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[Libro] Un episodio de nuestra evacuación a Francia – Andrés Capdevila

30 Julio 2026 at 18:18
Por: pegasus

Al escribir las presentes cuartillas ya han salido a la luz pública gran cantidad de artículos periodísticos y libros sobre el triste y penoso éxodo español de principios del año 1939. La inconmensurable tragedia de nuestra evacuación ha sido narrada con gran amplitud y riqueza de detalles por periodistas, poetas y literatos competentes. Expongo a la luz pública el caso particular mío y de mi compañera, como un desahogo del espíritu, como una vehemente protesta contra la barbarie fascista causante de la ruina, la miseria y el dolor de nuestra desgraciada España.


Andreu Capdevila Puig (1894-1987). Nació el 25 de diciembre de 1894 en Cardedeu, Barcelona, Cataluña, (España) y murió el 10 de marzo de 1987 en Rennes, Bretaña, (Francia).

Fue un militante anarcosindicalista. Empezó con 13 años a compaginar su trabajo de tintorero a la Compañía de Hilados Fabra y Coats con la militancia en el sindicato textil de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) del barrio de Sant Andreu de Palomar, de Barcelona, Cataluña, (España) donde asumió desde los años 20, la década del pistolerismo patronal y de Peiró, responsabilidades sindicales en el ámbito de la Federación Regional de Cataluña, (España) donde era considerado un «duro» por los patrones, especialmente por su firmeza en las reivindicaciones del ramo de tintoreros. Participó en la «Conferencia de San Adrián de Besós, Barcelona, Cataluña, (España)»(1936).

Al estallar la guerra civil, participó contra la insurgencia militar y tomó parte en el asalto del cuartel de Artillería, que permitió el armamento de los militantes cenetistas.

Como presidente delegado en el Consejo de Economía de Cataluña, (España) tuvo la pesada responsabilidad de elaborar el decreto de «Colectivización de las empresas y de control obrero».

El 16 de abril de 1937 es nombrado consejero de «Economía de la Generalidad de Cataluña», (España) por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), una experiencia reformista que durará algunas semanas, pero de la que saldrá desilusionado como explicará en sus memorias publicadas en «Le Combat Syndicaliste» (1968) tituladas «Mi intervenciones en el Consejo de Economía de la generalidades de Cataluña en representación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)«.

Al terminar la guerra, se exilia como tantos otros en Francia, donde continuará su militancia junto con su compañera Antonia Sánchez Garrido, primero en Canet de Mar, Maresme, Barcelona, Cataluña, (España) y después en Perpiñán, Pirineos Orientales, Occitania, (Francia).

Después de la Liberación, tomará parte como orador y conferenciante en numerosos mítines sobre todo en el suroeste de Francia [Toulouse, Alto Garona, Occitania, (Francia), Narbona, Aude, Occitania, (Francia), Tarbes, Altos Pirineos, Occitania, (Francia), Montauban, Tarn y Garona, Occitania, (Francia)].

Partidario de la línea ortodoxa, será durante los años 60 secretario de la Comisión de Relaciones de la región de Aude-Pirineos de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en el exilio, y contrario a la Alianza Obrera y Defensa Interior. Andreu Capdevila Puig pasó Sus últimos años en Rennes, Bretaña, (Francia), ciudad donde murió el 10 de marzo de 1987.

Su compañera, desde 1937, Antonia Sánchez Garrido, que había nacido el 9 de octubre de 1902 en Badajoz, murió el 3 de agosto de 1996 en Rennes, Bretaña, (Francia). Andreu Capdevila colaborar en la mayor parte de las publicaciones del exilio, como «Terra Lliure», «Le Combat Syndicaliste» o «Umbral.». Es autor del libro «Un episodio de Nuestra evacuaciones en Francia» (1978).

Fuente: https://bibliotecaanarquistaculturayaccion.blogspot.com/

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Carta a Carlo Giuliani. En el 25 aniversario de la batalla de Génova

30 Julio 2026 at 14:02
Por: pegasus

El 20 de julio de 2001, durante el apogeo del movimiento contra la globalización capitalista, cientos de miles de personas se movilizaron en Génova, Italia, para oponerse a la cumbre del G8. Durante las manifestaciones masivas de esos dias, un oficial de policía llamado Mario Placanica disparó y mató a un manifestante de 23 años llamado Carlo Giuliani. El siguiente texto fue escrito por Tomás Rothaus, un compañero participante en la batalla de Génova.


Si estamos hablando seriamente de la revolución, entonces tenemos que echar un vistazo serio a la historia y ver cuáles son sus consecuencias, no solo si fallamos, sino incluso si somos triunfantes. Las revoluciones significan sangre, muerte y sufrimiento. Si no estamos dispuestos a aceptar esto, entonces no deberíamos estar agitando por lograrlas.

—“The Lessons of Genoa.” Barricada #8. Verano/septiembre 2001

Escribí esas palabras alguna vez, Carlo, cuando tu sangre todavía estaba fresca en el pavimento y tu nombre aun en cada periódico y en cada televisión. Las publiqué en nuestra revista anarquista, Barricada, y sigo sosteniéndolas. Pero por favor no las malinterpretes. Siento que te hayas ido y vivo tu muerte como una tragedia. Pienso en ti hasta el día de hoy más de lo que podrías imaginar. Espero no ser el unico a quien le pasa.

Durante años y años, por todo el tiempo que pude, me aseguré de que cada 20 de julio, dirigiéramos la rabia que llevábamos por vos en nuestros corazones hacia nuestros enemigos. En las ciudades de cualquier país de turno en el que por casualidad me encontrara, nos aseguramos de que los cócteles molotov iluminaran la noche, que llovieran piedras en la oscuridad contra los bancos, que emboscáramos a los coches de policía, que grabáramos tu nombre en las paredes de Boston, Goettingen, París, o Berlín. A veces, para celebrar tu vida y no tu muerte (así como para despistar de la policía), elegiamos vengarte en tu cumpleaños, el 14 de marzo, en lugar del día de tu muerte.

Hoy, décadas después de ese 20 de julio de 2001, a menudo me acuerdo de vos en los momentos mas inesperados. Veo a un hombre cuarenton, vestido decentemente, ordenado, tal vez con un traje de negocios o algún tipo de uniforme de trabajo. Un humano lo suficientemente viejo como para parecer desgastado por las inevitables tensiones de la vida, el amor y el trabajo, pero lo suficientemente joven como para que su juventud todavía brille detrás de la sombra de las cinco en punto y el incipiente vientre de cerveza. Porque cuando veo a esta persona al azar, cualquier persona al azar, que tiene la edad que tendrías hoy, me acuerdo del día en que una bala de la policía te quitó la vida y tu futuro.

No estoy tan indignado por tu muerte como lo estoy por toda la vida que te robaron.

Teníamos una afinidad en la batalla, y fue solo el destino el que te puso precisamente en esa batalla en particular, en esa plaza en particular, en la que mis amigos y yo justo no estábamos. La única vez en ese día que justo la policía apuntó sus balas no al cielo, sino a la cabeza de un ser humano. Tu cabeza.

Pero por lo que me dijeron, si hubiéramos vivido en la misma ciudad, es probable que no nos hubiéramos llevado muy bien. Me han dicho que eras uno de la punkabbestia de Génova, que (por lo que entiendo) es algo asi como los punkis callejeros que teníamos en mis ciudades. No particularmente organizado, a veces apareciendo en reuniones políticas, pero definitivamente no un activista, militante o cualquier tipo de cuadro politico organizado. Los Tute Bianche, cuyas palabras hasta el día de hoy, obviamente, todavía soy reacio a tomar muy en serio, te llamaron “no particularmente polítizado”. Dijeron que solías pasar tu tiempo en la Piazza Delle Erbe, donde “mendigabas y pasabas tu tiempo con amigos y perros callejeros”. De por si no tengo nada en contra, pero todos sabemos que los punkis callejeros y los jóvenes anarquistas ortodoxos obsesivos a menudo no se llevaban muy bien.

Sin embargo, nada de eso importa. Lo que importa es que te han congelado en el tiempo. Siempre serás un joven punk callejero, si eso es realmente lo que eras, privado de la oportunidad de seguir haciendo aquello que te hacía feliz y te hacía sentir pleno como persona en los años y décadas que aún te quedaban por vivir. Tal vez tu rebelión juvenil eventualmente se habría desvanecido, habrías terminado tus estudios universitarios, obtenido un título, seguido adelante con tu vida y mirado hacia atrás con desdén hacia tus días de rebelde y marginado callejero.

O tal vez los habrías recordado con nostalgia melancólica, como un capítulo saludable por el que pasaste en tu vida antes de asimilarte, conseguir un buen trabajo sindical gracias a las conexiones de tu padre, formar una familia y lanzar una moneda hacia la próxima generación de punkabbestia mientras los pasabas por las calles que solían ser tuyas. O, quién sabe, tal vez te habrías convertido en un viejo punk, canoso pero todavía libre, perro a tu lado, vagando por las calles de Génova hasta el día de hoy.

Pero te robaron el futuro, así que nunca serás ninguna de esas cosas. No nos traicionarás, no seguirás adelante, ni caminarás entre nosotros. Incluso si mis aventuras no me hubieran exiliado de Europa y pudiera encontrarme en Génova una vez más, nunca recordaremos juntos ese día de verano caluroso y soleado en el que podrías haber ido a la playa, pero en cambio, indignado por la invasión policial de tu hogar, te uniste a nosotros en la batalla.

Nunca tendrás la oportunidad de seguir adelante, arrepentirte de tus elecciones, denunciar los excesos de tu juventud o pasar toda tu vida manteniéndote fiel a ellos. Siempre serás, como tu mejor amiga Daniele te recordó pocos días después de tu muerte,

“alguien que tenía ese mal por dentro, el que está aquí en el aire, que todos tenemos. No encajaba en la sociedad, en el sistema. Sufría mucho, y como era más sensible que nosotros, más generoso y más amable, también era más frágil”.

Para siempre un niño de veintitrés años, solo poco mas que un adolescente, mirándonos a través de una foto gastada, o recordándome del precio brutal de la rebelión mientras la imagen de ti acostado en un charco de sangre gira constantemente por mi cabeza.

Asi como estoy indignado de que te robaran cualquier futuro que aún no hubieras elegido, estoy alarmado porque veo que tu memoria se desvanece en el tiempo en la conciencia colectiva de aquellos que vinieron después de ti. Ni siquiera sé por qué me dirijo a ti en una carta. No creo en la vida después de la muerte, y dudo que tú lo hicieras. Tal vez es mi forma desesperada de aferrarme a una sensación de control sobre lo que parece inevitable: que el tiempo finalmente nos devorara a todos. Que, aunque las circunstancias pueden ser diferentes, tanto la muerte como el paso del tiempo algún día vendrán por mí tal como vinieron por ti. Aún así, y aquí asumo que también somos similares en espíritu, solo porque sea inevitable no significa que me va a impedir tratar de prevenirlo.

Sin embargo, han pasado muchos años, Carlo, y yo tambien he tenido que dejar mis armas. Entonces, como ya no puedo hacer mi parte para mantener tu memoria viva con la acción, aquí estamos: un anarquista impío escribiendo una carta a un punk callejero muerto. Con la esperanza de que otros lo lean y pregunten sobre ti, y sobre las condiciones, los sueños y las aventuras que llevaron a la creciente ola de nuestro movimiento, y la ola que barrió tu vida con ella ese día. Es hoy la única arma útil que puedo encontrar en mi arsenal para luchar contra la idea de que serás olvidado, solo una nota a pie de página en un lejano enfrentamiento de un movimiento olvidado hace mucho tiempo. Tu cara, tus esperanzas, tus sueños y, finalmente, tu nombre se desvaneciendose en los libros de historia.

Hemos estado luchando la batalla por tu memoria desde el día en que te mataron. Hemos hecho todo lo posible para hacerle justicia. Para no asignarte roles o aspiraciones que es posible que hayas rechazado. Pero no ha sido fácil, y me disculpo si no te hemos representado como te hubiera gustado. En Barricada, con valentía y sin dudarlo, te calificamos de anarquista, sin saber si te identificabas con la palabra. En nuestra defensa, no puedes imaginar cómo fueron esas horas, días, semanas y meses después de tu muerte.

Había algunos entre nosotros, bien intencionados pero equivocados, que se imaginaban que eras un militante anarquista organizado. Un luchador de primera línea del bloque negro. Querían convertirte en un mártir voluntario que sacrificó con gusto su vida por la causa. Pero sé que no elegiste esto, porque estuviste a punto de ni siquiera aparecer por allí aquel día. Más importante aún, porque ninguno de nosotros lo elige. A diferencia de los fascistas, celebramos la vida, no la muerte.

Luego estaban los pacifistas y los reformistas. En estos días, trato de alejarme del lenguaje sectario anarquista hiperbólico de mi juventud, pero cuando los recuerdo, sus acciones y sus palabras cuando hablan de ti, vuelve rugiendo. ¡Si hubieras podido ver las lágrimas de cocodrilo de la escoria de ese movimiento! Invocaron tu nombre, pretendieron mantener tu memoria alta, pero te celebraron y recordaron solo porque moriste.

 A aquellos de nosotros que actuamos como vos, contigo, que fuimos camaradas ese día pero a quienes el destino no puso en el camino de la bala de un policía esa tarde en la Plaza Alimonda, nos denunciaron. Dijeron que éramos responsables de la violencia, que habíamos traído la ira del Estado sobre los buenos manifestantes. Que indirectamente fuimos nosotros los responsables de tu muerte, no el Estado, no el policía que disparó el arma. Difundieron absurdas teorías de conspiración de que el bloque negro y la resistencia masiva, generalizada y digna, eran obra de policías y fascistas encubiertos.

A la deriva en la realidad paralela que creó esa narrativa, intentaron atacarnos, trataron de expulsarnos del movimiento, empujándonos hacia los policías, llamándonos fascistas y ‘hooligans’. Y al día siguiente, cuando nos propusimos vengar su muerte, dirigieron sus cantos de “¡Assassini!” –asesinos– tanto a nosotros como a la policía. Hicieron todo lo posible para reclamarte como un mártir de su movimiento, pero en su caso con el increíble cinismo e hipocresía de reivindicar tu memoria mientras denunciaban a todos los demás que actuaban como tú. A ellos les servias mas muerto que vivo. Un ‘hooligan’ en vida, un mártir en la muerte.

La gente de ATTAC, el Foro Social de Génova, los Tute Bianche, los reformistas y toda la sopa de alfabeto de los aspirantes a gerentes del descontento, todos ellos trataron de convertirte en una víctima. Un joven desventurado y equivocado, asesinado por el Estado. Querían privarte de tu autonomía, como a menudo lo hacen con aquellos cuyas opciones no pueden entender o no respetan. Todavía no estoy seguro de cuánto de esto es oportunismo cínico y cuánto es que en realidad no pueden concebir ninguna forma de lucha más allá de las maniobras políticas y los enfrentamientos mediados. Así que cada vez que poníamos a los policías en fuga, cada vez que abríamos suficientes frentes para mantenerlos a raya, para que algunos de nosotros tuviéramos la oportunidad de tomar descansos muy necesarios y muy merecidos entre batallas, alucinaron algún gran plan maestro de la policía para justificar la represión contra todo el movimiento antiglobalización.

Los vivos éramos fascistas, ‘hooligans’ y provocadores, mientras que tú, en virtud de tu muerte, te convertiste en una víctima y un mártir. Simplemente no podían aceptar que la rebelión en Génova no solo fuera orgánica y auténtica, sino también exitosa.

Moriste precisamente porque, en ese día y en ese momento, lo estábamos logrando, les estábamos ganando la partida. La policía se retiraba, y el miedo estaba finalmente cambiando de bando. No sé si alguna vez lo supiste, pero no solo fue allí, en la Piazza Alimonda, sino que estaban huyendo por toda la zona. Sé que esto será controvertido, pero dadas las circunstancias, ni siquiera estoy seguro de que sea correcto decir que te “asesinaron”. Nos ahorraré a los dos la reconstrucción voyeurista de las minucias de tus últimos momentos. Hubo años de interminables discusiones sobre si la bala te golpeó directamente o rebotó en algo, si estabas lanzando el extintor de incendios o simplemente sosteniéndolo. El policía que te disparó finalmente fue encontrado actuando en defensa propia y absuelto de cualquier irregularidad.

Tampoco estoy tan seguro de que importe, honestamente, aparte de la necesidad de muchos camaradas, incluso compañeros anarquistas, de buscar el papel de víctima de la brutalidad policial, como si posicionarnos en el papel de víctima perpetua frente al gran Estado malo nos posicionara en un terreno moral a los ojos de una sociedad en general. Es derrotista y lo odio, como supongo que tú también lo harías. La justicia que buscábamos nunca fue la del Estado y sus tribunales.

Carlo Giuliani Park. Photo by Pinciolola.

Hablando de miedo, esto es lo que el policía militar que te disparó, Mario Placanica, le dijo al juez poco después de matarte:

«Disparé porque tenía miedo de morir. No sé qué pasó. Recuerdo que nos estaban rodeando, que nos atacaban, que el jeep era un infierno. Me temblaban las manos y disparé sin mirar hacia fuera».

No me malinterpretes, definitivamente no soy amigo de policías o soldados, pero no tengo ninguna dificultad para creerle. En ese momento tenía veinte años, apenas más que un adolescente, enviado a las calles de Génova ese día después de que sus superiores le dijeran que “estuvieran atentos” porque los manifestantes estarían “tirando bolsas de sangre infectada” y que habría “ataques terroristas”. Él dijo: “El sentimiento era como si fuéramos a la guerra”.

He estado en situaciones similares, incluso en otras partes de Génova ese mismo día. Me he parado en el lugar donde estabas, pero en un momento diferente y en un lugar diferente, y mirado a los ojos de la persona uniformada frente a mí. Si yo fuera el policía o el soldado, también tendría miedo. Tal vez yo también apretaría el gatillo, especialmente si fuera un joven soldado, un creyente en Dios y en la patria, frente a una horda de anarquistas enmascarados avanzando de manera aparentemente incontrolable.

Carlo Giuliani Park. Photo by Pinciolola.

Por si sirve de algo, el hombre que te mató es una cáscara de un ser humano ahora. Salido de los carabinieri en 2005 debido a problemas psicológicos, hoy se representa a sí mismo como un hombre “destruido, solitario y consumido” que lucha contra la depresión.

Como era de esperar, no tengo casi ninguna simpatía por su situación. ¿Pero es personalmente un asesino? No lo sé. Nunca pudimos decidirnos al respecto. Tanto que la contraportada del número de Barricada que publicamos inmediatamente después de la batalla de Génova, que estaba dedicada a ti, en la que prometimos vengarte, incluye la línea “Carlo no fue víctima de la brutalidad policial” mientras al mismo tiempo proclamabamos: “Asesinaron a un anarquista”.

“In Loving Memory of a Fallen Comrade.” Barricada #8. Summer/September 2001.

Por mas desprecio que tengo por el hombre que te mató, hace unos años, dijo algo que me ayuda a entender por qué yo, como tantos anarquistas, me he identificado tan fuertemente contigo y he sentido tu muerte de manera tan personal y apasionada:

“Ese día para mí sigue siendo un trauma, un trauma por la muerte de un chico como yo, que también fue víctima de aquel trágico día. No soy un verdugo, no soy un vigilante. Ese día no sostuve el arma para Mario Placanica, la sostuve para los Carabinieri, para el Estado italiano”.

Por un momento, dejemos de lado la lastima en la que se regodea y la falsa equiparación con la que se presenta a sí mismo como una víctima más, ya que ambos sabemos que no era un recluta sino un profesional que voluntariamente eligió su profesión. Sin embargo, tiene razón en que fue el Estado italiano el que puso el arma en la mano de este niño soldado y le dio rienda suelta para disparar contra quiénes se rebelaron en su contra. Te dispararon porque eras “uno de nosotros”.

“Uno de nosotros”. Lo pintamos con aerosol en las paredes durante años. Uno de los miles y miles en las calles de Génova ese día que eligió la rebelión. Uno de nosotros, uno y el mismo, independientemente de la etiqueta política que nos apliquemos, independientemente de si algunos pasen sus días editando diarios anarquistas y tramando acciones mientras otros pasan sus días pidiendo limosna y paseando a sus perros por las calles de su ciudad.

“Uno de nosotros.” Todos nosotros, independientemente de nuestras motivaciones más específicas, estuvimos allí ese día porque veiamos que este mundo esta roto y nos negamos a permanecer de brazos cruzados. Elegiste rebelarte, al igual que nosotros, una roca en tu mano, tu rostro enmascarado, la cabeza sostenida alta con dignidad. Sin intermediarios, sin espectáculo escenificado o gestionado de la rebelión, diagramado para apelar a los supuestos gustos de las masas. Con tan solo tu cuerpo como arma y los camaradas que estaban a tu lado como tu fuerza. Elegiste este camino no para morir, sino para vivir. Porque querías vivir, libre y desencadenado.

Tan libre, tan desencadenado, que sé que nuestra afinidad probablemente solo existía en las calles, en combate contra aquellos que reconocimos como nuestros enemigos comunes. No voy a estar tocando ninguna nota nostálgica aquí en cuanto al maravilloso ser humano que eras, aunque tu padre dice que le diste “la fuerza de tus ideales” y le enseñaste a no juzgar a la gente por “una camisa rasgada, agujeros en sus pantalones o cabello de color”. No habrá voyeurismo de duelo aquí; los buitres de la prensa hicieron suficiente de eso en su momento.

“Uno de nosotros.” Tal vez no un activista o un militante, ni un cuadro de cualquier organización o estructura política, sino uno de nosotros porque elegiste luchar. Con nosotros, junto a nosotros, lado a lado. Uno de nosotros, y por eso te dispararon. Todos sabemos que la bala que te encontró podría haber encontrado fácilmente a cualquiera de nosotros. Era para cualquiera de nosotros, para todos nosotros.

A lo largo de los meses y años que siguieron a tu muerte, llegué a entender cuán dolorosa y visceralmente cierto es esto, como camarada tras camarada cayó sobre las balas del Estado o los cuchillos de los fascistas. El mismo año de tu muerte, el Estado desató una tormenta de balas que mató a decenas en Argentina. No pude evitar recordarte mientras me refugiaba detrás de nuestras barricadas improvisadas, sin saber si las balas que nos disparaban eran de goma o plomo. Años más tarde, cuando un policía asesinó a un anarquista de quince años en Atenas, muchos de nosotros que compartimos las calles contigo en Génova llovimos fuego contra los policías fuera del Politécnico ocupado, y se que tú también estabas en nuestros pensamientos en esos momentos.

Lo que diré a continuación puede sonar contradictorio, pero tiene sentido desde la perspectiva de un combatiente. Después de muchos años, he concluido que eso es lo que somos: combatientes. Por supuesto, no vamos a la guerra, y no pretendo que somos cosas que no somos. Es cierto que no hay comparación entre los riesgos asociados con los conflictos en los que participamos y las condiciones de la guerra real. Pero mis experiencias de vida y las experiencias de los que me rodean implican una proximidad constante a la muerte, la prisión, lesiones graves, el exilio. Estas no son las experiencias, los traumas, que la mayoría de los civiles experimentan en esta parte del mundo.

Por lo tanto como combatiente creo dos cosas de manera simultánea, aunque suenen contradictorias.

Primero, que tu muerte fue trágica. Ojalá nunca hubiera pasado. Hemos tratado desesperadamente de vengarla, tanto como una cuestion de principio como también como una cuestión de defensa propia básica. Enviar el mensaje al Estado de que la sangre de los rebeldes, de los anarquistas, lleva consigo un alto precio.

Pero al mismo tiempo, y aquí es donde mucha gente no estaba de acuerdo con nosotros, ¿fue inesperada tu muerte? Probablemente no. ¿Deberíamos llamarlo asesinato? Tal vez en el sentido amplio, pero la pregunta parece casi irrelevante. Sobre todo: ¿fue tu muerte una razón para detener nuestros esfuerzos? Absolutamente no. La rebelión es importante. Pero los rebeldes mueren, particularmente cuando las rebeliones comienzan a tener éxito y el Estado comienza a tomar en serio a sus enemigos. Y cuando el Estado les quita la vida, los extraño, y amo incluso a aquellos que nunca conocí.

Puede sonar a demagogia barata, esto de decir que extrañas a una persona que nunca has conocido, y con la que probablemente ni siquiera te hubieras llevado bien. Pero asi es. Te extraño como extraño a Dax y a Carlos, muertos por los cuchillos fascistas en Milán y Madrid; como extraño a Clement que cayó luchando contra los fascistas en París; como extraño a Pocho Lepratti en Buenos Aires, Alexis en Atenas y Tortuguita en Atlanta, todos muertos por las balas de la policía.

O como extraño a ese chico en Goettingen que entró en nuestro local un día, cuyo nombre ni siquiera puedo recordar, a quien me avergüenza decir que nunca me tomé en serio, que pasó a dar su vida luchando contra el fascismo islámico y por la revolución en Rojava, como tantos otros voluntarios internacionales. Lo extraño a el y a todos los demás compañeros y compañeras que cayeron, porque esas balas y cuchillos estaban dirigidos a todos nosotros. Los extraño porque todos eran parte de la lucha por una ideal colectivo por el cual todos, de diferentes formas, elegimos luchar. Los extraño, como te extraño a ti, porque aunque no conozco al individuo, conozco al tipo.

Por lo tanto Carlo, no te conocía, pero siento mucho que ya no estés con nosotros. Nunca te conocí, pero te echo de menos. Siempre mantendré vivo tu recuerdo e intentaré vengar tu muerte, porque la sangre de nuestros compañeros no se derrama en vano. Y aunque sigo sin encontrar el optimismo necesario para creer en una vida convenientemente idílica después de la muerte, no puedo evitar la esperanza de que hayas estado sonriendo desde arriba, aprobando nuestros esfuerzos.


Texto adaptado del libro From Riot to Insurrection: The G8 Summit of 2001 & The Battle of Genoa de Tomas Rothaus.

Fuente: https://es.crimethinc.com/2026/07/20/a-letter-to-carlo-giuliani-on-the-25-year-anniversary-of-the-battle-of-genoa-1

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Once tesis a debate en Bujaraloz: revolución, contrarrevolución y cuestión del poder

27 Julio 2026 at 19:22
Por: pegasus

En el marco de las jornadas celebradas en Bujaraloz con motivo del 90 aniversario de la llegada de la Columna Durruti, las once tesis sobre la revolución y la contrarrevolución en Cataluña, publicadas en el libro Ocho días de julio de Agustín Guillamón, fruto de décadas de investigación histórica, fueron sometidas a un intenso debate. Las discusiones sobre la cuestión del poder, la autonomía de los comités, la institucionalización de la CNT y el proceso contrarrevolucionario permitieron confrontar distintas posiciones y plantear tanto los puntos de acuerdo como las contradicciones surgidas durante el debate; todo ello conduce a una pregunta crucial: cómo destruir el Estado.

Introducción

La conciencia procede del ser. Sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existiría teoría revolucionaria. Es decir, hay que aprender de las lecciones que nos da la historia.

La historia no es un relato neutral ni un depósito de fechas muertas: es un campo de batalla. Y como tal, está atravesada por intereses, silencios y tergiversaciones. Quien pretende aproximarse a ella con honestidad no puede hacerlo únicamente desde la cómoda distancia del erudito que clasifica documentos, sino desde la conciencia crítica de que cada archivo es también una trinchera.

En los últimos años se ha intensificado una operación de maquillaje del pasado, especialmente en lo que respecta a las experiencias revolucionarias del siglo XX. Se vacían de contenido, se reducen a anécdotas pintorescas o, peor aún, se integran en el relato oficial como meros episodios inevitables de un progreso que siempre desemboca en el Estado y el mercado. Este proceso no es inocente: responde a la necesidad de desactivar cualquier memoria que pueda cuestionar el orden existente.

Tomemos como ejemplo la revolución social. No como concepto abstracto, sino como práctica concreta, vivida en las calles, en las fábricas, en las colectividades agrarias o industriales. Allí donde los trabajadores dejaron de obedecer, donde la propiedad privada fue abolida de facto y donde la vida cotidiana se reorganizó sobre nuevas bases, surgió algo que desborda las categorías habituales de la política institucional. Eso es precisamente lo que resulta intolerable para la historiografía dominante: la evidencia de que la sociedad puede organizarse sin jerarquías impuestas.

Sin embargo, esta memoria persiste, fragmentaria pero obstinada. Aparece en los testimonios olvidados, en los periódicos clandestinos, en las actas de asambleas sindicales, municipales o vecinales. Es una memoria incómoda, porque no ofrece soluciones fáciles ni héroes inmaculados. Está llena de contradicciones, de derrotas, de errores. Pero es, precisamente por eso, profundamente humana.

El problema no es que la historia sea compleja, sino que se la quiera simplificar hasta hacerla irreconocible. Frente a esa tendencia, la tarea del historiador crítico no es embellecer ni condenar, sino comprender. Comprender implica restituir los conflictos, dar voz a los vencidos y resistirse a la tentación de cerrar el pasado con interpretaciones definitivas.

En última instancia, lo que está en juego no es solo la interpretación de lo que ocurrió, sino la posibilidad misma de pensar alternativas. Si aceptamos una historia domesticada, también aceptamos un presente sin fisuras y un futuro clausurado. Por el contrario, si recuperamos la dimensión conflictiva del pasado, abrimos la puerta a imaginar —y quizás a construir— otras formas de vida.

