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¿Por qué el Barça femenino de fútbol es un símbolo de igualdad?

30 Mayo 2026 at 07:00

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.

El 22 de abril de 2022, un total de 91.648 personas llenaron las gradas del Camp Nou en el partido de semifinales de la UEFA Women’s Champions League entre el Barça y el Wolfsburgo. Este hito, que constituye el récord de asistencia en la historia de las competiciones deportivas femeninas, simboliza no solo el éxito deportivo de un equipo, sino también la cristalización de un proceso de transformación social.

El fútbol, en tanto que institución cultural central en la construcción de las masculinidades hegemónicas (Connell, 1995), ha sido históricamente un espacio de reproducción de valores patriarcales. En este sentido, resulta especialmente relevante que, tal como señala la psicóloga social Gemma Altell, las jugadoras del Barça hayan impulsado esta transformación feminista desde un ámbito “de los más duros y difíciles” para la igualdad de género.

Las ciencias sociales llevan décadas analizando la presencia de las mujeres en el deporte. Autoras como Jennifer Hargreaves (1994) han documentado cómo las mujeres han sido históricamente excluidas o relegadas a prácticas deportivas consideradas “adecuadas” para su género, en coherencia con normas sociales de feminidad que limitaban su presencia en deportes codificados como masculinos. En Catalunya, las investigaciones de Vilanova y Soler (2008) muestran que las barreras estructurales —institucionales, culturales y mediáticas— han actuado durante décadas como mecanismos de desincentivación de la participación femenina.

Recepció de les jugadores del Barça femení després de proclamar-se campiones d´Europa (2024) | Ajuntament de Barcelona
Recepción de las jugadoras del Barça femenino tras proclamarse campeonas de Europa (2024)) | Ajuntament de Barcelona

“Estamos aquí para quedarnos”

En este sentido, permítanme reproducir aquí algunos fragmentos del discurso de la futbolista Alexia Putellas durante el acto de reconocimiento del equipo blaugrana con la Medalla de Honor del Parlamento de Catalunya en 2023:

“La sociedad está cambiando y lo pide: el papel de la mujer debe ser clave en el desarrollo y el crecimiento de la sociedad catalana. […] Nosotras, como Barça, creo que a través del fútbol estamos ayudando a construir una sociedad más justa, igualitaria y con más oportunidades. Nuestro esfuerzo y nuestras victorias nos están convirtiendo en referentes para muchos niños, niñas, jóvenes y adultos. Y eso supone una gran responsabilidad; lo tenemos que hacer bien, lo tenemos que seguir haciendo bien. Nuestro compromiso con nosotras mismas, con el deporte femenino y con la sociedad es incuestionable.

[…] Estamos aquí para quedarnos, estamos aquí para ayudar a las que vendrán, porque todavía hay mucho camino por recorrer. Estos días lo veis con la grave situación que estamos afrontando con la Federación (española) y los cambios que todas solicitamos para que ninguna mujer, dentro o fuera del fútbol, tenga que vivir nunca más ninguna situación de menosprecio, faltas de respeto o abusos.

Necesitamos consenso, valor y liderazgo por parte de las instituciones, por favor. Y por eso no nos vamos a detener aquí. Se lo merecen las que lucharon antes que nosotras, nos lo merecemos nosotras por el esfuerzo que hacemos cada día y se lo merecen todas las niñas y niños que hoy sueñan con ser como nosotras. No os fallaremos. ¡Viva el deporte femenino y viva el Barça!”.

El equipo blaugrana no solo ha roto un techo de cristal, sino que ha demostrado que también en el fútbol hay alternativas que van más allá de la simple adaptación de los modelos masculinos dominantes. Esto es porque, como apuntan Martin et al. (2017), son muchas las deportistas que han sido capaces de construir una cultura deportiva propia que desafía los valores tradicionales asociados a la competitividad masculina y propone nuevas formas de interpretar la práctica deportiva y la profesionalización. El público de los partidos del Barça femenino, por ejemplo, es un público sobre todo familiar, expulsado ya hace tiempo de las competiciones masculinas.

