🔒
Hay nuevos artículos disponibles. Pincha para refrescar la página.
Ayer — 8 Febrero 2026Salida Principal
AnteayerSalida Principal

El ser-‘streamer’, el nuevo sujeto del neoliberalismo

4 Febrero 2026 at 07:00

El paso atrás de Héctor de Miguel, que decidió dejar su programa de humor en la Cadena SER, no llegó acompañado de una gran explicación pública. No hizo falta. Bastó con que se filtrara el contexto para que el mensaje se entendiera con claridad. Meses de amenazas, campañas coordinadas de acoso en redes, señalamientos explícitos y una escalada de violencia verbal que había desbordado el terreno de la sátira para adentrarse en la intimidación directa. No era la primera vez que ocurría y, tristemente, tampoco será la última.

Durante los primeros años de expansión de Internet se impuso una narrativa que hoy suena casi ingenua. La red aparecía como un espacio horizontal en el que la comunicación escapaba al control de los grandes grupos mediáticos y abría posibilidades inéditas de cooperación, autoorganización y producción cultural distribuida. Blogs, foros y primeras redes sociales alimentaron la idea de que el poder simbólico se estaba descentralizando y que la ciudadanía ganaba herramientas para hablar en primera persona, sin intermediarios ni peajes. La promesa tenía un alcance tecnológico y político al mismo tiempo.

Dos décadas después, el balance es bastante más sombrío. La arquitectura técnica y económica de Internet no solo no ha debilitado a las grandes corporaciones, sino que las ha reforzado. Plataformas privadas concentran audiencias masivas, extraen datos a gran escala y fijan las reglas del juego comunicativo. La promesa de horizontalidad convive con dinámicas de acoso, linchamiento y violencia simbólica que se despliegan con una facilidad inédita. El ciberacoso forma parte de la estructura de un ecosistema diseñado para maximizar la atención, el conflicto y la polarización.

Este fenómeno se inscribe además en un marco político más amplio. Como ha señalado Miquel Ramos, la extrema derecha ha entendido antes que nadie el potencial de las redes como espacio de intimidación y disciplinamiento. Amenazas de muerte coordinadas, campañas de acoso sostenidas y ataques dirigidos contra periodistas, feministas, humoristas o activistas no buscan únicamente silenciar a una persona concreta. Buscan enviar un mensaje al conjunto. El objetivo es generar miedo, elevar el coste de hablar y normalizar la retirada. La extrema derecha y el beneficio corporativo convergen aquí sin fricciones. El conflicto genera tráfico, el escándalo produce clics y la indignación se monetiza mejor que la deliberación.

En ese contexto va tomando forma una nueva subjetividad que encaja con precisión en la fantasía neoliberal, una que ya anticipó Michel Foucault con el concepto de un nuevo modo de gubernamentalidad definida por la idea del “empresario de sí mismo”, en la que el sujeto deja de pensarse como parte de un entramado social y pasa a concebirse como una unidad económica aislada, responsable de gestionar su capital humano, su imagen pública y su rendimiento. El riesgo se internaliza, el fracaso se moraliza y la precariedad aparece como una deficiencia personal, no como un problema estructural. Y el ser-streamer encarna a la perfección la figura predilecta del nuevo neoliberalismo.

Xokas, el sujeto de sí mismo

El ser-streamer condensa lo que Byung-Chul Han ha descrito como el sujeto de rendimiento que se autoexplota creyéndose libre. Como ya anticipaba Foucault, el poder no necesita hoy imponerse desde fuera, sino que opera a través de la interiorización de normas de productividad, visibilidad y éxito. Sin embargo, esta subjetividad incorpora además una ficción específica de individualidad; el streamer se percibe a sí mismo como un yo autónomo, encerrado en su habitación frente a una cámara, convencido de que todo lo que ocurre es fruto exclusivo de su talento y de su esfuerzo, ignorando la red que hace posible su actividad.

Detrás de cada emisión hay decisiones algorítmicas, criterios editoriales de plataformas privadas y, sobre todo, una comunidad activa que sostiene, amplifica y da valor a su trabajo. La supuesta independencia descansa en una infraestructura colectiva que permanece invisibilizada, y el resultado es un sujeto que cree producir solo lo que en realidad es el efecto de una cooperación asimétrica, organizada y explotada por terceros, y que interpreta esa dependencia como libertad individual.

El caso de Xokas, uno de los mayores streamers del país, resulta especialmente ilustrativo. En su paso reciente por El Hormiguero, afirmó que en España se paga “una barbaridad de impuestos” y que el sistema “castiga a quien le va bien”, una formulación que condensa con notable claridad el núcleo ideológico del emprendedor contemporáneo. Huelga decir que ese discurso no es nuevo. Representa el discurso de la derecha de siempre, desde que los monárquicos ocuparon tal parte en el hemiciclo de la Asamblea Nacional Constituyente durante la revolución francesa de 1789. Pero hay un cambio, una nueva aportación al esquema neoliberal que ve al ser-streamer como una oportunidad para fortalecer su propaganda.

El primer neoliberalismo se aferró al mito del self-made man, y utilizaba los ejemplos del “genio creador” que, como Amancio Ortega, comenzaron su camino al éxito en un pequeño taller. Así, en base a su supuesto talento y a un gran esfuerzo lograron, con el tiempo, levantar un imperio (dejemos por ahora a un lado cómo ambas historias están llenas de momentos turbios en su carrera, como la explotación de las costureras gallegas que señala Fonsi Loaiza en su obra Oligarcas, los dueños de España.

Este relato, aunque relativamente eficiente, chocaba con el sentido común de la gente, a la que no se le escapa que, en la inmensa mayoría de los casos, quienes habían logrado levantar grandes fortunas económicas era principalmente porque ya habían heredado otras fortunas previas. Trump y Elon Musk son dos ejemplos claros de hijos de padres ricos que han multiplicado su fortuna. El dinero, ya se sabe, llama al dinero. Si eres pobre, el interés bancario que recibirás por tus ahorros será ínfimo. Si eres rico, puedes “generar” dinero simplemente estando sentado en tu sofá, y a más que tengas, mayor será tu recompensa. Esta lógica regresiva intrínseca al capitalismo hacía que el discurso del “si quieres puedes”, para la mayoría de la población, todavía sonara a farsa. Así que al neoliberalismo le faltaba algo; una nueva subjetividad que pudiera completar su relato.

