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Francia, en punto muerto

27 Diciembre 2025 at 00:01

Este reportaje sobre Francia fue publicado originalmente en #LaMarea109. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para recibirla y apoyar el periodismo independiente.

En junio de 2024, en un oscuro movimiento que pocos analistas se aventuran a interpretar, el presidente francés, Emmanuel Macron, decidió unilateralmente disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones legislativas anticipadas. Desde que tomara aquella decisión, el país parece vivir en el día de la marmota y vive sumido en una crisis política e institucional en la que nadie parece levantar cabeza. Se han sucedido cuatro primeros ministros desde entonces. Para colmo, en las elecciones europeas salió victorioso el partido ultraderechista de Marine Le Pen con el 31,37% de los votos, casi 17 puntos por encima de la agrupación macronista. Una inestabilidad atípica que ha paralizado a los partidos, poco dados a los pactos en un sistema francés basado en gobiernos mayoritarios, mientras los ciudadanos asisten al espectáculo entre impotentes y resignados.

Los resultados de un reciente sondeo nacional sobre las preocupaciones de los franceses y su relación con la política, realizado la primera semana de octubre –en plena dimisión del primer gobierno de Sébastien Lecornu–, mostraba hasta qué punto reina el pesimismo: el 75% de los franceses interrogados consideran que «antes las cosas iban mejor», solo un 36 % ve un futuro de oportunidades y el 49% de los menores de 35 años creen que las generaciones precedentes disfrutaron de mejores condiciones que ellos. Si nos centramos en la política, el desencanto es total: una aplastante mayoría cree que los políticos actúan por interés propio, que el sistema democrático no funciona correctamente y que sus ideas no están representadas. Opiniones que se han generalizado con fuerza, en comparación con las encuestas de los años anteriores, y que muestran la crisis de confianza hacia los representantes públicos. Por ejemplo, sólo un 20% de los encuestados confía en los diputados, un 10% cree en los partidos y la confianza hacia el presidente de la República alcanza un nivel particularmente bajo (22%).

Francia, en punto muerto
El primer ministro, Sébastien Lecornu, habla en la Asamblea Nacional durante el debate sobre la moción de censura contra su gobierno, el 16 de octubre de 2025. TELMO PINTO/ REUTERS

«El contexto actual no hace sino exacerbar una situación que era ya de por sí preocupante, con una ruptura evidente durante el gobierno de Emmanuel Macron que se apreciaba ya en 2022, pero que se aceleró en 2024, con la disolución», explica Camille Bedock, investigadora de Ciencias Políticas en el Instituto de Estudios Políticos Sciences Po de Burdeos. Bedock lleva más de una década estudiando las relaciones entre ciudadanía e instituciones públicas, y denota que existe «un sentimiento generalizado de impotencia». Un sentimiento que toca a una mayoría de la ciudadanía, que ve la situación «totalmente bloqueada y siente que las élites políticas están completamente desconectadas». «Creo que estamos ante una crisis estructural de la V República. Durante mucho tiempo, este sistema de mayorías fabricaba una alternancia entre la izquierda y la derecha que daba una cierta estabilidad gubernamental, pero hace tiempo que la opinión pública reclama un modelo más representativo», añade.

Este hartazgo, que ya estaba ahí cuando Emmanuel Macron ganó las elecciones en 2017, explicó entonces el éxito personalista de un líder emergente, un desconocido para la mayoría del país, al que atrajo con su juventud y su promesa de acabar con la escisión de izquierdas y derechas. El que había sido socio ejecutivo en el banco de inversión Rothschild y delfín del socialista François Hollande –fue su ministro de Economía– aglutinó el voto del centro-izquierda y del centro-derecha, especialmente entre las clases urbanas medias y altas, jóvenes con formación superior y altos cargos del sector privado, incluyendo grandes fortunas. La derecha más moderada, desilusionada por los escándalos del partido conservador, creyó en él, y los electores europeístas vieron en Macron una perspectiva ilusionante.

