La escritora de Guadalajara (España) publica su primera novela, ‘Tocan a muerto’ sobre la posguerra española en la dictadura franquista, sobre los silencios y el luto. “Las historias pertenecen a quienes las sufren”, afirma.
El 19 de julio de 2026 se cumplen 90 años desde que la clase trabajadora derrotó el golpe de Estado. El pueblo levantado en armas logró detener, no sólo las pretensiones de todas las fuerzas facciosas que estaban detrás de este alzamiento militar, sino que ante su propio triunfo no se detuvo y empezó la revolución social más profunda que haya conocido la historia.
Pero, ¿Qué es una Revolución Social? Una Revolución Social no es, desde luego, un cambio de gobierno, ni siquiera un cambio de la forma de Estado. Una Revolución Social es el cambio de las relaciones sociales que sustentan el estado de las cosas. Sustituyó la organización de la economía a manos de la empresa privada o el Estado por la organización por parte de la propia clase trabajadora, a través de las colectivizaciones, tanto en la industria como en el campo.
La transformación de las relaciones sociales, sin embargo, no se detuvo solamente en lo económico, sino que precisamente este cambio encaminado a superar el capitalismo por una nueva economía comunista libertaria permitió el impulso de medidas de todo tipo para los problemas sociales de su momento, muchas de las cuales siguen sin resolverse en nuestra sociedad hoy.
Desde el papel de la instrucción y la educación en la sociedad, el problema de la vivienda o la maternidad consciente, la igualdad entre sexos o la cuestión nacional y su resolución federalista, entre otras cuestiones que apuntaban a eliminar las viejas instituciones de la sociedad creando una nueva sociedad libertaria, ejemplifican el carácter profundo de una revolución hecha por trabajadores y trabajadoras del campo y la ciudad.
Este impulso revolucionario del pueblo, de la gente anónima de la historia pero que mueve el mundo cada día de sus vidas, se pudo sostener gracias al esfuerzo y sacrificio, también en el frente militar mediante las milicias obreras. Y es que hasta en la organización de la lucha militar se transformaron las caducas y rígidas formas autoritarias de los ejércitos por milicias sostenidas por el propio movimiento obrero y revolucionario.
La guerra civil española, a la que dio paso la derrota del golpe militar fascista de 1936, era la continuación de una guerra de clases larvada en las luchas revolucionarias: desde la comuna de Asturias en 1934 hasta las insurrecciones comunistas-libertarias como las de Fígols. Una lucha de clases que se remonta a los tiempos de la I Internacional en España, y a todas las luchas sociales donde el proletariado ha sido protagonista en el mundo.
A noventa años de ese hito en la historia jamás superado, que nos sirve de ejemplo para nuestras luchas cotidianas, debemos también señalar que el régimen que combatió desde el primer momento ese proceso fue también la propia República y las fuerzas burguesas liberales y republicanas, socialdemócratas y estalinistas. La derrota de la revolución precedió la derrota militar de la II República, y la imposición por la sangre y el genocidio de un régimen de terror acaudillado por el criminal Francisco Franco.
El cambio de régimen que, prácticamente 40 años después, dio lugar al actual Reino de España, en forma de monarquía constitucional, no fue sino un pacto, una transacción entre las fuerzas que administraron el franquismo con las de una nueva burguesía liberal y socialdemócrata, con el trasfondo de un importante nuevo episodio de la lucha de clases en la península ibérica del que también se cumplen 50 años este 2026. La derrota del proletariado en la “transición española”, nuevamente, ha asentado en el poder nuevas fuerzas reaccionarias, aunque se hagan vestir con piel de cordero. Y uno de los ejemplos más claros lo tenemos en la falsificación de la memoria histórica, llamada hoy Memoria Democrática.
Desde instituciones públicas, la academia oficial y el naufragio de la socialdemocracia y el estalinismo se impulsa una reinterpretación de la memoria histórica en la que nunca hubo una Revolución Social, donde las mujeres y los hombres anarcosindicalistas y anarquistas de la CNT, la FAI, Mujeres Libres o las Juventudes Libertarias lucharon, no por una transformación radical de las relaciones sociales que superaran el Capitalismo en un régimen comunista libertario, sino que ahora reescriben la historia para decir que lucharon por una República que los combatió y encarceló antes de la guerra civil, los combatió durante la guerra civil y cuyos herederos políticos de hoy intentan borrar de la historia.
No es casual que, apenas pocos años después que nos dejaran para siempre los últimos compañeros y compañeras que vivieron en primera persona la Revolución Social de 1936, que ya no están para poder contestar a la cara a los falsificadores de la historia, proliferen los esfuerzos para que la memoria democrática se vuelva olvido del proceso revolucionario.
En nuestras manos está que esto no suceda, y que las aspiraciones que motivaron quienes construyeron de forma anónima la mayor Revolución Social conocida hasta nuestros días nos guíen también a la hora de enfrentar los problemas actuales de la clase trabajadora en nuestra sociedad y el mundo entero.
Esta noche en la casa encantada estuvimos con Fer contando alrededor del fogaril historias tétricas y fantasmales de la bella Edimburgo acompañados del mas terrorífico R&R.
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Este reportaje se publicó originalmente en papel, en La Marea 111. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.
La Guerra Civil podría haber terminado meses antes de aquel 1 de abril de 1939. La victoria del bando golpista vino precedida por una operación de inteligencia, diplomacia y logística sin parangón en la historia bélica hasta aquel momento. La rendición tenía que ser total. No hubo espacio para armisticio alguno. Todos los presos fieles a la República serían tratados como presos comunes, no como prisioneros de guerra. Tampoco alargar la contienda habría significado entrar en la Segunda Guerra Mundial. Aquel primero de abril, la Guerra Civil llegó a muchos lugares que no la habían vivido. La épica cacareada por los gallos de la victoria no fue tal. La rendición al completo estuvo medida al milímetro, no así la crueldad que se desataría en cada lugar en el que los vencedores tuvieran sed de venganza.
