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[Libro] Un episodio de nuestra evacuación a Francia – Andrés Capdevila

30 Julio 2026 at 18:18
Por: pegasus

Al escribir las presentes cuartillas ya han salido a la luz pública gran cantidad de artículos periodísticos y libros sobre el triste y penoso éxodo español de principios del año 1939. La inconmensurable tragedia de nuestra evacuación ha sido narrada con gran amplitud y riqueza de detalles por periodistas, poetas y literatos competentes. Expongo a la luz pública el caso particular mío y de mi compañera, como un desahogo del espíritu, como una vehemente protesta contra la barbarie fascista causante de la ruina, la miseria y el dolor de nuestra desgraciada España.


Andreu Capdevila Puig (1894-1987). Nació el 25 de diciembre de 1894 en Cardedeu, Barcelona, Cataluña, (España) y murió el 10 de marzo de 1987 en Rennes, Bretaña, (Francia).

Fue un militante anarcosindicalista. Empezó con 13 años a compaginar su trabajo de tintorero a la Compañía de Hilados Fabra y Coats con la militancia en el sindicato textil de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) del barrio de Sant Andreu de Palomar, de Barcelona, Cataluña, (España) donde asumió desde los años 20, la década del pistolerismo patronal y de Peiró, responsabilidades sindicales en el ámbito de la Federación Regional de Cataluña, (España) donde era considerado un «duro» por los patrones, especialmente por su firmeza en las reivindicaciones del ramo de tintoreros. Participó en la «Conferencia de San Adrián de Besós, Barcelona, Cataluña, (España)»(1936).

Al estallar la guerra civil, participó contra la insurgencia militar y tomó parte en el asalto del cuartel de Artillería, que permitió el armamento de los militantes cenetistas.

Como presidente delegado en el Consejo de Economía de Cataluña, (España) tuvo la pesada responsabilidad de elaborar el decreto de «Colectivización de las empresas y de control obrero».

El 16 de abril de 1937 es nombrado consejero de «Economía de la Generalidad de Cataluña», (España) por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), una experiencia reformista que durará algunas semanas, pero de la que saldrá desilusionado como explicará en sus memorias publicadas en «Le Combat Syndicaliste» (1968) tituladas «Mi intervenciones en el Consejo de Economía de la generalidades de Cataluña en representación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)«.

Al terminar la guerra, se exilia como tantos otros en Francia, donde continuará su militancia junto con su compañera Antonia Sánchez Garrido, primero en Canet de Mar, Maresme, Barcelona, Cataluña, (España) y después en Perpiñán, Pirineos Orientales, Occitania, (Francia).

Después de la Liberación, tomará parte como orador y conferenciante en numerosos mítines sobre todo en el suroeste de Francia [Toulouse, Alto Garona, Occitania, (Francia), Narbona, Aude, Occitania, (Francia), Tarbes, Altos Pirineos, Occitania, (Francia), Montauban, Tarn y Garona, Occitania, (Francia)].

Partidario de la línea ortodoxa, será durante los años 60 secretario de la Comisión de Relaciones de la región de Aude-Pirineos de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en el exilio, y contrario a la Alianza Obrera y Defensa Interior. Andreu Capdevila Puig pasó Sus últimos años en Rennes, Bretaña, (Francia), ciudad donde murió el 10 de marzo de 1987.

Su compañera, desde 1937, Antonia Sánchez Garrido, que había nacido el 9 de octubre de 1902 en Badajoz, murió el 3 de agosto de 1996 en Rennes, Bretaña, (Francia). Andreu Capdevila colaborar en la mayor parte de las publicaciones del exilio, como «Terra Lliure», «Le Combat Syndicaliste» o «Umbral.». Es autor del libro «Un episodio de Nuestra evacuaciones en Francia» (1978).

Fuente: https://bibliotecaanarquistaculturayaccion.blogspot.com/

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FOB Autónoma: 20 años construyendo y luchando desde abajo

30 Julio 2026 at 14:09

20 AÑOS DE CONSTRUCCIÓN
Y LUCHA DESDE ABAJO

Entrado el año 2006, en Buenos Aires, organizaciones provenientes de distintas trayectorias previas, decidimos, después de compartir debates y luchas conjuntas, dar un paso más y llevar adelante una construcción común. Surge así, la FOB (Federación de Organizaciones de Base).

A lo largo de los años nos hemos desarrollado construyendo y luchando contra los distintos gobiernos y poderes dominantes, llegando incluso a tener presencia en distintas provincias. En ese trayecto, no estuvimos exentos de muchas dificultades, tensiones y, en definitiva, de luces y sombras. En el 2019, un sector decidimos retomar las huellas que nos constituyeron, enriqueciendonos con nuevas búsquedas. Y en ese contexto, del riñón de aquella FOB de los orígenes, surge nuestra FOB Autónoma que hoy, a 20 años de aquellos inicios, sigue caminando y peleando por conquistar ese mundo nuevo que llevamos dentro de nuestros corazones!!!

FOB Autónoma
Fuente: https://www.facebook.com/share/p/1Q12uxhmy6/

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Carta a Carlo Giuliani. En el 25 aniversario de la batalla de Génova

30 Julio 2026 at 14:02
Por: pegasus

El 20 de julio de 2001, durante el apogeo del movimiento contra la globalización capitalista, cientos de miles de personas se movilizaron en Génova, Italia, para oponerse a la cumbre del G8. Durante las manifestaciones masivas de esos dias, un oficial de policía llamado Mario Placanica disparó y mató a un manifestante de 23 años llamado Carlo Giuliani. El siguiente texto fue escrito por Tomás Rothaus, un compañero participante en la batalla de Génova.


Si estamos hablando seriamente de la revolución, entonces tenemos que echar un vistazo serio a la historia y ver cuáles son sus consecuencias, no solo si fallamos, sino incluso si somos triunfantes. Las revoluciones significan sangre, muerte y sufrimiento. Si no estamos dispuestos a aceptar esto, entonces no deberíamos estar agitando por lograrlas.

—“The Lessons of Genoa.” Barricada #8. Verano/septiembre 2001

Escribí esas palabras alguna vez, Carlo, cuando tu sangre todavía estaba fresca en el pavimento y tu nombre aun en cada periódico y en cada televisión. Las publiqué en nuestra revista anarquista, Barricada, y sigo sosteniéndolas. Pero por favor no las malinterpretes. Siento que te hayas ido y vivo tu muerte como una tragedia. Pienso en ti hasta el día de hoy más de lo que podrías imaginar. Espero no ser el unico a quien le pasa.

Durante años y años, por todo el tiempo que pude, me aseguré de que cada 20 de julio, dirigiéramos la rabia que llevábamos por vos en nuestros corazones hacia nuestros enemigos. En las ciudades de cualquier país de turno en el que por casualidad me encontrara, nos aseguramos de que los cócteles molotov iluminaran la noche, que llovieran piedras en la oscuridad contra los bancos, que emboscáramos a los coches de policía, que grabáramos tu nombre en las paredes de Boston, Goettingen, París, o Berlín. A veces, para celebrar tu vida y no tu muerte (así como para despistar de la policía), elegiamos vengarte en tu cumpleaños, el 14 de marzo, en lugar del día de tu muerte.

Hoy, décadas después de ese 20 de julio de 2001, a menudo me acuerdo de vos en los momentos mas inesperados. Veo a un hombre cuarenton, vestido decentemente, ordenado, tal vez con un traje de negocios o algún tipo de uniforme de trabajo. Un humano lo suficientemente viejo como para parecer desgastado por las inevitables tensiones de la vida, el amor y el trabajo, pero lo suficientemente joven como para que su juventud todavía brille detrás de la sombra de las cinco en punto y el incipiente vientre de cerveza. Porque cuando veo a esta persona al azar, cualquier persona al azar, que tiene la edad que tendrías hoy, me acuerdo del día en que una bala de la policía te quitó la vida y tu futuro.

No estoy tan indignado por tu muerte como lo estoy por toda la vida que te robaron.

Teníamos una afinidad en la batalla, y fue solo el destino el que te puso precisamente en esa batalla en particular, en esa plaza en particular, en la que mis amigos y yo justo no estábamos. La única vez en ese día que justo la policía apuntó sus balas no al cielo, sino a la cabeza de un ser humano. Tu cabeza.

Pero por lo que me dijeron, si hubiéramos vivido en la misma ciudad, es probable que no nos hubiéramos llevado muy bien. Me han dicho que eras uno de la punkabbestia de Génova, que (por lo que entiendo) es algo asi como los punkis callejeros que teníamos en mis ciudades. No particularmente organizado, a veces apareciendo en reuniones políticas, pero definitivamente no un activista, militante o cualquier tipo de cuadro politico organizado. Los Tute Bianche, cuyas palabras hasta el día de hoy, obviamente, todavía soy reacio a tomar muy en serio, te llamaron “no particularmente polítizado”. Dijeron que solías pasar tu tiempo en la Piazza Delle Erbe, donde “mendigabas y pasabas tu tiempo con amigos y perros callejeros”. De por si no tengo nada en contra, pero todos sabemos que los punkis callejeros y los jóvenes anarquistas ortodoxos obsesivos a menudo no se llevaban muy bien.

Sin embargo, nada de eso importa. Lo que importa es que te han congelado en el tiempo. Siempre serás un joven punk callejero, si eso es realmente lo que eras, privado de la oportunidad de seguir haciendo aquello que te hacía feliz y te hacía sentir pleno como persona en los años y décadas que aún te quedaban por vivir. Tal vez tu rebelión juvenil eventualmente se habría desvanecido, habrías terminado tus estudios universitarios, obtenido un título, seguido adelante con tu vida y mirado hacia atrás con desdén hacia tus días de rebelde y marginado callejero.

O tal vez los habrías recordado con nostalgia melancólica, como un capítulo saludable por el que pasaste en tu vida antes de asimilarte, conseguir un buen trabajo sindical gracias a las conexiones de tu padre, formar una familia y lanzar una moneda hacia la próxima generación de punkabbestia mientras los pasabas por las calles que solían ser tuyas. O, quién sabe, tal vez te habrías convertido en un viejo punk, canoso pero todavía libre, perro a tu lado, vagando por las calles de Génova hasta el día de hoy.

Pero te robaron el futuro, así que nunca serás ninguna de esas cosas. No nos traicionarás, no seguirás adelante, ni caminarás entre nosotros. Incluso si mis aventuras no me hubieran exiliado de Europa y pudiera encontrarme en Génova una vez más, nunca recordaremos juntos ese día de verano caluroso y soleado en el que podrías haber ido a la playa, pero en cambio, indignado por la invasión policial de tu hogar, te uniste a nosotros en la batalla.

Nunca tendrás la oportunidad de seguir adelante, arrepentirte de tus elecciones, denunciar los excesos de tu juventud o pasar toda tu vida manteniéndote fiel a ellos. Siempre serás, como tu mejor amiga Daniele te recordó pocos días después de tu muerte,

“alguien que tenía ese mal por dentro, el que está aquí en el aire, que todos tenemos. No encajaba en la sociedad, en el sistema. Sufría mucho, y como era más sensible que nosotros, más generoso y más amable, también era más frágil”.

Para siempre un niño de veintitrés años, solo poco mas que un adolescente, mirándonos a través de una foto gastada, o recordándome del precio brutal de la rebelión mientras la imagen de ti acostado en un charco de sangre gira constantemente por mi cabeza.

Asi como estoy indignado de que te robaran cualquier futuro que aún no hubieras elegido, estoy alarmado porque veo que tu memoria se desvanece en el tiempo en la conciencia colectiva de aquellos que vinieron después de ti. Ni siquiera sé por qué me dirijo a ti en una carta. No creo en la vida después de la muerte, y dudo que tú lo hicieras. Tal vez es mi forma desesperada de aferrarme a una sensación de control sobre lo que parece inevitable: que el tiempo finalmente nos devorara a todos. Que, aunque las circunstancias pueden ser diferentes, tanto la muerte como el paso del tiempo algún día vendrán por mí tal como vinieron por ti. Aún así, y aquí asumo que también somos similares en espíritu, solo porque sea inevitable no significa que me va a impedir tratar de prevenirlo.

Sin embargo, han pasado muchos años, Carlo, y yo tambien he tenido que dejar mis armas. Entonces, como ya no puedo hacer mi parte para mantener tu memoria viva con la acción, aquí estamos: un anarquista impío escribiendo una carta a un punk callejero muerto. Con la esperanza de que otros lo lean y pregunten sobre ti, y sobre las condiciones, los sueños y las aventuras que llevaron a la creciente ola de nuestro movimiento, y la ola que barrió tu vida con ella ese día. Es hoy la única arma útil que puedo encontrar en mi arsenal para luchar contra la idea de que serás olvidado, solo una nota a pie de página en un lejano enfrentamiento de un movimiento olvidado hace mucho tiempo. Tu cara, tus esperanzas, tus sueños y, finalmente, tu nombre se desvaneciendose en los libros de historia.

Hemos estado luchando la batalla por tu memoria desde el día en que te mataron. Hemos hecho todo lo posible para hacerle justicia. Para no asignarte roles o aspiraciones que es posible que hayas rechazado. Pero no ha sido fácil, y me disculpo si no te hemos representado como te hubiera gustado. En Barricada, con valentía y sin dudarlo, te calificamos de anarquista, sin saber si te identificabas con la palabra. En nuestra defensa, no puedes imaginar cómo fueron esas horas, días, semanas y meses después de tu muerte.

Había algunos entre nosotros, bien intencionados pero equivocados, que se imaginaban que eras un militante anarquista organizado. Un luchador de primera línea del bloque negro. Querían convertirte en un mártir voluntario que sacrificó con gusto su vida por la causa. Pero sé que no elegiste esto, porque estuviste a punto de ni siquiera aparecer por allí aquel día. Más importante aún, porque ninguno de nosotros lo elige. A diferencia de los fascistas, celebramos la vida, no la muerte.

Luego estaban los pacifistas y los reformistas. En estos días, trato de alejarme del lenguaje sectario anarquista hiperbólico de mi juventud, pero cuando los recuerdo, sus acciones y sus palabras cuando hablan de ti, vuelve rugiendo. ¡Si hubieras podido ver las lágrimas de cocodrilo de la escoria de ese movimiento! Invocaron tu nombre, pretendieron mantener tu memoria alta, pero te celebraron y recordaron solo porque moriste.

 A aquellos de nosotros que actuamos como vos, contigo, que fuimos camaradas ese día pero a quienes el destino no puso en el camino de la bala de un policía esa tarde en la Plaza Alimonda, nos denunciaron. Dijeron que éramos responsables de la violencia, que habíamos traído la ira del Estado sobre los buenos manifestantes. Que indirectamente fuimos nosotros los responsables de tu muerte, no el Estado, no el policía que disparó el arma. Difundieron absurdas teorías de conspiración de que el bloque negro y la resistencia masiva, generalizada y digna, eran obra de policías y fascistas encubiertos.

A la deriva en la realidad paralela que creó esa narrativa, intentaron atacarnos, trataron de expulsarnos del movimiento, empujándonos hacia los policías, llamándonos fascistas y ‘hooligans’. Y al día siguiente, cuando nos propusimos vengar su muerte, dirigieron sus cantos de “¡Assassini!” –asesinos– tanto a nosotros como a la policía. Hicieron todo lo posible para reclamarte como un mártir de su movimiento, pero en su caso con el increíble cinismo e hipocresía de reivindicar tu memoria mientras denunciaban a todos los demás que actuaban como tú. A ellos les servias mas muerto que vivo. Un ‘hooligan’ en vida, un mártir en la muerte.

La gente de ATTAC, el Foro Social de Génova, los Tute Bianche, los reformistas y toda la sopa de alfabeto de los aspirantes a gerentes del descontento, todos ellos trataron de convertirte en una víctima. Un joven desventurado y equivocado, asesinado por el Estado. Querían privarte de tu autonomía, como a menudo lo hacen con aquellos cuyas opciones no pueden entender o no respetan. Todavía no estoy seguro de cuánto de esto es oportunismo cínico y cuánto es que en realidad no pueden concebir ninguna forma de lucha más allá de las maniobras políticas y los enfrentamientos mediados. Así que cada vez que poníamos a los policías en fuga, cada vez que abríamos suficientes frentes para mantenerlos a raya, para que algunos de nosotros tuviéramos la oportunidad de tomar descansos muy necesarios y muy merecidos entre batallas, alucinaron algún gran plan maestro de la policía para justificar la represión contra todo el movimiento antiglobalización.

Los vivos éramos fascistas, ‘hooligans’ y provocadores, mientras que tú, en virtud de tu muerte, te convertiste en una víctima y un mártir. Simplemente no podían aceptar que la rebelión en Génova no solo fuera orgánica y auténtica, sino también exitosa.

Moriste precisamente porque, en ese día y en ese momento, lo estábamos logrando, les estábamos ganando la partida. La policía se retiraba, y el miedo estaba finalmente cambiando de bando. No sé si alguna vez lo supiste, pero no solo fue allí, en la Piazza Alimonda, sino que estaban huyendo por toda la zona. Sé que esto será controvertido, pero dadas las circunstancias, ni siquiera estoy seguro de que sea correcto decir que te “asesinaron”. Nos ahorraré a los dos la reconstrucción voyeurista de las minucias de tus últimos momentos. Hubo años de interminables discusiones sobre si la bala te golpeó directamente o rebotó en algo, si estabas lanzando el extintor de incendios o simplemente sosteniéndolo. El policía que te disparó finalmente fue encontrado actuando en defensa propia y absuelto de cualquier irregularidad.

Tampoco estoy tan seguro de que importe, honestamente, aparte de la necesidad de muchos camaradas, incluso compañeros anarquistas, de buscar el papel de víctima de la brutalidad policial, como si posicionarnos en el papel de víctima perpetua frente al gran Estado malo nos posicionara en un terreno moral a los ojos de una sociedad en general. Es derrotista y lo odio, como supongo que tú también lo harías. La justicia que buscábamos nunca fue la del Estado y sus tribunales.

Carlo Giuliani Park. Photo by Pinciolola.

Hablando de miedo, esto es lo que el policía militar que te disparó, Mario Placanica, le dijo al juez poco después de matarte:

«Disparé porque tenía miedo de morir. No sé qué pasó. Recuerdo que nos estaban rodeando, que nos atacaban, que el jeep era un infierno. Me temblaban las manos y disparé sin mirar hacia fuera».

No me malinterpretes, definitivamente no soy amigo de policías o soldados, pero no tengo ninguna dificultad para creerle. En ese momento tenía veinte años, apenas más que un adolescente, enviado a las calles de Génova ese día después de que sus superiores le dijeran que “estuvieran atentos” porque los manifestantes estarían “tirando bolsas de sangre infectada” y que habría “ataques terroristas”. Él dijo: “El sentimiento era como si fuéramos a la guerra”.

He estado en situaciones similares, incluso en otras partes de Génova ese mismo día. Me he parado en el lugar donde estabas, pero en un momento diferente y en un lugar diferente, y mirado a los ojos de la persona uniformada frente a mí. Si yo fuera el policía o el soldado, también tendría miedo. Tal vez yo también apretaría el gatillo, especialmente si fuera un joven soldado, un creyente en Dios y en la patria, frente a una horda de anarquistas enmascarados avanzando de manera aparentemente incontrolable.

Carlo Giuliani Park. Photo by Pinciolola.

Por si sirve de algo, el hombre que te mató es una cáscara de un ser humano ahora. Salido de los carabinieri en 2005 debido a problemas psicológicos, hoy se representa a sí mismo como un hombre “destruido, solitario y consumido” que lucha contra la depresión.

Como era de esperar, no tengo casi ninguna simpatía por su situación. ¿Pero es personalmente un asesino? No lo sé. Nunca pudimos decidirnos al respecto. Tanto que la contraportada del número de Barricada que publicamos inmediatamente después de la batalla de Génova, que estaba dedicada a ti, en la que prometimos vengarte, incluye la línea “Carlo no fue víctima de la brutalidad policial” mientras al mismo tiempo proclamabamos: “Asesinaron a un anarquista”.

“In Loving Memory of a Fallen Comrade.” Barricada #8. Summer/September 2001.

Por mas desprecio que tengo por el hombre que te mató, hace unos años, dijo algo que me ayuda a entender por qué yo, como tantos anarquistas, me he identificado tan fuertemente contigo y he sentido tu muerte de manera tan personal y apasionada:

“Ese día para mí sigue siendo un trauma, un trauma por la muerte de un chico como yo, que también fue víctima de aquel trágico día. No soy un verdugo, no soy un vigilante. Ese día no sostuve el arma para Mario Placanica, la sostuve para los Carabinieri, para el Estado italiano”.

Por un momento, dejemos de lado la lastima en la que se regodea y la falsa equiparación con la que se presenta a sí mismo como una víctima más, ya que ambos sabemos que no era un recluta sino un profesional que voluntariamente eligió su profesión. Sin embargo, tiene razón en que fue el Estado italiano el que puso el arma en la mano de este niño soldado y le dio rienda suelta para disparar contra quiénes se rebelaron en su contra. Te dispararon porque eras “uno de nosotros”.

“Uno de nosotros”. Lo pintamos con aerosol en las paredes durante años. Uno de los miles y miles en las calles de Génova ese día que eligió la rebelión. Uno de nosotros, uno y el mismo, independientemente de la etiqueta política que nos apliquemos, independientemente de si algunos pasen sus días editando diarios anarquistas y tramando acciones mientras otros pasan sus días pidiendo limosna y paseando a sus perros por las calles de su ciudad.

“Uno de nosotros.” Todos nosotros, independientemente de nuestras motivaciones más específicas, estuvimos allí ese día porque veiamos que este mundo esta roto y nos negamos a permanecer de brazos cruzados. Elegiste rebelarte, al igual que nosotros, una roca en tu mano, tu rostro enmascarado, la cabeza sostenida alta con dignidad. Sin intermediarios, sin espectáculo escenificado o gestionado de la rebelión, diagramado para apelar a los supuestos gustos de las masas. Con tan solo tu cuerpo como arma y los camaradas que estaban a tu lado como tu fuerza. Elegiste este camino no para morir, sino para vivir. Porque querías vivir, libre y desencadenado.

Tan libre, tan desencadenado, que sé que nuestra afinidad probablemente solo existía en las calles, en combate contra aquellos que reconocimos como nuestros enemigos comunes. No voy a estar tocando ninguna nota nostálgica aquí en cuanto al maravilloso ser humano que eras, aunque tu padre dice que le diste “la fuerza de tus ideales” y le enseñaste a no juzgar a la gente por “una camisa rasgada, agujeros en sus pantalones o cabello de color”. No habrá voyeurismo de duelo aquí; los buitres de la prensa hicieron suficiente de eso en su momento.

“Uno de nosotros.” Tal vez no un activista o un militante, ni un cuadro de cualquier organización o estructura política, sino uno de nosotros porque elegiste luchar. Con nosotros, junto a nosotros, lado a lado. Uno de nosotros, y por eso te dispararon. Todos sabemos que la bala que te encontró podría haber encontrado fácilmente a cualquiera de nosotros. Era para cualquiera de nosotros, para todos nosotros.

A lo largo de los meses y años que siguieron a tu muerte, llegué a entender cuán dolorosa y visceralmente cierto es esto, como camarada tras camarada cayó sobre las balas del Estado o los cuchillos de los fascistas. El mismo año de tu muerte, el Estado desató una tormenta de balas que mató a decenas en Argentina. No pude evitar recordarte mientras me refugiaba detrás de nuestras barricadas improvisadas, sin saber si las balas que nos disparaban eran de goma o plomo. Años más tarde, cuando un policía asesinó a un anarquista de quince años en Atenas, muchos de nosotros que compartimos las calles contigo en Génova llovimos fuego contra los policías fuera del Politécnico ocupado, y se que tú también estabas en nuestros pensamientos en esos momentos.

Lo que diré a continuación puede sonar contradictorio, pero tiene sentido desde la perspectiva de un combatiente. Después de muchos años, he concluido que eso es lo que somos: combatientes. Por supuesto, no vamos a la guerra, y no pretendo que somos cosas que no somos. Es cierto que no hay comparación entre los riesgos asociados con los conflictos en los que participamos y las condiciones de la guerra real. Pero mis experiencias de vida y las experiencias de los que me rodean implican una proximidad constante a la muerte, la prisión, lesiones graves, el exilio. Estas no son las experiencias, los traumas, que la mayoría de los civiles experimentan en esta parte del mundo.

Por lo tanto como combatiente creo dos cosas de manera simultánea, aunque suenen contradictorias.

Primero, que tu muerte fue trágica. Ojalá nunca hubiera pasado. Hemos tratado desesperadamente de vengarla, tanto como una cuestion de principio como también como una cuestión de defensa propia básica. Enviar el mensaje al Estado de que la sangre de los rebeldes, de los anarquistas, lleva consigo un alto precio.

Pero al mismo tiempo, y aquí es donde mucha gente no estaba de acuerdo con nosotros, ¿fue inesperada tu muerte? Probablemente no. ¿Deberíamos llamarlo asesinato? Tal vez en el sentido amplio, pero la pregunta parece casi irrelevante. Sobre todo: ¿fue tu muerte una razón para detener nuestros esfuerzos? Absolutamente no. La rebelión es importante. Pero los rebeldes mueren, particularmente cuando las rebeliones comienzan a tener éxito y el Estado comienza a tomar en serio a sus enemigos. Y cuando el Estado les quita la vida, los extraño, y amo incluso a aquellos que nunca conocí.

Puede sonar a demagogia barata, esto de decir que extrañas a una persona que nunca has conocido, y con la que probablemente ni siquiera te hubieras llevado bien. Pero asi es. Te extraño como extraño a Dax y a Carlos, muertos por los cuchillos fascistas en Milán y Madrid; como extraño a Clement que cayó luchando contra los fascistas en París; como extraño a Pocho Lepratti en Buenos Aires, Alexis en Atenas y Tortuguita en Atlanta, todos muertos por las balas de la policía.

O como extraño a ese chico en Goettingen que entró en nuestro local un día, cuyo nombre ni siquiera puedo recordar, a quien me avergüenza decir que nunca me tomé en serio, que pasó a dar su vida luchando contra el fascismo islámico y por la revolución en Rojava, como tantos otros voluntarios internacionales. Lo extraño a el y a todos los demás compañeros y compañeras que cayeron, porque esas balas y cuchillos estaban dirigidos a todos nosotros. Los extraño porque todos eran parte de la lucha por una ideal colectivo por el cual todos, de diferentes formas, elegimos luchar. Los extraño, como te extraño a ti, porque aunque no conozco al individuo, conozco al tipo.

Por lo tanto Carlo, no te conocía, pero siento mucho que ya no estés con nosotros. Nunca te conocí, pero te echo de menos. Siempre mantendré vivo tu recuerdo e intentaré vengar tu muerte, porque la sangre de nuestros compañeros no se derrama en vano. Y aunque sigo sin encontrar el optimismo necesario para creer en una vida convenientemente idílica después de la muerte, no puedo evitar la esperanza de que hayas estado sonriendo desde arriba, aprobando nuestros esfuerzos.


Texto adaptado del libro From Riot to Insurrection: The G8 Summit of 2001 & The Battle of Genoa de Tomas Rothaus.

