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AnteayerSalida Principal

¿Dónde nos llevan los designios celestiales del imperio?

12 Junio 2025 at 06:16

“En cuanto termine la guerra [Primera Guerra Mundial] podremos someterlos a nuestro modo de pensar, entre otras cosas porque estarán financieramente en nuestras manos”. William Wilson, presidente de EE.UU., en carta al coronel House.

Toda la historia de EE.UU. cabe en una gota de petróleo, en un dólar, en una bala, y la de su clase dirigente para hacer lo que hace, cabe en una sola mentira, la continua remisión de sus quehaceres a su designio divino como raza. No es un asunto menor, no es una casualidad, es el propósito elaborado a partir de una práctica que da como consecuencia una filosofía, un sistema de pensamiento fruto de una guerra permanente que busca “la solución final”.

En la guerra contra España, Doménico Losurdo explica cómo la dirigencia estadounidense reclamaba la libertad y la independencia de la isla de Cuba aduciendo que es que es “tan vecina a nuestras fronteras”, y de paso acusaba al viejo imperio de emplear medidas que son una “desgracia para la civilización cristiana”, mezclando de es manera la idea de pertenencia a EEUU en una llamada atribuyéndose la “democracia, la moral y la religión” apartando o condenando a el viejo imperio español de todo ello por más católico que éste se hiciese llamar. De semejante modo el imperio naciente se daba la autorización sagrada de intervención.

El autor se detiene en McKinley cuando toma la decisión de anexionarse Filipinas declarando que ha tenido un encargo de “Dios Todopoderoso”, pues había rezado para que le iluminase y fue eso lo que hizo que el designio le liberase de toda tribulación, ni siquiera de la posibilidad de permitir que se encargase de la tarea “a Francia o a Alemania, nuestros rivales comerciales en Oriente”, y continua diciendo el autor del ensayo que los filipinos no podían tampoco hacerse cargo porque eran “ineptos para el autogobierno”, y se hundirían en la “anarquía y (el) mal gobierno” peor que lo que hacía el imperio español:

“No nos quedaba más remedio que conservar Filipinas, educar a los filipinos elevándolos, civilizándolos y cristianizándolos, y -con ayuda de Dios- hacer lo mejor para ellos, como nuestros hermanos, para los que también murió Cristo. Y entonces me fui a la cama, me amodorré y dormí profundamente.”

Ha quedado en la historia la destrucción sembrada por el ejército estadounidense, la matanza de la población, la hambruna y las enfermedades causadas de manera general, el encierro de la población en campos de concentración, “y hasta recurriendo en determinados casos al asesinato de todos los varones mayores de diez años.”

El imperio experimenta un gusto por la guerra mezclando robo con encargo divino, la verticalidad de las cuentas y la vara religiosa, y con ese espíritu acomete la primera Guerra Mundial. Entrando en ella es cuando el presidente Wilson, ese que parecía tan “demócrata”, escribe a su coronel House sobre sus “aliados”: “En cuanto termine la guerra podremos someterlos a nuestro modo de pensar, entre otras cosas porque estarán financieramente en nuestras manos”. La grandeza imperial se funda en la degradación de sus mismos aliados, y reforzará semejante “grandeza” con el encargo celestial elaborando la mística con la que educa a los suyos en el afán de conquista sin dar pie a cuestionarse lo hecho mientras anulan los 5 sentidos de la población embutiendo en su ideario las palabras paz, democracia, valores humanos, todo tan manoseado que desaparece el significado.

A partir de aquí Losurdo presenta declaraciones de los presidentes del imperio, todas como se verá insistiendo en la misma elaboración fundamentalista economica-política-religiosa con la que desentenderse de la responsabilidad que cae sobre ellos como clase y aparato de sojuzgamiento mundial. En la Guerra fría Eisenhower, en 1953, declara: “La libertad está en lucha contra la esclavitud; la luz contra las tinieblas”. En otra ocasión ordena a sus oyentes que inclinen la cabeza ante “Dios todopoderoso” y como si se dirigiese a ese su Dios dice: “Que todo se desarrolle para el bien de nuestro amado país y para Tu gloria. Amén”.

Foster Dulles -·un puritano riguroso”, según Churchill-, declara con orgullo: “en el Departamento de Estado nadie conoce la Biblia mejor que yo”. (Éste es el que declaraba que a la juventud había que introducirla en el mundo de la drogadicción, la música sin sentido, y todas las perversiones para controlarla mejor, ese era su “lado práctico”). Aseguraba: “Estamos convencidos de que es necesario hacer que nuestro pensamiento y nuestras prácticas políticas reflejen del modo más fiel posible la fe religiosa según la cual el hombre tiene en Dios su origen y su destino”. Mientras Dulles sostiene que los que se niegan a ponerse de su parte contra la Unión Soviética viven bajo “pecado”, los EEUU dirigen la cruzada como “pueblo moral” que son.

Ronald Reagan, desde 1983 será el conductor moral añadiendo que su “pueblo” es el más fiel a Dios, haciendo de cartel para lanzar la lucha contra “el enemigo ateo” y combatiendo” el pecado y el mal” como manda la “Escritura” y “Nuestro Señor Jesús”.

Clinton comenzó su mandato con las siguientes palabras: “Hoy celebramos el misterio de la resurrección americana”, para luego traer a colación “el pacto de nuestros padres fundadores y el Todopoderoso”. Y añadió: “Nuestra misión es intemporal”. Terminó declarando: “Desde esta cumbre de la celebración escuchamos una llamada de auxilio en el valle. Hemos oído las trompetas, hemos realizado el cambio de guardia. Y ahora, cada uno a su modo y con la ayuda de Dios, debemos responder a la llamada. Gracias y que Dios os bendiga a todos”. Cuando fue reelegido dio “gracias a Dios por haberle hecho nacer americano”.

George W.Bush hizo su campaña electoral con el dogma: “Nuestra nación ha sido elegida por Dios y tiene la misión histórica de ser un modelo para el mundo”.

Todo indica que los imperialistas toman la religión bajo sus intereses expansionistas y exterminadores como medio para dominar a los pueblos y hacer de ellos esclavos.

Para terminar Doménico Losurdo escribe: “Incluso la aniquilación atómica de Hiroshima es ocasión para ensalzar al Todopoderoso, que ha reafirmado clara y justamente su confianza en el pueblo elegido, garantizándole en exclusiva la nueva y terrible arma de destrucción masiva. Así es como argumenta el presidente Truman: “Damos gracias a Dios por haberla puesto a nuestra disposición y no en manos de nuestros enemigos, y le rogamos para que nos enseñe a usarla según Sus disposiciones y Sus designios”. Como se ve, la legitimación y la asistencia divina están garantizadas también para las nuevas Hiroshima Después han figurado como presidentes otros tantos, son figurones que cambian porque el gran capital culebrea para agrupar fuerzas en dirección del objetivo que define a la clase imperial. En situaciones de crisis sistémica como es la que sufre hoy, comprobamos diariamente que su apoyo en ese mandato divino que se atribuyen se infla junto a su mal estado, y busca la Tercera Guerra Mundial, ¿nuclear?, con “aspiraciones de conquista y designio celestial”, en el Norte, en el Sur, en el Este y en el Oeste.

En la actualidad tenemos como emprendedor mercenario de la tarea imperial, con los mismos presupuestos de exterminio, de genocidio, de “Solución final”, bajo el manto bíblico y toda la fraseología “democrática y celestial”, al ente colonial que cuida y arma EE.UU. El último escándalo “civilizatorio divino” fue hace dos días en la ONU votando contra un acuerdo de paz en Gaza.

Toda la historia de EE.UU. cabe en una gota de petróleo, en un dólar, en una bala, y la de su clase dirigente para hacer lo que hace, cabe en una sola mentira, la continua remisión de sus quehaceres a su designio divino como raza.

