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AnteayerSalida Principal

La Transición contada en primera persona se hace cómic: “Los asesinatos se repetían por toda España”

19 Diciembre 2025 at 00:45

Abrir la caja de Pandora y dejar escapar hasta la esperanza, una caja que cobija la lucha aguerrida de los antifranquistas en la que la esperanza son sus ansias de una España sin represión y en libertad. Esas son las líneas maestras que el dibujante y guionista de novela gráfica Ángel de la Calle ha seguido en su última obra, La caja de Pandora. Vivir y morir en los tiempos de la Transición (Garbuix Books, 2025). A lo largo de saltos temporales, y en un trabajo que reúne autoficción, biografía y una búsqueda real, personal e incesante, el autor deshila lo atado y bien atado de aquellos años que no fueron tan modélicos como algunos estamentos se empeñan en defender.

Publicada como epílogo a sus dos anteriores cómics, De la Calle, que tenía 17 años cuando murió Francisco Franco, casi se postula como un personaje más de la narración. La cultura, la literatura, el cine del momento, así como las revistas underground, tan presentes en la trama, sirven al dibujante para vertebrar esta historia: “No solo hubo un periodo de cambio, también mucha violencia. Hay gente que califica a la Transición como pacífica y maravillosa, pero hubo decenas de muertos a manos de policías y grupos de extrema derecha”, adelanta.

De la Calle militó en el Partido Comunista de España (PCE) desde los 16 años, cuando todavía era una organización ilegal y clandestina. “Se veía todos los días en los periódicos. Te levantaban una mañana y habían fusilado a cinco personas. Lo que llamaban años de paz eran años de represión, y las detenciones de opositores se repetían continuamente”, recuerda el dibujante. Así lo plasma en su obra, repleta de reproducciones de su puño y letra de portadas de El País, Diario 16, Mundo Obrero o ABC.

Sin un plan por parte de la izquierda

El cómic no pasa por alto este goteo de asesinatos, la mayor parte de ellos impunes. “Recordamos la masacre de Atocha o de Vitoria por el número de muertos, pero los asesinatos se repetían por toda España”, comenta. En aquella época, él se dedicaba a repartir propaganda y hacer pintadas a favor del PCE.

Su desilusión llegó pronto. Apenas algo más de un año después de empezar a militar, De la Calle se apartó del partido. “Estábamos todo el día haciendo cosas, manifestaciones, huelgas, asambleas… Cuando estás en torno a los 20 años no lo ves porque no tienes mucha historia personal detrás, pero me di cuenta de que ninguna izquierda en España tenía un plan marcado para cuando falleciera Franco”, se explaya.

Ese descontento está presente en su novela gráfica. “Demasiado a menudo, la realidad de vivir en una dictadura fascista venía a destruir los sueños adolescentes y las pequeñas fantasías que nos creábamos para sobrevivir, deseando una primavera que no acababa de llegar”, comenta uno de los personajes de la novela gráfica.

De la Calle también introduce en su historia otra trama paralela, la de Shindo Renmei, un grupo de japoneses que operaron en Brasil tras la Segunda Guerra Mundial. Liderados por Eiiti Sakane, llegaron a asesinar a numerosos compatriotas que se negaban a aceptar que su país había sido derrotado en la contienda. Según afirma a La Marea el autor de la obra, se trata de un paralelismo con ETA, una forma de hablar de la banda terrorista sin mencionarla. “Esto tiene cierta interpretación abierta, pero durante mucho tiempo ETA hizo que franquistas y demócratas estuvieran juntos”, opina. 

Crímenes impunes

Sobre la Transición puede hablar largo y tendido Javier Almazán, hermano de Ángel, asesinado por la Policía en una manifestación en Madrid en diciembre de 1976. Trabajaba y estudiaba. Tenía 18 años. Murió después de recibir una paliza en plena calle, culatazos, patadas y golpes en la cabeza incluidos. Javier, portavoz del Colectivo de Olvidados de la Transición (COT), sostiene sin espacio a la duda que “el relato de la modélica Transición es absolutamente falso, tan solo apuntalado por las personas que cimentan su carrera y patrimonio sobre esa idea”.

