120.124 víctimas, 1.102 microbiografías, 1.984 documentos, 18.000 visitantes y 3.279 seguidores en redes sociales. Es el balance de la página web Todos los Nombres, un proyecto que nació hace 20 años como la mayor base de datos de víctimas del franquismo en Andalucía, Extremadura y el Norte de África y que, en realidad, venía a suplir las carencias del Estado o la ausencia de políticas públicas en relación con la memoria histórica.
A través de su buscador, numerosas personas han podido localizar o saber qué fue de sus familiares. Y también la sociedad ha podido conocer, a través de las microbiografías, quiénes fueron represaliados. En resumen, Todos los nombres –cuya denominación procede del libro de José Saramago– es un «proyecto participativo para el conocimiento (verdad) y re-conocimiento (reparación)» que continúa contando la historia por encima del negacionismo creciente en los últimos tiempos. En este contexto, sus impulsores han lanzado ahora una campaña en Goteo.org para seguir realizando y mejorando una labor referente en el movimiento memorialista.
«Su principal función es recopilar y ofrecer información sobre personas que fueron represaliadas tras el golpe de Estado del 36, la guerra, la dictadura franquista y la transición. Por supuesto, no es su única función, ya que con el paso de los años hemos ido ampliando su contenido mediante un proceso participativo y muy generoso. Pero todo es mejorable y nos hemos planteado un conjunto de acciones para ofrecer servicios de mayor calidad y accesibilidad, así como ampliar los contenidos temáticos», explican.
Su objetivo inicial en esta campaña de micromecenazgo es alcanzar 12.900 euros. Entre las actuaciones que podrán desarrollar con ese dinero, destacan la inclusión de unos 2.500 registros nuevos de víctimas, casi 2.000 parciales (con ampliación de la información existente), en torno a 200 microbiografías y unos 350 documentos nuevos para mejorar el conocimiento y su difusión.
Uno de los aspectos más innovadores, indican desde el proyecto, es dotar de información geográfica todo el contenido de la página web y ampliar los recursos de difusión: programas de radio, mejorar las exposiciones y nuevas redes sociales, entre otros. Y muy importante: insistir en la represión específica hacia las mujeres.
Entre los últimos nombres registrados en la base de datos figura Dolores Bascón Baños o José Montero Pina. Según las fichas, la primera tenía 16 años y fue asesinada durante una manifestación por tiros de agentes de la Guardia Civil en Morón de la Frontera (Sevilla) en diciembre de 1975, con información procedente de El Correo de Andalucía. José Montero, de Segura de León (Badajoz), tenía 19 años, era jornalero y fue asesinado «antes de llegar a Llerena durante el acoso golpista a la columna de los 8.000». La información, explica la web, procede de un correo electrónico que recibieron este mismo marzo.
Pero detrás de los nombres, como explican, hay «rostros –una fotografía adquiere un valor tremendo–, sentimientos, pensamientos, aspiraciones… que constituyen su personalidad». Por eso –argumentan– conceden un gran valor al apartado de las microbiografías. Decir «quién hay detrás de un nombre: toda una vida». Manuel Domínguez Morales, por ejemplo, es la última microbiografía subida a la web. «Por fin he vuelto», la titula su autor, Juan Carlos Boza.
En poco más de una hora, justo antes de acabar la función, el rey habrá muerto. Este es el resumen de El rey se muere, una de las obras más emblemáticas de Eugène Ionesco, máximo representante del teatro del absurdo junto con Samuel Beckett. En el texto, escrito en 1962, quien efectivamente muere es el monarca autoritario Berenguer. Pero visto desde las butacas en 2026, observamos que el Berenguer de estos días podemos ser nosotros mismos. Es la propia humanidad, colapsada, la que está a punto de desaparecer.
“Fíjate si es actual el discurso principal de la obra que al rey le dicen que va a morir en hora y media y él responde que no, que eso está equivocado, que él es inmortal. ¿Cómo va a morir en hora y media si él es inmortal? Si él lleva viviendo medio millar de años y todo se ha inventado por él y para él”, cuenta el dramaturgo Ricardo Iniesta, director de la compañía Atalaya-TNT, Premio Nacional de Teatro.
“Ahí lo que subyace es esa idea del ser humano occidental que se cree inmortal. Nos han dicho desde pequeños que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, de un Dios eterno, que no vamos a morir y que todo lo que hay en el planeta está hecho para nosotros, para cada uno de nosotros, lo cual es absurdo, porque con todos los que somos, ¿cómo vamos a tener todo el planeta para cada uno de nosotros?”, prosigue Iniesta, que dirige esta obra junto a Sario Téllez. La próxima función se representará en el Teatro TNT, en Sevilla, los días 20 y 21 de febrero.
-Habéis rozado mil veces la muerte.
-Solamente la rozaba, no era para mí.
Éxito absoluto de El rey se muere. La gente les ha pedido que lo hagan de nuevo. ¿Cómo se sienten cuando reciben esta acogida?
Bien, siempre es una buena noticia. Pero te voy a ser sincero. Hay espectáculos que, cuando los estrenas, incluso cuando los estás haciendo, sabes que van a funcionar muy bien. Pero en el caso de El rey se muere no fue así. El rey se muere es un texto de un autor que nunca había representado. Y es un texto que, aunque es muy conocido, no se ha hecho tanto en España. No es como si haces un Hamlet o una tragedia griega… Para nosotros mismos esta vez era un poco misterio, no sabíamos cómo iba a quedar hasta que no se estrenó.
Pero es que incluso cuando se estrenó –que se estrenó en Marbella, fuera de nuestro ámbito de estrenos y con un público que no era el habitual– tampoco sabíamos el impacto que tendría. Así hasta final de año, cuando se hizo en Granada, en el Teatro Alhambra. Ahí ya sí tuvimos una acogida muy buena del público y unas críticas muy buenas. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que el espectáculo iba por muy buen camino. Y ya en Sevilla, en la Real Fábrica de Artillería, vimos en enero una unanimidad absoluta. El fin de semana pasado se hizo en Málaga y el próximo fin de semana lo haremos, por petición del público, en el TNT.
Carmen Gallardo interpreta al rey Berenguer en la obra de Ionesco. Félix Vázquez
¿Cómo elige, qué le lleva a seleccionar un clásico y no otro en cada momento? ¿Qué le llevó a Ionesco ahora?
Veníamos de hacer un espectáculo de Beckett, de quien sí habíamos tenido una mayor experiencia. Y para mí, El rey se muere era una obra que había visto hace muchos años –no recuerdo de qué director, de qué compañía– y me había gustado mucho. Entonces, tenía esa sensación de que era una obra que tenía en cartera. Siempre tengo obras en cartera. Y me puse a leerla, vi alguna puesta de escena, por ejemplo, una con Susan Sarandon, que ahora le van a dar el Goya Internacional, y Geoffrey Rush. No la vi entera, vi fragmentos y me llamó mucho la atención, me di cuenta de que había algo que podía funcionar muy bien con Atalaya.
Y en este caso el rey es Carmen Gallardo.
Sí, Carmen Gallardo es una de las mejores actrices a todas las escalas de todo el país. Carmen ya había hecho El rey Lear, el Harpagón de El avaro... Y enseguida me puse a hacer la adaptación. Le quise dar preponderancia a toda una serie de textos muy actuales. Por ejemplo, cuando dice «la naturaleza se ha rebelado”. Porque argumenta que la hemos maltratado. Fíjate si esto no es actual.
«Nos habían dicho que el mundo está hecho para nosotros, pero no para una civilización, no para un colectivo, no para el género humano, sino para cada uno individualmente. Y eso es lo que provoca ese individualismo atroz, las guerras, el pisotear al semejante, la nula empatía, pensar que el planeta está hecho para mí, para mí, para mí».