Estas son las grandes tesis que deja tras de sí Cómo terminó la guerra civil española (Crítica, 2026), un extenso ensayo que contiene documentación con información procedente de fuentes hasta ahora no accesibles a los investigadores. En él, Gutmaro Gómez Bravo reescribe los días clave en los que el bando franquista pergeñó la victoria incondicional. Este catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) huye de la versión más extendida y se aleja de las desavenencias entre los gerifaltes militares republicanos para poner la mirada sobre los golpistas: «Su operación fue todo un éxito», adelanta.
El investigador asegura que la contienda podría haber concluido el 31 de enero, tras la caída de Barcelona, porque el conflicto ya se encontraba resuelto desde el plano militar. «Es en el cuartel general de Burgos donde se decide otro final. Quieren una rendición sin condiciones de los republicanos y evitar una mediación internacional y un tratado que convirtiera a los presos en prisioneros de guerra», explica Gómez. Lo consiguieron, pero solo tras un trabajo calculado hasta el mínimo resquicio.
Entre el hambre y el perdón
Junto al bando golpista, que se veía a sí mismo más victorioso cada día que pasaba tras la victoria en la batalla del Ebro y la caída de Catalunya, luchaba el hambre. «El hambre es decisiva para esta estrategia de rendición que proyectan, sustentada también en la guerra psicológica», sostiene Gómez. La aviación franquista bombardeaba con pan las grandes ciudades republicanas que sobrevivían con gran dificultad al asedio. En los paquetes, proclamas que aseguraban que las personas que no tuvieran las manos manchadas de sangre no tenían nada que temer.
Ejemplar de octavilla lanzada por el bando golpista sobre las ciudades asediadas. EDITORIAL CRÍTICA
El historiador asegura que los franquistas proyectaron la rendición a través del hambre y la promesa del perdón. «Lo que no querían era tener que combatir en las ciudades, como pasará en la Segunda Guerra Mundial. Buscan una rendición ordenada, planimétrica, y lo comunican dándole la vuelta. Dicen que la culpa del hambre son los republicanos y la resistencia», añade el también director del Grupo de Investigación de la Guerra Civil y el Franquismo de la UCM.
Europa, a favor de Franco
El plano internacional fue determinante en estas últimas semanas de conflicto. En su ensayo, Gómez corta esa línea recta historiográfica trazada entre el final de la Guerra Civil y la posibilidad de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Consultada la documentación de Inglaterra y Alemania, el historiador resuelve que «a partir de la caída de Catalunya todo el mundo quiere que la guerra termine». Es precisamente en enero de 1939 cuando tanto soviéticos como alemanes, que pronto firmarían entre ellos el pacto de no agresión, empezarían a virar sus posiciones.
Las jornadas que pasarían a la posteridad se suceden. El 15 de febrero, los británicos reconocen en secreto a Franco como jefe del Estado, una decisión que harán pública el día que Francia también la tome. El día 27 hacen lo propio los franceses, justo una semana después de que España haya firmado, también en secreto, el tratado Antikomintern, que confirma la entrada militar de España en el Eje junto a Alemania, Italia y Japón, y que hará público el 31 de marzo, el último día de guerra en España.
Durante marzo, el último mes antes del fin de la contienda y el inicio de la dictadura, desde Burgos los franquistas se esmeran en hacer llegar a los republicanos las normas que deberán respetar en la rendición. «Se da un encuentro entre los militares del Estado Mayor de los dos ejércitos cuando, en realidad, ya trabajan para el mismo. Ahí se ve cómo el servicio de inteligencia franquista ha absorbido al servicio republicano. Les dan órdenes, trabajan juntos. No los matan, los utilizan», apostilla Gómez tras haber recabado esta información durante visitas a archivos extranjeros.
La entrada en Madrid
El coronel José Ungría es uno de los grandes nombres propios de esta historia. Sabedor de su papel decisivo a la hora de crear un gran aparato de información en el territorio republicano, Francisco Franco le encargó que definiera el desenlace de la guerra desde la perspectiva militar. Gracias a él, el Estado Mayor de Burgos terminó absorbiendo al Estado Mayor leal a la República.
José María Taboada Lago es otro de los nombres determinantes en el fin de la guerra. Secretario de Acción Católica, se movió diplomáticamente para interrumpir la mediación iniciada por el Vaticano en la Navidad de 1938 y, más tarde, se encargó de la unificación de las fuerzas derechistas en la capital, Madrid, republicana hasta el final de la guerra. Para salir de sus escondites y saludar al nuevo régimen que arrebataría la democracia a España durante cuatro décadas, Taboada y sus seguidores tenían que estar atentos a Radio Nacional. «Cataluña está nublado» significaba que la operación no había culminado en la región mediterránea; «geografía extensa», que se acercaban a la capital; y el día que anunciaran un «reparto de caramelos» en Madrid, sería la jornada señalada para que los franquistas tomaran la ciudad tras casi tres años de guerra.
Ungría y Taboada son dos de las entradas que recoge un dramatis personae con el que, acertadamente, la editorial Crítica ha decidido acompañar el ensayo y cuyas definiciones casi alcanzan las siete decenas. Entre ellas se cuentan personajes como Manuel Azaña, Pablo de Azcárate, Julián Besteiro, el cardenal Isidro Gomá y Diego Martínez Barrio, al igual que entidades o conceptos, como Comité propaz civil, Consejo Asesor, Consejo Nacional de Defensa y Servicio de Información y Policía Militar.
Por otro lado, los sindicatos no perdieron su papel predominante. La ocupación de las grandes ciudades por parte de los franquistas estuvo pactada con la UGT y la CNT, «quienes representaban realmente el primer gobierno de Francisco Largo Caballero frente al de Juan Negrín», apunta el historiador. Gómez apunta que la entrega de Madrid tenía que venir acompañada del aseguramiento de industrias como la logística, las comunicaciones, el Metro, el agua o la electricidad. «Hacen coincidir la transición con la ocupación, y es un éxito de manual para ellos», agrega.
