Decir sin nombrar es algo muy de aquí. No sé si es atribuible a la picardía española o si, más bien, procede de los silencios y guiños heredados de tantas generaciones anteriores, que miraban de reojo a la vecina y leían entre líneas, rellenando los huecos a partir de la experiencia propia. La ilustradora, cineasta y guionista Candela Sierra materializa este concepto en Lo sabes aunque no te lo he dicho, su segunda novela gráfica que le ha valido el premio Premio Nacional del Cómic de 2025. Es también la autora de la portada del nuevo número de La Marea, donde ha retratado su visión de las clases trabajadoras que votan a la ultraderecha.
¿Ha cambiado mucho su trayectoria profesional desde que es Premio Nacional del Cómic 2025?
Sí, lo noto. Aunque no ha pasado mucho tiempo desde el anuncio del premio, el galardón viene con muchas propuestas y sobre todo mucha confianza en mi trabajo. Me siento muy afortunada.
El jurado ha destacado su cómic por su «habilidad para reflejar un afiladísimo análisis de nuestra sociedad”. ¿Cómo se construye una ilustración que no sea solo consumo rápido?
Es complicado, porque todo circula muy rápido y en formatos muy comprimidos. Yo intento que, aunque la imagen funcione de manera directa, tenga algo que se resista un poco: una tensión, un destello, una segunda lectura. Y también es importante no subestimar a quien mira. Cuando la ilustración confía en la inteligencia del espectador, deja de ser solo decorativa o consumible y puede propiciar un espacio de pensamiento.

¿Qué capacidad tiene una imagen para desafiar las ideas dominantes que imponen los discursos hegemónicos?
Mucha, porque los discursos hegemónicos también son visuales. Construyen imaginarios sobre el éxito, el cuerpo, el género, el trabajo… constantemente. La ilustración puede intervenir ahí desplazando códigos: cambiando quién ocupa el centro, qué cuerpos se representan, qué gestos aparecen. Y diría que, en muchos casos, es más efectivo cuando no es una denuncia explícita.
El cuerpo es un elemento central en su obra, especialmente el femenino. ¿Qué relaciones de poder busca visibilizar? ¿Cómo evita que la representación del cuerpo se convierta en una cosificación o espectacularización?
Me interesa el cuerpo como un lugar donde se cruzan muchas cosas: el deseo, el trabajo, el cansancio, la violencia, los afectos. Es decir, no me interesa tanto el cuerpo idealizado como el cuerpo atravesado por experiencias. Y para evitar la espectacularización supongo que intento huir de lo meramente complaciente. Trabajo desde la extrañeza, desde la incomodidad, desde lo cotidiano. El cuerpo no es un objeto de consumo visual sino una oportunidad para abordar conflictos.
«No me interesa tanto el cuerpo idealizado como el cuerpo atravesado por experiencias».
¿Cómo dialoga esto con los feminismos actuales?
Dialoga porque forma parte del mismo clima, aunque no siempre de manera literal. No hago imágenes “sobre” el feminismo, pero sí toca cuestiones que están ahí, como por ejemplo las relaciones de poder o la precariedad. También me gusta que no todo sea una afirmación rotunda. Hay contradicciones, ambivalencias… Yo misma estoy llena de contradicciones y, a menudo, no me da tiempo a reflexionar con la profundidad que me gustaría. Y creo que eso también forma parte de los feminismos actuales.
¿Cree que la ilustración puede intervenir en el debate político con la misma potencia que el texto?
Sí, aunque lo hace desde otro lugar. El texto argumenta, desarrolla, persuade de manera racional. La imagen, en cambio, entra por una vía más directa, más emocional y también más ambigua. Puede sintetizar ideas complejas y activar lecturas simultáneas. No diría que una es más potente que la otra, sino que operan en registros distintos. Hay imágenes que se vuelven icónicas y atraviesan el debate público con una velocidad que el texto difícilmente alcanza. Pero también es cierto que, sin un contexto o sin una mediación crítica, pueden ser más fácilmente absorbidas o banalizadas. En mi caso, hay veces que entiendo mejor lo que pienso cuando ya lo he dibujado.
«El texto argumenta, desarrolla, persuade de manera racional. La imagen, en cambio, entra por una vía más directa, más emocional y también más ambigua (…) Hay veces que entiendo mejor lo que pienso cuando ya lo he dibujado».
¿Qué contradicciones aparecen cuando una obra con carga política circula dentro del mercado cultural? ¿Es posible sostener un posicionamiento crítico trabajando para grandes medios o marcas?
Como decía, las contradicciones son inevitables. Trabajamos dentro de estructuras económicas que reproducen aquello que criticamos. La cuestión, para mí, no es situarse en una postura casi imposible de sostener sino ser consciente de esos márgenes y actuar desde ahí. Además, el margen individual es limitado. Las luchas deberían ser siempre colectivas y apuntar al poder. Hay encargos que permiten introducir fricción y otros que no. Saber cuándo aceptar, cuándo tensionar y cuándo decir que no también forma parte de la práctica política.