Fuente: https://es.crimethinc.com/2026/07/20/a-letter-to-carlo-giuliani-on-the-25-year-anniversary-of-the-battle-of-genoa-1

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Once tesis a debate en Bujaraloz: revolución, contrarrevolución y cuestión del poder

27 Julio 2026 at 19:22
Por: pegasus

En el marco de las jornadas celebradas en Bujaraloz con motivo del 90 aniversario de la llegada de la Columna Durruti, las once tesis sobre la revolución y la contrarrevolución en Cataluña, publicadas en el libro Ocho días de julio de Agustín Guillamón, fruto de décadas de investigación histórica, fueron sometidas a un intenso debate. Las discusiones sobre la cuestión del poder, la autonomía de los comités, la institucionalización de la CNT y el proceso contrarrevolucionario permitieron confrontar distintas posiciones y plantear tanto los puntos de acuerdo como las contradicciones surgidas durante el debate; todo ello conduce a una pregunta crucial: cómo destruir el Estado.

Introducción

La conciencia procede del ser. Sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existiría teoría revolucionaria. Es decir, hay que aprender de las lecciones que nos da la historia.

La historia no es un relato neutral ni un depósito de fechas muertas: es un campo de batalla. Y como tal, está atravesada por intereses, silencios y tergiversaciones. Quien pretende aproximarse a ella con honestidad no puede hacerlo únicamente desde la cómoda distancia del erudito que clasifica documentos, sino desde la conciencia crítica de que cada archivo es también una trinchera.

En los últimos años se ha intensificado una operación de maquillaje del pasado, especialmente en lo que respecta a las experiencias revolucionarias del siglo XX. Se vacían de contenido, se reducen a anécdotas pintorescas o, peor aún, se integran en el relato oficial como meros episodios inevitables de un progreso que siempre desemboca en el Estado y el mercado. Este proceso no es inocente: responde a la necesidad de desactivar cualquier memoria que pueda cuestionar el orden existente.

Tomemos como ejemplo la revolución social. No como concepto abstracto, sino como práctica concreta, vivida en las calles, en las fábricas, en las colectividades agrarias o industriales. Allí donde los trabajadores dejaron de obedecer, donde la propiedad privada fue abolida de facto y donde la vida cotidiana se reorganizó sobre nuevas bases, surgió algo que desborda las categorías habituales de la política institucional. Eso es precisamente lo que resulta intolerable para la historiografía dominante: la evidencia de que la sociedad puede organizarse sin jerarquías impuestas.

Sin embargo, esta memoria persiste, fragmentaria pero obstinada. Aparece en los testimonios olvidados, en los periódicos clandestinos, en las actas de asambleas sindicales, municipales o vecinales. Es una memoria incómoda, porque no ofrece soluciones fáciles ni héroes inmaculados. Está llena de contradicciones, de derrotas, de errores. Pero es, precisamente por eso, profundamente humana.

El problema no es que la historia sea compleja, sino que se la quiera simplificar hasta hacerla irreconocible. Frente a esa tendencia, la tarea del historiador crítico no es embellecer ni condenar, sino comprender. Comprender implica restituir los conflictos, dar voz a los vencidos y resistirse a la tentación de cerrar el pasado con interpretaciones definitivas.

En última instancia, lo que está en juego no es solo la interpretación de lo que ocurrió, sino la posibilidad misma de pensar alternativas. Si aceptamos una historia domesticada, también aceptamos un presente sin fisuras y un futuro clausurado. Por el contrario, si recuperamos la dimensión conflictiva del pasado, abrimos la puerta a imaginar —y quizás a construir— otras formas de vida.

Porque la historia, cuando se la arranca de las manos del poder, deja de ser un museo y se convierte en una herramienta. Y toda herramienta, en manos adecuadas, puede servir para algo más que contemplar: puede servir para transformar.

A noventa años del inicio de la revolución social de 1936, ha llegado el momento de exponer estas once tesis, elaboradas a partir de la experiencia histórica del proletariado en Cataluña:

Tesis número 1

Entre el 17 y el 19 de julio de 1936 se produjo un alzamiento militar contra el Gobierno de la República que fracasó en las principales ciudades. En Cataluña, la derrota de la sublevación militar fue consecuencia directa de la insurrección armada del proletariado, organizada y dirigida fundamentalmente por los Cuadros y Comités de Defensa de la CNT-FAI, preparados desde 1931. No fue una insurrección espontánea, sino el resultado de años de preparación revolucionaria. La derrota del ejército provocó un vacío de poder estatal y una atomización del poder político y militar, abriendo así una situación revolucionaria en la que el proletariado podía destruir el Estado y sustituirlo por sus propios órganos de poder.

Tesis número 2

Los comités revolucionarios —de defensa, de fábrica, de barrio, de control obrero, locales, de abastos y otros— fueron el embrión de los órganos de poder de la clase obrera. Iniciaron la expropiación sistemática de las propiedades de la burguesía, impulsaron la colectivización de la industria y del campo, organizaron las Milicias Populares que sostuvieron los frentes en los primeros días de la guerra y crearon las Patrullas de Control, encargadas de imponer el nuevo orden revolucionario frente a la Iglesia, la burguesía, los fascistas y las fuerzas contrarrevolucionarias.

Sin embargo, esos comités fueron incapaces de coordinarse y constituir un poder obrero capaz de sustituir al Estado republicano. La dirección de la CNT-FAI tampoco planteó esa alternativa revolucionaria: destruir el Estado y transformar los comités en órganos de poder proletario, y las Milicias Populares en el ejército de la revolución.

El Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña (CCMA) fue el resultado de un pacto entre las organizaciones obreras, las organizaciones burguesas y las instituciones del Estado republicano. La revolución renunció así a destruir el Estado y aceptó compartir el poder con sus propios enemigos de clase. El CCMA fue, por tanto, un organismo de colaboración de clases que abrió el camino a la recuperación del poder por la burguesía y a la contrarrevolución.

Tesis número 3

Sin destrucción del Estado no puede hablarse de revolución proletaria.

Tesis número 4

La CNT y el POUM nunca plantearon la cuestión del poder. El Estado capitalista conservó (aunque fuese de forma «disminuida», «nominal» o «parcial») sus funciones. Guardia civil y de asalto no fueron disueltos, sino acuartelados CON SUS ARMAS. En ausencia de una organización revolucionaria, capaz de plantear el antagonismo entre el proletariado y el Estado capitalista las “conquistas” revolucionarias de julio estaban condenadas al fracaso.

Tesis número 5

Las colectivizaciones no podían tener ningún desarrollo futuro, si el Estado capitalista no era destruido.

Tesis número 6:

Mayo del 37 fue la derrota política del proletariado revolucionario más avanzado que necesitaba la contrarrevolución para pasar a la contraofensiva.

Tesis número 7

La institucionalización de la CNT tuvo importantes consecuencias, inevitables, en la propia naturaleza organizativa e ideológica de la CNT.

La excepcionalidad de la situación histórica, así como la urgencia de las decisiones a tomar impidieron un funcionamiento horizontal y asambleario en la CNT catalana. El Comité de comités dirigió la Organización desde el 23 de julio de 1936 hasta junio de 1937. La Comisión Asesora Política (CAP) desde junio de 1937 hasta marzo de 1938. Mientras tanto, en julio de 1937, se produjo la conversión de la FAI en un partido antifascista más, capaz de suministrar y adiestrar burócratas necesarios para asumir cargos de responsabilidad y mando. Finalmente, en un contexto de desbandada y derrumbe de los frentes, el elitista y autoelegido Comité Ejecutivo del Movimiento Libertario de Cataluña dirigió dictatorial y jerárquicamente la Organización desde abril hasta octubre de 1938, sin más horizonte que la militarización del trabajo y de la sociedad, así como de la propia Organización.

Los comités superiores, a principios de diciembre de 1936, vieron a los comités revolucionarios de barrio como a sus peores enemigos, [porque se negaban a seguir la consigna de entregar las armas al frente] y decidieron reducir sus funciones y controlar sindicalmente a sus secciones de defensa, hibernándolos en la práctica, hasta que en marzo de 1937 la formación del Cuerpo único de Seguridad, constituido por guardias de asalto y guardia civiles, y la amenaza de disolución de las Patrullas de Control, hizo necesaria su revitalización y rearme como preparación para un enfrentamiento inevitable, que desembocó en las Jornadas de Mayo.

La ideología de unidad antifascista, asumida e interiorizada por los comités superiores creó una comunidad de intereses y de objetivos de esos comités con el resto de organizaciones antifascistas. Esos comités superiores renunciaron a todos los principios anarcosindicalistas y revolucionarios, con el objetivo único de ganar la guerra.

La institucionalización de la CNT y la asunción de la ideología de unidad antifascista transformaron a los comités superiores en el peor enemigo de la (minoritaria) oposición revolucionaria cenetista, que estuvo muy cerca de provocar una escisión, que finalmente no se produjo a causa de la eliminación física, encarcelamiento o clandestinidad a que se vio sometida esa oposición por la represión estatal y estalinista. Represión que tuvo un carácter SELECTIVO, ya que estaba dirigida contra la minoría revolucionaria, al mismo tiempo que se intentaba asegurar la institucionalización de los comités superiores.

No era una traición, era una lucha de clases entre dirigentes y dirigidos, entre gobernantes o aspirantes a serlo y gobernados, entre burócratas y trabajadores.

El anarquismo de Estado quebró y demostró, además, su incapacidad en la defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores.

Tesis número 8

La militarización de las Milicias Antifascistas, junto con el decreto de Colectivizaciones y la disolución de los Comités locales marcaron el inicio y el curso de la contrarrevolución burguesa y de su reconquista del aparato estatal, que no había sido destruido.

La militarización de las Milicias, en el frente, no sólo suponía la pérdida de la dirección de la guerra por los obreros y la pérdida de cualquier objetivo revolucionario, sino que conllevaba además la militarización de la retaguardia, esto es, del Orden Público.

Y esa militarización de la retaguardia transformaba todas las relaciones sociales y políticas de poder, porque violencia y poder eran lo mismo. La militarización del Orden Público implicaba, además, un proceso de creciente desmovilización social, política y revolucionaria de los trabajadores.

En la oposición a la militarización de las Milicias Populares (decretada en octubre de 1936) destacó la cuarta agrupación de Gelsa de la Columna Durruti que, tras superar un conato de enfrentamiento armado con otras fuerzas de la Columna, partidarias de la militarización, decidió abandonar el frente (en febrero de 1937) y regresar a Barcelona, llevándose las armas. Eran ochocientos desertores, protagonistas de uno de los episodios de derrotismo revolucionario más bellos de la historia del proletariado.

Esos milicianos, junto con otros militantes cenetistas radicales, empeñados en la lucha existente en las empresas por la socialización, fundaron en marzo de 1937 la Agrupación de Los Amigos de Durruti, que llegó a alcanzar de cuatro a cinco mil adherentes y se constituyeron, en Cataluña, en una alternativa revolucionaria a los comités superiores (colaboracionistas) de la CNT-FAI.

De la violencia revolucionaria de los comités, considerada como desorden por la burguesía catalana y los estalinistas, se pasó, tras una transición que duró algunos meses, al orden burgués “de siempre”, en el que la violencia estaba monopolizada por los cuerpos represivos y antiobreros “de siempre”: guardia de asalto y guardia civil, unificados el 4 de marzo de 1937 en un Cuerpo único de Seguridad. Desde ese punto de vista, los Hechos de Mayo de 1937 fueron el episodio necesario y decisivo para que el aparato estatal consiguiera el absoluto monopolio de la violencia.

De la violencia revolucionaria de los comités, contra la burguesía, curas y fascistas, se pasó a la violencia represiva de las fuerzas burguesas del orden capitalista contra las minorías revolucionarias. Esa represión de la oposición revolucionaria cenetista (y de otras minorías revolucionarias) fue paralela y homóloga a la integración de los comités superiores en el aparato estatal (estuviesen o no en el gobierno). No se trataba de ninguna traición de los dirigentes a las bases, sino de las dos vertientes necesarias de un mismo proceso contrarrevolucionario: persecución de los revolucionarios e institucionalización de los comités superiores.

El orden público antifascista se fundamentaba en la unidad antifascista de todas las organizaciones con el objetivo único de ganar la guerra. Esa victoria militar implicaba y profundizaba la militarización de las Milicias, de las fuerzas del orden, del trabajo, de las relaciones sociales y la política. La guerra devoró a la revolución.

Tesis número 9

Del 12 al 24 de abril, la Federación Local de Grupos anarquistas, las JJLL y los comités de defensa de los barrios se prepararon para una insurrección, capaz de enfrentarse al progresivo avance represivo de la contrarrevolución. A mediados de abril Herrera y Escorza [por parte de CNT] negociaron con Companys un nuevo gobierno y una salida a la crisis gubernamental. Se iniciaron los primeros sumarios por “cementerios clandestinos”, que culpaban y encarcelaban a los miembros de los comités de las jornadas revolucionarias de julio. El 27 de abril de 1937, las autoridades de Bellver, apoyadas por el gobierno de la Generalidad y envalentonadas por la creciente invasión de carabineros en la Cerdaña, organizaron una emboscada para asesinar a Antonio Martín, desencadenando una ofensiva represiva contra los anarquistas en esa comarca. Los comités superiores creían que bastaría “con enseñar los dientes” al PSUC, ERC y la Generalidad, para detener su ofensiva represiva. Los comités de defensa de las barriadas de Barcelona desbordaron a los comités superiores, desencadenando el 3 de mayo una insurrección revolucionaria, que escapó a su control.

Desde junio de 1937, disueltas las Patrullas de Control, se asistió a una reconquista de las distintas localidades y comarcas por parte de las fuerzas de asalto y de la guardia civil, que aplicaron una represión brutal contra los cenetistas y muy especialmente contra los expatrulleros y los militantes más destacados. En muchos lugares la organización cenetista desapareció.

Esa represión del anarcosindicalismo fue acompañada por una actitud pasiva de los comités superiores, que optaron por una defensa individual y jurídica de los presos, en lugar de una defensa colectiva y política. Los millares de presos anarcosindicalistas exigieron a los comités superiores un mayor compromiso y solidaridad, que sólo consiguió que el CR de la CNT y el CR de la FAI accedieran a sacar una prensa clandestina, que realizó una campaña en favor de los presos.

El 9 de junio de 1937, Campos y Xena se enzarzaron en una bizantina discusión sobre si seguía existiendo, o no, el llamado Comité de Comités. A los pocos días, el 14 de junio se constituyó formalmente la Comisión Asesora Política (CAP), que no era más que una actualización del Comité de Comités surgido en julio de 1936. Las motivaciones eran idénticas, la necesidad de un organismo ejecutivo que tomara rápidamente las decisiones más importantes y urgentes. Pero ahora se añadía una nueva razón: que los comités de defensa NO volviesen a desbordar a los comités superiores, como había sucedido en mayo. Y para abastecer, controlar e impedir otro posible desbordamiento de los comités de defensa se creó el denominado Comité de Enlace, supeditado a la CAP.  

Tesis número 10

En julio de 1936, la cuestión esencial no fue la toma del poder (por una minoría de dirigentes anarquistas), sino la de coordinar, impulsar y profundizar la destrucción del Estado por esos comités. Los comités revolucionarios de barriada (y algunos de los comités locales) no hacían o dejaban de hacer la revolución: eran la revolución social.

Mientras los comités superiores convertían a la CNT en una organización antifascista más, dedicada a la recuperación y fortalecimiento del aparato estatal republicano; los comités revolucionarios tendían a asumir la tarea de destruir el Estado y a sustituirlo en todas sus funciones.

La destrucción del Estado por los comités revolucionarios era una tarea muy concreta y real, en la que esos comités asumían todas las tareas que el Estado desempeñaba antes de julio de 1936.

Faltó una agrupación dispuesta a defender esa autonomía proletaria, capaz de coordinar, extender y fortalecer esos comités revolucionarios: Los Amigos de Durruti la llamaron Junta Revolucionaria, pero no supieron ni pudieron ponerla en práctica, aunque en el cartel que distribuyeron a finales de abril de 1937 en Barcelona proponían decididamente la sustitución de la Generalidad por esa Junta Revolucionaria.

Tesis número 11

Frente a la alternativa fundamental entre capitalismo y revolución anticapitalista, la ideología burguesa ha presentado históricamente falsas alternativas destinadas a impedir que el proletariado se afirme como clase revolucionaria. En la España de los años treinta, esas alternativas fueron sucesivamente: en 1931, monarquía o república; en 1934, derecha o izquierda; y en 1936, fascismo o antifascismo.

La aceptación de la unidad antifascista subordinó la lucha de clases a la defensa del Estado republicano y de la democracia burguesa. Al aceptar el marco político impuesto por el antifascismo, el proletariado renunció a afirmar su propia autonomía revolucionaria y permitió que la guerra contra el fascismo se convirtiera en el instrumento político de la reconstrucción del Estado capitalista y de la derrota de la revolución social.

El debate

Las once tesis fueron el punto de partida de un intenso debate, imposible de recoger aquí en toda su variedad y riqueza. Sin embargo, las intervenciones, críticas, acuerdos y desacuerdos suscitados en Bujaraloz permitieron volver sobre las once tesis y confrontarlas con las distintas interpretaciones de la experiencia revolucionaria catalana de 1936-1937. Y el debate se centró finalmente en un tema fundamental: la cuestión del poder.

La revolución catalana de 1936 no fue una simple promesa incumplida ni una experiencia anulada desde el principio por la guerra. Los sindicatos expropiaron sistemáticamente las fábricas e iniciaron la transformación de la industria catalana en industria de guerra. Los trabajadores crearon comités, colectividades, milicias y organismos capaces de asumir funciones que hasta entonces correspondían al Estado y a la propiedad capitalista. La revolución existió, por tanto, como una realidad social y material. Precisamente por eso, su derrota plantea una pregunta que el movimiento anarquista no puede eludir: ¿cómo defender y extender una revolución que rechaza la conquista del poder estatal, pero que se enfrenta inevitablemente a la cuestión de quién organiza, coordina y defiende el poder real surgido de la revolución?

Aquí aparece la contradicción fundamental. El anarcosindicalismo había rechazado —con razones históricas y teóricas poderosas— la conquista del Estado y la formación de una nueva clase dirigente. Pero el rechazo del poder estatal no resolvía automáticamente el problema del poder existente en la calle: el inmenso poder real de unos sindicatos que expropiaban fábricas, que formaban un ejército de trabajadores voluntarios y que gestionaban una ciudad [como Barcelona] de más de un millón de habitantes, y por extensión toda Cataluña. La destrucción parcial de las estructuras estatales abrió un espacio revolucionario que los comités ocuparon de hecho, aunque sin llegar a coordinarse y constituirse en una estructura capaz de sustituir definitivamente las funciones del Estado y defender la autonomía obrera conquistada. La cuestión no era, por tanto, conquistar el Estado, sino impedir que el Estado se reconstruyera sobre las ruinas de la revolución, y ejercer ese inmenso poder sindical y de los comités, capaz de expropiar fábricas, levantar un ejército o gestionar una región.

La resistencia a plantear esta cuestión tuvo diversas causas. Existía, en primer lugar, una profunda desconfianza —justificada por la experiencia histórica— hacia cualquier centralización que pudiera convertirse en autoridad separada, burocracia o nuevo poder sobre los trabajadores. Pero esa resistencia podía conducir a una contradicción: identificar toda coordinación, toda centralización de funciones o toda organización política común con la creación de un nuevo Estado, y dejar así sin respuesta la necesidad de coordinar y defender una revolución que ya había creado sus propios organismos de poder social: los comités.

También pesaba la tradición antipolítica y antiestatal anarquista, así como la confianza en que la extensión de las colectividades y de la organización sindical bastaría para resolver por sí misma el problema revolucionario. Sin embargo, la experiencia de 1936 mostró que la transformación de las relaciones económicas y sociales no podía separarse de la cuestión de la fuerza, la coordinación y la dirección política del proceso revolucionario. Allí donde el Estado no había sido destruido, conservaba la posibilidad de reconstruirse. Y allí donde la revolución no consiguió coordinar sus propios organismos, otros poderes ocuparon ese espacio.

La colaboración antifascista fue la forma política concreta que permitió resolver esa contradicción en favor del Estado. En nombre de la unidad, de la guerra y de la necesidad de vencer al fascismo, la revolución aceptó compartir el poder con fuerzas que tenían intereses distintos y, finalmente, antagónicos. Los comités superiores de la CNT-FAI fueron integrándose progresivamente en esa lógica, mientras los organismos revolucionarios que conservaban mayor autonomía eran subordinados, desarmados o reprimidos. La cuestión del poder no desapareció: fue resuelta por la reconstrucción del poder estatal y por la subordinación de la autonomía revolucionaria.

La lección de 1936 no consiste, por tanto, en sustituir el anarquismo por una teoría de la conquista del poder ni en convertir los organismos revolucionarios en un nuevo Estado. Consiste en comprender que una revolución libertaria necesita formas propias de poder social: órganos de decisión, coordinación y defensa sometidos al control directo de los trabajadores y vinculados a la transformación revolucionaria de la sociedad. La cuestión decisiva no es quién ocupa el Estado, sino qué organismos pueden impedir que el Estado, el capital y las burocracias recuperen el control de la revolución para anularla.

La experiencia catalana dejó abierta esta contradicción. Los comités fueron capaces de transformar la vida social y expropiar sistemáticamente las fábricas, pero no lograron coordinarse para defender y extender esa transformación. El anarquismo revolucionario poseía una fuerza social extraordinaria, pero encontró enormes dificultades para traducir su rechazo de la autoridad en una estrategia capaz de afrontar el problema del poder real. La revolución no fue derrotada porque la emancipación libertaria fuera imposible, sino porque no consiguió resolver políticamente la relación entre autonomía, coordinación, autoridad revolucionaria y poder social.

Noventa años después, el problema continúa siendo incómodo. Una revolución que se limita a ocupar espacios económicos o sociales, pero que no impide la reconstrucción del poder estatal, puede ver cómo sus conquistas son recuperadas. Pero una revolución que crea un poder separado de la sociedad corre el riesgo de reproducir aquello que pretendía destruir. Entre ambos peligros —la impotencia ante la reconstrucción del Estado y la transformación de la revolución en un nuevo poder de dominación— se encuentra uno de los problemas fundamentales de toda revolución libertaria.

La historia no ofrece modelos acabados ni soluciones garantizadas. La experiencia de 1936 tampoco permite convertir la derrota en una doctrina. Pero sí obliga a pensar. La revolución catalana demostró que la autonomía social puede existir y transformar profundamente la vida colectiva. Su derrota mostró que esa autonomía necesita coordinarse, defenderse y extenderse sin convertirse en un poder separado de quienes la sostienen.

Ésa es, quizás, la cuestión que el debate de Bujaraloz deja abierta: cómo destruir el poder del Estado sin reproducirlo, cómo construir una fuerza revolucionaria sin convertirla en una autoridad separada y cómo coordinar la autonomía obrera sin destruirla. La revolución de 1936 no resolvió esas contradicciones. Precisamente por eso sigue siendo una experiencia viva para quienes, desde el anarquismo, continuamos buscando una revolución capaz de vencer sin dejar de ser libertaria, con el objetivo  irrenunciable y necesario de destruir el Estado y superar el capitalismo.

Las conclusiones que siguen no pretenden clausurar ese debate, diverso, plural e inabarcable, sino recoger su cuestión central: la relación entre revolución social, autonomía proletaria y cuestión del poder.

Conclusiones del debate: las once tesis y la cuestión del poder

Estas conclusiones son una síntesis abierta de las distintas posiciones y  contradicciones que el propio debate puso de manifiesto.

La situación revolucionaria catalana de 1936-1937 hizo realidad una de las experiencias de autoorganización y autogestión más importantes, profundas y extensas de la historia del movimiento obrero. Su derrota no puede explicarse únicamente por la superioridad militar de sus enemigos ni por las circunstancias excepcionales de la guerra. La cuestión decisiva fue política: el proletariado revolucionario fue incapaz de transformar la descomposición inicial del poder estatal y la extraordinaria fuerza de sus comités en una estructura capaz de coordinar, extender y consolidar su propio poder, destruyendo definitivamente el Estado capitalista. Fue derrotada porque el proletariado no destruyó el Estado capitalista ni logró organizar y defender su propio poder revolucionario.

La revolución abrió, durante un breve período, la posibilidad concreta de reorganizar la sociedad sobre bases anticapitalistas y de sustituir las instituciones tradicionales por organismos surgidos directamente de la acción de los trabajadores. Sin embargo, la política de colaboración de clases, la aceptación de la unidad antifascista, la institucionalización de las organizaciones obreras y la subordinación de la revolución a las necesidades de la guerra permitieron la reconstrucción progresiva del aparato estatal y el avance de la contrarrevolución.

Sin teoría no hay revolución, y no tomar el poder significó dejarlo en manos del Estado capitalista. Para la Agrupación de los Amigos de Durruti el CCMA fue un órgano de colaboración de clases, y sólo sirvió para apuntalar y fortalecer al Estado burgués. De ahí la necesidad de constituir una Junta Revolucionaria, considerada como un órgano de la clase, capaz de coordinar, centralizar y fortalecer el poder de los múltiples comités obreros, locales, de defensa, de empresa, milicianos, etcétera. Un poder atomizado en múltiples comités, que “usurpaban” localmente todo el poder, pero que al no federarse, centralizarse y fortalecerse entre sí, fueron canalizados, debilitados y transformados por el CCMA en ayuntamientos frentepopulistas, direcciones de empresas sindicalizadas y batallones de un ejército republicano. Sin la destrucción total del Estado capitalista, las jornadas revolucionarias de julio de 1936 no podían dar paso a una nueva estructura de poder obrero.

La lección fundamental de la revolución de julio de 1936 no reside únicamente en señalar errores, responsabilidades o derrotas, sino en comprender la relación inseparable entre la revolución social y la cuestión del poder. Una revolución que no destruye las estructuras estatales existentes y que no crea sus propios órganos de poder queda expuesta a la recuperación de sus conquistas por las fuerzas contrarrevolucionarias. La autonomía proletaria no puede limitarse a la ocupación de fábricas, tierras o espacios sociales: necesita también una capacidad política organizada para defenderse y avanzar.

Por ello, la experiencia revolucionaria de Cataluña en 1936-1937 conserva toda su vigencia. No como un modelo acabado que deba idealizarse o reproducirse mecánicamente, sino como una experiencia histórica de la que extraer lecciones. Su derrota no demuestra que la emancipación social sea imposible; demuestra que una revolución que renuncia a destruir el Estado y subordina su autonomía a la colaboración de clases acaba permitiendo la restauración del poder del Estado, del capital y de las burocracias.

La historia no ofrece garantías ni recetas, pero permite reconocer las razones por las que finalmente fue derrotada. En ese sentido, estudiar la revolución y la contrarrevolución en Cataluña no es un ejercicio de nostalgia o erudición, sino una tarea de crítica histórica y de aprendizaje político. El pasado solo puede servir al futuro si se lo comprende en toda su complejidad, sin mitos ni silencios, para que las derrotas del proletariado no sean simplemente recordadas, sino también pensadas. La revolución de 1936 fue derrotada. La próxima no podrá permitirse ignorar por qué.

