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Javier Ferrara, de Parquesvr: “Siempre me han atraído más los que pierden que los que ganan: viven cosas más interesantes e intensas”

17 Mayo 2026 at 09:49

Parquesvr se dio a conocer hace unos años gracias a sus letras y ritmos cargados de ironía y sarcasmo. Unas canciones cuyo contenido explícito, disco a disco, han ido matizando. Ahora, regresan con Mitos y leyendas, un cuarto álbum en el que afilan más su cinismo con letras y melodías más cuidadas. Un trabajo partido en dos en el que se diferencian, en la primera mitad, canciones dedicadas a las diferentes fases de una pérdida y, en la segunda, mucha crítica social. Entre otros temas, la reconocible voz de Javier Ferrara, cantante del grupo, denuncia el genocidio que está sufriendo Gaza, la crisis de vivienda actual o cómo nos están robando las ciudades.

Aunque se puede seguir intuyendo la esencia de Parquesvr, ha habido un cambio. ¿Por qué dejar de lado ese humor e ironía explícitos que os caracterizaban?

Esto es algo que hemos hecho muy conscientemente. Llevamos la mochila de grupo humorístico encima y ya desde el segundo y el tercer disco nos lo intentamos quitar un poco. No porque no estemos cómodos, sino porque ya existe una parte del repertorio con esas temáticas. Nos gustaba la idea de hacer un álbum sin tener que tirar de humor de forma tan clara.

Aun así, se sigue filtrando mucha acidez, humor y mala leche.

Al final es la forma con la que yo me relaciono con el mundo, es decir, a través del cinismo. A cualquier cosa que me pasa le pongo ese filtro, por lo que es irremediable que se cuele en las canciones.

Un cambio que toma dos direcciones. La primera el desamor.

Siempre me han atraído más los que pierden que los que ganan. Para mí viven cosas más interesantes e intensas. Los momentos que más tengo grabados son los de pérdidas. Además, creo que todas las canciones que se hacen sobre el desamor se hacen desde un mismo lado. Por ello, he intentado plasmar diferentes estados desde los que enfocar esa pérdida. 

Y de crítica política: hay incluso una canción que habla del genocidio de Gaza.

Updah, el título de la canción, significa nudo en árabe palestino: tanto de forma literal como emocional. Me gustó mucho ese concepto. El acercamiento a esa canción fue muy complicado porque no la veíamos como single, luego intentamos colaborar con otros artistas porque tenía mucho miedo con mi voz no llegar, etc. Nos daba mucho miedo porque no queríamos quedar de oportunistas. Es decir, el mayor reto era hablar de lo que está pasando en Gaza sin ponernos una medalla. Yo tenía muchas cosas escritas sobre ello, pero nada me convencía. Hasta que navegando por internet, en un especial sobre poetas palestinos, me encontré con el verso que inicia la canción. Eso fue lo que me permitió desarrollarla. Para mí, además de la catástrofe humanitaria y todo el horror que supone, lo que me llama la atención es la paradoja de la historia: es decir, cómo un pueblo que ha sido históricamente perseguido se vuelve verdugo de otro. Afrontarlo desde ahí era lo que más me interesaba. Y que no fuese a través de mis palabras.

Aparte de esto, hay muchos más temas políticos en el disco. La crisis de vivienda o en qué se están convirtiendo nuestras ciudades son algunos de ellos.

El problema de vivienda si no es el mayor es uno de ellos en la actualidad. El acceso a ella es terrible. Aparte de ello, también quería plasmar cómo las ciudades se están transformando y cómo estamos pasando de ser vecinos a figurantes. Nos han arrebatado las grandes ciudades, y es muy triste contemplar que algo que yo he querido mucho como es Madrid está en manos de gente que no la quiere.

¿Intentáis que vuestras letras vayan acompasadas con el tiempo que vivimos?

Totalmente. Yo intento que sean hijas de su tiempo, que sean letras que cuando la gente, si lo hace, escucha Mitos y leyendas en 2040, pueda descubrir aquí las cuestiones que importaban a la sociedad en este momento.

¿La escena independiente debería mojarse más políticamente?

