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Matar a la velocidad de la máquina

28 Abril 2026 at 11:56

Este reportaje se publicó originalmente en La Marea 111. Puedes conseguir la revista y suscribirte en nuestro kiosco.


La mañana del 28 de febrero, decenas de niñas y docentes ingresaron a la escuela primaria Shajareh Tayyebeh de Minab, una ciudad de más de 70.000 habitantes en el sur de Irán. Era sábado, el primer día de la semana laboral en ese país. También el primer día de la operación «Furia Épica», como denominó el Pentágono a la ofensiva que lanzó contra Irán junto a Israel (Tel Aviv, por su parte, la llamó «Rugido del León»).

Alrededor de las 10.30 hora local, un misil Tomahawk impactó en la escuela, perforando el techo y colapsando la estructura. Análisis forenses de imágenes satelitales revelaron que, poco después, otro misil impactó en el patio, seguido por un tercero que completó el ataque. Según las autoridades iraníes, al menos 168 personas, en su mayoría niñas de entre siete y 12 años, fallecieron en el ataque. No se trató de un fallo técnico.

Los misiles Tomahawk no son cualquier misil. Pueden cubrir más de 2.000 kilómetros de forma autónoma, a velocidades cercanas a los 880 km/h, e impactar en su objetivo con un margen de error de pocos metros.

La escuela estaba ubicada en un edificio que hace una década fue separado de una base de las fuerzas navales del Cuerpo de Guardianes mediante un muro. Dicha base también fue golpeada en los ataques del 28 de febrero. Por ello, es probable que EE. UU. identificara esa base como objetivo militar pero que los mapas utilizados para esa identificación no estuvieran actualizados. Pero ¿quién es responsable de ese error en una guerra en la que se combate esencialmente con inteligencia artificial?

La cadena de muerte

En términos militares, con kill chain (literalmente, ‘cadena de muerte’) nos referimos a la secuencia de acciones que ocurre entre la identificación de un objetivo, la decisión de atacar y el despliegue del ataque. Durante casi un siglo, los ejércitos han intentado comprimir la kill chain todo lo posible, algo que permitiría atacar al enemigo de forma más rápida y eficaz.

Este deseo se convirtió en necesidad por primera vez durante la Guerra del Golfo del año 1991, cuando los iraquíes emplearon lanzadores móviles de misiles capaces de desplazarse varios kilómetros antes de que los estadounidenses pudieran coordinar una respuesta. Las viejas técnicas analógicas, en las que los analistas tenían que revisar manualmente mapas, grabaciones y otros datos, no servían. Se necesitaban máquinas capaces de volar tan bajo como para esquivar los radares, identificar un objetivo y eliminarlo en minutos. En pocas palabras, drones armados: vehículos capaces de volar (y atacar) sin tripulación a bordo.

El primer ejemplo llegó en 2001, cuando el capitán de la Fuerza Aérea de EE. UU. Scott Swanson y el sargento mayor Jeff A. Gunny Guay intentaron matar, sin éxito, al mulá Omar, líder de los talibanes y aliado de Osama Bin Laden, mientras controlaban un dron armado Predator desde Langley (Virginia), a miles de kilómetros de distancia. A pesar de que la misión no obtuvo los resultados esperados, los drones Predator y el más pesado Reaper en poco tiempo se convirtieron en instrumentos claves de las misiones militares tanto de EE. UU. como de Israel. Su uso se amplió enormemente durante la presidencia de Barack Obama, llegando incluso a ser considerados por algunos más «humanos» que otro tipo de ataques.

«La pregunta es si los drones nos tentarán a hacer cosas incorrectas. Pero no parece que sea así, porque tenemos casos en los que los drones se usaron de manera justa, y parece que, en realidad, mejoran nuestra capacidad de actuar con justicia», dijo en 2012 a The Guardian Bradley Strawser, filósofo y por entonces profesor en la Universidad Naval de Monterrey. «Literalmente cada acción que realizan queda registrada. Ante una decisión difícil, los operadores pueden incluso tomarse su tiempo y llamar a otras personas a la sala. Hay más margen para los controles y la supervisión», argumentó.

Pero con el aumento de los datos, poco a poco los controles y supervisión se volvieron cada vez más complejos. «En un futuro no muy lejano, vamos a encontrarnos nadando en sensores y ahogándonos en datos», aventuró en 2010 un alto cargo de inteligencia de la Fuerza Aérea estadounidense. Y eso fue lo que pasó. La difusión de redes sociales, drones y tecnologías de vigilancia masiva aumentaron enormemente la disponibilidad de datos en manos de los ejércitos para identificar y rastrear objetivos. Eso llevó a un cuello de botella. ¿Quién podía analizar tanta información? La inteligencia artificial trajo la respuesta.

Guerra sin piloto

«El objetivo de los sistemas de IA es liberar al ser humano del procesamiento cognitivo; hacer las cosas más rápidas y eficientes», comenta a La Marea Elke Schwarz, profesora de Teoría Política en la Universidad Queen Mary de Londres y autora del libro Death Machines: The Ethics of Violent Technologies (2018). Schwarz lleva años estudiando las consecuencias reales y potenciales del empeño humano por automatizar al máximo la práctica de matarse unos a otros.

Su investigación comenzó a principios de la década de 2010, años antes de la invasión rusa de Ucrania, una guerra que se ha convertido en un campo de experimentación para el uso de algoritmos e inteligencia artificial en batalla. «Muchas empresas emergentes llevaron sus nuevas tecnologías al conflicto», señala Schwarz.

Muy pronto, la asimetría del conflicto en Ucrania trajo el uso masivo de drones teledirigidos. A diferencia de los complejos y costosos sistemas Predator, estos eran instrumentos baratos que, con una inversión de apenas 500 dólares y comandados de forma remota, eran capaces de destruir tanques. No obstante, se revelaron vulnerables ante la guerra electrónica, es decir, ataques que interrumpen la comunicación entre el dron y su piloto. Esto propició que se impulsara el desarrollo de aeronaves con capacidades autónomas de vuelo y ataque.

Los drones autónomos están dotados de software capaz de transportar explosivos a lo largo de cientos de kilómetros y localizar objetivos. Otro tipo de drones, de cuatro hélices, se dotaron de inteligencia artificial para atacar a soldados rusos sin intervención humana cuando las comunicaciones fallaran. El siguiente paso fueron los enjambres de drones, capaces de perpetrar ataques masivos sin necesidad de contar con decenas de operadores.

Entre las innovaciones desplegadas en Ucrania, destaca el envío, en febrero de 2026, de dos robots humanoides Phantom MK-1 para cumplir funciones descritas oficialmente como «de apoyo» y no de combate. Según la startup californiana Foundation que los ha creado, este modelo sería el primer autómata diseñado específicamente para zonas de conflicto armado. «Lo que estamos viendo ahora es el primer intento torpe de cómo los robots van a librar nuestras guerras», declaró a la revista Time Mike LeBlanc, cofundador de la empresa y veterano de los Marines con experiencia en Irak y Afganistán. «Pero, en realidad, solo están esperando a que empiece el espectáculo», añadió.