Porque la historia, cuando se la arranca de las manos del poder, deja de ser un museo y se convierte en una herramienta. Y toda herramienta, en manos adecuadas, puede servir para algo más que contemplar: puede servir para transformar.

A noventa años del inicio de la revolución social de 1936, ha llegado el momento de exponer estas once tesis, elaboradas a partir de la experiencia histórica del proletariado en Cataluña:

Tesis número 1

Entre el 17 y el 19 de julio de 1936 se produjo un alzamiento militar contra el Gobierno de la República que fracasó en las principales ciudades. En Cataluña, la derrota de la sublevación militar fue consecuencia directa de la insurrección armada del proletariado, organizada y dirigida fundamentalmente por los Cuadros y Comités de Defensa de la CNT-FAI, preparados desde 1931. No fue una insurrección espontánea, sino el resultado de años de preparación revolucionaria. La derrota del ejército provocó un vacío de poder estatal y una atomización del poder político y militar, abriendo así una situación revolucionaria en la que el proletariado podía destruir el Estado y sustituirlo por sus propios órganos de poder.

Tesis número 2

Los comités revolucionarios —de defensa, de fábrica, de barrio, de control obrero, locales, de abastos y otros— fueron el embrión de los órganos de poder de la clase obrera. Iniciaron la expropiación sistemática de las propiedades de la burguesía, impulsaron la colectivización de la industria y del campo, organizaron las Milicias Populares que sostuvieron los frentes en los primeros días de la guerra y crearon las Patrullas de Control, encargadas de imponer el nuevo orden revolucionario frente a la Iglesia, la burguesía, los fascistas y las fuerzas contrarrevolucionarias.

Sin embargo, esos comités fueron incapaces de coordinarse y constituir un poder obrero capaz de sustituir al Estado republicano. La dirección de la CNT-FAI tampoco planteó esa alternativa revolucionaria: destruir el Estado y transformar los comités en órganos de poder proletario, y las Milicias Populares en el ejército de la revolución.

El Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña (CCMA) fue el resultado de un pacto entre las organizaciones obreras, las organizaciones burguesas y las instituciones del Estado republicano. La revolución renunció así a destruir el Estado y aceptó compartir el poder con sus propios enemigos de clase. El CCMA fue, por tanto, un organismo de colaboración de clases que abrió el camino a la recuperación del poder por la burguesía y a la contrarrevolución.

Tesis número 3

Sin destrucción del Estado no puede hablarse de revolución proletaria.

Tesis número 4

La CNT y el POUM nunca plantearon la cuestión del poder. El Estado capitalista conservó (aunque fuese de forma «disminuida», «nominal» o «parcial») sus funciones. Guardia civil y de asalto no fueron disueltos, sino acuartelados CON SUS ARMAS. En ausencia de una organización revolucionaria, capaz de plantear el antagonismo entre el proletariado y el Estado capitalista las “conquistas” revolucionarias de julio estaban condenadas al fracaso.

Tesis número 5

Las colectivizaciones no podían tener ningún desarrollo futuro, si el Estado capitalista no era destruido.

Tesis número 6:

Mayo del 37 fue la derrota política del proletariado revolucionario más avanzado que necesitaba la contrarrevolución para pasar a la contraofensiva.

Tesis número 7

La institucionalización de la CNT tuvo importantes consecuencias, inevitables, en la propia naturaleza organizativa e ideológica de la CNT.

La excepcionalidad de la situación histórica, así como la urgencia de las decisiones a tomar impidieron un funcionamiento horizontal y asambleario en la CNT catalana. El Comité de comités dirigió la Organización desde el 23 de julio de 1936 hasta junio de 1937. La Comisión Asesora Política (CAP) desde junio de 1937 hasta marzo de 1938. Mientras tanto, en julio de 1937, se produjo la conversión de la FAI en un partido antifascista más, capaz de suministrar y adiestrar burócratas necesarios para asumir cargos de responsabilidad y mando. Finalmente, en un contexto de desbandada y derrumbe de los frentes, el elitista y autoelegido Comité Ejecutivo del Movimiento Libertario de Cataluña dirigió dictatorial y jerárquicamente la Organización desde abril hasta octubre de 1938, sin más horizonte que la militarización del trabajo y de la sociedad, así como de la propia Organización.

Los comités superiores, a principios de diciembre de 1936, vieron a los comités revolucionarios de barrio como a sus peores enemigos, [porque se negaban a seguir la consigna de entregar las armas al frente] y decidieron reducir sus funciones y controlar sindicalmente a sus secciones de defensa, hibernándolos en la práctica, hasta que en marzo de 1937 la formación del Cuerpo único de Seguridad, constituido por guardias de asalto y guardia civiles, y la amenaza de disolución de las Patrullas de Control, hizo necesaria su revitalización y rearme como preparación para un enfrentamiento inevitable, que desembocó en las Jornadas de Mayo.

La ideología de unidad antifascista, asumida e interiorizada por los comités superiores creó una comunidad de intereses y de objetivos de esos comités con el resto de organizaciones antifascistas. Esos comités superiores renunciaron a todos los principios anarcosindicalistas y revolucionarios, con el objetivo único de ganar la guerra.

La institucionalización de la CNT y la asunción de la ideología de unidad antifascista transformaron a los comités superiores en el peor enemigo de la (minoritaria) oposición revolucionaria cenetista, que estuvo muy cerca de provocar una escisión, que finalmente no se produjo a causa de la eliminación física, encarcelamiento o clandestinidad a que se vio sometida esa oposición por la represión estatal y estalinista. Represión que tuvo un carácter SELECTIVO, ya que estaba dirigida contra la minoría revolucionaria, al mismo tiempo que se intentaba asegurar la institucionalización de los comités superiores.

No era una traición, era una lucha de clases entre dirigentes y dirigidos, entre gobernantes o aspirantes a serlo y gobernados, entre burócratas y trabajadores.

El anarquismo de Estado quebró y demostró, además, su incapacidad en la defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores.

Tesis número 8

La militarización de las Milicias Antifascistas, junto con el decreto de Colectivizaciones y la disolución de los Comités locales marcaron el inicio y el curso de la contrarrevolución burguesa y de su reconquista del aparato estatal, que no había sido destruido.

La militarización de las Milicias, en el frente, no sólo suponía la pérdida de la dirección de la guerra por los obreros y la pérdida de cualquier objetivo revolucionario, sino que conllevaba además la militarización de la retaguardia, esto es, del Orden Público.

Y esa militarización de la retaguardia transformaba todas las relaciones sociales y políticas de poder, porque violencia y poder eran lo mismo. La militarización del Orden Público implicaba, además, un proceso de creciente desmovilización social, política y revolucionaria de los trabajadores.

En la oposición a la militarización de las Milicias Populares (decretada en octubre de 1936) destacó la cuarta agrupación de Gelsa de la Columna Durruti que, tras superar un conato de enfrentamiento armado con otras fuerzas de la Columna, partidarias de la militarización, decidió abandonar el frente (en febrero de 1937) y regresar a Barcelona, llevándose las armas. Eran ochocientos desertores, protagonistas de uno de los episodios de derrotismo revolucionario más bellos de la historia del proletariado.

Esos milicianos, junto con otros militantes cenetistas radicales, empeñados en la lucha existente en las empresas por la socialización, fundaron en marzo de 1937 la Agrupación de Los Amigos de Durruti, que llegó a alcanzar de cuatro a cinco mil adherentes y se constituyeron, en Cataluña, en una alternativa revolucionaria a los comités superiores (colaboracionistas) de la CNT-FAI.

De la violencia revolucionaria de los comités, considerada como desorden por la burguesía catalana y los estalinistas, se pasó, tras una transición que duró algunos meses, al orden burgués “de siempre”, en el que la violencia estaba monopolizada por los cuerpos represivos y antiobreros “de siempre”: guardia de asalto y guardia civil, unificados el 4 de marzo de 1937 en un Cuerpo único de Seguridad. Desde ese punto de vista, los Hechos de Mayo de 1937 fueron el episodio necesario y decisivo para que el aparato estatal consiguiera el absoluto monopolio de la violencia.

De la violencia revolucionaria de los comités, contra la burguesía, curas y fascistas, se pasó a la violencia represiva de las fuerzas burguesas del orden capitalista contra las minorías revolucionarias. Esa represión de la oposición revolucionaria cenetista (y de otras minorías revolucionarias) fue paralela y homóloga a la integración de los comités superiores en el aparato estatal (estuviesen o no en el gobierno). No se trataba de ninguna traición de los dirigentes a las bases, sino de las dos vertientes necesarias de un mismo proceso contrarrevolucionario: persecución de los revolucionarios e institucionalización de los comités superiores.

El orden público antifascista se fundamentaba en la unidad antifascista de todas las organizaciones con el objetivo único de ganar la guerra. Esa victoria militar implicaba y profundizaba la militarización de las Milicias, de las fuerzas del orden, del trabajo, de las relaciones sociales y la política. La guerra devoró a la revolución.

Tesis número 9

Del 12 al 24 de abril, la Federación Local de Grupos anarquistas, las JJLL y los comités de defensa de los barrios se prepararon para una insurrección, capaz de enfrentarse al progresivo avance represivo de la contrarrevolución. A mediados de abril Herrera y Escorza [por parte de CNT] negociaron con Companys un nuevo gobierno y una salida a la crisis gubernamental. Se iniciaron los primeros sumarios por “cementerios clandestinos”, que culpaban y encarcelaban a los miembros de los comités de las jornadas revolucionarias de julio. El 27 de abril de 1937, las autoridades de Bellver, apoyadas por el gobierno de la Generalidad y envalentonadas por la creciente invasión de carabineros en la Cerdaña, organizaron una emboscada para asesinar a Antonio Martín, desencadenando una ofensiva represiva contra los anarquistas en esa comarca. Los comités superiores creían que bastaría “con enseñar los dientes” al PSUC, ERC y la Generalidad, para detener su ofensiva represiva. Los comités de defensa de las barriadas de Barcelona desbordaron a los comités superiores, desencadenando el 3 de mayo una insurrección revolucionaria, que escapó a su control.

Desde junio de 1937, disueltas las Patrullas de Control, se asistió a una reconquista de las distintas localidades y comarcas por parte de las fuerzas de asalto y de la guardia civil, que aplicaron una represión brutal contra los cenetistas y muy especialmente contra los expatrulleros y los militantes más destacados. En muchos lugares la organización cenetista desapareció.

Esa represión del anarcosindicalismo fue acompañada por una actitud pasiva de los comités superiores, que optaron por una defensa individual y jurídica de los presos, en lugar de una defensa colectiva y política. Los millares de presos anarcosindicalistas exigieron a los comités superiores un mayor compromiso y solidaridad, que sólo consiguió que el CR de la CNT y el CR de la FAI accedieran a sacar una prensa clandestina, que realizó una campaña en favor de los presos.

El 9 de junio de 1937, Campos y Xena se enzarzaron en una bizantina discusión sobre si seguía existiendo, o no, el llamado Comité de Comités. A los pocos días, el 14 de junio se constituyó formalmente la Comisión Asesora Política (CAP), que no era más que una actualización del Comité de Comités surgido en julio de 1936. Las motivaciones eran idénticas, la necesidad de un organismo ejecutivo que tomara rápidamente las decisiones más importantes y urgentes. Pero ahora se añadía una nueva razón: que los comités de defensa NO volviesen a desbordar a los comités superiores, como había sucedido en mayo. Y para abastecer, controlar e impedir otro posible desbordamiento de los comités de defensa se creó el denominado Comité de Enlace, supeditado a la CAP.  

Tesis número 10

En julio de 1936, la cuestión esencial no fue la toma del poder (por una minoría de dirigentes anarquistas), sino la de coordinar, impulsar y profundizar la destrucción del Estado por esos comités. Los comités revolucionarios de barriada (y algunos de los comités locales) no hacían o dejaban de hacer la revolución: eran la revolución social.

Mientras los comités superiores convertían a la CNT en una organización antifascista más, dedicada a la recuperación y fortalecimiento del aparato estatal republicano; los comités revolucionarios tendían a asumir la tarea de destruir el Estado y a sustituirlo en todas sus funciones.

La destrucción del Estado por los comités revolucionarios era una tarea muy concreta y real, en la que esos comités asumían todas las tareas que el Estado desempeñaba antes de julio de 1936.

Faltó una agrupación dispuesta a defender esa autonomía proletaria, capaz de coordinar, extender y fortalecer esos comités revolucionarios: Los Amigos de Durruti la llamaron Junta Revolucionaria, pero no supieron ni pudieron ponerla en práctica, aunque en el cartel que distribuyeron a finales de abril de 1937 en Barcelona proponían decididamente la sustitución de la Generalidad por esa Junta Revolucionaria.

Tesis número 11

Frente a la alternativa fundamental entre capitalismo y revolución anticapitalista, la ideología burguesa ha presentado históricamente falsas alternativas destinadas a impedir que el proletariado se afirme como clase revolucionaria. En la España de los años treinta, esas alternativas fueron sucesivamente: en 1931, monarquía o república; en 1934, derecha o izquierda; y en 1936, fascismo o antifascismo.

La aceptación de la unidad antifascista subordinó la lucha de clases a la defensa del Estado republicano y de la democracia burguesa. Al aceptar el marco político impuesto por el antifascismo, el proletariado renunció a afirmar su propia autonomía revolucionaria y permitió que la guerra contra el fascismo se convirtiera en el instrumento político de la reconstrucción del Estado capitalista y de la derrota de la revolución social.

El debate

Las once tesis fueron el punto de partida de un intenso debate, imposible de recoger aquí en toda su variedad y riqueza. Sin embargo, las intervenciones, críticas, acuerdos y desacuerdos suscitados en Bujaraloz permitieron volver sobre las once tesis y confrontarlas con las distintas interpretaciones de la experiencia revolucionaria catalana de 1936-1937. Y el debate se centró finalmente en un tema fundamental: la cuestión del poder.

La revolución catalana de 1936 no fue una simple promesa incumplida ni una experiencia anulada desde el principio por la guerra. Los sindicatos expropiaron sistemáticamente las fábricas e iniciaron la transformación de la industria catalana en industria de guerra. Los trabajadores crearon comités, colectividades, milicias y organismos capaces de asumir funciones que hasta entonces correspondían al Estado y a la propiedad capitalista. La revolución existió, por tanto, como una realidad social y material. Precisamente por eso, su derrota plantea una pregunta que el movimiento anarquista no puede eludir: ¿cómo defender y extender una revolución que rechaza la conquista del poder estatal, pero que se enfrenta inevitablemente a la cuestión de quién organiza, coordina y defiende el poder real surgido de la revolución?

Aquí aparece la contradicción fundamental. El anarcosindicalismo había rechazado —con razones históricas y teóricas poderosas— la conquista del Estado y la formación de una nueva clase dirigente. Pero el rechazo del poder estatal no resolvía automáticamente el problema del poder existente en la calle: el inmenso poder real de unos sindicatos que expropiaban fábricas, que formaban un ejército de trabajadores voluntarios y que gestionaban una ciudad [como Barcelona] de más de un millón de habitantes, y por extensión toda Cataluña. La destrucción parcial de las estructuras estatales abrió un espacio revolucionario que los comités ocuparon de hecho, aunque sin llegar a coordinarse y constituirse en una estructura capaz de sustituir definitivamente las funciones del Estado y defender la autonomía obrera conquistada. La cuestión no era, por tanto, conquistar el Estado, sino impedir que el Estado se reconstruyera sobre las ruinas de la revolución, y ejercer ese inmenso poder sindical y de los comités, capaz de expropiar fábricas, levantar un ejército o gestionar una región.

La resistencia a plantear esta cuestión tuvo diversas causas. Existía, en primer lugar, una profunda desconfianza —justificada por la experiencia histórica— hacia cualquier centralización que pudiera convertirse en autoridad separada, burocracia o nuevo poder sobre los trabajadores. Pero esa resistencia podía conducir a una contradicción: identificar toda coordinación, toda centralización de funciones o toda organización política común con la creación de un nuevo Estado, y dejar así sin respuesta la necesidad de coordinar y defender una revolución que ya había creado sus propios organismos de poder social: los comités.

También pesaba la tradición antipolítica y antiestatal anarquista, así como la confianza en que la extensión de las colectividades y de la organización sindical bastaría para resolver por sí misma el problema revolucionario. Sin embargo, la experiencia de 1936 mostró que la transformación de las relaciones económicas y sociales no podía separarse de la cuestión de la fuerza, la coordinación y la dirección política del proceso revolucionario. Allí donde el Estado no había sido destruido, conservaba la posibilidad de reconstruirse. Y allí donde la revolución no consiguió coordinar sus propios organismos, otros poderes ocuparon ese espacio.

La colaboración antifascista fue la forma política concreta que permitió resolver esa contradicción en favor del Estado. En nombre de la unidad, de la guerra y de la necesidad de vencer al fascismo, la revolución aceptó compartir el poder con fuerzas que tenían intereses distintos y, finalmente, antagónicos. Los comités superiores de la CNT-FAI fueron integrándose progresivamente en esa lógica, mientras los organismos revolucionarios que conservaban mayor autonomía eran subordinados, desarmados o reprimidos. La cuestión del poder no desapareció: fue resuelta por la reconstrucción del poder estatal y por la subordinación de la autonomía revolucionaria.

La lección de 1936 no consiste, por tanto, en sustituir el anarquismo por una teoría de la conquista del poder ni en convertir los organismos revolucionarios en un nuevo Estado. Consiste en comprender que una revolución libertaria necesita formas propias de poder social: órganos de decisión, coordinación y defensa sometidos al control directo de los trabajadores y vinculados a la transformación revolucionaria de la sociedad. La cuestión decisiva no es quién ocupa el Estado, sino qué organismos pueden impedir que el Estado, el capital y las burocracias recuperen el control de la revolución para anularla.

La experiencia catalana dejó abierta esta contradicción. Los comités fueron capaces de transformar la vida social y expropiar sistemáticamente las fábricas, pero no lograron coordinarse para defender y extender esa transformación. El anarquismo revolucionario poseía una fuerza social extraordinaria, pero encontró enormes dificultades para traducir su rechazo de la autoridad en una estrategia capaz de afrontar el problema del poder real. La revolución no fue derrotada porque la emancipación libertaria fuera imposible, sino porque no consiguió resolver políticamente la relación entre autonomía, coordinación, autoridad revolucionaria y poder social.

Noventa años después, el problema continúa siendo incómodo. Una revolución que se limita a ocupar espacios económicos o sociales, pero que no impide la reconstrucción del poder estatal, puede ver cómo sus conquistas son recuperadas. Pero una revolución que crea un poder separado de la sociedad corre el riesgo de reproducir aquello que pretendía destruir. Entre ambos peligros —la impotencia ante la reconstrucción del Estado y la transformación de la revolución en un nuevo poder de dominación— se encuentra uno de los problemas fundamentales de toda revolución libertaria.

La historia no ofrece modelos acabados ni soluciones garantizadas. La experiencia de 1936 tampoco permite convertir la derrota en una doctrina. Pero sí obliga a pensar. La revolución catalana demostró que la autonomía social puede existir y transformar profundamente la vida colectiva. Su derrota mostró que esa autonomía necesita coordinarse, defenderse y extenderse sin convertirse en un poder separado de quienes la sostienen.

Ésa es, quizás, la cuestión que el debate de Bujaraloz deja abierta: cómo destruir el poder del Estado sin reproducirlo, cómo construir una fuerza revolucionaria sin convertirla en una autoridad separada y cómo coordinar la autonomía obrera sin destruirla. La revolución de 1936 no resolvió esas contradicciones. Precisamente por eso sigue siendo una experiencia viva para quienes, desde el anarquismo, continuamos buscando una revolución capaz de vencer sin dejar de ser libertaria, con el objetivo  irrenunciable y necesario de destruir el Estado y superar el capitalismo.

Las conclusiones que siguen no pretenden clausurar ese debate, diverso, plural e inabarcable, sino recoger su cuestión central: la relación entre revolución social, autonomía proletaria y cuestión del poder.

Conclusiones del debate: las once tesis y la cuestión del poder

Estas conclusiones son una síntesis abierta de las distintas posiciones y  contradicciones que el propio debate puso de manifiesto.

La situación revolucionaria catalana de 1936-1937 hizo realidad una de las experiencias de autoorganización y autogestión más importantes, profundas y extensas de la historia del movimiento obrero. Su derrota no puede explicarse únicamente por la superioridad militar de sus enemigos ni por las circunstancias excepcionales de la guerra. La cuestión decisiva fue política: el proletariado revolucionario fue incapaz de transformar la descomposición inicial del poder estatal y la extraordinaria fuerza de sus comités en una estructura capaz de coordinar, extender y consolidar su propio poder, destruyendo definitivamente el Estado capitalista. Fue derrotada porque el proletariado no destruyó el Estado capitalista ni logró organizar y defender su propio poder revolucionario.

La revolución abrió, durante un breve período, la posibilidad concreta de reorganizar la sociedad sobre bases anticapitalistas y de sustituir las instituciones tradicionales por organismos surgidos directamente de la acción de los trabajadores. Sin embargo, la política de colaboración de clases, la aceptación de la unidad antifascista, la institucionalización de las organizaciones obreras y la subordinación de la revolución a las necesidades de la guerra permitieron la reconstrucción progresiva del aparato estatal y el avance de la contrarrevolución.

Sin teoría no hay revolución, y no tomar el poder significó dejarlo en manos del Estado capitalista. Para la Agrupación de los Amigos de Durruti el CCMA fue un órgano de colaboración de clases, y sólo sirvió para apuntalar y fortalecer al Estado burgués. De ahí la necesidad de constituir una Junta Revolucionaria, considerada como un órgano de la clase, capaz de coordinar, centralizar y fortalecer el poder de los múltiples comités obreros, locales, de defensa, de empresa, milicianos, etcétera. Un poder atomizado en múltiples comités, que “usurpaban” localmente todo el poder, pero que al no federarse, centralizarse y fortalecerse entre sí, fueron canalizados, debilitados y transformados por el CCMA en ayuntamientos frentepopulistas, direcciones de empresas sindicalizadas y batallones de un ejército republicano. Sin la destrucción total del Estado capitalista, las jornadas revolucionarias de julio de 1936 no podían dar paso a una nueva estructura de poder obrero.

La lección fundamental de la revolución de julio de 1936 no reside únicamente en señalar errores, responsabilidades o derrotas, sino en comprender la relación inseparable entre la revolución social y la cuestión del poder. Una revolución que no destruye las estructuras estatales existentes y que no crea sus propios órganos de poder queda expuesta a la recuperación de sus conquistas por las fuerzas contrarrevolucionarias. La autonomía proletaria no puede limitarse a la ocupación de fábricas, tierras o espacios sociales: necesita también una capacidad política organizada para defenderse y avanzar.

Por ello, la experiencia revolucionaria de Cataluña en 1936-1937 conserva toda su vigencia. No como un modelo acabado que deba idealizarse o reproducirse mecánicamente, sino como una experiencia histórica de la que extraer lecciones. Su derrota no demuestra que la emancipación social sea imposible; demuestra que una revolución que renuncia a destruir el Estado y subordina su autonomía a la colaboración de clases acaba permitiendo la restauración del poder del Estado, del capital y de las burocracias.

La historia no ofrece garantías ni recetas, pero permite reconocer las razones por las que finalmente fue derrotada. En ese sentido, estudiar la revolución y la contrarrevolución en Cataluña no es un ejercicio de nostalgia o erudición, sino una tarea de crítica histórica y de aprendizaje político. El pasado solo puede servir al futuro si se lo comprende en toda su complejidad, sin mitos ni silencios, para que las derrotas del proletariado no sean simplemente recordadas, sino también pensadas. La revolución de 1936 fue derrotada. La próxima no podrá permitirse ignorar por qué.

Agustín Guillamón

Bujaraloz, 25 de julio de 2026

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[Poema y audio] Un poeta nunca se rinde

27 Julio 2026 at 18:55
Por: pegasus

Audio creado con inteligencia artificial a partir del poema Un poeta nunca se rinde del autor Miguel Rojo.

Con honda pena
recibo la noticia,
un poeta nos deja,
un amigo se marcha

Un poeta que está cansado
de ir y venir de aquí para allá,
blandiendo su blanca bandera,
de entregarse a diario
con su verso combativo

Le duele el alma,
las entrañas… la boca,
de repetir sin pausa
con su voz guerrera
sin percibir el eco esperado

Harto está el poeta
de esta sociedad cómoda,
de rutina encadenada,
de cobarde y amoral prudencia…
Sin atisbo de humanidad.
De insoportable tufo a gangrena

Más que harto está el poeta
de los que tienen al prójimo preso,
paralizado su pensamiento,
al súbdito secuestrado
militante en la cofradía
de los de aquí-nunca-pasa-nada

…Que se cubren con un manto…
¡el manto de la indiferencia!

Asqueado del mundo
ha dicho… Yo me apeo
El poeta hoy se quiere ermitaño,
buscar en el silencio un refugio

Poeta… ¡Poeta!
Ahora uno de los tuyos te habla….
Presta atención poeta…

… entiendo que estés cansado,
tu desesperación, tu agobio,
comprendo que te des un respiro,
que te tomes un tiempo de retiro…

….. pero tienes que regresar.
Los que te esperan son muchos
No puedes defraudarlos

Un poeta no puede rendirse…
porque rendirse es renunciar
y renunciar morir
en las cárceles del silencio

Piensa… ¡Piensa poeta!
aunque a veces la rabia,
la confusión por la perplejidad
nos reviente la cabeza

Piensa poeta…
Látigo para los tiranos…
los cancilleres torpes y lentos,
acomodaticios y descarados…

azote para los síndicos organizados
confabulados con el Mal
que no les duele el pecado…
por su omisión perversa y continua

Piensa en los inocentes…
en estos tiempos de locura genocida
que sigue arrasando a un Pueblo
víctimas para las que no hay piedad
amparo, límites ni tregua
¡Sin que nadie tanto horror detenga! …
.
… piensa en esa madre
a quien el hambre
ha matado a su pequeño…
entre sus brazos temblorosos,
un alma cándida y limpia
se aferra a su cuerpo… aún caliente,
Implorante eleva su mirada al Cielo
preguntándose una y otra vez
¿Por qué? ¿Por qué?

¡Poeta! …voz de los sin voz,
de los oprimidos, los olvidados…
de los que se sienten ciudadanos
Su grito no puede ser ahogado…
¡Tienes que volver!
No puedes dejar tantos huérfanos.

Que no haga mella en ti el desánimo
Camina con fe en el propósito
Esta lucha, poeta, es tenaz y larga
Exige transitar a nuestra manera
con elegante sabiduría,
paciente, discreta,
desafiante y digna,
ajena a la apatía

Un brigadista de la resistencia
no puede perder el entusiasmo,
renunciar a sus ideales,
abandonar sus sueños.

Un brigadista…
¡no puede desertar!!…

….. en tiempos tan aciagos
los barcos de la esperanza
no pueden arriar velas…
Tampoco quedarse su flota
sin grumetes ni capitanes
sin músicos… sin violines…

Miguel ROJO
Un poeta nunca se rinde
(V. 20 Julio 2026)

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[Vídeo] Sobre el criminal «científico» Antonio Vallejo-Nágera

23 Julio 2026 at 18:24
Por: pegasus

Acaban de retirar, transcurrido ya más de un cuarto del siglo XXI, los honores (o algo similar) a Antonio Vallejo-Nágera, el que tiene el grandioso honor de ser considerado “el mengele español”. Efectivamente, este médico y comandante militar puso todo su talento al servicio del fascismo hispano con prestigiosos cargos durante la cruenta dictadura franquista, puede decirse que fue una de las personalidades que se esforzó en garantizar el horror del orden instituido. Que haya tenido que pasar más de medio siglo desde la muerte del genocida Franco, y después de varias décadas de supuesta democracia, para que se anule el “prestigio” institucional de tantas figuras y se insista en lo moralmente evidente, dice mucho de esa pertinaz farsa que fue la Transición y de esas ataduras que sigue teniendo el sistema político, económico y también científico al llamado Régimen del 78. Sin embargo, echemos un vistazo a la historia reciente.

Capi Vidal

https://reflexionesdesdeanarres.blogspot.com

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(Ex)Presión Nº 157

23 Julio 2026 at 18:00
Por: pegasus

Hace cincuenta años, Soweto 1976: el principio del fin del apartheid

El 16 de junio de 1976, en Soweto, un barrio marginal de Johannesburgo, miles de estudiantes negros de secundaria salieron a las calles para protestar contra la imposición del afrikáans como lengua de enseñanza obligatoria para las poblaciones denominadas «bantúes». La policía abrió fuego. Héctor Pieterson, de 12 años, cayó abatido por las balas. Su muerte, inmortalizada en una fotografía que se ha convertido en icónica, marcó el inicio de una revuelta que sacudiría el régimen del apartheid.

La Sudáfrica de los años 70 era un laboratorio de opresión sistémica. Desde 1948, el Partido Nacional (nacionalismo afrikáner) había institucionalizado la segregación racial bajo el nombre de Apartheid (literalmente, «separación»), que oficialmente era una política de desarrollo separado entre comunidades raciales autónomas. Las personas negras, que representaban el 70 % de la población, se veían privadas de derehos políticos.

Las personas asignadas a zonas reservadas y fuera de ellas se encuentran confinadas en municipios superpoblados y quedan sujetas a un sistema de pases (pasaporte interior) que limita sus desplazamientos.