Referentes femeninos

Futbolistas como la propia Alexia Putellas, Aitana Bonmatí o Irene Paredes han propiciado la emergencia de nuevos referentes. La literatura sobre socialización y aprendizaje observacional, iniciada por Bandura (1977), muestra que la presencia de modelos similares en términos de género y experiencias vitales incrementa la identificación y la percepción de autoeficacia. La socióloga Alba Alfageme destaca que las referentes femeninas contribuyen activamente a reducir la “brecha de sueños” y a fomentar la autoestima y la ambición en las niñas. Las jugadoras del Barça, en este sentido, articulan un espacio simbólico de posibilidad que desafía estereotipos que asociaban históricamente el fútbol a la virilidad y a la fuerza física, tal como ha analizado buena parte de la literatura feminista sobre el deporte (Messner, 2002; Young, 1990).

Los datos recientes refuerzan esta tesis: en la última década, la Federación Catalana de Fútbol ha multiplicado por 2,5 el número de jugadoras federadas, lo que evidencia un cambio sociocultural profundo. El acceso masivo de niñas y jóvenes al fútbol puede interpretarse como un proceso de democratización del deporte y de expansión de los límites de lo imaginable, en línea con los planteamientos de Connell (2012) sobre transformaciones en las relaciones de género.

Paralelamente, estas jugadoras han tenido un papel central en el movimiento Se Acabó, que denuncia las dinámicas de violencia simbólica, institucional y estructural dentro del fútbol. A diferencia de lo que suele ocurrir en otros deportes, este movimiento ha sido impulsado desde el propio colectivo de jugadoras, a menudo asumiendo costes significativos en términos de su carrera profesional. Este gesto conecta con la tradición de los feminismos que entienden la agencia colectiva como motor de transformación social (Hooks, 2000).

En este proceso de cambio destacan de manera especial figuras como Putellas, Paredes o Bonmatí, que se han convertido no solo en deportistas de élite reconocidas internacionalmente, sino también en sujetos políticos que disputan el orden simbólico del fútbol. Su visibilidad y capacidad de incidencia mediática han contribuido decisivamente a redefinir los imaginarios sobre lo que puede ser y representar una mujer en el deporte de alto rendimiento.

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Antonio Maestre: “Las redes sociales se han vuelto deshumanizadoras: cuando alguien señala, ya ha juzgado”

22 Abril 2026 at 00:02

Antonio Maestre (Getafe, 1979) regresa a las librerías con una propuesta valiente y personal. En su nuevo libro, Me crie como un fascista (Seix Barral), el periodista y escritor se aleja del ensayo académico puro para realizar una autopsia de su propia adolescencia y de los procesos de socialización masculina en los barrios. Maestre utiliza su experiencia vital para explicar cómo el aprendizaje patriarcal y la represión emocional actúan como el caldo de cultivo perfecto para el auge de las ideologías reaccionarias y posfascistas que vemos hoy en día.

A través de sus páginas, el autor sostiene que el fascismo no es solo un fenómeno histórico de los años treinta, sino algo latente en la condición humana y en la forma en la que los hombres son educados para relacionarse a través de la fuerza y el sometimiento. En esta conversación, Maestre analiza cómo la reacción al feminismo se ha convertido en el eje central de la extrema derecha actual. Como él mismo afirma durante la charla, «la especificidad de este momento es el de un supremacismo masculino de reacción al feminismo». Asimismo, reflexiona sobre la necesidad de que la izquierda sea más expansiva, advirtiendo que «hay que ser mucho más comprensivo e intentar, en vez de recluirte en tu castillo de vampiros, salir y expandirse».

¿Por qué has decidido escribir este libro ahora, en este momento de tu vida?

El resultado final del libro se parece poco al comienzo. Al principio era un intento por comprender cómo funcionan las emociones aplicadas a la política y cómo eso genera una radicalización reaccionaria desde un punto de vista más académico. Después, según iba desarrollando el libro, me encontré en medio de un problema emocional personal que me hizo entrar más en contacto con mis emociones y pensar en mi adolescencia. Comprendí que la vía para explicar la radicalización de nuestro tiempo es a través de la socialización masculina y de las dinámicas que hemos vivido. Quise entender el peso que tienen el aprendizaje patriarcal y la educación en el hecho de que muchos hombres decidan irse hoy a la extrema derecha.

Dices que el auge de la extrema derecha se explica porque muchos hombres quieren seguir sometiendo a las mujeres. ¿Cómo explicas el éxito de este movimiento entre las mujeres o que líderes como Meloni, Le Pen o Alice Weidel (AfD) encabecen estos partidos?