Necesidad de rendición
De todas formas, la caída de Madrid el 27 de marzo estuvo precedida por una operación planificada y pensada para que todo concluyera como deseaban los franquistas. Dos días antes tuvo lugar la entrega de toda la aviación republicana que quedaba. «Después vendieron una victoria clara, pero estuvo planeada al milímetro porque no se fiaban: los republicanos que se rendían seguían siendo 400.000 hombres armados», detalla el autor del ensayo. Llegaba el tiempo de las salvas al aire como gritos de rendición, de sacar la bandera blanca, de que los militares republicanos se descosieran una manga de su uniforme.
Gómez recalca que esta versión de los hechos, contada desde la perspectiva interna del bando franquista, quedó opacada con el paso de los años. «Los protagonistas nunca lo contaron y la población en general desconoce que llegaron hasta este nivel de acuerdo, que realmente el ejército de Franco necesitó que los otros se rindieran y entregaran. Siempre ha parecido que se debió a una conquista, algo épico, pero no es así», se explaya.
EDITORIAL CRÍTICA
El historiador, preguntado por aquello que le ha parecido más llamativo de esta investigación que le ha llevado años, responde que «el nivel de orden» que ejecutaron los franquistas a la hora de la rendición. Pero no solo eso. «Ahora vemos las consecuencias que tuvo ese final tan planificado a nivel logístico, diplomático y militar, algo muy complejo. Sin embargo, también vemos que a nivel local se desató una venganza brutal», comenta. Así lo refleja en su trabajo: la fase final de la operación «llevó a la rendición, al cese de las hostilidades, pero también al castigo masivo de la población civil».
El 1 de abril llegó el último parte de guerra, el único firmado a título particular por Franco: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado». Sin embargo, la batalla por la verdad se sigue librando investigación tras investigación precisamente para desterrar lo maniqueo, aquello que Gómez describe así en su libro: «Seguimos en una historia de vencedores y vencidos, de héroes y villanos, de ingenuos y clarividentes. Una historia, en definitiva, de buenos y malos».
Més que unes jornades, la trobada feminista del maig del 1976 va ser l'esclat d'una veu col·lectiva després de dècades de silenci imposat. Per recordar-les, entre el 12 i el 14 de juny se celebren a Barcelona les jornades 'Feminismes en revolta: 1976-2026…'.
La controvertida figura de Sócrates ha estado sujeta a una variedad de interpretaciones, alineándolo, cada cual, a su ideología y pensamiento.
Aprovechando la lectura maestra de Agustín García Calvo, que, frente a otras, se precia de considerar a Sócrates como anárquico, bien se puede dar comienzo a una hasta ahora ausente: Historia de la Filosofía Anárquica.
La figura anárquica de Sócrates
A comienzo de los años 1920 Eugène Dupréel2 sostuvo la tesis de la inexistencia histórica de Sócrates. Unos veinticinco años después Olof Gigon3, en un trabajo que cambiaría el rumbo de los estudios socráticos, afirmó que Sócrates vivió realmente en Atenas donde fue condenado a muerte pero que, aparte de esto y con excepción de ciertos detalles biográficos sin importancia, era imposible saber más acerca de él.
Para Agustín García Calvo, sin embargo, sería Sócrates un protoanarquista, para Fernando Savater una especie de reaccionario conservador, siguiendo a Isidor F. Stone4 o a Karl Popper5, un reaccionario como Platón, según dos posturas diametralmente opuestas, las cuales, generaron un intenso debate en la prensa española durante el año 1989.6
Muchos estudiosos religiosos, como Luis Noussan-Lettry7, se han inspirado en Platón y han interpretado la figura de Sócrates como una especie de profeta, como un ser profundamente religioso, siguiendo una misión divina propuesta por el oráculo de Delfos y ayudado de un daimon o genio interior, para lo cual, han de ocultar los pasajes cuando manifiesta claramente su ateísmo.
Se ha escrito mucho sobre Sócrates a lo largo de la historia, pero aquí de lo que se trata es de no hablar tanto de la Historia como de dejar oír la voz de «el hombre condenado a muerte por el Jurado de los atenienses en 399 a. C. a los 70 años de edad, acusado de corromper a los jóvenes y de introducir otros dioses que los del Estado».8
Los otros dioses distintos a los impuestos por el Estado bien pudieran no ser otros que la excelencia, la verdad, la libertad y la justicia, que criticarían incluso a una democracia directa por no ser suficiente-mente universal y radical.
Lo cierto es que Sócrates es, y será siempre, lo que las fuentes ofrecen y el conjunto de interpretaciones que la tradición exegética ha realizado sobre ellas dice, a lo largo de los siglos.
Pero Sócrates no escribió nada, todo su pensamiento fue oral y se conoce principalmente por las narraciones cercanas a su vida de Platón, Jenofonte y Aristófanes. El primero, exceptuando los bien llamados diálogos socráticos, siguió empleándolo como personaje luego, en su obra subsiguiente, menos en la última, pero ya para expresar sus propias ideas, lo que siempre ha inducido a la confusión entre ambos. Y los otros dos, un cómico conservador que lo ridiculizaba y un historiador y militar también conservador que lo transformaba, desvirtuaron ya en vida de éste, mayormente aún que su discípulo, el legado de sus acciones y enseñanzas.
La vida y enseñanzas de Sócrates quedan bastante opacas a la indagación, de modo que cada cual ha ido sacando su Sócrates histórico, lo que, sin embargo, no ha podido acallar la voz de Sócrates, esa voz que resuena en los diálogos socráticos, cuando el joven Platón expuso las ideas de su maestro pues no tenía aún ideas propias.