Por su parte, la economía estaba racializada: los hombres y mujeres blancas controlaban tierras, fábricas, bancos y, especialmente, las minas de oro y diamantes. Las personas negras se veían relegadas a los trabajos más penosos y peor remunerados. En Soweto, el desempleo afecta al 40 % de la población y los salarios medios de las personas negras ¡son diez veces inferiores a los de las personas blancas! El sistema del apartheid fue, de he-cho, la sistematización de un sistema político-económico racista creado para beneficiar a los mineros afrikáneres y, de manera más general, de los «blancos de clase baja» desde las primeras décadas del siglo XX en la región de Johannesburgo, en particular mediante la Ley de la Barrera de Color (Colour Bar Act), que establecía una cuota de puestos de trabajo reservados (y mejor remunerados) exclusivamente para los blancos, sobre todo en las minas.

El régimen del apartheid se consolidó mediante una serie de leyes aprobadas a partir de 1948, que privaron progresivamente a las personas negras de todos sus derechos políticos y sociales.

…/…

(EX) PRESIÓN

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19 de julio, 90 años de la utopía vivida

20 Julio 2026 at 18:40
Por: pegasus

A pesar de todos los inconvenientes y torpezas, la revolución española tuvo el acierto de realizarse a sí misma. La obra revolucionaria de las colectivizaciones será su huella indeleble en el espacio y el tiempo.

José Peirats.

El golpe de estado del 17-18 de julio de 1936 y la guerra que se prolongó oficialmente hasta el 1 de abril de 1939, constituye uno de los hechos más reinterpretados de la historia de España, si nos atenemos a la cuestión puramente bélica. Pero si hablamos del proceso revolucionario que surgió y acompañó durante todo el conflicto, el silencio se impone de tal manera que, noventa años después, continúa siendo desconocido para una inmensa mayoría.

El 19 de julio de 1936, pocas horas después de la sublevación militar, las trabajadoras y trabajadores de las organizaciones obreras se echaron a las calles de Barcelona y de otras capitales de provincia, pero también en muchas ciudades y pueblos de España para parar el golpe militar. Su determinación frustró, en un principio, las intenciones criminales de un ejército bregado en las guerras coloniales del Rif y el norte de África.

No hay que olvidar que el golpe de estado, fue una conspiración militar y política auspiciada desde las clases privilegiadas; la oligarquía económica y aristocrática: grandes empresarios, rentistas, latifundistas y grandes propietarios de tierra, la élite de la iglesia católica y la derecha política más reaccionaria. Y que contó con el apoyo de los regímenes fascista italiano y nazi alemán, una ayuda que llegó mucho antes del inicio del golpe de estado; con grandes sumas de dinero, material de guerra, además de asesoramiento militar y de los servicios de inteligencia.

Hoy continuamos rememorando los heroicos sucesos insurreccionales que consiguieron poner de rodillas a todo un ejército bien armado, pero también la Revolución Social que el pueblo trabajador protagonizó a partir de entonces. Lo acontecido en la España de aquellos años, representa uno de los mayores logros sociales de la historia reciente. En aquel breve espacio de tiempo, y en plena guerra, se desarrollaron muchas de las formulas organizativas y económicas, promulgadas por el anarquismo y el anarcosindicalismo.

En buena parte de la geografía leal a la República, en ciudades como Barcelona, Madrid, Valencia, municipios medianos, pero también en grandes zonas rurales de Aragón, Castilla, Cataluña y Levante, las instituciones del Estado quedaron incautadas, ayuntamientos y gobiernos territoriales, pero también los estamentos armados y el propio ejército, quedaron supeditadas a la voluntad popular. Se organizaron Columnas de milician@s, con obrer@s voluntari@s, embrión del Ejército Popular de la República, que fueron las que consiguieron parar el avance del ejército fascista, determinando y delimitando los diferentes frentes de guerra.

Surgieron organismos revolucionarios como los Comités Revolucionarios Locales, primero, los Consejos Municipales después. A nivel regional se crearon estructuras más grandes como el Comité de Milicias de Cataluña o el Consejo de Aragón, entre otros. Se socializaron los medios de producción, la propiedad de la tierra se colectivizó, también la industria; fábricas, talleres etc. La economía quedó bajo control obrero. La experiencia organizativa, proveniente en gran medida, del Movimiento Libertario, contribuyó a realizar grandes transformaciones sociales, dando prioridad, a los exiguos servicios de salud, asilo social a las personas mayores, huérfanos y refugiad@s de guerra. Destacar que todo lo relacionado con la cultura tuvo una especial atención por la Revolución, priorizando la enseñanza; se dio impulso a la frágil infraestructura creada recientemente por la República, además de organizar un sistema educativo propio, creando escuelas donde eran inexistentes. También el cine y el teatro fueron muy cuidados, favoreciendo la llegada, de estas artes, a las zonas rurales y pueblos más recónditos, y toda una red de bibliotecas públicas, como la que se creó en Fraga, la primera en la historia de la ciudad. 

Por esa razón desde el Movimiento Libertario hemos mantenido siempre viva la memoria, insistiendo en el recuerdo de la Revolución Social del 19 de Julio de 1936, algún@s lo hacemos alejados de la autocomplacencia y de cualquier dogma. Estudiamos sus aciertos y errores; aprendiendo de lo que es capaz de alcanzar la clase trabajadora cuando toma conciencia y se organiza; cuando lo hace por un bien común, al margen de cualquier estructura de poder y poniendo en cuestión las decisiones de las burocracias y jefes sobrevenidos.

El anarquismo está muy enraizado en España. El orgullo, la resistencia, son valores propios de nuestra gente. Entre nosotr@s, la anarquía es una actitud natural que nace de la rebeldía ante la injusticia. No es una teoría. El ser humano de cualquier época tendrá siempre ese espíritu de rebeldía. Abel Paz

Desde las Tierras Bajas del Cinca

Fraga 14 Julio 2026

Centro de Estudios Libertarios José Alberola

https://centrodeestudioslibertariosjalberola.blogspot.com

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[Poema y audio] La guerra… ¡Qué gran industria!

20 Julio 2026 at 18:29
Por: pegasus

Audio creado con inteligencia artificial a partir del poema La guerra… ¡Qué gran industria! del autor Miguel Rojo.

La guerra…
la industria de la guerra
la que trae la muerte
que violentamente
arrebata la vida…

…muerte y más muerte
que no viene callando
sino con su estruendo absurdo…
el estruendo de las armas
que arrasan en su camino

La guerra…
¡Qué gran industria!

Gobiernos cómplices
Tolerantes, sonrientes
Tontos útiles…
sin escrúpulos ni miramientos

La guerra
¡Qué gran industria!

Políticos ambiguos
en tiempos pasados
y también ahora
sin moral ni peso
permisivos con lo que sea

La guerra…
¡Qué gran industria!

Discretos traficantes
mercaderes astutos
ocultos en la sombra
manejan a sus títeres…

La guerra…
¡Qué gran industria!

Comunicadores estrella
prensa prostituida
bufones, payasos…
disfrazan la verdad
abundan en el engaño
alimentan la codicia
de fortunas millonarias
sacos sin fondo…
caudales sucios

La guerra…
¡Qué gran industria!

Conflictos armados por decenas
Un sin fin de víctimas
Ríos de sangre… Mares de tinta
Montañas de mentiras

La guerra…
¡Qué gran industria!

Déspotas consentidos
aplaudidos en sus éxitos…
hazañas bélicas

En sus tronos de horrores
cada día más afianzados

La guerra…
¡Qué gran industria!

Un mundo pasivo
que no se conmueve
Silencio cobarde
para los inocentes
que a diario matan
las bombas asesinas

La guerra…
¡Qué gran industria!

Un mundo enloquecido
angustiante para muchos…
asediados en un infierno
sin más alternativa
que existir sin vivir

La guerra…
¡Qué gran industria!

Un mundo cruel
Inmisericorde
Inhumano…
Sin orden ni freno
de agónica decencia

La guerra…
¡Qué gran industria!

Crímenes contra la humanidad
en todo el planeta
Atrás quedan los cementerios…
Miles y miles de tumbas

La guerra…
¡Qué gran industria!

Un mundo de despiadados
huérfano de inteligencia
donde sólo los idiotas
parece que son felices…
esos burdos animales…
animales de apetitos

La guerra…
¡Qué gran industria!

guerra

La guerra… ¡Qué gran industria!
Miguel ROJO. 09/ Marzo. 2026
(Canciones rebeldes)

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Más proletariado y menos obituarios: del fin de la clase obrera a su reconstrucción

13 Julio 2026 at 18:13
Por: pegasus

Introducción

Durante décadas, parte del pensamiento crítico ha sostenido que el proletariado ha dejado de ocupar la posición histórica que desempeñó durante el largo ciclo del movimiento obrero, aproximadamente desde mediados del siglo XIX hasta la crisis del capitalismo fordista en los años setenta del siglo XX. La desindustrialización de las economías occidentales, la fragmentación del trabajo, la expansión del sector servicios, la precarización del empleo, la individualización de las relaciones laborales y la integración creciente de la vida social en la lógica del consumo han llevado a cuestionar la vigencia de la política de clase como horizonte estratégico de la emancipación.

En el ámbito libertario, la discusión es especialmente intensa. Autores como Tomás Ibáñez y Miquel Amorós argumentan que las profundas transformaciones del capitalismo han erosionado las condiciones históricas que hicieron posible el movimiento obrero clásico. La desaparición de la cultura obrera, la integración institucional de las organizaciones sindicales, la disolución de las antiguas comunidades de trabajo y de barrio y la creciente colonización mercantil de la existencia habrían privado al proletariado de la centralidad política que desempeñó durante más de un siglo. La cuestión ya no sería únicamente la derrota de determinadas organizaciones, sino el agotamiento de un ciclo histórico en el que la clase trabajadora pudo constituirse como sujeto revolucionario.

El diagnóstico contiene elementos difíciles de discutir. Resulta evidente que el capitalismo contemporáneo ha transformado profundamente las condiciones de producción, la composición del trabajo asalariado y las formas tradicionales de organización de la clase obrera. También parece indudable que las experiencias históricas del movimiento obrero —socialdemócratas, comunistas, consejistas, sindicalistas revolucionarias y anarquistas— pertenecen a un contexto histórico que no puede reproducirse mecánicamente. Quien pretenda reconstruir las formas organizativas del siglo XX ignorando las mutaciones del capitalismo global caerá inevitablemente en el anacronismo.

Sin embargo, de estas constataciones no se desprende necesariamente la conclusión de que el proletariado haya dejado de constituir el sujeto potencial de una transformación revolucionaria. Entre el reconocimiento de una derrota histórica y la afirmación de una imposibilidad histórica existe una diferencia decisiva. Que las formas políticas mediante las cuales el proletariado actuó durante un determinado período hayan entrado en crisis no implica que hayan desaparecido las relaciones sociales que hicieron posible su aparición. Menos aún autoriza a concluir que la contradicción entre capital y trabajo haya perdido su carácter estructurante dentro del capitalismo contemporáneo.

La hipótesis que orienta este artículo es precisamente la contraria. La reorganización mundial del capitalismo iniciada en la década de 1970 no ha eliminado el fundamento material del proletariado, sino que lo ha transformado y ampliado a una escala desconocida hasta entonces. La desindustrialización relativa de Europa y Norteamérica ha coincidido con una extraordinaria expansión del trabajo asalariado en Asia, América Latina, África y Europa oriental; la fragmentación de los procesos productivos ha ido acompañada por una integración cada vez más intensa del mercado mundial; y la diversificación de las formas de empleo no ha reducido la dependencia salarial, sino que la ha extendido a nuevos sectores de la población.

Es crucial distinguir dos planos: crisis de conciencia de clase,  organizaciones obreras y formas históricas de la política proletaria, por un lado, y, por otro, la persistencia de condiciones objetivas que hacen posible la existencia de una clase definida por la necesidad de vender su fuerza de trabajo para vivir.

El propósito de este trabajo no consiste, por tanto, en negar la profundidad de la derrota sufrida por el movimiento obrero durante las últimas décadas ni en idealizar unas formas de organización cuya crisis es evidente. Tampoco pretende defender una concepción esencialista del proletariado como sujeto predestinado de la historia. Su objetivo es más limitado, pero también más preciso: examinar si las transformaciones experimentadas por el capitalismo justifican realmente la conclusión de que la clase trabajadora ha perdido definitivamente toda potencialidad revolucionaria o si, por el contrario, la crisis afecta principalmente a las formas históricas de su organización y no a la posición estructural que continúa ocupando dentro de las relaciones de producción.

Responder a esta cuestión exige desplazar el análisis desde el espacio restringido de las sociedades occidentales hacia el capitalismo mundial realmente existente. Sólo desde esa perspectiva resulta posible valorar hasta qué punto la expansión planetaria del trabajo asalariado, las nuevas migraciones internacionales, la reorganización de las cadenas globales de producción y la aparición de nuevas formas de explotación modifican —o confirman— la hipótesis clásica según la cual la contradicción entre capital y trabajo continúa constituyendo el eje fundamental de las sociedades capitalistas.

El capitalismo tardío, obsoleto en su promesa de bienestar general, se aferra a la supervivencia mediante una deriva hacia la economía de guerra. Cuando la rentabilidad de la producción civil se agota, se reactivan ciclos de gasto militar, priorización de la seguridad y excepcionalidad permanente que disciplinan a la sociedad y reconfiguran las prioridades públicas. Este régimen, criminal en sus efectos, externaliza costes —ambientales, humanos y democráticos— mientras convierte el miedo y el conflicto en nuevos nichos de acumulación. En ese horizonte, la precarización del trabajo y la disolución del papel del proletariado como sujeto político no son fallos del sistema, sino condiciones de posibilidad para un modelo que necesita población disponible, desorganizada y vigilada, al servicio de una maquinaria que produce valor a través de la destrucción.

El proletariado como relación social y no como figura histórica

El debate sobre la vigencia del proletariado suele partir de los cambios del capitalismo contemporáneo para luego extraer conclusiones sociológicas. Conviene, antes, fijar el concepto: el proletariado no es una figura histórica particular —el obrero fabril fordista— sino una posición en las relaciones sociales de producción.

Desde este punto de vista, resulta significativo que buena parte de las tesis sobre la crisis del proletariado tomen como referencia una figura histórica muy concreta: el obrero industrial, concentrado en grandes establecimientos fabriles, organizado sindicalmente, integrado en barrios obreros relativamente homogéneos y portador de una cultura colectiva construida a lo largo de más de un siglo de luchas sociales. Esa figura existió y desempeñó un papel decisivo en la historia del movimiento obrero europeo. Pero identificarla con el proletariado en cuanto tal supone convertir una experiencia histórica determinada en una definición universal.

Marx nunca procedió de ese modo. A lo largo de El capital, la condición proletaria no aparece caracterizada por un oficio, una rama industrial o una forma específica de organización del trabajo. Lo que define al proletario es su posición dentro de las relaciones sociales de producción. El trabajador es proletario porque carece de medios propios para producir y reproducir su existencia y, por ello, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo al propietario del capital. Esta definición posee un grado de abstracción suficiente para abarcar formas de trabajo extraordinariamente diversas y explica, precisamente por ello, la enorme capacidad de adaptación del capitalismo a contextos históricos cambiantes.

La distinción no es un simple problema terminológico. De ella depende toda la interpretación posterior. Si se identifica el proletariado con la gran clase obrera industrial surgida durante el capitalismo fordista, resulta relativamente sencillo concluir que hoy nos encontramos ante su declive. Si, por el contrario, se entiende el proletariado como una relación social determinada por la dependencia salarial y la expropiación de los medios de producción, entonces la cuestión cambia completamente de naturaleza. Ya no se trata de preguntar si la vieja figura del obrero industrial continúa siendo mayoritaria, sino de averiguar si el desarrollo del capitalismo ha reducido o ampliado el número de personas cuya existencia depende de la venta de su fuerza de trabajo.

La respuesta parece bastante clara. Durante las últimas cinco décadas, el capitalismo ha conocido una expansión extraordinaria de las relaciones salariales. No porque haya mejorado las condiciones de vida de quienes trabajan, sino porque ha incorporado a la producción mercantil regiones enteras del planeta que hasta entonces permanecían parcialmente al margen de ella. El proceso de urbanización acelerada que ha acompañado a la globalización económica constituye, probablemente, el mayor movimiento de proletarización de toda la historia.

Conviene detenerse un momento en este aspecto, porque suele quedar oscurecido por una mirada excesivamente centrada en la experiencia europea. Desde finales de los años setenta, cientos de millones de campesinos abandonaron las economías rurales para incorporarse a la producción capitalista. La industrialización de China representa el ejemplo más conocido, pero no el único. Procesos similares, aunque de menor intensidad, pueden observarse en Vietnam, Bangladés, India, Indonesia, México o Etiopía. En todos estos casos, asistimos a la formación de enormes concentraciones de trabajadores asalariados cuya existencia social responde exactamente a la definición clásica del proletariado.

Lo que desaparece, por tanto, no es el proletariado, sino una determinada geografía industrial. La deslocalización productiva suele interpretarse desde Europa como un fenómeno de desindustrialización, cuando en realidad constituye una redistribución internacional de la producción. Las fábricas que cerraban en el norte del continente reaparecían, ampliadas en muchos casos, en el delta del río Perla, en las zonas económicas especiales chinas, en los corredores industriales del sudeste asiático o en las maquilas centroamericanas. El capital abandonaba unos territorios para instalarse en otros, pero seguía dependiendo del trabajo asalariado como condición indispensable de su valorización.

Este desplazamiento geográfico tiene consecuencias importantes para la teoría social. Si el análisis permanece encerrado dentro de las fronteras europeas, la impresión de que el proletariado se desvanece resulta comprensible. Los viejos barrios obreros desaparecen, las grandes factorías reducen plantilla, los sindicatos pierden afiliados y el empleo industrial deja paso a actividades terciarias. Sin embargo, esa imagen cambia radicalmente cuando el marco de observación deja de ser nacional o continental y pasa a ser mundial. Lo que aparece entonces no es una reducción de la clase trabajadora, sino su extraordinaria expansión, acompañada de una reorganización profunda de la división internacional del trabajo.

En este punto conviene introducir una matización importante. Reconocer que el proletariado ha aumentado numéricamente no significa negar que hayan cambiado las condiciones bajo las cuales puede constituirse como sujeto político. Sería absurdo ignorar que la fragmentación productiva, la precarización del empleo, la individualización de las relaciones laborales o la dispersión territorial dificultan enormemente la construcción de organizaciones estables y de identidades colectivas comparables a las que caracterizaron al movimiento obrero clásico. Pero, precisamente por ello, resulta necesario distinguir cuidadosamente entre la existencia objetiva de una clase y las formas históricas que adopta su organización política.

La confusión entre ambos planos ha acompañado con frecuencia las discusiones de las últimas décadas. Allí donde desaparecen las viejas organizaciones obreras, se tiende a concluir que ha desaparecido también la clase que las hizo posibles. Sin embargo, la relación puede formularse exactamente al revés. Quizás lo que ha entrado en crisis no sea el proletariado, sino las formas organizativas heredadas de una fase determinada del desarrollo capitalista. Si esta hipótesis fuera correcta, el problema político dejaría de consistir en encontrar un nuevo sujeto revolucionario y pasaría a ser el de comprender cómo puede reorganizarse una clase que continúa existiendo bajo condiciones profundamente modificadas.

Esta cuestión nos conduce directamente al núcleo del debate. Porque, en realidad, la discusión no gira únicamente en torno a la sociología del trabajo contemporáneo. Lo que está en juego es la interpretación misma de la derrota histórica sufrida por el movimiento obrero durante las últimas décadas. Y es precisamente ahí donde las tesis de Ibáñez y Amorós muestran, a mi juicio, sus principales limitaciones.

La derrota del movimiento obrero y la ilusión de su desaparición

La cuestión adquiere un relieve diferente cuando se deja de considerar únicamente la evolución del trabajo asalariado y se examina la trayectoria histórica del movimiento obrero. Es aquí donde, probablemente, reside el origen del diagnóstico pesimista que recorre buena parte del pensamiento crítico contemporáneo. Porque resulta difícil negar que las organizaciones que durante más de un siglo articularon la experiencia política de la clase trabajadora atraviesan una crisis de enorme profundidad. Los grandes sindicatos se han institucionalizado, los partidos obreros han abandonado hace tiempo cualquier horizonte de transformación social, la cultura proletaria que caracterizó amplias zonas industriales prácticamente ha desaparecido y las sucesivas derrotas sufridas desde finales de los años setenta han debilitado la confianza en la capacidad del conflicto social para alterar el curso del capitalismo.

Todo ello constituye un hecho histórico que ninguna interpretación seria puede ignorar. Sin embargo, reconocer esa derrota no obliga necesariamente a aceptar las conclusiones que con frecuencia se derivan de ella. Entre la constatación de una derrota política y la afirmación de que el proletariado ha dejado de ocupar un lugar central en el capitalismo existe un salto argumentativo que rara vez se justifica de manera suficiente.

Quizás convenga recordar una evidencia elemental. Las clases sociales no desaparecen porque sean derrotadas. Si así fuera, habría que concluir que la burguesía dejó de existir cada vez que perdió el poder político en algún proceso revolucionario o que la aristocracia desapareció inmediatamente después de las revoluciones liberales. Las clases no se definen por el éxito o el fracaso de sus organizaciones, sino por la posición que ocupan dentro de las relaciones sociales de producción. Las derrotas modifican la correlación de fuerzas, destruyen instituciones, interrumpen tradiciones políticas e incluso alteran profundamente la conciencia colectiva, pero no transforman por sí mismas la estructura fundamental de las relaciones sociales.

Esta observación resulta especialmente pertinente cuando se analiza la evolución del capitalismo desde la década de 1970. La ofensiva neoliberal no consistió únicamente en una serie de reformas económicas. Fue, ante todo, una gigantesca operación política dirigida a quebrar el poder acumulado por el movimiento obrero durante el ciclo abierto tras la Segunda Guerra Mundial. Las derrotas de los mineros británicos, la reconversión industrial en buena parte de Europa, la flexibilización del mercado de trabajo, la deslocalización productiva o la creciente sumisión de la economía a las finanzas no fueron procesos independientes entre sí. Formaron parte de una estrategia de reorganización del capitalismo cuyo objetivo consistía precisamente en debilitar la capacidad de negociación y de resistencia de la clase trabajadora.

Resulta paradójico que el éxito de esa ofensiva haya terminado interpretándose, en ocasiones, como la prueba de que el proletariado ha dejado de existir o de que habría perdido toda relevancia histórica. En realidad, podría sostenerse exactamente la tesis contraria. Si el capital desplegó semejante esfuerzo para transformar la organización del trabajo, desplazar la producción hacia otras regiones del planeta, fragmentar las plantillas y precarizar el empleo fue precisamente porque seguía considerando que la concentración obrera constituía uno de los principales límites para su proceso de acumulación. La reorganización del capitalismo no demuestra la desaparición del conflicto entre capital y trabajo; constituye una respuesta a ese conflicto.

En este punto conviene detenerse un momento en las implicaciones del propio concepto de reorganización capitalista. El capitalismo no modifica continuamente sus formas de producción por un simple afán de innovación tecnológica. Cada transformación importante responde, al menos en parte, a la necesidad de superar obstáculos surgidos durante el ciclo anterior de acumulación. La mecanización respondió a la necesidad de incrementar la productividad; el fordismo permitió organizar la producción en masa; la deslocalización facilitó la reducción de costes laborales; la logística global hizo posible coordinar procesos productivos dispersos geográficamente. Ninguna de estas transformaciones elimina el trabajo asalariado. Todas buscan reorganizarlo de una manera más favorable para la acumulación del capital.

Quizás por ello resulte más adecuado hablar de una crisis de las formas históricas del movimiento obrero que de una crisis del proletariado como clase. Las organizaciones que surgieron alrededor de la gran industria fordista respondían a unas condiciones muy determinadas: relativa estabilidad del empleo, concentración de miles de trabajadores en un mismo espacio productivo, continuidad de las relaciones laborales y existencia de comunidades obreras relativamente cohesionadas. Cuando esas condiciones desaparecen o se modifican profundamente, las formas organizativas heredadas dejan de funcionar con la misma eficacia. Pero de ahí no se deduce que desaparezca la clase cuya existencia dio origen a dichas organizaciones.

La historia ofrece numerosos ejemplos de esta diferencia. El sindicalismo revolucionario de comienzos del siglo XX no fue idéntico al cartismo inglés, ni este coincidía con las formas de organización artesanal anteriores a la Revolución Industrial. Cada transformación del capitalismo produjo nuevas formas de conflicto y exigió nuevas respuestas organizativas. Nadie habría concluido, por ello, que la clase trabajadora dejaba de existir cada vez que una de esas formas históricas entraba en crisis. Resulta extraño que hoy se acepte con relativa facilidad una conclusión semejante.

Todo ello obliga a replantear la cuestión inicial. Quizás la pregunta pertinente no sea si el proletariado continúa siendo idéntico al que protagonizó las grandes luchas obreras del siglo XX. Evidentemente, no lo es. Tampoco el capitalismo contemporáneo se parece al capitalismo analizado por Marx en la Inglaterra victoriana. La verdadera cuestión consiste en determinar si las transformaciones experimentadas durante las últimas décadas han alterado la relación fundamental entre capital y trabajo o si, por el contrario, únicamente han modificado las formas bajo las cuales esa relación continúa reproduciéndose.

Responder a esta pregunta exige abandonar la mirada eurocentrista y examinar el desarrollo del capitalismo como un sistema mundial. Sólo entonces resulta posible valorar hasta qué punto la aparente desaparición del proletariado constituye un fenómeno real o, más bien, un efecto de perspectiva derivado de observar únicamente una parte del proceso. La clase no muere: el capital la reconstruye.

Ahora bien, reconocer la profundidad de esa transformación no obliga a concluir que la propia posibilidad de una política de clase haya desaparecido. Significa, más bien, que las condiciones sobre las cuales dicha política deberá rehacerse son radicalmente distintas de las existentes durante buena parte del siglo XX. La diferencia es importante porque desplaza el centro del problema. Ya no se trata de decidir si el proletariado existe o no existe, sino de comprender por qué una clase objetivamente más numerosa encuentra tantas dificultades para reconocerse como tal y para dotarse de formas estables de organización.

En realidad, esta cuestión no debería sorprender. La historia del capitalismo puede leerse, en buena medida, como una historia de los esfuerzos realizados por el capital para impedir que la asociación impuesta en el proceso productivo se transforme en colaboración política contra el propio capital. Cada avance importante del movimiento obrero ha sido seguido por intentos de reorganizar la producción de tal modo que dificultara nuevas formas de solidaridad. La introducción de maquinaria, la división científica del trabajo, la descentralización productiva, la automatización, la externalización o la economía de plataformas no responden únicamente a exigencias técnicas. Constituyen también formas de organización del trabajo que modifican la capacidad de los trabajadores para actuar colectivamente.

Desde esta perspectiva, la fragmentación contemporánea del trabajo adquiere un significado diferente. No expresa el final de la contradicción entre capital y trabajo, sino una determinada forma de gestionarla. El capital no fragmenta el trabajo porque este haya dejado de ser conflictivo; lo fragmenta precisamente porque sigue siéndolo. La dispersión de las plantillas, la proliferación de empresas auxiliares, la contratación temporal o la individualización de las relaciones laborales reducen el poder de negociación de quienes trabajan y dificultan la construcción de identidades colectivas. La fragmentación no constituye la prueba de que el proletariado haya desaparecido, sino una estrategia de dominio sobre un proletariado cuya potencial capacidad de resistencia continúa siendo percibida como un problema por el propio capital.

Llegados a este punto aparece con claridad una diferencia de enfoque que atraviesa todo el debate. Allí donde algunos análisis contemplan la fragmentación del trabajo como el certificado de defunción del proletariado, cabría interpretarla, por el contrario, como una respuesta histórica del capitalismo frente a la persistencia del conflicto de clase. En el primer caso, la conclusión es inevitablemente pesimista: desaparecido el sujeto, solo quedan resistencias dispersas y luchas parciales. En el segundo, el problema adquiere un carácter muy distinto. La cuestión deja de ser la inexistencia de la clase y pasa a ser la búsqueda de nuevas formas de organización capaces de responder a las condiciones creadas por la reestructuración capitalista.

Esta diferencia no es simplemente teórica. Afecta directamente a la práctica política. Las categorías con las que se interpreta la realidad condicionan también las posibilidades que se consideran abiertas. Si se parte de la premisa de que el proletariado pertenece definitivamente al pasado, resulta lógico dirigir la atención hacia otros sujetos sociales y abandonar la perspectiva de una política de clase. Si, por el contrario, se entiende que la clase trabajadora continúa constituyendo el fundamento material del capitalismo contemporáneo, aunque profundamente transformada, la cuestión estratégica cambia por completo. El desafío ya no consiste en sustituir al proletariado por nuevos sujetos históricos, sino en comprender cómo puede recomponerse una conciencia colectiva allí donde el capital ha hecho todo lo posible por impedirla.