Primero hay una cosa que se llama la falacia ecológica: expresar una realidad estadística general no implica que todos los individuos se vean reflejados en ella. Que los hombres den mayoritariamente apoyo a la extrema derecha no significa que no haya mujeres que lo hagan. Además, estos fenómenos son siempre multifactoriales. Las situaciones actuales no son muy diferentes a las de 2008 o los años noventa; lo que pasa es que existen especificidades que hacen que algo prenda o no. Yo creo que la especificidad de este momento es el de un supremacismo masculino de reacción al feminismo tras un proceso de auge de este. Influyen la crisis del capitalismo, las guerras o las redes sociales dirigidas por tecnoligarcas, pero creo que no se explicaría sin el machismo y la reacción al feminismo.

Defiendes que el fascismo no nació como un movimiento de entreguerras del siglo XX, sino que es algo inherente a nuestra existencia. ¿Cuáles son las características que lo definen y cómo desprendernos de ellas?

No intento explicar los orígenes históricos académicos, sino que utilizo un recurso provocador: decir que es consustancial a nuestra etología. Si las emociones que se concretan en la ideología fascista son el sometimiento, la humillación, la violencia y la vulneración de la alteridad, creo que eso es consustancial al ser humano. Ha existido a lo largo de su historia. Cuando se le da un sentido político ideologizado, adquiere la forma del fascismo. Creo que por eso resurge, porque es algo emocionalmente anclado en nuestro ser.

Portada del libro 'Me crie como un fascista', de Antonio Maestre
SEIX BARRAL

En el libro narras episodios de sociabilización tóxica durante tu juventud y hablas, en tu caso, de un sentimiento de culpa. ¿Crees que esa culpa fue la clave para salir de ahí?

No sé si universalizar esa culpa, pero identificaba tres roles claros en los grupos de adolescentes: el macho alfa agresor, el que sufría la agresión y un grupo intermedio que no participaba activamente pero reía las gracias por presión. Yo muchas veces me encontraba en ese grupo que actuaba por sometimiento al grupo para sobrevivir en el entorno. Esa culpa –saber que has actuado mal por presión– ayuda a despojarte de ello cuando maduras o te politizas. Es mucho más difícil hacerlo cuando eras el miembro agresor.

¿Qué le dirías a los chavales que hoy sienten esa presión grupal?

Que nos han enseñado que no se pueden mostrar vulnerabilidades ni emociones, que tenemos que reprimirlas para no parecer débiles. Cuando consigues despojarte de eso y hablas con otros y dejas de reprimir, la salida es algo natural. A mí, hasta pasados los 40 años me costó entender que esa forma de proceder me hacía daño a mí mismo. El feminismo nos libera a los hombres porque somos conscientes de que no tenemos que cumplir roles tóxicos. Al final, te hace un poco más feliz liberarte de esos anclajes.

Si la supuesta «renuncia de privilegios» acaba aportando más de lo que se pierde, ¿entonces no deberíamos dejar de considerarlo como una renuncia?

Tal cual. Tienes que renunciar a espacios de visibilidad o a privilegios en los cuidados, pero fíjate: el hecho de poner el foco en los cuidados a mí me ha hecho más feliz. Descubrí los cuidados como algo bello. Antes me habían enseñado que cuidar era «proteger» a la familia sin contarles mis problemas. Al desprenderte de eso, recuperas una manera de vivir más sana. Incluso desde un punto de vista egoísta es mucho más liberador; te libera de tanta presión.

También criticas ciertas lecturas esencialistas y punitivistas del feminismo actual. ¿Cómo perjudica eso al debate feminista?

El feminismo es la solución, pero existen estrategias erradas. El esencialismo y el punitivismo han generado un pánico moral que impide expresarse en libertad. Se busca una infalibilidad que hace imposible cumplir el ideal de hombre feminista. Me siento identificado con gente como Clara Serra o Nuria Alabao, que huyen de ese punitivismo. No puedes rechazar a quienes están cercanos a tus ideas solo porque no las defiendan de la manera precisa o teórica correcta. Si haces eso, te recluyes en tu «castillo de vampiros», como diría Mark Fisher. Hay que salir y expandirse. Las ideas siempre están por encima de los individuos: el feminismo sigue vigente por mucho que haya habido errores en denuncias anónimas o esencialismos.

También eres crítico con ciertos señalamientos anónimos en redes, a veces hechos en supuesta defensa del feminismo.

Sí. Creo que eso replica dinámicas fascistizantes. Las redes sociales se han vuelto deshumanizadoras: cuando alguien señala, ya ha juzgado. El señalamiento es el ajusticiamiento, y no existe posibilidad de defensa. La izquierda necesita huir de ese punitivismo digital y moral. Debemos intentar que las denuncias tengan canales adecuados, pero no puedes sustituir la justicia por linchamientos que engrasan precisamente lo que el fascismo busca: la indefensión ante la acusación y la delación.

