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Clara Burriel: “Todos los colegios deberían contar con protocolos de protección frente a la violencia sexual”

3 Junio 2026 at 22:45

«Esta realidad genera una profunda incomodidad social, pero también sentimientos de vergüenza, culpa y miedo, incluso dentro de las propias familias o instituciones, que pueden llegar a traducirse en situaciones o dinámicas de encubrimiento para evitar el estigma social», reflexiona Clara Burriel, especialista en violencia en Save The Children. Desde la organización, insisten en la necesidad de dar un salto en el enfoque de la violencia sexual en la infancia y la adolescencia: no son casos aislados, es un problema estructural.

¿Cuáles son los principales retos a la hora de abordar la violencia sexual en la infancia y adolescencia? 

Uno de los principales retos para abordar la violencia sexual en la infancia radica en que, a pesar de su gravedad, todavía se trata de una realidad muy invisibilizada, que continúa rodeada de tabús, falsos mitos sobre su frecuencia, las víctimas o los contextos en los que se produce. La sociedad todavía no es plenamente consciente de la magnitud de este fenómeno. Por eso, la sensibilización social sigue siendo una tarea pendiente: necesitamos comprender que se trata problemática estructural, y no de casos aislados.

Además, en relación con el conocimiento sobre la prevalencia de la violencia sexual hacia la infancia, persiste también el desafío de conocer su dimensión real: sabemos que las cifras oficiales reflejan solo la punta del iceberg, que muchos casos no se detectan y en ocasiones no se denuncian, en parte por las dinámicas propias del abuso, que suele producirse en entornos de confianza y en contextos de secretismo que dificultan la revelación por parte del niño o niña y de otros familiares. 

En este contexto, es muy complicado tratar de prevenir estos casos.

Otro reto clave tiene que ver con la prevención y la detección temprana. Es todavía necesaria una mayor formación especializada de profesionales (docentes, personal sanitario, fuerzas y cuerpos de seguridad, sistema judicial), así como la elaboración de protocolos para la detección, notificación y coordinación de estos casos, situando siempre al niño o niña en el centro de las intervenciones. En este sentido, también se destaca la falta de desarrollo e implementación de una educación afectivo sexual desde edades tempranas, reglada y adaptada a cada etapa evolutiva, pues esta educación constituye una herramienta clave en la prevención de esta violencia. 

Por otro lado, también persisten los retos en la respuesta que damos a los niños y niñas víctimas de esta violencia. Cuando la prevención falla y la violencia ya se ha producido, el desafío es garantizar una respuesta integral, inmediata y adaptada a las necesidades específicas de niños, niñas y adolescentes. El daño no termina necesariamente cuando cesa la violencia: la forma en que el entorno y las instituciones responden puede mitigar ese impacto o, por el contrario, agravarlo. Evitar la revictimización de los niños y niñas debe ser siempre una prioridad, pero todavía no contamos con procesos de respuesta adaptados a sus derechos y necesidades particulares. 

Y, finalmente, las nuevas tecnologías han añadido nuevos retos: el entorno digital riesgos, generando nuevas formas de violencia sexual y transformando otras preexistentes.. Esto exige respuestas específicas, coordinadas y adaptadas a la realidad digital en la que hoy crecen niños y adolescentes.

Según uno de los informes de Save The Children, que analiza sentencias, se puede deducir que hay características similares en estos casos, que confirman que estamos ante un problema estructural, que no son casos aislados. Pero nos quedamos con los casos «espectaculares».  

Si observamos las cifras oficiales proporcionadas por el Ministerio del Interior, podemos concluir que no estamos ante episodios aislados, sino de un problema social arraigado, persistente y de gran preocupación: en 2024 se interpusieron en España 22.774 por violencia sexual de las cuales casi la mitad (un 41,2%, 9.393) tenía como víctima a una persona menor de 18 años. Esto quiere decir que casi la mitad de las denuncias por violencia sexual en nuestro país tienen como víctima a un niño, niña o adolescente, siendo 8 de cada 10 niñas y chicas adolescentes. Además, se aprecia un aumento en las denuncias de un 182,8% desde 2010. De ninguna manera podemos concluir que se trata de casos aislados.

Esta forma de violencia consiste en la imposición por parte de un adulto o de otro niño, niña o adolescente de una actividad de carácter sexual a un niño o niña, aprovechando la desigualdad de poder para obtener una satisfacción sexual. Respecto a los datos obtenido en nuestro análisis de sentencias (Por una justicia a la altura de la infancia), se revelan características comunes: por ejemplo, en muchos casos, el agresor pertenece al entorno cercano de la víctima, con frecuencia un familiar, y casi en la totalidad de los casos es un hombre. Esto refuerza la idea de que hablamos de una violencia que se produce mayoritariamente en espacios de confianza, donde el secretismo y la desigualdad de poder son claves.

Además, los abusos suelen comenzar de forma progresiva, aumentando en intensidad con el tiempo. Al inicio, el niño o la niña puede no comprender lo que está ocurriendo, y posteriormente pueden aparecer sentimientos de culpa o vergüenza que refuerzan el silencio. En muchos casos, el propio agresor alimenta la idea de responsabilidad en la víctima. Todo ello genera enormes barreras para la revelación, especialmente cuando la violencia procede del entorno de confianza.

La pederastia en la Iglesia, por un lado, y el caso Epstein, por otro –sin comparar por supuesto estos casos tan diferentes– están permitiendo hablar o al menos poner en la agenda mediática y social estos temas. ¿Por qué sigue siendo un tabú? 

Los casos de abuso sexual relacionados con la Iglesia o el caso Epstein son casos de gran impacto mediático, que visibilizan esta forma de violencia en contextos específicos. Al respecto, es importante señalar que la mayoría de abusos sexuales siguen cometiéndose en entornos de confianza del niño o niña y que las figuras familiares se encuentra entre los agresores más comunes en este tipo de violencia. La denuncia y visibilización de los casos más mediáticos es fundamental, pero también lo es poner el foco en la violencia cotidiana, menos visible y mucho más extendida, que ocurre en el ámbito familiar y cercano, y que precisamente por esa cercanía y por el silencio que la rodea resulta más difícil de detectar y abordar.

Precisamente el tabú que todavía rodea a esta forma de violencia está muy vinculado a esos entornos en los que se produce. Aceptar esto implica reconocer que el riesgo y la violencia muchas veces proceden de los entornos que deberían ser protectores. Esa realidad genera una profunda incomodidad social, pero también sentimientos de vergüenza, culpa y miedo, incluso dentro de las propias familias o instituciones, que pueden llegar a traducirse en situaciones o dinámicas de encubrimiento para evitar el estigma social.  

¿Se están tomando medidas efectivas desde las administraciones en el ámbito educativo?

Los centros educativos están en una posición privilegiada para detectar posibles casos de abuso, ya que el profesorado y el personal escolar tienen contacto diario con niños y niñas. Es fundamental que sepan identificar señales de alerta y comprender lo que un niño o niña puede estar revelando, ya sea de forma directa o indirecta. Para ello, es clave la formación de los y las docentes, y también la implementación de las figuras de protección que recoge la LOPIVI para el ámbito educativo (coordinador/a de bienestar). También son necesarios protocolos para la detección, la notificación y la actuación frente a los casos detectados. Sin un protocolo claro, las decisiones pueden quedar en manos de cada docente, quien puede enfrentar dudas sobre cómo proceder, temores a represalias o incertidumbre sobre la veracidad del testimonio. Para evitar que la protección de niños y niñas dependa de la valentía individual o de la percepción subjetiva de cada profesional, todos los centros educativos deberían contar con protocolos internos de protección frente a la violencia, incluyendo mecanismos de prevención y pautas claras de actuación.

¿Y para las familias? 

En el ámbito familiar, la educación afectivo-sexual y la parentalidad positiva son fundamentales en la prevención del abuso, especialmente dentro del propio ámbito familiar. Es clave que niños y niñas aprendan a reconocer estas conductas incluso cuando provienen de personas de confianza, incluidos familiares, y que comprendan que ninguna relación de afecto justifica el abuso. Proporcionarles herramientas para identificar, nombrar y rechazar situaciones de abuso, así como garantizar que cuentan con un entorno seguro donde puedan pedir ayuda sin miedo, es esencial para su protección.

Por supuesto, las familias no deben estar solas en este proceso: las administraciones públicas tienen la responsabilidad de garantizar una educación afectivo-sexual reglada, progresiva, desde edades tempranas, como recogen la LOPIVI y la LOMLOE, impartida por personal educativo con formación específica en la materia. 

La LOPIVI prevé los tribunales especializados. Pero, ¿son suficientes? 

