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La última elección

4 Febrero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

Fuerte artículo del periodista Chris Hedges sobre Trump, así como la foto que eligió para ponerlo en sus redes. Cada vez hay más voces en EEUU que abiertamente hablan de dictadura y fascimo en la era Trump.

Pedro Brieger

La amenaza de Donald Trump de cancelar las elecciones de medio término no es un amague. Ya intentó revertir el resultado de las elecciones de 2020 y dijo que no aceptaría el de 2024 si perdía. Fantasea con desafiar la Constitución para quedarse un tercer mandato. Está decidido a conservar un control absoluto —apuntalado por una mayoría republicana servil— en el Congreso. Teme que, si pierde el control del Congreso, llegue el juicio político. Teme los obstáculos a la rápida reconfiguración de Estados Unidos como un Estado autoritario. Teme perder los monumentos que está erigiendo a su propia gloria: su nombre estampado en edificios federales, incluido el Kennedy Center; la eliminación de la entrada gratuita a los Parques Nacionales el día de Martin Luther King Jr. para reemplazarla por su propio cumpleaños; la anexión de Groenlandia y, quién sabe, quizá Canadá; su capacidad para poner ciudades como Minneapolis bajo sitio y secuestrar residentes legales en plena calle.

A los dictadores les encantan las elecciones, siempre que estén amañadas. Las dictaduras que cubrí en América Latina, Medio Oriente, África y los Balcanes montaban espectáculos electorales minuciosamente coreografiados. Eran una utilería cínica con resultados predeterminados. Servían para legitimar el control férreo sobre una población cautiva, encubrir el enriquecimiento del dictador, su familia y su círculo íntimo, criminalizar toda disidencia y prohibir a los partidos opositores en nombre de “la voluntad del pueblo”.

Cuando Saddam Hussein organizó un referéndum presidencial en octubre de 1995, la única pregunta en la boleta era: “¿Aprueba usted que el presidente Saddam Hussein sea el presidente de la República?”. Los votantes marcaban “sí” o “no”. Los resultados oficiales le dieron a Hussein el 99,96% de unos 8,4 millones de votos, con una participación del 99,47%. Su par en Egipto, el ex general Hosni Mubarak, fue reelegido en 2005 para un quinto mandato consecutivo de seis años con un mandato algo más modesto: 88,6% de los votos. Mi cobertura poco reverencial de las elecciones en Siria en 1991 —donde había un solo candidato en la boleta, el presidente Hafez al‑Assad, que supuestamente obtuvo el 99,9%— me valió la expulsión del país.
Estos espectáculos son el modelo, sospecho, de lo que viene, a menos que Trump consiga su deseo más profundo: emular al príncipe heredero Mohammed bin Salman de Arabia Saudita —cuyo equipo de seguridad asesinó en 2018 a mi colega y amigo Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Estambul— y no celebrar elecciones en absoluto.

Trump, aspirante a presidente vitalicio, lanza la idea de cancelar las elecciones legislativas de 2026. Le dijo a Reuters que “si lo pensás bien, ni siquiera deberíamos tener elecciones”. Cuando el presidente Volodímir Zelenski le explicó que en Ucrania no se celebraban elecciones por la guerra, Trump se entusiasmó: “¿O sea que si estamos en guerra con alguien, no hay más elecciones? Ah, eso está bien”.

Trump le dijo a The New York Times que se arrepiente de no haber ordenado a la Guardia Nacional que incautara las máquinas de votación después de las elecciones de 2020. Quiere abolir el voto por correo, junto con las máquinas y los tabuladores que permiten a las autoridades publicar resultados la misma noche electoral. Mejor ralentizar todo y, como hacía la maquinaria política de Chicago bajo el alcalde Richard J. Daley, rellenar urnas después del cierre para asegurar la victoria.

La administración Trump está prohibiendo campañas de registro de votantes en los centros de naturalización. Impone leyes restrictivas de identificación de votantes a nivel nacional. Reduce las horas que los empleados federales pueden ausentarse del trabajo para ir a votar. En Texas, el nuevo mapa electoral priva de derechos de manera flagrante a votantes negros y latinos, una maniobra avalada por la Corte Suprema. Se espera que elimine cinco bancas demócratas en el Congreso.

Nuestras elecciones inundadas de dinero, sumadas a un gerrymandering agresivo, hacen que pocas contiendas legislativas sean competitivas. La reciente redistribución de distritos prácticamente garantiza a los republicanos nueve escaños más —en Texas, Misuri, Carolina del Norte y Ohio— y a los demócratas seis —cinco en California y uno en Utah—. Los republicanos planean más redistritaciones en Florida y los demócratas impulsan una iniciativa en Virginia. Si la Corte Suprema sigue desmantelando la Ley de Derecho al Voto, la manipulación de distritos por parte de los republicanos se disparará, quizá consolidando una victoria aunque la mayoría del electorado no la quiera. Nadie puede llamar democrático al gerrymandering.

