“Nunca fuimos amigos”. La defensa a la que han recurrido muchos de los personajes prominentes que aparecen en la correspondencia electrónica de Jeffrey Epstein –con correos de tono íntimo, repletos de agradecimientos, anécdotas y consejos personales– resulta curiosamente similar. “Nuestra relación no era una amistad”, dijo Daniel Ariely, catedrático de Psicología y Economía Conductual de la Universidad de Duke, al New York Times, “y él no dio apoyo económico a ninguno de mis proyectos”. “El Dr. Botstein afirma que su relación con el Sr. Epstein estuvo totalmente enfocada en persuadir a un adinerado mecenas a que donara fondos a la institución”, afirma el mismo diario en un artículo sobre el flamante rector del Bard College, una prestigiosa universidad privada en el estado de Nueva York. Confrontado con un correo que envió el rector a Epstein después de su primera condena y cuyo contenido recuerda al “sé fuerte” de Rajoy a Bárcenas, un portavoz de Bard alega: “El Dr. Botstein a menudo conecta con los donantes cuando atraviesan momentos complicados, como una enfermedad u otras circunstancias difíciles”.
A estas alturas, se cuentan por docenas los no amigos de Epstein provinientes del mundo universitario norteamericano: Steven Pinker, Noam Chomsky, Larry Summers, Martin Nowak, Alan Dershowitz, etc. La defensa de todos estos hombres es hipócrita y oportunista, desde luego: gestos desesperados para evitar un contagio que –bien lo saben– puede conllevar, en el mejor de los casos, un aluvión de vergüenza y desprestigio y, en el peor, un despido laboral o una persecución judicial. (Botstein ya está siendo investigado por su propia universidad; a Ariely le han cerrado el centro que dirigía).
Pero, por más desesperada que sea la disculpa, desde un punto de vista antropológico, quizá no carezca de base. En el cuarto de siglo que llevo como profesor universitario en una universidad privada en Estados Unidos, y como presidente ocasional de una fundación educativa (los Archivos de la Brigada Lincoln), tengo alguna experiencia en el trato con mecenas millonarios –figuras que, dicho sea de paso, esgrimen un poder cada vez mayor en los ámbitos académico y nonprofit, mundos donde la financiación pública lleva años siendo desplazada por la privada–.
La primera lección que uno aprende en el arte de “cultivar relaciones” con donantes potenciales es que todos tienen caprichos –gustos, preferencias e ideas propias, muchas veces obsesivas, raras o poco fundadas– que no solo cabe adivinar cuanto antes, sino también tolerar y hasta celebrar. Para complicar el juego, estos caprichos suelen ser poco estables: si hay algo que los mil millonarios pueden permitirse, es tener el temperamento volátil. Pero, dada esta volatilidad –y la precariedad financiera de muchas instituciones hoy–, la competencia por el favor del donante es tal que los límites éticos o procedurales no tardan en tirarse por la borda. (Es cada vez más común, por ejemplo, que donantes que financian una cátedra exijan un veto en los nombramientos, algo que hasta hace poco se consideraría una violación inaceptable de la autonomía universitaria).
Partiendo de mi experiencia personal, puedo decir que participar en un proceso así, en el papel de suplicante, se experimenta como un sacrificio –una cesión inevitable de la dignidad individual por el bien institucional–, al mismo tiempo que, de forma igual de inevitable, la cercanía al poder financiero ejerce una seducción que no por perversa es menos real.
Los que no son reales, sin embargo, son los afectos expresados en estas interacciones, que no dejan de ser una elaborada pantomima. Una parte de la lisonja obligatoria al mecenas, por ejemplo, no solo es tratarle como si fuera un genio (¿cómo, si no, llegó a acumular tanto dinero?), sino, dada su posible generosidad, alabarle como un ejemplo sobrehumano del buen criterio y, cómo no, de la virtud. Un santo, vamos: alguien digno de que los grandes proyectos que ayuda a financiar lleven su nombre. (No deja de ser graciosa la prisa con la que las universidades se han intentado desvincular de donantes contagiados por el mundo de Epstein: son muchos los edificios en los campos universitarios que, de repente, están cambiando de nombre).
No hace falta ser un psiquiatra para comprender los móviles psíquicos que mueven al donante: la necesidad de saberse querido y admirado; el miedo a la muerte y el deseo de no ser olvidado (dejar un legado); la fantasía de la inmortalidad; y, quién sabe, quizá un complejo de culpa y un correspondiente deseo de confirmar que su perversa riqueza pueda verse como legítima y merecida.
Todo esto lo traigo a colación para explicar que, cuando profesores y dirigentes universitarios juran que nunca consideraron a Epstein como amigo, no andan del todo desencaminados. Bien mirado, ¿es posible ser amigo de un milmillonario? ¿Cuál es la naturaleza de las relaciones humanas en un mundo dominado al cien por cien por el dinero? Y, dada la proliferación por el mundo actual de hombres como Epstein –perversamente ricos, patológicamente narcisistas, cuasi intelectuales, movidos por ideas estrafalarias, rodeados de sicofantes y con una influencia política y económica descomunal–, ¿qué nos dice su caso sobre el futuro?