Al margen del posible desarrollo de estos robots, en la actualidad las decisiones bélicas ya pasan por las principales empresas de inteligencia artificial, las mismas que diseñan los chatbots (asistentes conversacionales de IA) que cada día usan millones de personas para corregir correos electrónicos.

Decisiones de algoritmos

El libro The Making of the Atomic Bomb, de Richard Rhodes, publicado en 1986 y ganador del premio Pulitzer, se ha convertido en una de las lecturas más populares en las oficinas de Anthropic, la empresa creadora del chatbot Claude. Como escribía Charlie Warzel en 2023 en el medio The Atlantic, la obra se ha convertido en una suerte de texto fundacional para cierto tipo de investigadores en IA: los que creen que sus creaciones podrían tener el poder de matarnos a todos.

En febrero de este año, el secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth exigió a Anthropic acceso sin restricciones a sus sistemas de inteligencia artificial para cualquier uso militar. La respuesta del consejero delegado, Dario Amodei, fue una negativa pública: «En conciencia, no podemos aceptar su petición». Hegseth contestó designando a Anthropic como «riesgo para la cadena de suministro», una calificación reservada habitualmente a empresas vinculadas con gobiernos adversarios, como la china Huawei o la rusa Kaspersky.

En respuesta, Anthropic demandó al Gobierno, que por su cuenta comenzó el proceso de reemplazar Claude con los modelos de empresas que supuestamente aceptaron sus condiciones, como ChatGPT, de OpenAI, y Gemini, de Google. Hasta ese momento, la colaboración entre esta empresa –fundada por exmiembros de OpenAI– y el Departamento de Defensa había sido estrecha.

El Mando Central de EE. UU. (CENTCOM) habría utilizado una versión clasificada de Claude para asistir en evaluaciones de inteligencia, identificación de objetivos y simulación de escenarios de combate durante operaciones militares en Irán. Según reveló The Wall Street Journal, Claude también habría sido empleado en la operación militar estadounidense que condujo a la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro en enero de este año.

Además, Anthropic ya se había asociado con Palantir Technologies, el gigante de análisis de datos cofundado por Peter Thiel y uno de los principales contratistas tecnológicos del Pentágono. En particular, Claude sería clave para el funcionamiento del sistema Maven Smart, diseñado por Palantir y supuestamente utilizado por el Ejército de EE. UU. en su guerra en Irán. Maven es capaz de procesar volúmenes enormes de datos clasificados procedentes de satélites, vigilancia y otras fuentes de inteligencia, y generar a partir de ellos información operativa. Según Hegseth, durante las primeras 24 horas de su ofensiva, EE. UU. atacó más de mil objetivos.

Matar a la velocidad de la máquina
Protesta ante la sede de Palantir, en Nueva York, por su colaboración con el ICE. MADISON SWART / REUTERS

«Sugieren miles de objetivos y luego tienes un equipo reducido de personas para comprobarlos o validarlos, pero tienen que hacerlo a toda velocidad», subraya Schwarz a La Marea. «Ocurre tan rápido que tenemos que preguntarnos si puede haber una supervisión significativa o si el humano simplemente va diciendo “sí, no, sí, no”, absorbido por la lógica funcional del sistema de IA, por la lógica de la máquina».

Según una investigación publicada en el año 2024 por la revista israelí-palestina +972 Magazine, Israel empleó el sistema Lavender en Gaza para analizar datos de vigilancia masiva de casi la totalidad de los 2,3 millones de habitantes de la Franja. El sistema asigna a cada individuo una puntuación del 1 al 100 según su probabilidad de ser miliciano. La investigación indica que la supervisión humana se reducía con frecuencia a una validación pro forma de aproximadamente 20 segundos por objetivo, tratando en la práctica la sugerencia de la máquina como una decisión firme.

Al comprobarse que Lavender supuestamente alcanzaba un 90% de precisión en la identificación de afiliaciones con Hamás, el Ejército autorizó su uso generalizado. A partir de ese momento, según las fuentes de +972 Magazine, si Lavender determinaba que un individuo era miliciano, los operadores debían tratar esa decisión como una orden, sin necesidad de verificar de forma independiente el razonamiento algorítmico ni examinar los datos en los que se basaba.

«Para hacer posible la violencia de masas es necesario deshumanizar al enemigo», concluye Schwarz. Y para eso, la inteligencia artificial ofrece grandes oportunidades. «Cuanto mayor es la distancia entre la aplicación de la fuerza y sus efectos, mayor es también la distancia emocional y moral que se genera».

A diferencia de los sistemas de armas convencionales, fabricados por empresas como Lockheed Martin y sujetos a marcos regulatorios, el uso militar de la inteligencia artificial carece de regulación.

Frenar la máquina

En uno de los muchos cafés de moda que hay en Brooklyn, frente a un capuccino, Peter Asaro admite que negociar un tratado para regular las armas con altos niveles de automatización es una tarea titánica en el laberíntico sistema de la ONU. Este filósofo de la ciencia, la tecnología y los medios digitales, ya atendió a La Marea en octubre de 2023 en la sede de Naciones Unidas.

Hoy, Asaro, vicepresidente del Comité Internacional para el Control de Armas Robóticas (ICRAC) y portavoz de la campaña Stop Killer Robots, se muestra esperanzado con el estado actual del borrador para negociar un marco legal común en las Naciones Unidas que permita ejercer control sobre las armas con altos niveles de automatización.

Tras varios intentos fallidos de prohibir por completo el uso de armas autónomas, el estado actual de las negociaciones se centra en regular su empleo y definir en qué contextos son aceptables. Es el caso, por ejemplo, de los sistemas de defensa antimisiles, que deben operar con inmediatez para neutralizar amenazas masivas. El debate de fondo radica en hasta qué punto es imprescindible mantener a un humano en el proceso y qué nivel de intervención se considera «significativo». Por ello, las discusiones se centran en la definición de un «control humano apropiado al contexto».

«La idea es que “apropiado” no sea un término vacío», matiza Asaro. «Exige algún tipo de valoración humana contextual que confirme que el sistema opera en un entorno conocido y que es capaz de hacerlo correctamente».

Estos esfuerzos regulatorios chocan con la oposición de potencias muy activas en el desarrollo armamentístico, convencidas de que la IA les otorgará una ventaja táctica decisiva. Países como Estados Unidos, Rusia, China, Israel, Corea del Sur y Turquía prefieren sustituir un tratado vinculante por meras «directrices» o «mejores prácticas».

Se espera que en noviembre de 2026 las Naciones Unidas voten el inicio oficial de las negociaciones. De ser así, el tratado formal podría ver la luz en 2027, seguido de un arduo proceso de ratificación global que seguramente intentarán torpedear los países detractores. Sin embargo, Asaro recuerda que no es una situación inédita y que la historia demuestra que el progreso es posible frente a la resistencia de las grandes potencias.

En el caso de las armas nucleares, un tratado de prohibición ha logrado establecer normas claras. Aunque las potencias nucleares no lo firmaron, el respaldo de la mayor parte del mundo consolidó una norma internacional que declara estas armas «inmorales e ilegales». Del mismo modo, aunque Siria nunca firmó el tratado sobre armas químicas, la comunidad internacional la hizo responsable de su uso. «Esperamos lograr algo similar. Como mínimo que podamos restringir el uso de estos sistemas y alejar la IA de las aplicaciones bélicas más peligrosas que podamos imaginar», concluye Asaro.