Hoy, el “si te esfuerzas, puedes” resulta más verosímil mediante la figura de streamers/creadores de contenido de éxito que, como el Xokas, Jordi Wild o Ibai, han levantado una fortuna sin la necesidad de ser hijos de padres ricos. Basta con una cámara, una conexión a Internet y tiempo. Esa accesibilidad aparente completa una promesa que antes chirriaba, y es clave para eludir lo que es una realidad estructural del sistema; del mismo modo que por mucho que alguien se esfuerce jugando al baloncesto es extraordinariamente improbable que llegue a la NBA, las probabilidades de vivir dignamente del streaming son mínimas. El sistema oculta esa estadística bajo relatos de éxito extremo.

La consecuencia no es solo individual. Es política. Por el camino quedan trayectorias truncadas y jóvenes que renuncian a invertir en formación o en proyectos colectivos, empujados por narrativas épicas que invisibilizan la precariedad real del modelo. Al mismo tiempo, se refuerza una concepción de la sociedad como suma de individuos en competencia permanente, sin lazo social ni horizonte compartido. Esta fragmentación beneficia directamente a las grandes plataformas, que concentran el poder económico y simbólico mientras los sujetos se perciben como rivales y no como aliados.

En ese engranaje, figuras como Xokas funcionan como piezas perfectamente integradas en el sistema. El ser-streamer se presenta como libre de cadenas, pero en la práctica actúa como peón de un orden económico que necesita sujetos aislados, despolitizados y convencidos de que el juego es justo, incluso cuando las reglas ya están escritas.

La entrada El ser-‘streamer’, el nuevo sujeto del neoliberalismo se publicó primero en lamarea.com.

Diez tesis sobre la nueva era

25 Enero 2026 at 08:00
Por: Nuria

Trump dio un discurso en Washington, D. C el pasado 6 de enero. / TWH / Daniel TorokTrump dio un discurso en Washington, D. C el pasado 6 de enero. / TWH / Daniel Torok

Fotografía: Trump dio un discurso en Washington, D. C el pasado 6 de enero. / TWH / Daniel Torok

Artículo original publicado en ctxt.es por Steven Forti

El regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marcó el comienzo de una nueva era. Nuestro “mundo de ayer”, por decirlo con Stefan Zweig, ha terminado. Kaputt. Conviene darse cuenta lo antes posible. Hemos entrado en una nueva fase histórica, cuyas características son, naturalmente, aún inciertas. Intentaré esbozar sus contornos a partir de diez tesis.

1. El neoimperialismo sustituye al orden liberal global

El orden liberal global creado al final de la Segunda Guerra Mundial –frágil, perfectible, a menudo no respetado– es sustituido por una lógica imperial regida por una mezcla de ley de la selva –el más fuerte se impone– y reparto de zonas de influencia –se ha definido la nueva doctrina trumpista como “geopolítica hemisférica”– y un enfoque transaccional. Ucrania, Venezuela, Taiwán y Gaza lo demuestran. Probablemente sean solo el comienzo. El enfoque diplomático y el multilateralismo son cosa del pasado: a los organismos supranacionales como las Naciones Unidas ya no se les reconoce ninguna autoridad, ni siquiera formal. Ha llegado “la hora de los depredadores”, por citar a Giuliano da Empoli. 

Make Colonialism Great Again es un eslogan que circula en los círculos MAGA

Si queremos hacer un paralelismo histórico, la nueva era se asemeja a la época del imperialismo de finales del siglo XIX: no por casualidad, Make Colonialism Great Again es un eslogan que circula en los círculos MAGA. En el caso de los Estados Unidos, sin embargo, se trataría de un hiperimperialismo, es decir, un nuevo tipo caracterizado por una hegemonía militarizada, coercitiva y tecnológicamente impuesta sobre el Sur Global debido a la fase de declive que atraviesa el Norte Global. Por lo tanto, no se trataría de un retorno a la época imperialista clásica ni al anterior orden westfaliano, sino más bien de la instauración de un sistema internacional “neomonárquico” estructurado por un pequeño grupo de élites hiperprivilegiadas que buscan legitimarse apelando a su excepcionalidad con el objetivo de crear nuevas jerarquías materiales y de estatus

2. El neoliberalismo ha allanado el camino al nuevo autoritarismo

Los cimientos de la nueva era se están construyendo sobre las ruinas del neoliberalismo1. Hemos llegado a este punto tras tres décadas de hegemonía neoliberal que, a fuerza de golpes de piqueta y motosierra, ha derribado los muros de carga del edificio que con tanto esfuerzo se construyó después de 1945. En primer lugar, las políticas neoliberales –privatizaciones, precariedad laboral, reducción del gasto social, etc.– han debilitado el modelo de Estado del bienestar, aumentando las desigualdades y rompiendo la cohesión social. Todo ello, en segundo lugar, se ha visto reforzado por el hecho de que, como ideología, por muy “invisible” que sea, el neoliberalismo ha inculcado una serie de valores, como el individualismo exacerbado y la competitividad extrema hasta el punto de sellar una alianza con los sectores etnonacionalistas e identitarios de la derecha2. En tercer lugar, el concepto mismo de democracia ha sido vaciado de su componente social: la democracia formal –el respeto de (algunas) normas y procedimientos– ha sustituido a la democracia sustantiva, cuyo objetivo es la igualdad. 