El fallo de la Corte Suprema en Citizens United nos quitó cualquier influencia real en las elecciones. Autorizó dinero ilimitado de corporaciones y grandes fortunas para amañar el proceso electoral en nombre de la libertad de expresión protegida por la Primera Enmienda. Dictaminó que el lobby pesado y organizado de las grandes empresas es una expresión del derecho del pueblo a peticionar a su gobierno.
Nuestros derechos más básicos, incluida la libertad frente a la vigilancia masiva del Estado, han sido revocados de manera constante por decreto judicial y legislativo.
El “consentimiento de los gobernados” es una broma cruel.

Hay pocas diferencias sustantivas entre demócratas y republicanos. Existen para ofrecer la ilusión de una democracia representativa. Los demócratas y sus apologistas liberales adoptan posturas tolerantes en cuestiones de raza, religión, inmigración, derechos de las mujeres e identidad sexual, y fingen que eso es hacer política. La derecha utiliza a los sectores marginados —en especial a los inmigrantes y al fantasma de la “izquierda radical”— como chivos expiatorios. Pero en los grandes temas —guerra, acuerdos comerciales, austeridad, policía militarizada, el gigantesco sistema carcelario y la desindustrialización— marchan en perfecta sintonía.

“No se puede señalar ninguna institución nacional que pueda describirse con precisión como democrática”, escribió el filósofo político Sheldon Wolin en Democracy Incorporated: “seguro que no en elecciones hipercontroladas y saturadas de dinero, un Congreso infestado de lobbistas, una presidencia imperial, un sistema judicial y penal sesgado por clase o, menos que nada, los medios”.

Wolin llamó a nuestro sistema de gobierno “totalitarismo invertido”. Rinde pleitesía externa a la fachada de la política electoral, la Constitución, las libertades civiles, la libertad de prensa, la independencia judicial y la iconografía, tradiciones y lenguaje del patriotismo estadounidense, mientras permite que corporaciones y oligarcas se apoderen de los mecanismos de poder y dejen al ciudadano impotente.

El vacío del paisaje político bajo este “totalitarismo invertido” fusionó la política con el entretenimiento. Fomentó una farsa política permanente, una política sin política. El imperio, el poder corporativo sin regulación, la guerra interminable, la pobreza y la desigualdad social se volvieron temas tabú.

Estos espectáculos fabrican personalidades políticas prefabricadas —la persona ficticia de Trump, producto de The Apprentice—. Viven de retórica hueca, relaciones públicas sofisticadas, publicidad pulida, propaganda y el uso constante de focus groups y encuestas para devolverle al votante lo que quiere oír. La campaña presidencial vacía, sin temas y centrada en celebridades de Kamala Harris fue un ejemplo impecable de este arte performático político.

El asalto a la democracia, llevado adelante por los dos partidos gobernantes, preparó el terreno para Trump. Castraron nuestras instituciones democráticas, nos despojaron de derechos básicos y consolidaron la maquinaria del control autoritario, incluida la presidencia imperial. Trump solo tuvo que accionar el interruptor.

La violencia policial indiscriminada, familiar desde hace tiempo en comunidades urbanas pobres —donde fuerzas militarizadas actúan como juez, jurado y verdugo— le otorgó al Estado el poder de hostigar y matar ciudadanos “legalmente” con impunidad. Generó la mayor población carcelaria del mundo. Ese vaciamiento de libertades civiles y del debido proceso ahora se volvió contra todos. Trump no lo inició. Lo amplió. El terror es el objetivo.

Trump, como todos los dictadores, está embriagado de militarismo. Pide aumentar el presupuesto del Pentágono de un billón a un billón y medio de dólares. El Congreso, al aprobar su One Big Beautiful Act, asignó más de 170 mil millones para control fronterizo e interno, incluidos 75 mil millones para el ICE en los próximos cuatro años. Eso supera el presupuesto anual combinado de todas las fuerzas policiales estatales y locales.

“Cuando un gobierno constitucionalmente limitado utiliza armas de poder destructivo horrendo, subsidia su desarrollo y se convierte en el mayor traficante de armas del mundo”, escribe Wolin, “la Constitución es reclutada para servir como aprendiz del poder, no como su conciencia”.

Que el ciudadano patriota apoye sin fisuras a los militares y su enorme presupuesto significa que los conservadores lograron convencer al público de que las fuerzas armadas son algo distinto del gobierno. Así, el componente más sustancial del poder estatal queda fuera del debate público. Del mismo modo, en su nuevo estatus de ciudadano imperial, el creyente desprecia la burocracia pero no duda en obedecer las directivas del Departamento de Seguridad Nacional, el organismo gubernamental más grande e intrusivo de la historia del país. La identificación con el militarismo y el patriotismo, junto con las imágenes de poder estadounidense proyectadas por los medios, hace que el ciudadano se sienta más fuerte, compensando la sensación de debilidad que la economía impone a una fuerza laboral sobreexigida, exhausta e insegura.

Los demócratas, en la próxima elección —si es que la hay—, ofrecerán la opción menos mala mientras hacen poco o nada para frenar la marcha hacia el autoritarismo. Seguirán rehenes de las exigencias de los lobbistas corporativos y los oligarcas. Un partido que no defiende nada ni pelea por nada bien podría entregarle a Trump una victoria en las legislativas. Pero Trump no quiere correr ese riesgo.