Agustín Guillamón

Bujaraloz, 25 de julio de 2026

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[Poema y audio] Un poeta nunca se rinde

27 Julio 2026 at 18:55
Por: pegasus

Audio creado con inteligencia artificial a partir del poema Un poeta nunca se rinde del autor Miguel Rojo.

Con honda pena
recibo la noticia,
un poeta nos deja,
un amigo se marcha

Un poeta que está cansado
de ir y venir de aquí para allá,
blandiendo su blanca bandera,
de entregarse a diario
con su verso combativo

Le duele el alma,
las entrañas… la boca,
de repetir sin pausa
con su voz guerrera
sin percibir el eco esperado

Harto está el poeta
de esta sociedad cómoda,
de rutina encadenada,
de cobarde y amoral prudencia…
Sin atisbo de humanidad.
De insoportable tufo a gangrena

Más que harto está el poeta
de los que tienen al prójimo preso,
paralizado su pensamiento,
al súbdito secuestrado
militante en la cofradía
de los de aquí-nunca-pasa-nada

…Que se cubren con un manto…
¡el manto de la indiferencia!

Asqueado del mundo
ha dicho… Yo me apeo
El poeta hoy se quiere ermitaño,
buscar en el silencio un refugio

Poeta… ¡Poeta!
Ahora uno de los tuyos te habla….
Presta atención poeta…

… entiendo que estés cansado,
tu desesperación, tu agobio,
comprendo que te des un respiro,
que te tomes un tiempo de retiro…

….. pero tienes que regresar.
Los que te esperan son muchos
No puedes defraudarlos

Un poeta no puede rendirse…
porque rendirse es renunciar
y renunciar morir
en las cárceles del silencio

Piensa… ¡Piensa poeta!
aunque a veces la rabia,
la confusión por la perplejidad
nos reviente la cabeza

Piensa poeta…
Látigo para los tiranos…
los cancilleres torpes y lentos,
acomodaticios y descarados…

azote para los síndicos organizados
confabulados con el Mal
que no les duele el pecado…
por su omisión perversa y continua

Piensa en los inocentes…
en estos tiempos de locura genocida
que sigue arrasando a un Pueblo
víctimas para las que no hay piedad
amparo, límites ni tregua
¡Sin que nadie tanto horror detenga! …
.
… piensa en esa madre
a quien el hambre
ha matado a su pequeño…
entre sus brazos temblorosos,
un alma cándida y limpia
se aferra a su cuerpo… aún caliente,
Implorante eleva su mirada al Cielo
preguntándose una y otra vez
¿Por qué? ¿Por qué?

¡Poeta! …voz de los sin voz,
de los oprimidos, los olvidados…
de los que se sienten ciudadanos
Su grito no puede ser ahogado…
¡Tienes que volver!
No puedes dejar tantos huérfanos.

Que no haga mella en ti el desánimo
Camina con fe en el propósito
Esta lucha, poeta, es tenaz y larga
Exige transitar a nuestra manera
con elegante sabiduría,
paciente, discreta,
desafiante y digna,
ajena a la apatía

Un brigadista de la resistencia
no puede perder el entusiasmo,
renunciar a sus ideales,
abandonar sus sueños.

Un brigadista…
¡no puede desertar!!…

….. en tiempos tan aciagos
los barcos de la esperanza
no pueden arriar velas…
Tampoco quedarse su flota
sin grumetes ni capitanes
sin músicos… sin violines…

Miguel ROJO
Un poeta nunca se rinde
(V. 20 Julio 2026)

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Júpiter y el 36

23 Julio 2026 at 18:30

Cada día entro al Júpiter, el club de fútbol que supo ser uno de los símbolos del anarquismo barcelonés. Desde su fundación, en 1909, la influencia ácrata fue su principal motor, pero también era uno de los principales condicionantes de las relaciones sociales en los barrios, en los lugares de trabajo y en la resistencia popular en general de toda Catalunya. Ayer se cumplieron noventa años de cuando el pobrerío, el «oscuro pueblo de la bandera negra», venció en relativamente muy poco tiempo al ejército regular del Estado dando comienzo a la revolución explícitamente antiautoritaria más importante de la historia hasta la fecha.

Qué queda de todo aquello tras años de ataques y penetración de la propaganda capitalista contra la cultura de lo común es difícil saberlo, pero seguramente la pregunta así esté mal planteada. La cuestión más interesante, me parece, no es cuánto queda de la tradición colectiva, sino qué tipo de relaciones producen esas formas de vida en el presente. Las formas de relacionarse entre las personas cambian, se desplazan, se mezclan, pero en la medida en que existen aún relaciones sin jefaturas, no basadas en el mando-obediencia, lo anárquico no desaparece. Aquella revolución del pobrerío no persiste como contenido tenaz de la memoria sino, sobre todo, como continuidad de prácticas y modos de relación. Prácticas que la revolución hizo desbordar y potenció increíblemente, pero que venían de antes y siguieron después.

Las personas del club con las que he hablado sobre esto conocen algo de la historia, aunque no mucho. Las armas desmontadas escondidas dentro de las pelotas, la tribuna rebosante de armamento revolucionario, la influencia que le valió al club mil y una represiones, la pérdida de la cancha y el cambio obligado de sus colores permanecen apenas como ecos. Y lo que sigue vivo no responde a una fidelidad consciente al pasado sino a modos de ser instalados y en disputa con otros opuestos.

En la madrugada del 18 al 19 de julio, a dos camiones requisados por el comité de defensa del barrio de Poblenou, que esperaban estacionados en el club Júpiter, se les agregaron dos ametralladoras y banderas rojinegras. Desde el apartamento del anarquista Jover, donde el grupo de afinidad Los Solidarios había instalado su «cuartel general», pudo verse partir a los dos camiones seguidos de obreros armados. Los compañeros habían esperado toda la noche hasta que comenzaron a sonar las sirenas de las fábricas, según lo planeado, llamando a la huelga general.

Esta vez el ejército no iba a encontrar una ciudad desprevenida. Los anarquistas habían decidido dejar salir a las tropas de los cuarteles. No era la primera vez que se enfrentaban a las fuerzas del orden capitalista y sabían que, una vez en la calle, los militares no podrían reabastecerse de munición y tendrían que combatir sin la principal ventaja que les daban sus posiciones. Esa vez, las organizaciones anarquistas, sobre todo, vencieron sin dilación al ejército.

Noventa años después el escenario es muy distinto. Ayer se juegó la final del Mundial, espectáculo y negocio construido en las propias entrañas del imperio capitalista, en medio además de una inmensa reestructuración cuyo rumbo todavía desconocemos. Todo parece cuidadosamente diseñado para transformar todo el deporte en consumo, la pasión en mercancía y el conflicto en entretenimiento. Sin embargo, incluso ahí reaparecen prácticas que desbordan el sentido para el que ese espectáculo fue construido.

Incluso en espacios donde se intenta desalojar toda posibilidad reivindicativa, donde se aplana toda creación y toda idea de dignidad humana para convertirla en mercancía, la reivindicación vuelve una y otra vez. Banderas contra el genocidio, gestos anticolonialistas o el orgullo explícito de pertenecer a un barrio popular y migrante que escandaliza y avergüenza a empresarios y extrema derecha pueden parecer gestos menores, pero no lo son. Incluso los dispositivos más eficaces de integración al negocio nunca consiguen cancelar por completo el conflicto que provoca esa antigua idea de igualdad entre las personas.

No se trata de sobreinterpretar hechos según nuestra conveniencia o ganas. Se trata de reconocer que el mundo actual no es el resultado inevitable de una evolución histórica, sino de conflictos entre fuerzas que siguen actuando. Ningún orden gubernamental consigue eliminar por completo aquello contra lo que tuvo que luchar para imponerse. Si la historia del capital también es la historia de la guerra contra las formas del hacer común, éstas, en tanto necesarias para la propia reproducción social, no desaparecen. Incluso el negocio y el individualismo sobre el que se sustenta el mercado precisan de los cuidados y la solidaridad para existir. Bajo la aparente normalidad del presente continúan latiendo las mismas posibilidades de emancipación bajo otras condiciones.

La historia permanece abierta no porque conservamos intacta la memoria del pasado, sino porque subsisten las formas de relación que ningún poder consigue absorber del todo.

R.M
Fuente: https://www.facebook.com/100014152307779/posts/2468903353591384/

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[Vídeo] Sobre el criminal «científico» Antonio Vallejo-Nágera

23 Julio 2026 at 18:24
Por: pegasus

Acaban de retirar, transcurrido ya más de un cuarto del siglo XXI, los honores (o algo similar) a Antonio Vallejo-Nágera, el que tiene el grandioso honor de ser considerado “el mengele español”. Efectivamente, este médico y comandante militar puso todo su talento al servicio del fascismo hispano con prestigiosos cargos durante la cruenta dictadura franquista, puede decirse que fue una de las personalidades que se esforzó en garantizar el horror del orden instituido. Que haya tenido que pasar más de medio siglo desde la muerte del genocida Franco, y después de varias décadas de supuesta democracia, para que se anule el “prestigio” institucional de tantas figuras y se insista en lo moralmente evidente, dice mucho de esa pertinaz farsa que fue la Transición y de esas ataduras que sigue teniendo el sistema político, económico y también científico al llamado Régimen del 78. Sin embargo, echemos un vistazo a la historia reciente.

Capi Vidal

https://reflexionesdesdeanarres.blogspot.com

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¿Mi pronombre? ¡Negación!

23 Julio 2026 at 18:12
Este texto fue escrito originalmente en septiembre de 2009, tras las protestas de la Cumbre del G20 en Pittsburgh, y se refiere a las acciones emprendidas por los participantes del bloque negro en el barrio de Oakland de Pittsburgh, que más tarde se conoció como Bash Back! Black Bloc, debido a su composición queer. Se convirtió en un texto influyente en los círculos anarquistas queer y trans de principios de la década de 2000 y ha sido republicado en varias publicaciones, incluyendo el fanzine Dangerous Spaces: Violent Resistance, Self Defense, & Insurrectional Struggle Against Gender de Untorelli Press y el libro What is Gender Nihilism?. Traducción desde el inglés por Tía Akwa

Jueves por la noche, tras un discurso motivacional queer radical sobre el motín, emergió un bloque negro como cuarta ronda de los enfrentamientos callejeros del día. Este bloque, particularmente visceral (más tarde denominado Bash Back! black bloc) se desplazó por Oakland rompiendo incontables ventanas, volcando contenedores y prendiéndolos fuego.

Un amigo comenta: ¿qué hay de queer en eso? La gente solo llevaba puesto negro y quemaba cosas en la calle. Respondemos: la práctica de vestirse de negro y destruir todo puede muy bien ser el gesto más queer de todos.

De hecho, toca el núcleo del asunto: queer es negar. En esta intersección de nuestros cuerpos desviados experimentamos con convertirse-muchedumbre [becoming-mob], problematizando nuestras propias fronteras corporales. Varitas mágicas de hadas, tiaras, martillos y máscaras fueron anexadas a nuestros miembros como prótesis peligrosas. Rocas, contenedores y vestidos de lentejuelas negras fueron profanados y puestos en uso —lanzados a través de ventanas, incendiados, y drapados sobre nuestros hombros como una interpretación más fabulosa del atuendo para disturbios. Nuestros umbrales del yo se disolvieron aún más en un suelo de vidrio astillado y basura humeante a través del campo de juego.

Sin vacilación, las personas queer deshicieron las restricciones de identidad al convertirse en autónomas, móviles, y múltiples con diferencia variable. Intercambiamos deseos, gratificaciones, éxtasis, y emociones tiernas sin referencia a las tablas de valor excedente de las estructuras de poder. Brazos musculosos construyeron barricadas y rompieron cosas al ritmo de himnos imaginarios de riot grrrl (¿o era La Roux?).

Si la tesis es correcta que el género es siempre performativo, entonces nuestras mismidades performadas resonaron con el género más queer de todos: el de la destrucción total.

A partir de ahora nuestros pronombres de género preferidos son el sonido de vidrio rompiéndose, el peso de martillos en nuestras manos y el aroma dulzón-asqueroso de mierda ardiendo.

¡Trátennos acorde a esto!

La marcha continuó su pillaje por Forbes, encontrándonos con algún aspirante a homófobo de poca monta que nos llama maricones. Antes de que pudiera darse cuenta de su error, le infligimos al imbécil un sadismo particularmente cruel. Le mostramos su error bajo una ducha de patadas, puñetazos, y una abundante rociada de gas pimienta. Antes incluso de tocar el suelo, la lógica immunitoria del biopoder fue vuelta del revés. Su poder para moldear nuestros cuerpos y exponernos a la muerte colapsó sobre sí mismo.

Sí, nuestros cuerpos han sido moldeados, pero en vasijas monstruosas de potencial y revuelta. Él fue hecho nuestro objeto en cambio y fue expuesto a nuestra violencia. Una amalgama de nuestra delincuencia cruda y deseos desagradables saturó sin disculpas las calles (y baños y hoteles y callejones) de Pittsburgh esta semana pasada. Con irresponsabilidad burlesca destruimos, follamos, luchamos, y nos extendimos por todo el terreno simbólico de la política, sincronizados únicamente por nuestra sed de desorden.

Usando nuestros cuerpos cabalgantes contra la restricción misma, no teníamos mensaje. Elegimos en cambio dejar ruinas de fronteras y un camino tangible de demolición. Nuestra liberación de aspiraciones violentas sobre hermanos homófobos y adicciones diarias sin vida se desbordó mientras perseguíamos estimulación adicional en cada uno. Nos mojamos y vinimos duro sobre un montón de dinero sucio, corrompiendo cada pulgada de esterilidad con el hedor de nuestros cuerpos sudando, doliendo con satisfacción impura. Nuestros cuerpos intrigantes y ávidos de placer entraron en conflicto con realidades inferiores y emergieron victoriosos. Dejamos huellas de lo más queers por todos los fragmentos rotos del capital que fueron bendecidos por nuestra presencia.

Dos preguntas surgieron este verano. En Chicago: «¿barricarse o no barricarse?» Y en Nueva York: «¿le importa a ella la insurrección?» el jueves respondió ambas, definitivamente, de manera afirmativa. A la pregunta de barricadas respondemos que solo nos concernimos correctamente con cómo hacerlas más altas, más fuertes, más terribles. A lo último, ofrecemos una forma de vida que podría leerse como reunión de barricadas y piernas sin afeitar.

Pero qué más: una síntesis de dildos en arnés, martillos, pelucas extraordinarias, ladrillos, fuego, gas pimienta, felaciones, fisting, y siempre ultraviolencia.

Bash Back!

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(Ex)Presión Nº 157

23 Julio 2026 at 18:00
Por: pegasus

Hace cincuenta años, Soweto 1976: el principio del fin del apartheid

El 16 de junio de 1976, en Soweto, un barrio marginal de Johannesburgo, miles de estudiantes negros de secundaria salieron a las calles para protestar contra la imposición del afrikáans como lengua de enseñanza obligatoria para las poblaciones denominadas «bantúes». La policía abrió fuego. Héctor Pieterson, de 12 años, cayó abatido por las balas. Su muerte, inmortalizada en una fotografía que se ha convertido en icónica, marcó el inicio de una revuelta que sacudiría el régimen del apartheid.

La Sudáfrica de los años 70 era un laboratorio de opresión sistémica. Desde 1948, el Partido Nacional (nacionalismo afrikáner) había institucionalizado la segregación racial bajo el nombre de Apartheid (literalmente, «separación»), que oficialmente era una política de desarrollo separado entre comunidades raciales autónomas. Las personas negras, que representaban el 70 % de la población, se veían privadas de derehos políticos.

Las personas asignadas a zonas reservadas y fuera de ellas se encuentran confinadas en municipios superpoblados y quedan sujetas a un sistema de pases (pasaporte interior) que limita sus desplazamientos.

Por su parte, la economía estaba racializada: los hombres y mujeres blancas controlaban tierras, fábricas, bancos y, especialmente, las minas de oro y diamantes. Las personas negras se veían relegadas a los trabajos más penosos y peor remunerados. En Soweto, el desempleo afecta al 40 % de la población y los salarios medios de las personas negras ¡son diez veces inferiores a los de las personas blancas! El sistema del apartheid fue, de he-cho, la sistematización de un sistema político-económico racista creado para beneficiar a los mineros afrikáneres y, de manera más general, de los «blancos de clase baja» desde las primeras décadas del siglo XX en la región de Johannesburgo, en particular mediante la Ley de la Barrera de Color (Colour Bar Act), que establecía una cuota de puestos de trabajo reservados (y mejor remunerados) exclusivamente para los blancos, sobre todo en las minas.

El régimen del apartheid se consolidó mediante una serie de leyes aprobadas a partir de 1948, que privaron progresivamente a las personas negras de todos sus derechos políticos y sociales.

…/…

(EX) PRESIÓN

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La llama, siempre viva, de la Revolución Social

20 Julio 2026 at 19:09

Entre el 18 y el 19 de julio se conmemora los actos en recuerdo del 90 aniversario del comienzo de la Guerra Civil. A la sombra de estos fastos, el movimiento libertario recuerda el estallido, en el verano de 1936, de la Revolución Social.

Este domingo, 19 de julio, se conmemora en muchos puntos de la geografía española el 90 aniversario de la Revolución Social. No se recuerda solo en España. La efeméride también se celebra en distintos países como Argentina, Francia, Italia, Chile, Grecia o Suecia, entre otros. En decenas de ciudades se han organizado charlas, exposiciones, seminarios de estudios, exhibiciones de películas producidas durante la Guerra Civil… Estas celebraciones pretenden rendir homenaje a lo que el movimiento anarquista internacional, pero no solo, recuerda como uno de los procesos revolucionarios más singulares del siglo XX: la Revolución Española.

¿Pero de qué revolución hablamos? Hablamos del proceso de transformación social acelerado que tuvo lugar en España a partir del 19 de julio de 1936, más concretamente en aquellas zonas del territorio español no controladas por Franco tras el alzamiento militar. Un proceso revolucionario en el que el movimiento libertario tuvo un papel destacado y para el que los anarquistas se habían estado preparando durante décadas.

Y es que, si hablamos de la presencia del anarquismo en el Estado español, tenemos que pensar que las organizaciones locales de inspiración ácrata vinculadas al movimiento obrero internacional, tuvieron una implantación considerable desde el último tercio del siglo XIX. A partir de ahí, ni los procesos de criminalización orquestados por el Estado, ni la pugna ideológica con los sectores marxistas, ni la conflictividad interna del propio movimiento, lograron que la cultura política anarquista dejara de tener cierta prevalencia en el seno del movimiento obrero español. Una cultura política, la libertaria, que ponía en el centro de su programa político la preparación para la revolución, ya no solo fomentando la autocapacitación cultural, ideológica y militante de cada trabajador o trabajadora afín, sino prefigurando el mundo del mañana a través de la paulatina consolidación de una institucionalidad autónoma que no solo pasaba por la conformación de sociedades obreras, sino que también tenía que ver con la urdimbre de ateneos, escuelas racionalistas, periódicos, editoriales o grupos naturistas, por citar solo algunos ejemplos, que insuflaban vida a ese mundo propio.

El crecimiento de la CNT y la proliferación de un movimiento obrero no sometido a directrices partidistas, autónomo y revolucionario, no fueron bien recibidos por el Estado y la patronal

En todo caso, y para entender todo lo que ocurrió a partir de julio de 1936, la creación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), ya en 1910, supuso un hito de consideración que explica cómo la articulación del anarquismo español en torno a una organización de masas, en este caso de carácter sindical, posibilitó que el movimiento libertario, paulatinamente minorizado a nivel internacional en el primer tercio del siglo XX, siguiera teniendo una implantación considerable en el seno del movimiento obrero español. Una pujanza que, en el plano interno, se vio asegurada por la toma de acuerdos que reforzaron el músculo sindical de la organización —como la creación de los Sindicatos Únicos (1918-1919)— y también se vio favorecida por el prestigio alcanzado por la organización anarcosindicalista tras el triunfo de la huelga de La Canadiense, que posibilitó la aprobación de la jornada laboral de 8 horas en el marco del Estado español.

Sin embargo, el crecimiento de la CNT y la proliferación de un movimiento obrero no sometido a directrices partidistas, autónomo y revolucionario, no fueron bien recibidos por el Estado y la patronal, quienes primero intentaron amedrentar a la militancia cenetista con la violencia terrorista ejercida por las bandas de pistoleros del Sindicato Libre (una violencia que, entre decenas de sindicalistas asesinados, se llevó por delante a dos secretarios generales de la CNT: Evelio Boal y Salvador Seguí), y luego, tras la llegada al poder de Miguel Primo de Rivera por la vía dictatorial, consiguieron la ilegalización del sindicato anarquista y el paso a la clandestinidad y exilio de buena parte de sus militantes más destacados.

Obreras de una fábrica de tejidos de Barcelona donan ropa para las milicias. Archivo Fundación Anselmo Lorenzo (CNT). Fundación Anselmo Lorenzo

La CNT en la segunda república

Tras más de ocho años de régimen dictatorial encabezado, primero, por Miguel Primo de Rivera, y luego por Dámaso Berenguer, la llegada de la II República (1931) fue saludada con esperanza por buena parte de los sectores populares, ansiosos de un cambio de régimen que ampliara las libertades políticas e hiciera frente a las desigualdades sociales. Sin embargo, la “república de trabajadores”, tal y como rezaba el artículo 1 de la Constitución republicana, demostró muy pronto su incapacidad para colmar las ansias de justicia social de una clase trabajadora cuyas organizaciones sindicales, la CNT y la UGT, reforzaron de manera considerable su implantación y número de cotizantes a partir del 14 de abril.

Sería precisamente en este contexto político de inestabilidad creciente, donde las tímidas reformas emprendidas por la República eran constantemente torpedeadas por los sectores reaccionarios y la amenaza fascista empezaba a cobrar forma, en el que la clase trabajadora empezó a dar fuste al proyecto revolucionario, movilizando sus demandas por la vía de la acción directa y sufriendo una dura represión por ello; los sucesos de Castilblanco, Arnedo, Alto Llobregat, Casas Viejas o Asturias, dan buena cuenta de lo anterior.

Fracasada la intentona golpista, el 19 de julio se abría un horizonte de posibilidades revolucionarias que los trabajadores y trabajadoras, y muy especialmente los hombres y mujeres del movimiento libertario

Sin embargo, serían las fuerzas conservadoras quienes darían el paso que pondría en jaque al régimen republicano. El 18 de julio de 1936, el golpe de Estado de una parte del ejército, apoyado por los sectores reaccionarios de la sociedad española y los regímenes fascistas de Italia y Alemania, consiguió imponerse en algunas zonas del Estado español, pero no logró su objetivo de aniquilar rápidamente cualquier conato de resistencia en los núcleos poblacionales de mayor peso. Por el contrario, en buena parte del país y a pesar de la oposición de algunos dirigentes republicanos a entregar armas al pueblo, las organizaciones obreras lideraron la respuesta al alzamiento, derrotando a los militares rebeldes en ciudades tan importantes como Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao o Málaga. 

En relación a lo anterior, y aunque a día de hoy siga vigente, en buena medida, la idea de que la respuesta al golpe de Estado por parte de las organizaciones populares fue prácticamente improvisada, la realidad es que en muchas localidades con fuerte implantación de la CNT y la FAI, el movimiento libertario había estructurado Comités de Defensa y Comités de Preparación Revolucionaria que, a la hora de la verdad, allanaron el camino para que la movilización obrera, también armada, contra el alzamiento fascista, acabara teniendo éxito.

Industria láctea socializada de Barcelona. Archivo Fundación Anselmo Lorenzo (CNT). Fundación Anselmo Lorenzo

Una transformación integral de la sociedad

Fracasada la intentona golpista, el 19 de julio se abría un horizonte de posibilidades revolucionarias que los trabajadores y trabajadoras, y muy especialmente los hombres y mujeres del movimiento libertario, quisieron experimentar de forma decidida, iniciando un proceso de transformación acelerada que afectó de manera profunda a todas las esferas de la sociedad española. 

En el plano económico, las organizaciones populares, con los sindicatos CNT y UGT a la cabeza, emprendieron un proceso de toma de control de los medios de producción que, bajo distintos regímenes de gestión obrera, favoreció que los resortes de la producción, la distribución y el consumo, tanto en las zonas urbanas como en las zonas rurales de la retaguardia antifascista, estuvieran en manos de los trabajadores y trabajadoras. Cambios radicales en la economía política del tejido productivo que involucraron tanto al sector público como al sector privado.

El proceso de colectivización afectó a las grandes empresas, incluyendo aquellas vinculadas a sectores industriales participados por el capital extranjero, pero también a fábricas, talleres y centros de trabajo de menor tamaño. En el ámbito rural, buena parte de las tierras abandonadas por los grandes tenedores, pasaron a ser gestionadas por las colectividades agrarias, muchas de las cuales, animadas por las organizaciones sindicales, jugaron un papel indiscutible en la mejora de las condiciones de vida de la población campesina y jornalera de las comarcas agrarias.

Hablamos, por tanto, de un proceso revolucionario, de base federativa y rápido desarrollo, donde fueron los trabajadores y trabajadoras, a través de sus organizaciones sindicales, quienes tomaron el control

Por otro lado, y aunque uno de los aspectos fundamentales del proceso revolucionario fue la transformación estructural de los sectores primario y secundario de la economía, no fue menor la impronta del programa sindical en el resto de esferas económicas, como el sector servicios y, más concretamente, en todo aquello relacionado con la cultura. Un buen ejemplo de lo anterior lo tenemos en las transformaciones acaecidas en el terrero de la enseñanza, que dejó de estar en manos de la Iglesia y tuvo tiempo de desarrollarse al amparo de instituciones donde la impronta de la pedagogía libertaria resultó incuestionable (como el Consejo de la Escuela Nueva Unificada, en Cataluña). Otro ejemplo es el sector del espectáculo, con industrias de alto desarrollo técnico, como la cinematográfica, donde el proceso de socialización se desplegó vertiginosamente, permitiendo, por ejemplo, que el Sindicato Único de la Industria del Espectáculo de la CNT produjera más de cuarenta películas en plena guerra civil. 

También la gobernanza política de las ciudades y pueblos de la retaguardia antifascista se vio alterada de forma radical. El estallido del conflicto armado y los cambios en la estructura de poder de muchos pueblos y ciudades, afectaron sobremanera al desarrollo habitual de las entidades locales en la España no controlada por Franco. No solo se crearon consejos municipales para sustituir a los antiguos ayuntamientos, sino que aparecieron nuevas instituciones —de vida efímera, eso sí— como el Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, el Comité Interprovincial de Asturias y León o el Consejo Regional de Defensa de Aragón, presidido por el cenetista Joaquín Ascaso, que emanaron directamente de la situación política y social de los primeros meses de guerra. 

Hablamos, por tanto, de un proceso revolucionario, de base federativa y rápido desarrollo, donde fueron los trabajadores y trabajadoras, a través de sus organizaciones sindicales, quienes tomaron el control de buena parte de los resortes de la vida pública, descomponiendo rápidamente, aunque de manera parcial, la estructura de poder previa al 19 de julio y dando forma a una nueva sociedad donde el trabajo colectivo no tenía como finalidad enriquecer a una clase privilegiada, sino dignificar y cubrir todas las necesidades de la mayoría social.

