Más allá de las pruebas de este caso concreto, ver la imagen del alcalde de Móstoles, rodeado de su plana mayor, atribuyendo a una “venganza” la denuncia por acoso de una concejala, nos remite irremediablemente a la imagen de otro alcalde del PP, arropado por la plana mayor del partido, haciendo exactamente lo mismo, pero hace 25 años. De momento, y según la información adelantada por El País, observamos que entre la imagen de 2001 y la imagen de 2026 es bastante difícil encontrar diferencias.
Urko Olazabal y Mireia Oriol, protagonistas de la película ‘Soy Nevenka’. THE WALT DINEY STUDIOS
Como ahora ha hecho Manuel Bautista en Móstoles, el entonces regidor de Ponferrada, Ismael Álvarez, negó las acusaciones y se defendió culpando a la edil que lo había denunciado. Se llamaba –se llama– Nevenka Fernández, y su historia, llena de soledad y terror, ha sido recordada por ella misma en un documental y una película reciente: fue la primera mujer que logró una condena por acoso contra un político en España.
Ni aquel hito en la historia del feminismo de este país, ni las leyes en favor de la igualdad aprobadas posteriormente, ni siquiera el tiempo, han evitado que se repita –o que estemos hablando, mejor dicho– de un nuevo caso que comparte enormes paralelismos con aquel otro, el de Nevenka. Y no solo por los hechos denunciados –que serán juzgados en este nuevo caso– sino por la forma de actuar del PP ante esos supuestos hechos.
En ambos episodios, con los datos actuales, la mujer es una concejala del PP, las dos denuncian por acoso sexual y laboral al alcalde que las ha “fichado”, ninguna recibe el apoyo del partido y, además, ambas son ninguneadas, cuando no despreciadas, por el aparato. Las dos, finalmente, terminan recurriendo a la justicia.
En el caso de 2026, según la información de El País, la mujer pidió amparo al PP y fue despachada con frases del tipo ‘es mejor que no denuncies’: “Ayuda no es hacerlo público, esto te va a hundir”; “lo que no puede ser bueno para ti es una denuncia en el juzgado, porque te comen”; “El amparo pasa por que te quites de la cabeza cualquier tipo de denuncia”. Ni siquiera fue recibida por la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, a quien remitió finalmente una carta explicando los motivos por los que se daba de baja en el partido.
En 2001, Ismael Álvarez dijo que lo que había contado Nevenka Fernández era un “relato preparado”. En 2026, el alcalde de Móstoles ha dicho que el relato de la exconcejala –que, en este caso, prefiere mantenerse en el anonimato– no se corresponde con la realidad, y Ayuso, que sí se citó con el regidor tras la denuncia realizada por la mujer, ha ido incluso más allá: es un “caso fabricado contra el PP”, dijo la presidenta en la Asamblea de Madrid.
Hace 25 años, el PP tapó una historia que terminó en condena en los tribunales y por la que nunca pidió perdón a la víctima, según ha narrado ella cuando ha podido hablar con calma del infierno que vivió, dos décadas después. Hoy, lo retorcido de este asunto, además, es que mientras Nevenka Fernández contaba todo esto tantos años después en diferentes pantallas, la otra mujer estaba contando a los órganos de dirección del PP lo mismo que denunció en su día Nevenka Fernández.
“Hay que escuchar a las mujeres que se atreven a hablar, no es fácil porque sabes que tiene consecuencias”, dijo en una entrevista en elDiario.es en septiembre de 2025. Habrá que esperar, por supuesto, a ver qué dicen los tribunales. Pero de momento, puede que la diferencia más clara entre una imagen y otra sea simplemente el tiempo que ha pasado.
Donald Trump cree que el único límite a su poder es su propia «moralidad». Así lo ha expresado en una entrevista con el New York Times. El Senado de Estados Unidos no opina lo mismo y votó a favor de limitar la posibilidad de que pueda realizar otro ataque como el de Venezuela, el pasado sábado, sin contar con el visto bueno del Congreso. Incluso cinco senadores republicanos se desmarcaron de las filas del trumpismo y votaron a favor de esta decisión. El presidente estadounidense los llamó «estúpidos» y exigió que nunca más ocuparan un cargo público.