La LOPIVI, aprobada en 2021, prevé la creación de juzgados especializados en violencia contra la infancia tras un año desde su implementación. Sin embargo, la creación de las nuevas secciones especializadas se aprobó finalmente en 2025, con la ley 1/2025 el Real Decreto 422/2025, aprobado el 3 de junio de 2025 por el Consejo de Ministros. Este último instrumento solo prevé la creación de tres secciones especializadas para todo el Estado, en Madrid, Barcelona y Málaga, cada una de ellas con una única plaza judicial.

Aunque la implementación de las secciones en violencia contra la infancia y la adolescencia deba ser paulatina, tres secciones con una plaza cada una para todo el país resultan manifiestamente insuficientes para atender de manera especializada todas las formas de violencia de las que son víctimas niños, niñas y adolescentes, por lo que es necesario una implementación más amplia de estas secciones desde su inicio, así como la creación de plazas judiciales.

¿Cree que hay confusión en el lenguaje a la hora de hablar de este asunto? Muchas veces parece que da miedo a hablar de pederastia, como si no quisiéramos llamar a las cosas por su nombre. 

Es posible que en ocasiones se eviten algunos términos por falta de conocimiento o incluso por la carga emocional y social que pueden conllevar. En este sentido, la sensibilización sigue siendo clave, así como la capacidad de identificar con claridad a los agresores como responsables de la violencia y a las víctimas como tales, sin ambigüedades ni desplazamientos de responsabilidad, y siempre desde un enfoque de derechos.

¿Cree que hay hipocresía al hablar de este tema en ciertas esferas?

Como señalábamos, la violencia sexual contra la infancia sigue siendo en general una realidad invisibilizada. Por eso es necesario un cambio de paradigma: reconocer la violencia contra la infancia como un problema social y no como un asunto aislado o privado. Esto implica poner el foco tanto en la prevención como en una respuesta adecuada, inmediata y centrada en las víctimas. En cualquiera de sus múltiples formas y canales, la violencia ejercida contra niñas, niños y adolescentes es inaceptable, y debemos movilizar todos los recursos disponibles para prevenirla, actuar cuando se produce y restaurar los derechos de quienes la sufren. Como sociedad, nuestro compromiso debe ser claro: enfrentar esta dura realidad, reconocer su existencia y tomar medidas efectivas para proteger a la infancia y la adolescencia.

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Vicki también sabe por qué canta el pájaro enjaulado: “La escucha es la mejor terapia. Esto va de salvar vidas”

27 Mayo 2026 at 07:00

«Maya Angelou tiene una frase que dice que la escucha es lo más curativo que hay. Antes que terapias, antes que todo. La escucha es la mejor terapia porque todo el mundo no se acordará de lo que le has dicho, o no se va a acordar de dónde estaba, o no se va a acordar del momento… Pero siempre, siempre, se acordarán de cómo se han sentido al hablar contigo». Con una voz también sanadora, Vicki Bernadet, hoy con 72 años y media vida dedicada a visibilizar y ayudar a las víctimas de agresiones sexuales en la infancia y adolescencia –como ella–, explica cómo se sienten cuando intentan hablar.

El interlocutor interrumpe o dice cosas como ‘No pasa nada, se te pasará’. O peor aún: ‘¿Por qué no lo has dicho antes?’. O mucho peor incluso: ‘Ah, pero solo te tocó, podía haber sido más’. Como si el tipo de agresión –y no cómo lo vivió la víctima– fuera lo más grave. «Cuando doy una charla pregunto: ‘A ver, imaginad a vuestra familia, a vuestros amigos… que alguno fuera capaz de agredir a vuestros hijos’. Y el 100% te dice que no. Te vas al día siguiente a otro sitio y es que no. Y así durante todos los años que llevo ofreciendo cursos para padres y madres en los colegios. Y resulta que el 80% de los casos se dan en ese ámbito», dice en un resumen preciso de lo que ocurre con este asunto: no queremos ni oír hablar de ello.

«Hasta que las familias no conecten con la idea de que el 20% de la población se ve afectada y que el 85% se produce en el ámbito intrafamiliar, va a continuar ese porcentaje tan doloroso, que es que un 90% de los casos de abuso no se habla hasta la edad adulta. Y no solo es doloroso como sociedad, sino que son vidas que podríamos salvar», concluye. Ese no hablar, no ser escuchado y no recibir ayuda evolucionan con el silencio, el miedo y la vergüenza acumulando diversos episodios de violencia hasta que se es mayor. «Y cuando contamos nuestra vida, pues es: yo sufrí abusos a los cinco años, a los nueve, a los 17, una agresión sexual, un intento de suicidio, maltrato durante 14 hace años… Y este es un patrón normal. Es mi caso, pero en otros será adicciones, será anorexia, bulimia, prostitución…», añade.

Por eso insiste en la máxima divulgación, porque considera que con la detección precoz y ayuda, las po-sibilidades de sufrir todo lo demás son menores o casi nulas: «A tiempo, se trabaja una mala experien-cia con el apoyo de todo el mundo. Pero cuando eres adulto ya no es una mala experiencia, ya es un trauma. Y esto va de salvar vidas», repite.

Pone un ejemplo gráfico: «Puede que no lo puedas evitar, como un accidente. Pero cuando tienes un ac-cidente, sabes a qué hospital irás, a quién llamarás, sabes el número de la ambulancia. Con este tema, sin embargo, existe una resistencia. Hay un miedo irracional. Cuando yo lo conté, en el 97, hace casi 30 años, era normal encontrarse con eso. ¿Pero ahora? No tiene ningún sentido».

Bernadet admite que creó la fundación que hoy preside de manera egoísta, para salvarse también a ella misma. Y es por eso, porque ha hablado muchísimo y la ha escuchado mucha gente, por lo que sabe, como Angelou, por qué canta el pájaro enjaulado.

Publicado por primera vez en 1969, Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado recoge la autobiografía de la escritora Maya Angelou. Con siete años, fue violada por el novio de su madre. El agresor fue asesinado tras pasar brevemente por la cárcel y ella enmudeció durante cinco años:«Creí que mi voz lo había ma-tado; yo maté a ese hombre, porque dije su nombre. Y después pensé que nunca volvería a hablar, porque mi voz podría matar a cualquiera…».

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Juicio en el parque. ¿Se lo imaginan? Los niños tampoco en una sala de vistas

26 Mayo 2026 at 07:00

Una jueza en chándal está sentada en el banco de un parque. Se escucha, levemente, el trino de unos gorriones revoltosos. A su lado, también con ropa deportiva, dos abogadas miran unos papeles con sus piernas cruzadas sobre el césped. Y un poquito más allá, un fiscal, con vaqueros y camiseta de manga corta de su grupo de música favorito, observa los columpios y el tobogán del fondo, junto a unos árboles frondosos que dan sombra.

Ahí, en mitad de ese escenario natural e infantil, la jueza coge una pelota y, mientras la bota, hace preguntas a un señor que va a ser juzgado. El hombre, ataviado con una americana y camisa blanca, mira a un lado y a otro, se frota los ojos una y otra vez. Pero nada, no sale del asombro, no da crédito a lo que está ocurriendo. La jueza pasa la pelota a las abogadas, que se la lanzan entre ellas hasta llegar al columpio. Desde ahí, mientras sube y baja el balanceo, siguen haciendo preguntas. El hombre, incapaz de responder nada, continúa sin entender por qué los representantes de la justicia se visten y actúan de esa forma, por qué su juicio se está celebrando en mitad de un parque, como si aquello fuera un juego

Obviamente, la escena no es real. Pero la sensación de desconcierto que está sintiendo ese hombre puede compararse a la de un niño que acude a un juzgado. Es así, con esa imagen, como lo explica de una manera muy gráfica la magistrada de la Sala Social del Tribunal Superior de Justicia de Canarias Glòria Poyatos, experta en la humanización de la justicia. «¿Has ido alguna vez a una sala de vistas, verdad? ¿Sabes cómo es, no? Porque lo que ves es un micrófono ahí en medio donde solo se puede hablar cuando se formula una pregunta y no se puede intervenir en ningún otro momento. Un lugar donde quien únicamente habla, con una voz elevada, es un ser vestido de negro que está en mitad de la sala, en una silla victoriana. Y ahí es donde no puede ir un niño, una niña que, encima, ha sido agredido sexualmente», dice la magistrada, que reconoce que se les trata como si fueran propiedad de alguien, como si no fueran sujetos de derecho.

Ilustración: Atce

«Seamos capaces de entenderlos, de ponernos en su lugar, de hacerles declarar de una forma libre, espontánea. ¿Dónde se haría el juicio? Quizá no se hubiera hecho nunca en una sala de vistas, sino en en un parque. Quizás no estaría la jueza o el juez con una toga negra, quizás estaría vestido con un chándal. O quizás estaría en un sitio con más niños hablando con todos ellos», reflexiona Poyatos. 