Ramón Pedregal Casanova es autor de los libros: Gaza 51 días; Palestina. Crónicas de vida y Resistencia; Dietario de Crisis; Belver Yin en la perspectiva de género y Jesús Ferrero; y, Siete Novelas de la Memoria Histórica. Posfacios. Colaborador del canal Antiimperialistas.com, de la Red en Defensa de la Humanidad.

«Marx es un pensador de una talla descomunal, pero con las limitaciones inevitables de su tiempo»

7 Junio 2025 at 06:45

Carlos Tuya (Madrid, 1941) es un político, escritor y periodista español vinculado desde su juventud a la lucha antifranquista. Participó activamente en la creación de las Comisiones Obreras de Artes Gráficas de Madrid. En 1973, fue uno de los organizadores de la OPI (Oposición de Izquierdas), corriente de opinión del Partido Comunista de España (PCE), nacida con la intención de abrir un debate sobre la necesidad de una política revolucionaria para España, que debía caracterizarse por un enfoque democrático, antioligárquico y antimonopolista, y estar basada en la unidad de la izquierda, tal como se recoge en su obra Aspectos fundamentales de la Revolución española: La vía al socialismo en un país desarrollado (1977). Posteriormente, cuando la OPI se transformó en el Partido Comunista de los Trabajadores (PCT), fue elegido secretario general, cargo que ostentó hasta su disolución en 1980. De esa época es su libro La función histórica del Estado y la democracia (Akal, 1980). A partir de entonces se dedicó principalmente al trabajo teórico. Carlos Tuya ha desarrollado una amplia producción intelectual, reflejada en numerosos artículos, recogidos en el libro Los pasos y la meta (Amazon, 2023). Tras el colapso de la Unión Soviética y el derrumbe del bloque socialista, ha centrado sus estudios en analizar las causas de ese fracaso, que supone el cuestionamiento de gran parte de la teoría marxista. Fruto de esta etapa de reflexión son sus libros La Democracia Ampliada (2015), Marx desencadenado (2017), El robot socialista (2019) y El voto y el Algoritmo (2022), todos ellos publicados en Amazon. Su último libro publicado por El Viejo Topo lleva por títuloGanancia social, beneficio privado. Explotación capitalista y transformación socioeconómica en la economía del conocimiento.


Salvador López Arnal.- Enhorabuena por su último libro. No son pocas las sugerencias, las nuevas categorías, las críticas argumentadas y las propuestas que en él podemos leer y estudiar. Empiezo por el título: ¿qué debemos entender por «ganancia social»?

Carlos Tuya.- Antes que nada, pido disculpas por la excesiva simplificación de mis respuestas. Son cuestiones tan complejas que he necesitado escribir un libro para abordarlas con un mínimo de rigor. En cuanto al concepto «ganancia social», es un término que se utiliza habitualmente en varios sentidos, pero que yo uso para referirme a la riqueza generada por el sistema productivo, que siempre tiene una dimensión social, incluso en el caso de ser fruto de una sola persona –un artesano, por ejemplo– ya que su trabajo solo es posible en un espacio relacional, y gracias a su educación y aprendizaje. Lo mismo podría decirse de cualquier actividad productiva basada en el conocimiento y la creatividad. Dicho de forma más precisa, la «ganancia social» es el remanente de riqueza, o beneficio, que el sistema capitalista convierte en privado para los propietarios de los medios de producción. ¡Salvo si los propietarios son trabajadores, cuyo medio de producción es su conocimiento! Y que en la Era Digital conforman la gran mayoría. Esa es una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. De ahí el título del libro: Ganancia social, beneficio privado.

Salvador López Arnal.- Sigo con el subtítulo, dos preguntas. La primera: ¿qué deberíamos entender por explotación capitalista? ¿Qué tipo de explotación es la explotación capitalista?

Carlos Tuya.- La explotación capitalista es el mecanismo por el cual la empresa privada se apropia de la ganancia social creada en su seno en virtud del derecho de propiedad. Esto incluye no solo a los dueños de la empresa, sino también a los socios, inversores y prestamistas; es decir, a toda la llamada cadena de valor. Por ejemplo, en el capitalismo financiero, la explotación es indirecta (lo que le otorga una gran flexibilidad y una escasa responsabilidad social), ya que se basa en la mayor rentabilidad del capital aportado, sea cual sea el espacio de creación de riqueza. Marx habla de plusvalía o plustrabajo, un concepto vinculado al valor de la fuerza de trabajo, que resulta insuficiente para describir la economía del conocimiento. El caso más paradigmático y extremo de economía del conocimiento son las plataformas de socialización como Facebook. ¿Dónde se origina la ganancia que Meta convertirá en beneficio? ¡En los usuarios! No se les paga nada, no se les pide nada; simplemente los algoritmos procuran que «habiten» en la plataforma el mayor tiempo posible mostrando sus gustos y preferencias de consumo, sus motivaciones culturales y políticas, sus fobias y pasiones…. Esa es la fuente de valor para las grandes tecnológicas y el poderoso instrumento de manipulación que utilizan. Aquí no tiene cabida el «tiempo socialmente necesario» del que hablaba Marx.

Salvador López Arnal.- La segunda: ¿en qué consiste la economía del conocimiento?

Carlos Tuya.- Es la nueva fase del sistema productivo capitalista en la que los «intangibles» juegan un papel preponderante, cuando no exclusivo, en la generación, distribución y uso de riqueza. Mientras que en la economía industrial los factores de producción son tierra, trabajo y capital, en la economía del conocimiento son pensamiento (saberes, ideas, creatividad, innovación), tecnología e información. Es lo que llamo Capital Intelectual del Trabajador, el activo más valioso en una empresa, cuya característica principal es que pertenece al trabajador. No se agota en el trabajo materializado en las mercancías, no lo pierde cuando es contratado, sino que lo invierte. Y como inversor, debería poder ejercer sus derechos mediante lo que llamo la cogestión ejecutiva, la plasmación del derecho a intervenir con voz y voto en la gestión de la empresa y su toma de decisiones, así como a participar en los beneficios. Sin embargo, la empresa lo acapara y acumula como capital propio. Con el concepto Capital Intelectual del Trabajador (conocimientos, habilidades, experiencias, creatividad) busco superar la visión reduccionista del trabajador como mera fuerza de trabajo intercambiable al ejecutar tareas rutinarias y repetitivas, propia del fordismo y taylorismo.

Salvador López Arnal.- Señala usted que el «objetivo de este libro es analizar cómo puede llevarse a cabo un proceso gradual de transformación del sistema socioeconómico capitalista desde perspectivas alineadas con los avances científicos, básicamente las Ciencias de la Complejidad». ¿A qué tipo de conocimientos se refiere usted con la expresión «ciencias de la complejidad»?

Carlos Tuya.- A los que aportan las Ciencias de la Complejidad (sistemas autoorganizados, teoría de redes, teoría del caos, geometría fractal, teoría de las catástrofes, bifurcaciones, estructuras disipativas, etc.), imprescindibles para analizar de manera «científica la sociedad, ya que estamos ante sistemas no lineales, complejos, abiertos, dinámicos y adaptativos, con propiedades emergentes. Solo conociendo el comportamiento de los sistemas complejos podemos plantearnos su transformación, y entender las razones por la que debe ser necesariamente gradual. Y comprender por qué uno de los factores más importante (pero no el único) para dicha transformación son las capacidades científicotécnicas de la Era Digital: las tecnologías de la información (capitalismo informacional lo llama Manuel Castells), la automatización y robotización inteligentes, la supercomputación (pronto cuántica), el procesamiento masivo de datos(Big data), los Sistemas expertos, los Agentes Inteligentes, y la Inteligencia Artificial.

Salvador López Arnal.- ¿Qué es el capital humano? ¿Es un concepto equivalente al saber intelectual del trabajador? ¿No es contradictorio hablar de capital humano?

