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Leyla Bouzid: “Para recuperar su imagen de país moderno, Túnez debería derogar ciertas leyes coloniales”

22 Mayo 2026 at 09:49

Leyla Bouzid (Túnez, 1984) no estaba muy convencida de que la dejaran estrenar su última película, Tres mujeres, en su país natal. Finalmente, el público tunecino ha podido verla a pesar de contar con una trama que podría considerarse escandalosa según determinadas mentalidades conservadoras: Lilia, una joven tunecina expatriada en Francia, regresa al hogar familiar para acudir al entierro de su tío Daly, fallecido en extrañas circunstancias. Poco a poco, la chica irá desvelando el misterio de esta muerte: su tío ha sido asesinado durante un encuentro sexual con otro hombre. Este acto de violencia la confrontará con su propia realidad (ella es lesbiana y mantiene oculta su relación con una mujer francesa) y también con su familia, ya que todas las mujeres (su abuela, su madre, su tía) conocían la orientación del tío Daly y prefieren guardar silencio. No quieren que el crimen se investigue para evitar problemas. Las tres mujeres a las que alude el título son tres actrices grandiosas: Eya Bouteraa (la hija), la palestina Hiam Abbass (la madre) y Salma Baccar (la abuela).

No sé si la película se ha podido estrenar en Túnez.

Sí, el distribuidor de mis películas allí ha hecho un trabajo extraordinario. La película se estrenó el 29 de abril y todavía sigue en cartel. Eso nos llena de orgullo.

La acogida, por tanto, ha sido favorable, ¿no?

Entre el público, muy buena. Durante una semana he asistido a debates en Túnez, Hammamet, Susa, Nabeul, Bizerta… y ha sido algo verdaderamente extraordinario, muy rico. Había gente molesta por determinados aspectos de la película, pero siempre fueron discusiones apasionantes, interesantes, en las que todo el mundo estaba dispuesto a escuchar al otro. Me siento muy feliz por la utilidad de la película en Túnez. No es que las salas estén abarrotadas, pero quien quiere verla, puede hacerlo. Y me llegan testimonios privados muy bellos por parte de personas de la comunidad queer que quizás no tomaban la palabra durante los debates, pero que me han escrito después diciéndome que se han visto reflejados en la historia. Respecto a la prensa… bueno, no hemos tenido presencia en los medios oficiales. El título en árabe significa, más o menos, «silenciar el ruido» o «evitar el escándalo», y eso es lo que hemos hecho. Y eso, en definitiva, es lo que nos permite que la película pueda verse.

¿Y el rodaje allí fue complicado? ¿Fue difícil el papeleo, los permisos, etc.?

No hemos tenido financiación de Túnez ni de ningún otro país árabe. Era muy difícil, teniendo en cuenta el tema que trata. Casi toda la película está rodada en la casa de mi abuela y lo hemos hecho con mucha discreción. No hemos hablado demasiado y así nos ha ido bastante bien. En cuanto al casting, necesitábamos que los intérpretes estuvieran de acuerdo con el mensaje que el filme quiere transmitir, y eso ya fue un poco más complicado. Hubo personas que rechazaron participar. A veces, por homofobia, porque no querían verse asociados a un tema así. Y otras veces porque ellas mismas se veían concernidas y no querían verse asociadas a una película que podía ponerles en peligro. También hay personas que han pasado miedo, incluso cuando la película se ha proyectado, porque arroja luz sobre el colectivo LGTBIQ+ y eso podía causarles problemas. Por el momento no ha sido así.

Desde fuera, muchos tenemos la impresión de que Túnez es uno de los países árabes más avanzados. El aborto, por ejemplo, se legalizó allí en 1965, mucho antes que en Francia. También protagonizó la primera Primavera Árabe. Sobre la cuestión de la homosexualidad, ¿puede decirse que hay un desfase entre la ley y la realidad de la sociedad tunecina?

En primer lugar, hay que señalar que la ley que criminaliza la homosexualidad en Túnez es de 1913 y la aprobó el gobierno colonial francés.

¿Y sigue en vigor?