Escuchada su voz por los jóvenes, aquellos que se encuentran ante el acontecimiento anárquico biológico del anhelo de libertad adolescente, Sócrates encuentra oídos aptos, una escucha del Sócrates anarquista que algunos siguen escuchando pese al encubrimiento histórico y la sordera de la madurez.
Por eso aquí nos interesa el Sócrates anarquista, opción interpretativa que las ideologías académicas han soslayado en beneficio de sus más sesgados puntos de vista, orientados según quien ostentase el poder en cada época. El Sócrates ingobernable que atrae a jóvenes y a anarquistas.
«¿De dónde vienen entonces esas historias sobre las ideas políticas de Sócrates y sus simpatías por el régimen espartano? Ahí debe de estar lo más zafio del guisado: de los casi solos testimonios socráticos que nos quedan, los escritos de Platón y de Jenofonte, apenas sí con mil miramientos y discusión de contradicciones, han podido los filólogos ir sacando algún hilo para discernir lo que en ellos podía haber de socrático, separándolo de lo que los autores fueron atribuyéndole de sus propias ideas y sus gustos a su respectivo personaje Sócrates. Pero, en cambio, de Platón y de Jenofonte estamos bien informados: Jenofonte, bastante limitado de entendederas y facultad dialéctica (tanto más admirable que el recuerdo de las charlas socráticas oídas en su juventud le hiciera escribir en defensa de su memoria), era un señor con ideales de derechas y declaradamente filo-espartano; Platón, maravilla de lucidez y gracia en la escritura, a quien debemos por sus diálogos de juventud la mayor parte de lo que pueda habernos llegado a la voz de Sócrates, sabemos que con la edad fue desarrollando ideales políticos y colaborando incluso con dictadores en ensayos para realizarlos»9.
Todos los diálogos socráticos de Platón son aporéticos, es decir, no llegan a ninguna conclusión. Sócrates desmonta los dogmas y creencias de aquellos con los que discute, demostrando que sus principios están equivocados o son confusos. Su proceder es notablemente anárquico (an-arché) pues no acepta que exista ningún arché (fundamento, principio, causa) que legitime lo que le dicen, destruyendo los argumentos de quienes creen que lo poseen. A los que se creen sabios y por ello con el derecho a gobernar les demuestra que en realidad son ignorantes y basan sus dogmas en prejuicios y posiciones arbitrarias con las que pretenden legitimarse.
Famosa pintura de Jacques-Louis David pintado en 1787: La Mort de Socrate.
En el proceso de Sócrates se juzgó y condenó a muerte, por impiedad (asebeia) y por corromper a los jóvenes, a un hombre concreto. Pero se le condenó porque se creyó ver en él, equivocadamente, una figura representativa de la sofística. Se juzgó y condenó en su persona a aquellos personajes que ponían en duda la existencia de los dioses, cuestionaban la autoridad de los padres y relativizaban los más firmes principios sobre los que se asentaba la sociedad. En su defensa, el Sócrates platónico comenzará rechazando las acusaciones que le hace, no ya el tribunal, sino la sociedad ateniense, considerándola una falsa opinión de la gente de Atenas reflejada por boca del comediógrafo Aristófanes en su obra Las Nubes. Estas acusaciones de la sociedad son las que se le harían a un sofista, la de hacer más fuerte el argumento más débil y la de enseñar esto a los jóvenes (Apol.17a-20a).
El mismo Protágoras tuvo que sufrir también un proceso por impiedad, al igual que, dos generaciones más adelante, el propio Aristóteles, quien huyó de Atenas “para no dar a los atenienses ocasión de atentar por segunda vez contra la filosofía”. Pese a que la crítica de la tradición estaba bastante aceptada socialmente, en contadas ocasiones, la osadía de los pensadores rebasaría los límites de lo permisible y provocaría una reacción que, generalmente, exceptuando el caso de Sócrates, se saldaría con la huida del encausado hacia otros territorios, hasta que la irritación suscitada contra él se fuese apagando y pudiera volver. Las contadas acusaciones de impiedad escondían, en realidad, recelos políticos, como las acusaciones a Anaxágoras y Aspasia, al amigo y a la compañera de Pericles, respectivamente.
Ante la muerte se mostrará Sócrates imperturbable a través de un razonamiento que hará célebre Epicuro y su escuela hedonista y que se convertirá en baluarte de todo el agnosticismo occidental: “Temer a la muerte no es otra cosa que creer ser sabio sin serlo, pues es creer que uno sabe lo que no sabe” (Apología 29a).
El rechazo de la opinión general, de la doxa (opinión), por persuasiva que pudiera ser, como criterio de referencia valorativa, hace que Sócrates se sitúe como un individuo marginal, en buena parte antisocial; un tipo a menudo paradójico respecto a sus conciudadanos, incomprensible dentro o fuera de la ciudad. Pero un individuo que no renunciaba a desempeñar su papel de guía de la comunidad hacia el objetivo general: una existencia justa y feliz. Sócrates no se dedica a enseñar, sino a dialogar, porque reconoce a todo el mundo que él lo único que sabe es que no sabe nada. Su método de enseñanza es procurar y ayudar al discípulo a que desarrolle sus propias ideas, en lugar de, como los sofistas, inculcar una serie de doctrinas establecidas para que se elija la más conveniente o la más ajustada a las necesidades de cada cual. Instaba a todos a decir la verdad y lo que realmente se pensaba sin importar las consecuencias:
«En fin, el colmo de la cosa debe de ser cuando, como muestra del desprecio de Sócrates por la Democracia, se le reprocha no haber en su defensa apelado al principio de la libertad de expresión, genial invento que si Sócrates hubiese usado le habría disculpado de corromper jóvenes y de meter dioses nuevos. Como si Sócrates no hubiera hecho al Principio Democrático de la Libertad de Expresión el más directo y fino homenaje que se puede, a saber, el de usarla, soltando el día del juicio, igual que cualquiera de los de su vida, lo que le salía por esa boca, sin cuidarse mucho de sus consecuencias».10
Sócrates usó la ironía y la dialéctica como método para desmontar los argumentos dominadores y triturarlos con sarcasmo, de ahí que el cínico Antístenes fuese uno de los principales socráticos.
