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¿’Burnout’ o alienación profesional? Trabajos que pasan de desgastarte a deshumanizarte

12 Julio 2026 at 07:00

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

María Dolores Braquehais Conesa* // El término burnout o «síndrome de estar quemado por el trabajo» se puede definir como una respuesta de estrés crónico ante determinadas circunstancias laborales que se traduce en actitudes y sentimientos negativos hacia las personas con las cuales se trabaja y hacia el propio rol profesional, además de desembocar en una sensación de agotamiento emocional y físico.

A pesar de que se puede producir en varios ámbitos vitales y, más concretamente, laborales, es más frecuente en oficios con un alto componente vocacional, como es el caso de los dedicados a los cuidados. En nuestro entorno, su prevalencia alcanza ya casi a la mitad de los profesionales de la salud en activo, especialmente –pero no solo– los del ámbito público.

Consecuencias del burnout 

Los efectos del burnout no se limitan al área personal sino que afectan también, y de manera muy relevante, al sistema sanitario. De hecho, su presencia y su persistencia comprometen la viabilidad y la calidad asistencial, porque se asocian a una menor productividad, más absentismo y «presentismo», aparte de aumentar la tasa de rotación de puestos de trabajo e incluso el abandono definitivo de la profesión.

El burnout no es un mero agotamiento por exceso de tareas, sino que comporta un derrumbe vital que acaba erosionando el compromiso profesional y el sentido del trabajo. Es, por lo tanto, una de las formas ultramodernas de alienación, que cuestiona el «por qué» y «para qué» o «quién» del propio trabajo, como consecuencia de las condiciones en que se ejerce.

A veces no responde tanto a la sobrecarga del trabajo sino a la manera como interactúan los equipos, a la falta de meritocracia, a modelos de gestión anquilosados, al clientelismo o a determinados liderazgos donde se producen dinámicas de abuso de poder. En estos entornos se fomenta la indefensión aprendida, el oportunismo o el nihilismo. Si confluyen todos los factores, salir indemne de la tormenta es una quimera.

El burnout es especialmente preocupante en profesiones vinculadas a los cuidados, sector que demuestra que, más allá de los adelantos tecnológicos que sugieren un perfeccionamiento y superación sin tregua de nuestros límites, continuamos siendo mamíferos sociales con capacidad simbólica y, por lo tanto, desde el nacimiento necesitamos a los otros.

Además, volens nolens, todavía estamos expuestos a la enfermedad y a la muerte. Que aquellos que nos cuidan se agoten, se desmotiven y cejen en cuidarnos, y que las instituciones y los equipos se erosionen a pasos de gigante, tendría que ocupar el primer lugar de la preocupación y de las discusiones públicas. Pero, de momento, parece ser que las prioridades son otras.

Razones contextuales

El modelo clásico para explicar el burnout apela al desequilibrio entre las demandas (externas e internas) y la capacidad de hacerles frente. No obstante, el énfasis no se tiene que poner tanto en los individuos como en los factores contextuales.

Nuestra atmósfera cultural ha sido definida –por algunos filósofos contemporáneos– como una sociedad abocada al agotamiento, puesto que los sujetos acaban exhaustos, esclavizados por un imperativo interno voraz de híper exigencia como patrón para afrontar la vida, especialmente por lo que respecta al desempeño profesional y a la presentación social de la imagen personal.

No solo los profesionales de la salud hemos interiorizado esta ley, sino también los usuarios. Además, la salud ha pasado a vivirse como un bien de consumo que no admite su otra cara, la enfermedad, y menos todavía todo aquello que conlleva nuestra frágil e imperfecta condición común.

El efecto boomerang de la lógica del rendimiento

Por otro lado, la lógica de la sociedad del rendimiento se encuentra en las antípodas de la de los cuidados. Mientras la primera solo concibe la productividad creciente, la cuantificación de resultados, la ausencia de errores y la inmediatez, la segunda lleva en sí misma el tiempo, el detalle, la calidad del trato y los resultados más modestos que halagüeños.

Esta hegemonía del rendimiento como «gold standard» prevalece a la hora de evaluar la gestión de los servicios sanitarios, abocados a conseguir, año tras año, indicadores de «producción» en la prestación de servicios, mientras se desprecian los aspectos relacionados con las condiciones materiales y formales en que los profesionales hacen su trabajo, así como la percepción que estos tienen de su trabajo.

