandillas por el control de «la plaza». Como siempre pasa en esas trifulcas, el gánster más fuerte y mejor armado terminó imponiendo su dominio.

Por aquellos días era un secreto a voces que el depuesto dictador, en efecto, era un vulgar narcotraficante que había amasado una cuantiosa fortuna de la mano del tráfico de drogas, el contrabando de armas y el lavado de dinero. Además, se tenía constancia del carácter represivo de su régimen, manifiesto en la encarcelación de opositores y el asesinato de activistas sociales y guerrilleros. También era vox populi su injerencia en el fraude electoral que le dio el triunfo a Carlos Duque —candidato del regimen militar— de la Coalición de Liberación Nacional (COLINA), desconociendo los resultados obtenidos por la oposición conservadora encabezada por Endara.

Sin embargo, las huestes de la izquierda y extrema izquierda del poder y los paladines del nacionalismo revolucionario, se rajaban las vestiduras sin sonrojo denunciando el «secuestro» del narcogeneral y «la violación flagrante de la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos».

En esas fechas la Anarquía despertaba desfachatada y sediciosa tras un largo invierno, impuesto a sangre y fuego por el «socialismo realmente existente» y la patología etnonacionalista que la subyugó durante el siglo XX. Afortunadamente, y pese a nefastos sedimentos liberales y «anarcobolcheviques», un anarquismo «vocacionalmente impertinente e incorregiblemente burlón [volvía] a sorprender, una y otra vez, al heterogéneo, desafinado y reaccionario coro de sus sepultureros con los intermitentes arrebatos que [lo colocaban] en la agenda de las posibilidades rebeldes».[6]

Quizá por eso —o como consecuencia del desgaste y desprestigio de las experiencias del «socialismo real», la crisis teórico-política del marxismo occidental, el descrédito de los gobiernos socialdemócratas y la decadencia de las ideologías obreristas—, ese anarquismo despabilado se mantuvo ajeno a los alaridos «anti-imperialistas» del nacionalpopulismo y los pataleos del libertarismo chomskiano y demás especímenes de la izquierda del poder. En contraste, reafirmaba sobre la marcha su vocación antisoberanista. Ergo: apátrida e insumisa. De tal suerte, cobraba vida la praxis consecuentemente ácrata que reconoce la «liberación total» como nuestra única bandera e impulsa a confrontar al poder en todas sus presentaciones. Por consiguiente, no hacía distingo entre uno u otro gánster. Se tenía consciencia de que no había cabida en ninguno de los «bandos». Ni en la trinchera del capitalismo nacionalista de la oligarquía panameña, ni en la del capitalismo imperialista.

Con el pretexto de la «guerra contra las drogas» y la «restitución de la democracia» el gobierno de Washington ratificaba su hegemonía político-económica en el hemisferio. Con ese zarpazo la Casa Blanca pretendía recuperar el control del canal de Panamá y afirmar su dominio continental. Todo con el único afán de asegurarse un gigantesco patio trasero. Jamás hubo interés en erradicar el lucrativo tráfico de narcóticos. Mucho menos en «restituir la democracia». La permanencia en el poder, después de la «depuración» post invasión, de militares corruptos y connotados narcotraficantes fue la prueba fehaciente.[7] De 1069 oficiales leales a Noriega, 980 se mantuvieron con mandos en la institución castrense.

En realidad, la intrusión militar se inscribía en los estertores de la llamada «guerra fría», marcando una transición significativa de la «lucha contra el comunismo» a la participación militar activa en la interdicción de narcóticos. La «guerra contra las drogas», iniciada en 1971 por el presidente Richard Nixon tras declarar a los estupefacientes «enemigo público número uno», se materializaba allende las fronteras extendiendo la guerra urbi et orbi. Aquella estrategia enfocada en la criminalización nunca fue una campaña de salud pública como el gobierno norteamericano y los medios de comunicación intentaron presentar.[8] Sin embargo, continuó con ese enfoque en las administraciones posteriores hasta convertirse en una eficaz herramienta de control social en lo domestico —con especial saña durante los periodos presidenciales de Ronald Reagan— y en un poderoso recurso intervencionista en el plano internacional, del que dispuso George H. W. Bush aquel 3 de enero de 1989.

