-Vais a morir al final del espectáculo.
En poco más de una hora, justo antes de acabar la función, el rey habrá muerto. Este es el resumen de El rey se muere, una de las obras más emblemáticas de Eugène Ionesco, máximo representante del teatro del absurdo junto con Samuel Beckett. En el texto, escrito en 1962, quien efectivamente muere es el monarca autoritario Berenguer. Pero visto desde las butacas en 2026, observamos que el Berenguer de estos días podemos ser nosotros mismos. Es la propia humanidad, colapsada, la que está a punto de desaparecer.
“Fíjate si es actual el discurso principal de la obra que al rey le dicen que va a morir en hora y media y él responde que no, que eso está equivocado, que él es inmortal. ¿Cómo va a morir en hora y media si él es inmortal? Si él lleva viviendo medio millar de años y todo se ha inventado por él y para él”, cuenta el dramaturgo Ricardo Iniesta, director de la compañía Atalaya-TNT, Premio Nacional de Teatro.
“Ahí lo que subyace es esa idea del ser humano occidental que se cree inmortal. Nos han dicho desde pequeños que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, de un Dios eterno, que no vamos a morir y que todo lo que hay en el planeta está hecho para nosotros, para cada uno de nosotros, lo cual es absurdo, porque con todos los que somos, ¿cómo vamos a tener todo el planeta para cada uno de nosotros?”, prosigue Iniesta, que dirige esta obra junto a Sario Téllez. La próxima función se representará en el Teatro TNT, en Sevilla, los días 20 y 21 de febrero.
-Habéis rozado mil veces la muerte.
-Solamente la rozaba, no era para mí.
Éxito absoluto de El rey se muere. La gente les ha pedido que lo hagan de nuevo. ¿Cómo se sienten cuando reciben esta acogida?
Bien, siempre es una buena noticia. Pero te voy a ser sincero. Hay espectáculos que, cuando los estrenas, incluso cuando los estás haciendo, sabes que van a funcionar muy bien. Pero en el caso de El rey se muere no fue así. El rey se muere es un texto de un autor que nunca había representado. Y es un texto que, aunque es muy conocido, no se ha hecho tanto en España. No es como si haces un Hamlet o una tragedia griega… Para nosotros mismos esta vez era un poco misterio, no sabíamos cómo iba a quedar hasta que no se estrenó.
Pero es que incluso cuando se estrenó –que se estrenó en Marbella, fuera de nuestro ámbito de estrenos y con un público que no era el habitual– tampoco sabíamos el impacto que tendría. Así hasta final de año, cuando se hizo en Granada, en el Teatro Alhambra. Ahí ya sí tuvimos una acogida muy buena del público y unas críticas muy buenas. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que el espectáculo iba por muy buen camino. Y ya en Sevilla, en la Real Fábrica de Artillería, vimos en enero una unanimidad absoluta. El fin de semana pasado se hizo en Málaga y el próximo fin de semana lo haremos, por petición del público, en el TNT.

¿Cómo elige, qué le lleva a seleccionar un clásico y no otro en cada momento? ¿Qué le llevó a Ionesco ahora?
Veníamos de hacer un espectáculo de Beckett, de quien sí habíamos tenido una mayor experiencia. Y para mí, El rey se muere era una obra que había visto hace muchos años –no recuerdo de qué director, de qué compañía– y me había gustado mucho. Entonces, tenía esa sensación de que era una obra que tenía en cartera. Siempre tengo obras en cartera. Y me puse a leerla, vi alguna puesta de escena, por ejemplo, una con Susan Sarandon, que ahora le van a dar el Goya Internacional, y Geoffrey Rush. No la vi entera, vi fragmentos y me llamó mucho la atención, me di cuenta de que había algo que podía funcionar muy bien con Atalaya.
Y en este caso el rey es Carmen Gallardo.
Sí, Carmen Gallardo es una de las mejores actrices a todas las escalas de todo el país. Carmen ya había hecho El rey Lear, el Harpagón de El avaro... Y enseguida me puse a hacer la adaptación. Le quise dar preponderancia a toda una serie de textos muy actuales. Por ejemplo, cuando dice «la naturaleza se ha rebelado”. Porque argumenta que la hemos maltratado. Fíjate si esto no es actual.
«Nos habían dicho que el mundo está hecho para nosotros, pero no para una civilización, no para un colectivo, no para el género humano, sino para cada uno individualmente. Y eso es lo que provoca ese individualismo atroz, las guerras, el pisotear al semejante, la nula empatía, pensar que el planeta está hecho para mí, para mí, para mí».
Y tanto, la finitud del mundo. La tierra se muere. Fascina cómo un texto de 1962 puede interpelarnos de esa manera, incluso con el cambio climático.