Lo que dice la magistrada, en el fondo, remite a las casas Barnahús, lugares donde esos niños y niñas se sientan seguros, donde no tengan que contar varias veces a personas diferentes lo que su padre, su tío o su profesor le han hecho, donde se tenga en cuenta la perspectiva de infancia. ¿Y por qué no se hace siempre así si parece lo más razonable? Poyatos es rotunda: «Porque el Derecho no ha sido pensado para las características, experiencias, expectativas, aspiraciones y preocupaciones de los seres humanos menores de edad. Y tampoco ha sido pensado para sus características, sus peculiaridades. Por tanto, su manera de hablar, de expresarse, de funcionar, de sentir, de ser en general es muy diferente», añade. 

Tal es la forma en la que está concebido el Derecho que ella misma tuvo que escribir un voto particular para explicar una sentencia de un modo entendible a un niño al que la administración le había denegado su grado de discapacidad. Esto escribió la jueza, porque no podía redactarse así en la sentencia: «Hemos estudiado tu caso y tienes toda la razón, Aureliano. Te vamos a apoyar porque ahora entendemos por qué te cuesta más hacer las cosas».

Garantías del proceso 

Con su habitual pedagogía –Poyatos es impulsora también de la lucha por incluir la perspectiva de género en la justicia–, la magistrada insiste no solo en que el ordenamiento jurídico se ha concebido con un enfoque adultocéntrico, sino en un adulto muy concreto: «Con unas características muy determinadas: hombre heterosexual, mayor de edad, propietario, sin discapacidad, no demasiado mayor en edad… Aquellos otros sectores de la población, dígase infancia, dígase mujeres, personas con discapacidad, homosexuales, que salgan de ese patronaje para el que fue esculpido el ordenamiento jurídico, se topan con un derecho que no ha sido pensado para ellos y una aplicación mecánica del derecho los excluye directamente».

En el caso de las agresiones sexuales a las niñas, niños y adolescentes, esto afecta además a las garantías del proceso: «Tenemos un ordenamiento jurídico penal garantista, que está muy bien. Obviamente, cualquier Estado de derecho, si es un Estado de derecho social, democrático, debe ser cuanto menos garantista. Pero no se tiene en cuenta quizá, o no hemos dado un paso más, en las garantías que pueda tener la persona en el derecho penal, que deben ponderarse cuando al otro lado tenemos una víctima vulnerable como pueden ser estos niños y niñas. Por ejemplo, la atenuante por dilación indebida. Es decir, cuando el proceso dura demasiado, se entiende que incide negativamente en la persona procesada. Y le aplican esta atenuante con la disminución que corresponda de la pena que se le aplicaría por el delito por el que ha sido procesada. ¿A quién beneficia esto?», se pregunta retóricamente Poyatos. 

Pues en este caso al pederasta. «¿Y qué pasa con las víctimas? ¿Acaso el Derecho ha pensado en las víctimas que tardan demasiado en ver cumplida la pena del agresor? ¿Les da algo? ¿Qué les da a esos niños y niñas que han tardado años en ver cumplida la justicia? Nada. Además, les pega en la cara porque les dice ‘mira, encima voy a beneficiar a tu agresor, le vamos a quitar unos años», analiza. 

Y termina volviendo al principio: «El Derecho es eminentemente adultocéntrico. Y es algo que tenemos que cambiar». Tal vez la escena de un hombre juzgado en el parque nos ayude a visualizarlo, y entenderlo, de una vez. 

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Vicente Ferrer: “Hay una diferencia entre ser víctima de abusos hoy y hace 30 años; se ha avanzado, pero no sé si hay mayor concienciación”

23 Mayo 2026 at 07:00

“No podría haber escrito otra historia”, dice desde Berlín, al otro lado del teléfono, Vicente Ferrer, valenciano de 42 años. Su novela, Despiece (Dos Bigotes, 2026), lleva un par de meses en la calle. Pero lo dice ahora, después, porque antes, cuando soñaba con poder dedicarse al oficio de escribir, cuando se apuntó al máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, aún no era consciente de que su primera obra emanaría del infierno que vivió cuando era un niño. Tampoco sabía que iba a escribir de ello cuando, por los años 2017 o 2018, acudió a la Fundación Vicki Bernadet en busca de ayuda; o cuando, veintitantos años después de aquella carnicería a la que hoy sobrevive, le contó a su familia que un profesor lo había agredido sexualmente en el colegio, como a tantos otros niños

Por esos otros niños, según narra, el profesor sí fue condenado. Pero él, el Vicentín de la novela, no habló, se cambió de colegio y solo se enteró de aquello –también como si no fuera con él– viendo el telediario un día con sus padres. Por eso, dice, más importante aún que impedir un delito que a veces es imposible evitar por su propia naturaleza –familiares y conocidos que aprovechan esa condición para agredirlos– es que los niños hablen, que sepan que su cuerpo es suyo, que nadie –sea quien sea– tiene derecho a tocarlo.  

Despiece cuenta esta historia devastadora con una extraordinaria maestría, pero va más allá de eso. Es un libro sobre una época, la del gotelé en las casas, la del bullying aceptado en los colegios, las cruces en los dormitorios, los relojes Casio, la edad dorada de Telecinco y la Súper Pop, la última época en la que no hubo Internet. Una época, en fin, muy diferente, muy reconocible por quienes la vivieron, pero de la que –con las paredes lisas y los smartphones y la IA– aún permanece hoy la pederastia. Una de cada cinco personas sufre agresiones sexuales en la infancia y adolescencia, sostienen las estadísticas, que no han variado prácticamente nada desde que se realizó la primera encuesta de ámbito nacional sobre este asunto, hace unas tres décadas. 

¿Cuál es el germen de este libro? ¿Fue una necesidad? 

Siempre había querido escribir. Y estudié Periodismo, de hecho. Dentro de mí, creo que tenía un poco la sospecha, aunque esto es algo sobre lo que he recapacitado ahora, con el tiempo, de que esta historia era la primera historia que yo tenía que escribir. Es decir, es como que no podría haber escrito otra historia. Pero ya te digo, cuando decidí hacer el máster, yo no estaba 100% convencido de que iba a escribir esta historia porque tenía también que enfrentarme a ello. Pero bueno, en cuanto empecé en el máster, tuve un par de conversaciones con Belén López Peiró, que escribió Porque volvías cada verano y Donde no hago pie, dos novelas que, desde otros puntos de vista, abordan también los abusos abusos sexuales en la infancia, y ya dije: no, no, claro, tengo que escribir esto. No puedo escribir otra historia. 

¿Cómo se enfrentó a su historia? 

No podría haber escrito esta novela así si no hubiera hecho terapia antes. La hice sobre 2017 o 2018. Fue cuando pasé por la Fundación Vicky Bernabé, y, a partir de ahí, hablé con mi familia, mis amigos… Digamos que cuando empecé a escribirla, esa salida del armario de los abusos ya estaba hecha.

«No podría haber escrito esta novela así si no hubiera hecho terapia antes. La salida del armario de los abusos ya estaba hecha».

A veces se sigue pensando que la pederastia es cosa del pasado, cuando continúa ocurriendo hoy. En su caso, cuenta que sucedió en los 90. ¿Cree que hemos avanzado, que el tema está más visibilizado? 

Lo que sí ha cambiado es la legislación o parte de ella, sobre todo lo que rodea al tema de la prescripción de delitos. Pero claro, en esa época, de este tema, como de otros temas como la violencia de género o los derechos LGTBI, no se hablaba directamente, es decir, no existían. Lo que pasa es que la ley no tiene efecto retroactivo, así que hay varias generaciones que han sufrido abusos que no lo han contado o que lo ha contado tarde…

O cuando han podido…

Exacto. Y hay gente que no lo cuenta nunca. Y parece como que si lo cuentas tarde es como que te penaliza o que, de alguna forma, la ley no te protege.

El pasado 5 de mayo, el Consejo de Ministros aprobó la reforma de la Lopivi, que incide en la obligatoriedad de escuchar a los niños tengan la edad que tengan. Porque usted no lo contó, pero hay otros niños que lo cuentan y no los creen.

Exacto. Al final, yo siento que legislativamente sí que se ha avanzado, eso es un hecho. Hay una diferencia entre ser víctima de abusos hoy y haberlo sido hace 30 años. Sí, ha habido un avance indiscutible. Y es más visible ahora, también con todo lo que ha pasado con la Iglesia, parece que mediáticamente se habla más. Pero no sé hasta qué punto hay mayor concienciación. Sí creo que hay una concienciación mayor, quizá, en saber dónde están los límites de tu cuerpo, o al menos hay una voluntad de que se sepa, de que los niños y niñas tengan esas herramientas. Lo que no sé es hasta qué punto eso ha permeado en todos los segmentos de la población. Se necesita una educación afectivo sexual, que no es hablar de sexo, sino de que los niños y niñas sepan protegerse. Esto no es una cuestión de ideología, es algo que debería ser integral para todo el mundo. 