En un tiempo en el que manifestarse era jugarse la vida, los avances logrados en materia de libertades fueron posibles gracias a la lucha de los opositores al régimen, que en muchos casos encontraron la muerte, el asesinato, como respuesta, según añade Javier. Y así lo muestra De la Calle en su cómic, donde sobresalen los nombres de Javier Verdejo, Arturo Ruiz, Mari Luz Nájera o Yolanda González, al igual que atentados como los que sufrió El País o la revista El Papus.

“Medio siglo después, aquí no ha cambiado gran cosa”, añade Javier. Es lo mismo que aparece en un pasaje de la novela gráfica ambientado en 2017. El protagonista coincide con una periodista que le ayudará en sus averiguaciones. Esta le pregunta a él si todavía hay un rey en España, y si sigue existiendo la Guardia Civil. Responde que sí. Ella dice: “¿Entonces, de qué Transición me hablas?”.

El portavoz del COT incide en que la promulgación de dos leyes de memoria “son una pátina de blancura sobre aquel periodo, y nunca se ha llegado a investigar o condenar a los perpetradores”, y añade: “Aquí, la reparación ni está ni se la espera”. Con la mirada puesta en el futuro, Javier comenta que será difícil que los crímenes sean reconocidos a nivel institucional. El tiempo pasa y los hechos cada vez son menos recientes. “Llega un momento en que uno se pregunta cuánto más hay que esperar para que se reconozcan ciertas cosas. Quizá tengamos que morir toda una generación para que suceda”, abunda.

La Transición a través de la cultura popular

En cuanto a la forma particular de este cómic, en el que aparecen tanto personajes reales como inventados, su dibujante asegura que “la estructura es lo que decide la narración contemporánea de la novela gráfica”, y en este caso está plagada de saltos temporales. La elección del título de los capítulos tampoco es baladí. El primero, La educación sentimental del artista adolescente, un guiño al Retrato del artista adolescente de James Joyce; el segundo, Esta gente qué querrá, título de una de las canciones más conocidas de Elisa Serna; el tercero y último, Vidas paralelas, en referencia a la conversación que mantuvieron Leopoldo María Panero y Eduardo Haro Ibars en La Bobia, un mítico local de la Movida Madrileña, sobre qué sería de ellos en el futuro.

De la Calle lamenta un libro tan largo, pues se acerca a las 250 páginas, pero asegura que es “lo que quería hacer”. Sobre todo, se siente orgulloso de cómo aborda la cultura popular, quizá lo mejor que se hacía en ese momento, tal y como afirma el personaje real de Ignacio Taibo II en la obra. El libro, en este sentido, está atravesado por la búsqueda de otro dibujante del que parece que nadie sabe nada, al que se le ha perdido la pista, y Juan, el protagonista, debe encontrarlo. “Es una historia que cuenta, en definitiva, cómo el verdadero artista y poeta se va a la mierda y aquí gana el que transige. Es triste pero suele ser lo que ocurre”, finaliza el autor del cómic.

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La amenaza a los derechos sexuales y reproductivos: un proyecto estructurado de poder histórico y global marca España

10 Diciembre 2025 at 12:05

L'Associació de Drets Sexuals i Reproductius ha publicado un informe en el que explica el papel de organizaciones surgidas en el Estado español como líderes de una ofensiva internacional “antigénero”. “Los derechos sexuales y reproductivos son el corazón de la disputa de poder”, explican las impulsoras del estudio.

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Franco murió, pero no el franquismo. Cincuenta años de una Transición orquestada por el fascismo español

30 Noviembre 2025 at 09:40

El régimen franquista fue el proyecto de la burguesía nacional apoyada por el capitalismo internacional que, en distintas fases, protegió sus intereses económicos consolidando una dictadura en torno a la figura de Franco como garante de ese orden sangriento. La muerte de Franco marcaba el punto de inflexión de un proceso ya iniciado años atrás. Se estaba pactando una clausura idílica del Franquismo desde, al menos, el año 1968, escondiendo posteriormente un proceso complejo de continuidad reformada. Mismos perros, pero también mismos collares.