Y tanto, la finitud del mundo. La tierra se muere. Fascina cómo un texto de 1962 puede interpelarnos de esa manera, incluso con el cambio climático.
Totalmente. Ha habido gente que me ha dicho que asusta de lo actual que es. Y son las tres religiones mesopotámicas, la católica, el judaísmo y el islamismo, las culpables de los grandes males de nuestra sociedad. Lo decía Saramago, que lo peor que había habido en la historia de la humanidad eran las tres religiones mesopotámicas. Nos habían dicho que el mundo está hecho para nosotros, pero no para una civilización, no para un colectivo, no para el género humano, sino para cada uno individualmente. Y eso es lo que provoca ese individualismo atroz, las guerras, el pisotear al semejante, la nula empatía, pensar que el planeta está hecho para mí, para mí, para mí. Yo, yo, yo… Todo está hecho para mí, yo soy lo más importante y quiero vivir eternamente. Y si los demás se mueren, que se mueran, pero que quede yo. El rey Berenguer llega a decir: “Bueno, si hace falta un sacrificio y desaparecen todos los demás de la humanidad, que desaparezcan, aunque quede yo solo, no me importa estar solo, pero que quede yo solo».
-Yo, yo.
-¿Crees que tu yo es todo?
Causa risa, hay muchos momentos de risa.
Sí, nos reímos, pero eso es lo que piensa la mayor parte de los seres humanos, algunos de una manera aberrante y bestial como Donald Trump.
Por Trump le iba a preguntar…
O como Milei, como Meloni, como Abascal, como toda esa gentuza que se están creyendo reyes, nuevos Hitler, y que piensan que todo el planeta está hecho para ellos. Donald Trump cree que el planeta es suyo: ahora quiero invadir Groenlandia, ahora quiero invadir Irán, ahora Venezuela, ahora Cuba… Todo son caprichos de un ser abominable que es producto del cristianismo, del islamismo, del judaísmo, de todo esto.
-Ahora entiendo todo. Esto es un complot. Queréis que yo abdique.
El rey Berenguer pasa por varias fases, desde el no creer que va a morir hasta la aceptación. ¿Personajes como Trump aceptarían perder el poder?
Son los cuatro o cinco puntos del duelo. Al principio, la no aceptación, luego la rebelión contra eso, después el miedo, la ira y finalmente la aceptación. Individuos como Donald Trump, y como en su día tantos otros tiranos, no van a aceptar nada. Morirán, como se dice, genio y figura hasta la sepultura. La grandeza de este texto de Ionesco es que ahí sí pasa esto. Él nos presenta este rey, que podría ser el rey Lear déspota, y vemos cómo va cayendo en elementos grotescos, de reírse incluso de sí mismo, todo esto que conecta con el Harpagón de El avaro, de Molière, y que termina con una fragilidad que, con la calidad interpretativa de Carmen Gallardo, es estremecedora. Durante una hora, el público ríe a mandíbula batiente, pero al final se queda con un pellizco y un nudo en la garganta.
‘El rey se muere’ se representará el 20 y 21 de febrero en el Teatro TNT, de Sevilla. Felix Vázquez
Porque es Trump y es toda esa gente con poder, pero también somos nosotros mismos, la humanidad en su conjunto.
Exacto, es que es enfrentarte al espejo de nosotros mismos y es, como digo, en Occidente. Nos vamos a sentar a la vera de Dios. Porque puedes ser un tío malvado, chungo, durante toda tu vida, pero con que te arrepientas y pienses en Dios en el último segundo, ya vas al cielo. Fíjate qué aberración, qué cosa tan aberrante y tan peligrosa que son estas religiones. Lo siento para quien lea esto y sea creyente, pero que al menos se cree el beneficio de la duda.
De un tiempo a esta parte, ¿podríamos decir que vivimos cada vez más en un teatro del absurdo?
Absolutamente. Y vuelvo a la figura de Trump. Es absurdo que de repente diga ‘voy a poner unos aranceles de cien porque me he levantado y me da la gana’. Y luego los baja a 20, luego a 15, luego vuelve a 40. Es una cosa… Es como con el GPS cuando te dice ‘estás a cinco kilómetros’. Ah no, por aquí a cinco minutos. No, no, a media hora; no, a un minuto, ¿sabes? Es absurdo, pero es un absurdo peligroso.
«El propio país de EE. UU. es un país absurdo. Yo me quedo con cómo lo retratan los Coen. Es un país edificado sobre exterminio de indios, exterminio de negros, exterminio de orientales, de latinos… Está hecho a base de genocidios y asesinatos en masa».
Ahora estamos viendo también todo lo que se está destapando con el caso Epstein, todo el tema de la pederastia. Yo digo que el propio país de Estados Unidos es un país absurdo. Yo me quedo con cómo lo retratan los Coen. Son geniales. Cuando ves Fargo, cuando ves todas esas películas de la América profunda que dices ‘madre mía, qué personajes más absurdos’. Pero son 80 millones y han votado a este tipo. Y, por mucho que en Nueva York haya un alcalde progresista, un alcalde con ideas innovadoras y empático, hay 80 millones que no lo son. Son de esos que llamas a su puerta, disparan y luego preguntan. No lo olvidemos. Es un país edificado sobre exterminio de indios, exterminio de negros, exterminio de orientales, de latinos… Primero se cargaron a casi todos los indios que había ahí, luego a los esclavos, luego… Es que está hecho a base de genocidios y asesinatos en masa.
-Todos los reyes cuando van a morir se agarran a la luna, a los árboles, a cualquier cosa para seguir reinando, a cualquier precio.
Lleva ya 43 años a bordo de Atalaya. Cuando mira atrás, ¿qué ve? ¿Es nostálgico?
Soy optimista, peligrosamente optimista porque fíjate el mundo cómo está. Es decir, optimismo dentro de lo que se puede, a pesar de estos individuos. Pero no, no soy pesimista ni tengo ese punto romántico. Lo que sí miro mucho es la memoria, de dónde vienes, porque es lo que hemos hecho en todos estos tiempos, el aprendizaje que hemos tenido, los compañeros con los que hemos trabajado. Y vas viendo personas que van desapareciendo. Mira, ayer mismo se murió Rafael Amador, de los Pata Negra. Antes de ayer se murió Andrés Martín, del colectivo Fridor, el diseñador que le hizo la peineta a Martirio… En fin, una referencia también de de las artes andaluzas. Y son gente incluso más jóvenes que yo, los dos. Por eso resulta absurda la gente que se cree inmortal. Y lo malo es la gente que en nombre de su inmortalidad te va a atropellando.
«Resulta absurda la gente que se cree inmortal. Y lo malo es la gente que en nombre de su inmortalidad te va a atropellando».
El teatro siempre ha sido una herramienta muy potente para transformar realidades sociales. En Atalaya dan fe con proyectos como el de Bernarda Alba y las mujeres gitanas de El Vacie, el ciclo Ético de teatro comunitario o con obras mismas como Elrey se muere. Pero, ¿cómo ve el sector hoy en día? ¿Ve al teatro en general con fuerzas? Hay mucha gente que vive anestesiada para poder seguir viviendo…
Mira, hoy hemos presentado Celestina, que se va a despedir después de 14 años en gira por todo el mundo. Se ha hecho en Moscú, se ha hecho en París, se ha hecho en Nueva York, se ha hecho en Armenia, se ha hecho en Cabo Verde, en Chile, se hará en Zimbabue la última función… Y yo me he asomado hoy a ver a los chicos que venían de institutos a verla en una función escolar. Este fin de semana se hace para el público adulto. Y me decían los actores que al principio de la obra había una bulla tremenda, como que los chavales pasaban de la obra. Pero de repente se han empezado a callar y se han callado totalmente y han atendido. Y luego han aplaudido. Y me decía entonces una actriz, que es muy agnóstica ella de todo: «Bueno, esto me reconcilia con la humanidad».