El poder efectivo se ha desplazado hacia las élites económicas, con la consiguiente configuración de un sistema posdemocrático

En cuarto lugar, en un contexto marcado por la globalización neoliberal, el poder efectivo se ha desplazado hacia las élites económicas, con la consiguiente configuración de un sistema posdemocrático, en el que los cuerpos intermedios –partidos, sindicatos, asociaciones de la sociedad civil– se han ido desmoronando poco a poco, la participación se ha evaporado y la personalización de la política, facilitada también por la transformación de los medios de comunicación, ha favorecido la aparición de fenómenos “populistas”3. Por último, las políticas neocons posteriores al 11-S de 2001 –guerra contra el terrorismo, invasiones de Afganistán, Irak, Libia– han erosionado el orden internacional, fracasando estrepitosamente en su intento de exportar la democracia liberal. 

Como alertó Mark Lilla desde una perspectiva puramente estadounidense, al modelo rooseveltiano le sucedió a finales de los años setenta el modelo reaganiano que, aunque entró en declive con la Gran Recesión de 2008, hasta hace poco aún no había encontrado un sustituto4. En retrospectiva, el obamismo fue el último intento de mantener en pie un paradigma en declive, renovando solo su fachada, pero sin cambiar su esencia. 

3. Los tecnoligarcas se apoderan del Estado

En la era del neoliberalismo triunfante, la connivencia entre el poder político y el poder económico ha sido evidente. Ha habido resistencias, más o menos fuertes según los países. Se ha mantenido (no siempre, todo sea dicho) una apariencia de respeto por las reglas del juego: las influencias de las élites económicas eran visibles, pero se intentaba (al menos un poco) disimularlas. En la nueva era, en cambio, lo que se quiere hacer, se hace y se dice, sin ocultarlo. Esto se aplica tanto a la geopolítica como a las relaciones con los poderes económicos. 

La palabra “democracia” no aparece en los discursos de Trump, y no es ni de lejos uno de sus objetivos

Por un lado, Trump bombardea Caracas y arresta a Maduro para controlar directamente los pozos petrolíferos venezolanos: la palabra “democracia” no aparece en sus discursos y no es ni de lejos uno de sus objetivos, aunque fuese solo de fachada. Por otro lado, los robber barons del tercer milenio han establecido explícitamente una alianza estratégica con los nuevos líderes autoritarios: los tecnoligarcas de Silicon Valley no solo quieren llenarse los bolsillos de dinero, sino que, en primer lugar, defienden abiertamente proyectos autoritarios y antidemocráticos –nuevas monarquías absolutas eficientistas gobernadas por reyes-CEO, siguiendo el modelo de Qatar o Singapur, según las teorías de uno de sus principales intelectuales-cortesanos, Curtis Yarvin– y, en segundo lugar, quieren ser “intelectuales legisladores”, como afirma Evgeny Morozov.

Elon Musk y Javier Milei en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) de febrero de 2025. / Gage SkidmoreElon Musk y Javier Milei en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) de febrero de 2025. / Gage Skidmore

Elon Musk y Javier Milei en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) de febrero de 2025. / Gage Skidmore

En pocas palabras, con Peter Thiel, Elon Musk, Marc Andreessen y Alex Karp, hemos pasado de la unión entre la política y la economía de tipo neoliberal “clásico” a la voluntad explícita de capturar el Estado mediante la creación de un “complejo tecnológico autoritario” que tiene como objetivo controlar las infraestructuras de gobernanza.

4. Las autocracias electorales sustituyen a las democracias

En la nueva era, la democracia, incluso en su versión formal, se considera un mero adorno. De hecho, se ha reducido a una sombra de lo que fue. Ya en la era del neoliberalismo en declive, es decir, desde 2008 en adelante, el porcentaje de la población mundial que vive en democracia ha disminuido continuamente hasta alcanzar un mísero y preocupante 28 % en 2024. La tendencia es evidente. Desde hace unos veinte años estamos viviendo la primera gran ola de autocratización posterior a la Segunda Guerra Mundial, es decir, cada vez más países se convierten en autocracias electorales. Esto es, mantienen una apariencia de respeto por las reglas democráticas –incluso en la Rusia de Putin se celebran elecciones–, pero la democracia es, en el mejor de los casos, una cáscara vacía. Nos guste o no, la era que se ha iniciado quiere ser la era de las autocracias5.

5. La extrema derecha es el actor principal de la nueva era

Junto con los líderes fuertes –léase autoritarios– que están en el poder en medio mundo –Putin, Xi Jinping, Erdogan, Modi, los petromonarcas del Golfo, etc.–, en Occidente es la extrema derecha la que mejor representa esta nueva era. De hecho, avanza electoralmente en todas partes y ha llegado al poder en varios países: desde Estados Unidos hasta Argentina, desde Israel hasta Italia, desde Hungría hasta El Salvador y Chile. En cuanto tiene la posibilidad, instaura sistemas electorales autocráticos: se erosiona la separación de poderes, se ataca el pluralismo informativo, desaparecen los derechos para amplios sectores de la población. El líder fuerte se presenta como representante del pueblo, desprecia los controles democráticos y pone en marcha un proyecto etnonacionalista reaccionario. 

Aunque existen divergencias y peculiaridades nacionales –al fin y al cabo, cada partido es fruto de las culturas políticas de su propio país–, la extrema derecha debe entenderse como una gran familia global. Las referencias ideológicas y las estrategias políticas y comunicativas utilizadas son, de hecho, las mismas. Además, participan en las mismas redes transnacionales formadas por fundaciones, institutos y think tanks que en los últimos años han trabajado incansablemente para elaborar una agenda común, exportable y adaptable a los diferentes contextos: véanse la Heritage Foundation o la red National Conservatism. Además, Trump, Milei, Bukele, Orbán, Netanyahu, Meloni, Abascal, Ventura, Weidel, Le Pen, Farage, Wilders, Bolsonaro, Kast y compañía creen que están librando la misma batalla contra enemigos comunes, es decir, la izquierda, el liberalismo, el globalismo, el wokismo y lo políticamente correcto. Sus coaliciones parecen frágiles porque a menudo están formadas por sectores con intereses diferentes –pensemos en el trumpismo–, pero por el momento la esperanza de que se desmoronen no es más que un deseo inalcanzable. 