Tal fue el caso de Géneviève Moreau, jubilada de 82 años, residente en la periferia acomodada de París, junto a la localidad de Versalles. Hasta la llegada del banquero en 2017, siempre había votado a la derecha gaullista. Su voto de confianza en 2017 se convirtió en un voto por descarte en 2022 y por oposición a la posible victoria de la ultraderechista Reagrupamiento Nacional (RN). «Todo el mundo es pesimista a mi alrededor. Estoy al final de mi vida y mi opinión personal no cuenta mucho, pero estoy preocupada por el futuro de Francia, por mis hijos y mis nietos. Eso es lo que cuenta», dice. Moreau ve muy difícil la situación política hasta las próximas presidenciales, en la primavera de 2027, y forma parte de esa mayoría que considera a la clase política actual incapaz de buscar el bien común. «Es dramático que no tengan el valor de hacer un esfuerzo, de tender la mano al otro para que el país recupere la estabilidad. Nos estamos hundiendo, y somos un hazmerreír en el extranjero», lamenta esta francesa días después de la noticia que ha vuelto a convertir a Francia en carne de meme: el robo del Louvre.

Francia, en punto muerto
Los turistas se hacen fotos ante la ventana por la que entraron los ladrones del Louvre. ERIC BRONCARD / REUTERS

Una decepción constante

No es la única imagen que ha abierto telediarios en las últimas semanas, a la sucesión de primeros ministros se le suma también la entrada en prisión del expresidente Nicolas Sarkozy, condenado por asociación ilícita en el caso que investiga la financiación de su campaña en 2007 con dinero del régimen libio de Muamar el Gadafi. Ya había sido condenado previamente por corrupción y tráfico de influencias.

«Siempre se ha dicho que los franceses son un pueblo arrogante y orgulloso. Creo que ahora se han convertido en un pueblo que se devalúa continuamente», analiza el politólogo Olivier Rouquan. El especialista considera que el pesimismo imperante es tal vez «desproporcionado», aunque estima que el Estado y la Administración funcionan peor y de forma más desordenada que hace 10 o 20 años. «La toma de conciencia de la degradación de los servicios públicos crea una situación de decepción. Los referentes para el futuro resultan confusos, lo que genera una especie de vacío político», añade.

Francia, en punto muerto
El expresidente francés Nicolas Sarkozy sale de su casa con su esposa, Carla Bruni, el día de su ingreso en la prisión de La Santé, en París, por la financiación ilegal de la campaña de 2007 con fondos procedentes de Libia. SARAH MEYSSONNIER / REUTERS

Poco antes de las elecciones de 2017, Rouquan, profesor asociado al Centro de Estudios de Investigación de Ciencias Sociales y Políticas (CERSA), publicó un libro bajo el provocativo título de En finir avec le Président ! (‘¡Acabar con el presidente!’). En él, propone un nuevo régimen que reordene la importancia de las elecciones legislativas y pone de relieve el problema que tiene el país por dar demasiado peso a la figura del presidente, vista de forma personalista, casi mesiánica. «Los problemas que identificaba en el libro son más graves hoy que entonces. Nos cuesta pensar en la política fuera de la figura del presidente y de candidatos al puesto, y eso impide a menudo resolver los problemas de forma colectiva y serena», aduce ahora.

Descreimiento obrero

Loïc Cordier tiene 35 años y está actualmente en paro. Aunque vive en París, nació y creció en el norte de Francia, en la frontera con Luxemburgo, conocido bastión de la siderurgia víctima de la desindustrialización. Una pérdida de identidad que le pesa: «Me preocupa que estemos perdiendo el pilar de la industria. Perder el trabajo supone perder la moral. Cada mes asistimos impotentes a la noticia de una fábrica que cierra, pero no escuchamos hablar de aperturas», dice Cordier. Su padre, jubilado de una de estas fábricas siderúrgicas, le enseñó cuando era pequeño que «la izquierda es la que defiende a los trabajadores y la derecha, al patrón». Hoy, ambos han desdeñado esa idea y dicen encontrar en la derecha la defensa de los valores del país: soberanía, empleo… «La izquierda sólo se preocupa de Palestina y de lo que pasa fuera», dice Cordier, que lleva dos quinquenios sin votar y confiesa su pesimismo.

