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Anteayerlamarea.com

Sant Jordi, ¿morir de éxito o de capitalismo?

23 Abril 2026 at 14:48

Este 23 de abril se celebra, un año más, el día de Sant Jordi en Catalunya y el día del libro en el resto del mundo. Se trata de una festividad que tiene una connotación especial en territorio catalán pues se vincula a una leyenda de origen medieval según la cual Sant Jordi mató al dragón para salvar a una princesa –cuyo nombre desconocemos– y de la herida de este ser mitológico brotó la sangre que tomó forma de rosa que el gentilhombre regaló a la dama, como no podía ser menos para los usos de la época.

Para rememorar la hazaña, el 23 de abril se regalan rosas y libros en un día que, para los amantes de las efemérides es, en esencia, el día de los enamorados en Catalunya. La tradición no escrita establecía que las rosas fueran para ellas y los libros, principalmente, para ellos. O así lo aprendimos las niñas que nos criamos en las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado. Por suerte, los roles han sido superados y, en la actualidad, poco queda de aquel anacronismo.

La tradición de Sant Jordi se ha modernizado y, desde hace ya unos cuantos lustros, la celebración del 23 de abril en Barcelona se ha vuelto además una referencia global a la que acuden los sempiternos turistas que visitan la ciudad los 365 días del año, junto con una pléyade de personajes de todo tipo. Así, escritores de libros se mezclan con famosos que también escriben libros y, en los últimos tiempos, una nueva categoría de influencers que han incursionado en la escritura y ahora también forman parte importante de un sector que mueve más de 4.000 millones de euros al año.

De hecho, youtubers e influencers son piezas codiciadas en este mercado en el que un determinado perfil de seguidores, sobre todo jóvenes, consumen todo lo que sugiera el ídolo de turno. Consumo son ventas y ventas es, en el caso de las empresas o cooperativas pequeñas, supervivencia necesaria. Pero, en el caso de las grandes editoriales que concentran el mercado, ventas exponenciales se convierten en más influencia, eliminación de la competencia y posición de dominio.

Pero, no nos engañemos. Que presentadores y otros famosos que aparecen en la televisión publiquen libros con las grandes editoriales no se debe a que entre este colectivo abunde el talento literario. Se debe, simple y llanamente, a la lógica del mercado. La misma lógica que lleva a las editoriales a invitar a perfiles conocidos a publicar libros, hacer prólogos o anunciarlos por su número de seguidores en redes sociales, como si la cantidad en algo fuera garantía de un contenido de calidad.

El choque entre el mundo literario tradicional y el emergente, plagado de “autores mediáticos” e influencers de distinto tipo, no es nuevo. Ya en 2004 un grupo de escritores catalanes, liderados por Baltasar Porcel, promovieron el manifiesto “El drac es menja Sant Jordi” (‘El dragón se come a Sant Jordi’) para denunciar cómo la fiesta se había convertido en un espectáculo mediático. La pregunta pertinente sería, ¿qué no es espectáculo en una sociedad en la que se vive en la exposición constante, en medios convencionales o en redes?

Si una influencer tiene la capacidad de establecer un debate público al afirmar que “leer no te hace mejor” (frase que tiene su parte de razón, sin duda, igual que no es lo mismo comer que alimentarse, aunque lo segundo parta de lo primero), quizás no queda más que conformarse con usar a los influencers en sentido contrario, para promover la lectura. Una lectura que, a pesar de todo, goza de buena salud, pues va aumentando la cantidad de lectores en el Estado español, con un 65% de personas que lee como parte de su ocio y un 75,3% de jóvenes, entre los 14 y 24 años, que lee en su tiempo libre. Sin olvidar que los hábitos de lectura también dependen del capital cultural y de las condiciones materiales de vida, así como el tiempo para el ocio, más allá de la reproducción de la vida, que tenga la clase trabajadora.