Para acabar, quería preguntarte tu opinión respecto a aquellos discursos que, desde el progresismo, defienden la inmigración con argumentos económicos.

Tasar el valor de una persona por su valor productivo es un error. Eso abriría la puerta a que cuando alguien se jubila y no produce, deje de tener valor. La inmigración es un derecho humano. Hay que basar la defensa en la cuestión de clase: toda persona trabajadora tiene derecho a desarrollarse libremente. Hay que evitar la segmentación: el trabajador venezolano es bienvenido; el terrateniente que viene a especular con la vivienda, no. Si no perdemos el foco de clase, es más sencillo armar un discurso efectivo.

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‘Looksmaxing’, Clavicular y la estética de la desesperación neoliberal

10 Abril 2026 at 12:42

En el ecosistema digital contemporáneo, el cuerpo ha dejado de ser una morada para convertirse en un activo financiero de alto riesgo. El fenómeno del Looksmaxing –el esfuerzo obsesivo por maximizar el atractivo físico mediante regímenes que oscilan entre lo cosmético y lo quirúrgico– representa la culminación de la subjetividad neoliberal, donde el individuo se percibe a sí mismo como una empresa en permanente estado de auditoría. En este escenario, la figura de Clavicular emerge no solo como un influencer, sino como el emblema discursivo de una nueva masculinidad fragmentada, que busca en la rigidez del hueso la certeza que ni la identidad ni el amor pueden ya proveer.

De los foros incel al mainstream

Para comprender el Looksmaxing, es necesario rastrear su genealogía en los rincones más oscuros de la cultura digital anglosajona. El término designa la práctica de optimizar (maxing) la apariencia física (looks) hasta sus límites biológicos y tecnológicos. Este fenómeno es el hijo pródigo de los foros incel (‘celibato involuntario’) de Estados Unidos, como incels.is o looksmax.org, donde hombres jóvenes comenzaron a teorizar sobre su exclusión social mediante un determinismo biológico brutal.

Lo que empezó como una jerga de nicho en 4chan sobre la «píldora negra» –la creencia de que el destino de un hombre está sellado por su genética y que el esfuerzo social es inútil si no tienes la mandíbula adecuada– ha cruzado el Atlántico y se ha filtrado en el algoritmo global. El Looksmaxing se divide en dos vertientes: el Softmaxing (higiene, gimnasio, skincare) y el Hardmaxing, que implica procedimientos extremos como el mewing intensivo (remodelación facial mediante la posición de la lengua), el uso de esteroides o cirugías de fractura ósea para ganar estatura o definir el mentón.

Esta transición del submundo digital a la cultura de masas ha traído consigo una normalización de la dismorfia corporal bajo el disfraz del pragmatismo (o, mejor dicho, la ha llevado hasta el siguiente nivel); al empaquetar estas prácticas bajo el marco de «mejora personal», figuras como Clavicular han logrado que adolescentes que antes estarían fuera de este radar comiencen a analizar sus rostros con la frialdad de un cirujano plástico o un perito judicial. Ya no se trata solo de encajar, sino de una competencia biológica en la que el sujeto se obsesiona con el «capital facial».

Como señala Rita Segato al hablar de la pedagogía de la crueldad, este tipo de discursos entrenan al individuo para desensibilizarse ante su propio sufrimiento físico y el de los demás, convirtiendo la propia carne en un objeto que debe ser martilleado, quebrado y moldeado hasta que rinda el beneficio social esperado. Esta «limpieza de imagen» del fenómeno oculta que, en el fondo, el Looksmaxing sigue siendo un mecanismo de defensa de una masculinidad que se siente amenazada y que solo sabe recuperar el control a través de la dominación estética y el desprecio hacia lo que considera «genéticamente inferior».

Clavicular, profeta del dimorfismo sexual

Detrás del alias de Clavicular se encuentra Braden Peters, un joven estadounidense que ha logrado lo que parecía imposible: convertir el resentimiento de los foros incel en una marca de estilo de vida de lujo. Con una presencia masiva en TikTok e Instagram, sus vídeos acumulan decenas de millones de visualizaciones, explotando un algoritmo que premia la controversia y la simetría facial. Peters no se presenta como un simple modelo; se presenta como un ingeniero de la carne que ha «descifrado» el código del atractivo masculino.