«Se necesita una educación afectivo sexual, que no es hablar de sexo, sino de que los niños y niñas sepan protegerse».

Vicente Ferrer ha publicado su primera novela. CÉSAR SEGARRA

¿Qué le ha dicho la gente de su novela?

Mucha gente me ha dicho que se esperaba una historia muy dura, muy oscura, pero que luego el texto está lleno de luz, de ternura, de elegancia, sin morbo. Se sorprenden del enfoque. Porque aunque hay una parte de dolor, obviamente, la novela es mucho más que eso. Al final, la vida de una persona que sufre abusos no es solo eso. El crimen ocurre en un contexto, no ocurre en un vacío. Pero sí hay como mucho miedo entre comillas a leerla, como que da un cierto reparo tener que enfrentarse a esto, no se quiere ver esa parte de la realidad. 

Es lo que pasa en la realidad. 

Claro, y me lo dice mucha gente con hijos, amigas a las que leerla se les hace especialmente cuesta arriba. Y lo puedo entender, obviamente. Por tanto, sí, es un tema del que se habla más, pero yo creo que tampoco se habla lo suficiente, no está normalizado hablar de ello. Sigue siendo un tema espinoso, mucho más delicado de lo que yo pensaba que iba a ser.

«La novela es mucho más que eso. Al final, la vida de una persona que sufre abusos no es solo eso. El crimen ocurre en un contexto, no ocurre en un vacío«.

Arranca el libro contando que pide la sentencia condenatoria en el juzgado y no se la dan. ¿Cree que se debió también al tema en sí?

Está claro. De hecho, en el libro no se habla más de ello, el personaje no está buscando la sentencia a muerte. Lo que quiero es reflejar toda la violencia administrativa que hay. El personaje sigue las normas, confía en hacer las cosas bien, pero el día que te pasa algo y necesitas a la administración, al sistema judicial, no están. Y no están, por un lado, porque el delito prescribe; y no están ahí tampoco porque en lugar de facilitarte las cosas te ponen trabas. Si las sentencias son públicas, las sentencias son públicas y punto. Y luego está, obviamente, la protección de datos, que pueden borrar y listo. Estamos hablando, además, de una persona que tiene que enfrentarse a esto y a muchas otras cosas, es decir, para llegar a hacer esa llamada en la que pides la sentencia, para escribir esos emails, para descolgar el teléfono, han tenido que pasar muchas cosas antes y todas son duras.

«El día que te pasa algo y necesitas a la administración, al sistema judicial, no están».

Y te encuentras un ‘no’ en vez de encontrarte a alguien que te diga: ‘Oye, qué bien que has llegado hasta aquí, sentimos mucho no haberte podido ayudar antes. Pasa, pasa a tu casa’. Porque se supone que las administraciones públicas deberían ser nuestra casa. Así lo interpreto yo. Pero al final te cierran la puerta y dicen: ‘No, no, aquí no, te has equivocado’. Eventualmente accedí a la sentencia cuando el libro ya lo tenía prácticamente escrito. Pero tomé la decisión de no seguir tirando de ese hilo, por lo menos en lo que sería la novela.

¿Usted nunca denunció?

No, pero no lo descarto.

En la novela, el personaje cuenta que vuelve al lugar de los hechos y no consigue traspasar la puerta del colegio. ¿Hay puertas que nunca se terminarán de abrir o de cerrar? Usted llega a plantearse si es verdad lo que ha vivido. 

En la novela se reflexiona también sobre la memoria y sobre cómo al final la memoria puede ser también una ficción. Por eso es importante que existan documentos, que alguien haya escrito una noticia un día poniéndole nombre y apellidos al agresor; por eso es importante que haya una sentencia, que existan imágenes. No te digo que no me hubiera acordado pero, en casos como estos, el hecho de que esté documentado te respalda y te reafirma. No me lo he inventado, no lo he soñado. Pasó y pasó con la gravedad de esos hechos, con el peso con el que yo lo siento dentro de mí, aunque no lo pueda recordar al cien por cien. Pero está impregnado en la memoria de tu cuerpo.

«El hecho de que esté documentado te respalda y te reafirma. No me lo he inventado, no lo he soñado. Pasó y pasó con la gravedad de esos hechos«.

Hablando del cuerpo, juega en la novela con el trabajo de su padre, carnicero, y la carnicería a la que intenta sobrevivir.

Esa metáfora, esa doble historia entre la carnicería y el abuso, se me apareció. No tuve que hacer un gran gran esfuerzo, tuve que tener solamente los ojos bien abiertos porque yo sabía que quería escribir la historia de una familia, y que iba a escribir sobre los abusos, pero no quería que los abusos estuvieran en el centro de todo. Y sabía que quería describir una familia en una época, una familia súper normal, de ese tiempo. Una familia muy típica, con sus peculiaridades, obviamente, pero una familia cuya intrahistoria se parece a muchas otras familias. Y en mi casa solo se hablaba de carne. Comíamos y hablábamos de carne, la carne estaba en el centro de todo. Por tanto, supe que ese iba a ser el hilo del que iba a tirar. 

Agradece a sus amigas que no lo dejaran titular la novela como El hijo del carnicero. Despiece es un término polisémico. ¿Qué significado pesa más, con qué sentido lo emplea?

Un poco todos. El despiece de la carne por un lado, el despiece de la memoria, el despiece del cuerpo, también el de la recomposición, juntar las piezas. Esto último me lo dijo alguien que lo leyó: el libro es como juntar todas las piezas que faltan, o que están desperdigadas, para que el narrador vuelva a ser como una persona, como un todo. Al principio, no veía ese título, pero luego sí. Porque, además, es una palabra que no utilizamos mucho a diario, no solemos decir despiece pero se comprende rápidamente, no es una palabra culta, inaccesible. Y la novela también utiliza un léxico accesible, no hay grandes palabras. Al mismo tiempo, despiece es una palabra que te deja pensando.

Intuyo que le ha gustado mucho escribir esta novela por como está escrita. Me refiero al proceso creativo, de buscar las palabras precisas, de pasar tiempo con los párrafos… ¿Cómo ha sido ese proceso desde el punto de vista literario?

Has intuido bien. ¿Cómo decírtelo? Es todo lo que quería, todo lo que siempre he soñado hacer en mi vida y a veces ni siquiera me había dado el permiso de intentarlo, ¿sabes? Era como un secreto y me di el permiso y el espacio para ponerme. Aquí está todo lo que yo sé. Es el proyecto de mi vida en el que más me he esforzado desde un punto de vista ya no solo de tiempo, sino de intensidad y de muchas formas. También de aprender y de plasmar una visión de la vida. Esto es lo que a mí me encanta, estar dos horas en un párrafo y salir con un subidón.

«Es todo lo que siempre he soñado hacer en mi vida y a veces ni siquiera me había dado el permiso de intentarlo».

Eso es lo que mucha gente no entiende –o resulta difícil de explicar– en tiempos de la IA.

Sí, es todo lo contrario a la productividad entendida desde un punto de vista capitalista. No tiene nada que ver con producir más y mejor. Tiene que ver con encontrar la palabra perfecta o la mejor frase y, sobre todo, con conectar con eso que quieres decir. ¿Cuál es la mejor manera de decirlo?

Y en ese camino empiezas a descubrir, mientras escribes, cosas que no sabías que ibas a escribir; el texto comienza a tomar una forma que, por mucho que lo hubieras pensado, no se parece a lo que tú creías que ibas a escribir. Solo por eso ya merece la pena haberlo escrito, independientemente de que lo publiques o no lo publiques, lo vendas o no lo vendas. 

¿De qué vive actualmente?

Ahora mismo soy profesor de español aquí en Alemania. He sido periodista muchos años. Y estoy escribiendo la segunda novela. Samantha Schweblin, la ganadora del Premio Aena, fue nuestra profesora en el máster. Soy un fan absoluto de ella, como escritora, como persona y como profesora. Y ella nos decía que debíamos comprar tiempo. Es decir, para escribir necesitas tiempo y para tener tiempo necesitas dinero porque tienes que pagar el alquiler, tienes que seguir viviendo…

Ya lo decía también Virginia Woolf. Las mujeres no solo necesitamos una habitación propia, también 500 libras.

Exacto.

Y una última frase que me llamó la atención al leer la novela, hablando de mujeres: «Ahora sé que un hombre rodeado de mujeres tiene la oportunidad de ser otro tipo de hombre, no sé si entonces fui capaz de intuirlo».