Sí, sí, sigue en vigor. A pesar de la independencia, la ley permanece. Otra de las leyes aprobadas por los franceses es la que criminaliza el adulterio, que se castiga con seis meses de prisión firme, y también está en vigor. En la sociedad actual, la homosexualidad sigue siendo un enorme tabú, pero hay una paradoja: se criminaliza por la ley, hay homofobia en la sociedad, pero, claro, estas personas existen, viven su homosexualidad, hay lugares en los que pueden reunirse, bares a los que pueden ir, como se ve bien en la película. Uno de los grandes problemas de esta ley es que puede ser instrumentalizada en función del periodo político.

¿Cómo?

Bueno, si un gobierno es tolerante, no va a perseguir a los homosexuales, pero un gobierno conservador sí puede meterlos en la cárcel. Y eso es precisamente lo que está pasando ahora. Bastantes personas han sido detenidas. Si queremos recuperar esa imagen de un país moderno, el que hizo la Primavera Árabe, en el que existe casi una igualdad entre hombres y mujeres, es necesario cambiar muchas cosas y derogar ciertas leyes. Para empezar, esta de la homosexualidad, pero no es la única. También habría que derogar la que fija la primacía de los hombres sobre las mujeres en cuestiones de herencia. Esa ley procede del islam y otorga al hermano el doble de herencia que a la hermana, y constituye un verdadero problema en Túnez.

Su actriz protagonista, Eya Bouteraa, se crió en Túnez. ¿Esta circunstancia era importante para el personaje que usted quería mostrar?

Para mí era muy importante que fuera una tunecina anclada a la cultura tunecina, incluso cuando se trata de una familia como la de la película, que habla sobre todo en francés. Son cosas que se sienten. Creo que se puede intuir de dónde viene la gente y qué llevan dentro, incluso si un actor se esfuerza por parecer de nuestro entorno. Pero es algo que, para mí, se siente y que la cámara capta.

¿Y fue difícil encontrar a una actriz así?

Mis castings normalmente son muy largos, pero con Eya todo fue muy rápido. Aunque lo cierto es que cuando la vi llegar por primera vez me dije: «No, no puede ser. Es demasiado risueña». Siempre está sonriendo, tiene mucha energía, puede usted verla en Instagram. Ella es así, de verdad. No tiene nada que ver con el personaje de Lilia. Y se lo dije: «Eres genial, pero eres demasiado diferente». Lo aceptó, pero me pidió que hiciéramos algún ensayo de prueba. Y de repente, cuando dejó de sonreír, surgió de ella una gran melancolía. Tenía algo muy hermoso, algo que yo buscaba, una especie de silencio inquietante. Y poco a poco, a través de varias sesiones de trabajo, pensé: «OK, va a ser ella». Fue muy interesante. Se metió de lleno en el papel. No tuvo ningún miedo de interpretar a Lilia.

Y luego tenemos a la grandísima Hiam Abbass, pero no es tunecina. Es un icono del cine palestino.

Sí, con el personaje de la madre me contradigo a mí misma. Es la primera vez en mis películas que elijo a una actriz que proviene de un lugar distinto al de la historia.

¿Y cómo se cruzaron sus caminos?

Por puro azar. No escribí ese personaje pensando en Hiam Abbass. Buscaba a la actriz ideal entre las actrices tunecinas, pero sentía que faltaba algo. No sabía qué, pero algo faltaba. Y, por casualidad, en la Filmoteca de Toulouse, conocí a Hiam Abbass. Aparecieron un montón de signos. Fue algo del destino. Le propuse el papel sin pensarlo, sin preguntar a mi productora siquiera. «Tienes que ser tú», le dije. Creo que fue porque Wahid, su personaje, está un poco aparte, es un poco diferente. No habla mucho, pero cuando habla su frase es clave, es una punchline. Ella vive en el silencio y hay una larga escena en la que la abuela está leyendo una esquela y ella no dice nada, no abre la boca, pero se diría que está hablando. Vemos todo lo que está sintiendo. Además, Hiam Abbass tiene la costumbre de trabajar muy bien los acentos y los dialectos, y así lo hizo con el tunecino. Y además… ¡incluso se parece a Eya! He tenido mucha suerte de poder trabajar con ella.