Clavicular no te dice que eres feo; te dice que tu «desajuste genético» es de un 15% y que tu «índice de dimorfismo» es bajo. Esta estética de la precisión, revestida de un halo de lenguaje científico, seduce a una generación de hombres criados entre datos y videojuegos. Un ejemplo flagrante de su retórica misógina es su defensa de la «hipergamia femenina» como una ley física: en sus directos, ha llegado a afirmar que una mujer «promedio» nunca podrá amar a un hombre que no tenga una estructura ósea superior, reduciendo el afecto femenino a un mero escaneo de la línea de la mandíbula. Al despojar a las mujeres de voluntad y reducirlas a «reactivas biológicas», Clavicular valida el odio de sus seguidores: si ellas son máquinas de selección genética, el hombre tiene el deber moral de «hackear» su sistema mediante el quirófano y la obsesión estética.

La misoginia como motor, el cuerpo como mandato

Bajo la superficie de las rutinas de cuidado facial, el Looksmaxing late con un resentimiento profundo hacia lo femenino. No se trata solo de ser guapo; se trata de una respuesta defensiva ante un mundo donde, según la narrativa de Clavicular, las mujeres ostentan un poder arbitrario y cruel sobre la validación masculina. Ecos de una adolescencia complicada, quizás, en el caso de Braden Peters, pues como él mismo explica, su «desafortunado» aspecto físico y su timidez extrema le condenaron durante los años de adolescencia.

Clavicular hoy encarna esta pedagogía de la crueldad, la misma de clama haber sufrido. Enseña a los jóvenes que el cuerpo es un territorio de conquista, convirtiendo la misoginia en una herramienta de cohesión grupal. En este universo, la mujer no es un semejante, sino una marioneta animada que solamente responde a los estímulos visuales primarios. Todo esto, por supuesto, aliñado con teorías espurias sobre el funcionamiento cerebral de la mujer –sumiso y pasional a la vez–, en contraste con la (supuesta) racionalidad e inteligencia masculina. El seguidor de Clavicular no busca conectar, sino ejercer una soberanía sobre su propia carne para, eventualmente, ejercerla sobre el «mercado» sexual.

En este paradigma, el papel que ejerce la cultura como agente que constituye cánones, deseos y normatividades desaparece. Lo cultural se aparta y lo biológico se ensalza, ya que esto último puede ser modificado a través de pastillas y cirugías. La misoginia pretende esconderse tras la ciencia, pero en realidad simplemente está tomando el camino corto.

El cuerpo como activo financiero: el evangelio del ROI

Clavicular no habla de salud ni de bienestar: su término de cabecera, y la lógica principal bajo la que opera, es lo que él llama el ROI (acrónimo de return on investment, ‘retorno de la inversión’). En su ecosistema, someterse a una cirugía para lograr «ojos de cazador» no responde estrictamente a una decisión estética, para, digamos, sentirse mejor con uno mismo. No, es algo todavía más crudo: se trata de una transacción económica, de una inversión de capital con su correspondiente retorno esperado. Si inviertes miles de dólares en un implante de mandíbula, el «retorno» esperado es un incremento medible en el estatus social y el acceso sexual. Es la instrumentalización total del cuerpo.

El uso de la tecnología (filtros de análisis facial, ángulos de cámara, cirugías de vanguardia) en el mundo de Clavicular no busca la liberación del cuerpo, sino su fijación en un ideal hipermasculino y anacrónico. Es una respuesta de pánico ante la disolución de los roles de género tradicionales. Si el mundo ya no me da privilegios por el mero hecho de ser hombre, intentaré extraer esos privilegios de la geometría de mi propio rostro.

Y, sin embargo, el «retorno de inversión» (ROI) nunca es suficiente porque la belleza, bajo la mirada del algoritmo y el odio de género, es un horizonte que se desplaza eternamente. Siempre habrá un competidor con una clavícula más prominente o un ROI más alto. La presencia plena que buscan a través del hueso es una huella que siempre está desplazada hacia el próximo procedimiento, hacia el próximo filtro, hacia la siguiente intervención quirúrgica.

El plagio de la opresión

El fenómeno que Clavicular abandera es el síntoma de una generación que ha decidido refugiarse en la única soberanía que cree poseer: su propio esqueleto. Pero al tratar el cuerpo como una mera herramienta económica y a la mujer como un recurso a conquistar mediante la forma, el sujeto termina convirtiéndose en un objeto de su propia vigilancia. Al final, lo que queda no es un hombre superior, sino un sujeto agotado por la auditoría constante de su propia cara.