Totalmente. Ha habido gente que me ha dicho que asusta de lo actual que es. Y son las tres religiones mesopotámicas, la católica, el judaísmo y el islamismo, las culpables de los grandes males de nuestra sociedad. Lo decía Saramago, que lo peor que había habido en la historia de la humanidad eran las tres religiones mesopotámicas. Nos habían dicho que el mundo está hecho para nosotros, pero no para una civilización, no para un colectivo, no para el género humano, sino para cada uno individualmente. Y eso es lo que provoca ese individualismo atroz, las guerras, el pisotear al semejante, la nula empatía, pensar que el planeta está hecho para mí, para mí, para mí. Yo, yo, yo… Todo está hecho para mí, yo soy lo más importante y quiero vivir eternamente. Y si los demás se mueren, que se mueran, pero que quede yo. El rey Berenguer llega a decir: “Bueno, si hace falta un sacrificio y desaparecen todos los demás de la humanidad, que desaparezcan, aunque quede yo solo, no me importa estar solo, pero que quede yo solo».
-Yo, yo.
-¿Crees que tu yo es todo?
Causa risa, hay muchos momentos de risa.
Sí, nos reímos, pero eso es lo que piensa la mayor parte de los seres humanos, algunos de una manera aberrante y bestial como Donald Trump.
Por Trump le iba a preguntar…
O como Milei, como Meloni, como Abascal, como toda esa gentuza que se están creyendo reyes, nuevos Hitler, y que piensan que todo el planeta está hecho para ellos. Donald Trump cree que el planeta es suyo: ahora quiero invadir Groenlandia, ahora quiero invadir Irán, ahora Venezuela, ahora Cuba… Todo son caprichos de un ser abominable que es producto del cristianismo, del islamismo, del judaísmo, de todo esto.
-Ahora entiendo todo. Esto es un complot. Queréis que yo abdique.
El rey Berenguer pasa por varias fases, desde el no creer que va a morir hasta la aceptación. ¿Personajes como Trump aceptarían perder el poder?
Son los cuatro o cinco puntos del duelo. Al principio, la no aceptación, luego la rebelión contra eso, después el miedo, la ira y finalmente la aceptación. Individuos como Donald Trump, y como en su día tantos otros tiranos, no van a aceptar nada. Morirán, como se dice, genio y figura hasta la sepultura. La grandeza de este texto de Ionesco es que ahí sí pasa esto. Él nos presenta este rey, que podría ser el rey Lear déspota, y vemos cómo va cayendo en elementos grotescos, de reírse incluso de sí mismo, todo esto que conecta con el Harpagón de El avaro, de Molière, y que termina con una fragilidad que, con la calidad interpretativa de Carmen Gallardo, es estremecedora. Durante una hora, el público ríe a mandíbula batiente, pero al final se queda con un pellizco y un nudo en la garganta.

Porque es Trump y es toda esa gente con poder, pero también somos nosotros mismos, la humanidad en su conjunto.
Exacto, es que es enfrentarte al espejo de nosotros mismos y es, como digo, en Occidente. Nos vamos a sentar a la vera de Dios. Porque puedes ser un tío malvado, chungo, durante toda tu vida, pero con que te arrepientas y pienses en Dios en el último segundo, ya vas al cielo. Fíjate qué aberración, qué cosa tan aberrante y tan peligrosa que son estas religiones. Lo siento para quien lea esto y sea creyente, pero que al menos se cree el beneficio de la duda.
De un tiempo a esta parte, ¿podríamos decir que vivimos cada vez más en un teatro del absurdo?
Absolutamente. Y vuelvo a la figura de Trump. Es absurdo que de repente diga ‘voy a poner unos aranceles de cien porque me he levantado y me da la gana’. Y luego los baja a 20, luego a 15, luego vuelve a 40. Es una cosa… Es como con el GPS cuando te dice ‘estás a cinco kilómetros’. Ah no, por aquí a cinco minutos. No, no, a media hora; no, a un minuto, ¿sabes? Es absurdo, pero es un absurdo peligroso.
«El propio país de EE. UU. es un país absurdo. Yo me quedo con cómo lo retratan los Coen. Es un país edificado sobre exterminio de indios, exterminio de negros, exterminio de orientales, de latinos… Está hecho a base de genocidios y asesinatos en masa».
Ahora estamos viendo también todo lo que se está destapando con el caso Epstein, todo el tema de la pederastia. Yo digo que el propio país de Estados Unidos es un país absurdo. Yo me quedo con cómo lo retratan los Coen. Son geniales. Cuando ves Fargo, cuando ves todas esas películas de la América profunda que dices ‘madre mía, qué personajes más absurdos’. Pero son 80 millones y han votado a este tipo. Y, por mucho que en Nueva York haya un alcalde progresista, un alcalde con ideas innovadoras y empático, hay 80 millones que no lo son. Son de esos que llamas a su puerta, disparan y luego preguntan. No lo olvidemos. Es un país edificado sobre exterminio de indios, exterminio de negros, exterminio de orientales, de latinos… Primero se cargaron a casi todos los indios que había ahí, luego a los esclavos, luego… Es que está hecho a base de genocidios y asesinatos en masa.
-Todos los reyes cuando van a morir se agarran a la luna, a los árboles, a cualquier cosa para seguir reinando, a cualquier precio.