Claro, eso da esperanza.
Sí, y lo he dicho públicamente a los alumnos en el coloquio que ha habido: que sepáis que el teatro con la IA no va a desaparecer, como yo creo que sí va a desaparecer el cine tal como lo conocemos. Porque el teatro está hecho in situ, se hace en vivo y en directo. En el teatro tú estás viendo el sudor, la imperfección, algo muy importante, la imperfección de ese actor, ¿no?
Durante una hora y media de un espectáculo, por buenísimos actores que sean, siempre hay pequeñas dudas, pequeños trabones en el texto, imperfección en la acción, ese pequeño cambio en la mirada, ese pequeño guiño.. Eso es lo que le da la grandeza, nada está grabado. Por eso la realidad virtual nunca va a poder con los actores en vivo. Es como el violín Extradivarius, que no sabes si en ese momento la madera va a sonar de una manera diferente a como lo ha hecho diez minutos antes. Eso es el teatro, el teatro es algo que está hecho sobre la realidad de verdad, no la virtual. Y la realidad de verdad es inimitable. Por eso para mí hay que tener esa idea de que el teatro es algo único y, a partir de ahí, hay que hacer un teatro que lo que quiera, lo que pretenda, no sea recrear la realidad como es –porque nunca vamos a poder competir con el cine, con la televisión, con la inteligencia artificial, para recrear la realidad– sino crear otra realidad. Es también la poesía, la poesía que genera el teatro en vivo. Fíjate que el otro día leía que la IA se puede volver loca, confundir, con la poesía. Y lo cierto es que al teatro no lo va a poder colonizar nunca la IA.
¿La emplea usted?
Sí, yo trabajo con la IA. Necesito que me digas para esta palabra un equivalente… esas cosas te las va resolviendo la IA. Hay que aprovecharla. Como herramienta, la IA me encanta. No soy de esta gente purista que dice «Ah, no, la IA va a acabar con nosotros». No, no, no, no. Lo que va a acabar con nosotros, ya te lo he dicho yo, son las religiones, la religión del individualismo. Esa es la que va acabar con el planeta, que lo decía Stephen Hawking, que le daba 400 años al planeta Tierra por culpa de este individualismo. Eso es lo que va a acabar con nosotros, no la IA. Por eso cuando me dicen ‘yo no quiero la IA’ les digo ‘pues vete a una isla desierta, no cojas un tren, no hables por teléfono, no escribas en un portátil, no pongas la lavadora, no pongas nada, vive en una isla desierta en pelota viva’… Por eso digo que el teatro, si se entiende como algo así, único e insólito, y se trabaja investigando sobre ello, pues es algo único para el ser humano.
No es ningún espóiler contar a estas alturas que Vecna, el malo de Strangers Things, intenta penetrar en las mentes de los niños al creer que son más débiles, y que podrá, de ese modo, ejecutar su plan de fusionar el mundo real con el abismo. Eso hace especialmente con el pequeño Will (Noah Schnapp), a quien su madre, extraordinariamente interpretada por Winona Ryder, no sabe cómo rescatar del mundo del revés. Siguiendo con el género de terror, eso hace también el payaso Pennywise con los niños y sus traumas en It. Y eso es lo que, en el fondo, hace en la realidad la ultraderecha: inocular sus discursos de odio a los más jóvenes, a los adolescentes, aprovechando la vulnerabilidad de un grupo que, como analiza la profesora Ana Fernández, está buscando su lugar en este mundo del derecho, y cada vez más derechas.
«La adolescencia es una etapa de búsqueda de la identidad, de la pertenencia a un grupo, una edad de ‘soy rebelde porque el mundo me ha hecho así’, en la que cuentan con muy poco contexto histórico, no saben situar de dónde venimos y tienen la sensación de que no van a tener futuro. La ultraderecha saca partido a esto, juega a la desconfianza en la política en general y por eso los chavales se creen todo lo que dice un influencer en Tik Tok, que se presenta no como un político, sino como una persona normal, un tío guay que tiene un canal», explica.
Fernández es vicedirectora y docente del área de inglés en el IES Jacarandá, en Brenes, un pueblo de Sevilla de unos 13.000 habitantes con un alto porcentaje de población dedicada al campo y con un elevado número de inmigrantes. Su experiencia en este instituto, el único centro de secundaria obligatoria y postobligatoria en la localidad, confirma que la polarización que se vive en España se refleja, cual mundo del revés, en las aulas a diario: «Nos encontramos con el rechazo de mucho alumnado cuando proponemos talleres, actividades, cuando hablamos de feminismo –“ya está otra vez la pesada esta con el rollo”– o de medio ambiente. Y escuchamos eso de que con Franco se vivíamejor, que es ya un mantra para ellos», prosigue.
Herramientas éticas y democráticas
El Jacarandá, con un claustro de casi 100 profesores, es un centro muy implicado socialmente, muy activo, que intenta, más allá del contenido curricular, dotar al alumnado de herramientas éticas y democráticas para la vida. Ana pasa largos minutos de la charla citando todos los proyectos en los que está embarcado, desde los que dicta la administración hasta los que organiza el propio instituto. No es extraño oír todo eso desde la calle Diamantino García, el cura obrero, símbolo de la lucha jornalera en Andalucía. Profesora combativa, sindicalista de USTEA, dice también Ana que cuando llegó aquí, hace ya siete años, supo que era su lugar: «No sabría trabajar en otro centro».
La profesora Ana Fernández. Cedida por la entrevistada
Las cosas han cambiado desde entonces. Y, desde su punto de vista, hay varios factores que han influido en la derechización de la sociedad y de la juventud en particular: por un lado, las redes sociales y la consecuente expansión de los bulos de la mano de pseudoperiodistas; y, por otro, y asociado a lo anterior, el consumo rápido de información –o desinformación–, que no les permite pensar. «De ese modo –analiza Fernández–, la ultraderecha les mete la información errónea, es la línea de actuación por la que está entrando en este grupo que, como decíamos, es fácil de convencer. Disfrazan sus mensajes con humor, con memes, con estrategias que casan con su perfil adolescente, ridiculizan el feminismo, el cambio climático… Simplifican problemas complejos y ofrecen culpables, que es todo lo que viene de fuera. ¿Y qué hacen los jóvenes? Pues pensar que les toca ser jóvenes, ser rebeldes y esa rebeldía ahora se manifiesta yendo en contra de los derechos humanos». Hasta tal punto, asegura esta profesora, que el discurso de odio se normaliza: «Y te dicen: ‘Maestra, yo no soy racista, pero…’. Ya no es que no te dé vergüenza decir que eres racista, es que hay orgullo al decirlo».
En este contexto, Fernández menciona otro factor importante: el profesorado. «Hay docentes que optan por no participar en determinadas iniciativas, como las actividades del 25-N o la defensa de los derechos LGTBIQ+ por motivos personales». Ella enmarca esta situación en un contexto más amplio en el que la defensa de los derechos humanos tiende a abordarse «desde posiciones diversas, tanto en el ámbito educativo como institucional».
Desmontar las mentiras
En el aula, mientras tanto, «hay que explicar conceptos básicos, como que el feminismo no es igual que el machismo, qué significa una dictadura, qué pasó realmente con Franco… Porque se les desdibuja dónde está el límite entre lo aceptable y lo que no se puede aceptar, se blanquean discursos extremistas y se les inculca la idea de que no se puede hablar, que esto es una dictadura. Muchos alumnos, además, creen que las mujeres tenemos más derechos que ellos». Según el informe Juventud en España 2024, publicado por el Ministerio de Juventud e Infancia el pasado verano, el 23% de los chicos considera que la violencia de género es un invento ideológico. La cifra es casi el doble que en 2019 y, además, aumenta del 6% al 13% en el caso de las chicas.