Esta observación permite volver, finalmente, al punto de partida del artículo. La cuestión decisiva no consiste en negar las profundas transformaciones sufridas por el capitalismo desde la década de 1970. Esas transformaciones son reales y han alterado radicalmente el paisaje social sobre el que actuó el movimiento obrero clásico. Lo discutible es convertir esos cambios en la prueba de que las relaciones fundamentales del capitalismo han dejado de existir. Porque, precisamente cuando el trabajo asalariado alcanza una extensión mundial sin precedentes, declarar agotada la categoría de proletariado parece describir menos la realidad objetiva del capitalismo que la experiencia histórica de una derrota política cuya importancia nadie debería subestimar, pero cuya explicación no puede buscarse en la supuesta desaparición de la clase que la ha sufrido.

Esta hipótesis no es meramente abstracta. Las experiencias de la autonomía obrera en Italia entre finales de los sesenta y los setenta —del ‘otoño caliente’ a la autoorganización difusa en fábrica y territorio— y los ciclos asamblearios y anarcosindicales en España durante la Transición mostraron que la asociación impuesta en la producción puede devenir participación política sin mediación de partido, mediante organización desde abajo en taller, barrio y cadenas logísticas.

Las consecuencias políticas de un diagnóstico

Hasta aquí se ha sostenido que las transformaciones experimentadas por el capitalismo desde la década de 1970 no autorizan a hablar de la desaparición del proletariado como clase social. La expansión mundial del trabajo asalariado, la reorganización geográfica de la producción y la persistencia de la relación capital–trabajo parecen apuntar, más bien, en la dirección contraria. Sin embargo, la importancia de esta discusión no radica únicamente en una cuestión de exactitud conceptual. Lo verdaderamente relevante son las consecuencias políticas que se derivan de uno u otro diagnóstico.

Las categorías teóricas nunca son neutrales. No constituyen simples instrumentos descriptivos, sino formas de ordenar la experiencia histórica y, por tanto, de delimitar el horizonte de lo políticamente posible. Cuando se modifica la manera de comprender una realidad social, cambian también las estrategias que se consideran razonables para intervenir sobre ella. En este sentido, la discusión sobre el proletariado desborda ampliamente el terreno de la sociología y se sitúa de lleno en el de la teoría política.

Si se acepta que el proletariado ha dejado de desempeñar un papel estructural en el capitalismo contemporáneo, la consecuencia lógica consiste en abandonar toda estrategia fundada sobre la organización de clase. La emancipación deja entonces de concebirse como el resultado de un conflicto que nace de las propias relaciones de producción y pasa a depender de una pluralidad de resistencias cuya articulación aparece siempre como un problema abierto. La política revolucionaria pierde así el punto de apoyo que había orientado históricamente al movimiento obrero y tiende a desplazarse hacia una multiplicidad de luchas parciales, valiosas sin duda en sí mismas, pero cuya convergencia ya no encuentra un fundamento material evidente.

No se trata de cuestionar la legitimidad ni la importancia de esas luchas. El feminismo, el ecologismo, las movilizaciones antirracistas, los conflictos por la vivienda o la defensa de los servicios públicos expresan contradicciones reales del capitalismo contemporáneo y han enriquecido notablemente el horizonte de la crítica social. El problema aparece cuando esas luchas son concebidas como sustitutos del conflicto entre capital y trabajo, y no como dimensiones específicas de una sociedad cuya estructura continúa organizada alrededor del proceso de acumulación del capital.

En realidad, el capitalismo no constituye una simple suma de dominaciones independientes entre sí. La explotación del trabajo sigue siendo el mecanismo mediante el cual se reproduce el conjunto del sistema. Ello no significa que todas las formas de opresión puedan reducirse mecánicamente a la explotación económica, pero sí implica reconocer que la acumulación del capital continúa organizando el espacio dentro del cual aquellas adquieren sus formas históricas concretas. Prescindir de esta relación supone correr el riesgo de analizar las distintas manifestaciones de la dominación como si existieran al margen del modo de producción que las articula.

Quizás sea esta una de las principales diferencias entre una crítica del capitalismo y una crítica de determinadas consecuencias del capitalismo. La primera intenta comprender la lógica que organiza el conjunto de las relaciones sociales; la segunda corre el riesgo de limitarse a combatir algunos de sus efectos más visibles sin alcanzar el principio que los produce. El problema no reside, por tanto, en ampliar el campo de las luchas emancipadoras, sino en evitar que esa ampliación termine disolviendo el análisis de las relaciones de clase en una pluralidad de conflictos desconectados entre sí.

Desde esta perspectiva, el desplazamiento teórico que puede observarse en una parte del pensamiento libertario durante las últimas décadas adquiere un significado particular. La crisis del movimiento obrero tradicional ha favorecido una comprensible desconfianza hacia las formas organizativas heredadas del siglo XX. Esa desconfianza ha estimulado una búsqueda constante de nuevos sujetos, nuevas prácticas y nuevas modalidades de intervención política. Sin embargo, en ocasiones esa búsqueda parece haber ido acompañada de un progresivo alejamiento respecto del análisis de las relaciones de producción. La crítica del trabajo ha terminado sustituyendo a la crítica del capital, y la reflexión sobre las transformaciones culturales del capitalismo ha ocupado el lugar que antes correspondía al estudio de su estructura económica.

No deja de resultar paradójico que este desplazamiento se produzca precisamente cuando el capital alcanza un grado de concentración y de centralización desconocido hasta ahora. Nunca las grandes corporaciones habían acumulado tanto poder económico, nunca las cadenas de producción habían adquirido una dimensión tan global y nunca la dependencia salarial había afectado a una parte tan amplia de la población mundial. En estas condiciones, renunciar al análisis de clase equivale, en cierto modo, a aceptar como definitiva una de las principales victorias ideológicas del neoliberalismo: la idea de que el capitalismo habría dejado de organizar la sociedad alrededor del conflicto entre quienes poseen los medios de producción y quienes solo poseen su capacidad de trabajar.

No parece casual que esta interpretación se haya difundido precisamente después de la derrota histórica sufrida por el movimiento obrero occidental. Toda derrota importante produce inevitablemente una crisis de las categorías con las que los vencidos habían interpretado el mundo. La historia del pensamiento revolucionario ofrece numerosos ejemplos de este fenómeno. Tras cada gran fracaso surge la tentación de atribuir la derrota no a la correlación histórica de fuerzas, sino a la invalidez del propio sujeto que la protagonizó. Sin embargo, una explicación de este tipo transforma un acontecimiento histórico en una supuesta necesidad estructural y convierte una derrota contingente en una conclusión teórica permanente.

Quizás sea este el punto en el que conviene introducir una última reflexión. Ninguna clase social posee garantizada de antemano una misión histórica. La existencia del proletariado no asegura por sí misma la revolución, del mismo modo que la existencia de la burguesía no garantizó automáticamente el triunfo de las revoluciones liberales. La historia no conoce sujetos providenciales. Pero reconocer este hecho no obliga a negar que determinadas clases ocupen posiciones estructurales desde las cuales pueden cuestionar el orden existente. La capacidad revolucionaria no nace de una esencia metafísica atribuida al proletariado, sino de la contradicción objetiva que enfrenta al capital con quienes producen la riqueza social y, sin embargo, permanecen separados de los medios que la hacen posible.

Por ello, el problema central de nuestro tiempo no consiste en encontrar un sujeto que sustituya al proletariado, sino en comprender las formas concretas bajo las cuales el proletariado del siglo XXI puede reconstruir su capacidad de acción colectiva. La cuestión estratégica no ha cambiado tanto como a veces se afirma. Lo que ha cambiado son las condiciones históricas en las que esa estrategia deberá desarrollarse.

Las migraciones internacionales y la producción de un nuevo proletariado global

Existe un fenómeno que, por sí solo, basta para poner en cuestión las tesis sobre la supuesta desaparición del proletariado: las grandes migraciones internacionales de trabajadores que caracterizan el capitalismo contemporáneo. Si el proletariado hubiera dejado de constituir el fundamento del sistema económico, resultaría difícil explicar por qué cientos de millones de personas abandonan sus países para incorporarse, casi siempre en las condiciones más precarias, a los mercados de trabajo de las economías más desarrolladas o de los nuevos polos de acumulación.

Las migraciones actuales no constituyen un fenómeno marginal ni una simple consecuencia humanitaria de guerras o catástrofes naturales. Forman parte del propio funcionamiento del capitalismo global. La libre circulación de mercancías, de capitales y de inversiones convive con un estricto control de la movilidad de la fuerza de trabajo. Esa contradicción no es accidental. El capital necesita trabajadores móviles, pero no necesariamente trabajadores con derechos. La existencia de una amplia masa de población migrante sometida a una permanente inseguridad jurídica constituye uno de los mecanismos fundamentales mediante los cuales se presionan a la baja los salarios y se debilita la capacidad de negociación del conjunto de la clase trabajadora.

Desde finales del siglo XX, Europa occidental, Estados Unidos y Canadá han recibido sucesivas oleadas migratorias procedentes de América Latina, el Magreb, África subsahariana, Europa oriental, Oriente Próximo y Asia. Estos trabajadores se concentran, de manera predominante, en aquellos sectores caracterizados por una elevada intensidad de trabajo, bajos salarios y escasa protección laboral: agricultura intensiva, construcción, hostelería, limpieza, cuidados, reparto a domicilio, logística, trabajo doméstico o determinadas ramas de la industria alimentaria y manufacturera.

La elección de estos sectores no responde a una preferencia cultural ni a una supuesta falta de cualificación. Responde a la posición estructural que el capitalismo asigna a una mano de obra cuya vulnerabilidad jurídica facilita formas de explotación mucho más intensas que las soportadas por el resto de los trabajadores. La irregularidad administrativa, la dependencia del permiso de residencia respecto del contrato de trabajo, el miedo constante a la expulsión o la amenaza permanente del desempleo convierten al trabajador migrante en una fuerza de trabajo especialmente disciplinada.

En este sentido, la figura del trabajador «sin papeles» representa una de las expresiones más acabadas del proletariado contemporáneo. Carece, en muchos casos, no sólo de propiedad sobre los medios de producción, sino incluso de los derechos civiles más elementales que permiten negociar en condiciones mínimamente igualitarias la venta de su fuerza de trabajo. Su situación revela con especial claridad la asimetría constitutiva de la relación salarial bajo el capitalismo.

Estados Unidos ofrece un ejemplo especialmente significativo. Millones de trabajadores procedentes de México, Centroamérica y otros países latinoamericanos sostienen sectores enteros de la agricultura, la construcción, la restauración o la industria cárnica. Sin embargo, esos mismos trabajadores viven bajo una permanente amenaza de deportación. Las campañas periódicas contra la inmigración irregular, la militarización de la frontera con México, las redadas policiales o el endurecimiento de la legislación migratoria no eliminan esa fuerza de trabajo. Al contrario, contribuyen a mantenerla en una situación de vulnerabilidad que beneficia directamente a numerosos sectores empresariales. La criminalización del inmigrante cumple así una función económica además de política: producir trabajadores fácilmente explotables mediante el miedo constante a perder el derecho mismo a permanecer en el país.

Una lógica semejante puede observarse en buena parte de Europa. Las fronteras exteriores de la Unión Europea se han convertido en espacios de creciente militarización mientras numerosos sectores económicos dependen estructuralmente del trabajo migrante. La agricultura intensiva del sur de España e Italia, los invernaderos, la recogida de fruta, la construcción, el trabajo doméstico o la atención a personas dependientes difícilmente podrían mantenerse sin una mano de obra procedente de África, América Latina, Europa oriental o Asia.

La contradicción resulta evidente. Los mismos Estados que levantan muros, externalizan el control de fronteras y desarrollan políticas de persecución contra la inmigración irregular necesitan simultáneamente incorporar cientos de miles de trabajadores para sostener sectores enteros de su economía. La inmigración aparece oficialmente como un problema de seguridad, mientras funciona realmente como un componente esencial del mercado laboral.

Todavía más extrema resulta la situación en los países del Golfo Pérsico. Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Baréin han construido una parte muy importante de su crecimiento económico mediante el trabajo de millones de migrantes procedentes de India, Pakistán, Bangladés, Nepal, Filipinas o Sri Lanka. Durante décadas, el sistema de patrocinio conocido como kafala subordinó jurídicamente al trabajador a su empleador hasta el punto de impedirle cambiar libremente de empleo o abandonar el país sin autorización. Aunque algunos Estados han introducido reformas parciales en los últimos años, numerosas organizaciones internacionales y sindicatos siguen documentando jornadas extenuantes, impago de salarios, confiscación de pasaportes, alojamiento indigno y graves restricciones de derechos que sitúan a muchos trabajadores en condiciones próximas a la servidumbre por deudas o a formas contemporáneas de trabajo forzado.

La preparación del Mundial de Fútbol de Catar puso esta realidad bajo el foco internacional. Miles de trabajadores migrantes participaron en la construcción de estadios, carreteras, líneas de metro y grandes infraestructuras en condiciones extremadamente duras. Lo relevante para el argumento aquí desarrollado no es únicamente la gravedad de esos abusos, sino lo que revelan acerca del funcionamiento del capitalismo global: las grandes obras del siglo XXI siguen descansando sobre enormes masas de trabajadores privados de capacidad efectiva para negociar las condiciones de venta de su fuerza de trabajo.

Las migraciones asiáticas ofrecen otro ejemplo de la misma dinámica. Millones de trabajadores se desplazan cada año desde zonas rurales de China hacia los grandes centros industriales de la costa; desde Indonesia, Filipinas o Vietnam hacia las economías más desarrolladas del Este asiático; o desde Bangladés y Nepal hacia las monarquías petroleras del Golfo. En todos estos casos, la movilidad de la fuerza de trabajo constituye un elemento central de la acumulación capitalista contemporánea.

Tampoco puede olvidarse la situación del pueblo palestino. La ocupación, la fragmentación territorial y la destrucción sistemática de buena parte de la economía palestina han producido durante décadas una masa de trabajadores profundamente dependiente del mercado laboral israelí o del empleo precario en los territorios ocupados. La privación de derechos nacionales se combina aquí con una intensa subordinación económica, mostrando de nuevo cómo la dominación política y la explotación laboral pueden reforzarse mutuamente.

En conjunto, estos procesos permiten comprender que el capitalismo contemporáneo no sólo reproduce continuamente nuevas formas de proletariado, sino que las internacionaliza. La movilidad masiva de trabajadores constituye una condición estructural del proceso de acumulación. Allí donde el capital necesita reducir costes laborales, encuentra en la población migrante una fuerza de trabajo especialmente vulnerable cuya precariedad jurídica facilita formas intensificadas de explotación.

Por ello, las migraciones internacionales no desmienten la teoría de la división social en clases antagónicas; la confirman de manera particularmente contundente. El capitalismo no está sustituyendo el trabajo asalariado por otra forma de organización social. Está ampliando el mercado mundial de trabajo, incorporando continuamente nuevos contingentes de trabajadores y produciendo deliberadamente situaciones de desigualdad jurídica que permiten aumentar la tasa de explotación.

La figura del migrante sin papeles, del temporero agrícola, de la empleada doméstica extranjera, del repartidor de plataforma digital, del obrero asiático de la construcción o del trabajador palestino sometido a la ocupación expresa quizás mejor que ninguna otra la condición proletaria del siglo XXI. No representan una excepción respecto del funcionamiento normal del capitalismo; representan una de sus manifestaciones más características. Su existencia constituye, precisamente por ello, una de las refutaciones empíricas más sólidas de la tesis según la cual el proletariado habría desaparecido. Si algo demuestra el capitalismo global es exactamente lo contrario: nunca había necesitado movilizar, desplazar y explotar una masa tan inmensa de trabajadores asalariados a escala planetaria.

Programa de acción: doce líneas para la recomposición del proletariado.

Si el proletariado no ha desaparecido, sino que ha sido dispersado, precarizado e internacionalizado, la cuestión estratégica consiste en reconstruir su capacidad de organización autónoma. Ello exige abandonar tanto la nostalgia por las formas del pasado como la resignación derrotista que declara imposible toda política de clase. No existe un modelo único, pero sí pueden señalarse algunas orientaciones fundamentales.

1.Reconstruir la sociabilidad proletaria.

La primera tarea consiste en recuperar espacios de encuentro, debate y solidaridad en barrios, centros de trabajo, centros de estudio y territorios. Sin relaciones sociales permanentes no existe conciencia colectiva, y sin ésta ninguna organización puede sostenerse frente al capital.

2.Organizar allí donde hoy trabaja la mayoría.

El nuevo movimiento obrero deberá implantarse prioritariamente en la logística, el transporte, las plataformas digitales, la sanidad, la enseñanza, la hostelería, el comercio, los cuidados, la agricultura intensiva, las subcontratas industriales y los grandes centros de distribución. La organización debe seguir el desplazamiento real del capital.

3. Superar la fragmentación laboral.

La división entre trabajadores fijos y temporales, nacionales y migrantes, asalariados y falsos autónomos, empleados públicos y privados, constituye uno de los principales instrumentos de dominio empresarial. La organización de clase debe reconstruirse sobre la realidad material compartida y no sobre las categorías administrativas impuestas por el mercado o el Estado.

4. Incorporar plenamente al proletariado migrante.

La igualdad de derechos laborales, sociales, sindicales y políticos entre trabajadores autóctonos y migrantes constituye una condición imprescindible para impedir que el capital utilice la desigualdad jurídica como mecanismo permanente de reducción salarial e imposición de una disciplina colectiva.

5. Recuperar el sindicalismo de acción directa.

El sindicalismo debe volver a convertirse en una herramienta de conflicto cotidiano y no en un aparato de gestión institucional. La asamblea, la revocabilidad de los delegados, el federalismo, la autonomía respecto del Estado y la acción directa continúan siendo principios plenamente vigentes.

6. Construir instituciones propias de apoyo mutuo.

Cajas de resistencia, cooperativas de consumo, asesorías laborales, ateneos, bibliotecas sociales, redes de cuidados, centros culturales, escuelas populares y espacios comunitarios constituyen la infraestructura material indispensable para sostener conflictos prolongados y fortalecer la autonomía de la clase.

7. Coordinar las luchas a escala internacional.

Frente a un capital organizado globalmente, las respuestas exclusivamente nacionales resultan insuficientes. La cooperación entre trabajadores de una misma cadena logística o productiva, las campañas internacionales y la solidaridad efectiva deben convertirse en prácticas permanentes.

8. Vincular las luchas sociales sin diluir la cuestión de clase.

La defensa de la vivienda, la sanidad pública, la educación, el feminismo, el ecologismo social, el antirracismo o la oposición al militarismo forman parte de un mismo conflicto histórico cuando se articulan alrededor de la crítica del capitalismo y no como reivindicaciones aisladas entre sí.

9. Recuperar la formación política y la memoria histórica.

La desmemoria constituye una de las principales victorias del neoliberalismo. Resulta imprescindible reconstruir una cultura crítica mediante la formación permanente, el estudio de las experiencias históricas del movimiento obrero y libertario y la transmisión intergeneracional de saberes organizativos.

10. Combatir la economía de guerra y el autoritarismo.

La militarización creciente, el incremento del gasto en defensa, la expansión de los dispositivos de vigilancia y la normalización de los estados de excepción constituyen instrumentos destinados también a disciplinar el trabajo. La oposición al militarismo, y a la economía de guerra, forma parte inseparable de la lucha contra el capital. A las guerras del capital sólo puede oponerse la guerra de clases.

11. Democratizar la producción y la reproducción social.

La perspectiva libertaria no puede limitarse a mejorar las condiciones de venta de la fuerza de trabajo. Debe orientarse hacia el control directo de la producción por quienes trabajan, la gestión colectiva de los bienes comunes, la socialización de los cuidados y el desarrollo de formas cooperativas y federales de organización económica.

12. Construir poder popular desde abajo.

El objetivo estratégico no consiste en conquistar el Estado para administrar el capitalismo con otros gestores, sino en desarrollar una red creciente de organizaciones autónomas capaces de disputar al capital funciones económicas, sociales, culturales y políticas. La autoorganización, el cooperativismo, el federalismo, la democracia directa y el apoyo mutuo no constituyen únicamente principios éticos; representan también las condiciones materiales para una transformación revolucionaria de la sociedad.

Estas doce orientaciones no constituyen un programa cerrado ni un catálogo exhaustivo de reivindicaciones. Pretenden señalar una dirección estratégica. El capitalismo del siglo XXI ha modificado profundamente la composición del proletariado, pero no ha eliminado la contradicción fundamental entre quienes poseen los medios de producción y quienes sólo poseen su capacidad de trabajar. Si esa contradicción continúa estructurando la sociedad, la tarea del movimiento libertario no consiste en buscar un sujeto alternativo, sino en contribuir a la recomposición consciente, autónoma, federal e internacionalista de la clase trabajadora. Menos obituarios y más organización.

Conclusiones: la derrota del movimiento obrero y los límites del derrotismo

El recorrido realizado a lo largo de estas páginas permite extraer una conclusión que, aunque sencilla en su formulación, posee importantes consecuencias teóricas y políticas. Las profundas transformaciones experimentadas por el capitalismo desde la década de 1970 no autorizan, por sí solas, a concluir que el proletariado haya dejado de constituir el sujeto potencial de una transformación revolucionaria. Lo que esas transformaciones ponen de manifiesto es, ante todo, la crisis de las formas históricas mediante las cuales la clase trabajadora consiguió organizarse durante el largo ciclo del movimiento obrero.

Esta es una distinción que conviene preservar cuidadosamente. La derrota del movimiento obrero europeo, la descomposición de la cultura obrera tradicional, la integración institucional de buena parte del sindicalismo, la fragmentación de los procesos productivos o la creciente individualización de las relaciones sociales constituyen hechos históricos ampliamente documentados. Negarlos equivaldría a ignorar medio siglo de evolución del capitalismo. Sin embargo, de esa constatación no se deduce necesariamente que hayan desaparecido las relaciones sociales que hicieron posible la aparición del proletariado como clase ni, mucho menos, que se haya extinguido toda posibilidad de una política fundada sobre el conflicto entre capital y trabajo.

En este punto se sitúa, precisamente, la discrepancia que este artículo mantiene con una parte del pensamiento libertario contemporáneo. Autores como Tomás Ibáñez y Miquel Amorós han descrito con notable lucidez la profundidad de la derrota sufrida por el movimiento obrero y la capacidad del capitalismo para desarticular las formas de sociabilidad que alimentaban la conciencia de clase. Sus análisis contienen observaciones de gran valor sobre la mercantilización de la vida cotidiana, la crisis de las organizaciones tradicionales, la desaparición de los antiguos barrios obreros o la integración del conflicto social en los mecanismos de gestión del sistema. Todo ello constituye una aportación imprescindible para comprender el presente.

La discrepancia aparece cuando ese diagnóstico histórico se convierte en una conclusión estratégica. Porque una cosa es afirmar que el proletariado ha perdido, hasta el momento, la centralidad política que llegó a poseer durante una determinada etapa del desarrollo capitalista, y otra muy distinta sostener que esa pérdida constituye una transformación irreversible o que el capitalismo ha dejado de producir las condiciones materiales sobre las que podría reconstruirse una política de clase. Entre ambas afirmaciones existe un salto teórico que los hechos examinados en este trabajo no parecen justificar.

La reorganización mundial del capitalismo muestra, por el contrario, una realidad más compleja. Nunca antes había existido una clase trabajadora tan numerosa, tan internacionalizada y tan integrada en un único mercado mundial. La expansión de la producción industrial en Asia, el crecimiento de la logística global, la proletarización de amplios sectores de los servicios, la extensión del trabajo precario y de las plataformas digitales, así como las grandes migraciones laborales que recorren el planeta, indican que el capitalismo continúa reproduciendo masivamente la condición proletaria. Lo que ha cambiado no es la existencia de esa clase, sino sus formas de composición, sus espacios de concentración, sus experiencias comunes y las condiciones en las que puede desarrollar una conciencia colectiva.

Precisamente las migraciones internacionales constituyen una de las expresiones más claras de este proceso. Millones de trabajadores atraviesan cada año las fronteras para incorporarse a mercados laborales donde ocupan los puestos más precarios y peor remunerados. Desde los jornaleros agrícolas del sur de Europa hasta los trabajadores latinoamericanos perseguidos y criminalizados en Estados Unidos; desde las empleadas domésticas migrantes hasta los obreros asiáticos sometidos durante años al sistema de patrocinio de las monarquías del Golfo; desde los trabajadores palestinos condicionados por la ocupación hasta quienes sostienen las grandes redes mundiales de logística y distribución, el capitalismo contemporáneo sigue produciendo nuevas formas de proletariado cuya vulnerabilidad jurídica se convierte, precisamente, en una fuente adicional de explotación. Lejos de anunciar el final de la condición proletaria, estas realidades muestran su ampliación y diversificación a escala planetaria.

El estatus jurídico precario, herramienta estatal de disciplina laboral, confirma que la lucha de clases es inseparable de la lucha contra fronteras, racismo institucional y policía del trabajo.

Por ello, el problema central ya no consiste en determinar si el proletariado existe. Esa cuestión pertenece, en buena medida, al terreno de la evidencia empírica. La verdadera pregunta es otra: por qué una clase objetivamente más extensa que nunca aparece políticamente fragmentada y qué condiciones históricas podrían hacer posible una nueva recomposición de su capacidad de acción colectiva.

Responder a esta cuestión exige abandonar dos simplificaciones opuestas. La primera consiste en imaginar que bastaría con reconstruir las formas organizativas del movimiento obrero clásico. La historia no retrocede y el capitalismo del siglo XXI no reproduce las condiciones sociales sobre las que crecieron las organizaciones revolucionarias del pasado. La segunda consiste en concluir que, puesto que aquellas formas históricas han sido derrotadas, también lo ha sido definitivamente la posibilidad de una política proletaria. Esta segunda simplificación transforma una derrota histórica en una imposibilidad estructural y convierte una coyuntura, por profunda que sea, en una ley de la historia.

Sin embargo, la historia del capitalismo enseña precisamente lo contrario. Las formas de organización de la clase trabajadora nunca han permanecido invariables. El sindicalismo de resistencia, los consejos obreros, las colectividades revolucionarias, los grupos de afinidad, las organizaciones anarcosindicalistas, las comisiones obreras revocables, los ateneos obreros, las  cooperativas, los comités revolucionarios o de defensa o de abastos, las escuelas racionalistas, las asociaciones de ayuda mutua y las coordinadoras de trabajadores surgieron siempre como respuestas específicas a condiciones históricas determinadas. Ninguna de ellas fue deducida de una teoría previa ni respondió a un modelo universal. Todas nacieron del encuentro entre una estructura objetiva de explotación y la capacidad de los propios trabajadores para construir instituciones adaptadas a su tiempo.

No existe razón para pensar que ese proceso histórico haya concluido definitivamente. Lo que la derrota del movimiento obrero obliga a reconocer no es el agotamiento de la contradicción entre capital y trabajo, sino la necesidad de repensar las formas mediante las cuales esa contradicción puede traducirse nuevamente en organización, solidaridad y proyecto emancipador. El capitalismo ha transformado profundamente el trabajo; sería extraño que las formas de resistencia no tuvieran también que transformarse.

En este sentido, el derrotismo filosófico constituye una tentación comprensible, pero políticamente estéril. Toda gran derrota induce a pensar que el enemigo ha resuelto definitivamente las contradicciones que antes alimentaban la contestación. Sin embargo, el capitalismo continúa dependiendo, hoy como ayer, del trabajo vivo; continúa organizando la producción mediante relaciones salariales; continúa concentrando la riqueza en un polo y la dependencia económica en el otro; continúa desplazando millones de trabajadores allí donde la acumulación lo requiere y continúa recurriendo a la precariedad, a la fragmentación y a la desigualdad jurídica como instrumentos para disciplinar la fuerza de trabajo. Ninguna de estas tendencias apunta hacia la desaparición de la cuestión social. Más bien indican que esta adopta formas nuevas, más complejas y más internacionales que las conocidas por el movimiento obrero clásico.

En clave libertaria, esta dispersión exige formas de organización flexibles: redes de apoyo mutuo barrio–tajo, secciones sindicales no burocratizadas, grupos de autonomía obrera no sustitutivos de la clase y coordinación federal entre nodos logísticos, riders, subcontratas y cuidados.

La tarea de una teoría crítica no consiste, por tanto, en certificar el final del proletariado como sujeto histórico, sino en comprender las metamorfosis que el propio capitalismo impone a la composición de la clase trabajadora y a sus posibilidades de organización. La cuestión decisiva ya no es si el proletariado del siglo XXI se parece al de hace cien años. Evidentemente, no se parece. La cuestión consiste en averiguar qué formas de conciencia, de solidaridad y de organización pueden surgir de las condiciones específicas creadas por el capitalismo global.

Lejos de clausurar la perspectiva de una política de clase, el capitalismo contemporáneo obliga a replantearla sobre nuevas bases. La derrota del movimiento obrero pertenece a la historia. La contradicción entre capital y trabajo pertenece todavía al presente. Confundir ambas cosas significa convertir una experiencia histórica, por dramática que haya sido, en una conclusión teórica que los hechos no autorizan. Y quizás sea precisamente esa confusión uno de los principales obstáculos para pensar las posibilidades emancipadoras de nuestro tiempo.

Ejemplos históricos cercanos avalan esta orientación. La autonomía obrera italiana (1969–1977) y las experiencias asamblearias y anarcosindicales en la España de la Transición evidenciaron que la clase puede recomponerse fuera de la tutela de partidos y Estados: autoorganización en los puntos de producción y reproducción, coordinación territorial y federal, y politización de los trabajadores sin vanguardias.