El argumento de la «guerra contra las drogas» también fue el pretexto por esos meses de 1989 para instalar una base militar norteamericana en Perú en el marco de la «Iniciativa Andina».[9] En la misma tesitura, Washington amenazó con enviar al portaviones J.F. Kennedy frente a las costas de Colombia. Para noviembre de ese año, Bush ordenó la creación de la Fuerza de Tarea Conjunta-Seis (JTF-6, por sus siglas en inglés). Este comando de operaciones con base en Fort Bliss, Texas, tendría el objetivo de «coordinar el apoyo militar con las agencias federales, estatales y locales» a lo largo de la frontera con México y la misión de «combatir el narcotráfico y las amenazas transnacionales a la seguridad nacional en la frontera sur». El castrismo no quedaría fuera del colimador del Pentágono y se vería obligado a improvisar medidas draconianas en la Isla con tal de asegurar la supervivencia del régimen.[10] A través de las innovaciones tecnológicas en el campo militar, el gobierno norteamericano interceptó mensajes cifrados y obtuvo evidencia satelital que implicaba al régimen de La Habana en el tráfico de drogas y el contrabando de armas.

Las perturbaciones provocadas por la revolución tecnológica de fin de siglo (XX) pusieron fecha de caducidad a 45 años de división bipolar del mundo. De este modo, concluía una era de tensión geopolítica, económica, cultural y tecnológica entre los bloques imperialistas (EE. UU-URSS). Asimismo, cesaba la lucha ideológica entre el «capitalismo realmente existente» y el «socialismo realmente existente» (capitalismo de Estado, para decirlo con mayor claridad). De paso, se legitimaba el predominio de un solo modelo capitalista.

Con el auge de las transformaciones tecnológicas, tras la implosión de la URSS, daba comienzo la «era globalizadora». Lo que Félix Guattari denominó capitalismo mundial integrado (CMI), puntualizando que dicha mundialización, lejos de constituir un factor de crecimiento, correspondía de hecho «a una reformulación radical de sus bases anteriores, que [podría] desembocar, tanto en una involución completa del sistema, como en un cambio de registro […] volviendo a transformar las relaciones sociales y desarrollando mercados cada vez más artificiales».[11]

Efectivamente, estábamos frente a un sistema de dominación inédito. Para entenderlo y confrontarlo se requería un nuevo paradigma emancipatorio a la altura de las circunstancias. Empero, la vocación impertinente del sedicioso despertar de la Anarquía —decididamente posizquierda— y su intención de reinstalarse en un tiempo básicamente nuevo, tuvo una vida fugaz. Su efímera potencia le impidió incorporar toda aquella metamorfosis conceptual al andamiaje teórico-práctico del anarquismo contemporáneo y transformarse en la praxis prevalente.

Para entonces, perdía aliento la primera ola de informalismo insurreccional (protagonista del «verano caliente» de 1977). En tal sentido, se interrumpía el proceso de despliegue y apogeo de un nuevo paradigma sedicioso. El vacío se llenó rápidamente con la hegemonía ideológica y las prácticas centralistas de la organización plataformista y el revival del «anarcopopulismo». Empezaban a enquistarse en nuestras tiendas las bufonadas de Noam Chomsky y James Petras y, lo más trágico, se asumían como «directrices». Aspecto que, a la postre, sería decisivo en la reducción del anarquismo a la construcción ideológica más conveniente.

En paralelo, durante este período de retroceso de las luchas, cobraba presencia en las universidades una casta académica que cimentaba la «cátedra de anarquismo». Esta intelectualidad divina embonó con los despojos del anarquismo folk —heredero de la Era de Acuario y la primavera sesentayochera— e introdujo una peculiar interpretación cultural del anarquismo que muy pronto comenzaría a hacer mella. Para colmo de males, la lectura mal digerida de las tesis insurreccionalistas, con marcado hincapié en la «unidad de las luchas», identificaba «condiciones objetivas» en los llamados movimientos sociales, dando paso a una fase de gran plasticidad, repulsivamente edulcorada, que impulsó la retórica instituyente que hoy padecemos.

Vale destacar que mientras se inoculaba en nuestros círculos la «a» minúscula, de la mano de la antropología libertaria, hubo un segundo momento del informalismo ácrata —posterior al declive del turismo altermundista, la debacle del neozapatismo intergaláctico y la transformación de los movimientos sociales en coaliciones electoreras— que intentó articular durante las dos primeras décadas del siglo XXI la excedencia negativa de las constantes manifestaciones de nihilismo con los esfuerzos de recomposición  de la insurrección permanente (de claro signo ácrata), pero para entonces la represión y el «fuego amigo» habían culminado el despojo de la Anarquía.

Déjà vécu: entre fobias y filias

Otro 3 de enero, pero de 2026 —con el cansino pretexto de la «guerra contra las drogas» y la «restitución de la democracia»—, el gobierno de Estados Unidos realiza en Venezuela una incursión militar denominada «Operación Resolución Absoluta» y ordena la captura de Nicolás Maduro. Una vez hecho prisionero fue trasladado a la Ciudad de Nueva York junto a su esposa («la primera combatiente») para ser juzgados por cargos de «narcotráfico» y «narcoterrorismo». En su lugar, implantarían al gobierno títere de Delcy Rodríguez, otrora vicepresidenta «bolivariana», quien a escasas horas de la agresión abría las puertas de Miraflores a altos funcionarios de la administración Trump, incluido el director de la CIA.[12]

Otra vez, era un secreto a voces que el depuesto dictador, en efecto, era un vulgar narcotraficante que había amasado una cuantiosa fortuna de la mano de la corrupción, el tráfico de drogas y el lavado de dinero. Además, se tenía constancia del carácter represivo de su régimen, manifiesto en la encarcelación y asesinato de estudiantes contestatarios y activistas sociales. También era vox populi su injerencia en el fraude electoral que le aseguró la reelección, desconociendo los resultados obtenidos por la oposición conservadora encabezada por Edmundo González.