Así, al menos, la responsabilidad de las muertes de civiles podrá seguir siendo identificable y no quedar sepultada tras algoritmos indescifrables.

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Gobernados por psicópatas

11 Abril 2026 at 07:00

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.

El año 2026 se ha convertido en el espejo donde la humanidad se ve reflejada con una crueldad insoportable. Si durante décadas creímos que el progreso civilizatorio pondría frenos a la barbarie, los hechos recientes en Oriente Próximo y las declaraciones que emanan de la Casa Blanca nos confirman una sospecha terrible: el timón del mundo está en manos de perfiles que bordean, si no habitan plenamente, la psicopatía clínica. No se trata solo de ideología política; hablamos de una ausencia total de empatía, de una pulsión destructiva que utiliza millones de vidas como moneda de cambio en un tablero de juego personalista.

El narcisismo apocalíptico en Truth Social

La actividad reciente de Donald Trump en su plataforma, Truth Social, ha traspasado cualquier límite de la decencia diplomática para adentrarse en el terreno de la delincuencia internacional verbal. En posts recientes, el presidente de los Estados Unidos no solo ha amenazado con «borrar civilizaciones enteras», sino que ha utilizado un lenguaje deshumanizador más propio de un capo mafioso que de un jefe de Estado.

Frases sobre la destrucción total de infraestructuras civiles de otras naciones son la evidencia de una mente que disfruta con el espectáculo de la devastación. Para Trump, la guerra no es una tragedia, sino contenido para su feed. Este «narcisismo apocalíptico» nos obliga a preguntarnos: ¿cómo hemos llegado a aceptar como normal que el hombre con el código nuclear bromee sobre devolver naciones enteras a la Edad de Piedra? La estrategia es la desensibilización: al bombardearnos con amenazas constantes, la monstruosidad se vuelve cotidiana.

Mientras Trump incendia las redes, Benjamín Netanyahu incendia el suelo. La escalada militar en el Líbano durante este 2026 ha dejado de ser una «operación de seguridad» para convertirse en una nueva masacre. Con la excusa de combatir a Hezbolá, el ejército israelí ha aplicado en el sur del Líbano y en Beirut el mismo manual de destrucción sistemática que vimos en Gaza.

Cifras escalofriantes de muertes civiles y millones de desplazados definen una campaña psicopática. Netanyahu, acorralado por sus propios escándalos internos, parece haber encontrado en la guerra perpetua su única vía de supervivencia política. La pulsión de destrucción en el Líbano no busca una paz duradera, sino la aniquilación del otro para mantener el control.

La estructura contra el individuo: ¿es el imperialismo monocromo?

Llegados a este punto, cabe abordar un debate clásico del pensamiento crítico: la naturaleza del imperialismo. Desde la izquierda se ha sostenido a menudo que el color del líder es irrelevante, que el imperialismo es una maquinaria ciega y que las bombas americanas caen con el mismo peso independientemente de quién ocupe la Casa Blanca. Según esta visión, la voluntad de expansión del capitalismo imperial es intrínseca al sistema, y el «Deep State» tiene una agenda que sobrevive a las elecciones.

Es una verdad estructural innegable: el sistema es extractivo y violento por definición. Sin embargo, afirmar que «todo es lo mismo» es un lujo intelectual peligroso. Porque cuando las cosas empeoran, están realmente peor. Aunque la estructura sea perversa, los grados de psicopatía importan. Existe una distancia abismal entre la gestión de un sistema injusto y la celebración sádica de la destrucción. La desaparición de las formas diplomáticas que personifica Trump no es una cuestión estética; es la caída de los últimos diques de contención ante la barbarie total.

Dentro de esta lógica, es necesario desmontar la vieja máxima de «cuanto peor, mejor». Esta teoría postula que el agravamiento de la tiranía llevará inevitablemente a una explosión social redentora. Esperar que la crueldad de Netanyahu o la locura de Trump sean el motor de un despertar colectivo es una falacia letal.

La historia nos enseña que el sufrimiento extremo no siempre genera conciencia; a menudo genera trauma, parálisis y la destrucción del tejido social necesario para cualquier alternativa.

Una sociedad anestesiada

El problema real es que hemos creado los mecanismos para que estos perfiles prosperen. Somos víctimas de un sistema imperialista, pero también de una crisis de humanidad donde los líderes más poderosos no sienten el dolor ajeno. Detener a los psicópatas que tienen el dedo sobre el interruptor del apocalipsis es la emergencia absoluta de hoy. Negar que existen grados de maldad es entregarse a un fatalismo que solo sirve para limpiar la conciencia de quien mira el desastre desde la barrera mientras el mundo arde.

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EE. UU. ya ha perdido la guerra en Irán

9 Abril 2026 at 09:36

La última amenaza de Donald Trump a Irán el martes 7 de abril afirmando que “toda una civilización morirá esta noche” si las autoridades de la República Islámica no hacían caso a su ultimátum de rendición insinuaba, claramente, que EE. UU. e Israel podían hacer uso de armamento nuclear para poner fin a una guerra en la que EE. UU. está actuando de manera errática, sin una clara estrategia de salida. 

Esta posibilidad, no obstante, ha estado presente desde que los ataques del 28 de febrero pasado de Israel y EE. UU. contra Irán se han convertido en una prolongada guerra asimétrica que ha provocado un escenario donde la alternativa a una retirada humillante sería la escalada en forma de envío de tropas sobre el terreno, con el consiguiente riesgo de empantanamiento y el resurgimiento de traumas como el síndrome de Vietnam.

Los cálculos estadounidenses parecen no haber contemplado que Irán iba a desplegar su potente arsenal de misiles balísticos causando bajas considerables a sus atacantes y a la infraestructura de sus bases de apoyo en los Estados del Golfo aliados. Pero, más importante aún, la respuesta de Irán ha logrado poner en jaque la economía mundial controlando el paso por el Estrecho de Ormuz, lugar por el que circula más del 20% del petróleo y el gas licuado que se consume globalmente, y buena parte de los fertilizantes imprescindibles para las cosechas de EE. UU. o de Europa, es decir, para la soberanía alimentaria.  

A pesar del asesinato del líder supremo, Alí Jamenei; del secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Lajrani; y de tantos otros altos mandos militares y civiles, el régimen iraní, y su defensa militar, siguen en pie. Irán ha demostrado que su sistema político se basa en instituciones que van más allá de los liderazgos personales, además de dejar claro, con su adaptación táctica, que estaba preparado para esta guerra. Los estrategas estadounidenses que decidieron armar a los kurdos, y a otros sectores de la población iraní para provocar ese alzamiento contra la teocracia que pedía Trump los primeros días de los ataques, tampoco previeron que la mayoría de los iraníes iban a cerrar filas con sus dirigentes o a utilizar las armas para disparar a los helicópteros estadounidenses que sobrevolaran el país para rescatar a sus pilotos caídos en combate. 