Carlos Tuya.- Si, por eso, en la introducción del libro, lo rebato ampliamente. El capital humano es un concepto adoptado por la OCDE para contabilizar los intangibles en la economía del conocimiento, en este el conjunto de conocimientos, habilidades, competencias y atributos que poseen los trabajadores. Se le considera parte del llamado Capital Intelectual de una empresa junto con el capital estructural y el capital relacional. Pero no es un concepto «neutro», sino interesado, ya que supone considerar propiedad de la empresa la aportación intelectual del trabajador, que pasaría a formar parte de su capital junto con el capital físico (maquinaria, edificios, etc.). Como digo en el libro, el derecho de propiedad del empresario le permite apropiarse de todo lo que se crea en su empresa como si lo hicieran máquinas. Y eso incluye el conocimiento aportado por los trabajadores.

Salvador López Arnal.- Déjeme insistir: ¿qué son las intangibles?

Carlos Tuya.- De forma muy general, los intangibles son activos no físicos que generan valor, como conocimientos, habilidades, experiencia y creatividad, y sus derivadas: imagen de marca, fiabilidad, know-how desarrollado por organizaciones, software, datos, plataformas digitales, etc. Hay un apartado en el primer capítulo de mi libro titulado «El intangible valor de los intangibles», que lo dice todo sobre la naturaleza de estos activos característicos de la economía del conocimiento. Una de sus peculiaridades de mayor trascendencia teórica es la inaplicabilidad de la teoría valor-trabajo que, no lo olvidemos, nace como una herramienta de análisis del capitalismo industrial, donde la mercancía se caracteriza por su divisibilidad y exclusividad. En la economía del conocimiento, los intangibles son indivisibles, intercambiables, reproducibles, transmisibles, difusibles, compartibles, incluso pirateables. Todo ello afecta de facto al principio jurídico de la propiedad empresarial, a la vez que otorga una nueva dimensión a la explotación capitalista.

Salvador López Arnal.- ¿Por qué da usted tanta importancia a la inteligencia artificial? En su opinión: ¿instrumento para mejorar la vida humana o, más bien, un medio de generar graves disrupciones socioeconómicas, sin olvidar su uso en genocidios como el ejercido por Israel sobre Palestina?

Carlos Tuya.- Ya he señalado que la Inteligencia Artificial juega un papel fundamental en el proceso gradual de transformación del capitalismo, posibilitando, por ejemplo, la implementación de formas democráticas de planificación de la actividad económica, el incremento de la racionalidad del mercado, o facilitando las nuevas formas de democracia participativa, deliberativa y directa, etc. Su impacto en la actividad socioeconómica y cultural es impresionante. Ya forma parte de nuestras vidas la mayoría de las veces sin que seamos conscientes de ello. No exagero si digo que la Inteligencia Artificial es la creación humana con mayor capacidad de transformación. Hoy no solo hace cosas por ti mediante la automatización y robotización inteligente, sino que puede pensar y crear por ti gracias a las potencialidades de la Inteligencia Artificial generativa, como GPT-4. Y, lo más inquietante, puede decidir por ti. Por ejemplo, invertir en bolsa, pero también matar y destruir mediante drones, como parece que ocurre en Gaza, tal como sugieres. Su potencial es tan enorme que ha originado un intenso debate sobre la necesidad de regular y controlar su uso. Digamos que esa es su faceta positiva. Pero, al mismo tiempo puede ser un instrumento poderoso de dominación, especialmente si se encuentra en manos de las grandes corporaciones tecnológicas, cuyo objetivo es conseguir los mayores beneficios y, como se ha visto con la nueva presidencia de Trump, el acceso directo al poder político. Por eso, la Inteligencia Artificial se ha convertido en una cuestión política estratégica.

Salvador López Arnal.- No son pocas las críticas que realiza a la teoría marxista del valor-trabajo (o teoría laboral del valor). ¿Nos puede señalar las más importantes? ¿El valor de un bien o servicio no está relacionado con la cantidad de trabajo socialmente necesario para su producción?

Carlos Tuya.- Es un tema complejo, multifacético, con dimensiones filosóficas y no solo de economía política. Ocupa casi la mitad del libro así que tratar de dar una respuesta breve y concisa es prácticamente imposible.

Salvador López Arnal.- De acuerdo, tiene razón. Le ruego un intento.

Carlos Tuya.- Quizás sirva comparar una mercancía de la economía industrial con otra de la economía del conocimiento. El valor de una sartén, por ejemplo, sería la suma de los gastos necesarios para fabricarla, fácilmente cuantificables, lo que incluye el coste del tiempo invertido por el trabajador. Pensemos ahora en un software. Es evidente que el capítulo del gasto referido al trabajador informático no es referible a las horas que ha dedicado a crearlo, algo que depende de sus conocimientos, creatividad, experiencia, etc. El valor del software es un intangible lleno de incertidumbre e imposible de cuantificar con la teoría clásica del valor-trabajo. En realidad, todo intangible, fruto del conocimiento del trabajador, es una inversión.

Salvador López Arnal.- ¿Sigue siendo Marx un pensador para el siglo XXI? Usted, por ejemplo, sostiene que el filósofo alemán defendió un concepto mecanicista de la maquinaria.

Carlos Tuya.- Marx es un pensador de una talla descomunal, pero con las limitaciones inevitables de su tiempo, el desarrollo de la Revolución Industrial. Pero tuvo geniales intuiciones, desgraciadamente no desarrolladas, como la que denomina en los Grundisse «general intellect» para referirse a la inteligencia socialmente creada y objetivada en los medios de producción como consecuencia del desarrollo del maquinismo. Algo que se contradice con la visión mecanicista, lógica en su tiempo, de que, y cito textualmente, «la maquinaria, al igual que cualquier otra parte componente del capital constante, no crea ningún valor». El valor solo lo crea el trabajo humano, según Marx. Hoy existen robots que fabrican íntegramente mercancías sin intervención humana, que, por lo tanto, deberían carecer de valor. Estoy convencido de que Marx, al final de sus días, era consciente de las debilidades conceptuales y prácticas de la teoría valor-trabajo.

Salvador López Arnal.- El catastrofismo profético, el colapso inmediato del capitalismo, que usted critica con razones de peso y muy atendibles, ¿está implícito en el materialismo histórico en su opinión?

Carlos Tuya.- En cierta forma, pero no totalmente. Es más su interpretación vulgar y dogmática, finalmente voluntarista. El problema estriba en el determinismo lineal implícito en la concepción del cambio social como un proceso de tesis, antítesis y síntesis. La realidad se describe mejor mediante los sistemas complejos no lineales, abiertos, dinámicos y adaptativos, donde los desajustes y conflictos inherentes a un sistema por naturaleza inestable generan campos de posibilidades probabilísticas, tanto para las reformas adaptativas como para la transformación gradual del sistema.

Salvador López Arnal.- El colapso de la URSS, la desaparición del bloque socialista, el fracaso del socialismo en otros países, ¿anula o problematiza el ideal de sociedad igualitaria, comunista?

Carlos Tuya.- La aspiración a una sociedad igualitaria tiene un fuerte componente moral, pero también puede considerarse una exigencia sistémica en la medida en que la desigualdad extrema genera inestabilidad social y pone en riesgo la propia supervivencia del sistema. Los procesos evolutivos son la respuesta a presiones adaptativas, tanto internas como externas, que buscan mantener o incrementar la eficiencia y la eficacia del sistema. Es el resultado de estos procesos el que determina si se alcanza o no una sociedad más justa e igualitaria que, a su vez, incremente su eficiencia y eficacia. Si no lo consigue está en riesgo su supervivencia. El colapso del campo socialista es un ejemplo claro. Pero también la evolución de China.

Salvador López Arnal.- ¿Refuta ese colapso histórico ideas centrales de la teoría marxista de la historia?