De nueva cuenta, Charles Tilly no deja lugar a duda. Se trata de otra disputa entre pandillas por el control de «la plaza». Y, como siempre, el gánster más fuerte y mejor armado ha impuesto su dominio. Sin embargo, las huestes de la izquierda y extrema izquierda del poder y los paladines del nacionalismo revolucionario, otra vez se rajan las vestiduras sin sonrojo denunciando el secuestro del dictador y «la violación flagrante de la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos».

Por si fuera poco, la nueva guerra del Golfo Pérsico —que vuelve a ocupar las pantallas televisivas— parece la repetición de «la guerra eterna» de Bush contra el terrorismo iniciada en Irak en 2003 pero remasterizada y potenciada al máximo 23 años después, ahora contra Irán. Resulta increíble verificar en los hechos la fidelidad con que se apegan al manual de estrategias bélicas de la administración Bush, incluidos los pretextos que se utilizaron entonces para «justificar» la guerra. Se repite también la selección del enemigo, escogiendo a otro tirano impresentable como el ayatolá Alí Jamenei. Aquí también tenemos constancia —gracias a las continuas críticas de compañeros anarquistas iraníes— de la corrupción y el carácter represivo del régimen islámico, manifiesto en la encarcelación masiva de opositores, el asesinato de más de 20 mil manifestantes y la ejecución de activistas sociales.

Otra vez se repiten las amenazas contra Colombia, México y Cuba. Se reedita la «Iniciativa Andina» (ahora «Escudo de las Américas») con base de «operaciones» en Ecuador y la misión de erradicar las narcoguerrillas que operan en la zona fronteriza con Colombia. De igual forma, se renueva la «Fuerza de Tarea Conjunta-Seis» en la frontera con México (ahora «Programa de Cooperación de Seguridad Fronteriza») e implementan en territorio mexicano cuatro «operaciones» («Albatros», «Barracuda», «Neptuno» y la «Iniciativa de Seguridad Marítima para América del Norte»). El castrismo se ve nuevamente obligado a improvisar medidas en la Isla con tal de asegurar sus privilegios y acepta la inversión privada de los «gusanos», transformados en mariposas, mientras se decide quién será la Delcy Rodríguez cubana. Otra vez se repiten las fobias y filias en torno a los involucrados en los conflictos y se invita a escoger entre el capitalismo nacionalista de las oligarquías criollas y el capitalismo imperialista.

Para quienes aventajamos con creces este nuevo siglo parece que vivimos un déjà vécu. Es decir, la intensa y persistente sensación de haber enfrentado la misma experiencia en el pasado, de volver a transitar en tiempo real algo «ya vivido». Por supuesto, este fenómeno neuro-psicológico a menudo nos obliga a pensar que la historia se repite. Pero la historia nunca se repite. Los eventos históricos jamás acontecen exactamente igual, aunque los patrones, las estructuras de poder e incluso las conductas humanas suelen reciclarse o presentar notables similitudes. El contexto siempre cambia pese a que las dinámicas subyacentes constantemente persisten. Esto a menudo indica ciertas «continuidades» —pese a evidentes diferencias en tiempo, lugar y actores— en la forma cómo se desenvuelven los conflictos bélicos, las crisis económicas o las metamorfosis políticas. Las circunstancias y los personajes cambian, la esencia de los acontecimientos se recicla. De tal suerte, en pleno siglo XXI, asistimos a la remasterización de los conflictos bélicos, las crisis económicas y las metamorfosis políticas que hicieron historia en el pasado siglo. Sin embargo, en la actualidad el contexto es aterradoramente otro gracias a «la revolución permanente de la técnica» (Günter Anders dixit).[13] Las «nuevas tecnologías» no sólo sacuden los mercados, sino también el tablero geopolítico. La guerra, una vez más, demuestra la dependencia mutua entre la innovación tecnológica y la maquinaria bélica.