Conforme avanza la imposibilidad de EE. UU. e Israel de frenar la respuesta iraní, y se frustran sus planes para el cambio de régimen, la derrota de facto de EE. UU. y, en menor medida, de Israel, pues este país sí está llevando a cabo su agenda expansionista con ataques e incursiones en el Líbano, se hace evidente. De ahí la necesidad de EE. UU. de aumentar la presión amenazando con la destrucción de toda la infraestructura energética y la civilización iraní misma.

La guerra está debilitando internamente a Trump

La guerra contra Irán ha desatado una desestabilización regional de alcance económico y geopolítico global. Pero también está generando un creciente cuestionamiento dentro de EE. UU., con un sector de los congresistas demócratas pidiendo que se aplique la sección 4 de la 25ª enmienda al presidente Trump, por estar incapacitado para ejercer las facultades y deberes de su cargo, al iniciar una guerra sin la autorización del Congreso y amenazar abiertamente con cometer más crímenes de guerra y genocidio contra Irán. Tampoco se descarta que Trump acabe padeciendo un tercer impeachment en este segundo mandato, superando el récord que ya tenía de ser el único presidente estadounidense en haber sido sometido dos veces al juicio político del Congreso en su primera presidencia.

También se está planteando un impeachment para Pete Hegseth, actual secretario de Defensa. En este contexto, doce altos mandos militares, algunos pertenecientes al Estado Mayor de Defensa, han sido cesados. Los cambios en el Pentágono no son menores y se vienen produciendo desde la llegada de Hegseth, con el despido masivo de abogados del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, así como la sustitución de otros funcionarios. Además, Hegseth se está deshaciendo de los asesores jurídicos militares encargados de establecer la legalidad de las operaciones y seleccionar objetivos militares para evitar crímenes de guerra contra civiles.

Por su parte, la población estadounidense desaprueba en un 60% una guerra cuyos beneficios para la seguridad de EE. UU. o del mundo no se perciben. Se trata de una guerra que aparece como parte de los intereses de Israel más que de los estadounidenses, que además está generando un gasto diario de mil millones de dólares a los contribuyentes, y cuyo impacto económico se puede sentir directamente en los bolsillos de los ciudadanos que han de llenar su tanque pagando mucho más cara la gasolina en un país donde tener un coche es prácticamente imprescindible para la supervivencia.  

EE.UU. cuando negociar puede no acabar la guerra  

A pesar de las numerosas –y contradictorias- declaraciones de Donald Trump y su secretario de Defensa sobre la victoria en la guerra, lo cierto es que tener que recular después de haber amenazado a Irán prácticamente con el exterminio nuclear, aceptando el alto al fuego de dos semanas propuesto por el presidente paquistaní, e iniciar negociaciones basadas en los diez puntos del plan de acuerdo de Irán, se puede considerar asimismo una victoria para el país asiático. Todavía más porque el acuerdo supone que se abra el Estrecho de Ormuz bajo control exclusivo de Irán, que podrá cobrar peaje por ello, algo que no sucedía antes de la guerra.

Esta respuesta de EE. UU., aceptando negociar tras haber amenazado de manera drástica a Irán, se ha definido con el acrónimo TACO (“Trump Always Chickens Out”, Trump siempre se acobarda). Más que acobardarse, Trump lleva tiempo usando las amenazas y el chantaje como arma de extorsión política previa a la negociación, sea de aranceles, de un acuerdo de paz en Ucrania o para evitar una invasión a Groenlandia. Pero esta estrategia de negociación no ha sido incompatible con acciones claramente ofensivas que demuestran el poderío estadounidense, como la Operación Lanza del Sur en el Caribe y el Pacífico, que acabó con el secuestro del presidente Maduro y Cilia Flores, iniciando un nuevo momento en las relaciones entre EE. UU. y Venezuela, con EE. UU. controlando de facto el negocio petrolero venezolano.

La política exterior de EE. UU. puede parecer impredecible en una administración Trump que ha demostrado no tener principios ni palabra. Que EE. UU. se siente a negociar en Islamabad con Irán sobre el levantamiento de sanciones, el control iraní sobre el Estrecho de Ormuz o el programa de enriquecimiento nuclear no garantiza que se vaya a producir un alto el fuego permanente, ni tampoco que la posibilidad de una agresión nuclear futura de EE. UU. o Israel salga de la ecuación. Conviene recordar que EE. UU. decidió, junto con Israel, bombardear a Irán en el marco de un proceso de negociaciones que daban a EE. UU. incluso más garantías de las que había logrado con el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA por sus siglas en inglés) de 2015. Un acuerdo nuclear que, por cierto, el Gobierno Trump abandonó unilateralmente en 2018.

Las declaraciones cada vez más enajenadas de Trump deben tomarse como las amenazas que son mientras que su aceptación de un alto el fuego temporal probablemente no acabe siendo la última palabra. Después de un momento de repliegue táctico, puede venir una ofensiva mayor si no se llega a un acuerdo, sobre todo ante la constatación de que no pueden doblegar a Irán a pesar de la asimetría de fuerzas. Como se ha demostrado en Venezuela, esta administración sigue operando con una combinación de fuerza bruta y lógica empresarial pragmática, y no se va a conformar con un mal negocio para sus intereses geoestratégicos y geopolíticos, que pasan por el control de hidrocarburos, minerales críticos y mercados frente a sus competidores. De hecho, Trump lanzaba hace días la idea de que fuera EE. UU. quien cobrara los peajes en el Estrecho de Ormuz. 

El escenario es incierto, pero se puede afirmar que EE. UU. ya ha perdido esta guerra aunque afirme lo contrario. Pase lo que pase, la guerra contra Irán ha puesto a EE. UU. frente al abismo de una crisis energética similar a la de 1973, a su pérdida de control económico si el dólar deja de ser la moneda de intercambio petrolero, a su debilidad frente a las fluctuaciones de los mercados y a unas alianzas geopolíticas que se fracturan porque EE. UU. carece, cada día más, de algo fundamental para mantener la hegemonía en el sistema internacional: el temor de los adversarios y el respeto de los aliados. 

Hoy es Irán quien está ganando esa guerra simbólica por el liderazgo moral del Sur Global, aglutinando simpatías de los pueblos del mundo y el respeto de quienes en los centros de poder se dan cuenta de que los equilibrios geopolíticos preexistentes ya no sirven y deben ser cambiados. El fracaso de EE. UU. en Irán promete ser el inicio de un nuevo reparto de poder global que tendrá profundas consecuencias económicas y geopolíticas.

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El imperio se tambalea

22 Marzo 2026 at 09:45

Este artículo se publicó originalmente en Substack. Puedes leerlo en inglés aquí.


Más de dos semanas después del inicio de la guerra de agresión contra Irán, Estados Unidos e Israel aún no han alcanzado su objetivo bélico de provocar un cambio de régimen, y es poco probable que lo logren por esta vía. La historia muestra que los bombardeos aéreos por sí solos rara vez conducen a la victoria, y mucho menos al derrocamiento de gobiernos. Al contrario, quienes son atacados suelen cerrar filas en torno a sus líderes, especialmente cuando el agresor, como en este caso, bombardea escuelas y hospitales.