Cargamento de estacas para el frente producidas por la industria socializada de la madera. Archivo Fundación Anselmo Lorenzo (CNT). Fundación Anselmo Lorenzo

La revolución en los frentes

Pero todas estas transformaciones revolucionarias, que amenazaban la estructura de las relaciones de poder consolidadas en la sociedad española tras siglos de dominación oligárquica, debían ser defendidas en los frentes de batalla. Para ello, los trabajadores y trabajadoras, algunos de ellos enconados pacifistas que durante años se habían opuesto a la guerra —fueron los anarquistas quienes organizaron el Congreso Internacional de la Paz (Ferrol, 1915)— y a la política colonial del Estado español —pensemos, por ejemplo, en los orígenes de la Semana Trágica (1909)—, se organizaron rápidamente en milicias populares que tuvieron la difícil tarea de hacer frente al ejército sublevado durante los primeros meses de guerra. Un ejército rebelde que, recordémoslo, contó desde primera hora con el apoyo de los regímenes fascistas de Europa (Alemania, Italia y Portugal).

En contraposición a este apoyo internacional al ejército sublevado, y al margen del papel jugado por las Brigadas Internacionales en defensa de la República, el eco de la Revolución Social en el plano internacional favoreció que una pléyade de voluntarios de la anarquía se incorporara, o bien en el frente o bien en retaguardia, a las filas de las organizaciones revolucionarias. Como consecuencia de lo anterior, cientos de militantes anarquistas, anarcosindicalistas y sindicalistas revolucionarios, procedentes de Italia, Alemania, Suiza, Francia, Suecia, Argentina y otros países, incorporados a la lucha y afiliados en origen a sindicatos y organizaciones libertarias solidarias con la CNT, contribuyeron con su esfuerzo, dando la vida en muchos casos, a la defensa de las transformaciones revolucionarias impulsadas por la clase trabajadora en el Estado español. 

En mayo de 1936, la CNT llegó a su IV Congreso (Zaragoza) con más de medio millón de afiliados, igualando, como mínimo, las cifras de afiliación de la Unión General de Trabajadores (UGT)

Más allá de su mayor o menos cercanía con el ideario ácrata, Camilo Berneri, Emma Goldman, Simone Weil, Georges Orwell, Carl Einstein, Clara Thalmann, Simón Radowitzky, Kati Horna, Margaret Michaelis o Mika Etchebéhère, son una decena de estos voluntarios internacionales de la revolución.

Tampoco fueron pocos los comités y organizaciones antifascistas que, repartidos por medio mundo, intentaron contribuir —a pesar de las dificultades generadas por sus gobiernos y el eco de la propaganda contrarrevolucionaria— al sostenimiento de la lucha desigual emprendida por las organizaciones del movimiento libertario español. Sin ellos, las fuerzas políticas y sindicales favorables al proceso revolucionario, hubieran estado completamente aisladas en el plano internacional, estando aún más desatendidas de armamento, apoyo financiero y soporte propagandístico.

Las organizaciones libertarias: músculo de la revolución

Aunque los principios, tácticas y finalidades revolucionarias formaban parte del ADN del movimiento libertario español desde sus comienzos, la implantación de las organizaciones ácratas había sido desigual según las épocas y los territorios, transitando, incluso, largos períodos de clandestinidad que dificultaron en grado sumo las posibilidades de intervención política, social y cultural de los y las anarquistas.

Sin embargo, en mayo de 1936 la CNT llegó a su IV Congreso (Zaragoza) con más de medio millón de afiliados, igualando, como mínimo, las cifras de afiliación de la Unión General de Trabajadores (UGT). Los importantes acuerdos tomados en ese congreso, junto con la implantación territorial y el músculo militante de los afiliados y afiliadas, posibilitaron que la organización anarcosindicalista fuera la espina dorsal del proceso revolucionario en buena parte de los territorios de la España antifascista (sobre todo en Cataluña, Levante y la zona de Aragón no controlada por Franco).

Junto a la CNT, la Federación Anarquista Ibérica (FAI), la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL), Mujeres Libres (que llegó a federar a 28.000 obreras en enero de 1938), Solidaridad Internacional Antifascista (SIA), los ateneos libertarios, las escuelas racionalistas, y todo el tejido de grupos y pequeñas organizaciones que se reconocían en la genealogía del anarquismo español (como, por ejemplo, la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios), experimentaron un notable desarrollo organizativo, contribuyendo de manera singular a la obra constructiva de la Revolución Social.

La pérdida de la guerra no solo supuso la imposición de un sistema dictatorial que vino a restaurar las relaciones de poder que había quebrado el proceso revolucionario

En todo caso, y para complejizar, el proceso revolucionario también fue sostenido por otros sectores políticos y sindicales que, conscientes de las posibilidades que para el conjunto de la clase trabajadora abría el escenario de guerra social, apostaron de manera decidida por la vía revolucionaria. En muchas zonas rurales, la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT) de la UGT jugó un papel destacado en el proceso de colectivización de tierras, poniendo en marcha grandes colectividades agrarias, muchas veces de la mano de la CNT, y oponiéndose, al menos en algunas zonas, a la política de contención revolucionaria de Vicente Uribe, ministro de Agricultura (PCE). También es conocida la apuesta revolucionaria del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM); una apuesta que, como sabemos, le costaría cara a partir de mayo de 1937.

Los frenos de la revolución

Sin embargo, no fueron pocos los problemas que tuvo que enfrentar la Revolución Social desde el primer momento. A los condicionamientos impuestos por la guerra, le hemos de sumar la oposición del capitalismo internacional y, en el plano interno, la labor contrarrevolucionaria de las fuerzas políticas a quienes, por distintas razones, incomodaban las transformaciones sociales puestas en marcha por los trabajadores y trabajadoras a partir del 19 de julio.

Los Sucesos de Mayo del 37, la disolución del Consejo de Aragón o la política de partido (comunista) desplegada por la mayor parte del comisariado en el seno del Ejército Popular de la República, son solo tres ejemplos de lo anterior; tres ejemplos, sí, que también nos hablan del papel jugado por el estalinismo en el transcurso de la guerra.

Tampoco podemos olvidarnos de otros asuntos que, sin duda alguna, contribuyeron a la irrupción de airados debates en el seno del movimiento libertario. Uno de ellos fue la obediencia al Decreto de Militarización de las Milicias Populares promulgado por el gobierno republicano a finales de septiembre de 1936. Pero sería la participación de militantes anarquistas, no solo en el gobierno de la República, sino en cientos de consejos municipales y otras instancias gubernamentales, el asunto más discutido entre la militancia libertaria en el otoño de la Revolución. Una decisión que no solo acabaría laminando la unidad de acción del movimiento libertario en un contexto político en el que se encontraba relativamente aislado, sino que acabaría refrendando las posiciones más hostiles a la CNT de una parte del anarquismo internacional.

La memoria de la revolución

La pérdida de la guerra no solo supuso la imposición de un sistema dictatorial que vino a restaurar las relaciones de poder que había quebrado el proceso revolucionario. Significó también la persecución y práctico exterminio de una cultura política muy singular, la representada por el movimiento libertario, que, como decíamos anteriormente, a principios de los años treinta ya se encontraba muy minorizada en el plano internacional. 

La memoria de la Revolución Española no solo se mantiene viva en el seno de la militancia libertaria actual, sino que ha servido de inspiración a otros movimientos sociales

Precisamente por lo anterior, por la conciencia de la importancia que tenía para el futuro el recuerdo de la revolución, los anarquistas, las anarquistas, no solo se preocuparon de salvar buena parte de la documentación producida durante la guerra civil por la CNT y la FAI, evacuándola al Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam, sino que, durante los años del exilio, procuraron mantener viva la memoria del proceso revolucionario, abordando un proceso de reflexión crítica que se tradujo, antes que nada, en la proliferación de un sinfín de relatos testimoniales que, de una manera u otra, vinieron a complejizar el relato de aquella experiencia histórica.

Unas décadas después, sería justamente esa memoria revolucionaria, esa conciencia colectiva de la vigencia del legado de prácticas y experiencias de la Revolución Social, uno de los factores clave que explica cómo la CNT mantuvo su coherencia en el contexto de la llamada Transición; una conciencia colectiva que, recordémoslo, ayudó también a que la militancia anarcosindicalista sostuviera al mismo tiempo un empeño, no menor, en el marco de una sociedad capitalista con capacidad para disciplinar la disidencia a través de su asimilación: el afán de impedir que el anarquismo se convirtiera en una moda política más, el afán de hacerlo valer como una herramienta útil, ya no solo para el conjunto de la clase trabajadora, sino de todos los sectores sociales desposeídos.

Sea como fuere, la memoria de la Revolución Española no solo se mantiene viva en el seno de la militancia libertaria actual, sino que ha servido de inspiración a otros movimientos sociales que, por un lado, se siguen reconociendo en esa tradición libertaria, y, por otro, han aterrizado en su quehacer político buena parte de los principios organizativos de los que tradicionalmente han hecho gala las organizaciones anarquistas. Un legado, también, que atraviesa fronteras y forma parte de la genealogía política de luchas tan dispares como las emprendidas por las mujeres del Kurdistán, los zapatistas mexicanos o la miríada de organizaciones sindicales de matriz revolucionaria que se reparten por todo el mundo.

Juan Cruz López
Fuente: https://www.elsaltodiario.com/guerra-civil/llama-siempre-viva-revolucion-social

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La figura de Andrés Nin en la Revolución Española

20 Julio 2026 at 18:54

Andrés Nin fue el intelectual leninista más importante del periodo republicano y encabezaba el Partido Obrero de Unificación Marxista cuando los servicios secretos soviéticos lo asesinaron cumpliendo órdenes del “líder supremo”. Su escandalosa desaparición tuvo gran trascendencia allende las fronteras españolas, sobre todo en el ámbito de la izquierda europea, que comenzó a tomar seriamente en cuenta los métodos criminales del estalinismo. La causa de la República resultó perjudicada. Podríamos decir que el homicidio de Nin fue para la República la losa que fue el asesinato de García Lorca para el bando franquista. En el lado republicano su muerte significó un punto de inflexión en la influencia del Partido Comunista; puesto en fuera de juego el enemigo común -el proletariado anarquista- sus aliados de la víspera -republicanos, socialistas de la derecha y nacionalistas vascos y catalanes- comenzaron a tomar distancias y poner trabas a su progresión. Si el ascendiente comunista aumentaba, la suerte de Nin podía ser la de cualquiera que señalaran las marionetas de Stalin. De hecho, lo que pasó a Nin se convirtió en el trasfondo no declarado de todo movimiento político durante lo que quedó de guerra.

Nin trabajó de maestro, periodista, traductor, viajante de comercio y escritor, y militó de muy joven en las filas republicanas y socialistas, y llegando a presidir el Sindicato de Profesiones Liberales de la CNT. El momento decisivo en la vida y la trayectoria política de Andrés Nin fue su encuentro con la Revolución Rusa, que lo dejó subyugado. Había ido a Rusia como delegado de la CNT cuando fue seducido por la fría determinación de los bolcheviques a pesar de la persecución de cualquier organización ajena y a pesar del terror y el hambre que se enseñoreaban del país. No se sumó a la protesta que algunos delegados extranjeros emprendieron contra la persecución de los anarquistas. La sangrienta represión de los marinos de Kronstadt y del movimiento makhnovista tampoco le conmovieron. Permaneció en Rusia como alto funcionario de la Komintern y de la Internacional Sindical Roja además de miembro del partido y del soviet de Moscú, pero al implicarse en las luchas internas de partido al lado de Trotsky cayó en desgracia, acabando excluido del partido comunista, amenazado con prisión y expulsado de la URSS. Volvió a España cuando terminaba la dictadura de Primo de Rivera, muy dogmatizado, dispuesto a organizar con unos pocos colegas el auténtico partido marxista de la clase obrera mediante el ingreso en una Oposición de Izquierda creada en Bélgica por un grupo de emigrados españoles dentro de la ortodoxia trotsquista. Al final, logró fundar un partido minúsculo, la Izquierda Comunista de España, sin el menor peso en los acontecimientos coetáneos, pero con una fuerte actividad teórica, fiel al “método marxista de análisis de las situaciones objetivas”.

Nin afirmaba rotundamente que en España nunca había habido una revolución democratico-burguesa. La proclamación de la República no lo fue. Las contradicciones de la burguesía -y eso también lo decían los anarquistas- no tenían solución en el marco del capitalismo, por lo que la misión de los verdaderos comunistas, una vez disipadas las ilusiones democráticas, consistiría en empujar a los trabajadores a realizar la revolución –y de paso resolver el “problema catalán”- que ni la burguesía ni la pequeña burguesía eran capaces de hacer. Ningún otro partido ni ninguna central obrera podría llevar a buen puerto la tarea. El Partido Comunista oficial era un peón de Moscú sin visión política propia y la CNT, una pandilla de reformistas y aventureros. Sin “un partido comunista potente, cerebro y guía de la revolución”, sin soviets ni juntas revolucionarias en vez de sindicatos, la victoria de las masas explotadas no sería posible. Hacía falta una unidad de acción que podría efectuarse a través de comités de fábrica elegidos por los trabajadores, sindicados o no. El comité sería el embrión del soviet. Todavía, después de dos insurrecciones anarquistas, consideraba que el problema de la lucha por el socialismo era, aparte del partido dirigente, la organización de masas, es decir, el soviet. Ciertamente, Nin aplicaba rigurosamente el modelo bolchevique. Como buen trotsquista consideraba un deber defender a la Unión Soviética en tanto que estado obrero socialista, aunque degenerado por la burocracia, y no lo que era en realidad, la plena expresión de un capitalismo burocrático de estado.

A pesar del corsé ideológico, el instinto revolucionario de Nin le ayudaba a captar la realidad con algo de acierto. En la cuestión nacional eslava se puso del lado de Bakunin. Intuyó antes que nadie la evolución de la mayor parte de la burguesía hacia el fascismo. Lo que le llevó a pedir un frente único de todas las organizaciones proletarias y a entrar en las Alianzas Obreras que se constituyeron en 1934. El fracaso de la revuelta de Octubre vivido de cerca le dio materia para reflexionar. Con fe de carbonero, pensaba que sin un partido revolucionario ninguna revolución era posible, así que lo más urgente era crear uno y no hacer “entrismo” en el partido socialista como recomendaba Trotsky. Entonces, la opción más realista llevaba a la fusión de la pequeña ICE con el Bloque Obrero y Campesino de Joaquín Maurín, un partido de comunistas disidentes y ex miembros del Estat Català de Francesc Macià. El nuevo partido, que contaba con unos pocos miles de afiliados, fue bautizado pomposamente como POUM. El tacticismo que caracterizó los primeros momentos del partido contrariaba el ultraizquierdismo aconsejado por Trotsky, quien no dudó en llamarlo “partido de traidores patentados”. En fin, la segunda parte de la revolución burguesa, la que debía detener al fascismo condujo el partido hacia el Frente Popular, con lo que la ruptura con Trotsky fue definitivamente rematada. Este dirá: “El pacto con el Frente Popular es un documento vergonzoso. Fimar-lo es una traición al proletariado en beneficio de una alianza con la burguesía.” Sin embargo, el triunfo en las urnas de las candidaturas frentepopulistas según el “traidor” Nin, no detenía el proceso revolucionario porque la burguesía no conseguiría consolidar su dominio de clase. Más pronto que tarde el proletariado se plantearía la conquista del poder, puesto que las condiciones para ello no tardarían en madurar. En adelante, la lucha no ocurriría entre la democracia y el fascismo, sino entre el el fascismo y el socialismo, es decir, entre la burguesía y el proletariado.

El contra-levantamiento obrero del 19 de Julio radicalizó los análisis de Nin. Al marchar por las Ramblas de Barcelona armas en mano, codo a codo con los obreros anarcosindicalistas, sus rígidos esquemas bolchevistas se tambalearon. El hecho de que Maurín quedara oculto dentro de la zona en poder de los sediciosos lo obligó a ocupar la secretaría del POUM, desde donde reformularía por la izquierda la estrategia del partido. En el mitin de septiembre en el Gran Price afirmó que ya no era necesaria la revolución democrática puesto que el proletariado la había hecho de golpe, cuestión catalana incluida, por lo que la pequeña burguesía no era indispensable. Contra la tentativa desesperada de la burguesía para salvar su dominio recurriendo al fascismo, no cabía otra que la revolución social. En consecuencia, la guerra y la revolución eran inseparables. El proletariado, que no combatía para defender la república burguesa como decía el PCE, debería luchar por una república socialista. No era de extrañar que en aquellas circunstancias Nin creyera que las organizaciones proletarias con la conciencia más clara de la realidad del momento y con el mayor espíritu revolucionario fueran la CNT y la FAI. Urgía un acuerdo con los “compañeros” anarquistas. Las discrepancias, antaño irreductibles, ahora tenían solución. Algunos puntos esenciales fueron revisados. Por ejemplo estos: la temida dictadura del proletariado no era más que la democracia obrera tal como la practicaban los sindicatos, organismos adecuados que volvían innecesarios a los soviets.

Por desgracia, la fuerza insuficiente del POUM para practicar el giro radical ninista –descontadas las reticencias de la mayoría bloquista- obligaba al partido a hacer concesiones si no quería aislarse. Así, pretextando que la revolución socialista también podía impulsarse desde la Generalitat, solicitó la entrada en el Govern, una fachada de cartón piedra que la prensa poumista convirtió en un “gobierno de transición revolucionaria”. Sin embargo, el ascenso del partido estalinista gracias al chantaje de la ayuda militar rusa desencadenó una agresiva campaña difamatoria contra el POUM, tachando a sus miembros de trotsquistas, provocadores y agentes del fascismo. Nin, destituido del cargo de consejero de justicia en diciembre por exigencias comunistas, reaccionó denunciando al reformismo, “la representación de la burguesía dentro de la clase trabajadora” que encarnaba el comunismo oficial, pidiendo asilo para Trotsky y exigiendo “un gobierno obrero y campesino”. A pesar de la coincidencia con la CNT en lo relativo a “la apreciación del carácter del momento revolucionario actual y el papel de la clase trabajadora”, por culpa de las aprensiones antimarxistas de los libertarios -en parte justificadas- y también por la escasa importancia del POUM -un partido minoritario demasiado exhibicionista que no apoyaba las colectivizaciones- la relación entre ambas organizaciones no funcionaba. La consigna de “Frente Obrero Revolucionario” o la más explícita de “CNT-POUM” caían en saco roto. Pero el hecho de que las conquistas proletarias del 19 de Julio se fueran perdiendo y la hegemonía de la CNT se fuera quebrando, sacudió libertarios y abrió nuevas posibilidades de entendimiento. El descontento por la militarización de las columnas milicianas, la disolución de los comités locales de defensa y el intento de supresión de las patrullas de control halló su portavoz en el diario vespertino “La Noche”, dirigido por Jaime Balius, antiguo redactor de la Soli y cabeza visible de la Agrupación “Los Amigos de Durruti”. Balius denunciaba los avances de la contrarrevolución y clamaba contra las concesiones y la pasividad de la CNT, algo con lo que Nin no podía estar más de acuerdo y que hizo constar en las páginas del órgano del partido “La Batalla”. En la conferencia de marzo en el Principal Palace Nin llegó a decir que “el anarquismo es una expresión del espíritu revolucionario con el cual coinciden los hombres del POUM” y Balius reprodujo sus palabras en “La Noche”. A finales de abril,en una conferencia en la Sala Mozart, Nin dijo: “estamos más cerca de la FAI que del PSUC, pero a la CNT le falta una doctrina del poder…”. Andrade, el segundo de Nin, que poco antes había tratado a la Columna de Hierro de atajo de maleantes incontrolados, también “se sentía más próximo a los camaradas anarquistas que a los de los otros partidos”, se mostró de acuerdo con los puntos programáticos del manifiesto que Los Amigos de Durruti pegaron en abril por las calles de Barcelona. En particular, la consigna durrutista de Junta Revolucionaria parecía coincidir con la consigna poumista de Comité de Defensa de la Revolución. El primero de Mayo de 1937 Nin proclamó como objetivo necesario de las masas populares el gobierno obrero y campesino y la revolución social.

Durante los Sucesos de Mayo, con la salvedad de la sección de Sabadell, el POUM se puso del lado de los trabajadores insurrectos y Los Amigos de Durruti lo felicitaron por ello en una célebre octavilla que “La Batalla” reprodujo. Las conversaciones entre unos y otros fueron produciéndose, pero la CNT, lejos de ponerse al frente del movimiento y “conquistar el poder” hacía todo lo posible por pararlo. No quería alterar el statu quo, sino situarse mejor en él. Al POUM, falto de cohesión interna y sin fuerza suficiente para ponerse al frente de un movimiento espontáneo, no le quedó más opción que seguirla y dar la orden de retirada a sus militantes. Los Amigos de Durruti eran solamente unos centenares, insuficientes para cambiar la orientación de la jerarquía confederal. El objetivo estratégico principal de Nin era la alianza con los comités dirigentes cenetistas y faistas, y como estos habían desautorizado a Los Amigos de Durruti, de poco podía servir la entente con estos, si además eran contrarios a “tomar el poder” en la Organización y no querían implicarse con un partido lleno de pretensiones vanguardistas obsesionados con la dictadura del proletariado. La posición maximalista de Nin -formar un frente común con los anarcosindicalistas e ir a la conquista del poder- tropezó con la dirección atemorizada de la CNT y la FAI, totalmente colaboracionista y contraria a cuestionar la legitimidad de las instituciones republicanas.

Largo Caballero dimitió, jefe del Gobierno de la República, dimitió entre otras cosas por no aceptar la ilegalización del POUM tal como insistentemente pedían los estalinistas. Su sucesor Negrín no tuvo tantos escrúpulos. La campaña de insultos y calumnias en la prensa nacional e internacional simpatizante o de obediencia moscovita llegó al paroxismo. El delirio denigrador estalinista se igualaba con el furor nazi contra los judíos. Parecía que se estaba en el epílogo del los Procesos de Moscú, y de hecho era eso. Finalmente, el POUM fue declarado fuera de la ley. Primero, se suspendió “La Batalla”, i después, fueron saqueados e incautados sus locales, la emisora y el resto de publicaciones. Los militantes fueron perseguidos, encarcelados y algunos fusilados. La Cárcel Modelo llenó una de sus galerías con prisioneros del POUM. La 29 División, que agrupaba a las milicias del partido, fue desmantelada. Una policía especial madrileña vendría para hacerse cargo del Comité Ejecutivo del partido. Nin fue detenido en la sede del comité, apartado y conducido a Madrid, donde lo pasearon por varias checas. Al final, se lo llevaron a los sótanos de un chalet situado en las afueras de Alcalá de Henares, donde se sabe que agentes de la NKVD lo torturaron para lograr que confesara ser un espía de Franco, al estilo de los procesos arriba mencionados. No lo consiguieron, y simulando de mala manera un rapto, lo introdujeron en un automóvil y lo asesinaron en algún lugar de la carretera de Perales de Tajuña.

Los verdugos mataron alevosamente a un revolucionario de los más firmes, honestos, talentosos y clarividentes, pero no consiguieron enlodar su figura, bien al contrario, su lección de coraje ante los sicarios fue un ejemplo para todos los verdaderos rebeldes. La gran indignación provocada por su muerte acarreó la condena moral absoluta de los asesinos y sus cómplices. Para Albert Camus, el crimen “constituyó un giro en la tragedia del siglo XX, el siglo de la revolución traicionada.”

Miquel Amorós
Charla del 17 de julio de 2026 en el Ateneu 24 de Juny, Girona.

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Poder e institucionalidad en la revolución española

20 Julio 2026 at 18:46

Introducción  

Focalizaremos este trabajo en el análisis del poder y particularmente de la configuración y combinación de los distintos tipos de poder social y de sus formas institucionales relacionadas. Indagaremos cómo estos temas fueron abordados en el proceso revolucionario iniciado en España en 1936 y concretamente, en el cómo fueron resueltos los mismos, por un cierto sector del anarquismo español, entendiendo que su exploración crítica nos puede servir, asimismo, como campo de reflexión para renovadas hipótesis anarquistas de emancipación social.

Del poder y sus configuraciones en la España revolucionaria

Con el propósito de encuadrar conceptualmente nuestro trabajo, nos tomaremos unos párrafos para discernir desde qué perspectiva abordaremos la cuestión del poder, para pasar luego, a sus implicancias en la experiencia española. 

Desde aquí, entendemos por poder a toda relación social que se ejerce entre sujetos o fuerzas sociales de manera dinámica y que establece en base a su ejercicio, prácticas y formas sociales y/o políticas concretas. Tomando en cuenta esta definición genérica, se puede decir, que, por un lado, todo aquel ejercicio relacional que permite que el poder circule sin que sea apropiado o monopolizado opresivamente por ningún agente o agentes en particular y que dé lugar e instituya, asimismo, al desarrollo de la autoactividad, la autorregulación y la reciprocidad de manera generalizada, constituye la base de lo que podemos denominar como poder social. Por el contrario, se puede estipular, que aquellos ejercicios que impiden tal circulación y que concentran y/o cristalizan en sujetos, fuerzas o instituciones, asimetrías subordinantes, constituirían la plataforma de lo que conocemos como poder dominante o directamente dominio o dominación. Estas nociones nos son importantes para percibir el carácter productivo, estratégico y complejo y no meramente coercitivo, represivo y estanco del poder.

Dicho esto, nos interesa ahora abordar distintas configuraciones que se plantean concretamente desde la dimensión del poder social y el cómo, las mismas, se manifestaron, a nuestro criterio, en el derrotero español, analizando, a su vez, qué actitud tuvieron los anarquistas al respecto. Partiremos, entonces, de tres categorías configurativas que nos parecen claves para entender los procesos revolucionarios que, si bien, pueden estar interrelacionadas, tienen, asimismo, características distintas y específicas. Hablamos concretamente de los conceptos de poder popular, poder local y doble poder.

El primero de ellos, el poder popular, implica la construcción por parte de las clases oprimidas y explotadas, de su propia fuerza social alternativa y antagónica que confronta al de las clases dominantes, constituyendo, en su desarrollo, espacios, territorios, mecanismos y organismos, así como también, una cultura y una subjetividad, que prefiguran y sustentan un proyecto emancipatorio. Partiendo de estas premisas, es importante remarcar que el poder popular como tal, en tanto proceso, se desarrolla tanto antes, durante y después de un contexto de ruptura revolucionaria. Por lo tanto, el poder popular acumula fuerzas, prefigura, disputa y construye un nuevo marco de relacionamiento y articulación social, proyectándose para intentar a llegar a ser lo más amplio posible, es decir, procurando abarcar la totalidad social y no para demarcarse sólo como un “islote de libertad”.

La otra configuración, el poder local, resumidamente, se sostiene sobre la constitución de ámbitos concretos territoriales donde se desarrolla la capacidad de autoactividad social de manera alternativa y en disputa con la institucionalidad dominante. Se trataría de las llamadas “zonas liberadas” pero que pueden no articularse a priori, en tanto microespacio, con un proyecto global transformador. En este sentido, podemos decir, que el poder local es abarcado por la idea de poder popular, pero como vimos, éste último, no se limita sólo a una localización territorial, aunque ésta sea importante.