Bajo el relato oficial, presentado como una proeza de consenso y moderación democrática, se ocultó una gran lógica política de fondo: la necesidad de las élites económicas, políticas y militares consolidadas tras 1939 de reorganizar su hegemonía ante un contexto internacional y social que hacía inviable la continuidad de una dictadura que había cumplido ya su papel como garante de sus privilegios. El fascismo español había hecho ya su función, pero ni se bajaría el telón, ni se marcharía de la escena, se le otorgaba un papel protagonista como consolidante y fuerza de choque hasta la actualidad.

Si podemos encontrar una cuestión común a lo largo del siglo XX español, desde la monarquía de Alfonso XIII, la dictadura de Miguel Primo de Rivera, la Segunda República española, el Franquismo, y el régimen monárquico actual; es el poder económico detentado en manos de prácticamente las mismas familias y fuerzas vivas del capitalismo patrio. La Transición española debe entenderse no como una ruptura, sino como una recomposición del poder, donde buena parte de las élites franquistas y los intereses económicos dominantes conservaron posiciones clave remodelando el sistema institucional.

Cuarenta años de Franquismo, el fascismo marca España

El régimen franquista nacía directamente del poder otorgado por el golpe militar de julio de 1936, y ampliado a todo el territorio mediante una guerra de exterminio contra la clase trabajadora y las fuerzas populares. Fue, desde el inicio, un proyecto con un objetivo antirrevolucionario al servicio de las élites económicas y militares de la España oligárquica, adelantándose al potencial de triunfo si el movimiento obrero organizado hubiese pasado a la ofensiva total de construir un poder popular de clase. No fue una tragedia histórica, sino la apuesta consciente y planificada de terratenientes, grandes industriales, jerarquía eclesiástica y mandos del ejército para aplastar una posible victoria de las fuerzas populares revolucionarias, que ponían en contundente riesgo la estructura de poder construida durante siglos. El golpe militar no fue contra el gobierno republicano, sino que la violencia se dirigía hacia la clase obrera, y ese es el primer punto que debemos tener claro en una visión revolucionaria. No existían dos Españas, sino dos clases sociales antagónicas, la dominante, y la explotada.

El proyecto previo de la burguesía española fue construir un gobierno político republicano y socialdemócrata como apagafuegos al crecimiento del movimiento obrero. Ese republicanismo interclasista habría sido el particular terreno de preparación y desarrollo del fascismo español. La victoria franquista en 1939 reeditaba un Estado autoritario, militarizado y de terror psicológico, y físico, basado en la represión sistemática, la censura, el control social y la destrucción de cualquier forma de organización obrera. El aparato estatal —desde la Iglesia Católica a la Guardia Civil, desde el Movimiento Nacional a los tribunales militares— funcionó como un engranaje perfectamente coordinado para garantizar la restauración brutal del orden capitalista más reaccionario tras la revolución social del pueblo.

En la primera fase el Franquismo extendió el exterminio de decenas de miles de integrantes de la clase trabajadora, y su proyecto estaba alineado férreamente con el fascismo italiano y el nazismo alemán; que tomaron la iniciativa de ofensiva hasta 1943 en el conflicto mundial. Durante los años cuarenta el régimen fue virando para distanciarse de la Alemania nazi, y sobrevivir al nuevo reordenamiento global de las potencias vencedoras. El Franquismo fue tolerado, y tomado como baluarte político en Europa contra el marxismo, y así evitar concesiones sociales y políticas que, el capitalismo imperialista tuvo que hacer mientras desarrollaba las nuevas estrategias de aplastamiento de los movimientos obreros nacidos de la lucha en el conflicto mundial contra los fascismos.

Esos años cuarenta y los primeros cincuenta, estuvieron marcados por el modelo económico autárquico que impuso el Franquismo y, que proyectaba a los grupos empresariales afines al régimen, hundiendo al país en el hambre y la miseria mientras consolidaba un capitalismo oligárquico protegido por el Estado. La represión de posguerra, con cientos de miles de encarcelados, deportados, fusilados y depurados, no fue un «exceso», sino el pilar sobre el que se edificó la estabilidad del régimen y, en cierta medida, el retorno a las estructuras políticas normalizadas por el capitalismo. La clase trabajadora quedó sometida a un sindicalismo vertical obligatorio, diseñado para neutralizar cualquier capacidad de conflicto y asegurarse la subordinación al régimen.