«Hay mucha inestabilidad y las empresas son menos ambiciosas a la hora de contratar, están expectantes de la situación política que les crea incertidumbre. Me da miedo que pase un año y no encuentre trabajo», confiesa este antiguo empleado del mundo audiovisual, donde era jefe de proyecto. Cuando queda con sus amigos hablan de otras cosas, «más importantes que el país», pero cuenta que todos parecen estar esperando un nuevo líder, alguien que renueve la ilusión, que «tendrá la respuesta adecuada». «Siento que esto es un circo que veo desde el sofá, como un entretenimiento, de lejos. Si acaba ganando un extremo u otro, no veo cómo me afectará a mí», asegura.

«Circo», «meme», «espectáculo» son palabras que salen a menudo al comentar con los franceses la sucesión de gobiernos que desfilan por Matignon desde hace más de un año. En 2024, hubo hasta cuatro Ejecutivos distintos en el poder. Una situación inédita en Francia. «Los franceses están simplemente hastiados. Es un meme», dice una periodista que trabaja en Burdeos para un periódico nacional. «Hay una escena que refleja bien la situación: el día que Sébastien Lecornu fue nombrado primer ministro por segunda vez, estuve en la librería de Philippe Poutou (excandidato a las presidenciales en tres ocasiones representando a la izquierda anticapitalista) y hablamos de todo salvo de lo que estaba pasando en la política», cuenta esta colega.

La caída de la izquierda

Les 400 coups es la librería de Poutou, militante del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) y consejero municipal en el Ayuntamiento de Burdeos, tras obtener un 9,36% de los votos en 2020, por detrás del ecologista Pierre Hurmic y el liberal Nicolas Florian. En Burdeos, una ciudad conservadora y burguesa donde hasta 2020 la derecha llevaba más de 60 años gobernando, esta librería se ha convertido en un punto de encuentro para la izquierda, donde se dan charlas con escritores e investigadores. «Esto es un muestrario de una parte muy concreta de la población y que deforma la realidad», dice Poutou, que abrió la librería en mayo tras perder su empleo en la fábrica de Ford de la periferia, donde arrancó su lucha como sindicalista en los años 90. «Aquí hemos encontrado un marco distinto para hacer política, para transmitir ideas: se habla de sociedad, racismo, patriarcado, de la desigualdad en general. Es un espacio más liberador que los partidos, donde suele haber mucho ego y mucho control, pero no puede constituir un punto de organización», defiende Poutou, que espera que un nuevo movimiento social espontáneo saque al país del atolladero. Él ya no volverá a presentarse a las presidenciales: «Hacen falta caras nuevas. Una sola persona no puede encarnar un partido».

Francia, en punto muerto
Philippe Poutou, excandidato de la izquierda anticapitalista en las presidenciales, regenta hoy una librería en Burdeos: Les 400 coups. MARÍA D. VALDERRAMA

Jóvenes y no tan jóvenes desfilan por su librería en busca de formas alternativas de mantener la moral. Se inclinan por los viejos pensadores: Karl Marx, Rosa Luxemburgo, Louise Michel… «Son lo que más nos piden, además de teoría feminista y antirracial, anticolonialista…», describe Poutou. «Es una generación que busca apropiarse de esas ideas, consciente de que el mundo es una catástrofe y que hay que comprenderlo para poder actuar. Me preguntan mucho qué podemos hacer, porque se sienten aislados, pero se milita menos, las estructuras de los partidos y los sindicatos ya no funcionan, la izquierda política es nula y ante la máquina mediática de la derecha, ¿qué podemos hacer?».

Las movilizaciones sociales, que en verano prometían bloquear el país para frenar el plan presupuestario del Ejecutivo, que prevé recortes de más de 40.000 millones de euros, no han sido tan multitudinarias como se esperaban, pero la respuesta del Gobierno marcó el tono: para las protestas del 10 de septiembre se movilizaron 80.000 gendarmes, una cifra superior a los picos de mayor agitación durante las manifestaciones de los chalecos amarillos. Durante los Juegos Olímpicos se movilizaban 45.000 agentes al día en la capital.

Mientras tanto, el segundo gobierno de Lecornu intenta salvar los muebles y aprobar, por fin, el presupuesto de 2026, una tarea ardua que se desarrolla entre grandes incógnitas. «Hay una suerte de vacío institucional. Los debates sobre el presupuesto se van por las ramas y no podría decir cómo va a terminar», opina Rouquan. Cuatro días después de su nominación, Lecornu escapó por poco a dos mociones de censura (una de La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, por la extrema izquierda, y otra, por la extrema derecha, de Reagrupamiento Nacional). La moción de la izquierda podía haber prosperado con el respaldo de los socialistas, pero decidieron no apoyarla después de que Lecornu prometiera no seguir adelante con la reforma de las pensiones, emancipándose –muy ligeramente– del influjo de Macron.