¿Cómo se combate todo esto? La docente del IES Jacarandá explica actuaciones que parten de una base: desmontar las mentiras. «Tratamos de echar abajo las fake news, los bulos, todos los engaños generados con la IA», insiste Fernández, que destaca unas jornadas de orientación profesional y académica: «Porque ahora quieren ser influencers o futbolistas, llevar un Jaguar, zapatillas Dior. Y cuando les dices ‘bueno, no está mal, pero hay que estudiar’, ellos te responden: ‘Pero, ¿para qué, maestra? Si el tipo que sigo ¡no ha terminado la ESO y factura millones y no tiene que pagar impuestos, maestra!’».
No obstante, lo más importante, aclara la docente, es crear espacios de diálogo, donde se puedan expresar sin ser ridiculizados ni atacados, que sientan que los proyectos son suyos: «Hay que tener mucha calma, yo he aprendido a escuchar barbaridades, que debes desmontar después con tono conciliador». El lenguaje es clave. «La semana próxima iremos a un curso a Ámsterdam sobre la potenciación y la reivindicación del lenguaje democrático», explica. En el instituto también están preparando estos días unas jornadas filosóficas, en las que se plantean varios temas controvertidos para poder argumentar y reflexionar: «Lo preparan mis compañeros Mariló y Luis, dos cracks, y se pretende generar el pensamiento crítico. ¿Es lo mismo opinar que desinformar? ¿Somos libres o vamos detrás de un algoritmo? ¿Es responsable compartir bulos?».
Ahora sí va espóiler. Diez años después de los primeros tintineos de luces en la casa de Winona Ryder, su hijo Will consigue dominar a Vecna con algo muy sencillo y muy complicado a la vez: la superación de su propio miedo, en este caso, el miedo al rechazo por ser homosexual. Solo cuando Will se arma de valor y comprueba que es libre siendo él mismo y que sus amigos lo quieren de la misma manera; solo cuando los niños de It se liberan de sus traumas ya mayores, el monstruo, el payaso, el mal, se esfuma. «Estamos en eso, en acabar con los miedos, el miedo que da ver este ambiente de odio, y tirar para adelante», concluye la profesora.
Llevan años investigando este asunto y llevan años dando el mismo argumento. “La que ha cambiado su versión varias veces ha sido la Iglesia”, dice Antonio Manuel Rodríguez, escritor, poeta, compositor, andaluz y tantas otras cosas bellas que compagina con su trabajo como profesor de Derecho Civil en la Universidad de Córdoba. Junto con el periodista Aristóteles Moreno, acaban de publicarEl expolio de las inmatriculaciones de la Iglesia. La Mezquita de Córdoba y otros casos de libro(Akal), un ensayo en el que explican de manera pedagógica, sin eufemismos, por qué estamos ante un escándalo y por qué debería importarnos. “La Iglesia dijo primero que la Mezquita era suya porque en el año 1236 se consagró. Nosotros le respondimos: ‘Perdona, pero es que la consagración no es una forma de adquirir el dominio’. No vaya a ser que mañana venga un cura a tu casa, la bendiga y la inscriba a su nombre”, explica con sorna Antonio Manuel.
“Entonces dijeron que la adquirieron por usucapión, por poseerla en el tiempo –prosigue el profesor–. Pero claro, uno adquiere por posesión en el tiempo lo que no es suyo. ¿De quién era antes? Así que vuelven a cambiar de versión. Fue una donación. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde está el documento? Recurren a la donación porque de esa manera convierten el bien en privado, una trampa jurídica”.
El argumento de los autores y de los grupos que vienen peleando por la recuperación de esos bienes como patrimonio público no ha cambiado y, como explica Aristóteles Moreno, se apuntala todavía más con nuevos datos sobre el monumento cordobés incluidos en este libro: los bienes de la Iglesia siempre fueron bienes del Estado, nunca bienes privados. O, dicho de otra manera: la Mezquita siempre ha sido un bien de dominio público. Se puede decir de esta forma también: es una incongruencia jurídica, una inconstitucionalidad que, siendo un bien de dominio público, esté registrada a nombre de la Iglesia.
Comienzan el libro con una cita de Shakespeare: “Los hombres poderosos tienen manos que alcanzan lejos”. Porque, aunque hablamos de la Iglesia, aquí no hay dioses. ¿Estamos hablando de hombres que quieren dinero, que quieren poder? ¿Por qué hace esto la Iglesia? ¿De qué estamos hablando?
Antonio Manuel Rodríguez: Yo creo que en esa cita se condensan los dos pilares de este libro, que son hombres y que quieren poder. No tanto dinero. Pero sí poder. Estamos convencidos de que el acaparamiento de bienes inmuebles de incalculable valor se da para ser poderoso, para poder interactuar con otros poderosos de tú a tú, especialmente con el Estado. La jerarquía católica, compuesta de hombres, se ha apropiado de más del 80% del patrimonio histórico del Estado español. Eso significa que, cuando se sienta a negociar con el Estado, lo hace de tú a tú. Y eso se ha conseguido porque el Estado no ha hecho lo que tenía que haber hecho. Es decir, no declaró la inconstitucionalidad de una norma franquista en 1978. Desde entonces, hasta hoy.
No hay eufemismos en este ensayo: el mayor expolio patrimonial de la historia de España, por un lado. Y, por otro, el Estado franquista y la Iglesia eran la misma cosa, que a veces se olvida.
Aristóteles Moreno: Realmente el libro pone de manifiesto un hecho histórico en este país: la Iglesia de tiempo inmemorial, del siglo XIII aproximadamente, ha sido un poder incrustado en el Estado y esa herencia se viene arrastrando hasta hoy. Yo creo que la Iglesia católica se apropia de todos esos bienes porque realmente sigue pensando y operando como si fuera un poder del Antiguo Régimen. Lo hace, además, usando un privilegio que, lamentablemente, ha quedado fosilizado en la legislación española, un privilegio que le ha atribuido la capacidad de autoridad pública. Y, a partir de ahí, ha logrado, con la pasividad sorprendente de la Administración moderna, inscribir a su nombre cientos de miles de bienes que, como digo, la Iglesia cree que son suyos.
Porque es muy difícil que, de la noche a la mañana, una institución como la Iglesia católica, que ha sido un poder omnímodo durante tantos siglos, renuncie a esa posición dominante y hegemónica en nuestros días. De hecho, creo que toda la estructura jurídica, administrativa y política se lo ha permitido. ¿Qué ha ocurrido también? Que la modernidad en España, entendida como la secularización de la vida política, administrativa y social, ha llegado sin haber resuelto un problema de esta naturaleza, y lo sorprendente es que los gobiernos democráticos no reaccionen.
¿Cuál ha sido el fondo de ese problema?
Antonio Manuel: El problema de fondo es que históricamente los bienes siempre han sido bienes del Estado. En el Antiguo Régimen, Iglesia y Estado eran la misma cosa. ¿Eso qué significa? Que los bienes de la Iglesia siempre fueron bienes del Estado. Cuando la Iglesia y el Estado se separan, como ocurrió con José Bonaparte, ¿qué hace la Iglesia? Se abraza al constitucionalismo de Cádiz solo para no perder sus bienes, porque en el momento en que regresa Fernando VII vuelve a ser absolutista. Cuando llega la Primera República, se separa la Iglesia del Estado y se resuelve el problema patrimonial de manera que los bienes que siempre habían sido del Estado sigan siendo del Estado. Lo mismo ocurre en la Segunda República. Así que hasta 1978, aunque nos sorprenda, los bienes de la Iglesia siempre han sido públicos, también en el franquismo”.