6. Más que fascismo, se trata de la renovación del pensamiento antiilustrado

A menudo se repite que lo que estamos viviendo es el retorno del fascismo, más o menos bajo otros ropajes. Aunque existen elementos de continuidad entre el fascismo histórico y la extrema derecha del tercer milenio –en algunos países más que en otros–, el concepto de “fascismo eterno” propuesto hace más de treinta años por Umberto Eco nos lleva por mal camino. Como señala Santiago Gerchunoff, el uso compulsivo del término –en sus más diversas variantes: fascismo tardío, fascismo fósil, tecnofascismo, etc.– muestra más bien “el deseo de encontrar una palabra mágica que conjure el peligro de abstracción de nuestro mundo y que, al mismo tiempo, cierre cualquier discusión”6. Nos tranquiliza, por así decirlo, llamar fascistas a las nuevas extremas derecha porque, en cierto sentido, nos da la falsa certeza de saber a qué nos enfrentamos. 

Ahora bien, las características de la nueva era no son las mismas que las del período de entreguerras: ha pasado ya un siglo desde los regímenes de Hitler y Mussolini. El mundo ha cambiado profundamente y nuestras sociedades lo han hecho en consecuencia: la política de masas ya no existe, la atomización es el sello distintivo de la nueva era. Por otra parte, ni siquiera en el pasado, en ese “mundo de ayer” muerto y enterrado, todos los autoritarismos eran fascistas. Digámoslo así: se puede ser reaccionario, nacionalista, autoritario y antidemocrático sin ser necesariamente fascista. Pero esto no hace que la situación sea menos grave. Lo que tenemos ante nuestros ojos es una nueva extrema derecha que defiende un autoritarismo posliberal eficientista y antiigualitario. Sus raíces se hunden en el pensamiento antiilustrado y en el reaccionarismo antiliberal de finales del siglo XVIII. En definitiva, se trata de una cultura política –plural, heterogénea– de larga trayectoria que se ha nutrido de diversas fuentes.

7. El extremismo es el nuevo mainstream

En las últimas décadas, las ideas extremistas se han normalizado. La ventana de Overton se ha desplazado radicalmente hacia la extrema derecha: ideas que se consideraban inaceptables se han convertido en sentido común y, como último paso, se incluyen en el ordenamiento jurídico. En Rusia y Hungría, la homosexualidad se compara legalmente con la pedofilia. En Estados Unidos, declararse antifascista implica ser considerado miembro de un grupo terrorista. Ya casi no escandaliza que importantes influencers MAGA afirmen en público que las mujeres no deberían tener derecho de voto, que el presidente argentino Javier Milei considere la justicia social un cáncer que hay que erradicar o que miembros del Gobierno israelí definan a los palestinos como “animales” y reivindiquen un genocidio en mundovisión. Las fantasías conspirativas se afirman a diestro y siniestro, empezando por la del Gran Reemplazo, según la cual las élites globalistas están llevando a cabo un plan para sustituir a la población europea por inmigrantes musulmanes. El presidente de la primera potencia mundial puede repetir que quiere anexionarse otros territorios, incluso de países aliados, como Groenlandia o Canadá, obviando el derecho internacional. Los referentes intelectuales de la nueva extrema derecha, como Curtis Yarvin, encuentran adeptos al afirmar que las democracias deberían ser sustituidas por nuevas monarquías absolutas y que los pobres deberían ser encerrados en una habitación y conectados día y noche a la realidad virtual.

La nueva era no es solo la época de la posverdad, la desinformación y los bulos, sino también aquella en la que el extremismo se ha convertido en mainstream. Además de las consecuencias de la hegemonía neoliberal, no se puede entender este cambio sin tener en cuenta el impacto de las nuevas tecnologías, que han permitido la viralización de ideas y narrativas extremistas y, por lo tanto, la normalización de la extrema derecha y el autoritarismo. No por casualidad, las dos últimas palabras del año del Oxford Dictionary fueron, en 2024, brain rot, es decir, “podredumbre cerebral” o “cerebro podrido”, en relación con el deterioro mental debido al consumo excesivo de contenidos online de baja calidad, y, en 2025, rage bait, es decir, “cebo de ira”, en referencia a los contenidos online creados para causar indignación y generar reacciones emocionales fuertes, aprovechando la polarización y el funcionamiento de los algoritmos de las plataformas sociales.

Trump en el Despacho Oval frente a Starmer, Meloni, Von Der Leyen, Merz, Macron, Stubb, Zelenski y Rutte en agosto de 2025. / TWH / Daniel TorokTrump en el Despacho Oval frente a Starmer, Meloni, Von Der Leyen, Merz, Macron, Stubb, Zelenski y Rutte en agosto de 2025. / TWH / Daniel Torok

Trump en el Despacho Oval frente a Starmer, Meloni, Von Der Leyen, Merz, Macron, Stubb, Zelenski y Rutte en agosto de 2025. / TWH / Daniel Torok

8. Los partidos y las instituciones democráticas viven una parálisis incapacitante 

A pesar de algunas victorias electorales y algunas decisiones acertadas, la mayoría de los partidos e instituciones democráticas no se han dado cuenta de que todo ha cambiado. Razonan con los viejos paradigmas y proponen recetas de antaño que, además de ser poco realistas en estos años veinte del siglo XXI, ya no tienen ningún atractivo, ni siquiera entre quienes las defienden. 

El establishment liberal ha visto cómo se le desmoronaba el terreno bajo sus pies, pero en lugar de dar un salto –o, al menos, intentarlo, como ha instado en repetidas ocasiones Mario Draghi, uno de los pocos exponentes lúcidos de las viejas élites–, intenta aferrarse al último trozo de roca, lo que, en el mejor de los casos, solo conseguirá prolongar su agonía. El ejemplo más claro es la respuesta de la Comisión Europea a las amenazas de Trump, con Ursula Von der Leyen arrodillándose en un campo de golf escocés ante los dictados del nuevo autoproclamado emperador de Mar-a-Lago, y Kaja Kallas fingiendo que nada ha cambiado en las relaciones entre Bruselas y Washington. 