El Partido Socialista intenta así mostrarse como una izquierda capaz de gobernar, mientras que el ala de los insumisos, con quienes se unieron en bloque para las legislativas, lo acusa de traición. Por el otro lado, la izquierda de Mélenchon es acusada de sembrar el caos, al igual que la ultraderecha, al pedir únicamente la dimisión de Macron y negarse a buscar acuerdos. «Lleguemos al acuerdo al que lleguemos, no va a salir un presupuesto de izquierdas. No saldrá un presupuesto con el Impuesto Zucman, un presupuesto que apueste por la renovación térmica de los inmuebles, que apueste por energías más limpias, por mejorar las prestaciones. Será un presupuesto de austeridad y los partidos que lo acepten se lo van a tener que comer con patatas», dice, ocultando su nombre, un militante francoespañol de La Francia Insumisa, entristecido por que parte de la población haya pasado a ponerlos en el mismo rincón que la ultraderecha. Pese a ello, asegura que, cuando van puerta por puerta, mucha gente de la que dice haber perdido la esperanza en el voto «sabe lo que está pasando». «Nos dicen que esto es la gran estafa: trabajas todo el día para llegar a tu casa derrengado pero sabiendo que no vivirás mejor, que tus hijos no vivirán mejor», resume.

Francia, en punto muerto
Mathilde Panot, presidenta del grupo parlamentario de La Francia Insumisa en la Asamblea Nacional. SEBASTIEN TOUBON / REUTERS

Victoria sin gobierno

La izquierda tampoco perdona a Macron que siga apoyándose en sus aliados y la derecha tradicional pese a que el bloque izquierdista obtuvo 182 escaños en las legislativas de 2024, por delante de los 168 de los macronistas y los 143 de la ultraderecha. «A mí no me sirve de nada que desde otros partidos llamen a la responsabilidad de La Francia Insumisa cuando yo sé que el responsable de la situación económica del país y de la situación de bloqueo se llama Emmanuel Macron», añade este militante que asume que la postura de su partido hasta los próximos comicios será requerir la dimisión del jefe de Estado.

Francia, en punto muerto
Marine Le Pen, líder del partido ultra Reagrupamiento Nacional. CARINE SCHMITT /REUTERS

Un bloqueo y una incertidumbre que explica el hartazgo y fatalismo de la sociedad francesa. «El paisaje político es muy cambiante y el único polo que se mantiene estable es el de la ultraderecha, con una base sólida del 30% del electorado», observa Camille Bedock.

«Vemos que Los Republicanos [la derecha gaullista de toda la vida] se acercan cada vez más a la Reagrupamiento Nacional. Vemos a la izquierda paralizada, con visiones muy distintas. El equilibrio político que dejará la marcha de Macron sigue siendo una incógnita», añade la socióloga.

La única certidumbre, de cara a 2027, es que en este sistema de bloques la ultraderecha tiene su peso asegurado. Claro que, en estos momentos, es imposible hablar de certidumbres en un país que baraja a diario la posibilidad de ver nuevamente la caída de su gobierno.

La entrada Francia, en punto muerto se publicó primero en lamarea.com.

Benjamin Moser: “Ser judío y descubrirse antisionista es como salir del armario”

8 Noviembre 2025 at 08:04

Jan Lievens pasó a la historia como el artista “que no era Rembrandt”. Sus cuadros nos hacen preguntarnos si lo que vemos en el arte es la obra o el nombre del autor. Lo mismo sucede con Pieter de Hooch o Gabriël Metsu, cuyas pinturas han vivido a la sombra de Vermeer, reducidas en muchos casos por una Historia del Arte que ha querido encerrarlos bajo el título de arte de la burguesía. Para salir de los estereotipos, el escritor Benjamin Moser (Houston, 1976), conocido por sus biografías de Clarice Lispector y Susan Sontag, con la que obtuvo el Premio Pulitzer en 2020, ofrece en El mundo del revés. Encuentros con los maestros neerlandeses un viaje a través de algunos de los nombres que marcaron el siglo XVII. Una propuesta personal que invita al lector a mirar la complejidad de la vida de estos pintores, capaces de crear arte en un siglo marcado por las pandemias y las guerras.