Carlos Tuya.- ¿Refuta la relatividad general de Einstein la mecánica de Newton? La respuesta es no, pero la complementa y la expande. Es evidente que la teoría marxista de la historia, si es que tal cosa existe –habría que hablar de teorías con un nexo común– explica o posibilita el comprender, al menos parcialmente, ciertas fases o periodos de la historia de las sociedades humanas. Por ejemplo, el mecanismo propuesto por Marx de la relación dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción permite visualizar aspectos básicos de la evolución de las sociedades. El problema es cuando se quiere explicar todo, y en todo momento, desde presupuestos marxistas, algo nítidamente antimarxista.

Salvador López Arnal.- ¿Por qué afirma que la relación dialéctica entre las fuerzas productivo-destructivas de una sociedad y las relaciones de producción imperantes es una contribución marxiana, que usted acepta, pero que Marx no llegó a desarrollar plenamente?

Carlos Tuya.- En mi opinión, Marx pasó de la euforia a la indiferencia por razones que se me escapan. Tras la aparición de El origen de las especies de Darwin, Marx exclama alborozado que su tesis sobre la relación entre fuerzas productivas y relaciones de producción suponían en el campo social lo que la selección de las especies. Eran el motor del cambio histórico. Pero supongo que era consciente de que su formulación resultaba claramente economicista, como si esa relación llevara inexorablemente a que la humanidad cumpliera su telos histórico, y las sociedades se desenvolvieran progresivamente, pasando por el comunismo primitivo, el esclavismo, el feudalismo, capitalismo y, finalmente, el comunismo.

Salvador López Arnal.- Sus críticas a Marx, ¿se extienden a otros autores de la tradición marxista? ¿Alguno en su opinión que tenga interés relevante?

Carlos Tuya.- La mayoría de los grandes pensadores marxistas que cito en el libro han realizado valiosas contribuciones al pensamiento original de Marx, adaptándolo a las nuevas realidades históricas y sociales, y corrigiendo posibles limitaciones o sesgos idealistas en unos casos, ampliando el foco sobre los factores evolutivos en otros, o incorporando los avances científicos. Lo que no tiene sentido es insistir en una ortodoxia marxista, como hacía la Academia de Ciencias de Moscú con su Manual, que habría horrorizado a Marx.

Salvador López Arnal.- Habla usted de la paradoja de los valores de uso y de cambio. ¿Cuál es el punto nodal de esa paradoja?

Carlos Tuya.- Es parecida a las paradojas de la física cuántica. Por ejemplo, la paradoja del agua y los diamantes descrita por Adam Smith para explicar el valor. O las diferencias entre valor y precio, cuya máxima expresión es que una mercancía puede tener un valor de uso inmenso pero su valor de cambio ser igual a cero. Paradoja que desaparece si pensamos que son manifestaciones de «momentos» espacio-temporales diferentes de la mercancía. La raíz de la paradoja estriba, en mi opinión, en la persistencia del idealista dualismo ontológico.

Salvador López Arnal.- El segundo capítulo del libro lleva por título «El perturbador papel del conocimiento». ¿Qué tipo de perturbación genera el conocimiento? ¿No es el conocimiento, el saber contrastado no dogmatizado, un bien para la Humanidad y, especialmente, para las clases más desfavorecidas?

Carlos Tuya.- En el segundo capítulo abordo cómo la economía del conocimiento supone, entre otras cosas, una «perturbación» de las categorías clásicas de la economía política, como valor-trabajo, y todo lo que ello conlleva. Pongo el ejemplo de una experta desarrolladora de software. En su trabajo aporta conocimiento, Y no solo no lo pierde, sino que lo incrementa. Lo utiliza, pero no se destruye. Es inconsumible. Es su «capital» que crece con su inversión como trabajo. Eso supone un cambio trascendental de paradigma. Y, claro, una conquista social de gran importancia estratégica.

Salvador López Arnal.- En su opinión, ¿podemos seguir hablando de plusvalía, en la acepción marxista del concepto?

Carlos Tuya.- Por supuesto. De hecho, es un término que está plenamente incorporado al lenguaje. Expresa un hecho admitido por todos, aunque no todos saquen las mismas conclusiones. Supone reconocer un hecho empírico: la producción de mercancías genera un sobrante, un beneficio, que deja de ser social en el sistema capitalista para convertirse en beneficio empresarial privado. Es el «derecho» del capital, y su razón de ser. Otra cosa es aceptar ese «derecho» sin más, simplemente porque nace de la contraprestación salarial.

Salvador López Arnal.- Lo ha tocado de pasado, pero me permito insistir. Habla usted de la cogestión ejecutiva, del derecho obrero a intervenir con voz y voto en la gestión de la empresa y su toma de decisiones. ¿Por qué es tan importante? De hecho, si no estoy mal informado, en algunas empresas nórdicas y alemanas los trabajadores han conquistado (aunque sea parcialmente) ese derecho y no parece que el mundo del capital se haya transformado sustantivamente.

Carlos Tuya.- Lo que llamo cogestión ejecutiva es la plasmación del derecho de los trabajadores a participar plena y efectivamente en la dirección, organización, toma de decisiones y beneficios de la empresa, algo que cobra una nueva dimensión en la economía del conocimiento, como he señalado. No se trata de una concesión del empresario a la busca de mayor compromiso y productividad de los trabajadores, sino de un derecho que, a su vez, democratiza la empresa. El reconocimiento efectivo de ese derecho no supone ya la transformación del sistema capitalista, con bien señalas, sino un cambio estratégico en las relaciones distribuidas de poder que suponen no solo la democratización del espacio empresarial, sino la «socialización» de la actividad productiva en el camino de la autogestión. Es un pilar del proceso gradual de transformación del capitalismo, ya que el motor deja de ser exclusivamente la maximación del beneficio del capital.

Salvador López Arnal.- Se refiere usted en diversas ocasiones al proceso gradual de transformación del sistema capitalista. ¿En qué consiste ese proceso gradual? Salvo error por mi parte, algunas de sus formulaciones parecen afines o no muy alejadas del discurso eurocomunista de los años setenta y ochenta, o incluso de la socialdemocracia de izquierdas (no, desde luego, del neoliberalismo realmente existente).

Carlos Tuya.- El gradualismo transformador no es una táctica adaptativa reformista, sino una exigencia evolutiva de carácter universal, propia de todo proceso que termina alumbrando una nueva «especie». Supone ir eliminando los aspectos no necesarios, desarrollando los más útiles y posibilitando la «emergencia» de otros nuevos, de forma que se mantenga y desarrolle la eficiencia del sistema. En otras palabras, el gradualismo permite la «poda» —apoptosis en lenguaje biológico— de las partes que ya no son útiles o que están impidiendo el desarrollo de nuevas funciones; y una «deriva» evolutiva, como ocurre con el lenguaje. Todos los intentos destructivos que pretenden partir de cero han terminado en fracaso.

Salvador López Arnal.- Señala también que el proceso gradual de transformación no es necesariamente un proceso lento. ¿No hay aquí una inconsistencia? ¿Proceso gradual no implica lentitud o, cuanto menos, transformación extendida a lo largo del tiempo?

Carlos Tuya.- En absoluto, lo gradual tiene una dimensión temporal y otra sustantiva. La dimensión temporal está sometida a numerosos condicionantes, como la correlación de fuerzas interna del sistema, las coyunturas político-económicas, la interrelación con el «exterior», etc. Pueden darse periodos de estasis y otros de aceleración. En la evolución biológica se conoce como equilibrio puntuado. En los sistemas sociales estos fenómenos son más abiertos, inciertos, y probabilísticos, ya que todos los agentes son conscientes y tienen distintos proyectos de «futuro».

Salvador López Arnal.- ¿Qué son las relaciones distributivas de poder? ¿Por qué son tan importantes? ¿Cómo se conquistan?