Luchar por un Sant Jordi popular

A pesar de ser uno de los días más emblemáticos en Catalunya, la fiesta de Sant Jordi se ha acabado convirtiendo, como la ciudad de Barcelona, en un escaparate de los estragos que hace el mercado cuando entra en contacto con cualquier expresión de cultura popular. O, incluso, de las perversiones que se producen cuando lo que mueve la cultura, en general, es la lógica del capital. A modo de ejemplo, el hecho de que todo acabe siendo medido por el número de ventas, en unos ránquines que aparecen el día después y que, aunque sólo representan el 5% de las ventas, se presentan como medida del supuesto éxito literario. En realidad, sirven más bien para recordarnos la distancia que a veces existe entre la literatura y la industria del libro.

Pero las quejas parten también de colectivos sociales, autoras, editores y librerías alternativas, que impulsaron hace unos años la campaña “Per un Sant Jordi popular” para denunciar la privatización del espacio público, que se venía produciendo desde 2022, en una fiesta que se ha convertido en un gran recinto ferial de ventas al aire libre. Los firmantes del manifiesto denunciaban que el Ajuntament de Barcelona y la Cámara del Libro aprovecharon la situación pos-COVID para cerrar un espacio céntrico, la superilla, donde sólo podían exponer los agremiados, dejando al margen a pequeñas editoriales y librerías que no disponían del dinero exigido para poder estar en una calle, de facto, estratificada en función de la capacidad adquisitiva de las editoriales.

Los problemas de Sant Jordi o del mundo editorial, al final, tienen mucho que ver con el sistema económico en que se desenvuelven. Un capitalismo en que el pez grande devora al pequeño, en que las cooperativas que surgen como espacios de cultura en los barrios tienen que cerrar por insostenibilidad económica de su proyecto, en que las librerías no pueden asumir los alquileres en las grandes ciudades, en que el debate se pone en la sostenibilidad de publicar 239 títulos nuevos cada día y no en si existe la suficiente bibliodiversidad para representar a todas las voces que tienen algo que decir aunque no salgan en la televisión, en que las plumas que cuestionan el capitalismo suelen ser arrinconadas en la marginalidad, si es que logran ser publicadas.

Pero, en definitiva, hay que reivindicar siempre la lectura y los libros como parte de un acervo colectivo que nos conecta con nuestra capacidad de transformación. En tiempos en que la inteligencia artificial te ofrece resúmenes sobre cualquier texto a golpe de clic, deteriorando paulatinamente nuestra capacidad cognitiva de enfrentarnos a ideas complejas, reivindicar la lectura pausada, los libros y el hábito de leer se vuelve revolucionario. Si, además, leemos obras que nos hacen pensar el mundo de manera crítica, estamos en un espacio todavía más revolucionario y a contracorriente.

Aunque es algo que nos suena lejano, en EE. UU. ya se está produciendo un movimiento de censura de libros en las bibliotecas públicas por parte de sectores religiosos de ultraderecha. Lejos todavía de ese escenario en el Estado español, el que tenemos es el del rechazo del conocimiento, la búsqueda de la simplificación, la venta de homogeneidad de pensamiento disfrazada de individualidad distintiva, la falta de tiempo, de dinero o de espacio para la cultura alternativa. Como dijo Antoni Guadí, otro símbolo barcelonés pasado por la trituradora del mercado, original es ir al origen. Volvamos a la raíz y volvamos a un Sant Jordi popular.

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‘Refugio en el barrio’, una fiesta con música y obras de artistas que no pueden trabajar en sus países

15 Abril 2026 at 13:29
Por: Ana Veiga

En los años 90 del siglo pasado, el barrio era más que unas calles aledañas a nuestra casa. Se convirtieron en entorno conocido poblado por personas que sabían nuestro nombre y el de nuestra madre, cómo tomamos el café o cómo cortarnos la merluza para el guiso de la abuela. Ese concepto de zona -relativamente- segura, de red de personas, es lo que pretenden recuperar desde el Teatro del Barrio.

La fiesta Refugio en el Barrio, que se celebra este jueves, 16 de abril, a partir de las 22 horas, trata de potenciar ese concepto y convertir el barrio, además, en un lugar de acogida para aquellos artistas que no pueden desarrollar su trabajo en sus países de origen. Impulsada por la Red TEJA de Espacios Culturales en Apoyo a Situaciones de Emergencia, mezclará las sesiones musicales de findPeaks (DJ), Guadalupe Sideral y Le Parody, y la exposición del arte de algunas de las creadoras acogidas a la Red TEJA este 2026: Nisreen Tahhan (artista multidisciplinar, arquitecta y gestora cultural palestina), Mohamed Bakri (fotógrafo palestino), Abboud Abud Tair (fotógrafo e investigador nacido en Jerusalén), Shayma Amad (artista multidisciplinar y de performance de Jerusalén) y Maria Zreiq (organizadora comunitaria, educadora y artista multidisciplinar palestina).