La entrevista se desarrolla por videollamada, cuando Moser regresa de haber votado en las elecciones para la alcaldía de Nueva York. Moser, que en los últimos años no ha dudado en denunciar el silencio de una parte de la sociedad estadounidense ante el genocidio de Gaza, lleva una pegatina de Zohran Mamdani en la solapa de su chaqueta. “Es la primera vez en mi vida que he votado a alguien que no me causa reparos. Es una sensación un poco única, me ha dado mucho ánimo”, asegura en un perfecto español. Dice que Sontag, Lispector, pero también Reembrandt o Goya, algunos de sus artistas más admirados, se han convertido en sus ángeles de la guarda, un recordatorio cotidiano de que, ante el dolor de los demás, no hay permanecer callados.

El mundo del revés es una buena guía artística para llevar debajo del brazo si uno visita Holanda. Ha pasado 20 años escribiéndolo, como una forma de manifestar su amor por el país que lo acogió cuando tenía 25 años.

Escribir este libro ha sido una forma de convocar el asombro que a un extranjero le surge de forma natural, y luchar contra el exceso de familiaridad cuando te acostumbras a ver algo todos los días. Como en cualquier otro lugar, en Holanda hay cosas feas, modernas, pero yo vivo en una casa de 1600 que habría podido ser la casa de Vermeer, tiene las mismas ventanas, puedes imaginar que Vermeer está presente. En Holanda uno tiene la impresión de estar viviendo dentro de esas pinturas, es algo que no he vivido en otro país.

Puedes sentir cómo habría podido ser la vida de esa gente por todo lo que pintaron: una madre con un hijo, un perro, una casa, todo eso lo imaginamos con facilidad. Pero mientras más nos acercamos a esa pintura, más nos damos cuenta de que es algo completamente extraño en realidad. No podemos llegar a imaginar lo que tuvo que ser vivir pandemias regulares, como las que se dieron en cuatro ocasiones durante el siglo XVII en Amsterdam, que era entonces la ciudad más rica del mundo. Murió un cuarto de la población como consecuencia de las recurrentes pandemias. No podemos imaginar que era normal morirse a los 30 años. Me fascinaba esa mezcla de sentir que podemos tocar el pasado y a la vez estar ante un mundo totalmente ajeno a nosotros.

La selección de pintores que hace nos recuerda la obsesión de nuestra sociedad, y del arte contemporáneo en general, por buscar el héroe. Pero usted destaca en su libro toda una red de pintores. Sin las colaboraciones ni el intercambio de aprendizaje no se podría entender el trabajo de Rembrandt o Vermeer.

El culto al genio, que es un culto romántico, es algo que por principio excluye. Si ves un mapa de la ciudad, de donde vivían esos artistas, ves que vivían todos como en dos barrios. La gente se conocía y, por una casualidad, toda esa gente se agrupó en unas cuantas calles. Imagínate cómo habría sido eso. Es algo muy inspirador.

Gracias a estudios recientes hemos podido combatir los conocimientos sesgados que nos han llegado de esta época. Sabemos que a algunos de estos artistas se les trató de forma injusta, como los bodegones de Adriaen Coorte, tratados de arte menor, o las pinturas de Hendrick Avercamp, de quien dijeron que no merecía la pena disponer de ninguno de sus cuadros después de 1663. Tuvo que ser una archivista, sorda como él, quien descubriera en el siglo XX que Avercamp había muerto en 1664.

Por eso me parece un buen oficio el de biógrafo, crítico, profesor o el de periodista. Son gente que nos recuerda los bultos del pasado. Clara Welcker, que según decían en los años 1920 y 1930 era muy difícil, por obstinada y por trabajadora nos ha legado un gran pintor y nos ha descubierto la historia de su madre, que consiguió darle una educación con todas sus posibilidades a un niño sordo, lo que no era fácil en el siglo XVII, cuando no había ni lenguaje de signos.