Carlos Tuya.- Es un concepto novedoso que describe las «fuerzas» que actúan en el sistema y lo garantizan. Hay que partir de que los sistemas socioeconómicos están conformados por redes complejas de nodos interconectados de cuyas relaciones surgen los fenómenos emergentes, condicionados, a su vez, por las interacciones sociales. Esas fuerzas permean todo el sistema y sus redes, creando jerarquías, posibilitando el dominio y la subyugación, garantizando el estatus quo. La resistencia del PP a la renovación del Consejo General del Poder Judicial es un buen ejemplo de su importancia. La lucha política es, en cierto modo, una lucha por mantener o alterar las relaciones distribuidas de poder, condición necesaria para todo proceso de reforma adaptativa y transformación socioeconómica. En ese sentido, es un acierto la propuesta de reforma del acceso a las carreras judicial y fiscal del gobierno de coalición, con la que se pretende cambiar el perverso mecanismo socioeconómico que sustenta la actual mayoría conservadora en uno de los principales espacios de poder institucional.

Salvador López Arnal.- Cuando habla usted de procesos de transformación, ¿en qué países está pensando? ¿España, por ejemplo, está en condiciones de realizar un proceso de estas características?

Carlos Tuya.- Los procesos graduales de transformación exigen mayorías sociales participativas, por lo que tienen un recorrido común con las fuerzas reformistas socialdemócratas. En España se ha logrado, con dificultades, dar el paso necesario de un gobierno de coalición progresista, pero no es suficiente. Es cierto que se han conseguido notables mejoras sociales, laborales y económicas, pero todavía no se ha logrado cambiar las relaciones distribuidas de poder en los ámbitos económico e institucional, salvo en el caso del Tribunal Constitucional. La situación de la izquierda alternativa no invita a la excesiva esperanza.

Salvador López Arnal.- Dada la actual correlación de fuerzas, en España, en la UE y en muchos otros países del mundo, ¿no es algo utópico pensar en transformaciones con orientación socialista?

Carlos Tuya.- Lo que resulta utópico es pensar que las graves turbulencias y desafíos a los que nos enfrentamos pueden resolverse solo con reformas adaptativas. El capitalismo, especialmente en su actual fase plutocrática tecnofinanciera, puede y debe mejorarse, sin duda, pero es incapaz de superar las tensiones críticas generadas por la exigencia fundacional de maximizar el beneficio privado. Ello provoca efectos socioeconómicos y medioambientales disruptivos, como la precarización de amplios sectores, el aumento de la desigualdad, la mercantilización de la actividad social, reducida a una mera oportunidad de negocio, y la incapacidad de frenar el cambio climático, problemas que no pueden resolverse dentro de sus propios límites. Un fenómeno similar al que establece el famoso teorema de incompletitud de Gödel: ningún sistema formal suficientemente complejo puede ser completo y consistente al mismo tiempo. Es decir, siempre habrá problemas intrínsecos que el sistema no podrá solucionar por sí mismo.

Salvador López Arnal.- Habla de cuatro pilares del proceso transformador: ampliación de la democracia, democracia económica, fortalecimiento del Estado social y democrático de Derecho, proyecto federalista. ¿Qué deberíamos entender por democracia económica?

Carlos Tuya.- Es un concepto que ha evolucionado a lo largo del tiempo. Básicamente, propone y promueve la participación ciudadana en la toma de decisiones económicas, ya sea a través de mecanismos de participación directa o indirecta; busca el control democrático de la economía mediante formas como la cogestión y la ampliación de los derechos de los trabajadores; promueve la coexistencia entre diferentes formas de propiedad y organización económica como cooperativas, empresas públicas y empresas privadas con fuerte componente social. En definitiva, busca mayor legitimidad, eficiencia, equidad, y sostenibilidad.

Salvador López Arnal.- ¿Cómo podemos ampliar la democracia de manera efectiva? Los intentos llevados a cabo en algunos países (pienso en Brasil por ejemplo, en el ámbito municipal), ¿han sido exitosos?

Carlos Tuya.- El déficit constitutivo de la democracia liberal representativa estriba en la delegación de soberanía por los ciudadanos, un sistema que tiene grandes ventajas deliberativas y condicionantes operativos. De hecho, la historia de la democracia liberal es la de la lucha por su «ensanchamiento» hasta lograr la universalidad del voto. Lograda esta, el siguiente desafío es su ampliación con formas de democracia participativa, deliberativa y directa en el sistema institucional del Estado. Algo que posibilitan y facilitan enormemente las herramientas de las nuevas tecnologías de la información y comunicación. Ya existen experiencias notables como los presupuestos participativos de Porto Alegre (Brasil), las asambleas ciudadanas deliberativas y aleatorias en Irlanda, el proceso constituyente participativo en Islandia tras la crisis financiera de 2008, etc. Entre nosotros hay iniciativas destacables como las desarrolladas en Barcelona por la alcaldesa Ada Colau. Son pasos incipientes y esperanzadores aunque todavía no resuelven los límites y las limitaciones de la democracia liberal.

Salvador López Arnal.- ¿Cómo se fortalece el Estado social y democrático de derecho en un país como España donde la vivienda empieza a ser un lujo fuera del alcance de muchos colectivos de familias trabajadoras?

Carlos Tuya.- El fortalecimiento del Estado social y democrático de Derecho es un proceso complejo, ya que afecta a numerosas áreas de su actividad. Pero, básicamente, potenciando y blindando su dimensión social centrada en el Estado del bienestar, lo que incluye el gravísimo problema de la vivienda que señalas. Y eso, al tiempo que se desarrollan políticas encaminadas a racionalizar la actividad productiva, regular los mercados y planificar la economía. Dicho en pocas palabras, el proceso trasformador del sistema capitalista exige un Estado Social y democrático de Derecho que proteja, impulse, regule, coordine y socialice.

Salvador López Arnal.- ¿Es realista un proyecto federalista en la España actual teniendo en cuenta el poder e influencia de los movimientos y formaciones nacionalistas, aparte de la existencia, avalada constitucionalmente, del concierto vasco y el régimen foral navarro?

Carlos Tuya.- En el mundo hiperglobalizado, la forma óptima de organizar la pluralidad de un Estado plurinacional como es España, es la federal, entendida como un sistema territorial eficiente, equitativo, solidario y respetuoso con las identidades y aspiraciones de las nacionalidades históricas y la diferentes regiones. El Estado de las Autonomías es una buena base de partida.

Salvador López Arnal.- Habla de ello en las últimas páginas de su libro, le pregunto sobre ello. ¿El cambio climático representa un desafío existencial sin precedentes? ¿Estamos en condiciones de variar el rumbo hacia el desastre en el Siglo de la Gran Prueba (Jorge Riechmann)?

Carlos Tuya.- Sin duda. Es uno de los aspectos que dotan de «singularidad» a la etapa histórica actual. Ya hemos sobrepasado el objetivo de limitar el calentamiento a 1,5 grados, y las emisiones de COhan logrado un penoso récord en 2023. La alarmante realidad es que el ritmo y la escala de las medidas adoptadas hasta el momento, así como de los planes actuales, son insuficientes para hacer frente al cambio climático. Las estrategias de mitigación y adaptación no pueden estar subordinadas a la exigencia económica del beneficio privado, ni regidas por las leyes del mercado capitalista. La salida del Acuerdo de Paris y las políticas negacionistas de Trump evidencian el peligro que supone la dominación plutocrática tecnofinaciera del capitalismo para la supervivencia de la especie humana.

Salvador López Arnal.- ¿Quiere añadir algo más?