El precio de la entrada son diez euros, y solo se pueden comprar en taquilla el día de la fiesta. Todo lo recaudado irá destinado a la Red Teja.

Qué es la Red TEJA

La Red TEJA de Espacios Culturales en Apoyo a Situaciones de Emergencia nació en mayo de 2022 a partir del trabajo de tres espacios independientes de Madrid: Nave Oporto, Paisanaje y Planta Alta (hablarenarte). Lo que en un inicio se planteó como una respuesta solidaria del sector artístico y cultural a la emergencia desencadenada por la invasión rusa de Ucrania, trata de promover la cooperación transnacional ofreciendo residencias temporales a artistas y profesionales de la cultura que se encuentren en situaciones sociopolíticas complejas en sus países de origen.

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El imperio se tambalea

22 Marzo 2026 at 09:45

Este artículo se publicó originalmente en Substack. Puedes leerlo en inglés aquí.


Más de dos semanas después del inicio de la guerra de agresión contra Irán, Estados Unidos e Israel aún no han alcanzado su objetivo bélico de provocar un cambio de régimen, y es poco probable que lo logren por esta vía. La historia muestra que los bombardeos aéreos por sí solos rara vez conducen a la victoria, y mucho menos al derrocamiento de gobiernos. Al contrario, quienes son atacados suelen cerrar filas en torno a sus líderes, especialmente cuando el agresor, como en este caso, bombardea escuelas y hospitales.

Pero la guerra podría resultar ser mucho más que una misión fallida y costosa para Estados Unidos. Los ataques con misiles de Irán contra bases estadounidenses y otros objetivos en los Estados del Golfo están sacudiendo toda la estructura de poder de la región. Por un lado, estos ataques demuestran que Estados Unidos es incapaz de defender a los países del Golfo. Conviene recordarlo: el acuerdo histórico de los años setenta entre Estados Unidos, por un lado, y Arabia Saudí y otros Estados del Golfo, por otro, se sostenía sobre dos pilares. Las monarquías vendían su petróleo exclusivamente en dólares e invertían los excedentes de petrodólares en Estados Unidos. Esto garantizaba un flujo permanente de capital hacia Estados Unidos y, en particular, hacia Wall Street. A cambio, Estados Unidos ofrecía modernización tecnológica y, sobre todo, seguridad.

Ese segundo pilar se está derrumbando ante nuestros ojos. Las bases militares estadounidenses han demostrado no solo ser en gran medida inútiles frente a los misiles iraníes, sino también una carga para los Estados del Golfo, ya que constituyen objetivos evidentes. Además, sectores importantes de la población en algunos de estos países llevan tiempo oponiéndose a dichas bases. En Baréin, por ejemplo, donde el 60% de la población es chií, se produjeron muestras de celebración tras el éxito iraní al infligir graves daños al cuartel general de la Quinta Flota estadounidense. La presencia de Estados Unidos se revela así como un posible factor de inestabilidad política interna.

La magnitud de los ataques contra las bases estadounidenses es considerable. Irán logró, por ejemplo, destruir dos instalaciones clave de radar en Jordania y en los Emiratos Árabes Unidos, esenciales para guiar los misiles THAAD, un componente central de la defensa contra los misiles iraníes. La reconstrucción de estas infraestructuras, valoradas en miles de millones de dólares, podría llevar meses o incluso años. Otras bases importantes también fueron alcanzadas, como la de Erbil, en Irak, la mayor base de la Fuerza Aérea estadounidense en el país.

La situación podría agravarse aún más si Estados Unidos e Israel se enfrentan a una escasez de misiles interceptores. Estos ya eran limitados al final de la guerra de doce días contra Irán en junio de 2025, una de las razones clave por las que ambos países optaron entonces por un alto el fuego. Ahora, según diversos informes, los arsenales podrían acercarse a una escasez más severa, lo que debilitaría decisivamente una defensa ya de por sí incompleta.