La Guerra Fría permitió a la dictadura un lavado internacional: el anticomunismo se había convertido en el salvoconducto. Estados Unidos y las potencias occidentales integraron a España como pieza funcional del bloque capitalista, abriendo la puerta a la tecnocracia, al desarrollismo y a una «modernización» controlada que jamás cuestionó las bases del poder. El Plan de Estabilización de 1959 coincidía con la visita del presidente estadounidense Eisenhower, y el crecimiento económico de los años 60 no fue en absoluto un despegue neutral: consolidaron a nuevas facciones de la burguesía, reforzaron desigualdades y utilizaron la emigración masiva a Europa como válvula de escape social. La represión se volvió más selectiva, pero no menos efectiva.

A lo largo de esas cuatro décadas, el Franquismo mutó, pero no cambió jamás su naturaleza: fue siempre un régimen militarista y ultracatólico, que defendía los intereses de clase burgueses y aseguraba la continuidad de la explotación económica y política de las élites empresariales. Las luchas obreras, estudiantiles y vecinales que surgieron, fueron respondidas con una violencia perfectamente calculada parta no permitir erosionar su legitimidad. Las leyes represivas, el Tribunal de Orden Público, la Guardia Civil y la Brigada Político-Social de la policía, actuaban como aparato principal del control y el castigo.

La Transición: un pacto de silencio y reforma de la oligarquía desde arriba

Muy lejos de suponer ninguna ruptura impulsada desde la base, la Transición fue el resultado de un pacto de la élite oligárquica española. Una parte de la vieja guardia franquista entendió que sostener el régimen tal cual era se hacía incompatible con su integración en los mercados europeos y con el control de una clase trabajadora altamente movilizada desde 1968. Por eso, optaron por dirigir ellos mismos la evolución del régimen. Debían preservarse las estructuras del aparato estatal nacido de 1939, se mantendría intacta la jerarquía judicial y policial; además de garantizarse la continuidad monárquica designada por Franco en quien sería coronado como Juan Carlos I. No se desmontaba el armazón autoritario que se heredaba, solo se le otorgaba un cambio de look, para adaptarlo a las normativas represivas y de control social constituidas por las democracias imperialistas occidentales.

El movimiento estudiantil eclosionado en 1968, se había aliado con las demandas de la clase trabajadora, y funcionaba como catalizador de un cuestionamiento profundo al régimen franquista. Las asambleas y huelgas universitarias se solidarizaban con las luchas obreras. Mientras tanto se intensifica la preocupación por la insurgencia política y armada representada por organizaciones como ETA, FRAP, y más tarde MIL que, si bien no representan una amenaza real al poder estatal, sí que son un desafío simbólico a su capacidad de control total. Se abren grietas en la narrativa legitimadora del Franquismo, lo cual conduce a un repunte en la represión y a su sofisticación; comenzando a idear un plan de reformas pactadas desde arriba.

La muerte de Carrero Blanco en diciembre de 1973 fue el golpe simbólico al régimen franquista que se necesitaba para poner en marcha toda la Transición que ya se venía fraguando desde el inicio de esa década. A los sectores más reacios a la reforma pactada desde arriba había que domesticarlos, no se destruiría su estructura, solo se liquidaba el plan de un franquismo sin Franco pero con franquistas puros. Las élites económicas y políticas asumen una recomposición en el bloque de poder, y se arma una transición que neutralice al movimiento de clase trabajadora. Las luchas obreras estaban viviendo un crecimiento explosivo, decenas de miles de trabajadores desbordan el sindicalismo vertical, y se genera un potencial contrapoder social de coordinadoras y comisiones, huelgas y asambleas masivas en barrios obreros. Por lo que esa Transición debía abordar como objetivo principal la desactivación de ese sujeto político que estaba construyendo al margen de los canales del régimen.

En este contexto, el papel internacional también pesa mucho; y los Estados Unidos, a través de la CIA, busca garantizar un aliado estable en la OTAN y fiel a los intereses imperialistas. De ahí la operación de «reciclaje» del socialismo parlamentario en el Congreso de Suresnes (1974), desde el que emerge un PSOE rejuvenecido, moderado y funcional al nuevo proyecto. El PSOE, a través de Felipe González, es seleccionado como el actor ideal para ofrecer una salida controlada, capaz de seducir a sectores jóvenes y urbanos sin poner en riesgo la estructura económica del franquismo sociológico. De esta manera se evitaba una escalada como la Revolución de los Claveles portuguesa, donde se tuvo que actuar de manera más decisiva para evitar una ruptura que desestabilizara los intereses capitalistas.