Lo curioso es que, al premiar este enfoque basado exclusivamente en el rendimiento, se ha acabado produciendo un efecto boomerang, puesto que el burnout compromete seriamente este plan de ruta meramente orientado a los resultados, provocando el efecto contrario, además de las numerosas víctimas colaterales que se lleva a su paso.

Sostenibilidad y gestión de calidad

El análisis anterior no cuestiona la necesidad de que los servicios sanitarios sean sostenibles. No se puede negar que los recursos son limitados y las necesidades poblacionales, crecientes. En este escenario, la gestión creativa, transparente y honesta, donde se promociona la corresponsabilidad de todos los implicados con la gestión, sin perder autonomía en la organización de los procesos y del propio cometido, se hace más necesaria que nunca.

La evidencia científica disponible hoy en día demuestra que los equipos donde impera el respeto mutuo, la colaboración interdisciplinaria y la equidad y donde se facilita cuidar a los trabajadores son más capaces de hacer frente a los retos que se les presentan. Los nuevos modelos de liderazgo en las instituciones apelan, precisamente, a esta disposición a la escucha, a la flexibilidad y también a la gestión de los conflictos y de la discrepancia como oportunidades para renovar las maneras de hacer y de estar.

Por su parte, las instituciones tienen que vigilar y poner freno a los hábitos de gobierno –desde los altos cargos de responsabilidad hasta los mandos intermedios o a quienes tenga cualquier responsabilidad sobre los otros– donde prevalezcan los intereses particulares, el clientelismo, la arbitrariedad en la gestión de recursos humanos, la división interna, el miedo a represalias o la cultura encubierta del silencio ante los abusos de poder.

Del riesgo de derrumbe a la necesidad de transformación

Para deshacer este estado de cosas, es improrrogable llevar a cabo una transformación profunda de los modelos de gestión y de la metodología de evaluación de la asistencia, así como propiciar un cambio en las organizaciones y los equipos que permita hacer de los puestos de trabajo espacios dignos donde imperen la meritocracia, la transparencia y el buen trato, liderados por personas comprometidas y honestas, además de dotarlos de medios suficientes para poder hacer dignamente su trabajo, de manera que los trabajadores se sientan reconocidos y puedan recuperar el sentido de su vocación.

De este modo, será posible un equilibrio entre sostenibilidad y calidad asistencial. No se trata de aspirar a la perfección, pues perfectos no somos los humanos, sino de una renovación orientada a la humanización del sistema. A veces se usa el lema: «El paciente en el centro». Pues tenemos que ampliar, de verdad, este imperativo para que incluya también a los pilares de la sanidad: los profesionales de la salud. Sin ofrecerles condiciones dignas no es posible. Sin un cambio profundo en la cultura de equipo y de las instituciones y en los estilos de liderazgo y de gestión, tampoco. Y sin un compromiso veraz y sostenido de la sociedad, la amenaza de derrumbe a la cual estamos asistiendo pasará de ser un riesgo a una realidad.

*María Dolores Braquehais Conesa. Psiquiatra, Doctora en Psiquiatria, Licenciada en Filosofía y Máster en Bioética y Derecho.

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Fabian Scheidler: “Europa está desmontando el Estado del bienestar para construir un Estado de guerra”

5 Julio 2026 at 07:00

Esta entrevista se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerla en catalán aquí.


Desde los atentados del 11 de septiembre hasta la guerra de Gaza, pasando por la pandemia y la invasión rusa de Ucrania, Fabian Scheidler (Bochum, 1968) observa un mismo mecanismo político. Las crisis, sostiene, se convierten en oportunidades para ampliar los poderes excepcionales del Estado, transferir recursos públicos a grandes corporaciones y acelerar la militarización de las sociedades occidentales.

En El estado de guerra y la lucha por un nuevo orden de paz (publicado por Icaria), el ensayista alemán argumenta que Europa está abandonando progresivamente el modelo de Estado social construido tras la Segunda Guerra Mundial para entrar en una economía de guerra permanente. En esta conversación reflexiona sobre los límites del sistema de partidos, la crisis de la hegemonía occidental, el ascenso de China y las posibilidades de reconstruir una política de paz en el siglo XXI.