A vueltas con la tentación izquierdista

Durante poco más de un siglo,  la socialdemocracia y la ultraizquierda del poder se han dedicado a colonizar las luchas antiautoritarias y la insurrección anárquica. La resultante ha sido la imposición de una conceptualización ajena que, con el paso del tiempo, ha consolidado en nuestras tiendas la hegemonía político-cultural de estas tendencias auxiliares de la dominación. En los primeros años del siglo XX, en particular en el contexto de la Primera Guerra Mundial e inmediatamente después en el marco del golpe de Estado bolchevique de 1917, se manifestaron con claridad los efectos de esta colonización ideológica. [14] Las desvirtuaciones de Kropotkin (su apoyo a la Triple Entente)[15] y la idolatría de los anarco-bolcheviques del Río de la Plata por Lenin,[16] resumen de manera fehaciente las consecuencias de esta penetración.

Que se tenga predilección por los Estados «antiimperialistas y populares» en las huestes de la socialdemocracia, la extrema izquierda del poder y el nacionalismo revolucionario se entiende. De igual forma es comprensible que se esgrima la «soberanía de las naciones» y el «derecho internacional» o que se manifieste preocupación por el trágico desenlace de los tiranos, se invite a tomar partido por dictaduras y oligarquías nacionales o a conformar nuevos Estados (Palestina y Kurdistán).[17] Todo corresponde a la perfección con la naturaleza contrainsurgente y la vocación oportunista de esas tendencias políticas. Pero, lo que resulta imposible de entender es que se reproduzcan los mismos discursos en tiendas ácratas. Mucho menos que, en nombre de la «unidad de la lucha antiimperialista», se convoque a remasterizar el «Frente Popular Antifascista» o se invite a votar por el Partido Demócrata (en EE.UU), por SUMAR (en el Estado español) o por MORENA (en México) para «frenar el avance del fascismo». Esta desconexión con la praxis sólo demuestra, en los hechos, el flagrante deterioro del significado —y significante— de la Acracia.

Es hora de que nos percatemos de la urgencia de apuntalar nuestro sustrato común. Ese ejercicio de reafirmación intransigente es cada día más necesario frente a la tentación izquierdista que vuelve a zarandear nuestras tiendas. El anarquismo, particularmente en los círculos del llamado «anarquismo organizado», está colonizado por la socialdemocracia y la ultraizquierda del poder. No hay un solo comunicado o una iniciativa en torno a la guerra en curso que no corrobore con creces lo antes dicho.[18] Incluso, el antijudaísmo de izquierda ha penetrado profundo en esos ambientes.[19]

Mientras la tentación persiste y la penetración prospera, el antifascismo vuelve a ser la estrategia de reclutamiento para la guerra. Lo que explica la participación de «soldados anarquistas» en diferentes conflictos bélicos y el posicionamiento de ciertos libertarios de izquierda ante la «intervención extranjera» a favor del despotismo interno en Venezuela, Irán o Cuba, optando por el faute de mieux [mal menor] par excellence y la ilusoria distinción entre «agresor-agredido». O, en su defecto, los libertarios liberales alineándose con la oposición conservadora y la socialdemocracia para confrontar al «fascismo castro-chavista». De tal modo, ambos impulsan sin miramientos el falso antagonismo reformista («populismo Vs. pluralismo liberal» o «socialismo Vs. capitalismo»). Estos kropotkinianos posmodernos que enarbolan —junto a otros «anos»— la «inclusión antiautoritaria» y la «diversidad revolucionaria», han repetido la bochornosa alineación (y alienación) de su padre putativo.

El «pluralismo antiautoritario» —gestor indiscutible del anarquismo con «a» minúscula— es un fétido vertedero de contrainsurgentes reciclados. Ahí encontramos a los protagonistas del «nuevo» antifascismo: exbolcheviques desempleados, marxistas culturales, pacifistas cómplices, liberales con esteroides, anarcopopulistas de temporada, valedores de los «derechos humanos», neozapatistas intergalácticos, hooligans del St. Pauli (o del América), nacionalistas revolucionarios, decolonialistas militantes, neohippies compulsivos, autónomos septuagenarios, gestores contraculturales, decrecentistas coercitivos, neoplataformistas trasnochados y punks achacosos y chimuelos, entre otros defensores de los «ejércitos anarquistas», el helado caliente y el onanismo autogestivo.  

Siempre nos hemos opuesto a la guerra. No desde el pacifismo cómplice ni la no-violencia tóxica, sino desde el antibelicismo ácrata, conscientes que los ejércitos son un instrumento opresor del Estado —de TODOS los Estados— y que la guerra ha de transformarse necesariamente en insurrección permanente en cualquier confín del planeta. Los Estados —TODOS— son intrínsecamente imperialistas, sin importar su capacidad armamentística ni su desarrollo tecnológico o su bonanza económica. Por eso no se requiere de una «intervención extranjera» para salir a combatir. El enemigo siempre ha estado en casa. Llámese socialista o capitalista, democrático o fascista, populista o libertario, secular o islamista, imperialista o anti-imperialista, conservador o liberal: quien detenta el poder es nuestro enemigo. La dominación no cambia su naturaleza ni su vocación opresora o su esencia de muerte en función de la ideología. Tampoco cambia tras haber «sufrido una agresión imperialista». El poder continúa siendo el enemigo sea cual sea el color que lo arrope o su condición de agresor o agredido.

