Raoul Peck nunca estuvo «en el vientre de la ballena», por utilizar la célebre imagen con la que Orwell describía a cierto tipo de artistas que viven felizmente ajenos a los problemas de su tiempo.
El vientre de la ballena es un útero con capacidad suficiente para un adulto. Allí se encuentra uno a oscuras, en un espacio mullido que encaja a la perfección con el propio cuerpo, con metros y metros de grasa entre uno mismo y la realidad, capaz de mantener una actitud de absoluta indiferencia, al margen de lo que suceda o deje de suceder. Una tormenta que hiciera naufragar a todos los buques de guerra del mundo entero apenas le llegaría a uno salvo en forma de eco lejano. (…) Casi como si estuviera muerto, esa es la etapa final e insuperable de la irresponsabilidad máxima.
Aunque Orwell defendía la libertad inalienable del artista, creía que hay momentos en los que, inevitablemente, hay que tomar partido. Eso le llevó a él, por ejemplo, a involucrarse en la causa antifascista y en la defensa de la República durante la guerra civil española, compromiso aquel que tantas amarguras le provocó.
Tras la victoria de Franco escribió: «Casi con toda seguridad, nos adentramos en una época de dictaduras totalitarias, una época en que la libertad de pensamiento será en primera instancia un pecado moral, y después una abstracción desprovista de sentido». Años después profundizaría en estos conceptos en Rebelión en la granja y, sobre todo, en 1984.
El último documental de Raoul Peck, titulado Orwell: 2+2=5, es una mezcla de biografía del escritor inglés y de ensayo basado en estas ideas premonitorias. Asistir al espectáculo de la lucidez, que es la base de la capacidad profética de Orwell, es siempre una experiencia estimulante. Y Peck, que es un gran conocedor del marxismo, usa estas ideas para plasmar en imágenes aquella conocida frase que decía que la historia se repite «una vez como tragedia y la otra como farsa».
Peck articula su discurso a través de tres máximas enunciadas por el Gran Hermano de 1984:
- La libertad es esclavitud.
- La guerra es paz.
- La ignorancia es fuerza.
Esta neolengua, que retuerce el significado intrínseco de las palabras, vive hoy un momento de esplendor. El mandatario que ha bombardeado Irán y que ha colaborado activamente en el genocidio de Gaza pide para sí mismo el premio Nobel de la Paz. Y eso no es lo grave. Lo grave es que este delirio es perfectamente razonable para sus correligionarios.

El primer aldabonazo en esta carrera hacia la locura colectiva lo dio el equipo de Trump cuando éste juró su cargo de presidente en 2017. Ya entonces se dijo que su toma de posesión fue la más multitudinaria de la historia. Las imágenes contradecían tal afirmación, pero no importó. Una de sus colaboradoras, Kellyanne Conway, dijo entonces que existían «hechos alternativos».
En sus Recuerdos de la guerra de España (y en la voz de Damian Lewis, el narrador del documental de Peck), Orwell confiesa su preocupación ante «la impresión de que el propio concepto de verdad objetiva está desapareciendo del mundo». Y no fue el odioso estalinismo, cuya crítica es la base de sus obras más celebradas, el que llevó más lejos este fenómeno, sino el capitalismo neoliberal. Porque la prueba del éxito de un régimen totalitario no está en el terror que éste puede ejercer sobre la población para que acate su ideario, sino precisamente en la ausencia de coacción, en la asunción ciega de sus postulados por parte de la gente. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy en día.
El título del documental de Peck hace referencia a un interrogatorio sufrido por Winston, el protagonista de 1984. Le muestran cuatro dedos y le preguntan: «¿Cuántos dedos hay?». La respuesta oficial es cinco, porque así lo ha decidido el líder supremo, pero no sirve de nada que Winston diga simplemente «cinco». Debe creerlo realmente, debe salir de él, sin imposiciones de nadie. Debe decir, en 2026, por ejemplo, «la violencia machista no existe». Debe decir, por ejemplo, «el cambio climático no existe». Debe decir, por ejemplo, «los inmigrantes vienen aquí para delinquir». Y hacerlo de motu proprio, íntimamente convencido, sin dudas de ningún tipo.
Peck, como intelectual que no vive «en el vientre de la ballena», ha sentido la necesidad de tomar ese toro por los cuernos y de hacerlo sin concesiones ni partidismos. Por su película, asociadas a los textos de Orwell, aparecen las figuras de Trump, Putin, Xi Jinping, Narendra Modi o Benjamín Netanyahu. Y todo encaja, lo que confirma la grandeza visionaria de Orwell. Y para que encaje mejor, para que la maquinaria del poder esté bien engrasada, los amos del mundo cuentan con la ayuda inestimable de los caudillos digitales, con sus redes sociales y sus inteligencias artificiales, un ángulo que Peck tampoco se olvida de abordar. Su cometido, como el de todo artista que se precie en un momento crítico, es el mismo que ya enunció Albert Camus cuando recogió su premio Nobel: «El papel del escritor, (… ) por definición, hoy no puede estar al servicio de los que hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren».

Estamos viviendo un momento muy parecido a aquel periodo de entreguerras que forjó el pensamiento de Orwell y que vio nacer el nazifascismo. Y no es una exageración, sino una realidad constatable. Basta con ver cómo actúan los esbirros del ICE, los camisas pardas de Trump. Como señala Patricia Simón, «dejemos de hablar de auge de la ultraderecha porque la ultraderecha ya domina nuestra era: siembra el terror y la zozobra en todo el mundo desde la Casa Blanca, ocupa uno de cada cuatro escaños en el Parlamento Europeo, cogobierna comunidades autónomas y poblaciones españolas, y recibirá uno de cada cinco votos en las próximas elecciones generales, según la última encuesta del CIS». Así las cosas, ¿qué hacer? ¿Cuál es el deber de un intelectual en esta situación?
«Cuando me siento a escribir un libro –decía Orwell–, escribo porque quiero sacar a la luz una mentira». En la misma línea, decía Camus: «A pesar de las debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio estará siempre en dos arduos compromisos: la negativa a mentir y la resistencia a la opresión». Cuando dirige una película, Raoul Peck, consciente del mundo en el que vive, se coloca en esa misma posición. Ya quisieran otros.
‘Orwell: 2+2=5’, de Raoul Peck, se estrena en cines el viernes 27 de febrero.
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