Pero al llegar hasta aquí, cabe también mencionar lo siguiente: que lo que estremece de esta nueva presión normativa masculina es algo que está bastante establecido en las mujeres. No deja de ser una triste ironía que el Looksmaxing se presente ante el mundo como una «revelación» o una nueva frontera de la lucha masculina, cuando en realidad no es más que el plagio tardío de la jaula la que las mujeres habitan desde hace siglos. Lo que Clavicular vende como una disciplina espartana y una métrica innovadora de «valor de mercado», el feminismo lo denunció hace décadas como presión estética estructural y violencia simbólica. La diferencia radica en la respuesta: mientras que el pensamiento crítico femenino ha buscado colectivamente romper el espejo, esta nueva subjetividad masculina neoliberal busca pulirlo hasta que refleje una (nueva) imagen de dominación.

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Aquel obrero de derechas

7 Abril 2026 at 10:14

Este artículo forma parte del dossier ‘Obreros de ultraderecha’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.

Mono azul, gesto adusto, ceño muy fruncido, un envarado saludo militar. La capilla ardiente de Francisco Franco en el Palacio de Oriente convoca una larguísima cola de gente entre la que hay partidarios como este, simples curiosos y algún antifranquista que quiere asegurarse de que el rigor mortis del eterno Generalísimo está atado y bien atado. Y este obrero. Suponemos que lo era, por el mono azul. Es una imagen icónica. Se queda ahí, tieso como una vela o un garrote vil, y el servicio de seguridad tiene que empujarlo para que avance.

No sabemos quién era, como no conocemos la identidad de aquella señora que, en otra grabación emblemática de aquellos años transicionales, berrea a cámara que el Sagrado Corazón de Jesús nos ayudará en este baño de sangre. Perdieron su nombre y apellidos y se convirtieron en arquetipos: la furia nacionalcatólica, el obrero de derechas.

Hubo obreros franquistas, un obrerismo franquista, había habido un obrerismo falangista. El azul mahón de la camisa-uniforme de Falange provenía de aquellos monos; el rojo y negro de la enseña del partido, de la bandera anarquista. Trampas bastante burdas de lo que fundamentalmente eran señoritos con apellidos como Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, pero reclutaron a algún obrero real, igual que lo habían hecho los sindicatos católicos.

¿Nada más tonto que un obrero de derechas? ¿Sería, pues, el sumun de la tonticie ser un obrero franquista? No necesariamente. A algunos obreros puede interesarles que la derecha triunfe, porque es complejo el asunto del interés. Nunca se limita al dinero. Hay siniestros salarios emocionales: ser, por ejemplo, caudillo de tu casa, generalísimo de una esposa de pata quebrada, que en casa te reciba, después de que te exploten en el tajo, con una cena caliente, las zapatillas preparadas y una copita de Soberano, y a la que puedas calzarle una hostia sin que se queje. Las leyes del franquismo dictaminaban que la mujer debía pedir permiso a su marido para trabajar, firmar contratos o abrir cuentas; su delito de adulterio se ensañaba solo con las adúlteras; si a un uxoricidio se le apreciaba «causa de honor», la pena se atenuaba considerablemente. Y de esto se beneficiaban los gobernadores civiles, pero también los fresadores de la Perkins.

Malvados, pero no tontos

Franco y los franquistas eran malvados, pero no tontos, aunque a cierto mito antifranquista persistente le guste conceptuarlos así. Si hubieran sido tontos, no hubieran ganado tres guerras: la literal de 1936-1939; la supervivencia post-1945, tras la derrota del Eje, y, treinta años más tarde, la de la transición reformista o rupturista.

Con respecto a los obreros, supieron repartir, no solo palos, sino también zanahorias. Franco se había forjado en el Rif, pero también en la Asturias natal de su esposa, oriunda de una ciudad en la que, en 1934, la última comuna obrera de Europa Occidental –que la República de derechas encargó sofocar a Franco, con técnicas rifeñas– había reventado con dinamita la Cámara Santa de la catedral. El recuerdo de la Asturias roja preocupó siempre a un dictador que supo que, para desactivarla, hacía falta usar algo más que la violencia.

Los derechos recogidos en el Fuero del Trabajo, a los cuales se acogía el antifranquismo entrista; la vivienda de protección oficial o algunos proyectos emblemáticos del franquismo autárquico (de las universidades laborales a poblados modelo como Ciudad Pegaso, en Madrid; Llaranes, en Asturias, vinculado a ENSIDESA; o el poblado de ENCASO en Puertollano), fueron algunas de esas zanahorias.