Pero la guerra podría resultar ser mucho más que una misión fallida y costosa para Estados Unidos. Los ataques con misiles de Irán contra bases estadounidenses y otros objetivos en los Estados del Golfo están sacudiendo toda la estructura de poder de la región. Por un lado, estos ataques demuestran que Estados Unidos es incapaz de defender a los países del Golfo. Conviene recordarlo: el acuerdo histórico de los años setenta entre Estados Unidos, por un lado, y Arabia Saudí y otros Estados del Golfo, por otro, se sostenía sobre dos pilares. Las monarquías vendían su petróleo exclusivamente en dólares e invertían los excedentes de petrodólares en Estados Unidos. Esto garantizaba un flujo permanente de capital hacia Estados Unidos y, en particular, hacia Wall Street. A cambio, Estados Unidos ofrecía modernización tecnológica y, sobre todo, seguridad.

Ese segundo pilar se está derrumbando ante nuestros ojos. Las bases militares estadounidenses han demostrado no solo ser en gran medida inútiles frente a los misiles iraníes, sino también una carga para los Estados del Golfo, ya que constituyen objetivos evidentes. Además, sectores importantes de la población en algunos de estos países llevan tiempo oponiéndose a dichas bases. En Baréin, por ejemplo, donde el 60% de la población es chií, se produjeron muestras de celebración tras el éxito iraní al infligir graves daños al cuartel general de la Quinta Flota estadounidense. La presencia de Estados Unidos se revela así como un posible factor de inestabilidad política interna.

La magnitud de los ataques contra las bases estadounidenses es considerable. Irán logró, por ejemplo, destruir dos instalaciones clave de radar en Jordania y en los Emiratos Árabes Unidos, esenciales para guiar los misiles THAAD, un componente central de la defensa contra los misiles iraníes. La reconstrucción de estas infraestructuras, valoradas en miles de millones de dólares, podría llevar meses o incluso años. Otras bases importantes también fueron alcanzadas, como la de Erbil, en Irak, la mayor base de la Fuerza Aérea estadounidense en el país.

La situación podría agravarse aún más si Estados Unidos e Israel se enfrentan a una escasez de misiles interceptores. Estos ya eran limitados al final de la guerra de doce días contra Irán en junio de 2025, una de las razones clave por las que ambos países optaron entonces por un alto el fuego. Ahora, según diversos informes, los arsenales podrían acercarse a una escasez más severa, lo que debilitaría decisivamente una defensa ya de por sí incompleta.

Estados Unidos también ha demostrado ser incapaz de mantener abiertos los estrechos de Ormuz, a pesar de la promesa de Donald Trump de escoltar a los buques. Su llamada urgente a la OTAN y a otros aliados para que envíen barcos al Golfo Pérsico subraya la gravedad de la situación. El hecho de que todos sus aliados —desde el Reino Unido y Alemania hasta Australia y Japón— hayan rechazado la petición es una señal humillante del creciente aislamiento e impotencia de Estados Unidos. El estrecho de Ormuz es la arteria vital de las monarquías del Golfo. No solo dependen de él las exportaciones de petróleo y gas, sino también importaciones esenciales. Si permanece cerrado durante un periodo prolongado, las economías y las sociedades del Golfo afrontarán nuevas turbulencias.

Mientras las élites de las monarquías del Golfo empiezan a asumir que Estados Unidos no puede protegerlas e incluso está llevando la guerra a sus territorios, las repercusiones económicas socavan aún más el statu quo. El modelo de negocio de estos países se basa en la estabilidad. Tanto el turismo como la inversión extranjera descansan sobre la promesa de un mundo brillante, protegido de la pobreza y de las guerras constantes de los países vecinos. Pero ese modelo también podría colapsar. ¿Quién compraría islas frente a la costa de Dubái si no hay seguridad frente a los misiles? Y si las grandes fortunas se alejan, ¿quién querrá invertir miles de millones en una región con un futuro incierto?

La guerra también ha puesto de relieve la vulnerabilidad del suministro de agua dulce en la región. Las plantas desalinizadoras, que proporcionan entre el 60 y el 70 por ciento del consumo de agua en los Estados del Golfo, podrían quedar fuera de servicio con unos pocos ataques de misiles iraníes. Sin agua dulce, ni siquiera los más ricos pueden sobrevivir. Además, una evacuación rápida podría resultar imposible. Al inicio del conflicto, los vuelos privados disponibles se redujeron drásticamente en cuestión de horas, ya que pocos proveedores estaban dispuestos a asumir el riesgo. Los enclaves de lujo podrían convertirse en trampas.

Muchas de las monarquías petroleras han diversificado sus economías en los últimos años. Uno de los nuevos pilares son los centros de datos operados por grandes corporaciones estadounidenses como Amazon, Google, Microsoft, Palantir, NVIDIA u Oracle. Sin embargo, Irán ya ha atacado centros de datos de Amazon en Baréin y en los Emiratos, con importantes repercusiones sobre los servicios digitales. Además, el liderazgo iraní ha presentado una lista de 31 centros de datos que considera “objetivos legítimos”, al considerar que son utilizados por el ejército estadounidense. Si algunos de ellos fueran alcanzados, el golpe sería significativo no solo para la economía regional y su infraestructura digital, sino también para un pilar central de la hegemonía estadounidense.

Ante este escenario, Donald Trump busca desesperadamente una salida que le permita declarar la victoria y poner fin a la guerra. Pero lo más probable es que Irán no le facilite un desenlace rápido.

Incluso si el conflicto terminara en un plazo relativamente breve, su impacto sobre la región y el equilibrio geopolítico sería profundo y se desplegaría plenamente en los años siguientes. En cualquier caso, las monarquías del Golfo se verán obligadas a buscar nuevos modelos de supervivencia política y económica. Lo más probable es que giren hacia Asia, y en particular hacia China, que en los últimos años ha construido sólidos vínculos económicos y diplomáticos en la región y se ha posicionado como un actor de estabilidad. Podría ser el inicio del fin de la hegemonía estadounidense en el Golfo.


Fabian Scheidler es autor de ‘El fin de la megamáquina. Breve historia de una civilización en declive’, publicado en numerosos idiomas (www.megamachine.org). Su libro más reciente, publicado en alemán es ‘Bienestar o guerra. Por qué Europa debe elegir entre la razón y la autodestrucción’. Scheidler colabora también con ‘Le Monde Diplomatique’ y otros medios.
www.fabianscheidler.com

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Una derrota tras otra

19 Marzo 2026 at 12:14

15 de marzo

Nueva debacle de los partidos situados a la izquierda del PSOE, esta vez en Castilla y León. No recuerdo qué candidato, ya antes de las elecciones, atribuía los malos pronósticos a la concentración del voto útil en el PSOE. Pero quizá debería preguntarse por qué tanta gente está empezando a ver como voto inútil el de Podemos, Sumar, etc.

Y por qué, a pesar de que políticas impulsadas desde la izquierda han beneficiado a tanta gente –en los ámbitos de la vivienda y del trabajo, por ejemplo–, las y los votantes han abandonado a los partidos que las defienden.

Lo que está claro es que la derecha y la extrema derecha, cada vez más difíciles de distinguir, están arrasando. Ojalá no haya elecciones anticipadas; no tengo el estómago preparado para lo que se avecina.