El diálogo socrático al igual que el platónico discurre a través del preguntar. Sócrates asedia a sus interlocutores a preguntas, de ahí que se ganase el mote o sobrenombre de el tábano; en lugar de dar certeras respuestas, invita a sus codialogantes a pensar con él. Cuando con Sócrates se reúnen las gentes a dialogar no hay maestro y alumnos, sino que todos se sirven de los demás e intentan alumbrar la verdad o, al menos, avanzar en su dirección. El hombre más sabio de Grecia dice no saber y con ello afirma que el reconocimiento de la ignorancia es el primer paso que debe dar el amante del saber. Precisamente por eso, es el hombre más sabio y al mismo tiempo, puede decir que no sabe nada.
Para encontrar la verdad, que anida dentro de todo hombre, hay que ayudar, no enseñar. Ayudar mediante la dialéctica, o el método de las preguntas y respuestas, por medio de las que el hombre que no sabe «da a luz» (mayéutica) la verdad. Por eso dirá Sócrates en el Teeteto (149a) que su labor es la de una partera del conocimiento: «¿No sabéis que mi oficio es ser comadrón (mayeutikós), como el de mi madre?». Pero Sócrates no sólo indica no saber nada, sino que además señala en el diálogo antedicho que, al igual que las comadronas es estéril y sólo capaz de hacer que otros alumbren, pero no de dar a luz ninguna idea por sí mismo. Por eso demostrará en el Menón de Platón que incluso un esclavo sabe geometría. El esclavo no se habría dado cuenta hasta su encuentro con Sócrates de la posesión de este saber.
Aunque Sócrates dialogaba con todo el mundo, desde nobles a esclavos, desde artesanos a gobernantes, sus interlocutores y discípulos eran mayoritariamente los jóvenes, todavía no maleados por la sociedad y el gobierno de turno, como señala Agustín García Calvo:
«Porque es que, en el trance en que el mundo los tiene de aceptar el principio de realidad, de someterse por su propio bien futuro a las ideas que los mayores les inculcan, suena una voz que a cada una de esas ideas dominadoras pregunta ¿Qué es? y descubre razonando amablemente las contradicciones y mentira de que están formadas, y eso es como un aliento de liberación en que aletean, aunque sea un breve rato, sus corazones. (…). Sólo que no suelen los hombres confesarse tan claro esa necesaria huida y sordera a Sócrates a que su estado adulto les obliga; lo corriente es que apaguen pronto sus contradicciones, crean firmemente en algunos ideales o principios (en caso de que el recuerdo de Sócrates siga aguijando mucho, pueden, como Platón y Jenofonte, atribuirle a Sócrates las ideas en que ellos van con la vejez creyendo), o más bien no vuelvan siquiera a acordarse de a qué sonaba Sócrates, al menos hasta que alguno de los niños o niñas que hayan criado para el cielo venga por ventura a oírlo y se lo recuerde amargamente».11
Sócrates era ciudadano de Atenas, pero no participaba en política, considerando que la política estaba corrupta y que acarreaba la corrupción de quien la ejercitaba o la muerte de quien pretendiese intervenir en ella sin dejarse corromper. Estaba por tanto contra todo gobierno. Finalmente fue el gobierno democrático de su época el que le condenó a muerte, pero bien pudiera haber sido el oligárquico. Como en la actualidad ocurre con los anarquistas, Sócrates era mucho más demócrata que los que se denominaban demócratas, llegando a ser considerado, por ello, como un antisocial.
El partidario del Sócrates reaccionario y conservador Isidor F. Stone: «se desentiende de que habiéndole dejado a Sócrates vivir 70 años, había pasado por regímenes de diversos colores en Atenas, entre ellos, algunos netamente oligárquicos, como el de los treinta tiranos, durante el cual a Sócrates, como en tales regímenes se suele, sabemos que los Treinta quisieron implicarlo con ellos, encargándole una gestión policíaca para atrapar a uno de la lista negra, a lo cual él respondió no dándose por enterado del encargo, así que en un tris debió de estar que en consecuencia se lo hubieran cargado a él, adelantándose así las cosas algunos años y haciéndole para la historia perecer bajo una oligarquía, en vez de bajo una Restauración de la Democracia. ¿Cómo desconocer la evidente indiferencia de Sócrates por los cambios de régimen y las actualidades políticas de Atenas?: él se dedicaba a preguntar, entre otras cosas, qué es eso de gobernar un Estado, y esa es una pregunta que a ningún tipo de Gobierno le sienta bien; sólo que a Sócrates la mayor parte de su vida le tocó hacerla bajo una Democracia».12
Contra todo gobierno, contra todos los dogmas y todas las opiniones aceptadas por la sociedad sin ser examinadas, acusado de corromper a la juventud e inventarse falsos dioses, ateo, díscolo, ser ingobernable, Sócrates ha sido tergiversado y reinterpretado omitiendo y silenciando su vertiente anárquica. Esos silenciamientos y omisiones son un proceder muy generalizado a lo largo de la Historia de la Filosofía, que ha querido siempre enmarcar a los pensadores más libres y menos encuadrables dentro de las coordenadas de cada gobernanza y dominación: «fuera de la Historia, por así decir, es Sócrates una voz perpetuamente discordante en el seno de la Sociedad (…). Los objetos de ataque: Política, Moral, Ciencias, Poesía, Religión, Pedagogía».13
Como bien expuso Agustín García Calvo no es de extrañar que quienes generación tras generación sean los jóvenes los más capaces de escuchar la voz anárquica de Sócrates en lugar de quedarse en las variadas interpretaciones históricas del personaje, ya domesticado:
«Es una pena que los oyentes de Sócrates tengan en su mayoría que ser siempre tan inexpertos y jovenzuelos y, desde luego, esto de la sucesión de generaciones y que, aunque la voz siga sonando siempre, esos jovenzuelos tengan que ser a cada paso otros y otros, no es un procedimiento nada satisfactorio ni para quedarse tan conformes, pero el tinglado así lo condiciona; y en tanto y no que pasa algo para desbaratarlo y acabar con esas condiciones, lo que sí conviene que notemos es que el truco principal para anular o ensordecer las razones es el de confundir la voz de Sócrates con la figura histórica de Sócrates».14
El tinglado que condiciona la recepción académica de Sócrates es el gobierno de cada color, en cada época, con sus respectivas academias, de modo que para desbaratarlo hay que deconstruir la Historia de la Filosofía tal y como se ha realizado hasta ahora y construir una Historia de la Filosofía Anárquica que, sin duda, tendrá a Sócrates como uno de sus primeros filósofos.