También me sorprendió saber que Salma Baccar, gran cineasta, había trabajado muy poco como actriz. Y sin embargo llena la pantalla.

Poco no, ¡no había trabajado nunca como actriz! La Wikipedia dice que sí, pero es un error. Es una directora muy militante, muy feminista, y está acostumbrada a hablar con los medios, a dar muchas entrevistas. Tras la revolución fue elegida diputada. Es una figura muy carismática, pero nunca había actuado antes. Pero hay una fuerza que emana de ella y que atrapa a la cámara. Cuando le propuse el papel de la abuela me dijo: «¿Estás segura? Yo no sé actuar. Es un poco peligroso, pero si tú crees que puedes dirigirme, me lanzo». Y al final le encantó actuar. Se divirtió muchísimo, y creo que eso se nota. Además, yo necesitaba una abuela de verdad y ella conocía ese personaje mejor que yo. Le ha aportado muchas cosas. Quizás otra abuela no hubiera aceptado el papel por el tema que trata la película, pero Salma Baccar sí. Es una gran militante. Y ha sido un gran descubrimiento. Ahora bromea diciendo: «Parece que voy a empezar una nueva carrera como actriz a los 80 años». Creo que ha sido feliz en este trabajo y que agradeció mucho que le ofrecieran algo nuevo en su vida. Lo normal es que a determinadas edades, a menudo demasiado pronto, se encasille y se aparte a la gente. Cuando le propusimos actuar, para ella fue una nueva aventura.

Leyla Bouzid: «Para recuperar su imagen de país moderno, Túnez debería empezar por derogar ciertas leyes coloniales»
De izquierda a derecha, las actrices Feriel Chamari, Salma Baccar, Eya Bouteraa y Hiam Abbass. Foto: © LEYLA BOUZID

En una escena de la película el personaje de Salma Baccar dice que sabe leer en francés, pero que no sabe hacerlo en árabe. ¿Esto es algo común entre la gente de esa generación en Túnez?

Para los hombres de esa generación era normal aprender francés en la escuela, pero no para las mujeres. El personaje está inspirado en mi abuela, que nació en 1923. Su padre quiso que ella estudiara y para ello estaba obligada a ir a la escuela francesa porque, de hecho, no había escuelas para niñas en esa época. Ella y su hermana eran las únicas niñas, musulmanas además, en aquella escuela francesa. Iban todos los días a la escuela con su pequeño velo sobre la cabeza. Y mi abuela aprendió allí a leer y a escribir en francés, pero nunca aprendió a hacerlo en árabe. En las grandes ciudades, sobre todo en Túnez capital, hay muchas mujeres así. Mi abuela, hasta el día de su muerte, fue una mujer brillantísima, muy inteligente. Hasta el final, recitaba de memoria a Alfred de Musset, a Victor Hugo, las fábulas de La Fontaine… y leía sin parar. Y decíamos: «¡Qué abuela tan pedante y tan adorable tenemos!». [Risas] Conocía la poesía francesa, pero no le pasaba lo mismo con el árabe, y eso fue duro para ella. Los niños si aprendían el francés y el árabe, pero las niñas no.

Hay una escena que, en mi opinión, refleja sutilmente ciertas percepciones de los tunecinos sobre su propio país: es aquella en la que Lilia intenta sobornar a un policía y éste se niega a aceptar el soborno. ¿Qué nos revela esta escena sobre los tunecinos que viven en el extranjero, sobre aquellos que han emigrado a Francia? ¿Esta experiencia de vivir en Francia, al final, ha cambiado su mentalidad?