Trump y sus secuaces están cerrando con energía la última salida del sistema que impide la dictadura absoluta. Pretenden orquestar elecciones simuladas, al estilo de todas las dictaduras, o directamente abolirlas. No están bromeando. Será el golpe de gracia al experimento estadounidense. No habrá vuelta atrás. Nos convertiremos en un Estado policial. Nuestras libertades, ya bajo ataque feroz, serán extinguidas. En ese punto, solo movilizaciones masivas y huelgas podrán impedir la consolidación de la dictadura. Y esas acciones, como vemos en Minneapolis, serán respondidas con represión estatal letal.

La subversión de las próximas elecciones planteará dos opciones brutales para los opositores más visibles de Trump: el exilio o el arresto y encarcelamiento a manos de matones del ICE.

La resistencia a la bestia, como en todas las dictaduras, tendrá un costo altísimo.

Fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbi...

El negocio del miedo: Empresas militares impulsan una era de muros y vallas para detener la migración

7 Enero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

Bruno Sgarzini

La caída del Muro de Berlín y el apartheid sudafricano anunciaban el inicio de un supuesto “mundo libre”, integrado por la globalización. Pero en lugar de eso, se ha dado lo que el historiador David Frye llama “una Segunda Era de las Murallas”, que eclipsa a la primera que comprende desde la antigua Grecia hasta finales del siglo XIX.

Un informe del Instituto Trasnacional de 2020, titulado Mundo Amurallado, hacia un apartheid global, estima que desde 1989 se han construido 63 muros. La cifra actualizada alcanza supera los 70 según el Migration Policy Institute. Elisabeth Vallet de la Universidad de Quebec calcula que ahora existen 74 muros fronterizos en todo el mundo, seis veces más que al final de la Guerra Fría, extendiéndose por más de 20,000 millas (32,000 kilómetros).

Para 2020, seis de cada diez personas en el mundo viven en un país con un muro en sus fronteras, según el instituto. La proporción podría ser mayor con el crecimiento de muros en todo el mundo.

Israel es el país con el mayor número de muros (seis), seguido de Marruecos, Irán e India (tres), y Sudáfrica, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Turquía, Turkmenistán, Kazajstán, Hungría y Lituania (dos).

Para 2020, seis de cada diez personas en el mundo viven en un país con un muro en sus fronteras, según el instituto. La proporción podría ser mayor con el crecimiento de muros en todo el mundo

Sin contar el que se construye en las fronteras entre Estados Unidos y México, como otros ya existentes.

En total, Asia tiene el mayor número de muros (56 por ciento) seguida de Europa (26 por ciento) y África (16 por ciento).

Para el Instituto Trasnacional, una de las mayores razones de esto proceso es la securización de las fronteras.

“Se creó un modelo de sociedad que se percibe a sí misma como insegura, que se gobierna a través del miedo. Las sociedades que se sienten más inseguras generan tendencias de segregación espacial. Esta segregación se debe, principalmente, a la búsqueda por parte de algunos sectores sociales de aislamiento de los supuestos elementos amenazantes para conseguir un determinado modelo de seguridad”, sostiene su informe.

El caso más emblemático, por ejemplo, es el del Viejo Continente. Según el Eurobarómetro 2017, en Italia, por ejemplo, la percepción social es que el porcentaje de inmigrantes es del 24,6%, cuando el valor real es del 7%. En España, estos valores son del 23% y 9%, y en Holanda, del 12,5% y 9%. En Polonia, la percepción es del 10% mientras que el porcentaje real es del 1%. Entre 2014 y 2022, la longitud agregada de vallas fronterizas en las fronteras externas de la UE y dentro del área UE/Schengen creció de 315 km a 2,048 km. Actualmente, el área UE/Schengen está rodeada o atravesada por 19 vallas fronterizas o de separación que se extienden por más de 2,000 kilómetros, según el parlamento europeo.

En los últimos años, después de la intervención rusa en Ucrania, los muros dejaron de construir para detener el flujo de refugiados de África y Medio Oriente. Polonia, en 2021, por ejemplo, completó un muro de cero de 186 kilómetros a lo largo de su frontera con Bielorrusia, que atraviesa varias áreas naturales protegidas, incluido el antiguo bosque de Białowieża. Esta barrera fue erigida como respuesta a lo que la Unión Europea calificó un "ataque híbrido" por el flujo de migrantes que empezaron a atravesar desde Bielorrusia. Finlandia, que comparte 1,340 kilómetros de frontera con Rusia, aprobó en 2023 la construcción de una valla que cubrirá el 15% de su territorio limítrofe, con un coste de más de 400 millones de dólares y finalización prevista para 2026. En El Báltico, Estonia, Lituania y Letonia avanzan en un plan conjunto de fortificación de 700 kilómetros para separar sus fronteras de Rusia lo máximo posible.

En Europa, destacan, además, las vallas de Ceuta y Melilla, en la frontera entre España y Marruecos, para detener la inmigración fronteriza. Donde se han usado desde alambres con cuchillas hasta un cable metálico que inmoviliza a quienes intenten cruzarla. España fue precursor con un sistema de vigilancia que dio origen al EUROSUR, “un sistema que combina el control de datos de todos los países de la UE con sistemas de radares y vigilancia fronterizos, que también se ha externalizado a terceros países”.

