Cuando se pretende justificar el aumento del gasto militar con el argumento de que es una de las piezas clave del fortalecimiento del proyecto europeo, cuando se relaciona dicho aumento con la modernización y reestructuración de la economía… cuando se razona en esos términos se abre una puerta que será, que ya es, muy difícil cerrar.
Porque, sin que haya existido un debate en condiciones –¿para qué debatir lo que resulta obvio?–, con estos planteamientos se pretenden cargar de razón los que defienden un crecimiento sustancial del gasto militar.
Abundan los pronunciamientos en esa dirección. El primero. En una entrevista reciente publicada en El País (12 de febrero), Anders Fogh Rasmussen (antiguo secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN) señala: “Tenemos que poner a nuestras economías en pie de guerra… las fábricas de automóviles deberían aprovechar su exceso de capacidad para producir armamento”. Otro. En un artículo publicado en el mismo diario (13/09/2025) Josep Borrell se manifestaba en estos términos: “La defensa europea debe situarse en el mismo nivel de prioridad que la política energética, la transición verde o la digital. Porque sin seguridad no habrá prosperidad ni libertad”. Y otro más. En una nota de prensa de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, comisario de Economía y Productividad de la Unión Europea, afirma que “la inversión en nuestras capacidades de defensa… impulsará el crecimiento económico, fomentará la innovación y creará puestos de trabajo”.
Tres ejemplos, entre otros muchos, que apuntan en la misma dirección: el aumento del gasto militar es inevitable, inaplazable y positivo. Constituye una pieza esencial, imprescindible, en el proceso de modernización y reestructuración de las economías (incluso en el mantenimiento del gasto social). En consecuencia, hay que apostar fuerte por el mismo, integrándolo en el conjunto de la política industrial y tecnológica.
Una pregunta, para mí obvia y obligada: ¿Cómo se puede hacer una valoración del impacto económico del gasto militar si no se realiza un análisis previo de las necesidades y las urgencias sociales, productivas y climáticas? ¿Dónde está ese debate y también dónde están las políticas económicas y sociales que lo concretan? Responder a estas cuestiones es crucial e ignorarlas o darlas por contestadas es un fraude, una estafa a la ciudadanía.
Porque, lejos de las visiones megaoptimistas y sesgadas, lo cierto es que la economía no va bien para las clases populares en aspectos fundamentales. Una parte sustancial del empleo es de mala calidad y los salarios de muchos trabajadores son bajos, la pobreza se mantiene en niveles elevados, el cambio climático y la degradación de los ecosistemas avanza sin freno y el acceso a la vivienda es cada vez más difícil para una buena parte de la población. Asimismo, el Estado, sus recursos, políticas y marcos regulatorios, constituyen un espacio de disputa estratégica donde los intereses corporativos son cada vez más fuertes, encontrándose los defensores de lo público en posiciones de inferioridad.
En un terreno más concreto, de hecho, el aumento del gasto militar va de la mano de la reducción o estancamiento del gasto social (ya es una realidad) y representa la negación de una eventual agenda climática (que, en realidad no existe). Asimismo, es muy discutible la supuesta porosidad gasto civil/militar y tecnologías de doble uso y, al ser en su mayor parte actividades intensivas en capital, tienen un limitado impacto en el empleo.
En esta breve nota valorando las consecuencias sobre la economía del aumento del gasto militar, es obligado hacer una mención especial al fortalecimiento del denominado complejo militar industrial. Una densa y opaca red donde, además de las firmas fabricantes de armamentos, se dan cita fondos de inversión, grandes bancos, oligopolios tecnológicos, compañías energéticas, medios de comunicación, empresas proveedoras de servicios, grupos de presión…; en definitiva, un actor decisivo y cada vez más relevante, con demostrada capacidad para colonizar instituciones y gobiernos.
Cuestiones en mi opinión trascendentes que merecen un debate ciudadano, que no puede sustituirse por declaraciones grandilocuentes y vacías; un debate con una carga política y social muy importante, que no puede dejarse en manos de los “técnicos” ni de las cúpulas de los partidos y las instituciones. La pregunta que me parece pertinente y que es obligado responder es esta: ¿qué supone en el contexto que acabo de describir brevemente más gasto militar, más militarización?
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