En el libro identificas un patrón común que atraviesa acontecimientos aparentemente distintos, desde el 11-S hasta la pandemia, la guerra de Ucrania o Gaza. En todos ellos observas una expansión de los poderes excepcionales del Estado y una creciente militarización de la política. ¿Crees que existe una racionalidad consciente detrás de este proceso o más bien una capacidad de las élites para instrumentalizar acontecimientos imprevistos?

No creo que hace 20 o 30 años hubiera un grupo de personas sentado alrededor de una mesa diseñando un estado de excepción permanente porque anticiparan el declive de Occidente o el caos global. La historia es mucho más compleja que eso. No funciona mediante planes perfectamente trazados.

Lo que sí observamos es que cuando se producen acontecimientos traumáticos –el 11-S, una pandemia o una guerra– esos acontecimientos son rápidamente utilizados para reforzar determinadas estructuras de poder porque hacerlo responde a los intereses de las élites políticas y económicas.

La pandemia es un buen ejemplo. Algunas personas se preguntan por qué la incluyo en un libro sobre guerra y paz. La razón es que toda la retórica desplegada durante aquellos años fue una retórica de guerra. Emmanuel Macron llegó a declarar que Francia estaba «en guerra contra el virus». Lo hizo en un momento en que el movimiento de los chalecos amarillos había puesto en cuestión el orden político francés y había protagonizado una movilización social muy importante. El estado de excepción también sirvió para contener ese conflicto. Algo parecido ocurrió con la llamada guerra contra el terrorismo. François Hollande reconoció que algunas de las medidas introducidas para combatir el terrorismo terminaron utilizándose contra activistas climáticos durante la cumbre del clima de París de 2015.

Existe una lógica recurrente. Se produce una crisis y esa crisis se utiliza para reforzar el poder ejecutivo, ampliar el poder corporativo y transferir enormes cantidades de recursos públicos hacia determinados intereses privados. Lo vimos en la guerra contra el terrorismo, donde el complejo militar-industrial fue uno de los grandes beneficiarios. Lo vimos también durante la pandemia, cuando sectores como las grandes farmacéuticas o las corporaciones tecnológicas obtuvieron enormes ventajas.

Y todo esto resulta especialmente relevante porque vivimos una crisis estructural del capitalismo que, en mi opinión, se arrastra al menos desde 2008. Cada vez más corporaciones dependen de subsidios estatales, rescates públicos o contratos gubernamentales. Los estados de emergencia se han convertido en mecanismos de transferencia masiva de recursos hacia esas estructuras de poder.

La crisis bancaria fue otro ejemplo. Se utiliza dinero público para rescatar grandes corporaciones privadas. Así funciona gran parte del capitalismo contemporáneo.

Sin embargo, algunos de los principios que definieron la gobernanza económica europea después de la crisis financiera parecen estar siendo revisados. Alemania ha flexibilizado sus restricciones constitucionales al endeudamiento y Europa parece abandonar algunas de las reglas que defendió durante años. ¿Interpretas estos cambios como una rectificación o simplemente como una adaptación a nuevas prioridades?

No creo que hayan aprendido demasiado de la crisis financiera. Muchas voces importantes siguen advirtiendo de la posibilidad de nuevas crisis bancarias. Lo que sí ha ocurrido en Alemania es que se ha modificado la Constitución para eliminar los límites de deuda cuando se trata de financiar la militarización. Los Verdes añadieron además excepciones relacionadas con los servicios de inteligencia. El resultado es muy claro. Se mantiene la austeridad para la mayoría de la población mientras se eliminan las restricciones cuando se trata de gasto militar. Estamos entrando en una situación en la que podemos destruir gran parte del Estado del bienestar europeo mientras destinamos recursos prácticamente ilimitados al ejército.

Recuerdo un titular del Financial Times que resumía muy bien esta lógica. Venía a decir que Europa tendría que recortar su Estado del bienestar para construir un Estado de guerra. Esa es precisamente la dirección en la que nos estamos moviendo.

Si el Estado-nación y el capitalismo forman parte de una misma arquitectura histórica, ¿sobre qué fundamentos podría construirse una política de seguridad diferente? ¿Existe alguna alternativa que no reproduzca la lógica de competencia geopolítica entre Estados?