Carlos Tuya.- Me gustaría insistir en la necesidad de que la izquierda alternativa se dote de un «marco teórico» que le permita jugar el papel transformador que le da sentido. Particularmente cuando en nuestro país la socialdemocracia está jugando el suyo desde posiciones más consecuentes. Un «marco teórico» que debe sustentarse en la experiencia histórica, la evolución del capitalismo, la comprensión de la complejidad de los sistemas socioeconómicos, los efectos de digitalización prácticamente en todos los espacios de la vida, y el desafío existencial de la emergencia climática. Porque vivimos en una encrucijada histórica, técnicamente lo que se conoce en ciencias de la complejidad como una bifurcación, donde se dirimen dos grandes tendencias: o dominación de la plutocracia tecnofinanciera, o proceso gradual de transformación del sistema socioeconómico capitalista. Lo que está en juego es gravísimo, no solo social, política y económicamente, sino desde el punto de vista de la lucha contra el cambio climático, un desafío existencial donde, por cierto, la Inteligencia Artificial puede jugar un papel decisivo. Con mi libro trato de perfilar los aspectos fundamentales de la alternativa transformadora. Espero que, al menos, sirva para impulsar un debate cada vez más urgente y necesario.

Salvador López Arnal.- Sirve por supuesto. Gracias por su libro, sus respuestas y su amabilidad.

Más que un libro de datos o estadísticas, una obra de análisis riguroso

3 Junio 2025 at 08:07
Por: JDF

En Por qué China está ganando, Pedro Barragán ofrece al lector un análisis documentado sobre la transformación de China en la principal potencia emergente del siglo XXI. A través de veinte capítulos, tres partes temáticas y varios apéndices, no se limita a trazar una línea de tiempo económica, sino que presenta una verdadera radiografía cultural, histórica, política y estratégica del gigante asiático, situando al lector ante una pregunta central: ¿cómo ha logrado China sobrepasar los límites que Occidente le había impuesto y por qué sigue avanzando a buen ritmo cuando muchos pronosticaban su estancamiento?

La primera parte del libro actúa como un sólido andamiaje conceptual. Aquí, el autor nos lleva de la mano para entender los fundamentos culturales de China, especialmente el impacto del confucianismo en la mentalidad colectiva, sus diferencias clave con el pensamiento cristiano occidental y el papel que sigue desempeñando hoy, incluso como complemento ideológico del marxismo. El recorrido histórico, no muy extenso, abarca desde el esplendor del imperio chino, pasando por la humillación colonial, las invasiones extranjeras, la Revolución Cultural, hasta las reformas iniciadas por Deng Xiaoping, profundizadas por Xi Jinping, y la modernización institucional y económica que ha redefinido al país. Esta primera parte, además de otros temas económicos y de población, se completa con el análisis del sistema político chino explicando en qué consiste el socialismo de mercado.

La segunda parte es probablemente la que más desarrolla la estructura de la economía china. Desglosa el milagro económico chino: las tasas de crecimiento del PIB, la modernización agrícola, la impresionante industrialización, el avance del sector servicios y, sobre todo, la capacidad de China para integrarse a las cadenas globales de valor mientras mantiene un modelo de economía de mercado socialista. Los capítulos dedicados al comercio exterior son particularmente esclarecedores, mostrando cómo China ha sabido consolidar relaciones estratégicas no solo con Estados Unidos y Europa, sino también con África, los países de la Franja y la Ruta, y los miembros del RCEP. Las reflexiones sobre la erradicación de la pobreza extrema, el surgimiento de una clase media robusta, los avances en sostenibilidad y transición energética y el impactante crecimiento de los salarios, amplían la perspectiva más allá de lo puramente económico.

La tercera parte, mucho más geopolítica, analiza de frente las tensiones crecientes con Estados Unidos, abordando no solo la guerra comercial y de aranceles, sino también la batalla tecnológica por los semiconductores, la inteligencia artificial, las cadenas de suministro y los chips. Muestra cómo las restricciones, sanciones y bloqueos norteamericanos han empujado a China a fortalecer su autosuficiencia tecnológica, a diversificar sus mercados y a consolidar alianzas estratégicas. El análisis de la llamada “nueva guerra arancelaria de Trump en 2025” resulta actual, situando al lector en un escenario global de rivalidad e incertidumbre.

Lo que distingue a este libro es su capacidad de conectar cifras, políticas y estrategias con un trasfondo ideológico y cultural que muchas veces es ignorado en los análisis occidentales. Barragán no elude los debates incómodos: dedica un capítulo a los derechos humanos, contrastando la visión occidental con la interpretación china, y aborda las críticas internacionales al modelo político del Partido Comunista.

La obra cierra con un análisis prospectivo sobre el futuro: cómo China se está preparando para redefinir el orden geopolítico global, cuál es su propuesta de “comunidad de futuro compartido” y por qué, según el autor, su progreso económico seguirá superando al de Estados Unidos en los próximos años. Los apéndices, lejos de ser meros anexos, aportan claves sobre el papel de los BRICS+, el dólar, el FMI, el Banco Mundial y la reciente victoria de Trump en EE. UU., completando el panorama con un enfoque integral.

Por qué China está ganando es mucho más que un libro de datos o estadísticas: es una obra de análisis riguroso, que busca eliminar los prejuicios, romper con los estereotipos mediáticos y abrir el debate sobre el lugar que China ocupa (y ocupará) en el escenario global. Nos invita a mirar de frente una realidad ineludible: estamos entrando en una nueva era, y China no es ya una promesa de futuro, sino el presente que está moldeando el mundo.

Pequeño gran libro

31 Mayo 2025 at 06:30

De la contraportada del libro: “Cada cierto tiempo, reaparece la teoría de que el fascismo se extingue en 1945. Sin embargo, algunos movimientos que se han venido sucediendo desde entonces y las noticias que escuchamos a diario deberían ser más que suficientes para convencernos de la vacuidad de esta suposición. Al fin y al cabo, las principales fuerzas políticas del siglo XX, ya sea a la izquierda o a la derecha, bajo las mismas o nuevas siglas, siguen vivas. La partida, pues, sigue abierta”. Más allá de los matices no menores que cabe introducir en la anterior observación, la partida, efectivamente, sigue abierta… aunque la izquierda actual no esté en las mejores condiciones para el inacabado combate.

Un apunte (absolutamente innecesario) sobre el autor: Luciano Canfora (n. 1942) es profesor emérito de la Universidad de Bari y uno de los historiadores más reconocidos en Italia e internacionalmente (también en nuestro país). Dirige la revista Quaderni di storia y es colaborador del Corriere della Sera y otros medios. Autor prolífico, ha publicado hasta el momento más de una treintena de libros. Entre sus traducciones más recientes a nuestro idioma: La historia falsa (2014), 1914 (2014), Libro y libertad (2017) y La máscara democrática de la oligarquía (2020).

Lo esencial de esta reseña: Brecht nos enseñó a conocer la bondad de los seres humanos: los buenos hombres (también las mujeres, por supuesto) se conocen en que resultan mejor cuando los conocemos. ¿Qué pasa con los libros?, ¿cuándo un libro es un buen libro? Los buenos libros, aunque sean breves como es el caso que comentamos, se conocen en que resultan más apasionantes de lo que habíamos imaginado cuando los leemos, meditamos y estudiamos. El fascismo nunca ha estado muerto es un buen ejemplo de estos libros que valen la pena leer (y releer). Muchas excelentes lecciones de historia nos regala el autor en su cuidada y asequible argumentación.

Componen este libro de Canfora, uno de los grandes intelectuales italianos y europeos del XX y el XXI, una presentación (“Para entrar en el tema”; abre así: “A los nazis no nos gusta esta mierda”, así se expresaba sobre los judíos el ministro de Economía del gobierno finlandés neoatlántico Wille Rydman (Corriere della Sera, 31 de julio de 2023, p.13)”), nueve capítulos y un apéndice (el programa fundacional, firmado por Mussolini -…»líder político al que el Movimiento Social de Italia le debe en cierto modo su propia existencia»- de los Fasci di Combattimento en las tiradas del 30 de marzo y el 6 de junio de 1919). Los nueve capítulos: 1. El núcleo. 2. Las tres caras del fascismo. 3. Consultar el atlas. 4. El caso alemán. 5. La parábola de Mussolini. 6. Cassius. 7. Preguntas fundamentales. 8. Neofascistas, fascistas y fascistas “atlantistas”. 9. Conclusiones.

