En el norte de Costa de Marfil, la población y las fuerzas de seguridad tratan de contener la amenaza yihadista que se expande desde el Sahel. La región fronteriza con Malí y Burkina Faso se ha convertido en el último bastión contra los grupos armados que operan en la zona. Residentes consultados por la prensa local expresan su desilusión con el líder burkinés, Ibrahim Traoré, a quien algunos creían capaz de frenar la violencia.
«On a cru en Ibrahim Traoré», declaró un habitante, reflejando el desencanto por la falta de resultados.
El país enfrenta tres frentes críticos: la amenaza terrorista en sus puertas, la llegada de refugiados que pone a prueba la cohesión comunitaria, y la lucha contra la propagación de las ideas de la Alianza de Estados del Sahel (AES). Las autoridades marfileñas han reforzado la presencia militar en la zona norte, que ha sido escenario de ataques esporádicos vinculados a grupos como el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM) y el Estado Islámico en el Gran Sáhara (ISGS).
Costa de Marfil es uno de los países más estables de África Occidental, pero la presión yihadista ha obligado a un incremento del gasto militar y de las operaciones de patrullaje. La situación es especialmente delicada en las localidades de Ferkessédougou y Korhogo, donde la cooperación de la población civil resulta clave para evitar infiltraciones. Las fuerzas armadas, apoyadas por Francia, mantienen controles reforzados en los pasos fronterizos, mientras que la comunidad internacional observa con preocupación el avance del extremismo en la región.