Esta añeja reflexión es la centralidad descentrada de la Anarquía, el anti-principio del principio an-árquico, el presente preñado de la Acracia. La especificidad teórico-práctica de la potencia destituyente que instigó las experiencias subversivas de los siglos XIX y XX y continúa incitando la sedición anárquica en pleno siglo XXI. Prueba de ello es el constante accionar sedicioso en diversas geografías y la solidaridad en los hechos con nuestros afines secuestrados en las mazmorras de la dominación. No obstante —y muy a pesar nuestro—, aún se cuentan por docenas los autodenominados «anarquistas» que, tratando de encajar en un árbol genealógico ajeno, pregonan la «solidaridad crítica» con regímenes dictatoriales e invitan a la defensa de los Estados nacionales en nombre del anti-imperialismo, el antifascismo o la liberación nacional. Estos posicionamientos cómplices de la dominación cuentan con vieja data en nuestras tiendas. Su labor histórica ha sido confundir.  De ahí sus propuestas de «poder popular», «poder paralelo», «contrapoder», «autogobierno», «auto-institución» y el oxímoron «anarquismo instituyente».

Una muestra de la penetración del anti-imperialismo, el antifascismo y de la doctrina de liberación nacional en nuestras tiendas es la aceptación a pies juntillas del «confederalismo democrático»[20].  El pelotón Tekoşîna Anarşîst (Lucha Anarquista) es un ejemplo fehaciente de su huella desgarradora. Constituido en 2017 en el contexto de los días críticos de la guerra contra «el fascismo islámico», esta «unidad militar auxiliar» se conformó con el propósito de «apoyar y defender la revolución nacionalista en Rojava» amenazada por el totalitarismo teocrático del Estado Islámico (ISIS) y las pretensiones imperialistas de Irán y Turquía. En esa tesitura, e inspirados en la falacia del «pueblo en armas» y la leyenda infectiva de la Komintern en torno a las brigadas de «voluntarios antifascistas» en la España de 1936, decenas de jóvenes anarquistas alrededor del mundo se unirían a la Brigada Internacional de Liberación (IFB, por sus siglas en inglés) con el objetivo de combatir al lado de las milicias populares (YPJ/YPG).[21] Queremos suponer que por dificultades idiomáticas nunca han reparado en la procedencia de las armas que empuñan o que, presos del pragmatismo revolucionario, han hecho caso omiso adhiriendo la vieja máxima de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Lo cierto es que su «practicidad» no es un hecho aislado.

El mismo patrón se repite a más de 2 mil kilómetros de distancia. En la primera línea del frente ucraniano también encontramos «soldados anarquistas».[22] El caso más emblemático es el del Колективи Солідарності (Colectivo Solidaridad). Constituido en 2022 tras la «invasión imperialista rusa», este colectivo preconiza el «pluralismo antiautoritario». Según relata Kseniia —una de las militantes de esta agrupación residente en la ciudad de Kiev—: «Algunos somos anarquistas, hay militantes feministas, progresistas, ecologistas, personas de izquierdas. Algunas no se identifican políticamente, pero comparten las ideas progresistas en general (derechos LGBTQ+, de las mujeres, medioambientales…)».[23] Vale destacar que una parte de sus afiliados «decidió alistarse» en el ejército ucraniano y otro grupo «se está formando para fabricar y programar drones y entregárselos a soldados antiautoritarios o de izquierdas».[24]  

Kseniia (derecha) con dos soldados anarquistas de una unidad de reconocimiento aéreo. _ Foto- ©Solidarity Collectives

No deja de ser alucinante —por decir lo menos— que estos «soldados anarquistas», en el mismo tenor que sus homólogos de Rojava, abracen la máxima maquiavélica y no reparen en la procedencia de sus armas ni les quite el sueño su encuadre táctico al servicio de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte). Aún resulta más aberrante que forjen relaciones y colaboren con otros movimientos como las Fuerzas Democráticas Sirias «donde también luchan algunos internacionalistas» (como Tekoşîna Anarşîst) y no tomen en cuenta que uno de los Estados que hostiga militarmente a las fuerzas kurdas (Turquía), forma parte de la OTAN. Pero, ya vimos que esas nimiedades no son condicionante. Los «soldados anarquistas» que luchan junto a las Fuerzas Democráticas tampoco se afligen porque Israel y Estados Unidos sean sus aliados tácticos en la lucha por la liberación del Kurdistán iraní.