Ha sido a partir del 78 cuando, separados Iglesia y Estado, la cuestión no se resuelve. Se queda en un limbo. Y claro, ese limbo es el que ha aprovechado la Iglesia, utilizando esa legislación franquista que le permitía registrar fincas como si fuera una administración pública y posteriormente la ampliación que da José María Aznar en 1998. Entonces, no estamos hablando de un problema del siglo XIII, no estamos hablando de un problema del siglo XIX. Es que estamos hablando de un problema del siglo XX que va a tener su enorme repercusión y su gran trascendencia histórica en el siglo XXI, porque, desde ya, ese 80% del patrimonio histórico del Estado no es que esté en posesión de la Iglesia, es que le pertenece con el mismo régimen que un piso o que un garaje. Y claro, es algo que nos estalla en la cabeza.
“No estamos hablando de un problema del siglo XIII. Estamos hablando de un problema del siglo XX que va a tener su enorme repercusión y su gran trascendencia histórica en el siglo XXI, porque, desde ya, ese 80% del patrimonio histórico del Estado no es que esté en posesión de la Iglesia, es que le pertenece con el mismo régimen que un piso o que un garaje”.
En conclusión, y por intentar ser lo más pedagógico posible, cuando nos preguntamos de quién es la Mezquita, nos equivocamos en la pregunta. Eso es una pregunta capciosa. La pregunta es ¿qué es la Mezquita? ¿La Mezquita se puede vender, la Mezquita se puede hipotecar, la Mezquita se puede embargar? No. ¿Por qué? Porque es un bien de dominio público. Si no, tendríamos que admitir que la Mezquita de Córdoba se puede vender.
De dominio público pero a la vez está inscrita en el registro de la propiedad. Una incongruencia.
Antonio Manuel: Claro, y eso es lo que no puede ser. Y lo mismo que le ocurre a la Mezquita de Córdoba, le ocurre a bienes de un extraordinario valor histórico y cultural al que además la Iglesia ha añadido cementerios, plazas, fincas, garajes… Por eso decimos sin reparo que esto es un escándalo patrimonial, un escándalo económico y un escándalo social. Es un escándalo jurídico. Y que eso ocurra bajo el paraguas de una Constitución que dice que estamos en un Estado de derecho, pues es realmente insostenible. Lo que estamos diciendo nosotros en absoluto es ni laicista ni anticlerical, nuestro discurso es de defensa de la legalidad democrática y de defensa del patrimonio público.
En la práctica, ¿qué puede hacer el Gobierno o el Estado para revertir esta situación?
Antonio Manuel: Más de una vez, aquí está Aristóteles, he dicho, «Cuando se haga una pregunta parlamentaria, que digan directamente, ‘oiga usted, ¿la Mezquita se puede vender? ¿La Mezquita se puede hipotecar? Dígamelo. ¿Se puede vender la Catedral de Santiago? ¿Puede usted vender la Catedral de Burgos? Cuando una norma es inconstitucional y la norma es anterior a la Constitución, no hace falta nada más que se declare que es inconstitucional. Simplemente la declaración.
Te voy a poner un ejemplo que es muy fácil de entender. Imagínate que hay una norma franquista que prohíbe que las mujeres puedan ser periodistas. ¿Es necesario ir al Constitucional? ¿Es necesario que el Congreso de los Diputados se pronuncie diciendo que eso es inconstitucional? No, es que esa norma, aunque no esté derogada formalmente, está derogada por inconstitucionalidad sobrevenida. Pues bien, a partir del 78, ¿la Iglesia es una administración pública? No. ¿Los obispos son funcionarios públicos? No, luego esa norma es nula y todas las inmatriculaciones son nulas. Lo que tendría que hacer el Estado es redactar una norma en la que establezca en qué caso y con qué criterio un bien de extraordinario valor histórico y cultural debe pertenecer al dominio público y proceder a su inscripción. Y que la Iglesia entonces inscriba lo que crea que puede pertenecerle, pero demostrándolo igual que cualquier mortal. Es decir, aportando un título de dominio. Así se resolvería la cuestión.
“Lo que tendría que hacer el Estado es redactar una norma en la que establezca en qué caso y con qué criterio un bien de extraordinario valor histórico y cultural debe pertenecer al dominio público y proceder a su inscripción. Y que la Iglesia entonces inscriba lo que crea que puede pertenecerle, pero demostrándolo igual que cualquier mortal”.
¿Y por qué ningún gobierno, ni siquiera los de izquierdas, lo ha hecho? ¿Tiene el Estado miedo a la Iglesia?
Antonio Manuel: Sí, se teme al poderoso. Y cuando se hace tanto acopio de poder, más miedo se tiene. Además, se da una paradoja: nunca como ahora las iglesias han estado tan vacías y, sin embargo, nunca como ahora sus arcas han estado tan llenas. Es decir, quizá nunca como ahora la Iglesia ha tenido tan bajo impacto social y, sin embargo, como garantía de supervivencia es tan poderosa.
Aristóteles: Yo creo que también se produce otra cosa. Históricamente en España, la derecha española es una derecha católica. Tiene incrustado el catolicismo en su propio ser y en su propia concepción de la vida y entiende a la Iglesia católica como un aliado político, social e histórico y nunca va a hacer nada para penalizarla porque, además, piensa que si está en manos de la Iglesia está en manos de la derecha.
En el caso de la izquierda, que no tiene ese origen o ese arranque o por lo menos ha tenido una posición histórica mucho más crítica con la Iglesia católica, yo quiero recordar que el Partido Socialista Obrero Español sacó dos proposiciones no de ley donde construía un argumento idéntico al nuestro sobre la naturaleza del dominio público de todos sus bienes. Y que Pedro Sánchez, cuando accede al poder en 2018, en su discurso de investidura, se compromete públicamente desde el estrado de las Cortes a poner en marcha modificaciones legislativas para acabar con ese privilegio y, sobre todo, para recuperar todos esos bienes.
“Yo creo que al PSOE le pierde su enorme sentido del cálculo. No quiere abrir un nuevo frente de erosión o de discusión o de conflicto con una organización tan poderosa como la Iglesia católica”.
¿Qué es lo que ocurre? Bueno, yo creo que al PSOE le pierde su enorme sentido del cálculo. No quiere abrir un nuevo frente de erosión o de discusión o de conflicto con una organización tan poderosa como la Iglesia católica. Y prefiere decantarse por otros debates antes de abrir un nuevo frente.
La última cita del libro es de Cervantes, en alusión a quitarnos el miedo y adquirir una conciencia ciudadana para recuperar lo nuestro, lo común, lo público. Pero estamos en un momento en que la sanidad, la educación públicas, también están siendo expoliadas.
Aristóteles: La Iglesia católica estaba tan incrustada en el Estado que durante muchos siglos fue una institución que tenía la capacidad de recaudar impuestos, que es una función pública. Y además, y este es un dato muy importante, recaudaba lo que se llamaban tercias de fábrica. Las tercias de fábrica eran la tercera parte del diezmo y se destinaban exclusivamente a sostener, mantener y construir templos. Es decir, la Iglesia católica tenía como un brazo administrativo dentro del Estado. El dinero venía de todos los españoles y españolas, que tenían la obligación de contribuir al sostenimiento del culto. Esto funcionó hasta 1837, cuando el gobierno liberal se dio cuenta de que eso no podía hacerlo la Iglesia si se quería construir un Estado moderno. Y lo abolió, pero como todavía seguía siendo un Estado católico, lo que hizo fue asumir esas competencias. Y se crea el Ministerio de Justicia y Culto. Es decir, que el Gobierno, el Estado, asumió esa competencia, un servicio público igual que la educación y la sanidad. Es decir, toda esa red que se crea está financiada con dinero público siempre. ¿Hasta cuándo? Hasta la República. Fue en la Segunda República cuando ya sí asume el marco de pensamiento liberal y se dice ‘oiga, esto es no es una función del Estado’. Y deja de financiarlo.