La maniobra del Senado evidencia hasta qué punto el golpe en Venezuela ha conmocionado las bases de la política estadounidense y mundial. Tanto Washington como los gobiernos europeos y latinoamericanos están en guardia, debatiendo, analizando cuáles pueden ser los próximos movimientos de Trump y cómo hacerles frente. Se plantean dos estrategias: la confrontación (aún puramente verbal, con Pedro Sánchez y Emmanuel Macron a la cabeza: ambos han rechazado explícitamente el «vasallaje» a Estados Unidos) y la colaboración. Esta última opción parece haber sido la elegida por Delcy Rodríguez. «Hay mucho maniqueísmo cuando se habla de las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos. No son algo extraordinario ni irregular las relaciones económicas y comerciales entre Estados Unidos y Venezuela», afirmó la presidenta venezolana. Estas «relaciones económicas», en la actualidad, están marcadas por la orden de Trump de apoderarse del petróleo venezolano, venderlo y quedarse con las ganancias; los ingresos que puedan ir eventualmente a Venezuela, además, deberán gastarlos en productos estadounidenses.
En esta situación, Caracas ordenó ayer la excarcelación de un centenar de presos como gesto de buena voluntad. Entre los liberados hay cinco personas de nacionalidad española: los vascos Andrés Martínez Adasme y José María Basoa, el canario Miguel Moreno, el valenciano Ernesto Gorbe y la venezolana con doble nacionalidad Rocío San Miguel. El presidente de la Asamblea Nacional y hermano de la presidenta, Jorge Rodríguez, agradeció el papel mediador del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, del presidente de Brasil, Lula da Silva, y de Catar en la liberación de los primeros presos.
La semana que viene, Trump tiene previsto reunirse con María Corina Machado, líder de la oposición al chavismo que fue desautorizada por el propio presidente norteamericano tras dar el golpe en Venezuela. «No tiene el apoyo ni el respeto del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto necesario», dijo de ella. A pesar del desaire, la opositora se ha mostrado exultante por viajar a la Casa Blanca para, según dijo literalmente, compartir con Trump su premio Nobel de la Paz. Quiere compartirlo con el hombre que, por interés económico, ha optado por la continuidad del chavismo.
A este descabellado clima de las relaciones internacionales hay que sumar la reacción del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que se mostró a favor de una mayor presencia estadounidense en Groenlandia. A favor… aunque la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, haya afirmado que si Estados Unidos ataca Groenlandia eso significará el fin de la OTAN.
Ante esta reacción, no sólo de Dinamarca sino de la mayoría de los líderes europeos, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, se burló de la «loca sobreactuación» proveniente del Viejo Continente. En una entrevista con la cadena afín Fox News, Vance intentó endosarle a Europa una narrativa dudosa (y llena de apelaciones celestiales) sobre la conveniencia de que Groenlandia pase a manos norteamericanas: «Si, Dios no lo quiera, los rusos o los chinos… No digo que vayan a hacerlo, pero si alguien, Dios no lo quiera, lanzara un misil contra nuestro continente, Groenlandia es una parte fundamental en la defensa antimisiles».
Vance, además, se mostró muy condescendiente con sus «aliados» europeos. «Siempre argumentan sobre el pasado. Dirán, bueno, luchamos juntos en la Segunda Guerra Mundial o luchamos juntos en la guerra contra el terrorismo. Y estamos agradecidos por ello. Nos encanta tener estos aliados. Pero que hayas hecho algo inteligente hace 25 años no significa que no puedas hacer algo estúpido ahora», dijo Vance, siguiendo al pie de la letra el libro de estilo del trumpismo: si no aprueban nuestras ideas, son estúpidos.