Todas estas desvirtuaciones muestran la ausencia de disposición anárquica. Es decir, la falta de esa fuerza gravitacional que provoca la interacción atractiva entre práctica y teoría. Sin esa fuerza no hay Anarquía. Todo se reduce a un estrépito forzado de conceptualizaciones ajenas y palabras huecas.

La lucha ácrata no puede encasillarse a la izquierda del poder. Esto no sólo equivale a tomar partido en un simulacro, implica, también, aceptar el falso antagonismo «socialismo o barbarie», olvidando que leninismo y nazismo fueron expresiones irrefutables de un socialismo bárbaro. La Anarquía no es de izquierda y, evidentemente, tampoco de derecha. Ambas posiciones se sitúan a uno u otro lado del poder e impulsan procesos constituyentes. La Anarquía, en cambio, es una potencia intrínsecamente destituyente que busca la destrucción definitiva de todo arché (orden, poder, jerarquía o principio), incluido cualquier proyecto que pretenda ocupar el lugar del poder destituido.

Gustavo Rodríguez,

Planeta Tierra, a 29 de marzo de 2026.

Posdata 1 (aclaración oportuna): No soy utópico, estoy consciente de la imposibilidad de destrucción de todo arché, pero vivo convencido de la potencia an-árquica de la insurrección permanente y su imprevisible subversión del orden.

Posdata 2 (segunda aclaración oportuna): La malinterpretación de este texto podría dar por sentado que adhiero la táctica putschista del «derrotismo revolucionario» que promueve la contrainsurgencia leninista (estalinistas y trotskos). Nada más alejado de la intención de estas palabras. Mi crítica al chovinismo de Kropotkin o al «defensismo revolucionario» del anarquismo ministerial en la República española, corresponde al anhelo an-árquico de liberación total y no al beneplácito de las tesis bolcheviques.

Posdata 3 (de vocación pitonisa): En el pasado reciente vimos con vergüenza ajena como la Federación de la Cruz Negra Anarquista (ABCF, por sus siglas en inglés) incluyó en las relatorías de presos ácratas y sociales a los cinco espías de la dictadura cubana encarcelados en Estados Unidos. Hoy no debe sorprendernos si agrega a su lista al dictador Maduro (y su consorte) y emprenden una campaña de cartas —o una cadena de oraciones— por su inmediata liberación.


[1] Deleuze, Gilles (2019). Nietzsche. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Cactus. Trad. Pablo Ires. p. 30.

[2] Existen discrepancias con la cifra. Algunas fuentes aseguran que en la invasión participaron más de 20 mil marines.

[3] Se encontraba refugiado en la Nunciatura Apostólica de la Santa Sede Vaticana.

[4] Rodríguez, Gustavo (1990). Rival Drug Gangs Clash in Panama. New York: Love & Rage/ Amor y Rabia. Vol. 1, No. 1. p.p. 6 y 13. Versión en castellano en la misma publicación. p.p. 2 y 6.

[5] Tilly, Charles (1985) «War Making and State Making as Organizad Crime». En Bringing the State Back. Evans, P., Rueschemeyer, D. y Skocpol, T. (eds.). Cambridge: Cambridge University Press.

[6] Barret, Daniel (2011). Los sediciosos despertares de la Anarquía. Buenos Aires: Libros de Anarres. p. 21. Versión digitalizada disponible en línea en: https://www.acuedi.org/ddata/F8359.pdf (Consultado 23/3/2026).

[7] El mejor ejemplo de la continuidad de la corrupción militar fue el nombramiento del coronel Eduardo Herrera Hassán como comandante en jefe de las «nuevas» Fuerzas Públicas de Panamá (con el 90% de los elementos de las antiguas Fuerzas de Defensa), por órdenes del presidente Endara. Herrera Hassán, en el momento de la invasión norteamericana se encontraba exilado en Miami por desavenencias con el general Manuel Antonio Noriega pero tenía un amplio historial de complicidad con el régimen militar desde el año 1968 en que participó en el golpe de Estado que derrocó al gobierno de Arnulfo Arias siendo jefe de escolta del general Omar Torrijos Herrera (el «máximo líder de la Revolución Panameña»). Una vez en el poder, Torrijos lo puso al frente de la compañía Urracá y le encargó combatir a las guerrillas, encarcelar a todos los partidarios del gobierno depuesto y «apaciguar» a los militares rebeldes. Tras la «muerte accidental» de Torrijos, se convirtió en el hombre de confianza del general Noriega. Éste lo nombraría embajador de Panamá en Israel, desde donde organizaría el tráfico de armas para Centro y Sudamérica.  Once meses después de la invasión y de su nombramiento al frente de las Fuerzas Públicas intentó fallidamente darle un golpe de Estado al presidente Endara, lo que le costaría el fin de su carrera.