Los aparatos franquistas no se depuraron, y la represión seguiría activa, siendo asesinados en ese periodo centenares de trabajadores. En 1975, cuando Franco murió, el franquismo no estaba agonizando, tan solo cumplió su funcional ciclo histórico. La dictadura que nació como proyecto antirrevolucionario, dejaba tras de sí una matriz que se ha mantenido intacta hasta la actualidad, porque Franco murió, pero no el Franquismo.

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“No se ha hecho una política de memoria, y de las mujeres todavía menos”

26 Noviembre 2025 at 12:05

Una ruta, organizada por la Asamblea feminista de València, ha recorrido varios espacios en los que operó el Patronato de Protección a la Mujer en la ciudad.

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Formas de viajar al pasado (vacuna para nostálgicos de salón)

21 Noviembre 2025 at 10:03

16 de noviembre

Leyendo en el tren un libro de poemas de Inge Müller, leyendo un ensayo de Marc Casals sobre Bosnia, también otro ensayo sobre las Trümmerfrauen, aquellas mujeres que contribuyeron a levantar las ciudades alemanas de debajo de sus escombros. El tren es mi nueva universidad.


Suelo leer los agradecimientos de los libros antes que el texto en sí, por curiosidad y porque me dan una idea de los referentes y el contexto de quien escribe. Aunque solo llevo la mitad de su ensayo, salto también a los agradecimientos de La piedra permanece, en cuyo final Marc Casals da las gracias a su compañera, Patricia Pizarroso, y añade: «Ojalá pueda escribir más libros en el futuro, aunque solo sea para que ella los lea». Sonrío al leerlo porque yo a veces también tengo la impresión de que, cada vez más, escribo con la ilusión de que Edurne me lea. No es esa la razón primera de mi escritura, claro, pero una y otra vez me sorprendo pensando: «esto le va a gustar a Edurne» o «a ver qué piensa Edurne de esto». Si ella no apreciase mi trabajo, la escritura sería una fuente de tristeza (pero seguiría escribiendo).


¿Se debe esto a una necesidad de aprobación, de aceptación, de elogios por parte de alguien a quien admiramos y queremos? Sin duda. Pero la razón principal está en otro sitio: nadie es solo la persona que los demás creen; por mucho que nos esforcemos en expresarlo (si es que nos atrevemos a hacerlo) siempre queda un fondo incomunicable de lo que somos y, a menudo, tenemos la impresión de que somos sobre todo lo que no podemos comunicar. El arte es una forma de expandir el campo de lo decible. Al mostrar a Edurne lo que escribo tengo la impresión de que comparto con ella aquello que no sé compartir en el día a día; que, si me sigue queriendo después de leerme, su amor será más auténtico porque amará a alguien que se parece más a mí que la persona con la que desayuna casi todos los días.


19 de noviembre

Tengo sentimientos encontrados ante el despliegue de memoria con el que se tropieza cualquier persona que pasea por Berlín. Por un lado, viniendo de un país en el que una presidenta de Comunidad Autónoma se opone a instalar una placa en la que se recuerde a los torturados por el franquismo en la DGS y en el que se discute el interés de desenterrar e identificar a los cadáveres que aún continúan en las cunetas o fosas comunes, envidio que en Alemania el Estado y los poderes públicos en general consideren un deber recordar y explicar el pasado, en particular el terror desatado por el nazismo y el intento de exterminio de judíos, otras minorías y disidentes.

Al mismo tiempo, en un sistema que convierte en mercancía todo lo que toca, también la historia es una inversión rentable: la represión, la tortura, los asesinatos políticos, debidamente musealizados y gadgetizados, pueden ofrecerse a pie de calle como una experiencia turística. Hay un museo y una tienda del Checkpoint Charlie, alrededor de los cuales es posible adquirir auténticos gorros soviéticos de imitación; están el museo del espía, el de la RDA, el de la Stasi, el de la Resistencia, uno sobre la historia germano-soviética, el de la Guerra Fría, el museo contra la guerra. A ellos –y a muchos más– se suman espacios para exposición pedagógica y conmemoración, como las instalaciones de Topografía del Terror, el del campo de concentración de Ravensbrück o el del Centro de Documentación del Trabajo Forzoso Nazi en Schöneweide –acabamos de visitar los dos últimos–.