En el peor de los casos, mostrando una increíble miopía, el establishment liberal intenta copiar a la extrema derecha con el objetivo de evitar ser canibalizado y superar lo que cree que es un huracán pasajero, lo que acaba por allanar el camino al autoritarismo posliberal. Así, vemos a una derecha democrática en claro declive y en profunda crisis de identidad –desde Merz hasta Macron, desde Tusk hasta Von der Leyen– e incluso a una parte de la izquierda socialdemócrata que ha perdido completamente el rumbo –desde Starmer hasta Frederiksen– aprobando políticas conservadoras y reaccionarias en materia de inmigración, defensa, seguridad, derechos o medio ambiente. A pesar de sus errores e incapacidades, son muy pocos –Lula, Sánchez, Sheinbaum, Petro, Mamdami– los que parecen entender el quid de la cuestión: nada volverá a ser como antes. 

9. La religión vuelve a ser un arma política

La nueva era se caracteriza por la renovada centralidad del uso político de la religión en todas las latitudes. Si bien el tema no es nuevo en el mundo musulmán o hindú, sin duda lo es en Occidente, donde, tras décadas de secularización, habíamos dado por amortizada la religión. Aunque aumenta el número de ateos y agnósticos, los nuevos líderes autoritarios utilizan la religión más que nunca, amparándose en la supuesta protección de Dios, como nuevos monarcas absolutos por la gracia divina.

Funeral de Charlie Kirk el 21 de septiembre de 2025 en Arizona. / TWH / Daniel Torok Funeral de Charlie Kirk el 21 de septiembre de 2025 en Arizona. / TWH / Daniel Torok 

Funeral de Charlie Kirk el 21 de septiembre de 2025 en Arizona. / TWH / Daniel Torok 

Encontramos sus variantes más dispares tanto en el mundo católico como en el protestante, evangélico y ortodoxo, pero también en el judaísmo, el hinduismo o el islamismo: la bendición de la invasión de Ucrania por parte del patriarca Kirill; las referencias al Antiguo Testamento de Netanyahu para justificar el genocidio de Gaza o la ocupación de Cisjordania; el uso que Modi hace del hinduismo; Trump, que se considera salvado por Dios por haber escapado al intento de asesinato de Boulder; Milei citando compulsivamente la Torá; Bolsonaro bautizándose en el río Jordán; la defensa de la identidad cristiana de Hungría e Italia por parte de Orbán y Meloni; las referencias a la Reconquista de Abascal y Ventura… Pero, sin salir de Estados Unidos, basta pensar en el funeral del supremacista blanco Charlie Kirk, en los tatuajes del secretario de Guerra, Pete Hegseth –la inscripción “Deus Vult” y la cruz de Jerusalén, símbolo del supremacismo blanco y referencia a las cruzadas medievales– o en las elucubraciones pseudoteológicas de Peter Thiel sobre el apocalipsis y el Anticristo. Un nuevo tipo de nacionalismo cristiano, que va de la mano del sionismo judío, está cada vez más presente con pensadores como Yoram Hazony o Rod Dreher y cada vez más activo también en las bases de la extrema derecha. Es una religión declinada de forma agresiva, excluyente e identitaria.

10. La respuesta al ‘¿Qué hacer? solo puede ser colectiva

La respuesta a la vieja pregunta leninista no caerá del cielo, ni será formulada por ningún intelectual. Solo podrá surgir de la sociedad, es decir, solo podrá ser colectiva. Me temo que llevará tiempo –seguramente años, probablemente una generación–, porque lo que hay que reconstruir, desde el punto de vista material y de valores, aumenta cada día que pasa. Ilusionarse con que una derrota de la extrema derecha en una elección concreta signifique un punto de inflexión es solo una mera ilusión. Mientras tanto, al menos se puede evitar caer en el abismo. 

Los partidos democráticos deberían evitar ceder a los cantos de sirena de la extrema derecha y defender las instituciones y los derechos conquistados. Las instituciones europeas deberían oponerse con fuerza al neoimperialismo autoritario estadounidense, evitando la no solución del apaciguamiento –un suicidio lento– y saliendo del letargo de la “vasallización feliz”: ahora mismo, hay que desengancharse de lo que se ha convertido en el lazo atlántico, construir una verdadera autonomía estratégica –que no puede ser solo militar y, mucho menos, sobre bases nacionales– y defender lo que queda del multilateralismo abriéndose a los actores democráticos del Sur Global. Como mínimo, se debería intentar gobernar la economía –redistribuyendo la riqueza y reduciendo las desigualdades– y situar en el centro de la acción política la cuestión medioambiental –que ahora ha pasado a un tercer plano– y la tecnológica con todo lo que ello conlleva –el fin de la dependencia de las Big Tech estadounidenses, cuyos proyectos autoritarios deben combatirse sin vacilaciones, y la reducción de la brecha con China7–. 

Sin embargo, es necesario replantearse completamente los paradigmas existentes: los antiguos ya no funcionan en esta nueva era. Por lo tanto, hay que empezar desde cero: reconstruir la sociedad –ahora licuada, atomizada–, crear un sentido de comunidad –que no sea el identitario y etnonacionalista de la extrema derecha–, volver a librar la batalla de las ideas –la extrema derecha lo lleva haciendo desde hace años y ahora está cosechando los frutos–, tejer alianzas y redes transnacionales –porque la solución no puede ser solo local–. Todos debemos sentirnos involucrados. 

Volviendo a las tres categorías de Hirschman, la “salida” no es una opción porque significaría dejar el campo libre para la imposición definitiva del nuevo orden autoritario, y la “lealtad” tiene poco sentido porque el establishment actual no tiene ideas o sufre una parálisis incapacitante. La única posibilidad es la “voz”, es decir la participación y la protesta8. Este debe ser el punto de partida.