Para mí ha sido muy relevante estudiar cómo vivía la gente y cómo representaban el mundo en que vivían. El arte holandés siempre ha estado asociado a un lujo, a una burguesía, pero es un equívoco total. Ellos vivían, como he dicho antes, en una sociedad totalmente diferente a la nuestra, por más que miremos a esa gente nunca podremos imaginar cómo era esa vida sin penicilina, sin teléfono, sin nada. Pero sí podemos hallar una relevancia muy actual y es que ellos también luchaban con las mismas dudas que nosotros: cómo vivieron la cuestión de la infancia, la vejez, la enfermedad… Si el arte todavía sigue siendo relevante para nosotros es porque nos habla justamente de lo eterno, cosas de las que no nos habla el teléfono o la actualidad. El resto, si era una pintura para el burgués fulano, no nos interesa. Un retrato nos interesa no por la persona que aparece en él, sino por lo que toca en nosotros. 

¿Se habría animado a publicar este libro si el mundo no estuviera hoy del revés?

Yo creo que siempre ha estado del revés. Yo no tengo mucha calma, pero tengo algo mejor, que es la perspectiva. Y eso te permite entender que el mundo siempre ha estado al revés. El mundo nunca ha estado bien, por eso siempre hemos necesitado inventarnos un mundo mejor. Y por eso hacemos arte. Por eso sigue siendo tan vibrante y tan esencial.

'Proverbios flamencos', de Pieter Bruegel (1559). Wikimedia Commons
‘Proverbios flamencos’, de Pieter Bruegel (1559). Wikimedia Commons

En su trabajo, también en las biografías de Clarice Lispector y Susan Sontag, vuelve siempre a este cuestionamiento sobre el deber del artista en la sociedad. Después de tanto tiempo dándole vueltas, ¿ha encontrado una respuesta convincente?

Creo que sí. Te respondo de otra forma porque estamos en esa lucha. Mi próximo libro, que será sobre los judíos antisionistas, es un reflejo de que no pienso callarme ante, como diría Sontag, el dolor de los demás. Tú me das el espacio en tu periódico para hablar contigo. Yo tengo ese derecho que he conquistado, digamos, por haber escrito varios libros. Esa oportunidad no quiero aprovecharla para hablar de mis vanidades personales. No sé cómo ha sido en España, pero sé cómo ha sido en Francia, en Inglaterra, en Holanda, en Estados Unidos: todo el mundo calladito sobre Palestina, un 90% de los escritores, de los artistas se han callado. Y eso me produce un asco físico. 

Los artistas que yo he escogido en este libro son todos y de formas diversísimas gente que ha tenido algo que enseñarnos, que transmitirnos. Las personas que nos interesan no son los que se callan porque si no fulanito de tal no me va a encargar un retrato por cuatro florines. Las personas que nos interesan como artistas tienen una voz y la utilizan. Mucha gente ha muerto para mí por haberse callado en medio de un genocidio. Personas que ya no me interesan. El artista es alguien que arriesga, que no se queda callado en el lado seguro.

¿Qué silencios le han dolido más?

Tantos… Es una vena abierta para mí. Una decepción tan honda con tanta gente… Por eso me suelto, no es por estar hablando en España, digo lo mismo en Estados Unidos. Le tengo absoluto desprecio a mucha gente que yo quería. Es una sensación muy amarga. Es una muerte, como una viudez de personas a las que ya no puedo ni hablar, que no puedo ni ver. Pero por más que haya perdido a mucha gente, también hay gente valiente que se ha rebelado, que ha denunciado y ha hablado. Desgraciadamente, todos los judíos tenemos el mismo pasado, la misma historia, y por más gente que haya perdido también hay otros que he descubierto, gente que denuncia y habla. Uno gana más de lo que pierde cuando se manifiesta porque hay gente que te ve y que se siente fortalecida con ese ejemplo de humanidad.