[8] La estrategia, de claro matiz político, había sido diseñada con un profundo trasfondo racista con la intención de reprimir a las comunidades afroamericanas y, paralelamente, criminalizar a los movimientos contraculturales que se oponían a la guerra en Indochina. Vale destacar que, pese a que las tasas de consumo de narcóticos son similares entre blancos y afrodescendientes, de la «guerra contra las drogas» resultó el encarcelamiento desproporcionado de minorías (afrodescendientes, latinoamericanos y nativos americanos), sentando las bases de la actual sobrepoblación penitenciaria.

[9] Bush destinó 2200 millones de dólares a esta iniciativa con el objetivo de combatir el tráfico y producción de cocaína en sus lugares de origen. En este contexto, el Pentágono proporcionó equipo militar, tecnología de inteligencia y entrenamiento a las fuerzas armadas de Perú, Bolivia y Colombia. Parte del presupuesto de la «Andean Initiative» se utilizaría «discrecionalmente» para apoyar la expansión de las autodefensas en Colombia. Estas estructuras paramilitares, que en la década del 90 evolucionarían hacia las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), serían armadas y entrenadas  con la finalidad de combatir a las narcoguerrillas (FARC, ELN), consolidando así  un proyecto contrainsurgente que marcó el inicio de una época de alta violencia y crímenes atroces contra la población civil que supuestamente servía de base de apoyo a las guerrillas.

[10] Catorce oficiales de alto rango de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) serían acusados y sentenciados por tráfico de drogas y corrupción. Siete fueron condenados a muerte —incluido el general de división Arnaldo Ochoa Sánchez («Héroe Nacional de Cuba»)—, los siete restantes recibieron penas de prisión entre 15 y 30 años.

[11] Guattari, Félix. (2004) Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares. Madrid: Traficantes de sueños. Edición y notas Raúl Sánchez Cedillo, trad. Marisa Pérez Colina, Raúl Sánchez, Josep Sarret, Miguel Denis Norambuena y Lluís Mara Todó.   P.61. Énfasis mío. Disponible en:

 https://traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Plan%20sobre%20el%20planeta-TdS.pdf (Consultado 23/3/2026).

[12] El jueves 15 de enero de 2026, Delcy Rodríguez se reunió en el palacio de Miraflores con el director de la CIA, John Ratcliffe y establecieron un plan en «materia de inteligencia y estabilidad económica». El día 2 de febrero, recibió en la casa de gobierno a la Encargada de Negocios estadounidense de la Unidad de Asuntos para Venezuela, Laura Dogu, con quien firmó acuerdos en «materia de energía, política, economía y comercio». El 11 de febrero tendría un encuentro con el secretario de Energía, Christopher Wright, acordando «el establecimiento de una asociación productiva a largo tiempo, que permita una agenda energética que se convierta en motor de la relación bilateral y que esa agenda sea efectiva, productiva y beneficiosa para ambos países». El 18 de febrero ambos gobiernos «acordaron trabajar en el diseño de una agenda de cooperación bilateral para la lucha contra el tráfico de sustancias ilícitas en la región, migración y otros temas». El día 26 de febrero, a menos de un mes de la incursión militar norteamericana, la nueva «presidenta encargada» declaró a Trump «amigo y socio» de Venezuela durante un discurso pronunciado a los jóvenes de Caracas, en la Sala Ríos Reina del Teatro Teresa Carreño. Información extraída de fuentes oficiales del gobierno «encargado» de Venezuela. Cfr. Yuleidys Hernández Toledo (26/02/2026). «¡Delcy Rodríguez resuelta! Pidió fin a Trump del bloqueo y de las sanciones». Diario VEA. Disponible en: https://diariovea.com.ve/delcy-rodriguez-a-trump-como-amigo-y-socios-de-eeuu-que-somos-cese-el-bloqueo-y-las-sanciones/ (Consultado 23/3/2026).

[13] Anders, Günther. (2011). La obsolescencia del hombre. Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial (Volumen II). Valencia: Pre-Textos, trad. Josep Monter Pérez. p. 112.

[14] Como nos recuerda Volin, los bolcheviques emplearon «consignas que, hasta entonces, eran propias del anarquismo» cambiando completamente su significado. Vid: Vsévolod Mijáilovich Eichenbaum [1947). La révolution inconnue, Russie 1917-1921 (Paris) p.p. 185- 186. Trad. La revolución desconocida, disponible en: https://theanarchistlibrary-org.translate.goog/library/voline-the-unknown-revolution-1917-1921-book-one-birth-growth-and-triumph-of-the-revolution?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc (Consultado 23/3/2026).