Junto a trabajos serios de documentación del pasado proliferan los museos espectáculo; junto al esfuerzo por mantener vivo el recuerdo y la comprensión de las violencias sufridas y provocadas por los alemanes que han marcado una ciudad como Berlín, nos encontramos con mercachifles que más que conocimiento te venden entretenimiento: olvídate de los libros de historia y de pasar horas investigando; en tres horas te hacemos una visita guiada por la historia de Berlín. Así se promocionan unos tours turísticos que te prometen una experiencia inolvidable e ilustran la página con una foto de turistas sonrientes mal parapetados tras una barricada de sacos terreros. Y como el morbo vende, incluyen en el tour una visita al búnker de Hitler, aunque allí solo hay un aparcamiento y un tablón explicativo.

No recuerdo dónde leí que el piolet con el que Mercader asesinó a Trotsky está expuesto en un museo estadounidense. Una pena que no vendan reproducciones en plástico o metal. ¿O sí las venden?


No voy a intentar transcribir aquí lo que pienso y siento tras visitar el centro de documentación de trabajos forzados bajo los nazis y el antiguo KZ de Ravensbrück. Casi no he empezado aún a asimilarlo.


20 de noviembre

En los comentarios a las visitas guiadas a un campo de concentración cercano a Berlín, leo frases elogiosas por el sentido del humor de un guía, o porque otro fue muy ameno, o porque pasaron un rato muy agradable.

Si quería empezar el día espoleando mi misantropía, el objetivo está cumplido.


Hoy celebramos 50 años sin el dictador Franco. Esa gente que desde la libertad y las posibilidades que disfrutan hoy quieran regresar a aquellos tiempos me recuerda a los burgueses que iban a los barrios bajos a «encanallarse». Disfrutaban la excitación de lo prohibido y peligroso pero sabiendo que en un rato podían regresar a sus apartamentos calentitos y protegidos. Qué pena que no se hayan cumplido las promesas de la ciencia ficción y no podamos organizar un viaje en el tiempo a nuestros nostálgicos del orden y la seguridad: si viviesen unos días en aquellos tiempos de represión, de cutrez, de corrupción impune y silenciada, de miseria moral en medio de discursos altisonantes me parece muy probable que revisasen sus opiniones. A no ser que perteneciesen a la elite rapaz y meapilas de entonces.

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5 entrevistas imprescindibles para que no te cuenten cuentos sobre el franquismo

20 Noviembre 2025 at 00:02
Por: La Marea

Lo hemos hecho desde el principio: en el ADN de La Marea está la memoria histórica, la memoria democrática. Día a día, más allá del 20-N, dedicamos espacio a las víctimas del franquismo y de la Transición. A continuación, te dejamos cinco entrevistas sobre diferentes obras e investigaciones publicadas este año que nos sirven para conocer mejor qué fue la dictadura y por qué, hoy, nos encontramos en el momento en el que nos encontramos.

1. Rafael Escudero: “Hay un derecho colectivo a la memoria. Todos somos víctimas del franquismo”

El lamento desgarrador de Antígona contra Creonte y aquel Ángel de la Historia para el que el progreso era el vendaval que se enredaba en sus alas y le impedía lanzarse a reconstruir las ruinas del pasado, sobre el cual escribiera Benjamin, se cruzan en Cuando Antígona encontró a Benjamin: víctimas del franquismo y derecho a la memoria (Trotta, 2025), de Rafael Escudero Alday.

Se trata de un libro sobre el difícil esfuerzo español en pos del juicio y la reparación de los crímenes del franquismo. En él, este profesor de Derecho de la Universidad Carlos III analiza los éxitos y fracasos, las luces y las sombras de los procesos sociales, políticos y legales involucrados.

