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Ayer — 5 Junio 2026lamarea.com

Construir un antiimperialismo popular

5 Junio 2026 at 11:00

Este artículo ha sido publicado originalmente en La Directa.

La palabra imperialismo vuelve a estar en boca de todos. La geopolitización de las relaciones internacionales, así como el marcaje territorial, la política de la fuerza, el nacionalismo expansionista y la coerción económica y militar, hacen difícil encontrar una mejor manera de describir las disputas en el tablero global. El principal motivo de este conflicto a gran escala es que vivimos en un tiempo liminal, un intervalo entre un estado anterior y uno nuevo, el interregno entre la unipolaridad estadounidense surgida del final de la Guerra Fría y la multipolaridad que reivindican las potencias medias y emergentes.

Ante la intensidad y la velocidad de los cambios globales, que tienden a invisibilizar otros ritmos y horizontes políticos, este texto nace con la voluntad de contribuir a la construcción de un antiimperialismo popular que responda al contexto y ponga en valor resistencias y alternativas.

Recursos, propaganda y desgaste social

Las diferentes dimensiones del embate imperial exigen una respuesta antiimperialista que vaya más allá del campismo —la idea de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”— y también de la condena selectiva que, por ejemplo, señala al imperialismo ruso mientras blanquea el imperialismo yanqui.

Es precisamente el imperialismo estadounidense, hoy encabezado por Donald Trump, quien está dinamitando las ya frágiles relaciones internacionales desde una lógica abiertamente transaccional. El afán por controlar recursos estratégicos —desde las tierras raras de Ucrania hasta el potencial gasístico de Gaza, pasando por el petróleo venezolano o los hidrocarburos de Irán— está reconfigurando aceleradamente las alianzas globales y, al mismo tiempo, se utiliza como instrumento de confrontación contra China.

Ahora bien, el imperialismo actual no solo opera mediante el expolio de recursos. También actúa como una fuerza destructiva con profundos efectos psicosociales: normaliza la violencia, alimenta la impotencia, la ansiedad y la apatía, y favorece el aislamiento. En su versión trumpista, la dimensión comunicativa se convierte en un elemento central para producir este impacto. Por un lado, busca saturar el espacio público con un flujo constante de mensajes que hegemoniza los canales de comunicación. Por otro, pretende desplazar la ventana de Overton, ampliando los límites de lo políticamente aceptable. El vídeo “Trump Gaza” es un ejemplo claro: una apuesta por normalizar lo grotesco.

La acción imperialista y su aparato propagandístico también penetran en el ámbito militante, generando fatiga, frustración y pérdida del sentido de la lucha. Este desgaste se explica, en parte, por la hiperresponsabilización y la incoherencia que implica reconocerse como pieza de un sistema estructuralmente injusto. Ulrich Brand definía esta realidad como “modo de vida imperial”: una forma de vida propia del Norte Global, sostenida sobre la explotación de territorios y ecosistemas ajenos, presentada falsamente como universal pero profundamente insostenible e injusta, y reproducida transversalmente por amplias capas sociales.

La sustancia del antiimperialismo popular

Podríamos definir el antiimperialismo popular como una crítica a la expansión política, económica y cultural de potencias dominantes sobre otros territorios, otorgando protagonismo a las formas de oposición que surgen desde las clases populares (trabajadoras, campesinas, colectivo LGTBIQ+, personas racializadas, pueblos indígenas, etc.).

La esencia del concepto puede encontrarse en diferentes tradiciones que van desde el marxismo de Vladimir Lenin o Rosa Luxemburgo, el decolonialismo de Frantz Fanon o Ho Chi Minh, hasta movimientos contemporáneos como el zapatismo y los movimientos indígenas, feministas y ecologistas, principalmente en el Sur Global.

En este sentido, diversas voces reivindican un antiimperialismo popular capaz de superar el campismo y el reduccionismo geopolítico. Ashley Smith alerta contra la lectura de los conflictos únicamente como disputas interimperialistas y rechaza la idea de Washington como fuerza positiva global. Al mismo tiempo, Anticapitalistas sitúa en el centro el apoyo a Palestina, el antirracismo, los derechos de las personas migrantes y la oposición al militarismo, mientras que Catarsi Magazine defiende la autonomía política de las resistencias y el anticolonialismo como respuesta a la extrema derecha. Finalmente, Walaa Alqaisiya reivindica un feminismo palestino antiimperialista que articule género, clase y liberación colectiva frente al colonialismo y al pinkwashing israelí.