Fabian Scheidler: "Europa está desmontando el Estado del bienestar para construir un Estado de guerra"
Editorial ICARIA

Superar el Estado-nación es una tarea tan enorme como superar el capitalismo porque ambos forman parte de una misma estructura histórica. No son fenómenos independientes.

No sé si el capitalismo y el Estado-nación moderno sobrevivirán a lo largo de este siglo. Lo que sí sé es que ambos atraviesan una crisis profunda y que la respuesta de las élites está siendo avanzar hacia formas permanentes de estado de excepción e incluso de estado de guerra. Precisamente por eso creo que debemos resistir esa deriva militarista.

Para la izquierda esto implica recuperar la cuestión de la paz como un tema central. En Alemania, por ejemplo, una parte importante de la izquierda ha relegado esta cuestión porque considera que genera conflictos internos o dificultades mediáticas. Pero si los gobiernos europeos siguen avanzando en esta dirección, la militarización terminará destruyendo los fundamentos materiales del Estado social.

Por eso necesitamos construir una nueva coalición política que conecte paz, justicia social, ampliación del Estado del bienestar, límites al poder corporativo y diplomacia internacional. Sin paz será imposible abordar la crisis climática o la crisis ecológica. Los recursos necesarios para esas transformaciones desaparecerán. Todo está conectado.

En cierto sentido, necesitamos recuperar la intuición original del movimiento ecologista europeo, que vinculaba paz, democracia, justicia social y crítica al capitalismo como partes de una misma agenda.

Pero incluso las fuerzas políticas que nacieron para desafiar el consenso dominante parecen terminar adaptándose a él. Esto es algo de lo que se acusó por ejemplo a Podemos en ciudades como Cádiz, dónde coexistía un discurso transformador y una defensa de industrias vinculadas a la producción militar debido a su importancia para el empleo local. ¿Cómo se resuelve esa tensión entre transformación social y dependencia económica de las estructuras existentes?

Es una cuestión muy difícil. Soy bastante crítico con el sistema de partidos, aunque no podemos ignorarlo porque existe y sigue teniendo poder. Mi impresión es que cualquier transformación profunda tendrá que construirse también fuera de los partidos, mediante nuevas coaliciones sociales capaces de articular una visión diferente de Europa.

Lo que me da esperanza son experiencias concretas. Hemos visto trabajadores portuarios en Italia y España bloqueando envíos destinados a la guerra de Gaza. Hemos visto activistas bloqueando instalaciones del complejo militar-industrial en Alemania. Hemos visto formas de resistencia que surgen desde abajo.

También observamos resistencia entre los jóvenes frente a la posibilidad de reinstaurar el servicio militar obligatorio. Muchos no quieren participar en estos conflictos geopolíticos. Nada de esto constituye todavía un movimiento masivo, pero son elementos a partir de los cuales puede construirse algo diferente.

Consideras también que el declive de la hegemonía occidental podría abrir la posibilidad de un nuevo orden internacional. Sin embargo, ¿por qué deberíamos asumir que potencias como China, India o los Estados del Golfo actuarán de forma menos dominadora que las potencias occidentales? ¿Qué tendría de más pacífico un mundo multipolar?

La multipolaridad no garantiza la paz. También puede conducir a la guerra. De hecho, muchos de los grandes conflictos de la historia moderna surgieron precisamente durante momentos de transición hegemónica. Ocurrió antes de la Primera Guerra Mundial, antes de la Segunda y en muchos otros momentos donde varias potencias competían por el liderazgo global. La cuestión es si existen factores que permitan evitar ese resultado.

China tiene una trayectoria histórica diferente. No completamente pacífica, por supuesto, pero sí distinta de la experiencia occidental. La relación entre Estado y capital es diferente. Existe una tradición política que insiste en mantener el control del capital y del ejército desde el poder civil. Además, la memoria histórica china está profundamente marcada por el llamado siglo de la humillación, cuando las potencias occidentales intervinieron y fragmentaron el país. Desde la perspectiva china, el objetivo principal consiste en evitar que algo semejante vuelva a ocurrir.