«La Pedagogía (y en especial la Enseñanza Superior) la ha desarrollado el mundo justamente como defensa ante el posible peligro de la examinación socrática para el Orden».15
Según Robin Waterfield, los conservadores, oligarcas y tiranos del siglo V a.C. pensaban, con razón, algo que a ellos les parecía muy mal pero que a nosotros nos parece muy bien: «La democracia legislaba en interés propio (pero hasta sus críticos reconocían, irónicamente, que todos los sistemas políticos son interesados) y embaucaba a los crédulos llamándolo justicia. La democracia tendía a confundir libertad con desenfreno, desorden y anarquía, o, al menos, fomentaba la soberanía del pueblo más que la de la ley, con los peligros que eso conlleva».16
Sócrates nunca olvidó ambas partes de la cita antedicha. Primero: que la mismísima democracia, régimen al que pudiera sentirse más próximo, era un sistema de gobierno interesado; segundo: que la verdadera democracia era anarquía pues fomentaba la soberanía del pueblo antes que la de la ley, que bajo cualquier gobierno se convertía en la ley de los más fuertes.
Eugène Dupréel La Legende Socratique Et Les Sources Du Platon. Bruxelles. Les Edition Robert Sand, 1932.
Olof Gigon Sokrates, Sein Bild in Dichtung und Geschichte, Berna, A. Francke, 1947.
I. F. Stone The trial of Socrates. Little Brown and Company, London 1988.
Karl Popper The Open Society and Its Enemies. Volme I. The Spell of Plato. Routledge, 2003.
Agustín García Calvo, “¡Viva Sócrates!” Diario El País 10 – 04 – 1989. Fernando Savater. “¿Sócrates o Don Cicuta?”. Diario El País 25 – 04 – 1989.
Platón Apología. Traducción y Comentario de L.Noussan-Lettry. Editorial Astrea, 3ª Ed. Buenos Aires 1973. “La primera cuestión que debemos formularnos a propósito de la Apología es en qué medida podemos considerarla como un documento histórico” (John Burnet Plato´s Euthyphro, Apology of Socrates and Crito. Edited with notes. Oxford, at Clarendon Press, 1961, p.63).
Agustín García Calvo Sócrates. Enciclopedia Salvat 4 de mayo de 1972.
Agustín García Calvo “¡Viva Sócrates!”, Diario El País 10 – 04 – 1989.
Agustín García Calvo “¡Viva Sócrates!”, Diario El País 10 – 04 – 1989.
Agustín García Calvo “¡Viva Sócrates!”, Diario El País 10 – 04 – 1989.
Agustín García Calvo “¡Viva Sócrates!”, Diario El País 10 – 04 – 1989.
Agustín García Calvo Sócrates. Enciclopedia Salvat 4 de mayo de 1972.
Agustín García Calvo “¡Viva Sócrates!”, Diario El País 10 – 04 – 1989.
Agustín García Calvo Sócrates. Enciclopedia Salvat 4 de mayo de 1972.
Robin Waterfield La muerte de Sócrates. Crisis y conflicto.
La activista publica junto con Nicolás Jiménez 'El deber de resistir. Memoria y luchas del pueblo gitano'. Asegura que gitanizar el mundo haría más felices a los payos y duda de la capacidad del Estado de reparar el daño infligido a la población gitana: "No hay forma de reparar que yo tenga 15 años menos de esperanza de vida que una paya"
Hay libros que incomodan porque dicen en voz alta lo que todos intuyen, pero nadie quiere admitir. Homo criminalis: cómo el crimen organiza el mundo (publicado por Capitán Swing, con traducción de Noelia González Barrancos) del historiador y analista de seguridad Mark Galeotti, es uno de ellos. Su tesis es tan simple como perturbadora: el crimen organizado no es un parásito que se alimenta de la sociedad desde los márgenes, sino uno de sus motores fundacionales. Desde las repúblicas mercantiles del Renacimiento italiano hasta los cárteles que financian iglesias en América Latina, pasando por los piratas que trazaron las rutas del comercio atlántico, Galeotti argumenta que cada vez que la sociedad humana da un salto de complejidad, el crimen organizado da otro a su lado.
Galeotti es doctor en Filosofía por la Universidad de Oxford, ha asesorado a gobiernos y organismos internacionales sobre crimen transnacional y amenazas híbridas, y lleva décadas estudiando el crimen organizado ruso, campo en el que es una referencia mundial. Su trayectoria arrancó, como explica, de forma casi accidental mientras realizaba su doctorado sobre veteranos soviéticos de la guerra de Afganistán. Fue entonces cuando algunos de sus entrevistados le explicaron cómo acabaron entrando en las redes mafiosas que proliferaron en el caos postsoviético. Aquella pista accidental se convirtió en vocación.