Por tanto, el antiimperialismo popular debe articular la confrontación con el orden geopolítico actual junto con una transformación de las formas de producción y reproducción, orientada a superar las dinámicas de acumulación, sosteniendo la vida y defendiendo a las clases populares. Esto implica disputar el control de los recursos estratégicos y rechazar que la crisis ecológica se resuelva mediante una nueva expansión extractiva sostenida sobre el saqueo territorial, la dependencia tecnológica y la subordinación del Sur Global. La reconfiguración industrial impulsada por los bloques occidentales —desde las cadenas de minerales críticos hasta la consolidación de una economía orientada al rearme— no representa una ruptura con el modelo anterior, sino su adaptación militarizada.

Esta confrontación también exige situar la movilidad humana y la reproducción social en el centro del análisis político. Las fronteras y los regímenes migratorios actúan como mecanismos que legitiman internamente el autoritarismo y la excepcionalidad permanente. En este contexto, las luchas feministas, antirracistas, campesinas, indígenas y migrantes no pueden entenderse como frentes complementarios, sino como espacios centrales de confrontación con un modelo que mercantiliza los territorios, erosiona las condiciones materiales de la vida y externaliza los costes sociales y ecológicos hacia los colectivos precarizados y vulnerabilizados.

Esto implica reconocer como parte de la lucha antiimperialista diversas formas de resistencia popular ya existentes, que operan en diferentes escalas pero responden a una misma lógica de confrontación con el expolio, el racismo y la militarización. En Estados Unidos, destacan las redes de vigilancia comunitaria y apoyo mutuo impulsadas por organizaciones de base que alertan y protegen a las comunidades migrantes frente a las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), así como el movimiento autoorganizado migrante y antirracista ¡Regularización Ya!, centrado en la regularización y la defensa de los derechos de las personas sin papeles en el Estado español.

En el ámbito de los recursos, encontramos las resistencias al extractivismo verde del pueblo sami frente a la expansión de proyectos mineros de tierras raras que amenazan sus territorios y formas de vida, y las luchas de las comunidades lickanantay en el desierto de Atacama contra la extracción de litio vinculada a grandes corporaciones transnacionales. En la misma línea, en Cataluña, la Revoltes de la Terra denuncia y confronta la presencia de la empresa minera sionista ICL en el Bages, señalando los impactos ecológicos y las violaciones de derechos humanos derivadas de su actividad. Finalmente, en Europa, se cuestiona la deriva de la industria alemana —con casos como Volkswagen— por su implicación en cadenas de producción vinculadas a sistemas militares como la “Cúpula de Acero”, que ejemplifica la creciente integración entre el sector automovilístico y el complejo militar-industrial israelí.

Al mismo tiempo, diversas experiencias recientes en territorios directamente impactados por el imperialismo insisten en la necesidad de una autonomía política popular frente a las injerencias imperiales y las élites locales. El Sindicato de Trabajadores de los Autobuses de Teherán rechazaba tanto a las potencias extranjeras como el retorno monárquico impuesto “desde arriba” como vías de liberación para las clases populares iraníes. En una línea similar, el Comité Nacional de Conflicto venezolano denunciaba tanto la disputa entre imperialismos como la deriva proimperialista del gobierno de Delcy Rodríguez. Desde Palestina, Queers in Palestine rechaza la instrumentalización colonial de las disidencias sexuales para justificar violencia imperialista y genocida, negando que los derechos LGTBIQ+ puedan utilizarse como criterio para deshumanizar a pueblos colonizados.

Las tareas del antiimperialismo popular en el tiempo liminal

La buena noticia es que ya tenemos mucho trabajo hecho. Es importante que nuestros proyectos políticos no sean víctimas de un contexto lleno de excepcionalidades. Una de las tareas más importantes, en un presente discontinuo, es dar continuidad a nuestros horizontes políticos sin renunciar a un margen de maniobra suficiente para poder responder a los cambios del contexto.