“En España ha habido una enorme confusión de funcionalidades y de competencias de las que se ha aprovechado la Iglesia católica. Por eso mucha gente piensa que si los bienes son católicos, tendrán que ser de la Iglesia. Oiga, no. Muchos bienes históricos son del acervo cultural que ha sido sostenido, pagado por todos los contribuyentes durante siglos, como la Mezquita de Córdoba”.
Eso se lo carga Franco y vuelve a recuperar nuevamente la función estatal de proveer del culto católico a todos los españoles hasta la Constitución del 78. Francia lo resuelve muy bien en 1905 y dice ‘oiga, vamos a separar la Iglesia del Estado, pero todos estos bienes que han sido construidos con el esfuerzo comunitario durante siglos no se lo van a llevar los obispos. Va a quedar bajo el amparo de la administración pública’. Pero en España ha habido una enorme confusión de funcionalidades y de competencias de las que se ha aprovechado la Iglesia católica. Por eso mucha gente piensa que si los bienes son católicos, tendrán que ser de la iglesia. Oiga, no. Muchos bienes históricos no son de la Iglesia católica “sociedad anónima”, sino del acervo cultural que ha sido sostenido, pagado por todos los contribuyentes durante siglos, como la Mezquita de Córdoba.
¿Pero cómo puede encajar la gente este escándalo de las inmatriculaciones, cómo lo puede entender y, sobre todo, enfrentar en un contexto de desesperanza como en el que vivimos?
Antonio Manuel: Yo suelo repetir muchas veces que la palabra ciudadano y político es la misma palabra en griego y en latín. Que ciudadano es el que pertenece a las civitas y el político es el que pertenece a la polis. Lo que creo es que ha habido una separación entre ambos conceptos y que el ciudadano ha delegado por completo su soberanía en el político. Y que si al contexto de individualismo feroz, de egoísmo insaciable le sumas la pérdida de lo conciencia de lo común, y le añades que tu enemigo, entre comillas, que no lo es, es una entidad con un enorme poder y con ese arraigo histórico, pues la ciudadanía prefiere mirar para otro lado y no entenderlo.
Pero también creo que en la época, por ejemplo, de las desamortizaciones, hubo una conciencia generalizada entre las clases populares y las incipientes clases liberales de que las manos muertas, es decir, de que los bienes en posesión de la Iglesia que no tributaban, que tenían que ser restaurados con dinero público y que no producían, provocaban un daño al Estado y al propio ciudadano. Y creo que llegará un momento en el que quizás se produzca eso. Es decir, llegará un momento en el que la ciudadanía diga «¿cómo es posible que yo lo esté pasando tan mal y, sin embargo, haya una institución que haya acaparado tantísimo poder? Pero, ¿qué ocurre? Que cuando eso pase, quizás sea demasiado tarde porque en las desamortizaciones, esa confianza ciudadana operó en un momento donde se tenía muy claro que esos bienes eran públicos.
De hecho, si te fijas, cuando se producen las desamortizaciones de Mendizábal, la Iglesia no cobra un justiprecio cuando los bienes se venden. ¿Por qué? Porque no eran suyos. Eran bienes para el Estado. Así de sencillo. No se le estaba privando de nada porque no eran suyos. Con Madoz se le da un título de deuda, pero tampoco se le da un justiprecio. Es como decir ‘te voy a compensar por la posesión, pero no por la propiedad’. Y a partir de ahí todo se ha enmarañado y se genera muchísima confusión, muchísima oscuridad para que no se comprenda y al final caigamos en el simplismo, como decía Aristóteles, de que ‘hombre, pues si esto es una iglesia, pues será de la iglesia, ¿no?’.
“Llegará un momento en el que la ciudadanía diga «¿cómo es posible que yo lo esté pasando tan mal y, sin embargo, haya una institución que haya acaparado tantísimo poder? Pero, ¿qué ocurre? Que cuando eso pase, quizás sea demasiado tarde”.
El ser humano se queda quieto para sobrevivir al miedo, dice al final del libro.
Antonio Manuel: Quizás cuando llegue un momento en el que tomemos conciencia de la enorme descapitalización que hemos sufrido y de que eso nos daña, en el momento en que nos duela, pues quizás tomemos conciencia. En el caso de la Mezquita, yo creo que a Córdoba le dolió mucho que le quitaran el nombre y le pusieran Catedral. Eso movilizó a muchísima gente.Yo creo que ahora la sensación es que no nos duele. Cuando yo perdí mi dedo, sufrí tanto dolor que no me dolía. Hasta que te das cuenta.
Aristóteles: Yo creo que todo el gran trabajo que estamos haciendo, no Antonio Manuel y yo ni muchísimo menos, sino muchísimos cientos de personas en toda España, es un trabajo que va a funcionar en el futuro. Posiblemente ahora, por el contexto parlamentario o sociopolítico en el que vivimos, no tenemos un gobierno lo suficientemente valiente para tomar decisiones serias y y sacar adelante estrategias jurídicas y legislativas que permitan acabar con todo este expolio. Pero yo creo que en el futuro sí lo habrá. Los sondeos indican que vivimos en un país que se está secularizando de una manera muy rápida y en algunas décadas seguramente la Iglesia no tendrá un apoyo social como el que tiene hoy. Por eso el debate que nosotros hemos puesto encima de la mesa será mucho más factible de resolver política y jurídicamente.
Ahora se ha investigado mucho, pero nos enteramos de este escándalo por una casualidad. La primera vez, con la iglesia de Tafalla (Navarra) en 2007. ¿Es posible que hoy siguiéramos sin saberlo?
Antonio Manuel: Una persona me preguntó en unas jornadas que de quién era la Mezquita. Y, te doy mi palabra de honor, que de broma le digo: ”Bueno, pues ve al registro y y pide una nota simple”. Bueno, pues la pidió y se dio, además, la paradoja de que en la carpeta del expediente ponía Mezquita. Muy gracioso. O sea, el registrador llama al expediente Mezquita, pero la inmatricula como Catedral.
¿Es posible que hoy siguiéramos sin saberlo? La pregunta revela cómo se procedió: de manera opaca, a espaldas de la ciudadanía y a espaldas de las instituciones. Por eso no nos enteramos. Por eso nos enteramos por una casualidad. Si esos bienes son tuyos, ¿por qué lo ocultas? ¿Por qué no lo dices? ¿Por qué no se hace públicamente? ¿Por qué no lo haces de mano de la ciudadanía, de tus feligreses, del pueblo de Dios?
“La Iglesia actuó de manera opaca, a espaldas de la ciudadanía y a espaldas de las instituciones. Por eso nos enteramos por una casualidad. Si esos bienes son tuyos, ¿por qué lo ocultas? ¿Por qué no lo haces de mano de la ciudadanía, de tus feligreses, del pueblo de Dios?”.
Y esa opacidad continúa. Durante mucho tiempo, estando el PSOE en la oposición y luego en el Gobierno, recuerdo cómo hablaba de que esto era algo ocasional en Navarra, en la Mezquita, en pocos lugares más. Y cuando por presión de la ciudadanía se consiguió el listado –es fragmentario, desde 1998 a 2015–, se señalaba a Aznar como el culpable. Pero es que en otras comunidades autónomas, donde por lo menos se han movilizado para conocer el listado, por ejemplo, Cataluña, Navarra, Baleares, Euskadi, hay constancia de que hay más bienes inscritos antes del 98 que después del 98. Y hay comunidades autónomas como Andalucía donde cada vez que se intentó pedir, el propio PSOE boicoteó que conociéramos la lista. Porque estando gobernando el PSOE, se abstuvo y no se pudo conseguir el listado.