2. Gemma Ruiz Palà: “Hoy parece que el franquismo fue Disney”

El pulso literario de la periodista Gemma Ruiz Palà nace de poner en valor, de dar dignidad, a aquellas personas a las que se lo arrebataron en el pasado. Sobre todo a las mujeres, esa mitad de la población que ha quedado silenciada en la mayoría de los ámbitos. Lo hizo con Nuestras madres (Proa y Consonni), novela que cosechó un gran éxito y en la que ficciona la vida de esas mujeres nacidas durante la dictadura que lucharon para que sus hijas tuvieran un futuro diferente al suyo

Pero antes de ese, lo había hecho también con Arpelagues (Proa, 2016), su primer libro escrito en catalán que acaba de traducir Consonni con el título Aulagas. Una novela que narra la vida de tres mujeres de diferentes generaciones entre la Catalunya rural y la urbana antes, durante y después de la Guerra Civil. Un relato cotidiano y familiar que, lejos de la historia oficial que aparece en los libros de texto, habla entre otros muchos aspectos de los partos en el campo, de la pobreza extrema, de niñas siendo sirvientas, abusos silenciados y violaciones nunca antes contadas.

3. Julián Casanova, biógrafo de Franco: “En España, en 1945, sabían que la represión era una inversión de futuro”

Una biografía para la gente que no sabe apenas sobre Franco. Ese es el propósito que se fijó Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, cuando comenzó a preparar una de sus obras culmen. La editorial Crítica ha publicado este año esta monografía que condensa cuatro décadas de investigación de Casanova en torno al franquismo.

Como él mismo dice al final del libro, “tiene que ser posible, 50 años después, volver la vista a ese pasado y no buscar solo aprobación o condena”. En esta dilatada conversación, el historiador repasa algunos de los momentos decisivos de Franco y de la España más reciente.

4. Aida dos Santos: “Tu calidad de vida la marca el bando de tu abuelo en la guerra civil”

«Las dinámicas centro-periferia operan más allá de la geografía, son interacciones coloniales», escribe la politóloga Aida dos Santos en su libro Hijas del hormigón (publicado por Debate). El ensayo se centra en las grandes olvidadas de la izquierda y del feminismo, las mujeres que viven en el extrarradio de las grandes ciudades y que ven cómo el sexismo, el clasismo y la violencia atraviesa y condiciona sus vidas.

El título condensa más de cuatro años de investigación y se articula a través de entrevistas personales con estas mujeres, que a menudo son objeto de burlas, prejuicios y abusos por parte de las clases privilegiadas y, más generalmente, por parte de muchos hombres, independientemente de su estatus.

5. Miguel Ángel del Arco: “El franquismo hizo con el hambre lo mismo que Netanyahu en Gaza”

Dice el historiador granadino Miguel Ángel del Arco Blanco en el epílogo de La hambruna española (Crítica, 2025) que «lo que sucedió en la posguerra española no fue solo hambre, sino una auténtica hambruna homologable a las acaecidas en Europa y en el mundo. Pese a la negación de su existencia por parte del franquismo, este libro prueba que tuvo lugar, la identifica, explica sus causas, quiénes fueron sus víctimas y cuáles fueron sus consecuencias».

El libro tiene todo lo que debe tener uno de historia: documentación y rigor, pero también pasión humanista. En él habla Del Arco, pero se escucha también la voz de los hambrientos de 1939-1942 y 1946, un ciclo atroz que segó las vidas de más de 200.000 españoles. El franquismo pudo evitar esas muertes, pero no quiso.

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Homenajes sin fecha

20 Noviembre 2025 at 00:01

No fue un gran acto –al menos, no fue lo que acostumbra a ser denominado como un gran acto– el día en que Antonio sintió que alguien escuchaba su historia, que podía contar que a su padre y a su madre los mataron cuando él era un niño de tres años, que no recordaba sus rostros, pero que quería, con todo su corazón, saber dónde estaban sus restos. Por eso, aquella mañana sin prensa, sin focos, sin políticos, como casi todos los últimos sábados de mes, Antonio, con una vieja foto pegada al pecho como única prueba física de la desaparición de quienes lo habían traído a este mundo, pedía, junto a otras víctimas del franquismo en la sevillana Plaza de la Gavidia, que alguien lo ayudara a buscar sus huesos.