Dentro de este margen de maniobra y en el marco de un antiimperialismo popular, es necesario articular un conjunto de propuestas que permitan responder a las diferentes dimensiones del embate imperial y a sus expresiones contemporáneas.

En primer lugar, el desarme debe plantearse como una condición material para reducir la capacidad de proyección de violencia de los bloques imperiales y de los Estados que los sostienen. Esto implica oponerse al atlantismo y al aumento de los presupuestos militares, a la expansión de la industria armamentística y de la industria dual —civil y militar—, y a la normalización de la guerra como instrumento político.

En segundo lugar, es necesario avanzar hacia una ruptura con la subordinación estructural a Estados Unidos, entendiéndolo como eje central del orden imperial contemporáneo. Esto supone cuestionar las dependencias metabólicas, económicas, militares y políticas, así como las alianzas que sostienen este orden, con el objetivo de abrir espacios de autonomía para proyectos populares.

En tercer lugar, es necesario desarrollar una práctica antirracista y decolonial que permita identificar y combatir las formas de dominación que sostienen el orden global actual. Esto implica analizar las bases materiales de la explotación colonial y neocolonial, desmontar las lógicas de acumulación capitalista y confrontar los discursos racistas y deshumanizadores que las legitiman.

Por último, es imprescindible responder al afán extractivo sobre los recursos naturales y territoriales, que estructura gran parte de las relaciones Norte-Sur y que se entrelaza con la emergencia climática y la crisis de la reproducción social. Esta respuesta implica defender la soberanía sobre los bienes comunes y oponerse a las lógicas de acumulación que destruyen ecosistemas y despojan a las comunidades, al tiempo que se sitúa en el centro la sostenibilidad de la vida. Esto supone reforzar las redes comunitarias, los servicios públicos y las condiciones materiales que hacen posible la vida cotidiana, disputando el sentido de lo que significa vivir dignamente fuera de las dinámicas de mercado, explotación y colapso ecológico.

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Anteayerlamarea.com

Devorar el futuro: la inteligencia artificial como máquina metabólica

6 Marzo 2026 at 07:00

En la sala de CaixaForum Barcelona el diagnóstico aparece pronto y con una palabra pegajosa. Slop. Así llama Kate Crawford a la avalancha de imágenes, textos y vídeos sintéticos que la inteligencia artificial (IA) generativa expulsa sin descanso en internet. Un residuo cultural que se multiplica en redes sociales, en publicidad, en propaganda política o en simples contenidos diseñados para provocar clics y reacciones rápidas. Basura digital, pero también combustible. Porque ese mismo material alimenta a los modelos que lo producen.

Crawford, investigadora y autora de Atlas of AI, invitada dentro del ciclo Diálogos para pensar el presente, presentó en Barcelona una conferencia titulada Eating the future. The metabolic logic of AI slop. La idea central es que la inteligencia artificial funciona cada vez más como un sistema metabólico que devora imágenes, textos y datos producidos por humanos para devolverlos transformados en una masa sintética que vuelve a circular por la red. Un proceso extractivo que recuerda a los ciclos materiales de la industrialización, aunque ahora ocurre también en el plano cultural y cognitivo.

El término slop describe precisamente ese resultado visible. Imágenes generadas en masa, vídeos absurdos, memes automáticos, propaganda política fabricada por máquinas. “La simulación reemplaza lo real”, recuerda Crawford citando a Jean Baudrillard. En ese sentido, la estética de la IA no es solo un fenómeno cultural, sino el producto de una transformación económica más amplia: una nueva capa del capitalismo digital que convierte la producción simbólica en un circuito de extracción, digestión y expulsión permanente.

Crawford recupera una vieja idea de Karl Marx sobre la ruptura del metabolismo entre sociedad y naturaleza provocada por la industrialización. “En el siglo XIX ese desequilibrio se manifestaba en la acumulación de residuos y en la transformación acelerada de los ecosistemas. Hoy la inteligencia artificial produce algo parecido, pero extendido también al conocimiento. El sistema consume información humana para producir más información sintética que vuelve a alimentar los modelos”, afirma. 