Claro, conocemos cosas sueltas. Como cuando de repente Barbate va a ampliar el cementerio y se encuentra con que se han quedado con el cementerio; o cuando unos ciudadanos que van a jugar todos los días a una casa parroquial que habían construido con su dinero, en su suelo, se encuentran con que un día no los dejan entrar. O cuando un hombre que construyó una ermita con sus propias manos, que la repara él y que la ofrece al pueblo, descubre que se la han quitado.
Aristóteles: Hay que tener en cuenta, además, que la primera legislación patrimonial otorga al Estado un poder de tutela y vigilancia, más allá de la propiedad. Es decir, que sea propiedad privada es un bien que está condicionado legalmente en su uso. Y entonces el Estado tiene una obligación de vigilancia y de tutela por por ley, que en este caso no ha ejercido. Al cambiar la ley, José María Aznar, en vez de quitar un privilegio a la Iglesia católica, le añade otro. Y en ningún momento José María Aznar tiene la conciencia de que todos esos bienes, ya no es que fueran titulares o propiedad de dominio público, sino que el Estado tenía una tutela sobre ellos.
Antonio Manuel: Y ya no solamente se está incumpliendo el deber de tutela, como dice Aristóteles, es que el Estado está incumpliendo el deber de intentar recuperar lo que pudiera ser suyo, porque eso también es es una obligación que está establecida en la ley de patrimonio andaluz y la ley de patrimonio histórico del Estado.
¿Y podemos estar seguros de que la Iglesia no sigue apropiándose de otros bienes públicos?
Antonio Manuel: Sí, sí, lo está haciendo. Pero el procedimiento es distinto. Lo está haciendo a partir de expedientes de dominio, es decir, ahora hay una apariencia ya de legalidad. El expediente de dominio dice que, como los posee, son suyos, o sea, hace una trampa. Pero se hace públicamente. Y esto es más difícil de revertir. Porque hasta el año 2015, cuando se deroga el artículo de la Ley Hipotecaria pero no se declaran nulas, todas estas inmatriculaciones sí que pueden ser atacadas por inconstitucionalidad sobrevenida y bastaría, como te digo, una declaración formal. Por eso hace falta la norma base que diga que cuando un bien es de extraordinario valor histórico y cultural es de dominio público. Como eso no existe, se da por supuesto que es privado.
Sin embargo, en Derecho hay una ley no escrita, pero que es muy fácil de comprender y es que aquello que no es de nadie es porque es de todos. Aquí es al contrario: si no se dice nada es privado. Hombre, pues será al revés, ¿no?
¿Creemos entonces en la movilización ciudadana?
Antonio Manuel: Hay que creer, porque, en el caso de la Mezquita, gracias a la movilización ciudadana tuvieron que cambiar el nombre. Gracias a la movilización ciudadana la han mantenido en un estado funcional como nunca hasta la fecha. Gracias a la movilización ciudadana estamos denunciando esa invasión católica del monumento. Es decir, a pesar del pesimismo, tenemos que pensar que con la movilización ciudadana se pueden conseguir muchas cosas. A nosotros como movimiento ciudadano ya nos merece la pena haber vivido por haber simplemente recuperado el nombre de la Mezquita. Porque las cosas existen cuando se nombran y cambiar el nombre era su demolición simbólica. El pueblo de Córdoba se opuso a la demolición física y se opuso a su demolición simbólica y lo hemos ganado. Es una victoria del pueblo. Y bueno, vamos a seguir creyendo en la utopía.
La primera vez que supe de la existencia de este señor fue a través de una pegatina. Venía de regalo en un chicle de fresa. Y supongo que la tiré. Yo era una niña. Luego lo encontré en la carátula de algún disco que había por casa. Y terminé, ya con veintitantos años, acudiendo a una reventa en Barcelona para verlo en concierto por segundo día consecutivo. Aquellas dos noches, como habrá experimentado quien lo conozca, nos dejó exhaustos. Cuando parecía que se acababa, que era el último guitarreo de la enésima canción y que ya no podías saltar más, él volvía a empezar a golpe de batería.
En esta foto, Bruce Springsteen está serio. Corresponde a un momento de su actuación en el Light of Day Winterfest, en Red Bank, Nueva Jersey. Salió por sorpresa y dedicó The promise land a Renee Good, la mujer asesinada en Minneapolis:
«Escribí esta canción como una oda a los ideales y valores estadounidenses, que nunca han estado tan en peligro como ahora. Si crees en el poder de la democracia, si te enfrentas a tropas federales armadas y enmascaradas, que invaden una ciudad usando tácticas de la Gestapo, si crees que no mereces ser asesinado por ejercer tu derecho a protestar, entonces envía un mensaje a este presidente: ICE debería largarse».
Ese «creer» al que apela Springsteen me lleva a la cinta Deliver me from nowhere, que cuenta cómo se forjó su disco Nebraska. El Boss pasó del eufórico The River a uno grabado en su cuarto de Nueva Jersey en mitad de una depresión. «En esta oficina creemos en Bruce Springsteen», avisó su mánager a la discográfica, que veía una locura publicar ese manojo de canciones sombrías. Hoy, el mundo suena bastante a Nebraska y quizá lo único que podamos hacer para no traicionarnos sea lo que siempre hizo y nos dice ahora aquel señor de la pegatina: creer en nosotros mismos.
Después del concierto de la foto, agentes del ICE tirotearon a Alex Pretti. Pero Springsteen, ya sabe quien lo conoce, siempre vuelve a empezar: “Escribí esta canción el sábado, la grabé ayer [martes 27 de enero] y la lanzo hoy en respuesta al terror estatal que se está viviendo en la ciudad de Minneapolis». Y aquí nos tiene de nuevo, exhaustos, bailando Streets of Minneapolis.
Tras varios años de lucha impulsada, desde el año 2020, por el movimiento estatal autoorganizado, migrante y antirracista Regularización Ya, el Gobierno ha aprobado esta semana el inicio de un proceso de regularización extraordinaria de personas migrantes que ya viven en España. Aquel año, la Fundación porCausa, que ha estado también entre las organizaciones promotoras de la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) que se llevó al Congreso, elaboró una radiografía de esta situación: a finales de 2019, el número de inmigrantes que residían de manera irregular en España era de entre 390.000 y 470.000 personas.
Esta horquilla, según el informe, supone entre el 11% y el 13% de los inmigrantes extracomunitarios y alrededor del 0,8% de la población total que reside en España. Uno de cada dos trabajadores extracomunitarios está empleado en una de las ocupaciones consideradas esenciales por la Comisión Europea. Y los sectores principales son el de limpieza y asistencia (40%); la minería y construcción (20%); y los cuidados personales (12%).
“Fue la primera investigación en 16 años con los números de la irregularidad en España”, afirma la directora general de porCausa, Lucila Rodríguez-Alarcón. Entre sus investigaciones, la fundación ha puesto el foco principalmente en la industria del control migratorio.
La ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, lo ha calificado como “histórico”. ¿Por qué es un acuerdo histórico?