Sí, y es algo que vi después de haber escrito el texto. Porque es un texto que habla de alguna forma también de la masculinidad. El protagonista es el chico y después del protagonista, el personaje que tiene más espacio en el libro es el padre. Y, por otra parte, está el agresor. Los hombres se educan para ser fuertes, para no mostrar sus sentimientos, para no mostrar debilidad, para avergonzarte si tienes que pedir ayuda… Eso es algo que nos hace daño a todos los hombres. Para mí, el hombre en la sociedad es casi un sinónimo de violencia, de no admitir ningún tipo de vulnerabilidad. Y al final lo que te crea es una frustración, porque todos somos débiles, somos fuertes y débiles.

La entrada Vicente Ferrer: “Hay una diferencia entre ser víctima de abusos hoy y hace 30 años; se ha avanzado, pero no sé si hay mayor concienciación” se publicó primero en lamarea.com.

Victoria César: “Si no existiera el movimiento memorialista, no se habría recuperado casi nada”

19 Mayo 2026 at 07:00

Aficanda en Valencia de Alcántara (Cáceres) tras varios años viviendo en Ecuador, Victoria César Velázquez acaba de defender en la Universidad de Sevilla una tesis doctoral en la que indaga, a través de sus protagonistas, cómo el movimiento memorialista se ha ido forjando como el músculo de la recuperación y reparación a las víctimas del franquismo en España en las últimas dos décadas. Es tal la fuerza de este activismo –defiende la investigadora– que, incluso en este momento de ultraderechización y de discursos contrarios a los derechos humanos, logra mantener vivo un tema que desde muchas instituciones intentan dar por muerto. Para esta investigación, no ha recibido ningún tipo de financiación. «Hay mucha gente haciendo investigación sin recibir retribución económica, a expensas del sacrificio profesional y personal», afirma. 

¿Por qué hizo esta tesis doctoral?

El tema conectaba con mi trabajo de fin de grado, que había versado sobre una propuesta del Parlamento Europeo en 2014 acerca de cómo estudiar la memoria en las escuelas. Esta propuesta iba encaminada fundamentalmente al nazismo y al estalinismo o a los regímenes comunistas. Cuando me quise meter en el doctorado, contacté con el profesor Miguel Vázquez Liñán, que también había sido mi director de TFG, y ya concretamos el tema partiendo del planteamiento de que la memoria histórica en España y en Andalucía, tal y como la conocemos, no se puede entender sin el activismo memorialista, sin el movimiento memorialista. Hay, además, una ausencia o escasez de estudios académicos en los que el movimiento memorialista sea el objeto de estudio principal. Y así fuimos estableciendo el tema inicial de hacer una historia social del movimiento memorialista en Andalucía a través de entrevistas en profundidad, para que fueran las propias personas del movimiento las que describieran sus experiencias y las que contaran cómo había sido todo ese proceso. 

Se la dedica a su abuela. Aparte de que las abuelas siempre son especiales, ¿existe alguna motivación relacionada con la memoria?

No directamente o no del todo. Mi abuela es una figura muy importante en mi vida; es mi segunda madre, yo me crié con ella. Falleció durante el proceso de elaboración de la tesis y no fue nunca muy consciente del doctorado porque en sus últimos años tuvo Alzhéimer. A veces me había hablado de la represión en Lebrija, en mi pueblo, desde un punto de vista crítico. Mi abuelo había sido bastante autoritario, bastante afín al franquismo y a este tipo de ideología, por lo que mi abuela había sido una mujer muy sumisa durante casi toda su vida. Cuando falleció mi abuelo, fue cuando ella empezó a expresarse y hablar mucho más. Y sobre este tema en concreto, sacaba muchísimo a colación a una tía suya, que la crió, que sí fue una represaliada directa del franquismo, a su marido lo desaparecieron, ella quedó viuda con un niño de dos años, se negó a firmar el documento para recibir una ayuda, tuvo una vida bastante difícil y bastante condicionada por esa circunstancia. De hecho, a mí ahora mismo me gustaría intentar recuperar en la medida de lo posible la historia de esa tía abuela.

Mi abuela hablaba de ella como una mujer muy fuerte, muy orgullosa, muy digna. Y también sé que otra de sus tías se fue a Sevilla a vivir en una especie de cooperativa y fue también represaliada directamente, pero no sé todavía ni siquiera el nombre. Todas estas historias van creando una conciencia, una sensibilidad que en las generaciones más jóvenes quizás está menos presente que en generaciones más mayores que han tenido un contacto más directo con personas represaliadas directamente.

La investigación abarca 23 años, de 2000 a 2023. Puede parecer mucho, pero ¿cree que se siguen quedando cortos para todo lo que hay que reparar? Muchas víctimas presentes en ese movimiento memorialista ya han muerto. 

El movimiento ha logrado muchísimas cosas y ha avanzado muchísimo, pero también ha tenido muchísimos obstáculos que han determinado los avances que se han podido hacer. En estos años, aunque en Andalucía ha habido una profusión de iniciativas, incluso políticas institucionales, observas que no es suficiente viendo por ejemplo las cifras de las exhumaciones, de todas las personas que siguen siendo anónimas, como la historia de mi tía y su marido. Y, siendo realista, probablemente vaya a quedar mucho sin recuperar. Veinte años no son suficientes, obviamente, para recuperar la memoria de las personas represaliadas por el franquismo en su totalidad. 

Mantiene que el movimiento memorialista andaluz tiene unas características propias. ¿No es extrapolable al resto de España? 

Hay características propias a nivel de iniciativas, de políticas, de organización de las asociaciones, de medios de comunicación… pero obviamente muchas características sí son extrapolables. Sí sostengo también que Andalucía, sin restar gravedad a la represión en ninguna otra comunidad, es una víctima ejemplarizante, se mandaba un mensaje al exterior de ‘esto es lo que va a seguir pasando’. 

Entrevista a diferentes perfiles dentro del movimiento memorialista y hace una distinción entre familiares biológicos e ideológicos, como Cecilio Gordillo dentro de este último grupo.

Sí, surgía la necesidad de distinguirlos, precisamente por una definición que hace Cecilio Gordillo. Porque la participación en el movimiento memorialista puede empezar no necesariamente por un vínculo familiar sino por una afinidad ideológica,y creo que es muy importante porque es algo que está presente prácticamente en todas las personas que participan en él. A lo mejor las personas que pueden poner un poco más de distancia ideológica son aquellas que participan en la memoria a través de un vínculo profesional, pero incluso en esos casos hay un fuerte componente de compromiso emocional. 

Y muchas de esas personas, como el propio Gordillo, descubren también que son familiares biológicos.

Sí, son dos colectivos que están muy conectados entre sí, porque al final, si nos ponemos a escarbar en nuestras historias familiares, vamos a encontrar algún caso. 

Lo define Andrés Rebolledo, familiar de represaliados, como “trauma colectivo”. 

Eso es.

Divide la investigación en tres fases: los orígenes, la institucionalización y la inanición, que es en la que estamos ahora, con el PP en la Junta de Andalucía. No obstante, el movimiento memorialista fue bastante crítico con el PSOE en la fase de institucionalización. 

El periodo de institucionalización es muy complejo desde el punto de vista ideológico: hay muchas personas muy críticas que entienden que aun habiendo un cierto compromiso institucional con la recuperación de la memoria histórica, era muy limitado. Es decir, todo lo que se hacía tenía que seguir siendo promovido por parte del activismo ciudadano, e incluso en muchas ocasiones llevaba a cabo el trabajo, como con el mapa de fosas. Luego otras instituciones, incluyendo la universidad, validaron esta información. Pero sin la existencia del movimiento memorialista, mucho o casi todo de lo que se ha hecho no se hubiera hecho si se hubiera dejado en manos de la Junta de Andalucía. Y, además, lo que se ha conseguido ha sido a un ritmo que no es coherente con la urgencia de reparar a personas que son mayores. Las instituciones solas no hubieran movido la memoria histórica apenas y, de hecho, incluso las normativas han podido limitar a veces el tema de las exhumaciones, como la burocratización del proceso.

Y también ha habido conflictos internos en el seno del movimiento, ¿no?

Sí, no quiero idealizarlo. Venimos de un movimiento que también tiene sus contradicciones internas, sus propios desafíos internos. Han logrado llevar a cabo iniciativas conjuntas, pero obviamente existe conflicto a la hora de ponerse de acuerdo y de trabajar en el día a día con las personas que ideológicamente no son del mismo grupo, por así decirlo. De todas formas, es un movimiento muy plural, eso me parece algo muy positivo.

El PP ha ganado de nuevo las elecciones en Andalucía, pero ha perdido la mayoría absoluta. ¿Cómo ve al movimiento memorialista ahora, en este contexto de ultraderechización generalizado?

A partir de que entra el PP en la Junta de Andalucía, en 2019, hay un cambio muy claro: recorta brutalmente la financiación, elimina instituciones como la Oficina de Memoria Histórica de Sevilla, elimina también información que antes estaba en la página del Ayuntamiento de Sevilla sin ningún tipo de declaración pública sobre eso, sino que simplemente desaparece y ya está.

