Al financiero Juan March se le conocía con el apodo de «el último pirata del Mediterráneo». Se hizo rico controlando el contrabando de tabaco entre África y las Baleares y vendiendo combustible durante la Primera Guerra Mundial, ya fuera a los aliados o a los submarinos alemanes. Dependía del día.
En su negrísima carrera destaca la financiación del golpe militar de 1936, que a la postre derivaría en el fin de la Segunda República española tras una salvaje guerra civil cuyos efectos llegan hasta nuestros días.
Hay poco que salvar de Juan March, pero hay algo que lo distingue de los nuevos multimillonarios: hacía alguna cosilla para compensar tanto mal. En su caso, la Fundación March se ha convertido en un esplendoroso tesoro cultural.
Cuando el pasado 12 de junio SpaceX debutó en el mercado del Nasdaq, una oportuna ventana le tapaba el ojo derecho a su patrón, Elon Musk, en la pantalla que retransmitía el hito en directo. Otro pirata. La compañía alcanzó una capitalización que rebasó los 1,75 billones de dólares y Musk se confirmó como la persona más rica del mundo. También él financió la campaña de Donald Trump para volver a la Casa Blanca. Gastó cerca de 300 millones.
Luego se pelearon, pero siguieron haciendo negocios. Sus satélites, por ejemplo, guían todos los misiles del mundo. Sus empresas son lo que son porque contratan, contratan y contratan con Washington. Así es como ha conseguido que su patrimonio personal supere los 400.000 millones de dólares. Muy liberal todo. La diferencia con el pirata March es que Musk (y aquí cabe englobar a toda la oligarquía tecnológica) no piensa en hacer ninguna fundación. No tiene ningún remordimiento y la cultura le importa un pito. Él quiere ir a Marte. Y ya está.
Fue en torno a 1999, cuando el periodismo ciudadano comienza a dar sus primeros pasos a través del movimientoo Indymedia. Desde entonces, protagonistas como Dan Gillmor, profesor, periodista, fundador del Center for Citizen Media y el considerado «padre» del periodismo ciudadano, asentó el verdadero propósito de este fenómeno: convertir a la audiencia pasiva en un actor participativo en la construcción de la información.
Gillmor, un referente en este fenómeno además del autor de libros esenciales como We the Media, o Mediactive, defendió la idea de que los ciudadanos podían y debían formar parte del proceso informativo. En PeriodismoCiudadano.com hemos hablado en numerosas ocasiones de su trabajo y de cómo su visión ha sido clave para entender el cambio de paradigma en la comunicación digital.
Sin embargo, tras la adquisición de X, Elon Musk ha tratado de desvirtuar y reapropiarsede este movimiento con fines que poco tienen que ver con la transparencia o el empoderamiento ciudadano. Musk ha convertido X en un espacio cada vez más cerrado y autocrático, utilizando el discurso del “periodismo ciudadano” como una pantalla para justificar su manipulación de la información y el silenciamiento de voces críticas. Para ello se ha apropiado del lema que Gillmor abanderó con tando acierto al otorgar a la ciudadanía el poder de denunciar las violaciones de sus derechos y afirmar: «We the media», «somos los medios», lema que ahora desvirtua Musk al señalar: «vosotros sois los medios».
En los casi veinte años que llevamos defendiendo el periodismo ciudadano, debemos insitir en que nunca ha sido un objetivo de este fenómeno competir con los medios profesionales, al contrario. Se trata de colaborar y amplificar la defensa de los valores democráticos para llegar donde los medios no llegan. Sin embargo, y como señalan desde Maldita: Elon Musk afirma que:
Elon Musk consolida así un nuevo modelo de hegemonía digital, donde la información ya no fluye libremente, sino que es moldeada por los intereses de su plataforma. Desde el diario El PaísCarmela Ríos habla de cómo su estrategia de comunicación en X ha convertido a la red en un órgano de propaganda global «para justificar las políticas de Trump y acallar las críticas»:
«Sus aportaciones, que superaron el millar durante la primera semana de febrero, son a su vez replicadas por un enjambre de cuentas de sus “palmeros” digitales, también favorecidos por el algoritmo para que lleguen hasta el último usuario. La ocupación del espacio mediático en la era de las redes sociales era esto: hacer que no exista otro protagonista que Musk, ni mensajes más replicados que los suyos. ‘Elon Musk ha superado los 216 millones de seguidores. Es el perfil con más seguidores e interacciones en X’, anuncia @cb_doge, la cuenta de uno de sus fieles, como si del azar se tratara y no de una manipulación.»