Bueno, primero, no es un acuerdo. Es una decisión histórica. O, más bien, un proceso. Un proceso histórico. Y es histórico porque este Gobierno quería regularizar desde que llegó en el año 2020. Nosotros lo sabemos porque estuvimos con el gabinete del ministro de aquel entonces, José Luis Escrivá, justo cuando se acababa de hacer la investidura. Y, desde el principio, Escrivá sabía que necesitaba hacer un cambio en la estructura de la ley, de la legislación que rodeaba a extranjería, para mantener la parte económica de nuestro país. Es decir, no ya por una cuestión de derechos humanos, sino porque necesitaba cuadrar la entrada de fuerza migrante tanto económica como laboral para sostener el sistema. Lo tenía clarísimo.
Pero han transcurrido seis años desde entonces. ¿Qué pasó en todo este tiempo?
Pasó, en primer lugar, que llegó el COVID. Esto genera una distorsión en la voluntad y también es verdad que había miedo. El equipo que trabajaba con Escrivá era muy consciente de que era un problema narrativo plantear la regularización. Pero, curiosamente, también pasó con el COVID que esa especie de cosa abstracta que era la regularización extraordinaria se convirtió y resurgió como una idea indispensable para la gente que no estaba implicada en el espacio de gobierno.
«La situación de la gente sin papeles cuando empezó el COVID era extrema y eso hizo que el movimiento de regularización se convirtiera en un clamor, en un ‘estamos hartos’».
Portugal e Italia, durante la pandemia, hicieron dos regularizaciones muy amplias, parciales pero muy amplias y extraordinarias. Y, claro, las personas migrantes vieron de repente que se encontraban trabajando en sectores esenciales con miedo a estar en la calle y que les pasara algo porque no tenían papeles, pero tenían que ir a trabajar a las residencias y a los supermercados. Hay familias que se quedaron encerradas, sin trabajo, en un piso… Es decir, la situación de la gente sin papeles en aquel momento era extrema y eso hizo que el movimiento de regularización se convirtiera en un clamor, en un ‘estamos hartos’.
¿Qué fue lo siguiente?
Desde PorCausa nos dimos cuenta de que el Gobierno no tenía datos suficientes para poder llevar a cabo la regularización o justificarla. Entonces lo que hicimos fue una investigación in extremis urgente para saber de qué estábamos hablando cuando hablábamos de regularización, de qué tipo de personas y en qué situaciones se encontraban, qué tipos de trabajos tenían y demás. Fue la primera investigación en 16 años con los números de la irregularidad en España.
Pero el proceso se para. ¿Por qué?
Hay muchos supuestos. Pero el hecho es que el proceso se bloquea no porque la sociedad española no lo quiera, sino porque ahí creo que el tema de los fondos europeos debió de jugar un rol importante. Pero el movimiento que pide que la regularización se lleve a cabo no se para. Y creo que eso es lo que es histórico. Porque esas personas migrantes que estaban en unas condiciones de una precariedad legal y económica bastante elevadas siguen alzando la voz y siguen autorrepresentándose cuando tienen riesgo de ser detenidas, hasta el punto de que inspiran todo lo demás, inspiran el movimiento de una población, de una sociedad civil nacional que, impresionada, les sigue. Y creo que eso es lo más bonito que ha pasado.
La noticia ha traspasado fronteras, de hecho. Este miércoles la recogía, por ejemplo, The New York Times.
Sí, es histórico ahora mismo en Europa y también mundialmente con todo lo que está sucediendo. Porque es una muestra de generosidad por todas las partes, empezando por los movimientos de lucha, que también han aceptado ayuda y han dejado participar a un montón de gente. Además, hay que tener en cuenta que crear debates es muy complicado cuando la gente está trabajando y tiene precariedad. Es difícil poder quedar con ellas para organizarse.
«El proceso de regularización es histórico ahora mismo en Europa y también mundialmente, en la misma semana en la que se está hablando prácticamente de golpe de Estado en EE. UU. con Trump y el ICE».
Aun así se logró, y la recogida de firmas para la ILP ha hecho que todas las personas que estuvieron involucradas se sientan parte del éxito de la regularización actualmente: si firmaron 700.000 personas, ¿cuántas habría involucradas? Unas 200.000. Es que es una barbaridad, fue una movilización increíble. Y, además, durante todos estos años se ha ido consolidando la narrativa de que la regularización es indispensable, a pesar del ruido. Hubo una respuesta contundente de ‘esto hay que hacerlo, esto está muy bien y esto es lo correcto’.
La Conferencia Episcopal la ha apoyado y celebrado. Y el PP, que apoyó la tramitación, ahora dice que la denunciará en Europa.
La Conferencia Episcopal era una de las asociaciones de la ILP. Y el PP votó a favor de la tramitación presionado por la Conferencia Episcopal o, si no, por Cáritas. En cualquier caso, Feijóo no tiene ninguna posibilidad tal y como está planteada la regularización. Se ha reformulado el texto original con el que se hizo la regularización en el año 2005, con el gobierno de Zapatero. Y eso era y es constitucional. Porque, además, para presentar una ILP, primero tienes que pasar por todos los tribunales nacionales.
«Lo que está haciendo Feijóo es intentar dar un golpe de efecto, porque sabe que no lo puede pasar por los tribunales nacionales y dice que irá a Europa».
Por eso Feijóo sabe que no lo puede pasar por los tribunales nacionales y dice que va a Europa. Y, por otra parte, el Pacto europeo no contempla quitar la soberanía para la regularización. Lo que sí impediría es regularizar a gente que no está ahora, o sea, que no está dentro del marco, gente que entra nueva al país. Por tanto, lo que está haciendo Feijóo es intentar dar un golpe de efecto. Y lo que está haciendo Vox es mentir.
El PP, además, ha hecho varias regularizaciones.
Sí, y de hecho esta es la regularización que Fátima Báñez no hizo. Rajoy estuvo dos legislaturas y él ya sabía que tenía que regularizar. Porque si tú tienes una ley que permite la entrada pero no permite la regularización de la gente cuando viene a trabajar, entonces la irregularidad se acumula y tienes que cambiar la ley para que todas las personas que vengan puedan venir con papeles. Porque el problema es que en España hay trabajo y lo que no hay es la posibilidad de obtener los papeles. Tú ahora no puedes prescindir de ese medio millón de personas. Aparte de que en ese medio millón hay más de 100.000 niños, que esa es otra.
Es también un triunfo en mitad del contexto de discursos de odio en el que estamos inmersos, ¿no?
Yo creo que es un paso adelante en un momento, en la misma semana en la que se está hablando prácticamente de golpe de Estado en EE. UU. con Trump y el ICE. Hay una rama de demócratas socialistas que lo que está pidiendo es democracia y sistemas justos y equitativos. Y creo que hay una demanda social absoluta para que esto sea así. Por eso ha sido una buena noticia para muchísimas personas en muchísimas partes del mundo.
Hay un estudio muy interesante que muestra cómo perciben las personas en España la migración. Y hay una parte que indica que para todas las personas, sean del género que sean, voten al partido que voten, su prioridad a la hora de enfrentarse con la migración es el orden y que las personas participen dentro del sistema productivo. En ese sentido, creo que la regularización extraordinaria alimenta el concepto de orden. Lo que pasa es que Vox quiere que no lo alimente. Y creo que, como personas que estamos contando esta historia, también hay que dar este argumento, porque hay mucha confusión.
«La regularización extraordinaria alimenta el concepto de orden. Y creo que, como personas que estamos contando esta historia, también hay que dar este argumento, porque hay mucha confusión».
¿Afectará, será un golpe esta regularización a la industria del control migratorio, investigada también en PorCausa?
Ojalá, pero no. Estaría muy bien, pero no. La industria se va a seguir blindando porque, en realidad, el Gobierno español juega con la doble narrativa del ‘te cierro la frontera y no te está entrando nadie por África, pero entonces yo regularizo a la gente porque tal y porque cual’. Son dos relatos que coexisten.