La narrativa dominante allí no es la construcción de un imperio militar global, sino la recuperación de la seguridad y la autonomía nacional mediante el desarrollo económico. Eso no significa que no existan sectores nacionalistas o militaristas en China. Existen. Pero sí abre la posibilidad de evitar una guerra por la sucesión hegemónica similar a las que hemos visto durante los últimos 500 años. No sabemos si lo conseguiremos. Solo sabemos que esa posibilidad existe.

¿Y qué papel desempeña Taiwán en esa ecuación?

Taiwán es probablemente el punto más peligroso. Mientras continúe el statu quo actual, con toda la retórica que queramos añadirle, es posible evitar una guerra. Pero si Taiwán declarara formalmente la independencia y Estados Unidos respaldara explícitamente esa decisión, entraríamos en un escenario completamente distinto.

Conviene recordar que la política de una sola China ha sido reconocida durante décadas por Naciones Unidas, por Estados Unidos y por la mayoría de los Estados del mundo. Mantener ese marco es probablemente una condición necesaria para evitar una confrontación militar de consecuencias imprevisibles.

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¡Política, políticos y corrupción!

4 Julio 2026 at 07:00

Afirmar que la mayoría de los políticos son corruptos y que el ejercicio de la política es una vía de enriquecimiento personal y de obtención de privilegios es evidentemente un despropósito, una generalización excesiva, que contribuye a cultivar una especie de «sentido común» muy extendido entre la opinión pública y que podemos resumir como «todos vienen a meter mano a la caja común y a promover sus intereses personales o de grupo». Una posición que encaja con los resultados obtenidos en las encuestas de opinión pública llevadas a cabo por el Centro de Investigaciones Sociológicas, el Eurobarómetro y otras instituciones, confirmando que la corrupción política se encuentra entre las principales preocupaciones de la ciudadanía.

Este asunto, con esta perspectiva, ocupa un lugar preferente en la mayor parte de los medios de comunicación y en las redes sociales, desplazando a problemas tan acuciantes como el imposible acceso de muchos jóvenes a una vivienda digna, el persistente deterioro de la sanidad y la educación públicas, el estancamiento de los salarios de muchos trabajadores o el continuo aumento de la desigualdad.

Aunque, en los últimos tiempos sobre todo, han salido a la luz graves episodios de corrupción donde algunos políticos –en ocasiones con puestos muy destacados en la administración pública y en las cúpulas de los partidos– han aprovechado su privilegiada posición para saquear lo que es de todos y para obtener todo tipo de prebendas, opino que no cabe hacer generalizaciones, metiendo a todos en el mismo saco.

En realidad, estamos ante un debate manipulado donde los grandes medios de comunicación y las redes sociales establecen las coordenadas y el contenido del mismo. Aunque hace referencia a los políticos (y a la política) –así, en general– está teniendo un considerable recorrido social y electoral para las derechas, especialmente para la extrema derecha.

En este escenario, poco importa que el Partido Popular (PP) haya sido condenado por los tribunales en calidad de partido que ha promovido o se ha beneficiado de la corrupción, que varios de sus dirigentes hayan ingresado en la cárcel por ello y que todavía tenga abiertas diferentes causas judiciales. ¡Pelillos a la mar! Todos los focos están puestos en el Partido Socialista Obrero Español y en el presidente de gobierno, Pedro Sánchez.

Se trata, pues, de un debate muy polarizado y sesgado que, como apuntaba antes, arrincona los grandes y graves problemas que tiene la ciudadanía, en el contexto de una batalla política de gran calado donde las derechas –políticas, judiciales, empresariales y mediáticas– pretenden poner fin a la legislatura y al gobierno de coalición, alentados por unas encuestas donde predicen que, de celebrarse las elecciones, probablemente el PP y Vox alcanzarían la mayoría absoluta.

En este escenario, suscitan menos interés los «corruptores». Aquellos empresarios o sus testaferros que hacen de intermediarios y/o promueven negocios aprovechando el acceso privilegiado a los recursos públicos y a sus contactos en la Administración. No sólo su decisiva posición en las tramas apenas recibe penalización, sino que incluso es recompensada si media algún tipo de colaboración en los procesos judiciales.