¿Cuál es el rol de la ilustración política en el contexto de crisis social y avance de discursos reaccionarios?
Creo que tiene una función importante dentro del ecosistema simbólico. No cambia estructuras por sí sola, pero sí contribuye a construir imaginarios. Y en contextos de crisis o de avance reaccionario, crear contraimágenes o desmontar ciertos relatos se vuelve especialmente relevante.
«[La ilustración política] no cambia estructuras por sí sola, pero sí contribuye a construir imaginarios».
¿Se espera o exige que los artistas tengan una posición política explícita?
No lo sé. Para mí es importante porque lo considero parte de mi identidad y porque todo es política, aunque reconozco que muchas veces no sé qué decir ni cómo… Porque nos falta tiempo para conversar, aprender y construir ideas. De todas formas, no toda toma de posición tiene que ser panfletaria, ¡menos mal! También hay posicionamientos formales, afectivos o simbólicos que son igual de políticos, a pesar de que no estén reivindicados como tal.
¿Qué riesgos tiene la neutralidad en el campo cultural?
La neutralidad casi siempre es una ficción. Y lo malo de no posicionarse es que suele beneficiar a quien ya está en una posición de poder. En ese sentido, la equidistancia puede funcionar como complicidad pasiva. Otra cosa, igual de importante, es no reducir la práctica artística a consigna.
¿Qué incomodidades le interesa generar con su trabajo?
Las pequeñas, las que obligan a detenerse. No me interesa escandalizar por escandalizar, sino desplazar un poco la mirada.
«La neutralidad casi siempre es una ficción. Y suele beneficiar a quien ya está en una posición de poder».
¿Y hacia dónde considera que debe ir esa mirada?
Personalmente, me interesa cómo los grandes temas atraviesan la vida cotidiana y los vínculos. Pero creo que cualquier tema es pertinente siempre que se haga con honestidad.
¿La ilustración puede ser una herramienta de transformación social?
Puede generar imaginarios, plantear preguntas, acompañar luchas, emocionar. Puede ayudar a que ciertas cosas se nombren o se vuelvan visibles. Lo que no puede es sustituir la organización política ni la acción colectiva. La transformación material ocurre en otros espacios, aunque la imagen pueda empujar o sostener ese movimiento.
En la sociedad actual, el uso de la inteligencia artificial (IA) está creciendo a pasos agigantados. ¿Qué opina del papel de la IA en la ilustración?

Me preocupa, por un lado, en términos de derechos y condiciones laborales. Se alimenta de imágenes hechas por artistas que no han dado permiso ni reciben nada a cambio, y eso ya plantea un problema serio. Luego está la cuestión estética: si aprende de lo que más circula, tiende a reforzar lo dominante. Me inquieta esa posible homogeneización… que todo empiece a parecerse demasiado. Yo lo llamo destilación de lo mainstream.
Y, por último, me da pena que haya una “herramienta” que fulmine lo más bonito del trabajo creativo que es… el propio trabajo creativo. El proceso de hacer una imagen es mágico; se descubren cosas, hay sorpresas y también problemas que resolver. Me entristece que todo se reduzca a resultados (más imágenes, más rápido) y que nos olvidemos de que lo que hay en medio es lo interesante.
Como creadora de la portada del último número de La Marea, ¿por qué ha escogido esta imagen y qué reacción espera generar en la audiencia?
Después de valorar otras ideas, pensé que esta ilustración era apropiada porque refleja lo que creo que la ultraderecha puede hacer con los intereses (y los derechos) de la clase obrera. Es una corriente nociva que no piensa en el bien común, a pesar de lo que proclame. Votar a la ultraderecha es cavar tu propia tumba.
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