“El ámbito doméstico de Epstein puede que llegara a extremos de sadismo, pero su economía política es cada día menos excepcional”, escribe la socióloga australiana Melinda Cooper en un lúcido ensayo reciente. “El hecho de que un solo individuo disponga de más dinero que una agencia estatal o una universidad deja un profundo impacto en la producción del conocimiento y en las relaciones académicas”.
Epstein, explica Cooper, se ubicaba en el centro de una red de relaciones no solo de dependencia –los “amigos” a los que cedía favores, invitaba a su isla, conseguía mujeres, daba consejos financieros– sino, directamente, de servitud. En sus varios recintos residenciales, Epstein empleaba a cientos de personas como asistentes, chóferes, jardineros, cocineros que, así como las menores y mujeres jóvenes a las que contrataba como juguetes sexuales desechables, acababan formando parte de una gran “familia”.
La metáfora es tramposa, explica Cooper. Porque al sustituir la relación contractual por una relación aparentemente familiar –que no por ello deja de ser jerárquica–, el ámbito doméstico de Epstein se convirtió en un espacio feudal, dejando el campo libre a abusos de todo tipo. A fin de cuentas, apunta Cooper, “las relaciones de parentesco, a diferencia de las relaciones laborales en un mercado libre, evocan una forma de obligación no contractual, una atadura que no se deja disolver fácilmente mediante el intercambio de dinero”. Es más: en el ámbito de Epstein, la dependencia se convertía muchas veces en complicidad, ya que usaba a sus víctimas para reclutar a otras.
¿Qué impulsos libidinales movían a Epstein, más allá de la necesidad patológica de acumular dinero e influencia? Cooper, que lleva años estudiando la economía política del neoliberalismo y el auge de la extrema derecha, señala que sus fantasías en torno a la propiedad sexual combinaban dos de los elementos cuasi-primitivos señalados por Freud en Tótem y tabú: la propiedad fratriarcal (que le permitía compartir mujeres con “hermanos” como Trump) y, más poderosamente, la patriarcal (que le permitía guardar algunas, o todas, las mujeres para sí).
Epstein, explica Cooper, se imaginaba no solo como el patriarca de un harén continuamente rejuvenecido, sino, como Elon Musk y Peter Thiel (el fundador de Palantir), como padre fundador de una nueva raza. Como indica Freud, sin embargo, esta fantasía del padre primitivo viene acompañada de un miedo igual de primitivo: los patriarcas están condenados a ser asesinados por algún hijo rebelde que los sustituya. Gran parte de su comportamiento neurótico se explica por la necesidad de neutralizar esa amenaza. No es casual, apunta Cooper, que a la zaga de la rebeldía contra el patriarcado que supuso el #MeToo, una ristra de hombres poderosos se acogieran a la extrema derecha: era un espacio que les permitía mantener sus fantasías intactas.
Ahora, ¿es realmente necesario explayarnos en las deprimentes dinámicas psíquicas de estos individuos despreciables? Me temo que sí. La rápida erosión de las estructuras democráticas y el auge de líderes autócratas aliados con magnates milmillonarios, de los que hay cada vez más, hacen que el impacto de estos mecanismos sobre todos nosotros sea cada vez más frecuente, directo y profundo. Como señalaba la filósofa Amia Srinivasan hace poco en un ensayo brillante, en los tiempos que corren no nos podemos permitir ignorar las lecciones del psicoanálisis. Melinda Cooper, a su vez, subraya la importancia de combinarlas con un análisis riguroso de la economía política.
En este sentido, los abusos que dominaban las relaciones interpersonales en los recintos privados de Jeffrey Epstein son un microcosmo de una nueva economía global. Dado que, desde la crisis 2008, ha proliferado la clase de los híperricos, los “recintos de los milmillonaros han empezado a influir en economías urbanas enteras”, señala Cooper. Y dado que “el tipo de obligación y deuda personales que Epstein inspiró entre sus dependientes hoy es una característica estándar de la economía doméstica de los milmillonarios”, lo que nos revela el caso Epstein es nada menos que un distópico futuro.
“Gracias a que comprendemos cada vez más del mundo de Epstein”, concluye Cooper, “hemos conseguido una imagen más clara de la lógica psíquica y económica de la ultraderecha contemporánea”. Si Trump y sus cómplices, incluidos techbros como Musk, Thiel, Bezos y Zuckerberg, se empeñan en fulminar el Estado administrativo, convertir el ICE en una milicia personal del presidente, desregular el sector privado, minar la autonomía universitaria o destruir el tejido sindical, es porque tienen una agenda: refundar la economía entera sobre la relación entre amo y siervo.
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