Hay una gran ambigüedad en esa escena. Eso es lo que me interesa. El policía tiene razón al darle el alto, porque ella está conduciendo de forma errática. Él representa una postura ambivalente muy habitual en Túnez: estamos orgullosos de todos los que se han ido, pero al mismo tiempo se les reprocha que se hayan ido y que no se acuerden de Túnez. Esto es lo que Leila y el policía encarnan en esa escena. Él deja abierta la posibilidad a ser corrompido, está a punto de coger el dinero, pero en el coche va también la novia de Lilia, una francesa, y su mirada, de alguna manera, condiciona su respuesta. Y las deja marchar. Lo que realmente me gusta de esta escena es que presenta una imagen compleja de Túnez, que no es nada simple, una imagen que está vinculada a la mirada occidental.

¿Y a cierta inseguridad, quizás?

Bueno, estamos orgullosos, pero cuando nos observan, cambiamos. Y nos adaptamos. Esa escena habla también de lo que llamamos «fuga de cerebros». Toda una generación, que tuvo estudios muy exitosos en Túnez, se fue a trabajar al extranjero. Sobre todo médicos e ingenieros. Y esa sensación de abandono existe realmente en Túnez.

Lo que resulta especialmente respetuoso es su voluntad de no juzgar a sus personajes desde una perspectiva europea u occidental. Las mujeres mayores de esta familia prefieren guardar silencio, pero eso no las convierte en personajes negativos.

Es que yo quería abordar la familia tunecina tal cual es. La familia en Túnez es muy importante. Es sagrada. Cada integrante de esta familia tiene un punto de vista. Yo no quería juzgar a la abuela, no quería presentarla como una enemiga, ni tampoco a la madre, ni a la tía. Yo quería comprender a cada personaje con sus razones, sus matices, su complejidad. Creo que eso es lo que permite al público tunecino aceptar verdaderamente la película, porque puede identificarse con Lilia en determinados aspectos, pero también con la abuela, con la madre, y a veces con el propio tío. Sin juzgar a nadie, que es lo que busco siempre en mi cine.


Tres mujeres’, de Leyla Bouzid, se estrena en cines el 22 de mayo.

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Piro Subrat: “La historia está escrita por peña de las altas esferas del movimiento LGTB vinculadas al PSOE”

15 Diciembre 2025 at 17:28

Por Andrea Momoitio. Extraído de Píkara

Piro Subrat (Alcalá de Henares, 1990) resiste con un móvil de esos diminutos. Atiende una llamada y queda con alguien para venderle uno de sus libros: “¿Tendrás siete euros? Si no, tranquilo, que llevo cambios”. Dejó la carrera de Historia a medias porque muchas cosas estaban “estudiadas mal a propósito y la peña las iba repitiendo sin ningún sentido crítico”. Llegó a la conclusión de que podría sobrevivir sin tener aquel título el día que un colega le preguntó si creía realmente que podría morirse de hambre en Madrid. Dejar la universidad fue el impulso que necesitaba para ponerse a investigar y a escribir Invertidos y rompepatrias. Marxismo, anarquismo y desobediencia sexual y de género en el Estado español (1868-1982). El libro es una enciclopedia, un trabajo en el que se evidencian los kilómetros y kilómetros que ha hecho rebuscando en los archivos y en las memorias de activistas bolleras, maricas, travestis. Al apagar la grabadora seguimos hablando de las dificultades de la investigación histórica y él, un tipo tierno y tranquilo, reconoce que trabaja siempre con mucho cuidado. Si alguien no quiere participar, él no insiste. El libro ha recibido muy buenas críticas, pero hay algo que es especialmente importante: las y los protagonistas se reconocen en el relato. “La peña que lo ha vivido me ha dicho que chapó”. A pesar de las 568 páginas, a él le sabe a poco aunque ya no le daba la vida. Gran parte del libro está centrado en la transición, una época de gran fragmentación política.

Solo hacer el mapa de todos los colectivos habrá sido una odisea.

La transición, o transacción como dicen algunos, es un tema que me gusta desde hace muchos años, pero, sí, es complicado. A veces me encontraba con partidos y pensaba: “¿Quién es esta peña?”. Buscabas y no salía nada, así que he tenido que ponerme a preguntar hasta que me decían: “Sí, eran las juventudes de no sé qué partido”. A veces encontraba una pegata descontextualizada ahí entre mil anuncios.