Esta estrategia no solo le permite monopolizar la conversación pública, sino también crear la ilusión de que su visión del mundo es la dominante. En lugar de permitir que el periodismo ciudadano florezca como una herramienta de empoderamiento, lo ha reducido a un mecanismo de validación personal.
Mientras que Dan Gillmor veía en el periodismo ciudadano una oportunidad para que la ciudadanía desafie el control de los medios tradicionales y participe en la construcción de la verdad, especialmente en situaciones críticas como los desastres naturales, los atentados y conflictos armados, Musk ha pervertido este ideal para justificar la eliminación de los medios tradicionales y reemplazarlos con su propia narrativa.
En PC ya os habíamos hablado de las afirmaciones de Gillmor, quien advertía sobre los peligros de quienes buscan controlar la información:
«Trump y sus acólitos (que ahora controlan uno de los dos principales partidos políticos de Estados Unidos y muchos gobiernos estatales)», señala Gillmor, no solo tiene como objetivo «destruir la educación pública tal como la conocemos», sino «derribar la democracia misma».
Lo que estamos viendo con Musk es una prolongación de esa misma lógica: el ataque sistemático al periodismo tradicional, la promoción de desinformación desde su plataforma y el control algorítmico de la conversación pública.
Uno de los aspectos más preocupantes de la estrategia de Musk es su uso de la desinformación como herramienta política. Carmela Ríos lo documenta de manera precisa cuando señala que Musk no tiene reparos en difundir información falsa para justificar decisiones gubernamentales, como la eliminación del Departamento de Educación o los recortes a la cooperación internacional.
Además, el bloqueo algorítmico de medios críticos es una pieza clave de su estrategia. Como destaca Ríos, medios como Wired han visto caer drásticamente su visibilidad en X, mientras que su impacto ha aumentado en plataformas más pequeñas como Bluesky.
Este ataque a la transparencia y la manipulación del algoritmo demuestran que Musk no está interesado en la democratización de la información, sino en su control absoluto.
A raíz de la polémica desatada en redes sociales sobre la autoría del «supuesto» ataque de Israel a un hospital en Gaza, matando al menos a 500 personas, el experto en tecnología Brian Merchant (@bcmerchant), publica una columna en Los Angeles Times, criticando abiertamente la efectividad de la red social X, anteriormente conocida como Twitter, bajo la dirección de Elon Musk.
Merchant se suma así a otras voces que han criticado la credibilidad de esta plataforma desde que Musk asumió un papel más prominente en la toma de decisiones. En especial destaca la creciente preocupación en torno a la veracidad de la información compartida así como a la disminución de la fiabilidad de las fuentes verificadas.
Twitter se ha convertido en una fuente de noticias significativamente menos confiable desde que Musk asumió el control y destripó a los equipos de moderación de contenido responsables de mantener a raya los engaños, el acoso y la mala información.
El propio fundador de Twitter, Jack Dorsey, criticaba duramente la decisión de Musk de convertir el servicio Twitter Blue de verificación en una simple marca para distinguir a quienes pagan de los que no. Brian Merchant señala en relación con este sistema de verificación de identidad mediante pago, como tras la adquisición e implementación de nuevas políticas de Musk, ha caído en picado la confianza en estos perfiles «verificados» así como la propagación de información errónea. Asimismo, Merchant enfatiza el desafío de mantener la integridad de la plataforma en un entorno digital donde la desinformación y la manipulación de la información están en aumento.
Como respuesta ante dicha situación, Jack Dorsey, ha creado una red social alternativa, Bluesky, con un enfoque descentralizado para evitar lo sucedido con X.
Brian Merchant continúa su columna señalando como la nueva dinámica de Twitter ha fomentado un entorno propicio para discusiones polarizadas y el contenido incendiario, lo que plantea serios interrogantes sobre la eficacia de la plataforma como un espacio para el diálogo constructivo y la difusión de información veraz. Una cosa es segura:
necesitamos un lugar donde podamos avanzar hacia una comprensión compartida de los acontecimientos mundiales.
Merchant hace hincapié en la importancia de mejorar la seguridad y confianza en estas plataformas, aumentando la alfabetización mediática en un momeno en el que tras un ataque atroz que ha generado comparaciones con el 11 de septiembre ,»es realmente difícil saber en quién confiar, desde los medios tradicionales hasta las redes sociales y más».
«Muchos de nosotros nos sentimos furiosos e impotentes», al analizar la forma en la que las redes sociales nos engañan haciéndonos creer que estamos interactuando con una historia y cómo la tecnología nosanima a publicar historias cada vez más polémicas, «incluso antes de que los hechos estén del todo claros, prometiendo recompensar a los más incendiarios con notoriedad y tal vez incluso con pagos».