Canfora, se señala en la solapa interior del libro, “traza la la historia contemporánea del fascismo obteniendo una definición operativa del mismo que le permite, a su vez exponer las concomitancias del fenómeno fascista prebélico y el posfascismo actual, el latente y el manifiesto”. Solemos pensar, se añade, “en el fascismo como una suerte de reacción antimoderna, contraria a los valores de la Ilustración, al modo que lo expuso Umberto Eco bajo el concepto de ur-fascismo, si bien Canfora, fiel a la lección de Gramsci, lo presenta como el mal endémico de la sociedad de masas, el virus arraigado en la historia moderna de Occidente. Su origen determina su esencia: el supremacismo racial subyacente al colonialismo. Hoy prospera en las sociedades debilitadas por la globalización y aspira incluso a la hegemonía cultural” [el subrayado es mío].

Algunas de las consideraciones del autor, para abrir su apetito lector que, seguramente, ya está muy en disposición:

1. “Por lo tanto, es legítimo alarmarse cuando se repiten los siguientes comportamientos: intimidar a partidos contrarios con acusaciones inverosímiles o a opositores individuales con aluviones de querellas, deslegitimar los órganos de control, demonizar a gobiernos anteriores anunciando “comisiones de investigación” de manera constante, monopolizar la información (generando disposición a la autocensura), proyectando la posibilidad de derribar el orden constitucional. Se trata de un sistema de autoridad que podría definirse como “reacccionarismo capilar de masas”, que gira en torno a clases medias empobrecidas, antipolíticas y vagamente xenófobas” (p. 24).

2. “La excelente relación entre el fascismo -Musolini personalmente- con los líderes estadounidenses está ampliamente documentada en el libro de Ennio Caretto, Quando l’America si innamorò di Mussolini. Mucho más significativa que el entusiasmo del joven John Kennedy por el fascismo como régimen apropiado para Italia es la excelente relación entre Roosevelt y Mussolini desde que, en septiembre de 1932, Mussolini intuyó que Roosevelt ganaría las elecciones y llegaría a ser presidente. Mussolini recibió a continuación a Elmer Langworthy, oficial naval y emisario personal de Roosevelt, entonces candidato, y “le recomendó la tercera vía italiana (es decir, la economía corporativa) entre capitalismo y comunismo”. Las valoraciones positiva del New Deal fueron frecuentes en el periódico del Duce, Il Popolo d’Italia” (p. 49).

3. “Mientras tanto, la izquierda, después de haberse dotado de un fantasma ideológico-geográfico (“el europeísmo”), se ha revelado incapaz frente a los problemas más acuciantes del momento actual: las crecientes desigualdades (que estallan en peculiaridades estrictamente nacionales de cada país), así como la gran migración que, desde muchos afligidos, se dirige hacia las zonas ricas del planeta.

Ha predicado mucho, pero cayó víctima de la inanidad de ese fantasma y de los egoísmos internos del beato continente. Un ejemplo destacado: el Tratado de Dublín, que enfrenta a los países europeos entre sí. La Unión (?) Europea discute ahora sobre las “cuotas” -palabra insultante- de desgraciados que deben ser arrojados de un país a otro. Está dividido entre “endeudados” y “frugales”, entre xenófobos y predicadores, entre aislamófobos y “cosmopolitas alejados de la contienda” (pocos y cómodamente influyentes), y la lista continua.

Toda la salud para las fuerzas políticas que hacen fortuna con el lema de impacto seguro: “¡Los italianos primero!” (¡y los inmigrantes a Tirana!)” (p. 79).

Por si hubiera alguna duda de la UE realmente existente y de los estrechos límites de la “democracia” realmente existente, con estas palabras cierra Canfora este libro que merece lectura, estudio y recomendación:

“En su primer discurso parlamentario (21 de junio de 1921), el mismo líder [Mussolini] formuló una consideración crítica hacia la abstracción internacionalista de los socialistas: “Negamos su internacionalismo porque es un bien de lujo que solo puede ser practicado por las clases altas, mientras que el pueblo queda desesperadamente atado a su tierra.” La forma en que se aplica este internacionalismo de las clases altas fue descrita recientemente de modo elocuente por el expresidente de la conferencia L’Italia s’è destra (4 de agosto de 2023): “Si un gobierno no obedece a la UE, cae al cabo de dos semanas”. ¿Tomamos nota?

Inocencia y exilio: la aventura americana del joven Karl Rossmann

28 Mayo 2025 at 09:21
Por: JDF

Un muchacho de 16 años y de familia humilde, Karl Rossmann, es enviado a Estados Unidos por sus padres después que tuviera un hijo con la sirvienta. La novela El desaparecido, del escritor checo en lengua alemana Franz Kafka (1883-1924), comienza con la entrada del barco en el puerto de Nueva York.

A punto de desembarcar, Karl pide a un joven -al que conoció durante el viaje- que le guarde la maleta, mientras el protagonista se dirige a recoger un paraguas que ha olvidado abajo.

Pero el joven se pierde entre los corredores, habitaciones y escaleras de la embarcación; así, “desorientado, después de no encontrar a nadie, oyendo solamente el ruido constante de miles de pies que se arrastraban por encima suyo y, a lo lejos, como un murmullo, las últimas operaciones de las máquinas ya paradas, se puso a golpear, sin pensarlo dos veces” una pequeña puerta, relata Kafka.

Es la secuencia inicial de El desaparecido, texto publicado en enero por Akal, que editó asimismo otros títulos de Kafka: La metamorfosis; El proceso; Carta al padre; La condena y otros relatos; El castillo e Informe para una academia y otros escritos.

El primer capítulo de El desaparecido está dedicado al fogonero del barco; es un hombre corpulento, de nacionalidad alemana, a cuya habitación llegó -extraviado- Karl Rossman. El fogonero está empleado en la sala de máquinas. Ha trabajado -a la orden de los capitanes- en una veintena de buques, con acierto y reconocimiento de los jefes.

El fogonero da cuenta de sus preocupaciones (en el barco que llega a Nueva York) al joven Karl: “Aquí no sirvo para nada, aquí siempre molesto a Schubal (el jefe de máquinas, de origen rumano), soy un haragán, me estoy ganando el despido, y recibo mi sueldo por compasión. ¿Lo entiende usted? Pues yo no”, se lamenta.

La primera edición de la novela se publicó en 1927, tras la muerte del autor; en el prólogo -recogido en la edición de Akal-, el escritor, periodista y editor de Kafka, Max Brod, recuerda que el narrador checo definía El desaparecido como su Novela americana. Además destacó -en varias conversaciones- que fue una de las obras en que más valoró la esperanza.

Brod añade que Kafka era un lector interesado por las novelas de viajes y las memorias; pero no realizó viajes de gran recorrido -excepto Francia y el norte de Italia-, de ahí que es “la aurora de la fantasía la que tiñe con su particular colorido la aventura en este libro” (El desaparecido).

En el prólogo de 1927, el editor sitúa El desaparecido en el contexto de la obra general de Kafka: “Está claro que la novela guarda una íntima relación con El proceso y El castillo, cuya sucesión inaugura cronológicamente (…); el tema fundamental es la extrañeza, el aislamiento entre los hombres; la situación del acusado en El proceso; la del intruso y extraño en El Castillo; el desamparo de un joven inexperimentado en medio de una América desbordante de vida”.