Llegados a este punto creo pertinente realizar algunas consideraciones sobre la posición de aquellas empresas (sobre todo grandes firmas) cuyo modelo de negocio consiste cada vez más en capturar recursos públicos y modificar en su propio beneficio las regulaciones públicas. No estoy hablando de un fenómeno reciente (si bien en los últimos años se ha intensificado), ni tampoco de prácticas que cabría calificar necesariamente como ilegales, aunque ocupan un espacio fronterizo y opaco. Se trata de algo más amplio que lo contenido en el término «corruptores».

Me refiero más bien a la quintaesencia de un capitalismo oligárquico y a una dinámica, la de los mercados realmente existentes, que claramente apunta a la colonización, a la ocupación de lo público, a partir de la posición de privilegio (y de poder) de los grandes grupos económicos. Podemos convenir, como acabo de señalar, que, en el sentido literal del término, no estamos necesariamente ante prácticas corruptas, pero en mi opinión constituyen el sustrato básico para que se desarrollen y consoliden.

En estas coordenadas cabría situar algunos ejemplos destacados, como el privilegiado acceso de las grandes empresas a los fondos europeos y más concretamente a los recursos asignados por la Unión Europea (UE) para enfrentar las consecuencias de la pandemia y poner los cimientos de la denominada transición verde y digital (NGEU, por sus siglas en inglés); al considerable aumento de los recursos públicos, tanto estatales como comunitarios, destinados al lobby militar; o a los escandalosos beneficios fiscales que disfrutan las corporaciones y las grandes fortunas. En el mismo sentido hay que destacar el privilegiado acceso de los grupos de presión (lobbies) a los espacios públicos –en la UE y en España– donde se moviliza una gran cantidad de recursos y se toman decisiones; grupos que, como sabemos, no hacen ascos, todo lo contrario, a colocar en puestos clave a políticos de «izquierdas» recompensándoles con abultadas (escandalosas) retribuciones.

¿Acaso se actúa para enfrentar esta problemática? ¿Hay interés en abrir el foco del debate para entrar en las raíces mismas de los procesos de corrupción? La respuesta a ambas preguntas es claramente negativa, pero una izquierda verdaderamente transformadora tendría que mirar necesariamente en esa dirección.

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Melancolía, no solo de la izquierda

18 Junio 2026 at 08:03

9 de junio

Después de la entrega de los premios TIFLOS, durante el cóctel subsiguiente, converso con alguien que me acaban de presentar, que se define de izquierdas, sobre la situación política. Sale a relucir el hundimiento de Podemos. Él habla con pesar de la deriva de ese partido y la atribuye a la lucha de egos entre sus dirigentes. Respondo con una vehemencia que no es frecuente en mí. Creo que ya he escrito por aquí que no suelo discutir salvo en situaciones en las que de la discusión depende una decisión.

Pero en el caso que estoy refiriendo me enfado más allá de lo razonable porque creo que refleja uno de los males más dañinos para la izquierda, y lo es doblemente: primero, porque se acaba comprando el marco del debate a las campañas mediáticas de la derecha. No, a Podemos no lo destruyó la lucha de egos como dicen quienes quieren desacreditar a la formación política; a ningún partido lo destruye la lucha de egos, que existen en el PP, en el PSOE, en Vox, en Izquierda Unida… A Podemos, aparte de todos los errores que puedan haber cometido sus dirigentes, lo destruye una campaña coordinada de la prensa, la judicatura, el capital y las cloacas policiales, con bulos, montajes, connivencia de periodistas corruptos con policías corruptos con jueces corruptos. Aunque todas aquellas acusaciones quedaron en nada, el prestigio del partido entre quienes buscaban una forma diferente de hacer política, acabó siendo minado.

El segundo aspecto que me parece nocivo es que en la izquierda nos encanta desencantarnos. Los nuestros nunca merecen triunfar porque nunca son tan puros como nuestros sueños. No digo que la autocrítica y reconocer la corrupción en las propias filas no sean tareas imprescindibles, pero a menudo se toman como una invitación a rendirse y a regodearse en la mirada cínica y distante que nos deja plácidamente alojados en nuestra nube celestial.