La próxima semana intentarán coaccionar en persona a los líderes de Dinamarca y Groenlandia: el secretario de Estado, Marco Rubio, se reunirá con ellos para explicarles, por enésima vez, la importancia estratégica de la isla ártica para Estados Unidos.
Decir que 2025 fue el año del alto el fuego en Gaza sería bastante impreciso. Efectivamente, el pasado mes de octubre se firmó en Egipto, con el patrocinio de Donald Trump y la presencia de una veintena de líderes internacionales, algo llamado «plan de paz» que no ha detenido el genocidio en la Franja. Según el Ministerio de Sanidad de Gaza, más de 410 personas han sido asesinadas por Israel desde que se rubricó aquel pacto que tantos palestinos, desde el primer momento y con enorme realismo y exactitud, calificaron de «farsa».
La cifra oficial de muertos desde que Benjamín Netanyahu desató su operación de represalia tras los atentados islamistas del 7 de octubre de 2023 supera los 71.000. Pero en Gaza no queda nada en pie, la destrucción del territorio es total y bajo los escombros permanece oculta la verdadera dimensión del genocidio: según la relatora de la ONU para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, la cifra real podría ser 10 veces mayor. Según académicos y científicos, el balance podría rondar los 680.000 muertos.
Por poner estas cifras en contexto, Netanyahu ha reproducido en Gaza unas 225 veces los atentados del 11-S en Nueva York. Según el profesor Paul Rogers, de la Universidad de Bradford (Reino Unido), la dimensión de los ataques supera al bombardeo de Dresde, uno de los más devastadores de la Segunda Guerra Mundial, y sería, aproximadamente, el equivalente a «seis bombas atómicas como la de Hiroshima». Trump, sin asomo de pudor, escribió un nuevo capítulo en la historia universal de la infamia cuando felicitó a Netanyahu por los muertos, los mutilados, los desplazados y el arrasamiento de la Franja:
«Bibi me llamaba muy a menudo. ¿Puedes conseguirme esta arma? ¿Esta otra? ¿Y esta otra? De algunas de ellas nunca había oído hablar. Bibi y yo las fabricamos. Pero las conseguimos, ¿no? Y son las mejores. Son las mejores. Pero tú las has usado bien. También se necesitan personas que sepan usarlas, y tú claramente las has usado muy bien»
Este dúo exterminador se reunió, nuevamente, en Mar-a-Lago, la residencia de lujo de Trump en Florida. La excusa para el encuentro, oficialmente, era impulsar «la segunda fase del alto el fuego» en Gaza. La expresión, como viene siendo habitual cuando Israel entra en juego, es un eufemismo. Netanyahu ni siquiera ha cumplido la primera fase, que hacía referencia al alto el fuego inmediato (ha seguido matando gazatíes a discreción) y a la entrada de ayuda humanitaria (que ha llegado con cuentagotas, de forma insuficiente para paliar mínimamente las necesidades de una población destrozada por los bombardeos, el hambre y las inundaciones). A Trump eso no le importa: «No me preocupa nada de lo que esté haciendo Israel», aseguró. «Han cumplido el plan». Y con esa patada a la realidad dio el tema por zanjado.
Del encuentro entre ambos no salió ningún compromiso en firme sobre Gaza. Trump se limitó a lanzar sus habituales amenazas («si Hamás no se desarma se enfrentará a algo malo, muy malo», dijo) y Netanyahu agradeció «la amistad y el apoyo» del mandatario estadounidense («desde el fondo de mi corazón», detalló).
El primer ministro israelí, que visitó a Trump por quinta vez en 10 meses, contaba con convencer a presidente estadounidense para seguir ampliando el conflicto en Oriente Próximo. Al genocidio de Gaza hay que sumar los continuos ataques sobre Cisjordaniay las incursiones en Líbano y Siria. Pero no es suficiente: Netanyahu acaricia la idea de volver a atacar Irán. Apenas seis meses después de los bombardeos con los que Israel eliminó a la cúpula militar iraní y a sus principales científicos nucleares, tanto desde Tel Aviv como desde Washington se agita otra vez la bandera del terror atómico. Todo esto a pesar de que Trump afirmó en junio que las instalaciones nucleares iraníes habían sido «totalmente destruidas» y que sugerir cualquier otra cosa era «una fake new». Ahora ya no está tan seguro (o finge no estarlo) y afirma que si Irán está volviendo a acumular armas la respuesta estadounidense «podría ser más potente que la última vez».