Y ahora, aunque en Andalucía pueda parecer que la ultraderechización no es tan explícita, en la práctica sí lo es, porque incluso en el discurso del PP no hay nada que nos invite a pensar que no existe esa hostilidad y esa oposición hacia la recuperación de la memoria histórica. El PP andaluz no se ha manifestado a favor de la recuperación de la memoria histórica, ni ha manifestado ningún compromiso con recuperar la memoria histórica. Por eso creo que, a diferencia de la etapa del PSOE, ahora mismo el movimiento memorialista puede tener una oportunidad de volver a un punto más reivindicativo en su conjunto, de estar en pie de guerra, puede ser un nexo de unión, tener una mayor cohesión interna. También dependerá mucho de cómo evolucione la situación a nivel nacional e incluso internacional en cuanto al auge de la extrema derecha, de la normalización de discursos que son totalmente contrarios al reconocimiento a las víctimas y a los derechos humanos. La inclusión de personas jóvenes, la renovación de liderazgos en el movimiento memorialista, es otro de los desafíos.

Hasta ahora, en el fortalecimiento del movimiento memorialista ha influido también, según explica en su tesis, la enorme producción cultural en torno a la memoria en los últimos años.

Sí, yo creo que gran parte de esto viene gracias a esa divulgación cultural. Entiendo que la producción académica es fundamental y es el origen, también en parte, de esa divulgación cultural. Pero claro, la academia tiene bastantes limitaciones para llegar a la sociedad y eso  es lo que sí logra la divulgación cultural: literatura, cine, música, incluso los medios de comunicación. Por eso me parece muy importante esos últimos diez años desde 2012, más o menos hasta acá, con una producción muy amplia y con un enfoque de derechos humanos.

¿Eso puede cambiar ahora con los nuevos escenarios políticos?

Todos entendemos que aquí hubo una dictadura durante 40 años, pero la justificación de que con Franco no se vivía tan mal viene de invisibilizar a todas las víctimas que el franquismo tiene detrás. Lo hace la extrema derecha pero también la derecha moderada, por así decirlo, o incluso parte de lo que se supone que es izquierda. Creo que ahí también ha jugado un rol en invisibilizar esa violencia tanto del franquismo como de la transición, al no querer poner el punto de atención ahí. Entonces, que exista esa divulgación cultural es súper importante, eso va a quedar ahí, a no ser que empiecen a censurar y a eliminar obras, ¿no? Que esperemos que no tengamos que llegar a ese punto nunca. Lo que pasa es que debería dársele más difusión todavía, por ejemplo, a través de la escuela. Y ahí, de nuevo, la posición institucional se vuelve un límite.

¿Y si desapareciera el movimiento memorialista? 

Si se disolviera en los próximos diez años, la memoria histórica quedaría en lo que se ha recuperado hasta ahora y poco más. Y como conclusión de la investigación, si no existiera el activismo no se habría hecho prácticamente nada. Pero bueno, también es un movimiento que está todavía en actividad, en desarrollo. Y eso para mí ha sido, durante la última etapa, un desafío desde el punto de vista de la investigación, estudiar esos últimos años en los que prácticamente estamos metidos ahora mismo, hacia dónde puede ir. 

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Creer a las víctimas de pederastia: “Cuando lo conté, a los 11 años, me echaron una reprimenda tremenda; me dijeron que era una invención”

11 Mayo 2026 at 06:28


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Hace apenas un par de años, Robert Thacker, autor de la biografía de la Nobel de Literatura Alice Munro, se vio obligado a explicar por qué no había incluido en ese libro, publicado en 2011, un episodio muy importante en la vida de la canadiense. El episodio en cuestión lo hizo público en un periódico una hija de Munro, Andrea Robin Skinner, dos meses después de la muerte de la escritora: «A la sombra de mi madre, un icono literario, mi familia y yo hemos ocultado un secreto durante décadas. Ha llegado el momento de contar mi historia». En realidad, Andrea ya la había contado hacía años a su familia, quien tenía que haberla protegido y no lo hizo. «Mi padrastro abusó de mí. Mi madre se quedó a su lado», tituló aquel artículo en Toronto Star en 2024. Ni siquiera una condena al agresor, según explicó Andrea, logró romper el silencio al que su familia la había sometido durante décadas. 

La historia de Andrea Robin Skinner es la historia de tantos niños y niñas que se siguen contando y no se creen hoy en todo el mundo, en España, en tu barrio, en tu propia casa; que se cuentan y no pasa nada. O que incluso continúan sin contarse. Es la historia de tantos y tantos agresores bien reputados, bien vistos, que dicen, en los pocos casos en los que son juzgados, que no es verdad o que fue la niña o el niño quien los sedujo; agresores que entran en el cuarto de su hijo por la noche y le ponen el mejor de los desayunos por la mañana, que siguen delinquiendo amparados por la impunidad, por el mirar para otro lado. Es la misma historia de tantas y tantas familias que se rompen por un delito que continúa siendo un tabú, algo muy fuerte, tan asqueroso, tan perverso, que no entra en cabeza humana. Pero que existe, que lo cometen hombres, familiares y conocidos en su mayoría. No son monstruos, ni psicópatas, no tienen diagnosticada enfermedad alguna. 

 «Eso es, es eso. Nunca es tarde para hablar de ello. No es Epstein, son las casas, es lo que está pasando hoy en las casas», dice hoy desde Sevilla María, una niña ya adulta como Andrea Robin Skinner. María usa este nombre porque no quiere revelar su nombre real, y asegura que su familia está rota porque contó que un familiar cercano la había estado agrediendo sexualmente cuando era una niña. Esta sentencia de 2023, que condena al tío de una pequeña como María, confirma que no estamos ante casos aislados: «La menor explicó que no lo hizo antes –contar que su tío la agredía– porque tenía miedo a que no la creyeran, y porque pensaba que al revelarlo la familia se iba a romper, como ocurrió cuando se supo. Es algo repetitivo en estos casos».

María afirma que en su grupo de terapia, en el 90% de los casos no tuvieron apoyo familiar: «La respuesta sobre cómo respondían las madres era muy similar, hemos sido repudiadas, no hemos tenido apoyo real y práctico», dice en un pasaje que recuerda, a su vez, a la interpretación de Belén Rueda en No tengas miedo, una película dirigida por Montxo Armendáriz en 2011. La niña –Michelle Jenner– se lo cuenta una y otra vez a su madre, pero la madre, que puede representar también a la sociedad, no quiere creerla, no quiere asumir que eso que está narrando su hija se está produciendo, que sea el padre el que lo está cometiendo, o quizá no puede asumir el error de no haberla protegido. 

Esa es otra cuestión que se repite, el perfil (o no perfil) del agresor, porque cualquiera puede serlo. Todas las encuestas realizadas hasta el momento, todos los colectivos que trabajan en este asunto, lo confirman: en torno al 80% de este tipo de violencia se da dentro de la familia o entornos muy conocidos.

«Serán imaginaciones tuyas», concluye la madre sobre lo que le cuenta su hija en la película de Armendáriz, como suele pensar la sociedad ante los casos reales. «Cuando yo lo conté, dos años después, cuando tenía 11 años, me llevé una reprimenda tremenda, me dijeron que aquello era una invención», dice Francisco, hoy con 43 años. Cuenta que en su caso fue un vecino. «No se quiere ver porque faltan herramientas y se tiene miedo al conflicto. Y en nuestra sociedad los abusos sexuales a menores es algo que tenemos bastante asimilado, sabemos que pasa, pero cuando pasa y lo tenemos delante de nuestras narices nos resulta tan espantoso que preferimos mirar para otro lado antes que abordarlo y denunciarlo», prosigue. 

Desde la Fundación ANAR parten de una máxima: «Siempre tenemos que creer a los niños, niñas y adolescentes, hay que darles un espacio, decirles que no les vamos a juzgar, que la culpa la tiene el agresor, y tener oídos para esos niños», explica Shauri Molina. En el 9,4% de los casos atendidos, tuvo que intervenir el departamento jurídico; y en el 9,3%, hubo una coordinación con entidades externas para proteger a esos niños.  

Porque otra supuesta explicación que se esgrime para no mirar es culpar a la víctima: «Serás una puta», le dijo una madre a su hija con 12 años cuando le contó lo que le hacía su padre: «¡Pregúntaselo a tu marido, papá me está tocando y va a mi cuarto todas las noches por mí!». «Imagínate qué ganas tienes tú de hablar de esto», explica la terapeuta Eva Medina ante este caso que trató. El problema, como analiza, es que un niño no imagina lo que no ve, no fantasea con lo que no conoce. «O lo ha visto o se lo han hecho, y en ambos casos es delito», dice. Y se llama pederastia –continúa– por muy dura que suene la palabra: «Es fuerte, pero es la realidad. Una persona que abusa de un menor es un pederasta, sea el padre, el hermano, el tío, la madre o Perico el de los palotes». 