Por último, el doble poder, se nos presenta como el proceso en el que coexisten de manera conflictiva, transitoria e inestable dos estructuras de poder antagónicas e incompatibles que asumen para sí la legitimidad social y que entran en disputa, ahora sí, en una situación de crisis revolucionaria. Y justamente, por su carácter transitorio e inestable (dada la imposibilidad de coexistencia duradera y pacífica de las fuerzas y organismos en pugna) implicaría una resolución de corto plazo, sea por la reimposición del orden instituido dominante o por su desplazamiento por parte del organismo alternativo de las fuerzas revolucionarias. Es importante agregar, al igual que lo hicimos con respecto al poder local, que el doble poder no es contradictorio al poder popular. El doble poder deviene o puede devenir de una construcción de poder popular previa, pero como dijimos, éste (el poder popular) abarca otros elementos y que, en su constitución, no necesariamente implica la conformación de un organismo articulador integral, aunque puede prefigurarlo, así como tampoco es necesaria una situación o crisis revolucionaria para su desarrollo.

Ahora bien, ¿para qué nos sirve visualizar estas configuraciones en el caso español? En principio para entender que todas, de manera combinada, se han manifestado, ya sea de manera concreta, transitoria o en estado de latencia y que pocas veces se ha señalado su importancia conjunta a los fines de analizar de mejor manera los avatares que ha tenido esta experiencia, fundamentalmente en su etapa revolucionaria.

Es importante destacar, que ya desde las primeras décadas del siglo XX, el anarquismo español, a través de su organización de base proletaria, la CNT (Confederación Nacional del Trabajo):

(…) logró que su cosmovisión, su cultura, fuera aceptada por grandes capas de la población obrera de la época. Y así fue creando una contrahegemonía, que la gente de la época entendía como una “sociedad paralela”, una sociedad en construcción, un pueblo en movimiento. Esta sociedad nueva se basaba en la acción sindical y social de los sindicatos y sociedades obreras, en la acción cultural de los ateneos y escuelas racionalistas, en la incansable propaganda de su prensa y sus revistas (…) que crearon un magma enorme de iniciativas libertarias. [1]

Si a esto le sumamos las intensas luchas y movimientos insurreccionales que alborotaron todo el período previo al contexto de 1936 podemos vislumbrar la potente antesala en términos de fuerza y experiencia acumulada del proletariado anarcosindicalista, que luego, supo ponerse de manifiesto en el contexto que siguió a la derrota primaria del levantamiento golpista de las fuerzas fascistas del general Franco. Lo cierto, es que, ya suscitados los iniciales combates, fueron emergiendo distintas combinaciones de poder social que fueron adoptando distintos formatos:

Allí donde la insurrección [de las fuerzas golpistas] fue aplastada, no resultó la única vencida. Entre su ejército rebelado y las masas populares armadas, el Estado republicano había saltado en pedazos. El poder se había literalmente desmoronado y, en todos los lugares en que los militares habían sido aplastados, había pasado al pueblo, donde grupos armados resolvían sumariamente las tareas más urgentes (…) Cierto es que el gobierno republicano existía, y que ninguna autoridad revolucionaria se levantaba como rival declarado de la suya en esa zona que los corresponsables de izquierda bautizaron muy rápidamente con el nombre de “zona leal” (…). Sin embargo, poco a poco, entre las gentes que se habían lanzado a la calle y el gobierno fueron apareciendo órganos de poder nuevo que disfrutaban de una autoridad real y se apoyaban, a menudo, tanto en el gobierno como en la fuerza popular. Éstos fueron los innumerables comités locales y, en la escala de las regiones y de las provincias, verdaderos [auto] gobiernos. En ellos residía el nuevo poder, el poder revolucionario que se organizaba apresuradamente para hacer frente a las enormes tareas inmediatas y remotas, la realización de la guerra y la reanudación de la producción en plena revolución social (…). Todos los comités, cualesquiera que fuesen sus diferencias de nombre, de origen, de composición, presentaban un rasgo común fundamental. Todos, en los días que siguieron a la sublevación, se apoderaron localmente de todo el poder, atribuyéndose funciones lo mismo legislativas que ejecutivas, decidiendo soberanamente en su región (…) [y su] autoridad se apoyaba en la fuerza de los obreros armados y a los cuales de buen o mal grado obedecían los restos de los cuerpos especializados del antiguo Estado. [2]

Esta cita de Pierre Broué y Émile Temime, nos muestra las distintas configuraciones de poder, fundamentalmente locales, en el inicio de la situación revolucionaria y el potencial de sustentación de doble poder, dentro de los cuales la CNT y su denominada minoría activa, la FAI (Federación Anarquista Ibérica), tuvieron un rol protagónico en muchas zonas de España. Ahora bien, prosiguen los mencionados autores: “Lo que era verdad a escala local ya no lo era totalmente a escala regional, donde se enfrentaban o coexistían poderes de origen diverso”. [3]

Efectivamente, el proceso iniciado había generado una situación tensional de dualidad de poderes, uno real, el de los comités, el pueblo en armas y el de los distintos organismos sostenidos por las fuerzas proletarias. Y uno “legal” de los todavía y aunque prácticamente desarticulados restos del Estado republicano. Pero la posibilidad de constitución de una estructura articuladora de esas iniciativas locales a nivel regional y luego a nivel nacional que cuajara efectivamente en una composición de doble poder revolucionario y que pusiera en jaque definitivo y terminal a las instituciones del régimen burgués, se vio truncada por las posiciones de ciertos referentes anarquistas. Si bien en algunas regiones, particularmente en Cataluña, se habían generado organismos que se podrían caracterizar como constitutivos de poder dual, por caso, el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), después de un período corto de inestable equilibrio conflictivo, éste, terminó amoldándose a una coexistencia “reconocedora” de la Generalitat, que prácticamente determinó una semi integración con ésta última, para luego, directamente, terminar disuelto fortaleciendo nuevamente el aparato estatal.

Así describe, Jesús Aller, el curso de los acontecimientos:

La situación entraba en un callejón sin salida, (…) a finales de agosto [del `36] un pleno del movimiento libertario catalán admite participar en el gobierno y liquidar el CCMA, [que finalmente se concreta el 10 de setiembre]. (…) [Pocos días después] comienza a plantearse también la posibilidad de que la CNT entre en el gobierno de Madrid, [que se consumaría en noviembre con Largo Caballero] lo que refuerza los pasos que se daban en Cataluña (…). Lo que en la prensa libertaria se publicita entonces como un golpe definitivo al Estado, que habría pasado a ser una simple fachada, significará en realidad el comienzo del fin, un estrangulamiento progresivo del poder de los comités y un robustecimiento paralelo de la maquinaria gubernamental. [4]  

Alguno, desde una perspectiva reduccionista diría, “no se tomó el poder”, ahora, si, como venimos argumentando, sostenemos una visión no instrumental del mismo y si no reducimos el poder simplemente a los aparatos del Estado, lo que podemos decir es que lo que no se resolvió finalmente, fue la articulación superadora del ejercicio disperso de los poderes que efectivamente se ejercían en acto a través de los comités, colectividades y otros órganos embrionarios de carácter revolucionario. Y esto no implicó una simple claudicación sin más; esto denotó, una mala caracterización del proceso que se estaba gestando, así como una errada conceptualización por parte de ciertos referentes cenetistas y faístas de la compleja relación entre poder e institucionalidad.

Poder e institucionalidad

Todo poder, en tanto configuración relacional, dijimos, se manifiesta en ejercicio y el mismo, hace explicito, a su vez, determinadas prácticas y formas concretas que lo organizan y por ende lo instituyen. Asimismo, de acuerdo al contenido de la relación de poder, ésta, definirá la lógica y el formato de su expresión articuladora o, dicho de otra manera, de su institución.

Es importante destacar, que esta trama es inherente a toda formación social por ser ésta última, en todo tiempo y lugar, un entramado de relaciones sociales, por lo que, así como no podría existir sociedad sin poder (o sin relaciones de poder), tampoco existiría sociedad sin institución.

Por todo esto, vislumbrar el vínculo inescindible entre poder e institución se torna fundamental a los efectos de entender la dinámica sistémica propia de toda estructura social en un determinado contexto histórico, así como, en su defecto, para llevar adelante planteos y/o proyecciones de intervención transformadora en la misma. Del mismo modo, se hace decisivo, discernir, que, así como no toda relación de poder configura dominación per se, no toda institución está atravesada por la marca estatal como suelen plantear algunas interpretaciones. Efectivamente, como se ha dicho, el contenido de la relación define, en su ejercicio, la forma en que se explicita o en la que toma existencia concreta.

En este sentido, podríamos tomar, a los consejos y comités que fueron surgiendo al calor de las jornadas que se sucedieron a partir del 19 de julio de 1936, como formas embrionales de institucionalidad de nuevo tipo, producto de un proceso de experimentación de un poder colectivo socializado y, al Estado, como el paradigma institucional, en términos genéricos, de la forma que adopta un marco de relaciones de poder sustentadas desde el dominio. Así:

El Estado existente, real e institucional, no es reducible [solamente] a la organización o al conjunto de los “aparatos de Estado” que lo componen (…). Para existir el Estado exige la organización del mundo social y político sobre su propio modelo o paradigma que a su vez supone una cierta idea de poder como causa (…) [5]

Por consiguiente:

Con la alienación del poder nace el poder político dominación que es, en realidad, el resultado de la expropiación de la capacidad simbólico-instituyente [del todo social] por una minoría, clase o grupo especializado. [6]

Éste es el marco, entonces, de configuración general del Estado y nos sirve, nuevamente, para entender la característica relacional de contenido y forma en nuestras sociedades y una vez más, el vínculo entre poder e institución

El anarquismo, como corriente de praxis político-emancipatoria, nunca subestimó la necesidad de instituciones, aunque claramente, no desde un formato que cristalice y reproduzca relaciones de dominio como es el Estado. Sin ir más lejos, allá por 1924, Errico Malatesta planteaba que: “La revolución es la creación de nuevas instituciones, de nuevos agrupamientos, de nuevas relaciones sociales (…). [7] Y seguramente, el federalismo, como formación político-organizativa, haya sido uno de los aportes con el que los anarquistas más han insistido, tanto para una etapa prefigurativa, como para el momento de constituir una nueva forma de articulación social instituyente postrevolucionaria. Ahora bien, no creemos, a diferencia de otros analistas, que éstos u otros lineamientos propios de la corriente ácrata, hayan sido los que comprometieron el derrotero de la revolución española. En nuestro caso, ponemos el énfasis en las caracterizaciones y definiciones tomadas por ciertos referentes del anarquismo español, sabiendo igualmente, que otros factores y otros responsables, seguramente mayores, incidieron en el desenlace de la experiencia analizada.

Entonces, en los términos señalados y retomando el objeto de análisis, se puede contemplar, de parte de los referentes indicados, una mala visualización sobre el carácter de la situación latente de doble poder y de su complejidad, dado que además del antagonismo entre el bando militar fascista y el bando republicano, existía otro, dentro mismo de las fuerzas republicanas. Como dice Wayne Price:

La maquinaria del Estado oficial había sido dejada virtualmente sin poder alguno mientras que las organizaciones populares combatían al fascismo y dirigían la economía. La cuestión principal de la revolución era la relación entre las organizaciones populares y el Estado republicano. (…) Una situación de doble poder se debe resolver de una manera u otra. [8]

En efecto, derrotado el primer foco de la sublevación militar y cuando tuvieron cara a cara al Estado prácticamente hecho pedazos, se optó, derivado de conceptualizaciones erróneas, por dejarlo con vida a pesar de que tenían todo para desarticularlo completamente – producto de una correlación de fuerzas favorable – e imponer en su lugar la confluencia unificada de los organismos revolucionarios que iban surgiendo. En palabras de García Oliver, uno de los líderes de la CNT-FAI: “La elección era entre Comunismo Libertario, que significaba una dictadura anarquista y democracia, que significaba colaboración”. [9] Y efectivamente optaron por la colaboración, no concibiendo que el peso hegemónico del anarquismo a través de su desarrollo y fuerza organizativa, no necesariamente debía constituirse en una dictadura si se optaba por la coordinación democrática con las otras fuerzas revolucionarias tomando en cuenta, por supuesto, el peso proporcional de influencia popular de cada organización.

El Estado, entonces, fue recuperando paulatinamente sus fuerzas, subordinando cada vez más a los organismos proletarios e integrando a los referentes anarquistas dentro de su dinámica, mientras en paralelo, el proceso revolucionario iba perdiendo densidad bajo los términos de la guerra civil sin más. Notoriamente, esto fue socavando el ímpetu y la efervescencia combatiente del pueblo en armas, hasta llegar a los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona que muchos puntualizan como el marco concreto de entierro final del desarrollo emancipatorio y libertario, para dar lugar a la guerra ya del Estado republicano prácticamente rearticulado y las fuerzas fascistas, que, finalmente, culminaría con el desenlace victorioso de las huestes del general Franco en 1939.

Gastón Leval señala, en este contexto, el fiasco de la cima, la de los “hombres conductores”:

Hablo de los militantes anarquistas notorios, de los que en el lenguaje corriente son llamados líderes. El anarquismo español los tenía, (…). Desde el principio fueron absorbidos por cargos oficiales que aceptaron pese a su tradicional repugnancia por las funciones de gobierno. La unidad antifascista les dictaba esta actitud. Era necesario acallar los principios, hacer concesiones transitorias. Permanecían al margen de la gran empresa reconstructora en la que el proletariado encontrará enseñanzas preciosas para el porvenir. Por cierto, les habría sido posible aportar algunos consejos útiles, exponer normas generales de acción y coordinación. No lo hicieron. (…) ¿Entonces cómo fue posible, a pesar de todo el éxito? [De las realizaciones revolucionarias, mientras duraron]. La razón (…) la capacidad del pueblo que ha permitido realizar la maravillosa obra de las colectividades agrarias y de las organizaciones industriales. [10]

Una vez más suenan aquí los ecos, independientemente del nombre, de la idea del poder social-popular como praxis autoinstituyente a la que el anarquismo español no le fuera esquivo y que fuera, incluso, su marca distintiva. Sin embargo, éste, a través de las posiciones tomadas por sus “conductores”, al decir de Gastón Leval, quedó sin resolver en términos de una nueva formación alternativa de carácter integradora frente al alicaído Estado burgués, planteando aquí también el déficit de cuadros revolucionarios de carácter integral. Ahora, ¿hubo algún otro planteo alternativo que contrarrestara esta última orientación?

Hacia 1938, la organización “Los Amigos de Durruti”, agrupamiento iniciado por ex miembros de la columna Durruti que se opusieron a la militarización de las milicias populares, denunciando asimismo, las políticas colaboracionistas de la cúpula de la CNT-FAI, lanzó un programa que se conoció como “Hacia una nueva Revolución” y que entre otros puntos, establecía la constitución de una Junta revolucionaria o Consejo Nacional de Defensa en donde sus miembros serían elegidos democráticamente en los organismos sindicales y que se encargaría de coordinar las milicias y las patrullas obreras para dirigir la guerra y de mantener relaciones internacionales, siempre con control de las asambleas sindicales. Los sindicatos y sus federaciones, planteaban, se harían responsables de coordinar las actividades económicas a través de un Consejo Económico, articulándose, a su vez, con Municipios Libres que se encargarían de las funciones sociales que escapen de la órbita de los sindicatos.

Lo cierto, y esto hay que decirlo, es que para cuando “Los Amigos de Durruti” lanzaron el programa mencionado, ya era muy tarde. La revolución había sido derrotada políticamente y era sólo cuestión de tiempo hasta que los fascistas derrotaran finalmente a las fuerzas armadas republicanas en el campo de batalla.

Algunas conclusiones

Dicho todo lo anterior, lo que parece quedar claro, reiteramos, es que el anarquismo español tuvo la posibilidad, en tanto movimiento hegemónico, de llevar adelante el proceso revolucionario hacia un panorama potencialmente victorioso si hubiera seguido sus propios paradigmas, contemplándolos de manera dinámica, de acuerdo a las circunstancias específicas de cómo se fueron desenvolviendo los hechos.

En este sentido, la constitución, por caso, de una confederación de organismos revolucionarios, con representación democrática de acuerdo a la capacidad de influencia y desarrollo de las organizaciones que claramente buscaban una salida revolucionaria y que sustentara las bases de una institucionalidad de nuevo tipo, podría haber sido una hipótesis posible de resolución del rumbo de la experiencia en cuestión. Lamentablemente esto no ocurrió y ya vimos algunos de los por qué.

Lo que seguramente podremos extraer, luego de vislumbrar luces y sombras de esta gran gesta y como enseñanza para todo proceso emancipatorio, es la importancia fundamental de tomar en cuenta las distintas configuraciones complejas de las relaciones de poder y su materialización en determinadas formas institucionales, así como la necesidad crucial, a su vez, de articular estas dimensiones en una praxis integral, en donde, acumulación de fuerzas y estructuras, formen un todo coherente.

Diego Naim Saiegh  

ITHA (Instituto de Teoría e Historia Anarquista)

Referencias

[1] M. G. “Sobre la hegemonía y la estrategia. Guía de acción para un colectivo anarquista”. En: regenreracionlibertaria.org, 2013. [https://www.regeneracionlibertaria.org/sobre-la-hegemonia-y-la-estrategia-guia-de-accion-para-un-colectivo -anarquista]

[2] BROUÉ, Pierre y TEMIME, Émile. La revolución y la guerra en España. México:  Fondo de Cultura Económica, 1973.

[3] BROUÉ, Pierre y TEMIME, Émile. Op. Cit.

[4] ALLER, Jesús. Reseña de “Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936” de Josep Antoni Pozo extraído del portal rebelión.org el 2-09-2015.

[5] COLOMBO, Eduardo. El Estado como paradigma de poder. Buenos Aires, Revista Utopía, 1985.

[6] COLOMBO, Eduardo. Op. Cit.

[7] MALATESTA, Errico. Pensiero e Volontá, 15 de junio de 1924. Reproducido en “Malatesta. Pensamiento y acción revolucionarios” Vernon Richards (compilador), Buenos Aires: Ed. Proyección, 1974.

[8] PRICE, Wayne. La abolición del Estado. Perspectivas anarquistas y marxistas. Buenos Aires: Libros de Anarres, 2012.

[9] RICHARDS, Vernon. Enseñanzas de la Revolución Española. Madrid: Campo Abierto, 1977.

[10] LEVAL, Gastón. Ni Franco ni Stalin. (Las colectividades anarquistas españolas en lucha contra Franco y la reacción estalinista). Milán: Instituto Editorial Italiano, 1952.

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19 de julio, 90 años de la utopía vivida

20 Julio 2026 at 18:40
Por: pegasus

A pesar de todos los inconvenientes y torpezas, la revolución española tuvo el acierto de realizarse a sí misma. La obra revolucionaria de las colectivizaciones será su huella indeleble en el espacio y el tiempo.

José Peirats.

El golpe de estado del 17-18 de julio de 1936 y la guerra que se prolongó oficialmente hasta el 1 de abril de 1939, constituye uno de los hechos más reinterpretados de la historia de España, si nos atenemos a la cuestión puramente bélica. Pero si hablamos del proceso revolucionario que surgió y acompañó durante todo el conflicto, el silencio se impone de tal manera que, noventa años después, continúa siendo desconocido para una inmensa mayoría.

El 19 de julio de 1936, pocas horas después de la sublevación militar, las trabajadoras y trabajadores de las organizaciones obreras se echaron a las calles de Barcelona y de otras capitales de provincia, pero también en muchas ciudades y pueblos de España para parar el golpe militar. Su determinación frustró, en un principio, las intenciones criminales de un ejército bregado en las guerras coloniales del Rif y el norte de África.

No hay que olvidar que el golpe de estado, fue una conspiración militar y política auspiciada desde las clases privilegiadas; la oligarquía económica y aristocrática: grandes empresarios, rentistas, latifundistas y grandes propietarios de tierra, la élite de la iglesia católica y la derecha política más reaccionaria. Y que contó con el apoyo de los regímenes fascista italiano y nazi alemán, una ayuda que llegó mucho antes del inicio del golpe de estado; con grandes sumas de dinero, material de guerra, además de asesoramiento militar y de los servicios de inteligencia.

Hoy continuamos rememorando los heroicos sucesos insurreccionales que consiguieron poner de rodillas a todo un ejército bien armado, pero también la Revolución Social que el pueblo trabajador protagonizó a partir de entonces. Lo acontecido en la España de aquellos años, representa uno de los mayores logros sociales de la historia reciente. En aquel breve espacio de tiempo, y en plena guerra, se desarrollaron muchas de las formulas organizativas y económicas, promulgadas por el anarquismo y el anarcosindicalismo.

En buena parte de la geografía leal a la República, en ciudades como Barcelona, Madrid, Valencia, municipios medianos, pero también en grandes zonas rurales de Aragón, Castilla, Cataluña y Levante, las instituciones del Estado quedaron incautadas, ayuntamientos y gobiernos territoriales, pero también los estamentos armados y el propio ejército, quedaron supeditadas a la voluntad popular. Se organizaron Columnas de milician@s, con obrer@s voluntari@s, embrión del Ejército Popular de la República, que fueron las que consiguieron parar el avance del ejército fascista, determinando y delimitando los diferentes frentes de guerra.

Surgieron organismos revolucionarios como los Comités Revolucionarios Locales, primero, los Consejos Municipales después. A nivel regional se crearon estructuras más grandes como el Comité de Milicias de Cataluña o el Consejo de Aragón, entre otros. Se socializaron los medios de producción, la propiedad de la tierra se colectivizó, también la industria; fábricas, talleres etc. La economía quedó bajo control obrero. La experiencia organizativa, proveniente en gran medida, del Movimiento Libertario, contribuyó a realizar grandes transformaciones sociales, dando prioridad, a los exiguos servicios de salud, asilo social a las personas mayores, huérfanos y refugiad@s de guerra. Destacar que todo lo relacionado con la cultura tuvo una especial atención por la Revolución, priorizando la enseñanza; se dio impulso a la frágil infraestructura creada recientemente por la República, además de organizar un sistema educativo propio, creando escuelas donde eran inexistentes. También el cine y el teatro fueron muy cuidados, favoreciendo la llegada, de estas artes, a las zonas rurales y pueblos más recónditos, y toda una red de bibliotecas públicas, como la que se creó en Fraga, la primera en la historia de la ciudad. 

Por esa razón desde el Movimiento Libertario hemos mantenido siempre viva la memoria, insistiendo en el recuerdo de la Revolución Social del 19 de Julio de 1936, algún@s lo hacemos alejados de la autocomplacencia y de cualquier dogma. Estudiamos sus aciertos y errores; aprendiendo de lo que es capaz de alcanzar la clase trabajadora cuando toma conciencia y se organiza; cuando lo hace por un bien común, al margen de cualquier estructura de poder y poniendo en cuestión las decisiones de las burocracias y jefes sobrevenidos.

El anarquismo está muy enraizado en España. El orgullo, la resistencia, son valores propios de nuestra gente. Entre nosotr@s, la anarquía es una actitud natural que nace de la rebeldía ante la injusticia. No es una teoría. El ser humano de cualquier época tendrá siempre ese espíritu de rebeldía. Abel Paz

Desde las Tierras Bajas del Cinca

Fraga 14 Julio 2026

Centro de Estudios Libertarios José Alberola

https://centrodeestudioslibertariosjalberola.blogspot.com

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[Poema y audio] La guerra… ¡Qué gran industria!

20 Julio 2026 at 18:29
Por: pegasus

Audio creado con inteligencia artificial a partir del poema La guerra… ¡Qué gran industria! del autor Miguel Rojo.

La guerra…
la industria de la guerra
la que trae la muerte
que violentamente
arrebata la vida…

…muerte y más muerte
que no viene callando
sino con su estruendo absurdo…
el estruendo de las armas
que arrasan en su camino

La guerra…
¡Qué gran industria!

Gobiernos cómplices
Tolerantes, sonrientes
Tontos útiles…
sin escrúpulos ni miramientos

La guerra
¡Qué gran industria!

Políticos ambiguos
en tiempos pasados
y también ahora
sin moral ni peso
permisivos con lo que sea

La guerra…
¡Qué gran industria!

Discretos traficantes
mercaderes astutos
ocultos en la sombra
manejan a sus títeres…

La guerra…
¡Qué gran industria!

Comunicadores estrella
prensa prostituida
bufones, payasos…
disfrazan la verdad
abundan en el engaño
alimentan la codicia
de fortunas millonarias
sacos sin fondo…
caudales sucios

La guerra…
¡Qué gran industria!

Conflictos armados por decenas
Un sin fin de víctimas
Ríos de sangre… Mares de tinta
Montañas de mentiras

La guerra…
¡Qué gran industria!

Déspotas consentidos
aplaudidos en sus éxitos…
hazañas bélicas

En sus tronos de horrores
cada día más afianzados

La guerra…
¡Qué gran industria!

Un mundo pasivo
que no se conmueve
Silencio cobarde
para los inocentes
que a diario matan
las bombas asesinas

La guerra…
¡Qué gran industria!

Un mundo enloquecido
angustiante para muchos…
asediados en un infierno
sin más alternativa
que existir sin vivir

La guerra…
¡Qué gran industria!

Un mundo cruel
Inmisericorde
Inhumano…
Sin orden ni freno
de agónica decencia

La guerra…
¡Qué gran industria!

Crímenes contra la humanidad
en todo el planeta
Atrás quedan los cementerios…
Miles y miles de tumbas

La guerra…
¡Qué gran industria!

Un mundo de despiadados
huérfano de inteligencia
donde sólo los idiotas
parece que son felices…
esos burdos animales…
animales de apetitos

La guerra…
¡Qué gran industria!

guerra

La guerra… ¡Qué gran industria!
Miguel ROJO. 09/ Marzo. 2026
(Canciones rebeldes)

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Novedad editorial: «Jacinto Toryho ¡Habla la Revolución!» – José Miguel Fernández Barreira

20 Julio 2026 at 18:17

La vida de un anarquista, llena de aciertos y de errores, será  siempre puro aprendizaje de nuestra historia reciente. Y en una sociedad como la actual, tan falta de referentes honestos, recuperar la experiencia de este periodista libertario puede servirnos de faro hacia un futuro mejor.