La tarea no es sustituir al proletariado por un nuevo sujeto providencial, ni subordinarlo a partidos o Estados, sino recomponer su potencia autónoma, horizontal y federal para desbordar el capital en todos los ámbitos de la vida. Si el capital es global y total, nuestra organización también debe serlo.

Nada en lo anterior confiere al proletariado una “misión histórica” garantizada. La existencia de la clase no asegura su victoria; solo indica el terreno en el que la lucha puede disputarse. La alternativa al derrotismo no es prometer la insurrección, sino reconstruir condiciones de posibilidad: sociabilidades, infraestructuras de conflicto, coordinaciones revocables, internacionalismos efectivos, comunidades de lucha. En eso consiste, hoy, sostener una perspectiva libertaria de la clase: no en proclamarla, sino en prepararla. Y ahí parecen estar Liza, Embat, Batzac y tantos otros, reclamando más protagonismo al proletariado y menos obituarios derrotistas.

“Revolución o barbarie” ya no es una consigna: es una alternativa real y, a medio plazo, entre dos futuros antagónicos.

Agustín Guillamón

Barcelona, julio de 2026

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El Escaparate Sangriento, el Capital y su mundial de futbol: 60 Años de Espectáculo, Censura y Control político en México (1968–2026)

13 Julio 2026 at 18:00
Por: pegasus

La historia del capitalismo y del Estado en México se vive en la geografía del despojo y en las vitrinas ensangrentadas de sus megaeventos corporativos. Los estadios de fútbol son sofisticados laboratorios de control político, limpieza social y pacificación de masas.

A casi sesenta años de las primeras Olimpiadas militarizadas, el hilo conductor de la dominación estatal sigue intacto. La siguiente reflexión conecta los nodos de la infamia —1968, 1970, 1986 y el actual 2026— para demostrar que la crisis estructural nunca se fue, pero la voluntad de revuelta tampoco.

I. 1968–1970: El Origen del Blindaje Político y la Paz de los Sepulcros

La genealogía del espectáculo deportivo como arma del Estado mexicano se consolida entre 1968 y 1970. El régimen de Gustavo Díaz Ordaz entendió que su mayor vulnerabilidad era la interrupción material de la narrativa de modernidad y progreso que representaba el llevar a cabo los XIX Juegos Olímpicos en México. La respuesta del Estado frente al intento de boicot del grupo CAOS (Comité Anti-Olímpico de Subversión) y la interferencia del Movimiento Estudiantil fue el terrorismo abierto que derivo en el autoexilio de dicho grupo y la represión y posterior masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Fue el bautizo de sangre necesario para garantizar el flujo mercantil de la antorcha olímpica.

Apenas veinte meses después, en 1970, el aparato estatal utilizó el primer Mundial de Fútbol en México como una gigantesca cortina de humo para camuflar el inicio de la Guerra Sucia. Mientras la Federación futbolera y el monopolio televisivo vendían una fiesta de fraternidad global, la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y grupos paramilitares perseguían, torturaban y desaparecían a la disidencia radicalizada en la clandestinidad, de los cuáles varios elementos anarquistas pasarían a nutrir las filas del entonces naciente movimiento armado. Se decretó la expropiación forzada de decenas de hectáreas ejidales de Santa Úrsula Coapa. El suelo no solo se usó para el polígono que hoy ocupa el estadio y sus enormes estacionamientos privados, sino también para abrir las grandes arterias viales indispensables para que el turismo y la televisión internacional circularan sin problemas: la Calzada de Tlalpan, el Anillo Periférico Sur y el Circuito Azteca. La protesta abierta fue asfixiada por una censura de prensa absoluta y hasta el audio de las transmisiones. El 13 de septiembre de 1966, la policía junto con el cuerpo de granaderos entró por la fuerza a los predios ejidales, acompañados de bulldozers (retroexcavadoras), demolieron viviendas hechas de madera, adobe y lámina, expulsando a decenas de familias a la calle de manera inmediata para limpiar los terrenos de las obras complementarias del estadio.

II. 1986: La Necropolítica sobre los Escombros

Dieciséis años más tarde, la receta de la dominación se perfeccionó bajo el amparo de la tragedia. El terremoto de 1985 expuso la total parálisis del gobierno de Miguel de la Madrid, forzando el nacimiento de una sociedad civil autoorganizada mediante la solidaridad y el apoyo mutuo. Ante el peligro de perder el control de la narrativa pública, el Estado y la mafia transnacional de la FIFA, en complicidad económica con el «soldado del PRI» Emilio Azcárraga Milmo y su emporio, decidieron que el Mundial de 1986 marchara sobre las fosas comunes y las ruinas aún calientes del centro de la ciudad.

Se canalizaron millones de pesos de un erario público quebrado e inflacionario hacia la logística del fútbol, ignorando a los miles de damnificados sin vivienda. De nuevo, la maquinaria mediática y los ingenieros de sonido de la televisión censuraron el descontento. El fútbol operó, una vez más, como la anestesia obligatoria para procesar una crisis económica y social asfixiante.

III. 2026: La Gentrificación Militarizada

Hoy, a cuarenta años de la farsa del 86, a 56 años del despojo en el 70 y a casi sesenta del terror del 68, la Ciudad de México vuelve a ser el epicentro de la rapiña corporativa de la FIFA -La pelota vuelve a casa-. La crisis estructural no se ha ido; se ha sofisticado. El pretexto actual ya no es la reconstrucción post-terremoto ni el «Milagro Mexicano», sino el mito del progreso inmobiliario y la turistificación masiva. El Mundial de 2026 consagra el despojo habitacional mediante la gentrificación.

Este nuevo megaevento es una extensión de la guerra del Estado contra el pueblo que aún no se amansa por el espectáculo futbolero. Los nietos de los antiguos ejidos, hoy las colonias populares que rodean al “coloso” de Santa Úrsula (Santa Úrsula Coapa, Huipulco, Pedregal de Carrasco), el Mundial ha significado el encarecimiento de la vida, el aislamiento o expulsión de sus viviendas por el auge de los alojamientos digitales a corto plazo y el robo sistemático del agua (como en 1970). Las calles de la ciudad se encuentran bajo un estado de sitio político no oficial: cámaras de reconocimiento facial, cordones policiales y patrullajes militares destinados a «limpiar estéticamente» el espacio público de trabajadores informales, indigentes y sobre todo de manifestantes.

IV. Romper la Normalidad del Espectáculo. A la Acción insurrecta

El hilo histórico que une 1968, 1970, 1986 y 2026 demuestra que el Estado es el administrador violento de los recursos en favor de la burguesía transnacional, y que el espectáculo requiere obligatoriamente el silencio y el desplazamiento de los oprimidos.

El boicot y el sabotaje es la acción para ejercer en las calles: la intervención de la propaganda oficial, el bloqueo de vías neurálgicas de transporte y el ataque directo a las marcas e infraestructura de las corporaciones patrocinadoras. El Capital y el Estado niegan la vivienda, al agua y a la vida en nuestros propios barrios, nuestra obligación política es negarle la paz a su fiesta multimillonaria.

¡¡¡Frente al balón del Capital, ¡guerra a los templos del consumo y solidaridad activa con lxs compañerxs en lucha y resistencia!!!

Carlos (anemias)

Julio de 2026

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Programa del XVIII Encuentro del libro anarquista de Salamanca

13 Julio 2026 at 17:49
Por: pegasus

VIERNES 14 AGOSTO Y SÁBADO 15 AGOSTO 2026

XVIII ENCUENTRO DEL LIBRO ANARQUISTA DE SALAMANCA

Viernes 14 de agosto de 2026

Paseo Libertario-19:30 h (Zamora)

Recorrido ameno por lugares emblemáticos del movimiento libertario histórico zamorano.

Confirmar asistencia: encuentrosalamanca@gmail.com

Sábado 15 de agosto de 2026

Plaza de Barcelona (frente a la estación de tren) – Salamanca

11:00 h

Inicio de la feria de libros, fanzines, periódicos, revistas…

13:00 h

Presentación del libro «La Zurramba», a cargo de su autor Francisco J. Moreno.

La Zurramba es un poemario que reivindica la libertad, el apoyo mutuo y el cuidado como formas de habitar el mundo.

15:00 h

Vermouth musicalizado & pintxos vegan.

17:00 h

Charla/debate «Acceso a la cultura», a cargo de El Feo (Filmoteca Maldita).

La Filmoteca Maldita es un reconocido canal de divulgación cinematográfica creado por «El Feo». Destaca por analizar películas de culto, rarezas, animación y cine de autor, alejándose de los estrenos comerciales.

«El Feo» fue llevado a juicio por su labor en un proyecto colectivo y sin ánimo de lucro anterior llamado Zoowoman, una web que recopilaba enlaces y preservaba digitalmente películas descatalogadas y de difícil acceso.

19:00 h

Charla/debate «Cuando el alumno es basura», a cargo del colectivo Wayra.

Bibliografía y reflexión colectiva sobre experiencias de fracaso escolar y dolor infantil. Superación y retos a través de proyectos educativos libres y respetuosos, y una aproximación a esta realidad tomando como referencia la agricultura y el compostaje.

20:30 h

Presentación del libro «Jacinto Toryho: ¡Habla la revolución!»

«El Lokal», de la Escuela de Periodismo de El Debate a la dirección de Solidaridad Obrera, a cargo de J. Miguel Fdez.

Recordar la fascinante figura y las propuestas de Toryho nos transporta a unos tiempos pasados repletos de idealistas, una generación que imaginó un mundo basado en los parámetros del bienestar común, la justicia social y la defensa de las libertades, cuando las lógicas del capital y del poder estuvieron a punto de ser derribadas.

21:30 h

Recital y flamenco: «Versos de Intramuros».

Recital de poesía en voz del autor del poemario «Pájaros Azules», Santi Cobos, e interpretados al baile flamenco por Askoa Etxebarrieta «La Pulga».

Durante toda la jornada del Sábado tendremos la exposición “La Revolución pedagógica de Ferrer y Guardia«

Más información: www.encuentrosalamanca.blogspot.com

Encuentro del libro anarquista de Salamanca:
http://www.encuentrosalamanca.blogspot.com

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(Ex)Presión Nº 156

13 Julio 2026 at 17:43
Por: pegasus

Reactivación urbana en Donostia

Cámara

Flexibilidad excesiva para la invasión de turistas y «tolerancia cero» para el efecto llamada. Esto les lleva a pensar que los turistas vienen a consumir y el resto a delinquir. Ahora están obsesionados con el incremento de las armas blancas, creen que llenando las calles de policías y cámaras resolverán algo. Dispositivos Electrónicos de Control (DEC) y Cámaras Corporales de Protección (CCP). Es la «modernización de la Guardia Municipal». Pistolas táser para la Guardia Municipal de Donostia. Pistolas eléctricas que matan, como a Ander recientemente en Santurtzi.

Ciertamente, el alcalde donostiarra del PNV, Jon Insausti, avalado por los media, en poco tiempo ha ido marcando terreno: Cárcel o expulsión para delincuentes multireincidentes, nuevos dispositivos de represión, desalojos de edificios y naves industriales con grandes despliegues policiales, eventos amplios…

Qué apostamos a qué en breve no propugna una consulta para preguntar sí o no a las corridas de toros en la Semana Grande donostiarra. Te tenemos pillado. Ya lo decía mi madre: «En esta vida, hasta el más insignificante puede hacerte daño». Así está la cosa.

¡A la mierda!

(EX) PRESIÓN

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[Poema y audio] El poeta de palabra muy medida

13 Julio 2026 at 17:35
Por: pegasus

Audio creado con inteligencia artificial a partir del poema El poeta de palabra muy medida del autor Miguel Rojo.

El poeta… el poeta.,
estilo rebuscado,
verbo encriptado,
oscuro, alejado.

El poeta… el poeta….

Su lírica elevada
no se implica
en la tragedia diaria,
en la lucha y rebeldía
de los que sufren injusticias
desafíos… precariedad,
falta de todo… miserias.

El poeta… el poeta….

Desconectado, en su burbuja.,
fuera de la dura realidad,
la realidad de la vida.

El poeta… el poeta….

Si alguna vez se manifiesta, ….
… siempre con la boca pequeña,
discurso pobre … convicción escasa ,
desde una prudente distancia
contempla con indiferencia
la sombra de la censura,….
la mordaza.

El poeta… el poeta….

Bordea los parajes
donde está la riqueza
sin tensar límites.

El poeta… el poeta….

Rehuye la mirada
con quien vive agobiado
en el vacío de la nada.

El poeta… el poeta,…

…. discípulo aventajado
de grandes literatos,
palabra muy medida…
tanto… que su verso
no llega a la calle,
al ciudadano de a pie,
a la gente corriente..

Porque su verso
es ajeno al compromiso,
al lenguaje directo,
cáustico y descarnado.

Mas su verso es útil al poderoso,
cual instrumento represivo
sirve a los-de-arriba
porque discrimina… margina…
separa… expulsa a los-de-abajo
que se sienten extraviados….

tímidos… acomplejados
cohibidos y doblegados….
invisible acoso
que no les deja ser ellos mismos…

¡Vivir!… ¡Ataque a la libertad!

Porque su verso
es violencia encubierta
de mercaderes sin escrúpulos
munición para sus mercenarios
que de la educación y cultura
han hecho mercancía en alza.,
privilegio de unos pocos

Tampoco quiere el poeta
que el Pueblo le cante.,
su anhelo es otro.,
busca refugio
lejos de lo mundano,
que le aburre y desprecia…

…. pero sin total abandono de la tribu…
….. que lo recuerden,
que no caiga en el olvido,
que hay de todo…
ignorantes… brutos
aprovechados, oportunistas…

… pseudointelectuales,
políticos,
adictos al postureo
que no se pierden un sarao,
otros a los que distrae… satisface…

ruido, mucho ruido y humo…
por supuesto… banqueros, financieros…
mecenas de las letras… del arte…

El poeta lo tiene claro..
más aún cuando
en su efervescencia creativa
entra en trance.,
convulsión mística!!

El poeta… el poeta….

Sin remilgos se justifica…
no van a entender nada
de la elevada pluma…
de un ilustrado académico…

El poeta… el poeta….

Mejor vivir en su mundo,
en espacios y cenáculos…
reducidos círculos
con eminentes eruditos
honorables tertulianos…

El poeta… el poeta….

Cada uno en su sitio.,
que la cultura
es dama distinguida
no una amiga plebeya..

¡Poeta!!!.

¡Qué estás haciendo!!!

El poeta… de palabra muy medida
Miguel ROJO. 04 Julio 2026

“Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden/. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”. (Gabriel CELAYA. 1955, La poesía es un arma cargada de futuro).

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Anarquismos en la encrucijada

6 Julio 2026 at 18:37
Por: pegasus

Lo admito, estoy cabreado, muy cabreado, y eso explica que haya reaccionado tan abruptamente ante algunos textos provenientes del sector plataformista, o especifista como ellos mismos prefieren denominarse, y que haya proferido expresiones tan agresivas como las de calificarlos de “anarquismos cavernícolas, retrógrados, y reaccionarios”[1]

Estoy cabreado porque siempre me ha parecido deleznable que en las controversias se vaya “a por la persona” del contrincante, atribuyéndole determinados rasgos o características para descalificar sus posturas y sus argumentos, y eso es precisamente lo que se hace en escritos como los de Miguel Brea, del colectivo especifista madrileño Liza. [2]

En el afán por explicar que determinadas posturas se deben a situaciones o a rasgos personales  no se debería abandonar cierta prudencia, si no se quiere caer en la indecencia. Se me reprocha, por ejemplo, no estar presente en las luchas a pie de calle contra los desahucios y otras insoportables barbaridades. Reconozco que a mis 82 años ya no estoy para militar las 24 horas al día como lo hice largo tiempo en mi juventud y seguí haciéndolo con menguante intensidad durante muchos años más.

Me cabrea que se pretenda inducir la idea que mis posturas se deberían a que sería un intelectual de despacho, sin contacto militante con la realidad, y me fastidia tener que contrarrestar esa idea con algunos datos sobre mi trayectoria a pie de calle recordando, por ejemplo, que antes de ser mayor de edad ya estuve ante los tribunales por actividades anarquistas antifranquistas, o que en enero de 1966 entre a formar parte de la Comisión de Relaciones de la FIJL (ilegalizada en Francia. por su vinculación con Defensa Interior), o que sufrí una orden de expulsión de Francia por mi participación en la sublevación de Mayo del 68, sin olvidar que participé muy intensamente en la reconstrucción de la CNT, y así sucesivamente hasta el presente haciendo lo que buenamente puedo para luchar por mis valores. 

Por cierto, cuando se alude a que la elaboración de mis textos persigue el objetivo de que sean  publicados en revistas indexadas, se debería saber que no solo me he caracterizado por rechazar esa práctica, sino que una de mis luchas académicas fue, precisamente, la de denunciar ese criterio como indicador de excelencia investigadora.

Estoy cabreado porque el procedimiento que consiste en descalificar a la persona con el fin de socavar sus argumentos me ha llevado a mencionar algunos fragmentos de mi trayectoria antes de abordar las cuestiones de fondo, que es lo que realmente presenta algún interés.

Y, por último, pero no menos importante, también estoy cabreado porque tengo el sentimiento de que la corriente especifista, representada básicamente por Liza en Madrid y por Embat en Catalunya se inscribe de forma casi mimética, y probablemente sin pretenderlo, en un fenómeno más general que en el ámbito marxista lleva por nombre Movimiento Socialista, originado en Euzkadi, y Horitzó Socialista en los países catalanes.

En el caso del anarquismo el propósito de focalizar las luchas hacia la revolución social proletaria, y de recomponer el fragmentado tejido libertario aglutinándolo en  una gran y potente organización, me parece arrastrar las luchas anarquistas hacia una ineficacia política y social, alejándolas de la realidad del mundo contemporáneo.

Espero que haber dado rienda suelta a mi cabreo haya tenido en mí el efecto catártico suficiente para que pueda abordar ahora, sin excesiva acrimonia, la controversia con la tendencia especifista en torno a tres temas principales:

La revolución, el programa revolucionario, y el deseo de revolución.

Contrariamente a lo que se sostiene desde el especifismo no es la crítica al antiguo imaginario de la revolución lo que desalienta el fervor combativo de quienes rechazan el actual sistema y anhelan otra forma de vida, sino que es el hecho mismo de fomentar la creencia en la vigencia de ese imaginario.  En efecto, animar a luchar hoy por una revolución social inspirada en el concepto de revolución propio de las ideologías socialistas y anarquistas forjadas en el siglo 19 está abocado a crear, más tarde o más temprano, una inevitable frustración, no solo ante la evidencia de que no se perfilan, ni a corto ni a medio plazo, unas condiciones que la hagan posible, sino también por el escaso entusiasmo, e incluso el nulo interés, que  la perspectiva de una revolución “a la antigua” despierta en la población.

Se trata de una falta de credibilidad y de una ausencia de interés que puede desanimar a quienes, llevados por las mejores intenciones, vuelcan sus energías en “avanzar” hacia la consecución de la revolución, afinando estrategias, elaborando programas y perfilando sesudos proyectos revolucionarios, que en ningún caso producen avances perceptibles en esa dirección.

Criticar la concepción de la revolución forjada en los siglos 19 y 20 no significa negar que el sistema vigente sea totalmente inaceptable, ni cuestionar que haya que luchar acerinamente en su contra. No se trata de abandonar la imprescindible necesidad de transformar radicalmente el sistema, y está bien claro que los anarquismos desprovistos de un intenso deseo de revolución difícilmente merecerían su calificativo. No se trata de renegar de la revolución, sino de resignificar su concepto. Y eso es precisamente lo que se está haciendo en los sectores que mantienen vivo el deseo de revolución, pero que desarrollan sus practicas en el mundo contemporáneo y no en el fantasma de un mundo que ha caducado desde hace mucho tiempo.

En esos sectores la revolución no es un objetivo más o menos lejano hacia el cual se avanzaría mediante “el correcto desarrollo de la estrategia correcta”, sino que, alejada de toda perspectiva escatológica está incardinada en el presente. La revolución resignificada en términos actuales no se ubica en el porvenir, sino que acontece en cada espacio y en cada proceso que se consigue sustraer al sistema., no es aquello hacia lo cual nuestras luchas intentan acercarnos, sino lo que estas producen  en el transcurso de su propio desarrollo. Dicho con otras palabras, la revolución no es la meta de nuestras luchas, sino que es inherente a estas, no hay propiamente revolución entendida como se la entendía antaño, sino que existen unas actividades que son revolucionarias en tanto que ejemplifican la resistencia contra el sistema, lo contradicen  y lo resquebrajan en el transcurso de sus propio ejercicio. Se hace revolución en el día a día de las luchas, sin esperar a ningún estallido final que constituiría la recompensa de nuestros esfuerzos. La recompensa no radica en ningún otro lugar que en el seno de esos mismos actos.

Y para que no se diga que esa concepción es producto de la ideología neoliberal imperante desde el último tercio del siglo 20, basta recordar que ya la encontramos prefigurada en escritos del siglo 19, como por ejemplo en los de Max Stirner. Anecdóticamente, aun no había concluido el año 1964 cuando ya había publicado un texto que se titulaba en francés: “la revolución de papa ha muerto”.[3] Abandonar ese tipo de revolución me parecía entonces la mejor manera de seguir siendo revolucionarios y revolucionarias.

La clase obrera, su consideración como sujeto revolucionario, y el capitalismo actual

El peso del sector productivo al que pertenecían los sujetos catalogados como miembros de la clase obrera no ha dejado de decrecer tanto en términos absolutos como en términos relativos.

Mas allá de la clásica distinción marxista entre la clase en sí, y la clase para si, es obvio que tan solo un indebido proceso de reificación permite afirmar que existe algo así como la clase obrera (o cualquier otra clase). La clase es un concepto sociológico, una categoría, una abstracción, que carece de un referente material. Cuando se hipostasia esa entidad conceptual  no solo se incurre en un error inferencial, sino que se asientan las bases para construir relatos que intentan disimular su carácter fantasioso tras un lenguaje tecnicista que conduce finalmente a distorsionar nuestra representación de la realidad, y a encarrilar  nuestro análisis políticos, así como las actividades que de ellos se derivan, hacia derroteros equivocados y conclusiones erróneas,

Constar el descenso en importancia de la llamada clase obrera no es un sesgo ideológico inducido por el neoliberalismo, sino un hecho que resulta trivial por ser demasiado obvio, cuestionar la tendencia a hipostasiarla, no es restar importancia al hecho incuestionable de la explotación capitalista, ni a la existencia bien real de multitudes de personas que para subsistir se encuentran en la obligación de vender su tiempo, su salud, sus competencias, sus energías a cambio de unas contrapartidas económicas siempre inferiores a la plusvalía generada, como así lo exige la ley de hierro del capitalismo.

Pretender que la clase obrera es “el sujeto revolucionario” representa una doble falacia, primero porque si no existe una clase obrera resulta imposible que esta sea el sujeto de cualquier cosa, y segundo, porque si nos empeñamos en llamar sujeto revolucionario a las entidades que producen revoluciones, resulta que esos sujetos son múltiples. No hay un sujeto revolucionario sino muchos, Y estos no suelen definirse mecánicamente por una determinada inserción en el tejido productivo., sino que se corresponden con las reacciones y las resistencias frente a los distintos dispositivos de dominación que conforman el tejido social, y que lo siembran de operaciones de discriminación. Más allá de la eventual potencialidad revolucionaria de los colectivos explotados y/o discriminados a los que pertenecen las personas, son revolucionarias las que están animadas por un rechazo consciente y radical de la sumisión, y por un intenso deseo de revolución que las lleva a desarrollar actividades revolucionarias encaminadas a oponer resistencia a las diversas formas de dominación propias del sistema vigente.

Es obvio que el sistema en el que vivimos desde hace unos cuantos siglos es un sistema capitalista absolutamente execrable, que Marx, pero no solo él, contribuyó a analizar. Sin embargo, el lenguaje pretendidamente riguroso al que recuren los textos especifistas, así como otros de carácter filo marxista, refleja una incapacidad a desprenderse de los tópicos más manidos del marxismo. El mantra que no deja de repetirse desde hace más de un siglo es que el capitalismo entra en su fase final, y que está a punto de sucumbir bajo sus insalvables contradicciones. Se habla de capitalismo terminal, de capitalismo desquiciado, de crisis sistémica y crónica del capitalismo neoliberal, de la irreversible dinámica degenerativa de la acumulación, de la entrada del capitalismo en una fase de turbulencias estructurales, etc. etc.  No todas estas expresiones figuran literalmente en los escritos especificistas, pero si encajan en su incansable mantra de anunciar que el capitalismo está tocado de muerte debido a sus propias contradicciones internas, lo cual inyecta una moral de victoria diferida a una militancia frustrada por el hecho de constatar que el moribundo capitalismo no deja de resistir frente a sus denodadas embestidas.

Lo lamentable es que ese tipo de análisis no ayuda a entender las características actuales del capitalismo, y especialmente las de esa 4ª revolución industrial, o revolución 4.0, en la que hemos entrado desde los albores del siglo XXI.

Inseparable de la revolución informática que dio inicio a la tercera revolución industrial en los años 1970, se trata ahora de la integración de las tecnologías digitales en todos los ámbitos de la sociedad, y de la estricta dependencia de los recursos digitales en la que se encuentran todos esos ámbitos, medicina, educación, comunicación, investigación, incluso las guerras y, por supuesto, la esfera económica que pasa a configurar un capitalismo digital o tecno capitalismo que, entre otras características, consigue producir plusvalía a partir de los enormes caladero de datos explorados por potentes algoritmos.

La IA, la robótica, la ingeniería genética, las nanotecnologías, los objetos conectados, los satélites, los ordenadores cuánticos… etc. todo eso propicia, por una parte, la emergencia de un nuevo tipo de totalitarismo[4]que empieza a modelar la sociedad, y, por otra parte, la entrada en un régimen de vertiginosa aceleración de los cambios en todos los ámbitos, creando, entre otras cosas, un contexto de incertidumbre y un sentimiento de incontrolabilidad tanto del presente como del futuro.

Ese es el contexto en el que se insertan nuestras luchas actuales, y resulta bastante difícil vislumbrar cómo encaja la clase obrera en tanto que sujeto revolucionario en el marco del capitalismo 4.0

La organización especifista

Obviamente, el quid de la cuestión no radica en si es preciso organizarse o no. Tener que organizarse es una exigencia inherente a  cualquier actividad anarquista tan pronto como involucra a más de una persona, Por lo tanto, cuando se hace bandera del anarquismo organizado lo que se está haciendo es excluir implícitamente de esa categoría buena parte de las actividades anarquistas que también requieren organización, pero que se desarrollan fuera de un determinado tipo de organización. Así, se reserva la expresión “anarquismo organizado” para designar el anarquismo que se encuadra específicamente en un determinado tipo de organización.

Por ejemplo, sería manifiestamente erróneo sostener  que los colectivos anarquistas que actúan a partir de los centros sociales okupados y autogestionados, o desde problemáticas locales, o desde pequeños colectivos autónomos, o desde la lucha contra determinadas discriminaciones particulares carecen de organización, sin embargo, el hecho mismo de dejarlos al margen del anarquismo organizado está transmitiendo que si esos tipos de anarquismos no merece el calificativo de anarquismo organizado no es en realidad porque carecen de organización, sino porque constituyen un mosaico variopinto, fragmentado, inconexo, carente de una perspectiva estratégica que oriente  sus luchas.

Esa apropiación hegemónica del atributo “organizado” da al traste con la pretensión de convertir el carácter organizado o no del anarquismo en un criterio diferenciador entre dos tipos de anarquismo, y deja al descubierto la voluntad de considerar como anarquismo organizado únicamente el anarquismo propio de determinadas organizaciones entre las cuales figuran, por supuesto. las organizaciones especifistas.

Una mínima honestidad política exigiría que, en lugar de hablar genéricamente de anarquismo organizado, quienes así lo hacen precisaran que están hablando de anarquismo organizado según una de las concepción de la organización, pero que hay otras concepciones y que, por lo tanto, también existen otras variedades de anarquismos organizados. Eso desplazaría el debate hacia la comparación entre diversas formas de organización, para poder valorar, entre otras cosas, cuales son las más adecuadas a las características de la sociedad actual y las más eficaces para transformarla.

Pudiera ser, por ejemplo, que la realidad actual exigiera modelos organizativos reticulares, mucho más flexibles, más fluidos, que los de las organizaciones tradicionales, orientados por simples propósitos de coordinación para llevar a cabo tareas concretas y específicas, desde perspectivas meramente tácticas.

Pudiera ser que la tentación de romper esa fragmentación y esa fluidez organizativa condujera a condenar el movimiento anarquista a sufrir una nueva eclipse tras el reciente periodo donde consiguió polinizar una serie de movimientos subversivos externos al ámbito del anarquismo identitario, y donde alcanzó a proliferar en los intersticios de la sociedad.

En cualquier caso, la fascinación por construir una sólida organización anarquista articulada en torno a un programa revolucionario coherente, y a unas perspectivas estratégicas capaces de sostener eficazmente las luchas anticapitalistas, debería alentar la actividad militante de quienes se inscriben en esa tesitura sin que tengan que alimentar la engañosa ilusión de que las dificultades que aquejan a las luchas actuales se deben, principalmente, a la ausencia de una gran organización libertaria, y que esas dificultades desaparecerán tan pronto como esa organización vea la luz.