1    Wendy Brown, En las ruinas del neoliberalismo: El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente, Traficantes de sueños, 2021.
2    Véanse George Monbiot y Peter Hutchison, La doctrina invisible. La historia secreta del neoliberalismo (y cómo ha acabado controlando tu vida), Capitán Swing, 2025 y Quinn Slobodian, Hayek’s Bastards: The Neoliberal Roots of the Populist Right, Allen Lane, 2025.
3    Colin Crouch, Posdemocracia, Taurus, 2004.
4    Mark Lilla, El regreso liberal: Más allá de la política de la identidad, Debate, 2021.
5    Steven Forti, Democracias en extinción. El espectro de las autocracias electorales, Akal, 2024.
6    Santiago Gerchunoff, Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo. Para qué no sirve la historia, Anagrama, 2025, pp. 80-81.
7    Véase Emanuele Felice, Manifesto per un’altra economia e un’altra politica, Feltrinelli, 2025.
8    Albert O. Hirschman, Salida, voz y lealtad. Respuestas al deterioro de empresas, organizaciones y estados, FCE, 1977.

La entrada Diez tesis sobre la nueva era se publicó primero en ATTAC España | Otro mundo es posible.

Trump y el monstruo de Frankenstein

8 Enero 2026 at 07:00

28 de diciembre

Muere Brigitte Bardot y me propongo ver o volver a ver alguna de las películas que protagoniza. Mirando los comentarios a El desprecio en Filmin me encuentro con uno que me parece muy bonito: «No tengo el conocimiento suficiente para saber por qué me ha gustado». Y la valora con un nueve.

¿No nos esforzamos a menudo en razonar por qué nos gusta una obra de arte y a veces le añadimos interpretaciones que quizá no aporten nada? Me encanta esa sencillez: aceptar que desconoces los motivos del placer y el interés que te provoca una película o una novela o un poema.

Y es verdad que el arte nos emociona o interesa por razones y sensaciones tan complejas que intentar explicarlas puede llevar a simplificarlas.


En el otro extremo, el Frankenstein de Guillermo del Toro no me ha gustado nada y sí sé explicar por qué. No me parece que aporte nada de valor a lo que ya nos han dado el monstruo y su creador –o el creador monstruoso y la criatura–. Es verdad que hay un despliegue técnico y digital que puede resultar apabullante, pero también decepcionante. ¿Tal derroche de recursos para esto, para una nieve que parece hecha de algodón y para unos lobos de cartón piedra y para que en ningún momento la forma se convierta en contenido?

Es posible que fuera benévolo si se tratara de una obra más artesanal, pero me irrita este despilfarro grandilocuente que me ofrece tan poca cosa. Aunque me parece perfecto que se aleje del original, también me irrita el cambio que afecta a la coprotagonista. Entiendo que hoy es difícil repetir la figura femenina inventada por Mary Shelley, tan devota al genio, cuidadora abnegada, sacrificada. Pero al final Del Toro nos presenta a una mujer de carácter, con su propia agencia y que no se amilana ante el científico, pero muere sacrificándose por la criatura y enamorada de ella y de su cuerpo. Lo de la figura woke pero entregada al amor romántico no puede satisfacer a nadie porque pretende satisfacer a todos.


29 de diciembre

Leo un artículo sobre gastronomía de moda y me doy cuenta de que, aunque tenga mis pequeñas ínfulas gourmet, para algunas cosas vivo a espaldas de mi tiempo: no sé lo que es un smash burger, no tenemos un satisfryer ni hemos pensado tenerlo, no pagaríamos cinco euros por una gilda de diseño, me entero de la existencia del chocolate Dubai por el artículo y me maravillo de que se hayan puesto de moda los kebabs sofisticados. Y me quedo un rato meditando sobre el misterio de que se hayan convertido en tendencia –signifique esto lo que signifique– las prensas para hacer carpaccio; pero sé lo que es el carpaccio, así que tan fuera del mundo no estoy.

En realidad, no tiene sentido escandalizarse. Cada época tiene sus modas y seguirlas es a menudo una forma de distinción social, de mostrar que eres parte de un grupo especial. La diferencia con tiempos pasados es la siguiente: antes había gente que se arruinaba para poder seguir un determinado tren de vida al que correspondían vestidos lujosos, fiestas deslumbrantes, comidas pantagruélicas. Ahora puede suceder lo mismo, pero en la era del simulacro también puedes sugerir esa pertenencia elitista por medio de fotos que luego subes a redes sociales; quizá no te hayas comido tú ese chocolate Dubai ni sea tuya la satisfryer, pero fotografiándote con ella te cuelas en la tendencia y te autopublicitas como persona introducida en un modelo de vida al que no alcanzas…

Pero me acuerdo ahora del hidalgo al que sirve brevemente el Lazarillo, que se desperdigaba migas sobre la pechera para sugerir que había almorzado aunque las tripas le gritaran de hambre. Como decía aquel anuncio de bourbon: en realidad, las cosas no cambian.


6 de enero

Trump ha invadido Venezuela. No es que haya cambiado tanto la actitud de Estados Unidos, que siempre han entendido el mundo como conjunto de territorios que explotar; recordemos Chile, Bolivia, Honduras, Granada, Panamá, Irak, y por supuesto todos esos ataques en países africanos que desde España entendemos aún menos y por eso les prestamos poca atención. Lo único que ha cambiado es que a la administración de Trump le da igual guardar las formas. Si Eisenhower ocultaba que la CIA había sido instrumental en el asesinato de Lumumba, Trump se enorgullece de sus fechorías e indica claramente que no es una cuestión de legalidad ni de democracia sino de los intereses puros y duros de su país. Él no enarbola el derecho, muchos menos los derechos humanos, sino la fuerza. Al menos, sabemos a qué atenernos.

¿Le sucederá a Trump como al doctor Frankenstein, que esté poniendo en marcha una fuerza que escapará a su control y lo destruirá? No sucede siempre con los mundos monstruosos creados por los experimentos dictatoriales. Franco y Stalin murieron en la cama.