Estados Unidos también ha demostrado ser incapaz de mantener abiertos los estrechos de Ormuz, a pesar de la promesa de Donald Trump de escoltar a los buques. Su llamada urgente a la OTAN y a otros aliados para que envíen barcos al Golfo Pérsico subraya la gravedad de la situación. El hecho de que todos sus aliados —desde el Reino Unido y Alemania hasta Australia y Japón— hayan rechazado la petición es una señal humillante del creciente aislamiento e impotencia de Estados Unidos. El estrecho de Ormuz es la arteria vital de las monarquías del Golfo. No solo dependen de él las exportaciones de petróleo y gas, sino también importaciones esenciales. Si permanece cerrado durante un periodo prolongado, las economías y las sociedades del Golfo afrontarán nuevas turbulencias.

Mientras las élites de las monarquías del Golfo empiezan a asumir que Estados Unidos no puede protegerlas e incluso está llevando la guerra a sus territorios, las repercusiones económicas socavan aún más el statu quo. El modelo de negocio de estos países se basa en la estabilidad. Tanto el turismo como la inversión extranjera descansan sobre la promesa de un mundo brillante, protegido de la pobreza y de las guerras constantes de los países vecinos. Pero ese modelo también podría colapsar. ¿Quién compraría islas frente a la costa de Dubái si no hay seguridad frente a los misiles? Y si las grandes fortunas se alejan, ¿quién querrá invertir miles de millones en una región con un futuro incierto?

La guerra también ha puesto de relieve la vulnerabilidad del suministro de agua dulce en la región. Las plantas desalinizadoras, que proporcionan entre el 60 y el 70 por ciento del consumo de agua en los Estados del Golfo, podrían quedar fuera de servicio con unos pocos ataques de misiles iraníes. Sin agua dulce, ni siquiera los más ricos pueden sobrevivir. Además, una evacuación rápida podría resultar imposible. Al inicio del conflicto, los vuelos privados disponibles se redujeron drásticamente en cuestión de horas, ya que pocos proveedores estaban dispuestos a asumir el riesgo. Los enclaves de lujo podrían convertirse en trampas.

Muchas de las monarquías petroleras han diversificado sus economías en los últimos años. Uno de los nuevos pilares son los centros de datos operados por grandes corporaciones estadounidenses como Amazon, Google, Microsoft, Palantir, NVIDIA u Oracle. Sin embargo, Irán ya ha atacado centros de datos de Amazon en Baréin y en los Emiratos, con importantes repercusiones sobre los servicios digitales. Además, el liderazgo iraní ha presentado una lista de 31 centros de datos que considera “objetivos legítimos”, al considerar que son utilizados por el ejército estadounidense. Si algunos de ellos fueran alcanzados, el golpe sería significativo no solo para la economía regional y su infraestructura digital, sino también para un pilar central de la hegemonía estadounidense.

Ante este escenario, Donald Trump busca desesperadamente una salida que le permita declarar la victoria y poner fin a la guerra. Pero lo más probable es que Irán no le facilite un desenlace rápido.

Incluso si el conflicto terminara en un plazo relativamente breve, su impacto sobre la región y el equilibrio geopolítico sería profundo y se desplegaría plenamente en los años siguientes. En cualquier caso, las monarquías del Golfo se verán obligadas a buscar nuevos modelos de supervivencia política y económica. Lo más probable es que giren hacia Asia, y en particular hacia China, que en los últimos años ha construido sólidos vínculos económicos y diplomáticos en la región y se ha posicionado como un actor de estabilidad. Podría ser el inicio del fin de la hegemonía estadounidense en el Golfo.


Fabian Scheidler es autor de ‘El fin de la megamáquina. Breve historia de una civilización en declive’, publicado en numerosos idiomas (www.megamachine.org). Su libro más reciente, publicado en alemán es ‘Bienestar o guerra. Por qué Europa debe elegir entre la razón y la autodestrucción’. Scheidler colabora también con ‘Le Monde Diplomatique’ y otros medios.
www.fabianscheidler.com

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