Pese a mis recelos respecto de las organizaciones que, de manera más o menos explicita según los casos, forman parte, de la tradición plataformista, es decir de la tradición que representa en el seno del anarquismo la versión más parecida a “la forma Partido” que es propia de las diversas variantes de los marxismo leninismos y de los trotskismos, no me incomodaría tanto el intenso proselitismo que desarrollan sus partidarios si los esfuerzos de quienes anhelan una gran organización anarquista se volcasen en desarrollarla, ganando nuevos espacios y nueva militancia, en lugar de echar mano de lo ya existente, es decir de una parte del anarquismo actualmente activo para reestructurarlo, sin percatarse de que al homogeneizarlo y al unificarlo  se corre el riesgo de destruirlo.

En efecto, parece como si se estuviese lanzando una OPA sobre los centros sociales okupados y sobre los colectivos anarquistas autónomos para que su militancia engrose las filas “unitarias· del especifismo. Un poco como ocurrió en Catalunya durante el llamado “Process” cuando los nacional-independentistas de las CUPs lanzaron una OPA sobre la militancia anarquista esparcida por el tejido social de Catalunya  y consiguieron atraer hacia la actividad nacional-independentista buena parte de esta.

El hecho de que desde el especifismo se exhorte a potenciar el poder popular, y a empoderar el pueblo fortalece el aire de familia con las organizaciones de índole marxista revolucionario, acentuando de esa forma el aroma de leninismo rampante que se desprende del especifismo. No es sorprendente que desde esa proximidad se manifieste cierta atracción hacia el reaccionario concepto de “vanguardia”, aunque  intentando reformularlo y disfrazarlo para hacerlo menos repelente en los medios anarquistas[5]

A modo de conclusión provisional, resulta obvio que, considerando tan solo las discrepancias en torno a estos tres temas, se dibujan unas orientaciones fuertemente divergentes, por no decir unas diferencias abismales[6]. Sin embargo, como nadie puede tener la total seguridad de que su punto de vista es el más acertado, me parece muy bien que quienes se agrupan en organizaciones como Liza, Embat y otros colectivos del mismo talante, desarrollen sus propuestas y actividades sin que les pongamos palos en las ruedas, siempre que también se abstengan de hacerlo respecto de otras propuestas anarquistas.

Desde el convencimiento de la necesaria pluralidad de los anarquismos, solo quiero desearles suerte en su andadura, pero eso no implica renunciar al análisis, a las valoraciones, y a la crítica de sus postulados y de su quehacer.

Es esa misma suerte, solo que aun mayor debido a mi propia orientación dentro de los anarquismos, la que deseo a quienes se organizan fuera de esas organizaciones en los colectivos anarquistas autónomos que procuran resistir, y que, con ello, están contribuyendo a anarquizar el mundo en el presente y en toda la medida de lo posible.

Tomás Ibáñez


[1] https://redeslibertarias.com/2025/10/10/anarquismos-cavernicolas-retrogrados-y-autoritarios/

[2] https://regeneracionlibertaria.org/2025/12/03/anarquismo-no-fundacional-anarquismo-funcional-al-capital/

[3] 1964. T. Ibáñez “La révolution de papa est morte”.  Bulletin des Jeunes Libertaires nº 48

[4] Véase la adenda sobre esta cuestión en mi libro Anarquismo no fundacional. Afrontando la dominación en el siglo XXI. Barcelona Gedisa 2024

[5] T. Morago, Recomponer la vanguardia, Regeneración libertaria. junio 2026

[6] A. Apilánez. https://kaosenlared.net/el-anarquismo-en-su-laberinto/

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Convergencias peligrosas

6 Julio 2026 at 18:18
Por: pegasus

«El poder político del Estado […] es la polis, la policía, es decir, la vigilancia».

Paul Virilio, Speed and politics.

La hipótesis en circulación es que los gigantes tecnológicos exigen soberanía. Esta presunción tiene su origen en la proliferación de «ciudades flotantes» y «startup cites»: enclaves con absoluta soberanía empresarial gestionados por tecnolordes de las grandes corporaciones de tecnología financiera (Fintech), criptomonedas y biotecnología, y operadas por sus propios sistemas judiciales, fiscales y de seguridad. Entre las startup cites más destacadas en América Latina están Guadalajara (México)[1] y Medellín (Colombia).[2] Sin embargo, si bien en estas ciudades existe un crecimiento significativo de empresas en la industria de las tecnologías de la información y startups de robótica y bio y nanotecnología, aún distan mucho de ser «ciudades-empresas soberanas» o «territorios semiautónomos», como sucede en las llamadas Zonas Especiales de Desarrollo Económico (ZEDE). Quizá, el ejemplo más sugerente para ilustrar como operan esas ciudades privadas sea Próspera en la República de Honduras. Esta startup city, desarrollada en la isla de Roatán en el Golfo de Fonseca, está vinculada a Thiel Capital y el ecosistema de inversores Founders Fund de Silicon Valley liderado por Peter Thiel,[3] con régimen tributario independiente del Estado hondureño y plena soberanía regulatoria.

La palabra soberanía viene del latín superanus[4]que significa «por encima». Este vocablo pronto se transformó en el conceptoque justifica el poder absoluto e irrevocable del soberano, trátese de un monarca o del Estado. De tal suerte, se le otorgó la capacidad de ejercer el poder de forma ilimitada y de dictar y ejecutar sus propias leyes sin reconocer ninguna otra autoridad por encima de la suya. Thomas Hobbes —el primer teórico del Estado moderno— concibió la soberanía como el poder supremo e indivisible del Estado, instituido (de forma artificial) mediante un pacto social donde los individuos ceden de manera irrenunciable su cuota de soberanía (es decir, la libertad absoluta). Para el autor de Leviatán, el Derecho se basa, única y exclusivamente, en el principio de soberanía. O sea, en la sumisión y la obediencia. Así, el filósofo inglés dejaba constancia de la mayor defensa del absolutismo de su época.

Un par de siglos después, con la intención de trascender el «normativismo»  impuesto por el liberalismo moderno, Carl Schmitt hace una recuperación de la necesidad del poder absoluto hobbesiana.  Para este jurista y filósofo pronazi, toda normatividad (legal y moral) es un intento desatinado por limitar la decisión del soberano, restringiéndole el uso de la fuerza en situaciones de inminente necesidad. Para él, la soberanía es la fuerza creadora y fáctica que permite la «materialización del Derecho» (Rechtsverwirkligung), anteponiendo el poder político a las normas jurídicas de manera dictatorial, tal y como expone en su libro La dictadura. Desde los comienzos del pensamiento moderno de la soberanía hasta la lucha de clases proletaria.[5]En este texto, publicado en 1920, Schmitt anticipaba la esencia de los fascismos (rojo, negro y pardo), haciendo hincapié en la oposición intrínseca entre Derecho y ejercicio del Derecho. Contradicción perfectamente superable, según el jurista, con la implantación de la dictadura, estableciendo «el concepto crítico de actuación del Derecho».[6]

En agosto de 1934 , en su abominable artículo Der Führer schützt das Recht. Zur Reichstagsrede Adolf Hitlers vom 13. Juli 1934 (El Führer defiende la Ley. Sobre el discurso de Adolf Hitler ante el Reichstag del 13 de julio de 1934) Schmitt no dejó lugar a dudas de que Hitler había cumplido en todos los sentidos con su concepción de soberanía: «El Führer defiende la ley contra los peores abusos cuando, en momentos de peligro, refuerza su liderazgo como autoridad judicial suprema. Dicha autoridad emana de la misma fuente de la que proviene la ley de todo pueblo. En el momento de mayor necesidad, la ley suprema se confirma y se manifiesta el más alto grado de desarrollo jurídico».[7]

En su obra Der Bahnhof von Finnentrop. Eine Reise ins Carl Schmitt Land (La estación de Finnentrop. Un viaje a la tierra de Carl Schmitt), Christian Linder recrea con lujo de detalles la vida personal, política e intelectual de Schmitt. Profuso en anecdotas y fotografías, más en el plano literario que académico, el libro recoge desde confesiones íntimas del jurista —comprendido su protagonismo en el endriago nazi— hasta conceptos jurídicos y reflexiones teóricas, incluida su redefinición del concepto de soberanía:

«Después de la Primera Guerra Mundial dije: “Es soberano quien decide sobre el estado de excepción”. Tras la Segunda Guerra Mundial, frente a mi muerte, digo: “Es soberano quien dispone de las ondas del espacio”».[8]

De regreso a las exigencias de soberanía de los gigantes tecnológicos en «el momento de mayor necesidad» de los Estados imperiales que se disputan el control de la información, la captura de la atención y el modelado del imaginario colectivo, resuenan inquietantes las palabras de Schmitt. Como enfatiza Han, actualizando la redefinición schmittiana:

«Lo decisivo para obtener el poder es ahora la posesión de la información. No es la propaganda de los medios de masas, sino la información, la que asegura el dominio. Ante la revolución digital, Schmitt reescribiría su dictum sobre la soberanía: soberano es quien manda sobre la información de la red».[9]

Dicho en otras palabras, los oligarcas tecnológicos demandan poder absoluto y territorio propio —libre de limitaciones jurídico-legislativas—, que les permita ejercer la soberanía por encima de todos y de todo.

Pero, esa soberanía que exigen los tecnolordes, no ensambla con la política institucionalizada de simulación normativa con que tradicionalmente gobiernan las democracias liberales.[10] Tampoco acopla con la teatralidad que desde la llamada «sociedad civil» promueven los observatorios críticos y demás plataformas de «regulación y transparencia» que fingen proteger a las personas usuarias del «collarín electrónico».[11] Menos aún, con la desterritorialización impuesta por el capitalismo mundial integrado (CMI). El avance soberano de las tecnologías requiere Estados fuertes que, en nombre del proteccionismo, promuevan la eliminación de las limitaciones constitucionales y el sometimiento de todas las instituciones, incluyendo las cortes, los parlamentos y las instancias reguladoras. Es decir: reterritorialización y absolutismo.

Con tal escenario, no es este mal momento para recordar los argumentos en defensa de la soberanía de la IA expuestos recientemente por Peter Thiel y su socio Alex Karp. Mediante un escueto manifiesto de 9 puntos, intitulado Nuestra visión sobre la importancia de la soberanía en la inteligencia artificial, estos tecno-oligarcas regresaron el discurso schmittiano al debate público. En el texto divulgado en la red social X el 1 de julio del año en curso, dejaron sentada la ideología de su empresa (Palantir) y su rechazo furibundo a lo que llaman la «tecnopolitización», descalificando a priori cualquier debate político en torno a las nuevas tecnologías, discusiones que, según afirman Thiel y Karp, solo limitan «la capacidad de actuar, especialmente en el campo de batalla, en Occidente».[12]

Con la aceleración tecnológica y el espectro de la incertidumbre postpandemia, llegó a su fin la desterritorialización capitalista que impuso el CMI durante las tres últimas décadas del siglo pasado. La «globalización» sería inmediatamente suplantada por un capital de poder que se reterritorializa echando mano del nacionalismo económico al que se han suscrito en busca de «soberanía» la inmensa mayoría de los líderes en la era populista.

Si bien en las democracias liberales, las leyes y regulaciones no son inmutables, siendo su estado natural la evolución constante acompañando la revolución permanente de la técnica, persiste cierta inercia fundamentada en el «Estado regulatorio» que ralentiza y, de cierta manera, dificulta el desenfreno tecnocientífico y el ejercicio absoluto del poder. Con su lógica institucional, lo más alejada posible de la «soberanía popular» y la «tentación totalitaria de las masas», las llamadas «democracias restringidas»[13] han obstaculizado el avance irrestricto de las nuevas tecnologías mediante el afianzamiento de la separación de poderes. En cambio, con las regresiones político-sociales suscitadas por el apogeo de regímenes populistas, se eliminan esas pequeñas trabas y se consolida el poder absoluto como instrumento idóneo de la barbarie tecnofascista del siglo XXI.[14]

Las tecnologías obedecen sus propios intereses. De ahí, el incremento de las desregulaciones tecnológicas[15] y el creciente empoderamiento de la mancuerna tecnolordes-autócratas. La necesidad es mutua. Sin líderes autocráticos dispuestos a desacatar las ordenes constitucionales y romper todas las reglas e imponer su voluntad sin ambages, es imposible el despliegue ad infinitum de las big tech. Los gigantes tecnológicos no solo requieren un territorio libre de trabas, tal y como impulsa el tecnonacionalismo, sino la magnánime financiación pública de sus inversiones multibillonarias en infraestructura energética. Y viceversa, sin el apoyo de los tecnolordes —que abastecen el complejo militar y proporcionan vigilancia psicopolítica, análisis de datos y pronóstico del comportamiento— no puede concretarse la autocracia que ambicionan los populistas para ejercer a plenitud el absolutismo geopolítico.

Por eso el auge en los últimos veinte años de monarcas populistas en el contexto de las energías políticas regresivas y la disrupción de las innovaciones tecnológicas que buscan acelerar la implantación de un nuevo régimen totalitario a través de softwares e inteligencia artificial. De hecho, es irrefutable la manera como los líderes populistas —los monarcas del siglo XXI— se han servido (sin excepción) de estas tecnologías. Sin duda, la práctica más conocida ha sido la captura de los espacios digitales donde concentran toda la artillería pesada de su gobernanza, imponiendo los temas de conversación mediante granjas de bots. A través de memes virales y deepfakes difunden consignas de manera vertiginosa e impactante hasta apoderarse (absolutamente) del discurso público.

La fusión entre el poder estatal y la infraestructura hipertecnológica ha hecho posible —en nombre de la «soberanía»— el control social mediante la conversión de «datos duros» en objetivos de vigilancia y represión. La alianza Big States-Big Tech, tal como describe Asma Mhalla, ha dado lugar a un nuevo Leviatán —a diferencia del de Hobbes— bicéfalo. Una cabeza encarnada en la soberanía del Estado imperial que obtiene gran parte de su poder gracias a los gigantes tecnológicos y la otra, en una forma de «soberanía privada» que reside en la aristocracia tecnológica con su agenda ideológica totalizadora. Este monstruo del siglo XXI, Léviathan à deux têtes, a decir de la ensayista franco-tunecina, ha gestado la nueva gramática de un poder híbrido, un poder tecnopolítico, protagonizado por una elite tecnológica que posee hipertecnologías de captura de la atención y un puñado de líderes políticos.[16]

Aunque frecuentemente se afirma que la etiqueta «populista» suele utilizarse a modo de cajón de sastre para dar cabida a una amplia gama de líderes, partidos y movimientos diversos, heterogéneos y contradictorios, existe una abrumadora evidencia que demuestra lo contrario. Es decir, que corrobora via facti su homogeneidad y la existencia de vasos comunicantes a través de una suerte de Internacional Populista.[17] Basta con consultar el extenso acervo especializado que se ha venido acumulando en las últimas décadas —con posicionamientos liberales y marxianos— desde las ciencias sociales y la ciencia política, para encontrar el denominador común de esta tendencia autoritaria. Lo que desbarata de antemano las forzadas distinciones entre populismos de «izquierda» y de «derecha» y revela su esencia de carta comodín, demostrando su capacidad de vincularse con cualquier compromiso político. En términos generales, podría definirse como una tendencia política carente de ideología que simplifica las reivindicaciones sociales y las reduce a la dicotomía «pueblo» Vs. «elite», mediante la manipulación de las emociones más elementales de los votantes.

El propio Laclau —sumo sacerdote del populismo latinoamericano— le otorga cierta neutralidad ideológica a esta «lógica política», que le permite desplazarse de un extremo a otro del espectro ideológico e incluso, mancomunarse con otras ideologías fuerza. Para ejemplificar esta fusión, el teórico porteño recurre a Heidegger y la distinción que éste hacia entre la dimensión ontológica y la óntica. Según Laclau, siguiendo los postulados del filósofo nacionalsocialista, la necesidad ontológica de expresar la división social y su satisfacción óntica en relación con los discursos de cambio radical, provocaron en Francia «un movimiento considerable de quienes fueran votantes comunistas hacia el Frente Nacional».[18]

Un desplazamiento similar, motivado por «la necesidad ontológica de expresar la división social», ocurrió en México durante las elecciones presidenciales de 2018 que le dieron la victoria a Andrés Manuel López Obrador, al contender en Coalición quienes fueran votantes comunistas[19] y los votantes del conservadurismo radical evangélico (Partido Encuentro Social).[20] Y, aunque en esa ocasión el conservadurismo guadalupano no contó con fuerza política suficiente para participar en coalición con la autodenominada «izquierda nacionalista», tampoco fue despreciable el voto católico a favor de López Obrador de filiación sinarquista.[21] La cuestión, sin embargo, no radica en las fusiones político-ideológicas que logre concretar el movimiento populista para obtener sus fines, lo realmente preocupante es la ostensible tentación absolutista de esta tendencia. Más importante aún, la enorme concentración de poder ilimitado que expresan los nuevos monarcas populistas.

Empero, esta acelerada transición a la «posdemocracia»[22] no puede siquiera imaginarse si no es con el auspicio de la revolución permanente de la técnica. El siniestro curso de las tecnologías en nuestros días ha alimentado el síndrome de los monarcas. En consecuencia, cada vez son más enérgicas las exigencias de desregulación de los tecnolordes que reclaman «retribución» por los servicios prestados al nacionalpopulismo. Desde luego, el interés por eliminar las restricciones jurídico-legislativas (e incluso éticas) no se limita a los deseos absolutistas de los monarcas populistas o a los requerimientos de la tecno-oligarquía de la comunicación y la información, también los promotores de la ciborgización demandan el fin de las políticas intervencionistas en materia de regulación y transparencia que actualmente impiden la manipulación genética de la línea germinal, la clonación reproductiva y la creación de embriones animales con células humanas.[23]

En 2016, Bifo publicó el ensayo And. Phenomenology of the End [Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva] donde definía como «semiocapitalismo» al sistema económico imperante a nivel global, en clara alusión al actual proceso de producción, determinado por la elaboración de signos-información, y por el indiscutible carácter semiótico de la mercancía. Sin embargo, con la intención de comprender mejor la dimensión política de la transformación que acarreó la desregularización económica, recomendaba referirnos a ella en términos de «absolutismo capitalista».[24] De esta forma, hacía evidente la detección de cierta deriva regresiva —inducida por la convergencia de la aceleración semiocapitalista y el hiperliberalismo— que nos remite a las luchas «primitivas». Esto es, al comienzo de la batalla por la liberación del absolutismo.

A propósito, Bifo efectuaba un breve recordatorio de las luchas de la burguesía contra el absolutismo de la Modernidad temprana como «parte de la batalla por la liberación del control estatal sobre las empresas privadas y, asimismo [lo más “interesante” desde su punto de vista], una batalla por el dominio de la ley, por la limitación constitucional de las acciones del monarca».[25]

En efecto, con la Revolución Francesa de 1789, la pequeña burguesía ilustrada                             —representada por girondinos y jacobinos— impulsó el imperio de la ley para limitar el poder absoluto del monarca y de la aristocracia feudal. Esta limitación constitucional se vería severamente reforzada con el surgimiento de la república en los nuevos Estados-nación. Como recalca Bifo en su Fenomenología del fin:

«Esta es la razón por la cual la clase burguesa aceptó el pacto democrático y dio su consentimiento para negociar con la clase trabajadora­. Ella no podía ser indiferente al destino de su territorio y al de la comunidad que trabajaba en él. Los trabajadores y la burguesía compartieron el mismo espacio urbano y el mismo futuro».[26]

Tal y como resulta evidente en nuestros días, estamos transitando en sentido opuesto. Es decir, involucionamos del «pacto democrático» a la restauración del «pacto absolutista». La otrora «clase trabajadora» —embelesada con la nueva utopía tecnológica— ha dado su consentimiento a priori mediante el voto popular bajo la conducción psicopolítica de la IA.

De hecho, la IA ha posicionado a la dominación «en condiciones de influir en nuestro comportamiento por debajo del umbral de la conciencia».[27] Por consiguiente, el nuevo dominio algorítmico «se apodera de esas capas pre-reflexivas, instintivas y emotivas del comportamiento que van por delante de las acciones conscientes».[28] De tal suerte, la psicopolítica basada en datos «interviene en nuestro comportamiento sin que seamos conscientes de ello».[29]

Esta «intervención» sin consentimiento —mediada por interfaces digitales— opera directamente sobre los mecanismos cerebrales, provocando impulsos (emociones, dependencias, etc.) a nivel infraconciente que influyen en nuestras decisiones cotidianas. Así las cosas, la gestión psicopolítica se concreta a través de la «estrategia del pull». A diferencia de la «estrategia del push», cuyo propósito es conectar al consumidor de manera directa con un producto determinado mediante acciones proactivas (bombardeo publicitario o email marketing), el enfoque pull se centra en influir de forma indirecta, sin que seamos conscientes de la manipulación persuasiva, estimulando reacciones con «contenidos de valor» y «posicionamientos orgánicos». El objetivo es inducir cambios en el comportamiento, las creencias, actitudes o preferencias, atrapando la mayor atención posible de las tribus digitales.

En este contexto, el psicopoder ha desarrollado un tándem de tecnologías persuasivas que alienta el consumismo y la sumisión voluntaria. Este eficaz autosometimiento del animal humano al entramado de dominación algorítmica ha dado lugar a la distopía ciberpunk actual. Gracias a la convergencia Big tech-Estados imperiales, la restauración de la aristocracia tecnofeudal hoy se consolida a paso agigantado. O sea, el nuevo absolutismo. El reinode un CEO-monarca: el sueño húmedo de Curtis Yarvin y un puñado de teóricos de la Ilustración Oscura.

Gustavo Rodríguez,

Planeta Tierra, 3 de junio de 2026.


[1] En el último sexenio esta ciudad se posicionó como la capital de los semiconductores de América Latina, consolidándose como el Silicon Valley de México. Siendo Jalisco el estado con más desarrollos en la industria de las tecnologías de la información y la alta tecnología (biotecnología, nanotecnología y robótica) en el país, con una inversión de casi 3 mil millones de dólares. Información del gobierno del estado de Jalisco, disponible en línea: https://www.jalisco.gob.mx/prensa/noticias/se-consolida-jalisco-como-el-silicon-valley-de-me-38699 (Consultado 27/6/2026).

[2] Según el informe del Índice Global de Ecosistemas de Startups realizado por StartupBlink, la ciudad paisa es líder regional en creación de startups, contando con 10,9 «emprendimientos» de alta tecnología por cada 100.000 habitantes y se prepara para ser la capital de la IA en América Latina. Vale señalar que durante el período de gobierno del presidente saliente (Gustavo Petro), el presupuesto gubernamental destinado a la «innovación y el emprendimiento» tuvo una caída de 79%, lo que motivó  —agrego yo— la intromisión en plena campaña electoral de Donald Trump y del vicepresidente JD Vance pidiendo el voto a favor del candidato opositor. Para más información sobre el informe de StartupBlink se recomienda visitar su página: https://lp-startupblink-com.translate.goog/report/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc (Consultado 27/6/2026).

[3] También conocidos como la «Mafia de PayPal» por haber sido fundadores y exempleados de PayPal Holdings Inc. Tras la venta de esta empresa iniciaron una estrategia de lobby contra lo que consideran la excesiva regulación y la resistencia burocrática, inspirada en la filosofía política de la tendencia libertaria. Su inluencia, según afirman, ahora «guía el enfoque» del gobierno de Trump. Esta red de influencia se extiende más allá de los fundadores y empleados originales de PayPal, lo que incluye a figuras como Jim O’Neill, ex director ejecutivo de la fundación de Peter Thiel, elegido por Trump para ser subsecretario de Salud y Servicios Humanos; Trae Stephens, socio de Founders Fund, considerado para el cargo de subsecretario de Defensa; Michael Kratsios, ex jefe de gabinete de Thiel, quien estuvo a cargo de la política tecnológica durante la transición entre las administraciones de Bidem y Trump; y el vicepresidente JD Vance, que trabajó en Mithril Capital (empresa propiedad de Thiel) y cuya carrera política ha sido fuertemente alentada y respaldada por Peter Thiel. Cfr. La influencia de la mafia de PayPal en la segunda administración Trump, Adam Hayes. Disponible en línea: https://www-investopedia-com.translate.goog/the-paypal-mafia-8759491?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc (Consultado 27/6/2026).

[4] Compuesta de super (encima, sobre) y el sufijo anus (pertenencia, procedencia).

[5] Cfr: Schmitt, Carl (1968) La dictadura. Desde los comienzos del pensamiento moderno de la soberanía hasta la lucha de clases proletaria. Madrid: Ediciones de la Revista de Occidente. Trad. José Díaz García.  pp. 199 -219. Disponible en línea: https://dn790006.ca.archive.org/0/items/SCHMITTCarl.LaDictadura/SCH MITT%2C%20Carl.%20La%20Dictadura.pdf (Consultado 27/6/2026).

[6] Id.

[7] Carl Schmitt, Der Führer schützt das Recht. Zur Reichstagsrede Adolf Hitlers vom 13. Juli 1934, Deutschen Juristen-Zeitung, 1. August 1934. Trad. propia. Disponible en línea en: https://www.flechsig.biz/DJZ34_CS.pdf (Consultado 27/6/2026).

[8] «Nach dem ersten Weltkrieg habe ich gesagt: ‚Souverän ist, wer über den Ausnahmezustand entscheidet.’ Nach dem zweiten Weltkrieg, angesichts meines Todes, sage ich jetzt: ‚Souverän ist, wer über die Wellen des Raumes verfügt’». Cfr. Linder, Christian (2008). Der Bahnhof von Finnentrop. Eine Reise ins Carl Schmitt Land. Berlin: Matthes & Seitz. Trad. propia, p.423.

[9] Cfr: Han, Byung-Chul. (2022) Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Buenos Aires: Taurus, trad. Joaquín Chamorro Mielke. p. 24. Énfasis en el original.

[10] Por mucho que sus jueces y legisladores corruptos sucumban a las tentaciones millonarias que ofrecen los cabilderos tecnológicos, el esquema de pesos y contrapesos —consolidado en los regímenes liberales mediante la separación de poderes y el afianzamiento de las cortes constitucionales—, dificulta el avance irrestricto de las tecnologías.  

[11] Deleuze, Gilles. (1996) Conversaciones 1972-1990. Valencia: Pre-textos, trad. José Luis Pardo. pp. 284-285.

[12] Cfr: Our thoughts on the importance of AI sovereignty. Disponible en línea en: https://x.com/PalantirTech/status/2072114267776491695?ref_src=twsrc%5Etfw%7Ctwcamp%5Etweetembed%7Ctwterm%5E2072114267776491695%7Ctwgr%5E1e8a7934f4b0ce81c5e075405503ff5ee122ed8a%7Ctwcon%5Es1_&ref_url=https%3A%2F%2Fwww.ambito.com%2Ftecnologia%2Fpalantir-y-un-nuevo-manifiesto-la-ia-soberania-datos-y-una-critica-la-tecnopolitizacion-n6294814 (Consultado 29/6/2026).

[13] Jan-Werner Müller desarrolla el concepto de «democracias restringidas» para referirse a los sistemas democráticos fundados al término la Segunda Guerra Mundial sobre el temor a la participación de las masas. Esta falta de confianza en la soberanía popular e incluso, en la soberanía parlamentaria tradicional, dio lugar a una forma de «democracia nueva» tremendamente constringida.  Según expone Müller en su libro Contesting Democracy, lo que realmente surgió en 1945 fue un orden diseñado para prevenir el regreso del fascismo y el nacionalsocialismo, asentado en un nuevo consenso político entre los socialdemócratas, los liberales y los democristianos en torno a un equilibrio «centrista» de los principios liberales y el constitucionalismo en particular, redefiniendo  tanto al liberalismo como a la democracia al tenor de la experiencia totalitaria en Europa de mediados del siglo XX. Vid: Müller, Jan-Werner (2011). Contesting Democracy. Political Ideas in Twentieth Century. New Haven (CT): Yale University Press.

[14] Vale señalar, para evitar distorsiones y malentendidos, que el reconocimiento de estas diferencias no implica en absoluto la menor simpatía por ninguna de las diversas variedades de democracia. Ante toda fórmula de gobernanza, se trate de democracia representativa, democracia popular, democracia parlamentaria, democracia directa, democracia obrera o cualquiera sea el adjetivo, abrazo la vieja máxima que afirma que «toda democracia es la dictadura de las mayorías».

[15] La apuesta por la desregulación tecnológica en el desarrollo de la IA y el ecosistema cripto, particularmente evidente durante el segundo mandato de Trump, está redefiniendo la economía y el panorama geopolítico a nivel global.

[16] Mhalla, Asma (2025). Cyberpunk – Le nouveau système totalitaire. Paris: Éditions du Seuil.

[17] Según Steve Bannon, estratega de comunicación de la Casa Blanca durante el primer período presidencial de Donald Trump, su principal propósito es crear «la infraestructura del movimiento populista global». Vid: Horowitz, Jason (2018) Steve Bannon Is Done Wrecking the American Establishment. Now He Wants to Destroy Europe’s. New York Times, 9 de marzo. Disponible en:

https://www.nytimes.com/2018/03/09/world/europe/horowitz-europe-populism.html (Consultado 29/6/2026).

[18] Vid: Laclau, Ernesto (2005) On Populist Reason. Londres: Verso, trad. La razón Populista. México:FCE. p.88. Disponible en versión digital (p. 98): https://docs.enriquedussel.com/txt/Textos_200_Obras/Aime_zapatistas/Razon_populista-Ernesto_Laclau.pdf (Consultado 29/6/2026).