Galeotti habla de la imposibilidad de separar historia legítima e historia criminal, de la guerra contra las drogas como fracaso programado, del blanqueo de capitales como columna vertebral de la economía global, del arte como moneda del hampa y de por qué el trumpismo, las Guerras del Opio británicas y los yakuza japoneses responden a una misma lógica: la del poder que ya no necesita disimular.
El título del libro, Homo criminalis, sugiere una suerte ontología del crimen: que transgredir es algo intrínseco a la naturaleza humana o al menos a cualquier forma de organización social. ¿Concibes el crimen organizado como un subproducto inevitable de cualquier estructura social, o más bien como uno de sus motores activos?
En sentido técnico estricto, el crimen es aquello que la ley define como tal. Por eso resulta revelador que en tantas lenguas exista una distinción: el crimen, que delimita el Estado, y el mal, que delimita la sociedad. Uno de los argumentos centrales del libro es precisamente que siempre habrá una brecha entre lo que el Estado criminaliza y lo que la sociedad considera reprochable. Y el crimen organizado florece en esa brecha. En una democracia que funciona bien, esa brecha debería ser estrecha. Pero en muchas sociedades es enorme.
¿Y cuándo emerge históricamente el crimen organizado como tal?
Los grandes momentos de emergencia del crimen organizado coinciden con los grandes momentos de organización social. Tras la caída del Imperio Romano no hubo crimen organizado propiamente dicho, solo bandidaje, porque tampoco había sociedad organizada más allá del nivel local. El crimen organizado reaparece en el Renacimiento, en Italia y en los Países Bajos: las cunas de los nuevos modelos de sociedad, de banca, de comercio. Hoy la sociedad está más organizada que nunca y es, por tanto, un momento extraordinario para ser un criminal organizado. La globalización les ofrece las mismas ventajas que a cualquier empresa transnacional.
¿Por qué la historiografía tradicional ha tendido a tratar el crimen como una anomalía, una patología social, en lugar de como uno de los pilares estructurantes de las sociedades humanas?
En parte por una razón muy humana: es cómodo pensar que el crimen ocurre en otro lugar, en países desordenados donde se fabrican las drogas, o entre tipos de aspecto amenazante en bares a los que nunca iríamos. Siempre se externaliza. Pero hay una razón más estructural: la erudición clásica se construye sobre los documentos y registros del Estado. Y el crimen deja pocos registros. Además, hasta hace relativamente poco, la producción académica estaba en gran medida al servicio de los intereses estatales. La idea del intelectual independiente tiene como mucho 200 años. Todo ello ha conspirado para que ignoremos hasta qué punto el crimen organizado no solo es una herramienta útil para entender cómo funcionan las sociedades, sino una fuerza mucho más poderosa de lo que hemos querido reconocer.
Se suele decir que la historia la escriben los vencedores, y tu escribes de la transición del bandido al fundador de naciones como un hecho casi estructural. ¿Puedes darnos algún ejemplo histórico en el que esa transición haya sido tan fluida que hoy celebremos a esos fundadores como héroes legítimos?
Todos los Estados fueron fundados por señores de la guerra. Los más eficaces no fueron solo los que tenían más espadas, sino los que entendieron la importancia de construir legitimidad. La espada más poderosa es la que está en el alma de los súbditos: convencerles de que tienes derecho a gobernar porque Dios lo quiso, o porque sacaste la espada de una piedra. Toda la historia británica está moldeada por la conquista normanda, es decir, por la invasión de una potencia extranjera sin ningún fundamento real. Pero si te quedas el tiempo suficiente, te conviertes en el monarca legítimo. Es exactamente el mismo principio que aplica el mafioso inteligente cuando convence a su comunidad de que está de su lado.
La piratería está muy romantizada en la cultura popular, pero ¿cuál fue su papel real en la formación del capitalismo mercantil? Y en relación a eso: Trump recientemente llegó a referirse a la piratería como «un buen negocio» cuando justificó la incautación de petróleo venezolano. ¿Estamos volviendo a un paradigma en el que la legitimidad ya no se construye discursivamente, sino que se impone por la mera demostración de fuerza?
Los piratas no crearon las estructuras del capitalismo mercantil moderno: fueron un producto de ellas, y también un factor dentro de ellas. Sin esas enormes rutas comerciales, sin las flotas de oro provenientes de América Latina, no habría habido incentivo para el surgimiento de esa subcultura económica pirata. Pero a su vez, la piratería generó rutas alternativas, ciudades enteras que vivían de la venta del botín. Se convirtió en instrumento de guerra entre Estados a través del corso, y en un mecanismo por el cual élites más amplias podían participar en las ganancias del colonialismo. Es, una vez más, la señal de que el crimen es parte del mundo capitalista: se invierte en él, se toman decisiones empresariales, se gana o se pierde.
En cuanto a la cuestión de la legitimidad, creo que hay una legitimación tecnocrática creciente que dice «no he seguido las reglas, pero hago que los trenes lleguen a tiempo». Hay una palabra rusa magnífica, vranyo, que significa una mentira que el otro sabe que es mentira, pero no puede hacer nada al respecto. Antes, Estados Unidos al menos tenía la cortesía de fingir que construía alguna justificación. Lo que vemos con Trump es que ni siquiera hay pretensión de eso. Y no lo veo como un fenómeno Trump sino como un síntoma del declive americano. Igual que las Guerras del Opio marcaron el declive del Imperio Británico, cuando un poder tiene que esforzarse más en aparentar que es fuerte, es porque ya no lo es tanto.
Te pregunto también sobre el mundo de las drogas: ¿qué balance haces de la guerra contra las drogas iniciada en el siglo XX? ¿Y apoyarías la despenalización total como estrategia para desarticular el mercado negro?
No apoyaría la legalización de todas las drogas, porque cuando algo tiene capacidad adictiva química distorsiona la libre voluntad del consumidor. Hay sustancias con efectos genuinamente devastadores. Dicho esto, con el cannabis, por ejemplo, hay que preguntarse si es socialmente o sanitariamente peor que el tabaco. Y una de las razones por las que hoy circulan versiones extraordinariamente potentes de cannabis es precisamente porque ha sido criminalizado: perdemos la capacidad de regularlo y creamos incentivos para que los criminales ofrezcan versiones cada vez más adictivas.