Leo las primeras reacciones de la derecha española, cómo intentan instrumentalizar el desastre para atacar a su némesis y vuelvo a pensar que no tienen absolutamente nada que ofrecer al país y por eso se dedican a embarrarlo todo, porque una vez que se ensucien todos los que están en el terreno, es más difícil distinguir quiénes son.

Ni una medida económica con cabeza, ni una medida social, ni una idea sólida de la política internacional que les gustaría defender. Tenemos a la peor derecha de la historia; y eso que el listón estaba muy alto. O muy bajo, según se mire.


Leyendo de forma alterna Política sexual y Viaje al manicomio, de Kate Millett. Me encanta cómo, en el primero, desvela la fanfarronería ridícula y misógina de Henry Miller y Norman Mailer –nunca me interesó ninguno de los dos, tampoco cuando Miller era mirado como un pope de la liberación sexual–. Ambos me parecían vagamente repulsivos sin que en la época en la que los leí –era jovencísimo– tuviese las herramientas para comprender y explicar por qué.

También me ha entusiasmado la contraposición que hace entre Ruskin y Stuart Mill a través de sus ensayos sobre la situación de la mujer. El primero, un liberal aparentemente bondadoso y a la vez, diríamos hoy, machista; el segundo de una valentía considerable al enfrentarse a las concepciones de su tiempo y al defender de manera radical la igualdad entre hombres y mujeres. Nunca ocultó el papel esencial en esos escritos de su mujer Harriet Taylor y de su hija Helen. En España lo publicó Emilia Pardo Bazán y escribió un interesante artículo sobre el ensayo. Leí el ensayo hace años y me pareció admirable no solo la reflexión, también su valentía al enfrentarse a la gente biempensante de la época y al reventar el consenso liberaloide. Por supuesto, Ruskin tuvo más éxito.

¿No sucede lo mismo ahora, que los libros que triunfan son los más complacientes, aquellos que nos dan exactamente lo que esperamos?

La entrada Trump y el monstruo de Frankenstein se publicó primero en lamarea.com.

Kast: la victoria del pinochetismo

15 Diciembre 2025 at 11:24

Este análisis sobre José Antonio Kast se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.

La política chilena solo acostumbra a acaparar titulares internacionales cada cuatro años, coincidiendo con la celebración de las elecciones presidenciales. Tradicionalmente, si dejamos al margen las movilizaciones de 2011 o 2019, el bipartidismo ha sido capaz de controlar las instituciones políticas del país, y el turnismo junto a una cierta moderación centrípeta han marcado la dinámica política chilena. Pese al trasfondo de movilización social, la victoria de Gabriel Boric al frente de una coalición de izquierdas situada a la izquierda de la Concertación —la alianza tradicional entre socialistas y democristianos, de la que formó parte la expresidenta Michelle Bachelet— no ha supuesto un cambio sustancial en este sentido.

La polarización política que impregna la política global ha permitido reconfigurar las fuerzas a derecha e izquierda, alterando los protagonistas del bipartidismo chileno. Por un lado, la coalición de izquierdas —que en esta ocasión integraba también a socialistas y socialdemócratas— ha apostado por una candidata militante del Partido Comunista, Jeannette Jara. Por el otro, concurría la amenaza de un retorno al pasado: un José Antonio Kast que, en la segunda vuelta electoral, ha contado con el respaldo de la derecha tradicional.

Kast (Partido Republicano) representa una derecha política que combina cuatro ingredientes principales: populismo, neoliberalismo, conservadurismo social y autoritarismo institucional. Su proyecto promueve un relato de confrontación entre un “pueblo decente” y unas élites políticas y culturales de carácter progresista, a las que acusa de haber deteriorado el orden y la seguridad. Al mismo tiempo, defiende una agenda económica profundamente neoliberal, basada en la desregulación del mercado y en la reducción del Estado a su mínima expresión.

Este planteamiento se completa con un conservadurismo social duro, especialmente en materia de derechos reproductivos, diversidad sexual y educación, que durante esta campaña ha optado por omitir deliberadamente en sus comunicaciones públicas —a diferencia de lo ocurrido en 2021—. Su doctrina en estos ámbitos no difiere en absoluto de la que promueven en España grupos ultraconservadores como Hazte Oír. Como diputado, votó en contra de la dispensación gratuita de la píldora del día después, se opuso a la ley de no discriminación por razón de género y rechazó el acuerdo de unión civil entre personas del mismo sexo. El pack completo.

Por último, el nuevo presidente electo de Chile defiende una concepción autoritaria del poder que legitima el endurecimiento penal —especialmente contra los colectivos migrantes— y la asunción de un papel más relevante por parte de las fuerzas de seguridad dentro del marco institucional chileno. A juicio de Kast, la democracia debe subordinarse al mantenimiento del orden y la seguridad. La combinación de estos cuatro elementos sitúa a Kast dentro de la nueva derecha radical global, con profundas raíces locales en el legado político del pinochetismo.

Kast y el pinochetismo

Una característica contemporánea de la nueva ola de derecha populista, en auge a nivel global, es la distancia que suele marcar respecto a las dictaduras o procesos autoritarios vividos en sus países de origen. La batalla de Marine Le Pen por apropiarse del legado gaullista o la posición de Vox frente al franquismo son ejemplos claros de ello.

Chile, sin embargo, constituye una excepción. Aunque Pinochet abandonó el poder en 1990, fue comandante en jefe de las Fuerzas Armadas hasta 1998 y senador hasta 2002. La huella autoritaria logró sobrevivir al cambio de régimen, situando la centralidad política del país algo más a la derecha de lo habitual en el resto de países de la región.