[19] Exmilitantes de los desaparecidos Partido Comunista de México (PCM), del Partido Socialista Revolucionario (PSR), el Movimiento de Acción y Unidad Socialista (MAUS), del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), entre otros con la misma orientación política.

[20] «Nos estamos agrupando para enfrentar al bloque político que representa lo que es denominado la mafia del poder […] Esta es una alianza que se constituye como un referente moral […] no sólo vamos a triunfar, vamos a ganar la presidencia [no solo] para buscar el bienestar material sino también para buscar el bienestar del alma». Declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, aspirante presidencial de Morena, en su casa de campaña en la Colonia Tabacalera, CDMX. Partido de AMLO se alía con el conservador Partido Encuentro Social,14 de diciembre de 2017. CBS News. Disponible en: https://www.cbsnews.com/news/partido-alia/ (Consultado 29/5/2026).

[21] En las elecciones federales de 2000 el Partido Alianza Social, sucesor directo del brazo político del sinarquismo (registrado como Partido Demócrata Mexicano en 1975 por José Antonio Calderón Cardoso), formó parte de la Alianza por México que postuló a Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de la República. Muchas de sus bases votaron por AMLO en 2018, motivadas por su prédica «humanista cristiana» y el discurso antielitista («contra la Mafia del poder»).

[22] Vid: Crouch, Colin (2004). Post-Democracy. After the crises. Cambridge: Polity Press.

[23] En 2018, durante la Segunda Cumbre Internacional sobre Edición del Genoma Humano celebrada en Hong Kong, el biofísico e investigador especializado en edición genética Jiankui He, comentó que había modificado genéticamente dos embriones humanos (las gemelas Lulú y Nana) con la finalidad de hacerlas resistentes al SIDA. «Para ello, empleó la técnica genética CRISPR-Cas9, que permite “cortar y pegar” piezas de ADN en células vivas». Un año después, ante las presiones de la «comunidad científica» internacional, el gobierno chino se vio obligado a condenarlo a 3 años de cárcel, sin retirarle su licencia. En la actualidad continúa «investigando en la edición genética». Vid. El creador de los primeros humanos modificados genéticamente lanza un desafío. Daniel Pellicer Roig, National Geographic. Disponible en línea: https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/jiankui-he-cientifico-que-modifico-humanos-vuelve-desafiar-comunidad-cientifica_23178 (Consultado 1/7/2026).

[24] Berardi, Franco. (2017) Fenomenología del fin: sensibilidad y mutación conectiva. Buenos Aires: Caja Negra, trad. Alejandra López Gabrielidis, p. 228.

[25]  Id.

[26] Ibidem., p. 229.

[27] Han (2022). p. 23.

[28] Id.

[29] Id.

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Un par de aportes sobre el poder y la revolución española a raíz de una reseña de Rumbo a Zaragoza

6 Julio 2026 at 18:03
Por: pegasus

Respuesta de Roberto Martínez Catalán a la Reseña de la revista Rebel Worker sobre su libro «Rumbo a Zaragoza: Una crónica de la Columna Durruti»

Hola Rebel Worker Paper:

He leído con interés la reseña que habéis publicado sobre mi obra: Zaragoza Bound. A Chronicle of the Durruti Column. Y me gustaría aclarar unos puntos que se han entendido mal; quizás porque no he sido suficientemente claro.

En primer lugar, lejos de rechazar el sistema de Consejos Obreros, defiendo precisamente lo contrario, que hubiera constituido la mejor salida para la situación revolucionaria creada en julio de 1936.

Como expongo, en el Pleno de la CNT catalana del 21 de julio se discutió el camino a seguir ante el escenario de guerra y revolución que se abría ante ellos, polarizándose la discusión entre dos posturas: 1) Aplazar la revolución y colaborar con las demás fuerzas antifascistas en la derrota de la sublevación militar, propuesta que salió victoriosa; 2) Disolver la Generalitat y proclamar el Comunismo Libertario; “ir a por el todo” lo llamó García Oliver, un eufemismo que utilizaba en lugar de “tomar del poder”.

En la página 38 relato como García Oliver, según sus memorias, propuso en aquel pleno que “se terminase lo empezado” y “forzando los acontecimientos (…) los sindicatos anarcosindicalistas fueran a por el todo, esto es, a organizar la vida comunista libertaria en toda España”. “Una propuesta que [continúo explicando yo], dado que la CNT no agrupaba a la mayoría de la clase trabajadora y mucho menos de la población en su conjunto, algunos de forma justificada tachaban de ‘dictadura anarquista’”. Y aquí llega el fragmento clave: “Lo más llamativo del asunto es que parece que todos los allí participantes contemplaban una hipotética proclamación del comunismo libertario y marcha hacia delante con la revolución de este o muy similar modo, en cualquier caso se entendía que la CNT como organización debía ‘prevalecer después de la revolución’. Ni entonces, ni -lo que es más importante- en debates posteriores sobre este tema, se planteó siquiera la posibilidad de convertir los múltiples comités que surgieron como setas por toda la geografía -previa democratización y coordinación hasta erigir un poder central- en los órganos de gobierno de un futuro régimen revolucionario. Una fórmula mucho más coherente que el establecimiento de alguna especie de dictadura sindical o la colaboración con las demás fuerzas antifascistas sin importar ideología y que podrá haber atraído el apoyo de otros sectores revolucionarios, así como de trabajadores sin filiación política específica. En su lugar, contemplaron a estos comités revolucionarios como meros organismos provisionales que tarde o temprano tenían que desaparecer, principalmente no cabe duda porque eran extraños a sus esquemas organizativos”. Estos comités democratizados hubieran constituido, de hecho, Consejos Obreros (o Soviets libres). Al menos así lo veo.

En segundo lugar, como apunto en el fragmento destacado, estos comités hubiera sido necesario en mi opinión coordinarlos hasta erigir un poder central; de cara fundamentalmente a coordinar la economía y lucha armada. Sin embargo, este poder central -llámesele Consejo, Comité, Junta o Gobierno (como hago al final del libro a sabiendas de que es harto polémico)-, no debería haberse guiado por la misma lógica que un gobierno tradicional, sino por una revolucionaria: control desde la base, rotación de los cargos, igual remuneración que un trabajador más….

¿Significa esto que defiendo la necesidad del Estado? Depende de lo que se entienda por Estado; pues es un concepto bastante resbaladizo, abierto a interpretaciones. Si se entiende por Estado a la existencia de algún tipo de poder central, sin importar sus características, puede en efecto afirmarse. Pero si entendemos por Estado a una estructura burocrática separada de la sociedad, que tiende a perpetuarse en el poder y cuyo principal objetivo es la defensa de los intereses de unas clases dirigentes; en tal caso no. Y quiero subrayar a este respecto que en el libro hablo de Gobierno revolucionario, en ningún caso de Estado revolucionario.

Así pues, por último, una de las cuestiones clave que pretendo plantear no es la del Estado, sino la del poder; la de la necesidad de constituir un poder obrero que ocupe el vacío dejado por el derrumbe estatal y sea capaz de hacer frente a los desafíos que abre el comienzo de la Revolución. La toma del poder que sostengo no es en el sentido de partido, sindicato, organización o grupo dirigente cuales quiera que sea; sino en el sentido de clase. La clase trabajadora en su conjunto debe tomar, ejercer el poder, a través de sus propios organismos.

La Revolución, la emancipación de los trabajadores, tal y como consagró en sus estatutos la Primera Internacional, debe ser obra de los propios trabajadores.

Un saludo.

La reseña de Rebel Worker

«Rebel Worker», Sidney, May – June 2026, p. 16-18.

Rumbo a Zaragoza: Una crónica de la Columna Durruti
Roberto Martínez Catalán
AK Press

«¡Rumbo a Zaragoza!» fue el grito de guerra de la milicia anarquista en su avance desde Barcelona hacia Aragón al comienzo de la Guerra Civil Española. «Rumbo a Zaragoza: Una crónica de la Columna Durruti» es, aparentemente, un relato de este hecho. Pero no lo es. Se centra principalmente en las lagunas clave del pensamiento anarquista, tal y como se perciben desde fuera y desde dentro de la milicia. Martínez Catalán considera que estas lagunas tuvieron consecuencias fatales para la organización y la conducción de la guerra, lo que condujo, en última instancia, al fracaso de la revolución. Sugiere que cualquier intento futuro de reorganización libertaria de la sociedad requiere un replanteamiento de la teoría anarquista.

Este libro se articula en torno a un estudio de la Columna Durruti, una formación miliciana liderada por anarquistas que se constituyó en los primeros días tras la derrota del levantamiento militar en Barcelona. La Columna Durruti partió inmediatamente hacia Zaragoza, la principal ciudad de la provincia de Aragón. Esta ciudad era un bastión de la CNT, donde el levantamiento militar había tenido éxito. A diferencia de la Cataluña rural, la influencia anarquista y de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo, el sindicato anarcosindicalista) era fuerte en la zona rural de Aragón. A medida que las milicias anarquistas avanzaban por los pueblos en su marcha hacia Zaragoza, la mayoría de ellos crearon colectivos para compartir la tierra.

Para Martínez Catalán, al menos dos elementos son esenciales para una política que aspire a una revolución exitosa. Uno es la cuestión de las formas de organización militar necesarias para ganar una guerra civil, y el otro es la cuestión del Estado. Ambas son cuestiones de poder. Para Martínez Catalán, la profunda antipatía de los anarquistas españoles hacia el militarismo y el Estado les llevó a buscar a tientas soluciones improvisadas para problemas inevitables y predecibles.

La CNT era el sindicato más grande de España y el más fuerte en el «cinturón rojo y negro», la franja de barrios obreros que rodeaba Barcelona, donde la mayoría de los trabajadores eran miembros del sindicato anarcosindicalista. Según George Orwell, allí era tan habitual ser miembro de la Federación Anarquista como lo era serlo del Partido Laborista en Gran Bretaña. La toma a gran escala de fábricas y empresas de Barcelona bajo diferentes formas de control obrero no se aborda en este libro. La atención se centra en lo que Martínez Catalán considera las cuestiones clave del ejército y el Estado, cuestiones para las que, según él, los anarquistas no estaban teóricamente preparados para afrontar. Tras la experiencia de las milicias, se analiza la colectivización rural en Aragón.

No se puede subestimar hasta qué punto caló el antimilitarismo entre las bases anarquistas y de la CNT, y esta antipatía es fundamental para las cuestiones que identifica Martínez Catalán. Durruti, el líder de la Columna, realizaba emisiones regulares dirigidas a las unidades de la milicia. Estas se centraban de forma abrumadora en la cuestión de la disciplina funcional en una milicia igualitaria y antiautoritaria. No se hacía el saludo militar ni se decía «señor», y no existían privilegios de rango. La milicia se organizaba en grupos de diez, que a su vez se agrupaban en grupos de cien. Se celebraban reuniones periódicas de delegados elegidos de ambos niveles. Esto seguía en gran medida la práctica sindical de la CNT. Estos delegados participaban en reuniones de nivel superior con Durruti y un exsargento de artillería del ejército que colaboraba con Durruti como asesor militar.

Simone Weil, que formaba parte de la unidad internacional de la Columna Durruti, resume así una transmisión de Durruti: «disciplina, disciplina y más disciplina». La idea era una regulación del comportamiento autoimpuesta (e impuesta por la presión del grupo). Esto significaba acatar las órdenes en combate y reservar los debates sobre la organización y los diferentes enfoques de la guerra para los momentos de descanso y las reuniones periódicas de delegados. Los anarquistas se oponían a la coacción y se basaban en el diálogo y en una ética igualitaria de cooperación y reparto. La cuestión era hasta qué punto una unidad militar podía organizarse según estos principios. Martínez Catalán sostiene que, aunque la Columna Durruti era considerada por sus oponentes como la más disciplinada de las milicias, existía una aceptación a regañadientes de lo que él considera un compromiso «necesario» que la teoría anarquista no podía abarcar. Señala que, si bien no existía la coacción militar tradicional, sí había coacción. Los infractores expulsados de la Columna eran enviados de vuelta, a pie, a Barcelona.

1692468 Simone Weil, in the Durruti Column, Spain, 1936 (b/w photo) by Unknown photographer, (20th century); (add.info.: Simone Weil (1909-1943) french philosopher, here in 1936 during spanish civil war when she was in the Durruti Column); PVDE.

Durruti consideraba que era esencial trabajar para lograr la victoria lo antes posible, lo que significaba la liberación de Zaragoza; si la guerra continuaba, acabaría con la posibilidad de una revolución libertaria, ya que endurecería y brutalizaría a quienes participaban en ella. Hablando de las relaciones entre las milicias y los campesinos de Aragón, Simone Weil señaló en aquel momento: «Sin ninguna insolencia ni brutalidad —o, al menos, yo no vi ninguna—… existía un abismo entre los hombres armados y la población desarmada, un abismo como el que separa a los pobres de los ricos. Siempre había algo de humildad, sumisión y temor en la actitud de unos, y de arrogancia, despreocupación y condescendencia en la de los otros».

Durruti se opuso e intentó detener los asesinatos de «fascistas» (por lo general, grandes terratenientes) que solían producirse cuando la Columna llegaba a un pueblo, el cual solía colectivizarse por aclamación tras cierto debate. Este movimiento rural, en parte anarquista consciente y en parte formado por los sectores más pobres del pueblo que veían valor en el cambio hacia la colectivización (aunque al menos algunos se sintieran coaccionados), se organizó entonces bajo el Consejo de Aragón. Este estaba formado por líderes de las milicias anarcosindicalistas de Barcelona, y su propósito era organizar y controlar la retaguardia. Aunque a menudo se cita como ejemplo de organización revolucionaria, en gran medida fue lo que habría hecho cualquier ejército regular. No parece que hubiera ningún movimiento para someter al Consejo al control de las colectividades.

Había distintos niveles de implicación en los colectivos. Martínez Catalán reproduce (en sus notas) algunas entradas del diario que Simone Weil escribió en aquella época: «Conversando con los campesinos de Pina. ¿Estáis todos de acuerdo en cultivar juntos? Primera respuesta (en varias ocasiones): Se hará lo que diga el comité. Anciano: Sí, siempre que nos den todo lo que necesitamos y yo no tenga que estar todo el rato esforzándome por pagar al carpintero, al médico, como me pasa ahora… Otro dijo: Ya veremos cómo sale todo… ¿Preferís cultivar juntos o repartiros las cosas? Sí (pero sin demasiada rotundidad)… Para los milicianos, estos campesinos aragoneses empobrecidos y magníficos, que soportaban su degradación con tanta dignidad, ni siquiera eran objeto de curiosidad».

Franz Borkenau (The Spanish Cockpit) describe su visita a un pueblo colectivista donde había dos cafés, uno para los colectivistas y otro para los individualistas (este era un término anarquista peyorativo para referirse a los pequeños propietarios, no a los anarquistas individualistas). Se trataba de una situación en curso que seguiría desarrollándose, quizá decantándose en un sentido u otro, con los colectivistas en posición dominante, pero que también podría haber mantenido un alto grado de tolerancia hacia las decisiones individuales que no implicaran el trabajo de otros.

George Orwell, que servía en la milicia del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), alineada con los anarquistas en el Frente de Aragón, relata un incidente que muestra hasta qué punto estaba arraigado el espíritu antiautoritario entre las bases de la CNT. Esto era así incluso entre aquellos que habían elegido al POUM, en lugar de a los anarquistas, como orientación política. La mayor parte de las bases de la milicia del POUM procedían de la CNT. Para Orwell, la milicia del POUM era lo más parecido a una sociedad plenamente igualitaria que se podía encontrar en tiempos de guerra. Orwell señaló que, a pesar del igualitarismo, en la milicia del POUM se suponía que había que obedecer las órdenes. Cuando intentó arrastrar hasta su puesto a un miliciano que se negaba a cumplir con su guardia, Orwell se vio rodeado por milicianos que le tildaban de fascista. Cuando Mary Lowe y Juan Brea, adscritos a la sección internacional del POUM, describieron el funeral de Durruti, señalaron que, mientras los comunistas desfilaban como autómatas y los anarquistas se dispersaban deliberadamente por todas partes, ellos consideraban que el POUM desfilaba de una manera correcta y democrática. Porque, resumieron, «todos éramos cenetistas».

Martínez Catalán extrae lecciones fundamentales de la experiencia anarquista mediante el análisis de las decisiones tomadas y de cómo se tomaron. Considera que su fracaso estaba intrínsecamente ligado a las perspectivas teóricas de los militantes anarquistas, aquellos que dedicaron sus vidas, tanto durante como después de la guerra civil, a la lucha por un socialismo igualitario y libertario. Sostiene que «…la lección de la fallida Revolución Española… podría resumirse como la obligación ineludible de tomar el poder político y establecer algún tipo de gobierno revolucionario democrático, dotado de sus correspondientes cuerpos armados especializados —ejército o policía, o como cada uno prefiera denominarlos—, a menos que se estuviera dispuesto a condenar la revolución al fracaso de antemano; al menos en las primeras etapas».

La expresión «al menos en las primeras etapas» encierra el problema. ¿Qué forma de gobierno revolucionario renunciaría a mantener el poder? Una que podría hacerlo es el sistema de consejos obreros, descartado por Martínez Catalán. Considerado como el órgano que ostenta el derecho exclusivo a determinar el uso de la fuerza —lo que, en este contexto, se ajusta a la definición fundamental del Estado de Weber—, sigue siendo la forma de organización que puede someterse al control más directo de las bases. Puede coordinar en lugar de ordenar, dependiendo del grado en que se mantenga, o avance, bajo el control de las bases.

Martínez Catalán defiende la necesidad de que los anarquistas reconozcan claramente la necesidad de alguna forma de Estado (independientemente del nombre que se le dé). El libro incluye un análisis crítico del grupo «Amigos de Durruti» (que en realidad no eran amigos de Durruti), que abogó por una junta revolucionaria y una nueva revolución durante los combates de los Días de Mayo de 1937 en Barcelona. Lamentablemente, no se menciona nada sobre la defensa de los consejos obreros por parte del voluntario italiano Camillo Berneri, que llevó a cabo en las milicias y a través de su periódico Guerra di Classe hasta su asesinato. Justo antes de los Días de Mayo fue abatido a tiros (ya fuera por agentes estalinistas o fascistas italianos) tras realizar una emisión de radio sobre la muerte de Antonio Gramsci.

Martínez Catalán se muestra desdeñoso ante la idea de una organización anarcosindicalista como alternativa al Estado. Destaca la postura de Durruti de que la CNT liberaría Zaragoza, llegando incluso a rechazar el apoyo del POUM en un asalto a la ciudad, con el argumento de que la CNT bastaba por sí sola para liberar Zaragoza y proclamar el comunismo libertario.

Tanto Durruti como García Oliver, dos de los militantes más destacados de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), siempre hablan de la revolución como la toma del poder por parte de la CNT como forma de transición hacia el comunismo libertario. Sin embargo, para ellos esto tenía que ser una CNT que compartiera sus puntos de vista sobre cómo llevar a cabo la revolución. El periodo comprendido entre la formación de la FAI en 1929 y el levantamiento militar de 1936 fue una etapa de búsqueda y consolidación del dominio de la FAI dentro de la CNT.

Lo que aquí falta es la historia del dominio de la FAI en los congresos de la CNT, de la expulsión del BOC (que más tarde formaría el POUM) y de los trientistas de la CNT. Los trientistas, anarcosindicalistas de toda la vida, se oponían a las tácticas insurreccionales de la FAI. Abogaban por construir la CNT como una organización de masas orientada a una revolución libertaria. Expulsados de la CNT junto con las secciones sindicales locales que los apoyaban, se preguntaron cuál era el objetivo del sindicato. Declararon la revolución y, por tanto, se convirtieron en sindicalistas revolucionarios. Pero al preguntarse qué tipo de revolución, declararon una revolución libertaria. Llamaron a su organización la Federación Sindicalista Libertaria y trabajaron para reunificar la CNT y desarrollar la democracia interna. La historia del auge del sustitucionismo de la FAI es tan relevante como lo que se hizo con él.

Lenin, en una discusión con Bujarin sobre la autonomía sindical, dijo: «Todo lo que viene de abajo es el método anarquista. Pero ¿no ve el camarada Bujarin que, si los trabajadores pudieran votar sobre todo, podrían votar a favor de acabar con el socialismo?». Esta es, sin duda, la postura fundamental que distingue al anarquismo de otros enfoques. Algunos de los problemas que examina Martínez Catalán se deben a un alejamiento excesivo de esta postura, más que a uno insuficiente.

Zaragoza Bound es un libro con mucha información valiosa y argumentos estimulantes. Se trata de una obra en la que las notas son una parte esencial, ya que contienen versiones más matizadas de los argumentos principales y pasajes extensos y valiosos extraídos de numerosos relatos de primera mano.

Sin embargo, precisamente por estas razones, no es el mejor libro para iniciarse en la Revolución Española. «Homenaje a Cataluña», de George Orwell, ofrece una mejor visión de la situación en la que, según Orwell, la clase trabajadora llevaba las riendas, y de por qué eso era importante. «Revolución y contrarrevolución en España», del trotskista Felix Morrow, escrito en aquella época, ofrece un relato imparcial y crítico de lo que ocurrió. La historia oral de Ronald Fraser, «La sangre de España», y «Clase, cultura y conflicto en Barcelona 1898-1937», de Chris Ealham, aportan relatos académicos modernos que captan la experiencia vivida de la guerra y la revolución.

A pesar de estas reservas, se trata de un libro valioso, especialmente para los anarquistas. Su argumentación en contra de las visiones anarquistas (que a menudo tilda de «sueños anarquistas») sobre alternativas al Estado puede llevar a conclusiones difíciles. Sin embargo, el fallo de su argumentación radica en que hace que las diferencias entre las formas de poder social general parezcan irrelevantes ante la necesidad de un Estado. Para Martínez Catalán no hay alternativa. Sin embargo, la democracia radical del sistema de consejos obreros es precisamente esa alternativa. Una alternativa compatible con el desarrollo de objetivos libertarios y democráticos. Una que puede fracasar, pero también una que puede tener éxito.
xxxxxx

Disponible en inglés en: https://libcom.org/article/rebel-worker-book-review-saragossa-bound-chronicle-durruti-column

Respuesta de Agustín Guillamón

La historia real y los consejos imaginarios. Sobre la reseña de Zaragoza Bound

La reseña de xxxxxx sobre Zaragoza Bound resulta sorprendente por una razón elemental: pretende discutir uno de los problemas fundamentales de la Revolución española —la cuestión del poder revolucionario— ignorando precisamente los organismos mediante los cuales ese poder fue ejercido efectivamente por el proletariado catalán entre julio de 1936 y mayo de 1937.

No se trata de una omisión secundaria. Constituye una insuficiencia historiográfica que afecta al conjunto de su argumentación.

La revolución de julio de 1936 no produjo soviets semejantes a los rusos ni consejos obreros comparables a los alemanes de 1918-1919. Produjo algo distinto: una extensa red de comités revolucionarios de barrio, comités locales, comités de defensa, comités de fábrica, comités de abastos, patrullas de control y organismos de coordinación económica y militar que surgieron de la derrota de la insurrección militar y asumieron funciones que hasta entonces habían pertenecido al aparato estatal. Fueron esos organismos los que garantizaron el abastecimiento, organizaron la producción, ejercieron el orden revolucionario, coordinaron la represión de la contrarrevolución y permitieron la expropiación de fábricas, talleres y servicios públicos. Éste es el hecho histórico fundamental de la revolución catalana.

Sin embargo, el reseñador apenas les dedica atención. Prefiere desplazar el debate hacia una discusión abstracta sobre los consejos obreros, los soviets y diversas experiencias revolucionarias ajenas a la realidad española. Los consejos aparecen repetidamente como alternativa al Estado, como forma superior de democracia proletaria y como respuesta a las tesis defendidas por Roberto Martínez Catalán. Pero cuanto más insiste en esos modelos abstractos, menos habla de los organismos revolucionarios realmente existentes.

La consecuencia es clara. Allí donde el lector —o el historiador— debería partir de las formas concretas que adoptó la revolución para comprender su naturaleza y sus contradicciones, la reseña reemplaza los hechos por categorías abstractas. Allí donde sería necesario examinar el funcionamiento de los comités revolucionarios, su relación con los sindicatos, los mecanismos que articularon su coordinación y las causas de su posterior desmantelamiento, opta por refugiarse en analogías extraídas de otras experiencias históricas. De este modo, la historia concreta queda eclipsada por el peso de la especulación doctrinal.

Y sin embargo, el problema central de la Revolución española nunca fue la elección entre Estado y consejos obreros. El verdadero problema histórico fue la coexistencia conflictiva entre dos poderes antagónicos. Por una parte, los organismos revolucionarios surgidos de la insurrección proletaria de julio. Por otra, el aparato estatal republicano que la Generalidad y el Gobierno central fueron reconstruyendo progresivamente hasta recuperar el monopolio de la administración, de la coerción y de la fuerza armada.

La cuestión decisiva no era si debía existir poder. El poder revolucionario existía ya. Lo ejercían los comités de barrio, los comités de defensa, los comités locales, los sindicatos y las organizaciones obreras que habían derrotado al ejército sublevado en las calles de Barcelona. La cuestión era cómo coordinar ese poder, cómo consolidarlo y cómo impedir que fuera absorbido por unas instituciones estatales cuya reconstrucción fue facilitada por la propia política colaboracionista de los comités superiores de la CNT.

Resulta significativo que la reseña, dedicada precisamente a debatir el problema del poder revolucionario, ignore esta cuestión fundamental. Más significativo aún es su tratamiento de los Amigos de Durruti, cuya importancia histórica parece no comprender.

Los Amigos de Durruti no surgieron como resultado de una discusión académica sobre el Estado ni como una elaboración doctrinal destinada a corregir determinadas insuficiencias teóricas del anarquismo. Surgieron de una experiencia revolucionaria concreta y traumática: la militarización de las milicias confederales y la progresiva subordinación de la revolución a las necesidades del Estado republicano.

Una parte sustancial de sus militantes procedía de la Columna Durruti. Habían combatido en el frente de Aragón y habían vivido directamente el proceso de militarización impuesto a las milicias revolucionarias. Consideraban que la transformación de las columnas confederales en unidades del ejército regular significaba mucho más que una simple reforma organizativa. Significaba la liquidación de una de las conquistas esenciales de julio de 1936 y la subordinación de la revolución a los objetivos del Estado republicano.

Por ello rechazaron la militarización. Ochocientos milicianos de la Cuarta Agrupación de Gelsa de la Columna Durruti abandonaron el frente y regresaron a Barcelona con sus armas. Eran revolucionarios desertores que rompían con la política de la dirección confederal, convencidos de que la revolución estaba siendo sacrificada en aras de la guerra. En Barcelona, junto a otros anarquistas contrarios al colaboracionismo de la CNT con el gobierno de la Generalitat, fundaron una organización destinada a defender la continuidad del proceso revolucionario: Los Amigos de Durruti.

Este dato resulta decisivo para comprender el origen y la naturaleza de la Agrupación. Los Amigos de Durruti no fueron intelectuales que reflexionaban sobre el poder desde la distancia. Fueron revolucionarios que extrajeron conclusiones políticas de una experiencia de combate. Apenas dos meses después de constituirse formalmente como agrupación, esos mismos militantes se encontraban nuevamente en primera línea, levantando barricadas y combatiendo en las Jornadas de Mayo de 1937 contra la ofensiva contrarrevolucionaria dirigida por estalinistas, republicanos y fuerzas de orden público.

Su programa nació de esa experiencia.

Y precisamente por eso resulta imposible comprender su propuesta de Junta Revolucionaria si se la interpreta como una simple variante libertaria del Estado. La Junta Revolucionaria no pretendía crear una nueva estructura estatal separada del proletariado. Pretendía coordinar y centralizar el poder revolucionario ya existente en los comités revolucionarios, los comités de defensa y las organizaciones obreras surgidas de la propia revolución. Su legitimidad debía proceder de esos organismos y no de una burocracia especializada ni de un aparato separado de la clase trabajadora.

Aquí aparece otra de las debilidades fundamentales de la reseña: su constante confusión entre poder y Estado.

Todo Estado ejerce poder. Pero no toda forma de poder constituye un Estado.

Los comités revolucionarios ejercían poder. Las colectividades ejercían poder. Las patrullas de control ejercían poder. Los comités de defensa ejercían poder. La Junta Revolucionaria propuesta por los Amigos de Durruti habría ejercido poder. La cuestión histórica consiste precisamente en analizar la naturaleza de ese poder, sus formas de organización, sus mecanismos de control y su relación con la clase trabajadora.

Reducir todas esas experiencias a una forma estatal indiferenciada no resuelve ningún problema teórico. Lo elimina mediante una definición arbitraria. Es una simplificación conceptual que impide comprender tanto la revolución española como las aportaciones políticas más originales surgidas en su seno.

La misma pobreza analítica aparece en el uso reiterado de autores como George Orwell, Simone Weil o Franz Borkenau. Nadie discute el interés testimonial de sus escritos. Constituyen fuentes útiles y, en ocasiones, extraordinariamente sugestivas. Pero resulta difícil aceptar que en 2026 sigan siendo utilizados como principales autoridades interpretativas mientras se ignora una extensa historiografía producida durante las últimas décadas a partir de archivos sindicales, documentación administrativa, prensa obrera, fondos judiciales y fuentes inéditas.