La cuestión de fondo es, de nuevo, la brecha entre Estado y sociedad. Cuando hay una parte importante de la sociedad que no cree que ciertas drogas blandas sean perjudiciales, el traficante se convierte en aliado y el Estado en enemigo. Eso deslegitima al Estado y a las fuerzas del orden. La guerra contra las drogas ha sido además catastrófica porque ha generado expectativas irreales: las guerras se ganan. Esto no es una guerra, es un problema de salud pública. Y se ha centrado obsesivamente en la oferta –quemar cultivos, interceptar correos– sin abordar en serio la demanda, que es más difícil y más incómoda políticamente.
El fentanilo es una epidemia en Estados Unidos, pero no lo es España. ¿No dice eso algo sobre factores sociales más profundos que la mera disponibilidad de la sustancia?
Absolutamente. El fentanilo es en gran medida un producto de un sistema sanitario completamente mercantilizado. La epidemia de opioides empieza en las salas de espera de los médicos, no en las esquinas. La industria farmacéutica prescribió opioides de forma masiva y creó una dependencia que luego encontró su cauce en el mercado negro. Es el ejemplo perfecto de cómo la distinción entre fármaco y droga es, en el fondo, una distinción artificial y política.
Y hablando de política y artificios… ¿Crees que sería posible sostener la economía globalizada actual si pudiéramos purgar todo el dinero de origen criminal?
No. La economía global colapsaría. El dinero sucio ha penetrado en cada rincón del sistema. Y ahora que el dinero es esencialmente una fantasía consensuada que se mueve de un ordenador a otro, rastrear su origen se ha vuelto prácticamente imposible. El mecanismo es conocido: el dinero entra en el sistema bancario a través de jurisdicciones muy opacas, y desde ahí se va desplazando, lentamente, hacia lugares cada vez menos dudosos, hasta llegar a Londres, Nueva York o Fráncfort. Todo el mundo sabe que eso ocurre. El problema es que cuando es responsabilidad de todos, no es responsabilidad de nadie.
Londres es señalada como uno de los principales centros de blanqueo del mundo. Con tu experiencia, ¿puedes explicar un poco su funcionamiento interno?
Antes de hacer el doctorado trabajé un año en la City de Londres. Lo odié, pero fue la mejor decisión que pude tomar, porque cuando volví a la academia supe con certeza que era lo que quería. Lo que escuché durante ese año fue muy revelador: todos eran conscientes de la necesidad de cumplir con la normativa de «compliance», pero la pregunta nunca era «cómo hacemos las cosas bien», sino «cómo nos aseguramos de que no nos pillen haciéndolas mal». Una amiga que trabajó siete años en ese sector me lo dijo con toda claridad antes de dejarlo: su trabajo consistía en asegurarse de que nadie fuera cazado. El sistema no está diseñado para ser ético, está diseñado para parecer que lo es.
En The Wire, el punto culminante de la carrera criminal no es el dinero ni el poder en la calle, sino el acceso al mundo de los abogados, los políticos y los hombres de negocios. ¿Es esa imagen –la del crimen que aspira a fundirse con lo legítimo– una representación fiel de cómo funciona realmente el ascenso en el crimen organizado?
La mayoría de los criminales no llegarán nunca a eso ni de lejos. La mayoría fracasa, acabará muerta, en prisión, o simplemente abandonará el mundo criminal porque no les sale a cuenta. Pero sí, el sueño es exactamente ese: el momento en que has dado el salto. Y mejor aun cuando has institucionalizado el proceso. Piensa en lo que ocurrió en Japón, donde los yakuza fueron durante mucho tiempo legales. Tenías el poder y el dinero que te da el crimen, y la seguridad y la respetabilidad de estar en el lado legítimo de las cosas. Eso es el ideal. En los países occidentales modernos es más difícil de conseguir, pero sigue siendo el horizonte.
En cambio, lo que obtenemos es, a menudo, una división del trabajo: el criminal, por un lado, y la figura legítima –el político, el empresario– que mantiene una alianza discreta con él. Puede que no consigas unir las dos identidades en una sola persona, pero consigues una asociación muy cómoda.
Acabo preguntándote sobre el mundo de los llamados robos de «guante blanco». El tráfico de arte y antigüedades suele presentarse como un crimen «elegante», casi menor. Pero el mercado del arte tiene una característica singular: la opacidad en la formación de precios lo convierte en un vehículo óptimo para el blanqueo. ¿Qué función cumple realmente el arte dentro de las economías criminales?
Es realmente deprimente hasta qué punto los tesoros culturales se han convertido en meros instrumentos de transacción financiera. En el cine y la televisión tendemos a imaginar al coleccionista que roba una obra para tenerla en su bóveda y contemplarla en privado. No digo que eso no ocurra nunca, pero es la excepción. En la mayoría de los casos, el arte simplemente se ha convertido en una unidad de capital muy concentrada.
Las obras se usan como garantía de deudas en el mundo criminal, como mecanismo de blanqueo y como reserva de valor que reposa en un depósito franco con control de climatización, sin que nadie las vea. Pero el dueño sabe que está ahí, y si necesita un millón de dólares extra, la tiene. Se usan también como medio de intercambio internacional entre criminales: una pequeña escultura que, aunque la vea un agente de aduanas, es improbable que identifique como una pieza babilónica original. Sirve para saldar la última remesa de drogas o armas. En el libro menciono el caso de un cuadro que había sido literalmente empotrado en una pared como fondo de reserva: no está expuesto, ni siquiera es visible. Podría ser perfectamente un lingote de oro o una bolsa de diamantes de sangre. El arte se ha convertido en eso: en dinero con buena prensa.
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