Dices que se dan explicaciones históricas mal interpretadas a posta. ¿Es eso más evidente a la hora de contar la historia de los movimientos LGTB o del feminismo? 

Sí, aunque la historiografía feminista no la conozco tan en profundidad. Me imagino que habrá habido un proceso parecido al de la historiografía LGTB porque hay un proceso parecido en muchas cosas. La historiografía LGTB empieza a originarse a finales de los 90, en un momento triunfalista del movimiento: la aprobación de las parejas de hecho hasta el matrimonio igualitario. Hay tendencia a generar el relato como si fuera una línea temporal totalmente recta, sin ninguna curva, una historia que va desde las luchas contra la ley de peligrosidad social hasta la aprobación del matrimonio igualitario, obviando que siempre había habido grupos que no estaban a favor de la integración. Hay excepciones, pero la historia está escrita por peña de las altas esferas del movimiento LGTB, muy vinculadas al PSOE, y han obviado tendencias políticas radicales, el papel de las lesbianas y, de manera extrema, el papel de las travestis poniéndolas, como mucho, como un adorno decorativo de las manifestaciones de la transición.

Es habitual asegurar que las lesbianas, debido a la invisibilidad a la que solemos estar relegadas, no sufrieron represión durante la dictadura franquista.

Ahora empiezan a aparecer obras que cambian esa idea porque, sí, sufrieron represión. Era  otro tipo, no tan pública, distinta a la que pudieron sufrir los gais masculinos o las travestis. Falta mucha memoria. Amanda Klein, una militante del Movimiento Comunista de España y del movimiento de liberación homosexual, es la madre política del movimiento homosexual, la persona que introduce los análisis marxistas y es muy desconocida. Ella no ha querido pasar a la historia con su nombre legal solo se sabe que que firmaba como Amanda Klein. Creo que era catalana, pero vivía en Francia, es todo lo que he podido saber. La historiografía feminista la ha obviado porque, y no me he leído todo lo que se ha publicado, está muy intervenida por el Partido Socialista. Lo que se sabe está muy centrado en el feminismo de la igualdad y se han dejado de lado investigaciones que serían muy interesantes. La historia de Mujeres Libres la ha hecho una peña muy concreta vinculada al anarquismo, gente que ha conocido personalmente a las últimas militantes. La histora está muy centrada en las feministas burguesas, algunas bastante conservadoras, por cierto.

¿Qué puede aportar la memoria a la resolución de los conflictos y a las tensiones que tenemos hoy? 

Mi libro, y más investigaciones, claro, demuestran que había una alianza muy importante entre los grupos feministas y el movimiento gay, utilizando la terminación de la época. Un movimiento en el que había una gran cantidad de travestis y transexuales, utilizando también la terminología de la época. Travestis eran consideradas las que no estaban operadas.

Había grandes alianzas. En los 70, te encuentras también a feministas en contra de la ley de peligrosidad y rehabilitación social porque afectaba a las mujeres. Además del delito de adulterio, podían meterte la ley de peligrosidad social por abandono del hogar. Esa ley penalizaba también la prostitución. Había un debate sobre el trabajo sexual en ese momento, pero creo que más tendente a estar a favor. Había grupos feministas en las coordinadoras de marginados, espacios básicamente compuestos por la peña a la que aludía esta ley.

Ahora son algunas feministas lesbianas las que están haciendo políticas en contra de la peña trans. La lucha de reforma de la ley de peligrosidad social estuvo, en gran parte, protagonizada por travestis. Fueron las que se llevaron muchas hostias en las manis y fueron las que sufrieron mucha represión más tarde en las redadas. Estuvieron ahí dando el callo hasta que se despenalizó la ley. Bueno, una parte porque la ley continuó hasta 1995. Luego esta peña fue la que menos se benefició de la reforrma porque siguieron siendo marginalizadas y represaliadas. Fueron las que menos beneficios obtuvieron de las luchas de los años 70 y, joder, que ahora se estén haciendo políticas en contra de lo trans, me parece que es una gran desmemoria.