El capítulo inicial de El desaparecido -titulado El fogonero– vio la luz de modo independiente en 1913; ese año el escritor nacido en Praga publicó Meditación y La condena; además de viajar por Viena, Venecia y Riva (Trento, Italia), mantiene contacto con tres mujeres: Felice Bauer (a quien escribió las Cartas a Felice), la joven suiza Gerti Wasner y Grete Bloch, fallecida en 1944 en el campo de concentración de Auschwitz.

Un año después de editarse El fogonero, en 1914, el novelista judío comenzó a escribir El proceso; en octubre el cuento titulado En la colonia penitenciaria y el relato Ante la ley, que formaría parte de El proceso.

Max Brod afirma que en El Proceso y El Castillo prevalecen las barreras que afronta el individuo íntegro; sin embargo, en El desaparecido, “el mal se mantiene en justo equilibrio gracias a la inocencia infantil y la pureza, conmovedora por naif, del protagonista. Sentimos cómo ese buen chico -Karl Rossmann- (…) por obstinación alcanzará su objetivo: mostrarse como una persona decente y reconciliar a los padres”.

Uno de los capítulos de la novela –Un asilo– se inicia en una vía empinada de los suburbios, silenciosa y con los niños jugando en la acera; el ambiente es de sol y calor; un hombre carga ropas viejas, y pregona cerca de las viviendas; Max Brod señala que algunas escenas de Un asilo evocan los filmes de Charles Chaplin, quien comenzó a actuar y dirigir en 1914.

Entre otras secuencias, un policía con la porra levantada pide a Karl Rossmann que se identifique; el agente repitió el apellido del protagonista; “pero Karl, que en realidad se las veía por primera vez con las autoridades americanas, percibió ya en esta reiteración la existencia de una cierta sospecha”.

En unas líneas escritas en el periódico mexicano La Jornada, en 1997, el escritor Eduardo Galeano resume el significado de la obra kafkiana; el periodista uruguayo recorría en silencio las calles de Praga, y llegó a la gran plaza de la Ciudad Vieja; en medio de la noche, una mujer inválida y con voz desgarrada “cantó el alarido de todos los solos del mundo”.

Se dio la circunstancia que unos jóvenes imitaron, burlándose, a la mujer tullida; ella respondió al escarnio con el silencio; y tras preguntarse si se hallaba soñando o dormido, Galeano concluye: “Entonces no tuve dudas: yo estaba despierto y bien despierto, en el exacto centro de este mundo”.

En un prólogo a la novela El Proceso, el autor comunista portugués José Saramago señala un punto central en la narrativa de Kafka; así, “el antagonismo nunca superado que opuso padre a hijo e hijo a padre, es lo que constituye la viga maestra de toda la obra kafkiana, derivando de ella como las ramas de un árbol derivan del tronco principal, el profundo desasosiego íntimo que lo condujo a la deriva metafísica, la visión de un mundo agonizando por el absurdo, la mistificación de la conciencia”.

Al igual que Max Brod, Saramago halla puntos de conexión entre las principales novelas de Kafka; en El desaparecido (particularmente en el capítulo El fogonero) los padres deportan a Karl Rossmann por dañar la honra familiar; “en La Condena ‘el hijo’ es sentenciado por el padre a morir ahogado; en La metamorfosis ‘el hijo’ dejó simplemente de existir, su lugar fue ocupado por un insecto”, concluye el Premio Nobel de Literatura.

Sobre el decisivo papel de la militancia comunista

24 Mayo 2025 at 06:10

Es justo decirlo ya en el primer compás esta nota: si tienen interés, como seguramente será el caso, en la lucha democrático-comunista contra el franquismo, estudien, lean y recomienden esta magnífica y documentada -y excelentemente escrita- aportación a la lucha antifranquista en la universidad, centrada principalmente (es descripción, no crítica) en la Universidad de Barcelona (La Central, en aquellos años) y en el movimiento estudiantil barcelonés, sin que el autor olvide, desde luego que no, la lucha de los PNN, de los profesores no numerarios, y la huelga general por ellos convocada durante el curso 1974-1975.

El antifranquismo en la universidad. El protagonismo militante (1956-1977), con nuevas aportaciones para los interesados, mi caso por ejemplo, en la obra y praxis política de Manuel Sacristán y Francisco Fernández Buey, toma pie en la tesis doctoral que Jordi Sancho Galán presentó en la Facultad de Historia de la UAB en 2021, bajo la dirección de la historiadora Carme Molinero, quien en el prólogo del libro comenta: “El lector tiene entre las manos una aportación relevante a la reconstrucción exhaustiva del papel de la militancia comunista en la constitución del movimiento estudiantil centrada en los protagonistas que permitieron desplegar la oposición política a través de la movilización social y la recuperación de la sociedad civil”. En las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado, “los comunistas arraigaron a través del activismo de sus miembros, formando parte de las redes más dinámicas de la sociedad”. Esos estudiantes comunistas se convirtieron, excelente metáfora de Molinero, en “rostros de la multitud”.

Un apunte sobre el autor: Jordi Sancho Galán es un joven doctor en Historia Comparada, Política y Social por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) e investigador del Centro de Estudios sobre Dictaduras y Democracias (CEDID, UAB). Sancho Galán ha centrado hasta el momento sus investigaciones en las interacciones entre culturas políticas, juventud y movilización social en la segunda mitad del siglo XX. Actualmente es investigador postdoctoral Margarita Salas en la Universidad París 8 (Vincennes-Saint Denis) y en la UAB.

Tras el prólogo de Molinero, forman El antifranquismo en la universidad. El protagonismo militante (1956-1977), la introducción, cinco extensos (pero nunca cansinos) y documentados capítulos (no se salten las notas al pie de página), las conclusiones (el autor cierra tomando pie en una cita de Francisco Fernández Buey), un apartado de siglas y abreviaturas y la bibliografía. Falta, en mi opinión, un índice onomástico con los protagonistas principales de la lucha. Los capítulos: 1. Tomar partido; 2. La formación del movimiento estudiantil; 3. El PSUC en, ante y tras el sindicato democrático de estudiantes; 4. Efervescencia, represión y radicalización; 5. Por una universidad nueva en una sociedad democrática.

Sugerencia de lectura: prólogo, introducción y capítulo de conclusiones. Tras ello, vuelta a empezar.

El paradigma historiográfico del autor: “Nos aproximamos a esta historia del antifranquismo en la universidad desde un marco historiográfico desarrollado por historiadores como Carme Molinero, Pere Ysàs, Sebastian Balfour, Pamela Radeliff, Ismael Saz, Xavier Domènech y Óscar J. Martín García, entre otros”, una historia social de lo que suele llamarse tardofranquismo y del final de la dictadura, “en la que los movimientos y la conflictividad sociales constituyen vectores fundamentales del cambio político”. Es desde la perspectiva de una historia social, cultural y desde abajo, “en la que el sujeto, la experiencia, la cultura, la hegemonía, la movilización y conflictividad social son elementos centrales” desde las que el autor ha pretendido (y conseguido) acercarse a su objetivo de estudio.

Para futuras reediciones convendría rectificar algunas erratas en nombres y apellidos (Scheing por Schweins, Fabrián por Fabián, Robert por Rubert, Musterín por Mosterín, etc), añadir algún breve apunte sobre la FUDE (del PCE(m-l)), evitar el uso de capuchinada o caputxinada (por el convento de los capuchinos de Sarrià, el lugar de la reunión) para hacer referencia a la Asamblea Constituyente del SDEUB y dar cuenta de las singulares posiciones de Sacristán sobre la invasión de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia, tema muy debatido entre el estudiantado de vanguardia.

PS: También durante 1976, señala Sancho Galán, las tres universidades catalanas aprobaron la cooficialidad del catalán, reconocimiento que, en ningún caso, era muestra de hispanofobia ni de marginación o menosprecio del castellano.

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