Lleva ya 43 años a bordo de Atalaya. Cuando mira atrás, ¿qué ve? ¿Es nostálgico?
Soy optimista, peligrosamente optimista porque fíjate el mundo cómo está. Es decir, optimismo dentro de lo que se puede, a pesar de estos individuos. Pero no, no soy pesimista ni tengo ese punto romántico. Lo que sí miro mucho es la memoria, de dónde vienes, porque es lo que hemos hecho en todos estos tiempos, el aprendizaje que hemos tenido, los compañeros con los que hemos trabajado. Y vas viendo personas que van desapareciendo. Mira, ayer mismo se murió Rafael Amador, de los Pata Negra. Antes de ayer se murió Andrés Martín, del colectivo Fridor, el diseñador que le hizo la peineta a Martirio… En fin, una referencia también de de las artes andaluzas. Y son gente incluso más jóvenes que yo, los dos. Por eso resulta absurda la gente que se cree inmortal. Y lo malo es la gente que en nombre de su inmortalidad te va a atropellando.
«Resulta absurda la gente que se cree inmortal. Y lo malo es la gente que en nombre de su inmortalidad te va a atropellando».
El teatro siempre ha sido una herramienta muy potente para transformar realidades sociales. En Atalaya dan fe con proyectos como el de Bernarda Alba y las mujeres gitanas de El Vacie, el ciclo Ético de teatro comunitario o con obras mismas como El rey se muere. Pero, ¿cómo ve el sector hoy en día? ¿Ve al teatro en general con fuerzas? Hay mucha gente que vive anestesiada para poder seguir viviendo…
Mira, hoy hemos presentado Celestina, que se va a despedir después de 14 años en gira por todo el mundo. Se ha hecho en Moscú, se ha hecho en París, se ha hecho en Nueva York, se ha hecho en Armenia, se ha hecho en Cabo Verde, en Chile, se hará en Zimbabue la última función… Y yo me he asomado hoy a ver a los chicos que venían de institutos a verla en una función escolar. Este fin de semana se hace para el público adulto. Y me decían los actores que al principio de la obra había una bulla tremenda, como que los chavales pasaban de la obra. Pero de repente se han empezado a callar y se han callado totalmente y han atendido. Y luego han aplaudido. Y me decía entonces una actriz, que es muy agnóstica ella de todo: «Bueno, esto me reconcilia con la humanidad».
Claro, eso da esperanza.
Sí, y lo he dicho públicamente a los alumnos en el coloquio que ha habido: que sepáis que el teatro con la IA no va a desaparecer, como yo creo que sí va a desaparecer el cine tal como lo conocemos. Porque el teatro está hecho in situ, se hace en vivo y en directo. En el teatro tú estás viendo el sudor, la imperfección, algo muy importante, la imperfección de ese actor, ¿no?
Durante una hora y media de un espectáculo, por buenísimos actores que sean, siempre hay pequeñas dudas, pequeños trabones en el texto, imperfección en la acción, ese pequeño cambio en la mirada, ese pequeño guiño.. Eso es lo que le da la grandeza, nada está grabado. Por eso la realidad virtual nunca va a poder con los actores en vivo. Es como el violín Extradivarius, que no sabes si en ese momento la madera va a sonar de una manera diferente a como lo ha hecho diez minutos antes. Eso es el teatro, el teatro es algo que está hecho sobre la realidad de verdad, no la virtual. Y la realidad de verdad es inimitable. Por eso para mí hay que tener esa idea de que el teatro es algo único y, a partir de ahí, hay que hacer un teatro que lo que quiera, lo que pretenda, no sea recrear la realidad como es –porque nunca vamos a poder competir con el cine, con la televisión, con la inteligencia artificial, para recrear la realidad– sino crear otra realidad. Es también la poesía, la poesía que genera el teatro en vivo. Fíjate que el otro día leía que la IA se puede volver loca, confundir, con la poesía. Y lo cierto es que al teatro no lo va a poder colonizar nunca la IA.
¿La emplea usted?
Sí, yo trabajo con la IA. Necesito que me digas para esta palabra un equivalente… esas cosas te las va resolviendo la IA. Hay que aprovecharla. Como herramienta, la IA me encanta. No soy de esta gente purista que dice «Ah, no, la IA va a acabar con nosotros». No, no, no, no. Lo que va a acabar con nosotros, ya te lo he dicho yo, son las religiones, la religión del individualismo. Esa es la que va acabar con el planeta, que lo decía Stephen Hawking, que le daba 400 años al planeta Tierra por culpa de este individualismo. Eso es lo que va a acabar con nosotros, no la IA. Por eso cuando me dicen ‘yo no quiero la IA’ les digo ‘pues vete a una isla desierta, no cojas un tren, no hables por teléfono, no escribas en un portátil, no pongas la lavadora, no pongas nada, vive en una isla desierta en pelota viva’… Por eso digo que el teatro, si se entiende como algo así, único e insólito, y se trabaja investigando sobre ello, pues es algo único para el ser humano.
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