Eran mucho menores y de peor calidad que las prebendas que conquistaban los trabajadores de las democracias keynesianas, que las consagraban como derechos en lugar de repartirlos como óbolos de caridad, cancelables a capricho del poder dictatorial y en cualquier momento. En Reino Unido, Países Bajos, Suecia o Francia la inversión pública en vivienda comportaba del 2 al 5% del PIB; se sujetaba a normativas de metros mínimos por habitante, calefacción, baño propio, cocina equipada y servicios urbanos modernos; y generó porcentajes del 20 o 30% del parque total, que se disparaba más allá en algunas ciudades.

Aquel obrero de derechas
Escudo de Falange en la fachada de un edificio de la calle Francisco Silvela, en Madrid. Octubre de 2025. ÁLVARO MINGUITO

Mientras tanto, en España la vivienda protegida no pasaba del 0,5% del PIB y del 5 a 7% del parque construido, y lo frecuente era que se construyera con superficies muy reducidas, sin baño completo o calefacción, con materiales baratos y rodeada de un adecentamiento urbanístico negligente o inexistente. Negligencia que hacía que muchos de esos vecinos forjaran poderosas asociaciones para reclamar alumbrado, asfaltado o colegios, que solieron acabar más o menos vinculadas al partido comunista.

Pero la memoria es selectiva, y ante problemas actuales como la crisis habitacional, al neofranquismo le resulta muy fácil convertir esos aspectos de la dictadura en nostalgia política del siglo XXI, propagada a través de memes y bulos. En ellos se deslizan nostalgias de otro tipo: no había «negros», «moros», «manolos» o «feminazis» en Llaranes. Y lo que sí había era lo que así recuerda una de sus habitantes, Ana Rosa Iglesias, en una entrevista en Nortes:


Se vigilaba a las familias. Había una monja, sor Vicenta, que se encargaba de eso. Las familias tenían que tener a los niños de una manera, no se podían hacer determinadas cosas, había que ir a misa… O el tema de los malos tratos. Porque había muchos malos tratos. Yo recuerdo vivirlo de bien pequeña. Vi saltar a una mujer por una ventana con el cuchillo del marido, borracho, detrás. Había mucho de eso. Y de padres a hijos, también. Lo veías en el colegio y en las casas de alrededor. Un día, tendría yo doce años, vinieron a detener a los padres de una niña, porque la habían intentado vender. Las familias normales trataban de ocultarte estas cosas, pero lo veías. O a lo mejor atar a un guaje que había hecho algo mal y llevarlo por alrededor de las casas dándole latigazos, para que la gente viera que el padre podía con el hijo.


La nostalgia del cuchillo y del latigazo puede ganar, hoy, unas elecciones. Votada por señoritos, y también por obreros.

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De Matrix a TikTok: así difunde la manosfera el discurso antifeminista en redes

7 Marzo 2025 at 13:58

La celebración del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, vuelve a abrir el debate sobre la igualdad de género, solo que ahora el escenario se ha trasladado a un campo de batalla cada vez más influyente: las redes sociales. El auge de discursos antifeministas entre los jóvenes está encendiendo las alarmas, especialmente en espacios digitales donde el machismo se reinventa y prolifera bajo una nueva identidad: la manosfera.

El término manosfera proviene del inglés manosphere, compuesto por las palabras man (hombre) y sphere (esfera), y apareció por primera vez en 2009. En el libro (Re)configurando el imaginario sobre la violencia sexual desde el antifeminismo, se define como el “conjunto de comunidades y grupos comunicativos digitales, que están masculinizados en su público y ocupan una heterogeneidad de interacciones y procesos comunicativos misóginos y antifeministas en la red».


La manosfera es un conjunto de comunidades digitales que difunden mensajes misóginos y antifeministas, promoviendo una supuesta «restauración de la masculinidad». A través de plataformas como TikTok, YouTube y foros anónimos, estos espacios propagan la idea de que los hombres deben ser fuertes, dominantes y evitar mostrar debilidad, mientras perpetúan una visión de la mujer como débil, sumisa y responsable de los problemas personales y sociales de los hombres. Ideas que también se recogen en el estudio: «Jóvenes en la Manosfera. Influencia de la misoginia digital en la percepción que tienen los hombres jóvenes de la violencia sexual».