Yo no soy de darle moralinas a nadie. Yo escribo sobre lo que me sale de dentro y para mí es respetable que cada uno hable de lo que quiera. Pero sí que echo en falta dentro de la música, tanto del mainstream como la independiente, esto. Todos nos congratulamos cuando Rosalía escribió en Twitter Fuck Vox o cuando Bad Gyal habla abiertamente de que no es una cuestión política que en Gaza se esté cometiendo un genocidio. Sin embargo, a día de hoy Rosalía ha optado por otro mensaje y no sabemos a quién vota C. Tangana. Y luego nos volvemos locos cuando Bad Bunny en la Super Bowl hace apología sobre Puerto Rico y los migrantes. Creo que es interesante que los artistas mayoritarios también se posicionen.

También hay letras para los tontos. Los de cualquier pelaje.

Con esa canción intentaba ser una ametralladora que disparase en todas direcciones, pero los que se han quejado son siempre mayoritariamente de un mismo lado. Yo intentaba radiografiar lo que nosotros entendemos que hay en la sociedad. Evidentemente, para ellos nosotros seremos tontísimos.

Y su contrapartida: vuestra peña.

De ahí nace el nombre del disco. Nuestra gente para nosotros es lo más importante y tenemos la enorme suerte de que estén a nuestro lado. Son nuestros mitos y leyendas.

Un cambio que también habéis llevado a cabo a nivel musical: ya no hay tanta variedad de estilos y el disco es mucho más melódico.

Las dos cosas que comentas están hechas a propósito y de forma muy consciente. Nos dimos cuenta de que en anteriores discos o en singles habíamos probado diferentes estilos y en general con menos atino del que nos hubiera gustado. No nos quedaba del todo bien o no estábamos del todo satisfechos. Por ello, en este disco nos hemos centrado en los que nos sentimos más cómodos y seguros en vez de experimentar y probar. Pero la evolución viene sobre todo respecto a las melodías. Lo que va a ser un reto va a ser el directo, es decir, yo cantándolas. (Risas).

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Espacio Al Limón: cuando los libros también sirven para humanizar a jóvenes en riesgo de exclusión

23 Abril 2026 at 23:50

Del potencial de los libros para cambiar vidas se ha hablado en innumerables ocasiones. Son muchos los estudios que avalan que mejora el vocabulario y la expresión, pero también la empatía, la imaginación o que incluso disminuyen el estrés, entre otros beneficios. En el Espacio Al Limón, ubicado en el barrio norte de Madrid de La Ventilla, además de ser muy conscientes de ello, decidieron dar un paso más y tanto Felipe Rojas, su director, como Catalina Girardi, la presidenta de la Asociación Al Limón, pensaron que también podía servir para humanizar a jóvenes en riesgo de exclusión.

De esta manera, el espacio funciona como una librería desde enero de este año, pero como cuenta a La Marea Felipe Rojas, esto es solo una coartada: aquí lo que se busca es que estos jóvenes empiecen a integrar esos espacios que antes tenían poco habitados y, con ese impulso, que se sientan más humanos. “No hace falta recordar que estos chicos se mueven normalmente en las periferias, lugar al que se ven expulsados, y que para sobrevivir se relacionan únicamente entre ellos. Por lo que, para buscar que salieran de esa zona, para que se integren en la sociedad, nació este espacio”, explica.

Según el director, cuando se acompaña a personas en riesgo de exclusión, normalmente se responde a sus urgencias vitales y se deja de lado su desarrollo integral humano. Es decir, que puedan ocupar espacios más allá de los asociativos. “Por ello, aquí, además de acompañarlos, llevamos a cabo una serie de procesos creativos que se convierten en un lugar de encuentro, ya que cuando te juntas a crear algo, la dinámica diferenciadora de las condiciones sociales que cada uno carga va desapareciendo”.

La humanidad perdida

Como cuenta, la librería al final es únicamente una excusa para afianzar diferentes objetivos. El primero es que el negocio sirve para normalizar el entorno, es decir, que no funcione como una entidad social, y que las ventas de los libros ayuden a mantenerlo. También que sea un lugar comunitario, abierto al barrio y a sus gentes. Para ello, han creado una serie de actividades entre semana que van desde la música, la poesía, juegos de mesa o círculos de convivencia humana, eventos que ayudan a materializar esas ideas.