“Estas dinámicas en torno al miedo, la seguridad y el riesgo, sirven de mecanismo diferencial, divisor y fraccionario de diferentes sectores y capas de la sociedad, según los riesgos que estas perciben y las herramientas de las que disponen para hacerles frente. De esta manera la separación física y divisoria del espacio, se convierte en una política común a seguir y, la interposición de barreras, la herramienta para hacerla efectiva”, según el instituto Trasnacional.

Por esto, las razones que se han dado para la construcción de muros son; inmigración (32 por ciento), terrorismo (18 por ciento), contrabando de bienes y personas (16 por ciento), narcotráfico (10 por ciento) y disputas territoriales (11 por ciento).

Esto de facto genera un apartheid donde hay ciudadanos de primera, dentro de fronteras, y ciudadanos de segunda, que están fuera, con sus derechos suspendidos.

Lo que no se reduce solo a los muros, sino también a despliegues militares en fronteras como las de México y Guatemala o despliegues marítimos fuera de Australia, con centros de detención incluidos, que han costado cinco mil millones de dólares entre 2013 y 2018. En América Latina, República Dominicana empezó a construir una estructura de 3,6 metros de altura, mitad de concreto y mitad de valla metálica con alambre de púas, en más de la mitad de los 340 km de frontera que comparte de frontera con Haití.

El ejemplo más claro de una política segregación es la de Israel, el país con más muros del mundo, contra la población palestina.

Otro caso paradigmático es el de Siria, rodeado por cuatro muros en cuatro de los cinco países que lo rodean (Israel, Turquía, Jordania e Irak). “Todos se justifican en el terrorismo y la inmigración”, según el Instituto Trasnacional.

Ayudaron a esto la aparición del Estado Islámico y la inmigración de personas que huían de la guerra. La ACNUR estima que por el conflicto ha habido 6,2 millones de desplazados, el número más alto de un país en el mundo.

India, por su lado, tiene barreras con tres de las siete naciones con las que comparte frontera; Bangladesh, Pakistán y Myanmar. Las razones esgrimidas por sus sucesivos gobiernos es la inmigración musulmana de Bangladesh, el terrorismo y la disputa territorial sobre Cachemira con Pakistán y la entrada de narcotraficantes y de los desplazados rohinyás, etnia perseguida por el gobierno Myanmar.

Para el instituto Trasnacional; “la industria militar y de seguridad es una de las fuerzas impulsoras de la militarización de las fronteras, incluida la construcción de muros y vallas. Para ello, ha impulsado una narrativa en la que la migración y otros desafíos políticos o humanitarios en la frontera son tratados principalmente como un problema de seguridad, para el cual la construcción de muros y vallas, junto con el uso de equipos militares y de seguridad, es presentada como la solución”.

En general, los muros y vallas son construidos por empresas locales o fuerzas armadas de los países. Luego, la industria militar y de seguridad proporcionan tecnología de monitoreo, detección e identificación, vehículos, aviones, armas y otros equipos para mejorar y proteger las barreras fronterizas, como robots y drones.

Las empresas con más contratos en Europa y Estados Unidos son Airbus, Thales, Leonardo, Lockheed Martin, General Dynamics, Northrop Grumman, L3 Technologies, Elbit, Indra, Dat-Con, CSRA, Leidos y Raytheon. La israelí Elbit, por ejemplo, ofrece sus servicios a otras naciones con la promoción de que fueron testeados en los muros armados por Israel en los territorios palestinos.

Según el Instituto Trasnacional; “mientras construimos estas fortalezas, segregamos a las personas protegiendo los privilegios y el poder de unos y negando los derechos humanos y la dignidad de otros”.

“Detrás del aumento de los muros y la industria se esconde una narrativa poderosa y manipuladora que se ha vuelto hegemónica. Sostiene que los migrantes, en particular, son una amenaza para el modo de vida de algunos países, en vez de víctimas de políticas económicas y políticas perpetuadas y promovidas por los países más ricos que obligan a las personas a abandonar sus hogares”.

Fuente: https://www.diario-red.com/articulo...

La política del miedo: 80.000 millones de gasto militar para 2026

28 Diciembre 2025 at 23:30
Por: (tortuga)

Presentación del informe «La política del miedo: 80.000 millones de gasto militar para 2026».

(Descarga del informe, más abajo).

Juan Carlos Rois y Grup Antimilitarista Tortuga

No podemos pasar por alto que el militarismo ha tenido un peso mayor que el deseado en el devenir de la humanidad. Por supuesto, también en la historia de las instituciones de nuestro estado y en la de la instrucción de las masas que lo han respaldado.

A pesar de ello, se había conseguido, al menos, que determinadas retóricas autoritarias y algunas ideologías violentas se mantuvieran agazapadas ante el temor del rechazo en el espacio público. Parece que ya no es así.

Mucho se habla de las arengas intolerantes y militaristas de la ultraderecha, pero, si analizamos la realidad con rigor, podemos constatar que este discurso es también aceptado por gran parte de la derecha tradicional. Y, más aún, si estudiamos con cierto esmero el dispendio que suponen las partidas de gasto militar en el estado español, afirmaremos que el carácter de nuestras instituciones es netamente militarista, incluso cuando las controlan formaciones autoproclamadas como izquierdistas.