No fue tampoco lo que se conoce como un gran acto el día en que Paqui y su amiga Isabel –con la misma determinación y alegría de una Thelma y una Louise que aceleran aun sabiendo que van a despeñarse– arrancaron el coche camino de un juzgado de Aracena a poner una denuncia por el hallazgo de una fosa. En menos de tres minutos fueron despachadas. Pero ellas hicieron lo que creían que tenían que hacer. 

Tampoco se considera un homenaje, en los términos habituales, el empeño de Manuel por honrar a sus bisabuelos Luisa y Antonio, y el amor inquebrantable que se profesaban y que un cura intentó separar cuando ya eran ancianos, en los últimos años de sus vidas. 

Cecilio Gordillo porta una fotografía de su familiar. RMHSA
Cecilio Gordillo porta una fotografía de su familiar. RMHSA

Por supuesto, no fueron grandes actos aquellas conferencias que, cualquier día de la semana, en cualquier pueblo, sin sillas con cartel de reservado, con frío, con calor, en cualquier aula, en la plaza más inesperada, dieron José María o José Luis o Pura o Ángel o Emilio o Susana. O Cecilio, siempre Cecilio. Puede que por no haber no hubiera ni mucha gente. Porque en estos actos, además, casi todo el mundo se conoce de esos mismos actos, ajenos a aniversarios y conmemoraciones protocolarias, que, por otro lado, no está mal que las haya. Todo lo contrario. 

Durante muchos años, las víctimas del franquismo, en estos formatos caseros, voluntariosos, altruistas, en los que muchas veces Lucía puso –y sigue poniendo– su música y su voz, han pedido ser reconocidas en público por el Estado, que durante esos mismos años –muchos años– ha mirado para otros lugares. 

Se han aprobado leyes, es cierto. Hay quien opina que se ha avanzado, también. Pero no es menos cierto que sola estaba Paqui cuando los restos de Queipo salieron de la Basílica de la Macarena. Solo estuvo José cuando, delante de la tumba de su padre en un pueblito de Portugal al que tuvo que exiliarse toda la familia, le dijo que por fin, después de tanto miedo y silencio, había adquirido la nacionalidad española. 

Solas han estado durante demasiado tiempo las víctimas del franquismo, también las de la Transición, que continúan –todas ellas– observando perplejas cómo se siguen celebrando actos fascistas de manera impune, cómo continúan sin juzgarse en este país unos crímenes de lesa humanidad o cómo las encuestas dan cada vez más apoyo a la ultraderecha entre los más jóvenes.   

Puede que los de este año, cuando se cumple medio siglo de la muerte del dictador Franco, ese número redondo que siempre invita a celebración, sean los que todo el mundo conoce como los grandes actos. Pero han sido todos esos pequeños eventos juntos, sin fecha, los que han permitido tejer la memoria de este país en los últimos tiempos, la de niños como Antonio, la primera persona mencionada en este artículo, que no logró encontrar a sus padres y que ya no vive para seguir buscándolos. En estos momentos de fastos, conviene no olvidarlo.  

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El peligro de “designificar” los espacios y borrar las huellas del crimen

19 Noviembre 2025 at 11:08

Cuidar la memoria no pasa por borrar lo que un espacio fue, sino por explicitar qué pasó. La impunidad del franquismo se manifiesta, por ejemplo, en la ausencia de mecanismos que señalen los lugares del crimen.

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María Luisa Elío, una autora “sorprendentemente contemporánea” exiliada en el franquismo

19 Noviembre 2025 at 11:07

La artista visual Celia Viada rescata en su documental 'Volver a casa tan tarde' la historia de una escritora y actriz olvidada, a pesar de que realizó su propia película autobiográfica, estrenada en 1961, y que fue una de las personas que inspiró 'Cien años de soledad'.

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¡Corre, corre, corre!

19 Noviembre 2025 at 11:07

Un diario de duelo, una crónica performática, un kintsukuroi narrativo sobre una historia de represión en la Zaragoza tardofranquista.

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Dorothy parker en la guerra civil española

31 Agosto 2020 at 16:37

En el programa de este domingo nos acercamos a la figura de Dorothy Parker, afamada libretista holywoodiense, reconocida escritora tras su fallecimiento y, quizá en una faceta menos conocida, activista antifascista en los años 30, una inquietud que le llevó a viajar a la España de la guerra civil, y a escribir algunos relatos sobre […]

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