En los 70 había ciertas tensiones también entre algunas compañeras maricas que preferían que las mujeres trans no tuvieran un rol de tanta visibilidad en las protestas.

Sí, sí. Eran muchas y estaban en una situación de marginalidad muy grande. Las manis y las protestas les interpelaban impresionantemente. Además, también tenían cierta organización informal, que de esto no se habla tanto. Al final las chavalas travestis de la época entrevistadas son muy pocas. Ahora un colega acaba de encontrar a una, pero la mayoría están muertas o ultrafuera. En Barcelona se ha hablado mucho con Silvia Reyes, pero es una persona que ha aparecido relativamente hace poco. Estaban organizadas entre ellas porque se conocían de verse en Las Ramblas practicando la prostitución o donde fuera en Madrid o Bilbao. Tenían redes informales de apoyo, iban en bloque a las manifestaciones porque eran las que más necesitaban que se derogase esa ley. Era una ley que tenía un sesgo de clase muy grande, de esto se ha hablado poco hasta ahora. A la peña que tenía pasta o era de clase media no se la aplicaban o salían sin cargos. Afectaba mucho a la peña pobre y evidentemente a las travestis. Ahora se empiezan a ver los archivos porque ponen trabas si no han pasado 50 años. En muchos aparecen como si fueran tíos. Si no hay, por ejemplo, un atestado policial en el que digan “se la conoce como sé qué…” o una foto, tampoco podemos saber quiénes eran.

Me da la sensación de que las personas trans desaparecen del activismo después de la transición

El movimiento en general dio un bajón muy grande cuando se derogó la ley de peligrosidad y rehabilitación social, pero no lo dejó todo el mundo. En Valencia, por ejemplo, la peña siguió vinculada al activismo hasta el final de sus días.

Tanto los archivos como la memoria pueden llevarnos a confusiones. ¿Cómo ha sido tu experiencia con los materiales que ibas recopilando? 

Cuando manejas un documento histórico, no lo puedes dar al cien por cien como verídico porque hay intereses políticos detrás. He encontrado tres documentos que decían cada uno una cosa diferente del mismo hecho y, al cotejar con una nueva fuente oral, te dice otra distinta. Son procesos muy complejos y algunos archivos son de acceso complicado por la ley de protección de datos, por el desorden o porque se han perdido algunos de ellos. He intentado no tener mucha relación con las instituciones porque mi experiencia no es buena ni en la hemerotecas municipales ni mucho menos en la Biblioteca Nacional. Me parece un horror. No pude acceder a material anterior al año 59 porque no tengo el carnet de investigador, así que en ese punto me tengo que joder. He utilizado muchos archivos autogestionados gracias a que vengo del activismo. No es una investigación académica porque quiero hacerme guay y obtener lo que sea sino que es una investigación por activismo. Eso me ha abierto algunas puertas.

¿Y cuáles te ha cerrado?

Se me han cerrado las puertas institucionales porque no tenía un profesor ni una licenciatura detrás ni nada de eso. Creo que la mayor parte del material que hubiera podido encontrar en archivos institucionales, lo he encontrado de otra manera.

Ha sido una relación compleja la de la izquierda con los movimientos LGTB.

Sí, ha sido compleja, porque se viene de una homofobia muy grande.  Yo creo que empieza a cambiar a partir de Mayo en el 68 y de la revuelta de Stonewall. Hay que tener en cuenta que la izquierda, en el amplio significado de la palabra, es una fuerza de cambio muy importante en la transición. La mayor mayor parte de la izquierda apoya la reivindicación del movimiento, dan la cara en las manifestaciones, dan la cara en el Congreso de los Diputados, más o menos, y dan la cara en muchos actos poniendo DNIs para que se hicieran manifestaciones firmadas con el partido o con el sindicato de turno. Eso hay que tenerlo en cuenta: la izquierda respondió mayoritariamente bien a las reivindicaciones.