En el presente documento se demuestra que el gasto militar del estado español en 2025 superó los 65.000 millones de euros, cifra que multiplica por 4,49 el gasto reconocido por el gobierno. Ello se debe a que al gasto oficial del Ministerio de Defensa se debe añadir el escondido en otros ministerios y capítulos de los presupuestos, y, además, hay que contabilizar otras partidas como el gasto extrapresupuestario generado por el uso abusivo del fondo de contingencia, las cantidades programadas de gasto plurianual y la amortización anual de deuda pública.

Estos números se acercan al 4,1% de nuestro PIB, lo cual desmiente todas esas milongas según las cuales España aportaría menos del 2,1% de su PIB a gasto militar y que, por tanto, sería uno de los estados menos implicados en la OTAN.

La realidad es bien distinta: España es, entre las 42 administraciones militaristas y atlantistas, la séptima que más dinero aporta a la organización.

Asimismo, España se muestra desde tiempos de Felipe González como una potencia eminentemente intervencionista y participa actualmente, según datos oficiales, en 19 misiones —siete de ellas son de la OTAN— que suponen un gasto superior a los 1.700 millones de euros.

Y nuestra estimación, como se demuestra en este informe, es que el gasto militar y de control social aumente en 2026, a pesar de la congelación de los presupuestos, hasta superar los 80.000 millones de euros.

Por último, queremos dejar claro que todas las páginas que se despliegan ante ti han requerido de rigor y exhaustividad para ser escritas, pero, puesto que la verdad es el mejor motor para empezar a andar, también ofrecen algunos principios inspiradores para intentar mejorar el mundo.

Frente a los discursos y políticas amparados en el miedo y el odio, y frente a unos desorbitados gastos militares que limitan los presupuestos sociales y que cargan a sus espaldas las clases más bajas, profundizamos en la idea de seguridad humana.

El rearme y el intervencionismo no van a construir un mundo más acogedor, solo reforzarán dinámicas violentas. Las políticas sociales y ambientales son el camino para construir un mundo más solidario y seguro. Y será el pueblo, por encima de las instituciones, quien las deba abanderar.

En definitiva, te presentamos a continuación el análisis más profundo que hemos podido elaborar sobre la evolución del gasto militar y de control social en estado español, así como de su relación con la sociedad y sus dinámicas.

Para descargar el informe:

Para descargar el resumen del informe:

Todos tus datos nos pertenecen: El auge de Palantir

13 Diciembre 2025 at 00:00
Por: (tortuga)

Por James Vincent

Si Alex Karp no existiera, Peter Thiel tendría que inventarlo. El cofundador de PayPal, obsesionado con el anticristo (el Sr. Thiel), y el patriota exaltado CEO de Palantir (el Sr. Karp) se conocieron en la universidad, donde forjaron un vínculo como intelectuales atípicos. «Discutíamos como animales salvajes», recuerda Karp. En 2004, Thiel invitó a Karp a dirigir Palantir, una empresa de inteligencia artificial, vigilancia y análisis de datos creada tras el 11-S. Karp fue contratado, en parte, por su habilidad para vender la visión de la empresa: un mundo cada vez más violento e inestable donde los datos eran clave para gestionar el riesgo. De mentalidad poco convencional pero con un gran carisma social, Karp, según se cuenta, utilizaba tácticas de persuasión tanto con clientes como con colegas para conseguir sus contratos y su lealtad. Las apuestas de Thiel —por Karp como líder y por la inestabilidad global como mercado en crecimiento— han dado sus frutos. El año pasado, las acciones de Palantir fueron las de mejor rendimiento en el S&P 500 y el propio Karp recibió una remuneración total de 6.800 millones de dólares. Como el director ejecutivo afirmó memorablemente en una entrevista en 2022, el año de la invasión rusa de Ucrania: «Los malos tiempos son increíblemente buenos para Palantir».

En El filósofo del valle —la primera biografía escrita sobre Karp— el periodista Michael Steinberger sostiene que nadie más habría podido gestionar esta trayectoria con tanta habilidad. Describe a Palantir como una proyección del carácter de Karp, y el carácter de Karp como uno definido por la inseguridad. Karp es un germofóbico que prosperó durante el aislamiento de la pandemia; hijo de un judío alemán, apoyó fervientemente a Israel en su genocidio en Gaza. No es precisamente un idealista a caballo, sino una manifestación corporativa de la paranoia y la belicosidad de nuestra época.

Karp nació en 1967 y se crio en un hogar progresista de Filadelfia. Su madre era una artista negra y su padre, un pediatra judío. Desde pequeño, ambos lo llevaban a protestas políticas, inculcándole una ideología de izquierda que cultivaría durante sus veinte años, pero que luego abandonaría. Su educación estuvo marcada por una discapacidad de aprendizaje, y es esta combinación de identidades la que fomentó un instinto de supervivencia. Como le dice Karp a Steinberger: «Eres un chico judío de extrema izquierda, de raza ambigua y además disléxico; ¿no te darías cuenta de que estás jodido?».