Orwell observó durante unos meses una columna del POUM. Weil permaneció pocas semanas en Aragón. Borkenau fue un observador ocasional. Ninguno estudió los comités revolucionarios de Barcelona. Ninguno tuvo acceso a la documentación disponible actualmente. Ninguno pudo reconstruir la compleja dinámica de los organismos revolucionarios surgidos en julio de 1936. Su valor es testimonial y literario. Convertirlos en fundamento principal de una interpretación histórica revela una dependencia excesiva de viejos relatos anglosajones y un desconocimiento preocupante de las investigaciones posteriores.

Pero el problema de fondo no es bibliográfico. Es metodológico.

La historia no consiste en seleccionar ejemplos que confirmen una hipótesis previa ni en sustituir los hechos por modelos ideales. Tampoco consiste en proyectar sobre el pasado nuestras preferencias políticas contemporáneas. La tarea del historiador es partir de la realidad efectivamente existente, reconstruir los procesos concretos, identificar sus contradicciones y explicar sus transformaciones.

La revolución catalana existió. Los comités revolucionarios existieron. Los comités de defensa existieron. Las colectividades existieron. Los Amigos de Durruti existieron. Todos ellos constituyen realidades históricas documentadas y verificables. Son esos hechos los que deben explicar nuestras teorías y no nuestras teorías las que deben sustituir a los hechos.

Por eso la cuestión central sigue siendo la misma que planteó la propia revolución: ¿qué fueron los organismos de poder proletario surgidos en julio de 1936, cómo funcionaron y por qué fueron derrotados? Mientras esa pregunta permanezca sin respuesta, cualquier discusión sobre consejos obreros, Estado o poder revolucionario seguirá moviéndose en el terreno de la abstracción.

La historia comienza precisamente allí donde terminan las abstracciones y aparecen los hechos. Y los hechos, en este caso, son obstinados.

Conclusión: el libro de Roberto Martínez Catalán se merecía un mejor reseñador.

Agustín Guillamón

Barcelona, junio de 2026

Fuente: https://serhistorico.net/2026/07/03/un-par-de-aportes-sobre-el-poder-y-la-revolucion-espanola-a-raiz-de-una-resenade-rumbo-a-zaragoza/

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[Poema y audio] No quiero ser como Ellos, como Tú

6 Julio 2026 at 14:19
Por: pegasus

Audio creado con inteligencia artificial a partir del poema No quiero ser como Ellos, como Tú del autor Miguel Rojo.

Alcanzar la calma
El sosiego en la inteligencia
La serenidad en la cordura

Perseguir la cima en lo profundo
En lo profundo del sentimiento
Buscar el equilibrio en el silencio

La cima discreta
Digna y majestuosa
Desafiante en su contundencia

Con la nobleza que está en el alma
No en la sangre ni en la herencia
Sin rencor, sin soberbia, sin ira

La contundencia del NO

¡NO!

No quiero ser como ELLOS.
Que no distinguen entre el bien y el mal

¡ESOS!…
Que dejan un rastro polvoriento
Sucio, fétido, resbaladizo

¡ESOS!…
Que maquinan en penumbra
Para favorecer el privilegio
Que el pudiente tenga coartada

¡ESOS!…
Que no administran Justicia
a quien no tiene fortuna

¡ESOS!…
Que no condenan las guerras
El exterminio de poblaciones enteras
Insensibles ante tantas vidas rotas
Cómplices del genocidio de nuestros días

¡NO!
No quiero ser como ELLOS

¡NO!
Tampoco quiero ser como TÚ.
Un pordiosero, siempre de rodillas
Llamando a las puertas de las pocilgas
Las pocilgas de los influyentes y poderosos

¡ESOS!…
Que te han robado la decencia…
Te lo han robado todo

¡NO!
No quiero ser como ELLOS
No quiero ser como TÚ

Guerra

Gritos y fragmentos, Fantasías de un sueño libertario,
Miguel ROJO / Noviembre / 2023
Texto para Difusión Libre en forma escrita

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Convertidos en información. Contra la digitalización de nuestras vidas

2 Julio 2026 at 17:25
Por: pegasus

El objetivo de la tecnocracia es convertir todo lo que exista sobre el mundo en información. Reducir nuestra complejidad biólogica a meros códigos binarios. La informatización del mundo permite dos pasos delante de la dominación: por un lado al convertir todo en mera información permite su mercantilización y por otro lado permite la vigilancia y el control de todo lo informatizado desde nuestros cuerpos a cualquier objeto o ser vivo sobre la tierra. En estos tiempos de desorientación, guerras, crisis, catástrofes es necesario, para el capitalismo, tenerlo todo bajo control, que ningún movimiento se aleje de la regulación democrática.

La Comisión Europea está preparando su «Cartera Europea de Identidad Digital».. La digitalización del Estado y su corolario, la identificación digital, avanzan con la indiferencia de los habitantes de la Smart Cities, gracias a las fases agudas de la crisis (epidemia, guerra, colapso ecológico). En menos de veinte años se hicieron realidad nuestras peores expectativas de una sociedad de restricciones

El verano será seco. Los niveles freáticos están en mínimos históricos y las temperaturas en máximos históricos. Nos acostumbramos; cada año empeora. Del mismo modo que nos acostumbramos al tratamiento tecnocrático de la catástrofe, precisamente la que hemos intentado anticipar y describir con precisión durante los últimos años: una sociedad de restricciones, un tecnototalitarismo, la selección de ciudadanos «buenos» y «malos» (el nuevo enemigo).

Las infraestructuras digitales y físicas del mundo están convergiendo. Estamos incorporando capacidad de procesamiento a objetos que antes jamás hubiéramos reconocido como ordenadores. De hecho, casi cualquier cosa —ya sea una persona, un objeto, un proceso o un servicio, para una organización, pública o privada, grande o pequeña— puede adquirir conciencia digital y formar parte de una red.

Sin haber pedido jamás «concienciarnos digitalmente» ni «formar parte de una red», la tecnocracia nos obliga a hacerlo. Para los que detentan el poder y sus ingenieros, una masa humana conectada a la máquina central —atrapada en sus redes electrónicas— es más fácil de controlar, vigilar y coaccionar, facilita el camino a que esa masa sea guiada, es la dictadura suave de la digitalización.

Gestión automatizada del comportamiento

Se anima a los habitantes de las Smart cities a descargar las aplicaciones para registrar sus hábitos: uso del transporte público, consumo de energía, reciclaje, frecuencia de multas, etc. ¿Cuánto tardarán pasará hasta qué no sea una recomendación y se convierta en una obligación con cualquier excusa sanitaria, ecológica, climática? Gracias a la recopilación de todos estos datos, el “sistema de crédito social” chino se extiende sigilosamente por el viejo continente. El sistema otorga puntos por «buen comportamiento», que les dan derecho a descuentos en transporte o actividades culturales, como ya ocurre en algunas ciudades de Italia, o como practican diversas aseguradoras a la hora de concederte un crédito o un seguro. Ya existen compañías aseguradoras que en base a investigar tu “vida digital” no te conceden seguros o entidades bancarias que en base a tus comportamientos obtenidos de tu “vida digital” te deniegan créditos.. Como recompensas para ratas de laboratorio. Lo cual nos lleva a una gestión automatizada del comportamiento..

Esta es la restricción electrónica: moldear el comportamiento individual y colectivo en función de las necesidades de la Máquina y el estado de los recursos, mediante el control de las redes cibernéticas.. Quienes nos decían «aún no hemos llegado a ese punto» quizás no relacionaron esto con el pase de vacunación de 2021 y su código QR que distingue entre buenos y malos ciudadanos. Su adopción acrítica por parte de la mayoría de la población ha preparado sus mentes para su expansión. En un estado de emergencia permanente, las herramientas probadas durante la crisis están destinadas a consolidarse.

Los tecnócratas se inspiran en China, que lanzó su «Plan Maestro para la Construcción de un Sistema de Crédito Social» en 2014. Es sabido que los ciudadanos chinos son evaluados en tiempo real gracias al seguimiento electrónico de sus acciones: geolocalización, reconocimiento facial y macrodatos. Los buenos estudiantes obtienen descuentos, como en Roma y Bolonia. Quienes no cumplen con las normas (los que no pagan sus impuestos, los que se negaron a confinarse o a usar mascarilla, los que escupen en la calle, los que se saltan los semáforos en rojo, los críticos del régimen, etc.) son incluidos en listas negras y se les niega el derecho a viajar, acceder a crédito, a ciertos empleos, a la vivienda y al ocio. Sus fotos se muestran en pantallas gigantes, señalándolos con el dedo por implementar nuevas medidas restrictivas.

Al igual que el virus, la guerra está acelerando la gestión digital del orden público. En Ucrania una aplicación (llamada Diia) se ha mejorado con una función de «enemigo electrónico» que permite a cualquier ciudadano informar al ejército sobre el avance y las acciones de las tropas rusas. Práctico. De manera similar, el Ministerio de Defensa ucraniano utiliza el software de reconocimiento facial de Clearview AI, una empresa estadounidense financiada por el transhumanista Peter Thiel, para identificar a refugiados, muertos y soldados rusos. Clearview AI recopila fotos de todas las redes para alimentar su gigantesca base de datos y así «identificar a todos». Los carroñeros no han perdido la oportunidad de una buena guerra para extender sus redes digitales. Es probable que los rusos estén haciendo lo mismo. –. Pero sin duda Palestina es el laboratorio donde la starup Israel prueba todos los software de IA de reconocimiento facial y patrones de movimientos junto a “armas inteligentes” que luego venden en las grandes ferias de armas, con la verificación de que han sido probadas en población real y luego venden a todos los estados del mundo. Muchos de ellos realizando el mismo genocidio que Israel, como el caso de India sobre Cachemira. .

Por eso, las fases agudas de la crisis actual resultan tan útiles para los tecnócratas. Recordemos el informe sobre «Crisis sanitarias y herramientas digitales» que la Delegación del Senado francés para Estudios de Prospectiva publicó en junio de 2021, y sus innovadoras propuestas:

Cuanto mayor sea la amenaza, más dispuestas estarán las sociedades a aceptar tecnologías invasivas y mayores restricciones a sus libertades individuales, lo cual es lógico. […] En las situaciones de crisis más extremas, las herramientas digitales podrían permitir un control efectivo, integral y en tiempo real sobre el cumplimiento de las restricciones por parte de la población, con sanciones disuasorias si fuera necesario, y basado en un uso aún más perjudicial de los datos personales. [El paso decisivo hacia una identidad digital universal y obligatoria aún no se ha dado […].

Estamos trabajando en ello. El modelo de los senadores es Estonia, «un líder europeo en gobierno electrónico». Es el sueño de cualquier ingeniero: el 96 % de los trámites administrativos se realizan en línea (votación, presentación de quejas, consulta de boletines de calificaciones o historiales médicos, declaración de nacimiento o defunción, etc.). La mayor parte de la población tiene una identificación digital. El sistema es virtuoso porque todos pueden saber quién o qué administración ha accedido a qué datos en su «espacio personal». Los senadores estarían encantados de cambiar su mandato por un teléfono inteligente.

Los servicios públicos fueron concebidos originalmente como «aplicaciones», disponibles en una plataforma, como la App Store o Google Play, donde cada usuario tiene un identificador único.

El Estado, la “Máquina de Gobierno” Cibernética

El concepto de «estado plataforma» no fue relanzado por nuestros tecnócratas , sino por el empresario estadounidense Tim O’Reilly, autor de un artículo de 2011 titulado «El gobierno como plataforma». Esta idea ha sido promovida, entre otros, por los aceleracionistas Michael Hardt y Antonio Negri, quienes ven en este «conexionismo» institucional una oportunidad para su proyecto de una «multitud» descentralizada, desterritorializada y «rizomática».

En resumen: el Estado debe inspirarse en GAFAM, aprovechar el big data y actuar como intermediario entre la oferta y la demanda para ofrecer servicios públicos innovadores, cooperativos, inclusivos y, por supuesto, casi autogestionados, o mejor dicho, automatizados.

La idea está circulando, desde multinacionales hasta consultoras y la Unión Europea. Olvídense del hospital público y sus equipos médicos a pie de cama; den paso a los algoritmos del Health Data Hub. Esta plataforma francesa, como su nombre indica, recopila masivamente todos los datos sanitarios digitalizados (de ahí el término «salud digital») para alimentar su inteligencia artificial y automatizar la atención médica.

Lo mismo ocurre con la administración, que se ha reducido a servicios en línea y a «Clave o clave permanente”», la aplicación de autenticación para usuarios de internet. Si recientemente matriculaste tu coche o presentaste tu declaración de la renta, sabes de lo que hablamos. No hay ninguna persona que te informe, te asesore, te regañe o te haga reír. Simplemente introduces tus datos de acceso. que se ampliará para incluir servicios bancarios e historiales médicos compartidos. Los trámites no son más sencillos —como dicta la genialidad administrativa —, sino más complicados y deshumanizados.

El «Estado Plataforma» es el centro de control centralizado de la ciudad inteligente. Dado que la «desmaterialización» ha eliminado la figura de los ciudadanos y funcionarios públicos, la ciudadanía se está reduciendo a meros usos, incluso al consumo de servicios .La población ha pasado de ser pacíficos ciudadanos a anestesiados usuarios, ya no somos considerados como habitantes de un espacio sino como usuarios del mismo. Y la confrontación directa se disuelve en procedimientos virtuales. El resultado es la disolución de las relaciones sociales y humanas que muchos observan con diversos grados de frustración. Esta es la «máquina de gobierno» anunciada con entusiasmo en los albores de la cibernética, en 1948, por el columnista científico de Le Monde, Dominique Dubarle.

El retorno de las libertades

Hablamos, hablamos, y los tecnócratas actúan. La Comisión Europea está preparando su «billetera digital europea». Esto permitirá a los ciudadanos usar servicios públicos, abrir una cuenta bancaria, presentar declaraciones de impuestos, matricularse en la universidad, solicitar recetas médicas, acreditar su edad, alquilar un coche con permiso digital, registrarse en un hotel, y mucho más.

¿Qué harán quienes no tengan un teléfono inteligente? Esto no se especifica en la convocatoria de propuestas. Pero excluirlos de toda la vida social y  parece la solución más racional.

El proyecto europeo se basa en la solución «Digital ID wallet» de Thales. Thales, grupo formado en el año 2000 a partir de la fusión de las divisiones de defensa de Thomson-CSF, Alcatel y Dassault Électronique, lleva dos décadas promoviendo la «identidad digital» mediante sus herramientas biométricas. Su sitio web celebró que la pandemia de Covid-19 ofreciese «una oportunidad para el cambio sistémico», es decir, que acelere el proceso general. Al igual que el exdirector de IBM, Thales se esfuerza por «acercar el mundo digital al físico». La interfaz entre ambos, que conecta al usuario con sus documentos digitales, su cuenta bancaria, sus «espacios personales» en línea y demás, se compone de sus datos biométricos (reconocimiento facial, huellas dactilares) almacenados en su teléfono inteligente. Esto representa un salto cualitativo: ya no tendrá que someterse a una cámara «inteligente» o a un terminal de identificación; usted mismo realizará la lectura biométrica.

La «billetera de identidad digital» no es nada nuevo. En junio de 2005, Isère fue designada como «departamento piloto para la futura tarjeta única de identidad y servicios» denominada Libertys. Según Le Monde en aquel momento:

La tarjeta Liberty contiene los datos biológicos de su titular, digitalizados y cifrados en su chip: huellas dactilares, iris e imagen facial. Sustituirá de forma ventajosa a todos los documentos actuales: documentos de identidad, permisos de conducir, documentos de matriculación de vehículos, tarjetas de identificación de votante, tarjetas sanitarias, tarjetas de transporte público, etc.

El visionario André Vallini, entonces presidente del Consejo General de Isère, lo explicó en el folleto “Libertades, vuestra nueva carta de vida”, distribuido en los buzones de correo de los ciudadanos de Grenoble: La tarjeta Libertys está totalmente en línea con el desarrollo de la administración electrónica, para mejorar la eficiencia de los servicios públicos y simplificar la vida de los usuarios.

Grenoble siempre va un paso por delante. O mejor dicho, sus raíces tecnológicas —ingenieros, industriales, funcionarios electos— están inmersas en la carrera por la innovación. En 2005, Grenoble-Isère fue designada como clúster de competitividad para tecnologías digitales bajo el nombre de Minalogic (Micro-Nano-Logiciel).

Entre las empresas y laboratorios que forman parte de este entramado financiado por el Estado se encuentran Thales y Atmel, expertos en biometría e identificación electrónica.

No se puede utilizar el mismo enfoque para lograr la aceptación de las tecnologías de vigilancia y control; probablemente se requerirá persuasión y regulación, demostrando cómo estas tecnologías contribuyen a la tranquilidad de las personas y minimizando las molestias que causan. En este sentido, la electrónica y la informática también pueden desempeñar un papel importante.

Los archivos son valiosos. En su momento, lo que más indignaba era la educación básica sobre tecnologías biométricas. Dos décadas después, podemos medir la eficacia de los tecnócratas. Lograron que estas «violaciones de las libertades individuales» fueran aceptables mediante «bienes de consumo y comodidades» y «electrónica», concretamente, el teléfono inteligente. Al fin y al cabo, el reconocimiento facial no es más que un selfie, tomado por el usuario promedio  sin siquiera pensarlo. La desconfianza hacia la vigilancia biométrica es un recuerdo lejano.

Corresponde a los ancianos y a los nostálgicos preservar la memoria de lo que hacía la vida libre y humana. Hoy, digámoslo así: el control de las máquinas, este cómodo totalitarismo, no solo ataca la libertad, como denuncian los pocos opositores a la «sociedad de control» o la «vigilancia generalizada». Destruye otra libertad íntima y fundamental: la libertad de sentirse responsable de uno mismo y, por lo tanto, de experimentar la sensación de existir. Contra toda nocividad. Por la anarquía.

CHIMPANCES DEL FUTURO, MADRIP, JULIO 2026

chimpancesdelfuturo@proton.me

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José María Lunazzi, el reformismo universitario, la anarquía, la guerra de España

29 Junio 2026 at 18:38
Por: pegasus

Anarquista a lo largo de toda su vida, con el tiempo hizo de la educación su vocación principal. La universidad platense fue su principal ámbito de acción durante décadas. Referente del movimiento libertario, estuvo en el núcleo de ácratas argentinos que desempeñó tareas organizativas, educativas y propagandísticas durante el conflicto bélico español.

Nació el 11 de noviembre de 1904, en La Plata, en el seno de una familia de inmigrantes italianos, hijo de Próspero Lunazzi y María Scotti. Creció en los talleres de imprenta que su familia materna tenía en la ciudad (Talleres Gráficos Olivieri Domínguez). Eran un espacio de reunión de la intelectualidad y la bohemia platense de la época. Ámbito propicio para formarse desde temprano en el aprecio por la tarea intelectual y el inconformismo.

Hizo los estudios primarios en la Escuela Experimental Anexa de la Universidad Nacional de La Plata. Cursaba el secundario en el Colegio Nacional de la misma universidad cuando en 1918 se inició el movimiento de la Reforma Universitaria. Lidera entonces un grupo estudiantil que busca extender el movimiento nacido en Córdoba a la capital bonaerense.

A los veinte años ejerce como maestro rural —en La Pampa, en Remedios de Escalada y en Tigre— según la pedagogía inspirada en la escuela moderna del anarquista catalán Francisco Ferrer Guardia. El que fuera fusilado en 1909 bajo la acusación de haber instigado la revuelta conocida como la “Semana Trágica” de Barcelona.

En la década de 1920, en sus años de estudiante universitario, integró —junto a Enrique Balbuena, Fernando del Intento, Jacobo Maguid, José Grunfeld, Jacobo Prince, Segundo del Río— la Agrupación Anarquista «Ideas», colaborando en la revista del mismo nombre, la que tuvo una extensa vida entre 1909 y 1932.

En esa época colabora también en Pampa Libre, periódico quincenal anarquista de la ciudad de Santa Rosa y en Humanidad, revista mensual, asimismo de orientación libertaria.

Además, milita en el Partido Federado en la Facultad de Humanidades, llegando a ser tiempo después Presidente de la Federación Universitaria de La Plata (FULP). En ese período brilló como un exaltado dirigente, valeroso e incondicional a la hora de la defensa de la libertad en el seno de las universidades.

En la década de 1920 participa de las campañas por la libertad de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti; y de Simón Radowitzky. Por años el movimiento obrero y otras organizaciones cuestionadoras se movieron al compás de esas luchas por la libertad de trabajadores a quienes el sistema escogía como sujetos de venganza y sanciones ejemplificadoras.

Tras el golpe militar de septiembre de 1930, la FULP se embarca en la defensa de la autonomía universitaria. Lunazzi es detenido. Comparte cárcel en Villa Devoto con Marcos Dukelsky, los hermanos José y David Grunfeld, y Jacobo Maguid. Parte de lo más selecto de la dirigencia libertaria de la época.

Una vez liberado, se exilia en Montevideo, donde traba amistad con Luce Fabbri, la célebre anarquista italiana exiliada en la capital uruguaya, hija del dirigente Luigi Fabbri. Ella era una intelectual de primera línea, con fuerte vocación por la labor educativa, tal como Lunazzi.

Ese mismo año se gradúa como Profesor de Filosofía y Letras. Colabora en las revistas anarquistas Nervio y Símbolo , esta última de Rosario.

En 1935 está entre los fundadores, junto a José Grunfeld, Juan Lazarte, Jacobo Maguid y otros, de la Federación Anarco Comunista Argentina (FACA). Un emprendimiento de reorganización y articulación del anarquismo que actuará como centro de irradiación del pensamiento y la acción libertarios.

La guerra de España.

Luego del golpe militar de julio de 1936 en la península, Gastón Leval envía a la FACA fondos para que viajen cinco argentinos para reforzar tareas en el frente y en la retaguardia. La Federación había analizado el tema y decidió enviar un pequeño contingente de dirigentes y cuadros políticos para colaborar en tareas específicas.

Lunazzi va a incorporarse así a un proceso de traslado a España de un grupo de cuadros ácratas de alto nivel que no van allí para desempeñarse en las trincheras de combate sino en tareas de organización, formación o propaganda para las que se hallaban habilitados por su elevada preparación.

El núcleo inicial lo conformaban Jacobo Maguid, José Grünfeld y su pareja Ana Piacenza y Jacobo Prince.

Lunazzi formaría parte de un segundo grupo. En marzo de 1937 se embarca en el Island Brigade con pasaporte falso a nombre de Ángel Rodríguez. Desembarca en Francia y cruza los Pirineos rumbo a Barcelona con otros compañeros que facilitan su ingreso al territorio de la Segunda República. En la capital catalana lo esperan sus compañeros Grunfeld y Maguid.

Desempeña durante el resto del año distintos cargos asignados por la CNT y la FAI. En primer lugar, en marzo de 1937 se integró en la Sección de Agua, Electricidad, carburantes y gas del Consejo de Economía de Cataluña, donde se desempeñaba Diego Abad de Santillán.

Asumió por entonces la dirección de la revista anarquista Tiempos Nuevos, en Barcelona. Colabora asimismo en el periódico Tierra y Libertad. Y participa activamente como orador y organizador en el movimiento libertario español como afiliado del Sindicato Único de la Enseñanza. En el Pleno Nacional celebrado el 11 de mayo de 1937 fue nombrado miembro de la Comisión Económica del Comité Peninsular de la FAI.

También fue delegado de la Asociación Libertaria Estudiantil de Argentina en España. Cuando el gobierno republicano traslada su sede desde Madrid a Valencia, se instala en esta última ciudad asumiendo como Secretario de propaganda y director de la revista Nosotros.

Entre marzo y noviembre de 1937 dictó conferencias y mítines en toda la Península. Cruza nuevamente los Pirineos en noviembre de 1937, ahora rumbo a Francia, para emprender un riesgoso viaje por la Italia fascista y la Alemania de Hitler. Lo hace junto su amigo David Kraiselburd, abogado y corresponsal del diario El Día de La Plata. Algunos compañeros en España los acusan de deserción.

Al parecer habían viajado sin dar un debido aviso. Esa salida intempestiva pudo tener que ver con la decepción con la causa antifascista luego de que se reprimió y anuló a un baluarte libertario como eran las comunas de Aragón. Y ya no le quedó a la CNT-FAI un espacio de construcción revolucionaria con juego propio.

Las esperanzas abiertas en las jornadas de julio de 1936 en Barcelona aparecían perdidas. La esquiva posibilidad de ganar la guerra contra el fascismo podía no constituir estímulo suficiente para proseguir la lucha en la península.

Años después Lunazzi escribiría acerca de su experiencia hispana. Por desgracia el libro testimonial que elaboró ha quedado inédito hasta el momento. Se titula Mi corazón estuvo en España. Un joven libertario argentino en las jornadas de 1937. Horas vividas y experiencias. Barcelona, Valencia, Madrid.

Los presos de Bragado. La universidad.

De regreso a la Argentina en enero de 1938, Lunazzi participa en la campaña por la libertad de los Presos de Bragado —Pascual Vuotto, Santiago Mainini y Reclus de Diago.

Cabe la recordación de que se trataba de anarquistas presos y condenados por la colocación de una bomba que causó dos muertes en la casa de un dirigente conservador llamado José Blanch. Ocurrió en 1931, durante la dictadura de José Félix Uriburu.

Los prisioneros fueron torturados hasta que firmaron declaraciones inculpatorias. La policía tuvo un papel protagónico y el poder judicial convalidó con una condena a prisión perpetua por homicidio a los tres. Y a otros dos militantes como cómplices.

Se hizo caso omiso de las incoherencias de todo tipo en la acusación y de la constatación de torturas por parte de un médico de la policía. Los de Bragado estuvieron encarcelados durante 11 años, hasta que se abrevió la condena y salieron en libertad.

El movimiento de solidaridad fue de tanta relevancia, local e internacional, que se llegó a compararlo con el desatado años antes en torno a las condenas de Sacco y Vanzetti en Estados Unidos. La diferencia fue el éxito final de la campaña, a diferencia del trágico resultado en el país del norte.

El dirigente anarquista fue el principal vocero de las exigencias de libertad en el ámbito platense. Mientras el abogado Carlos Sánchez Viamonte, de la misma ciudad, encabezaba la defensa jurídica.

Al tiempo Lunazzi inicia una prolongada carrera docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. A lo largo de esa trayectoria fue secretario del Departamento de Ciencias de la Educación, dirigió el Seminario de Ciencias de la Educación y dictó las cátedras de Pedagogía Diferenciada y de Historia de la Educación. Todo en la Facultad de Humanidades de la universidad platense.

Sigue integrado al reformismo universitario y a las luchas por la defensa de la autonomía de las universidades y del laicismo. Los que serían obturados, primero por la dictadura iniciada en junio de 1943 y luego por el gobierno de Juan Domingo Perón como presidente.

Expulsado de la universidad platense por su oposición al gobierno peronista iniciado en 1946, retorna a la docencia universitaria después del golpe que derroca a Perón.

En esos años apoyó a la Unión Socialista Libertaria (USL) de La Plata, representante del «Socialismo Libertario» o «Constructivismo».

Ésta era una corriente ácrata que descartaba cualquier planteo insurreccionalista y predicaba la acción constructiva. Proponía a ésta sobre la base de la autogestión, la educación y la creación de alternativas comunitarias sin intervención del Estado.

Su perspectiva podría caracterizarse como reformista en lo social. Claro que sin centrarse en cambios producidos desde la legislación y la acción estatal, como en el reformismo de raigambre socialdemócrata.

Entre 1962 y 1964 dirige la Escuela Superior de Bellas Artes, promoviendo las “Jornadas del Nuevo Mundo del Niño” y el “Primer Festival de Cine Infantil”.

Es nuevamente cesanteado de su cargo en la UNLP tras el golpe militar de 1976. Luego del final de la dictadura, en 1984, es reincorporado y designado “profesor extraordinario consulto”.

A su ya avanzada edad se doctoró en Ciencias de la Educación en 1987, con la tesis titulada Finalidades, objetivo e ideal educativo 1946-1986. En 1994 la Ciudad de La Plata lo nombró «Ciudadano ilustre».

El Congreso Iberoamericano de Historia de la Educación Latinoamericana celebrado en la Universidad de Campinas, Brasil, le rindió un homenaje junto a Paulo Freire y otros destacados pedagogos.

También desarrolló una fecunda labor como escritor, que estuvo sobre todo ligada a su pensamiento en materia educativa.

Publicó varios libros de esa temática. Como Reconstrucción educacional, de 1939; Deserción escolar y analfabetismo. Sus aspectos y cómputos, especialmente en la Provincia de Buenos Aires, 1940; Federalismo y educación, 1972; Futurología del taller y de la escuela, 1979; Federalismo y educación en una Argentina plural, 1993.

También escribió un trabajo acerca de quien fuera su mentor y maestro en las cuestiones pedagógicas, Alfredo D. Calcagno. Pasión educadora, calor cívico, 1965.

Murió en La Plata, en abril de 1995. Quedó como ejemplo de conjunción de la militancia perseverante y la labor académica consecuente. Tres años después de su muerte apareció un trabajo biográfico que recoge las grandes líneas de su itinerario, con particular atención a su desempeño en la universidad platense: José María Lunazzi. Semblanza de un socialista libertario, de Carlos José Rocca.

 Daniel Campione

Fuente: https://rebelion.org/jose-maria-lunazzi-el-reformismo-universitario-la-anarquia-la-guerra-de-espana/

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