[15] La deplorable invitación del príncipe​ Piotr Alekséyevich Kropotkin llamando a participar activamente en el bando de la Unión Sagrada —es decir, al lado del ejército francés, británico y ruso (posteriormente, norteamericano)—, quedó vergonzosamente asentada en su carta del 2 de febrero de 1914 tildando de «cobardes» a los anarquistas que consecuentemente se oponían a participar en la contienda bélica. Ratificaría con creces este llamamiento contrainsurgente y patriotero tras dos años de carnicería en el frente, dejando constancia de ello en el desafortunado «manifiesto de los 15» (28 de febrero de 1916), donde, en sintonía con los sindicalistas revolucionarios y los socialistas, convocaban a la guerra ante la «amenaza (alemana) no sólo contra nuestras esperanzas de emancipación, sino contra toda la evolución de la humanidad». Nuestra Emma Goldman tendría un posicionamiento crítico implacable frente al chauvinismo confeso de Kropotkin y sus secuaces; sin embargo, las tendencias izquierdistas al interior de nuestras tiendas lo han mantenido en el altar de los próceres y continúan reeditando sus libros en el siglo XXI. Para más información sobre la carta de los 15, Vid. Bonanno Alfredo M. (2012), El manifiesto de los dieciséis. En: https://libertamen.wordpress.com/2022/04/20/el-manifiesto-de-los-dieciseis-2012-alfredo-m-bonanno/(Consultado 24/3/2026).

[16] Si bien este fenómeno no fue exclusivo de la región austral, ya que el movimiento anarquista en pleno adhirió a la causa de la «revolución comprobada» y el «movimiento maximalista», tras el impacto de la Revolución de Octubre, en el Río de la Plata el desarrollo del anarco-bolchevismo dejó amplia constancia de su existencia en el diario Bandera Roja (1919), La Rebelión (1924-25) y El Comunista (1920-21), ambos de Rosario, El Libertario (1923-30) de Buenos Aires y La Batalla (1919-1924) de Montevideo. Vale destacar que este intento de fusión anarco-bolchevique no sobrevivió al golpe militar de 1930. Algunos de los animadores de esta alianza contradictoria terminarían afiliados al Partido Comunista, como fue el caso de Elías Castelnuovo y Marcos Kaner. Toda la documentación al respecto se encuentra disponible en el Archivo Max Nettlau en el Instituto de Historia Social de Ámsterdam.

[17] En torno a nuestra consecuente oposición a la formación de nuevos Estados-nación, es pertinente la lectura de las valoraciones sobre la lucha en Palestina del compañero Alfredo Bonnano. Cfr: No allo Stato Palestinese (No al Estado palestino), publicado en ProvocAzione n . 18, diciembre 1988. p.p. 1-2 .

[18] Los artículos y comunicados del portal Abolitionmedia dan buena cuenta de ello. Cfr: https://abolitionmedia.noblogs.org/ (Consultado 25/3/2026).

[19] Para corroborar estas aberraciones es oportuno consultar el artículo del compañero Ron Tabor. Cfr: https://utopiantendency.org/2024/08/02/ron-tabor-on-left-wing-anti-semitism/ (Consultado 25/3/2026).

[20] El «confederalismo democrático» es la propuesta de «autogobierno» del otrora Partido de los Trabajadores del Kurdistán (Partiya Karkerên Kurdistan, en kurmanji). Esta institución político-militar de orientación marxista-leninista-maoísta, fundada en Turquía por Abdullah Öcalan en noviembre de 1978, impulsó «la guerra popular prolongada» como método de lucha para la reunificación del pueblo Kurdo y el establecimiento de un Estado independiente y soberano. En 2005, tras 30 años de lucha, en el contexto de la Guerra del Golfo y la invasión norteamericana a Irak, su máximo líder (Öcalan) inspirado en el ecomunicipalismo trotskista de Murray Bookchin, llamaría desde la cárcel a abandonar la línea maoísta y abrazar el «confederalismo democrático». Para más información Cfr: Declaración del confederalismo democrático en el Kurdistán, disponible en: http://www.freemedialibrary.com/index.php/Declaration_of_Democratic_Confederalism_in_Kurdistan (Consultado 26/3/2026).

[21] Unidades de Protección del Pueblo (Yekîneyên Parastina Gel, en kurmanji) y Unidades Femeninas de Protección (Yekîneyên Parastina Jin, en kurmanji). Ambas unidades son el principal componente de las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) y operan como fuerzas armadas de la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria.

[22] Para verificar estas desvirtuaciones es oportuno visitar el portal: https://www.solidaritycollectives.org/en/about-us/ (Consultado 26/3/2026).

[23]  Cfr: Ser anárquicos y estar en guerra: La experiencia de Solidarity Collectives en Ucrania. Reportaje de Francesca Barca. Trd: Rafael Aparicio Martín. https://voxeurop.eu/es/anarquista-guerra-ucrania-solidarity-collective/# (Consultado 26/3/2026).

[24] Id.

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