En resumen, cualquier cosa que digan o que firmen Netanyahu o Trump es papel mojado. Todo responde a un cálculo personal: en el caso del israelí, para seguir eludiendo la acción de la justicia, ante la que debe comparecer acusado de corrupción (de hecho, ya ha pedido el indulto para sí mismo); en el caso del estadounidense, porque, como empresario inmobiliario que es, ha visto un filón en la promoción de la guerra. Para la Franja de Gaza ha soñado un megaresort turístico al que ha bautizado como «la Riviera de Oriente Medio».
Ciudad de Gaza vista desde un puesto militar israelí en el barrio de Shujaiya. NIR ELIAS / REUTERS
La guerra es un negocio formidable. Según Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, su país había aprobado 12.000 millones de dólares en ventas militares a Israel desde que Trump asumió el cargo el pasado mes de enero. Y desde que empezó el genocidio, Washington ha dado 21.700 millones de dólares en ayuda militar a Israel, según el último informe de Costs of War, de la Universidad de Brown. Nada de lo que ha ocurrido en Gaza hubiera sido posible sin la participación de Estados Unidos. Las razones por las que Trump pide para sí mismo el premio Nobel de la Paz son un misterio insondable.
Este mismo mes de diciembre, 12 organizaciones israelíes dedicadas a la defensa de los derechos humanos publicaron un informe conjunto en el que afirmaban que 2025 ha sido el año más mortífero y destructivo para el pueblo palestino. Se han disparado las muertes (incluidas las producidas por inanición), se ha producido una expansión de las políticas de desplazamiento de la población y se ha normalizado la violación de los derechos humanos.
Dos dramáticas imágenes han marcado este año: la de los menores famélicos y las de las colas del hambre. Ambas responden a una estrategia israelí, que ha usado el hambre como arma de guerra. Cuando las masas desesperadas se aproximaban a los camiones de ayuda humanitaria, los soldados israelíes disparaban sobre ellas. «Lo que antes eran prácticas extremas se ha convertido en la norma», afirman las ONG.
El informe indica también que el número de desplazados en Gaza alcanzó los 1,9 millones, el 90% de la población, que sufre el colapso de infraestructuras esenciales que afectan al agua, la electricidad, la atención médica y la agricultura.
Nada de esto puede ser reportado por la prensa internacional, ya que Israel (llamada por sus incondicionales «la única democracia de Oriente Medio») mantiene el bloqueo total sobre la Franja. Su intento de apagón informativo, sin embargo, no ha sido exitoso debido a la labor de las y los periodistas gazatíes. Su compromiso profesional ha tenido un altísimo coste para ellos.
Albanese, la relatora de la ONU, señala que Israel ha asesinado a más periodistas que la suma total de reporteros que murieron en la Primera y Segunda Guerra Mundial y los conflictos de Vietnam, Yugoslavia y Afganistán. Además, el castigo por informar desde Gaza no se limita a los reporteros sino que se amplía a sus familias. Según el Sindicato de Periodistas de Palestina, Israel ha asesinado a 706 familiares de periodistas desde que empezó la llamada «guerra de Gaza», terminología falaz acuñada por Washington y Tel Aviv y aceptada acríticamente por la mayoría de medios de comunicación.
A simple vista podría pensarse que el afán de Israel por matar al mensajero responde al deseo de ocultar sus crímenes. No es así. Hace tiempo que dejó atrás esa cautela. Lo hace porque puede, porque no se somete a ninguna forma de derecho internacional y proclama con orgullo su impunidad. Mientras, los gobiernos de Occidente aplauden o miran para otro lado.