El resultado es una especie de círculo autoalimentado en el que los sistemas de inteligencia artificial devoran el contenido existente y generan cantidades crecientes de material que vuelve a entrar en el ciclo de entrenamiento. Pero en lugar de darnos resultados cada vez mejores, lo que ocurre es lo contrario: la calidad de las imágenes generadas es cada vez peor, lo que se conoce por “model collapse”, cuando los sistemas comienzan a degradarse porque se entrenan cada vez más con contenido generado por otras máquinas: “El ruido aumenta, las respuestas se vuelven menos fiables y el conocimiento pierde densidad”, sentenció. 

Pero el problema no es solo el deterioro cognitivo, como Crawford y Peirano insistirán más de una vez. No; la “inteligencia artificial” también tiene graves consecuencias materiales. El entrenamiento de grandes modelos consume cantidades crecientes de energía, agua y recursos informáticos, tantos como las de un Estado de medio tamaño. Pero los costes no hacen más que aumentar, y algunas estimaciones apuntan a que hacia 2030 el consumo energético de la IA podría alcanzar niveles similares a los de países como Japón, nos recuerda la experta australiana. 

Este impulso se explica por una lógica que Crawford describe como capital computacional: las grandes empresas tecnológicas compiten por acelerar los algoritmos unos pocos milisegundos, mejorar ligeramente el rendimiento o ampliar la escala de sus modelos, y en ese proceso se construyen enormes centros de datos y redes de cálculo cuyo objetivo es mantener una ventaja mínima sobre los competidores. Un esquema que recuerda al funcionamiento de los imperios industriales tempranos.

La consecuencia es un sistema que parece obligado a crecer incluso cuando sus beneficios sociales resultan ambiguos y los futuros escenarios de ruptura, más que plausibles: colapso cognitivo, material, y ambiental. La pregunta ya no sería si estos límites aparecerán, sino cuándo.

En acabar la conferencia, la periodista y ensayista Marta Peirano tomó el escenario para abrir el diálogo. La conversación volvió al concepto de simulación. Peirano citó Cultura y simulacro de Baudrillard para plantear qué queda al final de este proceso metabólico. Si la red se llena de contenido sintético producido por máquinas, ¿qué ocurre con la realidad que supuestamente representaba?

Crawford respondió que el sistema funciona como una especie de ouroboros digital, la serpiente que se muerde la cola, un símbolo procedente del imaginario del antiguo Egipto que representa un ciclo que se consume y se reproduce a sí mismo.

La inteligencia artificial devora el mundo para producir imágenes, textos y datos que después vuelven a entrar en el mismo circuito como nuevo alimento. El riesgo aparece cuando ese bucle empieza a sustituir las fuentes originales de conocimiento y el sistema termina alimentándose principalmente de sus propios residuos.

El diálogo se desplazó entonces hacia una nueva fase de la tecnología derivada de los modelos de lenguaje, los llamados agentes de IA, sistemas capaces de interactuar entre sí y tomar decisiones autónomas, y que podrían intensificar este proceso. Si los algoritmos están diseñados para maximizar la interacción y el engagement, el resultado podría ser una producción automática de contenido sin destinatario humano real. Bots generando material para otros bots, ese parece ser el futuro hacia el que nos dirigimos.

Peirano también señaló otra transformación en marcha: el cambio de interfaz, el paso de lo táctil a lo auditivo. Como apuntó, en las dos últimas décadas la relación con internet ha pasado por la pantalla, pero la inteligencia artificial abre la posibilidad de interfaces basadas en la voz: a diferencia de la comunicación auditiva que conocemos, esta se convertirá en una presencia constante, casi íntima, capaz de seleccionar noticias, organizar relaciones o decidir qué información aparece ante nosotros. Una especie de capa invisible que media entre el individuo y el mundo.

Y, sin embargo, la cuestión no es regresar a un mundo anterior a la inteligencia artificial, concluyeron. El desafío consiste en imaginar otros modelos de propiedad, cooperación y gobernanza que permitan frenar la lógica puramente extractiva del sistema. Una tarea que, más que tecnológica, es política y ecológica. Porque la máquina que hoy devora imágenes, textos y datos también está devorando algo más difícil de medir: la manera en que una sociedad piensa, recuerda e imagina su propio futuro.

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