Portada y contraportada del libro
FICHA TÉCNICA DEL LIBRO
Título: Jacinto Toryho ¡Habla la Revolución! De la Escuela de Periodismo de «El Debate» a la dirección de «Solidaridad Obrera».
Autoría: José Miguel Fernández Barreira.
Prólogo: Carlos Coca Durán.
Editorial: El Lokal.
Lugar: Barcelona.
Impresión: Estugraf impresores, S.L.
Revisión, diseño y maquetación: Bárbara Muñoz García, Toni Sánchez Poy y El Lokal.
Año: primera edición, en junio del 2026.
Descripción física: 472 páginas, libro impreso de 21 × 15 × 2,8 cm. ISBN: 979-13-991942-0-3 DL: B 11935-2026
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Más proletariado y menos obituarios: del fin de la clase obrera a su reconstrucción

13 Julio 2026 at 18:13
Por: pegasus

Introducción

Durante décadas, parte del pensamiento crítico ha sostenido que el proletariado ha dejado de ocupar la posición histórica que desempeñó durante el largo ciclo del movimiento obrero, aproximadamente desde mediados del siglo XIX hasta la crisis del capitalismo fordista en los años setenta del siglo XX. La desindustrialización de las economías occidentales, la fragmentación del trabajo, la expansión del sector servicios, la precarización del empleo, la individualización de las relaciones laborales y la integración creciente de la vida social en la lógica del consumo han llevado a cuestionar la vigencia de la política de clase como horizonte estratégico de la emancipación.

En el ámbito libertario, la discusión es especialmente intensa. Autores como Tomás Ibáñez y Miquel Amorós argumentan que las profundas transformaciones del capitalismo han erosionado las condiciones históricas que hicieron posible el movimiento obrero clásico. La desaparición de la cultura obrera, la integración institucional de las organizaciones sindicales, la disolución de las antiguas comunidades de trabajo y de barrio y la creciente colonización mercantil de la existencia habrían privado al proletariado de la centralidad política que desempeñó durante más de un siglo. La cuestión ya no sería únicamente la derrota de determinadas organizaciones, sino el agotamiento de un ciclo histórico en el que la clase trabajadora pudo constituirse como sujeto revolucionario.

El diagnóstico contiene elementos difíciles de discutir. Resulta evidente que el capitalismo contemporáneo ha transformado profundamente las condiciones de producción, la composición del trabajo asalariado y las formas tradicionales de organización de la clase obrera. También parece indudable que las experiencias históricas del movimiento obrero —socialdemócratas, comunistas, consejistas, sindicalistas revolucionarias y anarquistas— pertenecen a un contexto histórico que no puede reproducirse mecánicamente. Quien pretenda reconstruir las formas organizativas del siglo XX ignorando las mutaciones del capitalismo global caerá inevitablemente en el anacronismo.

Sin embargo, de estas constataciones no se desprende necesariamente la conclusión de que el proletariado haya dejado de constituir el sujeto potencial de una transformación revolucionaria. Entre el reconocimiento de una derrota histórica y la afirmación de una imposibilidad histórica existe una diferencia decisiva. Que las formas políticas mediante las cuales el proletariado actuó durante un determinado período hayan entrado en crisis no implica que hayan desaparecido las relaciones sociales que hicieron posible su aparición. Menos aún autoriza a concluir que la contradicción entre capital y trabajo haya perdido su carácter estructurante dentro del capitalismo contemporáneo.

La hipótesis que orienta este artículo es precisamente la contraria. La reorganización mundial del capitalismo iniciada en la década de 1970 no ha eliminado el fundamento material del proletariado, sino que lo ha transformado y ampliado a una escala desconocida hasta entonces. La desindustrialización relativa de Europa y Norteamérica ha coincidido con una extraordinaria expansión del trabajo asalariado en Asia, América Latina, África y Europa oriental; la fragmentación de los procesos productivos ha ido acompañada por una integración cada vez más intensa del mercado mundial; y la diversificación de las formas de empleo no ha reducido la dependencia salarial, sino que la ha extendido a nuevos sectores de la población.

Es crucial distinguir dos planos: crisis de conciencia de clase,  organizaciones obreras y formas históricas de la política proletaria, por un lado, y, por otro, la persistencia de condiciones objetivas que hacen posible la existencia de una clase definida por la necesidad de vender su fuerza de trabajo para vivir.

El propósito de este trabajo no consiste, por tanto, en negar la profundidad de la derrota sufrida por el movimiento obrero durante las últimas décadas ni en idealizar unas formas de organización cuya crisis es evidente. Tampoco pretende defender una concepción esencialista del proletariado como sujeto predestinado de la historia. Su objetivo es más limitado, pero también más preciso: examinar si las transformaciones experimentadas por el capitalismo justifican realmente la conclusión de que la clase trabajadora ha perdido definitivamente toda potencialidad revolucionaria o si, por el contrario, la crisis afecta principalmente a las formas históricas de su organización y no a la posición estructural que continúa ocupando dentro de las relaciones de producción.

Responder a esta cuestión exige desplazar el análisis desde el espacio restringido de las sociedades occidentales hacia el capitalismo mundial realmente existente. Sólo desde esa perspectiva resulta posible valorar hasta qué punto la expansión planetaria del trabajo asalariado, las nuevas migraciones internacionales, la reorganización de las cadenas globales de producción y la aparición de nuevas formas de explotación modifican —o confirman— la hipótesis clásica según la cual la contradicción entre capital y trabajo continúa constituyendo el eje fundamental de las sociedades capitalistas.

El capitalismo tardío, obsoleto en su promesa de bienestar general, se aferra a la supervivencia mediante una deriva hacia la economía de guerra. Cuando la rentabilidad de la producción civil se agota, se reactivan ciclos de gasto militar, priorización de la seguridad y excepcionalidad permanente que disciplinan a la sociedad y reconfiguran las prioridades públicas. Este régimen, criminal en sus efectos, externaliza costes —ambientales, humanos y democráticos— mientras convierte el miedo y el conflicto en nuevos nichos de acumulación. En ese horizonte, la precarización del trabajo y la disolución del papel del proletariado como sujeto político no son fallos del sistema, sino condiciones de posibilidad para un modelo que necesita población disponible, desorganizada y vigilada, al servicio de una maquinaria que produce valor a través de la destrucción.

El proletariado como relación social y no como figura histórica

El debate sobre la vigencia del proletariado suele partir de los cambios del capitalismo contemporáneo para luego extraer conclusiones sociológicas. Conviene, antes, fijar el concepto: el proletariado no es una figura histórica particular —el obrero fabril fordista— sino una posición en las relaciones sociales de producción.

Desde este punto de vista, resulta significativo que buena parte de las tesis sobre la crisis del proletariado tomen como referencia una figura histórica muy concreta: el obrero industrial, concentrado en grandes establecimientos fabriles, organizado sindicalmente, integrado en barrios obreros relativamente homogéneos y portador de una cultura colectiva construida a lo largo de más de un siglo de luchas sociales. Esa figura existió y desempeñó un papel decisivo en la historia del movimiento obrero europeo. Pero identificarla con el proletariado en cuanto tal supone convertir una experiencia histórica determinada en una definición universal.

Marx nunca procedió de ese modo. A lo largo de El capital, la condición proletaria no aparece caracterizada por un oficio, una rama industrial o una forma específica de organización del trabajo. Lo que define al proletario es su posición dentro de las relaciones sociales de producción. El trabajador es proletario porque carece de medios propios para producir y reproducir su existencia y, por ello, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo al propietario del capital. Esta definición posee un grado de abstracción suficiente para abarcar formas de trabajo extraordinariamente diversas y explica, precisamente por ello, la enorme capacidad de adaptación del capitalismo a contextos históricos cambiantes.

La distinción no es un simple problema terminológico. De ella depende toda la interpretación posterior. Si se identifica el proletariado con la gran clase obrera industrial surgida durante el capitalismo fordista, resulta relativamente sencillo concluir que hoy nos encontramos ante su declive. Si, por el contrario, se entiende el proletariado como una relación social determinada por la dependencia salarial y la expropiación de los medios de producción, entonces la cuestión cambia completamente de naturaleza. Ya no se trata de preguntar si la vieja figura del obrero industrial continúa siendo mayoritaria, sino de averiguar si el desarrollo del capitalismo ha reducido o ampliado el número de personas cuya existencia depende de la venta de su fuerza de trabajo.

La respuesta parece bastante clara. Durante las últimas cinco décadas, el capitalismo ha conocido una expansión extraordinaria de las relaciones salariales. No porque haya mejorado las condiciones de vida de quienes trabajan, sino porque ha incorporado a la producción mercantil regiones enteras del planeta que hasta entonces permanecían parcialmente al margen de ella. El proceso de urbanización acelerada que ha acompañado a la globalización económica constituye, probablemente, el mayor movimiento de proletarización de toda la historia.

Conviene detenerse un momento en este aspecto, porque suele quedar oscurecido por una mirada excesivamente centrada en la experiencia europea. Desde finales de los años setenta, cientos de millones de campesinos abandonaron las economías rurales para incorporarse a la producción capitalista. La industrialización de China representa el ejemplo más conocido, pero no el único. Procesos similares, aunque de menor intensidad, pueden observarse en Vietnam, Bangladés, India, Indonesia, México o Etiopía. En todos estos casos, asistimos a la formación de enormes concentraciones de trabajadores asalariados cuya existencia social responde exactamente a la definición clásica del proletariado.

Lo que desaparece, por tanto, no es el proletariado, sino una determinada geografía industrial. La deslocalización productiva suele interpretarse desde Europa como un fenómeno de desindustrialización, cuando en realidad constituye una redistribución internacional de la producción. Las fábricas que cerraban en el norte del continente reaparecían, ampliadas en muchos casos, en el delta del río Perla, en las zonas económicas especiales chinas, en los corredores industriales del sudeste asiático o en las maquilas centroamericanas. El capital abandonaba unos territorios para instalarse en otros, pero seguía dependiendo del trabajo asalariado como condición indispensable de su valorización.

Este desplazamiento geográfico tiene consecuencias importantes para la teoría social. Si el análisis permanece encerrado dentro de las fronteras europeas, la impresión de que el proletariado se desvanece resulta comprensible. Los viejos barrios obreros desaparecen, las grandes factorías reducen plantilla, los sindicatos pierden afiliados y el empleo industrial deja paso a actividades terciarias. Sin embargo, esa imagen cambia radicalmente cuando el marco de observación deja de ser nacional o continental y pasa a ser mundial. Lo que aparece entonces no es una reducción de la clase trabajadora, sino su extraordinaria expansión, acompañada de una reorganización profunda de la división internacional del trabajo.

En este punto conviene introducir una matización importante. Reconocer que el proletariado ha aumentado numéricamente no significa negar que hayan cambiado las condiciones bajo las cuales puede constituirse como sujeto político. Sería absurdo ignorar que la fragmentación productiva, la precarización del empleo, la individualización de las relaciones laborales o la dispersión territorial dificultan enormemente la construcción de organizaciones estables y de identidades colectivas comparables a las que caracterizaron al movimiento obrero clásico. Pero, precisamente por ello, resulta necesario distinguir cuidadosamente entre la existencia objetiva de una clase y las formas históricas que adopta su organización política.

La confusión entre ambos planos ha acompañado con frecuencia las discusiones de las últimas décadas. Allí donde desaparecen las viejas organizaciones obreras, se tiende a concluir que ha desaparecido también la clase que las hizo posibles. Sin embargo, la relación puede formularse exactamente al revés. Quizás lo que ha entrado en crisis no sea el proletariado, sino las formas organizativas heredadas de una fase determinada del desarrollo capitalista. Si esta hipótesis fuera correcta, el problema político dejaría de consistir en encontrar un nuevo sujeto revolucionario y pasaría a ser el de comprender cómo puede reorganizarse una clase que continúa existiendo bajo condiciones profundamente modificadas.

Esta cuestión nos conduce directamente al núcleo del debate. Porque, en realidad, la discusión no gira únicamente en torno a la sociología del trabajo contemporáneo. Lo que está en juego es la interpretación misma de la derrota histórica sufrida por el movimiento obrero durante las últimas décadas. Y es precisamente ahí donde las tesis de Ibáñez y Amorós muestran, a mi juicio, sus principales limitaciones.

La derrota del movimiento obrero y la ilusión de su desaparición

La cuestión adquiere un relieve diferente cuando se deja de considerar únicamente la evolución del trabajo asalariado y se examina la trayectoria histórica del movimiento obrero. Es aquí donde, probablemente, reside el origen del diagnóstico pesimista que recorre buena parte del pensamiento crítico contemporáneo. Porque resulta difícil negar que las organizaciones que durante más de un siglo articularon la experiencia política de la clase trabajadora atraviesan una crisis de enorme profundidad. Los grandes sindicatos se han institucionalizado, los partidos obreros han abandonado hace tiempo cualquier horizonte de transformación social, la cultura proletaria que caracterizó amplias zonas industriales prácticamente ha desaparecido y las sucesivas derrotas sufridas desde finales de los años setenta han debilitado la confianza en la capacidad del conflicto social para alterar el curso del capitalismo.

Todo ello constituye un hecho histórico que ninguna interpretación seria puede ignorar. Sin embargo, reconocer esa derrota no obliga necesariamente a aceptar las conclusiones que con frecuencia se derivan de ella. Entre la constatación de una derrota política y la afirmación de que el proletariado ha dejado de ocupar un lugar central en el capitalismo existe un salto argumentativo que rara vez se justifica de manera suficiente.

Quizás convenga recordar una evidencia elemental. Las clases sociales no desaparecen porque sean derrotadas. Si así fuera, habría que concluir que la burguesía dejó de existir cada vez que perdió el poder político en algún proceso revolucionario o que la aristocracia desapareció inmediatamente después de las revoluciones liberales. Las clases no se definen por el éxito o el fracaso de sus organizaciones, sino por la posición que ocupan dentro de las relaciones sociales de producción. Las derrotas modifican la correlación de fuerzas, destruyen instituciones, interrumpen tradiciones políticas e incluso alteran profundamente la conciencia colectiva, pero no transforman por sí mismas la estructura fundamental de las relaciones sociales.

Esta observación resulta especialmente pertinente cuando se analiza la evolución del capitalismo desde la década de 1970. La ofensiva neoliberal no consistió únicamente en una serie de reformas económicas. Fue, ante todo, una gigantesca operación política dirigida a quebrar el poder acumulado por el movimiento obrero durante el ciclo abierto tras la Segunda Guerra Mundial. Las derrotas de los mineros británicos, la reconversión industrial en buena parte de Europa, la flexibilización del mercado de trabajo, la deslocalización productiva o la creciente sumisión de la economía a las finanzas no fueron procesos independientes entre sí. Formaron parte de una estrategia de reorganización del capitalismo cuyo objetivo consistía precisamente en debilitar la capacidad de negociación y de resistencia de la clase trabajadora.

Resulta paradójico que el éxito de esa ofensiva haya terminado interpretándose, en ocasiones, como la prueba de que el proletariado ha dejado de existir o de que habría perdido toda relevancia histórica. En realidad, podría sostenerse exactamente la tesis contraria. Si el capital desplegó semejante esfuerzo para transformar la organización del trabajo, desplazar la producción hacia otras regiones del planeta, fragmentar las plantillas y precarizar el empleo fue precisamente porque seguía considerando que la concentración obrera constituía uno de los principales límites para su proceso de acumulación. La reorganización del capitalismo no demuestra la desaparición del conflicto entre capital y trabajo; constituye una respuesta a ese conflicto.

En este punto conviene detenerse un momento en las implicaciones del propio concepto de reorganización capitalista. El capitalismo no modifica continuamente sus formas de producción por un simple afán de innovación tecnológica. Cada transformación importante responde, al menos en parte, a la necesidad de superar obstáculos surgidos durante el ciclo anterior de acumulación. La mecanización respondió a la necesidad de incrementar la productividad; el fordismo permitió organizar la producción en masa; la deslocalización facilitó la reducción de costes laborales; la logística global hizo posible coordinar procesos productivos dispersos geográficamente. Ninguna de estas transformaciones elimina el trabajo asalariado. Todas buscan reorganizarlo de una manera más favorable para la acumulación del capital.

Quizás por ello resulte más adecuado hablar de una crisis de las formas históricas del movimiento obrero que de una crisis del proletariado como clase. Las organizaciones que surgieron alrededor de la gran industria fordista respondían a unas condiciones muy determinadas: relativa estabilidad del empleo, concentración de miles de trabajadores en un mismo espacio productivo, continuidad de las relaciones laborales y existencia de comunidades obreras relativamente cohesionadas. Cuando esas condiciones desaparecen o se modifican profundamente, las formas organizativas heredadas dejan de funcionar con la misma eficacia. Pero de ahí no se deduce que desaparezca la clase cuya existencia dio origen a dichas organizaciones.

La historia ofrece numerosos ejemplos de esta diferencia. El sindicalismo revolucionario de comienzos del siglo XX no fue idéntico al cartismo inglés, ni este coincidía con las formas de organización artesanal anteriores a la Revolución Industrial. Cada transformación del capitalismo produjo nuevas formas de conflicto y exigió nuevas respuestas organizativas. Nadie habría concluido, por ello, que la clase trabajadora dejaba de existir cada vez que una de esas formas históricas entraba en crisis. Resulta extraño que hoy se acepte con relativa facilidad una conclusión semejante.

Todo ello obliga a replantear la cuestión inicial. Quizás la pregunta pertinente no sea si el proletariado continúa siendo idéntico al que protagonizó las grandes luchas obreras del siglo XX. Evidentemente, no lo es. Tampoco el capitalismo contemporáneo se parece al capitalismo analizado por Marx en la Inglaterra victoriana. La verdadera cuestión consiste en determinar si las transformaciones experimentadas durante las últimas décadas han alterado la relación fundamental entre capital y trabajo o si, por el contrario, únicamente han modificado las formas bajo las cuales esa relación continúa reproduciéndose.

Responder a esta pregunta exige abandonar la mirada eurocentrista y examinar el desarrollo del capitalismo como un sistema mundial. Sólo entonces resulta posible valorar hasta qué punto la aparente desaparición del proletariado constituye un fenómeno real o, más bien, un efecto de perspectiva derivado de observar únicamente una parte del proceso. La clase no muere: el capital la reconstruye.

Ahora bien, reconocer la profundidad de esa transformación no obliga a concluir que la propia posibilidad de una política de clase haya desaparecido. Significa, más bien, que las condiciones sobre las cuales dicha política deberá rehacerse son radicalmente distintas de las existentes durante buena parte del siglo XX. La diferencia es importante porque desplaza el centro del problema. Ya no se trata de decidir si el proletariado existe o no existe, sino de comprender por qué una clase objetivamente más numerosa encuentra tantas dificultades para reconocerse como tal y para dotarse de formas estables de organización.

En realidad, esta cuestión no debería sorprender. La historia del capitalismo puede leerse, en buena medida, como una historia de los esfuerzos realizados por el capital para impedir que la asociación impuesta en el proceso productivo se transforme en colaboración política contra el propio capital. Cada avance importante del movimiento obrero ha sido seguido por intentos de reorganizar la producción de tal modo que dificultara nuevas formas de solidaridad. La introducción de maquinaria, la división científica del trabajo, la descentralización productiva, la automatización, la externalización o la economía de plataformas no responden únicamente a exigencias técnicas. Constituyen también formas de organización del trabajo que modifican la capacidad de los trabajadores para actuar colectivamente.

Desde esta perspectiva, la fragmentación contemporánea del trabajo adquiere un significado diferente. No expresa el final de la contradicción entre capital y trabajo, sino una determinada forma de gestionarla. El capital no fragmenta el trabajo porque este haya dejado de ser conflictivo; lo fragmenta precisamente porque sigue siéndolo. La dispersión de las plantillas, la proliferación de empresas auxiliares, la contratación temporal o la individualización de las relaciones laborales reducen el poder de negociación de quienes trabajan y dificultan la construcción de identidades colectivas. La fragmentación no constituye la prueba de que el proletariado haya desaparecido, sino una estrategia de dominio sobre un proletariado cuya potencial capacidad de resistencia continúa siendo percibida como un problema por el propio capital.

Llegados a este punto aparece con claridad una diferencia de enfoque que atraviesa todo el debate. Allí donde algunos análisis contemplan la fragmentación del trabajo como el certificado de defunción del proletariado, cabría interpretarla, por el contrario, como una respuesta histórica del capitalismo frente a la persistencia del conflicto de clase. En el primer caso, la conclusión es inevitablemente pesimista: desaparecido el sujeto, solo quedan resistencias dispersas y luchas parciales. En el segundo, el problema adquiere un carácter muy distinto. La cuestión deja de ser la inexistencia de la clase y pasa a ser la búsqueda de nuevas formas de organización capaces de responder a las condiciones creadas por la reestructuración capitalista.

Esta diferencia no es simplemente teórica. Afecta directamente a la práctica política. Las categorías con las que se interpreta la realidad condicionan también las posibilidades que se consideran abiertas. Si se parte de la premisa de que el proletariado pertenece definitivamente al pasado, resulta lógico dirigir la atención hacia otros sujetos sociales y abandonar la perspectiva de una política de clase. Si, por el contrario, se entiende que la clase trabajadora continúa constituyendo el fundamento material del capitalismo contemporáneo, aunque profundamente transformada, la cuestión estratégica cambia por completo. El desafío ya no consiste en sustituir al proletariado por nuevos sujetos históricos, sino en comprender cómo puede recomponerse una conciencia colectiva allí donde el capital ha hecho todo lo posible por impedirla.

Esta observación permite volver, finalmente, al punto de partida del artículo. La cuestión decisiva no consiste en negar las profundas transformaciones sufridas por el capitalismo desde la década de 1970. Esas transformaciones son reales y han alterado radicalmente el paisaje social sobre el que actuó el movimiento obrero clásico. Lo discutible es convertir esos cambios en la prueba de que las relaciones fundamentales del capitalismo han dejado de existir. Porque, precisamente cuando el trabajo asalariado alcanza una extensión mundial sin precedentes, declarar agotada la categoría de proletariado parece describir menos la realidad objetiva del capitalismo que la experiencia histórica de una derrota política cuya importancia nadie debería subestimar, pero cuya explicación no puede buscarse en la supuesta desaparición de la clase que la ha sufrido.

Esta hipótesis no es meramente abstracta. Las experiencias de la autonomía obrera en Italia entre finales de los sesenta y los setenta —del ‘otoño caliente’ a la autoorganización difusa en fábrica y territorio— y los ciclos asamblearios y anarcosindicales en España durante la Transición mostraron que la asociación impuesta en la producción puede devenir participación política sin mediación de partido, mediante organización desde abajo en taller, barrio y cadenas logísticas.

Las consecuencias políticas de un diagnóstico

Hasta aquí se ha sostenido que las transformaciones experimentadas por el capitalismo desde la década de 1970 no autorizan a hablar de la desaparición del proletariado como clase social. La expansión mundial del trabajo asalariado, la reorganización geográfica de la producción y la persistencia de la relación capital–trabajo parecen apuntar, más bien, en la dirección contraria. Sin embargo, la importancia de esta discusión no radica únicamente en una cuestión de exactitud conceptual. Lo verdaderamente relevante son las consecuencias políticas que se derivan de uno u otro diagnóstico.

Las categorías teóricas nunca son neutrales. No constituyen simples instrumentos descriptivos, sino formas de ordenar la experiencia histórica y, por tanto, de delimitar el horizonte de lo políticamente posible. Cuando se modifica la manera de comprender una realidad social, cambian también las estrategias que se consideran razonables para intervenir sobre ella. En este sentido, la discusión sobre el proletariado desborda ampliamente el terreno de la sociología y se sitúa de lleno en el de la teoría política.

Si se acepta que el proletariado ha dejado de desempeñar un papel estructural en el capitalismo contemporáneo, la consecuencia lógica consiste en abandonar toda estrategia fundada sobre la organización de clase. La emancipación deja entonces de concebirse como el resultado de un conflicto que nace de las propias relaciones de producción y pasa a depender de una pluralidad de resistencias cuya articulación aparece siempre como un problema abierto. La política revolucionaria pierde así el punto de apoyo que había orientado históricamente al movimiento obrero y tiende a desplazarse hacia una multiplicidad de luchas parciales, valiosas sin duda en sí mismas, pero cuya convergencia ya no encuentra un fundamento material evidente.

No se trata de cuestionar la legitimidad ni la importancia de esas luchas. El feminismo, el ecologismo, las movilizaciones antirracistas, los conflictos por la vivienda o la defensa de los servicios públicos expresan contradicciones reales del capitalismo contemporáneo y han enriquecido notablemente el horizonte de la crítica social. El problema aparece cuando esas luchas son concebidas como sustitutos del conflicto entre capital y trabajo, y no como dimensiones específicas de una sociedad cuya estructura continúa organizada alrededor del proceso de acumulación del capital.

En realidad, el capitalismo no constituye una simple suma de dominaciones independientes entre sí. La explotación del trabajo sigue siendo el mecanismo mediante el cual se reproduce el conjunto del sistema. Ello no significa que todas las formas de opresión puedan reducirse mecánicamente a la explotación económica, pero sí implica reconocer que la acumulación del capital continúa organizando el espacio dentro del cual aquellas adquieren sus formas históricas concretas. Prescindir de esta relación supone correr el riesgo de analizar las distintas manifestaciones de la dominación como si existieran al margen del modo de producción que las articula.

Quizás sea esta una de las principales diferencias entre una crítica del capitalismo y una crítica de determinadas consecuencias del capitalismo. La primera intenta comprender la lógica que organiza el conjunto de las relaciones sociales; la segunda corre el riesgo de limitarse a combatir algunos de sus efectos más visibles sin alcanzar el principio que los produce. El problema no reside, por tanto, en ampliar el campo de las luchas emancipadoras, sino en evitar que esa ampliación termine disolviendo el análisis de las relaciones de clase en una pluralidad de conflictos desconectados entre sí.

Desde esta perspectiva, el desplazamiento teórico que puede observarse en una parte del pensamiento libertario durante las últimas décadas adquiere un significado particular. La crisis del movimiento obrero tradicional ha favorecido una comprensible desconfianza hacia las formas organizativas heredadas del siglo XX. Esa desconfianza ha estimulado una búsqueda constante de nuevos sujetos, nuevas prácticas y nuevas modalidades de intervención política. Sin embargo, en ocasiones esa búsqueda parece haber ido acompañada de un progresivo alejamiento respecto del análisis de las relaciones de producción. La crítica del trabajo ha terminado sustituyendo a la crítica del capital, y la reflexión sobre las transformaciones culturales del capitalismo ha ocupado el lugar que antes correspondía al estudio de su estructura económica.

No deja de resultar paradójico que este desplazamiento se produzca precisamente cuando el capital alcanza un grado de concentración y de centralización desconocido hasta ahora. Nunca las grandes corporaciones habían acumulado tanto poder económico, nunca las cadenas de producción habían adquirido una dimensión tan global y nunca la dependencia salarial había afectado a una parte tan amplia de la población mundial. En estas condiciones, renunciar al análisis de clase equivale, en cierto modo, a aceptar como definitiva una de las principales victorias ideológicas del neoliberalismo: la idea de que el capitalismo habría dejado de organizar la sociedad alrededor del conflicto entre quienes poseen los medios de producción y quienes solo poseen su capacidad de trabajar.

No parece casual que esta interpretación se haya difundido precisamente después de la derrota histórica sufrida por el movimiento obrero occidental. Toda derrota importante produce inevitablemente una crisis de las categorías con las que los vencidos habían interpretado el mundo. La historia del pensamiento revolucionario ofrece numerosos ejemplos de este fenómeno. Tras cada gran fracaso surge la tentación de atribuir la derrota no a la correlación histórica de fuerzas, sino a la invalidez del propio sujeto que la protagonizó. Sin embargo, una explicación de este tipo transforma un acontecimiento histórico en una supuesta necesidad estructural y convierte una derrota contingente en una conclusión teórica permanente.