En 1989, se graduó del Haverford College en Pensilvania con una licenciatura en filosofía antes de ingresar a la facultad de derecho de Stanford, describiendo su tiempo allí como «los tres peores años de mi vida adulta». El único aspecto positivo fue su amistad con su compañero Thiel. «Suena un poco presuntuoso, pero creo que ambos estábamos genuinamente interesados ​​en las ideas», dice Thiel. «Él era más socialista, yo más capitalista. Siempre hablaba de las teorías marxistas sobre el trabajo alienado y cómo esto se aplicaba a todas las personas que nos rodeaban».

Los viajes de verano a Europa convencieron a Karp de ir a la Universidad Goethe de Frankfurt para realizar su doctorado, donde esperaba obtener (en palabras de Steinberger) «una comprensión más profunda de por qué Alemania, un pilar de la civilización europea, había caído en la barbarie». Buscó la mentoría de Jürgen Habermas, el aclamado filósofo de la legitimidad democrática, pero Habermas rechazó su solicitud de ser el segundo lector de su tesis. (Karp sostiene que Habermas fue durante un tiempo su director de tesis doctoral y le comenta a Steinberger que no entiende por qué el filósofo de 96 años ahora busca minimizar su relación; una maniobra que, según se supone, proviene de la diplomacia más que de una falta de imaginación). El artículo resultante —«La agresión en el mundo de la vida: ampliando el concepto de agresión de Parsons a través de la descripción de la relación entre jerga, agresión y cultura»— explora el fenómeno del antisemitismo secundario, una tendencia resumida en la observación, a menudo atribuida al psiquiatra israelí Zvi Rix, de que «los alemanes nunca perdonarán a los judíos por Auschwitz».

Dada la importancia de la formación académica de Karp para su imagen, muchos han analizado su obra en busca de pistas sobre su puesto actual. En particular, la investigadora de Harvard, Moira Weigel, vio en la tesis doctoral de Karp una suerte de prefiguración del negocio de análisis de datos de Palantir. Según Weigel, el trabajo de Karp reinterpreta el libro de Theodor Adorno, La jerga de la autenticidad , que describe cómo se utilizó la retórica existencialista en la Alemania de posguerra para ocultar la política reaccionaria. Para Adorno, el objetivo de examinar la jerga es abordar los problemas sociales que esta oculta. Pero Karp se conforma con simplemente mapear cómo la agresión lingüística encubierta cohesiona a las comunidades. Weigel afirma que esta «sistematización» de Adorno es similar a los métodos del big data, que se esfuerzan enormemente por mapear patrones superficiales sin abordar la causalidad subyacente. Steinberger describe la lectura de Weigel como «forzada e inverosímil». No entiende lo esencial. No es que la tesis de Karp sea como el análisis de datos, sino que su enfoque revela algo de su forma de pensar: analítica pero ahistórica.

El artículo también pone de manifiesto la inteligencia social y lingüística de Karp: su capacidad para comprender el subtexto y captar lo que la gente no dice explícitamente. Según el relato de Steinberger, el carisma de Karp es formidable, y fue lo que lo recomendó a Thiel para el puesto en Palantir a su regreso a Estados Unidos.

Fundada en 2003, los primeros años de Palantir fueron difíciles y poco inspiradores. Recibió financiación de In-Q-Tel, la rama de capital riesgo de la CIA, que se había visto perjudicada por los fallos de inteligencia del 11-S. La empresa comenzó a forjar relaciones con clientes gubernamentales —que ahora representan algo más de la mitad de sus ingresos e incluyen no solo a la CIA, sino también al FBI, la NSA y prácticamente todas las ramas de las Fuerzas Armadas estadounidenses—, así como con algunos clientes comerciales. Fracasó mucho en esta etapa inicial, aparentemente porque su software no podía ofrecer la información revolucionaria que Karp prometía. Esto provocó que firmas de capital riesgo consolidadas de Silicon Valley rechazaran la financiación que tanto necesitaba. Karp se lo tomó como algo personal. A día de hoy, arremete contra una industria que invierte grandes sumas de dinero en estrategias para captar la atención y publicidad dirigida, mientras ignora lo que él considera avances tecnológicos mucho más significativos, como el análisis de datos.

Desde un punto de vista financiero, los inversores de capital riesgo no estaban del todo equivocados. Durante muchos años, Palantir sufrió grandes pérdidas, registrando una pérdida neta anual de 600 millones de dólares incluso en 2018. No obtuvo beneficios hasta 2023, momento en el que ya había perfeccionado su oferta de software. Su éxito financiero final se debe en parte a su función como «acción meme», algo que Steinberger no aborda. Palantir salió a bolsa en 2020, y el precio de sus acciones se ha visto impulsado por un gran número de inversores minoristas cuya fe en el valor de la empresa se convirtió en una profecía autocumplida. Las acciones meme son en parte esquemas piramidales y en parte modas pasajeras de las redes sociales, que se basan en chistes y publicaciones virales para difundir su mensaje y hacer que el árido trabajo de invertir parezca divertido y transgresor. Los seguidores de Palantir se reúnen en Reddit, donde elogian a «Daddy Karp» y despotrican contra sus pusilánimes críticos.