El segundo marido de Alice Munro agredió sexualmente a Andrea cuando ella tenía nueve años. La niña hizo llegar el caso a su padre, que se quedó de brazos cruzados: «La incapacidad de mi padre para tomar una decisión que me protegiera me hizo sentir que yo no formaba parte de ninguna de las dos familias. Estaba sola». La violencia continuó hasta que llegó a la pubertad. Años después, con veintitantos, se lo contó a su madre, aprovechando que había escrito uno de sus cuentos de premio sobre una niña que se suicidó tras ser agredida por su padre. Fuera de la literatura, en la vida real, ante el caso de su hija, Alice Munro también se cruzó de brazos: «Reaccionó exactamente como me temía que haría, como si se hubiese enterado de una infidelidad». 

A lo máximo que llegó, según narra Skinner, fue a hablarle sobre otros niños con los que este hombre mantenía «amistades», como si la traicionada hubiera sido ella, la esposa. «¿Se dio cuenta de que estaba hablando a una víctima y que yo era su hija? Si lo hizo, yo no lo sentí. Cuando intenté decirle cómo el abuso de su esposo me había causado daño, se mostró incrédula». Andrea, que ahora ayuda a personas que han pasado por su misma situación, rompió la relación con su madre cuando nacieron sus hijas. Ella sí tuvo claro que nunca iría con ellas allí donde el agresor estuviera.

Gerald Fremlin, el segundo marido de Munro, el padrastro de Andrea, el agresor, fue condenado en 2005 después de que Andrea, la hija de Alice Munro, la hijastra, la víctima lo denunciara ya mayor: dos años de prisión provisional y una orden de alejamiento de menores de 14 años. Fremlin era ya octogenario. Murió en 2013 y, hasta ese momento, Munro, la madre de la víctima, permaneció al lado del agresor. ¿Por qué no incluyó este episodio, aun conociéndolo, aun con sentencia condenatoria, el biógrafo de la premio nobel? ¿Qué motivo expuso para no hacer nuevamente nada, para cruzarse de brazos ante esta historia? «Yo lo veía como un asunto familiar privado», justificó.

Detrás de ese argumento se ha escondido históricamente uno de los principales problemas a la hora de afrontar –y prevenir– la violencia sexual contra los niños, niñas y adolescentes: lo que le hizo el padrastro a la hija de Alice Munro no es un caso aislado, como tampoco lo es lo que le hicieron los curas pederastas a sus víctimas, ni lo que un tío, un primo, un padre o un abuelo siguen haciéndole a muchos niños y niñas hoy en sus casas, igual de pederastas que estos curas; o lo que los actualizados agresores sexuales continúan haciendo a estas personas vulnerables a través de las pantallas. Lo que les ha pasado históricamente a los niños y niñas, como María o Francisco, y sigue ocurriendo hoy, lo que hacen los agresores sexuales con estos niños y niñas, es un delito público derivado de un problema social estructural, de salud pública, como indican los especialistas consultados.

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La lucha de las víctimas de la Iglesia en la visibilización de la pederastia: “Es un mal endémico de nuestra sociedad”

22 Abril 2026 at 09:28

La violencia sexual contra la infancia y la adolescencia es un problema estructural que sigue estando invisibilizado. Durante los últimos años, han sido las iniciativas privadas y la lucha de las víctimas y familiares quienes han empujado, la mayoría de las veces en soledad, para que se ponga encima de la mesa. Es el caso de las víctimas de pederastia en la Iglesia, cuya insistencia ha conseguido finalmente el reconocimiento de estas agresiones, el derecho a su reparación y el acuerdo entre la Iglesia y el Gobierno con el Defensor del Pueblo para indemnizar los casos que estén prescritos en la justicia pública.

«Mucha gente piensa que esto es de la época de Franco. Claro. En la época de Franco ocurría, pero es que por desgracia en nuestros días también sigue ocurriendo, y hay niños y niñas que han sufrido delitos de pederastia y sus padres están desesperados, primero por el estado de sus hijos, pero después también porque los poderes públicos parece que juegan a archivarlo todo», denuncia Juan Cuatrecasas, portavoz de la Asociación Nacional Infancia Robada. 

«Solo desde enero de 2025 al verano de 2025, en España, ha habido hasta 12 casos en colegios concertados», enumera. Este mismo marzo, el Opus Dei ha apartado a un profesor en Madrid por supuestas agresiones sexuales a tres menores de edad, según ha publicado El País, que puso en marcha en 2018 una investigación de la pederastia en la Iglesia española: de los primeros 34 casos, ahora llegan ya a 3.084 víctimas. «Siempre lo he tenido en la cabeza y, al oír más casos, tenía que contarlo», narraba este martes en la Cadena SER Daniel (nombre ficticio), sobre un sacerdote de la diócesis de Tenerife. Asegura haber sufrido abusos a finales de los años 60, cuando tenía apenas nueve años. 

El ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, con el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, y el presidente de la Conferencia Española de Religiosos, Jesús Díaz Sariego. MONCLOA
El ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, con el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, y el presidente de la Conferencia Española de Religiosos, Jesús Díaz Sariego. MONCLOA

«A diferencia del ámbito familiar, la víctima, cuando denuncia, se enfrenta a su agresor pero también a toda la orden, prelatura a la que éste pertenezca, que intenta tapar el caso y defender el buen nombre de la institución. Es decir, recae sobre la víctima todo el poder de la institución, con lo que ello supone. Y de ahí que, cuando un menor/adulto denuncia a un miembro de la Iglesia, ésta nunca asume su defensa, y sí la de su agresor», reflexiona Cuatrecasas.

Su hijo fue víctima de un profesor numerario en un colegio vasco. «Nos trasladó en mayo de 2011 el delito que habían perpetrado contra él; nos habló de abusos y acoso escolar, las dos cosas, porque muchas veces los casos de abuso que se producen en colegios llevan emparejado el tema del acoso, porque el pederasta, el depredador sexual, lo que hace es intentar aislar a la víctima, como ocurre también en la violencia de género», explica.

«Para nosotros –prosigue– fue una pesadilla porque veíamos a nuestro hijo fatal. Y en un principio no te imaginas hasta dónde llegaba todo. Pero cuando ya tu hijo te dice con dificultad lo que ha pasado, pues lo primero que haces es intentar que él salga adelante –ese ha sido siempre nuestro objetivo– y por supuesto a la vez tuvimos que denunciar porque el colegio pretendía taparlo todo», denuncia. 

La Asociación Nacional Infancia Robada nació de un grupo de víctimas de la Iglesia, cuyos jerarcas han llegado a alegar que lo de los abusos no era solo cosa de esta institución. Y es cierto. «Pero a lo largo del tiempo han recurrido a nosotros sobre todo víctimas del ámbito intrafamiliar, alguna del deportivo e incluso de los Boy Scouts. Es, efectivamente, un mal endémico de nuestra sociedad. Y siempre digo que con la infancia nada es suficiente», concluye Cuatrecasas.

Según la encuesta realizada por la firma GAD3 para el Defensor del Pueblo, el 1,13% de las personas han sufrido abusos en el ámbito religioso católico. La cifra supone un 0,6% con respecto a los abusos totales reportados: un 11,7% de las personas entrevistadas (con una muestra de 8.000). Y no es menor: son unas 400.000 víctimas, según las prospecciones del Defensor

«En el caso de la Iglesia es un tema que procede de muchas décadas atrás, y está insertado como algo estructural. No son cuatro casos, como decía la Iglesia al principio. Son muchos y cada vez más. E incluso te diré que en este ámbito se entendía que era entre un cura o religioso adulto y un niño y, con el tiempo, también han ido saliendo mujeres víctimas de sacerdotes. Hay campos totalmente inexplorados, como el tema de las monjas, que algún día también saldrá», añade Cuatrecasas, que lidera la petición de un Estatuto específico que otorgue a los supervivientes «la condición de víctima» con derechos en el ámbito sanitario, educativo, laboral y social. Además de la protección judicial a quienes hayan denunciado.

El informe destaca, además, que la violencia contra la infancia, considerada como un asunto de salud pública por la Organización Mundial de la Salud (OMS), no ha aparecido entre los problemas que generan una mayor preocupación en la ciudadanía, según las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). «Por ello –indica el Defensor–, se aprovechó la ocasión para preguntar a las personas encuestadas, ante todo, cuál era su percepción del problema». La mayoría lo considera un problema social muy grave o bastante grave. Sobre si existe una mayor conciencia social, un 19,7% respondió «mucha» y un 40,2% «bastante», frente a un 32% que consideró que la conciencia social había crecido poco y un 5,2% nada. 