Quizás sea este el punto en el que conviene introducir una última reflexión. Ninguna clase social posee garantizada de antemano una misión histórica. La existencia del proletariado no asegura por sí misma la revolución, del mismo modo que la existencia de la burguesía no garantizó automáticamente el triunfo de las revoluciones liberales. La historia no conoce sujetos providenciales. Pero reconocer este hecho no obliga a negar que determinadas clases ocupen posiciones estructurales desde las cuales pueden cuestionar el orden existente. La capacidad revolucionaria no nace de una esencia metafísica atribuida al proletariado, sino de la contradicción objetiva que enfrenta al capital con quienes producen la riqueza social y, sin embargo, permanecen separados de los medios que la hacen posible.

Por ello, el problema central de nuestro tiempo no consiste en encontrar un sujeto que sustituya al proletariado, sino en comprender las formas concretas bajo las cuales el proletariado del siglo XXI puede reconstruir su capacidad de acción colectiva. La cuestión estratégica no ha cambiado tanto como a veces se afirma. Lo que ha cambiado son las condiciones históricas en las que esa estrategia deberá desarrollarse.

Las migraciones internacionales y la producción de un nuevo proletariado global

Existe un fenómeno que, por sí solo, basta para poner en cuestión las tesis sobre la supuesta desaparición del proletariado: las grandes migraciones internacionales de trabajadores que caracterizan el capitalismo contemporáneo. Si el proletariado hubiera dejado de constituir el fundamento del sistema económico, resultaría difícil explicar por qué cientos de millones de personas abandonan sus países para incorporarse, casi siempre en las condiciones más precarias, a los mercados de trabajo de las economías más desarrolladas o de los nuevos polos de acumulación.

Las migraciones actuales no constituyen un fenómeno marginal ni una simple consecuencia humanitaria de guerras o catástrofes naturales. Forman parte del propio funcionamiento del capitalismo global. La libre circulación de mercancías, de capitales y de inversiones convive con un estricto control de la movilidad de la fuerza de trabajo. Esa contradicción no es accidental. El capital necesita trabajadores móviles, pero no necesariamente trabajadores con derechos. La existencia de una amplia masa de población migrante sometida a una permanente inseguridad jurídica constituye uno de los mecanismos fundamentales mediante los cuales se presionan a la baja los salarios y se debilita la capacidad de negociación del conjunto de la clase trabajadora.

Desde finales del siglo XX, Europa occidental, Estados Unidos y Canadá han recibido sucesivas oleadas migratorias procedentes de América Latina, el Magreb, África subsahariana, Europa oriental, Oriente Próximo y Asia. Estos trabajadores se concentran, de manera predominante, en aquellos sectores caracterizados por una elevada intensidad de trabajo, bajos salarios y escasa protección laboral: agricultura intensiva, construcción, hostelería, limpieza, cuidados, reparto a domicilio, logística, trabajo doméstico o determinadas ramas de la industria alimentaria y manufacturera.

La elección de estos sectores no responde a una preferencia cultural ni a una supuesta falta de cualificación. Responde a la posición estructural que el capitalismo asigna a una mano de obra cuya vulnerabilidad jurídica facilita formas de explotación mucho más intensas que las soportadas por el resto de los trabajadores. La irregularidad administrativa, la dependencia del permiso de residencia respecto del contrato de trabajo, el miedo constante a la expulsión o la amenaza permanente del desempleo convierten al trabajador migrante en una fuerza de trabajo especialmente disciplinada.

En este sentido, la figura del trabajador «sin papeles» representa una de las expresiones más acabadas del proletariado contemporáneo. Carece, en muchos casos, no sólo de propiedad sobre los medios de producción, sino incluso de los derechos civiles más elementales que permiten negociar en condiciones mínimamente igualitarias la venta de su fuerza de trabajo. Su situación revela con especial claridad la asimetría constitutiva de la relación salarial bajo el capitalismo.

Estados Unidos ofrece un ejemplo especialmente significativo. Millones de trabajadores procedentes de México, Centroamérica y otros países latinoamericanos sostienen sectores enteros de la agricultura, la construcción, la restauración o la industria cárnica. Sin embargo, esos mismos trabajadores viven bajo una permanente amenaza de deportación. Las campañas periódicas contra la inmigración irregular, la militarización de la frontera con México, las redadas policiales o el endurecimiento de la legislación migratoria no eliminan esa fuerza de trabajo. Al contrario, contribuyen a mantenerla en una situación de vulnerabilidad que beneficia directamente a numerosos sectores empresariales. La criminalización del inmigrante cumple así una función económica además de política: producir trabajadores fácilmente explotables mediante el miedo constante a perder el derecho mismo a permanecer en el país.

Una lógica semejante puede observarse en buena parte de Europa. Las fronteras exteriores de la Unión Europea se han convertido en espacios de creciente militarización mientras numerosos sectores económicos dependen estructuralmente del trabajo migrante. La agricultura intensiva del sur de España e Italia, los invernaderos, la recogida de fruta, la construcción, el trabajo doméstico o la atención a personas dependientes difícilmente podrían mantenerse sin una mano de obra procedente de África, América Latina, Europa oriental o Asia.

La contradicción resulta evidente. Los mismos Estados que levantan muros, externalizan el control de fronteras y desarrollan políticas de persecución contra la inmigración irregular necesitan simultáneamente incorporar cientos de miles de trabajadores para sostener sectores enteros de su economía. La inmigración aparece oficialmente como un problema de seguridad, mientras funciona realmente como un componente esencial del mercado laboral.

Todavía más extrema resulta la situación en los países del Golfo Pérsico. Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Baréin han construido una parte muy importante de su crecimiento económico mediante el trabajo de millones de migrantes procedentes de India, Pakistán, Bangladés, Nepal, Filipinas o Sri Lanka. Durante décadas, el sistema de patrocinio conocido como kafala subordinó jurídicamente al trabajador a su empleador hasta el punto de impedirle cambiar libremente de empleo o abandonar el país sin autorización. Aunque algunos Estados han introducido reformas parciales en los últimos años, numerosas organizaciones internacionales y sindicatos siguen documentando jornadas extenuantes, impago de salarios, confiscación de pasaportes, alojamiento indigno y graves restricciones de derechos que sitúan a muchos trabajadores en condiciones próximas a la servidumbre por deudas o a formas contemporáneas de trabajo forzado.

La preparación del Mundial de Fútbol de Catar puso esta realidad bajo el foco internacional. Miles de trabajadores migrantes participaron en la construcción de estadios, carreteras, líneas de metro y grandes infraestructuras en condiciones extremadamente duras. Lo relevante para el argumento aquí desarrollado no es únicamente la gravedad de esos abusos, sino lo que revelan acerca del funcionamiento del capitalismo global: las grandes obras del siglo XXI siguen descansando sobre enormes masas de trabajadores privados de capacidad efectiva para negociar las condiciones de venta de su fuerza de trabajo.

Las migraciones asiáticas ofrecen otro ejemplo de la misma dinámica. Millones de trabajadores se desplazan cada año desde zonas rurales de China hacia los grandes centros industriales de la costa; desde Indonesia, Filipinas o Vietnam hacia las economías más desarrolladas del Este asiático; o desde Bangladés y Nepal hacia las monarquías petroleras del Golfo. En todos estos casos, la movilidad de la fuerza de trabajo constituye un elemento central de la acumulación capitalista contemporánea.

Tampoco puede olvidarse la situación del pueblo palestino. La ocupación, la fragmentación territorial y la destrucción sistemática de buena parte de la economía palestina han producido durante décadas una masa de trabajadores profundamente dependiente del mercado laboral israelí o del empleo precario en los territorios ocupados. La privación de derechos nacionales se combina aquí con una intensa subordinación económica, mostrando de nuevo cómo la dominación política y la explotación laboral pueden reforzarse mutuamente.

En conjunto, estos procesos permiten comprender que el capitalismo contemporáneo no sólo reproduce continuamente nuevas formas de proletariado, sino que las internacionaliza. La movilidad masiva de trabajadores constituye una condición estructural del proceso de acumulación. Allí donde el capital necesita reducir costes laborales, encuentra en la población migrante una fuerza de trabajo especialmente vulnerable cuya precariedad jurídica facilita formas intensificadas de explotación.

Por ello, las migraciones internacionales no desmienten la teoría de la división social en clases antagónicas; la confirman de manera particularmente contundente. El capitalismo no está sustituyendo el trabajo asalariado por otra forma de organización social. Está ampliando el mercado mundial de trabajo, incorporando continuamente nuevos contingentes de trabajadores y produciendo deliberadamente situaciones de desigualdad jurídica que permiten aumentar la tasa de explotación.

La figura del migrante sin papeles, del temporero agrícola, de la empleada doméstica extranjera, del repartidor de plataforma digital, del obrero asiático de la construcción o del trabajador palestino sometido a la ocupación expresa quizás mejor que ninguna otra la condición proletaria del siglo XXI. No representan una excepción respecto del funcionamiento normal del capitalismo; representan una de sus manifestaciones más características. Su existencia constituye, precisamente por ello, una de las refutaciones empíricas más sólidas de la tesis según la cual el proletariado habría desaparecido. Si algo demuestra el capitalismo global es exactamente lo contrario: nunca había necesitado movilizar, desplazar y explotar una masa tan inmensa de trabajadores asalariados a escala planetaria.

Programa de acción: doce líneas para la recomposición del proletariado.

Si el proletariado no ha desaparecido, sino que ha sido dispersado, precarizado e internacionalizado, la cuestión estratégica consiste en reconstruir su capacidad de organización autónoma. Ello exige abandonar tanto la nostalgia por las formas del pasado como la resignación derrotista que declara imposible toda política de clase. No existe un modelo único, pero sí pueden señalarse algunas orientaciones fundamentales.

1.Reconstruir la sociabilidad proletaria.

La primera tarea consiste en recuperar espacios de encuentro, debate y solidaridad en barrios, centros de trabajo, centros de estudio y territorios. Sin relaciones sociales permanentes no existe conciencia colectiva, y sin ésta ninguna organización puede sostenerse frente al capital.

2.Organizar allí donde hoy trabaja la mayoría.

El nuevo movimiento obrero deberá implantarse prioritariamente en la logística, el transporte, las plataformas digitales, la sanidad, la enseñanza, la hostelería, el comercio, los cuidados, la agricultura intensiva, las subcontratas industriales y los grandes centros de distribución. La organización debe seguir el desplazamiento real del capital.

3. Superar la fragmentación laboral.

La división entre trabajadores fijos y temporales, nacionales y migrantes, asalariados y falsos autónomos, empleados públicos y privados, constituye uno de los principales instrumentos de dominio empresarial. La organización de clase debe reconstruirse sobre la realidad material compartida y no sobre las categorías administrativas impuestas por el mercado o el Estado.

4. Incorporar plenamente al proletariado migrante.

La igualdad de derechos laborales, sociales, sindicales y políticos entre trabajadores autóctonos y migrantes constituye una condición imprescindible para impedir que el capital utilice la desigualdad jurídica como mecanismo permanente de reducción salarial e imposición de una disciplina colectiva.

5. Recuperar el sindicalismo de acción directa.

El sindicalismo debe volver a convertirse en una herramienta de conflicto cotidiano y no en un aparato de gestión institucional. La asamblea, la revocabilidad de los delegados, el federalismo, la autonomía respecto del Estado y la acción directa continúan siendo principios plenamente vigentes.

6. Construir instituciones propias de apoyo mutuo.

Cajas de resistencia, cooperativas de consumo, asesorías laborales, ateneos, bibliotecas sociales, redes de cuidados, centros culturales, escuelas populares y espacios comunitarios constituyen la infraestructura material indispensable para sostener conflictos prolongados y fortalecer la autonomía de la clase.

7. Coordinar las luchas a escala internacional.

Frente a un capital organizado globalmente, las respuestas exclusivamente nacionales resultan insuficientes. La cooperación entre trabajadores de una misma cadena logística o productiva, las campañas internacionales y la solidaridad efectiva deben convertirse en prácticas permanentes.

8. Vincular las luchas sociales sin diluir la cuestión de clase.

La defensa de la vivienda, la sanidad pública, la educación, el feminismo, el ecologismo social, el antirracismo o la oposición al militarismo forman parte de un mismo conflicto histórico cuando se articulan alrededor de la crítica del capitalismo y no como reivindicaciones aisladas entre sí.

9. Recuperar la formación política y la memoria histórica.

La desmemoria constituye una de las principales victorias del neoliberalismo. Resulta imprescindible reconstruir una cultura crítica mediante la formación permanente, el estudio de las experiencias históricas del movimiento obrero y libertario y la transmisión intergeneracional de saberes organizativos.

10. Combatir la economía de guerra y el autoritarismo.

La militarización creciente, el incremento del gasto en defensa, la expansión de los dispositivos de vigilancia y la normalización de los estados de excepción constituyen instrumentos destinados también a disciplinar el trabajo. La oposición al militarismo, y a la economía de guerra, forma parte inseparable de la lucha contra el capital. A las guerras del capital sólo puede oponerse la guerra de clases.

11. Democratizar la producción y la reproducción social.

La perspectiva libertaria no puede limitarse a mejorar las condiciones de venta de la fuerza de trabajo. Debe orientarse hacia el control directo de la producción por quienes trabajan, la gestión colectiva de los bienes comunes, la socialización de los cuidados y el desarrollo de formas cooperativas y federales de organización económica.

12. Construir poder popular desde abajo.

El objetivo estratégico no consiste en conquistar el Estado para administrar el capitalismo con otros gestores, sino en desarrollar una red creciente de organizaciones autónomas capaces de disputar al capital funciones económicas, sociales, culturales y políticas. La autoorganización, el cooperativismo, el federalismo, la democracia directa y el apoyo mutuo no constituyen únicamente principios éticos; representan también las condiciones materiales para una transformación revolucionaria de la sociedad.

Estas doce orientaciones no constituyen un programa cerrado ni un catálogo exhaustivo de reivindicaciones. Pretenden señalar una dirección estratégica. El capitalismo del siglo XXI ha modificado profundamente la composición del proletariado, pero no ha eliminado la contradicción fundamental entre quienes poseen los medios de producción y quienes sólo poseen su capacidad de trabajar. Si esa contradicción continúa estructurando la sociedad, la tarea del movimiento libertario no consiste en buscar un sujeto alternativo, sino en contribuir a la recomposición consciente, autónoma, federal e internacionalista de la clase trabajadora. Menos obituarios y más organización.

Conclusiones: la derrota del movimiento obrero y los límites del derrotismo

El recorrido realizado a lo largo de estas páginas permite extraer una conclusión que, aunque sencilla en su formulación, posee importantes consecuencias teóricas y políticas. Las profundas transformaciones experimentadas por el capitalismo desde la década de 1970 no autorizan, por sí solas, a concluir que el proletariado haya dejado de constituir el sujeto potencial de una transformación revolucionaria. Lo que esas transformaciones ponen de manifiesto es, ante todo, la crisis de las formas históricas mediante las cuales la clase trabajadora consiguió organizarse durante el largo ciclo del movimiento obrero.

Esta es una distinción que conviene preservar cuidadosamente. La derrota del movimiento obrero europeo, la descomposición de la cultura obrera tradicional, la integración institucional de buena parte del sindicalismo, la fragmentación de los procesos productivos o la creciente individualización de las relaciones sociales constituyen hechos históricos ampliamente documentados. Negarlos equivaldría a ignorar medio siglo de evolución del capitalismo. Sin embargo, de esa constatación no se deduce necesariamente que hayan desaparecido las relaciones sociales que hicieron posible la aparición del proletariado como clase ni, mucho menos, que se haya extinguido toda posibilidad de una política fundada sobre el conflicto entre capital y trabajo.

En este punto se sitúa, precisamente, la discrepancia que este artículo mantiene con una parte del pensamiento libertario contemporáneo. Autores como Tomás Ibáñez y Miquel Amorós han descrito con notable lucidez la profundidad de la derrota sufrida por el movimiento obrero y la capacidad del capitalismo para desarticular las formas de sociabilidad que alimentaban la conciencia de clase. Sus análisis contienen observaciones de gran valor sobre la mercantilización de la vida cotidiana, la crisis de las organizaciones tradicionales, la desaparición de los antiguos barrios obreros o la integración del conflicto social en los mecanismos de gestión del sistema. Todo ello constituye una aportación imprescindible para comprender el presente.

La discrepancia aparece cuando ese diagnóstico histórico se convierte en una conclusión estratégica. Porque una cosa es afirmar que el proletariado ha perdido, hasta el momento, la centralidad política que llegó a poseer durante una determinada etapa del desarrollo capitalista, y otra muy distinta sostener que esa pérdida constituye una transformación irreversible o que el capitalismo ha dejado de producir las condiciones materiales sobre las que podría reconstruirse una política de clase. Entre ambas afirmaciones existe un salto teórico que los hechos examinados en este trabajo no parecen justificar.

La reorganización mundial del capitalismo muestra, por el contrario, una realidad más compleja. Nunca antes había existido una clase trabajadora tan numerosa, tan internacionalizada y tan integrada en un único mercado mundial. La expansión de la producción industrial en Asia, el crecimiento de la logística global, la proletarización de amplios sectores de los servicios, la extensión del trabajo precario y de las plataformas digitales, así como las grandes migraciones laborales que recorren el planeta, indican que el capitalismo continúa reproduciendo masivamente la condición proletaria. Lo que ha cambiado no es la existencia de esa clase, sino sus formas de composición, sus espacios de concentración, sus experiencias comunes y las condiciones en las que puede desarrollar una conciencia colectiva.

Precisamente las migraciones internacionales constituyen una de las expresiones más claras de este proceso. Millones de trabajadores atraviesan cada año las fronteras para incorporarse a mercados laborales donde ocupan los puestos más precarios y peor remunerados. Desde los jornaleros agrícolas del sur de Europa hasta los trabajadores latinoamericanos perseguidos y criminalizados en Estados Unidos; desde las empleadas domésticas migrantes hasta los obreros asiáticos sometidos durante años al sistema de patrocinio de las monarquías del Golfo; desde los trabajadores palestinos condicionados por la ocupación hasta quienes sostienen las grandes redes mundiales de logística y distribución, el capitalismo contemporáneo sigue produciendo nuevas formas de proletariado cuya vulnerabilidad jurídica se convierte, precisamente, en una fuente adicional de explotación. Lejos de anunciar el final de la condición proletaria, estas realidades muestran su ampliación y diversificación a escala planetaria.

El estatus jurídico precario, herramienta estatal de disciplina laboral, confirma que la lucha de clases es inseparable de la lucha contra fronteras, racismo institucional y policía del trabajo.

Por ello, el problema central ya no consiste en determinar si el proletariado existe. Esa cuestión pertenece, en buena medida, al terreno de la evidencia empírica. La verdadera pregunta es otra: por qué una clase objetivamente más extensa que nunca aparece políticamente fragmentada y qué condiciones históricas podrían hacer posible una nueva recomposición de su capacidad de acción colectiva.

Responder a esta cuestión exige abandonar dos simplificaciones opuestas. La primera consiste en imaginar que bastaría con reconstruir las formas organizativas del movimiento obrero clásico. La historia no retrocede y el capitalismo del siglo XXI no reproduce las condiciones sociales sobre las que crecieron las organizaciones revolucionarias del pasado. La segunda consiste en concluir que, puesto que aquellas formas históricas han sido derrotadas, también lo ha sido definitivamente la posibilidad de una política proletaria. Esta segunda simplificación transforma una derrota histórica en una imposibilidad estructural y convierte una coyuntura, por profunda que sea, en una ley de la historia.

Sin embargo, la historia del capitalismo enseña precisamente lo contrario. Las formas de organización de la clase trabajadora nunca han permanecido invariables. El sindicalismo de resistencia, los consejos obreros, las colectividades revolucionarias, los grupos de afinidad, las organizaciones anarcosindicalistas, las comisiones obreras revocables, los ateneos obreros, las  cooperativas, los comités revolucionarios o de defensa o de abastos, las escuelas racionalistas, las asociaciones de ayuda mutua y las coordinadoras de trabajadores surgieron siempre como respuestas específicas a condiciones históricas determinadas. Ninguna de ellas fue deducida de una teoría previa ni respondió a un modelo universal. Todas nacieron del encuentro entre una estructura objetiva de explotación y la capacidad de los propios trabajadores para construir instituciones adaptadas a su tiempo.

No existe razón para pensar que ese proceso histórico haya concluido definitivamente. Lo que la derrota del movimiento obrero obliga a reconocer no es el agotamiento de la contradicción entre capital y trabajo, sino la necesidad de repensar las formas mediante las cuales esa contradicción puede traducirse nuevamente en organización, solidaridad y proyecto emancipador. El capitalismo ha transformado profundamente el trabajo; sería extraño que las formas de resistencia no tuvieran también que transformarse.

En este sentido, el derrotismo filosófico constituye una tentación comprensible, pero políticamente estéril. Toda gran derrota induce a pensar que el enemigo ha resuelto definitivamente las contradicciones que antes alimentaban la contestación. Sin embargo, el capitalismo continúa dependiendo, hoy como ayer, del trabajo vivo; continúa organizando la producción mediante relaciones salariales; continúa concentrando la riqueza en un polo y la dependencia económica en el otro; continúa desplazando millones de trabajadores allí donde la acumulación lo requiere y continúa recurriendo a la precariedad, a la fragmentación y a la desigualdad jurídica como instrumentos para disciplinar la fuerza de trabajo. Ninguna de estas tendencias apunta hacia la desaparición de la cuestión social. Más bien indican que esta adopta formas nuevas, más complejas y más internacionales que las conocidas por el movimiento obrero clásico.

En clave libertaria, esta dispersión exige formas de organización flexibles: redes de apoyo mutuo barrio–tajo, secciones sindicales no burocratizadas, grupos de autonomía obrera no sustitutivos de la clase y coordinación federal entre nodos logísticos, riders, subcontratas y cuidados.

La tarea de una teoría crítica no consiste, por tanto, en certificar el final del proletariado como sujeto histórico, sino en comprender las metamorfosis que el propio capitalismo impone a la composición de la clase trabajadora y a sus posibilidades de organización. La cuestión decisiva ya no es si el proletariado del siglo XXI se parece al de hace cien años. Evidentemente, no se parece. La cuestión consiste en averiguar qué formas de conciencia, de solidaridad y de organización pueden surgir de las condiciones específicas creadas por el capitalismo global.

Lejos de clausurar la perspectiva de una política de clase, el capitalismo contemporáneo obliga a replantearla sobre nuevas bases. La derrota del movimiento obrero pertenece a la historia. La contradicción entre capital y trabajo pertenece todavía al presente. Confundir ambas cosas significa convertir una experiencia histórica, por dramática que haya sido, en una conclusión teórica que los hechos no autorizan. Y quizás sea precisamente esa confusión uno de los principales obstáculos para pensar las posibilidades emancipadoras de nuestro tiempo.

Ejemplos históricos cercanos avalan esta orientación. La autonomía obrera italiana (1969–1977) y las experiencias asamblearias y anarcosindicales en la España de la Transición evidenciaron que la clase puede recomponerse fuera de la tutela de partidos y Estados: autoorganización en los puntos de producción y reproducción, coordinación territorial y federal, y politización de los trabajadores sin vanguardias.

La tarea no es sustituir al proletariado por un nuevo sujeto providencial, ni subordinarlo a partidos o Estados, sino recomponer su potencia autónoma, horizontal y federal para desbordar el capital en todos los ámbitos de la vida. Si el capital es global y total, nuestra organización también debe serlo.

Nada en lo anterior confiere al proletariado una “misión histórica” garantizada. La existencia de la clase no asegura su victoria; solo indica el terreno en el que la lucha puede disputarse. La alternativa al derrotismo no es prometer la insurrección, sino reconstruir condiciones de posibilidad: sociabilidades, infraestructuras de conflicto, coordinaciones revocables, internacionalismos efectivos, comunidades de lucha. En eso consiste, hoy, sostener una perspectiva libertaria de la clase: no en proclamarla, sino en prepararla. Y ahí parecen estar Liza, Embat, Batzac y tantos otros, reclamando más protagonismo al proletariado y menos obituarios derrotistas.

“Revolución o barbarie” ya no es una consigna: es una alternativa real y, a medio plazo, entre dos futuros antagónicos.

Agustín Guillamón

Barcelona, julio de 2026

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Politizar el sufrimiento: capitalismo y salud mental…

13 Julio 2026 at 18:07

De-liberaciones en psicología social (deliberaciones.org) es un espacio psicosocial para la acción social emancipadora y la construcción de autonomía. Somos un colectivo autónomo que pusimos en marcha hace ya más de diez años; nos articulamos con diversos movimientos sociales para la actuación psicosocial. Realizamos actividades de acompañamiento, investigación, estudio y formación en diversos aspectos relacionados con el afrontamiento del daño y el sufrimiento psicosocial y el pensamiento crítico

Artículo publicado en Redes Libertarias núm. 5 (primavera 2026)

Introducción

Vivimos tiempos en que las condiciones sociales producen un intenso y extenso sufrimiento psicosocial; en los últimos años el tema aparece con frecuencia en el debate público en términos de “salud mental”.

Sin embargo, desde las perspectivas hegemónicas en psicología y psiquiatría se pretende acotar en el individuo el origen de las problemáticas, reduciendo las alternativas de afrontamiento a la interioridad y la biología de las personas, sin apenas consideración del enorme peso que en ese sufrimiento tiene el contexto de relaciones sociales, económicas, políticas, históricas y de poder. De esta manera, se contribuye a mantener un orden social injusto que sigue produciendo sufrimiento evitable a las personas, las comunidades y los pueblos. El actual sistema dominante de relaciones económicas y sociales es el capitalismo.

Cuando defendemos la necesidad de politizar el sufrimiento psicosocial nos referimos a que es indispensable reconocer el malestar como inmerso en el contexto de relaciones sociales dominantes, construidas históricamente y, en consecuencia, construir alternativas, también colectivas, de afrontamiento que reconozcan que el origen de numerosos problemas y daños que se producen en las personas se encuentran, en gran medida, también, en unas relaciones sociales dañadas y dañinas, que no reconocen ni respetan, en su necesaria plenitud, la dignidad de todo ser humano; y que, por tanto, es necesario ajustar, hacer más justas, esas formas de relación social, redimiendo el pasado en el presente hacia un futuro que haga justicia a las víctimas de la historia.

Estos tiempos…

En este nuestro contexto, en apenas algo más de una década, el panorama ha cambiado sustancialmente: se ha atravesado algún proceso, las crisis climáticas se revelaron más claras, nos impactó una terrible pandemia, las luchas feministas han conseguido hacer patente la interseccionalidad de los diversos ejes de opresión y su fuerza argumentadora y emancipadora ha iluminado transversalmente la vida política y social desde las estructuras más amplias hasta las capilaridades de lo cotidiano. De la inicial efervescencia desbordante del 15M se ha transitado en pocos años al auge eufórico y envalentonado de la extrema derecha y el fascismo.