El impacto de estos discursos en la juventud es innegable. Según el Barómetro Juventud y Género 2023, elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud, el 51% de los chicos de entre 16 y 24 años cree que la promoción de la igualdad ha ido «demasiado lejos», hasta el punto de discriminar a los hombres. Además, el 23,1% de los jóvenes de entre 15 y 29 años considera que «la violencia de género no existe y es un invento ideológico», una cifra que ha duplicado el porcentaje registrado en 2019.


Estos datos reflejan una preocupante desconexión con la lucha feminista y una normalización de discursos de odio en las redes sociales, donde los adolescentes pasan gran parte de su tiempo. Elisa García, profesora e investigadora en la Facultad de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y experta en violencias sexuales en red, en entrevista con la Cadena SER, señala que “estos discursos no llegan desde el entorno familiar o escolar, sino desde el espacio digital. Estos comportamientos se han intensificado con los nuevos formatos y han encontrado en TikTok un canal perfecto para viralizarse con mensajes breves y directos”.

Como advierte García, experta también en manosfera, estos «se han intensificado con los nuevos formatos y han encontrado en TikTok un canal perfecto para viralizarse con mensajes breves y directos”.


Para contrarrestar la difusión de estos mensajes, RTVE ha lanzado el proyecto interactivo ‘La manosfera al descubierto’, una iniciativa que analiza y desmonta las narrativas antifeministas que proliferan en el entorno digital. César Peña, coordinador del proyecto, ha explicado en La Ventana de la Tele que el objetivo es sumergirse en la manosfera con una mirada crítica, evidenciando los estereotipos de género y los discursos de odio que se presentan como una “revolución masculina”.

El reportaje interactivo, titulado «Manosfera y estereotipos: la nueva cárcel de la masculinidad«, invita a los usuarios a explorar cinco categorías clave dentro de estos discursos: antifeminismo, estereotipos, sexualidad, violencia de género y éxito. Con una estética inspirada en la película Matrix, el proyecto explica cómo estas ideas se entrelazan para crear un modelo de masculinidad tóxica que limita tanto a hombres como a mujeres


Según Stribor Kuric, quien ha analizado los modelos de estereotipos dentro de la manosfera, estos espacios ofrecen una narrativa cerrada sobre lo que significa ser hombre y cómo debe comportarse en distintos contextos, perpetuando relaciones de poder desiguales. En estos círculos, la autoridad en la pareja siempre recae en el hombre, reforzando ideas machistas que muchas sociedades han intentado erradicar.

Uno de los aspectos más preocupantes del auge de la manosfera es la idolatría que despiertan ciertos ‘gurús’ antifeministas en los jóvenes. Estos influencers, que combinan discursos de odio con consejos sobre éxito personal y sexualidad, han convertido la misoginia en un negocio rentable, generando miles de seguidores y monetizando sus contenidos.


Como advierte Elisa García, “cada vez hay más creadores de contenido que sacan rédito de estos mensajes. Parecen nichos de internet, pero pueden llegar a cualquier lugar, influenciando tanto a chicos como a chicas”. El problema se agrava cuando los algoritmos de plataformas como TikTok e Instagram detectan el interés del usuario y potencian la difusión de estos discursos, normalizando el machismo entre las nuevas generaciones.

El proyecto de RTVE no solo busca denunciar este fenómeno, sino también educar y ofrecer herramientas para combatirlo. Expertos como Lionel Delgado y Silvia Fernández trabajan en la plataforma para desglosar las estrategias de manipulación que utilizan estos grupos y ayudar a los usuarios a desarrollar un pensamiento crítico frente a los discursos de la manosfera.


Sin embargo, la responsabilidad no solo recae en la educación. Como señala García, “mientras el odio sea rentable, todos nuestros esfuerzos serán en vano”. La solución debe pasar por una mayor regulación de las redes sociales y una revisión profunda de las políticas de moderación del contenido. Pero este desafío no es sencillo, ya que las plataformas digitales tienen un modelo de negocio basado en la viralización, sin importar el impacto social de sus contenidos.

La proximidad del Día Internacional de la Mujer nos recuerda que la lucha feminista sigue siendo más necesaria que nunca. La manosfera representa una amenaza real para la igualdad de género, pero también una oportunidad para reflexionar sobre el impacto de las redes sociales en la juventud y la importancia de construir espacios digitales libres de violencia y desinformación. Ahora, la pregunta que queda en el aire es: ¿cómo podemos recuperar el relato feminista en un espacio donde el odio se ha convertido en tendencia?

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