“Unos contenidos que invitan a los jóvenes a que participen y, por lo tanto, se creen encuentros improbables. Es decir, que encuentren una realidad que no es natural en espacios como este y, desde ahí, crear otras narrativas. Creemos que estamos en un mundo muy deshumanizado en el que no se cuida la identidad y en el que se ve al otro como una amenaza. Nosotros buscamos darle una vuelta a esas narrativas con realidades que se van introduciendo en el centro social”, explica.

Y también, ayudar a quitar las etiquetas que ponemos involuntariamente sobre el otro. “Las personas aquí no vienen a hacer un voluntariado, aunque muchas veces lo acaban haciendo de manera indirecta. Aquí intentamos acompañar en el proceso de integración creando vínculos”, cuenta. Y pone un ejemplo: “Cuando estás en una partida en un juego de mesa con un joven y una mujer del barrio, al final son solo dos personas jugando. Es un trabajo muy de apostar por el vínculo humano”.

Unas ideas que aterrizan con el caso de un joven que, después de estar unos días en el Espacio Al Limón, le contó a Felipe que había podido empezar a verse a sí mismo como un ser humano más: “Él decía que cuando va a asociaciones, únicamente va a pedir, ya sea techo, comida o lo que necesite. Pero cuando se acercó aquí, como sabía que no había nada que le podían dar, participó de las actividades y nos comentó que gracias a ello se empezó a mirar como una persona más. Y, por lo tanto, se sentía con la cabeza más descansada. Aun así, nosotros nos ponemos en contacto con organizaciones para que le acompañen”.

La librería es solo una excusa

Como cuenta Felipe Rojas, la finalidad no es cubrir esa primera necesidad, sino que los jóvenes en riesgo de exclusión que acudan allí se sientan más humanos. Algo que han perdido. Por ello, el espacio de la librería es solo una excusa para conseguir que la estética sea diferente a la de un espacio asistencial. “Es importante para nosotros que se siga articulando como una librería: queremos tomar el espacio comunitario porque hay una vida que humaniza, no solo a las personas que acompañamos, sino también las narrativas que van avanzando en la sociedad”.

Espacio Al Limón no es un proyecto social, sino un impacto social: va destinado a todas las personas que forman parte del ecosistema, desde los jóvenes en riesgo, vecinos, el del bar de la esquina, universitarios o familias. “Creemos mucho en el encuentro, pero para que ello ocurra tiene que ser entre diferentes, no entre iguales. Ese es el objetivo del Espacio Al Limón: acompañar los procesos de estos chicos genera un impacto en su vida, pero también estamos llamados a generar un espacio en el barrio de La Ventilla. Algo que, creemos, tiene que suceder a través de procesos naturales».

De esta manera, las personas que habitan el espacio se van ayudando entre ellas y detectando las emergencias que pueden cubrir. “Desde el bono transporte o ayudando para que alguien salga de una deuda y pueda continuar estudiando. A la luz de favorecer los vínculos, vamos viendo cómo de manera comunitaria podemos ayudarnos unos con otros. Así, ellos también empiezan a ser sujetos activos”.

Aunque el fin sea uno que va más allá de vender únicamente libros, estos juegan un papel muy importante en la entidad del proyecto. Por ello, no se podía cerrar el artículo sin preguntarle a Felipe Rojas qué libros recomienda. Aunque le cuesta decidirse, al final se decanta por cuatro que tienen en las baldas de la librería: una antología de Raúl Zurita y novelas como La resistencia de Ernesto Sábato, El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, y La antología de Pedro Salinas.

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José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible”

9 Marzo 2026 at 10:08

Al inicio de Historias del buen valle, la nueva cinta de José Luis Guerín, aparecen unas imágenes en blanco y negro, grabadas en Super 8, en las que unos niños se divierten en un arroyo, otra familia cuida un huerto o se abre un plano de un campo con naturaleza asilvestrada. Una serie de cortes que parecen de un pasado no tan remoto o de un pueblo vaciado. Pero si uno se fija bien, se da cuenta de que pertenecen al presente y que están ubicados en Vallbona, municipio del extrarradio de Barcelona.