De la alarma internacional ante el calentamiento global, se está transitando a la hegemonía del negacionismo climático de la ultraderecha global; de escudos sociales ante la pandemia, así resultaran medio inoperantes, a la estigmatización de las “paguitas”; de la protección del derecho a la vivienda a inquiokupas, y a la instauración de la visión del mundo de bandas de golpeadores fascistas; de las conquistas históricas de las luchas feministas al auge del machismo entre los más jóvenes; el falangismo se disfraza de rebeldía y antisistema; es el mundo al revés, la clase victimaria pretende apropiarse del lugar de quienes sufren la injusticia, de las víctimas; la guerra cultural retuerce la realidad y produce subjetividades funcionales entre sus mismas víctimas, fragmentadas y llevadas a enfrentarse por las migajas.

Pintada aparecida en la pared del psiquiátrico Germanes Hospitalàries del Sagrat Cor de Jesús – Benito Menni (Sant Boi de Llobregat). Fuente: https://xarxadegam.wordpress.com

El capitalismo se reinventa. Todo es sometido a los cambios ‘técnicos’ que requiere, hay que adaptarse, con eufórica resiliencia… Los cambios se suceden inexcusablemente, a mayor velocidad, mayor profundidad, agudos, intensos y ex-tensos, en todo espacio y tiempo, en cada fibra relacional. Del acontecimiento excepcional del shock, se siguió a la crisis total constante de una cotidianeidad que no admite tregua en una carrera ineludible, de confusión desbocada hacia no se sabe dónde, y que en el camino pulveriza por agotamiento nuestros cuerpos y nuestras almas. La podredumbre y el fatalismo llega a los más básicos vínculos sociales.

Los cambios geoestratégicos se andan dibujando en guerras como las de Ucrania y Palestina, en donde se valida el genocidio de un pueblo, si sirve a los propios intereses. El orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en paradigmas de legalidad y derecho internacional, así se utilizara hipócrita e instrumentalmente en la realidad, se sustituye sin tapujos por la ley del más fuerte, de quien puede dispensar más violencia de manera organizada. Es la profundización de la lógica del cálculo militar para el mercado. No importa qué se destruye, la destrucción, como forma de gobierno y transformación global, abre oportunidad de negocio, así lleve a la destrucción del planeta. Volvió a aparecer la posibilidad de la destrucción nuclear. Los bloques geoestratégicos se andan recomponiendo.

Las plutocracias de la clase rica y dominante acumulan cada vez más riqueza y mayor poder de dominio; las clases pobres y trabajadoras, cada vez son más numerosas, más pobres, más presionadas para tratar de alcanzar los bienes necesarios para vivir, y resultan más explotables, más desechables. La destrucción, como forma de gobierno y transformación, también se abre paso fractalmente hacia el interior de las sociedades: con la destrucción de los valores y los lazos sociales de solidaridad y comunidad, el individualismo lleva la fragmentación hasta la interioridad de cada persona.

La clase trabajadora es insertada en el cálculo de la escasez. Con el salario mínimo no se puede pagar ni el alquiler de una vivienda, pero desde el gobierno se declara que ya no es de subsistencia. Hay que trabajar más años para conseguir una peor jubilación, pero se explota más intensamente y se desecha más prontamente a quienes trabajan. Trabajar produce más daños en la salud, tanto físicos como psicosociales. Los derechos laborales se consideran costes económicos que impiden el desarrollo. Hay que motivar a la clase trabajadora para adaptarse a las nuevas necesidades, trabajar más por menos para evitar medidas más dolorosas. Ni el pretendido “salario emocional”, ni la intensificación de los discursos de la “resiliencia” evitan los daños psicosociales, bien al contrario, los incrementan y profundizan; la coacción y la amenaza se instalan como base sostenedora de la relación laboral. La asimetría de poder se hace cada vez más pronunciada en favor de quien detenta la ventaja de poder, el empresariado. Desde ahí, la gubernamentalidad empresarial aumenta el espectro de su intervención psicosocial sobre la interioridad de quienes trabajan, para conducir sus conductas, para que resulten más funcionales a sus objetivos de lucro.
La lógica de gobierno empresarial se autoarroga el lugar de la objetividad y lo técnico, de lo indiscutible y conquistan los dispositivos gubernamentales; la razón de la posición de ventaja de poder se camufla bajo el manto de lo científico y lo técnico en la resolución de lo conflictivo. Las condiciones laborales se deterioran, la organización de la clase trabajadora se dificulta cada vez más con la precarización. Pero a pesar de todo se da…

Y entonces, la gubernamentalidad empresarial empieza a presentar patrones de actuación que reproducen fractalmente la actuación de la ultraderecha en la vida social y política. La intensificación del juego sucio, las trampas, la mentira, la coacción, la simulación, las denuncias penales de lawfare sindical, la sofisticación de la inducción de fragmentación, los pagos miserables, el esquiroleo, la complicidad de sindicatos mayoritarios para ahogar la organización autónoma de secciones sindicales e, incluso, la violencia intimidatoria. Son cambios inquietantes, que alteran el marco relacional, que en este país remiten a otras épocas históricas y que nos interpelan a revisar nuestras formas de análisis, organización y actuación.

En jornadas técnicas, las autoridades sanitarias y laborales del Estado muestran su preocupación por la situación de las bajas laborales por salud mental. Por el coste económico que supone para las arcas públicas y empresariales, o por no tener unos buenos dispositivos para su gobierno; por el sufrimiento psicosocial y en el conjunto de las vidas de lxs trabajadores, no… finalmente, para estos agentes, así se vistan de progresistas, en su racionalidad para analizar el mundo, ese sufrimiento, evitable, no es más que una variable en el cálculo de gobierno: “recursos humanos”. En todo caso, ese sufrimiento psicosocial puede y debe ir al mercado, un nicho de mercado, que genere más negocio, lucro, ganancias, desarrollo… es el capitalismo, amigx; y para ello, será cuestión de facilitar la acción del mercado, haciendo escaso el recurso público para aliviarlo; váyase con su malestar o sufrimiento a la privada, que ahí florecen las iniciativas funcionales al sistema productivo y, por supuesto, también aquellas que se presentan como alternativas al mismo… Y si no puede pagarlo, siempre se puede acudir a ChatGPT…

Todo es sometido a los cambios ‘técnicos’ que requiere, hay que adaptarse, con eufórica resiliencia…

En nuestra época. La industria terapéutica

“Resistimos, sobre todo (es muy importante escuchar a Franz Fanon) cuando nos negamos a juzgarnos con los criterios de nuestros opresores. Cuando rechazamos los valores de la manipulación. Cuando rechazamos no sólo los términos de nuestros opresores sino la historia como ellos la cuentan”
John Berger

La industria terapéutica…

De unas redes sociales que contagiaban las esperanzas de justicia social y dignidad desde las plazas de la primavera árabe, a redes sociales que simplifican la realidad a la superficialidad fangosa de unos pocos caracteres promovidos por cálculos algorítmicos al servicio de unas élites tecnológicas que alcanzan gobiernos imperiales, saludan como nazis y pretenden colonizar Marte cuando la Tierra ya no les sirva para su crecimiento capitalista.

Mediante los canales de información se nos apresura a estar pendientes de lo que ocurre en uno u otro lado del globo, no se permite tiempo a significar lo que acontece, nada deja poso, las relaciones de poder, el contexto, la historia y las memorias están ausentes. La mentira organizada, la generación de confusión, la lucha por la atención, la emoción sobreactuada condensada en cápsulas de veinte segundos en el estímulo constante del scroll infinito del acontecimiento banal. El ideologizado mercado del capitalismo es abiertamente confundido con la realidad y la ansiedad irritada se establece como base siempre presente.

La pantallización social medra la calidad de las relaciones sociales y produce un ensimismamiento en la individualidad. A través de los dispositivos tecnológicos, los valores y el lenguaje neoliberal se cuelan en nuestras vidas y le dan forma. La productividad, la rapidez y la eficacia del mercado empapan nuestra concepción del mundo, de la vida, y de la forma en la que nos relacionamos. Nuestro hacer digital es monetizado a través de qué, con qué frecuencia y con quién nos comunicamos; de qué compramos, de cuáles son nuestros gustos, de a quién seguimos, o de cuánto tiempo utilizamos en las actividades virtuales. Nuestras vidas están en alza para el capitalismo cognitivo. La otredad solo importa como medio instrumental con qué conseguir los propios objetivos; no es otro: es un objeto a estandarizar en el mercado. El sufrimiento psicosocial y los cuidados son convertidos en un nicho de mercado más, abierto al emprendimiento…

Cartel del noveno congreso internacional de
Psicología social de la liberación, Chiapas, 2008.
Fuente: http://www.psicologiadelaliberacion.org/

Los dispositivos de esta industria terapéutica, ya sea inventando ad hoc sus propias teorías y tratamientos como marcas registradas, o bajo mantos de sucedáneos de corrientes humanistas (gestalt, trabajo de procesos, psicología positiva, psicología de la felicidad, comunicación no violenta, resolución creativa de conflictos, constelaciones varias, alternativas new age, espiritualidades de moda, el niño interior, etc.) ofrecen un sinfín de terapias catárticas, la primera gratis, en las que se tocan las teclas emocionales con que se alimenta el individualismo narcisista que ha de llevar a la compra del producto. La falacia de la pureza idealizada de la felicidad campa a sus anchas como elección obligada: todo está en tu interior, el contexto no importa, si quieres, puedes y si no puedes, hay que seguir trabajando, afortunadamente hay unos cursos intensivos de mayor nivel… Pareciera que haya que estar en un proceso constante de sanación. El negocio es muy rentable. Los productos de las estanterías del supermercado de la felicidad son inagotables.

En espacios politizados, contra-hegemónicos, alternativos…

En estos nuestros espacios también se vive y se produce un intenso malestar psicosocial; un malestar que también se origina en el marco general de relaciones sociales, pero que presenta algunas singularidades por las especificidades de sus contextos. Ante su magnitud e intensidad, cada vez más se hace más explícito el reconocimiento de la necesidad de ofrecer alguna respuesta al respecto y de generar de forma colectiva espacios de atención y discursos propios.

Sin embargo, también cada vez más fácil e inadvertidamente, la ideología del mercado va colándose a través de esta industria terapéutica que con el lenguaje empresarial neoliberal normalizado (cuantas más palabras, en inglés, más novedosa, sofisticada y eficaz se presenta la terapia), como caballo de Troya mecanicista, viene a decirnos cómo “gestionar” nuestras emociones, a ofrecernos “herramientas” para “trabajarnos” a nosotrxs mismxs, con cursos, protocolos y talleres que nos ayuden a organizarnos eficaz y eficientemente, sin dejar suelto fuera del cálculo ningún fleco de lo humano. Es necesario el cuestionamiento de cómo estas formas de terapeutización entran en los espacios que podríamos considerar como “nuestros” y transforman sus dinámicas.

Desde los espacios alternativos se critica, y en muchas ocasiones con buenos argumentos, a la academia hegemónica de las disciplinas psi por su organización vertical, burocrática o sus efectos de opresión. Sin embargo, ese espíritu crítico riguroso no se aplica a estos dispositivos, que por más que desde su sofismo terapéutico se presentan como críticos, terapéuticos, aliados, alternativos, infalibles y hasta milagrosos, carecen de cualquier rigor teórico, metodológico o práctico y producen efectos funcionales al sistema que se pretende combatir. Estos dispositivos no son perspectivas prácticas o teóricas alternativas, son marcas comerciales y como tales incluso llegan a hacer gala de ser marcas registradas®. Con sus estrategias de marketing y ventas, llegan a conseguir que un buen número de personas que participan en movimientos sociales, incluso en algunos donde se hace bandera de vivir desde una crítica radical al sistema dominante, acaban pagando cantidades desorbitantes de dinero por unos cursos y planes de formación que complementan un proceso individual presentado como terapéutico o de crecimiento interior, en el alegre convencimiento de que a pesar del esfuerzo de tamaño sangrado económico, cuando termine el programa formativo, no sólo se estará “curado” emocionalmente, sino que a su vez se podrá ejercer como “terapeuta” o profesor de cursos en los espacios alternativos en donde se habita y se podrá así rentabilizar la inversión realizada… ¿Qué hay de malo en tomarlo como una oportunidad para convertirte en tu propio jefe, ayudar a otras gentes y ganar dinero? Es el sistema piramidal de tantos otros ámbitos, ahora aprovechándose cínicamente de la necesidad y la desorientación ante el dolor de quienes cargan el sufrimiento.

Una vez en esos derroteros, entre la complicidad, la vergüenza o la presión grupal a la conformidad, va a resultar muy difícil dar marcha atrás, reconocer que te estafaron o que incluso se siguió el juego. La lógica capitalista de las empresas piramidales se cuela así hasta el tuétano de subjetividades que intentan aliviar sufrimientos y construirse críticamente en el interior de movimientos sociales, rayando las dinámicas del adoctrinamiento sectario.

Como en tantos otros otros ámbitos en las luchas emancipadoras, el lenguaje de la crítica a los paradigmas hegemónicos en salud mental es también cooptado, transformado, subsumido; algunas de sus dimensiones parciales son despojadas de su marco de significado, transformándolas en etiquetas superficiales o paradigmas totalizadores que en cualquier caso les vacían de su contenido y significado; de las perspectivas de clase se transita a las de la imagen de marca de escuelas personalistas en que lo colectivo se transforma en un scroll de cromos de rostros sonrientes y currículums inflados con trucos retóricos propios de los cursos de elevator pitch que ofertan muchos servicios de empleo de administraciones públicas. Con ese lenguaje, toda una serie de valores y visiones del mundo y de las personas se nos van colando por los tejidos organizativos y los discursos contrahegemónicos, como verdaderos mecanismos de control social. Los espacios sociales van así difuminando su potencial transformador del mundo y de las vidas de las gentes y se produce más sufrimiento.

Estos dispositivos empresariales en torno al malestar psicosocial actúan tanto en los planos de las formas colectivas de organización y relación social como en los planos individuales.

En el cajón de sastre de las psicoterapias alternativas prima la individualidad de la emoción, de las sensaciones corporales, de la propia interioridad, considerada estanca y autosuficiente como valedora de lo real, en tanto que tal, a la forma de una revelación. No se valoran especialmente las formas de argumentación que puedan ser dialogadas, ni la complejidad de la construcción relacional de los afectos, ni la problematización y significación del contexto en el que acontece el sufrimiento psíquico, por lo que las formas de relación social del sistema capitalista en que estamos inmersos no entran en la definición de lo problemático. Eso sí, se van a ofertar “terapias” (toma de alucinógenos, constelaciones familiares, búsqueda del niño interior y un largo etcétera) en las que se implementen discursividades complacientes, se aprovechen efectos de dinámicas grupales o de convivencias iniciáticas dirigidas por un gurú o un coach para promover formas de expresión afectiva catártica que pueden producir sensaciones de alivio temporal. Pese a obtenerse un sustancial beneficio económico, nadie se responsabiliza del daño que se puede producir; eso sí, se puede ofrecer otra terapia, más especializada o profunda, con un descuento…

En lo colectivo, en lugar de crear vínculos consistentes en los que hacernos cargo de la relación con las otras personas, se establecen mecanismos ritualizados, que devienen trámites burocráticos con los que se elude la responsabilidad y se exime de mayor interpelación colectiva: la ronda de emociones con que se palomea la casilla de los cuidados en cinco minutos al inicio de la asamblea; o el “¿cómo estás?” vacío en que no se espera respuesta, ni se contempla la responsabilidad que conlleva el respeto por lo que se escucha, todo a la intemperie, sin amparo. La socialización del sufrimiento no es contarle “cómo estoy” a la primera persona que se encuentra en el camino y “que sea afín”. Poner los cuidados en el centro, como tantas veces se dice, es una cuestión que requiere mucha más elaboración, profundidad y contexto que la de poner en práctica maquinal-mente un artificio superficial que se pretende “técnica” de aplicación aséptica e intrínsecamente “terapéutica”.

Es más, esos artilugios producen toda una serie de efectos contraproducentes, que añaden más daños: individualismos recalcitrantes, narcisismos siempre urgentes y demandantes, victimismos, desplazamiento de toda responsabilidad al exterior, imposibilidad de agencia, libertad y ejercicio de la responsabilidad; idealización de las propias capacidades y potencias, culpabilizaciones, imposibilidad de aceptar la dificultad, la frustración o la impotencia; falta de escucha, de reconocimiento de la otredad; competitividad, irresponsabilidad en las tareas, condescendencia en la rendición de cuentas, conflictividades y dolores que se dejan abiertos, y que retroalimentan bucles de dolores y problemas; vigilancias y evaluaciones sumarias, intrigas internas, fragmentaciones y creación de subgrupos de poder, abusos de posiciones de ventaja, chismes, protocolizaciones mecánicas que impiden elaborar sentidos o innovar, que cierran la discusión de lo político, estandarización y superficialidad de pensamientos y comportamientos, imposiciones sentimentales unidireccionales y selectivas, y un largo etcétera…

Tío vivo muerto. Fuente: https://primeravocal.org/

No pretendemos realizar una impugnación de la idoneidad de espacios individuales en que poder tratar de afrontar específicamente el sufrimiento psíquico de una persona. Entendemos su utilidad, y además lo hacemos desde nuestra propia piel, pero es nuestra intención arremeter contra la psicopatologización de la vida y la imposición de determinados paradigmas que cortocircuitan la comunicación y los procesos colectivos poniendo una y otra vez al individuo individualista y sus imperiosas necesidades en el centro exclusivo de todo espacio compartido. Cuando realizamos una crítica de determinadas prácticas, denomínense no terapias, no lo hacemos únicamente desde una validación de un saber experto avalado por la academia; también sabemos que el título en alguna disciplina “psi”, por sí mismo, no capacita para acompañar a personas que sufren psíquicamente. Nuestro desbrozar va más allá, y pretendemos cuestionar lugares desde los que se expanden esos paradigmas y la manera en la que lo hacen. En lo psicosocial, se reconoce el continuo entre la interioridad de las personas y los espacios de lo colectivo, de lo familiar, de lo comunitario, lo social, de lo político. En co nsecuencia, esas formas de relación social también son espacios de actuación para tratar de evitar el sufrimiento evitable…

Ese actuar en el espacio colectivo y común es lo que nos puede abrir, en la incertidumbre, a la esperanza. Tendremos, pues, que seguir pensando a la par que seguimos actuando. Caminar preguntando, que se hace camino al andar. En ese horizonte, ya estamos preparando una continuación a este texto…

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El Escaparate Sangriento, el Capital y su mundial de futbol: 60 Años de Espectáculo, Censura y Control político en México (1968–2026)

13 Julio 2026 at 18:00
Por: pegasus

La historia del capitalismo y del Estado en México se vive en la geografía del despojo y en las vitrinas ensangrentadas de sus megaeventos corporativos. Los estadios de fútbol son sofisticados laboratorios de control político, limpieza social y pacificación de masas.

A casi sesenta años de las primeras Olimpiadas militarizadas, el hilo conductor de la dominación estatal sigue intacto. La siguiente reflexión conecta los nodos de la infamia —1968, 1970, 1986 y el actual 2026— para demostrar que la crisis estructural nunca se fue, pero la voluntad de revuelta tampoco.

I. 1968–1970: El Origen del Blindaje Político y la Paz de los Sepulcros

La genealogía del espectáculo deportivo como arma del Estado mexicano se consolida entre 1968 y 1970. El régimen de Gustavo Díaz Ordaz entendió que su mayor vulnerabilidad era la interrupción material de la narrativa de modernidad y progreso que representaba el llevar a cabo los XIX Juegos Olímpicos en México. La respuesta del Estado frente al intento de boicot del grupo CAOS (Comité Anti-Olímpico de Subversión) y la interferencia del Movimiento Estudiantil fue el terrorismo abierto que derivo en el autoexilio de dicho grupo y la represión y posterior masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Fue el bautizo de sangre necesario para garantizar el flujo mercantil de la antorcha olímpica.

Apenas veinte meses después, en 1970, el aparato estatal utilizó el primer Mundial de Fútbol en México como una gigantesca cortina de humo para camuflar el inicio de la Guerra Sucia. Mientras la Federación futbolera y el monopolio televisivo vendían una fiesta de fraternidad global, la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y grupos paramilitares perseguían, torturaban y desaparecían a la disidencia radicalizada en la clandestinidad, de los cuáles varios elementos anarquistas pasarían a nutrir las filas del entonces naciente movimiento armado. Se decretó la expropiación forzada de decenas de hectáreas ejidales de Santa Úrsula Coapa. El suelo no solo se usó para el polígono que hoy ocupa el estadio y sus enormes estacionamientos privados, sino también para abrir las grandes arterias viales indispensables para que el turismo y la televisión internacional circularan sin problemas: la Calzada de Tlalpan, el Anillo Periférico Sur y el Circuito Azteca. La protesta abierta fue asfixiada por una censura de prensa absoluta y hasta el audio de las transmisiones. El 13 de septiembre de 1966, la policía junto con el cuerpo de granaderos entró por la fuerza a los predios ejidales, acompañados de bulldozers (retroexcavadoras), demolieron viviendas hechas de madera, adobe y lámina, expulsando a decenas de familias a la calle de manera inmediata para limpiar los terrenos de las obras complementarias del estadio.

II. 1986: La Necropolítica sobre los Escombros

Dieciséis años más tarde, la receta de la dominación se perfeccionó bajo el amparo de la tragedia. El terremoto de 1985 expuso la total parálisis del gobierno de Miguel de la Madrid, forzando el nacimiento de una sociedad civil autoorganizada mediante la solidaridad y el apoyo mutuo. Ante el peligro de perder el control de la narrativa pública, el Estado y la mafia transnacional de la FIFA, en complicidad económica con el «soldado del PRI» Emilio Azcárraga Milmo y su emporio, decidieron que el Mundial de 1986 marchara sobre las fosas comunes y las ruinas aún calientes del centro de la ciudad.

Se canalizaron millones de pesos de un erario público quebrado e inflacionario hacia la logística del fútbol, ignorando a los miles de damnificados sin vivienda. De nuevo, la maquinaria mediática y los ingenieros de sonido de la televisión censuraron el descontento. El fútbol operó, una vez más, como la anestesia obligatoria para procesar una crisis económica y social asfixiante.

III. 2026: La Gentrificación Militarizada

Hoy, a cuarenta años de la farsa del 86, a 56 años del despojo en el 70 y a casi sesenta del terror del 68, la Ciudad de México vuelve a ser el epicentro de la rapiña corporativa de la FIFA -La pelota vuelve a casa-. La crisis estructural no se ha ido; se ha sofisticado. El pretexto actual ya no es la reconstrucción post-terremoto ni el «Milagro Mexicano», sino el mito del progreso inmobiliario y la turistificación masiva. El Mundial de 2026 consagra el despojo habitacional mediante la gentrificación.

Este nuevo megaevento es una extensión de la guerra del Estado contra el pueblo que aún no se amansa por el espectáculo futbolero. Los nietos de los antiguos ejidos, hoy las colonias populares que rodean al “coloso” de Santa Úrsula (Santa Úrsula Coapa, Huipulco, Pedregal de Carrasco), el Mundial ha significado el encarecimiento de la vida, el aislamiento o expulsión de sus viviendas por el auge de los alojamientos digitales a corto plazo y el robo sistemático del agua (como en 1970). Las calles de la ciudad se encuentran bajo un estado de sitio político no oficial: cámaras de reconocimiento facial, cordones policiales y patrullajes militares destinados a «limpiar estéticamente» el espacio público de trabajadores informales, indigentes y sobre todo de manifestantes.

IV. Romper la Normalidad del Espectáculo. A la Acción insurrecta

El hilo histórico que une 1968, 1970, 1986 y 2026 demuestra que el Estado es el administrador violento de los recursos en favor de la burguesía transnacional, y que el espectáculo requiere obligatoriamente el silencio y el desplazamiento de los oprimidos.

El boicot y el sabotaje es la acción para ejercer en las calles: la intervención de la propaganda oficial, el bloqueo de vías neurálgicas de transporte y el ataque directo a las marcas e infraestructura de las corporaciones patrocinadoras. El Capital y el Estado niegan la vivienda, al agua y a la vida en nuestros propios barrios, nuestra obligación política es negarle la paz a su fiesta multimillonaria.

¡¡¡Frente al balón del Capital, ¡guerra a los templos del consumo y solidaridad activa con lxs compañerxs en lucha y resistencia!!!

Carlos (anemias)

Julio de 2026

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Programa del XVIII Encuentro del libro anarquista de Salamanca

13 Julio 2026 at 17:49
Por: pegasus

VIERNES 14 AGOSTO Y SÁBADO 15 AGOSTO 2026

XVIII ENCUENTRO DEL LIBRO ANARQUISTA DE SALAMANCA

Viernes 14 de agosto de 2026

Paseo Libertario-19:30 h (Zamora)

Recorrido ameno por lugares emblemáticos del movimiento libertario histórico zamorano.

Confirmar asistencia: encuentrosalamanca@gmail.com

Sábado 15 de agosto de 2026

Plaza de Barcelona (frente a la estación de tren) – Salamanca

11:00 h

Inicio de la feria de libros, fanzines, periódicos, revistas…

13:00 h

Presentación del libro «La Zurramba», a cargo de su autor Francisco J. Moreno.

La Zurramba es un poemario que reivindica la libertad, el apoyo mutuo y el cuidado como formas de habitar el mundo.

15:00 h

Vermouth musicalizado & pintxos vegan.

17:00 h

Charla/debate «Acceso a la cultura», a cargo de El Feo (Filmoteca Maldita).

La Filmoteca Maldita es un reconocido canal de divulgación cinematográfica creado por «El Feo». Destaca por analizar películas de culto, rarezas, animación y cine de autor, alejándose de los estrenos comerciales.

«El Feo» fue llevado a juicio por su labor en un proyecto colectivo y sin ánimo de lucro anterior llamado Zoowoman, una web que recopilaba enlaces y preservaba digitalmente películas descatalogadas y de difícil acceso.

19:00 h

Charla/debate «Cuando el alumno es basura», a cargo del colectivo Wayra.

Bibliografía y reflexión colectiva sobre experiencias de fracaso escolar y dolor infantil. Superación y retos a través de proyectos educativos libres y respetuosos, y una aproximación a esta realidad tomando como referencia la agricultura y el compostaje.

20:30 h

Presentación del libro «Jacinto Toryho: ¡Habla la revolución!»

«El Lokal», de la Escuela de Periodismo de El Debate a la dirección de Solidaridad Obrera, a cargo de J. Miguel Fdez.

Recordar la fascinante figura y las propuestas de Toryho nos transporta a unos tiempos pasados repletos de idealistas, una generación que imaginó un mundo basado en los parámetros del bienestar común, la justicia social y la defensa de las libertades, cuando las lógicas del capital y del poder estuvieron a punto de ser derribadas.

21:30 h

Recital y flamenco: «Versos de Intramuros».

Recital de poesía en voz del autor del poemario «Pájaros Azules», Santi Cobos, e interpretados al baile flamenco por Askoa Etxebarrieta «La Pulga».

Durante toda la jornada del Sábado tendremos la exposición “La Revolución pedagógica de Ferrer y Guardia«

Más información: www.encuentrosalamanca.blogspot.com

Encuentro del libro anarquista de Salamanca:
http://www.encuentrosalamanca.blogspot.com

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