16 de marzo

Me deja perplejo el Oscar a la mejor película para Una batalla tras otra. Es cierto que no estoy muy cualificado para juzgarla porque solo aguanté unos veinte minutos. Las actuaciones me parecieron tan impostadas y torpes, los diálogos tan ridículos, la sexualización de la actriz principal con un erotismo tan barato, las situaciones tan absurdas y mal rodadas, que no tuve ganas de continuar viéndola. Por suerte, a Edurne le pareció lo mismo y nos pusimos a ver otra, que he olvidado; quizá no fuera tan memorable pero si menos ofensiva.

Es la segunda vez que me pasa con una película de Paul Thomas Anderson; la primera fue con Licorice Pizza. Esta no me irritó, pero sí me aburrió y tampoco terminé de verla.


17 de marzo

Leo un bluit del periodista Alberto Moyano en el que aparece un texto de la novela Elegía, de Philip Roth (Everyman, en el original inglés), en el que se habla del llanto. En una conversación de dos personajes, se lee:


…y empezó a sollozar con las manos en la cara–. Es tan vergonzoso.

–No tiene nada de vergonzoso.

–Sí, sí que lo tiene –insistió ella, llorosa–. No poder cuidar de ti misma, la patética necesidad de que te consuelen….


Le respondo que Elegía es, precisamente, uno de los pocos libros con los que he llorado. Al releer ahora este diálogo pienso que uno no llora necesariamente para ser consolado; llorar no supone un «otro» presente que debe reaccionar al llanto. Cuando lloré leyendo Elegía estaba solo, absurdamente sentado en un avión, y desde luego no habría deseado que me consolase mi compañero de asiento.

El llanto, como la literatura, a veces busca una respuesta, establece una relación; otras veces, es la mera expresión de un estado de ánimo o un pensamiento, con el cuerpo en un caso, con el texto en otro.


18 de marzo

Hace unos meses nos pusimos a ver una serie basada en la vida de George Sand, pero no la acabamos –últimamente dejamos a medias un número considerable de películas y series–. Nos pareció demasiado plana, más pedagógica que sicológica. Leo que, cuando George Sand dejó a su marido, se fue a vivir a París llevándose a sus hijos. Tendría que revisarla para estar seguro de lo que voy a decir, pero en mi recuerdo de la serie los niños están casi absolutamente ausentes en su primera etapa en París. Me pregunto si el sentido de esa omisión se debe al deseo de mostrar a una mujer independiente, empoderada, alejada del papel de madre para centrarse en su creación y su carrera.

Si es así, creo que hace un flaco favor a las mujeres. Sería mucho más impactante verla teniendo que lidiar con dos críos dependientes de ella –por mucho que tuviese ayuda de una cuidadora– y al mismo tiempo intentando abrirse paso en el mundo literario masculino. Lo que se ajusta más a la realidad de tantas mujeres, de su época y posteriores.


La que sí terminamos, aunque tuvimos que verla en dos veces porque estábamos cansados y son tres horas de película, es Andrei Rublev, de Tarkovsky. Qué maravilla de película, qué imágenes potentes. Aunque los subtítulos son a ratos incomprensibles, pero al final la historia te la está contando sobre todo a través de lo que ves, así que no es tan catastrófico.

Hacia el final de Andrei Rublev, un ejército ruso con sus aliados tártaros entra en una ciudad en la que saquean, asesinan, torturan y violan; las cosas no han cambiado tanto, pienso. Hace poco leíamos cómo la policía israelí asesinó a un matrimonio y dos de sus niños, sin razón ni excusa alguna, y probablemente sin tener que responder del crimen. Y oigo a una mujer de no sé que instituciones israelíes decir que si se ha empezado la guerra contra Irán habrá que acabarla y que el régimen iraní mataba a mucha gente. No dice, para qué, que Trump hablaba de devastar Irán, ni que la guerra empezó con el asesinato de más de cien niñas de un colegio y está costando, también en los países vecinos, miles de muertos. Seguro que los rusos y los tártaros del siglo XV encontrarían también un discurso para justificar sus masacres.

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La desvergüenza de Ursula von der Leyen y también la de la Unión Europea

11 Marzo 2026 at 13:22

Esta señora es la presidenta de la Comisión Europea y, en consecuencia, sus declaraciones y actuaciones están inevitablemente vinculadas a su cargo. Lo más reciente –diría que lo penúltimo, dados sus continuos pronunciamientos, en muchos casos extralimitándose en las competencias asociadas a su privilegiada posición institucional– ha consistido en manifestar su comprensión al ataque a Irán: “Quiero ser clara: no hay que derramar lágrimas por el régimen iraní”, justificó de este modo la gravísima e inaceptable violación del derecho internacional, alineándose con la política imperialista, sembrada de arbitrariedades, de la administración Trump y con el régimen genocida de Israel.

En paralelo, también recientemente, ha declarado que “reducir la apuesta por la energía nuclear fue un error estratégico para Europa” y que la misma es limpia y barata (!!!), por lo que debería ser un pilar central en la transición energética hacia un modelo verde y sostenible. Y esto lo dice en un contexto donde los indicadores sobre el cambio climático empeoran continuamente.

Esta es la misma mujer que, en calidad de máxima responsable comunitaria, junto al primer ministro británico, rindió vasallaje a Donald Trump en su resort de lujo, situado en Turnberry (Escocia), dando el visto bueno a su política arancelaria y comprometiéndose –¡comprometiendo a la Unión Europea!– con una voluminosa compra en el mercado estadounidense de energía y armamento.

Estas son algunas pinceladas recientes de quién es Ursula von der Leyen, la máxima responsable de la UE.

En este contexto, por supuesto, doy todo el valor que tiene –mucho, en mi opinión– a las recientes decisiones adoptadas por el gobierno de coalición, declarando la ilegalidad de la guerra contra Irán y prohibiendo la utilización de las bases militares estadounidenses en Rota y Morón como apoyo logístico a esa guerra. Ese pronunciamiento debería acompañarse de una gran movilización social –que lamentablemente no se está produciendo–, que tendría que ser mucho más que una manifestación, con el lema de “no a la guerra”. Otra oportunidad perdida por parte de las izquierdas.

Pero en este momento hay que ir mucho más lejos, me refiero concretamente a la política de ocupación de Gaza y Cisjordania y de exterminio de la población palestina practicada por el Gobierno de Israel con el decisivo apoyo, económico y militar, de Estados Unidos, con un destacado papel del poderoso lobby sionista. Ante esta situación, indecentemente, las instituciones comunitarias miran hacia otro lado, al tiempo que algunos países –Alemania y Francia son dos ejemplos– continúan apoyando de muy diferentes maneras –inversiones, intercambios comerciales…– al régimen genocida.