Es un lugar en el que todavía se dan estas realidades, impensables en cualquier otra zona de la ciudad, porque se encuentra aislado por un río, vías férreas y autopistas. Un inconveniente que ha permitido al barrio ubicarse en un lugar y un tiempo a caballo entre el mundo rural y el urbano. La estampa, que podría resultar idílica, casi de resistencia, bajo la dirección de Guerín se vuelve compleja y llena de contradicciones: además de en esos espacios, el cineasta pone también la cámara en problemas que atraviesan al lugar como el racismo, la precariedad y el suicidio, entre otros.

La intención de la película es grabar la vida de un barrio. ¿Es esto posible?

Es posible, pero teniendo en cuenta que hay una mirada, un enunciador. Digo esto porque hay reportajes en los que parece que no hay nadie detrás de la cámara, que son una verdad irrefutable. La realidad que vemos es fruto y consecuencia de una mirada con ciertos intereses y preferencias. 

En esta película no se oculta esto, sino que se enseña: empieza capturando imágenes con una cámara de Super 8, sigue con un casting donde interviene la palabra y de ahí surgen los personajes que desarrollan situaciones cada vez más cinematográficas hasta acabar casi en una lógica de película de ficción. El espectador es consciente, aunque no se lo plantee, de que hay alguien detrás, que hay alguien que se está relacionando con ese espacio. A partir de esa premisa, creo que sí que es posible.

José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible”
Un fotograma de Historias del buen valle. ÓSCAR F. ORENGO / LOS ILUSOS FILMS

Comentas que es posible siempre que haya una mirada, una intención detrás. ¿Cuál era la tuya?

Mi mirada para esta película ha sido la perspectiva humanista. El paisaje de Vallbona se presenta como algo escasamente elocuente, incluso hostil. También inerte, muy amorfo, con unas arquitecturas muy poco expresivas. Aquí gran parte de la población desarrolla la mayor parte de su vida lejos de sus hogares. Se trata de una ciudad dormitorio donde todavía sobreviven algunas casitas de las autoconstruidas por los migrantes de los años 60-70. 

La única manera de humanizar el territorio era acercarme a las miradas de las personas que de verdad lo habitan. Por ello, seleccioné a aquellos personajes y personas que tienen una relación especial con el territorio: la familia india que tiene un huerto; la gitana portuguesa con una relación especial y llena de metáforas con la naturaleza; Antonio el Carbonero, que proyecta esa humanidad sobre las ruinas de la casa donde vivió; o los chavales que en verano se bañan en el arroyo. Ahí hay formas de vida que no puedes encontrar en otro lugar de Barcelona. 

Yo no quería tratar la periferia únicamente desde una perspectiva intimista, aunque está porque la carencia de servicios es flagrante, sino que también he querido celebrar formas de vida singulares, de resistencia, que han propiciado ese aislamiento. Quería dar una mirada compleja.

Ese barrio que cuentas se encuentra a mitad de camino entre el pasado rural y el presente, un tiempo difícil de identificar. Al inicio, con las tomas en blanco y negro, juegas un poco a llevar a confundir al espectador: si uno no se fija en la vestimenta, parecerían de otra época.

Lo primero que me llamó la atención fue la atemporalidad que respiraba el lugar por sus calles sin asfaltar, sus espacios asilvestrados, sus chavales en el arroyo, etc. Y de ahí que yo empezara a observarlo con la cámara de Super 8 que utilizaba en los 80 en mis primeros pinitos. Además de que me parecía que iba a favorecer esa atemporalidad. 

También indagué quién había filmado esos lugares antes de mí y pedí en la Filmoteca de Barcelona si existían imágenes de archivo. Como no las había, decidí filmarlas yo mismo. Es interesante cómo grabando el presente con esa cámara, solo por la textura del celuloide, se transforma en imagen de archivo. Me acompañaba un poco la ambición de estar creando una primera memoria visual de un lugar.