Es aquí donde vemos la utilidad financiera de emplear (en palabras de Karp) a un "CEO completamente desquiciado". Al igual que con Elon Musk y sus seguidores, la naturaleza desenfrenada de las declaraciones públicas de Karp genera una lealtad vengativa y un tanto irónica. Cuando Karp se burla de sus detractores en las entrevistas ("Me encanta la idea de conseguir un dron y rociar con orina ligeramente impregnada de fentanilo a los analistas que intentan perjudicarnos"), sus seguidores comparten los vídeos, celebran con júbilo y se apresuran (como dicen en internet) a sacar provecho. Si el valor de una empresa en el siglo XXI depende tanto de la percepción en línea como de los fundamentos del negocio, resulta útil tener un CEO cuya volatilidad emocional funciona tan bien en el teatro de las redes sociales.

¿Qué hace realmente Palantir? Es una pregunta recurrente en las redes sociales. Y, sorprendentemente, es fácil de responder, a pesar de la reputación misteriosa de la empresa: Palantir recopila datos de diversas fuentes y facilita su búsqueda. Es como el Google de las organizaciones caóticas, cuyo software conecta varias bases de datos y sistemas informáticos en una única plataforma unificada. Si los servicios de la empresa se pudieran aplicar a tu vida, sería como si un equipo de especialistas llegara a tu casa y revisara tu escritorio, actualizando tus listas de tareas, contactos y calendarios; sincronizando y organizando los archivos que tienes dispersos en media docena de teléfonos y discos duros antiguos, y, en general, poniendo todo en orden. ¿No pagarías un buen dinero por un servicio así? Por supuesto que sí. Ahora, imagina que eres un país y este caos no es personal, sino institucionalizado: abarca no solo unas cuantas bandejas de entrada de correo electrónico y memorias USB antiguas, sino, por ejemplo, todo un sistema sanitario, incluyendo nóminas, compras y seguros, o una guerra de mediana envergadura. ¿No pagarías entonces una fortuna? ¿No pagarías millones y millones y estarías sumamente agradecido a quienquiera que resolviera este embrollo por ti? De ahí el auge de Palantir.

Esta verdad tan anodina da lugar a una narrativa aburrida. Por ello, los relatos, aunque bien documentados, de Steinberger sobre los encargos clave de Palantir durante la pandemia de la COVID-19 o la evacuación de Afganistán en 2021 resultan inevitablemente áridos. Si bien es cierto que en estos escenarios subyace un drama humano, los relatos de las intervenciones de Palantir revelan su banalidad. Parafraseando el testimonio de un analista de la CIA: «Busqué el nombre de alguien en mi base de datos y, gracias al software de Palantir, los resultados incluían nombres con erratas, además de la ortografía correcta, lo cual, la verdad, fue bastante útil».

O están las historias sobre lo que la empresa, con gran pompa, denomina sus «ingenieros desplegados en primera línea». ¿Adivina qué describe semejante título machista? Exacto: soporte técnico in situ. Esta es una de las grandes innovaciones de Palantir. Cuando consigue un contrato, envía empleados directamente a los clientes para responder preguntas en persona, explicar el funcionamiento de su software y (se supone) ocasionalmente para que personas importantes les griten con el fin de aliviar el estrés y gestionar el ego. Este tipo de trabajo emocional puede ser vital. Y si bien puede resultar atractivo que los lugares de trabajo en cuestión sean a veces zonas de guerra, esto no oculta ni la banalidad ni la utilidad de dicho servicio.

Frente a prácticas tan mundanas, la compañía ha cultivado su propio halo de misterio, y quizás sea ahí donde Palantir ha tenido mayor éxito. El nombre es típico: una referencia a las piedras videntes del legendarium de J.R.R. Tolkien. Ofrece un significado inocuo (comunicación a larga distancia), pero también tiene connotaciones inquietantes (en El Señor de los Anillos , los palantíri son, en particular, un conducto para visiones corruptas). Seguramente, una compañía malvada no se pondría el nombre de algo malvado, ¿verdad? ¿Pero qué pasaría si...?

Esa desconcertante jovialidad se ve contrarrestada por la estridente retórica de Karp y su reiterada declaración de principios: defender la democracia liberal y los valores occidentales. Karp ha predicado este evangelio desde la fundación de la empresa, y aunque este tipo de discurso era inusual en el sector tecnológico de las décadas de 2000 y 2010, ahora parece profético. Desde entonces, el sector se ha alineado con la cultura chovinista del Partido Republicano de Donald Trump.

De igual modo, mucho antes de que los aranceles del presidente comenzaran a obstaculizar el flujo de bienes y capitales entre Oriente y Occidente, Karp declaró que no haría negocios con adversarios globales como China. En una carta a los inversores a principios de este año, incluso citó con aprobación a Samuel Huntington, autor del famoso «choque de civilizaciones», destacando su afirmación de que el ascenso de Occidente no fue posible «por la superioridad de sus ideas, valores o religión… sino más bien por su superioridad en la aplicación de la violencia organizada».