Es cierto que, al mismo tiempo, buena parte de los países europeos –España está en este grupo– reconocen el derecho a la existencia de un Estado palestino, pero dicho reconocimiento es a todas luces insuficiente. Si se queda ahí es claramente un brindis al sol, una cortina de humo que encubre y de alguna manera justifica el genocidio. La dramática situación de la población palestina exige mucho más, más compromiso y determinación… porque ahora mismo, mientras escribo estas líneas, tan sólo hay hambre, enfermedad, desplazamientos continuos de la población, congelación de la ayuda humanitaria, asesinatos llevados a cabo por el ejército israelí y ocupación permanente del territorio. Un absoluto desprecio a los derechos humanos más básicos y a la legalidad internacional. No cabe mirar a otro lado. Hay una situación de emergencia; la prueba del algodón de que queda algo de decencia en la política institucional pasaría por romper todo tipo de relaciones, económicas y diplomáticas, con Israel.

Una última reflexión sobre las proclamas en el sentido de levantar la bandera europea frente al unilateralismo y la política de agresión practicada con total impunidad por Estados Unidos. Me pregunto y opino que hay que preguntarse ¿qué hay detrás de esa bandera, qué principios la sostienen? Una pregunta que abre un debate, en mi opinión vital, que no se debe pasar por alto. Porque la Europa realmente existente –es aquí donde debemos poner el foco– ha mostrado una total sumisión a la política agresiva de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en relación a la guerra de Ucrania, apuesta por la militarización de la sociedad y la economía como un engranaje básico de una Europa más fuerte, ha renunciado a implementar una política fiscal progresiva frente a las grandes fortunas y corporaciones, ha experimentado un intenso aumento de la desigualdad, no está enfrentando las gravísimas consecuencias del cambio climático y ha promovido y mantenido políticas centradas en la moderación salarial, la austeridad presupuestaria.

Para mí está claro: ESTA EUROPA NO.

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El eje del bien haciendo el mal

5 Marzo 2026 at 09:55

25 de febrero

Hace mucho que, en lugar de leer, estudio. Tengo ganas de volver al tiempo en que leía por placer y no para preparar un prólogo, una conferencia, un artículo.

En las últimas semanas, he leído o releído varias novelas de Dostoyevski para escribir un prólogo a la reedición de una de ellas. No es que no me produzca placer esa lectura, pero es un placer distinto. Por usar una imagen gráfica: no es lo mismo tumbarse en un prado con un perro al lado que salir de caza con él.

La diferencia es que no me gusta cazar pero sí estudiar.


1 de marzo

Hablaba con Edurne de todos esos libros que hemos leído y se han borrado de nuestra memoria. Aunque no pueda recordar ya nada de ellos ni reproducir una idea o una emoción de las que nacieron leyéndolos, creo que han influido en cómo pienso o, más en general, en quién soy. Probablemente somos tanto el resultado de lo que recordamos como de aquello que olvidamos pero actuó en nosotros en algún momento.

Más interesante aún: también puede influirme lo que no he leído. En el prólogo de Crimen y castigo he escrito precisamente que no hace falta conocer las obras de Freud, Einstein o Planck para que nuestra visión del mundo se haya visto influida por sus ideas y descubrimientos (por cierto, últimamente no hay película de ciencia ficción sin su pizquita de física cuántica); y lo mismo se puede decir cuando se trata no solo de científicos o pensadores que han transformado el conocimiento de la realidad; también escritores como Proust o Joyce o Kafka nos han cambiado, aunque hayan llegado a nosotros indirectamente, por medio de otros escritores que se dejaron influir por ellos, y porque sus ideas y su manera de contar la realidad se han ido convirtiendo no en lugares comunes, pero sí en parte del inconsciente colectivo. También Sor Juana, Beauvoir, Pardo Bazán, Sontag y tantas otras llegan a quienes jamás abrieron un libro suyo. ¿Y qué habría sido de mí –quién sería yo– sin mis años alemanes alimentados por Christa Wolf, Arno Schmidt, H. M. Enzensberger?


2 de marzo

Antes me resultaba difícil entender el ascenso de los totalitarismos, esto es, que tanta gente pudiera apoyar su brutalidad y su desprecio hacia la vida humana. Ahora que estoy siendo testigo de su nuevo auge, puedo ver día a día cómo encuentran cómplices por todas partes y por motivos muy diferentes: intereses económicos, conveniencia electoral, servilismo, cualquier otro tipo de utilitarismo cínico. Y veo cómo se justifica lo monstruoso con excusas tan absurdas que está claro que ni quien las pronuncia se las cree.

Justo ahora nos ponemos a ver La semilla de la higuera sagrada, película terrible que muestra a través de la vida de una familia la brutalidad del régimen iraní, en general pero muy en especial contra las mujeres. Brutalidad que los padres han interiorizado y asumido como necesaria, aunque sus certidumbres morales comienzan a agrietarse gracias a la mirada y la conciencia de las hijas. La historia de la represión de las jóvenes que aspiraban a un mínimo de libertad es absolutamente desoladora.

Pobres iraníes, que pasaron de un sátrapa a una dictadura religiosa y ahora además van a morir bajo las bombas de sus supuestos liberadores. Afirmar, como ha hecho el miserable Feijòo, que apoyar el ataque de Estados Unidos e Israel es estar del lado de la libertad, es repulsivo. Ni Trump ni Netanyahu están del lado de la libertad; tampoco el régimen de los ayatolas lo está. Y lanzar una guerra que se está extendiendo por los países vecinos no tiene ningún objetivo humanitario. Pero supongo que esto lo saben todos, así que ni merece la pena que intente argumentarlo.


Me acuerdo ahora de mi abuelo que, sentado en un sillón del que apenas se levantaba, no se perdía ni una vez las noticias y se las pasaba insultando a presentadores, políticos y, en general, a casi cualquiera que asomara a la pantalla. No he llegado tan lejos como él, pero voy por ese camino.


3 de marzo

Miren Elorduy, la librera de Mujeres & Compañía me envía Rey de gatos, un libro de cuentos de Concha Alós que andaba buscando pero estaba agotado. Me prometió intentar conseguírmelo y ha cumplido –estaba seguro de ello–. Acabo de terminar una recopilación de relatos de Luisa Carnés publicada por Hoja de Lata, que me gustó mucho, y paso ahora a este de Alós por recomendación de Clara Obligado. Si el cuento es un género que ha sido muy descuidado por la crítica en España –y por los lectores, y por los mismos escritores–, el escrito por mujeres ha sido doblemente ninguneado hasta hace poco.

Me llegó ayer, por cierto, Exilio, el último libro de Clara Obligado, ilustrado por Comotto, que se publica cuando se cumplen cincuenta años del golpe en Argentina. También aquél contó con las complicidades de países supuestamente democráticos. El eje del bien nunca deja de hacer el mal.

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La guerra contra Irán y el derecho a la legítima defensa

5 Marzo 2026 at 00:01

Estados Unidos de América (EE. UU.) e Israel han vuelto a bombardear Irán y, con ello, se ha desatado una guerra abierta en Asia Occidental. La respuesta defensiva de Irán, atacando la ciudad de Tel Aviv pero también las bases militares y embajadas de EE. UU. en varios países de la zona e, incluso, en Chipre, ha sorprendido a Donald Trump, según sus propias palabras. Los analistas debaten si la apertura de este nuevo frente bélico, de consecuencias imprevisibles, ha sido un error estratégico para EE. UU. o bien se trata de un escenario calculado por Washington. En el Congreso de EE. UU. el debate es, además, si lo que ha iniciado el Gobierno Trump este 28 de febrero puede ser definido como guerra y si el país se encuentra, nuevamente, ante una agresión contra un país extranjero sin el necesario aval del poder legislativo. 