José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible”
Foto: ÓSCAR F. ORENGO / LOS ILUSOS FILMS

¿Cómo hemos podido ceder todos esos espacios, que antes existían en todas las ciudades, al cemento?

Cuando hice la película En construcción hace 25 años –en el punto culminante del boom del ladrillo, con la burbuja que creó y las consecuencias devastadoras que supuso su estallido–, lo que contaba allí era el desalojo de las casas que destruían para construir el nuevo inmueble, algo que implicaba que esos vecinos fueran trasladados a la periferia. Es decir, cómo la vida popular, no ya la marginal, era expulsada de la ciudad.

La mayor parte de habitantes de Vallbona llegan allí porque no pueden pagar su casa en el centro de las ciudades. En una urbe como Barcelona, con la presión sobre la vivienda que hay, es casi milagroso que haya sobrevivido ese territorio ahí. Algo que solo es posible porque le protege su espada de Damocles: su aislamiento.

Vallbona es un barrio levantado por personas migrantes del sur de España y ahora de otros países. ¿A ellos solo se les reserva la periferia?

No quisiera parecer tan determinista, pero la periferia se nutre esencialmente de ellos. Y lo terrible es que muchos migrantes de las primeras olas miran con recelo a los nuevos que llegan. Vallbona no es diferente a ningún otro rincón del mundo. Cuando hice la proyección en el barrio, algunos me recriminaban que hablaba poco del pasado y prestaba mucha atención a los recién llegados. Me lo decían con un sentido casi patrimonial. Aun así, vivan en el centro o no, sus vidas van a ser siempre periféricas.

Igualmente, la periferia tiene unas cualidades que me parecen interesantes. Yo me considero un cineasta periférico: mis películas solo serían posibles desde ahí. Si le preguntas a un productor que necesitas dos años para una cinta, te trata de loco. Es lo más anticapitalista posible. En mi cine son esenciales los días improductivos, es decir, estar en el barrio sin cámaras ni sonidos, charlando con vecinos, en el bar, paseando… Una película es consecuencia de eso. Yo estoy cómodo ahí y no me quiero imaginar cómo sería estar en el otro lado. Intento mantenerme distanciado de lo que eufemísticamente llamamos el mundo del cine.

Igualmente, para no caer en la romantización de un barrio obrero levantado por ellos mismos, muestras los conflictos que existen en él y la realidad de las vidas complicadas que lo habitan.

Exactamente. En la película se enuncian los problemas de la soledad en las ciudades dormitorio, de los suicidios, de la enfermedad, de los trabajos precarios, del racismo, de los conflictos identitarios e incluso de cómo gravita la crisis climática en las hortalizas. Todo eso está como presente problemático.

Sin embargo, a diferencia del cine social, en el que la realidad queda reducida para ilustrar un discurso, en mis películas esta es compleja y tiene sus contradicciones. Es decir, al mismo tiempo que enuncio esos problemas que están ahí, celebro también los momentos de vida y de singularidad que ofrece ese espacio. Me refiero a los momentos en los que hay un paréntesis al orden urbano, espacio para la espontaneidad, etc. Es decir, una relación con el territorio más informal que yo celebro. Una realidad que está amenazada tanto por la presión urbanística como por los trenes de alta velocidad que pasan por allí sin detenerse jamás.

José Luis Guerín
El director José Luis Guerín. ÓSCAR F. ORENGO / LOS ILUSOS FILMS

Tu cine periférico se caracteriza por beber de la lentitud. También de dar espacio a los protagonistas para que puedan contarse.

Efectivamente. Prefiero renunciar a secuencias enteras y poder desarrollarlas a estar fragmentando muchos momentos dispersos. Creo que es en la unidad temporal donde aprendes a querer a los personajes, a ver cómo evolucionan dentro de la secuencia. De esta manera, me parecía que podía establecer un tiempo humano para los personajes y otro biológico. La película se inscribe en el tiempo de las estaciones, de los días y las noches, frente a otro tipo de documental que tendría uno más conceptual.

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