En el libro de Sontag escribí sobre el concepto gay de salir del armario. Tú lo haces porque tu vida es más fácil cuando sales del armario. Bueno, si vives en Arabia Saudita tal vez no, pero en Occidente, por lo menos, sí. Pero no lo haces solo por ti. Lo haces porque el que te ve, un niño gay que está en el colegio siendo abusado, por ejemplo, ve un ejemplo de alguien que tiene valor y se siente más fortalecido. Entonces, él sale del armario. Y después cuando lo haga él hay otro que también lo ve. Y así vamos construyendo. Aunque soy escéptico sobre si podemos construir un mundo mejor, los ejemplos de los gays, de las mujeres, de los negros en este país nos muestran que ha habido un avance espectacular. Por eso sigo luchando sin desesperarme. Por eso sigo hablando, porque es mi derecho. Si los palestinos todavía no se han desesperado y siguen luchando, ¿cómo voy yo a desistir?

¿Puede hablarnos de ese libro que publicará el año que viene?

Se llama Antisionismo, una historia judía. Es una historia totalmente suprimida, reprimida, censurada. La historia de los judíos en cinco continentes en cada manifestación religiosa, no religiosa, de derechas, de izquierdas, que por muchísimas razones han dicho que esta idea de colonizar Palestina es una idea terrible que va a llevar a un desastre para el pueblo judío y para los los habitantes de Palestina.

Es un libro que me ha gustado mucho hacer porque nadie sabe las cosas que estoy contando. Ni los especialistas. Fui dos veces a Egipto, por ejemplo, buscando a un judío egipcio que está al lado de Palestina. ¿Cómo afectó a esa gente la fundación de una colonia judía en Palestina? Resulta, por ejemplo, que a día de hoy hay dos judíos oficialmente registrados en la nación de Egipto. ¿Dónde vas a buscar a esa gente? ¿Cómo vas a encontrar a esa gente y esas historias olvidadas? Con mucho trabajo, he reconstruido 150 años de oposición al sionismo, y yo creo que eso va a dar a muchos ánimos para salir del armario. Ser judío y descubrirse antisionista es un poco como salir del armario. Muchos de nosotros tenemos familias sionistas, yo la tenía, como todo el mundo en Estados Unidos, todo el mundo era sionista, lo asumíamos porque no sabíamos que había otra historia, porque esa historia había sido ocultada.

Y lleva dos años escribiéndolo, en paralelo al genocidio. 

Empecé a trabajar en él después del 7 de octubre. Estaba haciendo otra cosa y sentí que necesitaba hacerlo ahora.

En esa fecha, después de la matanza de Hamás en Israel, muchas personas tardaron en reaccionar a lo que pasaba en Gaza. En Francia, donde vivo, a muchos de los que lo denunciaron se les acusó de antisemitismo. 

Los ortodoxos en el siglo XIX decían que el sionismo iba a reemplazar a nuestra religión. El sionismo es un nacionalismo que no tiene nada que ver con el judaísmo, es lo opuesto. El problema es que no tiene sentido discutir con un sionista, la gente se ofende o no te escucha o cree que le estás insultando a su fe. Con los convencidos no hay conversación posible. Pero hay muchísima gente, mucho más de la que se creía, que tiene preocupaciones, que tiene dudas, que dice que las cosas que me han dicho mis padres o en la sinagoga o en la comunidad, no encajan. Yo estoy dando una genealogía a esa gente para que no se sientan solos, para que puedan decir: «Ah, esa persona lo veía y esa otra y esa otra”. Y son lo mejor de nosotros: la gente más inteligente, la gente más valiente…

Lo cuenta usted en un artículo en Equator, donde habla sobre la educación religiosa que recibía en la congregación judía de Houston. Lo decía Philip Roth. En su educación religiosa no le enseñaron ninguna lengua, nada de Dios… solo una psicología que “podría traducirse en tres palabras: los judíos son mejores”.

Sí, es que era un mensaje muy suave. Yo conocía a gente sionista que vive en comunidades locas, pero para los demás, para nosotros, el mensaje que nos llegaba en las escuelas judías era un mensaje suave, no era una cosa agresiva. Pensábamos que Israel era un país más, como España o Portugal. Con cosas buenas, cosas malas, pero nadie nos dijo no es un país, es una colonia, una imposición extranjera a un pueblo que no tenía nada contra los judíos, que no había hecho nada malo contra nosotros. Y están pagando el precio de la criminalidad europea. Nadie quiso decirme eso, ¿sabes? Y bueno, ahora yo lo estoy diciendo.

La entrada Benjamin Moser: “Ser judío y descubrirse antisionista es como salir del armario” se publicó primero en lamarea.com.

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