Mientras llegan los poderes de guerra que respaldarían legalmente los ataques del Gobierno estadounidense, el conflicto se expande en Asia Occidental y las acciones y víctimas mortales se multiplican con el paso de los días. Irán ya ha declarado que está preparado para una guerra prolongada; Hizbulá ha entrado a la contienda en Líbano, mientras el Gobierno de ese país permite la entrada de tropas israelíes; en Bahréin, la mayoría chií, gobernada por una monarquía suní, se suma a las protestas contra los ataques a Irán; y las manifestaciones de población musulmana frente a embajadas de EE. UU. se suceden en distintos países asiáticos, como Pakistán. 

Por su parte, la Unión Europea (UE) sigue demostrando su doble rasero moral y su voluntad de profundizar su sometimiento geopolítico a EE. UU. Incapaces de condenar el asesinato de EE. UU. e Israel a casi 200 niñas en una escuela de Minab y a otros cientos de iraníes, incluido el líder supremo Alí Jamenei, la UE de Ursula Von der Leyen y Kaja Kallas cierra filas con sus aliados occidentales a la vez condena el derecho a la legítima defensa que ejerce Irán ante este crimen de agresión, amparándose en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas. 

En paralelo, Francia, Alemania y el Reino Unido, el bloque conocido como E3, ha dado un paso al frente y, en una declaración conjunta del 1 de marzo, se muestra dispuesto a facilitar “acciones defensivas necesarias y proporcionadas para destruir la capacidad de Irán de disparar misiles y drones” proponiéndose “colaborar con Estados Unidos y sus aliados en la región en este asunto”. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha abundado en esta idea de cooperación con los aliados, a pesar de condenar el ataque fuera del marco legal de EE. UU. e Israel, y ha puesto nuevamente a disposición de Europa la capacidad de disuasión nuclear de Francia. 

En este contexto de belicismo rampante, emerge en Europa la voz discordante de Pedro Sánchez, quien se ha mostrado contrario a que EE. UU. pueda usar sus bases militares en territorio español para los ataques a Irán, lo que ha provocado una nueva escalada declaratoria de Trump contra el Gobierno español. Más allá de la distancia que puede mediar entre las declaraciones del presidente español y los hechos de la realpolitik, como ha demostrado el caso del comercio de armas con Israel, Pedro Sánchez está usando hábilmente su confrontación con Trump

Oponerse a la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán, quienes representan el liderazgo de la ultraderecha mundial y simbolizan la demolición del Derecho Internacional, para construir un perfil antagónico, basado en la defensa del Derecho Internacional y de los derechos humanos, le otorga a Sánchez una gran proyección internacional. Rescatar, además, el lema que en 2003 movilizó al 90% de la población española contra la guerra de Irak, “No a la guerra”, le puede dar réditos electorales en la política interna. 

Nuevos escenarios, viejas excusas

Es inevitable pensar en la guerra de Irak estos días, en la invasión a Afganistán iniciada en 2001 y en el punto de inflexión que supuso la guerra contra el terror global que desató EE. UU. con la excusa de los atentados del 11 de septiembre. Guerras que sentaron las bases de un nuevo momento de unilateralidad fuera de la ley internacional, y sin justificaciones humanitarias, en la política exterior estadounidense. Sin embargo, el punto de inflexión no fue sólo exterior. En el plano doméstico, este nuevo momento conllevó la aprobación de la Ley Patriota, que consagró un estado de excepción de facto al permitir el control masivo en aras de la lucha contra el terrorismo, así como el aumento de los niveles de represión a la disidencia interna. 

Las declaraciones de Donald Trump y Marco Rubio para justificar la ofensiva del pasado sábado 28 de febrero han ido variando a lo largo de los días. De reconocer abiertamente la búsqueda del cambio de régimen en Irán, se ha pasado a hablar del objetivo de destruir la “amenaza de los misiles balísticos de corto alcance” y de los “activos navales” del país, presionado por Israel (otras fuentes mencionan las presiones de Arabia Saudí). La imposibilidad de dar un argumento convincente que permita justificar un ataque a un país con el que se estaba sentado en la mesa de negociaciones, a punto de obtener un acuerdo sobre el programa nuclear iraní mucho mejor que el firmado por Barak Obama en 2015, es notoria. Parece que EE. UU. y sus aliados querían evitar ese escenario de distensión con Irán

De hecho, el pre-emptive attack esgrimido en el primer comunicado de Israel, traducido como “ataque preventivo” en español, fue la misma lógica doctrinal que EE. UU. usó en Afganistán. Pero la falta de originalidad en los paralelismos no acaba ahí. Estos días vuelve a posicionarse la idea de que Irán tendría armas nucleares, a pesar de la supuesta erradicación del programa nuclear iraní anunciada por Donald Trump tras los bombardeos estadounidenses de junio de 2025. Una excusa que recuerda al argumento de las inexistentes armas de destrucción masiva de Saddam Hussein que se usó, junto con el pretexto de la democratización, para defender la guerra ilegal del EE. UU. de George W. Bush contra Irak.

La supuesta voluntad de democratización de entonces planea también en quienes utilizan las vulneraciones a los derechos humanos, y en concreto de los derechos de las mujeres, para respaldar, desde una elástica moralidad, las actuaciones imperialistas que pretenden salvar a los pueblos del mundo a base de bombas. La instrumentalización de la legítima lucha de las mujeres iraníes por ganar espacios de mayor autodeterminación es especialmente obscena entre la ultraderecha que sigue a rajatabla el guion de un feminacionalismo claramente islamófobo. Una ultraderecha que, además, suspendería cualquier análisis comparativo sobre los derechos efectivos de las mujeres en distintos países de la zona.

Si alguien a estas alturas cree que EE. UU., o el ente genocida de Israel, tienen algún tipo de interés en defender a las mujeres musulmanas, promover los regímenes democráticos o salvaguardar los derechos humanos, sólo tiene que preguntarse por qué EE. UU. no bombardea Arabia Saudí y encontrará la respuesta. Pero también puede mirar adentro de sus fronteras y ver cómo EE. UU. responde a los ciudadanos estadounidenses que se manifiestan en contra del ICE, o cómo Israel trata a los palestinos israelíes, por no hablar de los que habitan en Gaza o Cisjordania. 

Ni las mujeres iraníes necesitan ser salvadas por Occidente ni el mundo en su conjunto puede sostener ya más hipocresía por parte de quienes se erigen en faro moral de la humanidad cuando cargan en sus espaldas la responsabilidad por algunos de los crímenes más abyectos que se hayan cometido, en el pasado, pero también en el presente. Por eso, es fundamental no perder las coordenadas ideológicas, ni caer en las trampas discursivas o en las equidistancias. Puede que hoy, más que nunca, defender el Derecho Internacional frente a los poderes hegemónicos que siempre lo han ignorado parezca revolucionario y, sin duda, lo es. Pero lo más revolucionario es defenderlo hasta sus últimas consecuencias, no negando el derecho a la legítima defensa de los Estados atacados por el imperialismo y el sionismo. 

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