13 de junio

Preparando la presentación de Melancolía de los confines: Norte, de Mathias Énard –un libro muy recomendable por múltiples razones–, repaso fragmentos que había subrayado en otro libro suyo, Desertar y me encuentro con esta frase: «Si pudiera uno volver a vivir un momento x de su existencia, yo elegiría un día con Irina cuando era muy pequeña, los tres a orillas del lago en Hankels Ablage…».  No sé si lo hice cuando leí la frase por primera vez, creo que no, pero ahora me detengo a pensar cuál sería ese único día que yo querría volver a revivir. Me viene a la memoria uno que no reproduciré aquí. Si alguien lee estas páginas, le invito a hacerse esa pregunta: ¿si pudieras revivir un único día de tu vida, cuál elegirías? Y la segunda pregunta, obvia, sería: ¿por qué ese?

Tendemos a pensar que la felicidad es el fin supremo al que se dirigen nuestros actos. Para mi sorpresa, he descubierto al responderme a la pregunta que no es el mío.


15 de junio

Sánchez dice, tras alegrarse por el anuncio de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán, que debemos entender de una vez por todas que la guerra es un fracaso. Pero por supuesto Sánchez sabe que no es así. Esta guerra, como todas, ha beneficiado a numerosas empresas con ingresos millonarios. Seguimos fingiendo que la guerra se utiliza para los fines que proclaman públicamente quienes las inician, y casi nunca es así. Una excepción sería la guerra contra los palestinos, porque sus adalides, después de una fase de justificaciones absurdas, están siendo extremadamente sinceros: el objetivo es la ocupación completa de sus tierras y la expulsión o el asesinato de la mayoría de la población actual.


16 de junio

Énard escribe que «los muertos siempre serán más numerosos que los vivos». Hace poco pensaba yo en la resurrección de los muertos durante el Juicio Final y en que, si salieran todos a la vez de sus tumbas, apenas tendrían espacio y se apelotonarían unos sobre otros, situación muy poco digna para presentarse ante el Creador. Lo pensaba tras volver a ver los frescos del Juicio Final de la catedral de Orvieto. Pero tras dividir la superficie terrestre entre el número estimado de muertos desde que existe la humanidad, llegué a la conclusión de que cada zombi resucitado tendría setecientos metros cuadrados para su disfrute. Incluso si descontásemos las zonas inhóspitas del planeta dispondrían de una parcela amplia donde esperar sentencia.

Y también me decía que el Dios de los cristianos es un individuo cruel: si hubiese programado el apocalipsis para hace unos siglos, miles de millones de personas habrían evitado ser condenadas a las penas del infierno. Aunque, si aplico esa lógica, debería haber adelantado el Juicio al momento en el que se dio cuenta de la chapuza que había hecho en el diseño de Adán y Eva. Nos habríamos ahorrado muchos disgustos.


17 de junio

Me piden un vídeo para apoyar la traducción humana. Cada vez aborrezco más los vídeos, no solo porque con su proliferación a partir de la pandemia se han vuelto irrelevantes, también me resultan incómodos y engorrosos; demasiado para el efecto que les supongo.

Así que digo que no, que prefiero dar mi apoyo desde aquí –que no se verá mucho más, pero al menos es una tarea a la que estoy habituado y no me obliga a ponerme ante la cámara–. Dado mi pesimismo consustancial, creo que es una batalla perdida. Se impondrá la IA en numerosos trabajos, no solo en la traducción, porque tiene la característica básica para su expansión en el capitalismo: reduce costes.

Esto, por supuesto, es mentira: reduce costes a la empresa que la utiliza, pero los costes sociales, medioambientales y para nuestra cultura son enormes. Lo que no importa a los empresarios; esa preocupación no está en su naturaleza. Al fin y al cabo, pagamos todos, no ellos. La única socialización que entienden es la de sus costes.

Sin embargo, creo que hay que defender la traducción humana, la ilustración humana, etc., resistir el tiempo que se pueda. Y eso solo puede lograrse haciendo daño económico a las empresas que la usan: publicitando sus prácticas para intentar que las abandonen algunos de sus clientes, boicoteándolas, también apoyando a quienes no utilizan la IA, por ejemplo, mediante el sello de traducción humana. Solo haciendo menos rentable el egoísmo podemos defender la trinchera. Me sale un lenguaje muy bélico, pero es que estamos ante una guerra solapada, en la que, como en todas las guerras, hay unos pocos vencedores y muchos derrotados. ¿Eran de León Felipe esos versos que dicen: «entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasó también»?

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