Este año, la afición de Karp por la exposición alcanzó la extensión de un libro con *La República Tecnológica* (escrito en colaboración con el director de asuntos corporativos de Palantir, Nicholas W. Zamiska, aunque conviene considerarlo obra suya). El libro resulta más interesante de lo que algunos afirman, pues ofrece una visión de la mentalidad de una élite en ascenso, pero adolece de una curiosa falta de contenido a pesar de su pretensión de proporcionar un plan para revitalizar la república estadounidense.

Es cierto que algunas sugerencias prácticas contarían con apoyo de todo el espectro político. Por ejemplo, animar a los profesionales técnicos a ocupar cargos políticos, atraer a mentes brillantes al servicio público con mejores salarios e integrar la ciencia en la cultura popular. Pero, a pesar de las ambiciones filosóficas del título del libro, las directrices de Karp resultan más triviales que platónicas. Gran parte del libro parece relleno, con unas pocas palabras y frases clave recombinadas mecánicamente como símbolos en una máquina tragaperras. Debe existir un «proyecto significativo» de «propósito nacional» que utilice una «mitología compartida» para crear una «identidad colectiva» que fomente el «progreso humano». Como ha señalado el escritor John Ganz, existe un inquietante parecido entre esta retórica y la tesis doctoral de Karp sobre la jerga reaccionaria que Adorno identificó en la Alemania de posguerra. Es un gesto hacia el significado, pero un gesto vacío.

La prescripción más concreta de la República Tecnológica —y la que se observa con mayor claridad en las prácticas reales de Palantir— es la fusión del Estado y la empresa privada, sobre todo en materia de seguridad, vigilancia y guerra. Que una empresa como Palantir participe en este ámbito quizá no resulte sorprendente. Los Estados ejercen la violencia. Utilizan la información para seleccionar los objetivos de dicha violencia. Si uno se dedica a recopilar información para el gobierno, inevitablemente acabará colaborando en este tipo de actividades. Es la banalidad de los datos.

Sin embargo, el uso de corporaciones para este fin genera incentivos singulares y peligrosos. La expansión de la vigilancia se convierte en un plan de negocios en lugar de una respuesta a amenazas creíbles; se pierde la rendición de cuentas al sustituirse los funcionarios públicos por contratistas privados; y la capacidad técnica del Estado se ve mermada, dejándolo incapacitado para verificar los resultados de sus propias políticas. La fusión entre Estado y corporación implica la privatización de la propia soberanía.

Palantir ha impulsado esta privatización entrando con entusiasmo en los ámbitos más volátiles que configuran la política estadounidense en la década de 2020. En Israel, tras el 7 de octubre, Palantir firmó una nueva alianza estratégica con las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), y Karp celebró una reunión del consejo de administración en Tel Aviv al año siguiente para reafirmar su apoyo incondicional a la nación. Ha respondido a las acusaciones de facilitar el genocidio con réplicas cuidadosamente redactadas y afirma tener un «compromiso de larga data con la preservación de los derechos humanos».

La empresa también ha estrechado sus lazos con el Departamento de Seguridad Nacional y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos, con el que mantiene un contrato desde hace años. Mientras Trump invierte grandes sumas de dinero en estas agencias, Palantir se beneficia. En abril se reveló que la empresa había ganado un contrato de 30 millones de dólares para desarrollar una plataforma llamada ImmigrationOS para ICE, que no solo recopilará datos gubernamentales, sino que también analizará las redes sociales y los registros de ubicación telefónica. Palantir sostiene que no establece políticas, sino que simplemente proporciona herramientas. Esto es una falacia. Si el gobierno carece de la experiencia necesaria para extraer conclusiones fiables de los datos, entonces serán las herramientas las que condicionen sus decisiones. Y esto sin considerar que las políticas que Palantir ahora apoya incluyen secuestros en las calles de Estados Unidos por agentes enmascarados, discriminación racial y detenciones ilegales.

Debido en parte al momento de publicación de su libro, Steinberger no puede ofrecer a la transformación de Karp, su empresa y su ideología política el análisis detallado que merece. En un epílogo, recuerda haberse reunido con Karp durante el fin de semana del 4 de julio, tras las protestas frente a las oficinas de Palantir y las dimisiones del personal por los contratos de la empresa con las FDI. La conversación, en su mayor parte parafraseada, resulta poco satisfactoria. Karp —un antiguo partidario de los demócratas que, en agosto de 2024, afirmó que no votaría por Trump— parece imperturbable ante la depravación moral que ahora pesa sobre la trayectoria de su vida, y en cambio culpa a los progresistas de las políticas del gobierno. «Estoy harto de que la izquierda fomente movimientos populistas de derecha porque se niega a asumir la responsabilidad de estos temas», declara, antes de añadir: «La impopularidad da de comer».

Es un comentario improvisado, pero funciona como lema para la república tecnológica de Karp. Este es el mito colectivo y el propósito nacional que ha estado buscando: el ejercicio del poder, libre de escrúpulos éticos y generosamente recompensado.

James Vincent es el autor de “Más allá de la medida: La historia oculta de la medición” (Faber & Faber).

Traducido del inglés por Tortuga con ayuda de traductor automático.

Fuente: https://www.newstatesman.com/cultur...

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