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Quiénes son los pederastas: “No cojas caramelos de desconocidos, pero nadie nos dice que el agresor puede estar en tu cuarto”

21 Abril 2026 at 11:07

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El gráfico que encabeza este artículo, extraído del último dossier de La MareaPederastas: la violencia estructural que no queremos abordar– ilustra los datos generales recogidos en el Informe del Defensor del Pueblo. Todas las encuestas realizadas hasta el momento, todos los colectivos que trabajan en este asunto, lo confirman: en torno al 80% de la violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes se da dentro de la familia o en entornos muy conocidos. «No son personas encapuchadas, pueden estar en casa», afirma la subdirectora de las líneas de ayuda de la Fundación ANAR, Shauri Molina.

Según un análisis de sentencias que Save the Children viene elaborando periódicamente, más del 90% de las personas acusadas son hombres y en ocho de cada diez casos es conocida. Y sin embargo, como remarca en sus ponencias la superviviente Miriam Joy, hoy mediadora en prevención en la asociación Redime, nos alertan cuando somos pequeños de no coger caramelos de desconocidos, pero nadie nos dice que el agresor, «el lobo», puede estar en tu cuarto.

Entre los espacios más comunes, sigue destacando el entorno familiar, aunque también se dan otros agresores conocidos, como amigos o allegados de la familia o víctima, profesionales que trabajan con niños y niñas, etc.

Dentro de la familia, los agresores que destacan son la pareja de la madre (11%), el padre (8%) y otros familiares, como tíos y abuelos (8%). En el entorno conocido no familiar, el 75,2% eran conocidos o amigos de la víctima. No obstante, el aumento de la violencia digital está haciendo también que el porcentaje de agresores desconocidos esté creciendo, como corroboran Save the Children y la Fundación ANAR.

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“Qué tema más feo”: la mayoría de los pederastas son familiares o conocidos

20 Abril 2026 at 16:46

«Qué tema más feo«. Ha sido una de las reacciones más repetidas cuando, en conversaciones aleatorias, adelantábamos de qué iba a ir el siguiente número de La Marea. Es, a la vez, un buen resumen de lo que supone abordarlo en la sociedad: no queremos verlo, no queremos oírlo, preferimos pensar que ese «tema feo» pasa en otros lugares, en otras casas. Nunca en las nuestras, nunca a nuestros hijos, a nuestras hijas. Siempre serán otros padres, otros familiares o amigos cercanos quienes cometan un delito que no cabe en cabeza humana. Ese «tema feo» es la violencia sexual en la infancia y la adolescencia.

«Ni es algo puntual ni es tampoco el caso Epstein», analiza la doctora en Psicología y catedrática en Victimología Noemí Pereda. «Porque ahora estamos con esto como si esto fuera la realidad. No, la realidad de la violencia sexual contra la infancia y la adolescencia es intrafamiliar, es continua, es silenciada, nadie lo descubre. No son estas historias mediáticas. Es que estoy preocupada con el caso Epstein porque veo que últimamente se está desviando todo hacia ahí», explica Pereda. Al frente del Grupo de Investigación en Victimización Infantil y Adolescente (GReVIA) de la Universidad de Barcelona, dirigió el primer estudio estatal con una muestra representativa tan amplia –más de 4.000 adolescentes y jóvenes de 14 a 17 años– y, además, con información proveniente de los propios niños, niñas y adolescentes de ahora, no de adultos que lo sufrieron en el pasado. 

Las cifras son escandalosas: el 20% de la población lo sufre antes de cumplir los 18 años. Es decir, uno de cada cinco personas menores de edad. Estamos, por tanto, ante un delito público derivado de un problema social estructural, de salud pública. Y solo abordándolo desde este prisma –y no como casos aislados, espectaculares o de puertas para adentro– se podrán adoptar medidas que pongan el foco en el delito y en los delincuentes, que protejan a las posibles víctimas y que ayuden a las que, por desgracia, ya lo son.

Así lo indican desde todos los sectores consultados para la elaboración de este dossier: desde el ámbito judicial al policial, desde el ámbito educativo al psicológico, desde las organizaciones en defensa de la infancia hasta las propias víctimas –o supervivientes, como muchas prefieren denominarse– y familias afectadas. Es necesario dar un salto cualitativo en el abordaje de la violencia sexual contra la infancia y la adolescencia ya, cuanto antes, como ocurrió también con la violencia de género en su día.

En todo el mundo, según Unicef, más de 370 millones de niñas y mujeres vivas en la actualidad y entre 240 y 310 millones de niños y hombres han sufrido violaciones o abusos sexuales antes de los 18 años. Pero es que además, como afirman desde Save the Children, persiste el desafío de conocer la dimensión real: «Sabemos que las cifras oficiales reflejan solo la punta del iceberg, que muchos casos no se detectan y no se denuncian, en parte por las dinámicas propias del abuso, que suele producirse en entornos de confianza y en contextos de secretismo que dificultan la revelación por parte del niño o niña y de otros familiares», sostiene Clara Burriel, especialista en violencia en la citada organización. Y ese es uno de los principales problemas: a pesar de su gravedad, todavía se trata de una realidad muy invisibilizada, rodeada de tabúes, falsos mitos sobre su frecuencia, las víctimas o los contextos.

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Todos los Nombres, la web referente en memoria histórica, lanza una campaña en Goteo

24 Marzo 2026 at 13:14

120.124 víctimas, 1.102 microbiografías, 1.984 documentos, 18.000 visitantes y 3.279 seguidores en redes sociales. Es el balance de la página web Todos los Nombres, un proyecto que nació hace 20 años como la mayor base de datos de víctimas del franquismo en Andalucía, Extremadura y el Norte de África y que, en realidad, venía a suplir las carencias del Estado o la ausencia de políticas públicas en relación con la memoria histórica.

A través de su buscador, numerosas personas han podido localizar o saber qué fue de sus familiares. Y también la sociedad ha podido conocer, a través de las microbiografías, quiénes fueron represaliados. En resumen, Todos los nombres –cuya denominación procede del libro de José Saramago– es un «proyecto participativo para el conocimiento (verdad) y re-conocimiento (reparación)» que continúa contando la historia por encima del negacionismo creciente en los últimos tiempos. En este contexto, sus impulsores han lanzado ahora una campaña en Goteo.org para seguir realizando y mejorando una labor referente en el movimiento memorialista.

«Su principal función es recopilar y ofrecer información sobre personas que fueron represaliadas tras el golpe de Estado del 36, la guerra, la dictadura franquista y la transición. Por supuesto, no es su única función, ya que con el paso de los años hemos ido ampliando su contenido mediante un proceso participativo y muy generoso. Pero todo es mejorable y nos hemos planteado un conjunto de acciones para ofrecer servicios de mayor calidad y accesibilidad, así como ampliar los contenidos temáticos», explican. 

Su objetivo inicial en esta campaña de micromecenazgo es alcanzar 12.900 euros. Entre las actuaciones que podrán desarrollar con ese dinero, destacan la inclusión de unos 2.500 registros nuevos de víctimas, casi 2.000 parciales (con ampliación de la información existente), en torno a 200 microbiografías y unos 350 documentos nuevos para mejorar el conocimiento y su difusión.

Uno de los aspectos más innovadores, indican desde el proyecto, es dotar de información geográfica todo el contenido de la página web y ampliar los recursos de difusión: programas de radio, mejorar las exposiciones y nuevas redes sociales, entre otros. Y muy importante: insistir en la represión específica hacia las mujeres.

Entre los últimos nombres registrados en la base de datos figura Dolores Bascón Baños o José Montero Pina. Según las fichas, la primera tenía 16 años y fue asesinada durante una manifestación por tiros de agentes de la Guardia Civil en Morón de la Frontera (Sevilla) en diciembre de 1975, con información procedente de El Correo de Andalucía. José Montero, de Segura de León (Badajoz), tenía 19 años, era jornalero y fue asesinado «antes de llegar a Llerena durante el acoso golpista a la columna de los 8.000». La información, explica la web, procede de un correo electrónico que recibieron este mismo marzo.

Pero detrás de los nombres, como explican, hay «rostros –una fotografía adquiere un valor tremendo–, sentimientos, pensamientos, aspiraciones… que constituyen su personalidad». Por eso –argumentan– conceden un gran valor al apartado de las microbiografías. Decir «quién hay detrás de un nombre: toda una vida». Manuel Domínguez Morales, por ejemplo, es la última microbiografía subida a la web. «Por fin he vuelto», la titula su autor, Juan Carlos Boza.




La entrada Todos los Nombres, la web referente en memoria histórica, lanza una campaña en Goteo se publicó primero en lamarea.com.

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