Piensa que en ese momento se pensaba que incluso se podía acabar con el capitalismo. Mucha peña de movimiento pertenecía también a partidos, sindicatos y organizaciones más de base. Creo que se respondió bien excepto algunos grupos muy concretos. Principalmente los vinculados a la CNT del exilio o al marxismo más estalinista, que ya sabemos que la libertad sexual no es algo que les haya gustado nada a nivel histórico. Incluso podríamos conectar aquello con cierto grupo de la actualidad, pero en general la respuesta fue buena. Eso no quita que no hubiera fricciones, que no estuviera un partido a la vez apoyando una manifestación y que luego estuvieran diciendo mierdas homofóbicas en un mitin. La cosa cambia un poco en los 80 porque hay una despolitización general. Gana la reforma pactada, luego [el golpe de estado de] Tejero…, y todos los movimientos, se van un poco abajo. Y ahí ya está el PSOE a tope  infiltrándose en los movimientos hasta la actualidad, que sigue estando superinfiltrado, por ejemplo, en la FELGTB [Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales]

¿Y cuál es la situación ahora?

Los grupos más cercanos a la base, los no parlamentarios, los grupos anarquistas o autónomos creo que sí que tienen este tema bastante presente. Sigue habiendo tensiones, pero creo que en general la relación ahora mismo es de bastante cercanía. Sí que tenemos el problema de los grupos tránsfobos y de algún sector que viene del marxismo, que está teniendo estas políticas, pero creo que salvando esto…  la peña en general de izquierdas es bastante cercana a las propuestas que hacemos. Creo que también, debido a la crisis económica y a que el mito de la transición se ha venido abajo, el activismo disidente sexual y de género cada vez está más radicalizado. Hay más peña pendiente de propuestas radicales, la hegemonía que ha tenido la FELGTB lleva años rompiéndose. Pertenezco también a esos grupos, no estoy aquí hablando desde el erudito que investiga. Hay más tendencia a acercarse a estas ideas radicales porque el movimiento LGTB de toda la vida está dando una respuesta bastante tibia a la situación.

¿Se tendía en la transición a aglutinar más?

En la transición hay un momento en el que se pensaba que se iba a hacer una revolución de verdad, que se iba a acabar con el capitalismo. Al final no ocurrió. Entonces había que contar con la mayor parte de peña posible. Además, en los 70 hubo todo una teoría, que recorrió Estados Unidos, Europa y seguramente más lugares, que hablaba de la revolución de la peña marginada, de que los márgenes de la sociedad iban a organizarse. Esa teoría tuvo cierto eco sobre todo en entornos anarquistas. El nivel de implicación que hubo en la Transición no se ha conseguido más allá porque también el contexto de los últimos 40 años ha sido distinto. No parece tanto un contexto de cambio social, parece más de derrota, de ir resistiendo o lo que se pueda.

¿Te ha costado dar con testimonios?

Algunas personas piensan que su relato es una tontería aunque igual es oro puro, pero las jerarquías informales de mierda… A veces piensan que su relato no es importante porque no estaban a tope tal con el megáfono en la mani. También hay otra peña, mucha peña, que ha vuelto al armario de mayor y no quiere que su nombre se relacione con ciertos movimientos; o gente que no quiere que lo sepan en el trabajo o que lo sepa su familia.

¿Hay alguna historia de las que has rescatado que te haya impactado especialmente?

El asesinato de Francis en Rentería en el 79. Tardé años en encontrar una foto suya y la encontré gracias a una persona de Valencia porque Francis era Torrent y actuó en Valencia. Hace poco conocí a una persona de EHGAM (Euskal Herriko Gay-Les Askapen Mugimendua) Gipuzkoa en Alcoy y me contó movidas muy interesantes en las que me hubiera gustado profundizar, pero no me dio la vida.

¿Por ejemplo?

Que tuvieron alguna fricción con la izquierda abertzale porque querían que se plantease el asesinato de Francis, a manos de un policía nacional, como parte de la represión al movimiento independentista. Algunas no lo veían y querían que se enfatizara que habían matado una travesti. La historia de María Isabel, por ejemplo, también me llamó la atención así que me alegro de que estés escribiendo el libro.

¡De tu libro pueden salir cientos!

De cada organización de la que he escrito se podrían sacar tropecientos libros, sí.

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