Kast no se adhiere formalmente a la dictadura, pero articula y representa su legado político y simbólico. Sin ir más lejos, su hermano Miguel Kast fue miembro de los denominados Chicago Boys, un grupo de tecnócratas chilenos que, inspirados por las teorías de Milton Friedman y Arnold Harberger, impulsaron reformas estructurales de signo neoliberal en la economía chilena. Este grupo ocupó posiciones clave en la administración pinochetista: Miguel Kast fue ministro de la Oficina de Planificación Nacional (1978–1980), ministro de Trabajo y Previsión Social (1981–1982) y presidente del Banco Central de Chile (1982). Sí, efectivamente, el hermano del nuevo presidente de Chile fue ministro de la dictadura.

El parentesco familiar, aunque indicativo, no es el único vínculo del nuevo presidente electo con la dictadura de Pinochet. Kast se ha manifestado a favor de indultar a agentes del Estado responsables de violaciones de derechos humanos durante aquella etapa, a quienes incluso llegó a visitar en prisión para trasladarles su apoyo. No sorprende si se tiene en cuenta que Kast ha llegado a afirmar que el régimen militar fue un “mal necesario” para salvar a Chile “del comunismo”. En 2017, el ahora presidente chileno llegó a declarar que, de estar vivo, Augusto Pinochet le habría votado a él.

¿A la derecha de Bolsonaro?

En clave comparada, José Antonio Kast puede situarse claramente a la derecha de Jair Bolsonaro, especialmente en el ámbito económico e institucional. Mientras el bolsonarismo combina un discurso ultraconservador con un populismo económico errático y condicionado por la lógica del sistema político brasileño, Kast se inscribe en una tradición chilena mucho más ortodoxa y coherente de neoliberalismo duro, heredera directa de las reformas estructurales impulsadas por los Chicago Boys durante la dictadura.

En este mismo eje comparativo, Kast también puede ser comparado con el presidente argentino Javier Milei, con quien comparte una defensa radical del neoliberalismo y una impugnación frontal del Estado como actor redistributivo, pero de quien se diferencia tanto en el estilo como en la raíz ideológica. Milei construye su proyecto desde un anarcocapitalismo disruptivo, antipolítico y fuertemente personalista, que cuestiona incluso la propia existencia del Estado y se presenta como una ruptura con el orden institucional previo. Kast, en cambio, no pretende destruir el Estado, sino ponerlo al servicio de un orden social jerárquico, conservador y disciplinario, reforzando sus funciones coercitivas mientras reduce su papel social.

Kast sería, por tanto, un candidato populista y neoliberal como Milei, pero autoritario y ultraconservador como Bolsonaro. Una fórmula ciertamente peligrosa.

¿Qué podemos esperar de su presidencia?

El programa económico de Kast plantea un fuerte ajuste fiscal —cifrado en 6.000 millones de dólares en apenas 18 meses— con una notable ambigüedad respecto a los mecanismos concretos para alcanzarlo. Su estrategia se basa en la desregulación, la contención del gasto y la eliminación de determinadas cargas fiscales, como las contribuciones a la primera vivienda. Todo ello mientras afirma que no suprimirá prestaciones como la pensión garantizada universal, pese a haber defendido en el pasado la reducción de las pensiones.

En el eje de la seguridad, Kast ha puesto sobre la mesa el denominado “Plan Implacable”, orientado al endurecimiento penal, la expansión del aparato represivo del Estado y la construcción de prisiones de alta seguridad, así como a la creación de fuerzas especiales para intervenir en territorios controlados por el crimen organizado. Esta lógica se extiende a la política migratoria, donde recupera propuestas ya formuladas en campañas anteriores, como la financiación de vuelos para deportaciones masivas de personas en situación irregular. Se trata de un conjunto de medidas que refuerzan una concepción del orden público como eje central de la acción de gobierno, pero que abren interrogantes relevantes tanto sobre su coste real como sobre su compatibilidad con el marco jurídico vigente.

¿La buena noticia?

En Chile, los presidentes solo pueden ser reelegidos por dos mandatos no consecutivos. Entre 2006 y 2022, el país tuvo únicamente dos presidentes y cuatro mandatos: Bachelet, Piñera, Bachelet, Piñera. Por tanto, Gabriel Boric podría volver a postularse dentro de cuatro años, aunque a día de hoy resulte difícil prever cuál será entonces el panorama político.

Kast, de este modo, tiene fecha de caducidad, un hecho especialmente relevante dado el carácter marcadamente personalista de su movimiento. Además, habrá que observar cómo se materializa la incorporación de la derecha tradicional a su ejecutivo y cómo funciona esta convivencia política. Otros excandidatos poco sospechosos de progresismo, como Franco Parisi (Partido de la Gente, 19,71 % en primera vuelta) o Johannes Kaiser (Partido Nacional Libertario, 13,94 % en la primera ronda), tendrán incentivos claros para contribuir al desgaste de la presidencia de Kast.

En conclusión, la llegada de José Antonio Kast a La Moneda no puede interpretarse como un simple giro coyuntural hacia la derecha, sino como la normalización de un proyecto político que combina neoliberalismo radical, autoritarismo institucional y un legado pinochetista nunca plenamente superado. Su mandato pondrá a prueba tanto a las instituciones chilenas como la capacidad de las fuerzas políticas y sociales progresistas para articular una alternativa sólida. Kast tiene fecha de caducidad, pero las ideas que representa no desaparecerán por sí solas; el verdadero desafío para Chile será evitar que este retorno al pasado se consolide como horizonte de futuro.

La entrada Kast: la victoria del pinochetismo se publicó primero en lamarea.com.

Programa Lucha Libre Informe: Urbanismo Neoliberal en Zaragoza

6 Mayo 2015 at 12:06

Programa grabado el 23 de Abril en el parque del Tío Jorge sobre el INFORME: Urbanismo Neoliberal en Zaragoza. Planes de regeneración urbana y efectos socio-económicos en el barrio de San Pablo – El Gancho. Como activistas sociales y vecinos de Zaragoza, contemplamos cómo se ha transformado San Pablo durante las últimas décadas. Resulta sorprendente […]

La entrada Programa Lucha Libre Informe: Urbanismo Neoliberal en Zaragoza se publicó primero en Radio Topo.

  • No hay más artículos
❌